Periodismo de gallinas y pavos reales

(Algunas consideraciones sobre cómo se ha envilecido un bello y viejo oficio)

 

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Una antigua rotativa, un símbolo del periodismo

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

El vergonzoso episodio de insultadas en directo de dos periodistas, uno oficial y la otra (igualmente también oficial) de la radio y de una revista, ha sido motivo reciente de cruzadas moralizantes entre los comunicadores y de debates en torno a si el periodista está al servicio de la denominada “verdad” y, sobre todo, de los humillados y ofendidos, o es solo un apéndice de los poderes y del establecimiento.

 

El periodismo moderno, que nació en medio de batallas ideológicas en torno a la razón, los derechos ciudadanos y la cultura, que en algún momento fue catalogado como el “cuarto poder”, sobre todo cuando el rol de la prensa era el de fiscalizar no solo los otros tres poderes (los que Montesquieu formalizó en El espíritu de las leyes), sino los excesos de potentados y otros opulentos, ha degenerado en graznidos de ave de mal agüero. O peor aún: en una ramplona vitrina para los que, en obligación de denunciar, de darle voz a los que no la tienen debido a diversas mordazas, se metamorfosean en “estrellitas”. Deberían calificar para Hollywood.

 

El periodismo, un oficio ilustrado, una disciplina que debe tener como norte el conocimiento de la realidad, se ha envilecido, en particular en estas geografías donde hace años cabalgan las imposturas y los lambones. Con un lenguaje cada vez más empobrecido y raquítico, el periodismo de estos lares se ha ido deteriorando hasta mutarse en una pretensión de farándula y un maquillador. En general, en los medios (con una que otra excepción) abunda el servilismo frente a lo oficial y la lambisconería a magnates y otros monigotes con dinero.

 

Agréguele, amable lector, que casi todos los periódicos, cadenas radiales, noticiarios televisivos son de grupos económicos. Así que no se puede esperar nada distinto a que sean propaladores de lo que les interesa a esos propietarios. Los medios, en ese aspecto, es más lo que ocultan que lo que revelan.

 

Siguiendo con el periodismo, o, de otra forma, con los periodistas, se han visto casos lamentables de postración. Ya no es el periodista que indaga, confronta, pregunta, se formula hipótesis, sino el calanchín, el que, ante todo, quiere quedar bien con las fuentes y más si estas son representativas del poder. Habría que agregar a estos ingredientes, que no faltan fuentes, más que todo las oficiales, que, mediante los anuncios o avisos, imponen una suerte de extorsión a los reporteros y, más que a estos, a los informativos donde laboran. Da grima, por decir lo menos, que un periodista a su vez sea un vendedor de pauta publicitaria. Se crea una relación de dependencia con el anunciante.

 

El periodismo, cuyo ejercicio llegó a ser una forma de la rebeldía, de la contestación, se volvió puro afeite. Y en ese escenario de espectáculo, de tablado de feria y moda, algunos periodistas (sin hablar de presentadores o presentadoras que no requieren haber cursado la carrera de comunicación social) se creen protagonistas del proceso comunicativo. Se yerguen como parte de una constelación. Más que las noticias, que la información veraz, les interesa la pose, la vitrina. Puro relumbrón.

 

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El periodismo, nacido para incomodar al poder, para suscitar controversias y alimentar la opinión pública, para mostrar las inequidades y los alcances desmañados de la corrupción, se volvió relacionista de los señoritos de la política y la economía. Un cúmulo de incensario. Y así, en un traslape de lo que significaba el periodismo como un cuestionador (creador de preguntas) y como un revelador con respuestas argumentadas, sustentadas, se transmutó en turiferario. Una vergüenza.

 

El incidente entre dos comunicadores, uno de ellos de la Presidencia de la República, que pareció más bien una pelea de comadres en la que solo faltó que se jalaran de las greñas y se revolcaran en su propio lodo (por no decir excrementos), es un síntoma infeliz de lo que está acaeciendo en los medios, casi todos, como se ha dicho, al servicio de potentados y de la canallada. El periodismo como un eslabón más de una cadena de opresiones y desafueros. Un periodismo que perdió su esencia y el rumbo de la seriedad y el rigor, y se emparentó con la propaganda.

 

Como disciplina humanística que fue (y que, como se sabe, hay todavía buenos ejemplos de periodistas cultos y rigurosos, quizá los últimos dinosaurios), el periodismo estaba para llamar la atención sobre los peligros que han asediado al hombre, pero, en particular, al hombre más desprotegido, a los miserables y olvidados de la historia. Era un fundamento de la sociedad, enraizado en lo mejor de los tiempos de la ilustración y la búsqueda permanente del conocimiento, con fines loables como los de informar con toda la riqueza de enfoques y fuentes posibles.

 

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Un periodista ilustrado

 

El periodismo, en cuyo deber ser estuvo —en lo ideal, sigue estando— el revelar a los otros, o, al menos, a una buena porción de la sociedad, lo que alguien no quiere que se difunda, se volvió pusilánime. El periodismo era, y debe ser, un auscultador de lo mejor y peor de un sistema o de un conglomerado. Un diseccionador crítico de lo social, que, como se sabe, a diferencia de los hombres, las sociedades primero se pudren y después se mueren, según un pensador decimonónico.

 

Al caso coyuntural que origina esta nota, esta reflexión rápida, le han hecho ya en las redes sociales, también en columnas de prensa, en las comidillas y corrillos de calle y café, las biopsias y las autopsias. A la señora de la voz chillona le han dicho que es una verdulera y, con este calificativo, han ofendido a las verduleras, damas por lo demás, muy atentas y necesarias. También le han endilgado el apelativo de “meretriz mediática”, de buscadora de “mermelada” y farandulera. Al “tipejo”, “badulaque” y “mechudo”, contrincante de la doña, consejero para las comunicaciones de la Presidencia, ya, como a su rival de ring, se le conocía de autos todo su bagaje de lambetadas y adulaciones frente al poder.

 

El caso es que el vulgar affaire de dos comunicadores (Dávila vs Nassar) ha sido como una especie de “florero de Llorente”, que ha disparado los análisis sobre los alcances del ejercicio periodístico, hoy, en Colombia y, qué vaina, lo que se sintomatiza y somatiza ahí es el envilecimiento de un oficio al que, con exageración incluida, el escritor, filósofo y buen periodista Albert Camus denominó “el más bello del mundo”.

 

Nota: excusas a los pavos reales y gallinas por meterlos en este pantanero.

 

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El periodismo como un modo de la denuncia

Una campesina en la guerra

(Novela de Alberto Moravia sobre los horrores bélicos más allá del frente)

 

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Una intensa novela del italiano Alberto Moravia

 

Por Reinaldo Spitaletta

Una señora de origen campesino, con hija y marido, y con pretendiente un tanto acosador, pasará los mejores años de su vida de 1940 a 1943, en Roma, en una tienda de comestibles en Trastévere, en plena Segunda Guerra Mundial; pero a ella, feliz con su almacén, su hija como un ángel, una casa, qué le importaba aquel conflicto de espanto, no la afectaba que se mataran con aviones, con carros blindados, con bombas, con fusiles, con cañones, que ella era dichosa, sin importar quiénes eran los contendientes de aquella  conflagración. Sin embargo, la guerra, esa continuación de la política por otros medios, que dijera algún teórico, lo transforma todo. Y, como se aprecia en La campesina, novela de Alberto Moravia, todo lo degrada y corrompe.

Por mucho que se desee aislarse de la guerra o huir de ella, es un imposible. Cesira, que así se llama la protagonista y narradora de esta historia de once capítulos, que incluso al principio les saca partido a las secuelas de la guerra, como la carencia de alimentos, se vuelve experta en estraperlo, en mercado negro de comestibles, y, tras enviudar, sobrevive al principio con ciertas comodidades. Todo cambiará —para empeorar— cuando en el país suceden varios eventos históricos de trascendental importancia.

Italia, que desde principios de la década del veinte estaba bajo el fascismo de Mussolini, y que en la Segunda Guerra hace parte del Eje Berlín-Roma-Tokio, sufrirá una conmoción en 1943. El Duce, que ya tenía una joven amante, Clara Pettacci, tuvo un traspiés que cambiará las circunstancias de la situación interna en ese país.  El desembarco de tropas aliadas en el sur de Italia, de un lado, y el resquebrajamiento del régimen fascista, del otro, se juntarán para que la guerra tenga más llamas en ese territorio. Al derrocamiento de Mussolini lo siguió la entronización de una monarquía autoritaria, dirigida por el rey Víctor Manuel III y por el jefe de gobierno Pietro Badoglio.

