Bulevar

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Hoy tengo ganas de bailar en el bulevar

Primero, un tango compadrón que se robe las miradas

Después, un vals vienés para cadenciar por la avenida

Los azulejos del carbonero revolotearán a mi alrededor

Y una bandada de golondrinas coloreará un cielo de verano

Hoy tengo ganas de bailar en el bulevar

Con un filme de Buster Keaton en la memoria

Y la risa de Ginger Rogers regada en el pavé

Me hará saltar sobre cadáveres de piedra

Los estudiantes aplaudirán al profesor de matemáticas

Que se ha vuelto loco con los números

Qué lindo baila las ecuaciones, dirá en voz baja

La muchacha de los ojos grises

Y un viento del sur se quedará en su pelo

Y yo bailaré solo para ella

Hoy tengo ganas de que el bulevar baile conmigo

Para que una pebeta de la tarde

Me abrace con sus soles nuevos.

 

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Bulevar en Buenos Aires

Recital de órgano y un policía muerto

(La Catedral, entre clarines de luto y la potencia sonora de Juan Sebastián Bach)

 

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                                                                                                                                                     La organista Maude Gratton

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Eran las tres de la tarde, cuando, por una de las puertas laterales de la Catedral Metropolitana de Medellín, entré a escuchar un recital de órgano. Para mi sorpresa, había una enorme asistencia de policías. Se estaban oficiando las honras fúnebres de un patrullero muerto en un tiroteo en el barrio Villatina. Mientras el alcalde de la ciudad decía algunas palabras, pregunté a unas muchachas que parecían también estar allí por lo del recital de una intérprete francesa, si sabían algo sobre el mismo. No tenían ni idea. “¿Lo cancelarían?”, se preguntó una, sin certeza.

 

Salí un momento y afuera, en el atrio, la banda marcial de la Policía Nacional esperaba con sus cornetas, tambores y xilófonos. Había policías en traje de gala y muchos curiosos alrededor. Las palomas revoloteaban. El sol de incandescencias que obligaban a buscar sombra se regaba por el parque de Bolívar y ponía coloradas las caras de algunos agentes. El ambiente sudaba y olía a crispetas frescas.

 

Había aparcados sobre la carrera Venezuela patrullas y carros oficiales. Eran las tres y cuarto (así lo marcaba el reloj de la catedral) cuando comenzaron a salir con el féretro. Se escucharon redobles y clarines de luto. Era la despedida de Juan Carlos Herrera Londoño, de 32 años, agente asesinado en un enfrentamiento entre las bandas La Libertad y San Antonio, del sector de Villatina. Para los policías y familiares de la víctima era un triste domingo de febrero.

 

La catedral neorrománica, la más grande del mundo en adobe cocido, con sus lámparas colgantes y sus columnas redondeadas, con sus vitrales europeos y los capiteles con motivos indígenas, pobló sus bancas color caoba con nuevos concurrentes, ávidos de música (o de novelería). Se anunció a Maude Gratton, nacida en Francia en 1983, y algunos miraron hacia el elevado coro, donde está el órgano monstruoso de la catedral de Medellín, con sus tres mil tubos de estaño y sus tres pisos de altura.

 

El órgano alemán, construido por la casa Walcker, comenzó a sonar con una obra de Juan Sebastián Bach, que hizo retumbar las naves y les confirió al baldoquino y al retablo de los canónigos una presencia de músicas propicias para un escenario de gran belleza, como el de la Catedral diseñada por el francés Charles Carré.

 

Un hombre moreno, alto, de camisa blanca, cruzó por la nave central y en el pasillo que forman las hileras de bancas, se volvió hacia el altar e hizo una venia. Bach seguía sonando, con su música profunda y el espacio estaba lleno de misteriosas sensaciones. El aplauso resonó en ecos que lo hicieron más notorio y voluminoso.

 

El tercer domingo de febrero andaba sobre acordes barrocos. Luego se subió a los más modernos del organista y compositor César Franck. Alguien, atrás, comentó que sonaba más bello Bach. Las bancas de adelante y las laterales mostraban cabezas rubias, canosas, oscuras, pelilargas, pelicortas, toda una variedad, y un señor y una señora se abrazaban con emoción, cubiertos por la música. Arrobados.

 

La última pieza era una de Olivier Messiaen, un músico francés que, además, siempre vivió obsesionado con el canto de los pájaros, el que incorporó a sus composiciones, en particular en su Cuarteto para el fin del tiempo. El color de su música se regó por todo el ámbito catedralicio. Era una fuerza de tormenta. Nadie quedó impune ante la interpretación de la Gratton. El aplauso final subió en temperatura e intensidad. Y la concertista se asomó al balcón del coro a saludar. Creció la ovación. No hubo “bis”, pese a la insistencia y a los reiterados “¡bravo!”.

 

Afuera, el sol quemaba menos, las palomas sobrevolaban el parque o se entretenía picoteando en el piso gris. Había nubes oscuras. El domingo de febrero tenía resonancias de órgano a la francesa y alguna lágrima furtiva por la muerte a balazos de un policía.

 

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Atardecer de ciudad alunesada

 

(Un segmento urbano, visto entre el hollín y el rugido de motores)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

Lunes al atardecer, el sol aún vivito y quemando, y por el “Triángulo de las Bermudas”, un parque sin gracia en Sucre entre Cuba y Echeverri, la muchacha de formas redondeadas, vestido ceñido, trasero sobresaliente, de los que atrapan miradas al pasar, transitaba con su pelo largo y su escote de seducción. Iba a abordar un taxi. Manoteaba en una agite de aspa que no correspondía a su figura de amazona atardecida.  Ya no miré más cuando un “amarillo” le paró y, además, el semáforo les estaba abriendo el camino a los peatones en la ancha (aunque no tanto) avenida Oriental.

 

Me volví, sin embargo, y el paisaje estaba atiborrado de carros, peatones, motocicletas, sin la dama del traje ajustado y curvilíneo. Uno va viendo ladrillo y cemento y sintiendo el hollín, y, de pronto, en una esquina de muro con baldosines viejos, hedores de meado seco. La luz por estos días de febrero es brillante y el cielo divide sus amores entre nubes blancuzcas y firmamento azul destemplado.

