Cuadra con manga y tendera bonita

(Recuerdo de un barrio con tejares, casas de maestros y un Júpiter mordedor)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

El barrio uniforme, construido por el Instituto de Crédito Territorial, tenía una cuadra larga en la que estaban la tienda de doña Leticia, la casa del director de una escuela, otra donde había un perro peludo llamado Júpiter, la de un muchacho que imitaba muy bien el dialecto costeño y la de un negrito al que apodaban Gurre. Era asfaltada y por ahí pasaban los buses. Más allá, se extendía la de los maestros, al frente de una inmensa manga, la del Carmen, en la que había una escuelita.

 

Los entejados de asbesto (después se descubrió que es un material cancerígeno) y las paredes de ladrillos bien pulidos, pintados, le daban al barrio un aspecto de limpieza y orden. Más allá, comenzaban los cañadulzales, había tejares y si se continuaba caminando, se podía topar con los charcos de quebradas como El Hato. Había una frontera entre lo campestre y lo urbano. Unas lindes con mangos y ciruelos y naranjos. Y hacia el noroccidente, un barrio de calles sin asfalto, Pénjamo, que luego supimos que era de gente pesada y de carácter cerrero. Había en él huraños que, se decía, manejaban bien el puñal. Por allá íbamos poco. Aunque lo atravesábamos para ir a los charcos y exuberantes mangas de La Taza.

 

El Carmelo, así se llamaba (todavía ese es su nombre), era entonces un barrio nuevo, junto a los filtros del acueducto (que jamás funcionaban) y unas fincas, como las del padre Agudelo. Limitaba con La Antigua, donde estaba el convento de Las Clarisas, y con Briceño, un barrio alargado y con casas de teja española y ventanales de madera.

 

En ciertas noches, íbamos los que en casa no teníamos la televisora, a otras, sobre todo a mirar “Dimensión desconocida” y “Lassie”. A veces cobraban la entrada a diez centavos. Lo más atractivo de aquella cuadra, además de la señora bonita de la tienda, era una muchacha de nombre extraño: Rebeca, la hija del director de una céntrica escuelita a la que íbamos los domingos a ver por la televisión las carreras de caballo y no sé qué otro programa de la tarde.

 

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En la manga cercana, la de la escuela del Carmen, jugábamos partidazos. Recuerdo a Nené y a Dinamita, a Negrumina y Gonzalito, y a uno, creo que le decían Rigo, que no jugaba bien, pero que, además de balón, tenía un rifle de copas. Durante la semana, incluidos sábados y domingos, la cancha se llenaba de nosotros, de gritos y golazos. Aquellas jornadas de juego incansable, a veces era con balones de vejiga y tripa, otras con pelotas de caucho, en todo caso, eran una fiesta. Se jugaba de pantalón cortito, tenis escolares y muchas ganas. En la cuadra frente a la manga, vivió uno que fue mi profesor en tercero de primaria, don Alfonso Monsalve, al que apodábamos el Cucho.

 

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El DIM a principios de la década del 60

 

Aparte de aquellos partidos de gloria, había incursiones a fincas para el asalto frutal. No siempre era una acción limpia y sin obstáculos. Porque no faltaban los mayordomos que salían, escopeta en mano, a impedir la intentona de la intrépida escuadra infantil. O soltaban perros bravos, como pasaba en otras propiedades más lejanas del barrio, como Salento y la de los Muelas. Me marcó, quizá, aquella cuadra, porque, habitando en ella, sucedió la primera vez que fui al estadio de fútbol en Medellín. Era un largo paseo de domingo, a veces a pie, otras en bus, para apreciar partidos que eran como una parte de la fantasía. Y de aquellos jubilosos días me quedaron sonando jugadores como Ramacciotti, Fito Ávila, José Vicente Grecco y el Canocho Echeverri. Por esos tiempos vi un partido de excepción cuando el DIM le ganó 6-1 a Millonarios. Tres goles de John Jaramillo, uno de ellos de taquito.

 

En aquella cuadra, y más que en ella, en el barrio, comencé a no ir a clases. Las cambiaba por idas a los tejares a ver confeccionar ladrillos y tejas, o por caminadas con fines de hurto de mangos e inmersiones en charcos. Una vez, en una “mamada” o “capada” de clase, sin culpa descalabré a un compañero. Estábamos apedreando un árbol de mangos y el muchacho se atravesó en la trayectoria. Sangró a montones. Su mamá, tras enterarse, fue a mi casa a “poner la queja”. Y un grupo de vecinos, incluido en él mi papá, se sumó a la búsqueda del agresor (habían difundido la versión de que había sido en una pelea). Me interné por los cañaverales hasta que, al atardecer, me di por vencido.

 

El retorno a casa fue muy comentado en el vecindario. Papá pagó los gastos médicos del lapidado compañero. Y quedaron en evidencia mi mala puntería y mi “faltadera” a la escuela… Ah, Júpiter, que ya me había perseguido varias veces cuando me desplazaba a la manga futbolera, un día me cazó y mordió una pierna. La dentellada no impidió que jugara, pero me quedó una especie de amargor por la agresión del perro. Siguió acosándome con sus ladridos y correndillas.

 

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El tal Rigo, que era malísimo para el fútbol —lo salvaba que era dueño de un balón— un día decidió que, por mis burlas a su condición de limitado con la pelota, me iba a disparar con su arma mata-pájaros. Nunca acertó, pero era una amenaza latente, porque qué tal un copazo en un ojo. En aquella cuadra y barrio no duramos ni un año. Hubo mudanza. Y atrás quedaron Elkin, Hernán, Rebeca, doña Leticia y su tienda, los goles de potrero y las excursiones a fincas y tejares. También las noches de tv en una sala de vecindario y las burlas a una viejita, Carola, que tenía un enorme solar con ciruelos y la muchachada, además de robar sus frutos, le gritaba ofensas a la anciana, que respondía con uno que otro risible hijueputazo.

 

Aventura con leche en polvo

Una noche, varios pelados de aquella cuadra-barrio, nos metimos a la escuela del Carmen, tras forzar las puertas. Había apilados muchos bultos de leche en polvo. Abrimos varios y llenamos recipientes. En la huida, quedó un largo camino blanco en el piso. La pilatuna nos hizo durar la risa de estruendo por varios días. El Carmelo, de pronto, quedó atrás. Ahora es un recuerdo añejo, con olor a mangos y a barro cocido, con alaridos de gol y, en la distancia, la cara bonita de la tendera que flota en la memoria.

 

No supe más de Rebeca ni de su padre Francisco, el director de escuela. No volví a ver a la mayoría de muchachos de entonces. Parte de la infancia en El Carmelo se invirtió en mangas y quebradas. A veces, me llega la imagen de un viejo sordo que no sabe adónde ir en una ciudad que está inundada y a punto de desaparecer bajo las feroces aguas. Se oyen sirenas, pitos de carros y se ve gente corriendo. En una sala, los muchachos, sentados en el piso, respiran fuerte y un suspenso angustioso se desparrama al frente de una pantalla de televisor.

 

22-VIII-2019

 

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La Dimensión Desconocida, una vieja serie de TV, que reunía a vecinos en las salas de las casas.

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Gógol y su muñeca inflable

(Una seductora historia de perplejidades escrita por Tommaso Landolfi)

 

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Nikolai Gógol, escritor ruso en el que se inspira Landolfi

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Las muñecas sexuales, al menos en literatura, las inventó el escritor uruguayo Felisberto Hernández con su cuento (aunque parece más una noveleta) Las Hortensias, un relato que mezcla lo gótico, lo policíaco y las visiones terríficas que producen los celos. A Hernández, pianista y animador de cine mudo, un escritor que, en esencia, no se parece a nadie, le hubieran podido nacer plantitas en la cabeza y, cómo no, haberse enamorado de las temblorosas quejumbres emitidas por alguna ventana asustada. Y menciono al autor de Nadie encendía las lámparas, que en 1949 concibió para regocijo y asombro de los lectores y del mundo en general aquellas muñecas “con aire de locas sublimes” y que, dada la celotipia de alguna dama, terminaron sus días despedazadas a puñal.

 

Y del Uruguay tanguero y futbolista, de estupendos escritores, podemos saltar a la Italia múltiple, seductora, en la que hubo un narrador extraño, barroco, admirado por ejemplo por Ítalo Calvino, y que pudo ser un cóctel de Kafka con Borges, y en todo caso con la literatura rusa decimonónica, en particular con la de Nicolás Gógol, el de tantos siervos muertos y que con relatos tan impresionantes como La nariz o El capote, le confirió al género un lustre que más tarde, por ejemplo, llevaría a picos muy altos un genio como Chejov; aunque, claro, todos bebieron de Maupassant y antes de Poe y, como se sabe, la literatura es un tejido de araña maravilloso en que unos y otros se conectan.