El Duce, que había sido detenido, fue liberado por los alemanes y estableció la república de Saló (que años después Pier Paolo Pasolini llevará al cine, basado en los 120 días de Sodoma, del Marqués de Sade). La confusión interior fue aprovechada por los aliados, que invadieron la península itálica, y la guerra cobró otras dimensiones en aquel suelo, en el que la protagonista de la novela, con su hija, tienen que escapar de Roma hacia pueblos del Lacio, en búsqueda de la Ciociaria, la región de la cual es originaria Cesira.

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Sophia Loren y Eleonora Brown

La novela comienza con una canción: “Quando la ciociara si marita / a chi tocca lo spago e a chi la ciocia” (Cuando la campesina se casa, / a quién toca el cordón y a quién el zapato). La campesina que se urbaniza en Roma a la fuerza tornará a sus campos, en búsqueda de salvación y un poco de paz. Imposible paz. Lo que encuentra es agitación, soledades, desventuras, soldados alemanes, italianos, ingleses, marroquíes y una situación que transformará no solo su existencia sino —y con mayores traumatismos— la de su hija Rosetta.

Esta obra, que a diferencia de muchas novelas de guerra no ocurre en el frente, tiene su enfoque principal sobre los civiles que, como se sabe, son las más numerosas víctimas de conflictos como este que arrasó el mundo entre 1939 y 1945. En aquellos días, sobre todo los que narra la novela, Italia vivió una larga jornada de horrores porque se erigió como un punto de disputa internacional y estalló una guerra civil. Si bien estos asuntos son apenas un trasfondo de la novela de Moravia, a través de la protagonista el lector se irá encontrando, con lentitud calculada y con maestría en el relato, el infierno en el que arderán la narradora y su hija Rosetta. Y, como una necesidad de tener otra óptica más ilustrada sobre el conflicto y sus consecuencias, aparecerá un personaje muy importante: Michele. Un joven estudiante que es una suerte de contrapunto de Cesira, con una visión del mundo distinta, crítica y con más elementos filosóficos.

Cesira, a quien al principio la indiferencia la poseía, se va enterando sobre la esencia de la guerra; de lo que tiene que enfrentar, primero, en un viaje en tren que no llega a su destino, y, después, en su peregrinar por campos arrasados, sabrá que la confrontación bélica es una certeza. Una calamidad. Una sinrazón. Las dos mujeres, madre e hija, irán de un lado a otro, de una posada a otra, acompañadas de toda suerte de carencias y desgracias. Y a través de las palabras de la madre, nos enteraremos de la condición de ser mujer en aquellos años, de cómo es estar al garete, de los sometimientos y humillaciones; unas veces, de parte de soldados; otras, de campesinos, ladrones y aprovechadores.

“Hija mía, me había equivocado (dice Cesira). La guerra está en todas partes, tanto en el campo como en la ciudad”. Y, esta declaración, que sucede al principio de la novela, en el tránsito hacia las montañas, se volverá más real en la medida en que transcurra el tiempo y las dos mujeres estén en medio de varios fuegos. Por los campos de la Ciociaria y otras regiones van Cesira y Rosetta, en una especie de aventura ingrata, en la que ambas terminarán siendo otras. La guerra abre distintos tipos de heridas. Deshumaniza. Torna indolentes tanto a los que están adentro como a los que están alrededor del conflicto.

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Afiche del filme La Ciociara (La campesina), de Vittorio de Sica

Con todo y las dificultades, la novela está llena de comidas, de pettola y fásuli (pastas y habichuelas), de jamones y leche de cabra, de ternera y cordero, de otras viandas, que si bien pueden ser escasas, se consiguen en un mundo de especulación y negocios desaforados. Cesira narra con detalles, con un insólito sentido de la observación, de la geografía, del tiempo, de las circunstancias. “Luisa había puesto sobre una mesita vacilante una sopera de barro, cogió una hogaza y, arrimándosela al pecho, con mucha destreza, con un afilado cuchillo se puso a cortar delgadas rebanadas hasta que la sopera estuvo colmada de pan hasta el borde…”.

Es una novela que, aparte de tener dos personajes de elaborada caracterización, se pasea por un territorio del que se nombras árboles, frutos, animales, soldadesca, bombas, mientras hay una esperanza, sobre todo en Cesira: que los ingleses aparezcan. O los rusos. Porque ya sabe que ellos representan una posibilidad de permanecer con vida. En la localidad de Saint’Eufemia las dos mujeres estuvieron nueve meses, cuando, al principio, creían que solo estarían allí dos semanas. El tiempo de la guerra es otro. Y otra su medida.

A través de Michele, un personaje que lo educan para que sea fascista pero que, gracias a estudios y a su avispamiento, se torna antifascista, se muestran otras facetas de la guerra, de los involucrados en ella, de los significados del poder y sus vergüenzas. La presencia de Michele les proporciona a Cesira y su hija otra visión del mundo, les suscita otras preguntas, les otorga elementos para saber que una guerra es la destrucción de la razón, de la humanidad, de la civilización. En la obra, de una factura literaria sin fisuras, se van mostrando con sutileza, a través de la cultura, de los comportamientos, en fin, las diferencias entre un alemán y un italiano, o entre estos y los ingleses. Al fin de cuentas, la guerra los iguala en barbarie y en indolencia.

La novela, según las circunstancias, a veces, o casi siempre, de unas tensiones que tienen que ver con los comportamientos, la higiene, la incomunicación o el trato violento, puede hablar de la carencia de letrinas y de papel indispensable, como de alguna mujer que ha perdido la razón a raíz de tantas violencias. Entre bombas inglesas y redadas alemanas, se aprecia el drama de refugiados, de los desertores, de los que han perdido la noción de hogar y familia, y de la caída en un estadio de despotismo y desmoronamiento del espíritu humano: “A los hombres sería menester verles en tiempo de guerra y no de paz; no cuando hay leyes y el respeto a los demás y el temor de Dios sino cuando todas esas cosas ya no existen y cada cual obra según su propia manera de ser, espontánea, sin frenos y sin consideraciones”, advierte Cesira.

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Y en ese mundo donde todos pueden, en un momento determinado, ser enemigos, la narradora se entera de que los campesinos, todos, son interesados y de que la guerra es capaz de tornar en bárbaro a alguien que, antes de ella, era solidario y solícito con los demás. Y puede pasar, incluso, con la comida, que escasea y de la que hay que guardar sin compartir con nadie, porque, a la larga, es un asunto de vida o muerte. Y, por alguna razón que va más allá del estómago, la novela está atravesada por comidas (o por sus carencias) y por hambres. Y habrá spaghetti y calamares y pulpos a la Luciana y pichón con guisantes y atún a la parrilla y alguna comilona en medio de tantas ansiedades. Y a veces, nada.

Moravia, que comenzó a escribir la obra en plena guerra, pero la terminó muchos años después (se publicó en 1957), dio una cátedra de humanidad, de comportamientos, de conductas propias de hombres en estados de extrema tensión, y demostró un conocimiento hondo de la sicología femenina. También de asuntos propios de la cultura, de saber a fondo como son los pueblos del Lacio, y de lo que una guerra provoca entre los que están dentro de ella o a un lado, pero que no pueden eludirla. Así escucharemos a Lili Marlen, la clásica canción de melodía triste que no solo cantaban los soldados alemanes sino de otras nacionalidades.

En la guerra, como también se dice en la obra, no hay prójimo, no hay amigos, no hay sino intereses que tienen que ver con la sobrevivencia personal. No importa el otro. En La campesina, además, hay sexo y odio y desazón. Cesira, que era religiosa al principio, va perdiendo su fe, no solo en la deidad, sino en el hombre. Y siente como todo se desmorona en medio de las bombas, las ametralladoras, los muertos, los ladrones, los vividores. Hay una reflexión acerca del exterminio de los sentimientos, de la insensibilidad que la cercanía de la muerte va inoculándose en las víctimas y en los victimarios. “Los americanos eran los vencedores y los italianos los vencidos, eso era todo”, dice en un momento la mujer que narra. La misma que aprendió a odiar a los alemanes y a los fascistas, que antes le eran lejanos.

Cesira descubre un asunto doloroso: “nuestras desdichas nos volvían indiferentes a las desdichas ajenas. Y, más tarde, he pensado que éste es, seguramente, uno de los peores efectos de la guerra: nos hace insensibles, endurece el corazón, mata la piedad”. La mujer entenderá la guerra a través del dolor propio, del endurecimiento de su corazón, de las hieles que va probando mientras se aproxima a la finalización de una pesadilla. Sabrá, muy de cerca, como es una violación de soldados, un pasar por las armas a una muchacha que pierde la virginidad porque una irracional soldadesca se desahoga en sus deseos y tormentos del sexo con una indefensa damita que asumirá luego los comportamientos de una prostituta.

