De leprosos y florecitas

(Lo inmaculado, lo aséptico y otras poses oficiales para borrar la ciudad)

Por Reinaldo Spitaletta

En ocasiones, la visión de esas parcelas céntricas de ciudad, a la que la planeación oficial, el poder y una reducida capilla de expertos y burócratas arribistas, miran con ganas de tornarlas en ámbitos posibles para la especulación inmobiliaria y las plusvalías, es como un panorama de burbujas y de no-lugares.

Un objetivo inicial, parece, es el de la asepsia, el de inversión de recursos en una infraestructura de apariencias, sin fondo, solo como paisaje artificioso. Otro, muy evidente, es el de alejar hacia lo invisible a los sucios y despojados, los sin techo y averiados por una sociedad que solo les ha dado posibilidades para el vicio, la insalubridad y la decadencia.

Da la impresión, y no más salga y observe, de que se ha estructurado una ciudad, y, en especial, su centro, como una división entre leprosos y sanos. Por un lado, por ese que apeñusca aceras, jardineras, separadores y rejillas, se concentran los hediondos, los homeless, los que parecen no estar interesados en el consumo de centro comercial ni en los espejismos de una sociedad del gasto; por otro, los aislados en “incontaminadas” urbanizaciones, en edificios (más feos, imposible) de hacinamientos y de habitantes innombrados.

Sucede, en este caso, en Medellín y su centro ampliado sin criterios culturales, solo para asuntos de catastro y establecimiento de términos militares en lo urbano, como los polígonos. La inversión oficial se concentra en infraestructuras, en una suerte de maquillaje para hacer de la ciudad una apariencia, o, como lo decía una arquitecta, Gilda Wolf, una suerte de villita inmaculada. Se piensa —es la impresión— más en el turista, en el que llega por unos días a deslumbrarse con jardineras y canequitas metálicas (que no duran mucho, se las roban), que en una inmersión a fondo en los problemas de sociedad.

Así nos van pintarrajeando fachadas en barrios de riqueza patrimonial, con asepsias de paso, para que todo luzca, y de esa manera —con falsos esplendores— la ciudad se pueda “vender” y mercadear, ofrecer a los de afuera para que hagan sus seminarios y convenciones, o, de otra parte, para que lleguen a buscar las rutas del narcotráfico y las huellas nefastas del antiguo patrón y capo. Pura fachada. Artificiosidad. O como si fuera la vulgaridad que una vez pronunció un diputado, referido a otras cartografías: “es como perfumar un bollo”.

Hay una tendencia a los afeites urbanos. A creer que, en efecto, somos y hemos sido la “Tacita de plata”, la misma que, en muchas ocasiones, se ha asemejado más a una “Tacita de mugre”, y en esas faenas aparentosas, se les van los períodos a alcaldes y otros funcionarios. Y, entre tanto, son otros los que mandan en la ciudad, con sus modos bárbaros que van más allá de la pólvora y de los globos explosivos de celebración de patanerías y “coronaciones”.

Los relegados, muy notorios en un centro de imposturas, donde un día se construyen una  inútiles pirámides, otro se tumban y se siembran maticas y arbolitos que luego también se arrasan para construir estaciones de metroplus (en un descarado detrimento patrimonial y carencia de planeación), digo que los relegados (entre los que están inclusive grupos teatrales, centros musicales, locales educativos) tienden a ser invisibilizados, porque para ellos no hay oportunidades de lo que aquí, con tanta guasa, llaman el progreso, ni están bajo la mira de una política cultural, social, de hondo calado. Nada. Se va todo en carantoñas y promeserías.

El centro, que debería ser un lugar de encuentros, de confluencias culturales y sociales, de atracción (alguna vez fue centrípeto), es, ahora, una muestra de la decadencia y la imposición de obritas que no se consultan con el ciudadano. Y que, después de todo, son más de lo mismo: asepsia de superficie. Nada que introduzca nuevas dinámicas de intercambios culturales, comunicativos, de ofertas que hagan más digerible e importante la vida de los urbanitas.

Sobre el centro (que cada vez esconde más su historia y se queda sin referentes) se pontifica desde las cumbres oficiales. Y burócratas pintiparados, con posgrados y otros cartones, dan cátedra sobre teorías de urbanismo, acerca de la densificación y más bien dicen que ha habido una “adoración del espacio público”. Claro, sus concepciones están más hacia la privatización y a las limitaciones de lo público, de la reducción de espacios que hagan más amable la permanencia de la gente en esa geografía.

Su cuento, ya se ha dicho, es el de implementar el rubor y el colorete, la pestañina inútil, las capas de maquillaje sobre la mugre (en el sentido de las miserias y la economía informal, que predomina ante tantas insolvencias), pero sin mover ni un dedo para buscar soluciones de fondo a una crisis social y económica de larga data, que afecta a los desventurados, a aquellos que se han sido relegados al “no-lugar”, una suerte de infierno en el que hasta el nombre pierden. Y, claro, como en la Divina Comedia, de Alighieri, han perdido toda esperanza.

Decía que, cada vez, son menos los mojones culturales, los hitos urbanos que hacen que un territorio ofrezca elementos de identidad, de amor al terruño, de sentidos de pertenencia. Es la cultura oficial del despojo y del permitir el descaecimiento, con la intención de sumir a determinados lugares en la depresión. Así se abren posibilidades para los especuladores inmobiliarios, para los pulpos desalmados de la construcción sin criterio.

Y llegan los novísimos profetas de las prédicas de la “cuarta revolución”, en un suelo desindustrializado, en una ciudad de enormes inequidades, en la que, al parecer, se trata es de suministrarles a las transnacionales mano de obra barata. Y, entre tanto, se van gentrificando lugares a los que se les abrirá el vientre para que los agentes constructores penetren a su antojo. Para eso se hacen planes parciales. Abundan ejemplos, como los de Naranjal, los de Barrio Triste (aunque aquí, desde hace años, ha habido una resistencia ciudadana por preservar las dinámicas del trabajo de este sector histórico) y ni qué decir del destruido San Benito.

Este último espacio, que, entre otras cosas, fue el primer barrio de la ciudad, el primero desde los tiempos de la Villa de la Candelaria, con historias a granel, con referencias culturales y urbanísticas, fue borrado. Acabaron con el vecindario, con los intercambios comunicacionales y de otra naturaleza que se dan en esa entidad de gran sentido humano que se llama barrio. Un lugar (sí, lugar en el mejor sentido de los abrazos, las charlas, los nombres, la existencia del vecino, la tienda, las transacciones, etc.) ha sido aniquilado por la carencia de planeación, de políticas culturales, de sentidos idóneos de ciudad.

El centro, importantísima espacialidad que concentra la más larga y si se quiere deslumbrante historia de la ciudad, desde hace años ha sido relegado. Como sucedió, por ejemplo, con Guayaquil, desahuciada por la oficialidad para arrojar a los “leprosos” a otras coordenadas, para descontaminar la zona con el fin de concentrar en su corazón a la administración, sin haber concebido, al menos, unas nuevas maneras de lo habitacional a su alrededor. Ni la preservación de la mayoría de referentes de memoria y patrimonio.

Y, ahora, el canto desde las oficinas del poder, es que requerimos globalizarnos, vendernos, mostrarnos, y en ese sentido, provocar brillos y relumbrones. Que nos vean la ropita limpia, aunque el cuerpo y el alma estén sucios y desequilibrados. Que las apariencias y los fulgores de paso no dejen ver el orden (o desorden) social, de anchas y profundas brechas. Rico el contentillo. Habitamos en una ciudad que, aunque en muchos sectores hieda a meaos y excrementos, y tenga tantos seres misérrimos, podemos ofrecerla al mejor postor.

Hay que tapar la ciudad que es, como dijo la arquitecta citada, para mostrar la ciudad que no es. Humo teatral y mascaradas.

Mejor dicho, como escribió Henri Lefebvre en “La vida cotidiana en el mundo moderno”, rico estar en una ciudad de vestuario virginal, al tiempo que superviven las “penurias y la prolongación de la escasez: el dominio de la economía, de la abstinencia, de la privación, de la represión de los deseos, de la mezquina avaricia”. Qué importan las necesidades sociales y las otras carencias, si tenemos flores y fachadas con pinturita.

(Escrito en Medellín el 14 de junio de 2021)

Arte en el fútbol, pero ¿es el fútbol un arte?

(Sobre un cuento de Fontanarrosa, la estética y un gol de Maradona)

10 obras de arte relacionadas al fútbol - Infobae

Por Reinaldo Spitaletta

El segundo gol de Maradona a Inglaterra, en el Mundial de 1986, partiendo de su terreno y dejando un reguero de rivales desahuciados por el talento de un superdotado, puede ser una obra de arte. Hubo plasticidad, estética en los movimientos, creatividad a más no poder y un sello estilístico personal. Belleza en la maniobra. Y como ese, incomparable, eso sí, ha habido en el fútbol momentos que se parecen a la inspiración divina de las musas y a la estampa de lo que, al menos en Occidente, se ha conocido como arte.

