Estampas urbanas al garete

(Crónica fragmentada con boleros, estatuas y una vendedora de tamales)

 

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Estatua ecuestre del Libertador. Parque Bolívar, Medellín.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

1.

Ese día, sábado por la tarde, hice como en un poema de Robert Frost, pero al revés: de dos calles que se bifurcaban yo escogí la más transitada, y entonces me encontré con señoras de pelo morado (hoy las chicas se lo tiñen también de ese color), con carteras apretadas, a las que imaginé con mantilla y rosario. No había campanas ni misales. Ellas iban, sobre la acera, conversando quién sabe de qué pasados.

 

Más adelante (¿o quizá más atrás?) las mandarinas brillantes de un carretillero esparcían un aroma que me transportó a tiempos de ensueño, cuando papá, muy de vez en cuando eso sí, traía unas cajitas de confites ingleses, con fotos de familias inglesas en la tapa, y era como tener el paraíso en la boca.

 

Pasaron avisos de bazares, de hamburguesas, de helados italianos, de promociones telefónicas, de medias, de discos “chiviados” y entonces me detuve frente a una ventica de empanadas venezolanas, compré unas cuantas, saboreé y supe que eran mejores que las parroquiales. Bueno, sin generalizar pues.

 

2.

Por el pasaje La Bastilla, el hombre de chaqueta raída y zapatos viejos baila al ritmo de una canción de Ricardo Fuentes. En la derecha, carga una botellita de agua, con la otra lleva el ritmo en el aire. “Lo besarás con tus labios manchados / te colmará con sus torpes caricias…”. Hace mímica, fonomímica, se mueve con sabor y ritmo. Nadie parece prestarle atención. En el ambiente de mediodía huele a aguardiente y cerveza. La voz del cantante sale de un bar. En la esquina, con la calle Colombia, una vitrina de almacén luce camisas de hombre, bien dispuestas y elegantes.

 

Atravieso y voy ahora en medio de libros usados, algunos tirados en el piso, otros en mesitas. “Busca libros, señor”. El muchacho de camiseta verde me extiende una tarjeta. Oigo que alguien dice que necesita El músico ciego, de Korolenko. En el bar de la esquina se ven, desde afuera, las mesas de circunstantes que toman café.

 

3.

 

Primero, un guitarrista eléctrico. Unos metros más arriba, un guitarrista acústico, con su estuche abierto sobre la acera. Relumbran algunas monedas. Después, un titiritero sin espectadores. El tranvía pasa y desde adentro los pasajeros observan el muñeco de colores que danza en la calle. Más arriba, un olor a perros calientes se despliega por el entorno, en el que todavía los árboles están a medio crecer.

 

Del antiguo paisaje, solo quedan unas casas de fachadas afrancesadas. Hay, sembrados, edificios de apartamentos. Empieza, mas no como hace años, a sentirse un olor aceitoso a chunchurria. El hombre del carrito de frituras la prepara, muy cerca de donde antes había un jardín-heladería y ahora, con el esnobista nombre de “mercado”, hay una ramada con diversidad de comidas rápidas.

 

Adelante, en medio de gente que va y viene, se asoman los ventorrillos ambulantes de ropa, de frituras, de solteritas, de avena, mientras de un bar de dos pisos el reggaetón se arroja con intensidad sobre Ayacucho. En una banca, una pareja se besa, sin atender al juego saltarín de dos perros a su alrededor.

 

4.

La escultura de Marco Tobón Mejía, en la que el general José María Córdoba está con un león viejo a sus pies, no parece interesarse en la atiborrada presencia de toldos, juegos infantiles, chuzos y arepas con queso, que se extiende por un parque que, hace unos veinticinco años estaba asediado por una fantasmal soledad, con dos o tres alcohólicos en sus bancas.

 

Hoy es un hormiguero. Suenan las campanas de El Sufragio. Hay globos flotantes. Las mascotas van y vienen. Más allá, junto a la cabeza del poeta Carlos Castro Saavedra, esculpida por Óscar Rojas, una señora peliblanca se apechuga con un señor canoso. Parecen revivir un antiguo romance. El atardecer tiene corazoncitos que flotan sobre el viejo parque de Boston.

 

5.

 

Atardece sobre la estatua ecuestre del Libertador. El caballo y el jinete miran al sur. Junto al monumento, esculpido por el italiano Giovanni Anderlini, se eleva una suerte de carpa o quiosco policial. Unos cuantos agentes, con cara de aburrimiento, no parecen prestar atención al hombre de sombrerito de ala corta que baila al son de la salsa que brota de un altoparlante. El tipo tira paso de maravilla. Se deleita con su tongoneo.

 

Los olores son diversos. Junto a una jardinera huele a “berrinche”. Así lo dice una señora que agarra con certeza la cartera y se detiene a mirar las matas que un vendedor arruma en el piso. Se sabe que, por el olor, hay tipos que aspiran su “baretica”. Frente al Lido, dos hombres con pinta de extranjeros se detienen en la acera a observar la fachada deteriorada del viejo teatro en el que, hace años, se presentó el pianista Claudio Arrau. La brisa arrastra papelitos al garete.

 

6.

 

La señora, con atuendo colorido, el sol brillando en su cara achocolatada, empuja el carrito y se detiene en la esquina de San Martín con Moore. Es la media mañana y ella, con su megáfono, anuncia tamales de pollo y carne de cerdo, “calienticos”, “tamales sabrosos, a tres mil”. Pasa un Circular. Pasa un bus de Villa Hermosa. La señora continúa ofreciendo su producto. Suben por la acera de enfrente dos muchachas con tulas a sus espaldas.

 

Junto a la vendedora, con paso lento, una señora lleva a un perrito blanco con la traílla. “Qué lindo”, le dice la de los tamales. “Sí, está muy viejo y es ciego”. Ambas continúan su rumbo. Después, en la distancia, se sigue oyendo una voz amplificada que camina con su cochecito de oferta.

 

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Foto de Juan  Fernando Ospina, Universo Centro.

 

 

 

 

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No todo tiempo pasado fue mejor

(Crónica con basuras, fumadores de bus y una emulsión)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

La memoria no es un fósil, ni un bloque compacto, inmarcesible. Hay en ella una incertidumbre, apenas una leve noción de aquello que ya no está, pero es suficiente para crear un indicio. ¿Qué eran aquellas basuras diversas en una calle de barrio, en los solares, en las esquinas? ¿Qué era aquella “normalidad” en la que las oquedades, las zanjas y la falta de asfalto convertían los caminos urbanos en trochas infernales?

 

Había señores que llegaban a su casa, tras ir al mercado, con bultos a sus espaldas, tras un camino de sudores, de pausas en algún recodo, buscando sombra, acezantes. Algunos contrataban a carretilleros o a “cargamercados”, que eran muchachos no siempre fortachones, que requerían unas monedas para llevar algún bastimento a su hogar. El ritual de proveeduría, de plaza, de tienda de abarrotes, no era siempre tan ameno.

 

Y qué tal aquellas filas eternas para comprar un litro de leche; y eso, si ya se había contratado con el tendero, porque, de lo contrario, no podría accederse a aquel “líquido perlático de la consorte del toro”, como decían algunos muchachos de acera, guasones y risueños. Eran largas colas, a veces de hasta de una cuadra, con señoras madrugadoras que aprovechaban para departir e intercambiar los necesarios chismes.

 

Hace poco, recordé el olor a pan que se expandía por encima de tejados y ascendía a balcones. Lo producía una panadería artesanal, en un callejón de barriada. El olor superaba al sabor, porque, en realidad, se trataba de un pan mal hecho, sin arte ni nada, insípido, que casi de inmediato perdió cartel entre el vecindario. Tal vez el pan más “maluco” que se haya horneado en barrio alguno haya sido el de Cleto, un hombre genial para la elaboración de avenas (deliciosas) pero horroroso como panadero.

