Abanico de los vientos perdidos

(Crónica sin acaloramiento, con emperadores y códigos secretos)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

No sé cómo llegó a casa aquel abanico sevillano, de marfil y nácar, con calados y, además de claveles en la tela, la estampa de un toro oscuro de mucho trapío. Mamá lo utilizaba en jornadas de calor y a veces lo llevaba a las corridas, para airearse en los tendidos de sol. Después, cuando ya el olvido era una certeza, no volvimos a saber de aquel artefacto curioso, que a veces uno tomaba con cierta guasa para refrescarse en tiempos de canícula.

 

El abanico, tan antiguo como tantos perendengues inventados por los orientales, poco se ve hoy en las manos de las muchachas y tal vez solo sea parte de una utilería esporádica en festejos y bailoteos. Pero tiene una larga historia, que corre desde los faraones, a los que, a orillas del Nilo, los esclavos los venteaban con abanicos de plumas, hasta el inmenso país chino en los tiempos lejanos del emperador Hsien Yuan.

 

El muy milenario abanico, al que los romanos llamaban flabelo, estuvo en la clásica Grecia. Lo menciona, por ejemplo, Eurípides en su tragedia Helena, la de la “desdichada Troya”, cuando un eunuco la abanica para que los insectos no vayan a hacer un banquete con su piel delicada. Los japoneses, que lo elaboraron más tarde, en el siglo VII de nuestra era, lo consideraban objeto ritual. Incas y aztecas también supieron de sus usos refrescadores. Moctezuma obsequió varios de plumas al conquistador Hernán Cortés.

 

Una leyenda de hace cuatro mil quinientos años habla de un emperador chino que, cuando los gansos atravesaban la muralla, dejaban caer plumas, con las cuales él mandaba a fabricar abanicos con varillas de bambú. Ah, valga decir que esta manufactura no es solo ornamental y parte de un repertorio de elegancia y coqueteos de las damas. También se usó como arma en China y Japón, y todavía en ciertas prácticas de tai chi chuan de los monjes taoístas o el kung fu de los monjes de Shaolin, los abanicos reemplazan espadas y palos.

 

El abanico tiene una estética. Y no hay en su utilización una distinción de género, aunque entre las mujeres significa elegancia, modos de la seducción y garbo. Existe un simpático manual de códigos del abanico y sus movimientos. Un lenguaje del amor y los deseos. Así, una abanicamiento rápido quiere decir “te amo con intensidad”, como uno pausado transmite que “soy una señora casada y me eres indiferente”.  Un movimiento del artefacto para cubrirse del sol, declara que “sos feo y no me gustás”.

 

Los abanicos de antes poseían un acabado fino, una presencia atractiva y, en sí mismos, eran objetos de culto. Había en ellos una artesanía de buen gusto. Los españoles, por ejemplo, tuvieron en distintas ciudades talleres para su elaboración. Entre sus simbolismos y representaciones, están las del viento, las fases lunares, las entidades aéreas que van de un lugar a otro, invisibles. Las cortesanas los usaban como parte de un entable de la concupiscencia y las vibraciones de piel.

 

El abanico, hoy venido a menos, sobre todo porque lo han reemplazado los ventiladores eléctricos y el aire acondicionado, tiene presencia en obras de arte. Velázquez, el gran pintor hispano, concibió La dama del abanico, así como Gauguin plasmó Muchacha con abanico. Con sus pliegues y despliegues este artilugio es sinónimo de preciosismo y suntuosidad. Y, sobre todo usado por mujeres, adquiere toques de gracia y distinción.

 

Con todo, lo más destacado de sus usos puede estar en los lenguajes cifrados. Un abanico que la dama ponga junto a su corazón quiere decir que “has ganado mi amor”, así como uno medio abierto, presionado sobre los labios, es toda una invitación: “puedes besarme”. Pero no todo es bello y apasionante. Mover el abanico entre las manos es ya una aseveración de poco regocijo: “te odio”. Bueno, eran otros tiempos cuando con los abanicos se establecían relaciones, con mensajes subliminales, con señales que bien pudieran ser parte de un hermético lenguaje de espías. En la obra teatral El abanico de Lady Windermere, de Oscar Wilde, un artefacto como del que estamos tratando es un síntoma de una infidelidad, o, por lo menos, la primera pista del adulterio.

 

Hoy, aventarse con un abanico colorido, de acabados elegantes, puede resultar un anacronismo, o, cuando menos, toda una pose extravagante, propia de excéntricos. Algunos abanicos que se reparten en ciertos espectáculos, son de cartulina, desechables, parte de una publicidad. Cumplen, eso sí, con la función práctica de airear.

 

Sobre el abanico español que hubo en casa, nunca se supo de su paradero. Era de aquellos elementos extraños que aparecen y desaparecen en los hogares, como las cajitas de música, ciertas porcelanas finas y algún cofre con joyas de fantasía: al final de cuentas nadie vuelve a interesarse por ellos. Y se esfuman. No creo que mamá hubiera sabido acerca de los lenguajes secretos del amor y el desamor que se podían transmitir con los movimientos de un abanico. O si los sabía, jamás me enteré. Cosas que el viento se llevó.

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Sangre y tierra en dos cuentos de Rulfo

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

El territorio de Juan Rulfo, su geografía literaria, es la tierra, aquella que careció de reformas agrarias justas en los tiempos de la Revolución Mexicana y de después; que no tuvo restituciones a los campesinos más pobres, a los despojados de siempre. Y también la soledad está entre sus aperos para la ficción, así como el viento, el llano desértico, la melancolía de los que están a punto de morir o de los que la fortuna jamás pensó en ellos.

 

Rulfo era un escuchador. Uno que se empapó de lo popular, de la cultura de los que están al margen de la historia. O de los que esta los ha escondido, apabullado. La muerte, por supuesto, es parte de la identidad mexicana. Adorarla, festejarla, tenerla cerca, sin tanta metafísica. Y en ese mismo sentido, como lo señalara Octavio Paz en El laberinto de la soledad, el vivir para luchar es una característica de la mexicanidad. Con una paradoja: “La resignación es una de nuestras virtudes populares”, dijo el poeta y ensayista.

 

Rulfo, el que bautizó los personajes de su novela Pedro Páramo y de la colección de diecisiete cuentos, El llano en llamas, con nombres sonoros, musicales, como una nemotecnia de sonidos, supo de los modos de hablar de los campesinos, que tienen una poesía sin adjetivos, siempre apegada a hechos, a la naturaleza, a los cielos y las sequedades. “Se saborea ese olor de la gente como si fuera una esperanza”, se dice en Nos han dado la tierra. Y con este relato, vamos a acompañar a los que, transcurrida la revolución, obtienen una tierra muerta, árida, sin horizontes.

 

¿Cuál es la tierra que nos han dado después de la lucha? ¿Adónde nos mandan tras haber entregado carabinas y caballos? Nos han dado la tierra es el canto triste de los que van quedando regados en el camino hacia ninguna parte. Es la queja de los derrotados. De aquellos cuyo destino está signado por la fatalidad y la miseria. Es como una balada de los abatidos, de los que encuentran en el fracaso una manera trágica de la existencia, sin posibilidades de cambio. Sin alternativa.

 

Los hombres que avanzan, sin saber con exactitud adónde, porque todo es una infinitud, un camino sin orillas, en medio de la aridez, lo único que escuchan al principio de su peregrinación es un ladrar de perros, lo que puede configurar una esperanza de llegar a un pueblo, que está muy allá. “Es el viento el que lo acerca”, advierte el narrador, acompañado de otros tres que son los únicos que han quedado tras la travesía: Faustino, Esteban y Melitón. Van hacia un lugar (quizá no-lugar) donde nunca llueve.

