La filósofa de la pierna artificial

(Apreciación sobre un perturbador cuento de Flannery O’Connor)

 

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Pintura de Flannery O’Connor

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Con seguridad que te golpea y conmueve e intranquiliza. Lo más probable es que, al leer alguno o todos los cuentos de Flannery O’Connor, al menos por unos momentos, o quizá por toda la vida, como lector ya no serás el mismo. Algo en vos, en tu condición de explorador de la condición humana, quedará alterado. No es para temer. Es para internarse en el conocimiento del mal, el principal recurso temático de la escritora del sur de los Estados Unidos. La literatura, como ella misma lo advirtió, no es declarativa. Es para mostrar. Y ella, con creces, muestra aquello que, distinto a una enfermedad, a una patología, es el mal, como una elección social, como un comportamiento consciente del sujeto.

 

Quizá los personajes de O’Connor buscan un sentido mediante el ejercicio del mal. No todos, claro. Los otros pueden ser las víctimas, los afectados —a veces, destruidos—, por una carga en la que, si se analiza a fondo, también son parte de la culpa. Buscan, digo, un sentido por la existencia, tal vez un lugar en la tierra. En las creaciones de la cuentista y novelista subyace (a veces, como evidencia) la maldad. El ejercicio de esta como una “necesidad”, como un comportamiento que no rebasa los cánones, o las normas, sino que se torna una parte del mundo, otra más, que hay que tener en cuenta. Y sin maniqueísmos, y sin caer en trampas morales, el mal se erige como parte del hombre, contra el cual, en múltiples ocasiones, no hay cómo parar y menos desterrar.

 

El mal como una característica, como una intrínseca regla comportamental se puede apreciar, por ejemplo, en el cuento Un hombre bueno es difícil de encontrar. El crimen como parte esencial del modo de ser, de hacer, de entrar en contacto con los otros (aquí podría recordarse a Max Aub) y que se vuelve paradigma. Así acaece con el desequilibrado protagonista del relato en mención. En una conferencia que dictó acerca del cuento, O’ Connor dijo que un cuento “es una acción dramática completa” y agregó que “en los buenos cuentos, los personajes se muestran por medio de la acción, y la acción es controlada por medio de los personajes”.

 

Un cuento, según la autora, debe comprometer de manera dramática el “misterio de la personalidad humana”, y, en su brevedad, debe ser extenso en profundidad. “La forma de cada cuento es única. Un buen cuento no puede ser reducido, sólo puede ser expandido”. Intentaremos ampliar estos criterios en una aproximación a uno de los cuentos, de hondo dramatismo, de esta artista, cuyos relatos, al decir de Gustavo Martin Garzo, autor del prólogo a la edición de cuentos completos en español de la escritora nacida en 1925 y muerta en 1964, “tienen el poder supremo de agitar nuestra conciencia”.

 

Para el efecto, entonces, se abordará La buena gente del campo, uno de los 32 relatos de la autora que decía que “el arte es el hábito del artista”. En este, por supuesto, el mal, o la maldad, es parte crucial de la intriga y de la trama, aunque aparezca en la parte final del mismo, en un ambiente de aparente tranquilidad campestre, con arrendatarios y dueños y la presencia de un tipo que es capaz de disfrazar con talento sus intenciones auténticas de ejecutar una maligna acción.

 

En el cuento, las mujeres son parte esencial del entorno, de la acción dramática y de la construcción de ambientes. Son ellas las que preparan el terreno para un desenlace que puede parecer una sorpresa, sin anuncios o amarres muy claros, pero con una caracterización de unas y del individuo que aparece como una especie de ángel del mal y que causará una suerte de cataclismo. El vendedor de biblias es, podría decirse como parte de una representación, un demonio, y su víctima, una doctora en filosofía, con una pierna ortopédica, es, como bien lo dijo la creadora del relato, una mutilada tanto en lo físico como en lo espiritual.

 

Flannery O’Connor vista por Dan Murdoch

 

En el principio, están como parte del planteamiento de situaciones, dos mujeres mayores: la señora Freeman, arrendataria, hablantinosa, y sabrosa para el chisme; y la señora Hopewell, dueña de tierra y casas, además la mamá de Joy, una muchacha de 32 años, culta, alta y pesada, y que había hecho un doctorado en filosofía. Y en medio de todo, había una construcción mental, un imaginario, que se refería a las maneras de ser de la gente del campo que, de por sí, según la apreciación un tanto romántica y apresurada, era “gente buena”. Ahí, en esa concepción, se puede encontrar un preconcepto, incluido en los puntos de vista de una universitaria.

 

La señora Hopewell, que, además por falta de más candidatos, admite como arrendataria a la señora Freeman y su familia, marido y dos hijas, antes le había tocado “tratar con mucha gentuza”. Y antes de los Freeman había tenido un promedio de una familia arrendataria por año. Y, como divorciada, mantenía no solo control sobre la heredad, sino que aspiraba a tener compañía en el campo, porque su hija no estaba para esas faenas, no solo por tener una pierna artificial, sino por una manifiesta hosquedad con la madre.

 

Hay toda una maestría en ir contando, a cuenta gotas, dosificada con criterio, que en nada se parece al suspenso, el por qué la muchacha había perdido una pierna. El asunto de la pierna puede tener la funcionalidad de un símbolo, de una metáfora quizá, pero, en esencia, es un motor de la historia, una situación clave para que pueda haber otras relaciones, diferentes a las de la madre, la arrendataria y la solitaria doctora en filosofía, que tenía intereses por teorías o interpretaciones sobre la nada, o al menos de cómo este concepto era visto por la ciencia.

 

Flannery O’Connor con su novela Sangre sabia. Por Debbie Ritter

 

Aunque no expresada con nitidez, entre la madre y la hija hay una relación tirante, distanciada. Y en la progenitora se desnudan decepciones acerca de una muchacha que decidió estudiar una disciplina más bien poco pragmática, que mantuvo en estado de pena y desorientación a la señora Hopewell: “Uno podía decir: “Mi hija es enfermera”, o “Mi hija es maestra”, o incluso “Mi hija es ingeniera química”. Uno no podía decir: “Mi hija es filósofa”. Eso era algo que había terminado con los griegos y los romanos”.

 

 

La capacidad narrativa de la escritora la conduce a ir retardando la acción del desenlace. La va posponiendo, pero sin hacer perder interés al lector. La aparición, puede decirse que la aparición súbita del vendedor de biblias, es la apertura hacia otros territorios, más en el descubrimiento de facetas impredecibles de la filósofa, que también tiene ánimos de seducción y, tal como se pinta con sutileza, cierto tufillo de superioridad, y más en un nuevo plano de la ficción, que pone a distancia, o aleja en cierta forma premeditada de las escenas más relevantes del relato, a las señoras Freeman y Hopewell.

 

En la misma charla sobre El arte del cuento, O’Connor dice: “Si ustedes quieren decir que la pierna de madera es un símbolo, pueden hacerlo. Pero es, ante todo, una pierna de madera, y en tanto pierna de madera es absolutamente imprescindible para el cuento. Tiene lugar en el primer nivel, literal, de la historia, pero también opera en la profundidad, tanto como en la superficie. Prolonga la historia en todas direcciones; y ésta es, en pocas palabras, la manera por la cual el cuento burla su propia brevedad”.

 

El título de la obra, que no esconde la ironía, se vuelve fundamental en la medida que el relato va aclarando las situaciones, el conflicto, la relación entre los personajes, mientras el narrador, en tercera persona, pero que aparece muy pegado a la señora Hopewell, como si quisiera asumir su punto de vista, va desgranando la mazorca hasta llegar a la cumbre, o el clímax, de una maniobra que dejará sin aliento al lector.

 

No toda la gente del campo es buena. Parece ser una conclusión, o, al menos, una insinuación, una alerta. Puede haber alguno que, con astucias donjuanescas y bondades impostadas, se robe el ojo de vidrio de alguna ingenua pretendiente o, por qué no, le hurte la prótesis dental. Puede pasar, quién quita. Ah, claro, y no requiere ser un campesino. La maldad es del campo, es de la ciudad. Está en los humanos y en las sociedades que estos han creado.

 

En este y otros cuentos de la estupenda narradora (según Harold Bloom, “la narradora de cuentos más original de Estados Unidos después de Hemingway”), puede haber reminiscencias de relatos de Ambrose Bierce, y también un hálito de humor negro, como el que, de otra manera, proponía O. Henry. El diálogo, la descripción de hechos, los modos de mostrar cómo en medio de un tejido torrencial que desembocará en una burla, en una acción de malevolencia, el clima y el ambiente tienen otra cara, muy diferente a la del farsante que ha diseñado toda una fechoría, un engaño: “el cielo estaba despejado y era de un azul limpio”.

 

En efecto, este, como otros cuentos de doña Flannery, tiene el poder sobrecogedor de dejarlo a uno en estado de perturbación, que es una cualidad de la literatura bien cocinada. Como la de esta mujer que enseñó a caminar de espaldas a las gallinas y crio pavos reales en una granja de Georgia.