 

Y en esta mención, debo recordar, otra vez, a una tía que tenía sabor para la cocina y también para los dichos: “oíste, aquí creen que las tres P son fáciles”. “¿Las tres P?, ¿qué es eso?”. “Prostituta, panadero y periodista”, decía a carcajada batiente. Y, en efecto, en aquellos tiempos en que el agua escaseaba en el acueducto bellanita, a muchos les daba por creerse panaderos y sus productos eran desabridos y penosos.

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El viaje en buses destartalados, con ventanillas que no se podían subir, o bajar, según el requerimiento, con unas pitas que enlazaban la campana a modo de timbre, se hacía más nebuloso por el humo de los fumantes. De pie, sentados, muchos pasajeros fumaban en aquellas tartanas, la ceniza volaba entre los viajantes. Y no faltaba el borracho de última hora, baboso, sostenido a duras penas en la barra, tambaleante, que se recostaba sobre los otros en su postración de alcohol.

 

Y como si aquella avalancha de atrocidades fuera poco, había los que destapaban galletas, papitas, confites y arrojaban al piso del bus, o por la ventanilla, los envoltorios. Y los que no, escribían en los respaldos de las bancas, declaraciones de amor, consignas políticas, insultos contra el conductor. Y cuando eran de cuerina, cordobán o cabritilla, a navajazo limpio se cortaban las sillas. El relleno salía, como tripas de un apuñalado.

 

“Nos criamos de milagro”, se escucha decir entre gentes de la vieja guardia. Y entonces son capaces de rememorar los latigazos, o correazos, o, incluso, los azotes con alambres eléctricos que por cualquier incorrección la mamá propinaba sin contemplaciones. Otros recuerdan cómo comían granizo del patio o de las aceras, o se revolcaban en el barro en los potreros cuando había un partido de fútbol bajo la lluvia.

 

Y a los que, a las seis de la tarde, sin falta, tenían que estar en el comedor de la casa, porque se comía con ellos o sin ellos, y si no estaban tendrían que esperar hasta el día siguiente. Lo peor estaba en interrumpir un partido de asfalto, un juego de calle o la visita de ventana a una novia esquiva. La hora del ángelus era sacrosanta, y había entonces que estar listos en casita para los fríjoles y la carne frita.

 

A aquellos que les tocó padecer medicamentos domésticos, como la boñiga con leche caliente; el café o las telarañas para estancar la sangre de una herida; el merthiolate en el raspón, o mucha azúcar sobre una herida causada por un vidrio callejero, tal vez todavía sientan ardores y arcadas.

 

Una entrada a cine, un ritual de maravillas, por lo emocionante y lo esperado en la semana, no era siempre un manojo de dichas. Aparte de las griterías, a veces ensordecedoras de la muchachada, sobre todo cuando había persecuciones o el protagonista “daba de baja” a sus rivales, no faltaban los que apagaban los cigarrillos en el cuello del espectador de adelante. O lo arrojaban la colilla a los de más allá. O los de luneta escupían a los de galería.

 

La tintura de ruibarbo era pasable. Y hasta saludable. Pero tomar aceite de ricino y, peor aún, la emulsión de Scott (“O te la tomás, o te la embuto con el molinillo”), sí eran rituales de horror, que se juntaban al desastre del sarampión, la viruela y las paperas, sin contar con las muy activas inflamaciones de las amígdalas. Qué días aquellos que parecen tan bonitos, pero, en el fondo, tenían sus bemoles y amarguras.

 

Por eso, y por tantas otras situaciones, para contradecir al poeta de “nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir”, no todo tiempo pasado fue mejor. Lo señaló Sábato: no es que antes no acontecieran cosas malas, sino que, felizmente, la gente las echa al olvido.

 

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El Pedrero, afueras de la plaza de mercado de Guayaquil.

 

 

 

El marchitamiento de la señorita Emily

(William Faulkner y los misterios de una narración corta)

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Una rosa para Emily, el cuento que William Faulkner publicó en 1930 en la revista Forum, y que un año después hizo parte de su libro Estos Trece, es una muestra a escala del cosmos ficcional del escritor, en la que se mezclan locura, ruina, desesperaciones, horror y decadencia. Puede ser, si se quiere, un relato gótico, con una urdimbre de misterios, como un collar que se va quedando sin cuentas, para llegar a un final en el que, pese a su sorpresa y carácter escandaloso, las voces que se han expresado a lo largo de la narración no tienen tiempo para el asombro. Ni para el grito de consternación o espanto.

 

Sí, tiene elementos de lo gótico, creo. Y en vez de castillos tenebrosos, hay un caserón con cúpulas, balcones y agujas, un símbolo de lo aristocrático y clasista que se ha venido a menos, que se desmorona hasta quedar, no en ruinas, sino hasta las de hacer desaparecer en su avalancha el último vestigio de una familia que, en otro tiempo, en el imaginario condado de Jefferson, era potentada y distinguida. Un cuento con misterio acompasado, con piezas de relojería que muestran el abatimiento de un mundo y la extinción de un tiempo.

 

Dividido en cinco apartados, casi todos con el mismo número de palabras, como si se tratara de una planeación madurada a punta de ensayos previos, de una arquitectura de gran equilibrio formal, armónica, Una rosa para Emily es la metáfora del descaecimiento de una familia, los Grierson, que tiene, en un pueblo sureño, en un lugar en el que todavía las heridas de la guerra civil y la derrota de los Confederados, siguen sin cicatrizar. No hay manera de detener la caída. El esplendor se apaga. Y la última de las flores, de las rosas de un jardín que se ha marchitado, es la señorita Emily que, en vida, “había sido una tradición, un deber y una preocupación”, que se ha convertido en “carga hereditaria” para la ciudad, cuando el legendario alcalde, el coronel Sartoris, la eximió de impuestos a perpetuidad, como una suerte de reconocimiento al padre de ella que, según la tramoya montada por el funcionario, se debía una retribución al préstamo que el señor Grierson hizo a la “municipalidad”.

 

En el sur faulkneriano, también en el sur real, el Sur Profundo, el que en los días de la guerra civil era esclavista y agrícola, el sur de los cantos en los cultivos de algodón, tras la derrota frente a los yanquis, frente al Norte industrial, seguirá siendo discriminador de los negros. En una sola línea, lo advierte el narrador: Sartoris era el autor de un edicto según el cual ninguna mujer negra debía aparecer en las calles sin delantal. ¡Ah!, y en cuanto al narrador, unas veces aparece en tercera persona, sintonizado con el clima, los sucesos, los movimientos, aunque sin tener una visión panorámica sobre la vida cotidiana de Jefferson. Y, en otras, es un narrador colectivo, polifónico, las voces del pueblo, de los habitantes siempre expectantes de la ciudad, y con ganas de saber más allá de lo que sucede detrás de las paredes de la casa muerta de los Grierson. Sí, es una vocinglería de husmeadores, que aspiran a saber qué hay más allá de las puertas y paredes de “madera escuadrada” de la mansión.

 

El cuento, en el que habrá una ligera sugerencia de filias incestuosas entre padre e hija, se inicia con la muerte de Emily, a cuyo entierro asiste toda la ciudad, como si asistiera a la caída de un monumento, de un árbol mítico y representativo, pero, sobre todo las mujeres, por la curiosidad de ver el interior de la casa que nadie, a excepción de un viejo criado negro, había visto en por lo menos una década. El lector está anunciado. La protagonista se ha muerto en el primer párrafo y a partir de ahí se inicia una historia, una mirada hacia atrás (analepsis), el pasado que pesa (y pasa) y deja huellas en la ciudad, en Miss Grierson, en la edificación, pero, a su vez, va cambiando al pueblo, al que llegan nuevas caras, generaciones recientes, corregidores y alcaldes, pavimento. Cambio de paisajes. Los concejales que visitan a la señorita para intentar convencerla de que debe pagar impuesto. Y ella, ahí, con su apostura y dignidad enraizada en un tiempo que ya no es, para decirles que se larguen, que no pagará. Y punto.