 

Y en esa tremenda Italia, en la que hubo en la centuria pasada neorrealismo cinematográfico y tantas voces en literatura, nació Tommaso Landolfi (1908-1979), poeta, escritor, traductor y autor de un cuento muy particular, La mujer de Gógol, concebido en 1954, pocos años después de que el uruguayo hubiera creado sus extraordinarias muñecas en Las Hortensias. Y es bueno precisar esta situación porque en asuntos de muñecas de cama, parece que don Felisberto, como en las barajas, les ganó de mano a los demás. Un pionero. ¿Y qué tiene que ver una muñeca con Gógol?

 

Harold Bloom, en su texto Qué leer y por qué, dice que La mujer de Gógol, de Landolfi, es “tal vez el relato breve más gracioso y enervante que he leído en mi vida”. Asunto de gustos literarios. El caso es que, según el narrador que crea el italiano y que es como una suerte de biógrafo del autor de Almas muertas, Gógol se casó con una muñeca inflable y manipulable, con la que mantiene relaciones maritales, a la que ama como si fuera una mujer (o puede ser, por qué no, amarla debido a que no es una mujer real, quién sabe). La infla y la desinfla. La goza y sufre. Establece con ella una conexión que sobrepasa lo que puede tenerse con un ser inanimado y hay un enamoramiento, una rara comunicación más allá del sexo y de la piel artificial.

 

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Fantasías con muñecas sexuales

 

El narrador-biógrafo, que a veces parece uno del siglo XIX por su manera de involucrar al lector, de dirigirse a él, de dar la impresión en ocasiones de sonar como un relato en segunda persona, en fin, nos alerta desde el inicio con una suerte de treta, como es la de advertir acerca de “¿tendré derecho yo a revelar cuanto a todos es ignoto…?” sobre Nikolai Vasilievich, su amigo, que ha mantenido en reserva, como debe ser, claro, los asuntos de catre, que su mujer era un fantoche, y no una fémina, no un ser humano, caramba.

 

En la vida real, como es sabido, Gógol nunca se casó, fue una especie de extraño hombre solitario, muy atormentado por la religión, que antes de cumplir los cuarenta y cuatro años se dejó morir de hambre, tras quemar sus manuscritos inéditos. Una aproximación a la vida y obra de Gógol se puede leer con fruición en el Curso de Literatura Rusa, de Vladimir Nabokov, en el que se aprecia cómo en la fase final de su existencia, el autor de Almas muertas, decae en su creatividad en parte por su elección de convertirse en monje. En la ficción de Landolfi, la muñeca, que se llama Caracas, tiene el color de la carne, color piel, a veces clara, a veces morena. Puede confundir porque, en ocasiones, parece trocar su sexo o disimularlo, aunque jamás deja de ser femenina. Y el narrador hace una insinuación con cierta sutileza y malicia acerca de una posible mutación en la entrepierna de la mujer de Gógol.

 

Caracas luce moldeada al antojo de Gógol, que a veces la inflaba bastante, a veces menos, le cambiaba peluca, la gobernaba. Y ella pasó de ser su esclava para transmutarse en su tirana. Y la relación va trasladándose del amor al desamor. Y viceversa. En cuanto al nombre de Caracas, no se sabe por qué Landolfi lo escogió. Tal vez porque en un tiempo, en la década del cincuenta, muchos italianos iban a Venezuela a trabajar en obras de ingeniería en los días de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. O tal vez porque, igual, las caraqueñas son espléndidas muchachas.

 

El esqueleto de la muñeca, de varillas de ballena, le daba una imagen próxima a una mujer cierta. Ah, y ¿tenía voz? ¿O el encanto radicaba en no tenerla? El narrador nos advierte que solo una vez le fue dado escuchar la voz de Caracas: cuando dijo que quería hacer caca. “Pegué un salto creyendo haber oído mal y la miré. Estaba sentada sobre un montón de cojines contra la pared y aquel día era una tierna beldad rubia metidita en carnes”. Gógol dormía con la muñeca en la misma cama y, en general, parece que los atributos del fantoche eran vistos por el marido como si fueran en rigor los de una mujer cierta.

 

Habría que preguntarse, entre otros interrogantes, por qué una muñeca parecía satisfacer todos los requerimientos de un sujeto como Gógol. ¿Y el tiempo cómo la afecta? ¿Y el amor? ¿Y qué hay de ir más allá de las relaciones sexuales y al fin tener un hijo? ¿Qué representa una muñeca sexual que puede ir más lejos del imaginario de solo satisfacer asuntos de cama? Caracas, en una misteriosa actitud, va adquiriendo manías y una especie de vida propia, que puede salirse del control de su dueño. ¿Cuál era en verdad su naturaleza?

 

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Tommaso Landolfi

 

El cuento de Landolfi llega a puntos cumbres cuando el lector se entera que Caracas “enfermó de un mal vergonzoso”. Sí, cómo es posible que el “espíritu” de la sífilis la haya arropado, invadido, envuelto, contaminado. El narrador, amigo y confidente de Gógol, va alargando, a veces sin necesidad aparente, el relato y su desenlace que puede estar oscilando en el trágico trapecio de lo inesperado.

 

El relato, con dosis de humor negro, conlleva a reflexiones sobre el envejecimiento, la aburrición de vivir, el cansancio de una compañía insólita y, en ultimas, de las soledades compartidas, de la búsqueda inestable del sentido de existir. Caracas, con sus órganos sexuales rosados y aterciopelados, es un símbolo de la disolución familiar, de la crisis en las relaciones hombre-mujer, del fracaso de la comunicación. O de su pérdida.

 

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La mujer de Gógol es una suerte de grito por la incapacidad para conectarse con la sociedad, contra los sistemas que aíslan al ser humano para no dejarles saber sobre la solidaridad y los afectos… Es como la negación del otro. Es un camino, el de Caracas y Nikolai, hacia el desespero y la desesperanza. O la desazón. La historia va en un crescendo que conduce a un abismo, a una destrucción inevitable.

 

No se sabe si Landolfi leyó a Felisberto Hernández. Es probable. Porque Calvino, que también se refirió con propiedad y extensión a la literatura de su paisano, escribió notas sobre el uruguayo y tradujo y prologó el libro Nadie encendía las lámparas (Nessuno accendeva le lampade). De cualquier modo, las muñecas en literatura son de uno y otro escritor, con visiones y tratamientos distintos. En Las Hortensias las muñecas diseñadas, en un surtido de prodigio, se erigen en rivales de las mujeres verdaderas. Caracas, la de Landolfi, es una muñeca humanizada cuya tragedia está marcada por su dueño y amo, al que ella, de algunas maneras, desestabiliza.

 

La mujer de Gógol es un cuento inquietante y, si se quiere, divertido. Caracas, la muñeca, que no es un humanoide, es una ejemplificación de los seres marginales, tan abundantes en estos tiempos de desamparos y soledades a la carta.

 

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Una muñeca inflable, como lo era Caracas, la mujer de Gógol.

Hiroshima

Un segundo y la oscuridad
Cien mil y otros miles murieron
Advino la noche genocida.

 

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“¿Dónde están? ¿Quiénes, quiénes? Los hombres…

Trenes de muerte, erotismo y libertad

(Una novela de Bohumil Hrabal acerca de la resistencia al invasor y el horror de la guerra)

 

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Erotismo y lujuria en medio de la ocupación alemana a Checoslovaquia

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

En 1938 la Alemania nazi ya expresaba una palmaria muestra, intimidante, de su avasallador poder expansionista; una manifestación incontenible de su aspiración de dominio de Europa con unas ganas sin límite de horadar otros suelos. Su aspiración era someter a su voluntad a países poderosos como Francia e Inglaterra, que sucumbieron, en la Conferencia de Múnich, de septiembre de ese año, ante las arremetidas de Hitler y sus adláteres. El Füher ya había dicho que quería anexionarse a los Sudetes, una región de habla alemana en Checoslovaquia.

 

Y ante las posiciones alemanas, los primeros ministros de Inglaterra, Arthur Never Chamberlain, y de Francia, Édouard Daladier, en aquella histórica reunión de la capital bávara, cedieron, con sus posiciones vacilantes, ante la propuesta alemana de quedarse con ese territorio checoslovaco. Ah, y como si fuera poco, a tal “cumbre” no se invitó a representantes de Checoslovaquia, tanto que para los gobernantes de ese país, próximo a ser invadido, aquella espuria conferencia se hizo “acerca de nosotros, sin nosotros y contra nosotros”.

