La pesadilla de un cólico renal

(Crónica de clínica sobre una dolorosa afección, a la que han llamado “parto de hombre”)

 

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La pesadilla, de Johann Heinrich Füssli

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

  1. Alborada con un dolor irresistible

 

Se escuchaban ya, casi a la media noche, los estallidos de la alborada, una irracional celebración de mafiosos para dar la bienvenida a diciembre, cuando, al sentarme al computador, sentí un dolor en la parte lumbar. Creí que se trataba de una vieja dolencia. Pero no parecía. Era agudo sobre manera y me hizo poner de pie. Caminé por el pasillo de la casa y llegué a mi alcoba. La mona me dijo que me quedara quieto. Así lo hice. No funcionó. Me paré, me senté, iba de un lado a otro. La intempestiva cosa no auguraba nada festivo. Lejos, el sonido de la pólvora aumentaba. “Parece que este año disminuyó la alborada”, dijo ella. Y en esas, a pocas cuadras de la casa, se escuchó una explosión. Me asomé por la ventana. La calle estaba vacía y al otro lado de la noche, hacia occidente, se veían fogonazos. El dolor aumentaba.

 

Me tiré en la cama y quería revolcarme. De la espalda el dolor daba la vuelta y se instalaba en el vientre. Era ya insoportable. Afuera, las detonaciones llegaban en distintas direcciones. En efecto, según me parecía, no eran ya como las aturdidoras y masivas del año pasado. Fue cuando comenzaron los hijueputazos acompañados de ayes a granel y retorcimientos. Qué era lo que pasaba. Me sentía como un muñeco al garete al que un ventrílocuo sádico maneja con violencia. El dolor había cruzado el umbral de la tolerancia. Insoportable.

 

A la una de la mañana salimos hacia urgencias. Las solitarias calles del centro, con sus lámparas tristes, me producían una sensación de melancolía. Era primero de diciembre. En casa, Dana, nuestra mascota fox terrier, se quedó adormilada con una música especial que salía de un monitor en el que una imagen de varios perritos simpáticos parecía sonreír. El Instituto Neurológico, en Perú con la Oriental, no tenía muchos visitantes a esa hora. Bajamos por el ascensor al piso de atención. La mona hizo los trámites mientras yo permanecía en una silla, de la que me paré varias veces. Iba de un lado a otro. Entré a un wáter, no pude hacer nada. Solo quería vomitar. Las náuseas, que había sentido desde los primeros momentos del dolor, eran más fuertes. Salí. Ya estaba inscrito. No sé cuánto tiempo pasó cuando me llamaron para el triage, que efectuó un médico voluminoso, de uniforme verde pálido, barbado y en apariencia amable pero sin sonrisas.

 

Era el mismo que me había atendido hacia unos meses por un dolor lumbar. Dictaminó que era un cólico renal. “Te pondrán medicamentos para el dolor y el vómito”, dijo. Cuando salí del consultorio, la mona no estaba. Había salido a comprar café con empanadas, como lo supe después. Otra vez la espera. Para allá. Para acá. Entró a la sala un paciente que se retorcía. Lo acompañaba una muchacha. Fui al baño. El de los hombres, ocupado, hizo que entrara al de damas, donde devolví buena parte de la cena. En esas estaba, cuando me llamaron. Pasé a enfermería y un tipo alto y pálido me dijo me dirigiera a una camilla. “Te pondré tres inyecciones para el dolor y el vómito” y “te sangraré”. Me dio un frasquito para una muestra de orina. Fue una odisea recogerla.

 

Me recordó algún personaje gótico, vampiresco…

 

La espera dolorosa, quejumbrosa, se prolongó. Pude orinar y llevar la muestra al hombre alto y de mirada serpentaria. “Qué tal la alborada”, preguntó en un tono que no descifré. “Es una fiesta de paracos”, le dije, sin más. En aquel lugar no se escuchaba nada del mundo de afuera. “En tres horas te darán los resultados”, dijo. Y pasaron las tres horas. Y cuatro. Y cinco. La mona fue a preguntar. Y una médica (que yo había visto antes, de uniforme canela oscuro, pelilamida, muy blanca y delgada, que no sé por qué me recordó algún personaje gótico, vampiresco, tal vez de la novela Carmilla) le dijo que era culpa de ella, que se había olvidado. Me hizo pasar y dijo que todo estaba normal. “Si le repite el dolor, vuelva”. Como si fuera una gracia, un placer, o no sé qué, estar yendo a urgencias. La joven doctora de hablar suave y cabellos cortos se introdujo luego en otro espacio de enfermos, por una puerta por la que, antes, entraron a un tipo que se accidentó en una motocicleta en Santo Domingo Savio.

 

A las siete pasadas, tras ir a enfermería a que me firmaran la “boleta de salida” (pensé en una prisión), la mona me tomó de la mano y me ayudó a pasar al ascensor. Los dolores habían disminuido. Afuera, ningún taxi. Caminamos hasta la Oriental y luego hacia Argentina. Antes, una señora de que bajó una cortina metálica, nos dijo que le pusiéramos cuidado al local mientras ella iba, a otro, en la esquina, a llevar unas empanadas. De un edificio, salió un taxi. Era su primera carrera. Y solo sería de unas seis cuadras largas. Para mí, una eternidad.

 

En casa, con Dana en desconcierto al verme llegar a acostarme, los dolores retornaron. Me habían recetado analgésicos. Llamamos a una farmacia. Era el primer día de un trance que muchos han denominado “parto de varón”. Los dolores siguieron, como una condena.

 

  1. Bioenergética y pérdida de peso

 

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Obra de Francisco de Goya

Diciembre tenía cara descontenta. De ser maléfico y perturbador. Dormir era una proeza. Yo parecía como una suerte de apaleado. Dolores en una anatomía que al martes ya sentía como si hubiera sido puesta en un potro de tortura. Llamamos a un médico bioenergético, con residencia- consultorio en Guarne. Por la tarde, a la una, ya estaba en La Bonita, una finca de vientos fríos y paneles de energía solar. La tarde, verde, de brisas frescas, me dio una especie de hálito, de esperanza seductora en que esa ferocidad dolorosa que me tenía maltrecho, se iría escurriendo. Casi cinco horas de acupuntura, medicina cuántica, corrientes eléctricas, masajes con un ungüento, rayos infrarrojos y un cansancio infinito, me hicieron salir cuando ya los pájaros se habían resguardado y había un atardecer amarillo quemado.

 

Las noches, apartes de dolorosas e intranquilas, estaban atiborradas de sueños. Y de alguna pesadilla. Iba subiendo unas prolongadas —y empinadas— escaleras acompañado de Dana, la mascota. Arriba, una puerta abierta y de pronto, como si fueran trapecistas, dos muchachas se colgaban del techo, a la entrada. Parecían al principio colombinas de la Comedia del Arte. Tenían trajecitos verdes, rojos y azules, y hacían contorsiones libidinosas. Seguimos ascendiendo. Ya en el lugar, las dos se achicaron, casi al tamaño de dos avispones y se posaron en una ventana. Hacían morisquetas. De repente, arrancaron en un ataque de sorpresa, como aviones bombarderos, y una se aferró a mi cuello. Me aprisionó. La otra, inmovilizó a la perrita. “No le hagan nada a Dana”, impetré. Se escuchaba un ronroneo, una música sorda. Me faltaba el aire. Y sentí que ya no había nada que hacer ante una agresión de la que no había escapatoria. O sí: despertar con agitaciones.