 

La primera imagen que de la Señorita llega al lector es la de una mujer baja, gorda, vestida de negro, con una cadena de oro que le baja hasta el talle, apoyada en un bastón de ébano con puño de oro opaco. Es la que ya tiene años encima, la que ha quedado huérfana, la de la cara adiposa, la que dirá sin inmutarse: “no tengo impuestos que pagar en Jefferson”, y que, por alguna extraña analogía, pudiera recordar al Thoreau de la resistencia, de la desobediencia civil, en Massachusetts. Y ahí, mientras ella despide a la diputación que la visita, sabemos que el criado negro (“mezcla de jardinero y cocinero”) se llama Tobe.

 

Y a partir de ahí, el cuento caminará por otros espacios, con elementos mostrados como a cuenta gotas para que los hechos, o, mejor, los amarres y pistas, se vayan deslizando en la elaboración del misterio, de un clima de tensión que conduce a pensar que algo grave pasará, pero sin saberse qué. Es un cuento en el que, en particular la casa, el negro y su ama, se van envejeciendo (mas no el mundo de afuera), como si en sus pasos y voces se fueran acumulando telarañas, polvo y ruina. Es cuando aparece un olor, un olor viejo, que no sabemos sus características, que obliga a funcionarios de Jefferson, de modo clandestino, a espolvorear con cal el sótano de la casa de Emily.

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En Jefferson, según suceden hechos relacionados con Miss Emily, crece la compasión hacia ella, que tuvo una tía abuela loca, que se la ha muerto su papá, que se ha quedado sola, en la miseria, que con todas esas dificultades y desventuras, se ha humanizado, dicen las voces. Sola y sin pretendientes, a muchos de los cuales espantó su padre. Hay una atenta descripción de lo que decae, de lo que se va a pique, como un barco que zozobra. Ahí, en esas atmósferas grises y polvorientas, Faulkner introduce sus obsesiones acerca de los mundos que se agotan.

 

Miss Emily sola, la Señorita enferma, la ciudad que se agita con los vientos del progreso, con cuadrillas con negros, mulas y máquinas que van a pavimentar y entonces es cuando aparece un capataz, Homer Barron, yanqui, moreno, alto, de voz fortachona, y, cómo va a ser posible, ¿una dama de la alcurnia de la Grierson se va a enamorar de un jornalero? Y se vuelve comidilla de viejas y más viejas y las voces dicen que las parientes de Alabama deberían venir para cortar la relación. ¿Si será, no será? El cuchicheo aumenta, la rumorada, que no es más que chismografía, se revela. “Pobre Emily”, se dice.

 

Y entonces, otro ingrediente clave aparece en el relato. El arsénico que Emily compra en la botica y que hace creer, en un nuevo chismorreo, que se va a matar. Y después, tras otras peripecias, que sí, que se va a casar con el norteño, que por lo demás había dicho que no era hombre para matrimonios, porque, y así se expresa en el cuento, “le gustaban los hombres”. Pobre Emily. Qué pasará entonces. Cuál es el destino de una mujer que ha permanecido encerrada en su casona tanto tiempo, y que por momentos también ha aparecido para dar clases de pintura.

 

Miss Emily es comidilla del vecindario. Es objeto de miradas y consejas. Alimenta las curiosidades y por eso, en una adecuada forma del talento y estilo faulknerianos, hay voces anónimas, casi corales, que representan el canto colectivo de un advenimiento. De que algo sucederá, pero no se sabe qué. Y así, con la desaparición del amante, del inestable aspirante a marido, que los preparativos los hace Emily, el cuento tomará un rumbo inesperado.

 

La casa ensombrecida, la casa cargada de arcanos, parirá una revelación y producirá una tragedia de la que no se sabrá sino al final. La dama se ha envejecido y sus cabellos se encanecieron, con un tono gris hierro, y el negro Tobe se ha encorvado. Qué sutileza la del escritor para ir urdiendo un mundo sombrío que se precipita hacia la nada. Como lo hace Emily, habitante irremediable del pasado, que morirá a los setenta y cuatro años en uno de los cuartos de la primera planta de la casa que se derrumba en sentido figurado.

 

Así como en varias de sus novelas, por no decir casi en todas, en el condado de Yoknapathawfa, en Jefferson, se pintan escenarios con símbolos de vejeces y decadencia, de un pasado que sucumbe muchas veces con violencia, en Una rosa para Emily, el autor pone en la palestra cuál va a ser la materia prima de futuras creaciones en las que, por ejemplo, la tradición se impugnará con tiempos nuevos, o, para expresarlo con más vehemencia, con elementos del desastre. En un cuento como este, de estudiada factura, Faulkner apunta a la desintegración de un universo que ha perdido su vigencia. Avejentado, debilitado, a ese ámbito otrora poderoso y vital, le ha llegado el momento de perecer.

 

Con sutilidad para tratar el tema de la necrofilia, el relato es una manifestación de la riqueza técnica del escritor, pero, más allá, sobre todo de su talento para crear estructuras y situaciones que, al final de cuentas, dejarán perturbado al lector. Una rosa para Emily, en el extenso territorio faulkneriano, caracterizado por las audacias de composición y el tratamiento del tiempo, es apenas eso, una flor. Sin embargo, con esencias y fragancias que le han garantizado la vida eterna. Un cuento siempre vivo.

 

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El escritor estadounidense William Faulkner.

 

 

 

La gayola, un tango entre rejas

(Crónica con cuchillos, celdas y un lance de tauromaquia)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Entonces todos temían, bueno, o los más jóvenes, que les propinaran un “canazo”, que los metieran en San Quintín, una cárcel municipal de aspecto tenebroso que quedaba a orillas de la quebrada La García. Se hablaba por esos días lejanos del “treintazo”, que era pasar un mes en prisión, en tiempos en que al más desharrapado lo capturaban “por sospecha”.

 

—Oíste, no quisiera estar en la gayola. —La voz entrecortada por risitas nerviosas era la de un negrito muy inquieto, talentoso para el fútbol, gambeteador y presumido, que también le gustaba cargar puñaleta y fumarse, en la sombra de los baldíos, un puchito de marihuana.

 

Y el término la gayola iba de allá para acá. Era común en la barriada. Y más que todo, porque en los bares de esquina, que abundaban, no faltaba el tango que Gardel grabó en 1927, con música de Rafael Tuegols y letra de Armando Tagini, que vaya uno a saber entonces quiénes eran los sujetos mencionados.

 

Más que por Gardel y las guitarras de Barbieri y Ricardo, se escuchaba por Armando Moreno y la orquestica de Enrique Rodríguez: “¡No te asustes ni me huyas!… No he venido pa’ vengarme / si mañana, justamente, yo me voy pa’ no volver…”, aunque después, en otros pianos o rocolas, casi todos Wurlitzer y Seeburg, comenzaron a sonar las versiones de Edmundo Rivero con Horacio Salgán y la de Julio Sosa, el varón del gotán, con la orquesta de Armando Pontier.

 

La gayola por aquí y La gayola por allá. “He venido a despedirme y el gustazo quiero darme / de mirarte frente a frente y en tus ojos campanearme / silenciosa, largamente, como me miraba ayer”. Y así, con toda su sonoridad y rareza, era un término temido, qué pereza ir a una cárcel, estar preso, dejarse atrapar por los tombos, que así se conversaba entonces.

 

El tango en mención contaba, como tantos otros, una historia y eso nos mantenía en vilo. Era pegajoso. Tenía palabras raras, empezando por la de su título, La gayola. “He venido pa’ que juntos recordemos el pasado, / como dos viejos amigos que hace rato no se ven…”. Y después hablaba de “la huesuda” para referirse a la muerte. Y también a la muerte de otro, que el narrador mató cuando, “sediento de venganza”, le “envainó” su cuchillo en el corazón a quien se supone que era el amante de la mujer, la que le “jugó sucio” al pobre hombre que se quedó sin esperanzas.

 

“Me encerraron muchos años en la sórdida gayola / y una tarde me largaron pa’ mi bien o pa’ mi mal”, sigue contando el protagonista y habla de sus desventuras, hambrunas y vagabundeos. Y así, sin refugio y cargando sus pobrezas, vuelve a buscar a la que ayer quiso: “Solamente vine a verte pa’ dejarte mi perdón… / te lo juro; estoy contento que la dicha a vos te sobre… / Voy a trabajar muy lejos…a juntar algunos cobres / pa’ que no me falten flores cuando esté dentro’el cajón”.