En rigor, una guerra no termina cuando se capitula, cuando se firman las rendiciones y se dan los triunfos y las derrotas. Una guerra se prolonga en sus consecuencias nefastas, en las heridas abiertas que no tienen posibilidad de cicatrización, en la ruina en que queda el ser humano. Y estas situaciones de dolor y descalabro se sienten en la novela, en la que dos mujeres, tras sufrir diversas vicisitudes y dolores, tornan a la tierra de donde habían salido huyendo de la desastrosa disputa mundial.

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Alberto Moravia

Moravia, emparentado con el neorrealismo, periodista, guionista, crítico de cine, nos proporciona a los lectores en esta notable obra un fresco que está conectado con la memoria, el dolor, la angustia y las desolaciones. Al final de cuentas, cuando las dos mujeres ven la cúpula de San Pedro, en el ambiente quedan las palabras y la existencia trunca de Michele que alguna vez les leyó en voz alta, a Cesira y Rosetta, el evangélico pasaje de Lázaro como una metáfora de la resurrección, del comienzo de una vida nueva.

En 1960, Vittorio de Sica, con guion suyo y de Cesare Zavattini, dirigió la película Dos mujeres, basada en La ciociara o La campesina, con Sophia Loren y Eleonora Brown. En ella, por supuesto, también se advierte, como en la novela de Moravia, que la madre, pese a todos los esfuerzos, no pudo salvar a la hija de los fieros horrores de la guerra.

 

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Fotograma del filme Dos mujeres, basado en la novela de Moravia

Una máquina del horror

(En la colonia penitenciaria, un desasosegador cuento de Franz Kafka)

 

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Retrato de Franz Kafka, pintura de Gabriele Donelli

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

En 1914, un año de desgracia en Europa, Franz Kafka se comprometió a fines de mayo con la señorita Felice Bauer (otras tres mujeres importantes en su vida sentimental fueron Milena Jesenská, Grete Bloch y Dora Diamont) y, de paso, inició la escritura de El proceso. Ese año, en el que estalla la gran conflagración mundial, la Gran Guerra, de la que, al principio y en sus preámbulos, creían algunos que solo se trataba de una “aventura”, como un “juego de niños” o un experimento de corta duración, fue un enorme desastre. No solo por la ingente cantidad de muertos, sobre todo jóvenes, sino que se erigió como un suceso que dio al traste con la potestad de la razón.

 

Esa confrontación, que siguió al asesinato en Sarajevo del archiduque Francisco Fernando de Austria, tuvo en sus frentes (oriental y occidental) una hecatombe de jóvenes de todos lados de una Europa que ya mostraba síntomas de decadencia. El escritor alemán Ernst Jünger (participó en las dos guerras), se enroló como voluntario, a los 19 años, cuando comenzó el conflicto. Todo su animoso afán era “vivir aventuras que lo liberasen de la monotonía del abotonado mundo burgués que lo ahogaba”, como lo insinúa en sus diarios. Las trincheras, la tierra de nadie, los combates, eran para él un “espectáculo”.

 

Muchos jóvenes de entonces, debido también a la mentalidad de la época, creían que una guerra era una suerte de “deportividad”, de la que se podía participar por “simple placer”. Para el historiador inglés Eric Hobsbawm, el siglo XX corto se inició con la horrible conflagración y se terminó con la Perestroika rusa, en la década de los ochenta. Aquella guerra, de la que han quedado infinidad de testimonios literarios, poéticos, históricos y de diversas naturalezas, marcó como si fuera un estigma la historia humana y, al concluir, se trató de una especie de tensionante pausa. Porque la que vendría sería peor.

 

Estos apuntes rápidos para decir que, en medio de la devastación, el escritor checo, de lengua alemana, escribiría en 1915 un electrizante relato, una narración sobre una máquina asesina y, sobre todo, acerca de la humillación a la condición humana en una colonia penitenciaria. Un escrito sobre la tortura, sobre el insulto al proceso judicial, sobre una alevosía contra los derechos del habeas corpus. Una historia que puede dejar al lector aterrado y conmovido. En la colonia penitenciaria, un lugar que no se sabe con exactitud dónde es (solo se dice que es en el trópico), un Estado sin nombre, es la anticipación de lo que el siglo XX tiene reservado en un inmenso catálogo de horrores del hombre contra el hombre.

 

En plena guerra, Kafka crea una especie de pesadilla en una isla, adobada con sangre, con dolores y con la presencia inaudita de una máquina de muerte, sí, de muerte lenta, como si el aparato mismo se deleitara con su manera de cumplir con la sentencia. De llevar a cabo la pena que se le ha impuesto a un culpable. ¿Culpable de qué? Puede ser culpable por no “honrar a sus superiores”, una actitud que se dio y se sigue dando en las filas militares.

 

¿Qué es la culpa?, puede ser uno de los interrogantes que surja durante la lectura de esta maravilla de obra, que perturba, que nos coloca en una posición de reflexión frente a los significados de la condición humana, de la libertad y de la opresión. ¿Quién está encargado de señalar a otro como culpable? La historia, que empieza con la presencia de un visitante, de un investigador extranjero, alguien que puede tener cierto fuero o inmunidad en aquella isla desconocida, es un recorrido por los significados del castigo, de lo punible, del poder que en este caso se delega sobre una espantosa máquina de tres niveles, la encargada (¿por quién?) de implantar “justicia”. Que es otra categoría cuestionada en el relato: ¿Qué es en últimas la justicia?

 

 

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El “aparato peculiar” puede causar, por qué no, una extraña admiración (el visitante en todo caso así la siente) en el que la ve, y claro, el lector es uno de los que pueden apreciar la máquina en toda su dimensión aparatosa y, a su vez, de causante no solo de dolor, sino de muerte. Una máquina a la que se le puede dar la “orden” de qué hacer con el condenado. Y lo más gravoso y pesado: puede escribir sobre el cuerpo del desdichado ser que ha sido allí atado con cadenas, con una mordaza asquerosa en su boca, con una sensación de desconcierto sobre lo que le va a acontecer.

 

En el cuento se pueden establecer diversas relaciones de poder. El condenado, sin voz, sin posibilidad de ninguna defensa, sin proceso, hecho una piltrafa, adquiere una actitud de despojo, de inutilidad, de no tener ninguna forma de reacción ni de rebeldía. Es un vencido, aunque no se da cuenta de que así lo es. Puede tener, como bien lo advierte el narrador, un aspecto “perrunamente sumiso”. No es dueño de ninguna voluntad, ni de conciencia, ni de nada. Está perdido. Y parece no enterarse de su desgraciada condición.

 

La máquina es un espectáculo. Así como lo que hace. Y en eso Kafka sigue siendo un anticipador. Una suerte de profeta. Porque el siglo XX tendrá no solo como una de sus fases y características la elevación de casi todo a la categoría de espectáculo (es el siglo de Hollywood, pero, al mismo tiempo, de los campos de concentración, de los trenes que van con miles de víctimas hacia el exterminio, del deporte y la política que se unen como en el caso del fascismo, como en el de Hitler y su propaganda), sino que la muerte y otras desolaciones también pueden hacer parte de la farándula, de una cultura de circo y pan, como en la antigua Roma.

 

En el relato habrá un personaje ausente-presente, al que hay que tener siempre en cuenta: el comandante, el mismo que iba a presenciar la condena en la máquina con sus señoras. ¿Quién era aquel que podía propiciarse la condición de tener varias señoras? ¿Un todopoderoso? ¿Un dictador? De cualquier forma, era un sujeto con mucho poder, con toda la “autoridad” para definir y decidir sobre la vida y la muerte del otro. Y muerto aquel, su reemplazo es un enamorado de la máquina. El que recibe la visita del viajero extranjero y le va explicando los mecanismos del aparato, es un tipo que pudiera hacer el amor con esa creación macabra. Pudiera sentir todo un clímax sexual con los movimientos y estructura de ese dispositivo singular y miedoso.

 

En la colonia penitenciaria, escrito en tercera persona y de modo lineal, y que da prioridad a la presencia acuciante del oficial (sucesor del comandante en cuanto a la relación con la máquina), que está, según se observe, alienado por el artilugio fatal, permite el relato hacer toda una teorización sobre los conceptos de justicia, de punibilidad, de delito, en fin, y, al mismo tiempo, acerca de la arbitrariedad. Hay, al parecer, una autoridad intocable, un poder inextricable, que parece omnímodo. Es un presagio de dictaduras y autoritarismos.

 

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Una condena atroz. “El vómito ya se había derramado sobre la máquina”.