 

El miércoles, con marchas del paro nacional, un medicamento homeopático que debía llegar al barrio Laureles, procedente de Rionegro, fue más fácil que, desde esa ciudad del oriente antioqueños, me lo enviaran por una empresa de entregas rápidas. Llegó a casa el jueves por la mañana. De a poco, fui consumiendo algunos alimentos ligeros. Sentía que cada vez estaba más limado. Rebajé en una semana siete kilogramos, con una dieta nada recomendable para los gordos que quieran disminuir peso en siete días. “Y qué nombre le pondremos”, decían algunas vecinas y señoras de un taller de literatura, intentando ponerle humor a mi parto de dolores sin cuento. Los cólicos habían desaparecido, pero me sentía como si hubiera estado en una cámara de torturas medievales.

 

Más de una semana sin calle, apenas con tardes de ventanales y, eso sí, escuchando audiolibros (no tenía ningún ánimo para leer) y músicas paradisíacas. Durante estos días fueron más claros los sueños y la “yegua de la noche” no cabalgó sino una o dos veces por mis ámbitos oníricos. El bioenergético me había pedido que recogiera los “cálculos” en un cedazo. Creo que salieron disueltos, tal vez como si un feroz pelotón antidisturbios los estuviera persiguiendo. Espero que no haya repetición. Una película de horror como esa, ¡ay!, no merece volverse a ver.

 

Medellín, diciembre 10 de 2019

 

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Amor y dolor, pintura de Edvard Munch

 

 

Nostalgia con pimienta y soledad

(Sobre esas cosas ausentes que duelen con dulzor)

 

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Fotograma del filme Cinema Paradiso, de Giuseppe Tornatore

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Si me mencionás nostalgia puede que me traslade a una vieja sala de cine de la infancia y me ponga a gritar como Tarzán de los Monos, interpretado por Johnny Weissmüller, al que imitábamos, además de su alarido volador de bejucos, con brazadas en los charcos como la Piedrancha y el Búcaro. Si me decís nostalgia es probable que entrecierre los ojos y vuelva a ver la muchacha aquella de las chocolatinas y las mejillas rosadas a la que nunca pude besar, pero de la que siempre me pareció que ambos podíamos filmar una película de adioses y reencuentros gozosos. Si me decís nostalgia, quizá no me toparé con ella en un bolero edulcorado, pero sí en tangos de esquina, de Seeburg y Wurlitzer luminosos, donde se escondían romances (y romanzas) de barrio y un lagrimón en el empedrao.

 

No sé si haya una historia de la nostalgia, que, en Occidente, pudiera venir desde Grecia hasta las más recientes edificaciones de una ciudad como Medellín, en la que ya se suben lomas en patineta y se vuela en bicicletas por barrios planos. Seguro que sí hay alguna, con venusinas y mares de Ulises, con Ítacas y una flecha de Troya. Que incluya algún lugar circular del infierno de Dante. Una historia que involucre las voces de esas muchachas y muchachos que, en las afueras de Florencia, narraban picardías de piel y aconteceres de pestes mortales.

 

Si me decís nostalgia puede ser que me hagás devolver hasta las historias de Verne y Salgari, a los relatos fantásticos sobre aparecidos y otros fantasmas de mamá, a los partidos de fútbol con pelota de “carey” en una calle infinita… No estoy seguro de lo que se siente cuando alguien pronuncia esa palabra de pasado griego y que tiene que ver con el retorno de un dolor. Dolor de ausencia. Dolor de lo que se ha ido. Un dolor dulce por lo que fue y ya no será más. Es, no sé a quién se lo escuché, un vacío agridulce, un sangrar placentero, como la prosa de Proust. O como lo que se siente después de leer, por ejemplo, El café de la juventud perdida.

 

Me da esa sensación de pérdida revuelta con un devolverse, como un flashback de cine, a recorrer lo ya recorrido y que, por mucho que se desee, no se podrá volverlo a caminar. Sí, como en ese valsecito Bajo un cielo de estrellas: “Mucho tiempo después de alejarme, vuelvo al barrio que un día dejé…”. Un imposible. Pero que puede ser parte de un sueño, de una aspiración. Y para allá vamos, a decir que cuando me hablan de nostalgia, a veces con tonos despectivos, o con aires de “sobradez”, me suena que también la utopía es otra manera de la nostalgia. Sí, porque es sentir que se puede llegar, que hay que caminar, que hay que transitar, aunque el horizonte se corra y se haga inalcanzable. ¿Nostalgia del futuro?

 

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Una vieja sala de cine

 

Nada malo hay en “nostalgiar”, ¿o sí? Puede que en una de esas faenas se te desborde una “lágrima asomada”, o te tiemble la voz como a los cantantes envejecidos, y hasta se te quiebre. Qué más da. No es un problema (¿problema?) de edad, de madureces, de trajines cansados. No es porque ya después de tantos andares quieras recuperar los días perdidos, los años vividos, los deseos truncos. Porque de ser así, estaríamos de frente a los remordimientos, pesar por lo que no se hizo. Y la nostalgia, creo, es más bien una sensación a veces agria, a veces azucarada, sobre lo que ya no podrá volver. Lo cual también, en otro terreno, es digno de celebración. Como lo dicen los biólogos: “todo lo que nace es digno de perecer”.

 

Una historia de la nostalgia tendría que cubrir revoluciones y tantos intentos —frustrados unos, exitosos otros— de cambiar la sociedad. Y los cafés de la Ilustración. Y las palabras últimas de los fusilados o de los que iban a decapitar. Y el vertimiento de la sangre revolucionaria de Marat en la bañera. No sé, pero me parece que hay, además de rumores de mar y amores acabados, una inmensa nostalgia en los sonidos de las canciones napolitanas. Y no sé por qué cuando escucho ciertas arias operáticas o de zarzuelas, o una romanza como Una furtiva lágrima, creo que esa sensación como de soga que me oprime la garganta es lo que llaman la nostalgia.

 

Puede ser también que la nostalgia sea aquella manifestación sentimental que te hace idealizar lo que se escurrió, lo que se marchó sin darte cuenta, como la infancia (¡qué rápida es la infancia!) o los días de escuela. Tal vez cuando escuchás una cancioncita como la de Soy pirata, o hasta una canción virginal que entonaban las maestras de primaria en los mayos floridos (“Es María la blanca paloma…”), o te pica la memoria con cierto fastidio como el que sentía tras el término de las vacaciones y tu mamá, el día de comienzo de clases, te despertaba con “hoy volvemos a la escuela, anhelantes de saber…”, una tonada con música de una parte del Elixir de amor, de Donizetti.