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Y aunque no sea una maravilla literaria, La gayola tiene drama y dolor. Y para algunos, aunque no me consta, podría ser prescindible en el amplísimo repertorio tanguero, que tiene, en efecto, abundantes joyas musicales y literarias. El cuento es que una vez le hicieron a Edmundo Rivero una entrevista (Revista Primera Plana, Nº 284, 4 de junio de 1968) en la que hablaba, entre otros asuntos, del lunfardo. Dijo que la palabra gayola procedía del símbolo que la policía federal argentina tenía en su chapa: un gallo. No es así.

 

El origen de la palabra, que significa cárcel, como bien se puede leer en los diccionarios de lunfardo (como el del académico José Gobello), es de origen portugués. Procede de gaiola (jaula, toril, cárcel) y que pasó, como otras palabras lusas, a engrosar el léxico lunfardo, como, por ejemplo, tamangos, que quiere decir zapatos, botines viejos, zuecos (“cuando rajés los tamangos…”, se dice en Yira Yira).

 

En el lenguaje taurino, y procedente también del portugués, el término porta gayola es muy común. Procede de la expresión “a porta (da) gaiola”, que es la puerta del toril. Es una suerte de lance que busca alegrar la galería. El matador, arrodillado, espera al toro en la puerta de toriles, con el fin de burlarlo con una larga cambiada afarolada, que, casi siempre, hace que el público se emocione y estalle en palmas.

 

El tango La gayola, que en otra de sus versiones suena con la voz de Alberto Echagüe, dio al viejo lenguaje urbano, de las barriadas obreras y periféricas de Medellín y sus alrededores, un toque de malevaje. No faltaba quien envainara su cuchillo en algún corazón y fuera a dar después con sus huesos a la sórdida gayola.

 

En algún pueblo del suroeste antioqueño la zona de tolerancia está (o estaba) nombrada como La gayola. En ella eran otras las jaulas. Y, con seguridad, en las noches de amores urgentes también sonaba ese tango.

 

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Carlos Gardel

 

Dante, una nueva y vieja estrella

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Desde hace más de quince años, con mi compañera establecimos en casa un ritual: la lectura en voz alta. Y desde entonces, en las mañanas y las noches, se han escuchado las palabras de Shakespeare, Cervantes, Víctor Hugo, García Márquez, Mujica Láinez, Alejandro Dumas, Vasili Grossman, Dostoievski y Shólojov, entre otros.

 

Y en diciembre último, junto al arbolito multicolor, leímos cuentos de navidad, y nos acompañaron luminosas historias de Dickens, Capote, Carrasquilla, O. Henry, Maupassant y Juan Bosch. A principios de enero, alguien nos comentó si sabíamos de una iniciativa de un profesor argentino para leer cada día un canto de La Divina Comedia. Y ahí vamos, con pausas, acompañados por Dante y Virgilio, entre círculos infernales, cancerberos y la lucha entre la nada y la inmortalidad, entre lo real y lo sobrenatural.

 

Leer la Comedia, que lo de Divina se lo agregó Giovanni Boccaccio, tal vez el primero en hacer lecturas públicas (además de ser uno de los editores y comentaristas) de la obra de Alighieri, es tener que detenerse en lo medieval, en los orígenes del Renacimiento, en otras lecturas y coordenadas. Una maravilla. Una posibilidad para conocer otros ámbitos y otras voces. Ante esta muy grata tarea de leer, al menos, un canto cada día, también nos metimos a esculcar Dante y su siglo, de Indro Montanelli, que estaba a la espera en una estantería hogareña, y otras fuentes informativas sobre la Edad Media y la vida del toscano.

 

La Divina Comedia es una obra misteriosa, de precisiones matemáticas, estelar. A los que les gusta la especulación esotérica, cabalística, les llama la atención el tres y sus múltiplos. Está llena de simbologías. Cada avatar, infierno, purgatorio y paraíso, tiene 33 cantos en tercetos endecasílabos, más el canto introductorio. Son nueve los círculos infernales, nueve las terrazas del purgatorio, nueve los astros que integran el paraíso. Y todos terminan con la palabra “estrellas”.

 

En la ya lejana adolescencia, heredé de mi tío Benjamín un ejemplar de La Divina Comedia, de la editorial Tor, que todavía conservo (letras borrosas, hojas amarillentas), traducido y hecho en verso castellano por Bartolomé Mitre. Ese fue el primer contacto con Dante, en días en que estábamos más interesados por patear balones y mandarles chocolatinas a las vecinas que por internarnos en aquella descomunal obra de 14.233 versos, según supe después que tenía.

 

En la novela Balada de un viejo adolescente, el narrador-protagonista, un joven de quince años, que habita en un asilo de ancianos, lee a Dante y se entera de que muchos de los que pueblan el infierno eran enemigos políticos del poeta, quien ajusta cuentas con ellos. “Dante Alighieri es el poeta de los poetas y el inspirador de los sabios y de los pensadores modernos”, lee el muchacho en la introducción. Por alguna razón, nunca pudo pasar de la lectura del infierno.

 

Dante, “arquitecto de la universal y de lo sublime”, como dijo algún crítico, tardó cerca de veinte años en la concepción y escritura de su obra cumbre. Su viaje al infierno lo realizó a la edad de treintaicinco años (“En medio del camino de la vida, / errante me encontré por selva oscura, / en que la recta vía era perdida”), en el viernes santo de 1300, y recorrió los nueve círculos en veinticuatro horas. “En tiempos de Dante se respiraba una religiosidad particular, que olía más azufre que a incienso”, advierte Montanelli.

 

En el último círculo infernal (en otros incluyó a los envidiosos, a los soberbios, a los glotones, en fin), Dante mandó a los traidores a la patria, a los que traicionaron a parientes, amigos, huéspedes y bienhechores. En el libro de Tor, hay un estudio preliminar “sobre la personalidad del autor, su época y su obra”, escrito por el Marqués de Molins, en el que destaca que, de los tres estados, el infierno es el de máxima perfección en la escritura de este poeta que fue matemático, heresiarca, teólogo, profeta, geógrafo, imaginador y fundador de una lengua.

 

Dante, que creía, y así lo expresa en su Convivio, que la edad termina a los setenta años (por eso, el primer verso de la Comedia dice “en la mitad del camino de la vida”), es, tal vez, como lo considera Harold Bloom, el escritor más formidable de todos los tiempos. No está de más, entonces, que le echemos una lectura diaria siquiera a un canto, como lo propuso en redes sociales el profesor Pablo Mourette.

 

Leerlo es penetrar en el misterio, la numerología, el universo estelar, la historia, la mitología, y andar dispuestos a escuchar una música que viene de más allá del mundo. Tal vez, de las estrellas.

(El Espectador, 29-01-2018)

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Ilustración de Gustavo Doré, El infierno, canto V.

 

 

 

Rubén, el filósofo de la barbera

Nota: El pasado 26 de enero de 2018, murió el barbero y amigo Rubén Orozco, a los 83 años. Famoso durante mucho tiempo en Ayacucho, por su conversación amena y sus apreciaciones sobre filosofía y esoterismo, Lindbergh, como también se le conoció, se volvió un personaje del barrio Buenos Aires de Medellín. Reproduzco una breve nota que le hice en febrero de 1989. Honor a su memoria.

Rubén Orozco H.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

El hombre se paró en el altar y comenzó a emitir improperios contra los sacerdotes. “¡Ustedes son unos fariseos, unos explotadores!”, le gritaba el desaforado feligrés al cura que oficiaba la misa, en medio del desconcierto y sorpresa del rebaño de fieles. La policía apareció minutos después y se llevó al presunto “loco”.

 

Un médico diagnosticó “locura mística” y ordenó que el hombre fuera internado en el manicomio, durante tres meses. A los tres días, salió del hospital mental, tras “encarretar” con mentiras al doctor. Rubén Orozco, protagonista de esta aventura psíquica, es un veterano barbero de 53 años, lector de filosofía y literatura, conversador incansable, melómano, sin partido político ni religión, “aunque soy profundamente religioso”.

