Alma de barrio y otras emociones

(Polifonía de tejas, calles, chismes y un tango de esquina)

 

El feliz ladrillo del barrio. Foto Spitaletta

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

No sé cuántos tangos hay dedicados al barrio. Muchos, en todo caso. Ese elemento que trasciende el urbanismo, es en la música ciudadana un ingrediente clave, junto con la melancolía, la nostalgia y el amor (y su contrario, el desamor, y por ahí, el odio). Se ha dicho que de todos podría prescindirse, pero no del barrio, esa geografía de lunas y esquinas, con aceras (veredas), romances y una emoción permanente. El barrio, el mismo que puede que entre los porteños sobreviva y sea un elemento clave de identidad y amigos, por acá, por mi ciudad de balas y muchachas en flor, está en agonía.

 

El barrio, qué importa la extensión, pueden ser dos o tres manzanas, o veinte o treinta, es un entorno menos material que mental, con sus maneras de ser, sus voces particulares, los saludos y los chismes, distintos en cada cuadra, en cada esquina. Un barrio trasciende el concepto catastral y no responde a las divisiones oficiales (casi siempre arbitrarias), ni a lo que diga el plan de ordenamiento territorial o los entes de valorización y planeación. Un barrio es una cultura. No contesta a los trazados de oficinistas y burócratas. Está por encima de los automatismos del funcionario.

 

Un barrio tiene como límites las sutiles transiciones que van de una cuadra a la otra, en un paisaje que en su interior cambia también de cuadra en cuadra, pero mantiene una relación con el conjunto, conexiones que no son solamente la arquitectura o el cemento. Dónde comienza uno y termina el otro. He ahí un asunto que no está diseñado por las fronteras administrativas. Está más bien delimitado por una historia, unos imaginarios. Por los afectos y un tema ineludible que está en el campo de las abstracciones: el sentido de pertenencia. Este, insisto, no lo determina la municipalidad, un ayuntamiento, no es gubernamental ni de decretos. Es un tejido de solidaridades, similitudes y parentescos no sanguíneos, sino de la memoria, de los arraigos.

 

Un barrio es una metafísica, una reunión de voces que forman un coro que canta en la tienda, en la carnicería, en las calles con ventanas y puertas hoy enrejadas y en otros días abiertas y sin tantas aprensiones. En el catálogo de las similitudes clasifica en la variedad: es como una miscelánea, en la que, además de botones y agujas, se pueden hallar cintas como festones de fin de año. Tiene unas particularidades. Casi todo, o, mejor dicho, todo, está nombrado (o sobrenombrado), desde los vecinos hasta los dueños del café, del estanco-licorera, del almacén de tarjetas de ocasión. Y flota en su ámbito el espíritu de lo que se quiere pese a las carencias o desafueros que se puedan presentar en su territorio.

 

El barrio da carácter. El encuentro con los otros, los saludos, las maneras de demostrar que el vecino interesa, son parte de unas dinámicas que en su suelo, bajo su cielo, se expresan con modos propios y que establecen disimilitudes (puede que no de fondo) con otros barrios. Uno siente el cambio cuando pasa de un barrio a otro. No porque haya que atravesar una aduana o puesto de control (sin entrar ahora a hablar de las “fronteras invisibles” y otras desventuras), sino porque se respira otro aire, las fachadas y antejardines y cordones y postes y hasta las alambradas eléctricas son otra cosa. Es, en ciertos casos, una sutilidad, una delgada hebra que hace la diferencia en el tejido.

 

“Barrio, perdoná si al evocarte….”. Foto Spitaletta

 

Los olores del barrio —de este, de aquel— difieren de los de otros. Y los colores también. Hay una sumatoria de factores que se conjugan para hacer la distinción. Puede, claro, que haya, como hay, en efecto, semejanzas, pero un barrio es una entidad con alma, con personalidad, con comportamientos particulares y hasta propios. Tiene su aura, su halo, la luz que lo hace único. O así era en otros días. Porque, como se ha visto, un barrio de aquellos de la guardia vieja, diseñados para la convivencia y las relaciones con los demás, o son vetusteces que ya no están en boga, o pueden ser, dentro de la especulación y las miradas inmobiliarias, espacios para la expansión. Para el crecimiento vertical. Desaparecen las casas y donde estaban nacen edificios, no siempre amables ni atractivos, sin respeto por el entorno y con reducciones del espacio público.

Yo, que nací y crecí en una ciudad que era de obreros, chimeneas, trenes y comercios, siento que esta tenía una particularidad: era una ciudad de barrios, diferenciados en su concepción urbana, en sus hechuras, en sus cafetines y tiendas, hasta en el ejercicio del juego de fútbol. En general, sin abismos sociales. Hoy habito en un barrio viejo, de otra ciudad (de esta en la que escribo, vivo y camino) que también era centro de fábricas y trenes y obreros, pero con una diferencia respecto de mi “ciudad natal”: tenía clases muy altas como otras muy bajas, y digo que este barrio no es, como lo fue, un barrio residencial, que es una de las características del concepto barrio (algunos barrios están dedicados al trabajo, por ejemplo). Es un barrio con historia de élites, de nuevos urbanismos, de esnobismos de ricos y de presencias arquitectónicas diversas, preciosistas.

 

Calle, casas y un perfume de flor. Foto Spitaletta

 

Sin embargo, pese a que no hay ya residentes en abundancia, he aprendido a quererlo, a sentirlo propio, a deleitarme con sus antejardines y arboledas, con sus casas enormes de fachadas inverosímiles, con sus bellezas sin el esplendor de antes, aunque mantienen su señorío y dignidad. Con todo, es un barrio, pese a que en su geografía de calles anchas y cantos de aves, hay conventos, inquilinatos, clínicas, dependencias universitarias, centros de rehabilitación, ancianatos a granel y poca gente asomada a las ventanas.

 

Un barrio es una polifonía. Hay líneas melódicas, contrapuntos, sonidos que van desde los ladridos de perros hasta danzas nocturnas de gatos en los entejados. La mezcla tiene a los vendedores de helados, de tamales, de legumbres y frutas que pasan con carretillas o carritos con grabaciones publicitarias. El paisaje humano del barrio está a la vista de todos, en las aceras, en los viejos lugares de encuentro que son las tiendas, en el grito de una mamá que llama a su hijo y que casi todo el vecindario escucha.

 

La imagen puede contener: una o varias personas, cielo, calzado, árbol y exterior

El viejo barrio. Foto Spitaletta

El barrio es una cultura por sus rituales, incluidos los del campanario, por su naturaleza sociable, porque invita a la conversación y la pregunta por una dirección, por un nombre. Calles y fachadas. Entejados y terrazas. Antejardines y desagües. Y el día de recolección, las bolsas de basura en la acera. En el que habito ahora, pese a sus soledades, tiene tiendas, supermercados, presencia de extranjeros, marqueterías y gentes de paso que vienen a curiosear sobre su particular belleza y su historia. Su silencio.

 

Un barrio, además de la comunicación que se opera entre vecinos, es propicio para el rumor, el chisme, la pregunta permanente de “¿qué pasó?” o el “¿supiste que se iban a meter los ladrones en casa de Irene?”. El barrio de antes tenía más niños en la calle; el de ahora, es más de vida interior, aunque, según el sector, unos son populosos con gente que va y viene, un hormiguero, por sus calles, otros, como el que vivo, no tiene niños. Sus habitantes son muy adultos y tienen más una vida hacia el adentro, hacia el recogimiento.

 

El barrio tiene mucha vida en el afuera. Transacciones, saludos, ruidos, vocinglería. Y es propicio para el recuerdo y lo que fue. No faltan las referencias al pasado, a lo que hubo, a los que se fueron, a aquellos domingos de fútbol y encuentros callejeros. El barrio es como un tiovivo en el que la memoria da vueltas y no falta quien, en un instante de nostalgia, arroje un lagrimón sobre el asfalto.

 

“Mi barrio tenía cosas / que ya no tiene y son cosas / que yo no puedo olvidar…” y en este punto el tango del principio retorna con sus geografías sentimentales, sus melancólicas visiones sobre la vida cotidiana de la barriada. Y se oye el pito del tren. O los ladridos de perros a la luna. Y tantos versos imprescindibles en la educación sentimental que sin duda se adquiere en el ejercicio de habitar un barrio: “Barrio de tango, luna y misterio, / ¡desde el recuerdo te vuelvo a ver!”.