 

Y, en efecto, el Reich se apoderó de los Sudetes ante la complacencia de ingleses y franceses, con la complicidad de Italia y Benito Mussolini. Y tal vez no sospechaban, o su candidez era tal, que no se percataron que, ellos, Francia e Inglaterra, al año siguiente también serían objetivo militar de Hitler y sus ambiciones de dominación y sometimiento. Las tropas alemanas ocuparon Bohemia y Moravia, entonces regiones de Checoslovaquia y, en 1939, ya en la práctica se habían apoderado del país.

 

La maquinaria bélica alemana impuso sus arbitrarias condiciones en Checoslovaquia, donde muchos estudiantes tuvieron que servir de mano de obra a los invasores. Y entre esos jóvenes estaba Bohumil Hrabal, que se engancharía como trabajador ferroviario. Las experiencias y saberes que adquirió en el oficio, le servirían para introducirlas en su novela Trenes rigurosamente vigilados, una obra breve, con un protagonista joven que estará en una estación en la que ocurrirán disímiles hechos, cuando ya en 1945, los alemanes estaban derrotados en la práctica, pero aún mantenían su dominio en ese país que padeció infinidad de desventuras.

 

En la guerra, como es fama, una de los objetivos del enemigo, del invasor, del que aplasta las resistencias e impone su ley de la fuerza y la sinrazón, es borrar la memoria de los invadidos y aporrearlos en su amor propio, en su pertenencia a un suelo, en su paisaje, y, en mayor proporción, en negarles la lengua, usurpársela, denostarla. El invasor desprecia al que ha pisoteado. Y lo humilla hasta dejarlo sin dignidad y sin voluntad.

 

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Hrabal también fue ferroviario.

 

Trenes rigurosamente vigilados, de Hrabal, puede evocar, en parte, a una obra magnífica de otro escritor checo, Las aventuras del buen soldado Svejk, de Jaroslav Hasek, que no solo es un alegato contra la guerra sino una satírica burla a ella, una posibilidad de tener la risa y los gags como una suerte de defensa y de resistencia. Quizá en esa obra, que quedó inconclusa, el autor pudo aprender, entre otras cosas, los alcances del humor negro y la ironía. Pero, a su vez, es una aplicación, a modo experimental, de la literatura kafkiana, en la que ya el sujeto está desintegrado. Y estas situaciones se pueden notar en Trenes rigurosamente vigilados, que narra momentos finales de la ocupación alemana a Checoslovaquia y, de contera, los días próximos a la debacle nazi.

 

La obra, de intensa brevedad, comienza con una certeza: ya la aviación alemana no domina el espacio aéreo de una ciudad checoslovaca donde ha provocado desastres, y, para ir introduciendo símbolos, un ametrallamiento de una nave alemana, que se desploma, le tumba un ala y hace que se incendie el fuselaje, y una cantidad de tornillería y tuercas van cayendo sobre la plaza, al tiempo que el ala planea y causa una conmoción en el pueblo, donde, en las afueras, se derrumbó el avión de los invasores.

 

La novela, una historia de resistencia ante la presencia devastadora de tanques, aviones, infantería y las SS alemanas, va tejiendo una suerte de túnica mortuoria para el invasor, que para 1945 ya está en retroceso ante el avance demoledor del ejército rojo soviético, aunque esta situación no sea evidente en la obra. Y en medio de una tensa situación, el narrador, un joven que aspira a convertirse en factor de una estación ferroviaria, va contando cuál fue la manera como su abuelo, en una actitud patriótica y suicida, intentó detener los panzer alemanes.

 

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El abuelo y su trágico final, en todo caso, se erigirá en un símbolo de resistencia denodada de los checoslovacos ante los alemanes que ya van sintiendo cómo su Reich se va desmoronado, como el avión del principio de la obra. Y luego, el papá del narrador, un jubilado extemporáneo del ferrocarril, que goza aún de juventud, se volverá una especie de chatarrero, de coleccionador de artefactos en apariencia inútiles, pero que, cuando llega la necesidad, son de absoluto requerimiento de la comunidad.

 

La estación ferroviaria de la novela está muy cerca de la frontera con Alemania. Los personajes que allí discurrirán tendrán un rol clave en la distribución de destinos y oficios, en la elaboración de la trama en la que se apela a la memoria, a flashbacks del narrador que está apenas despertando a la sexualidad y el erotismo. Un intento de suicidio, con un corte de venas, lo pondrá en una situación de alejamiento de la estación, a la que tornará luego para tener un protagonismo esencial, definitivo, no solo en asuntos de piel y lujuria, sino, en particular, en los de la guerra y sus horrores.

 

Personajes que a veces dan la impresión de ser parte de una tragicomedia van configurando una obra en la que, aparte de humor negro, habrá momentos de alta tensión. El jefe de estación, con un uniforme sucio y fétido, podrá ser mal visto por los alemanes. Es un “coleccionador” de palomas, a las que cría y asiste en la estación, las cuales le dejarán evidencias de excrementos en sus ropas, lo que puede influir para que sus ganas de ascenso se queden en eso, en una posibilidad cada vez más remota. Un contraste: el jefe de estación se cree miembro de la nobleza, siente que por sus venas circula sangre azul. Sí, una especie de arribista.

 

Otro personaje, Hubička, el subjefe, el factor de la estación, es un ser que pudiera denominarse “morboso”, perseguido por la concupiscencia y que ve en las mujeres solo dos modos de una clasificación arbitraria, pero consecuente con la personalidad de un hombre que en todo ve las manifestaciones del erotismo y las excitaciones del deseo: las tetonas y las de enormes nalgas. Tanto es su ardor, que en una ocasión acuesta a la telegrafista a la que le estampará en el culo todos los sellos que había en la mesa del jefe.

 

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Bohumil Hrabal

 

Milos, el narrador protagonista, obsesionado por la sensualidad primera, la misma que dejó medio frustrada en el primer beso que le dio a una muchacha, vivirá momentos intensos en la búsqueda de una relación sexual en medio del movimiento de trenes, incluidos los rigurosamente vigilados. Si bien la obra es sobre la guerra, la ocupación, la decadencia del Reich, con el muchacho que quiere pasar al grado de hombre (en el sentido de la sexualidad) se mostrará una candente situación, en la que hay risa y torpeza, con una hilarante —y conmovedora— escena entre él y la mujer del jefe de estación, que ya está menopáusica y sin calores, pero plena de experiencia.

 

Milos es el héroe de la novela, con sus “infantiladas”, o quizá “adolescentadas”, que lo conducirán, ya en una demostración de fortaleza, de ganas de desempeñar un rol más allá de las zonas púberes y erógenas, en una pieza clave en la resolución de la historia. Decíamos que Trenes rigurosamente vigilados contempla una metáfora de honda sensibilidad, que tiene que ver con los campos de concentración, con los trenes que van hacia ellos cargados de condenados a muerte que no saben lo que les espera al final de su viaje.

Un paisaje doloroso de animales despellejados

Hay, por así decirlo, una pintura, una suerte de tela con imágenes de pavor y dolor que, por si el lector quiere, puede relacionar con Guernica, el pueblo vasco que la Legión Cóndor alemana, en 1937, apabulló con sus bombas, y luego con el homenaje y protesta que Picasso deja como testimonio del horror. Un paisaje doloroso de animales despellejados, sin ojos, torturados, que van en los trenes, puede ser toda una analogía con los humanos que iban a los campos de concentración. Así, cerdos, caballos, ovejas, vacas, se constituirán en representaciones de los desafueros y el exterminio alemán contra judíos, gitanos, homosexuales, comunistas…

 

El desenlace de la obra, inesperado, extraordinario, está antecedido por una situación histórica que los trabajadores de la estación verán, desde la lejanía: resplandores de un bombardeo casi infinito y destructor que está acaeciendo al otro lado, en la parte alemana, sí, en Dresde, y es cuando una voz declara, en una mezcla de burla y sentencia final a los alemanes: “¡No debíais haberle declarado la guerra a todo el mundo!”.

 

Y en este punto, el lector podría acordarse, por qué no, de W. G. Sebald y su libro Sobre la historia natural de la destrucción, que además tiene que ver con un principio de toda guerra: la aniquilación más completa posible del enemigo. Y, como se recuerda, Inglaterra y los Estados Unidos, ya con una Alemania en agonía, decidieron bombardear más de 130 pueblos, que no eran, además, objetivo militar. Dresde, uno de ellos, sufrió la destrucción total.