 

Los cuatro van perdiendo las palabras. Tal vez tanto calor agote las ganas de hablar. Saben, y nada pueden hacer para devolverse, para cambiar el rumbo de su historia, sí, saben que en ese llano no hay nada: ni pájaros, ni conejos, ni siquiera gente parecida a ellos. Una que otra hierba, forrajes, pasto, puro sol, calentura. ¿Qué se puede sembrar en esos parajes? Les dieron, con papeles y todo, un llano extenso, como “duro pellejo de vaca”. Estéril.

 

¿Qué les queda a estos campesinos sin tierra, que sin embargo, tienen una tierra inútil? Aquí cualquiera podría preguntarse, como en el cuento de Tolstoi, ¿qué tanta tierra necesita un hombre? Pero en este caso, los que ayer emprendieron una gesta por tener al menos dónde caer muertos, van hacia un campo en el que ninguna semilla reventará, nada retoña por allí. Hablan, con parquedad (el calor les derrite las palabras) acerca de la tierra, pero cuál: “Aquí no hay ni la tantita que necesitaría el viento para jugar a los remolinos”, piensa el narrador.

 

El relato plantea la eterna contradicción entre el propietario de la tierra y los que nada tienen; entre los latifundios y la desposesión. Y el gobierno ahí, con un representante burocrático, un delegado, que les entrega uno documentos. Y listo. Lo demás es problema de los que marchan hacia la nada. Lo único que conecta a los campesinos con su anterior hábitat, a los que van hacia la tierra que les han dado, es una gallina, la que Esteban lleva metida en su gabán cortito.

 

La tierra que les han dado a estos hombres que van desapareciendo en medio del calor y las soledades, es como un espejismo. Por allá, en esas lejanías, no se levantan ni los zopilotes.

 

De otro lado, la tierra, elemento clave en la literatura rulfiana, está como trasfondo en ¡Diles que no me maten!, un cuento sobre la venganza y la culpa, con una estructura fragmentada en cinco planos narrativos.

 

Su protagonista, Juvencio Nava, mató hace treinta y cinco años a Don Lupe (Guadalupe) Terreros, porque este le mató un novillo que se había metido a pastar en las tierras de su propiedad. Y después de tantos años, el hijo del muerto, con grado de coronel, cumple una venganza que ya parecía olvidada, enterrada, muerta. Pero qué va. Así el otro, el que mató al papá del ahora coronel, por viejo que esté, los años no le darán ningún pasaporte de exención. Las culpas se pagan tarde o temprano, y en este caso, tras mucho tiempo transcurrido. No hay perdón, no hay olvido.

 

El relato se inicia con un diálogo dramático entre Juvencio y su hijo Justino, al que le implora que vuelva a donde quienes lo van a matar para decirles que no lo maten. ¡Diles que no me maten! Sí, díselos. En esa petición de angustia está contenida la tensión del cuento, que tiene un tiempo fragmentado, con flashbacks, cortes cinematográficos y combinación de planos.

 

En este cuento también, como, por ejemplo, en Pedro Páramo, se plantea la relación con el padre, tanto de Justino como del coronel al que hace años Juvencio lo dejó sin papá. Hay una suerte de indiferencia, de frialdad, en el hijo de Justino. No una resignación, ni una pena. Solo un distanciamiento. Como si su padre ya no importara. Como si dijera “ya viviste lo suficiente” o “los errores se pagan”.

 

Hay al principio un tono de súplica. “¡Diles que no me maten, Justino!”. El padre tiene una especie de desespero y desesperanza, que cree que su hijo podrá solucionar. No hay caridad. La Providencia no funciona. En el segundo corte, cuando Justino ya está en poder de sus verdugos, hay un recuerdo de lo acontecido, de “cuando tuvo que matar a don Lupe”, que era su compadre.

 

En el tercer segmento, el más largo de los cinco, hay una reflexión sobre la tierra y la vida. Juvencio, “maniatado por el miedo”, aspira a que los hombres que han ido por él para llevárselo hacia una muerte segura, tengan alguna piedad o por lo menos estén equivocados. Que él no sea el que están buscando. El hombre va mirando la tierra en al que había estado toda su vida, sesenta años de vivir sobre ella.

 

En Juvencio está el hombre atado, sin remedio, a un destino. No hay vuelta de hoja. Está condenado y nada puede hacer para evitarlo. La esperanza de vivir está quizá en otra parte, pero ¿dónde? Y en este punto, la resignación sigue con su presencia indolente. Como quien dice: “la suerte está echada”. Después, en el fragmento siguiente, el hombre ya está frente al coronel, o, mejor, frente a la voz que manda a preguntar a los otros para que, a su vez, interroguen al que le falta poco para morir. “¡Llévenselo y amárrenlo un rato, para que padezca, y luego fusílenlo!”, dice la voz, sin remordimientos, sin ninguna condescendencia.

 

Para nada vale aquello de “¡diles que no me maten!”. O tal vez sí, para arraigar más la cuenta de cobro en el que ya tiene en sus manos la suerte de la víctima. Hay, sin embargo, una especie de compasión final: el coronel ordena que le den de beber al hombre hasta que se emborrache, “para que no le duelan los tiros”.

 

La imagen final, dolorosa, con un burro que carga el cadáver al que Justino le ha puesto un costal en la cara, “para que no diera mala impresión”, la misma que de seguro tendrán la nuera y los ocho nietos cuando le vean el rostro perforado por “tanto tiro de gracia” que le dieron al hombre. Sí, a Juvencio, el mismo que se cansó de implorar que no lo mataran. Y lo mataron. Así es la vida. Así es la literatura.

 

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“Pero el pueblo está todavía muy allá. Es el viento el que lo acerca…”.

 

 

Un tragicómico travesti en un pueblo sin redención

(Recorrido por El lugar sin límites, de José Donoso)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Es una novela que puede ocurrir en cualquier pueblo latinoamericano, en el que todavía la fuerza del gamonal es asimilada a la de un ser divino, que todo lo puede, a quien hay que rendir tributos y pleitesías. En una alejada estación de tren, por el que ya no pasa ni el viento, en medio de viñedos, hay un caserío sin electricidad, también sin iglesia (lo que sí es una rareza), pero con la alegría de un prostíbulo agraciado, manejado por La Manuela, un travesti, y su hija, la Japonesita, tras la muerte de la madama mayor, la Japonesa.

 

En un poblado, que puede ser, con obvias diferencias, claro, como Luvina, o como un Macondo en miniatura, como Comala, como Balandú, en fin, en la Estación El Olivo, cerca de la ciudad de Talca, el tedio y la rutina, dos características de la desazón de vivir, solo son rotas con la presencia del burdel, en el que La Manuela en sus tiempos de joven (y aun de viejo) bailaba español y cantaba una torería como El Relicario (“pisa morena, pisa con garbo…”.), y al que llegó el maricón tras “triunfar” en otros pueblos con su espectáculo de bailarina ambulante. El lugar sin límites, del chileno José Donoso, es una ficción breve, pero muy compleja en su estructura literaria, con tiempos quebrados, saltos atrás y adelante (prolepsis, analepsis) y un manejo de espacios y lenguajes locales muy avezados en su exposición, en la que se combinan narradores en tercera y primera persona.