¿Qué es el arte? Vaya interrogante. La estética, que es una disciplina filosófica, del pensamiento y las emociones, está para dilucidar la belleza. ¿Qué es la belleza? Un concepto que ha evolucionado hasta incluir la fealdad, que, bien tratada, puede erigirse en una dimensión propia de las artes. Una de las definiciones, tan problemáticas siempre, acerca de lo que es el arte la leí hace años en el Diccionario Arte Actual, de Leonel Estrada. Dice ahí, tras varias definiciones, que, según Carl André, “arte es lo que hacen los artistas”. Y la respuesta no parece tan obvia ni tan facilista.

El crítico J. Romero Brest, refiriéndose a esa definición en apariencia pleonástica, advierte que con la palabra arte se suelen designar cosas que no son hechas por artistas (y aquí cabría lo de determinadas jugadas del fútbol, por ejemplo) y, también, porque no hay regla o reglas para juzgar si un artista es en rigor y verdaderamente un artista. Sin embargo, se potencian cánones acerca de qué es o no es arte y ahí se forma una pelotera (nada que ver esta con el fútbol).

La creación artística no está, de necesidad, conectada con la armonía y las proporciones. Estas condiciones o cualidades se han alterado y transformado. El Hombre de Vitruvio, esa concepción leonardiana, con medidas ideales de las partes del cuerpo humano, y con un trasfondo de cifras áureas, puede alterarse. Y así se pueden crear figuras desproporcionadas a propósito, que pueden transmitir emociones, pensamientos, sensaciones y que pueden clasificar en las formas y concepciones artísticas.

Hay cuadros de Goya, un artista de trascendencia y aportes diversos al arte pictórico, que no podrían clasificarse como “bonitos”. Son una exaltación de la fealdad, de lo siniestro y oscuro. Y nadie podría decir que no son obras de arte, incluidos Los fusilamientos del 3 de mayo, las aguafuertes de brujas repulsivas montadas en escobas y otras imágenes tenebrosas. La vida imita al arte, dicen algunos. El arte imita a la vida, opinan otros.

Y en la creación artística, en particular de las artes plásticas, los materiales han cambiado y se han desarrollado formas insospechadas. Hay en las instalaciones unas propuestas que, si se miran con determinados lentes de la tradición artística, son una porquería. Y entonces, ¿si son hechas por artistas hay que darles la categoría de arte? Quizá la obra más influyente, o al menos más sonada, fue la que Marcel Duchamp creó (sigue en discusión lo de creación) en 1917, en plena conflagración de la Gran Guerra: un urinario al que le puso como título La fuente, que mandó a una exposición a Nueva York. Con esa acción, Duchamp quiso demostrar que cualquier objeto puede ser catalogado como obra artística si el autor, el artista, sabe situarlo en el contexto adecuado y lo declara como tal. Vaya despelote el que armó este creador vanguardista francés con su miccionadero de porcelana.

El arte, entre sus elementos constitutivos, tiene creatividad, estética, belleza (esta entendida de distintas maneras, porque el concepto ha evolucionado, o, según otros, se ha envilecido). Recuerdo a Baudelaire que transformó no solo los puntos de vista, sino los objetos del arte. Y le dio categoría de belleza a elementos que estaban considerados como feos, repugnantes, chocantes, en fin. Así puede haber belleza en desechos y basuras; en un gallinazo, en una yuca, en cosas que antes no se poetizaban, como decir una arracacha (no siempre tiene que ser romántica y bella la rosa, la misma que doña Gertrud Stein definió como “una rosa es una rosa es una rosa”).

Bueno, pero me he estado alejando del asunto central: ¿es el fútbol un arte? Hay crímenes artísticos o, al menos, a lo De Quincey, el asesinato puede ser una de las bellas artes. Hay robos o asaltos de una extrema sutileza y creatividad, como se dan actitudes de dimensión artística en algunas estafas. La estética, la creatividad, la belleza no son elementos exclusivos del arte, pero, por sí mismos, no dan patente para considerar que si hay plasticidad, si una acción u objeto atraen, o hay en su presencia cualidades que los hagan parecer a una creación artística, no podría decirse, así no más, que son arte.

Hay un bello cuento de Fontanarrosa, escritor y caricaturista argentino, que siempre vivió en su ciudad natal, Rosario, y fue un hincha sufrido y fiel de Rosario Central, que se llama Viejo con árbol. El viejo, que va siempre a ver unos cotejos  de potrero, le dice a otro de los personajes llamado el Soda, que el fútbol está emparentado con el arte y comienza una descripción maravillosa de jugadas y movimientos de los futbolistas que son semejantes a determinadas artes: la escultura, la danza, la música, el teatro, hasta concluir que no es más que un juego, sí, hermoso y todo, que desata emociones desmesuradas y hasta irracionales.

Ciertas jugadas individuales y colectivas en el fútbol dan para una catalogación, por su creatividad, plástica y diseño, de arte. Hay una conjunción de elementos que solo en el arte alcanzan dimensiones imaginativas, bellas, sensoriales, de un goce inaudito. De contemplación y éxtasis. Apoteósicas. El Brasil 70, por ejemplo, con su constelación que tenía al rey Pelé como su máxima figura, demostró en esos aspectos que tenía elementos de estética, belleza, creatividad. Un equipazo con genios en la cancha.

Por ejemplo, hubo en aquella jugada de repentismo, cuando Pelé recibe un pase, sale el arquero de Uruguay, Ladislao Mazurkiewicz, y con solo un amague, el guardameta queda desconcertado, el balón sigue su rumbo, Pelé, como si hubiera realizado un “8” imaginario, pasa por un lado del portero, tira al arco y lo que iba a ser un golazo antológico, se pierde por centímetros. Igual, muchos dicen que esa maravilla fue gol. Ah, y qué tal, en ese mismo torneo, a Pelé elevándose como una suerte de deidad que sube al cielo, cabezazo imposible de tapar, y el cancerbero inglés, Gordon Banks, en una voladora desconcertante envía el balón al córner. Se dijo que era “la tapada del siglo”.

Hay pinceladas de arte en jugadas maravillosas. Las hubo en los pases de César Cueto, en las gambetas de Ronaldinho, en los chanfles de Corbatta, en las alucinantes jugadas de Riquelme, en la elegancia de Sócrates, en los quites de Beckenbauer, en las maniobras de Cruyff, en fin, que, como lo expresó Dante Panzeri, el fútbol es la dinámica de lo impensado. Y esas plasticidades tiene ingredientes artísticos. Con todas las bellezas que se veían antes (cada vez son menos, porque el fútbol se tornó una actividad muy “científica”, que deja poco a la imaginación y a la fantasía), y una que otra hoy, con tanta estética y creatividad en jugadas, no se puede decir, por ello, que el fútbol es un arte.

Gol del Siglo - Wikipedia, la enciclopedia libre

En cualquier caso, es imposible no volver a aquel golazo de Maradona, que tuvo todos los sabores y colores, todos los ingredientes (política, vindicta, exceso de talento, la comprobación de la sentencia de André Maurois de que el fútbol es la inteligencia en movimiento), sí, todos los elementos de una obra de arte: el segundo tanto contra Inglaterra en el Mundial del 86. Genialidad.

En el fútbol hay jugadas que pueden catalogarse como “arte efímero”, una creación de prodigio que solo dura instantes y queda, eso sí, para siempre en la memoria de los espectadores.

Coda con calderón. Esta nota la provocó mi participación como invitado de ocasión a una tertulia de comunicadores, que orienta el periodista y escritor Juan José Hoyos, debido a que una de las integrantes había escuchado en la radio a un locutor deportivo que, casi desgañitándose, opinaba que el fútbol es un arte.

Escrito en Medellín el 6 de junio de 2021

Domingo de peste y una nostalgia

(Una corta caminada por el “ahora” y algunas memorias del centro de Medellín)

Por Reinaldo Spitaletta

Un curita de hace tiempos, de cuyo nombre no quiero recordar ni las iniciales, se relamía por estar como párroco en iglesias situadas en zonas de élite, nada de templos de tugurianos, ni de extramuros sin abolengo. Ni riesgos que hubiera pasado alguna vez por sus pensamientos (y por sus rezos y promesas) el deseo de estar con pobretones. “Aleja de mí ese cáliz”, hubiera dicho en caso de caer en la pecaminosa tentación de revolverse con el populacho. Era un clasista por inclinación poco evangélica, porque, de cuna, como lo supe, fue una suerte de zarrapastroso, devenido arribista y discriminador.

No supe por qué lo nombraban siempre en templos de alcurnia (es decir, en esos de barrios de pudientes) y en capellanías de poderes civiles y militares. Debió tener protectores (padrinos) de peso. Por estos días en que la pandemia nos sigue embozando, caminaba yo hacia el parque Bolívar. Me gusta observar de cerca esa enorme mole neorrománica de adobe macizo, con una presencia arrobadora, que tuvo en otros momentos, ya lejanos, el aglutinamiento abigarrado de ricachones en sus oficios religiosos, dado que la élite era habitante de sus alrededores, del bello barrio Villanueva de calles limpias y casonas de exquisita arquitectura.