 

El convicto, el condenado, el oprobiado por una seudojusticia, es alguien que no puede tener defensa. Está vencido en todos los aspectos. No tiene la palabra, de la que se le ha despojado sin que él sea consciente del asalto. Es un enajenado. El oficial, por su parte, es, si bien un alucinado por la máquina, un tipo que mantiene con esta una relación amorosa, erótica, de libidinoso fetiche y tal vez enfermiza. Y, después de todo, de las soluciones inesperadas que tendrá el relato, se pudiera pensar, o al menos intuir, que hubo, en su conexión con el artefacto, y en una especie de condición de la derrota, una actitud suicida.

 

Kafka torna en este relato deslumbrador a mostrar la inutilidad aparente de ciertas luchas, pero que, como sucede, por ejemplo, en El buitre, hay una resignación dinámica, una actitud de aparente indiferencia ante la desventura, pero que, en últimas, siempre se podrá tener, en la lejanía quizá, una lucecita de esperanza, o, en otro sentido, de oposición, de resistencia. Tal vez, como lo dirá Hemingway después, “el hombre puede ser destruido, pero no derrotado”.

 

“La culpa siempre es indudable”, se dice en la colonia. Hay una acusación contra la cual no hay modo de refutación, de defensa, de repulsa. A la víctima se le acusó y listo. Es la autoridad, o quién dice tenerla, quien define, quien traza el destino del acusado. Y, dentro de esa extraña lógica, la máquina es la que dirimirá el asunto de la purga, del castigo. Y el condenado, durante doce horas de estar atado a aquel “diabólico” ingenio, podrá leer a través de sus heridas por qué se le ha decretado tal pena y cuál ha sido su falta.

 

En la obra hay una lucha, que se va haciendo evidente en la medida en que se avanza en el cuento: las ejecuciones que allí, en la colonia, se practican, van quedando sin partidarios. Y entonces, qué kafkiana condición, no es el preso o el condenado quien se manifieste contra su situación miserable, sino el oficial, el encargado de la administración de “justicia”. Él es quien está atristado, desilusionado, porque ya no es posible una ejecución espectacular, con niños en primera fila, con espectadores a granel, y ya no hay, parece, quién defienda esa práctica.

 

“¡Cómo eran de distintas las ejecuciones en otros tiempos! Un día antes de la ejecución el valle estaba lleno de gente; todos venían sólo para mirar; temprano por la mañana el comandante aparecía acompañado por sus señoras; fanfarrias despertaban todo el campamento…”, le cuenta el oficial al visitante y, más adelante, le dice que para cada ejecución a la máquina se le ponían nuevos repuestos. Pese a todo, el cuento es una revelación, una profecía, una advertencia tremenda sobre lo que vendrá. Cosas peores —puede ser el presagio— esperaban a la humanidad. Y llegaron, como bien lo ha mostrado la historia.

 

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Los albores del siglo XX trajeron, entre otras vanguardias, el futurismo, un movimiento que se declaró adorador de la velocidad y de la máquina. El automóvil, las carreras, los nuevos ritmos, los obnubilaron hasta la exacerbación de los sentidos y de la razón. En sus declaraciones, cuyo manifiesto fundamental de 1909 lo redactó el italiano Filippo Tommaso Marinetti, no solo afirmaban que del pasado nada era digno de conservarse, sino que tenían la máquina como un sucedáneo de la deidad. Quizá Kafka, en su relato, haya hecho toda una demostración en contra de la máquina y su uso alienador. Tal vez este relato sea parte de una contracorriente, de una crítica.

 

Y puede ser que para oponerse a las máquinas del “progreso”, a las que habían introducido cambios radicales en la velocidad, las que acabaron con los ritmos lentos, el escritor opusiera un artificio destinado a la tortura (un antiguo método, incluidos los de la Inquisición), al tormento, con la introducción de una novedad: una máquina que, con agujas, escribe sobre el cuerpo, con una lentitud no solo pasmosa sino agobiante y mortal.

 

Kafka prefiguró los campos de exterminio, las tropelías sin límite de los poderosos, de los que llegaron más tarde, en un siglo de paradojas y de tanta sangre derramada. En un siglo en el que se impuso la sinrazón de la guerra. En la colonia penitenciaria es un relato maestro que alimenta la perplejidad y, de nuevo, nos pone en evidencia los atropellos de ayer, de hoy y quizá de mañana contra la dignidad humana.

 

P.D. Nota a propósito de la Tertulia Literaria, en la BPP, sobre este relato de Kafka. Enero 31 de 2020.

 

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“Injusticia del proceso y la crueldad de la ejecución”. Obra de Loui Jover.

Y nos queríamos tanto…

(Sobre aquellos amigos de infancia y adolescencia, con balón y cielo de cometas)

 

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Amistad, pintura de Maribel Piñero

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

La infancia, en la medida en que la vida camina, se torna una especie de paraíso remoto (para algunos, tal etapa pudo haber sido toda una desventura), de situación sin tiempo, aunque sí con espacialidades, que al final de cuentas se vuelve una arcadia, una época de dichas sin pretensiones, la fantasía de un espejismo. No había en su ejercicio teorías sobre la felicidad ni sobre la niñez ni sobre la familia, solo juegos, inventiva, imaginación. Y una ganancia: la relación emotiva con los que requeríamos para una rayuela, un escondidijo, un “coclí-coclí al que lo vi, lo vi”, o para patear una pelota.

 

Las primeras conexiones sentimentales pudieron haber sido con un hermano (o hermana, según el caso), con quien nos dimos a manejar carros de carreras, a dar batazos imaginarios, a perseguir libélulas o cucarrones verdes o a chutar un balón… Y luego, en una práctica inconsciente de buscar a otros, nos relacionamos con los vecinos, los de la cuadra, los del edificio de tres pisos. Hasta llegar, en la edad escolar, a tener acercamientos de recreo y de aula con los condiscípulos. Y sin darnos cuenta se crearon las filias, la disposición afectiva, la necesidad de estar con otros para reír y comprar helados con la mesada escolar. O ir al cine matinal.

 

Y así, en aquellos años que tardaban, que tenían como referencia temporal a diciembre, como un límite al cual arribar para estar más entre los otros, para renovar juegos, para hacer volar los sueños y los globos, las serpentinas y las luces, en una ansiosa espera que se demoraba, pero llegaba con sorpresas. Y digo que tardaban (¿cuándo llegará?, era una insistente pregunta) por dar una referencia temporal, de almanaque, que en rigor no importaba. Nos esperaba la calle, los otros, la alegría de una aventura que podía ir desde una jugarreta con bolas de cristal hasta una caminada en busca de charcos y árboles frutales para asaltarlos.

 

Eran los días no mensurables (insisto en que poco importaban los relojes) en que, sin saberlo, estábamos ejercitando los sentimientos, los acercamientos, el sentido de la amistad. Antes de entrar al primero elemental (no tuve kínder), no recuerdo haber tenido algún amiguín en el entorno. Aunque no faltaba el muchacho simpático que invitaba a un juego colectivo en la acera o en algún baldío, que abundaban entonces.

 

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Juego en viejos patios de recreo

 

En la primaria, sobre todo en los primeros dos o tres años, había afinidades con pocos compañeros, y estas tenían que ver con alguna vecindad, o porque nos gustaba hacer alguna pilatuna en el recreo, como mirar las piernas de las maestras (o, como sucedió con la señorita Elvia, que se paraba en un corredor con baranda, sobre el patio de la escuela, y no se ponía calzones. Era un espectáculo que vimos unos cuantos pelaos), o porque nos gustaba más una asignatura que otra, como la geografía con sus mapas y mapamundis desplegados en el aula, o las ciencias naturales.

 

En esos primeros años no escaseaban, al salir del recinto escolar, las peleas a puños (las denominábamos bonches). De vez en cuando, para no dar tanta pantalla a la salida, nos citábamos en otro lado. No faltaban los chivatos, los lamboncitos, que les soplaban a las maestras, al día siguiente, quiénes éramos los contrincantes y cómo había resultado la pendencia. Les gustaba ver los reglazos que nos propinaban ante todo el personal. Bueno, y, tal vez por instinto, o por eludir el castigo, quitábamos la mano cuando el listón disciplinar venía en el aire. Era peor, porque entonces te lo ganabas en el brazo o el hombro.

 

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El amigo sincero es el hermano claro y elemental como la espiga: Carlos Castro Saavedra

 

Había ciertas complicidades con compañeritos de salón. Recuerdo, ya en quinto elemental, cómo molestábamos al director del grupo, el señor Castor Rave, que creía siempre —bronca que me tenía— que yo era el promotor de burleterías y murmuraciones en su contra. Qué va. Con Alejandro Molina, que estudió conmigo los cinco años de primaria, nos juntábamos a tirar papelitos contra el tablero o frutas de mamoncillo cuando el profesor estaba de espaldas a los alumnos.