 

El barrio y los viejos amores. El barrio y una flor para mascar. El barrio y serenatas cuyos ecos murieron con los últimos románticos. Tiene su misterio. Y su aspecto de leyenda. Quienes vivieron sus infancias y adolescencias en un barrio, quienes envejecieron en esos territorios de fraternidad y charlas pesadas, saben que esas cosas vividas allí son irrepetibles y se erigen en patrimonio personal y colectivo, son las maneras de ser de la ciudad. Sí, el barrio es un microcosmos en el que es posible ver todas las estrellas.

 

En el barrio era factible —¿es todavía— que el amor se durmiera en un portón, y encontrarse con alguien que, en tiempo de vals, dijera con esa emoción, mezcla de tristeza y alegría: “vuelvo al barrio que nunca dejé”. Y, de acuerdo con las nuevas dinámicas de la ciudad, las de los guetos y los encerramientos, las unidades cerradas y los condominios, creo que, como en otro tango, habrá que decir que al barrio lo vamos a tener que ver desde el recuerdo.

 

27-05-2020

 

“La verja está dormida de tanto silencio…”  Foto Spitaletta

Casa de tiempos agitados

(Aquellos días de Violeta Parra, libros y un paro cívico nacional)

 

El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte - Carlos Marx

Inquietantes días de lecturas marxistas. El dieciocho brumario, un clásico.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Llegamos con una parte de los corotos en un coche tirado por un lamentable caballo de lomos pelados y, la otra, en un camión de tres toneladas, de trompa roja, que me parece realizó dos o tres viajes. La casa estaba en un edificio esquinero de tres pisos, en cada uno había dos apartamentos y en el primero una farmacia donde antes estuvo la Barbería Venezuela, muy cerca de la plaza de mercado. Nos correspondió uno del tercero, con azotea, desde la cual se podían ver los llanos de Niquía en su inmensidad verdosa y, del otro lado, las cúpulas de la iglesia del Rosario.

 

Se subía por una escalera embaldosada (creo que eran mosaicos amarillos y rojos) que, en un descanso, se bifurcaba: una en dirección al apartamento vecino y otra para el nuestro, que era, claro, alquilado. Fue la última casa de alquiler que habitamos. Aquella esquina, en una calle que atravesaba el parque de Bello, era de intenso movimiento de vehículos, carretillas, caballos, bulteadores… Había cerca una cantina donde molían deplorable música campesina. Afuera de ella, en la acera y la calle, se parqueaban ejemplares caballares que dejaban el piso lleno de boñiga y orín. Estábamos, en un límite fronterizo entre los barrios Prado y Manchester, y éramos, en rigor, habitantes del centro de una ciudad que todavía tenía fábricas de telas y la estación de un tren agónico. El taller del ferrocarril aún funcionaba y desde la casa escuchábamos con claridad el pito conductista de la factoría textil.

 

Poco parábamos en su interior porque más que todo nos manteníamos o en la universidad o en visitas a las tías, sobre todo una que habitó durante muchos años por la zona de El Palo (Gómez Ángel) y también en la carrera Niquitao, aunque mucho antes había vivido en un enorme caserón de Bomboná. La casa no tenía teléfono y fue allí donde conseguimos el primer televisor, que era en colores y estaba muy cerca de una máquina de coser, marca Wheeler & Wilson, una antigualla muy querida que a mamá la había acompañado durante no sé cuántos años.

 

BIENES TERRENALES DEL HOMBRE, LOS (HISTORIA DE LA RIQUEZA DE LAS ...

 

Ya habíamos formado una biblioteca familiar, más bien precaria en cuanto al número de libros, aunque sobresalían en sus estantes de madera ejemplares sobre todo de escritores estadounidenses (Faulkner, Hemingway, Steinbeck, Melville…), de europeos como Kafka, Camus, Flaubert, Balzac, Chejov, Böll, Lagerkvist…, en una mezcla rara con libros de marxismo, revistas chinas, textos de música (como libros de armonía y gramática musical) y algunos libros sobre educación y la lucha de clases, así como el muy manoseado Los bienes terrenales del hombre, de Leo Huberman. Cada miembro familiar andaba por su lado y era poco lo que nos comunicábamos, porque, casi siempre, nos veíamos de afán o a la hora de salir temprano hacia los centros de estudio o muy tarde, al ir llegando cada uno de los cuatro hermanos a ocupar sus respectivas piezas.

 

El balcón era amplio y extenso y del mismo se podían apreciar tanto la calle 51 como la carrera 47. Limitaba con el de la casa siguiente. En esta habitaban unas muchachas muy bonitas, de las que ya no retengo el nombre. Usaban casi siempre short y blusas escotadas. Estudiaban en colegios privados, de monjas y curas. No sé si alguna de ellas, que eran como cinco, ya estaba en la universidad. Por la misma cuadra, que todavía era residencial, aunque ya se notaban algunos negocios, como uno de aceites de vehículos y otro de abarrotes, vivía una muchacha ojiclara y amonada, Edelmira, que uno de mis hermanos pretendía. Y a una cuadra estaba una plazoleta, que años atrás, antes de convertirse en parquecito, era un espacio de tierra amarilla donde llegaban las ciudades de hierro y los circos.

 

Tachuelas, muertos y pedreas

 

En aquella casa de ventanas de vidrio y buena iluminación, había una guitarra y llegaban a veces amigos de algún hermano a reunirse para hablar de filosofía o, en otros casos, para discutir asuntos sobre la caracterización de la sociedad colombiana, las elecciones y los abstencionistas o para deliberar sobre la clase obrera y el partido del proletariado. Allí nos correspondió estar cuando el paro cívico nacional, el más importante que, hasta entonces, 14 de septiembre de 1977, se había realizado en Colombia y cuya jornada, de dos días, dejó cerca de treinta muertos y huellas de alzamiento popular, pedreas, quema de llantas, tachuelas en las calles y un enorme frenesí de participación de la gente, sobre todo de los trabajadores y sus sindicatos.

 

En el entorno no conocíamos casi a nadie y ya habían pasado —para mí— los tiempos del fútbol callejero, de los partidos en mangas y canchas como las de Niquía y Santa Ana, y más bien aquella casa, en la que a veces temíamos que hubiera un allanamiento o un registro policial, que ya eran más o menos usuales por esos tiempos de agitación social, era un “dormitorio”; excepto para mamá que casi siempre, cuando no estaba de visita donde sus hermanas de Medellín o una de Copacabana, era su refugio permanente. Estaba ya en la convicción de que muy pronto iríamos a habitar una casa propia y, por eso, en los dos o tres últimos meses del tiempo que allí residimos, estaba en contacto con comisionistas, en inspeccionar ofertas, en estar de un lado a otro a ver qué se ajustaba no solo al presupuesto que ya casi era el adecuado, sino a sus gustos inmobiliarios y de localización.

 

El televisor que teníamos, valga decir, se lo ganó un hermano en una rifa de una entidad bancaria a la que llegaban con periodicidad los giros que papá enviaba desde Ipiales y desde otros pueblos de Nariño, donde trabajaba con empresas petroleras extranjeras. Ya había pasado por Barrancabermeja, por pueblos de Boyacá y del Valle del Cauca y estaba en alguna corporación de cuyo nombre no me quedan trazas. En todo caso, era una compañía gringa. La que más fiesta hizo fue mamá. Confieso que, desde antes de aparecer ese receptor y hasta hoy, es poca la atención que me despiertan los programas televisivos, incluidos telenovelas y otros dramatizados. Puede ser que la radio, en la infancia y la adolescencia, haya jugado un rol más interesante porque era una suerte de estímulo a la imaginación.

 

A dos cuadras estaba (y está) El viejo café, en Prado. Foto Spitaletta

 

Aquella casa-apartamento, con vecinas bonitas y un ambiente externo que era una combinación de vestigios campesinos con presencias obreras y cafetines de tango en las cercanías, está inserta en el tiempo en que uno era aficionado al cine y hacíamos dos o tres veces a la semana presencia en teatros como el Libia, el Lido, el Cid y el Ópera y nos asomábamos los sábados por la mañana a los foros del cine club de la calle Maracaibo. Eran días en que nuestras lecturas oscilaban entre el Dieciocho Brumario y Las uvas de la ira, y los escritores de Estados Unidos, como Norman Mailer, Caldwell y Dos Passos, estaban entre nuestras lecturas predilectas. Ah, claro, eran los días de la revista Alternativa y el seguimiento tenaz a las obras de García Márquez.