 

En todo caso, no está mal la nostalgia. La misma que se expresaba en cartas, en los pañuelos de despedidas portuarias, en alguna cinta de Tornatore, en las músicas que sonaban antes de comenzar la película en el cine de barrio… Volvés, con ese sentimiento de dulzón pesar, a vivir en otra dimensión. Quizá con borrones, con vacíos, con sensación de estar incompleto. Porque la nostalgia también está hecha de olvidos. ¿Cómo no tener nostalgia cuando suena, digamos, Melodía de arrabal? ¿O Recuerdo, de Osvaldo Pugliese? Cómo no sentir que hay un desgarramiento, una especie de cuchillada, cuando se evoca la escritura de una cartita de amor adolescente.

 

Cuando vi por primera vez algunos originales de Van Gogh en un museo, sentí como si me devolviera a tiempos de antiguas lecturas y entonces no había manera de contener la lagrimada, qué vaina que te vean los demás llorando, como cuando lo hacías, solo, en una sala de cine al estremecerte con una escena de alta estética, o por una belleza en la composición, en los paisajes, con un primer plano, con una secuencia… O como cuando vuelven las canciones que tu madre cantaba, como el tango Silencio y todas las de Margarita Cueto. Qué diablos, la vida está hecha de faltantes, de desprendimientos, de lo que pudo haber sido y no fue y de lo que fue y ya no volverá a ser. Así es. Caldo de cultivo de nostalgias.

 

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Decía Fernando Pessoa que “no hay nostalgia más dolorosa que la de las cosas que nunca han sucedido”. Qué diagnóstico de penas. Qué radiografía pesarosa, desasosegada. Y, a su vez, irredimible. Como la imagen que creí haber visto de un cometa atravesando el cielo de la infancia o como la de haber volado y volado hasta despertarme con la sensación de que, en rigor, se trataba de una fiebre de turbulencias y sudores. Puede que haya nostalgias del ansiado carro que el Niño Jesús ni los reyes magos jamás me trajeron o del balón que no llegó a tiempo. La nostalgia es un viaje sin regreso.

 

De la figura de mi padre, que era un ser del Caribe, con músicas de mar, vientos y playas, recuerdo más que sus bailes de inmenso sabor, su modo de concentrarse hasta adquirir una apariencia de santón de la India en plena meditación cuando escuchaba el tango Niebla del Riachuelo, de Juan Carlos Cobián y Enrique Cadícamo. Parecía ir en un barco que a la postre naufragaría, o en una nao de mares y tiempos remotos:

“¡Niebla del Riachuelo!..
Amarrado al recuerdo
yo sigo esperando…
¡Niebla del Riachuelo!…
De ese amor, para siempre,
me vas alejando…
Nunca más volvió,
nunca más la vi,
nunca más su voz nombró mi nombre junto a mí…
esa misma voz que dijo: “¡Adiós!”.”

Y entonces, por su recuerdo, cuando lo entreveo en la distancia, en los años que no volverán, lo conecto con ese tango de barcos carboneros que jamás han de zarpar.

 

¿Qué es la nostalgia? Si me apurás, puede ser lo que le falta a la utopía para realizarse y dejar de serlo. Creo que las utopías, como diría un director de cine argentino, sirven para que uno camine (incluido el gesto de la mujer de Lot, que hay que mirar atrás, aunque se vuelva estatua de sal), sí, hay que mirar atrás para saber que a la postre uno está solo. La utopía, según se sabe, es un lugar que no queda en ninguna parte. Tal condición la hace atractiva y única. Y, como don Quijote, hay que caminar aunque no se llegue nunca a ningún destino. La nostalgia también es no llegar jamás a meta alguna, porque lo clave es el ir, es el tránsito, el viaje, ¡oh!, viejo poeta de Alejandría.

 

Nostalgia son los pasos perdidos, las voces esfumadas, los besos olvidados, las noches con serenata, la mirada triste de un perro callejero, una melodía con rayos de luna de Glenn Miller… Es la casa que no está y las imágenes de aventuras en cinemascope que ya son parte de la educación sentimental, con cómics y revistas color sepia.

 

Si me decís nostalgia (que en italiano me parece que suena más bonito) me sentaré otra vez en una silla de cine, en un teatro a la italiana, ya muerto, en un pueblo obrero y fabril que ya tampoco no existe, y cerraré los ojos para ver de nuevo las estrellas. Como cuando nos tirábamos en la grama a mirar el infinito cielo de la infancia.

 

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“Nostalgias de escuchar su risa loca…”, dice un tango de Cadícamo y Cobián

Un hombre partido por la mitad

(El vizconde demediado, un relato fantástico de Ítalo Calvino sobre el bien y el mal)

 

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Partido por un cañonazo, el vizconde se mueve entre el bien y el mal.

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Es posible que las imágenes más antiguas que prevalecen en la memoria, o en algún lugar indeterminado de la conciencia, sean las que se formaron gracias a antiguos relatos de infancia. Así pudieron quedarse, aparte de Pierrots, hadas madrinas, brujas y gnomos, otras más recordables como los ogros, los piratas, las islas desoladas y los mares con seres fabulosos en sus profundidades. En cualquier caso, aquellas historias, que ya en la adolescencia pueden estar más vinculadas a escritores románticos como Walter Scott, con sus caballeros y torneos, con sus cruzadas y castillos; a Verne, a Stevenson, y a un sinnúmero de autores que puede oscilar entre Poe y las aventuras de Emilio Salgari, son ahora, en apariencia, material de arqueología.

 

Aquellas historias, entre las que hay que incluir los libros de aventuras, tenían un fin, o por lo menos su efecto colateral era ese: divertir. También se les pueden atribuir otras propiedades maravillosas, como eran las de estimular el magín y las ensoñaciones. Y vienen a colación estas facetas de relatos que oscilan entre las noches árabes y los cuentos siniestros, porque en el caso del escritor italiano (nacido por accidente en Cuba), Ítalo Calvino, el mismo que inventó ciudades con nombres de mujer, su propósito era que el deber de un libro de ficciones, o como los que pertenecen en su caso a la trilogía Nuestros antepasados, era el de divertir.

 

Y de esa trilogía, su primer relato, que camina entre el realismo mágico y la literatura fantástica, es El vizconde demediado, publicado en 1952 por la editorial Enaudi, de Turín, y que antecedió a El barón rampante y El caballero inexistente. Las intenciones del escritor, nada perversas, más bien éticas o quizá morales, pues decía que si un lector compra un libro, hay que darle elementos para la gratuidad, para que pase un buen rato, eran, digo, las de proporcionar una lectura divertida. Y para eso, como argumentando su propósito, decía que un gran dramaturgo como Bertolt Brecht había afirmado que la primera función social de una pieza teatral era divertir.