 

Sin saber a fondo (bueno, todavía no tengo una teoría al respecto) qué era la amistad, había con algunos compañeros de clase o de barrio más acercamientos, como si se tratara de un común denominador, de cosas o acciones que nos identificaban, nos proporcionaban placer y afectuosidades. No eran muchos, más bien contados, pero era la posibilidad venturosa de una ida a cine, a un charco, a un partido de fútbol, de hacer una colección de cromos o láminas, de ir a la biblioteca pública (con Molina siempre íbamos a la sala infantil de la biblioteca de Bello) a tragarnos todos los libros de los Hermanos Grimm, Perrault, las fábulas de Samaniego y Pombo y Esopo…

 

De pronto, y al cambiar de escenarios, al entrar al bachillerato, había una disgregación, un alejamiento, y así a los más cercanos compañeros de primaria les perdí el rastro. Y aparecieron otros. Nos unía, al principio, el fútbol, el cine, la búsqueda de una novia, el pasteleo en clase, y después, las discusiones en torno a lo que creíamos que era la existencia y el futuro. Algo similar sucedía con los miembros de la gallada barrial. Y siempre había alguno más próximo con quien compartir secretos y planes.

 

Se puede decir que, hasta un poco antes de finalizar la adolescencia y poco antes de obtener la mayoría de edad (bueno, entonces la cédula de identidad se sacaba a los 21 años), hubo una bella disposición a estar mucho tiempo con los amigos o con los que se consideraba que lo fueran. Era un bello tiempo de juegos de calle, de vacilar muchachas, de saberse todas las canciones de moda, de tener el cabello largo, de usar camisas coloridas y sicodélicas… Había con quien entenderse en la cancha, de tenerlo cerca, de hacer paredes, de inventar regates… Como me pasó con Chucho, por ejemplo, uno con quien gozamos el barrio, los partidos, el cine de domingo, las caminadas al cerro Quitasol, los paseos en bicicleta…

 

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En lo único que discordábamos era en el afecto por un equipo. A él, su padre, empleado bancario, le daba una mesada interesante, le tenía bicicleta (en mi caso tenía que alquilarla) y lo consentía con pagarle a modistas de barriada para que le confeccionaran las camisetas de su onceno preferido. Y con Chucho, que portaba el nueve en la espalda, inventábamos mentiras y otras historias de esquina. Su padre, que era un buen lector, de pronto dejó de leer porque comenzó a sufrir dolores de cabeza (eso fue lo que contó Chucho a los de la barra) y, según su hijo, los facultativos le dijeron que no leyera más. Por eso, o no sé por qué más, pude tener varios libros del señor Hernández, que su hijo me regaló: uno, que leí de un tirón, fue Moulin Rouge, de Pierre La Mure, una novela sobre la vida y obra de Toulouse Lautrec.

 

Después, cuando los caminos nos separaron, Chucho quedó como una alegre memoria de los trece, catorce y quince años, cuando aspirábamos a ir a la Luna, viajar a las estrellas y ser delanteros de un equipo profesional de fútbol. Después, en otros espacios, en otros ámbitos, los amigos fueron pocos. Y ya eran otras las motivaciones y, creo, se había perdido un eslabón que tenía mucho que ver con cierta inocencia y la búsqueda de lo que se quería ser cuando “grandes”.

 

De aquellos amigos de infancia y adolescencia, a los que no volví a ver, no supe más de ellos (o acaso hubo algún fugaz encuentro, lleno de lo inesperado y de lo que ya no puede ser), me quedaron barquitos de papel, barriletes de cola larga y vuelo alto, globos de fin de año, pelotas de trapo y de “carey” y uno que otro balón de tripa y los gritos de gol en una manga y en la calle y unos días y noches de esplendor en las palabras y en los abrazos. Una memoria de lo que no volverá.

 

De aquellos amigos de escuela, de cuadra, de las clases de secundaria, me quedaron acordes de guitarra, cuadernos con “poemas” amorosos que compartíamos en lecturas acompañadas de risotadas, algunos ventanales rotos y desafiantes pedreas entre barrios. Ah, y un inolvidable libro de un escritor francés, y aquellas paredes endemoniadas —tuya y mía, mía y tuya— que, desde la mitad de la cancha hasta el arco contrario, hacíamos Chucho y yo, y que, casi siempre, terminaban en la sin igual apoteosis de un gol.

 

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La amistad puede empezar desde la más tierna infancia y durar toda la vida

 

La niebla del adiós

(Un tango de Cadícamo y Cobián sobre barcos muertos y amores perdidos)

 

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Pintura de Quinquela Martín, frente al riachuelo de La Boca

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

En la década de los treinta, con secuelas de la Gran Depresión del capitalismo, cuando en la que fuera una ciudad cautivadora y, para decirlo con un término que entonces no existía, primermundista, Buenos Aires se llenó de miserias y otras desventuras para los trabajadores. El tango (también la literatura, como la de Roberto Arlt, por ejemplo) las narrará. Y tendrá poetas dolidos, con antenas predispuestas para las conmociones humanas, como Enrique Santos Discépolo. La Reina del Plata, sufrió en aquellos años la mishiadura (o la indigencia).

 

El riachuelo, una corriente que, comparada con el gran río, el Río de la Plata (que es un “mar con cinco lunas de anchura”), es apenas un chiste, una caricatura; pero entonces no era una cloaca, como lo va a ser después. Era, en ese sur orillero, donde llegaron genoveses y crearon La Boca, una presencia simbólica que le daba identidad a la barriada de cantinas y un equipo de fútbol que llegaría a ser el más popular de la Argentina, el Boca Juniors.

 

Igual, por aquellos años, cuando ya un poeta, un letrista de comprobada calidad, como Enrique Cadícamo, a quien Gardel le grabó veintitrés de sus temas, va a decir que el riachuelo no es una corriente para navegar sino para fondear. Y en 1937, Nieblas del Riachuelo, con música de Juan Carlos Cobián, se erige en un tango metafórico y bello, que se hizo para un filme, La fuga, de Luis Saslavsky y Miguel Mileo, con las actuaciones de Tita Merello (que estrenará ese tango icónico), Francisco Petrone, Amelia Bence y Santiago Arrieta. En el cine Monumental se estrenó la película el 27 de septiembre de 1937.

 

Ese tango, muy versionado, tiene una primera grabación de parte de la orquesta de Osvaldo Fresedo con la voz de Roberto Ray. Después vendrán muchas más, como las de Edmundo Rivero, Horacio Molina, Susana Rinaldi, Adriana Varela y tal vez la más sentida de todas, la de Roberto Goyeneche con la Orquesta Típica Porteña a cargo de Raúl Garello. Nieblas del Riachuelo (se conoce más en singular Niebla del Riachuelo), más que un poema de barrio, de lugar, o de descripciones locales, es todo un fresco acerca de la soledad, la espera y los retornos frustrados. Un tango sobre los adioses.

 

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Roberto Goyeneche

 

Enrique Cadícamo (1900-1999), con una enorme cantidad de letras, además de varios libros de poemas, era una suerte de adelantado que dejará en más de trescientos títulos (entre los que hay un centenar de tangos) una rúbrica singular. Como lo dijo Jorge Götling en su libro Tango, melancólico testigo, “todos los autores de tango se parecen a Cadícamo y él no se parece a ninguno”. Y en Niebla del Riachuelo dejará una constancia de su talento para caracterizar situaciones límite de la condición humana.

 

“Turbio fondeadero donde van a recalar / barcos que en el muelle para siempre han de quedar. / Sombras que se alargan en la noche del dolor… / Náufragos del mundo que han perdido el corazón”. En estos primeros versos se advierte una coloración oscura, un pigmento caliginoso, como una pintura de la melancolía. Se establece un clima de tragedia y de pérdida.

 

El riachuelo, el mismo que la contaminación matará, que se volverá un basurero, una corriente muerta, le sirve a Cadícamo para establecer un ambiente en el que se pinta (muy distinto, claro, a las marinas de Benito Quinquela Martín, gran pintor de La Boca) una larga tristeza y una metáfora de los desdichados, de los que fracasan, de los que la vida y otras circunstancias los han derrotado: “Puentes y cordajes donde el viento viene a aullar / Barcos carboneros que jamás han de zarpar… / Torvo cementerio de las naves que al morir, / Sueñan, sin embargo, que hacia el mar han de partir…”.