 

Carlos Puebla - Hasta Siempre Comandante (1968, Vinyl) | Discogs

Una casa a veces, o tal vez casi siempre, es una referencia a un tiempo, a unas ideas, a una situación personal. A vivencias íntimas que trascienden el ladrillo y las baldosas. Es parte, como esta tan cercana a centros de acopio de bastimentos, de una memoria particular. Aquella de entonces estaba conectada con músicas de Quilapayún y Mercedes Sosa, con las discusiones en torno a Pekín y Moscú y Albania y los obreros como una especie de deidad o quimera o no sé qué demiurgo o entelequia, una idealización. Muy bella y todo, con sus carpas de huelgas y cantos de Daniel Viglietti revueltos con poemas de Benedetti y la infaltable canción de Carlos Puebla al Che Guevara.

 

Más que aquella casa, fue el tiempo en que la ocupamos el que nos dejó, creo, una marca de juventud, una vivencia de estudiantes críticos y desaforados, con ganas de saber de música, teatro, marxismo, cine, literatura, matemáticas y de estar muy cerca de las utopías. Aquella casa, en la que recalaban en su balcón los vientos de Niquía, a veces con cometas y palomas, olía a sudores de caballos y tenía los acordes de una canción de Violeta Parra.

 

Chimeneas de Fabricato, en Bello, barrio Manchester. Foto Spitaletta

 

La pesadilla de la casa tomada

(Una visión sobre un clásico cuento de Julio Cortázar, a propósito de los días de pandemia)

 

Casa tomada, un cuento de Julio Cortázar - Zenda

Un estremecedor cuento del escritor argentino Julio Cortázar

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

La casa, la singular y la diversa, que tanto ayer como hoy se tornó refugio para evitar la peste, ha sido materia de ficciones y otros muchos enfoques estéticos. La literatura, ese otro asilo en tiempos pandémicos, la ha tenido en sus afectos, vista desde distintas alturas, balcones y minaretes, o, incluso, desde las honduras de las alcantarillas y el desamparo de los “sin-casa”. Y ha habido casas de cristal, de tela gruesa como las de los gitanos, de tapias y bahareques y ladrillos y de materiales indefinidos. La casa, que a veces puede ser solo una pieza de conventillo o el salón de un burdel, es un complejo elemento que se ha paseado por distintas avenidas artísticas.

 

Y así como se puede encontrar en aquella que quedará borrada por el tiempo y la destrucción cataclísmica en Cien años de soledad, estarán desde otra perspectiva las casas de Faulkner y la decadencia de los aristócratas del sur profundo de los Estados Unidos. Casas en ruinas, como la Usher, y casas en donde se pueden esconder las sangres de los trabajadores bananeros, como la de Cepeda Samudio. Y, bueno, ni hacer catálogos de la casa en canciones, en lienzos, en obras teatrales, en poemas… Pueden estar las sombras del castillo medieval y las casas rodantes, las carencias de la villa tugurial y las comodidades de mansiones californianas.

 

Y estas consideraciones preliminares para decir que el cuento Casa tomada, de Julio Cortázar, quizá de los primeros que él publicó, por allá en 1946 y gracias a los buenos oficios de Borges en la revista Anales de Buenos Aires, es uno de los más representativos acerca de esa construcción doméstica, símbolo de la protección y el abrigo, de la familia y el recogimiento interior. Se dice que, tras una pesadilla, en tiempos del verano del 45, Cortázar se levantó agitado y escribió de un tirón este cuento maestro, lleno de insinuaciones, pero, a la vez, revestido de un tono trágico y fantasmal.

 

Un cuento (y, por extensión, cualquier obra artística) cuando está bien concebido y realizado, produce interpretaciones a granel. Es polisémico. Y, según cada lector, se le pueden atribuir distintas posibilidades hermenéuticas, darle uno u otro significado. Es la gracia del arte. O, al menos, una de sus cualidades. Y Casa tomada, que el mismo autor dijo en varias entrevistas que nació de un sueño intranquilo, en el que él era desplazado por alguien indeterminado por las distintas habitaciones de una casa hasta arrojarlo a la calle, es un cuento abierto, que posibilita diversos puntos de vista en sus formas exegéticas de acercarse a él.

 

Cortázar decía que, en su pesadilla, había algo espantoso, tal vez una sombra, alguien indefinido, pero de cuya presencia él, el soñante, se daba cuenta. Y lo empujaba por la fuerza del miedo hacia afuera, mientras el huyente, a lo mejor acosado por el desespero, intentaba ponerle trampas, barricadas, estorbos. Es el origen de la emoción que, después, tendrá una forma literaria, una situación en la que la intensidad va creciendo en la medida en que, presencias sin identificar, se van apoderando de los espacios familiares.

 

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El cuento, de menos de dos mil palabras, ofrece una visión tranquila al principio, de dos hermanos que, ya con cierta edad, es decir, no son jóvenes, habitan una inmensa casa de sus ancestros, donde medraron sus bisabuelos, su abuelo paterno, sus padres y ahora ellos, solitarios y solteros, dedicados el hombre a la lectura de literatura francesa, y ella, Irene, “una chica nacida para no molestar a nadie”, a tejer en un sofá de su dormitorio. Pero la pesadilla de dos seres despiertos vendrá. Y sin saberse de qué funesta presencia se trata, sentirán que están siendo desplazados en aquel interior amplio, de pasillos y zaguanes, de livings y patios, de puertas pesadas y dormitorios que se comunican entre ellos. Cortázar logró construir un ambiente en que se destaca una arquitectura añeja, de caserones que ya no volverán, de casas con historias familiares largas. Y, para enfatizar más el drama, de una familia que ya está a punto de desaparecer, como si fueran los últimos mohicanos.

 

Casa tomada es un cuento con un excelente manejo del suspense, pero, a su vez, de la vida interior. Sucede todo hacia adentro, aunque se sabe que hay una ciudad, que el hombre va al centro a comprarle a su hermana las lanas para los tejidos, que un lado de la casa da a la calle Rodríguez Peña. Lo esencial en todo caso sucede en el interior, que puede ser el de una cómoda de alcanfor o el de una cocina, una biblioteca, un baño. La casa está ahí, con su arquitectura y su cobijo, pero el afuera está sugerido. Hay, claro, una sensación de encierro, de retiro, de dejar pasar los días, cuando el destino de los dos habitantes, los dos hermanos, está definido en apariencia.

 

Los ingredientes de la tensión se van dando por una presencia indeterminada, una invasión, una suerte de fantasmagórica gente que apenas se presiente a través de ruidos, de golpes de puertas, de una situación que no tiene remedio y que es irreversible. Irene y el narrador, su hermano, se dan cuenta que es inútil resistir o averiguar más allá de una puerta que también se abrirá sin saber quién la abre. La tragedia está en que, ambos, ella y él, van dejando atrás una historia, unos afectos, unas raíces. Se les va reduciendo el mundo doméstico, el viejo mundo de una casa que es su patrimonio de memorias.

 

La Hesperidina es una bebida argentina a base de corteza de ...

 

Y él se va quedando sin sus libros franceses y ella sin una botellita de una famosa bebida porteña, la Hesperidina, mixtura de naranjas amargas, agrias y dulces, que también se utilizaba como mezclador de tragos y cocteles. En la pareja fraterna va creciendo la conciencia del despojo, de la expulsión, y ante una fuerza desconocida que se va apoderando de todo, les queda sino la aceptación del fracaso, de la derrota. La resignación, que es como postrarse sin luchar, rendirse ante lo inevitable sin ofrecer al menos un conato de defensa, de oposición.

 

Es un cuento lleno de símbolos, que pueden ir desde la decadencia y el surgimiento de nuevos protagonistas de la historia, hasta la caída sin retorno en lo desconocido. Hay, en el adentro, una nueva hostilidad, y en el afuera un mundo que no ofrece ninguna certidumbre. ¿Quién es el invasor? Es la vida cómoda que se va, es el fin de un tiempo, es el nacimiento de otro, muy distinto y en el que no hay cabida para los que lo tuvieron todo y ya es hora de que se queden sin nada, sin historia, sin pasado, sin futuro. Apenas con un presente en el que, como pudiera acontecer en un episodio bíblico, es mejor que, en su fuga, no miren atrás. La pesadilla puede que continúe fuera de la casa tomada, la misma en que una desconocida peste se ha quedado a vivir para apagar las viejas canciones de cuna y abrir y cerrar una pesada puerta de roble. Tal vez a los dos hermanos que dejan atrás su historia los espere, en el afuera, un ominoso destino.