 

En Trenes rigurosamente vigilados, a propósito de esta intervención de parte de los Aliados en Alemania, se escuchará el llanto de los soldados germanos, un “llanto humano, una lamentación por lo que había pasado”. Qué intensidad, qué capacidad para mostrar con brevedades una situación de inhumanidad, de incivilización como fue todo lo que se padeció y se erosionó en la Segunda Guerra Mundial. Al fin de cuentas, como una enseñanza de una experiencia traumática, combinada con heroísmo, se verá la extinción de lo razonable, o, de otra forma, la razón de la guerra: la desaparición de las ilusiones.

 

La guerra y el deseo, los bombardeos y el ardor en la piel, una combinatoria maestra que Hrabal resuelve con tacto y mucho talento en Trenes rigurosamente vigilados. Un canto luctuoso y de heroísmo a una pequeña acción y de cómo esta puede influir en los acontecimientos gruesos de la historia y sus añicos.

 

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Una novela con técnicas cinematográficas y un contenido combinado de tragedia y humor negro.

 

 

 

 

 

La cuadra del cementerio muerto

(Cuando los días aún tenían la imaginativa sencillez de la infancia)

 

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“Quédate silenciosamente en esa soledad que no es abandono…”, decía Poe en su poema Los espíritus de los muertos.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Tenía una particularidad: no era una cuadra, sino tres. Tres en una. Muy cerca había un cementerio que, cuando llegamos a vivir por esos lugares, ya estaba en decadencia. Los entierros eran pocos, casi ninguno, y la “sacada” de restos, mucha. Había tumbas abandonadas y el deterioro se tragaba los pabellones. Había cruces caídas, nombres borrosos, lápidas quebradas… pero, en medio de aquella ruina, apareció para nosotros los muchachos del vecindario un espacio de juegos macabros.

 

Corretear por los dominios de las bóvedas, mirar huesos dispersos, toparse con la risa eterna de una calavera era parte de un ritual de atardeceres y, de vez en cuando, de la lúgubre noche en el viejo cementerio de Nazaret. Lindaba con una iglesia, la de la Preciosa Sangre, y con una escuela, del mismo nombre. Un día presenciamos la extracción de una momia, de pelo blanco muy largo, mientras el sepulturero (que cumplía una labor a la inversa) la macheteaba para dejarla lista y a la medida. Había que introducir los despojos a un cajoncito.

 

A las señoras de los alrededores les parecía insólito que un camposanto fuera asaltado (palabra de alguna de ellas) por pelados perniciosos (según varias de ellas) que solo estaban por profanar la paz de los difuntos. El cementerio en todo caso estaba más muerto que sus muertos y su aspecto triste era como un lamento de fantasmas. Mucho tiempo después leí un relato brevísimo de Ray Bradbury sobre un rumor, lamento tristón que surgía de las tumbas y se esparcía por la soledad dolorosa de un cementerio, y recordé aquellas jornadas de la breve infancia.

 

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Iglesia de la Preciosa Sangre, en Bello.

 

Hacia abajo, la calle 51 tenía un lado del cementerio, la iglesia, una escuela y, en otra esquina, la tienda de don Antonio. Hacia arriba, con casas grandes a lado y lado, en la que sobresalía la de los Llano, se interrumpía por un “burro” (aguas negras corrientes en medio de una manga) y volvía a conectarse con más casas. Por allí estaban los Villa, que jugaban bien a la pelota, y misia Toña, una señora de mucha edad (o así nos parecía, porque cuando se es un muchacho los que tienen 30 o 40 años ya son muy viejos. Ella tenía más) y hacia arriba de mi casa una muchacha a la que mamá y papá le decían la boca’emojarra.

 

Eran los muchachos de por ahí todos futboleros. O casi todos. Tenían por supuesto sobrenombres. Al frente de mi casa, que era alargada, con un pequeño recibidor a modo de antejardín sin matas, con solar que daba a un baldío, vivían Tonina, Jaimín y otro del que ya no recuerdo su apodo. Al lado de estos, Misaca, y más arriba Canana y el Pájaro. A uno, de la vuelta, le decíamos Lobatón (se llamaba Alfonso) y a otro, de más arriba, Cocho. También había uno de apellido Guisao y otro Múnera. Entonces éramos unos “culicagados” (trato muy familiar que utilizaban las tías) que oscilábamos entre los diez y los doce años. Los de más edad, no eran de nuestros afectos ni de la gallada.

 

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El chorrolato (quebrada el Hato)

 

Abundaban en los alrededores canchas al natural. Junto a la quebrada del Hato, después de un rodadero, se llegaba a la Manga del Búcaro (así la bautizamos, porque había un enorme búcaro y un charco con el mismo nombre), donde hubo partidos históricos que no registró ninguna crónica ni constó en papel sellado alguno. Solo se quedaron en la frágil memoria, con sus gambetas, griterías, amagues de bronca y los goles. Había otras, en inmediaciones, con sus porterías de piedras y sus desniveles.

 

Eran los días en que había “robagallinas”, “saltamuros”, “brincatapias” y otras agilidades propias de ladrones domésticos; aunque también estábamos los que después de un picado íbamos a fincas cercanas, a asaltar palos de mango y naranja. La cuadra, en cuanto al suelo, era destapada. El pavimento llegaba hasta la iglesia, de ahí hacia arriba, gravilla y tierra. No era apta para ciclas y, menos aún, para jugar partidos callejeros. No se requería porque “estadios” era los que sobraban en derredor.

 

La cuadra prolongada tenía diferencias no tan sociales, pero sí. Por donde estaban los Llano habitaban los de cierta alcurnia, porque eran trabajadores de textileras o porque eran profesores, algunos, creo, de universidad. Los de más arriba, era una diversidad: estudiantes, obreros, amas de casa, modistas. En casa, de la que una vez tuve que escalar el muro del solar y lanzarme al exterior, en una fuga del cinturón materno, hubo un gato rubio que no sé de dónde llegó. Pasaba bueno porque no faltaban las ratas. Y también una perra criolla, ocasional, llamada Sultana. Era amarilla clara y tenía, además, otra casa, muy lejos de la nuestra. Se turnaba. Y a veces llegaba a medianoche y había que abrirle a las cinco o seis de la mañana para que tornara a su otro hogar.

 

Eran días de la Nueva Ola y —como lo supe después— de los Beatles. Una noche, en que había una velada en la escuela y para entrar había que pagar, varios nos atravesamos por el cementerio y nos colamos. Un cantante de vestuario colorido estaba interpretando a Mickey Mouse, sobre un tipo que tenía cara de ratón y se conquistaba a todas las chicas. Era una movida canción que daba ganas de bailar. Correteamos entre el público y luego nos salimos. Era solo por demostrar que nada se interponía ante una camada de muchachos que solían jugar con calaveras, tibias y peronés.

 

En aquella cuadra solo pasé un diciembre. Lo habitual eran los globos, que poblaban los cielos y en su caída todos íbamos a despedazarlos. No se usaban afuera ornamentos ni bombillitos. Los regalos de navidad, aparte de los tradicionales carros —de cuerda, de madera, de lata— y pistolas de plástico o de fuegos de artificio, eran los aviones y los balones de vejiga. Cuando habíamos acumulado quereres por aquel paisaje, nos marchamos a otro barrio.

Jugábamos a los fantasmas y a la resurrección de los muertos

Atrás quedó el cementerio, que tiempo después fue clausurado. Y el viento frío de las noches en que, entre bóvedas y cruces desmirriadas, jugábamos a los fantasmas y la resurrección de los muertos. Advinieron otras calles, otros muchachos, otras distracciones y no volvimos a saber de misiá Toña ni de aquellos pelados con los que cantamos goles y nos reíamos de la osamenta de aquella “ciudad de los acostados”. Éramos los inmortales.

 

Ah, don Antonio, el tendero, una vez se equivocó en la devuelta de un billete de cien y me dio más de la cuenta. Con esa “ganancia ocasional” compré un balón de cascos negros. No sé si su destino final fue el irse quebrada abajo o perecer, roto y descosido, tras partidos de casi todo el día y todos los días. En el cementerio no encontramos dientes de oro, pero sí prótesis plateadas. Sí, parece que aquella cuadra, alargada a la fuerza por los recuerdos, tenía su encanto.

 

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Un cementerio abandonado.

 

 

 

 

 

El navegante Saramago

(El cuento de la isla desconocida, una reinterpretación de la utopía y el amor)

 

“Salir de aquí, esa es mi meta”

Kafka

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

El cuento de la isla desconocida, de José Saramago, tiene varios planos alegóricos. Uno, es una referencia a las utopías a modo de metáfora, a las mismas que son capaces de transformar el interior humano dándole motivos para la movilidad mental y física, para la búsqueda y la idealización —y transformación— del mundo. Es un desafío de un hombre al poder, a la estratificación, a la servidumbre. Utopía, como se sabe, es un lugar inexistente en el cual hay tiempo, más que para el trabajo, para las ensoñaciones y la creatividad.

