Pelota de trapo, pelota de carey

(Crónica con fútbol callejero, cacharrerías y evocación de un filme argentino)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Muy de vez en cuando se apelaba al expediente, quizá más práctico que imaginativo, aunque se tornó en otras partes lugar común, de hacer pelotas de medias de mujer rellenas de retazos. Era un recurso de afán que resolvía una necesidad: tener un balón o cosa que se le pareciera para jugar un partido en el baldío, en la calle o donde fuera posible ejercer las maravillas del fútbol.

 

La pelota de trapo, que más en geografías fuera de Antioquia tuvo una particular atracción entre la muchachada, por estas coordenadas se convirtió en un modo del “desvare”. Había, claro, materia prima al uso. Desperdicios de las textileras y las ya “despistadas” medias de mamá, la tía o alguna monja de familia. Me parece que no era masiva. Por otra razón: abundaban las cacharrerías y era posible, en ellas, tan variopintas, conseguir las ya famosas “pelotas de carey”, que hasta tenían una vieja canción que las ensalzaba: “Las pelotas, las pelotas, las pelotas de carey / son las mismas en La Habana, en Japón o Camagüey”.

 

Como paréntesis, podría anotarse que en Bello, Antioquia, los muchachos de los cincuentas o tal vez de antes, diseñaron una “imaginativa” parodia de aquella guaracha cubana que tenía variaciones sobre el mismo tema (“Las pelotas, las pelotas, las pelotas de carey / a treinta las del perro y a cincuenta las del buey…”) y entonces se la aplicaron a Gardel, muerto en Medellín el 24 de junio de 1935: “Las pelotas, las pelotas, las pelotas de Gardel / las dejaron en Antioquia pa´tener recuerdos de él”.

 

Esta digresión sirve para agregar que la pelota de trapo tuvo una sucedánea en Medellín y alrededores con las de carey, más duras que adobe, que atiborraron de emociones a granel las calles y mangas, porque, como es de suponer, no era fácil conseguir un balón de cuero, con vejiga y todo. No estaba—como se advertía por ciertas escaseces—, el palo pa’ cucharas. Y había que ser recursivos o, al menos, conseguir menos dinero del que costaba un balón inflable, de aquellos que había que meterle a la fuerza la “tripa” y ponerles “ruana”. Una odisea.

 

Y más que las medias rellenas, la pelota de carey se volvió símbolo de congregación, de disputa futbolera, de acontecimiento urbano dichoso. Estrella de la cuadra y de los muchachos que la pateaban, o, mejor dicho, algunos con clase infinita, la acariciaban. Así que tantas veces había que “hacer vaca” para comprarla en el almacén de doña Rocío, en la cacharrería de don Pedro o ir hasta las muy bien surtidas cacharrerías de Guayaquil.

 

El infinito mundo callejero se agrandaba con los “picados” que se jugaban con una pelota amarilla, roja o verde, que rodaba, pegaba contra puertas y paredes, golpeaba ventanas y estremecía de rabia a las señoras. sí, cómo no, las mismas que llamaban a la “bola”, “la patrulla”, la “chota”, para que la policía apareciera de súbito y las decomisara. Por eso era preferible, ir hasta los retirados potreros a jugar los cotejos eternos, que a veces había que terminarlos con la inequitativa ley de “el que haga el último gol, gana”. Hubiera sido más gozoso haber dicho: “el penúltimo gol”.

 

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Cartel del filme argentino Pelota de trapo, con Armando Bo.

 

Una historia que circuló en la ciudad, hace muchos años, y que a mí me la contó el finado Felipe Mora, decía que en el Teatro Laika, de Aranjuez, los muchachos esperaron casi una eternidad para poder ver la famosa película Pelota de trapo, con Armando Bo, y el guion del muy reconocido periodista uruguayo Borocotó, estrella de la revista El Gráfico, de Argentina. Un domingo, con una fila infinita, la expectativa creció. Los que pudieron entrar temblaban de la emoción. Comenzó el filme, pero, de pronto, algo falló. “Operador, soltá al pelado”, se gritó en colectivo. Y nada.

 

Se prendieron las luces, se volvieron a apagar, pero la película no rodaba, no se proyectaba. Había inquietud general. Y entonces se inició el corito celestial de los hijueputazos. Sobre la pantalla cayeron frutas de mango y hasta empanadas a medio morder. La bombardearon con cuzcas de cigarrillo. Y se armó una asonada. Se quebró la silletería. Y aquellos concurrentes, frustrados, no pudieron ver Pelota de trapo, sobre un niño apodado el Comeuñas, que quería convertirse en una rutilante estrella de fútbol.

 

Y aunque a veces uno rellenaba medias, ya no de mujer sino de hombre, con periódicos y pedazos de camisas viejas, lo más recursivo era que, entre varios, compraran la pelota de carey, que, de no sufrir persecuciones y caídas accidentales en casas del vecindario, duraba mucho tiempo y resistía maltratos y otros abusos. Y de tal modo, en días en que un balón era objeto de lujo, la descastada pelota satisfacía las ganas de jugar un partido.

 

Se recuerda que, ya en la vejez dolorosa de una pelota de carey, no faltaba, cuando ya estaba rajada, que se rellenara de piedras y se hiciera la simulación de estar jugando. Se dejaba de pronto, como al desgaire, en algún lugar de la calle y se le gritaba a algún desprevenido transeúnte que la chutara. El resultado era de risotada general y, en ocasiones, de tener que salir corriendo ante la ira del que caía en la treta de la muchachería.

 

Hubo un tiempo feliz en que las calles y las mangas, como estadios, se animaron hasta el éxtasis con los encuentros futboleros que tenían a la pelota de carey como su más exquisita invitada. Después, el balón de aguja, la reemplazó, hasta producir, no se sabe cuándo, su extinción en el paisaje citadino. En la memoria de viejas generaciones, la pelota de carey se quedó como una suerte de musa, que inspiró a miles de muchachos en la práctica colectiva y solidaria de un partido de fútbol y en la maravillosa celebración de un gol.

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La pelota, el potrero, el fútbol…

 

 

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El sustancioso sabor de Prado

 

El libro A qué sabe Prado en 90 años, un acercamiento a la historia de la comida en Prado. Foto Reinaldo Spitaletta

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

El Prado, un barrio hecho sueño, según la expresión feliz de su fundador Ricardo Olano, es una mezcla de arquitecturas, vegetaciones, calles anchas y caserones desmesurados. En su geografía variopinta, se pueden encontrar leones en alguna entrada, mansiones galesas, arabescos de fachada, palacios a la egipcia y mucho hierro forjado. Es un patrimonio cultural. Y una manera, también muy atractiva, de percibir el extinto esplendor de una burguesía esnobista que propugnaba por parecer de “buen gusto”, según moldes europeizantes de época.

 

El barrio, tal vez el más bello de la ciudad, puede servir para una arqueología de costumbres antañosas, para la exploración de imaginarios y mentalidades de otros días, y para la indagación de significados urbanos. ¿Qué era la ciudad antes? ¿Qué es hoy? Prado, en todo caso, ofrece posibilidades tanto para el flâneur o caminante con criterio, como para el historiador, el reportero, el turista y los habitantes de otros sectores de Medellín. Para todos los interesados en la estética y en el florecimiento de los guayacanes. O en aquellos paseantes nocturnos que aspiran a deleitar su olfato con el perfume del jazmín de la noche.

 

En este barrio de esquinas curvilíneas, de ventanales multiformes, de portones y contraportones, de sorpresas visuales, todavía, pese a la notoria deshabitación familiar, se sienten olores diversos de comestibles hogareños y repostería. Ya en alguna esquina se pueden percibir los aromas de empanadas venezolanas o de comidas vegetarianas. Y en su pasado, rico en viandas como en silencios anochecidos, hay una miscelánea de historias y fantasmas.

 

Prado, hoy un barrio corporativo, con veintidós conventos, con abundancia de asilos geriátricos, con clínicas e instituciones educativas, mantiene visos de su viejo esplendor, aunque haya testimonios que dan cuenta de una decadencia melancólica en varias de sus edificaciones, como si fueran una suerte de proyección de una gótica obra de Edgar Allan Poe.