 

En la plazoleta Mon y Velarde, un callejero escribía en el piso que le servía de apoyo sobre un periódico viejo. Más allá, otros tres, que se adivinaban sucios y desprovistos de preocupaciones, se llevaban a la nariz unas como canoítas de papel. Todo pasó rápido. Y la figura de un guardián de edificio bancario, tras una vidriera, quizá mirando a la calle para arrojar el aburrimiento, se me presentó fugaz. Tenía un kepis azul turquí y camisa azul clara que dejaba entrever una panza prominente. No fue más.

 

De pronto, al ojear el viejo aviso de un almacén de música, volvieron los días de guitarras y partituras, de Francisco Tárrega y Fernando Sor, con acordes de cubículos de conservatorio. Pero también se esfumó el recital de recuerdos. Todo pasa. Y ahí estaba el parque de los días distinguidos, de las retretas idas, de las misas cantadas y las procesiones de ricos y pobres, tal vez más los últimos, que querían ver cómo se vestían los de clase alta. La estatua ecuestre, con Bolívar mirando al sur, me avisó que, a su alrededor, había un conglomerado que escuchaba a alguien. A la distancia, no sé si discutían sobre la Biblia (cuán importantes eran sus hojas de papel de arroz, que los marihuanos de hace años usaban como “cuero” para confeccionar sus puchos). Por las gesticulaciones, era lo más probable.

 

Otra vez, llegando a la calle Caracas, olor cortante de orines en el piso. Esta vez, no miré hacia la antigua casa que fue de Pastor Restrepo, el fotógrafo decimonónico que registró aspectos de una aldea con ínfulas señoriales. Enrumbé por Junín. Había cuatro repartidores de tarjetas de publicidad de prostitución. “Niñas, niñas”, decía uno de ello, la voz bajita. De Versalles me llegaron aromas de pan francés y café caliente. Después, en lo que hace años fue el club de la burguesía medellinense y hoy es un enorme centro comercial, una mujer se quedó mirándome, como si intentara recordar o, al menos, parecía preguntarse: ¿quién es este, lo he visto antes? Continué por los pasillos en un mundo en el que no hay tarde ni mañana, porque todo es igual, las mismas luces, el piso de siempre, las vitrinas oferentes, ninguna sorpresa.

 

Di un giro y volví a salir a Junín, con la brillante tarde en el cemento. Había una fila muy larga en las afueras de un banco. ¡Cuánto dinero a la espera de mejor uso! Atravesé por un corredor del edificio que suplantó al Teatro Junín y al Hotel Europa, y en La Playa, por entre los ventorrillos de artesanos, el ruido de los automotores me sofocó. A mis espaldas tenía el sol, no como los presidentes ni otros burócratas, sino el generoso del paseante.

 

Era hora de apuros. De gentes a granel cruzando calles o esperando la luz verde peatonal. Muchos separadores improvisados de maya anaranjada para evitar el paso de vehículos por arreglos de alcantarillado y acueducto, con hombres que, abajo, debían sudar y esperar con ansiedad que el sol se ocultara. Entré a una óptica solitaria a comprar un líquido limpiagafas. La dependiente me observó de abajo a arriba y luego sacó el frasquito de una vitrina. Afuera, la carrera Girardot sonaba a carramenta. Subí por Colombia, hacia el oriente, quizá para recordar los días en que nos plantábamos en una esquina a ver pasar las colegialas del antiguo Cefa, con sus faldas azul celeste y blusas blancas.

 

Cuántas veces he transitado por estas calles, siempre las mismas, siempre distintas. Al llegar casi a la esquina de la breve calle Villa, pasé por un caserón en el que, en tiempos casi olvidados, daba clases de Historia universal y de Colombia a adultos que querían validar su bachillerato. Miré y al fondo, muy al fondo, sentí el sabor de un café añejo que ya no es posible saborear. Solo quería llegar hasta Berrío. En la esquina, al campanear la decadencia del Edificio del Comercio, diseñado por Charles Carré, me pareció que estaba a punto de caerse. Ventanas endebles, enrejados debiluchos, paredes desconchadas, así me pareció en una visión fugaz acompañada de tristuras.

 

Hacia el norte, la cuarenta con sus confiterías y cigarrerías, sus tumultos de compradores, en la acera varias mesitas y taburetes de café. De pronto, me llamó la atención un hombre cabizbajo. Lo acompañaba una cerveza solitaria sobre la mesa redonda, de metal. Era, así, de primer enfoque, la imagen desolada de la melancolía. Eso creí. “Tendrá alguna pena”, me dije en el mismo instante en que, para mi desconcierto, descubrí que estaba manipulando un celular. En realidad, hubiera preferido que estuviera entregado a los sollozos.

 

Los caserones, como el de la Gota de Leche, de puertas y ventanas verde menta y alerones, me hicieron acordar de algunas frases de Los Negroides, de Fernando González, cuando hablaba de la vanidad, la utilitaria filantropía y la caridad como pose y simulación. La fuente de la rotonda del Pablo Tobón estaba sin agua y La Bachué parecía muerta de la sed.

 

Junto a un teatrino que nadie utiliza para ninguna función, otra vez el vaho de meados, como una repetición de la calle-sanitario, de la calle-alcantarilla, del orinal bajo cielo abierto. Había brisa de búcaros, ceibas y muchachas pelilargas. Un son cubano se montó en el viento y el cielo cambió de colores. Era así no más, el tiempo de las luces anaranjadas de un lunes de febrero, a punto de anochecer con un telón de arreboles.

 

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Parque Bolívar, Medellín.

La máquina asesina de Kafka

(Una visión sobre la tortura y el poder En la colonia penitenciaria)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Introito con pesadilla

Caminaba por una acera estrecha sin saber a dónde iba. El ambiente era gris. Llegué, tras una curva, a una casa que me pareció al principio no tenía ventanas. La puerta era muy angosta. Una mujer de cara redonda y cabello corto oscuro, me recibió. Adentro, en un espacio de reducciones, la sala era, en rigor, una alcoba en penumbras con una cama doble. Al fondo, todo era oscuridad. Una voz mandó a que me acostara. Sé que alguien, y no era la mujer del principio, se estiró junto a mí. De pronto, cuando ya estaba boca arriba y me disponía a relajarme para el sueño, un dolor agudo me atravesó de abajo a arriba. Una suerte de punzón o quizá un aguijón desmesurado, arremetía en mi zona lumbar, un poco hacia la derecha. No me atreví a moverme, pese a que, como reacción instintiva, bien hubiera podido brincar a la primera chuzada.

