Nocaut con ritmo de tango

(Nota sobre Torito, un cuento de boxeo de Julio Cortázar)

 

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Justo Suárez, Torito, el “boxeador que pasó por la vida como un relámpago”.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

El boxeo, que hoy no tiene tantos adeptos ni figuras estelares, ha sido cantado por diversas literaturas. Rocky Graziano, excampeón mundial de peso medio, decía que “es un deporte terrible, pero es un deporte… la lucha es por la supervivencia”. Y no hay duda de que, en medio de numerosos pugilistas de alta calidad que en el mundo han sido, la figura legendaria de Muhammad Alí, o exCassius Clay, ha sido la de más excelsas virtudes en el ring y fuera de él…

 

En los Estados Unidos, un país hecho para la exaltación del individuo (y del individualismo), hubo otros muy enhiestos figurones, camorreros y de aspecto fiero, como Jack Dempsey, en los años veinte, que también fueron los “años locos”, y contra el cual hubo un boxeador argentino que lo puso contra las cuerdas y estuvo a punto de vencerlo: Luis Ángel Firpo. Sobre boxeo, en los que hay tremendos reportajes como El combate, de Norman Mailer (sobre la pelea Alí-George Foreman, en Kinshasa, Zaire), los escritos de la prolífica escritora estadounidense Joyce Carol Oates, son de antología. Y ni hablar, por ejemplo, de cuentos de Hemingway y Mark Twain sobre boxeo, o los reportajes de Gay Talese a Joe Louis y Floyd Patterson.

 

En Argentina, donde el boxeo ha dado astros de cartel, hay novelas sobre este deporte como Cuarteles de invierno, de Osvaldo Soriano, y cuentos en los que se pone en evidencia la inclinación popular por esta disciplina de rudezas, pero, que, en ocasiones, es propia de estilistas más que de fajadores. Cortázar gustaba mucho del pugilismo y hasta en sus metáforas como las que usó para glosar la diferencia entre cuento y novela se advierte su inclinación: La novela se define por puntos; el cuento, por nocaut.

 

Entre los boxeadores legendarios de Argentina están Justo Suárez, el Mono Gatica y, el más sobresaliente de todos, Carlitos Monzón. Todos tres con trágico final. Sobre el primero de los nombrados, que fue una sensación en los treintas y murió muy joven, también incluido de refilón en un cuento de Rodolfo Walsh (Un oscuro día de justicia), Cortázar escribió un cuento de excelente factura, un monólogo interior, en el que se narran, de modo agónico, los momentos finales del peleador que murió de tuberculosis a los 29 años: Torito. Sí, el Torito de Mataderos, de peso liviano, ídolo del barrio.

 

El cuento, que es un falso diálogo, de un ritmo que a veces da la impresión de estar intercambiando golpes, de propinar uppercuts (áperca, se dice en el relato), comienza con un momento de drama, cuando se está abajo, cuando todos te fajan, hasta “el más maula” y entra de inmediato un tango: Te conozco, mascarita, cuya interpretación más conocida es la de la orquesta de Edgardo Donato. Y luego sigue una canción de Gardel, Insomnio, “pucha que son largas las noches de invierno”, “más largas que esperanza’e pobre”, y entonces se inicia el desgranamiento de los principales sucesos de la vida y obra del boxeador enfermo.

 

Es una sucesión de acontecimientos, en los que se van narrando combates, golpes, desazones, triunfos, derrotas, en medio de alusiones tangueras, de palabras lunfardas, de atmósferas de tabaco y sudor, y ahí escuchás que te nombran a Canaro, a Osvaldo Fresedo, a Pedro Maffia y te imaginás un bandoneón, al que, claro, no se puede tocar con guantes.

 

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Cortázar recupera en este relato un lenguaje de calle, con jergas boxísticas, con cultura popular, con los modos coloquiales que se vuelven literatura. Es todo un tour por los altibajos del boxeador, al que por sus gestas le compusieron un tango, Muñeco al suelo, de Modesto Papavero y Venancio Clauso, y que tuvo grabaciones populares como la de Francisco Lomuto con la voz de Antonio Buglione: “¡Justo Suárez, solo! / ¡Torito viejo lindo! / Sacalo como vos sabés / no le des tiempo, fajalo. / ¡Justo Suárez, solo! / ¡Torito viejo lindo! / Ya está listo, cruzalo, / cruzalo que lo tenés”.

 

Y en el cuento se va viendo el ascenso del boxeador, sus capacidades para dejar fuera de combate a muchos contrincantes, pero, a la vez, se va mostrando el deterioro, la decadencia. Peleó en el estadio de River, en el Luna Park, y luego se fue a Nueva York. Hay notas sobre sus confrontaciones en El Gráfico. Es un cuento con un tempo allegro con moto, en el que el lector va llegando a alturas como si estuviera en un trapecio, de un lado a otro, como viendo un mundo que sube y baja, y sí, sobre todo baja como lo hace Justo Suárez, Torito.

 

Es un relato de una admirable síntesis, en los que se tiene en cuenta la velocidad de los acontecimientos, en los que, si se observa con atención, también se puede sentir la tos, las respiraciones alteradas, el ritmo entrecortado. Cortázar lo grabó en su voz. Es, de otro lado, una especie de homenaje, así se nota en la dedicatoria, a don Jacinto Cúcaro, “que en las clases de pedagogía del Normal “Mariano Acosta”, allá por el año 30, nos contaba las peleas de Suárez”.

 

Cortázar, que también escribió, por ejemplo, un cuento de boxeo e intriga policíaca, La noche de mantequilla Nápoles, una pelea en París entre este pegador cubano-mexicano y Carlos Monzón, pone en la brevedad de Torito una intensidad al máximo. Una manera de reducir, pero con una economía de palabras, apenas las necesarias para dar cuenta de una tragedia, con sutilezas, del hombre que pudo haber sido campeón mundial y la muerte le propinó el nocaut definitivo.

 

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Torito, una leyenda del boxeo argentino. Cortázar lo elevó a literatura.

 

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El misterio de las medias nonas

(Una crónica sin par con calcetines desaparecidos y otros viudos)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Las medias nonas tienen una apariencia de pena incurable y de desamparo sin solución. Están quizá expectantes de que aparezca algún día su compañera, la que les da la categoría de “par” y les alivia la sensación de inutilidad, de abandono, de descaecimiento antes de tiempo. A veces no han alcanzado ni siquiera a desteñirse en el talón y las puntas, y todavía están en plenitud de uso, cuando desaparece la otra, en una factura de misterio que puede tardar años en solucionarse.

 

Y más que el destino de la que se quedó sola, el enigma se traslada a la extraviada. ¿Cómo pudo perderse si siempre se lavan en la misma lavadora? O a mano sobre la loza de la poceta. Y se cuelgan en las mismas cuerdas. ¿Dónde van a dar las desaparecidas? Es como si la tierra se las tragara.

 

En ocasiones pasa que, mucho tiempo después, y sin que ya nadie las espere, aparecen en algún insólito lugar, como puede ser detrás de los libros de la biblioteca, o bajo un colchón, o en una poco usada gaveta de closet, y sucede que ya la otra, no está, porque se ha utilizado a modo de guante para sacudir una pared o una repisa y después se ha arrojado a la basura.

 

Las medias nonas son como un divorcio forzado. Como una separación obligatoria. Se hunden las supérstites en una soledad sin paisaje alguno, en la gris desolación del que espera el momento de mezclarse con las sombras. Pueden ser sinónimo de la tristeza. Y son poseedoras de un trágico desconsuelo, que las hace pertenecer muy pronto al olvido. Es aquel calcetín nono un símbolo de la desazón. En él se conjugan la desdicha de la pérdida y la cada vez más débil esperanza de una súbita aparición del otro, en la que el azar es el gran mediador.

 

Y no se crea que solo las medias cortas, tobilleras o a media pierna (tanto de hombre como de mujer) son las que desaparecen. También aquellas veladas, que en un tiempo era tan usadas por las damas para lucir con batas y trajes de cierta distinción, sufrían la partida sin avisos de alguna de las dos. Y entonces, como no faltan quienes recordarán, la sobreviviente se podía rellenar de papeles o con otras medias nonas y volverse pelota. O, por qué no, como en algunas películas de asaltantes bancarios, ponérsela en la cara como antifaz carnavalesco.