 

Aspecto de una mansión del barrio Prado. Foto Carlos Spitaletta

 

Prado, donde hay casas como de cuento de hadas, se yergue como el último bastión de un tiempo que representa una historia de grandes empresarios, de comerciantes e industriales, que tuvieron como sede familiar un barrio fundado en 1926. Y una manera del viejo urbanismo que pensó en la gratificación de los espacios y en el valor ambiental, en el que caben los amplios antejardines y la sombra refrescante de casco’evacas, pimientos, cadmios, mangos y los guayacanes de floración alucinante.

 

El barrio, en cuyo paisaje multifacético se pueden ahora ver algunos habitantes de calle durmiendo en aceras, tiene gentes dedicadas a la cultura, a las bellas artes, a la preservación patrimonial y a la investigación urbana. Declarado como patrimonio cultural de Medellín, sobrevive a las ambiciones desaforadas de pulpos constructores y otros depredadores de ciudad.

 

Y entre los que tienen a Prado como un laboratorio de cultura y de conservación histórica de la memoria y la identidad ciudadanas, está la Fundación Patrimonio para el Desarrollo. Allí, entre sus inquietudes, se erige la de la investigación de las comidas de hoy y ayer en el barrio. El proyecto A qué saber Prado en 90 años, liderado por el cocinero Hernán Tobón, es una muestra de las inquietudes y discusiones por la historia y sus aplicaciones.

 

¿Qué pasaba en las cocinas de las casas de Prado? ¿Cómo confluían diversos platos, tanto tradicionales y de raíz antioqueña con otros de carácter nacional e internacional? ¿Había chocolates con sabor a infancia? ¿Qué aportes culinarios hicieron, por ejemplo, las nanas? ¿Qué sentido tenían la mesa y la congregación familiar a la hora de las comidas? Estas y otras preguntas se hizo el investigador, que reunió a viejos y nuevos habitantes del barrio para construir un amplio menú de platos, entradas, sobremesas y bebidas del día y de la noche.

 

Es importante saber cómo y qué comían los habitantes de hace años, y lo que siguen consumiendo los actuales. ¿Qué parte de la tradición se mantuvo? Cualquiera podría inquietarse acerca de si los antiguos moradores se interesaban en viandas como el “calentao” o si hubo, a la campesina, una introducción madrugadora llamada “los tragos”. ¿Qué diferencias había en una mesa de Prado y otras, por decir algo, de Buenos Aires, de San Benito, de Manrique?

 

¿Se puede hablar de un desayuno patrimonial? En Prado, según las pesquisas de Hernán Tobón y su equipo de investigadores, los desayunos eran la conjunción entre arepas, calentao, quesito de hoja, mantequilla de bola, buñuelos y chocolate. Y al ágape había que sumarle el valor incalculable de la reunión y la conversa familiares. ¿Distinto al de otros barrios? ¿Parecido?

 

Prado, el de la multiplicidad de estilos arquitectónicos, el de los áticos y las torrecillas, es un grato espacio en el que las historias continúan floreciendo (como los guayacanes) y en el cual todavía se pueden disfrutar conversaciones domésticas alrededor de una mesa de comedor.

 

Nota: Se trata del prólogo al libro A qué sabe Prado en 90 años, de varios autores, entre ellos Hernán Tobón, y que fue proyecto ganador en 2017 en la modalidad “Celebrando el mes del patrimonio”.

 

Fuente en la sede de la Fundación Patrimonio para el Desarrollo, en la carrera Balboa. Foto Carlos Spitaletta

Dos viejos bien iluminados

(Reseña de dos cuentos de Hemingway con guerra civil y bar limpio)

 

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Un lugar limpio y bien iluminado, como en un cuento de Hemingway.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Un gran narrador de historias cortas, de cuentos y una nouvelle como El viejo y el mar, siempre puede ser un motivo —o una incitación— de lectura permanente y, además, de comentarios reiterados al respecto. Papá Hemingway, como le decían desde muy joven, es un escritor de aquellos que se puede llevar en el bolsillo, encontrárselo uno en un café, presentirlo en un riachuelo, en el viento, en las hojas secas…, en una guerra. Nos acompaña a muchos quizá desde la adolescencia, cuando sus relatos, como Campamento indio o El vino de Wyoming, nos procuraban imágenes perdurables, como las que nos quedaron grabadas por la encerrada acción cinematográfica de Los asesinos.

 

Es posible que el mejor Hemingway se halle más en sus cuentos que en las novelas. Como sea, en el “short story” hay una habilidad de caracterizaciones con economía de lenguaje, usando apenas sugerencias, pocos datos, lo esencial. Una octava parte del témpano, como él mismo decía. Como pasa, por ejemplo, en El viejo en el puente y en Un lugar limpio y bien iluminado, ambos en España, que era, como se sabe, la “segunda patria” del escritor estadounidense. Las dos narraciones tienen, como común denominador, viejos en su trama.

 

El más breve de los dos, con un trasfondo de guerra civil, con la inminencia de la llegada de los fascistas al puente donde hay un viejo de 76 años que espera, que sufre por lo que ha dejado atrás, un gato, dos cabras y cuatro pares de palomos, tiene una reconcentrada tensión. Es una historia que puede hacer brotar lágrimas en el lector, conmovedora. El otro, en el que se insinúa una especie de estado de excepción, o de toque de queda (con una patrulla, un soldado y una muchacha), sucede en un café y en él hay un habitué de allí, un viejo que toma coñac y se emborracha. Lo caracterizarán, es decir, lo narrarán y pondrán en escena, los dos camareros, uno casado y con más edad que el otro.

 

En ambos mundos (hablando de Hemingway, no es gratuita esta designación) no se nombran ni al viejo ni a los otros personajes que aparecen. Se diseñan sus personalidades con una capacidad de síntesis admirable, sí, como si estuviera aplicando las normas de aquel viejo manual de estilo y redacción del Star, periódico donde Hemingway dijo que aprendió a escribir, a usar solo verbos y sustantivos, y nada, o muy poco, de adjetivos.

 

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Con menos de 700 palabras, Hemingway crea un clima dramático, con visos sentimentales, en El viejo en el puente. El narrador, un miembro de la resistencia antifalangista entra en conversación con el viejo cansado, al que los fascistas han expulsado de su pueblo natal, San Carlos, en el que se han quedado sus amores, los antedichos animales. En el corto diálogo, el viejo, ante lo irremediable, expresa su optimismo por la suerte del gato (“un gato sabe cuidarse”), pero su desazón por los otros que son parte de su existencia. Tras doce kilómetros de caminata, el viejo está en el puente, descansando. Algo, la sutil naturaleza del relato, con su guerra como telón de fondo, advierte que ese puente, ese lugar hasta el que ha llegado, será la última etapa de ese hombre que parece no tener a nadie más en el mundo que sus animales.

 

Un lugar limpio y bien iluminado tiene como centro de gravedad la presencia de un viejo solitario que había intentado suicidarse una semana antes. Está construido el cuento con las voces de los camareros y muy poco con la del viejo, al que uno de los dos mozos —el de menos edad y soltero— comienza a detestar. Tanto que formula una afirmación categórica, terrible: “un viejo es algo asqueroso”.

 

En uno como en otro, Hemingway vuelve a dar cuenta de su proverbial capacidad para el diálogo (que llega al súmmum con Los asesinos). El cuento se inicia con una referencia al tiempo, “era tarde”, una sombra, una luz y un único cliente, el viejo, que era, según los camareros, un buen cliente, pero ya estaba a punto de emborracharse (con la aprensión de ellos de que se podía ir sin pagar).

 

Y después sabemos que el viejo intentó colgarse de una soga, pero lo salvó una sobrina, y más tarde nos damos cuenta de las diferencias existenciales de los dos camareros, uno casado, otro soltero; uno, el más viejo, que siente afecto y solidaridad por aquellos seres solitarios que necesitan un bar, un café bien iluminado y limpio; el otro, somnoliento y cansado, desea solo irse a dormir más temprano, sin importarle si el viejo requiere de aquel ámbito para mitigar sus penas, sus ausencias, quizá sus soledades. Y tomarse otro coñac.

 

El viejo, un poco sordo, no sabe que uno de los camareros desea con toda su alma, o tal vez su rencor, que él, el viejo de ochenta o más años, se hubiera matado la semana pasada. Uno de los camareros, el más joven, tiene prisa por salir más pronto del café; el otro aspira a quedarse hasta más tarde y destaca con convicción que un café deber estar bien iluminado y gozando de limpieza.