 

Era un dolor jamás sentido. Y al menor movimiento mío, se agudizaba. “¡ay, ay, ay!”. Una voz, distinta a la primera, bueno, quizá pudo ser la misma, dijo con sequedad que se me había advertido. Nadie podía acostarse en esa cama, reservada a… (Y no entendí el nombre, pero imaginé a una suerte de bebé diabólico)…  “Nada qué hacer”, se escuchó, al tiempo que el dolor alcanzaba límites irresistibles, “¡ay, ay, ay, ayayay!”.

 

Al despertar, ante los llamados de mi esposa, el dolor continuaba. Más como sugestión que realidad. Y de súbito, llegaron imágenes viejas de un cuento de Kafka que había leído hacía años (En la colonia penitenciaria), tal vez cuando la adolescencia en despedida estaba a punto de enfrentar sus últimos desafíos, y creí que en mi espalda estaba grabada alguna frase condenatoria, la culpa imborrable de haber cometido un delito que no sabía cuál era, pero por leve que fuera la falta, el castigo era igual. La purga inevitable.

 

En otros días, había soñado que yo era Joseph K. y cuando llegaba el momento de la ejecución, me despertaba con sudores fríos y aceleres de pulso. Y me parece que también soñé alguna vez con el ataque funesto de un buitre que metía su pico por mi boca y luego se ahogaba en mi sangre. Sin embargo, no era nada de ello tan doloroso como lo que había sentido en esta pesadilla que, según pude comprobar en un espejo y también porque mi mujer me lo dijo, me dejó un rayón enrojecido en la espalda.

 

 

Escribir en el cuerpo

Desde el “lead” el “peculiar aparato” se introduce en el lector que se enterará sobre un “viajero investigador” invitado a presenciar la ejecución de un soldado condenado por “desobediencia y ofensa a su superior”, en una colonia situada en un valle pequeño, arenoso, profundo, rodeado de pendientes, y verá a un guardián que sostiene mediante una cadena al condenado y se enterará de un detalle que lo puede dejar sin aliento, y todo en el primer párrafo: “el condenado tenía un aspecto tan perrunamente sumiso que, al parecer, lo hubieran podido dejar suelto en las pendientes circundantes, y el momento de la ejecución solo se necesitaría silbarle para que viniera”.

 

Kafka, maestro de las resignaciones, del destino irreversible, de la inutilidad de la lucha, de la pérdida de la conciencia por el sujeto, que no se resiste, que se deja llevar por los acontecimientos, plantea en esta novela corta, o cuento largo, una angustia de la modernidad: la pérdida del individuo como un ser de derechos. El viajero, un extranjero, que llega a la isla tropical convertida en una colonia penitenciaria, observará, a veces sin inmutarse, el aparato de tortura diseñado de un modo cruel para la ejecución de los condenados.

 

Es una máquina que escribe en el cuerpo del desgraciado, que debe estar boca abajo en una de las tres partes del artefacto, en la Cama, mientras el Rastrillo irá haciendo un paciente trabajo de marcar en la espalda del culpable con agujas que, a modo de tatuaje doloroso, grabarán con el diseño del Dibujo (la otra parte de la inhumana creación mecánica) “el mandamiento que ha violado”. En el caso del condenado (que, al fin de cuentas, será el penúltimo de esa decadente manera del castigo) se le escribirá: “honra a tus superiores”.

 

Escrita en 1914, cuando la Gran Guerra ya cobraba víctimas a granel en una Europa a la que todavía le faltaban cosas más espantosas por vivir, En la colonia penitenciaria es un alegato contra la tortura, la falta de los debidos procesos y los abusos del poder. En aquella apartada isla, en la que un comandante diseñó la particular máquina de escritura sobre el cuerpo de los condenados, que estarán en ella, desangrándose durante doce horas, hasta el final de su existencia que puede ser muy miserable y, más que todo, sin posibilidades de anteponer algún recurso legal. La ley está más allá de la razón. Y debe ser cumplida, sin atenuantes, sin discusiones.

 

En la colonia no hay lugar para la aplicación del concepto de justicia. Este se ha degenerado y es más una imposición. Y mientras un oficial va explicando las maravillas del aparato, el condenado observa, encadenado, sin entender qué es lo que hablan. El soldado que lo vigila, tampoco, pues parlan en otra lengua (francés). El relato es una parábola del autoritarismo. El comandante que craneó la infernal parafernalia era juez, soldado, químico, dibujante. Un talento para la aplicación de penas y tormentos.

 

El visitante —que en apariencia no se conmueve con los horrores que presencia: la máquina, su labor, el escribir agujereando al condenado—  es una suerte de representación de un observador de otras partes que, en realidad, nada puede hacer frente un establecimiento que ha echado raíces. Pero que, en simultánea, está en decadencia. Es, tal vez, una de las últimas colonias dedicadas a la tortura, lejos del mundo (¿de la civilización?).

 

La frase que se escribirá sobre el condenado, “¡honra a tus superiores!”, conduce a una explicación de por qué no se le dirá la sentencia. “Sería inútil decírselo. Lo sabrá en carne propia”, le dice al viajero, en una oración que suena a ironía. El aparato, por su parte, parece representar todo el poder judicial, es el que carga las culpas, las castiga, impone la pena. “La culpa siempre es indudable”, dice el oficial, al explicar el principio según el cual actúa.

 

Durante un buen rato, oficial y viajero se dedican a hablar sobre la máquina, sus cualidades, los diseños, cómo funciona el Dibujante, la sangre (o la aguasangre) cómo correrá por canales, los algodones absorbentes, en fin. Hay una descripción de las funciones, acerca de la frialdad del aparato, la caligrafía, el modo de cómo va apareciendo la inscripción en el cuerpo, “cada vez más hondo, durante doce horas. Durante las primeras seis horas el condenado se mantiene casi como al principio, solo sufre dolores”, explica con sapiencia el oficial.

