Vientos del pueblo…Vientos de Miguel

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N.B. Estas palabras las escribí en 2010 con motivo del centenario del natalicio de Miguel Hernández. Ahora, en un nuevo aniversario de su muerte, creo que tienen vigencia.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

En estos tiempos de crímenes y corrupciones, de balaceras y asaltos, de ciudades inseguras y mafias, se preguntarán algunos —muy utilitaristas— qué importancia tiene reunirse a hablar de un poeta. Qué interés puede despertar, hoy, en un país como Colombia, dizque “tierra de poetas”, conversar, por ejemplo, sobre un poeta de la sangre, de hospitales y guerras, de hambres y desolaciones como Miguel Hernández.

 

Tal vez sea un asunto de locos, de nuevos desadaptados, de una confraternidad de seres extraños que creen todavía en los milagros de la palabra, en la conversación y las posibilidades de la cultura como una expresión de civilización. Sucedió por estos días (agosto de 2010), para conmemorar con antelación el centenario del nacimiento del poeta de Orihuela.

 

En la Biblioteca Marco Fidel Suárez, de Bello, el Centro de Historia de esa ciudad realiza cada quince días una tertulia literaria. En ella se aborda en análisis y conversación sin pretensiones a Steinbeck o Dostoievski, se habla de Faulkner o Rulfo, de Cepeda Samudio u Osorio Lizarazo, de Borges o Kafka, de Mejía Vallejo o Gonzalo Arango, en fin, que en la más reciente celebración de la palabra se habló de aquel poeta perito en lunas, el pastor de cabras, el mismo que se extinguió en la cárcel y al cual un hijo se le murió de hambre.

 

“La cebolla es escarcha
cerrada y pobre:
escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla:
hielo negro y escarcha
grande y redonda”

 

No deja de ser raro en tiempos en que todavía la sangre llueve boca arriba, en surtidores hacia el cielo, que haya gentes dedicadas a recordar a ese poeta que venía de sangre en sangre, mientras el mundo se consume en despropósitos. Por estos días, muy cerca de ahí, de la biblioteca, una chica mató a otra por robarle unos tenis, y en la villa vecina las comunas se incendian a balazos. Entre tanto, una tertulia evoca de nuevo el canto del poeta.

 

“Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento.
A las desalentadas amapolas

daré tu corazón por alimento.”

 

Y alguien dice quién pudiera ser Miguel Hernández para cantarles a los heridos y a la libertad, a los hospitales de sangre y a la tierra, a esa misma que “ocupas y estercolas”. Y la conversación toma otros caminos para decir que Miguel Hernández, autodidacta, se formó en la lectura de la poesía del Siglo de Oro español, y en las de Virgilio y San Juan de la Cruz y Verlaine.

 

Poeta de corta vida (murió a los 31 años, el 28 de marzo de 1942) y de largo aliento, su compromiso militante con la libertad y, desde luego, con la poesía, hace que se convierta en un poeta necesario. De aquellos cuyos versos van de boca en boca, de memoria en memoria, hasta instalarse en el corazón del pueblo. “Vientos del pueblo me llevan, / vientos del pueblo me arrastran, / me esparcen el corazón / y me avientan la garganta”.

 

Su poesía, mucha de ella nacida en medio de la guerra, se ha convertido en himno de combate, en denuncia de los desastres bélicos, en recordación de los días difíciles. Y en testimonio de lo que es la condición humana, sobre todo en tiempos de humillaciones y angustias. “Me llamo barro aunque Miguel me llame. / Barro es mi profesión y mi destino / que mancha con su lengua cuanto lame”.

 

Poeta de la guerra (cuando todas las madres del mundo ocultan el vientre), Hernández da cuenta de los desafueros de ella. Como se sabe, la Guerra Civil Española, de tantos muertos, fue, además, una suerte de escenario en la que se experimentó con anticipación el infierno que llegaría en 1939 con la Segunda Guerra Mundial. El nazismo y el fascismo tuvieron en España un buen caldo de cultivo. La Legión Cóndor, de la aviación alemana, destruyó la población de Guernica. Picasso creó una de las obras más perturbadoras sobre aquel genocidio.

 

Miguel Hernández escribió con sangre (algo así recomendaba Nietzsche). Fue un peregrino de cárceles y su existencia trágica terminó entre barrotes y tuberculosis. “Tristes guerras / si no es amor la empresa. / Tristes, tristes”. El poeta de Orihuela, y de todas partes, nos sigue cantando con una voz de alerta, con elegías y canciones que nos siguen doliendo. Y abriendo caminos. Los vientos de su poesía siguen soplando con fuerza.

 

(En el centenario del natalicio del poeta de Orihuela)

 

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Pasos de mascotas y bares muertos

(Crónica con nube de esmog y conos de enamorados)

 

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Museo de la Memoria

Por Reinaldo Spitaletta

 

Caminar cuando la luz de la tarde está mutando, con sus violetas leves y un amarillo quemado en las nubes de ese cielo que, según Lupercio Leonardo de Argensola, ni es cielo ni es azul, tiene su encanto. Si usted es capaz de escabullirse por calles poco transitadas, si elude a la hora del hambre y el cansancio la jauría de motocicletas y carros con detonaciones, podrá disfrutar de una urbe que tiene fachadas insinuantes y antejardines sin mucho excremento de perro.

 

Antes de abordar calles menos alborotadas por vehículos, es posible que desde un balcón se escape el sonido de dados sobre un tablero de parqués y voces infantiles que se desprenden de una camioneta blanca, de transporte escolar. En una esquina, donde conversan varios concurrentes en una tienda enrejada, un tipo en muletas y con ropa más o menos raída, dice con voz de guasa: “Vean, pues, que me llamó una pelada para decirme que estaba en embarazo mío, y yo le respondí que si el bebé nacía en muletas, sí era mío”. La risa colectiva se perdió entre una brisa tibia que venía del Parque Obrero, donde unos colegiales estaban en la parte alta de una escultura, con sus morrales en el pedestal, y ellos, sueltos y despreocupados, como si fueran un elemento más de la obra.

 

El camino tiene mascotas con traíllas y señoras en sudadera. Y, no faltan, en el gimnasio al aire libre, los que muestran con ínfulas sus músculos de flexiones, lagartijas, pesas y otros ejercicios de fuerza. Tampoco los anuncios de iglesias salvadoras y panaderías con sillas plateadas y luces blancas. Hoy, por esta vía de contaminación vehicular y cielo sin gallinazos, me iré camino del puente, que aún está lejos, pero convoca para cruzar la Santa Elena, en la que en otro paseo y muy cerca del Brooklyn Bridge había un tipo en calzoncillos, rodeado de agua turbia, lavando sobre una piedra una prenda que desde arriba parecía un pantalón desecho.

 

Hace unos días, junto a la desmirriada “pantalla de agua” (sin agua y sin nada), del Parque Bicentenario, se extendía por el lugar en el que había parejitas de enamorados fumando y chupando paletas, un hedor de quebrada Santa Elena, muy parecido al que expele el río Medellín en los días de calor. Se erigía la hediondez de las aguas turbias. Más arriba, en los exteriores del Museo de la Memoria, los perros corrían en un juego divertido en el que sus amos parecían estar felices.

 

Desde el puente, que se eleva en el lugar que antes, hasta hace unos años, se llamaba la Vuelta de Guayabal, se podía (y se puede) apreciar la ciudad del oriente, con hacinamiento de edificios a granel, con torres desmesuradas en Loreto, con la cada vez más escasa vegetación de las lomas del Seminario. Las torres eclesiales de Nuestra Señora del Sagrado Corazón y de La Milagrosa, atrapaban los últimos rayos de una tarde de estío, de luces moradas y naranjas, sin modestia.

 

Ah, y en la vieja y ya inexistente Vuelta de Guayabal, en la que hubo una iglesita y jíbaros de cierta alcurnia, donde llegaban a “mercar” tabacos achocolatados los de otros barrios, hubo, hace tiempos, una matanza de muchachos. Los fusilaron contra uno de los muros de la vieja factoría de Coltejer (Coltefábrica), la misma que se elevó con chimeneas y arquitectura en forma de sierra, desde 1907, con sus obreros que carnavaleaban a la salida de sus turnos en los cafés de los alrededores, y se murió en las postrimerías del siglo veinte para dar paso a varias urbanizaciones, como las Villas del Telar.

 

Por este viejo sector, antes el barrio La Toma, de una calle principal larga y estrecha, la 51, llamada Ricaurte, hubo bares a diestra y siniestra, algunos con nombres de tango, como El Torrente, y también el Monterrey y Copa de Oro…, ya desaparecidos, y en todo el puente de “Brooklyn” (el mismo que intervino el belga Agustín Goovaerts) estaba El Barcelona. Lo único de aquellos días que se preserva es la Santa Elena, la misma que noveló Jaime Sanín Echeverri en Una mujer de cuatro en conducta.

 

Así que por esa misma callejuela, que todavía conserva algunos pasajes o inquilinatos, la carramenta es hoy una especie de estampida de contaminación y ruido. Desde el puente nuevo, puro cemento, se observan en árboles orilleros de la quebrada, prendas femeninas colgantes: brasieres y calzonarias. Y no es que se trate de una instalación artística. No. Más bien, de una curiosidad que debe tener alguna historia. Como antes, por esos mismos lares, en los alambres eléctricos, colgaban zapatos viejos.

 

Muy cerca de ahí, por la carrera Bélgica, sobre una mesa de acera, de las que sacan en las tiendas y cantinas para los circunstantes, un hombre y una mujer tomaban a pico de botella sendas cervezas. Lo extraño, según la vista del caminante, y todo en fracciones de segundo, era que lo hacían sincronizados. Primero la botella arriba, las caras al cielo, tomadas con la derecha de cada uno, y terminaron al tiempo, y al tiempo depositaron los envases sobre la mesa. Quizá no se dieron cuenta de su perfecta simultaneidad.

 

Y en una heladería de Ayacucho con Suiza, una escena similar sobre una mesita redonda. Una pareja (ambos entrados en edad) chupando cono, la crema en sus bocas, mirándose con fijeza uno al otro, las manos izquierdas sobre la mesa, a punto de rozarse, todo en una coordinación y simetría que ni si la hubieran ensayado. Los últimos rayos de la tarde los iluminaban y no había duda: estaban enamorados.

 

Después, cuando ya la tarde agonizaba, sobre Nariño con Ayacucho, un señor atravesó la calle y no se percató del automóvil que venía. Sintió quizá el ruido del motor muy cerca y corrió sobre la cebra. Se resbaló. Cayó. El vehículo se detuvo. Le ayudé de la mano y se levantó con la cara asustada. Y muy atardecida. Siguió después, muy lento, hacia arriba, por la ruta del tranvía.