 

El camarero mayor, tras cerrar el bar, se queda monologando sobre la nada, “la nada nuestra que estás en la nada, nada sea tu nombre, nada a nosotros tu reino…” y de pronto aparece en una barra de un bar que tiene buena luz, pero su barra no está lustrosa, pide un trago y se va a dormir, siempre con la obsesión, o la idea fija de que un café limpio y bien iluminado es otra cosa.

 

En ambos cuentos, con dos viejos distintos y una vejez verdadera, se notan el cansancio, el tedio, el vacío que va dejando en el hombre la instancia última, el paso previo a la muerte. La diferencia está en que uno de los viejos, tan solo como el otro, todavía sale a tomar coñac a un bar limpio y con buena luz. El otro es un expulsado que lo ha perdido todo: su gato, sus dos cabras y sus palomos.

 

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Ernest Hemingway estuvo muy cerca de la guerra. Varias de sus obras lo atestiguan.

 

Los ebrios de la Independencia…

Libreta de viaje (8)

 

Torre del Reloj en la avenida Madison. Foto Spitaletta

 

 

(Crónica con los cuadros finales de Nueva York y Los Ángeles, con santuario de meditación y luces de bengala)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

1.

 

El cuatro de julio, Día de la Independencia de Estados Unidos, en Nueva York hay una suerte de acelere en el ambiente pese a que, como es feriado, muchos almacenes y restaurantes se cierran. Parece como si todos los ciudadanos esperaran la noche, que en verano tarda, para ver el cielo pleno de fuegos artificiales. Y cuando el sol se oculta, a las nueve de la tarde-noche, por Manhattan hay diversos agites. La Grand Central, la bella estación de trenes y subways, es un hormiguero, o tal vez una colmena. En cualquier caso, es un gentío que va y viene, con afanada cara de expectativa.

 

Por montones ya están en las playas a la espera de las bengalas multicolores. Varias líneas del metro se atiborran. Se ven y sienten correndillas por los amplios zaguanes de la estación central. En las calles, de poco tránsito al anochecer, sin la majestad de los avisos luminosos (hay muchos apagados), la gente camina con desespero. No falta el que tambalea porque ya lleva la dosis de licor puesta.

 

A las diez de la noche, muy cerca de la 42, la gente parece alma que lleva el diablo, como dice un lugar común. El patriotismo de bandera y luces les obnubila. En un “comedero”, uno de los pocos abiertos que hay, se aglutinan clientes que desean hamburguesas, ensaladas, cualquier cosa. La fila ansiosa recuerda la de algún “país comunista”.

 

Puentes de Brooklyn y Manhattan. Foto Spitaletta

 

Y de pronto, antes y durante la medianoche, el cielo neoyorquino resplandece. Desde la tierra se elevan los cohetes que explotan en la oscuridad y lo iluminan todo de estrellitas y otras formas de los espléndidos fuegos de artificio. El recuerdo del nacimiento de una nación, la memoria de John Adams, Thomas Jefferson y otros está flotando en el aire nocturno de las bengalas de independencia.

 

2.

Los Ángeles (donde fuimos con el mismo objetivo: presentar la novela Balada de un viejo adolescente), una ciudad de múltiples actividades culturales y turísticas, alberga, como lo hizo el océano Índico, frente a las costas de Bombay, parte de las cenizas de Mahatma Gandhi. En una zona de verdores y calles muy anchas, por donde a veces circulan a altas velocidades autos deportivos descapotados, a pocas cuadras del Sunset Boulevard, está el Santuario del Lago (Lake Shrine).

 

En las inmediaciones de Pacific Palisades, zona residencial de clase alta, con museos y boutiques, se enclava un bello santuario, con templos, lago, flores y un molino de viento. El gurú espiritual Paramahansa Yogananda erigió el Mahatma Gandhi World Peace Memorial, entre frondosos jardines con un templo propicio para la meditación. Hay fuentes de agua cantarina y pájaros. Y tiene una característica esencial: allí pueden entrar gentes de todas partes del mundo, sin distinción de razas, religiones, credos políticos y otras maneras de la separación. Un lugar para unir afectos y pensamientos.

 

En el santuario se erigió el monumento mundial a la paz y mientras se camina en medio de la tranquilidad es posibles encontrarse con gente que, en distintas posiciones, medita entre la pacífica naturaleza. Hay biblioteca y tienda de suvenires. Y en el hermoso lago, con lotos y otras plantas, los cisnes se adormecen bajo el sol del verano.

 

Santuario del Lago, en Los Ángeles. Foto Spitaletta

 

3.

 

El downtown de Los Ángeles, en el que confluye la arquitectura moderna con la clásica, en donde está el edificio de Los Ángeles Times y del Ayuntamiento, hay una mezcla de emociones estéticas y variopintos turistas que hacen fila para entrar a los museos, como el de arte contemporáneo y el imponente Broad. También el museo estadounidense-japonés, en la zona del Little Tokyo. Están, en ese mismo centro cívico, las instalaciones del Walt Disney Center Hall y el Center Music. En este último, que tiene fotografías gigantescas de grandes intérpretes de ópera y directores musicales, hay una enorme efigie de Gustavo Adolfo Dudamel, músico y director de orquesta venezolano, que ahora es el director de la Orquesta Filarmónica de Los Ángeles.

 

Maravillosa arquitectura en el centro de Los Ángeles. Foto Spitaletta

 

Una de las construcciones más extrañas es la de la Catedral de Nuestra Señora de Los Ángeles, diseñada por el arquitecto español Rafael Moneo. La iglesia, de doce pisos de altura, con campanarios en distintos lugares y con una enorme campana reina, tiene plazoletas espaciosas, fuentes, cascadas de agua y jardines, tiene un mausoleo con centenares de criptas y nichos. Allí, entre otras, está la tumba del actor Gregory Peck. Sus vidrieras coloridas muestran a los evangelistas, a Santa Cecilia y otras figuras. Puede albergar a tres mil peregrinos. Ah, y también tiene un amplio centro de conferencias y salones de reuniones. Es una catedral moderna, inaugurada en 2002. Reemplazó a la de Santa Vibiana, destruida por un terremoto en 1994.

 

Quizá le falten a su alrededor más árboles. Sobre todo, con la agobiante canícula del verano, el peregrino siente la reverberación en los pisos de la amplia plazuela y quiere, muy rápido, ir a buscar sombra y el sabor de una cerveza fría.

 

N.B. El periplo cultural de Balada de un viejo adolescente se hizo gracias al patrocinio de la empresa Ítaka, de Medellín, y la empresa Pasión por la Educación, de Los Ángeles.

 

Interior de la catedral de Los Ángeles.

 

Santuario del Lago en honor a Mahatma Gandhi. Foto Spitaletta

 

 

 

Los que hablan solos en el subway

Libreta de viaje (7)

 

Estación Grand Central, en Nueva York. Foto Reinaldo Spitaletta

 

(Crónica del metro neoyorquino, con un tipo rabioso y otro que sangra en la frente)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Estaba de pie en un vagón del subway, el de la línea 7, color púrpura, rumbo a Queens. El tipo se apresuró a sentarse cuando yo amagué que lo haría y me miró después con ojos helados. Su bigote oscuro pareció bailotear en su cara pálida. Junto a mí, en una silla, una muchacha chateaba. Pelilarga y atractiva, de unos 18 años, se tornó de pronto en objetivo de la mirada centelleante del pasajero. Se fijó en ella durante un tramo largo del metro, que del subterráneo pasó a la parte elevada.

 

El hombre movía los labios con cierta continuidad, que me dio la impresión de concupiscencia retenida. En la estación Corona, el viajante que estaba junto al tipo que seguía murmurando mientras miraba con odio a la chica, se bajó. Me senté junto a él. La muchacha, que no parecía preocuparse por el asedio óptico del bigotudo, continuó manipulando el celular, mientras sonreía mirando la pantalla. Al sentarme, el tipo empuñó la mano derecha, con rabia. Le alcancé a escuchar “fucking…”. Miraba a la muchacha con veneno, porque cada vez apretaba con más fuerza su derecha. La chica, de buenas formas, se bajó en la estación del estadio de los Mets. La mirada electrizante del hombre, que se puso de pie, la siguió hasta que se perdió de su vista.