 

“Cada encuentro de de dos seres en el mundo es un desgarrarse”

 

Y, en efecto, el arte, en sus distintas modalidades y dimensiones, debe divertir, aunque también, como se sabe, puede hacer pensar, razonar, sentir, especular y provocar. Una novela, por ejemplo, debe ser, cuando está bien hecha, una especie de fuente del conocimiento, o más aún, una teoría acerca de cómo se llega a conocer no solo la esencia humana sino todo lo que puede rodear al hombre, sus entornos, sus intervenciones, es decir, la naturaleza y la cultura. Calvino, con esta primera parte de su trilogía, se propuso contar una historia que funcionara, de un lado, como técnica narrativa y, del otro, que tuviera atributos para apoderarse del lector, como lo dijo en una nota preliminar del libro.

 

El relato fantástico, en el que el vizconde Medardo de Terralba va a una guerra contra los turcos (“había una guerra contra los turcos” es la primera frase de la obra), es una suerte de metáfora sobre las dos partes de un hombre —sus dos mitades—, y se instala en la ya larga tradición de la lucha de contrarios, de la dualidad o “binariedad”, que, aunque pudiera sonar maniquea, se divide entre bien y mal, en contrastes que van más allá del día y la noche. Un tipo al que un cañonazo otomano lo parte en dos, en forma vertical, en una simetría de espanto, es el que va a dominar la pequeña novela de Calvino, en una edad imprecisa, pero que va a estar adobada por las pestes, la lepra, (faltó la brujería) y la maldad.

 

La historia, narrada por el sobrino del vizconde, sucede entre aflicciones y miedos, entre los espantos de una batalla en la que hay destripamiento de caballos y de hombres, y en un tiempo en que también había altas dosis de intolerancia. Por algo se menciona a los hugonotes, que en Francia eran cortados a pedazos (como sucedió en la matanza de San Bartolomé). Y más que asuntos sobre cruzadas, una estrategia que tuvo el cristianismo más que para expandir su credo para acrecentar las tierras y otros dominios de los señores feudales, de cruz y rosarios, es una obra acerca de la tenebrosidad que esconde el hombre, de sus posturas crueles y destructivas frente a los otros.

 

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Contada en un tono entre aventurero y épico, Calvino evidencia sus influencias de viejas lecturas, como las que hizo, por ejemplo, de Robert Louis Stevenson, en particular de La isla del tesoro, en la que un personaje secundario como John Trelawney, el “Squire”, funge como médico, un extraño galeno al que parecen interesarles más las partidas de brisca que las curaciones de sus pacientes. Y también está, en la trastienda o entre bastidores, el capitán Cook, un histórico navegante inglés. Los anacronismos voluntarios (quizá haya alguna relación con Mark Twain, en particular con la novela Un yanqui en la corte del rey Arturo), son parte de la puesta en escena y los decorados.

 

Medardo, dividido en dos mitades, demediado, resto de un cañonazo de los infieles, debe sobrevivir para esparcir la maldad (la otra mitad, la buena, es en proporción, menor), porque en un buen tramo de la obra el sobreviviente, o resucitado, o salvado de un modo casi que inverosímil, ejerce, partido, su influjo maléfico sobre la población. Es un ser detestable y dominador. El Cojo, el Manco, el Tuerto y el Roto, así lo denominaba la gente, casi siempre víctima de su malévola personalidad, va expandiendo su nefasta presencia por los campos. La mitad mala de Medardo es como una devastación, una peste bubónica, una maldición. Sin embargo, como dirán en Pratofungo, aldea de leprosos, “de las dos mitades es peor la buena que la mala”.

 

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“Cada encuentro de dos seres en el mundo es un desgarrarse”, advierte Medardo. A su paso, las peras, las aves y hasta el cielo se parte por la mitad. Y siempre habrá una gran tensión en la medida en que el vizconde (o su parte malvada) aparezca por distintos lugares. Su enamoramiento, o quizá capricho, o su ejercicio del poder, lo conduce hasta una muchacha, Pamela, que es esencial no solo en el desenlace del relato sino en mostrar ciertas debilidades de la complicada mitad maléfica del noble, que bien pudiera ser un héroe de las sangrientas confrontaciones contra los turcos.

 

La obra tiene apartados extraordinarios, como el viaje de la nodriza Sebastiana a la ciudad de los leprosos. Y de cómo el doctor Trelawney parece temer a esa enfermedad que en algún tiempo se denominó un “castigo de Dios”. Hay, a su vez, una visión aterradora de estos enfermos, marginados y discriminados. El insospechado encuentro de las dos mitades de Medardo es otra faceta, en la que el lector puede apreciar varios fenómenos y, aún más, una crítica al matrimonio como institución o como sacramento, según se observe.

 

Y es precisamente el matrimonio, y el enamoramiento de las dos mitades de la misma muchacha, el que da salida a la trama, o pone la narración en tierra derecha. ¿Quién domina a quién? ¿La parte del malvado o la del bondadoso? El vizconde demediado pretende ser una representación de las luchas entre lo bueno y lo malo, entre la luz y la oscuridad, en un relato corto e intenso, en el que se puede encontrar en algún lugar de la campiña por donde ha pasado Medardo media rana, medio melón, media naranja…

 

El narrador, que apenas era un niño cuando en la lejana batalla partieron a su tío, carece de padres y no pertenece ni a las familias de los amos ni de los esclavos, y tendrá en el doctor una figura protectora y una suerte de imagen del padre. Trelawney, que habita cerca de un cementerio, se encontrará con la posibilidad de ver los fuegos fatuos y para el narrador estos serán otra forma de la aventura, cuando con el doctor marcha por los bosques a descubrir las llamas que brotan de los restos putrefactos de los muertos.

 

Sí, claro, puede este relato calificarse como un divertimento. Bien contado y mejor concebido. En casi todo estará presente la maldad del vizconde, esa que no perdona a nadie y que siente gusto cuando la ejerce. Y al final de cuentas, y con la dolorosa partida del médico en un barco del capitán Cook, el único que quedará incompleto será el narrador.

 

El de Calvino, ya a mediados del siglo XX, parece un experimento romántico, una manera de tornar, por ejemplo, a los relatos góticos, a las batallas medievales, a las sangrientas cruzadas y los misterios. Puede haber una pizca de Stevenson y de su Doctor Jekyll y Míster Hyde. El bien y el mal siempre serán tema de literatura, y de almas a veces tentadas por demonios o abrazadas por el fuego místico de alguna divinidad. En efecto, El vizconde demediado es un relato que divierte.

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“Así transcurrían nuestras vidas, entre caridad y terror”

Los disparos de Arizona Colt

(Un spaghetti western despidió al teatro Junín y otras historias antipatrimoniales)

 

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Más de cuatro mil localidades tenía el Teatro Junín.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Cuando vi en una vieja reseña de prensa que la última película que presentaron en el demolido Teatro Junín había sido Arizona Colt, los recuerdos, en un flashback cinematográfico, peregrinaron hasta un viejo teatro de Bello, donde vi en 1967 el filme protagonizado por Giuliano Gemma. Sí, un spaghetti western, de los tantos que entonces, en la infancia y en la adolescencia, vimos en las pantallas del Rosalía, el Iris y aquel bonito teatro a la italiana, diseñado por un italiano (Albano Germanetti), en el que, creo, nos enloquecíamos con los disparos del cazarrecompensas de esta ingenua película del Oeste.