Fue esta iglesia —es sobrecogedora por su porte y su forma— durante años la edificación más sobresaliente de una villa con chimeneas fabriles, obreros y una atmósfera que no era solo primaveral, sino repleta de rezanderías, chismes de atrio y transacciones comerciales. Nada podía ser más destacado en la aldea con ínfulas de ciudad que esa creación magnífica, inaugurada en 1931 y cuya construcción duró 41 años.

Después, aparecieron edificaciones civiles más altas en la década del cuarenta. El curita del principio siempre quiso estar en la Catedral, pero no. De cualquier modo, gozó de la presencia zalamera de señoras ricachas y de señores platudos en los templos en que estuvo en El Poblado. Lo de menos, en todo caso, es el intruso recuerdo de aquel sacerdote encopetado, del que me vino su imagen cuando llegué a la esquina de Sucre con Bolivia, desde la cual se me apareció la gracia ladrillesca de la basílica, y muy cerca, en la esquina con Ecuador, la casona plateada y blanca que todavía conserva revejidos esplendores—ahora mutada en oficina de un banco internacional— , que perteneció a uno de los miembros de la familia Echavarría, no sé si de la de rama de los gordos o la de los flacos.

Hace años, en la esquina desde donde ahora observo y en la que se levanta de un lado el edificio Metrópoli, en cuya base hay una suerte de pasadizo que semeja una recova en miniatura, estaba la Casa Jayes, almacén de partituras y demás “insumos” musicales. Entiendo que era del señor Jairo Yepes, profesor además en una época del Conservatorio de la Universidad de Antioquia. Y, sobre la misma acera, recuerdo la galería de arte del refinado Rafael López.

Llego al atrio y veo abierta la puerta central de la iglesia. Están en un oficio litúrgico. Raro que hoy los alrededores no despidan el hedor a orines; tal vez las lluvias recientes se encargaron de la asepsia. Es un día soleado, sin los concurrentes de otros tiempos, en especial antes de la pandemia, que se congregaban en el parque cuya fuente en este momento está apagada y vacía. Y en la iglesia, apenas unos cuantos feligreses en las sillas de la nave central.

Desde el atrio comienzo a hacer una suerte de paneo. De Bolivia hacia el occidente, bajo un cielo azul intenso con algunas nubes blanquísimas, hay una soledad de melancolía. En el parque, unos cuantos parroquianos, algunos sentados en las nuevas bancas de aspecto repelente. Recuerdo aquellas otras, con el sello de la Sociedad de Mejoras Públicas, de granito, en las que, a fines de los setentas, solíamos sentarnos con otros estudiantes a cantar y tocar guitarra a medianoche.

El viejo parque, histórico por lo demás, conectado hace años solo con las élites citadinas, está ahora medio habitado por unos cuantos usuarios que, de cerca, se les nota la desazón y el desánimo. Observo la esquina de Ecuador con Perú, y vuelven antiguas imágenes de la sede de Helados San Francisco. Hay en este mediodía una especie de entristecimiento urbano que flota en el ambiente.

Cuando llegó a la esquina de Junín con Caracas, volteo a observar la ya desabrida casona que perteneció en el siglo XIX al fotógrafo y químico Pastor Restrepo, la más antigua del centro de la ciudad, ahí, muy cerca de donde estuvieron el Teatro Odeón y un restaurante chino que en otros tiempos era de caché. Camino por la histórica carrera Junín, un paseo peatonal que no tiene ahora muchos transeúntes. Me detengo en el cruce con Maracaibo y frente a mí pasa una señora que me mira con curiosidad.

Las erguidas palmeras están aquietadas y al fondo se erige el rascacielos Coltejer, que poco o ningún juego hace con la arquitectura de los alrededores. Camino con desgano. Retornan imágenes de aquello pasajes comerciales, que en su tiempo de novedad revolucionaron el centro. Están cerrados casi todos: el Astoria, el Junín-Maracaibo, y otros más recientes como el Orquídea-Plaza y el Unión, donde durante muchos años quedó el club de la estirada burguesía antioqueña.

Tiene cara de ser domingo de pandemia, en vísperas de “puente festivo”. Esta callecita que hace años era la alegría de muchachas bonitas en desfile por una pasarela céntrica que volcaba miradas en las piernas y en las minifaldas, está a esta hora en una desolación que origina desconcierto y murria. Sí, semeja una calle abatida. Doblo por La Playa hacia el oriente. Ni siquiera están los puestos de los artesanos. O sí, uno que otro. Las escalas del Coltejer están “selladas” por barreras metálicas. Todo habla de que es domingo de peste.

Al pasar por el edificio La Ceiba, con sus balcones abundantes y su arquitectura envolvente, reaparecen historias viejas. Mejor dicho, imágenes de beodos crepusculares en sus pasillos, y la entrada a la galería del poeta y pintor Federico Villegas, en los bajos de este edificio que por mucho tiempo, antes de ser edificio, fue un caserón distinguido, en el mismo que, en 1935, por deferencia del doctor y presbítero Enrique Uribe, se velaron los restos calcinados de Carlitos Gardel.

Atravieso Sucre y me detengo a tomar unas fotos del edificio La Ceiba. Hay poca circulación de carros y de peatones. Camino sin prisa y, de pronto, un sujeto joven me aborda, no le entiendo lo que me dice, tal vez está intimidándome, porque me dio la impresión de haberle escuchado: “quién lo mandó por aquí”. Sigue farfullando. “¡Qué pasa!, ¡qué está pasando!”, le digo en voz alta, se desconcierta, acelero el paso, cruzo La Playa hacia la otra acera y paro más adelante a tomar unas fotos en la esquina con la Oriental.

Es un domingo pandémico. Aburrido. Con un centro semivacío. Sin humos, sin motores, sin gente. Nos acostumbramos a sus tumultos y gritos. A sus carretillas y aceleres. Hoy no es un día normal. Sigo subiendo por La Playa, bajo sus ceibas y otras especies refrescantes. Veo la antigua Casa Barrientos y descubro que su fachada enluce. Está recién pintada y se ve muy bonita. Más arriba, tras cruzar El Palo y Girardot, decido voltear por Córdoba, hacia el norte, junto al Palacio de Bellas Artes y los bustos de Débora Arango, Luis Uribe Bueno y Carlos E. Restrepo.

Me detengo frente a una casona de fachada gris y enorme portón. Y sin aviso, regresan imágenes de viejas noches cuando, con otros camaradas, nos sentábamos en una jardinera a cantar tonadas de Alí Primera y de Carlos Puebla, con guitarras y voces ebrias. No sé por qué, como en un tango, se me salta un lagrimón. “Maricadas de la nostalgia”, se dirá. Y bajo el cielo azul intenso y las nubes algodonosas, muy blancas, sigo caminando hacia ninguna parte en un apestado domingo con una escuálida escasez de paisajes.

(Escrito en Medellín el 29 de mayo de 2021)

Ayer y hoy

Lo leí en papel mimeografiado

Tiempos de ¡grito! contra los asesinos

El poema se llamaba Pie de foto

De derecha a derecha aparecen el general

El ministro y el presidente

Y el que los manda

La idea era contestar a los verdugos

Decirles cuánto daño han hecho

Y cómo se castigarán sus aberraciones

El poema gritaba en una octavilla

Que recogí del asfalto

Era un tiempo que hoy parece el mismo.

Reinaldo Spitaletta

Los murales de la estación Callao: una experiencia de arte público en los 80

Soy calle, soy ciudad

(Ciudad con ibis, disparos, orines y pájaros que alborotan al atardecer)

Por Reinaldo Spitaletta

Ya no sé cuántos son los años de recorridos por las calles del centro y de sus barrios aledaños. Además, puede carecer de importancia la cantidad. Creo que, por ejemplo, el paseo Junín, desde cuando era más para carros que para transeúntes, es parte de mis antiguos pasos, ¿los pasos perdidos?, cuando esa calle entrañable era una especie de pasarela de muchachas bonitas y señoras elegantes y de aparente buen vivir.

Imágenes de vitrinas de almacenes finos, la muy tentadora exhibición de la ya extinta Librería Nueva, las conversaciones del Salón Versalles, los poetas extravagantes vestidos asimismo de excentricidades, como si siguieran una inexistente cartilla de “posudeces” y otras instrucciones de simulacros para ser poeta.

En un tiempo supe de memoria las ranuras, las piedrecillas aferradas al asfalto, los huecos y manchas de aceite de la calle Ayacucho, en especial desde San Ignacio hasta Las Mellizas. Sé los tangos que sonaban en El Astral y el café Sol de Oriente a las seis de la tarde y me acuerdo del saludo afectuoso de Alfredo, el sonriente dueño de un bar en la esquina de Francia con Ayacucho.

En esos caminares, cuando esa calle con nombre de batalla y sonoridades quechuas era de doble vía, con campanas de iglesia (Nuestra señora del sagrado corazón) y sonidos de bolas de billar, tuve alguna vez que recostarme contra un muro en la esquina de Canal con Ayacucho, porque de automóviles y motocicletas disparaban contra no sé sabe quién. Nadie murió, ni salió herido. “No hubo curiosos, no hubo preguntas, nadie lloró…”.