 

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Apartamentos sin afuera y sin adentro

(O cómo vivir entre ladridos, altoparlantes chillones y otros aullidos)

 

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Pintura de Vincent van Gogh

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Cuando Mafalda entra al apartamento de su amiguita Libertad, esta profiere un berrido descomunal: “¡¡Mamá, vino Mafalda a jugar conmigo!!”. En el tercer cuadro se “escucha” un “bueeeeno”. Y entonces, tal vez un tanto desconcertada por los alaridos, la curiosa Mafalda pregunta: “¿Tan grande es este departamento”. “No, pero nos hablamos siempre así para que parezca”, dice la otra chiquilla, mientras se ve en la última viñeta que se trata de una miniatura de espacio.

 

Hoy, cuando ni siquiera tenemos afuera el suficiente espacio público, el verdor adecuado, el medioambiente sano, los apartamentos son una suerte de construcción carcelaria, como calabozos, apenas unos cuantos metros cuadrados, en edificaciones que dan grima por su diseño, por su concepción sin tino, sin estética alguna, como una prisión. Me parece que, en alta proporción, son edificios tuguriales, sin ningún respeto por quienes van a habitar allí. Y, suele pasar, que se construyen de materiales deleznables, de muros flacuchentos, a través de los cuales se escuchan las respiraciones del vecino, y ni hablar cuándo se filtran los ayes, suspiros, quejidos y aullidos, cuando la pareja de enseguida alcanza el clímax.

 

El adentro, una categoría que tiene que ver con lo íntimo, con la vida doméstica, con la privacidad, es cada vez más insuficiente. Una celda. Una prolongación simbólica de la mazmorra. Un desprecio por la dignidad y por el derecho a estar cómodos. Se advierte en múltiples construcciones residenciales unas desaforadas ganas de plusvalías, de obtener ganancias por encima de cualquier otro factor. Qué importan las espacialidades públicas, los jardines, los senderos, los materiales. Y menos importa el que va a habitar. Basta con que el constructor obtenga réditos exorbitantes.

 

Solo una vez he vivido en un edificio de apartamentos, de tres pisos y terraza comunitaria, con un común patio central, donde una vez cayó un hombre que se arrojó en una maniobra suicida que no lo mató, sino que lo dejó muy maltrecho. Entonces me recordó El inquilino, de Roman Polanski. Estos apartamentos, de vieja data, quizá construidos en los sesentas, tenían cierta amabilidad y los materiales permitían que uno no escuchara los ruidos del vecino. O estos se sentían muy apagados. Solo que no faltaba quien, en una “prenda”, en un desquicio de furor por exceso de tragos, pusiera música a “todo taco” y ahí sí no había pared que lo impidiera, por gruesa que fuera.

 

Aquellos “apartacos”, en el barrio El Estadio, tenían tres piezas, sala- comedor, cocina, dos baños, balcón. No eran ninguna maravilla, pero no tenían parentesco con los infernales de la mayoría de edificaciones modernas. A veces, me paseo por distintos barrios, y apunto la mirada curiosa, en distintas construcciones. He visto unas de espanto, de acabados rudimentarios y exteriores que dan grima. Imagino cómo serán sus interioridades y entonces añoro aquellos viejos caserones, de seis y más cuartos, con varias salas, comedor, cocina, patios, como los que habité en mi infancia y adolescencia en Bello. Es probable, no lo he averiguado todavía, que algunos de ellos hayan sido derribados para la erección de edificios esperpénticos, que pueden ser parte de un nuevo paisaje, grotesco y deplorable.

 

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Hay conjuntos residenciales que pueden ser la sucursal del inframundo. El mal gusto de los constructores, su tacañería, los deja en un burdo estado de inconclusión. Y aunque puedan tener acabados decentes, el caso es que, para los asuntos de convivencia, en los que ya ni siquiera la noción de vecino existe, la situación se torna intolerable, o así lo han descrito algunos de los que habitan en estas unidades. Porque, como el de al lado, o el del frente, no interesan, no son “mi prójimo” (en el sentido de proximidad) prevalece el individualismo. El otro no cuenta. Y de ese modo, se configuran los abusos, las exageraciones, los despropósitos.

 

Hace poco leí una columna del periodista Ernesto Ochoa (Los ladridos del destierro, El Colombiano, 2-2-2019), en la que hacía notar que en Colombia no se urbaniza con el conocimiento de las idiosincrasias, la cultura, las maneras de ser de unas y otras comunidades. “La consigna parece ser construir barato, aunque cobrando caro, y, tras engañar con fementidas maravillas publicitarias a los usuarios, abandonarlos a su propia suerte, sin tener en cuenta su bienestar humano y comunitario”. En la ciudad ha sido común este malestar.

 

Quizá el propietario del apartamento cree que, por serlo, tal condición le da derechos que, en rigor, no posee. Como el del poner a todo volumen su equipo de sonido. Qué importa si están sonando Bach, Beethoven, Piazzolla, o una expresión de bel canto. Ah, claro, peor aún si el del costado o el de abajo, o el de encima, no sé, lo que le hace botar la baba es el reggaetón. Ahí sí fue Troya. Lo que digo es que, en estas urbanizaciones, debe haber límites y, sobre todo, consideración por los otros.

 

Y cuando no son las molestias por la algarabía, o por el exceso de decibeles en las audiciones, es porque han dejado todo el día sola en grima a la mascota, y no faltan los eternos ladridos, y, además de tratarse de un maltrato animal, los lamentos del can, o de otros animales, son, aparte de lastimeros, una torturante molestia para “los cosos de al lado” y de todos los lados.

 

No ha de faltar el atarbán que ponga los bafles en la ventana y haga una demostración de que su aparato de reproducción es el que más duro suena. Ni los manuales de convivencia ni los reglamentos internos son suficientes para que haya una serena vecindad. Como decía una vieja canción de Alí Primera: “hacen falta muchas cosas para conseguir la paz”.

 

Así que, en muchos complejos residenciales, los apartamentos, aparte de estrechos e incómodos, pueden tener otros agravantes. Como las demostraciones de vulgaridad de algunos residentes, que, cuando se les hace el reclamo o se les pide moderación, son del combo de los que responden “usted no sabe quién soy yo”, o “no me da la gana y qué”.

 

A veces, el tamaño del departamento es lo de menos. No se requiere el grito de la chiquilina del cómic para que parezcan grandes. Lo imprescindible es poder construir en esos espacios atosigantes un clima de tranquila habitación.

 

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Viejos apartamentos en los que, quizá, ya no vive nadie. Solo las palomas. Foto Carlos Bernate

 

Una enigmática reducción de pena

(Vista a una novela corta y autobiográfica de Patrick Modiano)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Hay escritores que escriben la misma novela toda su vida. Puede tratarse —quién sabe— de un misterioso llamado del inconsciente. O, por qué no, al encontrar su territorio particular, la geografía interior, la obra, aunque con títulos distintos, puede ser, en esencia, un repetido “tema con variaciones”. A veces, estas últimas, son muy pocas. Y suceden más en lo formal. Lo que no significa ni un fracaso de la imaginación ni una concesión facilista o autocomplaciente. Es un encuentro con sí mismo, con lo perdido y lo recuperado. Con la memoria y con la existencia. Una lucha contra el tiempo y sus inexorables mandatos.

 

Y en este punto ya es hora de ir nombrando a Patrick Modiano, un escritor que siempre está volviendo a su París natal, el extraviado en viejos mapas, el que no se perdió en las demoliciones ni en la tenebrosa amnesia. El de la Ocupación (que fue el París de sus padres), el de los cambios y las permanencias. A veces, se advierte en su obra una búsqueda de lo que se fue, con técnicas detectivescas y pesquisas de archivo. Otras veces, un desgranar de lo que la memoria alberga, pero que, por la fragilidad de la misma, tiene que ser documentada, materia en la cual es experto el autor de Dora Bruder. Hay, en sus creaciones literarias, una mezcla de historia y periodismo investigativo. Pero con el propósito de dejar premeditados vacíos, o alguna penumbra, cuando no una oscuridad total, o apenas unas sugerencias en su acervo narrativo.

 

En la novela corta Reducción de condena (en francés se llama Remise de peine), la infancia del escritor-narrador, torna a un París con insinuaciones que van desde los tiempos del doctor Guillotin hasta los días de Edith Piaf, cantante cercana a Hèléne y otros personajes como Roger Vincent. Con elementos autobiográficos, por no decir todo un universo de lo que le sucedió a los diez años al muchacho que, después, a los veinte, ya era un escritor con aspiraciones de alto vuelo, construye una obra fragmentada, con saltos temporales, y con una dosificada cantidad de palabras, suficientes para crear un mundo sugestivo, bosquejado con sutileza.

 

En esta obra, narrada por un muchacho, con recuerdos de un narrador ya veterano, ya no solo es París, o un cercano pueblo, sino un mundo que, para un chico, no es todavía muy comprensible. Está, sin aparecer sus carpas ni trapecios, el circo en el que trabajan algunas de las protectoras de ocasión del narrador, a veces Manazas, como le dicen, a veces el “imbécil feliz”, como lo llama una de las tres mujeres que los cuidan. ¿Y por qué? La mamá de los dos chicos se ha ido a una gira teatral y los ha dejado al amparo de Hélène, Annie y Mathilde.