 

El cuerpo, entonces, lee las inscripciones, la sentencia, la pena. Es una manera casi medioeval de disciplinar la corporeidad, de azotarla, afligirla, adecuarla para la muerte. El condenado es un ser que carece de voluntad, no hay repulsa, ni siquiera interrogantes. Es una especie de buey, de preso que acepta su falta sin saber siquiera por qué se constituye en un infractor de una ley invisible, sin códigos ni jueces. Kafka retoma en esta narración impresionante su visión de la justicia sin justicia, de tribunales mudos y sordos, que solo ven al culpable y su culpa por encima de cualquier otra consideración.

 

En la colonia, la crueldad es una forma de aplicar las penas. Y la palabra, allí, está hecha para la obediencia, para el mandato y la solución final. No hay, para el condenado, ninguna posibilidad de contestación. Debe aceptar y morir en silencio, con su cuerpo como receptor de un juicio que nunca se ha hecho, como captador de una orden que él ni siquiera entiende. Es un resignado. En la colonia penitenciaria la máquina asume un papel deífico, todopoderoso. Sin embargo, en una fase de la narración, cuando el lector incluso está a punto de estallar ante un espectáculo siniestro de martirio, la máquina sufrirá un traspié.

 

 

El desbarajuste del poder

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El relato tendrá algunas variantes, que el lector asumirá con desconcierto o, quizá, con una mirada expectante frente a la máquina, el viajero, la isla, el condenado, el soldado guardián. Habrá un cambio en las relaciones con el aparato que comenzará a desbarajustarse, a sufrir un desmoronamiento, como el de un régimen que se hunde en sus propias oquedades y cae en los abismos que él mismo ha abierto. Las averías son parte de otra condena. Y de un cambio de roles. El que iba a morir ya no morirá. Y otro ocupará su lugar. Una vuelta de tuerca inesperada. Y es en ese punto cuando el poder inicia su desintegración.

 

Entre tanto, el viajero, un hombre que parece neutral, solo un observador, tendrá que enfrentar la nostalgia que el oficial tiene de las ejecuciones de otros tiempos, tan distintas, tan multitudinarias. El espectáculo de una muerte lenta pero contundente. El visitante no es un experto en asuntos judiciales ni parece enviado por ningún gobierno o sistema. Está allí como un extranjero, ni siquiera como un diplomático.

 

No es su personalidad impresionable. Ni siquiera se conmueve con las heridas lectoras, con esa manera de cómo un cuerpo condenado a muerte debe alfabetizarse a través del dolor, pero su presencia (que no influencia) hará cambiar el destino del condenado y del oficial. El mundo de la isla-colonia se trastocará. El final del relato tiene una tonalidad apocalíptica, pero, a su vez, hay una posibilidad, no tan remota, que algún día la isla vuelva a ser un centro penitenciario en el que la tortura se impone a cualquier racionalidad.

 

Con una estructura lineal (basada en la visita del viajero investigador a la isla, en su llegada, permanencia y salida), el relato muestra, como en otros del autor (Ante la ley, El proceso, por ejemplo), las preocupaciones del escritor en torno al poder, al ejercicio tiránico del mismo, a la deshumanización que alcanza a disminuir a los condenados mediante la tortura realizada por una máquina, que además escribe con agujas y tinta roja.

 

La isla-colonia es una especie de no-lugar, un absurdo, una aberración en cuanto a lo que pudiera ser, en otras latitudes, la aplicación de justicia, los sistemas penales. Y el visitante, el extranjero, aunque no tenga como misión un examen a fondo de lo que allí acontece, contribuye, tal vez sin proponérselo, al desmantelamiento de un artefacto extraordinario y de su singular uso.

 

 

Epílogo con más pesadillas

No sé por qué la pesadilla de los agujazos terribles, proporcionados por un ser al que yo no podía ver, porque (imaginaba en medio de los dolores) que la vista sería peor a los efectos de su ataque, de su modo de ir aumentando hasta niveles de insoportabilidad un dolor monstruoso, digo que no sé por qué me impulsó a buscar de nuevo el libro donde el relato estaba esperándome, como si con esta nueva lectura pudiera exorcizar la espantosa “yegua de la noche” que había llegado con rastrillos de torturador en una tenebrosa casa sin ventanas.

 

Así que las pesadillas, como otros sueños, no son inútiles. Y, en ocasiones, son una especie de misterioso llamado, una exhortación a explorar. ¿Qué clase de convocatoria son esas? ¿A explorar qué asuntos y adónde? Quién sabe. El caso es que, al despertarme con tanto desasosiego, supe después que había dormido sobre un olvidado lapicero. Espero que esta pesadilla no se repita. Porque, se los digo, dolió bastante. Y el terror no fue de poca monta.

 

  1. PD. No sobra decir que, después de todo, mi compañera estalló en un ataque de risa. Se burlaba de mis terroríficos alaridos. Vale.

 

 

 

El esnobista

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Usa las uñas bien barnizadas, más por mostrar que es limpio, pero, ante todo, porque es un guardador de apariencias. Las camisas tienen que ser de las más recientes en corte y confección, porque nada de antiguallas ni de prendas que pertenecen a tiempos viejos. Ni más faltaba. De vez en cuando, aunque pudiera ser con más frecuencia, observa figurines y revistas chic, porque no puede estar desactualizado, según se le ha oído decir, de los surtidos en zapatillas, calzoncillos, relojes, calcetines, lo mismo que en muestrarios de cinturones y bluyines. Solo tiene ojos para los centros comerciales, a los que acude solo por mirar vitrinas y babear ante lo que quisiera adquirir. No siempre, dicen que casi nunca, tiene con qué suplir sus innecesarios deseos.

 

La novelería lo entusiasma. Le sube el ánimo y lo pone a delirar. Es urgente dar una vuelta por almacenes y bazares a ver qué hay de nuevo, de qué se puede enamorar, que aunque no haya parné suficiente las ganas son más poderosas; muchas veces le toca ver y no comprar. Lo emocionante radica en el alelamiento, en perderse por zaguanes y escaparates para sentir olores a nuevo, estimular los sentidos con el colorido y disposición de las exhibiciones. Su respiración aumenta el ritmo cuando ve pantalones de tonalidades fuertes, de moda, que antes daban mala impresión, por poco varoniles.

 

Lo que está al uso lo desenfrena. Aunque no es lector, se preocupa por los bestseller, salpica una que otra reseña de periódicos y revistas para enterarse de los temas y autores de vitrina, a fin de tener información rápida sobre la cual conversar en salones de coctelería, en los que aparece para darse tono, levantar el meñique, saborear un trago largo y buscar a otros que, como él, están ahí para mostrarse, posar de sabelotodo o arrimarse a algún corrillo que esté dedicado a la parla sobre hechos del día o el más reciente chisme de pasarelas.