 

El cuento entra de inmediato en un mundo en el que se pone a prueba una autoridad, la del rey, por un alguien innombrado que quiere un barco, sin ser navegante, sin saber nada de los mares y sus conmociones. Su actitud inicial es la de la fe en sí mismo. Una convicción. No se arredra ante los significados del poder, que mantiene a los otros, a los del adentro y el afuera, subyugados. “Dame un barco” es una impetración que no tiene nada que ver con una limosna. Es, si se le mide en su dimensión real, una suerte de exigencia o, en otro ámbito, de ejercicio de un derecho.

 

El visitante de palacio, que se ha parado en la puerta de las peticiones, está siempre enfocado por el narrador que, como se verá más adelante, le da a una mujer que es parte de la servidumbre real, una visión de ser secundario, que no puede ir más allá de la obediencia. Pero habrá una transmutación de roles, y la innominada dama se erigirá en una parte esencial del relato y de su dinámica y fuerza interior.

 

Más que para ser leído, el de Saramago es un cuento para escucharse. Y en esa condición y sentido, la estructura está construida con la tradición, desde los tiempos de la oralidad, cuando narrar historias era parte de la vida cotidiana y de las veladas para mejorar el sueño. Hay, si se quiere, una evocación de Las mil y una noches, de las consejas y maneras de contar en tiempos remotos. El narrador parece estar sentado alrededor de un fuego, de un hogar, de una noche milenaria en la que hay escuchas bajo las estrellas. Sin embargo, puede ser engañosa la forma, porque, creo, se trata de una estructura moderna que se hace préstamos de lo antiguo, por seductor, y porque tal manera de contar no deja de maravillar.

 

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José Saramago

 

Lo moderno, pese a hablar de reyes y servidumbres, está conectado con el sujeto, con dos personajes que, sin requerir de nombres, van tejiendo una aventura que tendrá un inesperado como utópico final. La fuerza del tejido está en los interrogantes que se plantean en torno a un barco (una carabela), sobre quiénes serán los tripulantes, cómo se echará a la mar, y, en particular, acerca de cómo los implicados, un hombre del que no se sabe nada de su pasado y una mujer del servicio de su majestad, van metiéndose en el mundo del lenguaje marino, de qué es una carabela y sus diferencias, por ejemplo, con un paquebote (nave para repartir correo de puerto en puerto).

 

El hombre que llega al palacio puede tener ecos de la literatura kafkiana, de su modo de criticar la burocracia y de observar el papel de la ley (si hubiera pocas leyes, todo el pueblo sería jurisconsulto, dice Tomás Moro). Pero con una variante: el que está pidiendo un barco no cejará, no se rendirá. Es un persistente que estará en guardia tres días tras las cuales doblegará al rey, que en un comienzo lo ve como un descarriado, un enloquecido. Este hombre pondrá en dificultades a su majestad, lo hará trastabillar y lo pondrá en aprietos frente al saber geográfico, ante sus propiedades infinitas y las posibilidades del conocimiento.

 

El que ha llegado con una presencia diferente, si se quiere subversiva, no pestañea ante la autoridad. Sabe a lo que va y está dispuesto a no retroceder. Para el rey es, en principio, una charada o una bufonada que alguien quiera un barco para buscar una isla desconocida. Para él ya todo está descubierto, todo se sabe, y cómo va a ser posible que exista una isla de la que él no sepa y, por lo demás, no sea suya. El aparecido pone a flaquear el mando real. Y, tras haber dentro de los impetrantes que hacen fila en la puerta de los obsequios un malestar por la espera, el soberano, que ha visto alterado el orden, le da el barco.

 

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En este cuento, publicado en 1999, Saramago torna a experimentos formales en la puntuación: reemplaza con comas los dos puntos y con mayúsculas los guiones de diálogo: “El capitán del puerto dijo, Voy a darte la embarcación que te conviene, Cuál, Es un barco con mucha experiencia, todavía del tiempo en toda la gente andaba buscando islas desconocidas, Cuál, Creo que incluso encontrará algunas, Cuál, Aquél”.

 

Ah, y aparte de sus conexiones con la utopía, los sueños, las búsquedas de otros mundos, los cuestionamientos al poder, se trata de un cuento de amor. Un hermoso cuento de amor. Aquí podríamos recordar a Pessoa cuando advertía, no sin guasa, que las cartas de amor son ridículas (“Las cartas de amor, si hay amor, / tienen que ser ridículas”). En cambio, por contraste, los cuentos de amor, no. Están cocinados con los ingredientes humanos, sin recetas, sin apariencias, como el que Saramago realiza con su isla desconocida. Una mujer del servicio que, al ver la capacidad y carácter de un peticionario, decide en un acto de absoluta libertad irse con él a buscar en una carabela una isla desconocida. Ella sigue la aparente locura del tipo que, ante todo, mantiene un grado de obcecación como el de los antiguos navegantes portugueses del siglo XV y XVI.

 

Y si el hombre se muestra con su obsesión intacta, o no, más bien creciente, ella, que apoya la aventura, es más pragmática. Y si él ve velas, timones, mares, vientos, ella lo ve a él como una posibilidad de encuentro, de conexiones más cercanas, más piel y acercamiento que navegaciones. Un recurso de maravilla emplea el escritor y es el del soñar, en una situación que retoma, a su manera, la leyenda bíblica del arca de Noé, de las parejas de animales y, claro, de unas parejas humanas que garanticen la pervivencia y la reproducción. La vida.

 

El sueño de la carabela, cuando no hay marineros, cuando no hay buen viento ni buena mar, es una representación audaz de cómo la utopía puede ser posible y habrá descubrimientos y el mundo será distinto. El amor no está ni a babor ni a estribor, ni en la proa ni en la popa. Es un sueño que se hace realidad sin coordenadas, sin astrolabio ni brújula. Y permite nuevas posibilidades del conocimiento de sí mismo.

 

El mar tenebroso adquiere en este cuento una intensa luz que lo hará navegar sin miedos y con la convicción de que al otro lado de la vida siempre habrá una claridad inesperada. Hay que tener ojos para la isla desconocida y, también, para ver en el otro el complemento a una aventura sin fin. Lo importante es el caminar (o navegar) y no el llegar.

 

P.S. Hace años, en Medellín, el Pequeño Teatro y Rodrigo Saldarriaga realizaron una bella representación, en una atmósfera penumbrosa y sugerente, del cuento de Saramago.

 

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José Saramago, ilustración de Manuel Romero.

Casa de paredes sin revocar

(Crónica con hostias inconclusas, un globo negro y un muchacho muerto)

 

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En las casas de infancia había muros sin repellar

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

El globo negro cayó en el solar de la casa, donde había gallinero, unos cuantos arbustos de higuerilla, un mango y un sembradito de cebollas. Fue un 25 de diciembre. Los de la casa, padres y hermanos, lo tomamos con complacencia y me parece, muy a la distancia de una memoria con recovecos y claroscuros, se lo dimos a unos muchachos de la cuadra para que procedieran a reutilizarlo en un nuevo vuelo que seguro atravesaría los filtros del acueducto, iría hacia la vereda Potrerito, pasaría por encima de tejares y ladrilleras y tal vez cayera cerca de un charco de la quebrada El Hato. No recuerdo qué sucedió con el extraño globo, digo raro por el color, en un tiempo en que el papel de seda abundaba en rojos, amarillos, azules, violetas y verdes. También se confeccionaban globos blancos, pero no eran muy usuales.

 

 

La otra situación descollante la revestía un hecho especial: que se trataba del día de mi primera comunión. De una falsa —o inconclusa— comunión, porque llegamos tarde a la ceremonia y ya, en la Iglesia del Carmen, el cura había repartido las hostias rituales. Llegué justo al desayuno que la parroquia había organizado para los muchachos comulgantes primíparos. Lo amenizó una banda musical. Era mi casa de entonces, en un sector que el pópulo denominaba La Cachera (había cerca una fábrica de artículos de cachos de res, como peines, valeros, barcos, colgadores y otros artefactos), una especie de gran construcción con antejardín, antesala y sala, piezas en galería, una habitación para el servicio, y además de comedor aparte y patio, el mencionado solar era una prolongación del campo en la ciudad. Estaban las paredes en obra negra. Y, con todo, a uno le parecía una casona muy elegante y distinguida.