 

Detrás de cada media nona hay una pequeña historia de desconciertos. Un vínculo con lo inexplicable. Una conjetura. La que se ha esfumado, sin saberse cómo ni por qué, quizá no vuelva y se pierda en los entresijos de la desmemoria. La que queda, con una especie de complejo de inutilidad, puede perecer en poco tiempo, a no ser que su esencia se transforme, o, de otro modo, el dueño le dé nuevos usos. Se dice que puede servir para echar monedas, guardar bolas de cristal y manojos de cabellos (como alguna vez se estiló) o como limpión para patios y zócalos. No faltará quien la ponga en una canilla para silenciar el chorro de agua.

 

“Sirven para lustrar zapatos, limpiar barbillas de bebé, / ocultar joyas o cartas de amor”

 

La poetisa Anabel Torres, en su libro Medias nonas (un título que, según la autora, no ha tenido gran acogida), dice que “sirven para introducir la mano y sacudir el polvo, / esparcir cera, brillar muebles, guardar sueños, hacer traperos. / Sirven para lustrar zapatos, limpiar barbillas de bebé, / ocultar joyas o cartas de amor”. Y así se podrían encontrar otras facetas que pueden tener estas medias impares, a las cuales se les podría meter un bombillo (en tiempos viejos, las abuelas tejían las medias, o las remendaban, con una bombilla dentro de la media), o rellenar para hacer un muñeco de navidad.

 

En casa, hace mucho tiempo, hubo una media nona que duró años y su compañera jamás apareció. Era de rombos rojizos y azules. A veces, se escondía en cajones de escaparates o en canastos de ropa para aplanchar. No sé por qué se fue volviendo tan familiar, que se decidió, sin previa asamblea ni convenciones al respecto, conservarla, tal vez como un amuleto para que ayudara a que otras medias no quedaran en su condición desparejada. Y rodó de un lado a otro, en medio de un familiar clima de afecto por una media inservible. No recuerdo si murió de vieja o ella misma se marchó a buscar a su consorte.

 

Las medias nonas son como solteronas. O como monjas de clausura. Pero también pueden parecerse a las llaves que se van quedando silentes y quietas en desusados llaveros porque se ha mudado de casa, o porque se cambiaron cerraduras, en fin. Tienen la estampa de lo que ya no volverá a ser como antes y así estén casi nuevas no ejercerán su “profesión”. Claro que, a quien no le importe, puede usar distintas medias nonas, de colores y diseños diferentes, porque, al fin de cuentas, no es que sean tan visibles.

 

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Hay cálculos acerca de las medias que la gente puede perder durante su vida y la cifra, que sale de una operación matemática de cierta complejidad, es de mil doscientas. Para ello también habrá que vivir una buena cantidad de años.

 

¿Adónde se irán las compañeras (o excompañeras) de las medias nonas? ¿Habrá algún cielo para ellas? ¿Algún infierno? Quizá en ese otro lugar (o no-lugar) jugarán, como los niños de antes, a “los pares y nones” con la ansiedad de que aparezcan por tales parajes las que se quedaron, como ellas, en una viudez en la cual la incertidumbre puede ser de carácter permanente.

 

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Charles Aznavour o morir de amor

(Una historia sobre el polifacético autor de La bohemia, ¿Quién? y Venecia sin ti)

 

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Charles Aznavour

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Preludio con versos y gusanos

 

“Los mejores adioses son los que se demoran”, dijo alguna vez el cantante, compositor, autor y escritor francés, de ascendencia armenia, Charles Aznavour, muerto a los 94 años, con cuya ausencia física se perdió su propio concierto que estaba programado para el 26 de octubre de 2018 en Bruselas. Quizá el epitafio que se inscriba en su tumba no será el que él, dueño de agudo humor negro, en un juego de palabras en francés, dijo que quería: “Encore des vers”, que significa tanto “Más versos” como “Más gusanos”.

 

El último bastión de la canción francesa del siglo XX, que cantaba con “dulce melancolía” al amor y a lo que se había ido, legó al mundo un extenso repertorio de más de tres mil grabaciones, películas en las que actuó, autoría de letras y composiciones suyas (cerca de mil). Era un artista que cantó a los emigrantes, a los que cayeron en el genocidio de un millón y medio de armenios en la primera guerra mundial y un poco después de finalizada la misma, y a la muerte inminente de la mamá.

 

Aznavour es un cantor de varias generaciones. Sobrevivió a los más grandes representantes de la canción francesa, como Edith Piaf, Charles Trenet, Maurice Chevalier, George Brassens, Jacques Brel, Gilbert Bécaud, Yves Montand… a los que vio ascender y declinar y a algunos de ellos también les compuso canciones. Y se mantuvo incólume hasta una edad que le amplió la leyenda artística y lo convirtió en una suerte de monumento vivo a la creatividad, la interpretación y la longevidad en el escenario.

 

Nacido en París en 1924, cuando sus padres armenios estaban esperando una visa para proseguir viaje a los Estados Unidos, el polifacético artista sabía que lo importante no es ser recordado, sino que su obra perdure y esté en la memoria de los que vendrán. Así lo dio a entender cuando en Hollywood descubrieron su estrella en el Paseo de la Fama, en 2017. Lo llamaron el Sinatra francés, aunque, en buen romance y por razones de equidad en el talento, también a Frank lo hubieran podido denominar el Aznavour gringo. Vivió y murió a su manera. Y en vida alcanzó la categoría de clásico. Quizá le faltó morir de amor, aunque ¿quién quita?

 

 

  1. De bohemios y flores muertas

 

En una vieja crónica de Ernest Hemingway sobre bohemios norteamericanos en París, de 1922, el entonces reportero del Star Weekly de Toronto, en una crítica a una manada de ociosos que creían que la poesía bajaba del cielo, reunidos casi siempre en el café la Rotonde, el joven escritor les advierte con perentoriedad que “se ha escrito poca poesía buena en los cafés” y que para hacerlo había que trabajar con intensidad y disciplina. Muchos años después, en 1966, Aznavour graba una canción que puede ser una de las más simbólicas del cantante, La bohemia, en la que los muchachos de veinte años sí pintan y aman y aguantan hambre porque están, por encima de todo, buscando la gloria. Eran pelados felices, sin nada en el bolsillo, todos con talento y buen humor.

 

La bohemia, una canción a la juventud perdida, nos habla de lilas muertas y de tiempos idos. Alberga una nostalgia y, como en algunas novelas de Patrick Modiano, con el paso del tiempo ya no están las flores, y el taller de pintura está convertido en un café-bar y en una pensión. París ha cambiado. Quizá esa pieza que es dueña de una tristeza bien organizada pueda ser el retrato de una generación de utopías y sueños inconclusos. Una canción de triunfos postergados.

 

Aznavour, como todos los miembros de la llamada canción francesa, era respetuoso de las letras, del texto, de la poesía. Eran aquellas composiciones como una herencia de la Ilustración. Y como él mismo lo señaló, si en la música de todo aquel acervo cancionístico no hay novedades, sí las puede encontrar el oyente (y el lector) en las historias, en las bellas maneras de contarlas. Se huye y rehúye de la vulgaridad. Hay una búsqueda de nuevas perspectivas para pintar la condición humana.

 

Ahí están, para la muestra, que no es pequeña, canciones como ¿Quién? (Quién, cuando ya no aliente / silenciosamente, llegará hasta ti / y como el olvido / ya te habrá vencido / le dirás “querido” / al igual que a mí”. Son historias de amor y desamor. Sin caer en lacrimosidades. Ni en melodramas de folletín, que también, como se sabe, pueden ser objeto de tratamiento artístico. O tal vez una de las más representativas de las ausencias y distanciamientos, como Venecia sin ti. Tiene temas en los que se acaba la alegría y nace la angustia. En las que hay dolores, pero en los que, ante todo, se exalta la dignidad, como, pongamos por caso, Debes saber (en la que se llama a fingir el llanto y enmascarar “el gran dolor”).