 

Desde los 13 años de edad, el pereirano Orozco se dedica al arte de las barberas y las tijeras. En el barrio Buenos Aires de Medellín tiene su fuente de trabajo, llamada durante muchos años Barbería Lindbergh, en honor a la memoria del famoso aviador norteamericano. “Tuve que quitarle ese nombre, porque todo el mundo me decía Lindbergh. Estaba perdiendo el mío. Entonces la bauticé Rubén”, dice el hombre de cara redonda, gafas y cabello ondulado, salpicado de canas.

 

Rubén es el típico caso del barbero culto, amador de músicas y de hojas de libros, que aprendió en ese oficio a “ser tolerante con el ignorante, saber intercambiar mentiras con el hipócrita y ser auténtico con el filósofo”, según sus palabras. En la barbería, además de los instrumentos propios de su trabajo, tiene un cuadrito original de Eladio Pizarro que muestra a don Quijote motilando a Sancho, y reproducciones de acuarelas de Emiro Botero.

 

Autodidacta, Rubén es devoto lector de Jaspers, Kierkegaard, Heidegger, Sartre y Fernando González. “También me gustan Vargas Vila, Gonzalo Arango y Rafael Pombo”, declara con una voz de profundas sonoridades. “Hubo una época en que leí mucho existencialismo y a autores orientales de esoterismo”.

 

Para Rubén Orozco el barbero clásico es aquel que hace el corte de acuerdo con la forma de la cabeza y cara del cliente. En su barbería, junto a un espejo, un avisito anuncia que “se hace el auténtico corte Tyson y Barakus”. Y para tener éxito con la gente hay que llevarle la corriente. “Me toca pasar por liberal, conservador, comunista, hincha del DIM…”, dice.

 

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En el fondo de su barbería (que queda en su casa), en Ayacucho entre Alemania y Suiza, tiene un sitio especial para tertulias y audiciones. Allá van sus amigos músicos, como Pedro Nel Arango, Delio Hoyos, Ruth Marulanda, José Jota Jaramillo, Rafael Ortiz, Ramón Hernández; también filósofos y pintores y trovadores y profesores universitarios. Rubén, admirador de Gardel, tiene 700 grabaciones del Zorzal Criollo y dos canciones inéditas de Pepe Aguirre, grabadas una noche de bohemia en la que, el cantor chileno, visitó la barbería. Ambos eran amigos.

 

Rubén o Lindbergh, que sostiene que “no se miran las cosas, sino el alma de ellas”, conserva con especial agrado una dedicatoria del maestro Emiro Botero: “Para mi estimado amigo Rubén Orozco, quien tiene en su barbería el mejor sitio de reunión para la gente que piensa”.

 

El filósofo de la barbera y las espumas, de las badanas y la piedra de alumbre, cultivador de pepinos gigantes en el solar de su casa, dice que “la creencia conduce a la demencia, cuando se fanatiza”. Él —“siempre he estado cuerdo”— afirma que cuando cayó en ese aparente estado de locura, lo que sucedió, en realidad, fue el encuentro con la verdad. “Todo lo veo innominado e insondable, la verdad va por dentro”.

 

(febrero 27 de 1989, El Colombiano, segunda parte de la serie Barbas y Espumas, sobre barberos de Medellín)

 

NB: En mi libro Oficios y Oficiantes (Editorial UPB) también incluí una crónica titulada El barbero de las locas lecturas, sobre Rubén y su barbería.

La refinada ironía de El apartamento

(Revisión de una de las mejores películas de la historia, dirigida por Billy Wilder)

 

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                                                                 Fotograma de El apartamento. Jack Lemmon y Shirley MacLaine.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

El apartamento, una comedia agridulce, una sátira contra el arribismo, una alegoría acerca de la soledad, es un filme que, con alto puntaje para alcanzar la calificación de perfecto, le dio a su director y coguionista, Billy Wilder, la categoría de maestro del cine. Estrenado en 1960, en plena Guerra Fría, cuando ya entre las dos superpotencias existía una áspera rivalidad en la carrera espacial, por ejemplo, se yergue como una obra de buen gusto, con extraordinarias actuaciones y un trasfondo crítico de una sociedad moralista y enajenada por el trabajo.

 

Ya para entonces en los Estados Unidos había quedado atrás, aunque no desaparecido del todo, el tiempo oscuro del macartismo y en la palestra política internacional ya se había gestado la Revolución cubana, que en la película va a tener su sentido y menciones fugaces, a través de un personaje de bar, una mujer de “vida alegre” que tiene a su marido en La Habana.

 

Y en uno de los países más moraloides, o, en otro sentido, hipócritas frente al sexo, ya en los cincuenta se había realizado una apertura en ese ámbito, en particular con la creación, en 1953, de la revista Playboy, de Hugh Hefner. Y también, para los días anteriores a su filmación, el espacio era atravesado por una nave rusa, el Sputnik II que llevaba a bordo a la perrita Laika. En una escena de El apartamento, la casera, la señora Lieberman, dueña del departamento de soltero que habita el protagonista, C. C. Baxter, un arribista solitario, una especie de perdedor, en un exterior del edificio, va a soltar un cuestionamiento, mediante una puya sobre el mal tiempo, que atribuye a “las porquerías que hacen en Cabo Cañaveral”, entonces plataforma de lanzamientos de las naves espaciales gringas.

 

En El apartamento, película de la que se puede decir que toda su producción es impecable, hay una metáfora de la soledad creada por un sistema que absorbe gran cantidad de mano de obra y mecaniza a los oficinistas. En Nueva York, en un edificio de una empresa de seguros en la que trabajan 31.259 personas, sucede buena parte de la historia escrita por Wilder y I.A.L. Diamond. Y en esa suerte de colmena humana, con una atiborrada presencia de empleados, estarán las dos piezas clave de esta comedia cuestionadora, de diálogos de antología: Baxter (Jack Lemmon y Fran Kubelik, la ascensorista (Shirley MacLaine).

 

Baxter, joven con aspiraciones de ascenso rápido, que habita en un apartamento cerca al Parque Central, y trabaja en el piso 19 de la compañía, se convertirá en una especie de Celestina que les presta las llaves a algunos de sus jefes para que puedan tener aventuras extraconyugales con empleadas y otras chicas conquistadas en lugares de la noche, a fin de obtener simpatías y, más que todo, la posibilidad de subir en la escala laboral. Y sus ojos de tipo bonachón, que encarna a un loser, se posarán en la dulce muchacha del ascensor que, aparte de su bonita cara y su mirada de melancolía, es una iletrada.

 

Pero de ella, la de la figura enamoradora, se “tragará” uno de los máximos jefes de la compañía, el señor Sheldrake, encarnado por Fred McMurray, un sujeto sin entrañas, duro, que después va a abandonar a su mujer para cambiarla por Fran. Y, a su vez, el “perdedor”, el tipo que por prestar su apartamento a veces debe esperar en las afueras del edificio y soportar las calamidades del mal tiempo, también pone sus ojos y sentimientos en la damita que todo el día sube y baja.

 

Con una banda musical encantadora, con una fotografía sin tacha, El apartamento, que hace reír, pero también impacta por sus aspectos dramáticos, es un tejido artístico, con actuaciones de lujo y enjuiciamiento social. Hay un actor secundario de enorme capacidad, el doctor Dreyfus, vecino de Baxter, representado por Jack Kruschen, que parece un chismoso (junto con su señora Mildred), pero que juega un rol clave en los momentos de mayor tensión de la obra.

 

Los jefes a los que Baxter les presta la llave le prometen intervenir ante el señor Sheldrake para que le otorguen un ascenso (no solo de empleo sino de piso) y la maraña de relaciones se va tornando tensa, como en un triángulo amoroso, atravesado por drama y humor negro. Baxter, que tiene intervenciones parecidas a las de Buster Keaton, pero, sobre todo, a las de Charles Chaplin, es un personaje con visos de aparente bobaliconada, pero, a su vez, con manifestaciones de inteligencia.