 

El lector no sabrá jamás (lo puede conjeturar, imaginar) si, en efecto, las mujeres trabajan en un circo (del cual los chicos quieren hacer parte), en un cabaret, si se relacionan con gentes del bajo mundo, si pertenecen a alguna organización delictiva, en fin, porque así lo decidió el contador de la historia, el pelado al que expulsan del colegio Juana de Arco. Son dos muchachos que habitan más en un medio femenino, aunque suceda la aparición circunstancial de hombres, incluido un marqués. Las mujeres fungen de madres o hermanas o cuidadoras. Y van creando un espacio infantil pleno de incertidumbres y desconciertos.

 

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En la novelística de Modiano casi siempre se da la circunstancia de que haya alguien que esté buscando a otro alguien, de ir tras unos pasos, unas huellas, de saber dónde está o dónde se ha ido. Y se siente una atmósfera de abandono, de repetidas ausencias, de vacíos que tocan con lo existencial y con la sensación de pérdida. Y en sus narraciones, como en Reducción de condena, la infancia es una presencia-ausencia de altos quilates y con un peso específico fundamental. No faltan en muchos de sus libros los garajes, como una suerte de recuerdo ineludible de los primeros años del novelista.

 

“Cuando yo tenía seis o siete años vivía cerca de un barrio a las afueras de París, me cuidaba una mujer un poco extraña que me llevaba a un garaje, con unos coches que me impresionaron. Además, había un olor muy particular, una mezcla rara, un ambiente extraño en esos garajes y eso, ya digo que no sé por qué, me ha marcado. Yo me lo digo a veces: hay demasiados garajes en las novelas, pero no puedo evitarlo”. La confesión se la hizo Modiano al reportero Antonio Jiménez Barca, en una entrevista publicada por Babelia, suplemento del diario El País, de España.

 

Y en la obra que reseñamos, los garajes abundan y hacen parte de un entramado misterioso, en los que los carros, incluidos los “chocones” o de “choque”, como se les denomina en la traducción, tienen un poder simbólico que el lector debe desentrañar. En ese ir y volver, que es como un ritmo de olas marinas que se siente en la narración, nos encontramos con calles (como la insistente calle del Doctor Dordaine), distintos distritos parisinos, jardines, castillos y hojas muertas.

 

Es una novela en la que el sentido de la niñez se mezcla con las peripecias de los adultos, pero estos solo vistos por los ojos de un chico de diez años, que observa y siente, pero aún no alcanza a tener una cabal idea de qué se trata el universo complicado de los mayores. Y aunque el narrador es un muchacho lector (conoce a Verne, a Dumas, a James Fenimore Cooper), que ya el cine lo ha tocado con sus asombros y deslumbres, se queda a mitad de camino en muchos aspectos que tienen que ver con los adultos que tiene cerca. Él y su hermano son observadores, curiosos, caminantes, exploradores de jardines, pero siempre tendrán un enigma por resolver.

 

Es una escritura precisa, sin alardes, compacta, sin “literatura”.

 

¿Qué hacen en realidad las cuidanderas? ¿Quiénes son sus amigos? ¿Son parte de una pandilla? Con trazos precisos, con pinceladas firmes, el mundo en que nos quiere hacer entrar el novelista va quedando como un cuadro maestro, en el cual hay que concentrarse en sus tonalidades. Es una escritura precisa, sin alardes, compacta, sin “literatura”. Con saltos adelante y atrás. Con plano-secuencias y también con primeros y primerísimos planos, como los que se pueden apreciar en la fase final, con el policía de “los grandes ojos azules” y el hombre de la gabardina.

 

En un mundo de infancia, en el que la delgada línea que separa realidad y ficción no está muy marcada o es borrosa, y en el que todo es posible, todo puede acaecer, Modiano crea un narrador protagonista infantil, un chico de diez años, pero visto desde la perspectiva de un adulto que intenta dar interpretaciones a un tiempo que vivió entre gente grande que, de pronto, se ha ido, ha desaparecido. Se ha esfumado y entonces le corresponde a la memoria hacer una gestión de búsqueda y exploración en un tiempo que ya es parte de una vivencia.

 

Ah, al final de cuentas, el lector puede quedar como los policías que, por no interrogar a los niños, se pueden perder de muchas cosas. Es una novela para formularle preguntas y para interrogarse. Hay que abrir la imaginación a qué fue aquello tan horrible que pasó en la calle del Doctor Dordaine, donde habitaron dos muchachos por más de un año, dado que su madre estaba en gira por el norte de África y su padre, en Brazaville o en Bangui (aunque, antes, según se dice en la novela, se “había marchado a Colombia hacía varios meses con ánimo de descubrir unas tierras auríferas…”). Y a los que la policía no interrogó.

 

Modiano, en esta obra autobiográfica publicada en diciembre de 2008, vuelve por los laberintos de la memoria, la infancia, las calles y direcciones, los suspensos y la fragmentación. Con un epígrafe tomado de Un capítulo sobre sueños, de Robert Louis Stevenson, tal vez como exorcismo contra las pesadillas del pasado, esta novela, con acentos poéticos y manejos tremendos del claroscuro, es una joya literaria del escritor francés ganador del Nobel de Literatura en 2014.

 

Patrick Modiano. Reducción de condena. Editorial Pre-Textos. Traducción de Tomás Fernández Aúz y Beatriz Eguibar. 110 páginas.

 

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Patrick Modiano, escritor francés, nobel de literatura.

Variaciones sobre un reloj pintado

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Por Reinaldo  Spitaletta

 

1.

 

—¡Entrégueme el reloj!

—Pero si es un reloj pintado.

La primera voz, con un cuchillo, amenazaba a la segunda. ¡Entréguemelo y no se hable más!, agregó.

—No se lo entrego.

—¿Cómo que no?

—¡No! Este reloj me costó mucha imaginación.

—Este cuchillo, también. Y lo clavó en la muñeca pintada de la primera voz.

 

2.

 

No sé para qué necesitábamos medir el tiempo. Éramos muy niños. Escolares. Y aprovechábamos los lapiceros de tinta mojada (con los tinteros y las plumas con encabador, era imposible) para dibujarnos animalitos —como los de los caramelos ambulantes, gallinas, conejos, gatos, caballitos, que iban pegados en un palo, la dulzura en colores— en brazos, estómago, piernas y a veces en la cara.

 

El dibujo más usual, no sé por qué, era el de un reloj en la muñeca. Se sentía uno mayor, como un adulto de los que ya tenían en el tiempo una especie de presencia ineludible e implacable. Casi siempre era un reloj con solo dos punteros, el de los minutos y el de las horas. No había segundero. Un reloj elemental, apenas con líneas, sin profundidad de campo, sin tridimensionalidad. Y lucía bello en la muñeca, que uno miraba con orgullo, como si portara uno muy fino, de esos que —decían— llegaban desde Suiza.

 

No sé por qué los que me pintaba, siempre tenían una falla: se adelantaban. Quizá era porque quería salir rápido de la escuela para ir a perseguir las mariposas amarillas que una niña de la cuadra se dibujaba en los cachetes.

 

3.

 

Mi primer reloj fue el más bello que jamás haya visto. También el más doloroso. Lo dibujé en mi muñeca izquierda con una lapicera de tinta roja, con la que escribíamos los títulos en los cuadernos de escuela. Duró muy poco. No alcanzó a darme ninguna hora. El atroz pellizco de la profesora, agregado a un ladrido ensordecedor que salió de su bocota de vocales enfurecidas, me dejó atascado en un tiempo sin medida: “Te vas ya al baño a lavarte esos rayones tan feos. Eso es de indios”.

 

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Pintura de René Magritte

 

4.

 

El reloj que se pintó Rosita, una niña con manzanitas en las mejillas y cabellos amarillos, tenía una fantasía incorporada. Emitía un tictac muy musical. Por eso, la buscaba para apoyar mi cara de pregunta sobre su muñeca encantada. Qué agradable le sonaba el pulso a Rosita.

 

5.

 

El reloj pintado me apretaba. Le aflojé la pulsera. Lo miré con curiosidad al ver cómo aceleraban sus manecillas, como si el tiempo quisiera terminar rápido. Y, sí. De pronto, la niñez se fue. El reloj de tinta en la muñeca se paró para siempre.

 

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Onetti, cuatro perros y un cerdito

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Puede ser un juego. Un juego literario. Un divertimento. Qué importa. La literatura está hecha para el pensamiento, la imaginación y las ensoñaciones. Hay cuatro doberman, un gato negro, grande y gordo, llamado Édgar, y un cerdito. Tres cuentos distintos y un mismo autor verdadero. Tienen en común varios aspectos: se trata del mismo autor, de su estilo, de sus obsesiones, de su visión frente al ser humano, ante lo oscuro del hombre, la otra cara. Hay licores y algunas miserias. Son tres cuentos distintos y un escritor como Juan Carlos Onetti.