 

El Olivo, una extensión infinita de viñedos, es de una clase de cacique o mandamás llamado Alejandro Cruz, o Don Alejo, aunque, tras una apuesta muy singular con la Japonesa, lo único que no queda de su propiedad es el prostíbulo. En ese pueblo, el gamonal “es como Dios. Hace lo que quiere. Todos le tienen miedo. ¿No ves que es dueño de todas las viñas, de todas, hasta donde se alcanza a ver?”, como dice la Japonesa, que siempre tuvo la idea feliz, pero errónea, de que todo allí cambiaría, que el progreso, o, al menos, lo que de esa manera se ha denominado en Occidente, llegaría a aquellos parajes.

 

El gamonal, un tipo que parece cortado con las mismas tijeras que el resto de gamonales latinoamericanos, promete no solo el “oro y el moro” para engatusar al peonaje, sino que dice que venderá terrenos para que la gente construya. Y, como si fuera poco, anuncia que se electrificará el poblado. La más contenta con la promisión es la Japonesa, que, con su mirada de dama emprendedora, aspira a tener un prostíbulo más destacado que el de otras señoronas de las inmediaciones, como la Pecho de Palo, con “putiadero” en Talca.

 

El don, casado con doña Blanca, rubia y linda, “muy señora”, tiene otra mujer en Talca, y otras más. Para eso posee dinero. Y manda. Y todas trabajan por él en campaña electoral para que salga elegido diputado. Además, en el prostíbulo, el dueño de todo se lleva las mejores rameras. Y, cómo no, también baila con La Manuela, quien, con su vestido de cola colorada, le arroja una flor al dueño de todo, mientras las hermanas Farías cantan con voces agudas y gangosas. La monotonía de aquella aldea solo se rompe con las emociones y parrandas en la casa de lenocinio.

 

El lugar sin límites, que tuvo en 1977 una adaptación cinematográfica por el director mexicano Arturo Ripstein, es una obra en la que se rescata el lenguaje popular de Chile y se pone como protagonista a un ser que, para entonces, en los sesentas, era un estigma. Un maricón sufría con su condición, a veces escondida, a veces explícita, pero, en este caso, con La Manuela, un travestido, un bailaor de españolerías, no hay closet que valga. El personaje, de contera, hace que otros, muy machos, sientan en el fondo de sus hombrías una inclinación oculta (¿vergonzante?) hacia La Manuela.

 

Sucederá, por ejemplo, con Pancho Vega, dueño de un camión, habitante cercano del caserón de don Alejo, huaso pendenciero, que, además, tiene ciertos privilegios, de los que no gozan los demás inquilinos de la tierra del latifundista. Tendrá un rol clave, sobre todo en el desenlace de la novela y, en buena parte, en la tensión que se establece al principio de la misma. El machote siente atracción por el mariconazo pero, con el tiempo, realiza una contrición, un arrepentimiento de haber desestabilizado su condición heterosexual, y se torna agresivo con la “loca”.

 

La obra, que puede confundir o sacar del camino a lectores poco avisados, en particular por el manejo de los tiempos, es un retrato de la situación marginal de muchos “sin tierra” y también de los “rotos”, seres urbanos que, pese a su miseria, no pierden la alegría y las ganas de goces paganos. No solo es una radiografía de situaciones sociales de Chile, sino de los rezagos semifeudales de otros contornos.

 

Por las fechas en que se publica la novela (1966), en Chile ya cantaban a los desahuciados por la fortuna y los olvidados de la historia, Violeta Parra y sus hijos Ángel e Isabel. “Cantando me iré, / Silbando me iré, / Cantando lejos / Me consolaré”, decía alguna copla. Porque, pese a las pobrezas, el dolor y las angustias se pueden calmar con vino y baile, como acontece entre los concurrentes al lupanar de la Japonesa, que después también será parte de La Manuela y, al fin de cuentas, de la hija de estos dos, la Japonesita, una muchacha que a los dieciocho años sigue siendo virgen.

 

La novela, llena de sugerencias más que de evidencias, es un tratado maestro de las relaciones afectivas (y de negocio) entre un travesti y una prostituta que, con su inteligencia y recursividad, llegará a ser la única propietaria en un pueblo que tiende a desaparecer y cuya suerte está manejada por el poder de un solo hombre. En la red de relaciones sociales están, además, varias prostitutas como la Lucy, la Clota y la Nelly, y gentes como don Céspedes y Octavio.

 

En una de esas francachelas de burdel, se presentará un acontecimiento que transformará las relaciones de varios de los personajes y contribuirá a que la Japonesa, como ganadora de una apuesta increíble, se torne en dueña de la esmirriada casa donde funciona su negocio de placer. En efecto, la mujer le había dicho al terrateniente que si ella lograba que La Manuela le hiciera el amor, se quedaría con la casa. Es una de las escenas más sugestivas y bien logradas de la novela.

 

El arte de la Japonesa obtuvo como resultado que La Manuela, un sujeto “bien armado”, como un burro, y cuyo “aparato” solo le servía para hacer pipí, como él mismo lo expresa, entre en aquella dimensión —imposible para él— y de ahí, de esa especie de milagro, nazca la muchachita que, ante la muerte de su madre, será la que dirija los destinos del burdel.

 

La novela es una metáfora de un pueblito sin futuro, dominado por un solo hombre, en el que lo raro, o, incluso, si se quiere, lo subversivo, lo constituye el prostíbulo y, en particular, seres como la Japonesa y La Manuela, un tipo, o tipa, que debe sufrir las burlas y atropellos de otros que enarbolan su varonía, entendida como la capacidad de agredir. Como una exteriorización de la ofensa y la humillación.

 

También es el ascenso y decadencia, o, el drama y desencanto, de un hombre que no lo es, o, al menos, no acepta serlo, en el sentido de sus predilecciones sexuales. Tiene, en cambio, una especie de talento con el que sobrevive, el dar espectáculo vestido de bailarina flamenca. Un personaje de una bien estructurada sicología, tal vez, como se ha dicho en otros ámbitos, una prolongación del lado oculto del novelista.

 

Más allá, la ficción es un trasunto de la realidad. Una alegoría de las relaciones de poder y de opresión en una localidad que, aunque esté cerca de ciertas expresiones civilizatorias, está muy lejos de la justicia y el respeto por “los de abajo”. La ficción huele a vino, a vendimia, a fango, a camino polvoriento. Y a sudor de camas agitadas. Y, aunque en la superficie no lo parezca, todo allí, en la Estación, es decadente, incluido el dueño. Y, en una suerte de trágica ambivalencia, es el descaecimiento de un hombre-mujer, como La Manuela, que al final nos enteramos de su nombre original: Manuel González Astica.

 

El título de la novela surge del epígrafe de la misma. Como se sabe, hay escritores que utilizan este recurso para buscar la tonalidad de la obra, para que sea una guía de lo que se interpretará y sucederá en la creación, quizá como una antesala. Otros, porque desarrollarán las intenciones que en él se enmarcan o se presienten. En este caso, con un epígrafe tomado del Doctor Fausto, de Christopher Marlowe, Donoso advierte al lector que va a entrar al infierno, un lugar (o no-lugar quizá) que carece de límites.

 

Es una pieza literaria en la que habitan los símbolos: los de la decadencia, los de la masculinidad y, si se observa en otras esferas, los de la emasculación. Y también los roles de las meretrices en un villorrio sin esperanzas de redención. Como en el Canto III del Infierno de Dante: “Perded toda esperanza los que entráis”. Sí, de aquel infierno parece no haber ninguna escapatoria. Uno de los símbolos más dicientes puede ser el del Wurlitzer, el tragamonedas que solo puede funcionar si hay electricidad. Y esta jamás llegará a la Estación El Olivo.

