La amarga polifonía de El amor en grupo

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                                                                                                                     Homenaje a Gonzalo Arango, óleo de Omar Garratz

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

  1. Introito sin boato y con beatos

 

Digamos que Gonzalo Arango, que al despuntar la década del cincuenta se dejó venir de Andes a Medellín, no tenía el talento “típico” de los antioqueños de conseguir plata, sino una inclinación por las palabras, la inteligencia y las relaciones públicas a su manera. Ese muchacho de endeble figura, que asistió a la de Antioquia a clases de Derecho, va a publicar en 1958, cuando ya el Frente Nacional, esa suerte de dictadura liberal-conservadora estaba sacando la cabeza del huevo (huevo de la serpiente), el primer manifiesto nadaísta con el que se proponía una revolución en aquella Colombia bañada en sangre, sobre todo en los campos, por la Violencia bipartidista.

 

En aquel “panfleto”, que con mucha dificultad se imprimió en la Tipografía y Papelería Amistad Ltda., de Medellín, con referencias al surrealismo, a Sartre, a Breton, a Kafka, hay un llamado al ejercicio de la belleza, de la poesía y la vitalidad en la creación. Sobre la prosa, el profeta de un movimiento que se dedicaría, en especial, a espantar beatas y seminaristas con sus escándalos y poses de irreverencia, dijo: “En la prosa Nadaísta hay que buscar contrastes tonos, de colores, de significados de expresión; los mismos efectos que buscan las artes plásticas y la música para producir sensaciones no contenidas en la realidad del mundo visible y de las formas”.

 

Por esos días, Medellín, la de las chimeneas industriales y los nuevos habitantes llegados de lejos, de los campos asolados por la violencia, tenía en las juventudes dos tendencias en boga: la de los “cocacolos”, muchachos de clase media que despuntaban en sus primeras conquistas con el rock and roll, y los camajanes, de barriadas obreras y populares, que eran una suerte de contestación a los valores tradicionales, a las vestimentas y hasta las maneras de caminar, el de ellos con bamboleo y tumbao. El camaján, aparte de su ropaje estrafalario, era un bailarín de categoría, un seguidor de Daniel Santos y la Sonora Matancera y escuchador de tangos de arrabal.

 

Hay una suerte de anquilosamiento cultural, según la visión de gonzaloarango, que en el manifiesto primero formula una crítica a posiciones cómodas. Alrededor del oficiante, del nuevo sacerdote, el que había aprovechado su angustia existencial en búsquedas de nuevos caminos, aparecieron Humberto Navarro (alias Cachifo), Darío Lemos, Eduardo Escobar, Amílkar Osorio y otros. El nacimiento del nadaísmo, con influjo de Fernando González, en particular del Libro de los viajes o de las presencias, es una posibilidad de un conglomerado de jóvenes que combina, al decir de Antonio Restrepo, anarquismo y existencialismo emocionales, sin casi ninguna base teórica, de aparecer y hacerse notar como críticos de un sistema pútrido y caduco.

 

Autocalificada por Arango como la Generación de la Amenaza, también se propuso una revolución estética, que atacara esnobismos y se basara en asuntos propios. En este sentido, va a ser Humberto Navarro, quien, años después del primer manifiesto del nadaísmo, escribirá una novela experimental, en lo que pudiera ser una “biografía” del movimiento, con una estructura fragmentada, tal vez con influjos de la Nouveau roman francesa y con ecos de la generación Beat.

 

La aventura del nadaísmo, que incluye, entre tantos escándalos e invectivas, los atentados contra el congreso de escritores (escribanos, según el manifiesto que distribuyeron) católicos, al que sabotearon con asafétida, y el atentado durante la Gran Misión, en la catedral metropolitana, en la que se “ensañaron” contra las “sagradas formas”, contempla experiencias de “muchachos malcriados” que buscaban identidad y modos de ser distintos a los de la parroquia de entonces.

 

En el primer manifiesto, Arango, una especie de nuevo pontífice con devotos y sacristanes, dice cómo debe ser la prosa nadaísta: “La prosa no puede seguir siendo un cuerpo de palabras organizadas en un conjunto racional y comprensible. Hay que darle una desvertebración irracional”.

 

Tal vez Cachifo, en sus novelas, asumió esta posición. Y es lo que, grosso modo, veremos a continuación en una de ellas: El amor en grupo.

 

  1. Banda sonora y ácido lisérgico

 

El amor en grupo, de Humberto Navarro, con el subtítulo de La onírica y veraz anécdota del Nadaísmo, en una nueva edición de cuatro fondos editoriales universitarios de Medellín, acerca a las nuevas generaciones al fenómeno cultural de aquellos muchachos que alguna vez se creyeron “locos, geniales y peligrosos”. El único novelista que dio el movimiento demuestra en esta obra sus conocimientos musicales, su acercamiento a calles y situaciones de ciudades como Medellín y Bogotá, su poliglotismo y el buen oído para hacer una prosa que suene con armonía.

 

Mario Escobar Velásquez escribió alguna vez que “la vida misma de Navarro es quizá la más magistral de sus novelas”. Y, en efecto, la parábola vital de este escritor, nacido en Medellín en 1931, es un cúmulo de aventuras, sinsabores, peripecias, algunas de las cuales se pueden leer en la semblanza que hizo su esposa Graciela Perdomo (La eterna mudanza, de Ediciones Unaula), en la que se aprecia a un hombre que deambula, que pasa las de “san Patricio”, que vive en una perenne angustia existencial, en una búsqueda permanente de formas expresivas.

 

No es El amor en grupo una novela de corte tradicional. Ni siquiera se puede decir de ella que cuente una historia, que tenga, a la vieja usanza, un argumento. Es una especie de rompecabezas, de estado fragmentado, en el que hay voces, y en la que discurren personajes que son parte de los nadaístas, con nombres cambiados la mayoría y en la que el lector debe tener paciencia. Es, por lo demás, una obra con música interior.

 

La banda sonora de El amor en grupo discurre con sonidos de Rachmaninoff, Carl Orff, blues, jazz, Scarlatti, Bach, Mozart, y así como se puede topar con Saint Louis Blues y Caravana, es probable que, en otros ámbitos, el de la poesía y la literatura, aparezcan Saint-John Perse (Nobel 1960) y Baudelaire, o un regodeo con el Cándido de Voltaire, una sátira contra “el mejor de los mundos posibles”.

 

En esta novela de fragmentaciones y espejos rotos, hay recorridos por míticos bares del centro de Medellín, como el Metropol, y por calles del barrio más vibrante que tuvo la ciudad, con sus fiestas nocturnas y aventuras de cama, como Lovaina. Hay, además, varios narradores y momentos en que la narración se hace en futuro, como si se tratara de un escrito profético: “Entonces comeremos, tomaríamos un bus, pensaremos en la mejor manera de hacerlo. Fumaremos, pero no mucho. Pondríamos los discos en al radiola, roída y manoseada. Subiremos a los mangos, a los naranjos…”.

 

Digamos, por qué no, que es una novela escrita en clave. En clave de nadaístas, de años sesenta, de ácido lisérgico, de Antonio Larrota (el fundador del grupo guerrillero urbano Moec), de Guayaquil y algún tango de Julio Sosa. Es una fiesta de palabras, de prosa que se distancia de lo tradicional. ¿“Qué vale más, puesto en la balanza, una arroba de café colombiano o un buen poema de Rilke?

 

Sí, claro. Hay surrealismo. Y aullido de perros. Y de nuevo, como para que no se olvide, extractos de manifiestos, de algazaras y rituales blasfemos, contra los escribanos católicos, contra la Gran Misión, y puede aparecer la catedral de Villanueva en llamas, porque un grupo de patanes, o de sacrílegos, o de provocadores, en fin, se burló de las hostias consagradas. “Ustedes que son tan versados en Sagradas Escrituras, ¿no han leído en un versículo del Apocalipsis que Dios se ahogó en el diluvio universal y que su cadáver aún no ha sido rescatado por los bomberos?”.

 

Es esta novela un canto a la vitalidad de la juventud, a los sueños, a los tiempos en que hubo gente que abrazó la nada, los excesos, el frenesí de los espejismos de la droga y el alcohol. “Tratemos de ser valientes sobre la carne del incesto; sobre la belfaza de la bestia, al rutilante filo de la luna que comienza a inundarnos. Tamarindos a la luz de los faroles de hierro forjado”.

 

Es una aventura de la esquizofrenia, de la paranoia, de los alaridos, para dejar una constancia de una utopía: la de jóvenes que aspiraron a vivir con intensidad en una parroquia que se tapaba ojos y oídos ante la novedad, sobre todo si esta era para alborotar el orden y el provincianismo. Ahí está Gonzalo Arango “temperando” en la cárcel La Ladera, donde “la primera noche soñó con enanos y transformistas, con peces de colores y auroras boreales”.