 

El primer cuento, el más largo y denso, El perro tendrá su día, dedicado a Enrico Cicogna (“Para mi Maestro”), traduttore italiano, el mismo que vertió al idioma fundado por Dante, entre otros, a Cien años de soledad, y del creador de Santa María a Juntacadáveres, Para esta noche y La vida breve, está elaborado con el tejido onettiano, de alta densidad, sin concesiones al lector, con un dominio de ambientes, caracteres, situaciones y hasta diferenciaciones tremendas entre una suerte de gamonal, de terrateniente sin escrúpulos, frente a un inspector de policía que sabe todas las triquiñuelas del dueño, pero que, a su vez, se presta a la complicidad.

 

Con sutileza, se desliza el leitmotiv del relato, que radica en la alimentación de cuatro perros doberman, machos, a los que se les dejará de dar carne por unos días. Puede haber aquí, si se quiere, una rememoración lejana de La vendetta, de Maupassant. Pero este de Onetti es otra cosa. Hay un entramado urdido con hilos finos, o bordado con arte narrativo, con sugerencias e indicios, con una remembranza policíaca. Jeremías Petrus, el protagonista, prepara una celada. Hay una astucia y una premeditación, con las que se construye un edificio verbal deslumbrante, pero, al tiempo, una telaraña que encierra una venganza que se hará representar como un vulgar robo de gallinas.

 

La caracterización de este personaje comienza de afuera hacia adentro. De la superficie, de los vestuarios y otros ropajes, hasta penetrar en la psicología de un hombre que tiene poder, que manda, que hace lo que le viene en gana. Y que se cree dueño de los destinos de los demás. Sí, un terrateniente, con gustos refinados en champañas y otros licores y aperitivos. Uno que sacia sus ansias carnales con una especie de putica campechana, que sabe de poses y mentiras, y, además, es ducha en esconder “el hastío y el asco” ante un sujeto despreciable que solo tiene dinero.

 

En la narración, en la que se van dosificando ingredientes de un plato que tiene entradas y otros aditamentos, se advierte, de nuevo, la capacidad de Onetti para el manejo de tensiones, de suspensos, hechos a través de la insinuación, de apenas leves pinceladas. Hay toda una mentira bien montada, aunque no tanto. Porque la coartada es inteligente. El milico principal sabe desentrañarla, pero no puede ir más allá de dar a conocer que él sabe. El dueño lo rinde, con el rebenque incluido como una amenaza en potencia. Lo apabulla con su poder material.

 

“La ciega ansiedad de los hocicos…”

 

Y aparte de los cuatro doberman, ¿qué otro perro se desplaza por las palabras, los paisajes, el atrezzo, los escenarios? Petrus y Medina, el milico mayor, el comisario, sostendrán un encuentro en el que, cada uno, desplegará sus velas y sabrá que son viejos conocidos en sus mañas, en sus corrupciones, pero habrá uno que será el vencedor, o, al menos, en apariencia. Los doberman, “raza inteligente, muy refinados”, estarán, más que como una presencia necesaria en la ejecución de un hecho sangriento, como un símbolo. Sí, de la fuerza y de la inteligencia en la planeación de una celada mortal. Hay, como se estila en muchos relatos de Onetti, un final con sorpresas y hallazgos inesperados. Una venganza (tema onettiano) ante una infidelidad conyugal.

 

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Los otros dos cuentos, El gato y El cerdito, diminutos, intensos en su brevedad, tienen también a la mujer como un epicentro de discordia: en el primero, una joven, o, al menos una dama no tan vieja, la francesa Marie; en el segundo, una anciana con reumatismo, plena de ingenuidad y muy caritativa ella. En El gato, el matrimonio, como institución, como una suerte de obligatoriedad social, se pone en cuestión. En el último, se registra una crítica a lo que sería un asistencialismo doméstico, en la que un dulce, el de membrillo, es toda una amargura al final de cuentas. Dulce amargura, como en el tango, cuyo título es un oxímoron paradigmático.

 

Y si en el de los perros habrá champaña de abolengo como la Moët Chandon, o un aperitivo italiano, amargo y ácido, como el Campari, en el El gato, se podrá beber dry Martini y gintonic. Ah, y más allá de si El cerdito corresponde a un porcino real, o se trata de otra cosa, ahí no habrá licores y más bien los tres muchachitos serán parte de la marginalidad, de los olvidados, que son portadores del resentimiento.

 

En estos tres cuentos, hay dos asesinatos. Y uno es cometido por perros, en una propiedad privada, como si el muerto fuera un asaltante, un ladronzuelo de pacotilla. Con Onetti siempre hay que ir más allá de las apariencias. Su literatura, de hondo calado, está a la espera, con paciencia, sin afanes. Poderosa. El lector llegará al fin de cuentas y hará parte de ella. Esa es la gran trampa, la emboscada, de un extraordinario escritor.

 

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El gato, un cuento de Onetti, “con símbolos de horror, blancos, en su pecho”.

La librería, un filme con sabor a té

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El solitario lector y la señora aristócrata del pueblo. Fotograma de La Librería.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Por cualquier razón no pude verla en salas de cine. Y aproveché la prolongación de la Epifanía, la postergación, según nuestro calendario, de la fiesta de Reyes, para ver de modo doméstico La librería, después de una caminata por el atardecer gris de Medellín. Una historia de fines de los años cincuenta, en un pueblo costero inglés, conservador y con rastros de una aristocracia decadente que añora viejos tiempos y se opone a cualquier rayo de luz que pueda adulterar su dominio ancestral.

 

Un filme de la cineasta catalana Isabel Coixet, que adaptó el guion de la novela homónima de la escritora inglesa Penélope Fitzgerald. Muy adecuados los escenarios, las viejas mansiones, el pueblito con su mar, sus callejones, la llegada de una extraña mujer, viuda (perdió a su marido en la guerra y todavía escucha la voz del difunto en las cartas que él le enviaba), que tiene las aspiraciones poco ortodoxas de instalar una librería en aquel villorrio donde la señora Violet Gamart es la mandacallar, la que ejerce su dominio ancestral sobre los pobladores.

 

Hay una puesta en escena sin sobredosis ni barroquismos, sin chillidos ni exageraciones. La mujer que llega a Hardborough (así se llama el pueblo, pequeño y medio infernal, donde no faltarán los rumores, la chismografía, la especulación murmuradora), Florence Green, sabrá que no será fácil cumplir con su sueño de poner una librería en un lugar en el que, la mayoría, no lee y menos está interesada en comprar libros. Solo hay un gran lector, el señor Edmund Brundish, un solitario sobre quien los habitantes han inventado una historieta de enviudamiento, con una esposa que se ahogó mientras cruzaba la marisma cuando iba a buscar moras para hacer una tarta para su marido. Toda una creación melodramática de la imaginación popular.

 

Ah, y a propósito. Tiene la película una inyección de melodrama, aunque sin hipérboles. A la medida de una directora que, se nota, no buscaba arriesgar mucho ni meterse en honduras. El filme, que sí mantiene una elegancia visual en su discurrir, presenta aspectos que enamoran al espectador, como puede ser el conflicto que se armará entre la nueva habitante, una migrante con su carga de lecturas y libros, y la señora de la “high”, que busca montar, en el antiguo local donde Florence inaugurará la librería, un centro de artes y exposiciones.

 

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Florence Green, la librera.

 

Hay escenas atractivas, como las de la fiesta inicial en la mansión de la doña (la actriz Patricia Clarkson realiza una caracterización estupenda), en la que, en medio de distinguidos invitados, la librera chilla con su traje granate oscuro que le ha recomendado su costurera. Tanto es así que, el guasón del filme, Milo North, un tipo que trabaja en la BBC de Londres, interpretado por James Lance, le dice después de ofrecerle una copa, que de ese modo se visten las criadas en su día libre.

 

Hay una suerte de triángulo, conformado por la librera, su opositora y el señor lector, un hombre mayor, de refinados modales y mejor vestir. La tomada de té tiene una presencia clave en el filme, lo mismo que una bandeja con esmalte chino, propiedad de la librera y que será clave en buena parte de la trama. Se notan aspectos forzados, como la aparición de un sobrino de doña Violet, un joven político que ha hecho aprobar en Londres una ley sobre uso de caserones históricos, o como el trabajo que después desempeñará en la librería, cuando la niña que le ayuda a Florence, debe retirarse ante la conspirativa visita de un inspector laboral. Es un filme con múltiples obviedades en el guion.

 

Sin embargo, puede tener una intencionalidad, aunque no faltará en ello cierto aire de suficiencia: promover la lectura de ciertos libros. Rodada en Irlanda del Norte y Barcelona, la película puede motivar a los espectadores a leer (o, en ciertos casos, releer) a escritores como Ray Bradbury. Hay toda una conectividad de varias obras del autor estadounidense con el único lector del pueblo, que no lo conocía y se siente atraído por obras como Fahrenheit 451 y Crónicas marcianas, por ejemplo, que la librera le da a saber. “Quiero leer El vino del estío”, le pide el gentilhombre a la viuda Florence (muy bien caracterizada por Emily Mortimer). Entre ambos habrá una especie de platónico —y distanciado— enamoramiento.