 

Y al momento de entonarse el estribillo aparece un narrador en primera persona, que va diciendo en un tono de confidencia y casi de secreta intimidad lo que significan las esperas y los alejamientos: “Niebla del Riachuelo / Amarrado al recuerdo / Yo sigo esperando. / Niebla del Riachuelo / De ese amor, para siempre / Me vas alejando”. Y remata con una certera (y dolorosa) situación de ausencia, un desprendimiento, una despedida sin remedio y sin anestesia:

Nunca más volvió.
Nunca más la vi.
Nunca más su voz nombró mi nombre junto a mí…
Esa misma voz que dijo: Adiós.

 

En la segunda parte, el tango canta a una especie de vejez, de marchitamiento, de ineludible soledad y decadencia. Se advierte el tono de la nostalgia y de lo irrecuperable. Y más que a una lluvia real, concreta, se refiere a una especie de lluvia metafísica, que da la impresión de llanto interior y de una soledad sin límites. Es como si, desde aquel tiempo, el autor hubiera previsto que aquella cinta de agua, que entonces la basura y otros desechos no habían arruinado, tendría un futuro de abandonos y destrucción.

 

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Enrique Cadícamo

 

Niebla del Riachuelo, que también ha sido cantada en bolero (Noro Morales, Rafa Galindo, Panchito Riset, Omara Portuondo, Lita Nelson, Chucho Avellanet, Óscar de León, entre otros) y hasta con aires flamencos, es un tango de una belleza entristecida, que muestra el desaliento y la imposibilidad de continuar de pie tras un largo camino de luchas, a veces inútiles. Tiene la belleza de la luz de los impresionistas y del mar del cual los viejos marinos se tienen que despedir para siempre, a pesar de sus deseos de seguir navegando.

 

El riachuelo de Cadícamo no es para ir en botes, para navegarlo, para mirar desde sus aguas turbias las orillas del barrio. Se vale el autor de lenguaje marino, de artefactos propios de las naves y de la navegación, de la figura de un viejo bergantín, para dar cuenta del final de un camino, de un viaje. No habrá otra partida, no hay anclas para levar. No habrá una nueva aventura ni otras peripecias.

Anclas que ya nunca, nunca más han de levar,
Bordas de lanchones sin amarras que soltar…
Triste caravana sin destino ni ilusión,
Como un barco preso en la botella del figón.

 

El riachuelo, visto por Cadícamo, es un cementerio donde se acaban los deseos, se terminan los sueños y ya no hay manera del retorno. Es como una navegación dolorosa, definitiva, por el río de los adioses.

 

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El riachuelo visto por el pintor Benito Quinquela Martín

¿Qué es Colombia?

Panorámica de un país de exclusiones y de violencias a granel

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

¿Qué es Colombia? En realidad, no es un acto de fe, como se proclama del “ser colombiano” en Ulrica, un cuento de Borges. No es un sueño de Bolívar, al que su aspiración de un país de fraternidades se la distorsionaron y erigieron en una gran republiqueta, con príncipes feudales, con clérigos a favor de los terratenientes, con una educación confesional… Colombia son muchas aristas, tantos ángulos, tantos puntos de vista. En esencia, es un país desigual (uno de los más inequitativos del mundo, según el Coeficiente de Gini), en cuya historia de perplejidades siempre ha estado presente, como un mecanismo perverso de resolución de conflictos, la violencia.

 

Como en La Vorágine, una bella y dolorosa novela social, de denuncia, cuya entrada es inolvidable, como también lo es el resto de la obra, en Colombia, digo, uno se puede jugar el corazón al azar y se lo gana la violencia, como le sucedió a Arturo Cova. ¿Qué es este país extraño, en el que hubo un Concordato centenario, cuyas emanaciones todavía se prolongan, y que no ha podido convertirse nunca en un Estado laico? Somos una enorme extensión de tierras que pertenecen a unos pocos y que el proyecto paramilitar, cuyos albores se establecen en los ochenta del siglo pasado, volvió una contrarreforma agraria. Los mejores lotes han sido para la ganadería, cultivos de palma africana, para el ejercicio del poder despótico sobre las mayorías despojadas. Y para crear fosas comunes, para forjar un poder espurio basado en el terror. Un país que jamás ha tenido una reforma agraria, que carece de soberanía alimentaria y, peor aún, de otras soberanías. Un coto de caza de Washington. Una neocolonia. Eso es Colombia.

 

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“Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la Violencia”.

 

Sometidos por magnates, por intermediarios del capital extranjero, por un régimen oligárquico, que se ha mantenido como un club de exclusividades de unas cuantas familias, los colombianos, es decir, aquella ficción llamada el pueblo, ha estado sometida al látigo del vasallaje de unos pocos. Ha sido, y la historia así lo comprueba, un país de asesinos, en el que el crimen, el borrar al otro, al opositor, ha estado a la orden del día. Magnicidios a granel, por citar solo algunos, como el de Gaitán y como el de Uribe Uribe, que, tras la guerra de espanto de los Mil Días, arrió las banderas del liberalismo. Esta doctrina se conservatizó desde hace años y ha sido parte esencial del dominio de una minoría sobre los hombros de los desterrados y olvidados de la fortuna.

 

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Imagen del 9 de abril de 1948, el Bogotazo.

 

¿Qué es Colombia? Un país de exclusiones. Y de una prolongada violencia. En los mediados del siglo XX, la barbarie liberal-conservadora asoló los campos y convirtió a las nacientes ciudades en un hacinamiento de los sobrevivientes. Y el Frente Nacional, una alianza de las élites en el poder, se cuidó de tener en cuenta a otras expresiones políticas. Nada de terceros partidos, de oposiciones de verdad, de disensos. Nada. Y la violencia continuó. Los sesentas, con el surgimiento de guerrillas, con bombardeos a las autodefensas campesinas, apoyado el fuego celestial por los Estados Unidos, siguió sembrando de llamas, una extensión del infierno, los campos en el cual, pese al poeta, ya el verde no era de todos los colores.

 

Los trescientos mil muertos de la denominada Violencia (cuyo número fue de horror entre 1950 y 1953), se prolongaron con nuevas etapas de masacres, de terror en montes y urbes. Y a todo aquel desangre hubo que sumarle el ocasionado por las mafias del narcotráfico que, a partir de los setentas, se establecieron con todo su tropel de sicarios, de narcoterrorismo, de poder al que, como se sabe, también cedieron los banqueros, los potentados, porque, ante todo, las ganancias eran pingües para unos y otros.

 

Un país doloroso. Foto de Natalia Botero

 

¿Qué es Colombia? No es, como lo dijera, con algo de demagogia, o quizá a modo de cumplido, el gran poeta Rubén Darío, una “tierra de leones”. Más bien ha sido, al tiempo que a las mayorías se les mantiene en la ignorancia y se les domestica, una tierra de desalmados. No solo de bandoleros, de aquellos que ante tantas miserias y degradaciones, tuvieron que erigirse como vengadores, sino de unos pocos privilegiados que han mantenido bajo su férula, y en la oscuridad, a trabajadores, desempleados, jornaleros…

 

El bandidaje mayor ha sido el de los oligarcas y sus representantes políticos. Una especie de ley, medio estrambótica si se quiere, ha sido que cada presidente que se elige es peor que el anterior. La historia da fe, con creces, del aserto. El de ahora, un mamarracho, un pelele, una sirviente del imperialismo estadounidense, una ficha deplorable del uribismo (y, en general, de la élite corrupta que domina a placer la nación), ha tenido en su contra la resistencia civil de trabajadores, estudiantes, clases medias, artistas, en un paro nacional que estalló el 21 de noviembre último y que continúa con marchas y cánticos.

 

La represión, además de la aprobación de reformas antipopulares, ha sido el expediente principal de Iván Duque contra la gente, contra los explotados y oprimidos. Estos, aunque aún falta mucho para ejercer una oposición masiva, han ido construyendo unos modos de desobediencia. El gobierno, sin embargo, hace el sordo y responde con el Esmad (que asesinó al estudiante Dilan Cruz) y mantiene una actitud indiferente ante la oleada de asesinatos de líderes sociales.

 

¿Qué es Colombia? Es una distopía, una aberración, un solar de señores feudales y de los intereses de organismos como el FMI, el Banco Mundial, la Ocde… Una heredad de sátrapas y criminales, de desvergonzados hampones empotrados en el Estado y el gobierno. No somos ningún acto de fe los colombianos. Un país trágico, ¡ah!, y si no fuera por tantas miserias y atentados contra la dignidad humana, seríamos también una comedia lamentable.