 

Y entonces, con frenesí, la busqué y volví a verla, no porque se trate de una obra de arte, sino, ante todo, por ir tras la resurrección de un esfumado recuerdo. Retorné a las montañas monótonas, amarillentas, a veces ocres, a veces grisáceas, de una geografía imaginada por los productores y los escenógrafos, los pueblos de cartón, los avisitos del banco, el saloon, los jugadores de cartas en mesas de cafés atiborrados, los mostradores con whisky o con cerveza y los modos repentinos de sacar un Colt y disparar con inusual puntería y rapidez. Sí, casi todas las películas de esta índole son similares, los mismos argumentos, un bandido bueno, otro malo, y unas mujeres bellas que están dispuestas a jugársela por uno de ellos o a sucumbir ante la fuerza y la malevolencia.

 

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Afiche del filme Arizona Colt, un spaghetti western de los sesenta

 

Arizona Colt es la historia de un cazarrecompensas que, al principio de la película, está preso en una cárcel de un pueblo, al que llega el Gordo, un bandido mexicano, desalmado y rudo, que quiere reconstruir su banda de exterminadores y, para nutrirse de personal, asalta el presidio y libera a todos los presos. Uno de los que escapa es nada más y nada menos que el conocido de autos, Arizona Colt. Este se niega a hacer parte de la secta del implacable Gordo y ahí se inicia una confrontación que durará toda la película.

 

La banda tiene como objetivo asaltar el banco de Blackstone Hill, donde hay, claro, un sheriff, un saloon, unas calles polvorientas y unas muchachas atractivas. Y aunque todo es predecible en la película, que no deja de ser entretenida, hay momentos de alta tensión y no faltará el beso buscado al final de la película, que era, en los días de ensoñaciones y fantasías, una manera de estimular la gritería en el teatro, de provocar el berrido de “¡soldadura!” con el fin de que los “besanderos” se quedaran pegados en su “chupada de piña” y prolongaran la emoción de la sala.

 

A Giuliano Gemma, un tipo bien parecido, actor, doble cinematográfico y escultor, lo conocíamos por sus representaciones de Ringo (Una pistola para Ringo, El retorno de Ringo) y, como lo supimos años después, fue parte de la película El gatopardo, de Luchino Visconti. En Arizona Colt, filmada en 1966, se caracteriza un busca recompensas, de una increíble habilidad para desenfundar, disparar y tender emboscadas. Es un solitario. Un hombre que va. Alguien al que una mujer no puede detener. No es un tipo para quedarse a vivir en ningún pueblo.

 

En este western a la italiana, de paisajes áridos y desvaídos arenales, vuelan los disparos, hay dinamita, se agujerean sombreros a balazos y hay una vindicta. Nada nuevo bajo el sol de los desiertos y los pueblitos aislados. Y, a diferencia de otros filmes similares, los revólveres, los mismos de la fábrica legendaria de Samuel Colt, serán los únicos mencionados y nada que ver con la competencia de estos, los Smith & Wesson.

 

Volver a esta película, tras tantos años de haberla visto y olvidado, fue una suerte de reencuentro con un tiempo de cierta inocencia y mucha imaginación, la que, ante todo, nos proporcionó el cine y buena parte de las películas del Oeste, con John Wayne, Gary Cooper, George Peppard, Henry Fonda, Gregory Peck y una corte casi infinita de otros actores. Caballos, revólveres, sombreros, cinturones con balas y estuches, rifles en bandolera, el banjo, alguna armónica, las inmensidades desérticas, las bandas sonoras, revivieron con esta vuelta a tiempos que no volverán. Fueron parte de nuestra educación sentimental.

 

Hay que decirlo. No es tan “lata” (un término que usábamos para referirnos a películas hueso o malas) y tiene cierta candidez en su desarrollo y aun en sus locaciones sin despliegues imaginativos y más bien parte de un extenso lugar común. Y, en efecto, esa fue la última proyección que hubo en el desaparecido Junín, el colosal teatro parte del edificio Gonzalo Mejía, que, con el hotel Europa, era una obra de Agustín Goovaerts, el arquitecto belga que vivió y trabajó un tiempo en Medellín y Antioquia.

 

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El imponente Teatro Junín, parte del edificio Gonzalo Mejía, en Junín con La Playa.

 

La demolición, para construir ahí una especie de esperpento como el rascacielos de Coltejer, se inició el 7 de octubre de 1967, cuarenta y tres años después de su inauguración. Cuando se murió el vasto teatro, de más de cuatro mil localidades, ya era, como dicen testimonios de los penúltimos que en él estuvieron, un “pulguero”, venido a menos, como si a propósito lo hubieran abandonado a su suerte de arrasamiento y destrucción. Nada raro en una ciudad experta en borrar su patrimonio.

 

La víspera de su caída, el periodista Miguel Zapata Restrepo, director del radioperiódico Clarín y que después, a principios de los setenta fue alcalde de Bello, dijo: “Mañana empezará la pica a desmantelar el viejo teatro. La cornisa barroca que anunciara las luminarias aztecas del celuloide y que fuese testigo de tantos actos heroicos en el corazón de Medellín, no volverá a iluminarse más. El Junín ha cumplido su tarea y ahora sucumbirá como cuota de sacrificio ante el progreso…”.

 

El cronista no escapó a la mentalidad de época que confundía progreso con derribamiento de construcciones conectadas con la memoria, la historia y la identidad. Y, por lo demás, que gozaban de refinada estética y armonía en los diseños, acabados, composición y distribución espacial.

 

No creo que sobre decir, por otra parte, que ninguno de los teatros bellanitas sobrevivió a los cambios de usos del suelo ni a los ardides de la especulación inmobiliaria. Gajes del “progreso”. El que diseñó un arquitecto italiano (el Teatro Bello) lo desmoronaron para construir una entidad oficial horrorosa en su concepción y acabados. Un bodrio. Como dice un tango: “Muchachos, todo lo ha llevado el almanaque. / Todo, todo ya se fue”.

 

Me parece que Arizona Colt goza de un merecido olvido. Solo que un recorte de prensa visto en una interesantísima exposición llamada “Ausentes Teatros”, sobre los desaparecidos teatros Junín, Bolívar y el Circo España, me dispararon quizá la nostalgia, pero, ante todo, me despertaron las ganas de volver a mirar una película que ya tenía borrada. Y que, viéndolo bien, puede seguir para siempre en la tiniebla de la desmemoria.

 

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Arizona Colt, un filme de 1966 con Giuliano Gemma.