 

La película, en rigor una obra de arte, tiene algún momento parecido a Casablanca (la presencia de un pianista en un bar restaurante, que toca la misma pieza cada que entra la ascensorista) y hay en su lenguaje una ácida crítica al capitalismo (quizá recuerde, en otro sentido, a Tiempos modernos, de Chaplin), configurado en el comportamiento de algunos jefecitos que se creen dueños de la vida de sus subordinados, a los que tratan con indignidad y humillación.

 

La soledad de los empleados, quizá su anonimato de muchedumbre, en un amontonamiento laboral, da la sensación de enajenación, de automatismo. Se notan los procesos de la productividad y de la división del trabajo. Y tal vez, la celebración de los festejos navideños en la empresa, es la única opción de desbordamientos y oportunidades para la conquista sexual y la liberación del cuerpo, que ya no está apostado frente a un escritorio.

 

Sin embargo, la devoradora soledad la representa el protagonista, el del apartamento de soltero, que se siente a veces víctima del escarnio y la manipulación de sus jefes. Y que, tal vez por su timidez, mastica en silencio su amor imposible por la ascensorista, a la que descubrirá con melancolía que es amante del gran jefe.

 

En el filme, que no deja nada al azar, hay un entramado que mantiene alerta al espectador que, más allá de situaciones hilarantes, está sujeto a ciertas tristezas por lo que le sucede a Baxter. En una película en la que los primeros planos no abundan como sí los planos generales, algunos detalles tienen una profundidad y significados de relieve, como los del espejo roto de la ascensorista.

 

Hay frases de inteligente sentido práctico, como la pronunciada por Kubelik: “Si te enamoras de un casado no te pongas rimmel”, o el diálogo en el ascensor entre Fran y el resfriado Baxter, que lo pescó por estar afuera bajo el frío de la noche a la espera de que uno de sus jefecillos terminara con su emergente faena amorosa. El Apartamento alcanza cumbres insuperables en su fase final, cuando se celebra la Noche Vieja y habrá un desenlace inesperado y de emotivo impacto. La resolución, con instantes trágicos, del triángulo de amor, del divorcio del gran jefe de su esposa, de la salida a medianoche de la ascensorista que deja plantado a su amante Sheldrake para ir a encontrarse con Baxter, que ha hecho maletas para la mudanza y ya se encuentra sin trabajo.

 

Tal vez una de las más bellas escenas del cine está en esa parte, cuando los dos “perdedores”, sentados sobre un sofá, con olor y espumas chispeantes de champaña, toman un póker y ella le dice al animoso Baxter que se calle y reparta las cartas. Un final de enorme sensibilidad y rico en insinuaciones.

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El apartamento, para los que gustan de los tops y clasificaciones, puede estar entre las diez mejores películas de la historia del cine. Obtuvo los Oscar de mejor película, director, guion original, dirección artística y montaje, y estuvo nominado a los de actriz (Shirley MacLaine), actor (Jack Lemmon), actor secundario (Jack Kruschen), fotografía en blanco y negro y sonido.

 

Wilder, austríaco, de ascendencia judía, es uno de los más talentosos directores de la historia cinematográfica. Trabajó como periodista en su país natal y en Alemania. A la llegada del nazismo, se fue a Francia y luego a Estados Unidos. Su mamá murió en el campo de concentración de Auschwitz.

 

El apartamento es un filme al que siempre hay que volver. En su concepción magnífica, con críticas a las relaciones de poder y a las imposturas, hay una poderosa manera de las conexiones humanas, de alta y baja estofa, en un mundo de competencias y rivalidades, en el que, casi siempre, el hombre es apenas un tornillo o una arandela de los procesos de mecanización y de altas ganancias para los dueños de las corporaciones.

 

Es un alegato contra el puritanismo, la masificación y la vida gris de tantos oficinistas, metamorfoseados en seres automatizados y que no conocen la solidaridad. Entre sus elementos simbólicos, las llaves del apartamento pueden ser la representación de la esclavitud y humillación del hombre que trabaja, degradándose, ante la esperanza de obtener una posición de más rango.

 

Esta película de Wilder es un referente inevitable de buen cine, de refinada comedia con acento crítico y de la ironía. El director y guionista, que murió a los 95 años, se puede retratar con una frase que recordaba el escritor Manuel Vincent: “Más allá de Auschwitz, a este mundo ha venido uno a divertirse y a empujar con la yema del dedo la aceituna hacia el fondo del martini mientras resumes el mundo y la existencia con una frase feliz: Fuck you.”.

 

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Lola Vélez, una vida dedicada al arte

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La Tongolele bellanita, una pintura de Lola Vélez (tomada del blog Historias callejeras)

 

Declaración de Duelo del Centro de Historia de Bello *

 

Despedir en su hora definitiva a la maestra Lola Vélez no deja de ser un acto de dolor ante su ausencia corporal, pero a su vez es un momento para decirle de nuevo gracias por su arte, por sus aportes a la cultura y la sensibilidad de un pueblo que siempre la admiró y respetó.

 

Ella, una artista íntegra, supo interpretar las angustias y alegrías de la gente para dejar en sus frescos, óleos y acuarelas un testimonio estético de su paso por el mundo. Lola Vélez, emblema de una población obrera y llena de desamparos, contribuyó a que Bello fuera llamada la Ciudad de los artistas y siempre supo que la belleza es una posibilidad para mirar el entorno con ojos de asombro y para no perder la esperanza en un futuro mejor.

 

Lola Vélez, toda una existencia dedicada al arte con profundidad y seriedad, nunca apeló al fácil expediente del escándalo para hacerse publicidades frívolas ni permitió que los diversos poderes la hicieran caer en las tentaciones comercialoides. Respiraba arte y talento, y por eso ya en vida era parte de la historia artística de un país que casi siempre ha mirado con desprecio a sus creadores.

 

Discípula de los maestros Pedro Nel Gómez y Rafael Sáenz, tuvo igualmente el privilegio de estudiar con el muralista mexicano Diego Rivera y de compartir amistad e ideas artísticas con Frida Khalo.

 

Con su partida Lola deja huérfanos a sus canarios, sinsontes y turpiales de su casa que es patrimonio cultural de Bello; a sus payasos tristes, a sus girasoles, a sus arcángeles y a su Tongolele aldeana; nos priva no sólo de su presencia señorial sino que nos deja huérfanos de su portentosa paleta.

 

Sin embargo, no es hora de tristezas, porque Lola Vélez nos deja un legado cultural invaluable, un ejemplo de disciplina y entrega total al arte; Lola pintó como si cada pintura suya  fuera la última de su vida; sirvió de ejemplo a muchos artistas jóvenes y su obra continuará viviendo. La maestra Lola seguirá siendo un faro para las generaciones de hoy y del porvenir.

 

Por eso, en esta hora de sombras por su ausencia física también hay luz, la luz de una pintora excelsa que no ha muerto, porque la muerte no existe cuando la vida se prolonga en una obra viva como la suya. Claro que la extrañaremos. Extrañaremos su sonrisa y su trato cordial, la fraternidad con la que siempre acogió a los visitantes de su casa-museo, extrañaremos esa presencia necesaria de la mujer, de la artista. El nombre de Lola Vélez no será unido a la tristeza, porque ella vivió para la alegría. Paz en su tumba y larga memoria a la maestra. Viva Lola Vélez.

 

Reinaldo Spitaletta

Presidente Centro de Historia de Bello

Marzo 23 de 2005

*Reproduzco esta vieja nota de pésame por la muerte de la artista, en momentos en que su casa (que debía ser declarada patrimonio cultural del Municipio) va a ser demolida. 

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la casa de la artista Lola Vélez, en Bello. (Foto del blog Historias callejeras)

Los que no llegaron al partido

                                       Para recordar a un equipo de fútbol que cayó del cielo

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

¡Qué nada ni qué diablos, carajo!, no nos iban a ganar de camiseta, de que algunos jugaban con tenis-guayos, que nosotros, sin tanta pompa ni vanidades, teníamos los mejores en cada puesto aunque no hubiese ni para la gaseosa del final de juego, ni siquiera para el Pielroja que nos sabía a gloria cuando terminábamos un cotejo en días en que algunos guardaban la mesada de domingo, sin ir a cine, solo para que en el partido, o, mejor dicho, cuando este finalizara, y si había victoria mejor todavía, nos fuéramos en patota a la tienda de don Juan a comprar leche condensada, paletas y el infaltable “peche” de tabaco negro.