 

Tal vez, en ese lugar sin límites, todos penan en un infierno del que parece jamás podrán salir. Pero el de los mayores sufrimientos, el que pierde la identidad, y sufre los vejámenes de unos y otros, es La Manuela, un personaje sobre el cual el lector tendrá que hacer diversas cavilaciones y, de paso, imaginar cuál ha sido su suerte final. Puede ser que, al concluir el recorrido, el alma le quede llena de inquietud, como en el bolero Vereda tropical.

 

(Ensayo publicado en el suplemento Palabra y Obra, periódico El Mundo, 13-08-2017)

 

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Particular historia con fascismo de fondo

(Sobre una película maestra del director italiano Ettore Scola)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

El fascismo, una negación del hombre, un intento por masificarlo y despojarlo de su individualidad, es todavía una persistencia política en muchos lugares del mundo. El 6 de mayo de 1938, unos meses antes de la Conferencia de Múnich, en la que los alemanes hitlerianos mostraron sus fieros colmillos para apoderarse de Europa ante la pusilanimidad de Inglaterra y Francia, y con la anuencia de Italia, un desfile militar paraliza a Roma: Hitler y Mussolini pasan revista a la inmensa tropa.

 

La voz de un locutor radial va narrando las incidencias de la parada. Las imágenes son documentales y, de pronto, el espectador se traslada a un condominio, de los muchos que florecieron durante el fascismo, para encontrarse con una historia de soledades y tedios, de un hombre y una mujer que nunca antes se han visto, pese a habitar en la misma edificación. Una jornada particular, de Ettore Scola, una de sus obras maestras, cuando para otros es la más excelsa obra de su filmografía, es una lectura crítica del fascismo y de cómo penetró en las mentes de hombres y mujeres en aquella Italia de preguerra.

 

Antonietta, una mujer cuarentona, representada por Sofía Loren, se levanta para ir despertando a sus seis hijos y a su marido, que irán al desfile militar presidido por Mussolini en honor a la visita del Führer, que ha llegado la víspera y ha sido recibido por el Duce y el rey Víctor Manuel III. Hay una rápida caracterización de cada uno de los chicos y del esposo de una mujer que ya en su cara muestra las señales de un ama de casa sin otros horizontes que los de la cría de sus muchachos y la de los oficios domésticos.

 

Con un baño ligero, de lavado de cara y pare de contar, todos se alistan, mientras la “mamma” conversa con cada uno acerca del matoneo que al “gordito”  le hacen en la escuela; o de las posibles masturbaciones del mayor; o de las fotos pornográficas que ya circulan en la clandestinidad como muestra de una adolescencia impaciente, y aun de las posibilidades de un séptimo vástago, con lo que ganarían un premio especial concedido por el Estado. En un departamento que luce chico para tanta gente, comienza a desarrollarse lo que será una jornada de sorpresas y descubrimientos.

 

Cuando todos se marchan al desfile, Antonietta queda en compañía de Rosamunda, un pajarraco que le “habla” y que, de pronto, cuando ella le va a dar el alpiste matinal, vuela de la jaula, sale por una ventana (las ventanas son clave en esta película) y se instala enfrente del apartamento, en otro piso. Al otro lado, habita un hombre solo, cuyas primeras imágenes lo muestran a una mesa, con una pistola en la misma, escribiendo en sobres de cartas, en una actitud que transmite angustia y la posibilidad de un hecho impredecible.

 

Antonietta toca a su puerta y a partir de este instante el filme comenzará a subir en intensidad y en interés. Si el único aparente interés de la señora es recuperar el ave, la conexión entre ella y él irá subiendo de temperatura. El hombre, llamado Gabriele (interpretado por Marcello Mastroianni), que todavía no le ha dicho que es un locutor radial, le ofrece un libro que ella ve en el rebujado apartamento, Los tres mosqueteros, de Alejandro Dumas. Con Rosamunda, la señora torna a su vivienda, a la que, poco después, tocará Gabriele con el fin (o pretexto) de llevarle el librito que ella “olvidó”.

 

En esta instancia, surge un tercero en discordia, Cecilia, la portera del condominio, que le da a Antonietta información no solicitada sobre el inquilino del sexto piso, al que califica de antifascista y subversivo. En el apartamento de la familia Tiberio, se inicia una exploración del mundo de ambos protagonistas. La portera ha sintonizado la radio en la transmisión del desfile militar, que se escucha en todo el edificio, a esa hora sin habitantes, pues, la mayoría, según mostraron imágenes del comienzo del filme, se ha ido a la demostración de plácemes a Hitler.

 

Los diálogos en el apartamento de los Tiberio van descifrando intencionalidades, pasados, maneras de pensar y, sobre todo, el acercamiento con rigideces y distancias de Gabriele y Antonietta, con el trasfondo de la radio que narra los detalles del desfile y transmite arengas, discursos e himnos. Y así, con una lámpara colgante que servirá para que el visitante se demore más de lo indicado reparando un desperfecto, con una imagen del Duce hecha con botones por la señora, y, en particular con un álbum sobre Mussolini que el ama de casa colecciona con recortes de prensa, el filme alcanzará alturas estéticas y políticas de inmensa tensión.

 

Se expresa una inteligente crítica al fascismo, del cual se van desgranando los principios o postulados, de acuerdo con las imágenes y frases del álbum. Un hombre debe ser marido, padre y soldado, se dice. Las mujeres deben obedecer, no están hechas para el pensamiento ni las palabras. Antonietta padece una obnubilación por el Duce e, incluso, recuerda una vez que él pasó junto a ella en un caballo y la mujer estuvo a punto del desmayo. A veces, por las ventanas ella ve pasar los aviones y deja ver una rara fascinación por esa fuerza. “La fascinación por el aviador”, dice Gabriele.

 

El filme, lleno de símbolos, sobre todo de aprehensiones suscitadas por el fascismo en los ciudadanos, la grisitud y monotonía de las viviendas, va enhebrando aspectos no solo de los significados de un régimen que ante todo anula al sujeto y privilegia la masa, o, en otra perspectiva, la masificación y el patrioterismo, sino las vidas melancólicas de un hombre y una mujer, ambos víctimas del sistema. Ella, constreñida a su condición de esclava doméstica. Él, un locutor que ha sido despedido de la radio oficial por ser homosexual, una vedada inclinación, que puede considerarse antifascista. Además, lo han multado por reír al aire.

 

El inicio acelerado, aunque con pausas, de una relación entre ambos personajes, que tiene magníficas escenas en la terraza de ropas y después, de nuevo, en el departamento de los Tiberio y en el del exlocutor, está atravesado por la presencia súbita de la portera, bigotuda y fascista, que, aunque no sea muy evidente, también padece soledades y una suerte de destierro interior. Tal vez por su fealdad. El hecho de saber que el otro, que ese hombre atractivo y que le ha prestado atenciones distintas a Antonietta, hace que la señora continué con las artes de la seducción. Y el acto amatorio se consuma, sin evidencias estridentes, a punta de sugeridos acercamientos y un apasionamiento tenaz de la reprimida ama de casa.

 

El día avanza, avanza el desfile, avanzan las relaciones entre los dos novísimos amantes, imposibles amantes. Y cuando ya los ausentes comienzan a llegar, cuando desde la ventana se observa a los muchachos, a los adultos, a los que regresan de la demostración militar, Antonietta, también a través del cuarto de máquinas del edificio, pasa de nuevo a su casa a disponerse al recibimiento. Es una mujer que, al menos, ya logró leer páginas de un libro, el de Dumas. Es un ama de casa sin ilustración alguna.