 

El tipo, junto a mí, siguió refunfuñando, mano derecha crispada. Yo solo miraba al horizonte por la ventanilla del frente. “Fucking…”. De reojo, no le perdía movimiento al vecino. En la última estación, la Main Street, permanecí sentado unos segundos más. El hombre se paró, salió del vagón y con paso rápido subió por unas escalas. No supe más de él. Lo último que pensé al respecto era que se trataba de una especie de enfermo mental, o tal vez de alguien al que alguna predicación le desencajó el cerebro y lo puso a ver el pecado por doquier, sobre todo, en las muchachas bonitas, como la del tren.

 

Zona cercana al Empire State, en Nueva York. Foto Spitaletta

 

En el metro de Nueva York (el subway), que es uno de los más grandes del mundo, que trabaja las 24 horas y tiene casi quinientas estaciones y más de mil kilómetros de vías primarias, se presenta la posibilidad de medir las soledades y ver la multifacética variedad de personas que allí viajan, algunos con turbantes, mujeres con burka, tipos de sombreros orientales, alguno, en pleno verano, con dos chaquetas y chaleco puestos… Es una maravilla la diversidad de pasajeros.

 

Una tarde, cuando con Sergio, mi hermano, tomamos un tren y nos equivocamos de sentido (íbamos a Queens y este iba en dirección al Bronx), un puertorriqueño de casi dos metros de estatura, camiseta con los colores de la bandera de ese país, hablaba en inglés a voz en cuello. Nadie le paraba bolas, excepto el compañero con el que iba. De pronto, se subió alguien en otra estación y el grandulón, moreno y barbado, comenzó a hablar con el conocido en español, bajita la voz. Nos dimos cuenta que estábamos errados de metro, al llegar a la estación de la 125 Street.

 

En el subway entran cantantes latinos, salvadoreños y mexicanos, a interpretar sus piezas desconsoladas y a esperar algún dólar en su sombrero. Y uno que otro a ofrecer productos chinos o indonesios. Eso sí, algunos de los que van sentados hablan solos, mientras no falta el que vaya leyendo un bestseller o un diario con caracteres orientales. Una chinita, que se bajó en Grand Central, iba leyendo durante un buen tramo un libro y parecía gozar con la lectura, movía los labios, recitaba trozos de lo leído. Parecía feliz.

 

En otro viaje, hacia Manhattan, la presencia de un tipo cuya frente goteaba sangre, me llamó la atención. En un tiempo de calor, tenía puesta una chaqueta negra y, por debajo, se notaba otra, además de un suéter. “Debe tener fiebre”, pensé. Portaba un maletín de mano, varias carpetas y un periódico en inglés. Pensé en sacar un pañuelito desechable de mi bolso, dárselo y que se limpiara la frente, pero no lo hice. Se paró y pidió permiso con cortesía cuando se iba a bajar en Bryant Park.

 

Aspecto de la Estación Central / Grand Central. Foto Spitaletta

 

En el tren, cuando viajábamos a South Norwalk, Cunnecticut, donde veríamos el partido Colombia-Inglaterra en casa de dos colombianos, una señora rubia, de vestido negro, también hablaba sola. Junto a mí, una chica, igualmente rubia, también de negro, ponía su pierna derecha sobre la desocupada banca de enfrente y cantaba lo que iba escuchando en su móvil. En esta línea, que parte de Grand Central, una bella estación con mármoles y lámparas de araña, cuando estábamos en las cómodas sillas, dos señoras hablaban de la Universidad de Yale, situada en New Haven, última estación en este recorrido.

 

Y no solo en los trenes hay gente que va soliloquiando. En los autobuses no falta el que también se dedique a buscarse a sí mismo en voz alta, como aquel hombre que, en una línea de bus articulado que viaja a Wall Street, cantaba y hablaba, hablaba y cantaba para sí mismo, sin saber que otros lo escuchábamos. O sin importarle.

 

Y así como hay olores perfumados, no falta alguien que apeste a ajo, o que desprenda una sobaquina del demonio. Pasa en todos lados, y más con el calor del verano neoyorquino. Varias imágenes olfativas, me recordaron un pasaje de Manhattan Transfer, novela de John Dos Passos, escrita en 1925: “En el atestado vagón del metro iba el repartidor de telegramas aplastado contra la espalda de una mujerona rubia que olía a Mary Garden. Codos, paquetes, hombros, nalgas se entrechocaban a cada sacudida del estridente exprés”.

 

En un vagón de subway, que no nos llevó jamás a ninguna estación fantasma (hay una, muy famosa, la City Hall), un rumor que salía no se sabe de dónde, decía: “voy a tener un flamante comienzo en la vieja Nueva York”. Después, sobre una acera, en la séptima avenida, un joven, con una especie de tarro a modo de recipiente de dinero, mostraba un cartel: “estoy cumpliendo años lejos de casa. Ayúdenme”.

 

Museo Metropolitano de Nueva York. Foto Spitaletta

Trompeta para un barrio bohemio

Libreta de viaje (6)

 

Flushing Town Hall, en Queens. Foto Reinaldo Spitaletta

 

 

(Crónica con balada en Queens, vitrales en San Patricio y un cuadro de Van Gogh)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

En el histórico Flushing Town Hall, un edificio de arquitectura germánica, con ventanales de arco redondo, construido en 1862, ahora sede de cultura y artes, en Queens, Nueva York, presentamos la novela Balada de un viejo adolescente. El periplo cultural, iniciado en esta antigua sede del ayuntamiento, y que se extendió una semana después por Los Ángeles, California, gozó de altas temperaturas de verano y diversas aventuras viajeras (*).

 

El recinto, sobre la Northern Boulevard, alberga salas de exposiciones, teatro y al Consejo de Cultura y Artes. Una exposición fotográfica sobre Louis Armstrong tornaba más interesante las paredes del zaguán de entrada y, más tarde, allí recalaron floridas silletas de Medellín para la realización del Festival de las flores, en julio. Con una asistencia notoria de latinos y de algunos gringos, las palabras de presentación y la tertulia posterior se prolongaron por más de una hora; después, en la conversación informal, con firma de ejemplares, hubo nuevas inquietudes de los concurrentes en torno a la temática y técnica literaria de la novela.

 

Después, en la misma programación cultural colombiana, se presentaron la soprano Delcy Yanet Estrada y la mezzosoprano Yenny Lorena Restrepo, ambas colombianas, acompañadas por el pianista argentino Emiliano Messiez, en un recital llamado Dos mujeres, una pasión, en el que, entre otras interpretaciones, cantaron a dúo, para cerrar, La flor de la canela, de Chabuca Granda. Después, la soprano medellinense vocalizó en español Caruso, pieza de Lucio Dalla que integra el nuevo álbum de la cantante.

 

Te voglio bene assaie
ma tanto tanto bene sai
è una catena ormai
che scioglie il sangue dint’e vene sai

 

Nueva York, ciudad cosmopolita y multicultural, tiene ángel para presentar novelas y cantar. Hoy, en buena parte del extenso condado de Queens, la presencia masiva de asiáticos es protuberante. Y por muchos lugares, incluidos los alrededores del mencionado Flushing, que también es como un templo del jazz, pululan chinos, coreanos, japoneses, vietnamitas, indios de la India, en una mezcla de lenguas y alfabetos, de avisos y bazares, colorida y simpática. Para llegar a la zona del Flushing desde Manhattan hay que tomar la línea 7, púrpura, del subway.

 

Queens, con más de dos millones de habitantes, tiene historias musicales a granel, como que allí vivieron Armstrong, Count Besie y Ella Fitzgerald; dos aeropuertos (el Kennedy y LaGuardia), un estadio de béisbol (el Shea de los Mets), la comunidad de colombianos más grande de Estados Unidos, así como un poblado de mayoría griega como es Astoria. En Queens, eso se dice, se hablan más de 130 idiomas.

 

En Queens, con tren, metro, museos, biblioteca pública, barriadas con bloques de cuatro pisos (como Jackson Heights, Jamaica, Corona, Forest Hill…), universidades, nacieron Donald Trump, Cyndi Lauper, raperos como Ja Rule y “primeras damas” como Nancy Reagan. No es este condado tan atractivo ni tan cultural y variopinto, como el de Manhattan, pero tiene entre sus habitantes mucha mano de obra. En Flushing, al norte de Queens, residencial y financiero, hay un enorme centro de comercio sobre la Main Street.