Me aprendí sin propósito alguno los paisajes de una calle que hace años olía a sudor de obreros, a marihuana y telares, en la que en un tiempo veía en las aceras “changones” y muchachos sobradores, que tuvo famas de buenos bailarines y vientos que traían armonías de tangos y porros: la 51, en un tramo, cuando deja de ser la elegante y arborizada La Playa, para erigirse en una más proletaria: Ricaurte. En átomos volando quedaron, una noche de horrores, varios muchachos “pulverizados” por las hordas asesinas que los fusilaron contra una vieja pared de la desaparecida fábrica Coltejer.

Su prolongación, pasada la muy afamada Vuelta de Guayabal, con ventas de marihuana fina, con algunos bares, creo que había uno llamado Torrente (con compases de aquel tango hermoso de Gutiérrez y Manzi: “Solloza mi ansiedad… / También mi soledad…”), se llamó La Canguereja y su más destacado referente era, y es, el Puente de La Toma, al cual, a fines de los setenta, los muchachotes que iban a llevar “mercancía” a Gringolandia comenzaron a denominarlo Puente Brooklyn, como para tener un suvenir caricaturesco de sus aventuras soterradas.

Cuántas veces anduve de arriba a abajo y de abajo a arriba por esa calle estrecha, con algunas casonas de tapias, otras de “material”, que tenía el rumor permanente de la quebrada Santa Elena. En el puente había tangos y salsa. Y cánticos (también sollozos) al Deportivo Independiente Medellín. Recuerdo a una familia de ciegos, varios de ellos músicos de buena gama, uno de ellos acordeonista de buen sonar.

Uno va interiorizando fachadas, con sus formas diversas, sus aplicaciones y arabescos, sus descaecimientos y ruinas, sus pinturas recientes o su falta de cuidado; y balcones y ventanas y puertas con rejas. Y aceras. Se va llenando de entejados y antejardines, y de basuras tiradas de modo agresivo e insalubre en las aceras. Se va grabando fisonomías y los olores a pan caliente y a cerveza. Tantas calles recorridas y vueltas a andar. Huellas y retazos de una ciudad en la que también los edificios han ido cercenando el horizonte.

Uno se va aprendiendo de memoria recovecos y avenidas, callejuelas y plazoletas. Creo que me sé tantas calles. Con sus nombres y sus ayeres. Con sus ascensos y decadencias.

En un tiempo sabía las caras de las puertas y las ventanas, porque todavía se presentaban abiertas al mundo, con rostros de curiosidad y doñas que se paraban en la acera y se contaban historias y otras consejas sabrosas, que mirá que la hija de doña Asunción se voló con el novio, o ¿sabés que a fulanita, la que le gustaba tanto la noche, la encanaron?, y a don Jaime, el de la tienda, le metieron un billetazo falso…

De tanto andarla, la ciudad se va colando en uno. Y a lo mejor uno va adquiriendo cara de Colombia o de Palacé, o, por qué no, de callejón, como ese que desde la carrera Giraldo curvea hacia Bomboná. Puede ser que se te peguen las flores del guayacán de marzo o las del cámbulo de enero. Y vayas tomando el olor de los parques y de las hojas secas en la canaleta.

A veces, en la calle Cuba, muy cerca de la que antes se llamó la plazuela de la Independencia, sí, donde está el colegio de María Auxiliadora (carrera El Palo) me place pararme a contemplar varias casonas y cada vez les encuentro detalles distintos. Hay una cuyo antejardín, mejor dicho, su espacialidad entre el adentro profundo, el menos adentro pero que ya está delimitado por verjas de hierro, y el afuera, es más grande que cualquier apartamento moderno de estrato alto. Tiene una campana, una escalera que serpentea entre zonas verdes y un corredor.

No sé cuántas veces me he quedado viendo cómo se posan las nubes en los altos del antiguo Palacio de los Rodríguez (otros lo llaman de los Medina), o como el viento canta sobre la fachada crema con ribetes azules zafiro, arabescos y cornisas. Es la hermosa sede del Teatro Prado-Águila Descalza. A veces, sobrevuelan su jardín mariposas verdeazules.

Y ni qué decir de la San Martín, una carrera que va desde Cuba hasta el convento de las Siervas de María, en un recorrido en ascenso, en el que, con antejardines poblados de laureles y mangos y guayacanes y araucarias, con uno que otro jazmín de la noche y mucha basura en la esquina con la calle Moore, se siente todavía un pasado de esplendor; sé de sus verjas y portones, de sus edificios feos que rompen la armonía de lo que fue un sector con casonas bonitas y de amplios ventanales. Sí, me la sé con sus perros y los que pasean a sus mascotas.

Hay calles que huelen a tierra húmeda, a gasolina, a contaminación. Claro. Y pueden asfixiar. Otras, huérfanas de árboles, son tristes y desharrapadas. Parecen siempre enfermas. Y no faltan las que hieden a meaos y excrementos. Son parte de una ciudad desnivelada, sí, en la que poco queda de referentes culturales, en la que nadie sabe cuál fue la casa de Tomás Carrasquilla (ahora un motel) ni dónde vivió, por ejemplo, León de Greiff. Ni hay referencias al café El Globo ni los loquillos de los Panidas, ahí, en el parque Berrío, destrozado, vuelto una estación de metro y un despelote sin brújula.

A veces ando por la Veracruz, con su descolorido paisaje de prostitutas desabridas y de mirada melancólica, con sus proxenetas vigilantes y rampantes, con ojos de fuego. Y me han dicho que por ahora no pase más por esos espacios, donde hay museo, esculturas de Botero y un busto de Atanasio Girardot (el mismo que una vez se robaron, sí, el que esculpió Francisco Antonio Cano), porque están asaltando en gavilla. Y me paseo por la plazuela Nutibara, tan histórica, tan arquitectónica y tan desvalida.

No falta el momento en que —pienso— soy ladrillo y mampostería; portones y aceras destrozadas; adobe de la Catedral (al que han raspado para el basuco y lo han meado y cagado en sus partes bajas) e inquilinatos de Barbacoas. O el tronco de una ceiba centenaria o los restos de cometas que perecieron por culpa de un mal viento en las alambradas eléctricas, de las cuales también veo colgar, cual ahorcados urbanos, pares de zapatos viejos.

Es placentero escuchar al atardecer el grito de loras y guacamayas y, en esta ciudad paradojal, en medio de la pandemia, se puede ver cómo las calles de ciertos barrios las atraviesan los ibis negros, misteriosas aves emparentadas con Thot, dios egipcio de la escritura, la sabiduría, la ciencia, las artes y los muertos.

(Escrito en Medellín el 24 de mayo de 2021)

Camina el porvenir

Reinaldo Spitaletta

La vida reciente se amontona en grito

En manos anhelantes con el cielo por bandera

Enérgico alborozo de los sueños vivos

¡Viva la utopía! y la juventud ¡viva!

Los veo pasar con su canto enhiesto

Marchan hacia el futuro

Ellos lo edifican, están sembrando

Portan flores y morrales con palomas

Pronostican días de un país mejor

Desfile de carteles y pancartas

¡Abajo el mal gobierno, no más humillación!

Caminan al compás de invisibles tambores

¡corazones nuevos, sangre exacerbada!

Resonancias de música interior

Lejos ya de la leche materna

La vida palpita en el asfalto

Que comienza a teñirse con su sangre

Suenan disparos, ladridos de perros de presa

No se asustan los marchantes, ¡cantan!

Alimentan el mañana, ¿cuándo llegará?

Quizá muy pronto o en distante amanecer

¡Qué importa! Es la primera piedra del futuro.

(A la juventud colombiana, mayo 19 de 2021)

Los olores y algún “perfume de humedad”

(De las magdalenas proustianas a las bebidas aromáticas de mamá)

Por Reinaldo Spitaletta

1.

¿Qué olores de mamá puede uno tener albergados en la memoria olfativa? ¿Tal vez el de la leche materna? Es complejo devolverse y sentir un particular efluvio de aquella mujer que, con Edipo y todo, está presente en recuerdos, álbumes, imágenes y un sartal de situaciones, algunas o tal vez muchas de ellas yacentes en la oscuridad de los olvidos. Creo que un olor particular de mamá estaba conectado con aromas de romero, cidrón, limoncillo y otras plantas. Y, me parece, con unos perfumados jabones de tocador.

Y quién sabe cuáles eran los olores primigenios de la infancia, de la casa paterna, de la escuela, del salón de clase, del patio de recreo. Hay antiguos olores de la calle, tal vez conectados con antejardines, o con la variedad de productos de la tienda esquinera, o puede ser con una capa de pintura fresca o con los olores culinarios, sobre todo en casas donde, con un rigor inmodificable, se cenaba a las seis de la tarde. Había unos previos en el que uno aspiraba, penetrando por patios y solares, los aromas de carnes fritas y otros guisos.