 

La película, que alcanza altísimas cotas de humanidad, pero, a su vez, de hondos cuestionamientos a un régimen de totalitarismos, machista y apabullador de la condición femenina, entra en su fase final. Otra vez, la vida cotidiana de la familia, la comida, la señora que ha olvidado las cucharas para la sopa, todos conversando en la mesa, y ella ida, sin ganas de más nada. Ni siquiera de tener un séptimo polluelo, pese a las insinuaciones y manoseos de su marido, un hombre que trabaja en África Oriental.

 

Desde la ventana, Antonietta observa los movimientos que suceden en el departamento de Gabriele. La noche está encima. Ella lava los platos. Él, según lo puede ver el espectador, hace maletas, mientras dos hombres de gabán y sombrero, lo esperan en la puerta. Las luces se van apagando. Antonieta, en orden, va moviendo interruptores hasta llegar a la cama matrimonial. Entre tanto, se cierra la puerta del apartamento de Gabriele, que va rumbo al confinamiento. Eso de ser homosexual no lo admite el fascismo. La particular jornada ha terminado.

 

Una jornada particular (1977), que, en efecto, es una obra maestra, sucede casi toda en interiores, con planos y contraplanos, con la fuerza interior y sicológica de los primeros planos, con la gran actuación de dos “monstruos” de la pantalla grande. Y la dirección de un artista, Ettore Scola, que se convirtió en un clásico del cine italiano y mundial.

 

(Nota: a propósito de una proyección del cineclub Huellas de Cine, del Centro de Historia de Bello)

 

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Sofía Loren y Marcello Mastroianni, en Una jornada particular, de Ettore Scola.

La sirena viene hacia mí…

(Crónica con ululares de patrullas, ambulancias y mujeres de torso desnudo)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Los primeros relatos de sirenas los escuché en casa, cuando una señora rubicunda y de palabras de encanto, acomodaba a su parecer la aventura de Ulises atado a un mástil para que el canto de unas mujeres hipnotizadoras no lo asesinaran con su belleza imposible. Ella, la de la voz de entusiasmo, contaba de cómo a los compañeros del navegante, él les había dicho que se taparan los oídos con cera para que no perecieran ante el diabólico embrujamiento.

 

En cambio, las sirenas de verdad, o, al menos, cercanas a la cotidianidad, eran las de las fábricas de textiles y la del Taller del Ferrocarril, en Bello. No siempre tuvieron en  su voz un ulular largo y penetrador. Se metamorfosearon con el tiempo en un pito largo, como el de las locomotoras, que ahora solo son recuerdo. Aquellas especies de alarmas, o como de llamados de atención, servían para el cambio de turnos en las factorías y así se tornaron como reflejos condicionados para obreros y amas de casa.

 

A los estudiantes, en sus claustros, el escuchar aquellos alaridos les movía y revolvía los jugos gástricos y los hacía bostezar. El último día del año, a las doce de la noche, aquellos pífanos fabriles se juntaban en un desenfreno de celebración, acompañado de estallidos de voladores y destellos de luces de bengala. Era una ruidosa bienvenida al Año Nuevo.

 

Otras sirenas, menos contentas y más escandalosas, eran las que, con menor frecuencia, se escuchaban como sinónimo de incendio. No eran muy comunes, pero no faltaban. El ulular producía una sensación trágica de incertidumbre. El carro de bomberos de Bello, en los sesentas y setentas, no era tanto parar apagar incendios sino para repartir agua en tantos barrios en los que el acueducto seguía siendo una vana promesa. O una entelequia.

 

Las de la Policía, unas camionetas a las que la gente denominaba las celulares, la Bola o la Chota, a veces la tómbola, o, con más simpleza, la patrulla, no eran simpáticas. Más bien, producían escozor y siempre se relacionaban con asaltos y persecuciones. A los muchachos que entonces jugaban fútbol en las calles, la presencia de aquellos vehículos, grises o verde oliva, les dañaba los partidos, los hacía correr despavoridos y, en ocasiones, hasta perder la pelota, que era decomisada.

 

Tal vez la más dramática sea la sirena de la ambulancia, con su voz desgarrada, dolorosa, que llena al oyente de sombrías inquietudes. Ese aullido causa vacíos en el estómago y conduce a muchos a imaginarse la peor de las tragedias. Se conjetura, por ejemplo, un vasto accidente, con la extensa sangre en la vía, o en el abismo, o bajo el lodo, o entre los escombros.  Incluso, si se le presta cuidadosa atención, se diferenciará la sirena de la ambulancia que apenas marcha al lugar del accidente de la que va rumbo a la clínica. Es quizá el grado de desesperación el que las distingue, o la manera de pedir apertura de las calles. Es una sensación especial y espeluznante.

 

Hoy, en muchas ciudades, es común el sonido de sirenas de bomberos, de policías, de ambulancias. Pululan los accidentes, los incendios, las catástrofes. Y ya no solo las tienen los vehículos de cuatro ruedas (o más), sino las motocicletas policiacas. Esos sonidos, que en otros días aceleraban corazones, se han vuelto paisaje y, según dicen algunos, ya casi nadie se estremece con ellos. Ni se dan por enterados.

 

Y como de sirenas se habla, no dejan de ser atrayentes aquellas, mitológicas, que en otros días poblaron las noches y los palpitares de la infancia y la adolescencia con fantasías y vuelos imaginativos. ¿Quién que es no quiso encontrarse alguna vez con una presencia medio mujer, medio pez, en ocasiones de largas cabelleras, el torso desnudo, los ojos insinuantes y que cantara hasta ponernos al borde de perder la razón?

 

Las sirenas, tan poetizadas, tan fabuladas, son entidades de maravilla. Se pueden encontrar en las aguas del Río Grande de la Magdalena, como en la isla de Capri, o en un pueblito de canción llamado Sorrento, en Italia. Cristóbal Colón, en su primer viaje, dijo que vio a tres de ellas en lo que él creía era la parte más oriental de Asia. Las de Las mil y una noches, a diferencia de las occidentales, son sirenas con apariencia de mujer (nada de cola de pez), con la cualidad de que pueden sumergirse y habitar sin problema bajo el agua.

 

La señora rubia que hace años nos contaba a mis hermanos y a mí historias de sirenas, relataba una aventura de infancia cuando, en una quebrada de Rionegro, se topó con una que le dijo que su destino era dedicarse a pintarlas. Jamás dibujó ninguna, pero inventó historias en las que las sirenas bajaban del cielo con un cargamento de estrellas y de luciérnagas. Sus hijos, boquiabiertos y dispuesto al asombro, creyeron siempre cada una de aquellas aventuras luminosas.

 

Un recuerdo juvenil me conduce a un baile de fin de año, cuando una muchacha permitía, entrecerrando los ojos, apretujamientos y “amacices”, mientras en el tocadiscos sonaba una canción: “La sirena viene hacia mí, voy a atraparla con mi red marinera, y me espera para jugar, loca de risa en la espuma del mar”.

 

Hace años, sobre todo en el Valle de Aburrá, el canto de las sirenas de las fábricas atrajo a miles de migrantes que arribaron de campos y otras lejanías para convertirse en mano de obra. De los unos y los otros, poco queda hoy: ni fábricas ni obreros. Tampoco sirenas convocadoras de trabajo. Las que quedan, de patrullas, bomberos y ambulancias, siguen conectadas con un mundo febril que parece vivir en emergencia.

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Las sirenas en Occidente se revelaron en La Odisea.