Flor de azálea, golondrina del amanecer

Canciones de otros días (2)

 

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Flor de azálea, la vida en su avalancha te arrastró…

 

Por Reinaldo Spitaletta

En las casas de antes, con patios y solar, y algunas con antejardín (aunque era este más escaso), las materas eran parte del decorado. Sembradas de novios, margaritas, hortensias y, sobre todo, bifloras y azaleas, adornaban el ámbito doméstico y daban alegrías a las señoras, incluidas tías y vecinas. Mamá, por ejemplo, gustaba, además de las de jardín, de las matitas medicinales y aromáticas y por eso tenía desde romero, albahaca, manzanilla, limoncillo, yerbabuena hasta la infaltable ruda. También colgaba penca sábila con herraduras y cintas a la entrada de la casa.

 

Y esta introducción floral y con perfumes de jardín viene al caso—o tal vez no sea el caso— por una de esas flores de abuela, las azaleas, de exigente cuidado, que, me parece, eran las más consentidas o mimadas debido a que, cualquier maltrato, las marchitaba. Por esos tiempos, cuando ni siquiera uno estaba pendiente de flores y menos de canciones para adultos, sonaba un bolero mexicano que tenía ese género de flor en su título, pero acentuado de otra manera, azálea. Sí, Flor de azálea, que me parece que la primera versión que escuché fue la de Los Panchos.

 

La canción, que sonaba en la radio con cierta frecuencia, se fue pegando hasta de las paredes y la letra se hizo conocida. “Como espuma / que inerte lleva el caudaloso río / flor de azálea, la vida en su avalancha te arrastró…”. Algo en ella era contagioso, no sé si eran los acordes de las guitarras, o la melodía, o las voces de los intérpretes, o las imágenes que provocaba. “Pero al salvarte / hallar pudiste protección y abrigo / donde curar tu corazón herido por el dolor”. A veces uno se quedaba alelado por esas palabras y no entendía cómo era que esa flor tenía el corazón adolorido.

 

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En general, por aquellas épocas no era que uno se detuviera a analizar letras, o a detenerse en frases, y así de pronto hubiera sido fácil pensar que esa flor era más bien una mujer de la noche, pero tampoco daba.

 

Después, en realidad no sé cuándo, me enteré de que el bolero, compuesto por Manuel Esperón y Zacarías Gómez Urquiza, estaba hecho para una muy bonita actriz mexicana, Elsa Aguirre, de la que Jorge Negrete, que le llevaba un montón de años, se enamoró. Estos chismes de farándula habría que adobarlos más con la inquina que María Félix, entonces todavía casada con el charro Negrete, le tomó a la muchachita, musa de la citada canción: “Quisiera ser la golondrina que al amanecer / a tu ventana llega para ver / a través del cristal”.

 

Con el paso del tiempo la pieza me fue gustando y está en mi repertorio de recuerdos. A algunas muchachas, y aun señoras, que tenían flor en su nombre las llamaba así: Flor de azálea, como una expresión de simpatía. Me gustaron distintas versiones del bolero, como la de Negrete (quizá la mejor), Javier Solís, Alfredo Sadel, Pedro Vargas, Roberto Sánchez y una de Toña la Negra, que es como una contestación al ya clásico bolero de cristales, alboradas y golondrinas.

 

Por estos días grises de noviembre he vuelto a escuchar el viejo bolero y recordado aquellos patios florecidos cuando el mundo todavía era de juegos y cuadernos de tareas. Y no sé por qué Flor de azálea me sigue pareciendo una canción de una dulce tristeza.

 

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Elsa Aguirre, actriz  mexicana, musa del bolero Flor de azálea.

Fisonomías de la imaginación

(Caras y caretas desde la adultez hasta la infancia y viceversa)

 

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Obra de Leonardo da Vinci

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

En casa se hablaba de fisonomías —y la casa pueden ser muchas casas, pero casi siempre se refiere a la de infancia, y a una sola, más como representación, como símbolo, aunque hayan sido varias—. “Yo soy muy fisonomista”, se le escuchaba decir a mamá cuando pretendía análisis de personalidad del vecino, o del lechero, o del tendero, y de no sé cuánta gente y, según ella, era posible determinar quién era, cómo pensaba, que demonios llevaba adentro, de acuerdo con la conformación de la frente, la nariz, algún rictus de los labios, la cumbamba… Era divertido. Muy fisonomista ella. Y así, seguro, nos examinaba y, aunque no lo llegué a saber, de pronto hasta era capaz de adivinar qué había hecho cada uno de sus tres hijos por la noche, antes de dormirse. Tal vez por eso, nos miraba temprano, con minuciosa atención, y a lo mejor pensaba que “este muchacho estuvo dedicado toda la noche a los malos pensamientos”.

 

Después, en los libros que íbamos descubriendo, había descripciones de rostros, muy meticulosas, fotográficas, retratos de palabras que transmitían toda una emoción y un acercamiento para que imagináramos, cada lector a su gusto, cómo eran esas fisonomías. Pasaba sobre todo en la literatura del siglo XIX, tan detalladora y descriptiva. Para seguir con lo de la casa, a papá, tal vez en contravía de las apreciaciones de mamá, le daba por establecer acerca de las caras de los santos que mamá acumulaba, en una iconografía escabrosa y más bien aterradora en paredes de cuartos y en la cocina, las perversiones que cada uno tenía. De san Expedito opinaba que, con certeza, había sido un mariconazo. Lo mismo de san Benito y san Ambrosio. A san Martín lo salvó, lo mismo que a san Pedro Claver, a los que le atribuyó, según sus apreciaciones, ser varones a carta cabal. No se salvaron ni el corazón de Jesús, uno que había en la sala, con un incendiado rostro que parecía con colorete y labial, ni otros cuadritos sobre agonías y purgatorios. Decía de las vírgenes que todas tenían la misma carita, y que no pasaban de ser pura apariencia. “Esconden alguna maldad”, apuntaba entre risas.

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San Expedito

 

Así que la fisonomía y sus atributos estuvieron en boga durante años en casa. Y era tanta la habladera al respecto, que a uno se le fue pegando y cuando estaba en la calle observaba las caras de los transeúntes, o de las señoras que iban a la tienda, y también la del tendero, la del carnicero, la de los vendedores de bastimento de la plaza de mercado. Creo que fue un ejercicio interesante de imaginación. Nada científico, claro. Pero que tenía sus atracciones. Las trasladamos después a los caminados. Y especulábamos sobre cómo sería cada viandante de acuerdo con su manera de transitar, de mover los brazos, si tenía los pies rectos o torcidos, hacia adentro, hacia afuera, en fin, era una simpática manera de perder el tiempo.

 

Seguro se trataba de la influencia del lombrosianismo decimonónico, que conectaba los comportamientos, en particular los agresivos, con las características del rostro, un determinismo absurdo y, si se quiere, ramplón. Sin embargo, había en esas visiones que estaban más del lado de lo fantástico que de la ciencia, aunque la ciencia tiene mucho de fantasía, asuntos como los que decían que si un hombre tiene cara más ancha que alta es un tipo tramposo y agresivo, o de ser cuadrada revestía un atractivo para las damas y bobadas parecidas, que llegaron en un momento a ser peligrosas en la sociedad, porque se supo de rechazos a aspirantes a un empleo por su frente amplia, o porque tenían determinados rasgos faciales, y hubo estigmas y discriminaciones. Lo de la casa era más un juego.