 

En la hora pico, con calles atiborradas, con humos y ruidos, en ese momento que llaman la hora del retorno, la caminata se hace insalubre. Uno busca caminos sin tanto tráfico. Pero, igual, contra la nube de esmog de Medellín parece no haber salvación. La luz ha cambiado. No es ya la del malva crepuscular, sino la de sombras alargadas, mortecinas. Hay un aire triste en las fachadas y una risa de desagravio en dos colegialas que corren quizá porque saben que su casa está muy cerca y el descanso también.

 

Los pitos y los motores suenan como la voz ronca de un monstruo mitológico que presiente que en medio de la selva de cemento, gases y pocos árboles, no tiene salvación. Y, al fin de del camino, podés ver que el cielo de Medellín ni es cielo ni es azul.

 

 

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Casa en Ayacucho, barrio Buenos Aires.

 

Curazaos para la imaginación

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Por Reinaldo Spitaletta

La calle comenzó a llenarse de festones de papel de globo. Los vecinos, en convite, habían comprado pliegos rojos y verdes, que recortaron en forma de triángulo, como banderines de piñata, los pegaron con almidón y cuerdas de cabuya, y con escaleras los fijaron de lado a lado, mientras en las casas ponían canciones de diciembre y algunos señores servían copas de aguardiente. “Las flores de curazao parecen hechas de papel de globo”, dijo alguien, tal vez con alardes de poeta, o porque estaba familiarizado con esas expresiones florales a veces solferinas, a veces rosadas, de esos arbustos enredadera de antejardines populares.

 

Esta imagen, de viejos almanaques y de añejos barrios, sirve ahora para recobrar memorias de representaciones urbanas que están ahí, a veces tan visibles que ni siquiera las vemos.

 

Así como en los antejardines de antes los sanjoaquines amarillos y rosados (bueno, todavía hacen presencia en algunos barrios) eran un ornamento común, tanto que el arbustillo con sus ramajes alargados y flores de cinco pétalos, que en otros contornos denominan Rosa de China o Cayena, era un elemento distintivo de la flora citadina. Y al hoy descastado sanjoaquín lo acompañaban, en materas o enterrados en el suelo, los curazaos.

 

Tal vez el más grande curazao de la ciudad es el que está en un lado de la iglesia del Espíritu Santo, en el barrio Prado, de Medellín, que se riega por una de las falsas techumbres, parte del diseño de Nel Rodríguez. Sembrado en una de las mangas, sube con destreza y se enreda en el cemento, extendiéndose sin ninguna modestia sobre vigas y columnatas. Es una presencia tenaz. Como para que nadie quede indiferente ante el espectáculo florecido.

 

El curazao, que parece flor sin abolengo, es una explosión cromática, que se riega por balcones y terrazas. No tiene la impresión de finura, ni está para celebraciones de matrimonios y otras fiestas. Existe para demostrar que es capaz de irradiar belleza y, sobre todo, colorido. Da alegría al paisaje, a veces tan asfáltico, tan cementudo y desértico. Y se sobrepone a las indiferencias, por la intensidad con la que florece. No hay remedio: no se puede ignorar, aunque se quisiera.

 

Cuando le da por extenderse, por acostarse sobre miradores o terrados, se podría pensar en una analogía: es como una maja florecida, que exhibe sus dotes y seducciones. No es la flor solitaria, sino solidaria, agrupada, como si cada una se arrimara a las otras para efectos de notoriedad. Se sabe de su poder para tratar, en infusiones y otras mezclas, la tosferina, el asma, la bronquitis y la tos.

 

Puede ser la planta, con flores incluidas, con más partidas de bautismo en América. En Antioquia, el nombre es el de curazao. Pero, por ejemplo, en nuestra costa atlántica asume la gracia de trinitaria o veranera. También el de buganvilia. En otras latitudes, como en Argentina, la llaman Santa Rita, al tiempo que en el Perú la apodan papelillo, y Napoleón en Honduras.

 

El de buganvilia (o buganvilla) le viene del explorador, aventurero y navegante francés del siglo XVIII, Louis Antoine conde de Bougainville, que en un viaje a Brasil se deslumbró con esta planta tropical, que él llevó a Europa, y su memoria quedó impresa este arbustito exuberante. El ilustrado noble era sabio en cálculo infinitesimal y fue el primer francés que dio la vuelta al mundo. Sobre Tahití, una isla que lo deslumbró (lo mismo le pasaría a Paul Gauguin), escribió un libro con una visión idílica, paradisíaca, en la que hombres y mujeres vivían felices, muy lejos de las afanes y corruptelas de la civilización.

 

El curazao, el mismo que abunda en las calles coloniales de Santa Fe de Antioquia, se agita con los vientos de la Guajira o se hace finura en un balconcito cartagenero, tiene ciudadanía en nuestros antejardines urbanos. Y su paleta exhibe púrpuras, lilas, anaranjados, rosas, amarillos y el clásico solferino. Quizá los más espléndidos se encuentran en los caserones momposinos, como los que había, hace años, en la casa del orfebre Guillermo Trespalacios, un señor que hacía pescaditos de oro y bordaba con hilos áureos pulseras y brazaletes.

 

Y en otros días, cuando en las festividades de fin de año el papel de globo (o de seda) servía para elevarse por los cielos o triangularse en flotantes festones callejeros, no faltaba el poeta de barrio que dijera: “la flor de curazao tiene la suavidad del papel de globo”. O al contrario. No podía faltar el ingenioso idealista que cogiera las flores coloretudas de la buganvilia para intentar hacer un globo inverosímil cuyo destino estaba en alturas celestiales, más allá de la imaginación.

 

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Buganvilias, curazaos, trinitarias, flor de papel… Tantos nombres para la misma belleza.

Los agitadores, ¿heroicidad o pendejada?

(Un cuento de Steinbeck sobre el Sistema y sus víctimas)

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Por Reinaldo Spitaletta

 

John Steinbeck, el galardonado escritor del Valle de Salinas, tuvo una visión marxista sobre la realidad estadounidense, que le sirvió en muchos casos para su literatura. Su mayor logro novelístico fue Las uvas de la ira, enmarcada en los tiempos de la Gran Depresión del capitalismo y en el éxodo de cosecheros (aparceros de Oklahoma) hacia California, en una experiencia de sufrimientos y carencias que el narrador había contado antes en un gran reportaje, Los vagabundos de la cosecha, publicado en 1936 en The San Francisco News.

 

Steinbeck, crítico de la sociedad de su tiempo, no solo se destacó en la creación de novelas de alta calidad, sino en la cuentística, que no es tan extensa como aquella. En el libro El largo valle, con once cuentos, tiene obras de orfebrería literaria como Los crisantemos, una “sutil radiografía de la insatisfacción”, en este caso de Elisa Allen, protagonista del relato en el cual es tan importante lo expresado como lo sugerido. Y, además, lo que deja de decirse.

 

Uno de los cuentos en los que el tema (como en otras obras de gran aliento del autor de Viajes con Charley) es la lucha de trabajadores y simpatizantes “rojos” contra el sistema de explotación capitalista es Los agitadores (también traducido como La incursión), una estructura cronológica lineal que maneja con acierto la relación dialéctica entre tensión e intensidad, con dos personajes, “uno de ellos mucho mayor que el otro”. Dick y Root, que se van caracterizando a través del diálogo mientras avanzan de noche de una pequeña ciudad californiana hacia unas afueras o suburbios, a cumplir una tarea que se va desgranando en pequeñas dosis, que contribuyen al propósito del suspense.

 

En la medida de su marcha, aparecerán casas iluminadas, una vía férrea, el paso del tren que hará que el lector se entere de asuntos que irán tejiendo los impulsos del relato y cuál va a ser el destino de los dos hombres que van a cumplir una misión. El papá de Root es guardafrenos (el paso raudo del tren hace que esta situación se conozca) y ha arrojado al hijo de casa porque se enteró de los berretines peligrosos, de las andanzas que pudieran poner en riesgo el trabajo del progenitor. “Se han hecho a sus cadenas”, apunta el joven Root, que está en proceso de cumplir una tarea de dificultades altas, como si se tratara de una graduación. Un bautismo de sangre.

 

Hay, desde el comienzo, una especie de tira y encoge entre el experimentado Dick y el Root, que caminan por un sendero de acacias, y en el primer apartado (de cuatro) ya se habla de lámparas de querosene, carteles y panfletos. Los viandantes llegan a un almacén abandonado, en la que, a modo de ornamentación de un lugar que ya no es (¿un no-lugar?), hay un anuncio de Lucky Strike y la silueta de cartón de una mujer Coca-Cola, que pueden ser, por qué no, símbolos del capitalismo y de la sociedad consumista, con la que los dos visitantes están en desacuerdo.

 

El relato transcurre con elementos que, por instantes, retardan la acción, como un modo de aumentar expectaciones y de mostrar aspectos de los dos hombres que, sin duda, están a la espera. Hay una cita pendiente con otros que tardan, o que da la impresión de no llegar nunca. Y, entre tanto, Root intenta ocultar su miedo, al tiempo que el otro lo sondea, le mide el aceite, y de fondo, como un acicate, como un paradigma del coraje, hay un retrato rojo y negro que debe ser de un líder marxista. “—Escucha, muchacho —dijo suavemente—. Sé que tienes miedo. Cuando tengas miedo, míralo —señaló el retrato con el pulgar—. Él no tenía miedo. Solo tienes que recordar todo lo que hizo”.

 

Publicado en 1934 en The North American Review, Los agitadores (The Raid es su título en inglés) guardan en su esencia, y según como se mire, claro, la mística exacerbada de militantes comunistas o “rojos” que combaten contra un estado de cosas inicuo, pero, a su vez, puede tener la perspectiva de la alienación que podría producir una doctrina cuando se asume con dogmas y con puro corazón. Y casi nada de cerebro.

 

En su contenido se adivina cómo el comité, los que dirigen, los que han enviado a los dos hombres a una trampa segura, solo con el afán de tener argumentos para la denuncia y como pábulo para acusar al sistema, pueden lucir como impertérritos y desalmados frente a los que les espera a los dos que serán “sacrificados”. Dick y Root son víctimas propiciatorias y, pese a la información que reciben de uno de los miembros de la organización, están convencidos de que deben quedarse en ese lugar al que llegará una tropilla de antisindicalistas a convertirlos en carne de cañón. O, al menos, en receptores de una golpiza sin compasiones.

 

Es una narración en la que se advierte la sapiencia (y la endemoniada técnica) de Steinbeck para el género. Root, menor de edad, pasa una prueba de fuego y es otro mártir más de la agitación social (o de las injusticias y persecuciones a los miserables), lo mismo que Dick, que tiene más cancha en tales faenas revolucionarias. El muchacho saca valor y heroísmo de la nada, solo por sentir que su lucha podrá algún día desbarajustar el Sistema, el mismo que, según Dick, no ataca ni aporrea al hombre sino a la Idea. Ese es el cuento. Duro y cuestionador.

 

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John Steinbeck y su mascota.