 

La imagen puede contener: exterior

Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos… Foto Spitaletta

 

 

El otro y el yo en la virtualidad

(De cómo la pandemia nos invisibiliza en la ciudad y nos convierte en imagen de pantalla)

 

Mundo de espejos, mundo de pantallas. Foto Spitaletta

 

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Y llegó el mundo de las pantallas, ese previsto en Fahrenheit 451, el que los profetas de la distopía nos anunciaban como el de la desaparición física del otro y del cual solo prevalecerá la imagen o su reflejo. Se dejó venir el recurrente universo de la virtualidad, dada por receptores, aparatos de transmisión, computadores, teléfonos móviles. Quién que fue niño no recuerda aquellos días de juegos callejeros en que, con dos empaques de desodorante sólido o en barra, o con dos tarros de leche condensada, ya sin leche, se fabricaban teléfonos, con los que se podía “conversar” por lo menos a cincuenta metros de distancia, con hilos de elevar cometa.

 

Una clase, esa cuando uno veía los ojos de los alumnos, sus actitudes, sus sueños y vivacidades, sus modos de eludir lo que se les decía para ponerse a conversar en voz baja con un compañero, es hoy un distanciamiento. En la pantalla se ven seis recuadros, unos con iniciales, los otros con las caras lejanas de los que, se presume, te están escuchando-viendo. No es igual. No podés detectar un gesto, las ganas de la pregunta, las caras a veces somnolientas, la risa contenida, los pestañeos. Ni los bostezos. Es otro mundo. Voces maquinales. Transmisión remota.

 

Puede que nos acostumbremos, pero no deja de ser un ensayo de ir borrando al otro, en el aspecto de no detectar su olor, su inquietud, la presencia real que arrastra tantas cualidades, defectos y otras características. Allá, en otros lados, muy lejos de la pantalla que te dice que hay presencias, el otro, que se supone que escucha, puede ir a la cocina y traer un café, o levantarse al sanitario, tomar un libro de la biblioteca doméstica. Son otros los comportamientos.

 

La pandemia nos incorporó a las visualizaciones que ni siquiera se pueden calcular en metros. A muchos kilómetros está el que te habla, o te escucha, o te quiere preguntar, el que desea intervenir en la sesión para contradecir o afirmar. Tal vez las clases, charlas, conferencias, exposiciones, sigan siendo para siempre a distancia. Y así pudieran ser, por ejemplo, los recorridos urbanos, el tour experimental o de simple turismo, las entradas a los museos, a los estadios, al concierto. Todo a través de pantallas. Todo desde lejos.

 

Festones y confetis virtuales

 

No alcanzo a imaginar aún cómo será comprar tiquetes para un partido de fútbol y no poder sentarse en las tribunas ni sentir al otro cerca, escucharle los pálpitos, las palabrotas, las emociones, las turbulencias. Ahora estarás en casa, en la sala, el cuarto, acomodado con tu bandera y la camiseta de tu equipo, los confetis y los festones también virtuales. Tal vez pronto se inventarán las posibilidades de proyectar las graderías, los otros que están en su domicilio, y el espectáculo se conjugará en una ficción, en la irrealidad. El grito, el abrazo, o la conmoción por la derrota, podrán estar todas en el mundo de adentro, en la interioridad del apartamento, de la casa.

 

Por estos días de confinamiento, de encierro como una manera de preservación ante el coronavirus, hemos tomado cara de pantalla. Hemos hablado de historia de las pandemias, de las peores pestes sobre la tierra, de obras literarias que han contado y puesto al hombre frente a enfermedades, de los nuevos usos de la ciudad, de los significados de la casa, de autores como Cortázar y Mann y Kafka, y de historias de Medellín que oscilan entre las arquitecturas de ladrillo a la vista hasta los derrumbamientos de la memoria cultural. Y todo por ese vehículo que a veces da la impresión de estarle hablando a fantasmas y de ser uno —el otro también— una especie de duende o sombra siniestra.

 

Cuesta acostumbrarse a la no-presencia, o a aquello que se vuelve intangible, intocable, nada contemplable. El otro, ya sea el que escucha, el que habla, está en otra dimensión. La pantalla es la mediadora, claro, con los micrófonos, los audífonos, los parlantes… Es apenas un sonido, una voz en otras coordenadas, un rumor, ruidos de interferencias, caídas de señal. Y todo forma un conjunto dispar, a veces caótico, sin puntos cardinales, sin centro. Puede ser que, después de toda esta apocalíptica situación, los caminantes de la ciudad sean solo proyecciones. Así que, me parece, no haya sido nada traído de los cabellos la autoficción que envié a una revista virtual sobre un viaje astral por las calles de Medellín.

 

LA VIRTUALIDAD: REALIDAD VS VIRTUALIDAD

Vos aquí y el otro allá. Una separación y una unión. Ninguna de las dos, eso que se llamaría el aquí y el allá cuando hablábamos del mundo físico, geográfico, real (aunque todo pudo ser un sueño), da la posibilidad de sentir la temperatura del uno o del otro. Qué importa qué camisa tiene, puede ser solo una franela de cargazón, y si no está calzado, o si está en ropa interior, que el encuadre de la pantalla no permite mostrar. Qué importa. Así que los muy esnobistas, los que gustaban de lucimientos con la última colección, los nuevos tejidos, los colores del bolso, los tenis de marca, se puede todo eso ir al carajo. La virtualidad no requiere de tales perendengues ni disfraces.

 

Decía que las clases a punta de pantallas pierden temperatura, calidez. Puede que lleguemos a transmutarnos en robots, nos maquinicemos, e incluso puede advenir el día en que ya no habrá clases. Ni alumnos ni profesores. A lo mejor, los del futuro nacerán programados. Listos para la producción, para cumplir con la maquinización. Habrá enormes centros de control, de supervisión, de vigilancia para que las piezas, las partes de esa máquina sin fin, no se oxiden, no se contaminen, no sean vulneradas por microbios u otras creaciones que ya serán parte de un remoto pasado.

 

Quizá esta pandemia haya posibilitado, en medio de desesperaciones y confinamientos, el cultivo de la imaginación. Puede que en un futuro cercano no se requieran las piernas y el caminar pase a ser una actividad arqueológica, un desafuero, algo inusual y arcaico. Preparémonos para quedarnos en un solo punto. Para viajar a través de las pantallas. O, si estamos de buenas, para introducirnos en el espejo, como una forma de la rebelión frente a un mundo sin paisajes, como cualquier fantástica Alicia. No sé si el que está por llegar sea de verdad un país de maravillas.

10-04-2020

 

Visita virtualmente el museo dedicado a Van Gogh - Nova 91.7FM

Van Gogh en la virtualidad

La ciudad de los leprosos

(Mirada a la ciudad de la pandemia y a sus diferencias sociales)

El Estilo Europeo De La Casa De La Ciudad, Pintura Dibujada A Mano ...

Por Reinaldo Spitaletta

 

¿Cuál es la mirada del desposeído sobre la ciudad, el centro comercial, los lugares de abasto? ¿Y cómo observa el rico las vitrinas, las exhibiciones de lujo, los sitios exclusivos? Aquella dimensión de lo urbano, la organización, la planeación, que conduce a la formación de una ciudad, se ha visto afectada por la pandemia. Y si antes de ella la ciudad ya estaba privatizada en la práctica, ahora, con el confinamiento, cuando el uso de lo público se ha trasladado a las reservas íntimas de lo doméstico, el derecho de ciudadano al tránsito, a la contemplación, se ha diluido.

 

¿Cuál es la mirada del mendigo, del habitante de calle, sobre las aceras, las cuadras, los polígonos? La ciudad, en términos de un lugar, de una posibilidad de encuentros y transacciones, del reconocimiento de los otros, es una abstracción. Qué de la ciudad es mío. Qué me pertenece del parque, de sus fuentes, de su viento en la arboleda. Tal vez nada. Porque, se supone, la expresión de lo público, de lo que es de todos, y donde todos somos sujetos de derecho, se ha deteriorado. Cada vez, la propiedad privada ha reducido el derecho a la ciudad.

 

El viejo barrio, con sus vecinos parlanchines, con sus señoras de tienda y chisme a la carta, con sus muchachos futboleando en la calle, es una estampa arqueológica. La ciudadela, la unidad cerrada, esa que se opuso a la peste de las inseguridades y segregó al resto, es una especie de privatización de una parte esencial de la ciudad, como son los lugares residenciales. Se volvieron un no-lugar. Un extrañamiento. Así el gueto se modificó. Afuera del conjunto, de la reserva, de la parcelación, están los leprosos.