Cuadra de pedradas y otras bullas

(Recuerdo de una calle con bar y cataratas en los entejados)

 

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                                                                                                                                                   Pintura de Luis Sala

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Aquella cuadra, en la que vivían un bombero, una muchacha de caminar exquisito, otras de uniformes de cuadros y zapatos colegiales, unos muchachos que solo se asomaban por la ventana, otro que una vez se arrojó del tercer piso para huir de un castigo familiar, y que tenía en una de sus esquinas, un bar y una tienda, carecía entonces de asfalto.

 

En esa cuadra, con una casa inconclusa (permaneció así muchos años) a la que, por encima de los muros, se colaban algunos atrevidos a fumar marihuana y a ver crecer las malezas, vivió una señora cuya atracción para la muchachada era la venta de helados. Doña Cruz, que casi nunca salía a la calle, solo se asomaba por el postigo a entregar los pedidos. Decían que su marido, un obrero de fábrica textil, no le permitía ni mostrarse en las ventanas; quizá era un hombre celoso.

 

El bar que había por allí se llamaba Florida, con traganíquel, coloridas sillas y mesas de metal, cuatro ventanas y dos puertas. Se escuchaban tangos y baladas, también música antillana y, en menor cuantía, horrorosas canciones de campesinos. Al frente, estaba la tienda mixta de un tipo alto, al que le decían el Llanero, que una vez levantó en vilo a un muchacho que a lo mejor se estaba riendo de su estatura. La imagen mostraba a un chico que pataleaba mientras el hombre lo subía para soltarlo desde más arriba de su cabeza. Creo que hubo risas de los otros. A mí me causó indignación. Pero nada dije.

 

Sobre la tienda, una casa con tejas de asbesto, que en el día debían calentar a temperaturas de incendio, albergaba a una señora de la que nunca supe su nombre. Le decían La Perra. De vez en cuando, su entejado sonaba con las piedras que, por las noches, le arrojábamos. También habitaba Leonardo, al que, con gracejos y burlas, llamábamos el Orejón. Había obreros con bicicletas inglesas y don Silverio, dueño de un almacén de telas y cacharros, que tenía tres hijas por las que el mundo barrial suspiraba.

 

En la otra esquina, aparte de la del bombero, estaba la casa de don Abel, un señor con toda la pinta de proceder del monte. En los desagües que bajaban del techo a la calle, en diciembre poníamos papeletas cuyos estallidos hacían eco y producían temblores en las tejas. El hombre salía con un machete pero ya no había nadie a quien darle siquiera un planazo. Al frente de mi casa, estaba la tienda de doña Marta y don Pedro, y enseguida de ella, una sastrería. En una casa de dos pisos habitaba, en el primero, una gordita sonrosada y, arriba, una muchacha linda, cuyo hermano, al que por su poder en el “chute” apodábamos Cañón, jugaba con nosotros partidos de calle y de manga.

 

En el Florida, cuyo dueño, Arturo el Bizco, era bueno para el machete como para freír chorizos, iban tipos que, cuando había batidas policiales, guardaban los puñales debajo de las mesas metálicas o, en casos de emergencia, los resguardaban en periódicos que tenían sobre la mesa, húmedas de cerveza y pasantes de aguardiente. En diciembre, el bar se adornaba de guirnaldas y el piso se cubría de aserrín.

 

Mis vecinos de al lado eran artistas de circo, que viajaban de pueblo en pueblo, sobre todo por los que estaban a orillas de las estaciones del tren. La mamá de ellos salía de noche, vestida de negro, y tornaba al amanecer. En casa, con dos patios grandes, había jardines y atrás, tres albercas que no solo servían para recolectar el agua de consumo diario sino, de vez en cuando, como una suerte de piscinas domésticas.

 

La otra era un solar semiconstruido, abandonado, del que nunca supimos quién era el dueño y por qué había dejado empezada la casa, con puertas y ventanas condenadas con ladrillos. Era una suerte de pequeña selva urbana, con ratas y basuras. Después, estaba la casa de Jaime, cuyas hermanas, altas y delgadas, se caracterizaban por tener nariz larga. Y, más allá, una casa de dos pisos y terraza, desde la cual una vez el negro Arturo, que era buen futbolista, se tiró pero cayó en un montón de arena (una “volquetada”) sobre la acera. Más fue la bulla.

 

En invierno, el pantanero abundaba, como el polvo en el tiempo seco. Por las mañanas, se escuchaba la voz delgada del vendedor de periódicos. En casa solo lo compraban los domingos. Las ruedas del carrito de helados, cuyas campanas aceleraban corazones, se metían en los huecos de la calle. En las madrugadas, se oía el paso de las bicicletas obreras. A veces, algún ciclista, como para interrumpir sueños, hacía sonar el cornetín.

 

Los cables eléctricos eran bajos y estaban, sobre crucetas y otros dispositivos, agarrados a los muros. A veces, en la acera se improvisaban, con pelotas pequeñas, partiditos de baloncesto, para aprovechar a modo de canasta aquellos sujetadores de alambres. Una vez, hubo una pelea a pedradas y machete entre los hijos de don Abel y unos tipos que estaban bebiendo en el Florida. Hubo uno que otro descalabrado. Nadie murió.

 

Aquella lejana cuadra, hoy pavimentada y con renovados habitantes, a veces aparece en mis sueños, con tropeles de fútbol callejero y juegos de canicas y “pelota envenenada”. Los barquitos de papel ya no naufragan en los rápidos, tras las lluvias abundantes que formaban Niágaras en los entejados. Y, como en un tango, “todo, todo ya se fue”. No es hora de regresos. Con el recuerdo basta.

 

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Fiesta de flores

 

Fiesta con flores de antiguas servidumbres

El sol agobia a los caminantes de asfalto

Con espaldas viejas de cargaderas humanas

La tarde sin arreboles dice con nubes tristes

Que la vida poco florece en el valle de tinieblas

Donde la muerte acecha y cobra su cuota fatal

Alguien arroja una flor a una tumba sin nombre.

 

(Reinaldo Spitaletta)

 

 

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Álbum tanguero para un escritor

(Entre Nada, Ninguna y La última se fue formando una crónica)

 

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Era la directora ejecutiva de una empresa de salud de Bogotá. Comenzó a escribirme porque le parecía que algunas de mis columnas de prensa tenían sabor y color local. Resultó que, después de variados intercambios epistolares, me dijo que le celebraría en su casa los cincuenta años al escritor William Ospina y el homenaje consistiría en un regalo de dos discos con una selección de tangos.

 

Se llamaba Victoria Eugenia Zuluaga, una señora antioqueña, culta y de buen trato. “Ve, a vos que te gusta el tango”, me dijo un día, “por qué no me ayudás a seleccionar unos para William (Ospina)”. Tenía la idea de los dos discos, con cancionero y diccionario de lunfardo incluidos. Yo le mandaba, a veces, escritos de tango, como un artículo de la uruguaya Rosalba Oxandabarat sobre los hinchas de Gardel y los antigardelianos. “Hola, mi Rei: qué tan posta el texto de la Rosalba, te cuento que uno de los tangos que más me gusta es La última. La letra es de Julio Camilloni y la música de Antonio Blanco, tango de 1957”, me contestó en un correo electrónico el 2 de febrero de 2004. Y se dejó venir con toda la letra: “No me importa tu pasado ni soy quién para juzgarte porque anduve a sopapos con la vida yo también”. Y así. Esa vez, aprovechando la ocasión, me dijo que ya tenía muy adelantada la selección para los “50 de William”.