 

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En sus cerca de tres mil grabaciones, Aznavour recorre los caminos a veces muy espinosos de los amores en pareja, del paso ineluctable del tiempo, de los afectos truncos y las paradojas existenciales. Cantar en seis lenguas (francés, italiano, español, ruso, inglés y armenio) lo tornó más extenso, más universal y ser reverenciado como una figura mítica en distintas geografías. “Me gusta escribir lo que los demás no escriben. Esa es mi enfermedad”, dijo, sobre todo cuando creó una canción sobre la homosexualidad (Comme ils disent). “En una canción se puede decir de todo, a condición de que se sea sincero, esté bien escrita y no sea vulgar”, agregó en lo que pudo ser una especie de brújula de su estilo. Una canción debe ser como una pequeña obra de teatro, eso decía.

 

  1. Un pueblo masacrado

 

Aznavour (cuyo nombre original era Shahnour Vaghinag Aznavourian), que también cantó a los perdedores, como si con ello quisiera revivir los tiempos en que se le decía que mejor se dedicara a otros menesteres, o que no iba a llegar a ninguna parte por no ser “guapo ni alto ni tener una buena voz”, jamás olvidó sus orígenes armenios. Sus padres, un barítono y una actriz, que escaparon a la matanza, lo sensibilizaron en las artes y le leían autores rusos, como Chejov. “Soy parte de un pueblo, muerto sin sepultura. Mi padre y mi madre, que pudieron escapar a la tormenta, tuvieron la oportunidad de hallar refugio en Francia. No ocurrió lo mismo con el millón y medio de armenios que fueron masacrados, degollados y torturados en el que fue el primer genocidio del siglo XX”, escribió en la conmemoración de los cien años del genocidio del imperio otomano contra los armenios.

 

El artista, miembro de una familia en la que hubo cristianos, musulmanes y judíos, se destacó también por su solidaridad con los emigrantes. Tanto que estuvo dispuesto a recibir a muchos de ellos en su casa secundaria y siempre agitó la idea del aporte que los que llegaron de otros lugares hicieron a Francia, como Picasso, Cioran o el compositor egipcio Guy Béart, entre muchos. “Siempre estaré del lado de los que llaman a la puerta, no de los que la cierran”.

 

“Camarada
La batalla nos unió, mi camarada,
Nuestra lucha comenzó en las barricadas,
Y siguió en comandos y emboscadas,
Mi camarada”

Canción de Aznavour

 

 

Aznavour, un tipo “políticamente incorrecto”, cuya familia participó en la resistencia contra los nazis en Francia (protegieron comunistas en su apartamento de París), también le cantó al genocidio de los judíos. Su canción J’ai connu es una demostración de su poética en torno a un acontecimiento atroz como el crimen masivo contra los judíos de parte de las hordas hitlerianas. “Lo que el hombre le hace al hombre / el animal no lo hace”, dice. Es, sin duda, una pieza dolorosa y valiente sobre esa historia de horror: “Yo conocí las cadenas, las heridas, el odio y el látigo…”.

 

Era de los que pensaba que cada vez las cosas se pueden hacer mejor, sin interesar la edad que se tenga. Y tal vez por esa consigna, dio recitales hasta casi la hora de su último suspiro y llenó escenarios en todas partes. No se preocupaba por la edad, sino por todo lo que cada día se puede hacer para elevar el nivel artístico y humano.

 

  1. Días de cine

 

El cine estuvo dentro de los intereses creativos e intelectuales de Aznavour, que participó en unos sesenta filmes, además de componer bandas sonoras para algunos. Estuvo en películas como La cabeza contra la pared, de Georges Franju, en 1959; El testamento de Orfeo, de Jean Cocteau, 1960; El tambor de hojalata, de Volker Schlöndorff, 1979; y Ararat, de Atom Egoyan, en 2002. Son recordadas sus actuaciones en Disparen al pianista, de François Truffaut (1960) y en Diez negritos, de Peter Collinson, basada en una novela de Agatha Christie.

 

Aznavour, el mismo que en su adolescencia y juventud escuchaba tangos, y que consideró que, en cuanto a las letras, no había en el mundo ninguna canción que igualara a la francesa, se mantuvo vigente hasta su muerte en el mundo del espectáculo. Sus recitales, pese a que su voz ya se quebraba, eran multitudinarios. El público le perdonaba a la vieja estrella cualquier error y, por lo demás, cuando lo cometía volvía a empezar la interpretación. Sin haber tenido estudios académicos, se convirtió, según sus palabras, en un “filósofo de la canción”.

 

“Solo queda un adiós que no puedo olvidar” suena en alguna parte de la memoria. “Para durar, hay que decir la verdad. La mentira no lleva a ningún sitio, ni en la vida ni sobre el escenario”, era parte de su guía ética.

 

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Aznavour en No disparen al pianista

 

Epílogo sin llanto

 

Ahí está el cantante, el artista, va sin mirar atrás. Va caminando con sus canciones. Sabe que muchos no le dejarán de amar. “Ya no sé si aún podré volver a verte, / o si solo tengo cita con la muerte”, dice en su Camarada. Quizá se marchó sin gritos ni lágrimas, aunque, para ser sinceros, hay que decir que hubo llantos y aflicciones con su ida, con su muerte en la que hubo tardanzas para decir adiós. Y por tanto (Et maintenant), dirán por ahí, no se dejará de amar a un tipo extraordinario, a alguien que dejó a la humanidad un testamento de coherencia entre la vida y el arte. Se fue aquel que dijo hace tiempos ante las críticas de la prensa y de ciertas personalidades del espectáculo, que “si no me queréis, haré todo lo posible para que me queráis”. De veras que a este señor del canto se le quiere mucho. Y, con certeza, se le seguirá queriendo por mucho tiempo.

 

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Trámite sin dicha en un banco purgatorial

(Crónica con formularios, un subgerente que va y viene y una chica de Valledupar)

 

Antiguo edificio de la Bolsa, parque de Berrío.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

El parque de Berrío (antes, en tiempos coloniales y en un buen tramo del siglo XIX llamado la plaza mayor) está atiborrado a las tres y treinta de la tarde. El edificio de la antigua Bolsa de Medellín, enseguida de la basílica de la Candelaria, aparece como un vetusto testigo de la transformación radical del lugar que recuerda al forjador del Ferrocarril de Antioquia, al nominador (dio el nombre) de la Universidad de Antioquia y al fundador de la Escuela de Artes y Oficios. Hasta aquí todo va bien. Vendedores de lotería y gente que espera, quizá a quien no llegará a tiempo.

 

Y adentro del banco, tras empujar la puerta de vidrio (“empuje”, dice sobre la manija), busco la oficina de subgerencia. Está sola. Me paseo por un lado y otro. Los módulos de atención y asesoría comercial están llenos. En unas sillas oscuras, hay clientes que aguardan, con caras desvaídas, quizá desesperadas por la lentitud en la atención.

 

Porto en una mano el formulario, ya diligenciado, de actualización de datos y de “Persona Expuesta al Público” (PEP). No sé dónde entregarlo. Y de pronto, aparece un hombre de camisa lila y corbata bajo el avisito de “subgerencia”. Saludo y el hombre, que se iba a sentar, viene hasta mí. Le explico y muestro el formulario. “Tiene que dar la información en uno de los módulos, pero antes debe tomar un ficho de turno”. Me sale el A57. Miro a la pantalla y van en el A45. Salgo a mirar otros paisajes. Nada raro. Lo mismo en el pasaje comercial, transeúntes que van y vienen, otros adentro de los negocios. Avisos publicitarios. Vocinglería. Olor a café.

 

Vuelvo a empujar la puerta-vidriera. Ya no está el subgerente. No se ha movido el turno. Aparece otra vez el tipo de la lila. Le digo que por qué es tan lenta la atención. Que si para llenar esos datos no es mejor hacerlo por la web y de tal modo se evitaría uno tantas esperas y el mundo sería mejor. Me mira como si yo fuera un extraterrestre. Alguien desocupa una sillita y camino hacia ella. Sé que el hombre de la lila me sigue con la vista. Saco un libro y comienzo a leer: “Una amiga de Annie F. venía a menudo a casa. Se llamaba Frede. A mis ojos de adulto, hoy no es más que una mujer que dirigía, en los años cincuenta, un club nocturno de la calle de Ponthieu…”. Alzo la mirada y veo que viene hacia mí una señora negra. Me sonríe y pregunta: ¿Aquí la atención es por orden de llegada…?”. “No, debe tomar un ficho de aquel aparato”. Le señalo.  Y prosigo en la lectura de Reducción de condena, de Patrick Modiano.