La mitad del cielo

(Un breve repaso sobre el Día Internacional de la Mujer)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

La Ilustración permitió, entre muchas otras luces, que las mujeres, antes subordinadas, invisibles, oprimidas y negadas, pudieran salir a flote y convertirse en diversidad de casos en seres sediciosos, aportadores al movimiento de transformación social que tuvo su apogeo en la Revolución Francesa, en 1789.

 

Por esas calendas radiantes, surgió, por ejemplo, Olympe de Gouges (1748-1793), defensora de la igualdad de derechos entre el hombre y la mujer, tanto en lo público como en lo privado. Sus planteamientos, altamente revolucionarios, tenían que ver con el voto, el acceso al trabajo público, a la posesión de propiedades y a formar parte del ejército. Al redactar la Declaración de los derechos de la mujer y de la ciudadana, esta dama, autora de obras teatrales, se erigió como una precursora de los llamados movimientos feministas que se sumaron a las banderas revolucionarias de igualdad, fraternidad y libertad. Olympe, la misma que había dicho “la mujer tiene el derecho de subir al cadalso; debe también el derecho de subir a la tribuna”, fue ejecutada en la guillotina.

 

Hay que recordar que entre los ilustrados franceses, como el marqués de Condorcet, uno de los creadores del programa ideológico de la revolución, se proclamaba el reconocimiento al papel social de las mujeres. Sin embargo, será la larga lucha de hombres y mujeres la que trace los caminos para que a unos y otras les sean reconocidos derechos y conquisten nuevos escenarios de participación. En el siglo XIX, las mujeres también se vinculan a los movimientos sociales por los Tres Ochos: ocho horas de estudio, ocho de trabajo y ocho de descanso, que tuvieron su cúspide en las gestas de los Mártires de Chicago.

 

La lucha de las mujeres por sus derechos, conduce a la vinculación de ellas a las justas por las reivindicaciones colectivas sociales. “Las mujeres sostienen la mitad del cielo”, dijo Mao. “Porque con la otra mano sostienen la mitad del mundo”, agregó. Pues bien, hay muchos casos históricos en que fueron las féminas las protagonistas de formidables movimientos, como el sucedido en Colombia entre febrero y marzo de 1920, cuando, en Bello, Antioquia, se presentó la huelga de señoritas trabajadoras de la Fábrica de Tejidos de Bello, fundada desde 1902 con el nombre de Compañía Antioqueña de Tejidos.

 

Las trabajadoras de esa compañía laboraban en condiciones indignas: descalzas, acosadas por supervisores (capataces), maltratadas por los administradores que las obligaban a trabajar enfermas, con jornadas de catorce y más horas, con “jornales” bajos, en fin. Cerca de cuatrocientas de ellas decidieron parar la producción, al tiempo que los hombres (unos ciento cincuenta) se mostraron reacios a participar en el cese de actividades.

 

En aquella huelga (la primera en Colombia con ese nombre), que gozó de las simpatías populares, floreció una dirigente: Betsabé Espinal, la misma que levantó su voz contra el administrador-gerente de la empresa, Emilio Restrepo, alias Paila, aquel que decía: “el que manda, manda”, y que convocó al resto la factoría a sumarse a la liza obrera. No fue un movimiento social de género, sino de reivindicaciones laborales y por la dignidad de las señoritas trabajadoras. Las muchachas, a las que más tarde se sumaron los hombres, triunfaron en sus peticiones.

 

Comportamientos como los de Betsabé Espinal se prolongarán en la historia. María Cano, poetisa y dirigente obrera antioqueña, es otro de los paradigmas en la vinculación de la mujer a los combates y resistencias populares. Su participación, al lado de dirigentes como Raúl Eduardo Mahecha e Ignacio Torres Giraldo, entre otros, en huelgas, organización de trabajadores, impulso a nuevas ideas y a agitar las aspiraciones del socialismo, la hizo nombrar por los obreros como la Flor del Trabajo.

 

Entre la historia y la ficción se erige otra mujer paradigmática: la Marquesa de Yolombó. Creada por Tomás Carrasquilla, doña Bárbara Caballero y Alzate se convierte en un prototipo de la mujer distinta, la que asume roles de avanzada (por ejemplo, en la educación), pese a las mentalidades coloniales y el predominio masculino en lo público y lo privado. La marquesa es un ser perturbador en medio de la minería, los títulos nobiliarios y la dominación colonial española.

 

La historia y la ficción dan cuenta de mujeres de una elevada capacidad de liderazgo, sabiduría e inteligencia. Lisístrata, surgida de la imaginación de Aristófanes en el siglo V antes de nuestra era, diseña y lleva a cabo con otras mujeres una suerte de huelga sexual con el fin de que sus maridos pongan fin a la guerra. Y qué tal la figura de Hipatia de Alejandría, científica y filósofa asesinada por defender la libertad y autonomía de la mujer.

 

Así que en el Día Internacional de los Derechos de la Mujer, o Día Internacional de la Mujer Trabajadora, ahora banalizado por el comercio y la ideología neoliberal, hay que reflexionar sobre mujeres como Clara Zetkin (precisamente la que en 1910 auspició esta conmemoración) y sobre todas aquellas que son un “taller de seres humanos” (lo dice Gioconda Belli), que aportan a las luchas y transformaciones sociales. Ellas no sostienen la mitad del cielo. Son el cielo mismo.

 

(8 de marzo de 2011)

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Piquete de mujeres huelguistas, en el filme La sal de la tierra (1954)

 

Fútbol y ciudad: o un modo de romper el tedio

(Conferencia con goles de domingo y ficciones de igualdad social)*

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Urss 4-Colombia 4

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

  1. Obertura con empate heroico

Muchos de ustedes, amables concurrentes, de seguro habrán leído el libro de Eduardo Galeano El fútbol a sol y sombra, que es un homenaje al fútbol como fiesta colectiva, como música del cuerpo y que a su vez denuncia las estructuras de poder que se han tomado a este deporte, que es hoy por hoy uno de los negocios más lucrativos de la tierra. Vean ustedes, por ejemplo, que Joao Havelange, durante 24 años presidente de la Federación Internacional de Fútbol Asociado, era como una suerte de presidente del mundo, un magnate todopoderoso, un príncipe intocable. Entre un jefe de estado de una superpotencia y el presidente de la FIFA no hay mucha diferencia. Es decir, el fútbol es otra manera de ejercer el poder, y es toda una multinacional. Estos temas los desarrollaremos en otra conferencia, pero me parece importante enunciarlos desde ahora, para que veamos que el fútbol, con toda su estética, sus pasiones, su melodía, sus atractivos y su gran afición, no es un juego inocente.

Bueno, he mencionado este libro de Galeano sobre todo porque el epígrafe es muy hermoso, es una dedicatoria a unos niños que según el escritor se encontraron con él o él se encontró con ellos, cuando los pelados de una población llamada Calella de la Costa, venían de jugar un partidito, un picado, y en su discurrir cantaban con entusiasmo esta tonadita: “Ganamos, perdimos / igual nos divertimos”.

Me parece que ahí, en esas palabras cantadas de aquellos chicos, hay una clave muy importante, en la que el fútbol se muestra como lo que siempre debió haber sido, un juego, una diversión, otra manera del esparcimiento. Cuando el fútbol, debido a la introducción de procesos económicos, cuando ese deporte maravilloso se volvió un ingente negocio, una enorme empresa universal, entonces lo de la diversión va a pasar a ser apenas un recuerdo, una nostalgia. Es como una expulsión del paraíso. Pero fíjense ustedes que esos muchachos reivindican, tal vez sin saberlo, al fútbol como un juego, un divertimento, para ellos no importaba ni perder ni ganar, sino jugar y recrearse.

Aquí, en este punto, me acuerdo precisamente de una anécdota, muy conocida, muy bella. En ese partido famoso entre la Unión Soviética y Colombia, en el Mundial de Chile, en 1962, pues ustedes saben que en ese momento la URSS tenía una poderosa escuadra y al mejor arquero del mundo, a la Araña Negra, Lev Yashin. El caso es que Colombia iba perdiendo en el primer tiempo tres por cero. En el entretiempo el entrenador de Colombia, que era el argentino Adolfo Pedernera, les dijo a sus jugadores: “bueno, muchachos, salgan a divertirse”. Cómo les parece la propuesta. Uno perdiendo tres a cero y entonces salir a divertirse. Sin embargo, esa pareció haber sido la clave del éxito y de cómo una derrota aplastante casi se convirtió en una victoria; en realidad fue una victoria moral, de la cual los colombianos vivimos durante muchos años. Y esos muchachos de Pedernera, Klínger, Maravilla Gamboa, Toño Rada, Marcos Coll, el Cobo Zuluaga, en fin, salieron a divertirse. Iban perdiendo y todo, pero salieron a jugar, el fútbol como una de las diversiones más gratas. Esos colombianos, sin saberlo, también encarnaban a los muchachos de Calella de la Costa. Y poco a poco se iban animando con sabrosura, pese a ir perdiendo. Y marcaron el primer gol, y después les anotaron otro, pero siguieron divirtiéndose, jugando, gambeteando, y consiguieron otro gol, y después otro, incluso un gol olímpico al mejor arquero del mundo, y empataron el partido a cuatro goles. Mejor dicho no ganaron porque ahí sí la Araña Negra se les creció y les tapó de todo. Me parece aquella faena una bella lección de pundonor y amor al juego.

Bueno, decir ahora que el fútbol es parte de la cultura de nuestro tiempo es un lugar común, es decir, algo requetesabido. Hoy el fútbol está presente en todas partes, es como un nuevo dios, con el don de la ubicuidad. Lo que pasa es que ahora, como se trata de un negocio de millones y millones de dólares, como el fútbol es una profesión, entonces ha desaparecido aquello de la diversión, de jugar sólo por pura pasión, sin ánimo de lucro. Primero debe estar la ganancia, la plusvalía, el rédito, antes que la belleza, antes que la estética, y muy por encima del solaz del que juega. No importa que el futbolista esté aburrido, deprimido, lo que interesa es que con su concurso no se vaya a caer la estantería del negocio.

Esto no sucede, como es evidente, cuando el fútbol es un juego sin pretensiones monetarias, cuando se practica en las calles, en los barrios, en las mangas, como una simple y muy gozosa actividad de la muchachada, cuando se hace no sólo como un ejercicio del cuerpo sino también de la imaginación. Es ahí cuando el fútbol y la vida urbana se van a hermanar, y cuando verdaderamente el fútbol tiene un sentido unificador, un sentido de fiesta, un sentido de comunidad, es decir, es en ese momento cuando el fútbol va a tener un carácter cultural importante, y cuando lo principal va a ser aquello de los muchachos citados por Galeano: “Ganamos, perdimos / igual nos divertimos”.

Bueno, después de esta introducción, o de este cotejo preliminar, vamos ahora sí a comenzar el partido de fondo.