 

Queens podría decirse, a simple vista, que es más bien feo. Claro, si se le compara con Manhattan, que tiene todas las arquitecturas, los teatros, los museos más importantes, tres ríos como el Hudson, el East y el Harlem, y es el corazón de los centros culturales, financieros y comerciales del mundo.

 

Pintura de Van Gogh en el Moma de N.Y.

 

Así que, en una tarde de verano, cuando en Manhattan la gente es como un hormiguero infinito, uno puede estar, por ejemplo, haciendo una fila en el Museo de Arte Moderno (MoMA), con sus colecciones exuberantes, o en el Tenement, un recuerdo de los iniciales inmigrantes que llegaron a esta ciudad que parece un cuento de hadas góticas. O, claro, en el monumental Museo de Arte Metropolitano (uno de los diez museos más visitados del mundo), al cual, para medio ver sus muy bien dotadas colecciones y exhibiciones temporales hay que entrar durante una semana seguida.

 

Y si desea otras perspectivas, entonces puede entrar al Guggenheim, o al de historia natural, o al de cera para que se fotografíe con personajes insólitos, actrices, escritores, políticos… Y una tarde veraniega, de cielo despejado y muchos turistas en las calles, nos fuimos al MoMA, en el Midtown de Manhattan, cuando faltaba poco para que lo cerraran y entonces apenas se volvió un abrebocas de asombro cuando a la carrera se ven cuadros de Picasso (como el de Las Señoritas de Avignon), o la Noche estrellada de Van Gogh, o cuadros de Dalí, Magritte, Pollock, Warhol, Chagall, Matisse… o las colecciones de diseño gráfico, industrial, arquitectura, cine, fotografía.

 

Nueva York son tiendas descomunales y frontis de todas las formas. Y, como estás por esos lares, por ahí, por la Quinta Avenida, no podés dejar de entrar a San Patricio, catedral neogótica, con sus vitrales de luz mística, su altar descomunal, sus mármoles y peregrinos, con su Pietá que supera tres veces en tamaño a la de Miguel Ángel. San Patricio, santo patrón de Irlanda, está presente en este templo en el que caben cerca de tres mil personas.

 

En el East Village, histórico barrio neoyorquino, una huella de antiguos sanitarios públicos. Foto Reinaldo Spitaletta

 

Más allá de la estatua de la Libertad, de la isla Ellis, de las novelas y poemas neoyorquizadas, de las inexistentes torres gemelas y del puntiagudo Empire State, vos podés encontrar la soledad en una señora que, sentada esperando un bus articulado, te dice cuál tomar para Wall Street, a la que no llegarás porque ante tantas edificaciones, tantos parques y estatuas, tantas flores veraniegas, nada significa lo bancario, lo bursáti. La señora peliclara se ha subido al mismo autobús, en la parte delantera. Y, como no tenés destino, cualquier bajada siempre será una atracción.

 

Y en alguna manzana del East Village, un vecindario romántico, con fachadas avejentadas, con escaleras de incendio, te bajarás para caminar frente a bares, teatros, colegios, tiendas japonesas de juguetes, librerías de usados, o por el hospital Sinaí Beth Israel. Es un barrio de literatura y en su historia están los movimientos contraculturales y escritores de la Beat Generation, como Kerouac, Ginsberg y Burroughs.

 

La tarde se sube a los árboles y no se sabe por qué misterio comenzás a pensar en tantos inmigrantes que por estas geografías advinieron para quedarse y construir una vida lejos de sus recuerdos. Junto al edificio Fischer, sede de industrias musicales, tres muchachos, sentados a una banca de parque, esperan la noche.

 

(*) El viaje y presentación en Nueva York fue posible gracias al patrocinio  y gestión de la empresa cultural Ítaka (Medellín) y Luis Eduardo Acosta (Nueva York).

 

Calle neoyorquina en el verano de 2018. Foto Spitaletta

Detalle interior de la Catedral de San Patricio. Foto Spitaletta

 

 

Un verano en Nueva York…

Libreta de viaje (5)

 

Nueva York, una ciudad siempre sorprendente. Foto Reinaldo Spitaletta

 

 

(Crónica veloz, con rascacielos y una soprano que canta en el Central Park)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Como en la salsa del Gran Combo, en un verano en Nueva York tenés “fiesta folclórica” en el Parque Central y muchas mixturas más de ocio, en esa extensión cuadrangular que es ocho veces el estado del Vaticano, con lagos artificiales, puentes históricos, próceres en estatuas, recitales al aire libre, saxofones y trompetas en jardines, y una soprano que, bajo una suerte de túnel, canta con estremecimiento Un bel dì, vedremo, de Madame Butterfly, ópera de Puccini, acompañada por una pista.

 

A los pies de la cantante lírica, yace un recipiente en el que los oyentes depositan su ofrenda en dólares después de los aplausos. Y el parque, que con las altas temperaturas del verano parece infinito, se abre en caminos que se bifurcan, con bicicletas y coches, con amontonamiento de gente en bermuda y camiseta, con niños que gritan, con pájaros que aletean y cantan.

 

Un verano en Nueva York, un día de principios de julio, con un atardecer candente, es propicio para caminar con el riesgo, claro, de una deshidratación. Y sondear el alma (desalmada) del capitalismo, del consumo sin fin, de los avisos luminosos de Times Square o marchar por la Quinta Avenida, buscando sombra, metiéndote a alguna tienda de suvenires costosos y simpáticos, o buscando detalles invisibles, como lo hiciera hace años el meticuloso reportero Gay Talese, cuando escribió su célebre texto Nueva York, una ciudad de cosas inadvertidas.

Aspecto del Central Park.

 

Y entre lo inadvertido puede estar el brasileño que vende perros y chuzos en la esquina de la séptima con la 42, o los leones grabados en algún edificio, o las mil maneras, por no decir infinitas formas de la arquitectura neoyorquina, con rascacielos, escaleras de incendio, columnas griegas, fachadas hipnotizantes… Es una ciudad para todas las culturas, de todos los colores y sabores, pero, a su vez, para el anonimato total. Ahí van, con la luz intensa del verano, por aceras amplias, las rubias con cámaras, los orientales con cámaras, los latinos con cámaras y celulares. Es verano. Y hay multitudes en las calles, en los almacenes, en los mercados…

 

Es una ciudad loca, para excéntricos, para bohemios y gente que puede delirar viendo el edificio del periódico The New York Times o buscando como una obsesión literaria la sede de la revista The New Yorker y solo se topa con un hotel bonito del mismo nombre. Y si sigue las descripciones de aquel antiguo reportaje de uno de los fundadores del Nuevo Periodismo, no verá las hormigas del Empire State, pero sí decenas de turistas que hacen fila para entrar al edificio que continúa siendo un símbolo de la arquitectura que araña cielos. A la vuelta no más, verá las colas de visitantes asombrados y con ropas ligeras que quieren montarse en las terrazas de los buses de dos pisos para ir de tour por la denominada capital del mundo.

 

Manhattan, con su Midtown, Dowtown y Uptown; con sus buses de ventanillas panorámicas; con sus cines y museos y tiendas antiguas y construcciones de todas las arquitecturas, es una ciudad de eterno movimiento. No duerme. No cesa. El verano te estimula los sentidos. Y entonces podés pasar por la histórica estación Pensilvania, o por la que acumula pasajeros a Nueva Jersey, o, para ver lámparas de araña, mármoles, espacios generosos, anchos pasillos, gente que va y viene, sin pararle bolas a nadie, entonces es porque estás en la espléndida Grand Central, la estación central de trenes, metros y subways, con mercados, joyerías, restaurantes de lujo y otros de menos categoría.

 

Ornamentación en la fachada de la Biblioteca de Nueva York. Foto Reinaldo Spitaletta

 

Nueva York es holandesa e india; oriental y occidental. Con río y mar. Con ferris y puentes. Con neones y calles anchas. Es una ciudad veloz, afanada, donde la mayoría de gente va de prisa y por eso no puede mirar hacia arriba, muchos (distintos a los turistas de verano) con jornadas de trabajo en el sur y luego en el norte. Nueva York, donde hay que calzar “zapatos vagabundos”, la de Frank Sinatra y los bares giratorios, es un hormiguero. Es, así la describió Talese, una ciudad sin tiempo; novelada, poetizada, y cantada hasta la eternidad. Y, según una señora paisa, es la ciudad donde “todo queda en la puta mierda”.