 

Los nadaístas, al principio de su aventura nada silenciosa, eran observados como tipos de otro planeta, desadaptados, tanto que no faltaron los que quisieron darles plomo y excomuniones. Después, se los tragó el sistema. En un apartado de El amor en grupo, se puede leer en tono epistolar: “¡Qué lástima! Esta gente se acostumbró a nosotros. Ya no nos hijueputean por Junín y ni siquiera nos miran como a los monumentos que éramos (…) A ciertos, como habrás podido comprobar, ya no les falta sino escribir recetas de cocina”.

 

Cachifo escribe una novela urbana, amarga, testimonial, en un medio que, como advirtiera Alberto Aguirre, “apestaba todavía a boñiga”. En 335 páginas (que tiene la nueva edición de Unaula, Universidad de Medellín, Universidad Pontificia Bolivariana y Eafit), hay una memoria de ciudad y un mosaico de planos temporales y espaciales que puede hacer que algunos no resistan el viaje.

 

En El amor en grupo, cuya primera edición la publicó en Argentina Carlos Lohlé Editores, en 1974, es posible escuchar a Glenn Miller y su Moon Light Serenade, o a Johan Sibelius y su Finlandia. Pero, a su vez, hay músicas de infancia y un recuerdo de navidad, quizá una de las más bellas imágenes que en esta obra aparecen. La de un “globito de vidrio”, de los que antes se usaban para ornamentar los árboles navideños, de un azul pálido brillante. “Para mí, no sé por qué, condensaba todo aquello que de hermoso podía tener el universo. Encerraba la maravilla misma”. Después, vendrá el drama, el llanto por el vacío y unos pedacitos azules que reflejan una cara de niño que llora.

 

Cachifo, que escribió, además, novelas como Alguien muere al grito de la garza y Juego de espejos, entre otras, murió en 2003, en Bogotá, y lo enterraron en Cogua, Cundinamarca.  Según su viuda, Graciela Perdomo, el epitafio que él quería rezaba así: “Aquí yace Cachifo, el antioqueñón, haciéndose el güevón”.

 

 

El viento triste de Luvina

(Ese pueblo de melancolías y soledades creado por Juan Rulfo)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

A Comala (que es el infierno) se baja. A Luvina, donde los días son tan fríos como las noches, se sube. Es el purgatorio. ¿Un pueblo dantesco? No, rulfiano. Una aldea quieta y lóbrega en el más alto de los cerros altos de un sur que existe solo para sí mismo, sobre un suelo pedregoso, en una colina donde la soledad a veces toca el cielo y se deshace en lágrimas. Luvina y Comala, sin embargo, se parecen en la tristeza.

 

“Hay pueblos que saben a desdicha”, se dice en Pedro Páramo, la única novela (¿y para qué más?) de Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno, acortado como Juan Rulfo, acortado como su obra, apenas dos libros de ficciones, suficientes para inventar un lenguaje de los muertos y los olvidados. Y para bautizar, con sonoros e inolvidables nombres (él decía que los tomaba de las lápidas de los cementerios de Jalisco), a personajes que saben a soledad y desventuras. Susana San Juan, Eduviges Dyada, Fulgor Sedano, Justo Brambila, Remigio Torrico, Anacleto Morones, Lucas Lucatero, Macario, Felipa, Armancio Alcalá… Y a Luvina, sí, San Juan Luvina, “un lugar muy triste”, de viento eterno y donde sus habitantes sombríos no llevan cuentas de horas ni de años, un pueblo de puros viejos y de aquellos que no han nacido.

 

Como quien dice, Luvina es una suerte de no-lugar, con presencias sufrientes, con habitantes de la nada que parecen siempre en estado de desarraigo. Y, peor todavía, que dan la impresión de no tener noción del resto del mundo. Ni de ellos mismos. Un pueblo de barrancas hondas de las cuales los de allá dicen que “de aquellas barrancas suben los sueños”, pero ¿cuáles? Si lo único que hay en Luvina, por lo menos lo más evidente, es el viento, viento pardo, aire negro, que muerde las cosas, las zarandea, las estremece hasta transmutarlo todo en silencio.

 

El viento de Luvina cala los huesos, raspa las paredes, levanta los techos y expande un rumor que no es otra cosa que la melancolía. Este cuento, del libro El llano en llamas, es eso. Pura depresión. Es una lágrima larga que ni el viento perenne de tal destierro puede secar. No puede haber otro pueblo de tanta tristura junta, con mujeres que madrugan con su reboso protector a cargar agua en cántaros y a las que, cada año, cuando aparecen sus hombres, les dejan una semilla en el vientre.

 

Luvina son despeñaderos y plantitas remilgadas, que se niegan a crecer, como las dulcamaras. A veces florecen las amapolas blancas, pero el chicalote se marchita con prontitud. El horizonte de Luvina es caliginoso, cenizo, manchado. Por allá no hay árboles. El ambiente es gris. Sí, es el purgatorio. Con una salvedad: los de allí, aunque se vayan para siempre, no alcanzarán ningún paraíso. ¿Y el infierno? Bueno, ahí se van pareciendo a ese estadio de almas en pena, condenadas a diversos martirios, como aquel de carecer de futuro y de memoria.

 

Antes de que un caminante, un viajero, un peregrino que parece estar pagando una promesa de pesares, arribe a Luvina (que es una versión del ostracismo), ascienda a ese alto poblado de miserias sin fin, alguien le irá contando cómo es lo que le espera. Mejor dicho: que se tenga fino si va para allá, para un sitio de desconsuelos permanentes, donde se desconocen la risa y la sonrisa. “Allá viví, allá dejé la vida… Fui a ese lugar con mis ilusiones cabales y volví viejo y acabado”, dice el hombre que le va narrando a otro, que parece ya haber perdido las esperanzas, cuál es el destino que le aguarda en Luvina, pueblo de maldición, con una iglesia de socavones en los cuales no hay nadie a quien rezarle.

 

En Luvina no hay fondas ni mesones ni comida. Solo viento. Y tiempo largo, que ni pasa, ni se mueve. Y lo dicho, puros viejos y mujeres solas. La única esperanza es la muerte. O, de otro modo, la única redención. En Luvina no se sabe qué es el Gobierno. Ni para qué sirve. Ah, y ni siquiera hay perros que le ladren al silencio (allí no cabría aquel verso de García Lorca: “un horizonte de perros ladra muy lejos del río”).

 

Luvina es un relato sobrecogedor. Un canto conmovedor sobre los que carecen de todo, a los que la historia los ha relegado a la oscuridad de lo innombrado. A los que — mirándolo desde otro minarete—  son víctimas de la historia. Y la padecen. Se dirá, con razón, que todos los relatos rulfianos son y expresan una profunda manera del sufrimiento. De un silencio que duele. De un rencor que flota y a veces se transporta en el viento, en el largo “aire negro” de Luvina, en el que aletean los murciélagos de la desesperación.

 

Hay lugares en los que nadie hace el amor con amor, ni se habla con los otros a fin de acercar las almas, ni se conocen momentos para la diversión. En los que se habita como si se cumpliera una condena ineludible. Y en los que ni siquiera se le atribuyen las desgracias a los pecados, a la culpa. Y uno de ellos, o tal vez el único, es Luvina, el que deja, sin falta, un mal sabor en los recuerdos.

 

No sé si usted, amigo lector, quiere subir a Luvina a escuchar el viento oscuro que parece un lamento de fantasmas en pena. En cualquier caso, antes de emprender el viaje, es recomendable que se tome una cerveza (lástima, solo hay al clima) y cambie después de la segunda a un trago más fuerte, porque allá arriba solo encontrará un mezcal “que ellos hacen con una yerba llamada hojasé” y que, a los primeros tragos, lo hará dar volteretas.

 

Anímese. Luvina, y es pertinente saberlo antes de emprender la peregrinación, no es para turistas. Cuando llegue lo más seguro, después de escuchar la afligida canción del viento, es que le den una ganas inmensas de llorar. Y entonces ya será muy tarde para todo. Luvina es una tragedia narrada en una extensión de un poquito más de tres mil palabras. Allá arriba, en el más alto de los cerros del sur, anida la tristeza.

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Imágenes de Sergio Michilini (arriba) y del libro “Rulfo, una vida gráfica”, de Óscar Pantoja y Felipe Camargo.

Días de selfis y coito veloz

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Por Reinaldo Spitaletta

—Profe, eso está muy largo.

—¿Y qué tienen contra lo largo?

Estas situaciones en torno a la lectura de textos de cierta extensión, de algún largor no muy conflictivo, que no son Los miserables ni el Quijote ni El hombre sin atributos, en fin, se presentan en los ámbitos universitarios. Tal vez porque el mundillo de hoy está hecho para la rapidez, la irreflexión, lo superficial y aquello que sea digerible en cuestión de segundos.