  1. De la dicha en los estadios

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Vamos a usar algunas metáforas, prestadas de la religión, vamos todos a suponer que si a Dios, después de inventar al hombre, se le hubiera ocurrido inventar el fútbol, el mundo podría ser hoy un paraíso con la forma de un estadio, en el cual seguramente el Creador oficiaría de número diez. O veámoslo de otro modo: el fruto de la sabiduría en aquel remoto edén bíblico pudo haber sido el fútbol pero a los hombres de entonces, que sólo eran dos, Adán y Eva, no les fue dado conocerlo porque se dejaron seducir por una tentación que, sin duda es mejor y más placentera, más divertida si se quiere, que el balompié: la atracción inevitable de la carne.

Pero aun sin ser el fútbol una creación divina, nada en el mundo se parece más al paraíso que un estadio lleno. Claro que hay estadios que se han convertido en verdaderos infiernos… El hombre desde siempre ha buscado modos de ser feliz. En general, para un aficionado de fútbol una manera de encontrar la dicha es estar en un estadio. Durante noventa minutos en una cancha de fútbol, como por arte de birlibirloque, desaparecen las inequidades sociales, las injusticias, los dolores del alma. Y entonces en un estadio el obrero se torna igual al burgués, y el industrial se abraza con el desempleado, y todos se unifican en torno a esa fervorosa pasión colectiva, se dejan calentar por esa fiebre a cuarenta grados, que los lleva al delirio y a la apoteosis masiva, y los puede conducir a la utopía fugaz. Y ustedes saben que utopía significa “un lugar inexistente”. Allí, en el estadio, la concurrencia pierde la individualidad. No hay un sujeto, hay una masa.

Podríamos decir, metafóricamente también, que en un estadio se acaban las diferencias sociales, y me parece que esas, precisamente, son las funciones de lo edénico, de lo paradisíaco. Crear una suerte de ficción imposible, pero verosímil.

Sin embargo, al final, como en el despertar de un hermoso sueño, todos vuelven a la realidad, que puede ser amarga para unos, dulce para otros, pero que en todo caso es imposible exorcizar con un partido de fútbol. Es como en la fiesta, durante ella todos se parecen, todos se igualan, tal como lo canta Serrat, o como lo expresan los analistas de las carnestolendas. Después de la celebración, vuelve el pobre a su pobreza, vuelve el rico a su riqueza, y el señor cura a sus misas.

Y ahora que estamos hablando de fiesta, nada más festivo que un estadio lleno. Ese lugar es una especie de templo en el cual se oficia el ritual contemporáneo de esa nueva religión que es el fútbol; sin embargo, en esa iglesia con tribunas todo es profano, todo es bulloso. No hay lugar para el silencio y la meditación, pero sí para los cantos, muy distintos, por supuesto, al gregoriano que es para adorar a la divinidad. Sucede que precisamente no es Dios el que ha inventado el fútbol sino el fútbol el que ha inventado un dios, o a numerosos dioses. Y es a tales dioses a los que la gente, la muchedumbre que asiste al rito dominical, o de miércoles, o de sábado, les reza con sus estribillos y coros.

En un estadio se reviven las formas del ceremonial religioso, pero de una manera más extrovertida, o más pagana. En las tribunas están recogidos los feligreses con su incienso de gritos y vivas y cánticos; abajo, en la grama, están los sacerdotes, los oficiadores del culto. Ese culto que hoy precisamente mantiene en vilo, entre la agonía y el éxtasis, a todo el orbe.

Insisto en que el fútbol hubiera podido ser inventado por Dios, que es un amante de los juegos creativos. Ya ven ustedes que se puso a jugar y creó al hombre y otras desventuras. Pero parece que Él prefirió dejar el privilegio del invento del fútbol a los hombres, que con el tiempo lo volvieron una fuente de ganancias. Se podría decir hoy que el fútbol es oro.

  1. Una quimérica equidad social

 

Hay tantas preguntas que se pueden formular sobre el fútbol y tal vez muchas de ellas no tengan respuesta. Por ejemplo, ¿por qué el futbol tiene tantos adeptos en el mundo, como ninguna religión, como ningún credo político, como ningún otro deporte? ¿Qué es lo que tiene el fútbol que hace estallar de goce al poeta, al albañil, al filósofo, al estadista, al vagabundo, al destechado? Y otra más: ¿En qué consiste el embrujo del fútbol, de ese deporte que bien jugado puede llegar a ser arte? ¿Por qué un partido de fútbol puede paralizar una ciudad, un país?

El futbol puede convertirse en estupefaciente, en la dosis personal, en una especie de anestésico, o quizá de bálsamo. Es una combinación de asombros que ha interesado desde su origen a todas las capas de la sociedad. Este deporte es, como lo decía Benedetti, el único nivel de vida ciudadana en el que el bramido del presidente de la república o del ministro o del gobernador no tiene a mal hermanarse con el alarido del paria social.

Decíamos hace un ratico que un estadio lleno o semipleno es capaz de igualar a la sociedad. Se crea allí un iluso comunismo, una quimérica equidad de clases sociales. En apariencia cuando se desarrolla un partido no hay en las tribunas privilegios económicos, aunque unas localidades sean más caras o más baratas que otras, ni tampoco hay privilegios políticos ni de rangos burocráticos, aunque eventualmente haya palcos destinados para las personalidades. No obstante, todos, el cura, el alcalde, el raponero, el embolador, el chofer de bus, el candidato, el médico, el rector universitario, el estudiante, todos posan sus traseros en las gradas de cemento (bueno se sabe que unos llevan almohadillas y cojines). Es decir, el fútbol los pone en la misma escala a todos.

Fíjense y verán que todos aúllan con el gol, todos se enfurecen con el árbitro cuando considera que pita mal, todos le mientan la madre, todos vociferan, todos son expertos en tácticas y estrategias, todos son comentaristas. Todos gozan cuando gana su escuadra o se entristecen cuando pierde. El fútbol es una gran fábrica de emociones.

Pero tras el pitazo final la realidad vuelve con todas sus asperezas, vuelve a distanciar a los hombres, torna a ser una balanza desequilibrada. El desempleado vuelve a su sufrimiento de no encontrar trabajo; el obrero a sus labores de seguir enriqueciendo al patrón y el patrón a continuar la explotación del obrero, y el magnate a sus comodidades y lujos y el pobre a sus carencias. Bueno, cada uno puede hacer un listado de estas situaciones.

Vean que mientras unos salen del estadio en un lujoso carro, otros lo hacen en buses, o en taxi, o a pie. A veces, después de comprar la boleta, ni siquiera queda para el pasaje. Bueno, pero tras esa efímera igualdad, tras la asistencia al culto, todo vuelve a ser lo mismo que antes del partido, o tal vez peor. Aunque de cualquier modo todos se han desahogado, todos se han vuelto afónicos por la gritería. Han realizado una catarsis. Quizá mientras se suceden las emociones futboleras el desposeído no piensa en las masacres, no piensa en la situación de su país, o en la situación de su barrio, ni en la seguridad social, ni en los problemas de inseguridad, no se preocupa por si hay que cambiar el régimen, y a lo mejor cuando el partido termina tampoco esas sean sus preocupaciones. Porque en el estadio, en la cancha, deja todas sus impotencias, y se descarga contra el árbitro o contra un jugador del equipo contrario. O del propio. En todo caso, allí, en ese lugar sagrado, su desfogue no será contra el presidente de la república, ni contra su patrón, ni contra un sistema político.

En ese sentido podríamos decir que el fútbol es un muy extraño símbolo de pasajeras igualdades, pero también un estupefaciente, una droga adormecedora de las angustias generadas por los desajustes sociales y económicos, o por el caos de una ciudad.

Tal vez el fútbol no fue creado para eso, para que fuese un nuevo opio del pueblo, pero se podría decir, según la historia, que sí ha sido aprovechado por ciertas clases en el poder para desviar la atención o para conjurar determinadas situaciones. Este aspecto lo ampliaremos en otra charla de este ciclo sobre fútbol.

Aquí vuelvo a citar a Mario Benedetti cuando dice que es mejor para los que detentan el poder que la gente odie al árbitro y no al oligarca o al magnate financiero. Así pues que el fútbol también actúa como un narcótico y es ahí cuando pierde también su aparente inocencia.

Claro que como lo se ha dicho tantas veces todo ese repertorio de emociones que hay en el futbol, y que puede como espectáculo ser un factor de alienación, no va a detener ningún movimiento social. Así como tampoco un gol, una chilena, una jugada hermosa pueden cambiar a un gobierno o derrocarlo, porque es que el fútbol y los procesos sociales tienen sus propias leyes y dinámicas, muy distintas en ambos casos.

  1. El barrio, la calle, la esquina

Poco a poco iremos entrando al mundo del barrio, donde la cultura del fútbol ocupa un importante sitial en la vida cotidiana. Digamos que este deporte ha penetrado en el gusto de todos los estamentos sociales, pero, principalmente, en el de las clases medias y capas pobres de la población. Estas son las que más han sido permeables al embrujo del fútbol, que a su vez se ha vuelto un sueño de la muchachada, y en un sedante de las dificultades de los mayores. El fútbol es una presencia permanente en el barrio, no se escapa a la conversación de granero, ni al corrillo de la esquina, ni a la tertulia del cafetín. Está en la escuela, en el colegio, en la universidad. Cualquier pelado es capaz de hablar de alineaciones y estrategias, de controvertir sobre aspectos futbolísticos. Y es que el fútbol se ha convertido en un pan de cada día, como en una necesidad de la gente. Se han transformado incluso los espacios urbanos para su práctica. Una acera puede convertirse en una cancha, en un estadio a escala, con tribunas que pueden ser los balcones y las ventanas de las casas. Muchos chicos de antes comenzaron a fascinarse por el fútbol debido a sus prácticas sobre la acera, dado que esta parte es una frontera entre la casa y la calle. Cuando se está en una acera se está sin estarlo en la calle, y se está sin estarlo en la casa. Vean ustedes que una acera es algo bien complejo.

Hubo un tiempo en que en las calles, algunas de ellas sin asfaltar y que eran muy aptas para juegos como el trompo, las canicas y otras fascinaciones ya desaparecidas, digo que hubo un tiempo en que las calles eran un inmenso campo para el ejercicio de muchos juegos, como los de la guerra libertada, las rondas y materiles, la rayuela o golosa, el salto de la cuerda, en fin, y en esas mismas calles no se podía jugar fútbol libremente, es decir, era una herejía, una subversión del orden barrial, un atentado contra la tranquilidad del vecindario, jugar al fútbol en la calle. Esto ahora puede parecer cómico, o increíble, pero así era. Cuando la muchachada jugaba un picadito en la calle se exponía a varios riesgos. Uno era que apareciera una patrulla y entonces los policías decomisaban el balón, en el supuesto caso de que los muchachos no alcanzaran a volarse con pelota y todo. Otro era que el balón se fuera a una casa de una señora energúmena y ahí sí no había nada que hacer. Esa dama lo devolvía vuelto añicos, o, en el mejor de los casos, lo decomisaba y lo dejaba preso un tiempo.