 

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Pese a la extemporaneidad para llegar a la iglesia y la imposibilidad de tener en la lengua la primera hostia consagrada, mamá me llevó a los estudios fotográficos (se llamaba Foto Luzart) y con un cirio torcido por el calor de mi mano, un vestido café con leche (la foto era en blanco y negro), corbatín, camisa blanca, un listón de seda con ornamentos dorados en el brazo izquierdo, y, junto a un niño Jesús de bulto, me hizo tomar la fotografía que luego colgó de una pared desnuda.

 

Muy cerca de esta casa, que como en un valsecito argentino tenía una reja (¿pintada con quejas…?), había una escuela de niñas (la Rosalía Suárez), en la que, a veces, los domingos, íbamos a ver a las muchachas jugar basquetbol y a pasearnos por unos corredores desolados, con los salones en silencio y el quiosco del patio cerrado. Y más allá, detrás de la escuela de ladrillos y tejas, una manga en la que, además de servir de cancha de fútbol, la gente arrojaba basuras, en un tiempo en que la higiene no era parte de la convivencia ni de la vida cotidiana de la población.

 

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La casa, un primer piso —no recuerdo a los vecinos del segundo— lindaba con otra muy grande, en la que habitaba un señor moreno, muy alto, con hijos iguales de morenos y de altos. Al otro costado, con una tienda, la de don Froilán, a la que mamá pasaba con frecuencia a comprar granos, parva y panela. De los muchachos cercanos me sonaba uno que le decían Madre y otro, Bernardo, un pelado que no sé cómo fue que murió, pero, al ver su ataúd abierto en la sala de su casa, que era diagonal a la mía, tenía los ojos amoratados y un rictus mortal que de seguro fueron el motivo de mi estremecimiento con risa agregada que me hizo salir muy rápido del velorio al que había entrado, quizá como otros muchachos, por curiosidad y novelería. Creo que fue el primer muerto que vi y había en él una suerte de pesar porque no había podido crecer. Lo que sí recuerdo haber escuchado, y eso que se dijo en baja voz, como en secreto, es que a Bernardo lo habían matado.

 

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Santo el enmascarado de plata

En casa, porque más bien poco salíamos a la calle, aunque sí de vez en cuando íbamos a la parte de atrás de la escuelita a ver jugar al fútbol a pelados más grandes que nosotros, es decir, que mi hermano y yo, porque los otros dos sí que eran unas chingas, casi puro bebé, y a observar los entrenamientos de unos tipos que a veces se ponían máscaras, como los luchadores mexicanos (lo sabía porque ya había ido a ver cine matinal con el Santo, Neutrón y otros), y hacían demostraciones de habilidad, patadas voladoras, enganches, llaves, retorcimientos… Estaban vestidos de trusas brillantes y a veces parecían quedarse suspendidos en el aire.

 

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La casa, alquilada —su dueño se llamaba “don Manuel” (así era el trato de mamá con el señor de frente amplia y ojos de mirar escrutador, que a veces entrecerraba como si la luz lo molestara)— fue pista de carreras de carros que tenían pilotos con la cabeza afuera y que, al desplazarse, salía y entraba, de arriba abajo y de abajo a arriba, y uno no podía entender cómo era que unos volantes de tanta alcurnia pudieran, con ese extraño modo de manejar, mantener la dirección del auto que para uno era de verdad y no de juguete. Igual, por el largo corredor se pasearon camiones de madera y latón, un avión Super Constellation, y otros adminículos que nos acrecentaron la imaginación.

 

Mamá tenía en el solar gallinas saraviadas, rojizas, amarilliquemadas, que tenían nombres (a veces era ella la del bautismo, a veces mi hermano Rodolfo) como Rinita, Cenicienta, Blancanieves, Simona y no sé cuántos más. No eran muchas, tal vez ocho o nueve, y todas terminaron sus días en la olla en comidas de ocasión. En aquella misma espacialidad solariega, un día mamá, tras una rabia súbita, tomó una rueda metálica y se la lanzó a Richard, nuestro hermano menor, no sé por qué asunto o despropósito, y le coronó la cabeza. El muchacho sangró y ella no cabía luego en pesares y arrepentimientos, al tiempo que le practicaba curaciones con tópicos y esparadrapos.

 

De la nada  aparecieron dos muchachos con cuchillo en mano

 

Una vez, no sé si era ya diciembre, salí con mi hermano Rodolfo a una caminada hacia Potrerito, una vereda con fincas frutales, en particular con mangos, naranjos y ciruelos. Llevábamos cachuchas nuevas. Y no sé en qué momento, de la nada, aparecieron dos muchachos, uno con cuchillo en mano, el otro con navaja, que, tras amenazar e insultar, nos robaron los tocados y corrieron esparciendo risas en su fuga, como si se tratara de piratas de barrio, contentos porque iban cargados con su botín. Uno de ellos era Madre.

 

No sé cuánto duró en casa la presencia de Rosa, una muchacha que iba a ayudar a mamá en los oficios domésticos. Creo que procedía de un pueblo con tren. Era blanca y bonita y uno la veía como una extraña que amanecía entre nosotros y los fines de semana se iba tal vez donde sus padres y dejaba un vacío. Ya nos estábamos acostumbrando a la sazón de sus comidas, a su cantarina voz, a la manera de poner la mesa y tender las camas, cuando se marchó del todo.

 

Quizá vivimos un año en aquella casa de ladrillos y pisos entreverados entre cemento y baldosas, con mañanas cantadas por pájaros de solar y por gallinas que cacareaban sus huevos. El globo negro no presagió ninguna tragedia y me quedé con las ganas de saber a qué sabían las hostias de la parroquia. Después de eso, nunca comulgué ni me preocuparon más los ojos amoratados de aquel muchacho muerto.

 

(20-vi-2019)

 

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Obra de Georges Braque

 

 

 

 

 

Mañana al alba

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“Yo también soy un gran violinista…
y he tocado en el infierno muchas veces…” León Felipe

 

 

Mañana al alba me conducirán al campo de trabajo

Donde están mi padre y mi hermana menor

Mamá se envolvió en muselina y lienzo antes de la partida

Y mi casa ya no huele a frituras ni a lavanda

Mañana al alba me alejaré de mi aldea

No veré más las flores del amanecer

Caminaré sin la certeza de llegar a alguna parte

Porque el rumbo no es como cuando iba a la escuela

Me he quedado sin adioses, ahora no hay de quien despedirse

Mi infancia de caballitos de madera se fue sin darme cuenta

Ahora, cuando el amanecer es una inestable promesa

Echo en mi bolsa dos pétalos disecados y una camisa

Nos dijeron que no necesitábamos nada en abundancia

Solo ganas de trabajar sin volver la vista atrás

Eso dijeron

Mañana al alba por última vez veré estas paredes encaladas

Y estas puertas que no tocaré más se alejarán de mis pasos

Ah, ese cielo ahora oscuro no sé si me quepa en el bolsillo

Apenas me familiarizo con los adioses

El rumor ha crecido: los que se van no regresan

Mañana al alba no seré más de esta tierra amarilla

Y después de todo quizá sea cierto lo que dijo el profesor

“Humo y ceniza seremos… Seremos”.

 

(Reinaldo Spitaletta)

 

 

Memoria de Lucio, lúcido académico de tango

(Semblanza del máximo investigador de tango en Colombia, Luciano Londoño López)

 

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Luciano Londoño (derecha) con el músico, bandoneonista, director y compositor Astor Piazzolla, a quien entrevistó en Medellín.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

No recuerdo la circunstancia, quizá sucedió porque estaba escribiendo una nota sobre talleres de escritores en Medellín, y entonces, en el de Mario Escobar Velásquez, uno de sus participantes era Luciano Londoño López. Había escuchado su nombre tal vez porque no sé quién me dijo que, para esas épocas, 1986, era el investigador más preclaro del tango en Medellín. Que ya le había hecho una entrevista a Astor Piazzolla. Que era la erudición andante. “Es un sabio del tango”, creo que me aclararon. Y entonces, en la cafetería del Paraninfo de la Universidad de Antioquia, me esperó para darme sus declaraciones acerca de lo que pensaba sobre los talleres literarios. Me habló de Enrique Jardiel Poncela, un exuberante escritor y humorista español que, por lo demás, aborrecía el tango.

 

No sé por qué habíamos llegado a ese punto cuando me dijo que si yo conocía a Jardiel Poncela. Y no lo había leído, pese a que, en otros días, una reedición de un libro de este autor estaba en casi en todas las librerías formales y en aceras del centro de Medellín: La tournée de Dios. Y me dijo que me daría una copia de “Para leer mientras sube el ascensor”, una colección de escritos breves del estupendo narrador. Así llegué a leer al autor de Amor se escribe con hache y ¡Espérame en Siberia, vida mía!