 

Nota: Artículo para la edición especial de La Pluma (lapluma.net), portales lapluma.net y Tlaxcala, diciembre 31 de 2019

 

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Colombia, uno de los países con mayor desplazamiento forzado del mundo.

La galería de J. Mario Madrid

(Un veterano pintor abre las puertas de su arte a la ciudad)

 

El pintor bellanita J. Mario Madrid, en su galería de la calle Caracas de Medellín

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

La soledad creativa puede tener varios sinónimos. Uno es J. Mario Madrid, un pintor bellanita, con nostalgias de trenes y talleres de ferrocarril, que todos los días de su vida ha pintado y es un creador compulsivo de madonas, majas, borrachos de cantina y toda una suerte de temas que lo convierten en un pintor muy disciplinado y talentoso, aunque no haya tenido prensa ni otras vitrinas. No es amante del escándalo ni de la farándula.

 

J. Mario Madrid, lleno de silencios, es un artista autodidacta que ha aprendido del Renacimiento, de los impresionistas, del expresionismo, de muchas escuelas a las que él ha estudiado de su cuenta y con rigor. En sus trazos, en sus claroscuros, en sus técnicas, se pueden hallar restos de Johanes Veermer, de Tintoretto, de Caravaggio, de Pisarro, que si se quiere puede estar ahí, en sus lienzos, algo de Toulouse Lautrec. Y en su búsqueda intensa y larga, de muchos años, se encontró a sí mismo, al artista que en silencio y soledad lucha con los temas, con las composiciones, con los colores. Y logra hallar su propio rumbo, su identidad.

 

La galería a través de la vidriera de entrada

 

Mario en su atelier es una especie de poeta que ensaya sonoridades, y, en su caso, tonos, mezclas, pinceladas… Es un paradigma de lo que debe ser un creador: un alto porcentaje de disciplina, de trabajo, de permanente actividad frente al caballete. Y, claro, de talento. Mario crea muchachas que cantan acompañadas de una guitarra, perros callejeros, señoras bonitas que tejen o se reúnen a una mesa a conversar. Es un maestro de la composición, del orden y la armonía en sus cuadros. Un apasionado.

 

La ciudad, que lo ha ignorado durante tantos años, puede, ahora, estar en contacto con la proverbial obra de J. Mario Madrid, en su galería de la calle Caracas, entre Girardot y Córdoba. Una enorme y singular posibilidad de apreciar las obras de un señor que no envejece y que, al contrario, por su intensa creatividad, se torna cada vez más joven. Celebramos la galería de este gran artista colombiano y estadounidense, nacido en un barrio con fábrica y locomotoras, del que nunca se ha despegado.

 

Una de las obras en proceso de J. Mario Madrid

 

En las obras de Mario, aparte de encontrarnos con sus agonías, inspiraciones, obsesiones y su propia expresión, su estilo, nos topamos con otros artistas de los que él aprendió y sigue aprendiendo. Todos somos lo que hemos leído, lo que hemos visto, y Mario, siendo él mismo, es, a la vez, otros. Una parte personal, íntima, a lo Madrid, de la historia del arte.

 

Muchas gracias, maestro, por tus obras y por la decisión inteligente de dar a conocer tu arte ante una ciudad a veces ausente, indiferente, pero que también tiene sensibilidad. El goce estético es de todos. Y las obras de J. Mario Madrid lo hacen posible.

 

Medellín, 13 de diciembre de 2019, a propósito de la apertura de la galería

 

El pintor en su galería.

 

 

Casa con iglesia al frente

(Había una canción macondiana y otra que hablaba de solamente una lágrima)

 

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“Los cien años de Macondo sueñan, sueñan en el aire…”

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Desde el balcón veíamos a los feligreses entrar a la iglesia, tras el toque de campanas. Señoras y señores, algunos pelados y muchachas, todos con una especie de pereza, de reticencia o de obligación marcada. Era una iglesia de fachada de ladrillo y un campanario no muy alto. Parecía improvisada. Y, con el tiempo, quizá con empanadas y bazares, con los fondos de los sanisidros en los que había ruletas y remates, la iglesia de Santa Catalina Labouré se modificó, con una construcción más amplia, con un frontispicio a modo de pirámide y con más presencia en el sector.

 

Nunca supe quién era el párroco y, creo, no haber entrado jamás a ninguna ceremonia allí. Detrás, casi llegando a la quebrada La García, había una enorme manga, limitada con tunales y en la que, dos o tres días a la semana, jugábamos partidos. El balón, a veces, o muchas veces, se iba a la corriente y había que salir por las orillas, aguas abajo, a rescatarlo. A un costado de la iglesia, habitaba un pelafustán con ínfulas de bravero, en apariencia mayor que mis hermanos y yo, todavía imberbe, al que le decían Judas. No gozaba de aprecios en la zona. Una vez, en un picado, el tipo, que además era engreído y de caminar a lo malevo, le dio un puño a uno de mi equipo, creo que fue a Chucho, y se armó la zambra. Puñetazos e hijueputazos iban y venían. Al sujeto aquel, fatuo y agrandado, jamás lo volvimos a saludar, aunque nos dejó una desazón por no haber podido “machacarlo” como se merecía.

 

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La cantante Estelita Núñez y su éxito Una  lágrima (1969)

 

La cuadra nuestra era de casas de dos pisos. No había árboles. El agua la subíamos a través de una bomba de extracción, con una enorme palanca de hierro. Abajo, además de la dueña, una señora adusta, pelinegra y de rasgos bruscos, vivía una hija de ella, a la que papá apodó la Culatera, y una sobrina de la doña, blanca y mona, que cantaba a toda voz canciones de la Nueva Ola y el Go-Go. Se escuchaba entonces en la radio a una mexicana, Estelita Núñez, cantando “una lágrima por tu amor, una lágrima lloraré…” y a mí me gustaba cómo la muchacha bonita la entonaba. Creo que me enamoré de ella (ella no se enteró) y mi dolor fue enorme cuando supe que tenía novio, que la visitaba dos o tres veces a la semana, parados ambos junto a la verja de hierro despintado.

 

A la muchacha la apodamos La Maconda

 

Por aquellos mismos días, muy cercano ya el único diciembre que por allí pasamos, se oía en las casas “Los cien años de Macondo” y había una muchacha que, al caminar, parecía bailando esa música sabrosa compuesta por un peruano y cantada por Rodolfo Aicardi y Los Hispanos. “Los cien años de Macondo sueñan, sueñan en el aire / en los años de Gabriel trompeta, trompetas lo anuncian…”. No había leído entonces Cien años de soledad y a la muchacha, de la que no supe nunca el nombre, la apodamos La Maconda.

 

Por aquella cuadra, en la que sin falta había una tienda en la esquina, había muchachas que desfilaban todas las mañanas con falditas a cuadros rojinegros y blusas blancas, con valijas y olorosas a jabón (así lo percibía desde el balcón), rumbo a los colegios. Los fines de semana, cuando estaban sin uniforme, cambiaban su aspecto. Se veían más atractivas. Volteando la cuadra, junto a la tienda, vivían dos, muy bonitas, que uno les hacía caritas, o les decía un cumplido, y ni siquiera volteaban la vista. Es más, cambiaban de caminado, se erguían, asumían una actitud de reinas de barrio y si te vi no me acuerdo. A lo mejor, miraban de reojo a ver qué era la vaina.

 

Otra, que luego se volvió paisaje y al principio era llamativa por lo excéntrica, mamá le puso el mote de La Cuperta. Pelicortica y de caminar hombruno, se paseaba con los brazos en bamboleo y la mirada desafiante.

 

Usábamos todavía camisas floreadas, de estampados extravagantes, de chalis y otras telas, y bluyines de industria nacional y tenis criollos. Todas las mañanas bombeábamos el agua, que se recogía en un tanque de cemento y en canecas metálicas. La muchacha del primer piso, que siempre sintonizaba programas juveniles, cantaba en las mañanas, al tiempo que La Culatera permanecía siempre en silencio. Eludíamos, en lo posible, al salir por el corredor común, la presencia de la dueña de la casa. Si sentíamos que estaba abriendo, uno esperaba. A veces, claro, era ineludible y teníamos que ver su rostro de bruja sin atributos. Ninguna escoba se prestaría para transportarla.

 

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Iglesia Santa Catalina Labouré, en Bello.