 

Vive para husmear en redes sociales comentarios e imágenes acerca de restaurantes nuevos, o sobre los atorrantes que muestran en fotos los platos que se están saboreando, o por si hay una promoción de lo que sea. Si lo que se estila es el vegetarianismo, pues hay que probar por unos días, darse ínfulas acerca de lechugas y verduras orgánicas o pasar por algún servidero aunque sea para olfatear desde afuera los vapores de brócolis y berenjenas. Pero si lo que da caché es la carne, pues entonces está listo para decir entre sus allegados que estuvo en un asado y que los churrascos son de lo mejor que cualquiera de buen gusto puede saborear.

 

Cuando hay un estreno de cine, más que todo del muy taquillero, se las ingenia para ir a la primera función y poder, así, tener elementos para hablar del filme por días y semanas, pero, más que de asuntos técnicos o del guion y las actuaciones, de los baldados de palomitas de maíz que devoró en la proyección y sobre conocidos que estaban en la sala.

 

Cuánto quisiera tener un reloj fino, de marca, para lucirlo y que los otros lo crean de alta posición. Lo mismo con los teléfonos móviles, que cada día están cambiando y él, en lo más recóndito de sus ansiedades, desearía poder estar al compás de los avances. Habla del que tiene, que no está tan atrasado, como si fuera la última maravilla del mundo. Se fija en los de los demás para saber qué tan adelantados están. Para él la vida es poder estar en sintonía con las novedades. Ah, y en unos aspectos puede parecerse al arribista. Aunque son caracteres diferentes. Y también al lechuguino, que todo lo sintetiza en la presentación personal. Tiene de uno y de otro, pero se introduce en nichos en los cuales no solo la apariencia es la clave del denominado “éxito” social, sino en el ámbito de los sentidos y, sobre todo, las simulaciones.

 

Si hay un baile nuevo, hay que aprenderlo. Si una manera de hablar, con ciertos tonos, inflexiones, casi siempre con poses y torcedura de labios, entonces hay que adoptarla. Si por él fuera, mejor dicho, si la diligencia burocrática fuera más fácil, se cambiaría el nombre cada vez que surgiera uno que estuviera en medios y redes, en sonajeros de premios de música, en galardones de cine, en reinados o programas de “busca talentos”. Él mismo es una suerte de reality, como una telenovela de sí mismo.

 

No es que se distinga por el caminado o por los ademanes. Mas sí por las frases escogidas, las modulaciones estudiadas, que para él es importante tener un tono de actor de televisión o de presentador de revistas de frivolidades. Dicen que, si quisiera, o si por alguna misteriosa razón cambiara de personalidad de un momento a otro, pudiera valerse de esas inclinaciones por lo que está en boga, para interesarse por los logros de la ciencia y las artes, en esferas de más complejidad y dedicación. Entonces, ya no sería lo que es y él no va a ponerse en esas así porque así. Su vida está hecha para imitar a otros, no para ser él.

 

Dicen que el esnobismo, que puede tener origen en París o en Londres, en todo caso es una expresión más de lo vulgar que lo elitista. Aunque, lo que es fácil comprobar, muchas élites han estado cortadas con las tijeras europeizantes o agringadas. Este personaje, a quien le placería mucho pertenecer a una minoría de adinerados, sacia sus carencias con imitaciones de gestos de divos y divas de la moda, del jet set, de los círculos de clubes de alta sociedad, de los cuales está muy lejos. Debe ser un drama aunque la parte de los sufrires internos se queda así, guardada. Tal vez en las noches, cuando está a punto de dormirse, lamenta su posición socioeconómica que se acerca más a los de abajo, a los que el hambre no les permite ninguna apariencia (y menos posesión) de lujos o elegancias (aunque a veces la aguantan por comprar alguna pendejada), que a los de la mitad y a los más encumbrados.

 

Él, de todos modos, cree que con sus posturas, sus puestas en escena sin arte ni decoro, está por encima de los demás. No falta quien le desee un embrujamiento para que algún día se convierta en maniquí y se quede para siempre en una vitrina caduca en la que ya nada se exhibe.

 

Un jefe de personal

 

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Por Reinaldo Spitaletta

Se dirige a la oficina como si tuviera cola de pavo real, pero sin tantos destellos ni tornasoles. Él, tan convencido de sus atracciones, cree que todos lo observan con alelamiento cuando discurre por pasillos, asciende escaleras (cuando no sube en el ascensor exclusivo de ejecutivos), penetra en su despacho y pide café a la secretaria. Y aunque tiene pinta de buen parecer, barba cerrada, mentón cuadrado y ondulaciones en su cabello castaño, él se da ínfulas de galán de cine, porque, aunque no lo ha dicho en voz audible, lo han visto muy pegado a espejos, que tanto se gusta a sí mismo que puede ser una versión capitalista de Narciso.

 

Se siente como parte de los dueños de la empresa, sabe que debe defenderlos y que cualquier muestra de desobediencia o de búsqueda de mejoramiento de un trabajador (“de un colaborador”), más si va conectada con organizarse en colectividades reivindicativas, puede ser vista como una falta a la lealtad, o una peligrosa muestra de inconformismo cerril. Y pone, entonces, a sabuesos que están a su servicio incondicional, como parte de un engranaje de controles y vigilancias.

 

Todas sus gesticulaciones y sonrisas son estudiadas. Puede ser un maestro del cálculo. Así como viste con camisas finas, corbatas importadas y calza zapatos brillantes, los viernes llega con ropa de informalidades, camiseta tipo polo de moda y zapatillas deportivas. Siempre está perfumado y sus movimientos, por ejemplo si se va a sobar las mejillas, parecen entrenados. Cualquiera supondrá que pasa mucho rato junto a tocadores y roperos antes de su salida hacia el trabajo. Usa, a veces, pañuelos de colores en punta en el bolsillo superior de la chaqueta. Las mancornas doradas le dan aire de impecabilidad.