Hay una resistencia al pensamiento, al análisis, y a todo lo que no quepa en ciento cuarenta caracteres, o aquello que sobrepase los límites de unos segundos de concentración. Acabo de escribir una novela, de unas sesenta mil palabras, sobre un mundo extinguido, en el que si acaso aparece un teléfono es de aquellos de mesa, con cable en espiral y disco de marcación con huequitos. De los mismos que en las casas de antes les ponía el papá o la mamá un candado miniatura para evitar tanta conversadera de novias y novios.

Digo que es una novela de un ámbito de ancianidades, de seres que viven sus últimos días, apurados por la enfermedad, desahuciados por los tiempos en los que el rock y la denominada “nueva ola” desplaza sus canciones apolilladas. Calendas en las que no había sicarios ni mafiosos ni padrinitos a la criolla. También novelables, por supuesto.

Hoy, quizá, determinados editores exijan novelitas de pacotilla, con selfies, youtubers, o aventurillas de consumo masivo para que la muchachada las devore sin digestión ni crítica, que habitamos un globo en el que entre menos se piense y cuestione, mejor. Ahora, aquello que el latino Horacio proclamaba como una manera de vivir el día, con intensidad, como si ya no hubiera más tiempo para “una larga esperanza”, es poder mostrar el vacío existencial a los otros, en una autofoto, en la que los labios puedan dibujar con sensualidad el “pico de pato” o con los pómulos con ácido hialurónico “para moldear más el rostro”.

Sí, estamos en los días del “divino rostro”, con rellenos (pero no sanitarios) para corregir arruguitas y con apelación al bótox como aliado de la bonitura, porque en los tiempos de la apariencia hay que lucir chévere, y así la selfie hará una maratón por las redes sociales, con muchos “me gusta”. De tal modo, como lo hubiera dicho el viejito Fernando González, cuya mayoría de textos no son largos pero igual tampoco se leen ni sirven para adaptación a telenovela, “vanidad significa carencia de sustancia, apariencia vacía”.

El nuevo narcisismo parece estar conectado con la atrofia del pensamiento crítico y de la falta de cultivo de la inconformidad social y política, con la hipertrofia de una sensibilidad por lo banal y desechable. Es más atractivo que una marcha por los derechos a una vida digna, hacer lo posible, o lo imposible, por rellenar “surcos nasogenianos” o disimular las “patas de gallina”. Para que la selfie salga de rechupete y relumbrón.

Para las novísimas tribus juveniles, acuciadas por el mundo digital en el que nacieron y crecieron, la paciencia dejó de ser un atributo y nada puede esperar. Saben que el Smartphone que tienen en la mano ahora, mañana será obsoleto. No pueden esperar a un desenlace de novela, no están para saber cómo murió don Quijote ni por qué un policía persiguió durante tanto tiempo a Jean Valjean y ante el fracaso se arroja a las aguas del Sena. Y menos hundirse en el monólogo de Molly o quedarse perplejos ante una descripción de una fumada con volutas caprichosas en una obra como En búsqueda del tiempo perdido, que para muchos de estos chalanes nativos digitales leer una obra de esas es, precisamente, perder el tiempo.

A lo mejor (y a veces no sin razones de peso) la universidad sea una suerte de obstáculo para el ejercicio de la vida rauda de ahora. No requieren disciplinas mentales, ni ilustración histórica, ni nada que no esté sintonizado con el hoy y su velocidad einsteniana. Están más preparados para el consumo, y sobre todo, para lo que antes llamábamos el esnobismo. Todo debe ocurrir ya: un polvo, un coito (eso de que el hombre es un animal triste después del coito es pura paja para ellos), una conquista… Ah, y el concepto de amistad lo da Facebook. Hasta razón tendrán, como mi abuelo, que decía que amigos no hay. Así que, profe, eso está muy largo. Pónganos a leer un tuiter.

 

(Medellín, mayo 9 de 2016)
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¿Qué es esa vaina de la antioqueñidad?

 

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                                                                                                                                                             Tomás Carrasquilla

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Toda cultura es digna de sospecha.  ¿Existe la antioqueñidad? ¿Hay una raza antioqueña? La conmemoración del bicentenario de la independencia (1813-2013) de Antioquia ha sido un motivo histórico para diversas reflexiones acerca de lo que es y ha sido el antioqueño, visto, por ejemplo, por el visitador Antonio Mon y Velarde como perezoso, según los intereses que el hispano tenía frente a la Corona, y luego como un paradigma del trabajo y la pujanza.

 

¿Hay solo un antioqueño, aquel que estereotiparon como blanco, emprendedor, tradicionalista, jugador? Después de la declaración de independencia del 11 de agosto de 1813, surgieron representaciones de la pertenencia a una presunta raza, superior, diferente a las del resto del territorio nacional, en una suerte de propaganda “eugenésica” promovida por las élites y que si bien condujeron a proporcionar elementos identitarios, a su vez sentaron bases para un discurso segregacionista y con acento en la división social en clases.

 

Ser antioqueño posiblemente también sea un acto de fe, y más en estos breñales en los que hubo interesantísimas mezclas de rezanderías, juegos de azar, actos mágicos con monicongos y toda suerte de simbiosis entre lo negro, lo indio y lo blanco. Sin embargo, durante muchos años (tal vez todavía continúe), se impuso una tendencia de superioridad del “blanco”, en particular si pertenecía a las élites económicas y si su presunta blancura estaba respaldada con oro. No faltaron blanqueamientos forzados y compra de títulos nobiliarios para demostrar que no había contaminaciones judías y moras, y menos indias y negras.

 

Las élites, conectadas con la minería, el comercio, la caficultura, el modelo empresarial antioqueño, fomentaron además discriminaciones frente a los pobres, que carecían de buen tono, olían mal, eran “pecuecudos” y se perdían en los vicios; y se erigieron como las poseedoras del “buen gusto” y mejor talante, que pasaba por los raseros franceses, el esnobismo y la copia de lo europeo. Los valores bursátiles y todas las plusvalías eran parte de esa cultura de los escogidos por la fortuna, “Cual si todo se fincara en la riqueza, en menjurjes bursátiles y en un mayor volumen de la panza”, como lo poetizara con ironía el musical León de Greiff.

 

 

Y dónde quedaba entonces el aporte del barequero, del recolector, del obrero que emerge con el siglo XX, de las prostitutas (que abundaron sobre todo en Medellín en la primera mitad del siglo pasado), de los arrieros y colonos; de los albañiles y forjadores de hierro; de los que abrieron las selvas de Urabá; de los que tendieron los durmientes y tiraron líneas férreas. Una cultura es una complejidad y, en el caso antioqueño, una diversidad de maravillas, venero para todas las interpretaciones y búsquedas. No es solo el criterio de burgueses y los refinamientos de clubes de exclusividad.

 

¿Hay un antioqueño melancólico? ¿Hay otro festivo? ¿Cuáles son sus características lingüísticas? ¿Habla lo mismo el de Apartadó que el de Rionegro? Lo que se denomina la antioqueñidad, cualquiera cosa que esto sea, es una serie de rasgos sociológicos, económicos, lingüísticos, en fin; una combinatoria entre prenderos, avaros, ricos barrigones (según Fernando González), uno que otro santo, bandidos (muchos), la obrería, el pícaro, el rebuscador, el cacharrero, el que no se vara (y si se vara, rápido se desvara), el camandulero, el agiotista, el compositor de bambucos… Una mixtura que ha producido modos de ser y de tener.

 

Tal vez el máximo escritor de estos valles y montañas, el gran Tomás Carrasquilla, sea el que más elementos ofrezca para interpretar y criticar la cultura antioqueña. En sus relatos y novelas, crónicas y homilías, se radiografía al pueblo y a las élites. En sus obras se pueden auscultar las mentalidades coloniales, la economía, las opresiones y servidumbres, las fiestas, los nuevos ricos, los arribistas, y aun, como en Frutos de mi tierra (1896), se puede avizorar lo que vendría casi cien años después, con los tenebrosos carteles de la mafia, a cuyo poder y ordinariez también sucumbieron algunos “ricos tradicionales”.

 

Quizá a los antioqueños el complejo de superioridad se nos haya trastocado por el complejo del hideputa, o del que se avergüenza de lo suyo, como lo cuestionó el pensador de Envigado. Quién sabe. Es posible que todavía sigamos siendo banales y necios, con una total inopia en el cerebro, como nos lo restregó el panida de Greiff. Puede ser que adoremos a la virgen de los sicarios y leamos con fruición la autobiografía de la Madre Laura. Y que nos sigamos creyendo el ombligo del mundo.