 

Un ejercicio que puse alguna vez en un seminario de literatura tenía que ver con las fisonomías. Cómo era la cara del Quijote y cómo la de Sancho, o cómo era el rostro de Jean Valjean y en qué se diferenciaba, por ejemplo, del de Thenardier o el de Javert. Se pueden dibujar los rostros de Madame Bovary y Ana Karenina; los de Úrsula Iguarán y Fermina Daza; los de Séptimus y Leopoldo Bloom… A veces imagino las fisionomías de Francisco de Asís y la de Zorba, o más aún, las del Libertador e incluso la del Cristo, tan desvirtuada casi siempre, tan kitsch y pintarrajeada. En cualquier caso, se puede apreciar en la cara quién es el que más ríe y quién el más amargado; el que ha sufrido persecuciones y el maltratado por la sociedad. Es como si fuera un receptáculo de las alegrías y los sufrires.

 

Y todo esto para decir que, hace poco, en una de mis peregrinaciones urbanas, me dio por mirar caras de gente vieja, más que todo de hombres de más de cincuenta o sesenta años y aún de mayor edad, y cómo serían de jóvenes (también el ejercicio se puede hacer al contrario). Es un divertimento y otro modo de darle trabajo a la imaginación, aquella facultad que no sé ya en qué siglo llamaron “la loca de la casa”. ¿Qué tanto de las facciones de infancia se conservan? ¿Cambia la nariz? Creo que lo que más prevalece es la mirada. Uno puede reconocer a alguien que no ve hace muchos años solo por la manera de mirar, así sus ojos estén ya vidriosos. Es, me parece, una señal particular de larga duración.

 

Inicié por Ayacucho, mientras ascendía desde la carrera Nariño hasta Suiza. De frente venía un hombre de andar sereno y daba la impresión de estar atravesado por alguna dificultad, según su cara de arrugas en el entrecejo y dos que le atravesaban la frente. Lo visualicé en un tiempo muy atrás, la piel menos quemada, limpia, con la energía en la mirada. Le armé rápido la que pudo ser su cara de ocho años, cuando iba el muchacho a la escuela, con cuadernos nuevos y la sonrisa antes de entrar al salón. Lo abandoné porque, detrás de este, andaba otro, de unos sesenta años, con actitud contenta, la nariz aguileña, los ojos más separados de lo normal si es que hay una “normalidad” en esa distancia. Estaba bien afeitado y de inmediato lo imaginé a los siete años, una cara limpia y de bien alimentado, ojos brillantes y la picardía en una risita del que acaba de hacer una pilatuna a sus compañeros de escuela.

 

Y así, hasta pasar por la estación Buenos Aires del tranvía y llegar a la acera del café Sol de Oriente. Me topé dos o tres viejos, a los que rejuvenecí en cuestión de segundos, les hice un flashback y los encontré radiantes, sin preocupaciones, y con una energía nueva, la vida apenas abriéndose hacia un futuro que estaba lejano. Y fue ahí, cuando reconocí en el aviso del viejo café, de ese café que en otro tiempo tenía billares y muchas iconografías de cantantes de tango y futbolistas y ahora es solo una decadente y reducida cantinita que da grima, caras de gente que ya no está y que alguna vez vi o detrás del mostrador o repartidas en las numerosas mesas, entre botellas y copas. Reconocí el tiempo como un juzgador inexorable, inflexible.

 

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A la vuelta, cuando sin requerimientos quirúrgicos ya había retornado a la niñez a no sé cuánta gente, me dije que el próximo ejercicio estaría hecho para envejecer a los jóvenes. Y me gustaría hacerlo con muchachas, las mismas que, con su belleza reciente, no imaginan cómo serán en cuarenta años o más. Tuve la impresión fugaz de que el tiempo andaba más acelerado que antes y que esas chicas envejecerían más rápido de lo que, por ejemplo, envejeció mamá, tan preocupada en otras épocas por decir que ella era una gran fisonomista, y que por esa condición se daba cuenta de quién era buena gente y quién no. Tenía introyectado, sin saberlo, a Cesare Lombroso, cuyas teorías tanto daño hicieron, sobre todo a los más feítos y mal parados que cuando había unos detectives municipales y otros agentes malucos les daba por detener a negritos, a desgualetados y carianchos por “sospecha”.

 

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Retrato de Miguel de Cervantes

 

Tornemos a la literatura. Cervantes, como es fama, fue un fisonomista de sí mismo, como bien lo muestra en su prólogo a las Novelas ejemplares: Este que véis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y esos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos extremos, ni grande, ni pequeño, la color viva, antes blanca que morena; algo cargado de espaldas y no muy ligero de pies; éste digo que es el rostro del autor de La Galatea y de Don Quijote de la Mancha…”.

 

Todas estas caras y caretas vinieron así, sorpresivas, en una caminata, en la que, sin proponérmelo, evoqué los días y la casa (o casas) de infancia, donde una mujer de rostro blanco con mejillas sonrosadas, nariz recta y proporcionada, ojos carmelitas, cabello rubio, cara redondeada con boca pequeña, y una voz embrujadora que lucía sobre todo cuando cantaba, nos habló de fisonomías y fisonomistas. Y, sin saberlo, nos estaba dando nutritivas recetas para alimentar la imaginación.

 

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Marilyn Monroe vista por Andy Warhol

Perfidia y sus acordes enamoradores

Canciones de otros días (1)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

El bolero Perfidia, de Alberto Domínguez, llegó una tarde en un caserón del barrio El Pedregal, de Copacabana. Afuera, había gardenias y no recuerdo qué otras flores. Adentro, en una sala, sentado sobre su silla de ruedas, don Alfonso Hernández, nuestro profesor de guitarra, nos dijo a Roberto Arismendi y a mí que nos enseñaría los acordes. Comenzó a tocarla y con su voz un tanto cascada la iba cantando: “Nadie comprende lo que sufro yo / Canto… Pues ya no puedo sollozar / Solo…Temblando de ansiedad estoy / Todos…Me miran y se van” … El profesor entrecerraba los ojos y luego, tras una breve pausa, comenzó a desgranar acordes. Me gustaron mucho. Era como si una puerta invisible se abriera para mostrar un mundo inesperado. Me pareció que lo mejor de esa composición era el acompañamiento, rítmico, seductor, que iba trasladándose por la guitarra, Do, La m, Re m, séptima de Sol, y de pronto la letra otra vez: “Mujer… Si puedes tú con Dios hablar / Pregúntale si yo alguna vez / Te he dejado de adorar / Al mar / Espejo de mi corazón / Las veces que me ha visto llorar / La perfidia de tu amor”.