 

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En una vieja e histórica casa del pueblo, está la librería.

 

Y el otro escritor es Vladimir Nabokov. Lolita tendrá un rol descollante en el desarrollo de la película. Se recuerda que esta novela, publicada por primera vez en Francia en 1955, tuvo proscripciones en varios países, entre ellos Inglaterra. De otro lado, para niños y jóvenes se impulsa la lectura de una novela, Huracán en Jamaica, de Richard Hughes, con aventuras de piratas, terremotos y peripecias marinas.

 

La librería tiene actuaciones decentes, escenarios bonitos y a una niña (que, en últimas, ya adulta, es la narradora de la historia, con voz  en off) que se convertirá en un personaje fundamental tanto en el interior de la librería como en el desenlace de la película. Y puede ser que, ese final, haya sido pensado para estimular el brote de algún lagrimón o lloriqueo. Bueno, digamos que se merece un sollozo en un cierre inesperado, pero que ya estaba insinuado a través de amarres o pistas sutiles.

 

En un grisáceo atardecer de enero en Medellín, el filme (con producción inglesa y española, un homenaje a la literatura y la lectura) me recordó una verdad inapelable y bella: “entre libros nadie puede sentirse solo”.

 

(07-01-2019)

 

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La dueña de la librería y la niña que le ayuda. Fotograma de La librería.

¿Cuándo se jodió Medellín?

(Panorámico recorrido por diversas violencias que han azotado la ciudad)

 

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El Pájaro, escultura de Fernando Botero, destruida en un atentado que dejó veinte muertos en el parque San Antonio, en 1995.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

En Antioquia, la violencia, expresada de distintas formas (sutiles, algunas veces; disfrazadas, otras; y muy evidentes y descarnadas, casi siempre) se tornó parte de la cotidianidad y en una manera irracional de resolver conflictos, situaciones dispares, y quizá, por qué no, de conseguir dinero. Peligroso señor es Don Dinero, y quererlo mucho puede conducir a estropear convivencias y a salir del otro como se pueda, ojalá “borrándolo” del paisaje. Hay, sobre todo en Medellín, una violencia de vieja data que por momentos se amortigua, pero no cesa. Va y vuelve. Se agranda y se encoge ¿Por qué?

 

No tengo la respuesta. Hay que buscarla entre todos y es materia de estudio de distintas disciplinas. Con el reciente asesinato de un diseñador gráfico, Mauricio Ospina, en un negocio público de Laureles, cuando sicarios dispararon contra otros dos hombres y el joven Mauricio se erigió como “víctima inocente”, han tornado los análisis, las meditaciones, las reflexiones sobre la violencia en una ciudad que tiene dolorosos antecedentes, mucho antes de la irrupción nefasta de las mafias y los carteles de las drogas; mucho antes que emergiera, quizá como un subproducto de una cultura arribista y esnobista, tal vez con innúmeros complejos identitarios, el capo Pablo Escobar.

 

El antioqueño es disímil. No es igual el del nordeste al del suroeste. Y el de Urabá no es, ni de fundas, similar al del oriente. Hay muchos antioqueños. Y la historia ha dado, hasta ahora, buena cuenta del aserto. Desde antes de la Independencia, cuando dentro de los cánones del despotismo ilustrado, la Corona quería volver más rentables a sus colonias, el antioqueño, una rica mezcla todavía en formación, era visto como un perezoso, según la visión al respecto que tuvo el visitador Juan Antonio Mon y Velarde, el “regenerador”. A Antioquia la aniquiló la colonia. En cambio, a partir del siglo XIX, surgirá una región de prosperidades comerciales, auríferas, cafeteras y, en los albores del XX, se disparará el sector industrial.

 

El oidor español, que había establecido y organizado las tres rentas (aguardiente, degüello y tabaco), la emprendió contra la corrupción y el desgreño administrativo, propició agriculturas (como la del anís) y se avergonzó ante la ignorancia y atraso cultural de una notoria cauda de habitantes. Después, llegó la formación de un pueblo que, desde principios de la era republicana, tenía inmersas en cerebro e intestinos las discriminaciones sociales, con una élite que, muchas veces “blanqueada” por el oro y la compra de títulos nobiliarios y otras canonjías, promulgaba la imagen de que se trataba de una “raza”. Los discursos eugenésicos, que se prolongaron hasta bien transcurrido un tramo del siglo XX, proliferaron y hubo menosprecios para los más pobres, los humillados y ofendidos.

 

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Teatro Junín, símbolo de la vieja  Medellín.

 

El clasismo fue una de las características de los modelos económicos y sociales establecidos en Antioquia en el siglo XIX, una Antioquia que ya tenía celebridad por sus expansiones fronterizas desde la centuria anterior con los movimientos colonizadores. Y todo se estratificó. Así, el “buen tono”, la “urbanidad”, la “etiqueta”, el “chic” parisién, eran maneras de distinción de las clases altas y, con tales ejercicios, los de abajo, los peones, los artesanos, los negros, los indios, los despojados, eran solo mano de obra a la que había que controlar —y explotar— con distintos mecanismos.

 

De ese modo, con el oro, pero eso sí, sin sangres moras ni judías, porque había que limpiar toda traza impura que pudiera manchar el pasado católico, blanco, y menos con huellas indígenas o negroides, en Antioquia pelecharon diferenciaciones sociales, con brechas y abismos muy sórdidos y anchos. Los de arriba eran los impolutos, los elegidos, los llamados a mandar y a ejercer el poder. Los otros, tenían que obedecer. Eran los malolientes, los descastados, los que tenían mezclas raras y peligrosas. Así, hubo antioqueños muy distinguidos, de “buena familia” y otros, desheredados. Pudiera ser, entonces, que el oro, o, mejor, Don Dinero, pudiera igualar a los de abolengo con un paria en ascenso social (un emergente). Y el fenómeno aflorará, con todas sus implicaciones socioeconómicas y aun políticas, en los setentas y aún después, con la aparición de “don-nadies” elevados a la máxima potencia por los “milagros” del narcotráfico, el contrabando y otras trastadas. Las “carangas” resucitadas que llamaron.

 

La violencia, de vieja data, que estipulaba diferencias, que maltrataba a los sin fortuna, que eran en las guerras civiles los reclutados como carne de cañón (o de machete), fue estableciendo sus cotas. El modelo empresarial antioqueño, pensado y construido en las primeras décadas del XX, tuvo aliados en el Estado, la Iglesia, la educación confesional, las dietas literarias impuestas a los católicos (qué puede leer un católico, qué cine o teatro puede ver), la vigilancia a través de patronatos y otras instituciones, el control de las conductas mediante catequesis y también con las censuras (fue el tiempo de las juntas de censura), todo un enjambre, pero a su vez, un edificio complejo de manejos y dispositivos de poder.

 

Medellín ha sido centro de mafias, pistoleros, hampones diversos, corruptelas…

 

Digamos que todos estos enunciados han sido —y seguirán siendo— pábulo de investigaciones, tesis académicas, artículos de revistas indexadas, en fin, y que hay que escrutar para dar respuestas, o, al menos, alguna interpretación, a qué es esa vaina de la “antioqueñidad”; por qué una ciudad como Medellín ha sido centro de mafias, pistoleros, hampones diversos, corruptelas (como las que hubo, por ejemplo, en la construcción del Metro de Medellín) y sigue siendo un campo de cultivo de divisas conservaduristas y de “godarrias” dominantes y casi inamovibles.

 

A ese espejismo, aupado con ideas de progreso (aquí el progreso ha sido más que todo aquella ‘movención’ conectada con infraestructuras, chimeneas, métodos de producción, y poco o casi nada con la cultura, el pensamiento, la educación, las ciencias), a ese oropel de lo antioqueño como sinónimo de transformación, de riqueza, de pujanza y de haberse creído una “raza” superior, hay que sumarle lo que Fernando González, uno de los pensadores que ha desbrozado caminos en torno a la “antioqueñidad”, es que nos quedamos con el complejo del hideputa. Y, como bien lo mostrará el maestro Carrasquilla en homilías, relatos, crónicas, cuentos y novelas, en un “bovarismo”, en una identidad resquebrajada y más mirando hacia modelos extranjeros que a la construcción de una cultura propia. Estamos muy inflados. Más de la cuenta. Sobrevalorados.