 

En esa célula con mallas y porterías, con cámaras y otras vigilancias, el mundo es aséptico. No hay nombres. No hay vecino. Solo números de apartamentos, de pisos, de ascensores. Y de parqueaderos. Tal conjunción de anomias y alejamientos de lo humano, la pandemia los ha acentuado. La cuarentena también discrimina. No es lo mismo, como se ha dicho, estar en la confortabilidad de una casona que en las restricciones de un tugurio. Pasa que las diferencias, las inequidades, todo lo prestablecido, lo anterior a la propagación del virus, estaban ya en el afuera, en la ciudad, en los campos.

 

Nunca antes, ni en tiempos de ferias, había visto pasar por mi calle tantas carretillas, bien dispuestas, con un orden que no solo atrae las miradas por sus colores, sino por la primorosidad con que se distribuyen plátanos, mangos, mandarinas, papayas, cebollas, tomates… Es la estética de la informalidad en una ciudad plena de seres marginados, de hombres y mujeres y niños despojados de tantas cosas. Una ciudad con abundancia de miserables que se han vuelto, pese a los encerramientos, muy visibles en estas jornadas de vaivenes y desconciertos.

 

CIUDAD Pintura por Marta Primiani | Artmajeur

La ciudad de la pandemia, con sus calles desérticas, con algunas otras muy nutridas de gentes que tienen que volcarse a ellas porque no hay otras formas de la sobrevivencia, es, a escala, similar a la de los días “normales”, cuando se topan el rebusque cotidiano con las remesas de los banqueros. La pandemia ha visibilizado a los malvivientes, a los necesitados, pero, al mismo tiempo, a los oportunistas de gran calado que aspiran al sacrificio de los otros para que sus arcas no se enflaquezcan.

 

¿Y qué tal los arrojados a la calle (sí, claro, puede ser a la calle como metáfora, o la calle despojada de cualquier poetización) porque sus empleadores han prescindido, con diversos pretextos y disculpas, de sus servicios? ¿Cuál es la ciudad que se revela en la pandemia? ¿la de los más pobres y desamparados? ¿La del gran burgués y el diseñador de los destinos de los famélicos?

 

Ni el coronavirus y su universal trasiego ni las medidas oficiales para contenerlo, pueden ocultar las pesadillas y miserias de los que en la ciudad tienen un nicho-osario, una limitada presencia, una reducción de sus derechos. Claro. No estamos en un país de Jauja, en un país ideal, sino en uno de muchas desproporciones e inequidades. No es, al contrario de lo que vio el “poeta de la ciudad”, un “país rico, limpio y reluciente como una buena conciencia”, sino uno en el que los desalmados gozan con las desventuras de los que no han sido tocados por ninguna gracia.

 

Tal vez la ciudad solo sea el resultado de un proyecto de mercantilización, de un escenario pensado para la obtención de ganancias, para la consecución de resultados. Ojalá la pandemia pudiera cambiar las relaciones inequitativas de la ciudad y contribuir a su transformación, esa que algún antiguo optimista vislumbró: “que erradique la pobreza y la desigualdad social y que cure las heridas de la desastrosa degradación medioambiental”. Así sea.

 

Nota. (Este artículo se publicó en Elespectador.com 5-5-2020)

 

La imagen puede contener: cielo y exterior

Casa del elegante barrio Prado de Medellín. Foto Reinaldo Spitaletta

 

 

La revolución de lo local

La búsqueda de lo universal a través de pequeñas parcelas, de una calle, de una esquina barrial… de la casa.

 

Inmanuel «Ivánovich» Kant pierde un aeropuerto – Hyperbole

Kant en Könisberg

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

En estos tiempos de virus y pandemias, de cambios climáticos, al parecer irreversibles, y del dominio (¿tambaleante?) del capitalismo salvaje en el mundo, vuelve a aparecer en el escenario de las reflexiones el valor de lo local. El confinamiento universal, la conjugación de actividades antes impensables en un mismo lugar, como la casa, muestran un panorama que no deja de ser atractivo. ¿Acaso el mundo se reduzca a lo más elemental?

 

La vuelta a la casa, el regreso a lo simbólico de ella, el útero, la madre, la patria que no son escudos ni himnos y mucho menos lo que de esta última proclamen los politicastros, es un modo de visualizar la importancia infinita de lo local. Y aquí es pertinente recordar un aforismo de Kafka, el 109: “No es necesario que salgas de la casa. Quédate a tu mesa y escucha. Ni siquiera escuches, sólo espera. Ni siquiera esperes, quédate en absoluto silencio y soledad. El mundo se te ofrecerá para que lo desenmascares, no puede evitarlo; arrobado, se retorcerá ante ti”.

 

La célula de lo universal está en lo local. La puedes hallar en la casa, en ese fragmento-segmento doméstico, en esa nada si se compara con la globalidad (que es un concepto de la economía). Tal vez lo más universal ahora pueda ser tu cuadra, tu esquina, el patio, la sala, el pedacito de cielo que se cuela por la ventana atardecida… Habitar el interior, la pequeña parcela de lo casero, puede ser una conexión con el mundo de afuera, ese que “se retorcerá ante ti”.

 

¿Quiénes, en la historia, le han sacado partido a lo local? Muchos. Y ahí están filósofos y escritores y poetas y científicos. Sabían, quizá, que los lugares, la casa, por ejemplo, eran una parcela del universo, tal vez una maqueta del infinito. Epicuro, en su jardín, halló el modo de aspirar a la alegría. Incluso, para descubrir que a los dioses poco les importaban los hombres. Qué cuento de dioses, construyamos aquí y ahora.

 

No sé si era Lucrecio quien proponía que hay que quedarse donde uno sea el dueño de su mundo, de su observatorio, como la casa, desde donde puede ir desenmascarando el afuera, las relaciones de poder, los ascensos y descensos de los imperios, la caída de los zares, de la nobleza, de los banqueros (vampiros de ayer y de hoy) … Nada es eterno y todo cambia. Tal vez desde ese territorio, que si no se sabe entender puede convertirse en cárcel, se descubra, como acontece en El aleph, la manera de apreciar todo el universo.

 

emily dickinson - obra escogida - Comprar en todocoleccion - 194870751

Emily Dickinson, que escogió un confinamiento voluntario, descubrió desde su casa en Amherst todas las coordenadas del universo. “De la existencia del paraíso / todo lo que sabemos / es la incierta certidumbre”, poetizaba la solitaria dama de aquel pueblo de Nueva Inglaterra. Y desde su casa vio todos los paisajes, los del adentro, los del afuera. Puede ser, como lo atisbó Kafka, que no se requiera salir, sino profundizar el mundo en que se vive. Y ese mundo puede ser, por qué no, la casa, la manzana, el barrio, o, a lo japonés, el atreverse a profundizar en la complejidad de su propia tierra.

 

Tal vez el no estar tan cerca de las alucinaciones del mercado, ante los cantos de sirena del consumo, conduzca a que desde la buhardilla, desde la ventana o el balcón, ante la mirada del confinado se cruce el universo infinito. Estamos, como se ha dicho tantas voces, ante la amenaza de una nueva extinción. El capitalismo ha producido un cataclismo, una destrucción masiva en la tierra, en sus hábitats, en la imposición de órdenes mundiales en los que el hombre, el trabajador, es solo un mecanismo de producción de plusvalías para unos cuantos.

 

“Nos enfrentamos a la sexta extinción y la gente ni siquiera lo sabe. Dicen los científicos que van a desaparecer la mitad de todos los hábitats y animales de la tierra en ocho décadas”, advierte el sociólogo estadounidense Jeremy Rifkin, el mismo que dice que las grandes compañías desaparecerán, ante los nuevos paradigmas que establecerá la tercera revolución industrial, en la que tiene que haber un nuevo acuerdo, una relación diferente entre el hombre y el planeta.

 

Hace años, el humanista e ingeniero antioqueño Jorge Alberto Naranjo, en una charla sobre el valor de lo local, decía, hablando de Immanuel Kant, ese filósofo que desde su Königsberg natal revolucionó el mundo de la razón, que no es necesario salir de la casa para, desde ella, desentrañar el universo. Y, como lo avizoró Leonardo, las cosas primero se sueñan y luego aparecen en la realidad. Entonces, que ese modelo de lo local, la casa, nos sea propicio a todos para transformar el mundo y sus pandemias.

 

(Artículo publicado en Elespectador.com, abril 28 de 2020)

 

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Casa californiana

En la muerte de un reportero gráfico

(Recuerdo de Hervásquez a través de un viejo reportaje sobre arriería)

 

Trapiche panelero en Campamento, Antioquia

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

1.