 

Es un experto en jornadas laborales, en disminuir horas extras, en hacer seguimientos a ciertos procesos, más que todo de ingeniería industrial y controles de calidad. Aconseja a los empresarios que recorten personal y sean más exigentes. “Nada de bonificaciones”, ha dicho. Y solo hay que pagar salarios y prestaciones de ley. Es un legalista, pero, a su vez, un sujeto que, con sus disimules de dientes para afuera, sus aparentes amabilidades de carácter táctico, puede señalar sin dolor quién dejará de pertenecer a la compañía.

 

Extraño ha parecido a algunos empleados, que, cuando el tipo se queda en la oficina al mediodía, almuerce en el restaurante común, siempre acompañado de un trabajador de producción. Puede ser una conveniencia para que su imagen no sea conectada con elitismos, o un desliz paternalista, pero, se ha rumorado, se trata de una posibilidad de informarse sobre asuntos internos. Quién quita.

 

Cada vez que un trabajador es despedido, casi siempre sin justa causa, se arman corrillos y las palabras de desconcierto recorren cubículos y zaguanes. Se va formando una riada de susurros y temores, porque, como se sabe, en estos tiempos de ganancias exorbitantes y crisis sobrevaloradas, tener un empleo es casi un milagro. Es lo que se desea hacer creer. Y el jefe de personal sabe y aprovecha la situación. Así que quiere, aunque intente disimularlo, que lo obedezcan sin chistar, sin regañadientes. Se ha sabido ya, en el caso de un trabajador muy antiguo, que le ha contestado, como si hubiera leído un cuento de Melville, que él preferiría no hacer lo que se le ha mandado, y que a veces, más que como una orden el señor de los recursos humanos suelta como una suerte de invitación. “No, preferiría no hacerlo”, le contesta con rictus burlón y seguridad en las palabras el hombre que sabe que todavía no lo podrán botar.

 

El jefe de personal, un tipo que quiere hacerse notar con base en el temor que puede inspirar, sobre todo a aquellos que consideran que el mundo termina en esa empresa, es un defensor de intereses ajenos. Para eso le pagan. O tal cosa ha dicho, porque son los dueños quienes lo contrataron y no los trabajadores. Sabe que no debe amistar con sus subordinados y, por lo demás, todos lo deben tratar de doctor, aunque no lo sea.

 

Su desventura aparente radica en las malquerencias. Por su manera de ser, porque a veces ni saluda en sus recorridos por ámbitos de la empresa, no recolecta simpatías. Sin embargo, lo dicen en voz baja, hay una que otra trabajadora que suspira por sus efluvios de fragancias distinguidas y costosas. Y porque se manda su chic, su toque de dandismo. En otros tiempos, cuentan los más viejos, había una mujer en ese cargo, cuando todavía el mundo de las relaciones laborales no era una prolongación de despotismos y extorsiones. “Era una madre”, recuerdan, con aire de pesar por su ausencia.

 

Las nuevas maneras de la administración, más deshumanizadas, alejaron a aquellos jefes de personal, como la señora de marras, que muchas veces —según los registros de la memoria— se ponía del lado de los que solo eran poseedores de su fuerza de trabajo, como lo diría un sindicalista. Tiempos que ya no son. Ahora, el jefe, de poses fatuas y pinta de filipichín, es un técnico muy experto en medir productividades y reducir personal. Llegará el día en que una máquina lo reemplace. O, por qué no, según una aspiración subterránea, en que lo arrojen de patitas a la calle.

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¡A marchar por el patrimonio!

 

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El deterioro y marchitamiento del patrimonio cultural e histórico de Bello ha sido sistemático. Desde hace tiempos, a los administradores del Municipio les ha importado muy poco, casi nada, la memoria en ninguna de sus manifestaciones (tangibles e intangibles). Muchos hitos y símbolos patrimoniales han caído ante la vergonzosa ignorancia oficial y el voraz ánimo de lucro de constructoras, como pasó, por ejemplo, con el Club Cantaclaro, la Hacienda Niquía, el pie del cerro Quitasol, las huellas de las textileras (no quedó nada de Pantex, por ejemplo). Y ahora, continuando la tradición de incultura y desgreño, la oficialidad aspira a convertir los históricos Talleres del Ferrocarril en terrenos para vivienda y construcción de sede administrativa, en contravía de los intereses populares, de la cultura y la educación.

 

Los Talleres del Ferrocarril, que, junto con las textileras, fue un laboratorio de modernidad, o al menos de lo moderno en Bello, deben proseguir su destino de convertirse en Parque de Artes y Oficios, centro cultural y educativo, complejo estructural para el pensamiento y la contemplación, todo en  beneficio de la población y su progreso material y espiritual.

 

Por eso, convido a continuar la lucha por la erección del Parque de Artes y Oficios, por una utilización histórica, patrimonial y de la cultura de los antiguos Talleres del Ferrocarril. ¡No a la privatización de este bien público!

 

Reinaldo Spitaletta

 

La poética fascinación de El globo rojo

 

(Un viejo filme francés para recuperar los sueños de la infancia)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Qué vaina que al ver ese globo rojo, animado, lleno de inexplicable vida, que no es que estuviera domesticado por un niño (que, como caso curioso, no tenía pantalón cortito), por las calles de un sector de París, gris y húmedo, solo iluminado por la rojura de lo que nosotros llamábamos —y llamamos todavía—  una bomba, sí, digo, qué cosa volver a sentirse niño y emocionarse y hasta sollozar ante una historia simple (y, por eso mismo, honda y diciente), vista a más de sesenta años de su filmación (se estrenó el 15 de octubre de 1956).

Tanto cine visto y leído y no sabía de Albert Lamorisse, su director y creador, ganador del Oscar a mejor guion original y de la Palma de Oro, pero esas maravillas pueden dar espera. Tardan pero llegan. El globo rojo (Le Ballon Rouge), mediometraje de treinta y cuatro minutos, es toda una bomba de la poesía visual. La peripecia del globo y su descubrimiento y “captura” por parte de un pelao que va a la escuela, en un poste de iluminación pública, es el inicio de una epopeya infantil, cine puro, sin necesidad de palabras, apenas las justas, que en la medida en que discurre puede deslumbrar al espectador, pero, al mismo tiempo, transportarlo a vivencias de tiempos idos, de mundos que ya no son, de la niñez con caucheras y cartapacios, a la fantasía real de una relación de amor entre un chiquillo y una bombita de piñata.