 

Tal vez han cambiado las “cremas y natas”, algunas de ellas reemplazadas por advenedizos “café con leche”. A lo mejor, cambiaron los amos, aunque, en esencia, los esclavos sigan siendo los mismos.  No sé si nuestras simpatías y temores sigan estando entre Dios y el diablo, pero si uno u otro —o los dos— da platica (¡A la plata!, dirá Carrasca), pues, queridos, ahí estamos pa’ las que sea. “Vale Jesús lo mismo que el ladrón”, como en aquel tango. Qué vaina pues.

 

(Medellín, agosto de 2013)

 

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Horizontes, pintura de Francisco Antonio Cano, 1913.

Federico Villegas, un infarto de plomo

N.B. El poeta y pintor antioqueño Federico Villegas Barrientos murió, a los 92 años, el primero de mayo de 2017. Estos dos reportajes que le hice hace tiempos se reproducen en honor a su memoria y trayectoria.

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Un vuelo de pájaros de papel se mete por sus ojos tristes y claros. Está acostumbrado a mirar más allá de los cielos. De niño, lo asustaban (y lo embelesaban) las estrellas y la noche. Hoy lo siguen amedrentando las soledades, las palabras, el canto nocturno del grillo. Está lleno de asombros y dolores, contemplativo. Es, como él mismo lo dice, un huérfano cósmico. Un poeta.

 

Las cometas siguen flameando en el cielo de Robledo, de últimos de febrero. El hombre camina por un callejón, adornado de trinitarias moradas y solferinas. Entra a su casa. Pasa a la biblioteca y se sienta a su escritorio. Un pedazo de firmamento se cuela por la ventana.

 

El hombre, vestido de pantalón y chaqueta champañas, camisa blanca, no se ha puesto hoy la corbata. Pero, en cambio, sí lleva la tristeza, quizá en su escaseante pelo blanco, o en sus palabras de profeta, o tal vez en sus sesenta y cinco años. Se llama Federico Villegas Barrientos.

 

—¿Qué es ser poeta?

—El poeta es el hombre que viene al mundo a mirar. Y nace cansado. Nace para nada. La gente nace para carga y le choca que uno nazca para silla. El poeta es un ladrón…

—¿Por qué?

—Porque se roba las cosas para él. Se roba el sol, las flores, la realidad… El poeta es un traductor.

—Ah, sí, pero también es un sospechoso…

—Sí, y es un estafador. Asusta. Asombra. Es un solitario. Al poeta solo lo quiere el poeta y lo rechaza la sociedad.

 

Sus palabras se riegan por la biblioteca. En una pared hay un retrato del poeta, pintado por Rubayata. Muy cerca del mapamundi aparece otro retrato de Villegas, pintado por Ramón Vázquez. Sobre un estante, una hermosa talla de madera representa a don Quijote con una espada en la mano derecha. Y disimulado entre decenas de volúmenes, uno de los libros del poeta: Infarto de plomo, publicado en los setentas. En un mes, se agotaron tres mil ejemplares.

 

Federico Villegas tiene varios libros publicados. Por ejemplo, sus famosas Carambolas mentales, que son como greguerías, frases ingeniosas, en las que, además, demuestra su hondura humorística. Su carga de irreverencias. Tiene otros inéditos, como La sombra de la nada, Jubilado del ocio, La siesta de los elefantes, La casa de la arboleda.

 

En otro tiempo, Federico fue registrador municipal del estado civil en Ciudad Bolívar y en otros pueblos. Alguna vez, al visitar a un hacendado, este le dijo que mirara el horizonte: “hasta allá —dijo el terrateniente— se extienden mis propiedades. Soy dueño de todo eso”. Federico, sin inmutarse, contestó, elevando el brazo y señalando hacia el cielo: “Yo, en cambio, soy dueño de todo eso”.

 

—¿De qué vive ahora?

—De nada. Más bien muero. Uno siempre está muriendo. Ahora estoy jubilado con esas cositas que da el Seguro Social, que caben en la punta de una navaja.

—¿Corrige mucho sus textos?

—No, soy muy perezoso. Por eso es que no tengo vicios.

—¿Cree usted que el poeta es propiedad del pueblo?

—No, eso es una frase. El poeta es propiedad del poeta. Nadie lo sigue. Jesús inventó una religión humilde, de tolerancia, de hambre, hermosa. Nadie lo sigue. Uno ve los obispos embarazados de anillos y lujos. Lo mismo pasa en la política.

—¿Qué piensa de la política?

—Se la contesto con esta suerte de carambolas: “cuando el niño es medio bobo, tímido, cruel, terco pero astuto y ambicioso, tiene futuro político”; “si fracasas en tu profesión, no te preocupes: entra a la política y ascenderás”.

—Usted le ha cantado a héroes del pueblo, como al Che Guevara.

—Sí, admiro al Che Guevara. Era un hombre superior. Era de esos que se entrega por un ideal honrado y serio. Los ideales no tienen política. No son liberales ni conservadores ni comunistas.

 

Federico Villegas es de aquellos hombres con facilidad de lágrimas. Le gustan los caminos y las soledades. Tiene vocación de pájaro. Es tenor, aunque ya, según dice, perdió la voz. También es pintor. Y es padre de tres hijos (Coco, Natalia y María Teresa). Siente con hondura el tango. “Gardel es una luna con bufanda”, dice.

 

Es capaz de quedarse horas y horas hablando de la existencia, de las estrellas, del arte. Y de la gente simple. “No tengo temperamento burgués. Quizá en mis gustos haya un aristócrata. Me gusta la ópera, por ejemplo. Detesto la pompa y la pretensión y la indiferencia por la gente pobre. Me identifico con el dolor de la gente. Respeto profundamente el hambre. La burguesía aquí habla de secuestros, pero no se da cuenta que el pueblo está secuestrado hace quinientos años”.

 

—Voy a hacerle una pregunta de cajón: ¿cuáles son sus autores?

—Dostoievski, Víctor Hugo. Todo el mundo dice que Cervantes es lo último, pero me gusta más Tolstoi.

—¿Y sus poetas?

—César Vallejo, el Tuerto López; Neruda por lo musical y humano, es un dirigible de amor, también por su posición frente a la vida y el mundo. Puede que haya poetas más hondos que él, como Vallejo, pero me gusta Neruda. Silva, por haberse suicidado, me parece grande.

—¿Usted tiene vocación suicida?

—Sí, pero la cobardía lírica o la consideración de que no me gusta asustar, me impide suicidarme. El poeta muere a cada instante.

 

Villegas es un maniaco-depresivo, según sus propias palabras. Hay días en que amanece asediado por las tristezas. Cuando el cielo está gris, aumenta su melancolía. Y hay días en que expresa alegrías y se torna niño. “Yo, en general, soy un hombre triste, porque esto de vivir es muy grave. No entiendo por qué hay que ser tan obedientes. Porque los hombres van a la guerra cuando otro hombre se los pide”.

 

Sentado a su escritorio, el poeta observa una lámpara de largo brazo. Quizá recuerda los días de infancia, cuando se subía a los árboles a ver cantar los pájaros. A veces, se torna nostálgico y evoca a aquella mulata de Necoclí, llamada Elvira Reyes, “de los reyes de Baltazar”, que tenía unas tetas con sabor a coco. O recuerda la vez que en Anorí, en una reunión, un cura le preguntó de qué familiar era. Villegas respondió: “soy de muy buena familia, soy primo de la mujer del arzobispo”. El cura casi lo manda a encarcelar. A otro sacerdote le pidió una vez que le subarrendara la iglesia por cien mil pesos al mes.

 

—¿Se considera un hombre rebelde?

—Sí, pero la rebeldía no es altivez. Soy rebelde ante las injusticias, ante el truco, ante tanta pompa y engaño. Me disgusta tanta farsa. Por lo demás, no soy capaz de matar un ojo ni de alzar la voz.

—Uno de sus temas literarios es la muerte, ¿qué piensa de la muerte?

—Es algo que asusta. Esa palidez, esa soledad de la muerte es terrible.

 

Villegas no sabe si él es poeta o un anarquista o un loco o todo lo anterior. En rigor, el artista debe tener algo de loco. Debe escribir (o pintar) con sangre (“le aconsejaron que escribiera con sangre y le sacó punta al dedo índice”, dice una de sus carambolas). Debe caminar muchos caminos. “Un hombre vale por la sensibilidad; lo demás es truco”, opina Federico.

 

Villegas es un cuestionador de la sociedad. Y de las desigualdades. “La indiferencia de la burguesía no es maldad, es ignorancia. Los ricos son brutos. Son de malas de la cabeza. No oyen ni ven ni entienden. Y son de mal gusto. No se embriagan con las cosas, no oyen a la gente, no se asombran”.

 

De pronto, mientras habla, suena el teléfono. Levanta el auricular. Nadie habla tras la línea. Entonces recuerda una de sus miles de carambolas mentales: “Nadie contesta al teléfono del grillo”. Por la ventana siguen entrando pedacitos de cielos de verano.