Así pues que la futbolería urbana también vivió sus odiseas. Sin embargo, ni las señoras ofuscadas ni los tombos de entonces pudieron evitar el auge del futbolito callejero, que, por lo demás, aumentaba día a día debido a que se fueron acabando los solares, las mangas, los lotes urbanos. Y para la práctica de fútbol en la calle no importaba mucho si la calle era muy empinada, como en tantos barrios de Medellín, o si muy cerca había una quebrada, un abismo, o muchos vitrales sin rejas. Lo que importaba era jugar, divertirse, ganar o perder, pero divirtiéndose. No importaban ni las patrullas ni las señoras rabiosas. El fútbol en la calle era una transgresión, una alteración del orden público. Pero a su vez era un gesto romántico, una aventura de galladas barriales, que lograron colonizar la calle, o, mejor dicho, la convirtieron en estadio.

Desde hace muchos años el fútbol es parte de la diversión del barrio. Es el plato fuerte en las cenas de esquina. Está en todos los inventarios de emociones, en todos los diccionarios del alma urbana. Es un factor unificador, que le ha otorgado identidad, carácter, a nuestras calles. Y también si se quiere es una muestra de vitalidad de la urbe. En una calle de domingo siempre habrá un balón y un grito de gol.

Bueno, todo esto nos puede servir para decir que es en el barrio donde todavía se juega el auténtico fútbol, aquel que todavía no está contaminado por el dinero, aquel que todavía no ha sido ensuciado por el mercantilismo y la usura. El de la calle, o el de la canchita de barrio, es un futbol sin pretensiones de mercado, idealista. Claro que, como lo decía hace poco el exjugador Alexis García, ya hay muchas madres que en embarazo piensan cuánto podrá valer su hijo si llega a ser futbolista profesional. El capitalismo acaba con cualquier ingenuidad y es el fin de la inocencia.

  1. El sueño del pibe

Uno ve aquí, en la ciudad, barrios que transpiran fútbol, barrios que son un homenaje al gol. Incluso en los más pobres el fútbol se ha erigido como un arma, o como un modo de exorcizar al demonio de la miseria. Porque como la mercantilización del juego, la creación de fulgurantes estrellas que ganan millonadas en Europa, el surgimiento de figuras que se cotizan en oro, todo ese proceso globalizador del fútbol como mercancía, se refleja en la mentalidad de los pelados de barrio. Y así el fútbol, que nació como puro juego, se vuelve esperanza para salir de la pobreza, se vuelve el puente que llevará a muchos de la escasez a la abundancia. Eso se cree.

Hay un tango muy famoso, y es un tango muy sonado en traganíqueles de esquina, que se llama El sueño del pibe (de Juan Puey y Reinaldo Yiso). Resulta que en esa canción el chico busca la consagración, que es llegar a la primera, estar en un estadio lleno y ganar dinero. Ese es su sueño. De alguna manera ese tango hoy se baila en muchos barrios. Muchos pelados no solo juegan por placer, sino que además lo hacen para tener la posibilidad de llegar a ser estrellas. Y en ese sueño meten ya el capital, o al contrario, el capital es el que se ha metido en los sueños de todos.

Volvamos a la calle. Resulta que el muchacho de las barriadas es capaz, por su actividad cotidiana, por jugar a veces en callejones inverosímiles, en espacios muy estrechos, es capaz digo de desarrollar muchas destrezas, es capaz de moverse con agilidad dentro de unos límites reducidos, es capaz de hacer paredes cortas, esguinces, gambetas, y aprende a patear con precisión. Aprende también a driblar rivales y carros. Se vuelve repentizador. Así es como la calle se transforma en maestra, como la vida misma.

Algunos entrenadores de fútbol profesional han dicho, o decían en otro tiempo, que el buen jugador es aquel que pasó su infancia en un medio donde la picaresca y la trapacería son necesidad. Se podría especular acerca de que ciertas dotes, como la picardía y la capacidad de no arrugarse en la contienda, de no renunciar jamás a la lucha, se logran desarrollar en medios hostiles, en los cuales para sobrevivir no sólo hay que tener ganas sino mucha viveza. Esto podría verlo uno muy claramente en novelas de la picaresca española, como El Lazarillo de Tormes o La vida del Buscón, de Francisco de Quevedo.

Bueno, ya no recuerdo cuál era el técnico que decía que en situaciones y lugares adversos es “donde se aprendería como ineludible apoyo de supervivencia, la rapidez de improvisación y los reflejos para sacar ventajas en la lucha”. Creo que era Helenio Herrera.

  1. La gracia del domingo

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¿Quién de nosotros no se ha despertado alguna vez una mañana de domingo con las ganas incontenibles de jugar un partidito de fútbol? El domingo tiene su cuento. Para algunos es un día de tedio, pero para muchos es una jornada llena de sorpresas, de alegrías, porque el balón está presente en la cuadra, porque es la ocasión para reeditar encuentros con los amigos en torno a la magia de una pelota. Es allí, y en ese día, cuando el futbol vuelve a ser placer, a ser diversión pura. Aparecen las pequeñas porterías de metal, algunas con redes metálicas o con costales que hacen las veces de red, y entonces el asfalto sonríe porque la muchachada va a pisar el cuero, porque va empezar un ritual gozoso, algo que romperá la rutina del barrio.

Las tardes dominicales, en cambio, son otra cosa, porque en ellas incide el otro fútbol, el profesional. Que ya es oficio, o trabajo. Que es como la misa. Los aficionados se preparan para entrar en contacto con la divinidad, unos mediante la radio o la tv, otros con su presencia en el estadio. El fútbol ahí se vuelve hábito, costumbre, y a veces pasa a ser una rutina más. En el estadio ya no está el protagonista de las jugadas de cancha de barrio, sino el espectador (o el oyente, o el televidente). Ya no es un ser activo. Se aquieta, como el feligrés en la iglesia. Es un receptor. Se vuelve grey, rebaño. Y allí en ese lugar sacro y profano que es el estadio, el espectador puede pasar del éxtasis, de la apoteosis, a la tragedia y la angustia. El espectador es un ser que goza, pero, a su vez, sufre. Es el depositario de lo que en la cancha realizan los sacerdotes. El aficionado se incorpora al ritual para salvar su alma o para perderla. Pero todo esto, sea negativo o positivo, es posible gracias a ese fenómeno mundial llamado fútbol.

  1. Los afectos tristes

Ya estamos a punto del pitazo final, que es cuando el espectador se reencuentra con los desamparos de la vida cotidiana, de su rutina envolvente. Quisiera citar al filósofo francés Gilles Deleuze: “Vivimos en un mundo más bien desagradable en el que no solamente las gentes, sino los poderes establecidos, tienen interés en comunicarnos afectos tristes. Los afectos tristes son todos aquellos que disminuyen nuestra potencia para actuar y los poderes establecidos tienen necesidad de nuestras tristezas para hacernos esclavos. El tirano, el sacerdote, los secuestradores de almas, tienen necesidad de persuadirnos de que la vida es dura y pesada. Los poderes tienen así menos necesidad de reprimirnos que de angustiarnos, o de administrar nuestros pequeños terrores íntimos”.

Se ha dicho que el fútbol es sospechoso de hacer evadir de la realidad a la gente, de desviarla de sus calamidades diarias, de apartarlas de la desdicha. El fútbol es anestesia, es pasión desbordada, es un enamoramiento, o una traga (un metejón). Puede llegar a ser un remedio contra el aburrimiento. Si uno quiere y lo mira con otros ojos, puede encontrar en él la poesía de la vida corriente, esa que habla de gambetear la pobreza, de sacarle el cuerpo al infortunio. El fútbol tiene una estética, y hasta una lujuria. El gol se puede comparar con un orgasmo. Un orgasmo universal.

Creo que todos somos penitentes, adeptos, exégetas, apóstoles, víctimas propiciatorias y puede que hasta seamos esclavos del fútbol. Puede ser que un gol no nos redima de los desamparos y desasosiegos, pero por lo menos nos hace saber que estamos vivos, ¡vivos!, que era lo que querían decir aquellos muchachos de Calella de la Costa, cuando venían de jugar al fútbol y cantaban: “ganamos, perdimos, / igual nos divertimos”. Muchas gracias.

Medellín, junio 10 de 1998

*(Primera conferencia del ciclo Fútbol, Historia y Literatura, a propósito del Mundial de Francia)

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“Ganamos, perdimos; igual nos divertimos”.

Fútbol y Política

(Conferencia que recorre la utilización oportunista del fútbol por el poder)

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Mussolini y Hitler

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

  1. Apertura con peones de guayos

 

Hoy vamos a hablar del fútbol y sus relaciones con la política y el poder.

A veces resulta inconcebible que un juego, en apariencia inocente, como el fútbol, sea manipulado por los distintos poderes para beneficio particular de un gobierno, de un sistema político o de una bandería doctrinaria. A veces la gente, el aficionado, no alcanza a imaginarse cómo un deporte puede servir de plataforma política, o de mampara para ocultar determinados intereses, o, simplemente, como un distractor, como una cortina de humo. Claro que hay unos deportes que se prestan más que otros para tales manoseos, por su aceptación masiva, porque despiertan mayores pasiones en las multitudes. Pero aun sin que sea el deporte en cuestión un asunto de mayorías, se han dado casos históricos que nos muestran cómo determinados juegos pueden ser utilizados por uno u otro bando en confrontación. Así, durante la llamada Guerra Fría, que enfrentó al bloque socialista con el capitalismo, o, en otros términos, a la Unión Soviética y Estados Unidos, se utilizó el deporte como un elemento de la política, para intentar demostrar cuál sistema era mejor. Recuerden, por ejemplo, cuando Bobby Fischer, el notable ajedrecista norteamericano, derrotó en el denominado “Match del Siglo” a Boris Spasski en el Campeonato Mundial de Ajedrez, y entonces muchos áulicos de Estados Unidos salieron a decir que, en efecto, Fischer había triunfado porque vivía en el “paraíso americano”, y todo ello como parte de esos discursos flojos que se estilaban en los setentas para tratar de favorecer a uno u otro sistema.

 

Fischer nunca quiso poner en juego su título. Y fue despojado. Además, como ustedes saben, después renegó de los Estados Unidos y ahora vive en algún país de los que antes giraba en torno a la órbita soviética.

 

Los griegos, que lo inventaron casi todo, y que desarrollaron casi todo, suspendían sus guerras para realizar sus juegos olímpicos, que eran como una muy respetable tregua. Pues bien, muchos siglos después, los juegos olímpicos del mundo moderno se han visto, en distintas ocasiones, saboteados por intereses políticos, de una u otra superpotencia. Unas veces los boicoteaban los Estados Unidos y, otras, la Unión Soviética. En 1972, en Múnich, Alemania, se presentó una de las más sangrientas protestas políticas del siglo durante la realización de los Juegos Olímpicos. La delegación de Israel fue víctima de un ataque terrorista de parte de una agrupación, Septiembre Negro, que luchaba por la liberación de Palestina. En la operación, llamada por los atacantes Ikrit y Biram, perecieron once atletas israelíes.