 

Son múltiples factores: la geografía, las riquezas naturales, la transformación de materias primas, los mercados, la búsqueda de nuevos horizontes (como en el cuadro de Francisco Antonio Cano), los que nos han hecho creer que somos inequívocos, “superiores”, emprendedores a ultranza, únicos. Y a tal caracterización hay que sumarle mil variables más, que trascienden el “dicharacherismo”, los decires como “el antioqueño no se vara”, el amor cuasi enfermizo al dinero, el materialismo hirsuto y vulgar…

 

¿Y entonces la violencia? Con una especie de ruptura, o de corte histórico, que comienza a notarse a partir de la segunda mitad del siglo XX, a la que contribuirán la violencia liberal-conservadora en los campos colombianos, las nuevas migraciones, con desplazamientos obligatorios o forzados, distintas a las de los primeros años de la centuria, cuando los cantos de sirena de la industria convocaban a miles de trabajadores que marchaban del campo a la ciudad para emplearse en las fábricas, digo que desde esas calendas la ciudad se transmuta. Ya ni siquiera la planeación (planea el que tiene el poder) es posible. Los que llegan, como una turba, como una ola gigante tras una tormenta marítima, como un vendaval, se asientan primero a orillas del río (un río al que siempre la ciudad le ha dado la espalda) y luego ascienden por las laderas.

 

Y advienen nuevas discriminaciones. Nuevas violencias. Nuevos atropellos, como los de 1951, con una alcaldada que mandó a todas las putas, una legión casi infinita (en los cuarentas, Medellín, tan goda y rezandera, tenía autorizadas nueve zonas de tolerancia) al barrio Antioquia, en una arbitrariedad, cometida por Luis Peláez Restrepo (y auspiciada por dueños de empresas y otros potentados). Y hay entonces un corte en la ciudad. Que se va sintiendo —y resintiendo— en los sesentas y setentas, con las crisis industriales, con el desempleo, los cambios de renta de la tierra, los nuevos usos del suelo, la tugurización, en fin.

 

En esos años hay una ascendente sumatoria de violencias, de despojos, de segregaciones. Y después, con la aparición, en los sesentas, de varias guerrillas en el país, a las que se sumó, en los setenta, tras el desvergonzado fraude electoral de 1970, la del M-19, los discursos son otros. El narcotráfico emergerá, en un territorio abonado por pobrezas y otras miserias, como una suerte de huracán que removerá entejados y pondrá a tambalear la endeble edificación de esa “Antioquia grande”, tan cacareada por demagogos y otros politiqueros.

 

La violencia de los ochentas y noventas, con carro bombas, sicariato, masacres, a la que se le debe adicionar la expansión del paramilitarismo y las bandas criminales, metamorfoseará la ciudad y sus alrededores en una espantosa caldera del diablo. Se envilecerá el valor de la vida y aumentará el poder de Don Dinero, ese que es capaz de erigir al hampón en santo y al verdugo en sujeto de adoración. Aquella antigua consigna de “consiga dinero como sea, pero consiga, mijo”, pone en evidencia, muchos años después, las distancias exorbitantes entre las clases sociales. Y entonces, con pistolas, subametralladoras, explosivos, el lumpen gana posiciones y turbulentas trepadas en la “escala” social.

 

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Mauricio Ospina y la protesta por su asesinato.

 

¿Cuándo comenzó a joderse la ciudad? La pregunta, formulada en otras geografías, en otras circunstancias, como sucede en una novela de Vargas Llosa, puede tener respuesta en la conformación de lo que ha sido Antioquia. En la historia. En la antropología. En las viejas literaturas. En los archivos. Quizá se inició el desbarranque cuando las élites, tan presumidas, tan todopoderosas, iniciaron sus humillaciones y desprecios hacia los “carenciados”. Como haya sido, hoy, en una ciudad que en 2018 tuvo más de 600 homicidios, incluido el del creativo joven, muerto en una incursión de sicarios en el barrio Laureles, los problemas sociales son graves y la inequidad es un cáncer o una gangrena que todo lo carcome.

 

Y a la par de los mejoramientos infraestructurales, o, más bien, como prioridad de una ciudad, deben estar en primer plano todos los rubros relacionados con la cultura, la educación, el trabajo productivo, la investigación científica, la creatividad, la sensibilización en artes, el impulso a los saberes y a la convivencia pacífica. No se necesitan tantas demagogias y visajes de los mandamases. No se requieren cosméticas y otros maquillajes oficiales. No más engañifas del poder. Hay que iniciar una transformación de fondo en las “superestructuras”, en las mentalidades. Empresa colosal e inaplazable.

 

La muerte (y otras muertes) de un joven talentoso y pacífico no puede ser en vano; tiene que servir para que prosigamos con una reflexión, permanente y crítica, en torno a la ciudad, sus desventuras, sus desquiciadas formas de resolución de conflictos y para ir construyendo un mundo en el que las palabras y los argumentos, la razón y el pensamiento, sean parte de la cotidianidad y de la discusión en torno a las diferencias, y a la búsqueda de acuerdos y desacuerdos civilizados.

 

(Enero 1º de 2019)

 

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La muerte de Pablo Escobar, pintura de Fernando Botero.

 

 

 

 

Vivir por un libro

(Una memoria sobre la lectura y los libros, al vuelo de la infancia y la adolescencia)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

 

No recuerdo el primer libro que leí (tampoco la primera película que vi, aunque pudo ser una del Oeste). En casa, en la mítica infancia, en la que se crean fantasmas y solo se existe para el juego y la imaginación, había algunos viejos libros de texto que eran aquellos que mamá conservó de su paso por las aulas: libros de historia antigua, las ruinas de Palmira, los faraones, otros de química, cartillas de Bruño y desempastadas Alegrías de leer, geografías con continentes gordos y deformes, y no recuerdo ningún libro infantil. Después llegaron algunos de Botánica Oculta, varios tomos de la enciclopedia El tesoro de la juventud y nada más.

 

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A los Grimm y a Perrault los leí en la biblioteca pública de Bello, donde había una señora, creo que se llamaba Margarita, que nos sacaba a pellizcos cuando nos atacaba la risa por alguna ilustración o por las historias de Pulgarcito y otras aventuras que, más que todo, nos hacían soltar carcajadas. Salíamos, con Alejandro Molina y otros, con risas a granel y algo de sorpresa por el trato o maltrato, a la plazoleta Andrés Bello, en la que había urapanes y al frente la urna vítrea con la choza de Marco Fidel Suárez.

 

A los pocos días, tornábamos a la sala infantil a proseguir con las lecturas y las risotadas. Y entonces nos topábamos con Esopo y Samaniego y La Fontaine y Pombo… Y vuelva y comience con la pellizquería de la doña bibliotecaria. Tal vez el primer libro completo que leí, y ya había pasado la primaria, fue Ivanhoe, de Walter Scott, en una edición ilustrada que papá me trajo de uno de sus viajes laborales. Y después de la Carta a García y relatos aislados de Las mil y una noches, las veladas domésticas estuvieron, en una adolescencia agitada, en la que había mucho fútbol, juegos callejeros, cine y desafíos a pedradas entre galladas de distintos barrios, adobadas por lecturas más inquietantes. Una, por la de un libro que me regaló Chucho, uno de los muchachos de la tropilla de El Congolo: Moulin Rouge, de Pierre La Mure, sobre la vida y obra de Henri Toulouse-Lautrec, y otras, por los dos tomos de Las mil y una noches que me prestó Álvaro, alias Ñembo, y que me tragué en una semana o tal vez dos. Fue entonces cuando descubrí que mamá, que era una estupenda narradora oral, ya me había relatado hace tiempos muchos de esos cuentos árabes adaptados a su cultura antioqueña, incluidas arrierías y colonizaciones.

 

Más tarde, cuando en la casa comenzaron a aparecer libros de escritores estadounidenses (Faulkner, Steinbeck, Hemingway…) y también algunos de Pär Lagervist, Heinrich Böll, Kafka y Poe, las noches se hicieron más largas y propicias para las lecturas. Mamá a veces gritaba desde su pieza que apagáramos el bombillo y recuerdo sus perentorias órdenes de “dejá de leer tanto que te vas a enloquecer”, pero más leía uno y ella tornaba con su grito: “¡O apagás o voy y pedaceo el foco!”. Y había que posponer la lectura para la noche siguiente.

 

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La casa y la escuela (y, en mi caso, también el barrio) eran como huertas, donde se abonaban las ganas de mil cosas, pero, en particular, las de descubrir, las de tener intenciones de aprender disímiles asuntos, como los de inmiscuirse en lo que los libros dicen y proponen, con historias y peripecias. No se me han olvidado los relatos babilónicos y las gestas de acadios y asirios, ni los experimentos con una campana y un pájaro asfixiado, ni los filtros de Paracelso. Y aquellos intentos de acercar las estrellas o tener nociones de un gran mentiroso como el barón de Münchausen en selecciones que se hacían en aquella enciclopedia de pasta dura verde botella en las que había desde poemas de Poe hasta notas sobre la Ilustración y próceres de distintas batallas.

 

Quizá el bautizo para la lectura estuvo en la cuna, cuando, según supe después, había cantos y rimas y recitaciones de poemas que después jamás he vuelto a escuchar, como uno denominado Salutación a América y también las rimas de Bécquer y todo en la voz de la señora rubia que luego, en noches y mañanas, nos contó aventuras de Tío Conejo y Sebastián de las Gracias y nos detonó la imaginación con su voz particular de Scheerezada antioqueña, con los viajes de Simbad el marino y zocos persas.