 

Ciudad universitaria y de cafetines, de teatro y musicales, de bolsa y magnates, tiene lectores en el subway y cantantes de ocasión, violinistas en las estaciones y abundante gente sola. Ciudad de esculturas y estatuas patrióticas. Podés toparte con un Prometeo alado o con un torso de mujer de bronce. Ciudad donde llegan los amantes de la ópera, pero, además, los que desean en recorridos de jornadas sin fin observar el arte universal.

 

Es una metrópolis de lujos pero, a su vez, con homeless, con rebuscadores, con vendedores de bazar. Y vos, para experimentar sencillas maneras de la aventura, podés en la retícula telarañosa del subway perderte en tu recorrido. Y cuando menos pensás, estarás embarcado en una línea que va al Bronx cuando, en rigor, ibas para Queens. Y así. Que hay que enloquecer la brújula.

 

Es la ciudad del Barrio Chino, de la Pequeña Italia (ahora con antioqueños y argentinos que se hacen pasar por italianos y cobran en restaurantes de pacotilla precios de bolsa de valores con acciones en alza); es un poco el recuerdo de una novela de Dos Passos y el ulular de las sirenas que jamás se callan. Sí, claro, si te interesa podés ir tras las huellas históricas de Piazzolla y de Jake La Motta (el Toro salvaje) en la Little Italy, la de las calles llenas de bombillería como si fuera diciembre todo el año.

 

Es una ciudad de béisbol y célebres combates boxísticos que ya son historia; de mitológicas pandillas decimonónicas que Scorsese cinematografió con maestría. Aquí voy, pasando por sinagogas, iglesias, colegios, oficinas postales, vitrinas alucinantes, museos de matemáticas y de toda índole, edificios puntiagudos, con una sensación térmica de exiliada zona tórrida. Ah, sí, New York, New York…

 

En el recuerdo, el Gran Combo me dice que “si te quieres divertir, con encanto y con primor, solo tienes que vivir un verano en Nueva York”.

 

Times  Square. El edificio de la Paramount. Foto Reinaldo Spitaletta

 

 

 

Playas hippies, canales venecianos y una señora de pintura

Libreta de viaje (4)

 

Silueta del escritor danés Christian  Andersen, en el museo librería de Solvang. Foto Reinaldo Spitaletta 

 

 

(Crónica con traje de emperador y un museo alucinante en Los Ángeles)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

1.

 

Santa Mónica, una ciudad con playa multitudinaria de Los Ángeles, donde a veces aparecen ricos y famosos, tiene en su muelle una feria de atracciones, el Pacific Park, con inmensa rueda de Chicago y alta montaña rusa, muy cerca de la ancha calle peatonal (Third Street Promenade) en la que hay cines, mercados, helados y músicos ambulantes.

El mar de azul rey, con gentío en la arena, traía rumores de verano cuando apareció un tipo rubio y barbado, en una motocicleta con cajón de accesorio. A través de un megáfono la emprendía contra Trump y, a su vez, le hacía competencia en el grito y el volumen a otro, predicador de nuevos tiempos apocalípticos que, también sobre una moto, mostraba carteles bíblicos y anuncios de conversiones. El opositor del magnate-presidente tenía en su vehículo una pancarta: “Salvemos a nuestros niños del secuestrador Trump”.

 

Los dos personajes se enfrascaron en una acalorada rivalidad a ver cuál gritaba más, con una salvedad: pocos viandantes les prestaban atención. Un negro tocaba el saxofón y muy cerca una niña rusa, de unos seis años, hacía lo propio con un violín. A sus pies, en un cajoncito, los curiosos depositaban dólares. Un sol de justicia se regaba por las extensas y agolpadas playas.

Un adivinador de vitrina en la playa de Venice. Foto Reinaldo Spitaletta

En la misma peatonal, una modelo, de traje vaporoso, piernas al viento y movimientos sensuales, posaba para un fotógrafo. Se movía para acá y para allá, sonreía, manos en el cabello, provocaciones a la lente. Tampoco era fuente de atracción de parte de los caminantes. Tal vez el calor, a casi cuarenta grados centígrados, hacía que todo el mundo buscara sombras y refrescos.

 

Después, el panorama cambió. Y estábamos en las playas de Venice, con hippies anacrónicos, viejos sonidos de rock, olores a marihuana y sudor, con tiendas de camisetas y cachuchas, y muchos tenderetes en la arena y en el asfalto con ofrecimientos de artesanías. No había tipos musculosos, como es común en Santa Mónica, sino hombres y mujeres continuadores de la vieja contracultura de los sesentas. Había guitarristas de playa, cantantes de música jamaiquina, alguna evocación de Jimmy Hendrix y la canícula de julio en su máximo esplendor.

 

No es extraño toparse en esta zona de murales callejeros y ventorrillos de perros calientes, la imagen de un enigmático tipo de turbante dorado y chaleco gris (Zoltar dicen las letras que se llama), con una bola blanca al frente. Si echás una moneda, sabrás de las sorpresas que te depara el destino. Así discurren las playas de Venice, un distrito que, además, tiene una atracción clave: sus canales a la veneciana, clonados por un multimillonario, Abbot Kinney en los comienzos del siglo XX. Están en una zona residencial de hermosos caserones con antejardines y árboles.

 

Los canales a la veneciana en Venice, Los Ángeles. Foto Reinaldo Spitaletta

 

2.

 

Los Ángeles, cuya área metropolitana tiene más de 18 millones de habitantes, posee una réplica de un pueblito danés, en el que uno puede toparse con los personajes de Andersen y la sombra atormentada de Hamlet. Solvang, que así se llama, en rigor está en Santa Bárbara, en el valle de Santa Ynes, fue fundado en los albores del siglo XX por inmigrantes de Dinamarca. En medio de una zona vinícola, el villorrio mantiene las costumbres y arquitectura danesas.

Solvang, un pueblito construido y habitado por inmigrantes daneses. Foto Reinaldo Spitaletta

 

El visitante se encuentra, además de las casas con techos inclinados, torrecillas y áticos, con molinos de viento. Hay cervecerías, restaurantes, panaderías y almacenes con lujosas artesanías. Se siente bienestar en sus calles y aceras, y sus habitantes tienen casi todo resuelto. Hay un parque y un busto del poeta y escritor de La fosforera, La sirenita y El Patito feo.

 

En Solvang todo es exquisito, desde sus puertas y ventanales, hasta los olores a pan y dulcería.

 

En el museo Andersen, con una librería en sus altillos, el visitante se interna en las obras del autor de El traje nuevo del emperador y La princesa y el guisante. Hay retratos y rompecabezas. Y todo está dispuesto para el ejercicio del asombro y la imaginación. “Hace muchos años vivía un Emperador tan aficionado a los trajes nuevos que gastaba todo su dinero en vestir con la máxima elegancia. No se interesaba por sus soldados, ni le atraía el teatro, ni le gustaba pasear en coche por el bosque, a menos que fuera para lucir sus atuendos nuevos”, es el inicio del subversivo relato de Andersen para niños y adultos.

 

Y si Solvang tiene atracciones que evocan al país nórdico, hay una ciudad al oeste de Los Ángeles, cuya historia está conectada con la del cine y algunos de sus laboratorios. Es Culver City, fundada en 1913, y en la que se crearon, por ejemplo, los estudios de la Metro Goldwyn Mayer (fundados por el judío polaco Samuel Goldfish, que después se cambió el apellido por el de Goldwyn), la Sony Pictures y Culver Studios, entre otros.

 

Culver, una ciudad de cine. Imagen de las antiguas oficinas de la MGM, hoy convertidas en hotel. Foto Reinaldo Spitaletta

 

El imponente local donde estuvo la Metro es hoy un hotel, con plazoletas en la que un leoncito sonriente, de bronce, recibiendo la frescura de una fuente, parece dar la bienvenida a los visitantes. El hotel está poblado de fotografías de los actores de la película el mago de Oz, como de los de Lo que el viento se llevó.