No tengo en mi albergue de recordaciones el olor de mi primera maestra, aunque sí el del quiosco escolar, con gaseosas y bizcocho negro, galletas y panderos. Hay olores, en cualquier caso, que nos conectan con las temporadas de infancia, con los traídos de Navidad, los aguinaldos, la pólvora decembrina y los comestibles de época. También con los de aquellas figuras de pesebre, de un caucho particular, con un perfume inolvidable, como lo era el del musgo y luego el del papel encerado.

De papá, ahora que lo evoco, se vienen a veces aquellos olores a fijador y a agua de colonia. Muy de vez en cuando se le percibía en su aliento el olor de la cerveza (no era un bebedor); en cambio, a veces se sentían a su alrededor olores de brisas marinas (al fin de cuentas, era un hombre del Caribe y su ciudad natal, Cartagena, le hacía en ocasiones oler a pasados gloriosos y a murallas envejecidas).

Los olores, creo, hacen parte de nuestra identidad, de las historias hogareñas y de los contactos de sociedad. El cine, o, de otra forma, las afueras del teatro, en aquellos matinales de prodigio, olían a papas rellenas con ají (había muchachos y señoras que se paraban en las afueras a ofrecerlas), a revistas de aventuras (en particular las de Tarzán de los monos), a libritos de Marcial Lafuente Estefanía y otros autores de gestas del Oeste y también a láminas de colección, cromos o caramelos (como curiosamente se les denominaba).

Puede ser que, entre la variedad infinita de olores, no solo en el cine, en las mangas o baldíos especializados en “picados” de fútbol, no pueda eludirse el de los chupetes confitados que iban de modo ambulante aferrados a una vara colorida. Ni el de las crispetas o palomitas de maíz de los atrios de las iglesias. Así como el de los carritos de helados, con campanas de melodioso timbre que en uno seguro tenían el efecto de los reflejos condicionados de Pavlov, que exhalaban un olor muy agradable, en especial a vainilla.

Somos parte de una cultura olfativa. Hemos aprendido a distinguir olores espesos, delgados, fuertes, sutiles. Y también, en medio de esa división que se va produciendo entre olores agradables, evocadores, en fin, con los que ya no representan una gracia, sino, al contrario, una desgracia por sus repulsiones. Los hedores están en otras coordenadas. Y, desde luego, son parte de los procesos civilizatorios y de los avances de la higiene.  Los unos como los otros se mezclan en el torbellino de la complejidad cultural.

Los olores, integrantes de la historia, de los procesos sociales, de los cambios en las relaciones del hombre con la naturaleza, tienen distintos significados. Para los antiguos egipcios ciertos aromas eran de una indispensable necesidad y podrían estar conectados con formas de ser, con las texturas de las ropas, las comidas, la religiosidad, el mantenimiento del cuerpo. El olor, y luego el desarrollo de la perfumería, se puede manifestar en su conexión íntima con lo erótico, con la práctica sexual.

Y así como ha habido momentos en que los olores no están en el centro de las sociedades, hubo otros en que era imprescindible. Qué es oler bien. Qué es oler mal. Con qué fisiologías o comportamientos se relacionan unos y otros aspectos, clasificaciones, distinciones. Puede ser que un olor a aceites de plantas, como decir, de coco, o de hierbas aromáticas, no tenga las mismas simpatías en una cultura como en otra. Y que el pachulí sea muy llamativo en Oriente, y que, de pronto, en otras geografías, se conecte con el aroma de prostitutas sin clase, de baja estofa, como había otras, más del catálogo de las hetairas y finas cortesanas, llamadas a expeler aromas de ensoñación.

Hay, claro, una historia de los olores. Como de la higiene, del aseo, del agua, de los acueductos, del alcantarillado y los inodoros. Y por supuesto, del perfume. Este elemento, de fabricación compleja y con secretos en su producción, está conectado con la historia de la sexualidad y, en general, con la del cuerpo. Ha sido, en determinados aspectos, una posibilidad para las atracciones, como también para el encubridor ejercicio de los disimulos y las imposturas.

A diferencia de otros sentidos, el del olfato a veces no ha tenido “buena prensa”. En el siglo XVIII, entre los filósofos no era de buen recaudo ni acogido en reflexiones o estudios ese sentido, que, de otra manera, se relacionaba más con la percepción de lo mórbido de las enfermedades y de los hedores que ellas pudieran ocasionar. Y entonces en el campo de la salud un mal olor era un indicativo de una enfermedad, aunque por sí mismo no daba suficiente información acerca de la nocividad de la misma.

A los malos olores (toda una contraposición frente a los “buenos olores”) se les relacionaba con las pestes, y así entonces las emanaciones fétidas eran la posibilidad de una presencia maligna en el cuerpo. El hedor, asociado a la enfermedad y la muerte. En el siglo XIX, los malos olores estaban unidos también a la búsqueda de causas de las enfermedades, así como a los avances en la microbiología y otras disciplinas, que permitieron la formulación de teorías sobre el miasma.

Las incidencias de los estudios de olores, perfumes, hedores, hacen parte de la historia de las sensibilidades, que puede mostrar diferencias, en particular por tópicos de cultura, entre los pueblos y sus rituales. Debe ser complejo averiguar y desarrollar corpus teóricos sobre el uso del olfato en sociedades antiguas, en los pueblos errantes y en los que ya lograron establecerse en un territorio. Así como de aquellos que van a estar divididos, en particular por las visiones de los investigadores, en civilizados y primitivos.

2.

Debe haber muchos olores olvidados. A veces, tornan a la memoria por alguna conexión inesperada, o por imágenes que aparecen en el cine, la literatura, las artes plásticas… Un olor que atraviesa una calle, por ejemplo, el que emana de una panadería, puede conducirnos a otros días, a situaciones olvidadas. Olor a pan caliente. Olor a pan recién salido del horno. Da para muchas remembranzas y comparaciones.

En el primer tomo de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, hay una situación especial y adjunta al olfato (también al sabor, al gusto). En la primera parte o primera novela, llamada Por los caminos de Swann, una situación que puede parecer sin trascendencia, como es la de probar una magdalena, va a producir los llamados “recuerdos involuntarios”. Un sabor, un olor, estimulan la memoria y provocan visiones hacia el pasado, hacia tiempos tal vez ya enmaletados en la inconsciencia. ¿Qué hay en un olor? ¿Qué despertares nos aguardan por tener de súbito la presencia de un aroma, de una emanación?

En la visión de Proust, una taza de té y una magdalena o bizcochuelo devuelven el tiempo a Combray, a la madre y a la tía Leónie. “Después de la muerte de las personas, después de la destrucción de las cosas, nada subsiste de un pasado antiguo, sólo el olor y el sabor —más débiles pero más vivaces, más inmateriales, más persistentes, más fieles— perduran durante mucho tiempo aún, como almas, recordando, aguardando, esperanzados, sobre la ruina de todo lo demás, portando sin flaquear sobre su gotita casi impalpable el inmenso edificio del recuerdo”.

Y en ese punto, se pueden establecer las clases de memoria, como la olfativa. Hay gentes que tienen más desarrollada la memoria auditiva, o la visual, o la táctil. La olfativa es otra posibilidad de la historia, de los recuerdos, de antiguos comportamientos o situaciones que ya pueden estar perdidas en una tenebrosa atmósfera. Así que perder el olfato puede dar al traste con inmensas aperturas a otros tiempos, a esferas sorpresivas y asombrosas. La anosmia debe ser un trauma dramático. En estos días de pandemia, cuando el coronavirus produce síntomas como la pérdida del olfato y del gusto, el enfermo puede tener la sensación de estar caminando, sin práctica, como un aprendiz medroso, en la cuerda floja de las ausencias.

Y volviendo a la literatura, no podríamos dejar de mencionar a la “regularonga” novela El perfume (Historia de un asesino), de Patrick Süskind, un bestseller con muchos defectos, pero que da cuenta de cómo sería un mundo en el que un hombre tenga desarrollado hasta lo imposible su olfato, como es el caso de Jean-Baptiste Grenuille, nacido en el sitio más putrefacto de París de la primera mitad del siglo XVIII.

Hay libros con perfumes florales, herbales, con el olor de los venenos, con la presencia del olor a sexo, a partes íntimas, con gastronomías y buenos licores. O con los olores de la miseria, de la muerte, de la decadencia. Olores a mar, a ríos, a sangre, a tierra mojada, a tumbas y nacimientos. O, como en un bolero, a “perfumes de humedad” (que también puede ser una alusión a zonas erógenas).

Por el camino de Swann - Wikipedia, la enciclopedia libre

3.

¿A qué huelen las ciudades? Los olores son elementos de la caracterización y la identidad, dan distinción. Ciudades que huelen a telas o a pan, a vapores o a aceite, a maquinaria o a sal marina. Recuerdo que, en los sesentas, Bello, entonces una ciudad industrial y obrera, olía a algodón, como aunque, en ciertos lugares, se percibían los olores del tren y de sus talleres. En algunos baldíos y en ciertas calles se expandían olores, o, más exactamente, hedores a bazofia, a basura arrojada en solares, en casas de inconclusa construcción, en esquinas y orillas de las quebradas.