Hay brumas que se aparcan en la memoria y nos hacen distorsionar los almanaques, las fechas, ciertas geografías. Pero, en esencia, pese a que en ocasiones no es posible tener a mano un documento, una fuente primaria, un testimonio de primera mano, me permitiré contar un episodio periodístico, una historia sucedida tal vez a comienzos de los noventa, cuando me dispuse a hacer un reportaje sobre los últimos arrieros.

 

El reportero gráfico al que le asignaron la misión me dijo que sabía de rutas de arriería entre Campamento y Anorí, al norte de Antioquia. Armamos el viaje y, ya en ese pueblito minero, en que mucha gente vivía, además de la panela, de la explotación del cancerígeno asbesto, nos dispusimos a emprender de madrugada una ruta hacia el legendario pueblo de Pedro Nel Gómez y de la Operación Anorí.

 

En los preliminares, es decir, la víspera del viaje largo para encontrarnos con las caravanas de mulas y arrieros, hicimos un recorrido por una zona rural de Campamento (su nombre se debe a eso: era campamento de antiguos arrieros). Nos fuimos topando con trapiches, con campesinos que miraban con curiosidad, más que al fotógrafo, con su cámara y sus lentes, a mí, que iba muerto del susto sobre un caballo nada brioso (así lo buscaron para el inexperto jinete) y tambaleándome no solo por la inseguridad de quien no tiene idea de qué es cabalgar, sino porque, en el parque de Campamento, ante el hecho de no haber jamás montado en un caballo (excepto los de las calesitas o tiovivos de la infancia), me tragué media botella de aguardiente, sin pestañeos ni pasantes.

 

En la ruta, por desfiladeros y zonas escabrosas, nos acompañaba un baquiano. Y en un momento, en un trapiche tirado por caballos, nos detuvimos a hablar con los de esa finca panelera. El dueño, un hombre joven y blanco, nos recibió con sonrisas y respondió a las preguntas que hacíamos. De pronto, junto al fotógrafo, que tomaba placas unas veces con el lente normal, otras con un zoom, y así, iba sacando de su enorme estuche los lentes que requería, una colmena de niños lo rodeó. Eran muchachitos que podían oscilar entre los 13 años hasta unos que tenían dos, tres y cuatro, según la apariencia. Eran los hijos del panelero. Su mujer, blanca y amonada, nos brindó café.

 

Hicimos paradas en otras fincas y volvimos al pueblo. El caballito, noble y sumiso, en el que yo me transportaba, de pronto se encabritó. Empezó a galopar sobre el asfalto de una calle cercana a la plaza y fue aumentando la velocidad. Varias historias de gentes a las que que los caballos tumbaron se plantaron en mi recuerdo. Y me vi, tirado en el piso, con raspones y fracturas. No pasó nada de eso. Otro jinete, ducho y con cara gozona, resolvió el problema. Como el efecto del “guaro” ya había pasado, me dirigí a una cantina y pedí un trago.

 

A todas estas, el reportero gráfico, de nombre Hernando Vásquez, más conocido por Hervásquez, estallaba en risas y burlas por mi torpeza y evidencias de un miedo cerval ante una simple montada en un caballo.

 

ANTIOQUIA: Arriero somos... * NelsonWeb España UE.

A las cuatro de la mañana salimos hacia Anorí. Había neblina y frío. El viaje a caballo, otra vez por caminos de herradura, por montes y quebradas, continuó no sé por cuántas horas, hasta cuando nos encontramos una recua de mulas, con sus arrieros. Creo que cargaban panela y maíz. Iban a llevar productos al mercado de Campamento. Nos detuvimos todos y ahí, además de las fotos de Hervásquez, conversé largo rato con los hombres montaraces, que habían heredado de sus padres el oficio y eran duchos en aquellas faenas. Luego, cuando ya íbamos a retomar la ruta, apareció otra caravana. Las consabidas fotos y el interrogatorio a los muy cordiales (aunque desconfiados) arrieros.

 

A Anorí no llegamos. Consideramos que teníamos material suficiente para dos o tres entregas y nos devolvimos. Al atardecer estábamos otra vez en Campamento, un pueblo en apariencia pacífico pero atravesado por la violencia. Entonces, y según nos dijo el médico jefe del hospital, llegaban allí macheteados, heridos por disparos, muertos en reyertas. Después, el alcalde nos invitó a una cantina en el marco de la plaza. Todo transcurría entre conversas y chascarrillos, cuando se escuchó una gritería. A la puerta del bar apareció un tropel, una montonera, que decía: “¡Esos fueron, esos son!”.

 

Fue entonces cuando reconocí a la mujer amonada y al sartal de chiquillos. Además, venían más mujeres y hombres. Todos enardecidos y gritando: “Esos son los asesinos”. Y nos señalaban. El alcalde, también desconcertado, se paró. Les explicó que éramos periodistas de El Colombiano. Y pidió explicaciones. Al hombre del trapiche, después de que salimos de su finca, lo habían asesinado a balazos. Llegaron enmascarados y lo fumigaron, como se decía entonces. De no haber mediado el alcalde, seguro los del rabioso corrillo nos habrían linchado. Se les notaban las intenciones de vengar al muerto.

 

Después supimos que se trataba de una vieja vendetta entre familias de aquella zona. Una historia repetida de odios y venganzas. Días después, tal vez al domingo siguiente, se publicó en primera página una fotografía hermosa de Hervásquez que mostraba, entre la neblina, la fila de mulas cargadas y los hombres que las arriaban. “¡Arre, mula hijueputa¡”, fue el título que, en interiores, tenía la primera entrega del reportaje sobre los últimos arrieros de Antioquia.

 

Campamento, Antioquia | Mapio.net

Panorámica de Campamento, Antioquia.

 

2.

Hervásquez era un reportero gráfico que transmitía la vocación, las emociones y pasión por el oficio. Era un señor que entonces, cuando las crónicas de los arrieros, podría tener unos cincuenta años y se movía como un joven. Era pura vitalidad y un paradigma de lo que eran los fotógrafos de prensa de aquellos tiempos: Vibraban con intenso amor por lo que hacían. Recuerdo que, en la plantilla gráfica de ese diario, además de Hervásquez, que ya se había ganado varios premios de periodismo gráfico, estaban Jaimar, Jorge Zuleta, Miguel Calderón, José Betancur y el laboratorista Hernán Chica. Eran los veteranos. Después iban ingresando practicantes universitarios y jóvenes fotoperiodistas con su carga de aspiraciones y su entusiasmo de principiantes.

 

Hervásquez, además de compañero de empresa, era mi vecino. Habitábamos en Buenos Aires, en límites con Miraflores, muy cerca de Las Mellizas. La casa de él, de dos pisos y con terraza entechada, estaba en la esquina de Francia con Colombia (la 28 con la 50). En ocasiones, nos encontrábamos para tomarnos unos tragos en la esquina de Ayacucho con Alemania, en el bar de Alfredo. Y, en otras, al terminar los turnos y coincidir en la salida, caminábamos desde Juanambú (donde estuvo El Colombiano) y hacíamos “estaciones” en bares del camino, como El Astral y el Sol de Oriente. Intercambiábamos historias de reportería, de la vida familiar, de lo que sucedía en el país…

 

Después de su jubilación, poco lo vi. Y durante años dejé de saber de sus actividades. Supe que se había mudado a Sabaneta. Ayer, al dar un vistazo al Facebook, me encontré con una noticia que me conmovió y me piantó un lagrimón enorme (con él también escuchábamos tango). Murió Hervásquez, a los 83 años, menguado por un cáncer.

 

No sé cuántos reportajes hice con este fotógrafo amable, que siempre estaba dispuesto a enseñar sobre el oficio reporteril, que además permitía sugerencias y, ante todo, era un ser humano “a carta cabal”, lo que puede significar varias cosas, una de ellas, muy usada entonces: un bacán. Que la tierra te sea leve, mi querido Hernando Vásquez, Hervásquez.

 

28 de abril de 2020

 

Murió Hervásquez, fotógrafo de El Colombiano que contó el país en ...

El reportero gráfico Hernando Vásquez, Hervásquez

Pico-monto o el tiempo que se va

 

Símbolo del equipo de fútbol de rusia. pintura realista del arte de la ...