 

Qué va, mano, nos querían intimidar porque éramos los del Congolo apenas unos atarugados, puro alfeñique, pobretones, así supe que nos calificaron, y comenzaron a enviar avanzadas de provocadores por la cuadra, que agitaban palabrería de que les van a dar una paliza, que ustedes no pueden con La Cumbre que son tecniquiadores, que llevan mucho tiempo jugando juntos, que les mandan a decir que lo mejor es que, para que conserven cierto orgullo, no se pongan de braveros en la cancha y permitan que les pasen por encima.

 

No, mijitos, ni riesgos que nos íbamos a poner con tembleques, o a desvelarnos porque nos tocaba jugar para definir quién pasaría a la ronda final con los duros de un barrio al que ya lo habíamos derrotado no solo en fútbol sino a punta de piedra, en días en que se acostumbraba a corretear pelaos de otras galladas, y nosotros ya habíamos establecido quiénes éramos los que mejor tirábamos pedruscos, con puntería pura, y con destacamentos como de aquellos que a veces se veían en películas, con combates entre indios y vaqueros, soldados e indios, o cuando las de capa y espada, pero todo era puro pedregal, a veces con rotura de bezaca, o con quebrada de vidrios del vecindario, que siempre llamaba la policía, para nada, porque cuando aparecía la Chota ya todo había terminado.

 

Así que no había tutía, bacán: ganaríamos la lid futbolera, por lo dicho, no había quién nos derrotara, y cuando más, los rivales sacaban empate, íbamos derechito a ser campeones, todos pensábamos en esa meta, porque éramos buenos, sí, de verdad. Un equipazo. El arquero, Avendaño, volaba de palo a palo y tenía unos reflejos que en menos de una espabilada les quitaba de los pies la pelota a los contrarios, y además poseía una virtud, que para los rivales era defecto: hacía atajadas de taponazos con una sola mano, malabarista del balón, cuando le tiraban algún chutecito para el papayazo, para la exhibición, entonces ponía la esférica a dar vueltas en sus dedos, con efecto, como si fuera un mapamundi al que él le imprimía movimientos como cuando se patea un balón con chanfle, que los del otro equipo quedaban babeando de la rabia y la impotencia. Era un poquito humillador, pero así es el fútbol, hay que sacar de casillas al rival, ¿cierto?

 

Teníamos un crack, al motorcito, el Califa, que no sé quién lo apodó así, porque yo era el mejor para bautizar a los otros con sobrenombres, pero me parece que fue Colombina, el entrenador, que por esos días había leído unos relatos de Las mil y una noches, según nos dijo, con su pose de chicanero, que igual así lo queríamos porque nos enseñaba a pararnos en la cancha, a observar los movimientos del contrario, a ser vivos, a no dejarnos intimidar con nada. Sí, me parece que fue él quien le puso la chapa al que antes se llamaba Alejandro, un gambeteador endemoniado, que cuando menos uno pensaba ponía un pase inesperado y te dejaba en posición de anotar.

 

Califa era un jugador de los que uno no quería tener como rival y, sí, era uno de los que nos iba a procurar la victoria contra La Cumbre, que además teníamos a Chucho Palotes, el centro delantero que sacaba como de un sombrero de mago, o no sé qué, unos cañonazos cruzados que ningún arquero podía atrapar. Bueno, y yo, te lo digo, yo no estaba para acobardarme por los codazos de los marcadores, que aprendí a esquivarlos y provocarlos diciéndoles maricones, así no se juega, que por la punta derecha era un volador, un driblador, gana-raya, con pases atrás, descolocadores de defensas,  y cuando me daban ocasión me les colaba hacia adentro y lleve pues, que el arquerito quedaba regado.

 

Rendón era patadura y Herrera el zarco un mediocampista con clase y fuerza, un ocho de calidad. Mejor equipo no podía haber, así que los pretenciosos de La Cumbre tendrían que chupar por bobos, por creídos, por sobradorcitos, que con nosotros no había caso, pelao.

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El domingo estaba próximo pero nos parecía lejano, qué bueno que fuera ya, decíamos en la manga de La Selva, donde entrenábamos con los chistes de Colombina incluidos, que nos desternillaba de la risotada, cuando decía que los del otro equipo eran eso, del otro equipo, mariquitas sin remedio. El partido iba a ser en la cancha de Santa Ana, porque no prestaban para esa fecha la muy profesional de Fabricato, en la que a veces entrenaban los de Medellín y las tribunas con techo de asbesto se repletaban.

 

Cómo era posible que se les ocurriera a los rivales, mariconcitos sin talento, que podían vencernos, cuando todos nosotros nos entendíamos de tal modo que hasta podríamos jugar con los ojos cerrados, uno sabía dónde poner el pase, cómo acelerar, cuándo pausar, estábamos sincronizados, y la voz recia de Colombina, sus instrucciones a veces de puro grito las teníamos estudiadas, incorporadas, que mirá que parecíamos, sin pendejadas, Brasil 70, con qué clase, sí, sin vanidosidades, sin babosadas, solo que lo que se hereda no se hurta, decía mamá a veces, y en el fútbol le entendí su dicho. Nosotros podríamos llamarnos, según decía un vecino que no se perdía compromiso, Once Toques, pero ¡qué va!, si toques eran los que sobraban en un partido, abundaban, Chucho para allá, el Gordo para acá, el motorcito para todos lados y así, que por la derecha los ponía a los defensas a penar porque mi velocidad y gambeta sacaba de quicio a cualquiera. No abusés de la finta, decía Colombina, que me enseñó a jugar con la cabeza en alto, difícil faena para desplazarse tan rápido pegado a la banda, todo se aprende a punta de jugar y jugar, y por eso nuestra confianza, ¡cómo se les iba a pasar por la cabeza a los de La Cumbre que podrían ganarnos!, jamás de los jamases, se oyó decir a doña Peregrina, que a veces nos llevaba a la cancha un botellón con fresco.

 

No nos ganarían de camiseta, que las de ellos eran finas, compradas en almacén deportivo, en cambio las nuestras, amarillas con franjas negras, las confeccionaban las mamás, sí, las de nosotros, con retazos de fábrica y, en serio, quedaban hasta bonitas y la sentíamos parte nuestra, pegada a la piel, sudadas, que las de ellos eran verdes, de popelina, y casi todos tenían medias de fútbol, porque nosotros a veces, no todos, jugábamos con calcetines de colegial.

 

Todos queríamos con ansias que nos hacían sentir cosquilleo en el estómago que el domingo llegara rápido. Era, decía Colombina, la ocasión para darle más gloria al barrio, para que nos fajáramos un partido como de Mundial. Teníamos muy planchaditos los uniformes, lavados los tenis, el balón de vejiga estaba impecable porque le habíamos sobado con sebo y ya la cuota para pagar al árbitro la habíamos aportado. Los carnés de cartulina estaban en orden. Solo faltaba jugar. Hora del encuentro: diez de la mañana.

 

El sábado, cuando algunos estábamos en la esquina del bar Florida, que siempre estaba soltando tangos, incluido El Sueño del Pibe, a Humberto, back central, le dio por invitar a Chucho y al motorcito de arabescos con la pelota a una caminada nocturna por Prado y Manchester, que así se prepararían mejor para la contienda, dijo uno. Yo no quise ir y más bien pasé a la tienda de don Juan a decirle que mañana le traeríamos buenas noticias para que nos hiciera alguna rebaja en las lecheritas. Colombina había advertido que nos acostáramos temprano, que él también iba a hacer lo mismo. Sí, eso dijo.