 

El turno va en el A46. Son las cuatro de la tarde. Por los ventanales se nota la agitación del parque. Los módulos siguen en actividad. Al fondo, hay filas para las taquillas de retiros y consignaciones. El hombre de la subgerencia ha vuelto a desaparecer. “Al otro día, en el establecimiento de un librero de viejo, hojeaba un número atrasado de La Semaine à Paris de julio de 1939, en el que venían indicados los programas de los cines, los teatros, las galas de variedades y los cabarets”. Siento que Modiano no pierde su táctica de hacer pesquisas policíacas en sus novelas, reconstructoras de memoria de una ciudad cambiante y que, a veces, pocas huellas deja de lo que fue. Turno A47.

 

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No es fácil concentrarse mientras se espera un taquillazo para una “vuelta” que, en rigor, y con mejores organizadores de actividad bancaria, no tendría por qué tardar. Qué tanto es decir una dirección, un teléfono, estampar una huella, un número de cédula, una firma. Vuelvo a las páginas. Y siento una voz. Alzo la mirada y veo la camisa lila y la corbata oscura. “¿Qué número tiene?”. Luego me dice que me va a ayudar a agilizar el trámite. Me pide la cédula y va hasta el aparato. Vuelve con otro ficho: CP109. “Muchas gracias”, le digo, a secas. “Huy, tan de buenas usted”, me dice un hombre de unos treinta años, sentado a mi lado. “De buenas, no. Varias veces tuve que ir a reclamar”. Está ahí, según me dice después, porque el “patrón” le consignó anoche y cuando fue esta tarde al cajero no había nada. “Vine a ver qué pasó”.

 

Aparece en el tablero el CP108. Ya no torno a las páginas de Modiano. Creo que el asunto del tiempo ha cambiado y que en segundos estaré en el módulo. Y, sí, en efecto. Voy, me siento. Al frente, una muchacha pelinegra. Se llama Stella, según observo en la escarapela. En el acento noto que es de otro lado, quizá de la costa. Me pide la cédula. Además, le doy el formulario doblado. Manipula el computador. Me parece que ha palidecido. Llama a un compañero. Este teclea y luego ella sigue. No da la impresión de que las cosas vayan bien. Llama entonces al hombre de la subgerencia. Este digita varias teclas. Pienso que abriré otra vez el libro.

 

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La muchacha sonríe. “No está funcionando el computador. Esta mañana me pasaron para este, pero parece que se ha desconfigurado. Qué pena”. Sonrío por cortesía. Ella hace una llamada. “Ah, parece que ya lo van a arreglar”, dice. Modiano también me dice que había una “chica callada de tocado moreno y ojos pálidos que era un personaje de cuento. La llamábamos Blancanieves”. La operadora habla ahora con otra funcionaria. Luego me observa y me pregunta si soy un pensionado. Luego me interroga sobre ingresos y gastos. Y teclea. “Ah, se volvió a descomponer”. Sonríe y me pide que tenga “la paciencia del santo Job”. “De santo tengo poco o nada”, le digo y nos encontramos en la risa.

 

Veo que mi cédula sigue ahí sobre el computador de la muchacha. Ella vuelve a llamar. Volteo y a través de la vidriera el parque continúa con su efervescencia. No se escucha su ruidosidad de las cuatro y media de una tarde de jueves. Entonces recuerdo lo del PEP y le acoto a la chica, a la que ya le he preguntado de dónde es, por qué para renovar unos datos elementales hay que esperar tanto y venir hasta las oficinas cuando eso se podría hacer por la red. “Este banco es distinto. Le gusta que sus clientes vengan a las oficinas”. No supe en ese instante si se trataba de una especie de burla o de una línea empresarial. Entonces decido hablarle de que estoy frente a ella porque el señor de la camisa lila me dijo que iba a agilizar el trámite. Cuando miro al tablero ya ha pasado el A57. Va en el A60. “Hace rato hubiera salido de aquí”, pienso.

 

Después le digo que por qué diablos tengo que estar en ese formulario. “No he tenido cargos públicos”. Y entonces recuerdo que fui candidato a una corporación de elección popular. Y que a lo mejor sea por ese factor. Ya son las 4.45 cuando decido canturrearle a la muchacha un pedacito de “Valledupar, edénico lugar que brilla bajo el cielo de la tierra mía”, y le hablo de los Hermanos Martelo y ya la tardanza me conduce a decirle a la valduparense —que cuando se puso en pie se le notaron sus líneas de esbeltez y figura sensual— que le compondré un paseo vallenato. “Ah, eso sí que es sabroso para bailar”, dice con sonrisas.

 

Casi a las cinco ya he puesto mis huellas en los formularios. Me da una piececita redonda de papel húmedo para limpiarme el índice derecho. “Voy donde el subgerente con estos formularios y ya vuelvo para entregarle su cédula”. He guardado hace rato en el bolso el libro de Modiano. “¡Qué paradoja! —le digo a Stella—. Me mandaron para acá dizque porque me iban a agilizar el turno y vea pues”. De reojo miro hacia el escritorio del hombre lila y me parece que hay en su faz una especie de rictus burlón. “Ahora sí. Terminamos. Y como dicen en mi tierra, puya el burro”. La muchacha sonríe y me devuelve la cédula.

 

Afuera, por el pasaje comercial, sigo canturreando aquello de “…el corazón no puede soportar el profundo pesar que da tu lejanía”. Llego a Junín, que está atiborrado de escombros. El cielo de Medellín, color gris lluvia, me cae encima como una especie de apocalipsis.

 

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Pintura de Kandinsky

Cacao, una novela social

(La iniciación literario-proletaria del escritor brasileño Jorge Amado en las plantaciones del sur de Bahía)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Jorge Amado es una cara múltiple de ese Brasil de extensas tierras, de latifundistas y “coroneles”, de variopinto paisaje literario, de las músicas y fiestas populares, del carnaval y las comidas. Puede ser el novelista de las gastronomías, como se ve en las recetas de Zélia Gattai, su segunda esposa, también escritora; y el reivindicador de las putas como seres que están más allá de la venta de amores de urgencia, que defienden la dignidad y muestran la entereza de las mujeres en sus luchas reivindicativas.

 

Amado, un escritor precoz, nacido en cuna rica, con un padre dueño de tierras dedicadas al cultivo, tendrá como novelas de iniciación El país del carnaval, que escribió cuando apenas era un garoto. Abrazador del marxismo, el joven Amado escribió una suerte de “novela proletaria”, la segunda de su cosecha: Cacao, cuando no había cumplido los 22 años (1933). Es una historia en la que el autor intenta desplazar el romanticismo, aunque no escapa del todo de esa tendencia anímica y estética, que durante buena parte del siglo XIX puso en vilo a media humanidad, y con reticencias de folletín.

 

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En todo caso, Cacao es ya una muestra del ADN literario de Amado en su primera etapa de escritor (hasta la trilogía Los subterráneos de la libertad —1955—), en la que bucea en los destinos y explotación de la mano de obra, sobre todo en su Bahía natal. Como militante del Partido Comunista brasileño, el novelista se adentra en esta obra en la situación de los trabajadores en las haciendas cacaoteras, y da cuenta de situaciones de humillación y maltrato de parte de los patronos contra sus subordinados.

 

En Cacao, como él mismo lo advirtió, puso “un mínimo de literatura y un máximo de honestidad” para mostrar la vida de los trabajadores de las plantaciones del sur de Bahía. Eran días en el mundo en que se debatían las fuerzas del capitalismo (con sus variantes en Italia, España y Alemania, del fascismo y el nazismo) con la visión de la construcción del socialismo en la Unión Soviética. En Brasil, tierra abonada para las dictaduras, como sucederá en otros países de América Latina, la plantación Fraternidad, que es la sede de los principales hechos de la novela, es la que le da cabida al protagonista, un muchacho venido a menos tras la muerte de su padre y la extirpación de los bienes de aquel por el tío que “declaró nuestra pobreza” y así, el joven estuvo más cerca del proletariado que de la “decadente aristocracia de San Cristóbal”.