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Calle en forma de plazoleta, sin siquiera un arbolito, ni materas en los balcones. Aceras y asfalto a medio untar. El picado de fútbol es urgencia diaria de muchachos de mi cuadra, o, por una especie de cortesía, de otros de las inmediaciones, en todo caso todos del mismo barrio. Y, para empezar el cotejo, hay que dividir las cargas, equilibrar los contrincantes para que resulte un juego reñido, con las típicas emociones, los gritos, las gambetas insólitas, los goles de inconmensurable canto y las jugadas turbias, esas que suceden cuando la pelota (generalmente de “carey”) pasa por encima de una de las piedras que delimita la portería o a cierta altura, y se arma una pelotera, que sí, que no, gol, gol, que no fue gol. Y punto. Y entonces, desde el principio, el mecanismo universal y clásico en la elección de los equipos, en la hechura de la alineación, es el pico y monto.

 

Aquí, al frente, tengo a Chucho. Todos están expectantes. Comenzamos: pico-monto-pico-monto. Nos vamos acercando y cuando ya estamos tan próximos, a punto de terminar, que uno escucha la respiración agitada del otro, Chucho tuerce el pie. Y yo también. Hasta que es irremediable. Le pongo la suela de mi “guayo” derecho encima, sobre el empeine. Y me toca escoger a mí. ¡Bravo! Y, claro, como debe ser, selecciono para mi equipo a Richard, goleador nato, dueño de una inteligencia para el desmarque y para quedar, siempre, en posición de anotar. Es el “güevero”. Él, mi rival, elige a Naranja, de extraordinario jugar repartiendo la pelota. Y así, del más calidoso al menos sobresaliente. Y todo según los puestos. Como es fama, nadie quiere ser elegido para estar en la arquería. Todos aspiran a ser delanteros o mediocampistas. Muchos caciques, pocos indios.

 

Pico-monto. Una mítica rutina en el fútbol callejero, en el encuentro del baldío, en el de la canchita improvisada junto a la quebrada, en el potrero reseco, en la cancha de tierra y arenilla. Pico-monto. El mejor, primero. El peor (casi siempre el dueño de la pelota), de último. Es un ejercicio de milimetría, de presunta justicia en la relación de igualdad entre los bandos. No siempre, pero esa es la intención. Pico-monto. Y aquí vamos. Después, en otros contornos, porque he sido un errante, vuelve y juega. Pero ya no soy el que pico. Ni el que monto. Son otros dos, los mejores, los más destacados, los que mueven la pelota con magia insólita. Privilegiados. Son los que esta vez escogen. Y cualquiera de los dos que sea el que gane, siempre me tendrá a mí como la primera opción.

 

Las 15 frases inolvidables del fútbol callejero: El significado ...

Fútbol callejero, pasión mundial

 

Después, ya no soy yo. Es otro. Y luego, cuando han pasado no sé cuántos años, me van relegando en la escogencia. Pico-monto. Uno, dos, tres, cuatro, cinco… A Juan, me voy con Pepe, con Pablo, con Arteaga, me escojo a Huevo… Y nada. Ya soy el penúltimo. Qué  es eso. No saben, los que no han jugado esto tan sentimental, apasionante e irremplazable del fútbol de esquina-cuadra-barrio, lo que se puede llegar a sentir cuando ya no estás en la mira de los que escogen, cuando para los otros estás acabado, cuando el reloj inexorable te arrasa y te manda a solo ser, si acaso, un espectador de los que allí están repitiendo la historia y que después, porque es incontenible e irremediable, esos que ves ahí, tan rozagantes y lozanos, sonrientes y dispuestos a ingresar al paraíso,  también van a ser solo un recuerdo borroso de los días en que el mundo, el tuyo, el mío, era un albergue de infinita alegría con ingredientes de un filme de suspenso: pico-monto, pico-monto.

 

Fútbol callejero: Reglas básicas e indispensables a tener en cuenta

Una romántica imagen del fútbol callejero, una fiebre universal.

Casa con platanal y mafafas

 

(Recuerdo desenfocado de un domicilio sin espacios para la nostalgia)

 

Por Reinaldo Spitaletta

Es la casa de la que menos imágenes tengo. Solo almaceno una, contundente, que era la del solar, en una especie de pendiente, con platanales y muchas matas de mafafa que nunca supe quién sembró, ni siquiera las pudimos usar en ninguna cocción. No entró en nuestra dieta. Decían que era una buena fuente de carbohidratos en forma de almidón. Pero nada. Mamá nunca se animó a aprovechar ni las hojas, que se podían hacer en sopa, ni los tubérculos. Esta exótica planta se extendía por buena parte de aquel solar inapetente, impersonal, que no convocaba a ninguna meditación o contemplación.

 

Si de su adentro no poseo un buen repertorio de imágenes, de su afuera, sí. Estaba sobre El Carretero, una calle ancha y larga, por la que discurrían, además, los buses de pasajeros que venían e iban para La Cumbre, Playa Rica, Bellavista y otros barrios. Era como una frontera entre El Congolo y Andalucía. Muy cerca todavía estaba, hacia el occidente, el café El Amigo (en el que muchas veces sonaba el tango Tres amigos) y en la otra esquina, hacia el oriente, el bar La Isla, en el que no faltaban las broncas y el malevaje. No tengo precisión sobre la fachada, pero, me parece, que era de granito, con dos ventanas y una puerta de cuyo color no me acuerdo.

 

Planta de mafafa o malanga - AGRO 2.0

“Josefa qué linda tiene su matica de mafafa…”

 

La llamamos la Casa del Platanal y, creo, hubiera sonado mucho mejor la Casa de la Mafafa. Por entonces, se escuchaba en la radio una canción de Los Corraleros de Majagual con Eliseo Herrera (la original es de Los Guaracheros de Oriente): La matica de mafafa, en la que el vocalista hacía gala de su capacidad para los trabalenguas: “Josefita y la mafafa la miraba por la gafa, / Josefita y mafafita la miré por la gafita…”.  No recuerdo si tuvimos cosechas de plátanos ni tampoco si había en el solar visitas de pájaros.

 

Al frente, en un segundo piso, vivían unas muchachas bonitas, aunque, creo, no las dejaban salir ni a la puerta, solo a asomarse por el balcón. Y, claro, en las madrugadas, cuando vestidas de uniforme de colegiala, iban a estudiar. Eran muchachas como para serenata. No tengo memoria de ningún vecino, aunque tengo la lejana idea de que por allí habitaba un sastre de apellido Areiza. A dos o tres casas de la nuestra, estaba la calle que descendía hacia El Congolo y por la que se podía ir a una escuela cercana, La Milagrosa. Y por la otra, la de la Isla, estaban las casas de los Marroquines y la de Tripa, un tipo que no gozaba de buenas famas.

 

 

La casa del platanal, que no era ninguna belleza, no tenía piso embaldosado sino de cemento pulido. En la sala, rojo; gris en los cuartos, que me parece que eran tres, más la cocina y los servicios sanitarios. Lo llamativo, quizá por lo estrafalario, o por una especie de desorden en la plantación, que además estaba acompañada de pedregones, era el solar, que, como pudiera decir cualquier señora de barrio, no provocaba. Era, me parece ahora, una casa sin identidad. Nada en ella hacía que uno se apegara, o que pronunciara un elogio a las paredes, a las piezas, a la sala. Nada. En ella flotaba un hálito de ausencia y puede ser que fuera un hospedaje de espíritus aburridos y de fantasmas desganados. Nunca supimos quiénes fueron los habitantes que nos precedieron. Tampoco recuerdo el nombre de su dueño.

 

Teatro Lido en 2020 | Fotografía antigua, Fotografia y Pelicula ...

El viejo Teatro Lido de Medellín. Un clásico.

No fue larga la estadía en aquel inmueble. No era amañador. Uno muy poco permanecía allí, porque, en aquel tiempo el cine era un atractivo y en la Universidad había ya modos de quedarse más tiempo en ensayos de música (que fueron tiempos de estudio en el conservatorio), en alguna asamblea estudiantil, y, sobre todo, en ir a los cines del centro de Medellín. Era una aventura de la ensoñación entrar al Lido, al Cid, al Ópera, al María Victoria, al Odeón y al Alameda.

 

Ya no era uno un muchacho de esquina, de galladas de barrio y por allí, en El Carretero, una calle con historia y que al doblar hacia el parque de Bello tenía un santuario con una virgen (La Milagrosa), no había ninguna posibilidad para detenerse a conversar con nadie. Tampoco iba uno a los bares, como la Isla, en el que alguna vez, de paso, vi una tremenda trifulca a machete y piedra, con descalabrados y una vasta presencia de curiosos.