 

—¿El mundo necesita poesía?

—Sí, necesitamos más poesía. El hombre que nace enamorado ama la poesía. El que no, se pierde en laberintos de ecuaciones. Es poca la gente que nace enamorada. El hombre lleva una bestia adentro y si no la mata, queda como un potro sin amansar.

—¿Es usted feliz?

—No, estoy lejos de la felicidad. La felicidad es muy buena, pero está muy cerca del idiota.

 

Villegas permanece en su escritorio. Es un hombre al que le gustan los ojos de las colegialas. Es de los que sabe que no hay foco que mejor alumbre que un seno de mujer.

 

Afuera, el cielo de Robledo continúa adornado de cometas. Él saldrá más tarde y ellas se meterán por sus ojos tristes. Al fin y al cabo, es poeta, que es la manera más alta de ser algo.

 

(Medellín, marzo 3 de 1991)

Ilustración realizada por Federico Villegas  para el libro El último puerto de la Tía Verania.

 

De pájaro, poeta y loco, Federico tiene un poco…

 

(“Muchas esculturas de Medellín deberían ser dinamitadas”, dice Villegas Barrientos)

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Desde una remota tristeza un payaso de acrílico al que le florece un bolsillo, mira hacia la nada. Es curioso: en los ojos del pintor también hay una indecible tristeza, como esa que se transparenta en los ojos de un perro (podría ser aquel, lanudo y gris, o tal vez azul). Son pocos, tal vez ninguno, los niños que hoy se suben a los árboles a cantar como pájaros. El pintor era uno de ellos. Debido a ese asombro inicial, aún canta, pero desde el suelo. Y escribe poesía. Y sueña (¿con búhos de estática mirada?)

 

Federico Villegas Barrientos, casi siempre de corbata, casi siempre de traje entero, ha publicado libros (Carambolas mentales e Infarto de plomo, entre otros) y es dueño de dolores existenciales y de soledades íntimas, y, además, de un buen pincel. Pinta, con colores fuertes, y con lunitas y soles (iluminando cada obra suya) que son como su firma.

 

“Ve, no sabías que vos pintabas”, le han dicho. “El arte no lo hace el hombre —dice—, está hecho por la naturaleza. El hombre copia, imita, repite a Dios o al mundo. Por orgullo trata de hacer algo. Pretensión. Los colores y la luz están ahí. Uno pone la forma, siempre y cuando tenga temperamento de artista, el dolor, la angustia, y esté fuera de sí. Hay que hacer poesía con la pintura. Porque o si no se torna la cosa precisa, fría. Pura artesanía”.

 

No pinta por oficio (el arte por oficio es basura, dice) ni por negocio. Pinta por buscar. Y cuando está fatigado. Es un caminante. Y si en el camino tiene sed, busca agua y toma. Y si le sale la voz, canta como un pájaro. “Todo lo que hago lo hago con sinceridad, y eso me saca del infierno de mis errores”.

 

Piensa —con Kafka— que el arte es una religión. Lleva en su pecho, adentro, una guitarra, que a veces suena, que a veces calla. “Cuando canto, pongo poesía… cuando pinto, mezclo la luz, la forma, la poesía, el drama. Uno tiene que parecerse a uno mismo. La desesperanza, el dolor, lo hacen a uno universal. El arte es grito”.

 

—¿El artista sufre mucho?

—Completamente. Es un enfermo superior. El artesano es un buen trabajador, un buen carpintero, correcto, pero no se fatiga ni le duele nada. No contagia, no asombra… La pintura hay que hacerla con gran dolor. La línea y la técnica no son el arte. Hay que salirse de la línea, de lo frío. Los artesanos apenas conocen el oficio, no más.

—Ejemplo de un artesano

—Rodrigo Arenas Betancur. Es un artesano vanidoso y furioso, porque también hay artesanos sencillos. Tiene un temperamento de bufón desesperado. Es muy trabajadorcito y ambicioso. Uno debe ser honrado consigo mismo. Él está muy lejos del artista. El artista es un escéptico. Rodrigo cree en las cositas que hace, en sus muñecos. Claro que lo del Pantano de Vargas le quedó bien. Lo demás es una lápida, sin movimiento. Antioquia dio un escultor clásico y bueno: Marco Tobón Mejía.

—¿Y Botero?

—Es una excepción dentro de los técnicos. Sus figuras son tiernas, llenas de humor, de perfección y soltura. Es un gran artista. Su colorido es hermoso, su figura también. No se sale de la línea, pero eso se le permite, porque es un genio. Su escultura es bella, precisa. La gente ve el volumen y lo acaricia, como sucede con La Gorda. Es muy humana su obra.

—Medellín es llamada la “ciudad de las esculturas”. Una reciente decisión del Consejo de Estado echó a pique un acuerdo para realizar obras de arte en las urbanizaciones. ¿Cómo le parece?

—Sabia decisión. Habría que destruir esas esculturas tan aterradoras, muñecos mal hechos. Esos muchachos debían hacer albañilería u otra cosa. Todas se condenan. No cito nombres, pero algunas deberían ser voladas con dinamita.

 

Como se nota, Federico Villegas es, también, un irreverente. Para él el poeta es un niño, un cobarde, un ser inseguro y solitario. “Aquí hay muy pocos poetas”, dice. ¿Quiénes? “Barba Jacob, que estaba contra todo, era un hombre de grandes valores. Y no le tenía miedo al hambre ni a la muerte. Tenía la moral del amor, el respeto al hombre, no el tembleque cristiano, que es un engaño. Ese es un poeta. La poesía era su huella, la sangre en sus caminos. La poesía de ahora es de frases fáciles, puro carnaval y vanidad”.

 

—Hay un lugar común que dice que el poeta nace…

—Ah, sí, pero no muere. El poeta es un niño viejo y degenerado. El artista en general tiene un gran dolor, que viene con él. Para un hombre sensible la tragedia es todo: sentarse a la mesa a comer jamón, porque le sabe a corcho cuando piensa en los otros que nada tienen. El insensible vive feliz, estrena en semana santa, se siente poeta, blanco, importante. Un hombre que vale tiene un dolor permanente. Es un inconforme. Si el hombre no vuela, está jodido.

 

Federico cree que a toda hora no es posible estar produciendo. El cosmos, el cerebro, el alma, están en movimiento. Y a veces se está alegre, a veces triste, o loco, o cerca de la muerte, en agonía. El hombre es un vaivén, incierto. “El hombre es de momentos. El oficio permanente es para el gerente de un banco, cosas así. El artista tiene que aguardar su momento”, dice.

 

—¿Cree en la inspiración?

—No, es un temperamento, un dolor que llega, un aire que viene. Para mitigar la angustia uno se pega del arte. Me gusta el color fuerte, mientras más se parezca a la sangre, al fuego. Soy un desesperado. Y cuando pinto, estoy fuera de mí.

 

A Villegas Barrientos le entusiasmaban de niño (le entusiasman aún) los payasos de circos pobres, de carpas rotas, de aserrines dispersos. Y le gustaban los payasos malos. Esos que son una caricatura de lo trágico, que no eran capaces de hacer reír a nadie. “Uno es un payaso, pero a mí no me da plata la payasada, porque soy más triste que alegre. No creo en los palcos de vanidades. La mayoría de la humanidad se la pasa arrodillada y pierde el espectáculo de la vida. La vida es un milagro. Aunque el hombre sea una estafa a la naturaleza, porque no se integra a ella, es necesario el respeto. El amor no existe; existe la necesidad. Nos necesitamos unos a otros aunque no nos amemos. A los padres pobres se les llora cuando se mueren, porque son los que alimentan, dan la comida; a los ricos, porque sus hijos van a heredar”.

 

—En su pintura están como motivos Chaplin y el Che Guevara, ¿qué son para usted?

—Admiro al Che, siento cierta envidia de esos rebeldes con causa, de esos justos, de esos a los cuales desespera la miseria y la injusticia, la desigualdad. El Che era un sacerdote de la justicia. Un bohemio de la selva, muy especial y misterioso. Chaplin era otro sacerdote, dentro de la comicidad. El mundo es cómico, y el humorista es el ser más inteligente y serio. Chaplin era de una tremenda tragedia.

 

Es posible que a Federico Villegas le florezcan los bolsillos y que desde su ventana de asombros mire el espectáculo trágico del mundo con una tristeza de payaso varado en Nueva York o en cualquier esquina de la desesperanza.

 

(Medellín, 3 de julio de 1994)

 

 

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Federico Villegas Barrientos

El payaso y una guitarra verde

(Imaginaciones alrededor de un cuento de Cepeda Samudio y un tango circense)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

1.