 

Me anunció en la misiva virtual que incluiría los que, de Roberto Goyeneche, yo le había insinuado: Gricel, Naranjo en flor, Canción desesperada y Cada día te extraño más. Valga decir que en la escogencia también participaban el tiplista David Puerta y el poeta Darío Jaramillo Agudelo. A propósito de La última, le escribí una nota a la señora que, por lo demás, había tenido la idea original y la producción ejecutiva del homenaje tanguero al autor de Es tarde para el hombre.

 

El martes 3 de febrero de 2004, le envié este correo: “Mirá pebeta de mi cuadra que eso de la fiesta conmemorativa, con tangos y cancionero, sí que está bacana. Ve, tengo un hermano que una vez se fue a un bar de tango y pidió Uno, y, claro, le pusieron cualquiera. Y luego, un poco desconcertado, dijo que quería oír Nada, y el cantinero, tan literal, nada le puso. Entonces si no es Nada, Ninguna. Que tampoco sonó. Y ya, en medio de la verraquera, solicitó La última, y se le dejaron venir con otra vaina. Total, no pudo escuchar lo que quería”.

 

Después, en el mismo mensaje, le conté una breve historia: “En Bello, tierra de mis pasiones altas y bajas, hay o había un señor gustador de tangos. Y creía que cantaba. Se sabía, para la interpretación, La última. Tenía un barcito y una noche le dijimos que nos la cantara. Empezó y el tipo se veía mal. Hacía grandes esfuerzos en las subidas y se puso morado. Creímos que el infarto estaba cerca. Bueno, en medio de las risas, lo bautizamos El Morado. Y así se le conoce en Bello entre los amantes del gotán…”.

 

La correspondencia continuó, casi toda referida al tango, a sus armonías, composiciones, letras… El 18 de febrero de 2004, cuando ya se acercaba el cumpleaños de Ospina (nació el 2 de marzo de 1954), y los discos estaban en producción, recibí un correo de David Puerta: “Siempre soy más inteligente diez minutos o diez días después de lo necesario. Me quedé pensando que, para un literato como William Ospina, hubiera sido apropiado el disco con los cincuenta tangos que se mencionan de manera explícita e implícita en Aire de tango, de Mejía Vallejo. Ya no me atrevo a proponer el cambio porque mi prima Vicky, que ya tiene hasta el cancionero con el primer listado que hice, me convertiría en ‘amurado sexual…”.

 

El intercambio prosiguió, con referencia al tango, a novelas y cuentos en los que este género aparece, pasando por Cortázar, Benedetti, Borges, Onetti, en fin. Para Victoria Eugenia, Homero Expósito era autor de “los tangos más tristes del mundo —como Percal y Yuyo verde— (…) Ellos (los tangos) nos traen a la vez datos de nuestras propias zonas oscuras: las tristes, que se aceptan fácilmente, y las sensibleras, que casi nunca se aceptan para uno mismo. Pero ahí están. El que esté libre de pecado, que vaya a escuchar a Schönberg”.

 

A William Ospina, en sus cincuenta años, Victoria Eugenia, alias Vicky, le hizo una fiesta de no olvidar, con una asistencia de caricaturistas, pintores, escritores, músicos, poetas… No pude asistir y entonces hubo que contentarse con las fotos del festejo. El álbum de los “50 de William”, con 52 tangos, dos más de la cuenta, es una joya. Aparte de fotografías, cancionero y diccionario, la introducción, pensada por Vicky, tiene el siguiente título: “Entre e-milio y e-milio se fue formando el tango”, en la que incluye algunos correos de aquellos intercambios que siempre tenían, como trasfondo, la inevitable poesía del tango.

 

Entre los seleccionados, están La última grela, La última curda y, claro, La última: “Sos la última que llega a perfumar mi rincón / y esas gotas de rocío que no te dejan mirarme / me están diciendo a las claras que alcancé tu corazón”. Poco tiempo después, Victoria Eugenia Zuluaga se murió en Bogotá, quizá rememorando melancólicas melodías o imaginando saltos en una rayuela lejana, con cielos de un tango surreal.

 

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Pagliaro, cantor de la libertad *

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Por Reinaldo Spitaletta

 

 

En tiempos neoliberales como los de hoy, los juglares, esa especie en extinción, son seres extraños, pero necesarios. Si se les mide con el rasero del “éxito”, con esa vara del arribismo neocapitalista, que proclama que hay que estar en la cumbre sin importar por encima de quien haya que pasar o pisotear, se verán ante los ojos del magnate o del dueño del negocio, como unos desadaptados y anacrónicos. No aptos para la ganancia metálica.

 

Sin embargo, para los que todavía conservan su capacidad de reflexión y crítica, para los que no tragan entero y sueñan aún en utopías y en futuros de gloria para el hombre, los juglares, los poetas, los cantores son absolutamente imprescindibles para recordar la condición humana, las contradicciones sociales y las intrínsecas al ser, y, también, por qué no, para mantener viva la esperanza, en tiempos de absolutos desamparos.

 

Gian Franco Pagliaro, el de la voz ronca de cigarrillo y asfalto, es, sobre todo, un juglar. Un cantor que canta para pocos, sin masificaciones ni vulgaridad, en calendas en que, precisamente, estas dos condiciones comerciales son el símbolo del “éxito”. Uno le siente, en ocasiones, esa voz de canzonetta tristona que habla de mares remotos y de naufragios de amor. En otras, se le descubre el sentido irreverente de un anarquista contemporáneo que, con sus letras y su música, lucha por espacios de libertad e intimidad para el hombre. Es un trovador —término también en desuso— del amor y, al mismo tiempo, de lo contestatario, dos asuntos que tampoco son excluyentes, sino, si se les examina bien, complementarios.

 

 

Porque Pagliaro, el ítalo-argentino, cuando le canta al amor, que es, dentro de su repertorio, un alto porcentaje, lo hace sin pildoritas de azúcar ni cursilerías de demagogo. Sin populismos ni concesiones a lo fácil. Canta de amores contrariados, de amores retardados, de amores a primera vista o de amores entre los cuales jamás se ha pronunciado un “te quiero”. Y cuando les canta a los combates por la vida, lo hace sin caer en lo panfletario ni en la consigna y el cliché. Sus canciones, no solo las de un tiempo de ardientes militancias y persecuciones, sino las que han adquirido un aire más universal y perenne, tienen ese agridulce sabor de las cosas que siempre acompañarán al ser humano. En cualquier época.

 

Como todos los napolitanos, Pagliaro nació cantando. Su padre, agente textil, quería que fuera arquitecto, pero al joven Gian Franco le gustaban las Letras. La Filosofía. A los 20 años todavía no tenía un oficio definido. A veces, vendía cosas, a veces realizaba trabajos artesanales. Cuando llegó al barrio Caballito, de Buenos Aires, a los 16 años, con todos sus bártulos de inmigrante, en la barra la muchachada le decía: “pero si vos tenés buena voz”. Un productor —siempre hay un Colón de todas las cosas— le dijo que grabara en castellano con acento italiano. Lo primero que compuso fue Otra vez el mismo barrio, una canción que habla de la rutina, el conflicto de una pareja, el derrumbe de los sueños. Era un cuestionamiento al amor color de rosa. Comenzó a sonar en Buenos Aires, en 1967, mientras profundizaba en ideologías, en los vientos renovadores de aquellos años, pero sin militar en partidos. “No me gustan los partidos, no acato direcciones de partidos. Un artista no puede estar militando si quiere ser libre, si quiere tener libertad de opinión”, me dijo en un reportaje.