Y aquí en esta parte no sobra hacer referencias a la higiene, a los olores a sangre de los mataderos, a boñiga y también a orines. En un tiempo, con controles higiénicos precarios, con letrinas y poco ejercicio del baño diario, los hedores eran una presencia inmanente, la cotidianidad plena de miasmas, de podredumbres, de calles ocupadas por caballos y perros y otros animales que depositaban en ellas sus meados y excrementos. Las quebradas en un tiempo, si bien en partes rurales todavía conservaban su cristalinidad y limpieza, en las ciudades ya estaban contaminadas, como pasó, por ejemplo, con la Santa Helena (o quebrada de Aná), en Medellín, corriente histórica, que tuvo incidencia capital en el primer urbanismo y distribución de la vieja Villa de la Candelaria.

Medellín (como otras ciudades de fines del siglo XIX y comienzos del XX) eran infectas. Pese a los avances y aperturas de los discursos higiénicos, las nuevas formas de los procesos civilizatorios tardaban en instaurarse, y a la par de desarrollos extraordinarios como los de la inicial industrialización, la aldea se movía entre las iniciativas de la Sociedad de Mejoras Públicas (creada en 1899) y el desorden y desgreño que se presentaba en calles, plazas, lugares céntricos y extramuros, que la hacían ver como una “Tacita de mugre”.

Así que en medio de olores gratos, como los de las trilladoras, las primeras fábricas de chocolates y otras bebidas, la de las telas y los almacenes de mercancías importadas, había otros paisajes olfativos nada agradables. O, cómo no, ciertas hediondeces y porquerías; las inmundicias, se tornaban en presencias con las que se convivía. Eran otras las sensaciones olfativas. Otras las costumbres.

No eran extraños los hedores a excrementos animales y a mierda humana, como a orina y otros desechos que se acumulaban en calles y caminos. La higiene se fue abriendo paso, los aportes de médicos y salubristas desbrozaron el sendero hacia nuevos comportamientos individuales y colectivos. Pero tardó. Durante buen tiempo se escuchaban los gritos que, desde las ventanas, balcones y buhardillas se emitían para advertir a los transeúntes que de pronto no les cayera una bacinillada de orines o de cosas peores. “¡Agua va!”, era el perentorio aviso.  

Después de avances considerables en la higiene, de los nuevos y viejos olores (en los olores también hay cambios, olores que mueren, olores que nacen), la ciudad, digo Medellín, todavía da muestras de comportamientos deleznables. Hay lugares que perfuman por sus árboles, flores, limpieza pública. Hay lugares deteriorados, con mezclas asquerosas de mierda y orín, de vómitos y podredumbres. “Por acá huele a berrinche”, se escucha decir, cuando, por ejemplo, se pasa por la monumental Catedral Metropolitana o por ciertas esquinas céntricas.

Y así como el viento lleva aromas de jazmín de la noche, de francesinas y cadmios, también arrastra miasmas y fetideces.

Coda con café humeante.

La casa, la tuya, la mía, tiene un olor, aromas propios. Hay unas que huelen a libros (que es uno de los olores más gratificantes que hay, tanto de libros viejos como de nuevos); a buena mesa; a café caliente y bebidas aromáticas; a vino. Y también a fraternidad y encuentro; a trabajo y recogimiento. La pandemia le ha dado nuevos usos a la casa. Ha forzado el hábitat, lo doméstico, la mezcla de afueras y adentros.

Hay olores en las casas que nos devuelven a otras épocas, como la de los olores a especias, que daban un clima oriental y miliunanochesco a las cocinas. Olores a fotos viejas (en los álbumes, ya muy poco vistos), a prendas (manteles, carpetas, cubrecamas…) que eran de abuelas o tíos. A recetas maternas, sobre todo en ciertos momentos de celebración o conmemoración. Tantos los olores. Tantas las ausencias.

Ah, vea pues, de mamá acabo de recordar un plato especial que hacía con posta dulce, clavos y trocitos de canela, una carne deliciosa. Olía a sabrosuras y a buen apetito. A veces, retornan, sin saberse cómo, aromas de sus tazas de limoncillo, cidrón, manzanilla, y entonces con el tiempo en reversa nos vamos a buscar el primer olor que percibimos.

Escrito en Medellín el 15 de mayo de 2021

Y mi amor en tu ventana…

(Ventanas para voyeristas, enamorados, francotiradores, serenatas y algo más)

Por Reinaldo Spitaletta

La ventana, más limitada que el balcón y la puerta, aunque más íntima y resguardada para ciertos efectos, es otra conexión del afuera y el adentro. No sé cómo será un espacio de vivienda carente de ventanas. Debe ser, aparte de melancólico, lo más parecido a una mazmorra, a un calabozo de angustia. Esa transmisión que hace una ventana con el exterior establece vínculos con la voz de la calle, con el transeúnte, con los vehículos, con el mundo que pasa… y —bueno, tal vez ya no tanto— con las serenatas.

Una ventana tiene ojos. Es una estructura singular para la comunicación. Y para otros usos, a veces en la categoría de lo subrepticio. Ventanas hay en las que, en sus alféizares, se depositan macetas de plantas de jardín. Y tienen el encanto de la observación clandestina, tras cortinajes o persianas, hacia fueros de lo público.

Una ventana muy recordada es “La ventana indiscreta”, el filme de Alfred Hitchcock que nos conecta con espacios de urbanización de apartamentos y, en especial, con la situación de un fotógrafo confinado a una silla de ruedas, cuya residencia da a un patio interior en el que sobresalen ventanales, que, por la estación del calor, permanecen abiertos. El observador profesional (al fin de cuentas, tiene un ojo adiestrado) aspira a que suceda en uno de esos espacios (que pueden conectarse con la idea de asfixiante confinación) un asesinato.

La ventana es una aliada del voyerismo. De mirones y gateadores. De aquel que aspira a descubrir, a través de las hendijas, de una abertura de la persiana o por un corrimiento sutil de cortina, otras emociones y paisajes. A veces, conectados con la intimidad de otras personas, de vecinos y visitantes de otros ámbitos. Desde la ventana puede clavarse la mirada sobre una vecina atractiva, ver el vuelo de los pájaros, la presencia en los alambrados de azulejos, canarios y otras especies de aves, y avistar el ruidoso volar de guacamayas y loras.

Una ventana a veces es una trinchera. Un espacio para el francotirador. Una vía de escape para el amante furtivo cuando está a punto de ser pillado por aquel que, engañado, ya siente en su frente cómo crecen las cornamentas. Ventana de salvaciones y culpas. De murmuraciones y secretos.  Cantada, pintada, poetizada. Y también erigida como una suerte de espacio por el que te pueden arrojar, en una acción cuyo nombre parece dibujar y narrar toda la dimensión del desastre: la defenestración.

Tirar la casa por la ventana es un dicho con capacidad simbólica y representativa. Está alineado con la festividad, la celebración, el goce y, por qué no, el despilfarro. Hay en la ventana, además, unas estampas románticas, unas destinaciones al canto, a las declaraciones de amor. En un tiempo, en la ciudad era una rutina, una manera de ser urbana, el visitar a la novia por la ventana. Ventana para la conversación, el romance y los besos robados. “Asómate a la ventana para que mi alma no pene”, dice un bambuco de Alejandro Flórez, interpretado, en otro ritmo, por Carlitos Gardel.

En cualquier caso, esta parte vital de la casa (que tiene presencia hacia el exterior y también hacia el adentro), que como se ve ha sido una colección de usos diversos, tiene diversidad de formas y materiales. Maderas y cementos, granitos y vidrieras. Ventanas corredizas, fijas, enrejadas, con barrotes, con calados, las célebres ventanas arrodilladas de la arquitectura antioqueña; las que casi tienen el tamaño de una puerta, como las que apenas están sugeridas, sin presencia contundente.

Hay ventanas tristes (las de algunos poetas, como Kavafis, por ejemplo) y contentas. Envejecidas, con una añeja pátina del tiempo, y otras muy rejuvenecidas o recientes. Son, se ha dicho, los ojos de la casa. Y un puente o camino de la curiosidad, sobre todo infantil. Hay viejos, claro, que se asoman a las ventanas y quizá hacen una reconstrucción de su pasado, se ven caminar por las calles, tal vez retornen a sus días ágiles y juveniles cuando el afuera era una insistente presencia de su cotidianidad.

En la recepción del Premio Príncipe de Asturias, en 2007, el escritor Amos Oz pronunció un discurso, al que tituló La mujer de la ventana, en el que, entre otras sugerencias, llamó a leer novelas, porque es como visitar las estancias íntimas de otras personas y penetrar en sus espacios, a veces insólitos o inesperados.

El autor de Judas y Contra el fanatismo, también dijo, como remate de su intervención: “La mujer de la ventana puede ser una mujer palestina de Nablus y puede ser una mujer israelí de Tel Aviv. Si desean ayudar a que haya paz entre las dos mujeres de las dos ventanas, les conviene leer más acerca de ellas. Lean novelas, queridos amigos, aprenderán mucho”.