 

No sé cuáles serían las reacciones de los niños y adultos de entonces al apreciar el filme, que junta lo cotidiano con lo que se pudiera denominar lo “real maravilloso”. Pero, en mi caso, cuando ya la infancia es solo un tiempo lejano de calesitas y gafas coloridas de carnaval, las imágenes de El globo rojo me transportaron a los felices almanaques (bueno, el tiempo no existía) de mis cinco o seis años. No sé por qué (o tal vez sí) me vi de nuevo en viejas calles de Manchester, un barrio que olía a trenes y a fábricas de telas, rumbo a la escuela, con mi valija de cuero grabado en las que cuadernos y cartillas cantaban (con acordes de Donizetti) porque había anhelos de saber.

 

El encanto del filme, sus destellos y sombras, la metáfora de la inocencia y la maldad, de lo ingenuo y lo sórdido, radica en contar una historia sencilla. Ahí, dice uno, está el fundamento de su poesía, el secreto de su estética. Es un relato de imágenes en las que nace el amor entre un chicuelo y una bomba, que tiene que ser roja y no de otro color. ¿Por qué? Porque sí, pudiera decir un niño. No todo hay que explicarlo ni interpretarlo ni intelectualizarlo. El globo rojo puede ser uno de esos casos en el que uno se deja llevar, vuela, camina, salta, corre, entra al salón de clases, sale de él, no se sube al tranvía ni al autobús, porque no permiten que un niño pueda portar un globo, que tampoco puede entrar a la escuela (se dirá que el globo no necesita abecedarios) ni a la casa del pibecillo (la mamá del muchacho arroja el globo por el ventanal).

 

Uno presume que el globo no tendrá larga vida (sí, es un globo con existencia y animación propias), pero sí la suficiente para establecer una relación con quien lo bajó de su inutilidad (de su apresamiento) en un poste urbano. Es un nacimiento. El niño y el globo se tornan uno para el otro. Para donde va uno, el otro lo sigue. En una especie de atracción y fraternidad que se alterará por la mala intención de una barra de muchachos que, por encima de todo, quieren destruir esa relación insólita.

 

Y por calles y callejones, por encrucijadas y solares, la persecución de los maldadosos le da al filme un tono de aventura, con sobresaltos y suspensos. Ese globo rojo, que se enamora en un momento dado del azul que lleva una niña en sus manos, parece tener sus horas contadas. ¿Cómo muere un globo? Son varias las posibilidades de extinción. Y en este punto, la película llegará a cumbres de expectativa electrizante, y su clímax (no del todo predecible) será una especie de epifanía, de canto general que se va sintiendo sobre la melancólica grisitud de los entejados, de las calles, de la ciudad que ni se entera de la magnitud de una aparición de lo taumatúrgico.

 

Un globo perseguido, un niño perseguido. Puede ser la simbolización de sociedades que no permiten la alegría elemental. No están hechas para la imaginación ni lo inesperado. Sociedades anquilosadas, mecanizadas, sin posibilidades para el ensueño y la subversión de las costumbres.

 

Un filme a modo de parábola sobre las pequeñas cosas. Fabulación de un tiempo hecho para los sueños y los nacimientos de aquello que después se hará tan difícil de encontrar en la edad adulta: la amistad. Rodada en el barrio parisino de Ménilmontant, con sus ambientes de opaca melancolía, el globo que el niño se encuentra atado en la farola destruye la monotonía cromática de calles y edificios, y le inyecta a la historia la música indefinible de la infancia, con ladridos perrunos y fantasías volátiles.

 

Qué vaina. Una vieja película para niños, vista tantos años después de su creación, tiene el poder de un flashback, de un salto atrás para ubicarnos (bueno, a los de mi edad madura) en un tiempo de juegos callejeros y fascinaciones de cuentos infantiles. Verla en soledad, penetrar en la belleza de lo elemental, es abrir las esclusas a más de un lagrimón. Una sensible —y bella— forma de recuperar la infancia.

 

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Fotograma del filme El globo rojo, con el niño Pascal Lamorisse.

Los fugitivos, esclavitud e instinto

(Cuento de Carpentier, con fuga y contrapunto, sobre un perro y un negro cimarrón)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

La caña de azúcar, domesticada por primera vez en Nueva Guinea, llegó a América con Colón, que en su segundo viaje trajo de las Islas Canarias las primeras raíces, sembradas en La Española y luego en Puerto Rico. El cultivo se regó por las Antillas (las Sugar Islands) y creó, además de riquezas a las compañías europeas, la esclavitud, primero de aborígenes y, después, de los negros importados de África. En Cuba, como en otros lugares del Caribe, se tornó monocultivo y produjo ingenios con mano de obra negra, sometida a toda suerte de infamias.

 

El escritor cubano Alejo Carpentier (1904-1980), hijo de rusa y francés, una especie de poliédrico cultural, un erudito en cuyas obras literarias aparecen las negritudes, además de la música, la arquitectura, las gestas independentistas, el barroco, el realismo maravilloso, escribió en 1946 su primer cuento (se destacó por ser, sobre todo, un eximio novelista, además de ensayista e investigador musical), Los fugitivos, en el que plantea asuntos como el instinto animal, el retorno a lo salvaje, la presencia del cimarronismo en los ingenios esclavistas y la aplicación de sus conocimientos musicales, en particular del barroco y de formas y técnicas como la fuga y el contrapunto.

 

Los fugitivos (cuya primera aparición sucedió en El Nacional, de Caracas), un cuento en ocho partes, casi todas de la misma extensión, es, a su vez, una conjunción sensorial de olores, un relato olfativo, animal, perruno, como que uno de los protagonistas es un perro (“nunca lo habían llamado sino Perro”), que hace parte de la “guardia” o jauría de los del ingenio, especializado en perseguir negros en fuga y que, como presencia de su esclavización o domesticación, tiene un collar de púas de cobre con una placa numerada (que será clave en el desarrollo del relato).

 

Desde el principio, los olores están flotando en el ambiente. Y el primero, es un olor a negro y el que lo percibe es Perro, que busca a un prófugo del batey y de la zafra. Pero advendrá otro olor, más poderoso y perturbador, sobre todo para el can: un olor a hembra, y este sí provoca una alteración de los sentidos y un desvío del propósito inicial de perseguir a un hombre, que en el relato se denominará Cimarrón. De cierto modo, el negro y el perro serán como una misma entidad, con el denominador común de los instintos, de las percepciones sensoriales.