 

Sobre él, como sobre tantos otros de la Generación del 60, cayeron los aires contestatarios del Mayo Francés, las palabras de Sartre, los ecos incendiarios de la Revolución cubana, el romanticismo revolucionario del Che, los tambores de las guerras de liberación nacional de muchos pueblos del mundo. En 1968, compuso Las cosas que me alejan de ti, que con rapidez comenzó a sonar entre la juventud.

 

Todavía en la Argentina no se tenían sospechas de que, unos años después, aparecerían grupos parapoliciales, la Alianza Anticomunista Argentina, la barbarie y que advendría la dictadura militar, en cuyo nefasto balance quedan treinta mil desaparecidos. Pagliaro, que era, según sus propias palabras, “un bocón compulsivo, con pasaporte italiano”, apareció en las listas negras. Era un cantor prohibido. Se marchó en 1976, precisamente el año en que se inició la dictadura, hacia Venezuela. Ya había compuesto uno de los temas que más lo darían a conocer en América Latina: Yo te nombro… libertad, que tiene reminiscencias de Paul Eluard. Fue, según él, una canción premonitoria de la terrible carnicería de los militares argentinos. “Por el verso censurado / por el beso clandestino / por el joven exiliado / por tu nombre prohibido”.

 

Y Pagliaro continuó, con renovado vigor, cantando contra la intolerancia, contra las represiones y cuestionó no solo a la derecha sino a la izquierda. Era —sigue siendo— un hombre libre. Ese cantor de origen italiano, seducido por los poetas castellanos, ha sido un buen lector de sus compatriotas Ungaretti, Quasimodo, Montale, Leopardi, pero sus palabras españolas las aprendió en Neruda, Guillén, Vallejo. Después se asombraría con el descubrimiento de Fernando Pessoa, que, según confiesa, le abrió el corazón y la cabeza.

 

Quizá Pagliaro podría ser el último romántico, y, también, el último de los cantores irreverentes de un mundo que se idiotiza en la robotización, el facilismo, la uniformidad de los discursos. Sus palabras penetran en el corazón de los que aún creen que el amor está lleno de dudas, de miedos y soledades. Y, claro, de olvidos. También sus palabras hablan, por ejemplo, de Verónica, tan joven y tan bella, una de las treinta mil desaparecidas por los militares argentinos. (Dedicado a Verónica: “Nunca más la vi en ningún bar, en ninguna librería de la calle Corrientes en ninguna facultad…”).

 

Estos textos, estas canciones, estos epigramas y aforismos, de un raro juglar de estos tiempos apocalípticos, nos ayudan a llevar con más valentía y con mayor entusiasmo las cargas de un mundo desigual y lleno de porquería. El cantor es la memoria, es la tierra que camina, el recuerdo de lo que será. El poeta es tal vez el último hombre de un mundo paleolítico, y el primero en alertar acerca de la vigencia de los sueños. Sigamos nombrando la libertad. El canto continúa.

 

(Escrito en Medellín, ciudad de asombrosos desasosiegos, agosto de 2001).

 

*Prólogo al libro Gian Franco Pagliaro. Todas las palabras. Todas las canciones

 

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Gian Franco Pagliaro, cantautor ítalo-argentino, fallecido en marzo de 2012.

El milagro de las palabras*

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Por Reinaldo Spitaletta

 

 

En un sonoro poema de Edgar Allan Poe, un cuervo repite un estribillo melancólico: “Nunca más”. El hombre es el único ser de la naturaleza dotado con la palabra inteligente, no la palabra mecánica del loro, o del cuervo, o de la urraca, sino con un instrumento complejo que lo diferencia del resto de animales. Y lo encarama a la parte más alta de la evolución.

 

Con las palabras, si son creadoras, el ser humano puede alcanzar la dimensión (y la condición) de un dios. Suena a prepotencia y a herejía, pero es una verdad de fácil demostración. Las cosas empiezan a existir cuando las nombramos. El nombre no es solo signo de identidad, lo es también de vida, de ocupar un lugar en el universo. Por eso, con las palabras se crean mundos y personajes, historias y hasta monstruos de la razón y la sinrazón.

 

Acordémonos que Dios, el hebreo, el del Génesis, crea mediante la palabra. A su pronunciación aparecen las cosas y durante seis días se dedica a esa labor colosal de fundar el mundo mediante el verbo. “Hágase la luz…” y de inmediato las sombras se apartan para dar paso a la claridad, a un mundo visible. Con la palabra podemos hacer oscuridades y soles, hombres y fieras, jardines y selvas vírgenes.

 

Sin la palabra creadora no existirían ni Moisés, ni don Quijote, ni Úrsula Iguarán, ni los caballeros medievales, ni aquel otro que solo era una armadura sin nada por dentro. La palabra crea imágenes. Y sonoridades. Las palabras duelen y festejan. Son posibilidades para mejorar el mundo y a nosotros mismos. ¿Qué imagen nos llega cuando pronunciamos la palabra cristal? ¿O campana? ¿O acuarimántima?  Múltiples imágenes: visuales, sonoras, olfativas… Sin la palabra no hay lugar a la imaginación. El miserable mundo, sin ellas, sería tenebroso y sin memoria. Qué tal llegar a olvidar el nombre de las cosas y nuestro propio nombre. Qué tal caer en una amnesia colectiva, estar siempre navegando sobre las aguas del Leteo.

 

El desconocido (e impronunciable) nombre de Dios dio origen al gólem. Borges y Meyrink lo supieron. Qué sería de aquel hombre que, sentado en un templo, enmudece de pronto y no puede comunicarse con la deidad, que ya no puede decir “padre nuestro”. Ese es el infierno. Un lugar donde no hay palabras, en el cual nadie puede comunicarse, sino sucumbir ante un silencio que no es musical, sino doloroso. El desamparo. Lo enceguecedor.

 

El paraíso, entonces, es ese lugar (o no-lugar) en el que seguimos teniendo el privilegio de la palabra. Nadie, si conocemos los secretos de la palabra, nos puede expulsar de él. La palabra es una conquista, un ascenso hacia la libertad y hacia el conocimiento de mi semejante. La palabra es vida.

 

Filón, griego y judío, anunciaba que las palabras crean las cosas. Palabras como hálito, como una propiedad de las deidades para crear y permanecer. El verbo es una suerte de taumaturgia, una mezcla de fórmulas e ilusiones, que devienen una alquimia de novelas y cuentos. ¿Cómo suena el esplín en la ciudad? ¿Y la italiana noia? ¿Qué palabras se quedan en los nidos y qué otras van tras el vuelo de las golondrinas?

 

En este recorrido que vamos a emprender, en una caravana verbal, con beduinos de desiertos imposibles, con donjuanes de conquistas a punta de palabras y no de espadas, nos encontraremos con el portento de Scheerezada, la que a bien tuvo, por su cultura, por sus viajes, por su audacia, salvarse gracias a las palabras. A las creadoras y encantadoras palabras. Y seguro viajaremos por mares desconocidos, antiguos, medievales, en los que había leviatanes y una zoología fantástica. Como el calamar de Verne. Como la ballena de Melville, portentos de un siglo de ciencias y revoluciones artísticas.

Caminemos hacia la luz. La palabra nos guía. La creadora palabra nos ilumina. La peligrosa palabra, que es antorcha y chispa que puede prender las praderas de la imaginación, nos hace ascender por una escalera al cielo. O al infierno, que también está hecho de verbo.

 

*(Introducción del libro Sustantiva Palabra, Reinaldo Spitaletta, Editorial UPB, Medellín)

 
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