 

En las primeras páginas de esta breve obra, hay una sentida descripción del fútbol, elemento clave, como la música y el carnaval, de la cultura popular brasileña: “Me acostumbré a jugar al fútbol con los hijos de los obreros. La pelota, pobre pelota rudimentaria, se hacía con una vejiga de buey llena de aire”, cuenta José Cordeiro, protagonista-narrador, una especie de alter ego de Amado.

 

En la novela, que muestra aspectos de la iniciación sexual de los jóvenes, unas veces con las prostitutas, otras con animales en una evidente presencia de la zoofilia, hay una manifestación de la lucha de clases, las diferencias sociales, el desprecio de las castas aristocráticas hacia los desposeídos y el hambre como una constante entre muchos trabajadores. Para los cuales era lo mismo si el cacao subía o bajaba de precios, porque, igual, la paga era una miseria y casi siempre estaban controlados por los comisariatos, como los que, en otras geografías, había establecido, por ejemplo, la United Fruit Company (en Centroamérica y Colombia).

 

Cacao es una novela con trenes, con zonas de tolerancia como la calle de los siete pecados capitales o la de la calle del Barro, con diálogos bien construidos, con fotógrafos ambulantes y muchachas de campo con trajes pasados de moda, y con un romance trunco entre una muchacha de clase alta con el pobretón y orgulloso protagonista de la narración. Este es un defensor de los proletarios, que, además, es un aspirante a escritor, con deseos de mostrar en su obra los desajustes sociales, las injusticias y los alcances y expectativas de la llamada lucha de clases. Ah, y como si fuera poca la aspiración, de la “conciencia de clase”.

 

Es una novela de sexo, celos, segregaciones clasistas, niños y putas. Que a veces solo enuncia a ciertos personajes y no alcanza a caracterizarlos a fondo, como a Mané Frajelo, el rey del cacao, pero, en cambio, penetra con lucidez en la fiesta y en la llamada cultura popular, como los bailes y celebración del Día de San Juan, y pinta con detalles reveladores los comportamientos de María, la hija del dueño de la plantación, que escribe poemas (muy malos) y colabora con revistas y periódicos oficiosos.

 

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En la novela, que a su vez cuenta dentro de la historia la manera como el narrador se tornó novelista, hay usos de interés del género epistolar, como la recolección de cartas y sus consecuentes intercambios entre los corresponsales, más que todo de trabajadores y putas. “Releyendo estas cartas, pensé escribir un libro. Y así nació Cacao. No es un libro exquisito, de frases bien construidas y sin palabras repetidas. Es verdad que ahora, yo soy obrero tipógrafo, que leo mucho y aprendí algunas cosas”, escribe el narrador, el sergipano (del estado de Sergipe) del cual la hija del patrón se enamoró.

 

Cacao, novela sin trama (lo que constituye para la época un salto adelante), con la presencia de luchas obreras a través de huelgas imposibles, es una radiografía de la denuncia, en tiempos en que, en América Latina, ya la literatura se ocupaba de las afrentas sociales contra los trabajadores, como lo había hecho unos años antes (1924) el escritor colombiano José Eustasio Rivera con la extraordinaria La vorágine. O como mucho antes lo había ensayado Mariano Azuela, en México, con Los de abajo.

 

En un tango, La brisa, hay una estrofa que dice: “Mas no éramos iguales / y eso nos separaba, / un mundo de distancia / había entre los dos. / Tú eras de familia / muy rica y distinguida, / yo, en cambio, solamente / era un trabajador”. Y algo así, o por lo menos en esa tonalidad de abismos sociales, sucedió en Cacao, cuando, al final de cuentas, el protagonista ve irse a María en un tren (el tren de la ausencia), y efectúa una meditación de fin de romance sin cosecha: “Yo era un trabajador, un simple alquilado, con tres mil reis por día, unos pantalones sucios, uñas rotas y manos callosas… María era la hija del patrón, del hombre más rico del sur de la provincia, del rey del cacao”.

 

Como caída del telón de esta creación sobre “alquilados”, el amor a los trabajadores, a los proletarios, es, de parte del protagonista, mucho mayor que una tentación como la que representa María; un afecto más vibrante y puro que “un amor mezquino por la hija del patrón”. Al final de cuentas, flotan las preguntas: ¿Qué es una novela proletaria? ¿Hay una estética particular de esta asignatura literaria? ¿Es la que habla de las peripecias y desventuras de los trabajadores? En cualquier caso, durante buena parte del siglo XX se discutió en diversos escenarios acerca del dogmatismo y cortedad del llamado “realismo socialista”. La de Amado es una novela que trasciende esta última corriente y se aleja del panfleto y la propaganda.

 

Con el paso del tiempo, con las nuevas revelaciones y quiebres de la historia, de la Guerra Fría, de la restauración del capitalismo en la Unión Soviética, en fin, Jorge Amado, que renunció al Partido Comunista, no será un renegado. Al contrario, continuará como un estandarte de la cultura popular brasileña y de las gestas de los proletarios y olvidados de la fortuna, pero en sus obras ya serán otras y más complejas las preocupaciones, las estructuras novelísticas y los personajes. Cacao fue una experiencia de juventud, que mostró a escala todo el vuelo que después iba a alcanzar uno de los más talentosos y prolíficos escritores de Iberoamérica.

 

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El novelista brasileño Jorge Amado. Foto El País.

Prado: a dream becomes a neighbourhood

(A walk among Guayacan trees, little palaces and sitting lions)

 

Old El Prado, Medellín. Photography Obando

 

 

 

By Reinaldo Spitaletta

Translation by Adriana Elgueta

 

The architectural diversity, with old houses built according to bourgeois ‘good taste’, at a time when the city still watched screenings of the film Under The  Sky of Antioquia (1925), whose frames did not come to show what was going to be the most beautiful neighbourhood (or barrio) in Medellín. According to its founder, Ricardo Olano, one of the features of the neighbourhood named in 1926 as neighbourhood El Prado.

 

El Prado was born under the guidelines of a ‘garden city’ and, as Olano himself warned, the eccentricity of its first inhabitants has made it into a mix of dreams and realistic awe. To walk its 50-foot wide streets, with front gardens and tree lines that still respect its founder’s plans, is a whole sensational experience, as we shall see.

 

Someone strolling by could only just make out the mahogany windows or curly cumin plants, wrought iron, closing gates and flapping wings, Belgian stained glass, a feast for the eyes, a banquet of aesthetic dimensions. If the wanderer has an appreciation for gates, well, say no more. Arched, rectangular, enormous, with gigantic door knobs in the shape of a lion’s head or a devil, some already altered by spurious rails due to sudden new changes. Prado has meandering streets, with blunt corners, towers and spires, Spanish and English tiles, two and three-storey houses, some like little palaces, others like medieval castles, including the odd one resembling a steam boats like those that slice through the waters of the Magdalena river with their tropical music and with the pride of the elite heritage.

 

 

Swiss-style chalets and the occasional reminiscence of Scottish architecture, there still are some lampposts with an air of tango about them, or a Parisian street. The pedestrian, or perhaps said another way, a kind of flâneur, or experienced wanderer, would observe Republican features, European and some colonial vestiges in the façades of the buildings. Rosette windows, cornices, decorations with triumphant leaves, strange flowers that evoke those from a book by the Catalan writer Mercé Rodoreda. Although a little neglected today, everything is possible in its geography.

 

 

Prado, whose first street (or carrera as they say in Colombia) was the continuation of the old Palacé, at a corner of which Darién built his first mansion (today metamorphosed into the Church of the Holy Spirit, erected in 1957, with a red bougainvillea vine which could be the biggest in the city), Joaquín Cano’s house still shows such luxurious distinctions of Medellín’s high society. Olano promoted the planting of yellow and lilac Guayacan trees, the first spread through the streets. Cadmio trees so that the breeze from the Sugar Loaf hill spreads wafts of scents throughout the neighbourhood. Various types of peppers complemented the garden, which was later elaborated with casco’evaca trees.

 

Prado Window. Photography Carlos Spitaletta

 

In the only neighbourhood in the city declared Cultural Heritage, you can find the house where one of the most famous engineers from Antioquia lived, Juan de la Cruz Posada, whose mansions still stands on the corner of Palacé and Belalcázar, currently occupied by a fashion shop known as Casa Prado.