La ventana, elemento arquitectónico que aparece en poemas, canciones, relatos, novelas, ha sido una invitada especial a las artes plástica. Se dice que ella, en sí misma, es una narración visual, atiborrada de sugerencias y misterios. El Renacimiento otorgó a esta construcción un atractivo lugar en lienzos y otros materiales. Los pintores flamencos y toscanos la tuvieron en cuenta, y así, por ejemplo, se pueden apreciar ventanas de Durero, de Vermeer, de Friedrich. Es probable que las ventanas más sugerentes sean las de Edward Hopper, aunque, para otros, hay una atracción descomunal y deliciosa en obras de Murillo, Velásquez, Matisse, Chagall, Dalí, Magritte…

Ventanas en las que se asoma una muchacha bonita, una anciana, un gato, un perro… En algunas residencias suple al balcón. Baudelaire tiene en su libro El spleen de París, una nota titulada Las ventanas: “Quien desde fuera mira a través de una ventana abierta, jamás ve tantas cosas como quien mira una ventana cerrada. No hay objeto más profundo, más misterioso, más fecundo, tenebroso y deslumbrante que una ventana tenuemente iluminada por un candil”.

Y las ventanas de las tres de la mañana, en Buenos Aires, narradas por Roberto Arlt en una de sus Aguafuertes porteñas. En ellas se insinúan los interiores de conventillos, las conversaciones con mate de amigos que ya decidieron no dormir, las ventanas de los pobres y de los trasnochadores.

La ventana ha sido imprescindible en tiempos de pestes y pandemias. En los confinamientos obligatorios Una unión con lo que está más allá de los muros. A veces, el transcurrir del barrio, de la calle, de la ciudad, solo se puede medir y descifrar desde la observación cuidadosa desde un ventanal. No es poca cosa cuando hay encierros obligatorios.  “En estas salas oscuras, en las que paso / días opresivos, camino de un lado a otro, /
buscando las ventanas”, anuncia Kavafis.

Hay ventanas siniestras y festivas. Angustiantes y jubilosas. Ventanas que cantan. Ventanas que lloran. Por unas pueden penetrar las estrellas y las brisas de la noche; por otras, una corriente de aire que puede ser fatal, como en un cuento de Maupassant. Ventanas del crepúsculo, de los amaneceres, de las lluvias, de las voces perdidas. Y también de los arreboles y las flores del guayacán.

En el tango hay ventanas cantadas y poetizadas, tanto en el centro como en los arrabales. Una, muy sentida, es la de Sur, de Homero Manzi: “Las calles y las lunas suburbanas / y mi amor y tu ventana / todo ha muerto, ya lo sé…”.

(Escrito en Medellín el 9 de mayo de 2021)

Crece la indignación popular en Colombia

Por Reinaldo Spitaletta

La víspera del paro nacional contra el despropósito de la reforma tributaria, una magistrada del absurdo declaró en una providencia que esa faena de protesta e indignación frente al mal gobierno, había que aplazarla hasta cuando el país alcanzara “inmunidad de rebaño”. Al día siguiente, el desfile de desobedientes, de vejados y destripados por las medidas antipopulares, atiborró las calles de decenas de ciudades.

La masiva demostración popular del 28 de abril, con cánticos y banderas, con consignas y comparsas, con una contundente expresión de trabajadores, estudiantes, profesores, amas de casa, desempleados y de todos los sectores empobrecidos, dio fe del descontento contra el gobierno. La multitudinaria presencia del pueblo en las calles, como una muestra de su enfado ante la agresión gubernamental, fue objeto de infiltraciones del lumpen, como suele pasar cuando la gente marcha con la cabeza en alto en contra de los atropellos.

Como dijo un periodista caleño, Raúl Ramírez, “ese lumpen estuvo de licencia” y dio rienda suelta a lo que había sido enviado: al sabotaje de una demostración cívica y poderosa de los sometidos a la barbarie gubernamental (porque qué otra cosa es, por ejemplo, esa desaforada reforma para empobrecer hasta el tuétano a los colombianos). El descontento popular se manifestó con entereza, de modo pacífico, en el acto de marchar y contestar. Pero el lumpen y otros infiltrados quisieron desviar el objetivo de la categórica presencia de los humillados.

No me digan, por ejemplo, que en ciudades como Medellín, dominada por las bacrim y otras organizaciones delincuenciales, que son las que controlan la ciudad, no hubo esa presencia dañina de los saboteadores. De los que con su labor de zapa realizan actividades para desmedrar las razones y motivos de una protesta. A todos esos boicots hay que sumar la actitud policial en muchos casos, cuando actúa con la lógica del delincuente y no de un cuerpo que protege al ciudadano y le garantiza, además, el derecho a la protesta.

La vigorosa jornada de repudio al gobierno y su descaro con la presentación de una reforma laboral (también se prepara una agresiva reforma a la salud), lesiva a los intereses de las mayorías, intentó ser empañada por hordas lumpescas y delictivas. Y ni así, pese a que muchos medios de comunicación son entibadores del sistema y apéndices de la Casa de Nariño, se pudo echar la mierda y la basura al gran despliegue de inconformes contra Duque, su patrón Uribe, el minhacienda y el resto de la ralea especializada en tropelías.

Ante la altiva demostración contra la reforma tributaria y sus implicaciones, lo que le quedó al gobierno como respuesta irracional, aupado por el “señor de las tinieblas”, ha sido la militarización del país, los desmanes de la represión y el cierre a cualquier puerta de diálogo y entendimiento frente a un pueblo que no solo está azotado por la pandemia, sino por el látigo gubernamental.

Aunque era de esperarse una actitud tiránica de Duque y sus oficiosos sirvientes, la posición más caracterizada ha sido de la sordera. La de no importarle el clamor creciente de los desheredados, que cada vez aumenta como una erupción volcánica, contra la reforma tributaria y otras que se avecinan.

La despótica banda que gobierna (o desgobierna) al país, y que se ha caracterizado por su servilismo ante intereses extranjeros, de transnacionales, del Fondo Monetario y la OCDE, afina cada vez sus métodos de castigo contra el derecho a la protesta. Y parece importarle una brizna si los ofendidos por sus medidas y actitudes se encuentran haciendo piruetas de equilibrio inestable en la cuerda floja de todas las desventuras. Que se vayan al carajo es lo que con sus respuestas a la resistencia popular parece indicar el cuestionado mandatario.

No deja de ser un atentado de vastas proporciones el que, en tiempos de peste y otras desolaciones, el gobierno asuma actitudes de gran insensibilidad y arrogancia ante las peticiones y necesidades de la gente. Sin embargo, y quizá para el poder eso ni signifique ningún riesgo, la rabia crecerá. Y cada vez serán más los que se atrevan a decir “¡NO!” a los improperios oficiales.

Cuando a los descamisados y desposeídos les tocan el estómago y, de contera, en vez de escuchar sus justas demandas les envían la bota militar para que ahogue las voces de insumisión, la desazón y el desagrado aumentan. Y es factible que una gota que cae con insistencia pueda alguna vez convertirse en un torrente demoledor. La historia tiene ejemplos muy significativos.

Lo que muestra el paisaje es que ni con infiltrados ni con la presencia inmunda del lumpen para socavar y desprestigiar al movimiento popular, podrán detener el enojo masivo. ¡Ah!, no sobra anotar que cada día el rebaño alcanza más altos niveles de indignación, señora magistrada del absurdo.

Los muros también protestan.

La pandémica transformación de los rituales

(La peste universal y su influjo en el repertorio de comportamientos)

Por Reinaldo Spitaletta

La pandemia “patasarribió” la vida cotidiana. O, visto desde otro balcón, la acabó. Disolvió las relaciones del ciudadano con la urbe. Y con los otros. Eliminó el saludo de mano, la ida al café a departir con los amigos, los partidos de rodillones en las escasas mangas supérstites en barrios o en las placas polideportivas. Adulteró la conversación de esquina, el encuentro en el aula, la gimnasia de los viejitos, las misas y otros cultos. Y, además, como si fuera poco, desalojó a las multitudes de los estadios.

Si antes casi todo tenía sus escenarios en el afuera, en las calles, las escuelas, las universidades, las fábricas, las oficinas, en fin, el advenimiento de la peste lo revolcó todo. Y auspició (según como se observe o entienda) la vida interior, bajo el techo doméstico. Y le dio otros sentidos y significados al espacio del adentro. Aumentó la conciencia (conocimiento) del lar, de las relaciones internas (también de sus contradicciones) y puso en evidencia, en casi todas las sociedades, las miserias y las inequidades.

Tuvimos que ir acostumbrándonos a la ruptura de las ritualidades (quizá pudo ser antes una rutina, una repetición automática, casi tics; esto es discutible, claro), a no ser más lo que éramos por el uso de la ciudad, de sus rutas y calles, de sus transportes y vías. En teoría, la pandemia no admite el tumulto, el amontonamiento, la aglomeración. En la práctica, múltiples situaciones deben darse, pese a los llamados de la salud pública, en revoltura.