Me parece que al payaso le pasa hoy lo que al diablo: nadie cree en él (aunque decía Baudelaire que esa era una de sus astucias: hacer creer que no existía). El uno y el otro se han desprestigiado y perdido el indiscreto encanto que los hacía tan respetables. Aquel era un experto para desatar risas en los niños —se dice que también en los adultos—. Con el diablo (y todas sus variables) los señores de antes intentaban asustar al muchacho malcriado y a fe que la invocación satánica surtía los efectos deseados. Los papeles se han invertido. Los payasos, sobre todo los malos, producen pánico en los chicuelos, mientras el demonio les provoca una risa burlesca, de absoluta incredulidad. Los tiempos cambian. Menos mal.

Creo que es más difícil ser payaso en estos días de sobresaltos y desamparos, porque la gente se volvió triste. Se ha olvidado la risa, aquella que en el Renacimiento era aliada de la razón y de la estética. Ya para nada asombran una redonda nariz roja ni una bocaza pintarrajeada de encendidos colores ni unos carrillos con colorete. No emocionan los zapatones que sirven hasta para dormir de pie, ni los trajes anchos estampados de bolitas, ni la voz funambulesca que articula chistes llenos de lugares comunes, salpicados de ingenuidad y de tontería. Se envileció el oficio de payaso (y, sépanlo, los políticos y algunos periodistas deportivos han contribuido mucho en tal descaecimiento).

Hace tiempos, intentando imitar a un personaje de un cuento de Álvaro Cepeda Samudio, quise vestirme de payaso con la intención de encontrar a alguien que supiera tocar una guitarra verde, única en su género: servía para dar serenatas. Me puse una nariz de plástico y, frente a un espejo, comencé a pintarme la sonrisa y a teñirme los cachetes con pintura roja y blanca. Me puse una peluca anaranjada (quería una de alondras como la que sugería el loco del tango-balada de Piazzolla y Ferrer, pero a mano sólo había golondrinas), ensayé varias sonrisas, risas y carcajadas, probé morisquetas y alguna acrobacia, me puse un camisón fosforescente y un pantalón morado y me calcé unos desmesurados zapatones, pero antes de salir a buscar un circo, antes de enfrentarme a posibles espectadores, me di cuenta de que era un payaso muy triste y que la tristeza se me notaba en todo el cuerpo. Nada podía camuflarla. Es más: resaltaba entre tanto maquillaje. “No sirvo como payaso”, pensé, mientras dos lagrimones rodaban por la pintada cuesta de mis mejillas.

Entonces me dediqué a ir a los circos con el propósito exclusivo de observar a los payasos. Los del circo pobre y los del circo rico eran iguales, en el fondo y en la superficie. Reían en la misma tonalidad. Los rusos, los chinos, los estadounidenses, los mexicanos, los argentinos, los colombianos, todos hacían un descomunal esfuerzo para no llorar de verdad en escena. Luchaban contra sí mismos. ¡Vaya! si es que es muy difícil ser un payaso risible. Un payaso de verdad. Su alma despedazada se les asomaba por los ojos, y casi siempre estaban a punto de quebrarse en llanto. Creo que yo era el único que me percataba de esa tragedia y entonces me salía antes de que la función acabara.

Durante un tiempo los payasos ocuparon mis sueños. Y mis pesadillas. Los veía convertirse en monstruos, en zombis de torpe caminar, en recaudadores de impuestos, en verdugos, en presidentes de la república… Por considerarlo vergonzoso y estéril no consulté el caso con ningún psicólogo ni alquilé los oídos de algún psicoanalista. Hoy, ya curado de tales tormentos oníricos, salgo de vez en cuando por las calles con una guitarra verde en bandolera, y escucho a la gente, burlona, decir a mis espaldas: ¡ja, ja!, miren, qué risa, ese tipo se cree payaso”.

2.

Estaba parado frente a un cajero electrónico de Junín. Delante de mí había unas muchachas de uniforme de colegio, que se filaban para hacer transacciones. Entraban de a dos. Y se demoraban. Quizá adentro, en la cabina, conversaban de sus novios, de sus profesores, de sus días en que dejarán atrás los cuadernos para dedicarse a aventuras de otra índole. Quizá. Cuando salían, las otras se entraban, y las que esperaban, les decían: “no se demoren”. Y más tardaban en su tarjeteo y conversa de vidriera.

Mientras lamentaba en mi interior no haber tenido un libro para tan larga espera, pasó un tipo de melena ensortijada, de tenis, y con una guitarra verde al hombro. No sé si palidecí. En otros días, ya lejanos, era casi un milagro ver una guitarra verde. No daba crédito a lo que estaba viendo. Cuánto tiempo busqué en vitrinas de almacenes de música una como la que ahora portaba el hombre que se alejaba hacia la avenida La Playa.

Quise abandonar la fila, pero me contuve. Ya había esperado mucho. Sí, pero sentía en mi interior el arrebato de salir tras él para decirle que, por favor, tocara la guitarra, que una guitarra de ese color debía sonar distinto, tener músicas propias, quizá en su caja sonora podría albergar a algún duende… Y ya estaba a punto de perseguirlo cuando las últimas muchachas salieron del cubículo y decidí (no vestirme de payaso, como en el cuento de Cepeda) entrar ahí. Y mientras hundía teclas y marcaba cantidades y clave, tuve la tentación de cantar una tonada que me pareció siempre de lo más surrealista: “un elefante se balanceaba sobre la tela de una araña”, que podía irse hasta el infinito porque dos, tres, cuatro elefantes se balanceaban en una telaraña imposible, y así.

De pronto, llegaron las músicas de Soy un circo, un tango de Héctor Stamponi y Horacio Ferrer. Y decidí cantarlo a media voz: “Soy un circo, hermano mío, soy un circo, / secá tu llanto en la melena del león, / después vestite con mi frac de pajaritos / que el Quijote y Buster Keaton / nos esperan en el hall…”.

Cuando salí, enrumbé hacia la avenida por donde había desaparecido el de la guitarra. No estaba por ningún lado. Tal vez ya estaría en algún bus cantando canciones de emergencia o en un bar buscando una muchacha que le escuchara los arpegios y acordes de su vagabunda guitarra verde.

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Fantasmas en los nimbus

(Cine patasarriba, caras virginales en las paredes y un caleidoscopio de infancia)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Las ensoñaciones podían advenir por el polvillo flotante en un rayo de luz que penetraba por un orificio de la ventana de madera. A veces, porque sobre el techo se reflejaba la calle patas arriba, con gente caminando al revés, proyectada por la luz de resquicio que nos hacía tener un cine natural en casa. La imaginación se acrecentaba con las juntas de los ladrillos, cuya mezcla de cemento y arena formaba rostros de vírgenes desmirriadas y palomas al vuelo, o, cómo no, la imagen de la verónica de semana santa.

 

En las paredes del cuarto, que todavía estaban sin repellar, era posible hacer un álbum de fisionomías, de fantasmas de arena y polvo, con figuras danzantes o carreras de caballos y perros, todos creados por un magín de calenturas. Y, en los desayunos, cuando quedaban en la taza las borras de café o chocolate, se podían avizorar anuncios de buenas nuevas y presagios de suerte pesarosa. En esas formas aleatorias se podía leer el futuro “que yo no perdí”. La incertidumbre del porvenir.

 

La niñez era una invitación a robustecer las imaginaciones y volar sobre tejados y azoteas. Leer las nubes, descubrir en ellas disímiles figuras, como caras barbadas, trompas de elefantes, perros de caza, era una manera de la fantasía. Después, sobre nimbus, stratus, cirros y cúmulos, era factible crear una historia de brujas y hadas, con grafismos celestes. La pareidolia, ese fenómeno que nos hace ver cosas donde no las hay, se trasladaba a montes y pináculos en los que era posible desentrañar rostros pedregosos, jorobados en actitud vigilante y voces siniestras que se desprendían de troncos y malezas.

 

¿Y qué tal la gota de aceite en el asfalto? Era una productora de imágenes irisadas con las que el cielo descendía a la calle. ¿Y los charcos sobre el pavimento? Otro modo de ver el mundo, a escala, como una maqueta, de sentir tormentas y escapar a naufragios de esquina. Había en muros y postes una convocatoria de ilusiones ópticas, de fotogramas urbanos que nos convertían en espectadores de lo asombroso en lo ordinario.

 

Cuántas fascinaciones nos contaron los techos, mientras vos, bocarriba, trazabas mapas y montabas en camellos a través de desiertos con simunes y arenas desenfrenadas. Eran modos baratos de enardecer el cerebro con imágenes de mujeres desnudas, que se reflejaban en los espejos imaginarios de la terraza. A veces, cuando se buscaban otras emociones, entonces se fabricaba el artesanal caleidoscopio, con conos de hilados y vidrios y cuentas de colores. Era subirse en una aventura visual que cambiaba de episodios y personajes con solo mover el artefacto para mezclar su mecanismo elemental.