 

En esta cinematográfica ciudad se han filmado, además, películas como El ciudadano Kane, la serie de Tarzán y la original de King Kong, por no citar otras más recientes como Toro salvaje, E.T. El extraterrestre y Brillantina. Ah, y muchas series de televisión se han grabado en Culver, por lo que, así no más, pueden resultar familiares para un visitante muchas de sus calles y escenarios. Lassie, Las Vegas, Los años maravillosos y Batman, son algunas de ellas. Hay, además de museos y colegios, un teatro que homenajea a Kirk Douglas, construido en 1946, cerca de la Columbia Pictures.

 

Culver, linda ciudad, respira cine y, en ella, algún nostálgico puede evocar a Judy Garland o las lianas en las que volaba Tarzán de los monos.

 

3.

 

¡Qué museo! Puede ser la primera exclamación de un visitante cuando, después de atravesar un buen tramo en un trencito plateado, llega a las instalaciones del Getty Center o Museo J. Paul Getty, un inmenso campus con instituto de investigación, preservación y fideicomiso, además jardines, tiendas, pabellones de arte y auditorio.

 

Con colecciones de asombro que van desde las grecorromanas, egipcia, italiana, flamenca, francesa y española, el museo tiene cuadros de excepción, como Los lirios, de Van Gogh; El alabardero, de Pontormo; el Retrato del marqués del Vasto, de Tiziano y un cristo de El Greco, entre otras valiosas pinturas, entre las que hay de Gauguin, Manet, Watteau, Miguel Ángel, Goya y Degas.

 

Cuando recorríamos, en medio de la admiración y la curiosidad, los salones de arte italiano, tal vez la más importante y numerosa del museo, en donde están, por ejemplo, obras del Veronés, Gentileschi y Bellotto, vi una mujer enorme, de figura sensual, redondeada; quizá se había escapado en otro salón de una pintura de Rubens y la perseguí dos salas más hasta cuando, de pronto, se esfumó con su largo traje negro y sus cabellos claros en algún espacio recóndito del museo.

 

El Getty, con sus enormidades en jardines, con sus esculturas, con sus pabellones y otros edificios de mármol travertino, diseñado por el arquitecto Richard Meier, es una joya del buen gusto y la cultura. Cuando salimos, todavía flotaban en el ambiente los colores de Cezanne y el expresionismo de Munch. Ah, y el recuerdo de una señora inmensa que me volvió perseguidor por unos minutos.

 

Imagen captada en el Museo Getty de Los Ángeles, uno de los más importantes del mundo. La señora parece fugada de una pintura. Foto Reinaldo Spitaletta

 

 

 

Hollywood para montañeros

Libreta de viaje (3)

 

Las colinas de Hollywood vistas desde el Hollywood Boulervard. Foto Sergio Espitaleta

 

(Crónica de una caminada por el Paseo de la Fama y las huellas de las estrellas de cine)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Al bajar del edificio Wells Fargo, donde presenté la novela Balada de un viejo adolescente, una multitud de extras cinematográficos estaba en la calle buscando sombra, bajo un sol de castigo. Alguien me dijo que es parte de la vida cotidiana de Los Ángeles toparse en cualquier cuadra con filmaciones de películas.

 

Tras entrar más tarde a una extraña librería, The Last Bookstore (una de las más bellas del orbe), con laberintos, túneles y otros diseños armados con libros, un poeta de Jamundí, Joaquín, nos llevó en su carro a Hollywood. Antes, nos detuvimos en Skid Row, un céntrico barrio poblado por cerca de 13.000 homeless o habitantes de calle, que se constituye en el barrio de indigentes más grande de los Estados Unidos. Abundan en las esquinas, las aceras, tiendas de campañas, sobre cartones, y algunos lo denominan el “gran manicomio al aire libre”, por la cantidad de enfermos mentales que allí conviven. Está en una de las zonas más céntricas y hace años era residencial y de hoteles.

 

Arribar a Hollywood, mito y realidad, pone el corazón a dar saltitos, tal vez de conejo, como el de Alicia, y a la piel, en un verano que ese sábado 7 de julio alcanzaba temperaturas de cuarenta grados, con ganas de una sombrilla, como la de Mary Poppins. Joaquín, que se debía devolver para recoger a sus hijos, nos dejó en la esquina de Hollywood Boulevard con Highland Avenue, y entonces comenzamos la pequeña aventura urbana de “tirar tenis” por aquel panorama de turistas a granel y tiendas por doquier que puede llegar a obnubilar.

 

Hollywood, integrado a Los Ángeles en 1910, se fundó en 1857. Se volvió meca del cine cuando el monopolio de Thomas Alva Edison, con su guerra de patentes, obligó a productores de cine de fines del siglo XIX y comienzos del XX, a irse de Nueva York y Nueva Jersey, y asentar su “fábrica de sueños” en un remoto lugar del oeste. Después, la invención de las estrellas y el mundo del espectáculo hicieron el resto.

 

Caminar por esa calle incandescente, llena de avisos publicitarios y palmeras, es la posibilidad de añorar imágenes del filme Cantando bajo la lluvia, de Gene Kelly. Malabaristas y artistas callejeros aparecen en medio de los visitantes. Algunos se detienen a mirar a las colinas, quizá a buscar en la lejanía las históricas letras de molde o a ver si, por algún acaso, está flotando la imagen vaporosa de Marilyn. Que sí, no falta la diva por distintos lugares, con sus fotos en las que hace guiños, muestra su belleza inefable, su swing de estrella rutilante.

 

No sobra tomarse la fotico con una de las creaciones hollywoodescas más célebres. Foto Sergio Espitaleta

El Paseo de la Fama, una de las atracciones con más curiosos sobre ella, lleva a muchos a arrodillarse, a postrarse junto a la estrella de cinco puntas que representa a una figura del cine o de la farándula, en un mosaico de granito pulido. Casi todos los más jóvenes se hacen tomar la fotito con la de Michael Jackson y lo más veteranos van a las de viejas figuras, legendarias, como decir Mickey Rooney o los integrantes de Los Beatles. El paseo, diseñado en 1958 por el artista californiano Oliver Weismuller, alcanza hoy una “siembra” de 2.200 estrellas (varias de ellas han sido robadas, como las de Kirk Douglas, James Stewart, Gregory Peck y Gene Autry).

 

Frente al Teatro Chino de Grauman, de enigmática fachada (una pagoda con dragón y leones), la gente se apretuja para observar a sus ídolos “caídos” (sí, están sobre la acera), la representación de un mundo de imaginación y de una industria millonaria que ha seducido a espectadores de todas partes. Los viandantes se mueven entre almacenes de suvenires, centros comerciales, supermercados y algún Superman de calle, o un basquetbolista sin gloria que hace demostraciones con un balón. No faltan magos y contorsionistas.

 

Un poquito de fama entre estrellas y estatuillas. Foto Reinaldo Spitaletta

El viejo teatro Kodak, hoy el Dolby Theatre, es el escenario de la entrega de los célebres Oscar y goza de la apreciación masiva de visitantes. Por aquellos lares abundan fotos de deidades cinematográficas y todo hace rememorar antiguas pantallas, viejas carteleras, los días de cine de barrio y la nostalgia de los teatros muertos. A la par del Paseo de la Fama, está el de las huellas de los grandes. Y, claro, todos aprovechan para llevarse un recuerdo gráfico de la ocasión.

 

Como vecina de las huellas de la gran Marilyn está otra grande: Sophia Loren (“Solo per sempre” se lee junto a las huellas de manos y pies de la actriz napolitana) y junto a esta, las de Marcello Mastroianni. Al otro lado de la vía, hay más teatros, como el Capitán, y la vieja construcción del Hotel Roosevelt, apegada y tradicional en el paisaje del sector. Más allá, y sin que el turista se preocupe por recorrerlos, hay barrios de caserones amplios, cercanos a las colinas. Hay una especie de “morro”, el Canyon, al que suben atletas que desafían, en el verano, las altas temperaturas.

 

Desde un enorme centro comercial, uno, como buen montañero, no podía dejar de ver desde un mirador en el tercer nivel, las letras de Hollywood, lejanas, legibles, inmemoriales. Sí, no había más remedio que relacionarlas con las que, en los cincuentas, sobre las colinas de Enciso, en Medellín, puso una empresa textilera, cuyo lema era “el primer nombre en textiles”.