Había unas rutas trazadas por las aficiones, más allá del mundo laboral. Y por la educación. En las primeras estaban la del domingo (bueno, también sábados y en otros días de la semana) futbolero, de programación de partidos en el estadio. Para tantos era una dicha poder asistir, sentarse en una tribuna, corear cánticos, desahogarse con palabrotas al árbitro o a determinados jugadores. Y celebrar en colectivo un gol del equipo amado. O llorar y lamentarse de una anotación del rival.

Ir a los establecimientos educativos, al aula, al encuentro entre alumnos y maestros, era otra posibilidad de ir construyendo el mundo con los otros. De estimular sueños y tener la posibilidad de la palabra, del encuentro y la solidaridad. De la aventura del saber y del contacto con métodos, posibilidades, aspiraciones, experimentos; la emoción del descubrimiento. Un patio de colegio, una cafetería universitaria, un salón de clase como una expresión del universo a escala, hacían, antes de la pandemia, parte del ejercicio de la búsqueda de saberes y de contacto con el otro.

El visitar los parques, una historia en una banca al tiempo que se podía apreciar el canto de aves, la relación con los demás en un espacio abierto, la práctica de los sentidos, también se disminuyó con la presencia funesta de la peste. De pronto, todo se vació. La insurgencia de una abrumadora soledad comenzó a extenderse en las ciudades, en las barriadas, en ciertos territorios, aunque las calles, según su personalidad y carácter, no murió del todo. ¿Por qué? Porque en países como Colombia, desindustrializados, de una cuota muy elevada de desempleados, la economía informal —la del rebusque, la de la sobrevivencia diaria— aumentó con la pandemia. No era posible ni aconsejable quedarse a la espera de morir de hambre en la casa. Y las carretillas, los vendedores ambulantes, los que circulan por las calles con sus pregones (casi siempre destemplados y sin gracia) y sus ofertas de frutas, verduras y otros productos de la tierra, se regaron por las ciudades y se volvieron parte de un paisaje urbano a veces muy triste, gris, en tiempos de insalubridades.

Se dispararon por los primeros meses pandémicos las serenatas diurnas. Las urbanizaciones, en particular, tuvieron la presencia de mariachis, tríos, agrupaciones de músicas diversas, que ofrecían sus voces y acompañamientos. Las ventanas y balcones se poblaron de escuchas, que tras las canciones arrojaban sus monedas de reivindicación a esos juglares citadinos. Músicas y letras abundaron en esquinas y encrucijadas. Con el tiempo, se desdibujó casi hasta ser apenas una anécdota urbana.

No soy de misas ni cultos ni de ningún oficio religioso. Pero, me parece que, en medio de una peste universal como la que azota al planeta, se resintieron los rituales de ir a una iglesia, de estar un rato en una ceremonia de ruptura con el mundo de afuera y penetrar en otros ámbitos, a veces misteriosos. Debe ser para los feligreses de todas las creencias una especie de purgatorio, o quizá una antesala del infierno, el no poder estar en esos espacios haciendo lo que antes solían realizar, como los acercamientos, tener al vecino (el prójimo) a pocos centímetros, casi pegada piel con piel, de guardar ciertas distancias que rompen con la proximidad, en fin. Una interrupción de las repeticiones, las rutinas, los rezos y sermones en cercanía.

La pandemización nos encerró. Surgió otra vez, con renovada fuerza, el término de confinamiento, cuyos imaginarios y representaciones tienen que ver con cárceles, prisiones, celdas, rejas, cadenas, penales… Y en esa esfera, o, de otra forma, en esa casa por cárcel en que el coronavirus convirtió lo doméstico, se pudieron evidenciar para mucha gente fenómenos de claustrofobia, síntomas de desesperación, manifestaciones de desgano. O, como también pudo haber acaecido, fue esa condición una especie de acercamiento forzoso, de reflexión en torno a los significados de la casa.

Para algunos, o tal vez muchos, la casa era una manera del dormitorio, un escampadero, estación de paso. Porque la vida y otras variaciones de la misma, sucedían en el afuera. Parecía estar dividido el mundo interno, casero, entre los que todos los días salían a sus trabajos, estudios, rebuscamientos, y los que en ese espacio (un problema conectado con la dignidad, la comodidad, la intimidad) estaban allí en una permanencia más larga. Ahí caben, por ejemplo, las amas de casa (un concepto semifeudal y patriarcal), las señoras del servicio.

Y fue entonces cuando el remezón pestífero puso patas arriba las relaciones caseras. Todo se trastrocó. Y los que poco tiempo pasaban en el hogar, de pronto se vieron allí metidos, sin salida, sin horizontes. Hubo, por supuesto, quienes descubrieron un nuevo mundo, nuevas relaciones, una intimidad bonita, quizá el goce de los espacios. Y si gustaban de los libros, la casa se transformó en biblioteca placentera, que para algunos —como lo señaló Borges— es una manera del paraíso o la auténtica expresión de ese estado de felicidad. Para unos (quizá una enorme cantidad) fue una tortura. Un castigo. Qué pereza estas paredes, pudieron haber dicho. Para otros, al contrario, fue el descubrimiento de relaciones diferentes, de dichas inéditas.

Y en este punto hay que decir que ese adentro depende de muchas cosas: no solo de la comodidad espacial, que es interesante, sino, además, de otros factores. Como, por ejemplo, la noción del tiempo. La relación con los otros habitantes. La construcción familiar. Los afectos. Y, por supuesto, si hay una economía sólida, o, al menos, que permita un estar adentro con cierta lucidez y resolución de problemas (pago de impuestos, de servicios públicos, mercado, compra de artículos que sirvan para el desarrollo mental, cultural, etc.).

Para algunos, pueden ser minorías ínfimas, no fue un sobresalto ni un trauma. El adentro tenía condiciones suficientes para una estadía larga sin tener que estar asomándose al afuera (la ciudad, el barrio, la urbanización) y modos de resolución de necesidades. Hubo, en estos casos, quizá un enamoramiento de esas dinámicas internas. Un avistamiento de otros paisajes interiores.

Para otros, pueden ser vastas mayorías, la casa era una representación carcelaria, un reformatorio, una condena. No había condiciones materiales suficientes para una estadía, por los espacios, por las carencias, porque de otra forma, en medio de la desesperanza, había que salir y buscar horizontes. Sacar la carretilla, ir a surtirla, desplazarla por barrios, pregonar, gritar, ofrecer. Y no solo para este tipo de faenas, sino, en muchos casos, para practicar la desgraciada mendicidad.

No era un espejismo el ver izadas en muchas casas las banderas rojas de la hambruna. La casa se erigía en una ergástula infame, sin ninguna posibilidad de mejoras. Era un encierro sin esperanzas ni posibilidades de soñar en un mundo distinto. Sin escape. La pandemia reveló, o evidenció en mayores proporciones, las ingentes miserias y desigualdades sociales. Ha vapuleado sin reticencias a los más desfavorecidos, los mismos que, con esa presencia apestosa, han descendido al inframundo de las carencias.

Otros rituales heridos y desmadejados por la pandemia, pueden estar en el cara a cara. Ya no hay acercamientos, a no ser con mascarillas. Las fisonomías, que son evidencias de la rostredad, de las huellas del tiempo, de su paso inexorable, se escondieron. Los encuentros familiares y de amigos se esfumaron, o pasaron al equipamiento de las nostalgias.

Puede ser que hayamos aprendido a lavarnos las manos y hacerlo con regularidad. Puede ser que la pandemia nos haya dado otras dimensiones de la higiene, de la salubridad, de los cuidados. Y eso puede ser una especie de consuelo. Como también, en medio de las desesperaciones, o de las falsas rebeldías, haya importado un pepino ponerse la máscara o agendar bailes en casas. Igual, la presencia inquietante del virus que llegó del Lejano Oriente, desarticuló mecanismos y modificó procederes.

Quizá en este nuevo estado de cosas se intensificó el lavado de platos, se permaneció más tiempo en las cocinas y junto a las pocetas, se pudo entender (a veces con incomodidad) el significado de la domesticidad. La pandemia alteró el ritmo de la calle, la manera de viajar, los equipajes. Mostró las relaciones del poder y la salud. Y puso en evidencia el negocio lucrativo de las transnacionales de la química farmacéutica. Supimos un poco más de células, virus, ADN, vacunas y los miedos aumentaron.

Nuestra cotidianidad se alteró con las noticias de allegados, conocidos, parientes, gentes cercanas que el coronavirus se llevó a las oscuridades mortuorias. Y nos entristeció la dolorosa situación de ni siquiera poder asistir a las ceremonias del adiós.

La peste llegó de lejos e hizo nido. A algunos nos puso a repasar la historia de las pandemias y a volver a inquietantes libros sobre ellas. Y nos arrimó a la virtualidad. A ver en las pantallas rostros indecisos, lejanos, desdibujados. A crear otras relaciones, en el estatus de las apariencias y las fantasías.

A veces, en solitarias calles siento la presencia de antiguas alegrías: muchachos fantasmagóricos que juegan con una pelota sobre el asfalto, y de pronto, por unos instantes, el mundo parece ser feliz y solidario. Ilusiones de la pandemia.

(Escrito en Medellín el Día Internacional de los Trabajadores de 2021)

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