 

Creo que por aquellos años, los de la educación sentimental, los de calle-casa-escuela-pelota-barrio, la lectura fluía sin obligaciones y como una condición natural, sin pretensiones ni imposturas. No era para posar sino para sentir el vuelo, los sonidos, las palabras, los ritmos, la música. Vocales y consonantes nos prolongaron los sueños y nos vistieron con los trajes de cenicientas y las desnudeces de fantasmas que ya no asustaban. Sí, eran el libro, las letras, los cuentos y fábulas partes de una manera de ser, de vivir, de estar en crecimiento sin saber en teoría qué era la infancia ni la adolescencia. Un flujo común. Un tránsito hacia los asombros y los hallazgos. No recuerdo que nos dijeran que había que leer. Se leía, así como había que desayunar o ir a asaltar fincas suburbanas en busca de naranjas, mangos y ciruelas.

 

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No solo al cine y a la primera maestra, doña Rosa Bother, y después a Álvaro Sánchez, el profe de español y literatura que nos hacía memorizar poemas, recitarlos ante el resto de condiscípulos, y leer algunas crónicas de Azorín, les debemos el amor ilimitado por leer, sino, claro, a las aventuras de periódicos con cómics como Tarzán y El Fantasma, a las revistas mexicanas y chilenas, al Reyecito y Mandrake, a los luchadores como El enmascarado de plata y Neutrón, y una colección de pequeños cuentos que editaba Saturnino Calleja, albergados en cofres metálicos muy pintorescos.

 

Y digo al cine, porque tras ver tanto western, y películas de capa y espada, y a Ulises, y a Perseo el Invencible, y a Hércules, y a Maciste, y todos los gladiadores, y a los pistoleros como Wayne y Cooper, y las diligencias, a los indios que cuando caían de sus caballos la gritería en el teatro era como si se cantara un gol (algo había en esos filmes de colonialismo, de discriminaciones, de despojo cultural, pero eso lo supimos mucho después). Y entonces, en los intercambios o trueques, con papa rellena y ají picante incluidos, en las antesalas de los teatros, estaban Marcial Lafuente Estefanía y sus novelitas del Lejano Oeste.

 

Y luego, el mundo adulto, más complejo, y ya perdida la inocencia, nos condujo por otros textos y caminos. Y vino la sofisticación. La lectura en varios niveles. El análisis y el pensamiento. Y la crítica. Y todo lo que en rigor debe tener una “seria” manera de enfrentar libros y autores. Y cada uno de aquellos que habitamos hace años la misma casa, y escuchamos a la misma madre, y luego tuvimos diversos maestros, fuimos haciendo la biblioteca personal. Creo que les ha pasado a muchos. Nada del otro mundo. Pero sí hay en esas formaciones (otros dirán deformaciones) de criterio, de carácter, de memoria, un ejercicio, tal vez simple y en cierto modo natural, de querer los libros, sin tenerlos en ningún nicho sacrosanto, pero con la certeza que en ellos hay tesoros y son albergue de múltiples deslumbramientos.

 

La lectura es una apertura a la inteligencia, a la imaginación, a convertirse en otros, a caminar-volar-nadar-explorar-bucear- por lo más oscuro y lo más luminoso de los humanos y sus circunstancias. El lector puede ser como un devoto, un peregrino, un místico, una suerte de empedernido auscultador de almas. Y tendrá al libro como un preciado material que no le calmará su sed de saber, pero hará que la lengua se le seque. Un libro es para aumentar las ganas; no para calmarlas. El escritor, filósofo y autor de canciones, Manlio Sgalambro, el del Tratado de la impiedad, expresa una inquietante certeza: “Puede que sólo por eso merezca la pena existir, por leer un libro, por ver los inmensos horizontes de una página. ¿La tierra, el cielo? No, sólo un libro. Por eso, muy bien se puede vivir”.

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Un libro es un pasaporte a la cultura, la imaginación y la inteligencia.

 

 

 

 

Aventura de un árbol de navidad

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“Arbolito de navidad que siempre florece los 24…”.

 

Por  Reinaldo Spitaletta

 

 

Subimos, con un deteriorado machete envuelto en un periódico, hasta la finca La Selva, que desde lejos, desde el barrio El Congolo, se veía con corredores y ventanas rojas y un curvilíneo camino enrielado. Alrededor, al pie del cerro el Quitasol, había noros, chagualos y otros árboles y arbustos. Entonces, a mediados de los sesenta, no había conciencia ecológica ni defensas del medio ambiente, pero todavía no estaba tan destruido el planeta y por las laderas del morro bajaban riachuelos cristalinos y se escuchaban cantos de pájaros.

 

Las vecindades de aquel caserón las habíamos recorrido con muchachos de la cuadra, cuando jugábamos a ser Tarzán y su corte de monos. No faltaba el grito largo (¡iiiiiiuuuuhaaaaaaaah!) mientras uno se arrojaba de un árbol a otro, reviviendo las aventuras de Edgar Rice Burroughs, del cual todavía no habíamos leído sus libros, pero sí los cómics de periódicos y revistas, además de haber entrado al Teatro Bello a ver algunas proyecciones en blanco y negro sobre el héroe de papel, que entonces lo representaba Johnny Weissmüller.

 

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Aspecto del cerro Quitasol.

 

En ocasiones, ascendíamos hasta una prominencia que, desde la distancia, aparecía como un grano en el rostro inmenso de aquel morro emblemático. La llamaban (todavía es así) La verruga. Y aprovechábamos las aguas límpidas y heladas de los arroyuelos para pegarnos zambullidas y darnos un refresco. Y a principios de diciembre, cuando todavía no había ventas de arbolitos navideños preparados para el efecto, sino que había que ir a cortarlos a las florestas y otros montes, las romerías ascendían al Quitasol para conseguir su ejemplar al que recubrirían con algodón de colores, o solo blanco, y les colgarían bolas quebradizas verdes, rojas y doradas. Y al conjunto, que iba en un soporte, a veces una matera, se le agregarían bombillitos, guirnaldas y cadenetas. En 1962, cuando vivíamos en un caserón de Manchester, el arbolito que mamá había confeccionado se fue al piso tras un fortísimo temblor de tierra y sus ornamentos se destrozaron sin remedio. El resto del mes, el árbol se quedó triste y sin casi ninguna decoración.

 

Pues bien. Íbamos los cuatro hermanos a conseguir un árbol navideño, que no fuera muy grande pero tampoco una ramita sin carácter. Tenía que tener cierta presencia y estar dotado de suficientes ramificaciones. Y ya, en las lindes de la finca, comenzamos la labor. Seguro desde el caserón escuchaban los golpes de la herramienta y fue cuando apareció como de la nada un hombre de sombrero con un enorme perro al que llevaba sujeto de una cadena. Nos decomisó el machete y no permitió que nos fuéramos con el “arbolito” que habíamos cortado. Ni siquiera un chamizo del mismo. No recuerdo si nos espetó algún insulto, pero lo que sí quedó en evidencia fue aquella frase perentoria: “no quiero volverlos a ver por aquí”,

 

Cuando tornamos a casa sin nada, mamá nos interrogó. Contamos la peripecia y ella, de inmediato, salió hacia La Selva. La seguimos a distancia. “No se aparezcan por allá”, nos advirtió. Cruzó el portón y se arrimó a la puerta principal. Después, salió el hombre del sombrero. La vimos manotear. Supusimos que estaba más colorada de lo que era. No se escuchaba con claridad ni lo que ella decía ni lo que, luego, el tipo le contestaba. El hombre se metió a la casa y después salió con el viejo machete “tres rayas”, que nos había acompañado durante años en casa y que mamá tenía como una especie de “reliquia” familiar. Cuando ella se había vuelto sobre sus pasos, se escuchó la voz del “mayordomo”: “Señora, puede llevarse también el árbol que cortaron sus hijos”. Tal vez fue el viento el que condujo las voces hasta nosotros. La vuelta estuvo adobada de relatos heroicos sobre el Quitasol y de imaginaciones acerca de cómo iría a quedar el árbol de navidad en la sala de la casa. El machete lo llevaba mamá como un botín de guerra y nos pareció que había gentes en las ventanas de la cuadra que saludaban a los vencedores de una batalla floral.

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Fantasmas de las navidades

(Paisaje sobre Canción de Navidad, clásica narración de Charles Dickens)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Siempre hay sustantivas motivaciones para la escritura de una obra. Unas remotas, cercanas otras. En el caso de Charles Dickens, un escritor insignia de la literatura inglesa del siglo XIX (1812-1870), de los tiempos victorianos y de la revolución industrial y sus secuelas entre los más pobres, la navidad, la infancia, las tradiciones decembrinas, se reúnen en una aventura “neogótica” sin castillos medievales, pero sí con fantasmas, en su Canción de Navidad (también se ha traducido como Cuento de Navidad o El cántico de Navidad), llamada en inglés A Christmas Carol.