 

The neighbourhood, bordered by Popayán (street 50C, although some extend it as far as Neiva, 50D), San Martín (street 46), Cuba (street 59) y Jorge Robledo (calle 65) grew from a spine formed by Palacé (street 50), with other streets parallel to it, like Venezuela y Balboa. Perhaps the strangest of buildings in the barrio is the Egyptian Palace, designed by Nel Rodríguez for optometrist and astronomer aficionado, Fernando Estrada, in Sucre between Cuba and Miranda streets.

 

Built like a little palace from Luxor (Egyptian town that houses the ruins of Thebes), its owner, a lover of the culture and history of the Fahroe named it Palacio Ineni, after the Royal Princess of such noble family. Pink granite pictograms y hieroglyphs, an observatory, Masons meetings in its upper romos, central patios with various lounges surrounding it made the residence of the founder of Óptica Santa Lucía, the most curious one in Prado. Today, however, ruin threatens her.

 

To walk through this barrio of eclectic architectural styles, is to find a little Arabesque in Casa Blanca (Balboa and Darién) and Welsh castles, like Casa Walsingham, on the corner of Balboa and Jorge Robledo Streets and diagonal to the mansion where Mrs Luz Castro de Gutiérrez lived, the venue for the Miss Antioquia beauty pageant in the old days.

 

Although Prado still conserves its lush greenery, today it’s a mixture of old people’s homes and convents (there are 22), with artistic hubs, psychiatric, oncology and pediatric clinics. Its only park, Olano, boasts two ceiba trees and new gardens. Its founder’s residence is now the seat of Faculty of Education of the University of Antioquia, in Balboa and Jorge Robledo. To enter through its gigantic arched gate is to negotiate a maze on two enormous levels.

 

Almost all Prado still has is worth a visit. It tells stories, it conveys emotions. There are sitting lions and bohemian lofts. Turrets and mansions that appear inhabited by ancient ghosts. Its aged splendour still shines on many of the old houses, sometimes unbelievably so. Its thick trees still harbour birds, to stroll through its scenes is like the experience of walking into the past, to the days when presumptuous families of Medellín’s elite built the area seeking comfort with exquisite taste. It was and, despite its decadence, it still is a “dream that became a barrio”.

 

(At ninety years of age, a historical neighbourhood worth preserving)

 

Church of the Holy Spirit. Photography Carlos Spitaletta

 

Literatura en voz alta

(Un ejercicio doméstico en la cocina o el comedor, con invitados como Shakespeare, Cervantes y Víctor Hugo)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

 

En Nadie encendía las lámparas, un cuento de Felisberto Hernández, un hombre lee en voz alta una narración en la que hay “una mujer que todos los días iba a un puente con la esperanza de poder suicidarse”, pero siempre surgía un obstáculo que la hacía desistir. En el relato del escritor y pianista uruguayo, un autor que, como lo dijera Ítalo Calvino, no se parece a nadie, se recupera la remota memoria de cuando en veladas familiares y de amigos se leían libros, con muchos escuchas y un lector guía.

 

Con mi compañera, alias la Mona, colonizamos desde hace años la cocina y el comedor para hacer lecturas en voz alta, más que todo en las mañanas, quizá como una forma muy poco ortodoxa de abrir el apetito matinal, y, claro, más que nada para sentir las infinitas músicas y descifrar —o al menos, intentarlo— los misterios de la literatura. No recuerdo cuál fue el primer libro que se nos convirtió en una suerte de embrujo para tal función. Porque, es una obviedad, no todos los cuentos y novelas son aptos para dicho ejercicio. Todavía no lo hemos hecho, por ejemplo, con Ulises, de Joyce, aunque alguna vez lo intentamos con el monólogo de Molly Bloom, ni con las novelas de William Faulkner y Virginia Woolf.

 

En cambio, ya nos bebimos, de modo metafórico, hasta los venenos de los que se habla en El conde de Montecristo, y nos convertimos en espectadores de nuestro propio montaje con Macbeth (que pudiera también ser una obra con distintos niveles de horror); Ricardo III; Otelo, Hamlet, El mercader de Venecia, el rey Lear y Sueño de una noche de verano… Shakespeare es una delicia para esta rutina doméstica. Y luego de leer cada día algunas escenas o apartados, el desayuno sabe mejor.

 

De cualquier modo, y aunque durante el resto de la jornada cada uno lea por su lado lo que más le interese, se nos tornó una necesidad cotidiana este encuentro mañanero con distintos autores. El Quijote lo devoramos no sé en cuántos días, tal vez unos dos o tres meses, como también Los miserables. A veces, ella, cuando recuerda algunos pasajes de la novela de Víctor Hugo, como decir, por ejemplo, la parte de Waterloo, no cesa su risa de encanto por aquel “rendíos, valientes franceses”, que espeta un general inglés, y la respuesta categórica, única, impecable, de Cambronne: “¡Mierda!”.

 

De Isaac Bashevis Singer hemos leído la voluminosa novela Sombras sobre el Hudson, al tiempo que nos internamos en los días luminosos, también siniestros, del Renacimiento, con consejas, guerras, conspiraciones, crímenes y otras venganzas, como suceden en Bomarzo, novela del argentino Manuel Mujica Láinez. En ese mismo sentido, leímos La agonía y el éxtasis, de Irving Stone, sobre Miguel Ángel.

 

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Stendhal nos iluminó muchas mañanas (y a veces, una que otra noche) con La cartuja de Parma, con su tempo allegro con brío, con las peripecias tanto de amor como de guerra de Fabricio y con personajes no hechos para el olvido como Gina Sanseverina. Tal vez, en estas “veladas diurnas”, la mayor dificultad por las interrupciones furiosas a cada momento contra Emma, de parte de la Mona, nos llevaron por una larga temporada a conversar —a veces, hasta la exaltación— sobre el “bovarismo”, la pequeña burguesía, la emancipación de la mujer y otros temas conexos con esta novela excepcional de Gustave Flaubert.

 

Creo que las lecturas domésticas en voz alta, con todo lo que implica un acercamiento de ese modo a la literatura, sin dejar de lado esas otras maneras de abordarla con la soledad individual, con la meditación y la concentración, sin compañías, en fin, es otra posibilidad de encontrarnos con las historias, los dramas y entramados de la condición humana. Y compartirlos. Sí, casi siempre se detiene la lectura para buscar palabras en el diccionario. Para establecer características de época, para hacer anotaciones sobre los caracteres, los conflictos y un largo etcétera. Es una aventura hogareña que linda con lo maravilloso.

 

Cuando leímos El amor en los tiempos del cólera, no faltaron los olores a condimentos, a almendras amargas y, en particular, las conversaciones de cocina en torno a la berenjena. Al principio, a Fermina Daza le daban náuseas las preparaciones con esta solanácea que tiene nostalgias árabes y que, con plátano maduro, en una mezcla de delicia llamada boronía, es una exquisitez con gusto caribe.

 

Ahora mismo, hemos pasado el primer tomo de una novela monumental como El Don apacible, de Mijaíl Shólojov, y en la que los cosacos, sus comportamientos, cultura, modos de ser, de cantar, de amar, de beber, nos llevan a conocer de otros espacios y tiempos. A cabalgar por otras geografías. Una de las descripciones más impresionantes sobre la guerra puede encontrarse en esta obra que superó los mandamientos del dogmático “realismo socialista” soviético.

 

Una lectura compartida en casa no deja de tener sus atracciones, como el olor a café y la calidez de una cocina. Y como en el relato de Felisberto, puede ser una manera sutil para la seducción y otros enamoramientos.

(3-09-2018)

 

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Pintura de Jonathan Wolstenholme.

 

 

Aquellas librerías muertas

(Crónica que incluye alguna cortesana y otros difuntos)

 

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Aspecto de la Librería América

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Una librería es un símbolo de civilización, un negocio cultural que marca para siempre a quien lo visita y le deja impresiones gratas. Hay pueblos grandes que no tienen ninguna. Hace años, cuando con Memo Ánjel recorríamos el suroeste de Antioquia para la escritura de un libro (salió Café del Sur), encontramos en una tienda-librería (me parece que fue en Ciudad Bolívar), casi todas las obras de William Faulkner, que escaseaban en grandes librerías de Medellín.