 

Después, volvimos a encontrarnos. Fue en un evento académico en el Recinto Quirama, donde él, una autoridad en tango, dictó una cátedra sobre Gardel. Y así, más tarde, nuestros acercamientos se hicieron más frecuentes. Era Luciano, además de su experticia tanguera, de sus infinitos conocimientos sobre la evolución, historia, grabaciones, sindicatos, autores, compositores, músicos, orquestas de tango, historia argentina, la guardia vieja y la guardia nueva, en fin, un lector obsesivo de otros temas, en particular de Literatura e Historia. Un lector perspicaz que, por su memoria de privilegio, no solo se acordaba de detalles, digamos de una novela como El juguete rabioso, de Roberto Arlt, o de los cuentos de Quiroga, sino de distintas columnas de César González Ruano o de deliciosas y lúcidas greguerías de Gómez de la Serna.

 

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Luciano con Roberto Goyeneche, el Polaco.

 

Luciano (Lucio para sus amigos) era un lector desbocado, sin límites, analítico y disciplinado. Así como coleccionaba infinidad de recortes de prensa, su biblioteca, no solo con no sé cuántos volúmenes de tango, estaba enriquecida con infinidad de autores clásicos y contemporáneos. Y como si toda esta alimentación intelectual fuera poca, conocía a fondo la cultura popular de América Latina y otras coordenadas. En el ámbito del cine, por ejemplo, podía hablar con propiedad de actores, actrices, directores y productores mexicanos, y no era extraño escucharle disertaciones sobre María Félix, Jorge Negrete, Pedro Infante, Cantinflas, Dolores del Río o el Indio Fernández.

 

Luciano Londoño, el máximo experto en tango de Colombia (y lo decían autoridades como José Gobello, Ricardo Ostuni, Gaspar Astarita, Nelson Bayardo, Jorge Göetling y muchos más) era un aficionado al cine argentino y, claro, al cine universal. Con él bien podía hablarse —y aprender— del neorrealismo italiano o de la Nueva Ola francesa y no le eran extraños los autores del Siglo de Oro español y leía con la misma fruición y entusiasmo a Pérez Galdós como a Camilo José Cela o Valle-Inclán. Así que igual coleccionaba series famosas de televisión como filmes clásicos.

 

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Con Tite Curet Alonso, en Puerto Rico

 

El jazz, la salsa, el vals peruano, el pasillo ecuatoriano, la música colombiana completaron el extenso catálogo de su gusto musical popular, aunque, como es de entenderse, el tango acaparó buena parte de su dedicación, inteligencia, sensibilidad y pasión. El complejo mundo de la cultura rioplatense, las orquestas, las armonías, las melodías, los cantantes, e incluso la danza —aunque, me parece, no era hombre de baile— coparon su riquísima existencia e iluminaron sus facultades de investigación. Era, por lo demás, un polemista. Y alguien que, dado su hondo conocimiento, podía debatir con altura intelectual cualquier tema conectado con el tango y, en general, con la literatura, la historia, el derecho y la cultura popular.

 

Y aunque entre nosotros hubo una autoridad para la música cubana y, en particular para la de la Sonora Matancera, como el médico Héctor Ramírez, una vez, en una visita a La Habana, y al sabor añejo de los rones, me dijo el periodista y musicólogo cubano Helio Orovio: “En Colombia no hay quién sepa tanto de la Sonora Matancera como Luciano Londoño”.

 

Ese hombre de enorme generosidad, que jamás tuvo egoísmos con el conocimiento, que regalaba libros o se los fotocopiaba a sus amigos y conocidos, que recomendaba lecturas, que obsequiaba grabaciones y gozaba con esa actitud magnánima, le dejó a la ciudad una herencia cultural, sus libros y su música para que las presentes y futuras generaciones tengan nuevas fuentes del saber, de la investigación y la cultura. El fondo lo custodiará la Biblioteca Pública Piloto de Medellín (BPP).

 

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En junio de 2008, el Municipio de Medellín le rindió un homenaje a Luciano. En el Decreto 0898 de junio 20 de ese año se le destacó como un “reconocido experto en tango”. Se señaló que “un hijo de sus calidades humanas y profesionales constituye un orgullo para la ciudad”. En otro de los considerandos del decreto de honores se resaltó que “gracias a sus investigaciones se logró sacar del anecdotario a Carlos Gardel y lo ubicó en el sitial de honor que la historia le tenía deparado, porque para él, el Zorzal criollo, es la máxima expresión del canto popular”.

 

Otra de las cualidades de Londoño López la constituyó su capacidad para la divulgación del tango y la cultura popular. Escribió artículos en revistas y periódicos nacionales y extranjeros, y dictó charlas y conferencias sobre tango y, en particular, acerca de Carlos Gardel, con marcado énfasis acerca de su origen, trayectoria, grabaciones, el cine, el accidente y muerte en Medellín y la necesidad de que se haga un ADN para determinar si el cantor es francés o uruguayo. En ese aspecto, nos dictó en el Centro de Historia de Bello, en junio de 2010, una conferencia sobre este polémico asunto, alternando con el magistrado Javier Tamayo. Fue Académico Correspondiente de la Academia Porteña del Lunfardo desde 1991 y de la Academia Nacional del Tango desde 1992 (ambas de Buenos Aires, Argentina) y Asociado correspondiente de la Academia de Tango de la República Oriental de Uruguay desde 2004.

 

Luciano, nacido y criado en el barrio La Milagrosa, donde tenía en cada esquina de la cuadra cantinas en las que día y noche se “molía” tango, comenzó desde muy joven a preocuparse no solo por comprar longplays del género, sino libros. No eran de fácil consecución en la ciudad. Y fue conectándose con artistas y periodistas de Buenos Aires y Montevideo que venían a Medellín a los festivales de tango y otros eventos, para que se los compraran y enviaran. Uno de ellos fue el cantor y coleccionista de tango Héctor Blotta.

 

Luciano Londoño, un memorioso brillante

 

Cuando estaba terminando el bachillerato nocturno (trabajaba de día, y desde los catorce años), hubo dos circunstancias que le permitieron desarrollar su memoria: una, la de cantar con sus amigos todos los tangos que sonaban. Así aprendió las letras. Otra, la de un juego muy simpático: uno de los de la barra decía un verso de tango y los otros debían responder a qué tango pertenecía.

 

Después, en una combinatoria de inteligencia, memoria y sensibilidad, Luciano Londoño leyó, escribió, viajó, escuchó música día y noche y se erigió, tras una intensa y constante labor de aprendizajes, en un relevante investigador musical, en especial de aquel género que Enrique Santos Discépolo denominó “un pensamiento triste que se baila” y Horacio Ferrer llamó “mezcla brava de pasión y pensamiento”, “comedia humana” propicia “para cada soledad y cada encuentro”: el tango. Sí, el tango o el gotán, con su “ritmo de trompadas contra el viento”.

 

Sus relaciones con tangueros de alcurnia en Buenos Aires, Montevideo y otras ciudades, lo llevaron a cartearse, entre otros, y aparte de los ya mencionados, con el gran músico y director Julio de Caro, Luis Adolfo Sierra (una luminaria del tango), Oscar Himschoot, el historiador inglés Simon Collier y Gastón Martínez Matiella, presidente de la Academia Mexicana de Tango. Y esto por solo registrar a los de tango (sus relaciones se extendieron con investigadores, músicos, autores, coleccionistas de otros géneros, como es el caso, por ejemplo, del musicólogo cubano Cristóbal Díaz Ayala).

 

Recuerdo sus llamadas telefónicas a las seis de la mañana para recitarme un tango, una letrilla, un fragmento de un poema de Homero Expósito o decir que un libro que le recomendé, como, por ejemplo, El juez y el historiador, de Carlo Ginzburg, le había dado pistas para seguir investigando sobre el origen de Carlitos Gardel mediante la teoría de los indicios establecida por ese historiador italiano.

 

Luciano Londoño, el memorioso, una biblia del tango, nació en 1951 y murió en 2013. Su recuerdo habita la ciudad y su legado nos queda como una muestra de su rigor, cultura e inteligencia. Este lúcido — y a veces cascarrabias— académico no vivió para el olvido. Digamos, con Aníbal Troilo, que Lucio no se ha ido porque siempre está llegando.