 

Inglaterra, la del ferrocarril, el carbón, la transformación de las relaciones productivas, la de la revolución industrial, que forja obreros y dueños de fábricas, tendrá en el desarrollo del capitalismo una vasta muestra de miserias entretejidas con las ideas de progreso. Dickens, un muchacho de clase media, que a los doce años debe abandonar los estudios para trabajar en una fábrica de betún, será uno de los escritores europeos que primero van a poner en la palestra al niño como sujeto de derechos y como ser explotado y vilipendiado, al que se le puede cercenar la infancia.

 

La navidad, época en la que el tiempo toma otros ritmos, es propicia para la imaginación infantil, para la espera de sorpresas, pero, en la Inglaterra victoriana, en la que ya se había instaurado la presencia del árbol navideño, estos días estaban más conectados con el lar, con una celebración en familia, como una manera de enfrentar las frialdades y tenebrosidades del invierno. Escrito en 1843, Canción de Navidad es una contrastación del optimismo, del ánimo contento y esperanzador, con la oscuridad, la melancolía, la vejez y la muerte. Es un tratamiento del tiempo, del ayer, el presente y lo que vendrá, a través de las peripecias que en una sola jornada, intensa y dramática, tendrá el protagonista de la obra, Ebenezer Scrooge, viejo avaro y codicioso, como bien lo presenta el autor en su inicial listado de “créditos”.

 

Dickens, un observador de la realidad inglesa, de las situaciones de desamparo de mucha gente, en particular de niños, que, como él en su infancia, tuvieron que trabajar, o, en peores casos, mendigar, es una especie de conciencia crítica de las relaciones sociales injustas. En esta novela corta, aunque no sea el tema central, de soslayo va engarzando situaciones enlazadas con los menesterosos y los olvidados. Y, al mismo tiempo, a través del personaje central, da cuenta de la decadencia de los ambiciosos y tacaños.

 

Y aunque el señor Scrooge es solo un comerciante, no es un propietario de fábricas o cosas similares, va a servir como un arquetipo no solo de la avaricia sino del maltrato a los trabajadores. Y su situación de apreciar más el negocio que a la parentela, y de mirar con cierto desdén la navidad —una coyuntura para el acercamiento con los otros— va a convertirse en la problemática clave de la narración, que está dividida en cinco capítulos que el autor denomina “estrofas”.

 

Escrita en seis intensas semanas, Canción de Navidad la había concebido Dickens en sus largas caminatas por Londres, en las que aprovechaba para observar la urbe y sus contradicciones. Durante su elaboración, según una cuñada, el escritor “lloró, y rio, y volvió a llorar, y se emocionó durante su composición de la manera más extraordinaria”. Con una visión humanista, más que religiosa o de religiosidades, el autor, que es uno de los primeros anglosajones en escribir acerca de la Navidad (antes, por ejemplo, lo había hecho el estadounidense Washington Irving), se acerca en el relato a las transformaciones radicales que puede tener un hombre cuando es asediado no solo por espectros sino por lo inexorable, como son la vejez, la decadencia física, la soledad y la pérdida de comunicación con los otros.

 

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Con una estructura cronológica, la novela tiene un comienzo memorable que va a marcar y diseñar el clima de la misma, y dar cuenta de la situación de Marley, socio del señor Scrooge: “Marley estaba muerto, dicho sea para empezar”. Al inicio, cuando se presenta la sociedad Scrooge-Marley, el narrador (en el que se asoma una extraña primera persona) caracteriza a su hombre, tanto en lo físico como en lo moral y sicológico. El señor Scrooge, áspero, reservado, introvertido, es un tipo que, en apariencia, no se resquebraja con facilidad. Duro. Y por lo demás, es de aquellos que solo piensa en ganancias y cree que una jornada de asueto, como el del día de navidad, es una pérdida de tiempo, una paparruchada.

 

En la medida en que se avanza en la lectura, se van viendo aspectos de la ciudad, de sus abundancias y carencias, de la mendicidad, pero también del asistencialismo y la filantropía, que no son, ni la una ni la otra, filias o intereses de Scrooge. “No me siento alegre en Navidad y no puedo permitirme alegrar a los holgazanes”, contesta cuando se le pide apoyo para una de esas causas que a fin de año abren corazones y caridades. Y que tienen que ver más con la culpa que con la redención.

 

En esta narración, con voces fantasmales y gente de carne y hueso, la ambientación es otro de sus atributos. Y así como hay paisajes neblinosos, se ven con claridad las imágenes de desventura de los harapientos que buscan cómo calentarse las manos en las llamas o a alguien que quiere jugar a la gallina ciega. Sin embargo, lo que más impresiona, aparte de los fantasmas, que son el de las navidades de ayer, el de las navidades presentes y el de las navidades futuras, es el tratamiento del tiempo, de un modo inteligente y certero. Los fantasmas, esas apariciones que en rigor en esta noveleta no son aterradoras, son la simbolización de lo temporal, una certidumbre de la transitoriedad del hombre, de su paso y desaparición irremediable. Los espíritus del tiempo, eso sí, son implacables.

 

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“¡Hay en ti más salsa de carne que carne de tumba, seas quien seas!”

 

En la Canción de Navidad, en la que se susurran villancicos, y hay bailes como el de Sir Roger de Coverley, una suerte de danza folclórica inglesa y escocesa, la sucesión de imágenes de ayer hacia el mañana, es una carga intensa que hace flaquear al avaro. El que pueda ver su pasado y pasearse por el presente, lo van doblando. Pero es la visión futura la que lo quiebra en sus convicciones, que más bien pueden ser parte de una personalidad aburrida, intolerante, insolidaria y de desprecio por la amistad, por la familiaridad, por las cenas y los acercamientos navideños.

 

La narración es como un caleidoscopio, en el que hay muchas imágenes móviles de una gran belleza y sentimentalidad. Hay luces y sombras. Y una deliciosa variedad de comidas y entremeses, incluida la preparación del ganso (después, por otros factores, será el pavo el que en las culturas anglosajonas se torne en el plato principal de navidad). Y hay una singularidad: los fantasmas envejecen. Son víctimas de los relojes. Tienen finitud. Y esto lo nota el señor Scrooge. “¿Tan cortas son las vidas de los espíritus?”, le pregunta el avaro al fantasma de las Navidades Presentes. Y este le responde: “Mi vida en esta tierra es muy breve. Termina esta noche”.

 

Los fantasmas pasean al señor Scrooge por distintos espacios. Y así como pueden aparecer la bolsa londinense, los negocios, las transacciones, también, en esa misma ciudad, se verán las vicisitudes de los desposeídos. “Las calles eran asquerosas y estrechas; las tiendas y los edificios, miserables; las gentes, medio desnudas, ebrias, desaliñadas, horribles. Avenidas y callejas, como cloacas, vomitaban sus ofensivas pestilencias, suciedad de la vida, sobre las calles inmundas”.

 

Los fantasmas, entonces, son como una suerte de conciencia, de guía de la vida y el mundo para que el señor Scrooge se dé cuenta de que todo no es dinero y negocio. Que hay asuntos más importantes y trascendentales, como una cena en familia. Y tan necesarios por su simplicidad y acercamiento con los otros, como poder decir ¡felices pascuas! A propósito, en la edición original hay un prefacio de un párrafo, escrito por Dickens, en el que comenta sobre fantasmas. Su pretensión era, según él, hacer que los fantasmas vaguen “por su casa placenteramente” y que no les dé por quedarse en ella.

 

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Ilustración para uno de los espectáculos sobre Canción de navidad.

 

En la “nouvelle” de Dickens hay presencia de Las mil y una noches, como de Robinson Crusoe. Y se advierte que estas obras están en las fuentes literarias del autor de Oliver Twist y la Historia de dos ciudades. Según Miguel Delibes, la “equilibrada dosificación de la receta romántico-realista” fue lo que le permitió al novelista inglés, no solo ser el más leído de su tiempo (“tiempo pródigo en novelistas”), sino convertirse en eterno.

 

La inclusión de fantasmas como un mecanismo para alterar las conductas inamovibles del señor Scrooge, se puede interpretar como una entidad o elemento que a los niños (también a los adultos) los atrae y los pone en alerta, les despierta el interés por las peripecias. Pero, a su vez, puede ser una especie de cuestionamiento a las novelas góticas, que comienzan a aparecer desde finales del siglo XVIII y cuyas intenciones, entre otras, son las de espeluznar al lector. Estos fantasmas del tiempo, espectros que se evaporan, no aterran, pero convencen.

 

Canción de Navidad recibió, cuando se publicó en diciembre de 1843, una acogida unánime. Para la Nochebuena de ese año se agotaron los seis mil ejemplares y al año siguiente tuvo once ediciones.  Es, de las de Dickens, una obra adaptada a todo: al cine, al teatro, los musicales, la televisión, los comics. En distintas partes, el relato se lee en voz alta cada diciembre y es un clásico de la literatura navideña. Es una obra con más aspectos profanos, laicos, que religiosos. Un canto al humanismo y a la celebración de la existencia.

 

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Una imagen del señor Scrooge, el avaro protagonista de Canción de navidad.