 

Con el caleidoscopio, sin saberlo quizá, nos introdujimos en el universo de las formas geométricas y los fractales (cuando este término ni se usaba), en la óptica de lo imaginario, espejismos para la relajación y el disfrute de los sentidos. Era un ejercicio que trascendía la hechura de barquitos y aviones de hojas de cuaderno. Había un ritual en su preparación, en la búsqueda de los cristales, las cartulinas y los espejos fragmentados.

 

Armar un caleidoscopio rústico tenía su gracia. Esperar, por ejemplo, que los conos de hilo de la máquina de coser de mamá o de las vecinas se acabaran para utilizarlos en el cuerpo del aparatejo elemental. En ocasiones, se picaba papel de globo para efectos especiales, que no era más que darle un toque de color al interior. Una vez, a casa llevaron uno de mejor confección, con decorados exteriores que representaban un gnomo y un niño montado sobre un perro y en el que se podía ver el otro lado del mundo, con geometrías móviles, deslumbrantes,  que se prolongaban hasta el infinito.

 

Se podría decir que el universo de la luz, el de sus efectos y misterios, nos mantuvo atentos en buena parte de la infancia. Era la unión de cinematógrafos domésticos, de espejuelos cromáticos, de pinturas en el cielo, de esculturas en las montañas vecinas, con nubarrones que siempre deparaban sorpresas. Una invención de coordenadas nuevas, de hemisferios impensables, de sombras chinescas revueltas con lunas de papel.

 

Tal vez los que aprendimos a interpretar las nubes, a buscar en sus formaciones otros modos de los relatos mágicos, de las ficciones efímeras, nos sigue gustando observar los cielos, porque, sin falta, habrá en ellos una historia de golondrinas y arreboles apresurados que a veces se parecen a los colores de los caleidoscopios de un tiempo luminoso y feliz.

 

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Historia de un oso con exilio

(Recordando a Benedetti y un cortometraje chileno ganador de un Oscar)

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Por Reinaldo Spitaletta

 

La conversación con Mario Benedetti, a quien entrevisté en 1985 para un diario de Medellín, fue derivando en simbologías y representaciones del exilio. Para entonces, el poeta y narrador uruguayo, que bebió de las amargas experiencias de los que se tienen que ir (huir) de su país para preservar la vida, había construido una suerte de noción en sentido contrario: el desexilio y de cómo, tras la caída de la dictadura militar argentina (1983), se abrían las puertas del retorno para los que se habían tenido que marchar.

 

Benedetti, que tuvo que salir de Uruguay, y fue perseguido por todas partes por la policía militar de su país (Buenos Aires, Lima, La Habana), vivió en España, su penúltimo refugio, hasta muy entrado en años. Y, al final de cuentas con la vida, retornó a su tierra natal, donde murió en 2009.

 

Para el autor de La tregua, los que se quedaron, perdieron la libertad; los que se fueron, el contexto. Y en ese aspecto, señalaba que ni unos ni otros debían hacerse reproches mutuos. Y ya en estas se andaba en la charla, cuando comenzó a hablar del concepto de “contranostalgia” como una parte esencial del desexilio, proceso de retorno a las raíces, al territorio ancestral y la identidad.

 

“Así como la patria no es una bandera ni un himno, sino la suma aproximada de nuestras infancias, nuestros cielos, nuestros amigos, nuestros maestros, nuestros amores, nuestras calles, nuestras cocinas, nuestras canciones, nuestros libros, nuestro lenguaje y nuestro sol, así también el país (y sobre todo el pueblo) que nos acoge nos va contagiando fervores, odios, hábitos, palabras, gestos, paisajes, tradiciones, rebeldías, y llega un momento (más aún si el exilio no se prolonga) en que nos convertimos en un modesto empalme de culturas, de presencias, de sueños”, escribió Benedetti en un artículo de prensa.

 

El exilio, que para los de América Latina se tornó cotidianidad, casi paisaje (paisaje de desierto y dolor), en los setentas y ochentas, producto de las dictaduras, gobiernos represivos, el avance de la ultraderecha, auspiciado por los Estados Unidos, como sucedió, por ejemplo, con el Plan Cóndor, volvió años después (2016) a la palestra de actualidad, ya no como una realidad de desventuras y desprendimientos, sino como metáfora, gracias a un cortometraje chileno, Historia de un oso, ganador del Oscar a mejor corto animado. Chile, que padeció la dictadura del general Augusto Pinochet, fue uno de los países del Cono Sur que más exiliados tuvo en aquellas calendas de horror.

 

Chile, la de los Parras cantores y poetas, la de Huidobro y Neruda, y la de los testimonios musicales de masacres en escuelas y estadios, vivió en los setentas, y durante largo tiempo, uno de los martirios más desgraciados de América Latina: el desarraigo de miles de sus ciudadanos. Y la desaparición y tortura de muchos otros.

 

Los chilenos Gabriel Osorio y Pato Escala, mediante una hermosa metáfora, recorrieron en diez minutos los significados del exilio no solo en su país sino en América Latina, con un oso robado por un circo y sometido a una disgregación familiar y a la tristeza permanente.

 

La historia, con sonidos de cajitas de música, de tiovivos y reminiscencias infantiles, es de un oso solitario (los osos han aparecido en distintas películas, pero también en la afición sanguinaria de un reyecito español que mató muchos de ellos en Rumanía) que construye un diorama como una posibilidad de que la memoria no se pierda y de que la tragedia ocurrida no quede del todo en esa impunidad tremenda, que es la del olvido. Pero, según el director, la pequeña narración visual, de exquisita construcción, va más allá: tiene que ver con la historia de su abuelo (Leopoldo Osorio), militante del Partido Socialista, que en 1975, tras dos años de prisión en su país, se tuvo que exiliar en Inglaterra.

 

Y aunque el espectador desconozca estos antecedentes, que están ligados al derrocamiento de Salvador Allende y la dictadura de Pinochet, la historia está tejida con una honda y delicada representación de la libertad, los encadenamientos y represiones. Es una historia política, sin que la política sea evidente, pero sí atraviesa el corto. Hay (como lo advirtió el nieto cineasta en la premiación de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas) una condensación de lo vivido por los presos políticos, los desaparecidos y exiliados del régimen pinochetista.

 

Apreciar la intensa cortedad de esta historia, puede provocar en algunos espectadores un retorno a la infancia, pero, al mismo tiempo, una dolorosa sensación de lo perdido y jamás recuperado. Con apariencia de juguete, el filme, que utiliza lo artesanal en una mezcla con tecnologías avanzadas, es otra posibilidad para la imaginación y la reflexión política.

 

¡Ah, sí!, y volviendo a Benedetti, que usó la palabra desexilio por primera vez en su obra Primavera con una esquina rota, y que en 1985 pudo retornar a su patria, el escritor (que también apareció en películas como El lado oscuro del corazón, de Eliseo Subiela) decía que “el exilio es el aprendizaje de la vergüenza y el desexilio, una provincia de la melancolía”.

 

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El chicanero

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Por Reinaldo Spitaletta

Puede ser —no hay claridad al respecto—  que haya tenido una infancia de desventuras, en la que nunca el Niño Jesús (o su equivalente) le trajo un regalo, ni siquiera tuvo una pelota, artefacto de maravilla que jamás cae y es la gracia infinita para un chico, o tal vez pudo ser lo contrario: le sobraban las atracciones de juego, la ropa refinada, los cuadernos más costosos y el colegio más caché. Lo que hubiera sido, le dio hoy esas ínfulas que se le notan hasta en el caminado, con superioridad en la mirada como de príncipe a punto de coronar trono, pasos medidos de modo que no altere el ritmo uniforme, y en estar pendiente de quiénes lo observan.

 

Le interesa lucir relojes y anillos de pedrería, cadenas colgantes, camisas de exclusividad. Y no solo es con la ropa con la que expresa su altivez de pose. Que se puede hacer listado de zapatos distinguidos y de los informales que, para mayor fatuidad, deben ser de marca internacional. Cuando habla se le siente un tufillo de petulancia. Un aire de altanería. Puede ser, si se le examina mejor, como el narciso, e incluso un poco como el petimetre. La diferencia radica en que él desea con obstinación que lo miren para producir en el otro —eso cree— una especie de rivalidad. Es como si dijera: “mirá, yo puedo usar estos vestidos y vos apenas podés tener unos de cargazón, si acaso”. O “ve, puedo tener una loción fina, fragancia de maderas, exclusiva, mientras a vos el pachulí y el pino silvestre te dan la estofa de bajeza y ordinariez que siempre te han caracterizado”.