 

Bueno, son muchos los casos que ilustran cómo el deporte es utilizado por la política, y aquí, esta noche, vamos a mirar específicamente al fútbol, cómo ha sido intervenido, invadido por otros intereses, y cómo ha sido usado por dictaduras, regímenes de izquierda y de derecha, por las ideologías y los ismos de nuevo y viejo cuño, para lograr determinados fines.

 

Precisamente, el deporte, y en este caso el fútbol, ha sido una especie de exorcismo contra la guerra, un modo de llegar a la catarsis, para desfogar en él otras emociones, para compensar en él o con él ciertas frustraciones colectivas. Resulta, sin embargo, como ya lo hemos visto en pasadas charlas, que el fútbol que es el más popular de los deportes también se ha convertido en una fuente importantísima de réditos, de ganancias astronómicas, debido a su profesionalización. A su erección como negocio muy fructífero. El fútbol, como empresa, mueve millones de dólares que se disparan cada cuatro años con la realización del Mundial. Por eso, la FIFA es como otro Fondo Monetario Internacional. Y por eso, el presidente de la FIFA se puede comparar con el jefe de Estado de una superpotencia, o con el secretario general de la Organización de Naciones Unidas. Y a veces, inclusive, parece tener más poder que uno de estos personajes y dignatarios.

 

El mundo está lleno de contaminaciones, de innumerables problemas de toda índole, y eso hace que el fútbol también sea penetrado por esos problemas y contaminaciones, y entonces así su aparente inocencia, su objetivo de recrear, de regocijar a la gente, de ser una fiesta, una celebración colectiva, pues todo eso tan hermoso se pervierte por la injerencia de poderes económicos y políticos.

 

Quisiera precisamente ahora recordar al poeta Jean Giraudoux (Sigfrido y la Loca de Chaillot), cuando decía en 1933, lo siguiente: “En nuestro mundo, donde cada país se ha vuelto nacionalista y observa con desprecio a los demás desde los muros de las obligaciones o el odio, hay sólo dos organizaciones internacionales por naturaleza: la de las guerras y la de los juegos. Esta última influye sobre la juventud del mundo; la guerra, por su parte, demuestra preferencia por los hombres. Una viste a la gente con el menos notorio de los uniformes, la otra con colores brillantes; una los acoraza, la otra los desviste, pero —a través de un proceso paralelo que no puede negarse— sucede que cada país posee ahora un ejército o una milicia cuya fuerza precisamente iguala aquella de la multitud movilizada por el más vastamente difundido de todos los deportes, el fútbol”.

 

Estas palabras del poeta francés revelan muchas cosas, como por ejemplo que las fuerzas del juego pueden equilibrar las fuerzas del combate en la humanidad. Es decir que son los medios por los cuales las naciones se pueden medir a sí mismas. Las naciones pueden ser juzgadas sobre todo en este siglo que ya se acaba por su habilidad física como por su fuerza armada. Decía también Giraudoux: “Hoy una nación es un organismo cuya salud moral se expresa por sí misma, como ya solía hacerlo a través de sus artes y actividades, pero cuya salud física se expresa por primera vez no a través de su ejército sino a través de sus deportes. El estadista no arroja más a la balanza una espada sino un hombre desnudo, y el efecto es el mismo”.

 

Podría decirse en ese sentido que algunas naciones, desprovistas por ejemplo de grandes ejércitos, han obtenido glorias inmarcesibles gracias a la pelota, gracias al fútbol. Recordemos, a guisa también de ejemplo, a Uruguay en 1930. Uruguay era y es todavía una muy pequeña nación, que llegó a figurar en el mundo debido más que todo a la obtención del primer campeonato mundial de fútbol. Con el Maracanazo, en 1950, aumentó su fama, sin necesidad de otro tipo de propaganda. Por supuesto, su gloria universal también se la han dado algunos escritores y poetas, como Benedetti, Onetti, Felisberto Hernández, Delmira Agustini, Juana de Ibarbourou…

 

  1. De igualdades y anestesias

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Decíamos en la primera charla de este ciclo (Fútbol y Ciudad) que el fútbol es capaz, debido a sus prodigios, de crear una especie de iluso comunismo, de igualdad pasajera, de equidad ficticia. Y ese milagro de la equidad social de noventa minutos se da en un estadio, aunque la posible fraternidad puede ser rota por la injerencia de las barras bravas y otras manifestaciones de violencia e intolerancia, que son las que vamos a analizar en la próxima conferencia.

 

Digamos otra vez que el fútbol es un “ambiguo símbolo de gloriosas igualdades”, pero también tiene el poder de ser una anestesia colectiva. Es probable que no haya premeditación de que sea así, no haya ninguna alevosía, pero sí es verdad que los poderosos aprovechan ese frenesí popular que suscita el fútbol para usarlo unas veces como un barbitúrico social, y otras como un velo o una máscara para tapar determinadas actuaciones. Así el fútbol puede servir para que la gente, los aficionados, olviden las incumplidas promesas de un gobernante o de un candidato a gobernante y olviden las injusticias sociales. Esto ha sido demasiado obvio en muchas partes, tanto en la España franquista, como en la Argentina de la dictadura militar, o en el Chile de Pinochet.

 

A las dictaduras, por ejemplo, les sirve el fútbol solo cuando se gana, cuando se tiene un equipazo, ya sea una selección o un club. Por eso, como veremos más adelante, a Francisco Franco le venían muy bien los triunfos del Real Madrid,y al general Jorge Rafael Videla (ahora otra vez preso) los triunfos de la selección argentina, en el Mundial del 78.

 

Podríamos anotar por otra parte, que el fútbol, que es una representación del goce y la fiesta, ha sido tocado por la violencia, por la política y agredido por el dinero, por las mafias de apostadores, por los hinchas brutales como los hooligans.

 

Pero con todos esos lastres y enfermedades, el fútbol no ha perdido, en general, su gracia de ser un juego estético, un juego que a veces se vuelve poesía, un deporte capaz de movilizar a grandes masas mundiales. Y aunque el dinero haya tocado su corazón, y los futbolistas se hayan convertido en una mercancía, en una máquina, todavía quedan jugadores que juegan por diversión, porque les gusta sentir una camiseta y sudarla, porque ven en el fútbol otra manera de la libertad y la imaginación.

 

  1. Del calcio italiano al fútbol de hoy

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Quería decir ahora que esto del deporte como un anestésico, como un sedante para las masas, no es un producto del Siglo Veinte. Es en realidad algo muy viejo. Aquello del pan y circo de Roma, que se usaba para despolitizar a la gente, para mantenerla alejada de los cuestionamientos al Estado, ya es una muestra de cuán antiguo es el uso del deporte y de los espectáculos públicos por parte de los gobernantes. En el siglo XV, en Florencia ya existía el calcio, que es un antecedente del fútbol de hoy. Con la llegada de los Medici al poder, ese deporte pudo tomar cierto arraigo. Pietro Medici reunió en su ciudad a los más destacados practicantes del calcio, concebido como un espectáculo y un ejercicio público. Ya los políticos florentinos, tan inteligentes como Maquiavelo, habían concluido que el juego del calcio tenía una virtud que estaba por encima de cualquier cosa: constituía una válvula de escape para el muy agitado ciudadano de Florencia, acosado por necesidades económicas.

 

El calcio se practicaba en las plazas florentinas, con un equipo estándar de 15 delanteros, 5 medios, otros cuatro entre el medio y la defensa, y tres atrás. Había seis árbitros. Era un juego de tumulto y tenía a veces el carácter de una batalla campal, con agarrones, revolcones, patadas, golpes y otras tretas. Los partidos eran una fiesta popular, amenizada por orquesticas. La nobleza urbana de otras ciudades de Italia adoptó ese juego, que casi siempre lo programaban para ceremonias políticas, recibimiento de embajadores, bodas de gente de alcurnia y otras fiestas. Ese tipo de juego de plaza pública desapareció hacia el siglo pasado. Pero ustedes saben que al fútbol en Italia se le sigue denominando con el nombre florentino de calcio (que significa patada).

 

De los tiempos del Renacimiento vamos a trasladarnos a la modernidad, para mirar algunos aspectos de la política y el fútbol.

 

No salgamos todavía de Italia, porque precisamente vamos a referirnos al fascismo y su relación con el fútbol. En 1934, fecha en la que se iba a realizar el segundo campeonato mundial de futbol, la escuadra de ese país se preparaba con intensidad, con una intensidad que estaba dirigida por Benito Mussolini. Mussolini también era partidario de aquella idea de que Italia formaba parte de la raza superior, tal como lo proclamaba Hitler de los alemanes, y que según esa idea llevaría a Europa con un destino inmortal hacia la gloria. El estado italiano dedicó enormes cantidades de dinero a los dirigentes político-deportivos y a su vez empezó a poner en funcionamiento un aparato propagandístico con miras a hacer del equipo italiano una escuadra invencible. Pero vean ustedes como es la vida, tan nacionalista Mussolini y tuvieron que contratar como refuerzos a dos argentinos (Orsi y Monti) que aparecían como oriundos de italia, y todo con el fin de triunfar. Mussolini buscaba la victoria de su equipo a cualquier precio, con el fin de demostrar la superioridad italiana. En ese momento lo deportivo estuvo subordinado a lo político.

 

En los cuartos de final jugaron Italia y España, en la que el árbitro metió mano para favorecer al equipo del Duce. Ese encuentro terminó empatado a un gol, pero la selección española quedó con la mayoría de sus jugadores lesionados por la brutalidad de los italianos, y ante la permisividad del juez central. Al día siguiente se jugó el desempate. En España ya no estaba el arquero Zamora (apodado el Divino), que fue lesionado, ni otras estrellas. Ganó Italia. En la final se enfrentaron Italia y Checoeslovaquia. Mussolini estaba en un palco y la gente gritaba ¡Duce, Italia!, ¡Duce, Italia!, mientras el Duce extendía su brazo para saludar. Italia ganó dos a uno. Un grupo de camisas negras le llevó la copa a Mussolini, en cuya base se leía Copa del Duce. Desde el principio sabían que Italia tenía que ser el ganador. Y así ocurrió.