 

El olor a hembra que viene desde lejos, desde algún lugar que Perro percibe con ladridos fieros de una jauría, conducirá a que la persecución inicial se trastoque en “amistad” del perro hacia el negro, al que encuentra dormido, después de haber corrido en dirección contraria de donde estaba el hombre para dirigirse hacia la fuente irresistible del olor a perra. Y en este primer apartado, perro y hombre se juntan y comienzan una convivencia dada por una novísima condición que los reúne: ambos son fugitivos. Perro ya no es parte de la batida promovida por los del ingenio para capturar al innominado esclavo. “Ambos seguían en plena fuga, con los nervios estremecidos por una misma pesadilla”.

 

Y, en efecto, Perro y Cimarrón que habían dormido juntos, abrazados, con el negro que ponía uno de sus brazo sobre él como si en el sueño creyera que se trataba de una mujer, se despiertan con el tañer de la campana del ingenio y es cuando el uno y el otro tienen una revelación: uno se inclina a tener dueño y el otro a recuperar alguna amistad. Se escuchan los inquietos ladridos de los dogos cazadores de negros y de sus cadenas, que quieren que se les suelte para emprender de nuevo la búsqueda. Y ahora, desde la perspectiva de Perro, el olor que indica peligro es el olor a blanco, que podía ser el del cura, el del mayoral, el del organista, el de las señoritas perfumadas de la casa. O el del dueño del azucaral.

 

Las circunstancias, las fuentes de los olores, una situación impredecible, condujeron a que Perro hubiera cambiado de bando. De a poco, se operará en Perro una especie de salvajización. De lucha tenaz por la sobrevivencia, de vuelta a la cacería de jutías, de algún cochino jíbaro, de acorralamiento de alguna presa. El negro y el animal se erigen en seres elementales, primarios, hechos solo para no morir de hambre. Una vuelta a la caverna. Un retorno al mero instinto. Y así, el hombre, el huidor, parece no tener nociones de categorías más elevadas, como la libertad, sus significados, su goce y práctica. Es otro animal, quizá inferior a Perro.

 

Y en este punto, en medio de la exuberancia del lenguaje carpenteriano, el lector irá penetrando en la composición de una pieza con fugas y contrapuntos. El instinto parece estar por encima de todo, y Cimarrón, tras una trastada hecha por Perro al paso de un coche, en un accidente provocado por el desenfreno de la jaca y el quiebre de una vara del tiro, se tornará en asaltador, soñando tras el botín obtenido “con placeres olvidados”, como el de ir de fiesta con mujeres. Y Perro se volverá violador de una perra, de un ejemplar inglés que el dueño del ingenio había comprado en una exposición de París, y el Cimarrón en un violador de una negra de la dotación del ingenio. El canino y el humano llegan a parecerse.

 

Olor a negro, olor a perro, olor a blanco, olor a huida, pero no propiamente hacia la libertad sino hacia la consecución de nuevas cadenas. Perro, en todo caso, parece estar por encima de su amo de ocasión. Y mientras Cimarrón se hacía cada vez más imprudente, más rondador de caseríos, menos cuidadoso, el instinto del can le indicaba cómo tenía que estar más lejos de los pueblos. El negro, más inclinado a la satisfacción de los deseos sexuales, caerá otra vez en la red, como si su destino de esclavo fuese inexorable.

 

Carpentier, en una narración en la que se notan profundos conocimientos acerca de la animalidad, la esclavitud, la naturaleza y la cultura, pinta un fresco pleno de contrastes entre hombre y perro. Tal vez, el cuadrúpedo sea poseedor de unas cualidades o, por qué no, de una inteligencia significativa, que lo conducen a la sobrevivencia, pero, a su vez, al ejercicio de la atracción, del olor ineludible de una hembra. Y es en este punto, cuando en el relato se presenta el regreso de Perro al mundo de la selva (como puede suceder, claro que en otros niveles y condiciones, con el perro Buck en La llamada de lo salvaje, de Jack London), al reino de los instintos. Y, desde otra perspectiva, al universo de la posibilidad de no depender de los hombres, de los cuales hay que cuidarse.

 

El planteamiento de libertad y esclavitud, de esta oposición, presente en el relato, se resuelve a favor de aquel al cual el instinto de conservación lo encamina hacia el origen, hacia la conquista de otros territorios. Y en Perro, que había conocido tanto al hombre blanco como al negro, se despertará la ansiedad de ir por una hembra, para lo cual tendrá que derrotar toda una jauría de jíbaros selváticos.

 

Con un narrador omnisciente, que se enfoca a veces más sobre el negro que sobre el perro, pero que, al fin de cuentas, se inclina a saber más de lo que le sucede al can, de sus transformaciones y aventuras, Los fugitivos son una metáfora de la libertad y sus implicaciones. A partir de un ingenio azucarero se generará un esclavo que huye y un perro que persigue, pero perseguido y perseguidor se encuentran y, más como una necesidad instintiva, tornan a una convivencia, que se romperá más tarde. Y el libre, volverá a la esclavitud, y el esclavo en apariencia, el animal, al fin de cuentas volverá al mundo libre de la naturaleza pura.

 

Perro es, quizá, el único libre en ese mundo de los cultivos de caña de azúcar que condujo en América a formas aberrantes de la trata negrera; en que había hombres dueños de otros hombres, en una de las peores infamias históricas de la llamada modernidad. El discurso narrativo de Los fugitivos resalta, además de la musicalidad y de apelar a fórmulas y esquemas de las armonías y polifonías barrocas, a la sensorialidad olfativa y auditiva. “Un día, los jíbaros agarraron un rastro habitual en aquellas selvas de bejucos, de espinas, de plantas malvadas que envenenaban al herir. Olía a negro”.

 

Es una historia de ladridos, campanazos, aullidos, voces montaraces y con una incontrovertible posibilidad, por lo demás, ineludible: un olor a hembra puede conducir al infierno o al paraíso. Y todo con efluvios que se esparcen por todo el cuento: los de la hierba de Guinea y la caña de azúcar.

 

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Flor suicida

 

En mi calle de asfalto y hollín, la flor suicida del guayacán se arroja sobre el verde nuevo del limonero …

 

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