 

La jornada, calenturienta, llena de riquezas visuales, de sed y curiosidad, nos condujo, en su fase final, a tomar el metro. Había que hacer tres intercambios o transferencias para llegar a nuestro destino, desde el extremo norte, donde está Hollywood, al Sur de Los Ángeles, en el sector de El Segundo. Varios días después, volvimos en el tren, que es subterráneo, de superficie y elevado en distintos tramos, hasta los Estudios Universal, otro símbolo de la proverbial “fábrica de sueños”.

 

Un simpático busetón de tres vagones nos subió hasta el parque de atracciones y, más que todo, centro comercial, con una infraestructura armada para vender, pero, eso sí, con la gracia de ponerte por doquier desde King Kong hasta los dinosaurios del jurásico. Allí está el “mundo mágico” de Harry Potter (con librería y almacén especializado) y el de los Simpson. Claro, si querés verlo todo, pasearte por la fantasía, las cámaras y los platós, debés pagar cerca de cuatrocientos dólares.

 

Los estudios Universal, el bulevar Hollywood, el Dolby, las letras en la colina, todo, de pronto, fue quedando atrás. El metro de Los Ángeles, con sus líneas roja, azul, verde, púrpura, Expo, una retícula enorme, con sus estaciones como Vermont, Willowbrook, Beverly, Avalon, en fin, se graban en la memoria del visitante.

 

En el tren todavía flotaban las imágenes de King Kong junto a las muy provocativas de la rubia plateada Marilyn Monroe. La fábrica de sueños nos seguía como un recuerdo de niñez. Sería el calor.

 

 

 

Aspecto del centro comercial de los Estudios Universal, al norte de Hollywood. Foto Reinaldo Spitaletta

Las focas adormiladas de Monterrey

Libreta de viaje (2)

Al frente de las playas de Monterrey llegan focas y lobos marinos a sestear en el verano. Foto Reinaldo Spitaletta

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  (Crónica con menciones a Dalí, Tortilla Flat y viejos enamorados)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Monterrey, de menos habitantes que Salinas (unos treinta mil), tiene historia española, varios museos, un célebre acuario de medusas psicodélicas y mantarrayas, está a 550 kilómetros de Los Ángeles y se sitúa en la bahía del mismo nombre, en el océano Pacífico. Fue documentada por primera vez por Sebastián Vizcaíno en 1602 y fundada en 1770 con el largo nombre de El Presidio Real de San Carlos de Monterrey, que se convirtió en la primera capital del estado de California (hoy su capital es Sacramento).

 

Llegamos a la novelesca ciudad con el sol muriente del verano, a las ocho y treinta de la tarde, a un hotel donde nos recibió un nepalés. “¿De dónde son?”, preguntó, y sonrió cuando escuchó Medellín, Colombia. Se interesó por la situación de la ciudad, a la que conocía, más que todo, por los tiempos nefastos de la mafia. Nos dio la bienvenida y nos dijo que para ir a la habitación, con vista al mar, había que atravesar una calle.

 

Cuando anocheció salimos a caminar por una avenida llena de palmeras iluminadas como si fuera navidad, con sicomoros y otros árboles, con cafés y hoteles y música “a babor y estribor”. Ya estaba cerrado el museo donde había una exposición de obras de Salvador Dalí y los supermercados tenían mucho movimiento. A la distancia, se vislumbraba una congregación de botes estacionados. Había brisa.

 

En el hotel, quizá a las tres de la mañana, me aterrorizó una pesadilla. Había derrotado no sé cómo a unos asaltantes, de los cuales escapé por calles oscuras. De pronto, me vi solo, en medio de la nada. Y ahí, desde las sombras, aparecieron nuevos bandidos. Corrí. Cuando miré atrás, vi cómo a un hermano (era muy joven en el sueño) lo partían a machetazos.

Pencas entrelazadas adornan las playas  de Monterrey.

Monterrey, famosa por sus playas, sus restaurantes elegantes y el Fisherman’s Wharf, tiene asimismo la impronta del novelista Steinbeck, que ambientó allí varias de sus obras, como Tortilla Flat (también traducida como Camaradas errantes), Dulce jueves y Cannery Row (ahora hay una calle que así se denomina). “Cuando la guerra llegó a Monterrey y a Cannery Row, todos lucharon, más o menos, de una forma u otra. Cuando cesaron las hostilidades, todos tenían sus heridas”, se lee en el primer capítulo de Dulce jueves.

 

Pero quizá Monterrey esté mejor retratado en la novela picaresca de Tortilla Flat, con robagallinas y buscadores de tesoros místicos. “Monterey se asienta en la ladera de una colina, con una bahía azul a sus pies y un bosque de altos, oscuros pinos a su espalda. Pescadores y envasadores de pescado americanos e italianos pueblan la parte baja de la ciudad”, dice Steinbeck en el prefacio de su novela sobre Danny y una tropilla de vagabundos.

 

Cannery Row en la ficción de Steinbeck es una calle en la que se concentran las fábricas de conservas de sardinas (originalmente, se denominaba Ocean View, pero pudo más el poder de la novela y entonces se le cambió el nombre). “El arrabal conservero de Monterrey, California, es un poema, un hedor, un sonido discordante, una clase de luz, una tonalidad, una costumbre, una nostalgia, un sueño”, advierte el novelista en su introducción a la obra en la que aparecen tenderos chinos, burdeles y laboratorios biológicos.

 

Monterrey, donde también vivió el escritor escocés Robert Louis Stevenson, tiene diversas playas, que en el verano se llenan de turistas y nativos, que quieren contemplar el mar de un intenso azul profundo y meterse a sus aguas frías, porque, de todos modos, es mejor que nada. Una de ellas, con muchas casas de tamaño generoso y arquitecturas inglesas, es la de Lovers Point Beach.

 

Es consuetudinaria la presencia de viejas parejas que se sientan frente al mar a buscar recuerdos. Foto Reinaldo Spitaletta

 

En una caminata por los senderos y parquecitos, en los que hay esculturas y muchas pencas entretejidas, como abrazadas, uno puede ver a los viejos, sentados en bancas frente al mar, mirando hacia el azul oscuro de las aguas, con sus sombreros de ala ancha y quizá con muchos recuerdos de tiempos juveniles. Se oye el aleteo de las gaviotas y es posible, sobre rocas muy cercanas a la playa, ver focas, leones marinos y morsas adormiladas (La vista de estos mamíferos, en vivo y en directo, me transmitió una sensación de serenidad).

 

Monterrey a la carrera es una ilusión de mar, cielo y botes atiborrados. De palmeras y coníferas que saludan al viento. Solo hubo tiempo de una mirada global, rápida, porque había que retornar a Los Ángeles, por un camino de vuelta en el que hubo nuevas revelaciones paisajísticas, otros molinos de viento, el dios Eolo atravesando una gran llanura en ese valle largo de Salinas que se extiende entre dos cordilleras montañosas, como bien lo describe Steinbeck en Al este del Edén.

 

En un paradero, de esos necesarios para la orinada, la toma de agua, la compra de algún helado (la máquina estaba descompuesta y entonces fui a otra y saqué un chocolate caliente, apenas para competir con los 38 grados de temperatura ambiente), los sicomoros nos sombrearon y abanicaron con su viento verde.

 

Atrás iban quedando las imágenes novelescas creadas por John Steinbeck, los ríos sagrados, los avisos de señalización, el tren largo, los enamorados de una playa. Los Ángeles, donde hacía tres días había presentado en el edificio Wells Fargo, en el Downtown, mi novela Balada de un viejo adolescente, estaban esperándonos para continuar la aventura por pueblitos de imitación danesa, playas de hippies anacrónicos, canales a lo Venecia (en otra Venecia, pero a la gringa), museos de arte moderno y contemporáneo y un periplo por una de las catedrales más raras del mundo, la de Nuestra Señora de Los Ángeles.

 

Salinas y Monterrey ya eran un recuerdo de muchos colores, entre vientos y soles de quemazón, con historias que un escritor de allí narró para todo el mundo.

 

Aspecto de un barrio de Monterrey, California. Foto Reinaldo Spitaletta

 

 

La brisa, la arena, las coníferas, el sol del verano en Monterrey. Foto Reinaldo Spitaletta