 

  1. El fútbol y los intelectuales

 

Preguntaba Eduardo Galeano que en qué se parecen el fútbol y Dios. En la devoción que les tienen muchos creyentes y en la desconfianza que les tienen muchos intelectuales, se respondía. Ya vimos en la pasada charla (Fútbol y Literatura) que el fútbol no ha inspirado grandes novelas, aunque sí relatos, cuentos y poemas. Veíamos también que los intelectuales, bueno, no todos, por supuesto, se burlan de ese deporte. Así ocurrió el siglo pasado con Rudyard Kipling, que atacó “las almas pequeñas que pueden ser saciadas por los embarrados idiotas que lo juegan”. Muchos años después, con esa sutileza que lo caracterizó siempre, Jorge Luis Borges dictó una conferencia sobre el tema de la inmortalidad en el mismo momento en que la selección de Argentina disputaba su primer partido del Mundial del 78. Borges declaró que ese juego era una verdadera estupidez. Y lo dijo en un país donde el fútbol es una religión. Esa manera despectiva de mirar el fútbol también ha tocado a intelectuales de izquierda, que son los que más declaran que ese deporte es parte del pan y circo con el cual los obreros atrofian su conciencia y pierden su noción de clase.

 

Tal vez las únicas líneas que escribió el autor de El Aleph sobre el fútbol, deporte al que despreció, no sobra leerlas en una conferencia sobre fútbol y política: “El fútbol despierta las peores pasiones, despierta sobre todo lo que es peor en estos tiempos, que es el nacionalismo referido al deporte. Porque la gente cree que va a ver un espectáculo, pero no es así. La gente va a ver quién va a ganar. Porque si les interesara el fútbol, el hecho de ganar o perder sería irrelevante, no importaría el resultado, sino que el partido en sí fuera interesante”.

 

Sin embargo, veamos cómo cuando el fútbol moderno —nacido en Inglaterra, en colegios de la clase alta, de la aristocracia— dejó de ser cosa de ingleses y de ricos, en el río de la Plata nacieron los primeros clubes populares organizados por obreros, en los talleres de los ferrocarriles y en los astilleros de los puertos. Unos dirigentes de los obreros, muy perspicaces, decían que aquello era una maniobra de la burguesía para evitar las huelgas y enmascarar las contradicciones sociales.

 

Pero vean ustedes lo que es la vida. El club Argentino Juniors nació con el nombre de Los Mártires de Chicago, para recordar a aquellos dirigentes obreros que lucharon por las tres ochos, ocho horas de trabajo, ocho de estudio y ocho de descanso, y que fueron ahorcados el primero de mayo de 1886, en Estados Unidos. Y el equipo de Chacarita fue bautizado justamente en una biblioteca anarquista de Buenos Aires. Y en el Barcelona de España muchos de sus simpatizantes eran socialistas y anarquistas, lo mismo que en el Atlético de Bilbao. Así que de todas las tendencias se ha visto en los equipos de fútbol. Antonio Gramsci, intelectual italiano, decía hermosamente que el fútbol era el “reino de la lealtad humana ejercida al aire libre”.

 

 

  1. El franquismo y el fútbol español

 

Bueno, vamos a irnos ahora para España, en la época del Generalísimo Franco. Allí la relación entre fútbol y política fue muy evidente desde la caída de la República y el comienzo de la dictadura franquista. Vamos a ilustrar este aspecto inicialmente con tres imágenes, sacadas del libro del historiador inglés Duncan Shaw, Fútbol y franquismo.

 

En la tarde del 25 de junio de 1939, el Sevilla y el Racing de El Ferrol disputaron la primera final de la Copa del Generalísimo en el estadio Montjuich de Barcelona. Habían pasado menos de tres meses desde la conclusión de la guerra civil y menos de cinco desde la rendición de la ciudad de Barcelona al general Yagüe. Los dos equipos se alinearon antes del comienzo del partido y elevaron el brazo derecho para hacer el saludo fascista. Pocos segundos más tarde, por los altavoces del estadio irrumpió el himno de batalla falangista Cara al sol. Los jugadores empezaron a cantar con mucho entusiasmo, y la multitud que llenaba el estadio, en el cual también había muchos militares, pronto les siguió, de pie, con los brazos en alto.

 

Esa es una imagen. Otra es la siguiente: el Real Madrid siempre ofreció una pródiga cena a sus adversarios después de derrotarlos en el estadio Bernabéu. El 21 de octubre de 1959, los invitados eran los jugadores y funcionarios de un club de Luxemburgo, que acababan de ser goleados por 5-0. El representante del régimen era José Solís. Se puso de pie y les dijo a los jugadores del Real Madrid:

 

“Vosotros habéis hecho mucho más que muchas embajadas desperdigadas por esos pueblos de Dios. Gente que nos odiaba ahora nos comprende, gracias a vosotros, porque rompisteis muchas murallas… Vuestras victorias constituyen un legítimo orgullo para todos los españoles, dentro y fuera de nuestra patria. Cuando os retiráis a los vestuarios, al final de cada encuentro, sabed que todos los españoles están con vosotros y os acompañan, orgullosos de vuestros triunfos, que tan alto dejan el pabellón español”.

 

Otra imagen es cuando Barcelona, el 18 de febrero de 1974, derrotó 5-0 a sus enemigos del Real Madrid, en Madrid, y toda la gente de la capital de Cataluña salió a celebrarlo, con las banderas rojas y amarillas de los catalanes más que con las azulgrana del equipo de fútbol, y cantaban entonces el himno catalán que estaba prohibido por el franquismo.  “Catalunya trionfant! /  tornará a ésser rica i plena, / endarrera aquesta gent / tant ufana i tant superba”.

 

Vamos a mirar rápidamente algunos aspectos de la politización del fútbol en España durante el franquismo. En España el fascismo se instauró en 1933, cuando José Antonio Primo de Rivera fundó la Falange, que se inspiraba ideológicamente en muchos conceptos de la Italia de Mussolini, tales como la defensa de los valores cristianos ante la amenaza comunista, la creación de un estado totalitario, en fin. La Falange también consideraba al deporte como una excelente oportunidad para movilizar a las masas bajo su bandera, y para mostrar al mundo el poder de la llamada nueva España. Sin embargo, Franco no invirtió grandes sumas en el deporte como sí lo hicieron Mussolini y Hitler, porque, además, la guerra civil había dejado al país, entre 1936 y 1939, en un estado lamentable de miseria y hambrunas.

 

Sin embargo, es interesante saber que esa escuadra de España que ahora en el Mundial sale con su casaca roja, en el período azul de Franco llegó a proscribirse porque todo lo rojo estaba prohibido, porque lo rojo era asimilado a lo comunista. También fue muy común que en los partidos de la liga española los jugadores se alineaban antes de cada partido y gritaban “¡arriba España, viva Franco!”, y de alguna manera el fútbol fue utilizado por el régimen del Generalísimo para mostrar, en el exterior, otra cara distinta a la que se tenía internamente. El Real Madrid llegó a ser el club más poderoso del mundo.

 

El fútbol fue utilizado durante el gobierno franquista como una droga social para mantener a la gente despolitizada. Cada primero de mayo, por ejemplo, se realizaban los juegos sindicales en los estadios, para mantener así a los obreros alejados de cualquier manifestación política reivindicativa. Cabe recordar que a los trabajadores, como a los futbolistas, se les prohibía pertenecer a sindicatos libres e independientes. Todos debían estar en los sindicatos del Estado. Sindicalismo oficial.

 

Ustedes saben que en España había y hay todavía una serie de rivalidades regionales históricas. Pues bien, Franco trató de borrarlas, excepto en el fútbol, para que así las regiones se descargaran de tensiones en los partidos. Sin embargo, con el Barça el asunto fue a otro precio. Como los catalanes no tenían partidos políticos ni derecho alguno a usar su propia lengua, ni su himno, en cada partido del Barcelona la gente podía gritar y cantar en catalán, pero eso no podía hacerlo en otro lugar distinto al estadio. Por eso, en 1974, en aquella imagen que describíamos hace un rato, la gente salió a las calles a cantar y gritar en su idioma natal, en un abierto desafío a la dictadura franquista.

 

  1. Los desaparecidos del Mundial

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Esta última parte de la charla la dedicaré a hablar del Mundial del 78, en Argentina. Pero antes creo que habría que recordar cómo otras dictaduras de América Latina se aprovecharon del fútbol para sus intereses. En el 70, cuando la flamante escuadra brasileña deslumbró a todos los habitantes de la tierra con su fútbol de poesía, uno de los que más se benefició en cuanto a imagen fue precisamente la dictadura del general Medici, que regaló dinero a los jugadores, posó para los fotógrafos con la copa mundial en sus manos y cabeceó un balón ante las cámaras. Todo eso sirvió además para ocultar las persecuciones a dirigentes populares y los asesinatos contra militantes de izquierda realizados por un grupo denominado la Mano Negra.

 

En 1986, el general Alfredo Stroessner invirtió millonadas en la preparación de la selección paraguaya de fútbol, que participó en el Mundial de México, mientras Augusto Pinochet se hacía presidente del club Colo-Colo, el más popular de ese país; pero nada de tales fenómenos es comparable con todo el dineral que metió la dictadura militar argentina en 1978.

 

Tal vez una de las dictaduras más sanguinarias que ha habido en la América Latina fue la de Argentina. Ya en 1978, el general Videla llevaba dos años en el poder y su régimen de terror, que allá se conoció como el Proceso (Proceso de Reconstrucción Nacional), ya había hecho desaparecer a miles de opositores al gobierno de facto. En la ceremonia de inauguración del campeonato mundial, en el estadio Monumental de Núñez, Videla, al son de una marcha militar, condecoró al presidente de la FIFA, Joao Havelange. Muy cerca de allí, estaba uno de los campos de concentración más infames de la historia, un centro de tormentos y exterminios, la Escuela de Mecánica de la Armada. Mucho más allá del estadio, sobre el río o en el mar, desde los aviones oficiales los militares arrojaban vivos a los prisioneros. Entre tanto, los gritos de protesta de las  Madres de la Plaza de Mayo eran ahogados por los de los fanáticos al fútbol.

 

El entrenador de Argentina, César Luis Menotti, dijo: “Si Argentina, aparte de organizar el campeonato, consigue además una buena clasificación, muchos de los problemas del pueblo argentino quedarán resueltos”. Bueno, ustedes saben que Argentina ganó el mundial. La dictadura se prolongó hasta 1983 y se dice que durante su mandato de horror hubo treinta mil desaparecidos. Por lo demás, los problemas del pueblo argentino no quedaron resueltos. Muchas gracias.

 

Medellín, junio 23 de 1998.

(3ª. Conferencia del ciclo Fútbol, Literatura e Historia, a propósito del Mundial de Francia)

 

 

 

Bulevar

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Hoy tengo ganas de bailar en el bulevar

Primero, un tango compadrón que se robe las miradas

Después, un vals vienés para cadenciar por la avenida

Los azulejos del carbonero revolotearán a mi alrededor

Y una bandada de golondrinas coloreará un cielo de verano

Hoy tengo ganas de bailar en el bulevar

Con un filme de Buster Keaton en la memoria

Y la risa de Ginger Rogers regada en el pavé

Me hará saltar sobre cadáveres de piedra

Los estudiantes aplaudirán al profesor de matemáticas

Que se ha vuelto loco con los números

Qué lindo baila las ecuaciones, dirá en voz baja

La muchacha de los ojos grises

Y un viento del sur se quedará en su pelo

Y yo bailaré solo para ella

Hoy tengo ganas de que el bulevar baile conmigo

Para que una pebeta de la tarde

Me abrace con sus soles nuevos.