 

El recuerdo más viejo que tengo de una librería puede ser aquel cuando entré con mamá a la Librería Católica, en inmediaciones de la iglesia de La Veracruz, muy cerca entonces del “cuadradero” de los buses de Bello. No sé con exactitud qué iba ella a averiguar, en todo caso no era ningún catecismo ni libro religioso. Me parece que ella andaba buscando una obra que yo jamás he visto en ninguna parte: El coche número 13.

 

Después, sin ser muy asiduas las visitas, pasaba por la Librería Aguirre, al frente del teatro Ópera, en Maracaibo entre Palacé y Junín. Sin embargo, a fines de los setentas, la más atractiva librería, o al menos así me lo parecía, era la Continental, cuando ya estaba en la esquina de Palacé con la avenida Primero de Mayo. Rafael Vega, su dueño, formador de libreros, era un tipo de exquisiteces tanto musicales como literarias. Y los fines de semana uno se iba a ver estanterías, a escuchar música clásica (y a Gardel, porque era el único cantor popular que allí se vendía), a rebujar en lo que daba la idea de una inmensidad infinita de libros.

 

Tenía la Continental la facultad de que uno podía quedarse allí, leer apartes de libros, permanecer varias horas en una suerte de paraíso e irse al final de cuentas sin haber comprado nada.

 

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Tal vez para muchos estudiantes de los setentas, que empezábamos a formar bibliotecas familiares, la que más nos representó en facilidades para la adquisición de libros fue La Anticuaria, de Amadeo Pérez, en Ayacucho con Sucre (después tuvo sucursal en Niquitao, en la zona de la plazuela San Ignacio). Allí uno podía escoger sus preferencias y los dependientes le hacían un paquete para irlo pagando por cuotas. Lo guardaban y al cancelar, después de varias semanas, pues uno se iba feliz a casa con su “pocotón” de libros.

 

En los setentas y ochentas, además del cine, del café-bar, de los paseos por Junín o de sentarse con un tinto en Versalles por horas a arreglar el mundo, las librerías eran una atracción de juventud. En Junín, al frente del edificio Coltejer, estuvo durante muchos años la Librería Nueva, con su vitrina hipnotizante en la que, como en un tango, a veces uno pegaba la ñata contra el vidrio. La Nueva entonces era ya vieja (la fundó el pedagogo Luis Eduardo Marín, en 1926) y, en medio de muchachas bonitas y olores a pan fresco, era un referente de aquella calle inevitable.

 

¿Quién que quiso tener libros prohibidos no fue a averiguarlos y conseguirlos en la librería de Óscar Vega, en Colombia con Caldas? De aquellas “conquistas” (Fanny Hill, por ejemplo) solo conservo a Cora Pearl, Confidencias de una cortesana. El señor Vega era un cómplice cultural de muchachos que estaban más allá de homilías y pulpitazos.

 

A veces, el programa era irse de recorrido por las librerías del centro. Y en el periplo no faltaban ni La América (fundada en 1943 por Jaime Navarro) ni la Científica, de Humberto Donado. Ambas, consecutivas. Sí, ahí en el Perdón de La Candelaria, en Boyacá entre Junín y Palacé. En la primera, con su enamoradora vitrina y su caja registradora color gris plomo, que cerró a principios de 2018, había libreros como Luis Fernando Solórzano, de Heliconia, que contaba historias de fantasmas y otros espantos.

 

En una librería, que en rigor era más papelería, la Bolívar, conseguí casi toda la colección Obras Inmortales, de tapas rojas, de la editorial Bruguera, en la que había desde historias siniestras hasta la Anábasis o Expedición de los diez mil, de Jenofonte. Víctor González, un muchacho de Bello, que allí laboraba, nos las vendía a mitad de precio. Por puro paisanaje y camaradería.

 

Cuando quedaba en Palacé, entre Maracaibo y Caracas, la Dante era una atracción tremenda. La había fundado Antonio Cuartas Pérez en 1927 y su último local cuando ya su creador había muerto años atrás, estuvo en Colombia con la Oriental. No era ni sombra de lo que fue. Detrás del Hotel Nutibara, en una esquina de Maracaibo, funcionó una sucursal de la Científica. Tengo el vago recuerdo de que por allí también quedó una librería que vendía las obras de la Editorial Progreso, de Moscú.

 

Tal vez una de las últimas librerías que hubo por La Playa (bueno, ahora hay algunas como la Legis, de libros jurídicos) fue Mundo Libro, cerca de Bellas Artes. La administraba Pacho García, de permanente amabilidad. Y después de haber tenido el centro un número interesante de librerías, de pronto todas (o casi todas) se murieron. Sobreviven algunas, como el Acontista, en Maracaibo con el Palo; Librópolis, en el pasaje Orquídea Real, y la del Paraninfo de la Universidad de Antioquia. Ah, y las del Centro Popular del Libro, en el Pasaje La Bastilla.

 

Aquellas librerías extintas, en las que hubo tertulias y encuentros, son parte de un mundo que ya no es. Seguro los más veteranos recordarán la Don Quijote, la Pluma de Oro, la Atenas, la Horizontes, la Ilustración y otras. El centro se quedó huérfano de estos lugares imprescindibles y, por lo visto, de nada valen las nostalgias.

 

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Medellín, de ladrillo y guayacán

(Una crónica con paletas y pinceles callejeros para pintar cuadros de ciudad)

 

Medellín, cielo frío, flores en despedida y el ladrillo infaltable. Foto Spitaletta

 

Por Reinaldo Spitaletta

Mi ciudad es color ladrillo, aunque los extranjeros la ven color naranja, según les he escuchado pronunciar, no sin curiosidad y con los ojos muy abiertos. Es una ciudad rara, rodeada de verdores. Bueno, color ladrillo es un decir, porque si bien es cierto es el predominante en altos edificios y en numerosas casas, podría ser que un fogonazo del guayacán la convirtiera toda en un incendio amarillo. Usted quizá se ha dejado sorprender por estas flores en el piso, por esas otras que todavía no han caído, y sentir que habita en otro planeta, que es imposible que aquí uno pueda caminar por una acera tapizada de amarilleces y que un solo árbol sea capaz de ofrecer tanta alegría. Sí, es probable que nadie quede impune ante tal maravilla. Y entonces tome fotos o quiera coger algunas flores del suelo, para besarlas o echárselas al bolsillo.

Medellín tiene el color de ceibas y cámbulos urbanos, el de las flores del gualanday y también el de las frutas tórridas. En una carretilla se puede encontrar la inverosímil variedad del trópico: colores con olor a mango y piña y guanábana y mora, con sabor a papaya y mandarina, a patilla y zapote. Los vendedores ríen, haya sol o lluvia. Saben que en sus ventorrillos ambulantes hay torrentes de luz.

A veces, persigo carretillas que transportan frutas tropicales y verduras y revuelto (un término un poco en desuso que las señoras de antes pronunciaban con mucho sabor) y me parece que la calle se torna huerta, como las que se observan los fines de semana en algunos “mercados campesinos” en distintas partes de la ciudad, como en la plazoleta Mon y Velarde, en inmediaciones del parque Bolívar, y en el Carlos E. Son una paleta de colores urbanos, con morcillas y arepas con quesito, por si acaso.

Alguien pudiera decir, no sin razón, que una ciudad también tiene colores metafísicos, según las estaciones anímicas. Por ejemplo, para doña Leticia Palacio, habitante de San Javier, Medellín es azul, porque, según advierte, en días soleados las montañas se ven de ese color, un color que se va extendiendo por patios y calles, por entejados y torres, y entonces ella dice que así es el vestido de las vírgenes, como la que ella tiene afuera de su casa en una urna de cemento, una imagen de la Inmaculada Concepción, y así el color de las hortensias de su antejardín.

Se han oído voces que hablan del color sepia de la ciudad, son palabras de viejos, encerrados en asilos y casas de la “edad dorada” que recuerdan sus años iniciales, cuando todavía el mundo era reciente, una parroquia, una aldea sin tantas ínfulas. Así de ese color ven, por ejemplo, la catedral metropolitana o la callecita del barrio donde crecieron. De ese modo pintan la ciudad con el color de sus nostalgias.