 

No sé qué pasó, pero por la noche, los de La Cumbre mandaron a varios azuzadores a gritar en el barrio: los van a quebrar, los van a matar, los van a dejar vueltos papilla, malparidos, y yo que ya estaba en casa, salí a contestar las ofensas, pero ya los carechimbas iban lejos, y me quedé con las ganas de irme detrás de ellos pero los gritos de mamá interrumpieron mis intenciones.

 

Cómo así que nos iban a ganar de pataduras, de cuento, de güevonada, que a nosotros nadie nos metía miedo, cómo así, ni más faltaba. Y el domingo llegó. Y yo, que siempre esperaba a otros para irme a la cancha, me adelanté. Ya iban a ser las diez y apenas estábamos cinco, lo que nunca. Ni siquiera Colombina había llegado. Los contrarios ya estaban completos, tecniquiando, trotando, pateando. Y los cinco de nuestro equipazo, el de los toques embobadores, apenas mirábamos, eso sí, con el uniforme puesto. El árbitro comenzó a dar pitazos, a llamar a los equipos. En esas, apareció Avendaño, y ya éramos seis. ¿Y Ochoa y el Motorcito y Chucho y los otros? ¿Y Colombina? ¿Dónde estaban? ¿Qué les pasaría? Que nos iban a ganar de bulla y camiseta de tela fina, ¡qué va! Que nos iban a pasar por encima, menos. Que nos bailarían y goleaban, no, ¡qué va!… Nos ganaron por Doble U, sí, por W, que mucho tiempo después, cuando ya el fútbol de competencia poco me interesaba, supe qué significaba esa convención que nació con carreras de caballos en Inglaterra. Lo que nunca supe a ciencia cierta, y creo que nadie se enteró con exactitud, era qué le había pasado a más de la mitad del equipo de la camiseta amarilla con listas negras, al onceno que más fútbol jugaba en los días en que todavía éramos muy felices y ricos en ensoñaciones.

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Una sensación de soledad y derrota. Los jugadores no aparecieron y perdimos por W.

 

 

Cuadros de una exposición urbana

(Crónica de caminante, con arreboles, lluvia y un estudio de Chopin)

 

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Parque Obrero, barrio Los Ángeles.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

La ciudad, con sus sostenidos y bemoles, tiene música y ruido, canto y desafines, contaminación y sorpresas. Caminarla con el sentido de toparse con lo inesperado puede hacer de ella una caja de Pandora o, tal vez, una posibilidad para descubrir lo que, en sí mismo, parece no tener ningún interés. Estos cuatro cuadros, con su marco de aceras y edificios, se colgaron en esquinas y parques para transmitir en mis caminadas que la cotidianidad está cargada de pequeñas alegrías y desapercibidos asombros.

 

1.

 

La antes llamada plaza de la Independencia, en cuyos extremos hay hoy un pebetero con un pedestal deteriorado y la estatua de San Juan Bosco, tiene a un lado el colegio de María Auxiliadora, en el mismo lugar donde hace años quedó la Escuela de Minas de Medellín. Al frente, caserones antiguos, el edificio Wolf y en la esquina de El Palo con Cuba, una pequeña edificación de apartamentos.

 

Algunos de las mansiones de antes se instalaron casas de banquetes. El primer domingo del año, en medio de la soledad propia de tales días, en una de aquellas suena el Danubio azul, de Johann Strauss (hijo) y desde la calle se aprecia una pareja, ambos de negro, él de frac, ella de traje largo, dando las vueltas y llevando el compás de una música que parece dejar en el ambiente una suerte de extrañamiento, o, mejor, de impostura.

 

En el medio de la plazoleta, con jardines enrejados y algunos almendros, un habitante de calle arruma ropas envejecidas y pedazos de madera. El vals se esparce por el asfalto y hay, a esa hora del atardecer, varias loras que, con sus gritos y alharacas, buscan refugio en los árboles del sector. En el piso, el viento arrastra algunas hojas muertas.

 

2.

La tarde tiene color anaranjado y un poco de resaca del comienzo de año. Sobre la carrera Giraldo con La Playa, detrás del teatro Pablo Tobón Uribe, junto al parque Simona Duque, se aprecia la presencia multicolor de alguien que, encima, lleva decenas de muñecos y otros juguetes inflables. Solo se ven sus pies y los movimientos rítmicos del arrume de patos, globos, gallinas, perros y otras figuras que pueden representar alegrías infantiles.

 

El hombre (supongo que era un hombre y no una mujer) continúa su camino, atraviesa el parquecito y dobla la esquina. De pronto, vienen imágenes de los viejos vendedores de caramelos que, por diversos lugares, deambulaban con su vara plena de paragüitas, caballos, vacas y pájaros de azúcar. Cuando miro de nuevo, ya la móvil caravana de juguetería y feria ha desaparecido.

 

3.

 

Hacia el occidente, algunos arreboles parecen saludar el comienzo del año. Ayacucho, la tradicional calle, cantada por Carrasquilla y que es la arteria y corazón del barrio Buenos Aires, está repleta de caminantes. Suben y bajan. Los vagones del tranvía están, a su vez, atiborrados. Es la última jornada de las vacaciones de fin y principio de año, en un domingo que, para algunos, puede ser todavía un motivo para la ebriedad.

 

En el lugar donde debía estar construido el centro popular de frituras y de la clásica chunchurria, rodeado de latas, sobre un corredor del tranvía un hombre juega con su perra pastor alemán, llamada Luna, según dice en su collar negro. Le tira pelotas luminosas y ella corretea contenta, mientras algunos curiosos se detienen a observarla.

 

Más arriba, lo que antes fue un clásico café de Medellín, fundado en 1932, hoy es solo una suerte de caricatura triste de su pasado de esplendor. Reducido a una pieza con orinal y mostrador pequeño, el Sol de Oriente tiene una música de despecho, malsonante y a alto volumen.

 

En otro espacio, junto a un caserón de fachada ruinosa, donde a veces se hace un señor a vender películas, libros y revistas de otro tiempo, un muchacho palmotea y llama la atención de los transeúntes: “Lleve la avenita, a tomar a avena, avena a mil, traída directamente de Europa”. Los viandantes miran y siguen su rumbo.

 

Hay gentes que se toman fotos, otros que alzan las manos a los viajeros del tranvía, otros se reúnen en las heladerías y, muchos, casi en amontonamiento, entran al “Mercado del tranvía”, un lugar de gastronomía diversa. La atardecida Ayacucho, con sus avisos de comercio y sus caminantes, tiene todavía las ornamentaciones de una navidad que ya pasó. En una banca, tres hombres conversan con cervezas en la mano. Parecen estar despidiendo las jornadas de asueto decembrino.

 

4.

La calle Miranda, con su separador central arborizado, huele a humedades. La lluvia comienza a caer y parece que irá creciendo. Un señor que lavaba un carro en la acera, hace un gesto de fastidio. La espuma blanca todavía se conserva sobre el gris cemento. Más adelante, pasando Brasil, la iglesita de María Reina de los Ángeles, muestra la soledad. Apenas dos o tres feligreses sentados frente al altar.

 

Aumenta la lluvia y hay que caminar bajo los pocos aleros que todavía se conservan en un barrio antañoso (Los Ángeles), de casas amplias y poco tráfico en un atardecer de inicios de año. El puente festivo está a punto de terminar. Lo que sí está en ciernes, pero in crescendo, es la lluvia. Cerca al parque Obrero, por la mitad de la calle, un hombre camina con cinco perros, cuatro oscuros y uno amonado. No parecen alterarse por los goterones; voltean hacia Echeverri y dan la impresión, todos, de estar contentos.

 

Me detengo a escamparme en las afueras de una casa de entrada cubierta, a modo de plancha que cubre la puerta principal y la del garaje. La lluvia es más fuerte ahora. Y de pronto, entre los sonidos mojados, comienzo a distinguir una música, unos acordes. Es un piano. Alguien está tocando un estudio de Chopin. Una belleza las dos músicas, la de la lluvia de enero y la del pianista invisible. En el parque, los árboles rumoran con su follaje mojado.

 

Antigua plazoleta de La Independencia, hoy más conocida como María Auxiliadora.

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