 

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Bulevar en Buenos Aires

Recital de órgano y un policía muerto

(La Catedral, entre clarines de luto y la potencia sonora de Juan Sebastián Bach)

 

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                                                                                                                                                     La organista Maude Gratton

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Eran las tres de la tarde, cuando, por una de las puertas laterales de la Catedral Metropolitana de Medellín, entré a escuchar un recital de órgano. Para mi sorpresa, había una enorme asistencia de policías. Se estaban oficiando las honras fúnebres de un patrullero muerto en un tiroteo en el barrio Villatina. Mientras el alcalde de la ciudad decía algunas palabras, pregunté a unas muchachas que parecían también estar allí por lo del recital de una intérprete francesa, si sabían algo sobre el mismo. No tenían ni idea. “¿Lo cancelarían?”, se preguntó una, sin certeza.

 

Salí un momento y afuera, en el atrio, la banda marcial de la Policía Nacional esperaba con sus cornetas, tambores y xilófonos. Había policías en traje de gala y muchos curiosos alrededor. Las palomas revoloteaban. El sol de incandescencias que obligaban a buscar sombra se regaba por el parque de Bolívar y ponía coloradas las caras de algunos agentes. El ambiente sudaba y olía a crispetas frescas.

 

Había aparcados sobre la carrera Venezuela patrullas y carros oficiales. Eran las tres y cuarto (así lo marcaba el reloj de la catedral) cuando comenzaron a salir con el féretro. Se escucharon redobles y clarines de luto. Era la despedida de Juan Carlos Herrera Londoño, de 32 años, agente asesinado en un enfrentamiento entre las bandas La Libertad y San Antonio, del sector de Villatina. Para los policías y familiares de la víctima era un triste domingo de febrero.

 

La catedral neorrománica, la más grande del mundo en adobe cocido, con sus lámparas colgantes y sus columnas redondeadas, con sus vitrales europeos y los capiteles con motivos indígenas, pobló sus bancas color caoba con nuevos concurrentes, ávidos de música (o de novelería). Se anunció a Maude Gratton, nacida en Francia en 1983, y algunos miraron hacia el elevado coro, donde está el órgano monstruoso de la catedral de Medellín, con sus tres mil tubos de estaño y sus tres pisos de altura.

 

El órgano alemán, construido por la casa Walcker, comenzó a sonar con una obra de Juan Sebastián Bach, que hizo retumbar las naves y les confirió al baldoquino y al retablo de los canónigos una presencia de músicas propicias para un escenario de gran belleza, como el de la Catedral diseñada por el francés Charles Carré.

 

Un hombre moreno, alto, de camisa blanca, cruzó por la nave central y en el pasillo que forman las hileras de bancas, se volvió hacia el altar e hizo una venia. Bach seguía sonando, con su música profunda y el espacio estaba lleno de misteriosas sensaciones. El aplauso resonó en ecos que lo hicieron más notorio y voluminoso.

 

El tercer domingo de febrero andaba sobre acordes barrocos. Luego se subió a los más modernos del organista y compositor César Franck. Alguien, atrás, comentó que sonaba más bello Bach. Las bancas de adelante y las laterales mostraban cabezas rubias, canosas, oscuras, pelilargas, pelicortas, toda una variedad, y un señor y una señora se abrazaban con emoción, cubiertos por la música. Arrobados.

 

La última pieza era una de Olivier Messiaen, un músico francés que, además, siempre vivió obsesionado con el canto de los pájaros, el que incorporó a sus composiciones, en particular en su Cuarteto para el fin del tiempo. El color de su música se regó por todo el ámbito catedralicio. Era una fuerza de tormenta. Nadie quedó impune ante la interpretación de la Gratton. El aplauso final subió en temperatura e intensidad. Y la concertista se asomó al balcón del coro a saludar. Creció la ovación. No hubo “bis”, pese a la insistencia y a los reiterados “¡bravo!”.

 

Afuera, el sol quemaba menos, las palomas sobrevolaban el parque o se entretenía picoteando en el piso gris. Había nubes oscuras. El domingo de febrero tenía resonancias de órgano a la francesa y alguna lágrima furtiva por la muerte a balazos de un policía.

 

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Atardecer de ciudad alunesada

 

(Un segmento urbano, visto entre el hollín y el rugido de motores)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

Lunes al atardecer, el sol aún vivito y quemando, y por el “Triángulo de las Bermudas”, un parque sin gracia en Sucre entre Cuba y Echeverri, la muchacha de formas redondeadas, vestido ceñido, trasero sobresaliente, de los que atrapan miradas al pasar, transitaba con su pelo largo y su escote de seducción. Iba a abordar un taxi. Manoteaba en una agite de aspa que no correspondía a su figura de amazona atardecida.  Ya no miré más cuando un “amarillo” le paró y, además, el semáforo les estaba abriendo el camino a los peatones en la ancha (aunque no tanto) avenida Oriental.

 

Me volví, sin embargo, y el paisaje estaba atiborrado de carros, peatones, motocicletas, sin la dama del traje ajustado y curvilíneo. Uno va viendo ladrillo y cemento y sintiendo el hollín, y, de pronto, en una esquina de muro con baldosines viejos, hedores de meado seco. La luz por estos días de febrero es brillante y el cielo divide sus amores entre nubes blancuzcas y firmamento azul destemplado.

 

En la plazoleta Mon y Velarde, un callejero escribía en el piso que le servía de apoyo sobre un periódico viejo. Más allá, otros tres, que se adivinaban sucios y desprovistos de preocupaciones, se llevaban a la nariz unas como canoítas de papel. Todo pasó rápido. Y la figura de un guardián de edificio bancario, tras una vidriera, quizá mirando a la calle para arrojar el aburrimiento, se me presentó fugaz. Tenía un kepis azul turquí y camisa azul clara que dejaba entrever una panza prominente. No fue más.

 

De pronto, al ojear el viejo aviso de un almacén de música, volvieron los días de guitarras y partituras, de Francisco Tárrega y Fernando Sor, con acordes de cubículos de conservatorio. Pero también se esfumó el recital de recuerdos. Todo pasa. Y ahí estaba el parque de los días distinguidos, de las retretas idas, de las misas cantadas y las procesiones de ricos y pobres, tal vez más los últimos, que querían ver cómo se vestían los de clase alta. La estatua ecuestre, con Bolívar mirando al sur, me avisó que, a su alrededor, había un conglomerado que escuchaba a alguien. A la distancia, no sé si discutían sobre la Biblia (cuán importantes eran sus hojas de papel de arroz, que los marihuanos de hace años usaban como “cuero” para confeccionar sus puchos). Por las gesticulaciones, era lo más probable.

 

Otra vez, llegando a la calle Caracas, olor cortante de orines en el piso. Esta vez, no miré hacia la antigua casa que fue de Pastor Restrepo, el fotógrafo decimonónico que registró aspectos de una aldea con ínfulas señoriales. Enrumbé por Junín. Había cuatro repartidores de tarjetas de publicidad de prostitución. “Niñas, niñas”, decía uno de ello, la voz bajita. De Versalles me llegaron aromas de pan francés y café caliente. Después, en lo que hace años fue el club de la burguesía medellinense y hoy es un enorme centro comercial, una mujer se quedó mirándome, como si intentara recordar o, al menos, parecía preguntarse: ¿quién es este, lo he visto antes? Continué por los pasillos en un mundo en el que no hay tarde ni mañana, porque todo es igual, las mismas luces, el piso de siempre, las vitrinas oferentes, ninguna sorpresa.

 

Di un giro y volví a salir a Junín, con la brillante tarde en el cemento. Había una fila muy larga en las afueras de un banco. ¡Cuánto dinero a la espera de mejor uso! Atravesé por un corredor del edificio que suplantó al Teatro Junín y al Hotel Europa, y en La Playa, por entre los ventorrillos de artesanos, el ruido de los automotores me sofocó. A mis espaldas tenía el sol, no como los presidentes ni otros burócratas, sino el generoso del paseante.

 

Era hora de apuros. De gentes a granel cruzando calles o esperando la luz verde peatonal. Muchos separadores improvisados de maya anaranjada para evitar el paso de vehículos por arreglos de alcantarillado y acueducto, con hombres que, abajo, debían sudar y esperar con ansiedad que el sol se ocultara. Entré a una óptica solitaria a comprar un líquido limpiagafas. La dependiente me observó de abajo a arriba y luego sacó el frasquito de una vitrina. Afuera, la carrera Girardot sonaba a carramenta. Subí por Colombia, hacia el oriente, quizá para recordar los días en que nos plantábamos en una esquina a ver pasar las colegialas del antiguo Cefa, con sus faldas azul celeste y blusas blancas.

 

Cuántas veces he transitado por estas calles, siempre las mismas, siempre distintas. Al llegar casi a la esquina de la breve calle Villa, pasé por un caserón en el que, en tiempos casi olvidados, daba clases de Historia universal y de Colombia a adultos que querían validar su bachillerato. Miré y al fondo, muy al fondo, sentí el sabor de un café añejo que ya no es posible saborear. Solo quería llegar hasta Berrío. En la esquina, al campanear la decadencia del Edificio del Comercio, diseñado por Charles Carré, me pareció que estaba a punto de caerse. Ventanas endebles, enrejados debiluchos, paredes desconchadas, así me pareció en una visión fugaz acompañada de tristuras.

 

Hacia el norte, la cuarenta con sus confiterías y cigarrerías, sus tumultos de compradores, en la acera varias mesitas y taburetes de café. De pronto, me llamó la atención un hombre cabizbajo. Lo acompañaba una cerveza solitaria sobre la mesa redonda, de metal. Era, así, de primer enfoque, la imagen desolada de la melancolía. Eso creí. “Tendrá alguna pena”, me dije en el mismo instante en que, para mi desconcierto, descubrí que estaba manipulando un celular. En realidad, hubiera preferido que estuviera entregado a los sollozos.

 

Los caserones, como el de la Gota de Leche, de puertas y ventanas verde menta y alerones, me hicieron acordar de algunas frases de Los Negroides, de Fernando González, cuando hablaba de la vanidad, la utilitaria filantropía y la caridad como pose y simulación. La fuente de la rotonda del Pablo Tobón estaba sin agua y La Bachué parecía muerta de la sed.

 

Junto a un teatrino que nadie utiliza para ninguna función, otra vez el vaho de meados, como una repetición de la calle-sanitario, de la calle-alcantarilla, del orinal bajo cielo abierto. Había brisa de búcaros, ceibas y muchachas pelilargas. Un son cubano se montó en el viento y el cielo cambió de colores. Era así no más, el tiempo de las luces anaranjadas de un lunes de febrero, a punto de anochecer con un telón de arreboles.

 

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Parque Bolívar, Medellín.