 

Por Prado, antiguo barrio de élite y hoy una mezcla de zona cultural con inquilinatos y conventos, abundan los asilos de viejos. Los colores de ellos, sus caras, sus camisas, sus palabras, son de tonos tristes. Llevan el color de una soledad irredenta contra la cual no hay ninguna posibilidad de conjuro. Es un barrio de calles amplias y muchas flores, más que todo, según las calendas, los guayacanes de amarillo intenso. Tiene la trinitaria más grande de la ciudad, de flores lilas, adornando la iglesia del Espíritu Santo, diseñada por Nel Rodríguez.

Hay días en que la ciudad toma el color amarillo turbio de su río o el de las barquitas tristes de los areneros, cerca de Moravia, donde hace años hubo un morro lleno de bazofia. Otras, el de los muchachos que se suben a los buses a vender confites y buhonerías, discos compactos y estampitas virginales, o el de los taxis, con su monótono amarillo. Es una ciudad inesperada. En agosto puede vestirse de claveles y pompones; en diciembre, de bombillos de fantasía, y en abril del color indefinible de la lluvia.

Julio, por ejemplo, riega con su canícula las calles, que brillan y sudan. Y toma, a mediados del mes, los colores de una virgen de incendio en sus pies y escapularios de devoción. Los buses, los taxis, algunos carros particulares, se adornan con cintas rosadas, blancas, azul pálido y recorren la ciudad con una tronamenta de pífanos y bullicios de automotores. Agosto, por su parte, y como para no quedarse sin protagonismo, riega flores de asfalto, con silletas que tienen historias coloniales y hortensias atardecidas.

Lo mejor de todo es que cada uno, si le place, puede pintar la ciudad a su gusto. Rosa como el parque Lleras, fucsia como el parque del Periodista; bermeja, como el de la tierra de los barrios altos; mandarina, como el solar de la casa de doña Esperanza, o como el color del viento que viene de Santa Elena cargado de flores y de soles mañaneros. Y, como en un tango, puede teñirse con el color de los ocasos (como el de Borges y Piazzolla: “tango que he visto bailar contra un ocaso amarillo”). Ya, para certificar, no hay fábricas de arreboles, porque el poeta que las inventó ya no vive, y el mundo de la ciudad es ahora menos cromático y más sobresaltado.

 

cielo con guayacanes de Medellín y un pájaro que cruza. Foto Spitaletta

Garufa, vos sos un caso perdido

(Crónica tanguera con bar de esquina y tropa de carnaval)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

 

No solo en el barrio montevideano que el tango menciona había de esas figuras notorias, tipos ranas, o sea, con astucia para moverse entre galladas y malevos, sino que en el nuestro también clareaba uno que otro de esa índole. Eran tiempos de acumulación de conversa en las esquinas, muchachada sentada en la acera, en los umbrales de las puertas. Y mirando hacia adentro, hacia el bar, donde estaban los mayores, los que ya se habían graduado de hombres, como se decía.

 

En aquel bar, sí, en una esquina, qué cosa rara, sonaban tangos. Era un café de “mala muerte”, o al menos así era la cara que ponían las señoras cuando pasaban por un lado, mirando de reojo los chorizos colgantes, el mostrador curtido, las sillas metálicas de tijeras, las mesas redondas y veían al Bizco, su dueño, entre filas de cajas de cervezas y baldosas desteñidas. Y fue en El Florida donde, creo, escuché por primera vez a Garufa, tango de Víctor Soliño y Roberto Fontaina (letra compartida) con la música de Juan Antonio Collazo.

 

Era (y es) un tango pegajoso, de fácil escucha, con una historia simpática, entre humorística y picaresca, sin dramas. Claro. Es que correspondía al espíritu de los años veinte, cuando en Montevideo se crearon agrupaciones carnavaleras, con estudiantes y bohemios, como fue, por ejemplo, la famosa Troupe Ateniense, de la que fueron parte Gerardo Matos Rodríguez, Adolfo Mondino, Alberto Vila (que va a estrenar el tango en cuestión), Ramón Collazo y los que crearon a Garufa.

 

Sí, digo que es un tango de simpatía. Historia sin pretensiones, con tonalidad y ambiente urbano, de barrio, pero, a su vez, con momentos en que el protagonista debe ir al centro de la ciudad, donde están los ambientes de goce y diversiones muy distintas a las de la periferia. De más sensaciones y timbres diferentes. “Del barrio La Mondiola sos el más rana / y te llaman Garufa por lo bacán / tenés más pretensiones que bataclana / que hubiera hecho suceso con un gotán”.

 

Y aunque entonces, en los días en que por primera vez escuché a Garufa, no se requerían traducciones ni mediadores. Se oía y listo. Sin preguntas. Pero ya desde el mismo título hay una comunicación, una caracterización. ¿Qué es garufa? Es a aquel a quien le encanta la diversión, la juerga, la nocturnidad callejera. La Mondiola es un barrio montevideano, costero, con presencia de jaranas y guachafitas. Y en la estrofa inicial se menciona la bataclana, que llegará a ser un sinónimo de mujer de vida liviana.

 

En 1922 llegó a Buenos Aires una compañía teatral francesa, la Bataclan. En el espectáculo, las coristas actuaban con poca ropa, insinuantes, coquetas. Y así, conectadas con mujeres de la noche, derivó la bataclana. Y así se enriqueció la lengua. La siguiente estrofa da cuenta de quién se trata el protagonista, un laburante que al fin de semana se torna doctor (como cualquier político): Durante la semana, meta laburo, / y el sábado a la noche sos un doctor: / te encajás las polainas y el cuello duro / y te venís p’al centro de rompedor”.

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Parque Japonés de Buenos Aires.

Y entonces el tango comienza a discurrir por aguas de turbulencia, en las que, sin embargo, se puede navegar sin temores: “Garufa, ¡pucha que sos divertido! / Garufa, ya sos un caso perdido”. Y tal vez estas consideraciones eran las que más nos sonaban, el dibujarse en el aire un sujeto risueño (como los había tantos en el barrio) al que los ojos de la madre siempre tenían en la mira, porque se estaban perdiendo en la fiesta. “Tu vieja dice que sos un bandido, porque supo que te vieron, la otra noche, en el Parque Japonés”.

 

El original no menciona al Parque Japonés, que es en Buenos Aires, lugar de diversiones y otras algazaras, sino la montevideana “calle San José”, de alboroto permanente. En la versión que se hace al otro lado del Río de la Plata, en la voz de Rosita Quiroga, la calle san José se muta en el parque ya dicho. La del mismo nombre en Buenos Aires era una callecita casi muerta.

 

La caracterización clave llega al final del tema. Con los datos incorporados, el oyente se imagina de quién se trata el tal Garufa. Es un milonguero de tiempo completo, un “vareador”, es decir, aquel que saca a pasear muchachas, coquetón, contento y que, en el lenguaje de la hípica, es quien entrena caballos de carreras. Es un “tirapaso” endemoniado, que puede bailarse el himno de Francia (La Marsellesa) o la ópera El trovador, de Giuseppe Verdi, incluida la Marcha a Garibaldi.

 

Con un café con leche y una ensaimada
rematás esa noche de bacanal,
y al volver a tu casa, de madrugada,
decís: “Yo soy un rana fenomenal”.

 

Recuerdo que en las interpretaciones que entonces se escuchaban en los bares con traganíqueles de barriada, uno no entendía ensaimada, que es un pancito dulce espolvoreado con azúcar, sino “ensalada”. Este tango, que representa a un personaje urbano, trabajador, pero que no perdona fin de semana para echarse una cana al aire, pinta a un tipo que aún no pasa de moda. Pese a los cambios de épocas (este tango se grabó por primera vez en 1928), Garufa está ahí, con sus sencilleces y su historia sin rebuscamientos.

 

Quizá la mejor versión es la de Tita Merello con la orquesta de Carlos Figari. La grabaron, entre otros, Elba Berón, Nina Miranda, Edmundo Rivero, Agustín Irusta, Enrique Dumas, Carlos Dante y Alberto Castillo. Garufa sigue sonando. Y en ciertas noches, evoca la esquina de un perdido barrio en la que había un encantador bar de “mala muerte”.

 

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Tango III, pintura de Cecilia Campi