 

Los domingos, el sonar de las campanas nos despertaba. Uno aprovechaba para voltearse en la cama e intentar conciliar el sueño. Más tarde, había que salir a buscar compañeros para ir o a la manga de la quebrada o a alguna de Niquía. Estábamos en un sector comprendido entre los barrios El Congolo, La Milagrosa y Prado. Muy cerca, a unas cuantas cuadras, había un puente sin barandas, solo para caminantes, que atravesaba la García y unía a Niquía con la zona de Santa Catalina. Sobre aquel se contaban historias de ladrones, de gentes que tiraban a la quebrada, de fantasmas que se ubicaban allí a medianoche…

 

Cuando nos mudamos (de allí salimos para un barrio obrero, Santa Ana), la voz de la muchacha seguía escuchándose: “Una flor sin rocío morirá y nunca más vendrá la primavera…”. Sentí una especie de desgarramiento, de que algo mío se quedaba en ese espacio del que solo recuerdo una bomba manual de extracción de agua, un balcón con algunas bifloras desde el que veíamos las muchachas y a los que entraban y salían de misa, y la sensación de que la dueña era una mujer amargada.

 

Cuando nos fuimos, la iglesia todavía era la de la torrecita de poca altura, con unas campanas broncas y lo más vistoso que en ella ocurría era el denominado altar de San Isidro, con toldos pintorescos, juegos de azar, frituras y señoras que ofrecían viandas. En el aire del entorno flotaban las mariposas amarillas de Mauricio Babilonia y cuando, tiempo después, leí la novela de García Márquez, imaginé que la muchacha del primer piso era Remedios la Bella, por la cual creo haber soltado una lágrima por un amor carente de ilusiones y sin esperanza.

 

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Tocata y fuga

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“El hombre es hijo de las lágrimas”: León Felipe

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Ya no hay patria, ni gallada, ni jardín

La patria era la infancia y terminó

Ya no tengo sueños, pero sí un sueño, el cansancio

El semáforo de mi esquina siempre está en rojo

El esperado tiempo de la utopía se ha diluido

Las horas del poema se esfumaron

Del cuaderno de tareas no hay vestigios

En la calle zozobraron los barquitos de papel

(Había una rosa de los vientos y una cometa

Un molino en un campo de vacas rosadas

Una pelota que cayó una tarde a la quebrada

Y un canto de amor que el viento se llevó)

Mi semáforo solo tiene una luz: ¡pare!

Ya no es hora de serenatas ni de cartas

El pan de los años mozos se ha enmohecido

Ya no hay atardeceres con arreboles.

No sé si gané la luz, ah, talvez sí, solo la roja

Que me advierte que es tiempo de frenar

No hay esperas, no hay mañana, no hay reloj…

El guerrero sin espada está en reposo

No hay prisa, no hay futuro

Que no cambie el semáforo

Ya no hay chicles ni patria ni rayuelas

Y la muchacha de la ventana desapareció

Por la puerta de atrás el amor alcanzó el exilio.

 

28-12-2019

P.D.  Feliz año bisiesto

 

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“Barquito de papel está por naufragar…”

 

Una vieja canción no tiene olvido…

Canciones de otros días (3)

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Horacio Guarany, autor y compositor de Memorias de una vieja canción

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Eran días en que todavía una guitarra acompañaba mis angustias existenciales de los veinte años, esas mismas (o quizá muy parecidas angustias, quién sabe) que un poeta quindiano dijo que se las curó el Manifiesto. Días en que había llenado cuadernos con poemas, porque, como diría un vate de no sé dónde, “todos cantamos a la edad primera”. Y en una emisora juvenil escuché Memorias de una vieja canción, no por su autor y compositor, sino una versión, también de un argentino, baladista: Elio Roca.

 

Vivíamos en una casa con techo de tres aguas, antejardín y un pequeño corredor. Pertenecía a una organización parroquial y en la parte de atrás había un convento de monjas italianas. La canción me dejó pensativo y, no sé por qué, me acordé de lecturas juveniles que había hecho de la obra teatral de Antón Chejov. Tenía un aire ruso, melancólico. Quizá el mismo que se sentía en Sonia, una historia de celos y cárceles, cantada por Gardel. También se sintonizaba con Nathalie, de Gilbert Bécaud, que más que por él la escuchábamos en una pobre versión de unos chilenos.

 

De inmediato, me sentí arrobado por letra y música. El vocalista lo hacía con sentimiento y cada palabra me quedaba sonando: “Este día sin sol es todo mío / golpea mi ventana tanto frío”. Generaba imágenes. No sé si entonces era dueño de muchos recuerdos, porque, creo, estaba más pendiente del presente que de tiempos idos, que no eran muchos. Sentí de pronto como si ya hubiera vivido aquellas situaciones: “una vieja canción en mi guitarra / una vieja canción no tiene olvido”. Y advertí que había crecido entre canciones añosas, algunas del Caribe, otras de los Andes. Otras de más allá de los mares. Viejas, eso sí, con soles y añoranzas, con gaviotas y golondrinas.

 

“Es la misma que un día nos uniera, / en las playas lejanas de tu viejo país.  / Y el otoño al ver caer sus hojas, / viene hasta mí y me moja con su llovizna gris”. Quise volverla a escuchar. Tocaba esperar a que la programaran. Sentía como si algo de esa canción hubiera sido hecho para mí. Todavía no conocía ningún otoño, o, sí, en cine, relatos y pinturas. No en directo. Pero sí sabía de lloviznas grises y me forjé una especie de drama amoroso, que ya había padecido de adolescente, cuando una muchacha que nunca supo que la amé se marchó a Estados Unidos y no había vuelto a saber de ella.

 

“Porque no olvido tu canción / ¿será porque tanto te amé? / que aquí sentado en esta pieza, / sobre esta misma mesa, / anoche te lloré”. Sonaba triste. Sentimental. Y había una suerte de morriña, o tal vez de nostalgia amarga, o pudo ser un déjá vu, sí, porque era como si volviera a vivir una experiencia lejana, de otra vida, y la canción la reencarnaba. Y hasta la elemental clase de filosofía tornaba: “si el río va y no vuelve más”, el viejo Heráclito, de fuego y aguas, volvía con la cara del profesor que, al hablar, tomaba una pose trascendental. “Reloj eterno de las horas, / y esta canción que llora sobre mi ventanal”.

 

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La volví a escuchar. Era una canción que repetían en aquella emisora de jóvenes, que tenía un club de radioescuchas. Después, no sé cuándo, la escuché interpretada por su creador, Horacio Guarany, con su fuerza, su voz gruesa y sin aliños, su modo particular de decir: “No se mueren las penas por morirse, / jamás muere el amor por un olvido”. No sé por qué me pareció que yo era el autor de aquellas palabras, de esa música que en una parte aceleraba el ritmo y nos hacía viajar por estepas, por atardeceres de frío, por inmensas llanuras heladas. “Fumando en la alta noche estás conmigo”. Y, claro, aquellas ganas de fumar se despertaron y el humo formaba la cara de la muchacha ida, la que nunca volvería.

 

Por aquellas jornadas, estaba estudiando todavía en el conservatorio de música. Y una estudiante de piano, cuyo novio era un profesor de piano, me hizo escuchar esa canción por una cantante argentina, Gina María Hidalgo. Además, me grabó un casete con otros temas de la soprano popular. Me pareció linda la versión. Y así, la primera que escuché, se fue perdiendo en vericuetos de olvido y más se me quedaron impresas la de la cantante y la de Guarany. Después conocí otras, como la de Jairo y la de Luciano Pereyra.

 

Aprendida la letra, comencé a canturrear con la guitarra Memorias de una vieja canción. Entrecerraba los ojos y veía cuadros de El jardín de los cerezos, me imaginaba noches blancas en una Rusia a la que ya había viajado por la gracia de otros autores, además de Chéjov. Y aun porque, en el conservatorio, en historia de la música y apreciación musical, nos habían enseñado a compositores rusos del movimiento nacional del siglo XIX. Creo que desde entonces me gustan, por ejemplo, las composiciones de Mussorgski, Rimski-Kórsakov, Glinka y Borodin.

 

“¿Por qué no olvido tu canción? ¿Será porque tanto te amé?”. En todo caso, era y es una canción triste, una canción de amores idos, extraviados, que tiene más pasado que presente. Una canción que no sé si me aumentó la angustia existencial de entonces, creo que sí, y que ni siquiera aquella entrada fantástica de “un fantasma recorre a Europa…” me había curado. A los veinte años uno todavía quiere cambiar el mundo, con un grito, con un poema, con una piedra, con un mitin, con una guitarra… Aquella memoria no tenía nada que ver con una transformación, o sí, con la que las palabras y la música provocan en algún rincón del alma o de los pliegues más escondidos de los dolores imaginados. Porque los otros, los reales, que despiertan con canciones, pueden curarse de momento con una cerveza y el humo de un cigarrillo fumado en la alta noche. Memorias de una vieja canción sigue llorando sobre mi ventanal.

 

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“Una vieja canción en mi guitarra….”