 

Con algunos de los Marroquines en años anteriores habíamos jugado al fútbol y en aquella familia había muchachas lindas y amables. Años después de haber vivido en aquella casa, tuve un sueño en el que el solar había crecido tanto que parecía una calle llena de mafafas, pero, en vez de platanales, había árboles de los que colgaban algunos ahorcados. De las casas vecinas se asomaban esqueletos y de algún escondite imperceptible surgió una mujer oscura que intentó llevarme a la horca.

 

Aquella casa, como otras, también quedó atrás. Fue una estación más en un recorrido o errancia de años por una ciudad que ya cada vez tenía menos aspecto obrero y se estaba convirtiendo en una población de gentes de todos lados que traían un hondo desarraigo y se les notaba un malestar por no tener empleo o no encontrar el presunto paraíso que no se sabe quién les había prometido. Cuando nos mudamos a una casa de tercer piso, muy cerca del parque principal y también de la plaza de mercado, no tuvimos ningún motivo para lamentar la ausencia. No había lugar a despedidas. Tampoco para celebrar la nueva casa. Nos habíamos habituado a las mudanzas. No tuvimos ningún pesar. Y, tras unos cuantos meses de haber vivido allí, ninguna nostalgia nos asaltó por las improbadas mafafas ni por el platanal.

 

pintura hojas de platano - Buscar con Google

Plátanos en el solar

 

Andalucía, con parque y buena esquina

(Paisaje de infancia con brochazos y lámparas con sombrero)

 

 

“Del barrio me voy, del barrio me fui”

Ayer, de Daniel Melingo

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

La casa, de puerta verde y cuatro ventanas también verdes y enrejadas, estaba en una de las esquinas del parquecito redondeado que tenía el nombre árabe-español de Andalucía. A unas pocas cuadras estaba el límite con el barrio López de Mesa, con un callejón sin salida que tenía una gruesa tapia al fondo, y por el otro lado, hacia el sur, los límites alcanzaban hasta un sector que estaba en inmediaciones de la vieja Calle Arriba, y se llamaba (se sigue llamando así, creo) La Buena Esquina, que era, en rigor, el nombre de un granero mixto. Más allá, hacia el norte, el barrio confinaba con El Carretero, una antigua vía que se construyó para comunicar al centro de Bello con la primera fábrica textilera que hubo en el Valle de Aburrá.

 

Andalucía tenía su encanto más que todo encajado en el parquecito. Después del parque principal del pueblo con ínfulas de ciudad, el único que había entonces era ese, con bancas de cemento y dos o tres arbolitos. Sus lámparas con una suerte de sombrero o cubierta eran bellas, aunque de noche no iluminaban mucho. En el barrio, de colegialas diversas, unas con uniformes de faldita a cuadros rojos, y otras con una especie de basquiña azul turquí, había cierta limpieza en las calles que ya estaban asfaltadas, a diferencia de otras de la “ciudad obrera”, destapadas y polvorientas (o pantanosas, según el clima).

 

Creo que fue un cambio brusco el mudarnos de un barrio que tenía un cementerio en ruinas, mangas a granel, un “burro” o cañería a cielo abierto y olores a mangos y naranjos, a este, el de Andalucía, que era más “urbano”, de mejor presencia, aunque, como digo, no era muy vegetal. Muy cerca de la casa, apenas a una cuadra, había otro callejón sin asfalto, empedrado, con casas muy viejas, de tapia y aleros románticos. Tenían varios de aquellos caserones ventanas arrodilladas y al final, sobre una pared, se asomaban árboles de mango, matasano y quizá madroño.

 

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Por aquellos días transcurrió el Mundial de Inglaterra

Mi escuela quedaba muy cerca y ya estábamos en los días en que, como nos aproximábamos al paso a bachillerato, habíamos cogido aires menos infantiles y, creo, nuestra mirada era desafiante y altanera. Eso pudo haberlo percibido el profesor Cástor Rave, director del grupo que me correspondió en la Escuela Marco Fidel Suárez, Segunda Agrupación, con el que nunca simpaticé. Andalucía entonces sonaba con cascabeles (“Doce cascabeles”) y en algunas de sus tiendas uno conseguía los cromos del álbum sobre el Mundial de Inglaterra y otro de actores de cine.

 

En otras casas donde habíamos vivido, y en ese proceso de crecimiento, el mundo de afuera era muy importante, mucho más que el de adentro. Y no porque las casas fueran pequeñas o estrechas, sino porque, me parece, había, además de un encanto particular, una suerte de apertura en que los muchachos de entonces éramos más de la calle que de la casa. La calle era la congregación esquinera, los juegos al aire libre, el fútbol, las largas caminatas hacia quebradas y fincas suburbanas…

 

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Fabricato fue un símbolo del trabajo y los obreros en Bello

 

Sin embargo, no recuerdo a nadie en particular de aquella vivencia en Andalucía. Ni cuáles eran los tenderos ni siquiera el nombre o apodo de alguno de los pelados del sector. Puede ser porque no duramos por allí más de ocho meses o porque ya era hora de empezar a sentir el desarraigo. Lo que sí era una visión muy atractiva lo constituía un taller de bicicletas. Por entonces, los velocípedos abundaban debido a que, casi todos los trabajadores de las textileras, se desplazaban en ciclas Humber o Philips, equipadas con dinamo, parrilla, corneta y lámpara.

 

Andalucía, como lo supe después, fue un barrio construido en 1919 por la urbanizadora de Manuel José Álvarez Carrasquilla, Majalc, uno de los fundadores de la Sociedad de Mejoras Públicas de Medellín. El empresario, que era un admirador de todo lo que sonara a España, erigió en Medellín barrios como Aranjuez, La Mansión, Gerona y Sevilla, entre otros.

 

En el afuera de Andalucía no tuve muchas experiencias callejeras, aunque, igual, ya con compañeros de escuela, armábamos expediciones al Quitasol y largas correrías para asaltar, por ejemplo, los mangos de la finca Salento o las naranjas de Potrerito. Lo que sí tengo patente es una jornada de semana santa, tal vez la procesión del viacrucis, cuando, muy cerca de la casa, y como ya habíamos hecho un recorrido soleado observando muchachas en recogimiento y para mostrar los trajes nuevos, cuando mi hermano Rodolfo sufrió una taranta, que es como le decían en ciertas partes del Caribe a un desvanecimiento. Un golpe de sol, con cansancio de crucificado.

 

QUE BELLO ES BELLO: PARQUE ANDALUCIA

Parque Andalucía, en los tiempos de ahora, reformado.

 

Del adentro, recuerdo que era una casa muy particular en su arquitectura curvilínea, con un patio de baldosas estampadas y unas piezas cada una con ventana a la calle. Había materas con bifloras y novios y alguna con la prodigiosa ruda (mamá siempre decía que no podía faltar esa mata que protegía contra el mal de ojo, las maledicencias del prójimo, los hechizos y otras situaciones de mal augurio). No había solar, que ya era una carencia notoria, porque, de antes, casi todas las otras donde habíamos habitado poseían una buena franja para la combinatoria de árboles, arbustos y aves de corral.

 

Alguna vez, en que íbamos a pintar las rejas de las ventanas con pintura a base de aceite, lo mismo que los zócalos, invitamos a un primo de Copacabana. Preparamos los recipientes y las brochas. Y de pronto, todo se convirtió en un festejo, en una rochela o recocha, en la que cada uno le pasaba brochazos al otro por la cara, por la espalda y se volvió un pequeño carnaval. Cuando mamá llegó de compras (papá trabajaba muy lejos y venía solo cada dos o tres semanas) encontró la casa convertida en un manicomio (así lo dijo, ¡qué es este manicomio!). Al fin de cuentas, y ante el desastre, no le quedó más que unirse a la risa colectiva y la algazara.

 

Tengo la visión de que, a principios de diciembre, ya casi a punto de otra mudanza, hicimos un globo con hojas de periódicos, almidón, una candileja de alambre de ropa, que, pese a nuestro entusiasmo, a los varios intentos, no pudo elevarse. Y entonces papá, que no era hombre de paciencia, ante el fracaso de todos, lo rasgó en pedazos y luego, a cada uno de los cuatro hijos, entregó como indemnización un billetico de cinco pesos, una enormidad para entonces. Las calles y las tiendas nos acogieron con placidez.

 

Andalucía, de pronto, quedó atrás. La casa de esquina circular con su fachada de granito fue otro recuerdo, una estación más. La brújula de la inestabilidad, o del nomadismo, señalaba a otro punto cardinal. Las lámparas del parque me parece que soltaron alguna lágrima cuando nos despedimos del barrio.

 

Había un parque y una casa esquinera y un viejo barrio en la memoria. Todo se fue.