 

(19 de junio de 2019)

 

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Carlos Gardel, una obsesión investigativa y académica de  Luciano Londoño.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Eszter, envejecida y sin herencia

(Una novela de Sándor Márai sobre el despojo y las artimañas de un canalla)

 

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Representación de La herencia de Eszter

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Hay canallas encantadores, con capacidad de seducción y atributos histriónicos que los conducen a que, por su facilidad para la palabra que enamora, sus víctimas terminen queriéndoles, o, por lo menos, suavizando —y hasta disculpándoles— las maniobras de asalto y atropellamiento. Se refinan en el discurso y son poseedores de una inusitada facultad de engaño. Artistas del embaucamiento (condición que los hace parecer a ciertos políticos), como los estafadores, quedan al final de cuentas bien parados y, además, sin remordimientos ni actos de contrición.

 

La impostura y la mentira —que bien concebidas y ejecutadas pueden hacer parte de mecanismos de la creación artística— las llevan en la sangre. No hay manera de desmontarles su argumentación (que puede usar sofismas y otras truculencias) y sus intenciones perversas, a las que disfrazan de buenas acciones o de derecho, casi siempre se imponen. Este tipo de canalla no es un seductor al estilo don Juan o Casanova. Es un tremendo vividor, que se acomoda a las circunstancias —sentido de oportunidad— y tiene tal poder de convencimiento, que a la larga su conejillo o rata de laboratorio elegida no tiene más opción que caer en sus invisibles garras y reconocer la enorme habilidad contra la cual no hay posibilidades de ejercer repulsa.

 

Una historia sobre un canalla y una mujer más o menos inocentona, es la que propone Sándor Márai en La herencia de Eszter. Es una narración en primera persona, contada por la víctima de un hombre que la deja en la inopia tanto material como de vida interior, y ante tanta complacencia de ella puede haber algún lector que reviente de rabia frente a la presunta pusilanimidad de la protagonista que después de muchos años, y ya casi en el final de sus días, escribió una memoria, a modo de confesión y de constancia. Y otro lector, en contraste, pudiera ver, más bien, a una mujer sin fuerzas para contrariar a un ser dotado de habilidades infinitas, prestidigitador, de verbo fácil, artista circense y un desprendido que vive al día, como si estuviera ejerciendo el carpe diem que cantó el poeta latino.

 

En cualquier caso, en esta obra hay una narradora-protagonista, una mujer fina y con educación, miembro de una familia tradicional, de clase media, a la que acosan los recuerdos cuando ha llegado a un recorrido largo por la existencia. Y dentro de esa memoria, que ella escribe cuando ya no le queda más nada en la vida, cuando la soledad y la vejez la asedian, aparecerá de entrada un personaje, la contraparte, Lajos, que tras veinte años de ausencias retorna para despojar a Ester de todos sus bienes, tal como se dice en las primeras cuatro líneas de una novela corta, que en ocasiones puede enardecer al lector, pero, en otras, lo pone a pensar en la personalidad de un tipo para el que no hay códigos morales y sí muchas ganas de sobrevivir, en particular a costa de otros.

 

El destino, o una especie de resignación ante lo que puede evitarse pero no se hace nada por remediarlo, está presente en los acontecimientos. Es posible que en Eszter actúen como expresión inconsciente la dominación de las mujeres, su obediencia y pasividad ante los comportamientos (y, por qué no, desmanes) masculinos. Debajo de la relación entre Eszter y Lajos está la familia, la presencia-ausencia de los padres de la mujer, la hermana de esta que en últimas es la que se va a matrimoniar con Lajos, la casa y un jardín de almendros. Sí, un jardín que, por momentos, por alguna imagen evocativa, puede recordar el de un drama de Chejov (El jardín de los cerezos).

 

En la novela estará, como en el medio, como una representación de una mujer solitaria, vieja y en decadencia, Nunu, que es la que, al principio, cuando Lajos anuncia mediante un telegrama que volverá tras veinte años de ausencia, dice que hay que guardar bajo llave los cubiertos de plata de la casa. La telaraña que se teje con Lajos está armada con Vilma, la hermana de Eszter, que se ha casado con el hombre que, en secreto, quería en rigor a la dama que está contando la historia.

 

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Sándor Márai

 

Después de la muerte de Vilma, y también de los padres, Nunu, pariente lejana, va a ser la única y verdadera familia de Eszter. La que estará ahí hasta el final, en medio de una tormenta que se desatará cuando Lajos y sus acompañantes, con sus hijos (en particular Eva, una chica que hace parte del tablado de su padre) y otra mujer, llegan de visita a la casa que ante todo está en los intereses de un hombre que, como se dijo, vive al día. Si bien no es un sibarita en el sentido estricto, está muy próximo. Es, de otra forma, como una especie de lo que en estos breñales y montañas se conoce como un “trabajador de calle”, un rebuscador sin escrúpulos y sin mandamientos. Sin cargos de conciencia.

 

El mundo de Eszter, con la presencia de Lajos en su vieja casa con jardín, es de paradojas. Y de acongojada monotonía. Está entre el odio y la admiración. Oscila entre el asco y la sumisión hacia un sujeto que, como ella bien lo sabe, es un mentiroso y un impostor. Bueno, es, ante todo, un artista, un mago, uno que se la ha jugado en la cuerda floja de la existencia, un simulador y, de todos modos, un fracasado en medio de su apariencia de seductor con las palabras.

 

En esta exquisita novela de Márai, construida con precisión y conocimiento en particular de la sicología femenina, el personaje central no se altera con los sucesos que va llegando, porque, quizá, es, a lo trágico griego, como si contra el destino no pudiera forjarse ninguna fuerza opositora. Lajos, que es alegría y vitalidad, está contrapuesto a Eszter, una mujer sin fuerzas suficientes para luchar por su estabilidad emocional y material. Ella, en medio de los descubrimientos que va haciendo (cartas, la falsificación de un anillo legendario, las maniobras de Lajos para quedarse con el patrimonio de ella, en fin), no puede resistirse. Y solo le queda declarar que ese hombre que ha vuelto tras tantos años, es un genio, con sus tretas y todo.

 

La obra abunda en recursos literarios de alta relojería y justos para crear, más que atmósferas y cartografías, la conexión entre los personajes, tanto muertos como vivos. No interesan las descripciones del mundo de afuera. Y la trama está tejida para dar a entender, como lo dirá Ester, que “los amores sin esperanza no terminan nunca”. Son amores dolorosos. Aplazados. Sin culminación feliz, pero que siguen latentes, como una herida que no cicatriza y sangra hacia adentro.

 

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“La vida no ofrece soluciones a medias”.

 

Hay una manera de ir contando, con la voz a veces dolida de la narradora, con el deseo de postergación de las acciones, y por eso se acude, entonces, a los flashbacks. La novela es como una gran representación, con farsas, tramoyas, parlamentos, y todo para dar a entender que hay un hombre sin hígado al que no le va a importar que una mujer que se acerca a la vejez, como Eszter, y otra que ya es una anciana, vayan a vivir sus últimos días en un asilo de damas solitarias.

 

Lajos, un experto en particulares puestas en escena, va demoliendo en la última parte a una mujer que ya parece no tener norte, ni estar dispuesta a resistir o, al menos, a mantenerse erguida frente a un asedio, un estado de sitio como el que las palabras de su contradictor le van haciendo hasta derrotarla. “El amor es cosa de mujeres. Solo destacáis en eso. Y en eso fracasaste tú, y contigo fracasó todo lo que pudo haber sido, todos nuestros deberes, el sentido entero de nuestras vidas. No es verdad que los hombres sean responsables de su amor”. Es la voz de Lajos, que, poco a poco, va dejando exánime a una dama sin carácter.

 

Es probable (como ocurrió en una reciente tertulia sobre la novela de marras) que haya lectores que reaccionen con furia (como es posible que así hayan cuestionado con enojo a Emma Bovary, por ejemplo) con la actitud pasiva de Eszter la solterona, pero, a su vez, no faltará el que la emprenda contra el farsante Lajos, un tipo que, pese a todo, pertenece más al mundo de la razón que de las emociones.

 

Lajos es un experto en mentiras. Su vida ha sido así, un ir y venir, sin pensar en futuros. No es un hombre del mañana. Es del ahora. Un pragmático. ¿Es Lajos un hombre cruel? ¿Un cínico? ¿Un individuo aborrecible? ¿Es alguien a quien solo le interesa su bienestar por lo menos en el “ya”, en el presente? Sándor Márai nos proporciona en esta historia con trazos de melancolía elementos para auscultar partes oscuras e ignotas del ser humano y todo el ensamblaje de la novela lo pone en boca de una mujer derrotada por sí misma y por las astucias (y las “cartas maravillosas”) de un hombre que sabe crear turbulencias y tempestades de las que siempre va a salir incólume.

 

(De las notas del Seminario de Literatura Europea siglo XX)

 

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Una novela en la que su autor expone su sapiencia acerca del mundo femenino.