 

El chicanero tiene un género de complejo que puede rayar en la estupidez. Solo que él considera que las cosas que compra, sus modos de ser de estar exhibiendo aunque sean oropeles, de creer que nadie es capaz de ocupar la calle, la acera, como él lo hace cuando se desplaza, porque sabe de caminados, de dejar una estela de cometa Halley, tan escaso, lo convierte en un tipo chocante ante los demás, pero él, como si fuera autista, ni se entera de que es un rey de burlas, centro de chistes y consejas. “Vean, ahí va ese que no es más que nadie y se las da de café con leche”. “Ah, si es que no hay pinzas con qué cogerlo”. “Huy, qué man tan mostrón y no es nadie. O sí: es un don nadie”.

 

A la larga, se va volviendo paisaje, porque nadie lo toma en serio, ni lo determina a propósito, parece que no existiera para los que quieren darle una lección de sencillez. Claro que él ni se da por enterado. Ni le importa, en tal caso. No puede dejar de pavonearse y sacar pecho. De relamerse porque está montado en un automóvil recién comprado y entonces pita, acelera, da vueltas por el barrio y piropea a las muchachas pero no porque piense que ellas son unas bellezas, aunque lo sean, sino porque —es su convicción— deben rendirle pleitesía y creer que es un ejemplar único y sin par.

 

Entre su repertorio de sandeces, como pensar que en cualquier momento lo contratarán para anuncios publicitarios, por su finura en el porte, según él, están, por ejemplo, las muestras de lucir sus zapatos charolados. Se alza un poco el pantalón de modo que se vean sus relumbres. También (él dice que con ello despertará envidias) vocifera que hará un viaje de placer a fin de año, que puede ser un crucero por las Antillas, o si no, que lo está analizando con agentes viajeros, por ciudades de Europa, que está hasta la coronilla de conocer las ciudades de por estos lados.

 

“Vaya, qué sujeto ordinario, no sabe que estaría mejor si manejara perfil bajo”, se ha escuchado decir, más que todo en voces de señoras que reunidas en corredores o en el mercado de barrio, lo han visto en faenas de pura pose. “Caranga resucitada”, dicen en la tienda, cuando lo ven discurrir con su tumbado arrogante, que lo muestra como si creyera que por los pestillos y hendijas, por las claraboyas y los calados hubiera ojos que lo enfocaran con admiración y ganas de imitarlo.

 

El chicanero es producto de una carencia. O de muchas. Su vocación es la superficialidad, el afuera, las ganas de impresionar con tan poquito. Es débil al dejarse obnubilar por sí mismo, por lo que él considera como señal y muestra de alcurnias y distinciones (todas falsas), cuando no es más que un mequetrefe al que la vanidad y el egocentrismo tornan en alguien que siempre está cayendo al vacío.

 

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Arqueología y nostalgia del solar

(Crónica con viejos espacios en los que el campo se prolongaba en la ciudad)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

Las casas con solar tenían la posibilidad, además del celebrado patio, de que el cielo bajara a establecer su reino entre higuerillas, eras de cebolla, gallineros y paredes con porterías de fútbol pintadas como si hubiera un estadio doméstico en ese espacio en el que había jardines y cantos de pájaros. Era, también, una suerte de transferencia de lo silvestre, con rememoraciones campesinas, hacia lo urbano. Una muestra mínima del campo en la ciudad.

 

Había en algunos barrios casas en cuyo solar había una puerta que daba a una calle, como una manera de agilizar el ingreso de animales domésticos y de bultos de mercado. No eran muchas. Quizá la última en ese sentido que sobrevivió en la ciudad, era la de un caserón del barrio Buenos Aires, con entrada principal sobre la carrera Alemania con la 48. De afuera, se advertían por encima del muro, mangos, naranjos y plataneras.

 

El solar era una especie de oasis, con frutales y poceta para las trapeadoras. En un tiempo, sus muros se coronaban con puntas de vidrio, botellas quebradas que se instalaban como disuasión para los asaltantes, los llamados “roba gallinas” y los que querían “gatear” a las muchachas, muchas veces en prendas menores en aquella extensión de tierra, sembradíos y senderitos empedrados.

 

Era otra manera de salir de casa, pero atado a ella por un invisible cordón umbilical. El solar ofrecía frescuras, momentos de conversación en torno a mesas y taburetes que se sacaban en tiempo seco y soleado para tener momentos de solaz, en medio de perfumes de plantas aromáticas y de piar de polluelos.

 

Un solar era la prolongación de lo campestre. Y, como agregado, un terreno para el ejercicio de juegos domésticos entre los hermanos, cuando por alguna razón no se quería salir a la calle, donde en otros días había una fiesta de correndillas y futbolerías con pelotazos contra puertas y ventanas. El solar era secadero de ropas y convocatoria de mirlas y canarios.

 

El solar doméstico, diferente a aquel que llamaban baldío, que en los barrios viejos se quedaban años a la espera de construcción, digo que el de la casa tenía sabor a familia, a conversación de atardecer e, incluso, las señoras se comunicaban a través de ellos, alzando la voz, y se pasaban panelas, arroces y otros bastimentos, como asunto de solidaridad y de certificación de vecindario. Los solares tenían palabras y canciones.

 

De los que recuerdo con menos claridad que nostalgia, estaba el de una casa situada en el denominado entonces sector de La Cachera, en Bello, muy cerca de la escuela Rosalía Suárez. Un veinticinco de diciembre cayó entre los brevos y naranjos y el gallinero, en el que mamá tenía unas cuantas aves a las que además nombraba (La Collareja, La Rinita, La Saraviada, La Generosa…), un globo negro, en forma de cojín. Era toda una novedad. Y también —que no podía faltar la superstición— una especie de presagio agorero. Mamá dijo que lo regaláramos de inmediato a los muchachos de la cuadra. Eso se hizo. Se les quemó en la elevación.

 

Con un mi hermano jugábamos a la pelota en aquel espacio en el que se combinaban alambres de ropa y flores de Cayena. La casa, alquilada, era de un tal don Manuel, tenía un antejardín con verja y un patio central. El solar era lo más atractivo de aquella construcción con piezas en galería y ladrillo a la vista. Otra, en El Carretero, en un caserón de tapias y techo de tres aguas, el solar estaba sembrado de plátanos y mafafas. Era un solar con altibajos, barrancudo, que no ofrecía ningún atractivo para la congregación familiar ni para un ejercicio de la imaginación. Una porquería.

 

En algunos solares había quioscos y fogones de leña, que en diciembre eran parte de los jolgorios familiares. Junto el solar estaba a veces el cuarto de los olvidos, en los que reposaban herramientas, máquinas dañadas, adornos navideños y un cúmulo de objetos inservibles. Un solar, en todo caso, era un encuentro con el aire libre y los cielos urbanos.

 

A diferencia del solar casero, existía la misma designación para referirse a los lotes o parcelas, con potencial capacidad para la construcción de casas y edificios. Esos solares, que a veces perduraban con malezas y un muro de poca altura para evitar su ocupación ilegal, se llenaban de basuras y en algunos crecían adormideras y matas espinosas. Hubo los que permanecieron, como tierra de engorde, sin que nadie supiera nunca quién era su dueño. En Bello, por ejemplo, había tantos, de apariencia desolada, sin que jamás alguien los comprara o interviniera, que unos dichos de entonces ganaron en popularidad: “Dura más que un solar en Bello”; “es más viejo que un solar en Bello”. Y así.

 

Uno de los solares más sonoros que conocí fue el de Lindbergh, un barbero del barrio Buenos Aires de Medellín. Sembrado de limoneros y naranjos, tenía un quiosco al que casi todas las noches de todos los años, llegaban músicos sinfónicos y populares. Tocaban y cantaban hasta el amanecer, cuando los reemplazaban nubes de pájaros coloridos. Ya desapareció para darle paso a una edificación a modo de ramada.

 

No sé cuántas casas de esta urbe, antigua Villa de la Candelaria, en la que cada vez más escasean los árboles y hay demoliciones de caserones para dar paso a esperpénticos edificios (bueno, de vez en cuando se descachan los constructores y erigen alguno con diseño de alta calidad y estética), quedan todavía solares. Deben de ser muy pocos. Son parte de un tiempo extinguido. A los demás, los mataron las nuevas rentabilidades y plusvalías del suelo. Y, claro, el cada vez menor espacio que ha quedado para habitar con dignidad.

 

Tal vez las nuevas generaciones ni sepan de qué se trata un solar. Su vida se reduce a las cuatro paredes de un apartamento sin horizontes, sin cielo, sin viento… El solar, ahora, es parte de una arqueología urbana; restos de una memoria en la que había reminiscencias campestres conviviendo con las nuevas maneras de ser de la ciudad. Que ya son viejas. Y, más que viejas, puros fósiles.

 

El solar era una rara combinatoria: aires hortelanos, domesticación de aves (con nidos incluidos), lluvia y sol y viento sobre una cara infantil que, de noche, con el magín enardecido, también podía salir a viajar por las estrellas.

 

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