 

Yo apenas miraba el paso de los dedos del guitarrista y luego observaba su modo de interpretación, él siempre con los ojos entrecerrados, y como si estuviera abrazando la guitarra, que me pareció por momentos que era una mujer. Llegaba el instante de ensayarla nosotros, sin el profesor. Nos decía dónde cambiar, cómo arpegiar, como tocar los bajos, y así nos deslizábamos por los trastes. Era un momento de concentración y gusto. En efecto, sentía uno como una reencarnación romántica, como si estuviera bajo un balcón en plena serenata, la luna con su lumbre en el asfalto, sobre la acera y una muchacha en lo alto asomándose por entre las cortinas temblorosas de viento y expectativa.

 

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Perfidia, un bolero de Alberto Domínguez

 

Después, Roberto y yo la interpretábamos. Ya el ensayo era en la casa del compañero, por La Pedrera, en una casa cercana al río Medellín. Fue una de las canciones que incluimos en el repertorio breve de una serenata por el barrio María, a una muchacha que él pretendía y de la que no retengo su nombre. Salió bonita bajo un cielo estrellado y sin luna.

 

En una visita, de las pocas que ya entonces (tal vez año 72 o 73) hacía al abuelo, un señor zarco y que siempre ocultaba su calvicie con sombreros de fieltro, habitante de una vereda de Rionegro, toqué los acordes de Perfidia en una vieja guitarra que casi siempre vivía colgada de la pared de tapia, en uno de los cuartos. Cuando sonaron no solo mi abuelo Marcelino, que en su juventud era bohemio y llevador de serenatas con tiple, lira y guitarra, sino su mujer (la abuelastra), Maruja, mucho más joven que él, se encantaron con los sonidos. “Qué bonito suena”, dijo ella. La canté y ellos se embebieron con la pequeña historia en ritmo de bolero.

 

Luego, en reuniones de amigos, o de un club juvenil que teníamos en Copacabana, la canción de Domínguez era muy popular. En casa de los Zapatas, de los Díaz, de Estelita la hija de un comerciante en telas, y así, Perfidia por aquí y Perfidia más allá. Era pegajosa y, hay que decirlo, sonaba bonito entonces (quizá todavía): “Para qué quiero otros besos / Si tus labios no me quieren ya besar…”. No sé cuándo dejé de tocarla y cantarla. Hizo parte de un tiempo de búsquedas y encuentros (también de desencuentros).

 

A veces escucho alguna versión y vuelan las imágenes de días lejanos que, desde luego, no volverán. No sé cuántas versiones haya de ese bolero tan popular. Me suena por Los Panchos, por Nat King Cole, por Javier Solís, por Sarita Montiel, por Alfredo Sadel… Sin embargo, en el recuerdo está siempre la de don Alfonso, el profesor que una tarde nos llenó de entusiasmo con esos acordes que a veces resuenan en la distancia y en algún sueño extraviado en la mitad de la noche.

 

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“Mujer, mujer, si puedes tú con Dios hablar…”

Un río a la deriva

(El Aburrá o Medellín, una corriente sin caché y sin juglares)

 

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                                                  “Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar…”
                                                                    Jorge Manrique

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Una antigua imagen de infancia muestra al río de aguas todavía claras, junto a vegas tupidas de cañaverales. El bus-camión muy cerca de la orilla y la mirada del niño escudriñando el mundo, por el que había letreros de lugares para la diversión, extensiones de tierra amarilla y rojiza, calles en ascenso hacia las laderas y el vehículo de pasajeros atravesando el río por un puente y luego otra vez enderezando hacia el norte para llegar a un parque de dos iglesias, pocos almacenes y casas grandes alrededor.

 

El río ejercía entonces una suerte de atracción por su corriente, en tramos cortos muy rápida y en otros —los más— lenta, de serenidad de remanso. No recuerdo si había areneros, esos hombres de orilla que, con la piel al sol (o al agua) extraían material de playa, ni si los niños de viviendas cercanas, que eran pocas, hacían barquitos de papel para que navegaran en esa corriente que todavía atraía por sus músicas sin pretensiones y el vuelo de aves blancas casi a ras de sus aguas.

 

En todo caso en ese río, que se estaba muriendo porque ya no tenía meandros, ni radas, ni curvas, ya no provocaba, como en las quebradas, tirarse en él para sentir el placer de una caricia mojada. La imagen más vieja, digo, era la de los cañaverales, de los mismos que en sus hojas con pelusa albergaban saltamontes y de sus tallos se extraían las varillas maravillosas para confeccionar el liviano esqueleto de las cometas.

 

De tanto verlo, el río se tornó invisible y quizá por eso no nos dimos cuenta de su muerte, de su turbiedad, de los trabajadores “entamborándolo”, de las oquedades o conductos que se abrían en el cemento inclinado y por el que brotaban aguas negras y toda la porquería de la ciudad. Y así se oscureció, sus aguas de pronto opacas, sucias, malolientes, provocaron arcadas y en tiempos de soles intensos su asqueroso hedor se sentía en los buses y supongo que en el tren que todavía se desplazaba a sus orillas, dejando con sus locomotoras de leyenda una estela negra de carbones en agonía.

 

El rio que atraviesa el vallecito, el que antes de la llegada de barbudos y tipos con yelmos y espadas vieron los aburráes o los que junto a él, más bien en altozanos, habitaban y lo tenían (y temían) como una corriente vital que los conectaba con las voces de deidades orilleras. Los indios atisbadores y previsivos se alejaron de él porque sus aguas eran rebeldes en los tiempos lluviosos y arrasaban con lo que junto a él estuviera. Lo amaron, lo adoraron, le tejieron alguna oración como lo hacían con los hilos para sus mantas y cobertores, o con el fuego, o con el aire. Con la tierra.

 

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¿Dónde fueron las ninfas y las náyades? ¿Y dónde sus peces muertos? Foto de Melitón Rodríguez

 

Ese río de claridades en días remotos se convirtió en un muerto largo cuando emergieron las chimeneas, las trilladoras, las fundiciones, cuando arribaron los telares y el vallecito se pobló de trabajos y afanes y la ciudad principal se colmó de peregrinos de todos los puntos cardinales. Y cuando el primer escritor de tiempo completo que hubo por estos andurriales industrializados, el que venía de Santo Domingo y le ganó de mano a quienes decían que esta tierra de comercios y oros no era para novelarla, le dedicó unas líneas al río, todavía este vivía. Y lo primero que dijo el cronista sobre esa corriente que aún respiraba con branquias y pájaros fue: “no tiene leyendas como el Rhin, ni sacros misterios como el Ganges”; y avizoró que después, cuando ya nadie se interesara en su discurrir, sería peor.

 

Si en sus tiempos bellos nadie, ningún vate, ningún cantor, recalcó sus dotes, ya putrefacto serían menos las posibilidades de poetizarlo. “Genios y ondinas desdeñaron sus aguas; ningún poeta le ha dedicado una estrofa” ni ha sido objeto de leyendas, supersticiones, ni habitación de duendes burlones ni de cantos de sirena (o, sí, las que tras la alborada del siglo xx, para la convocatoria de los obreros, para los cambios de turno, le brindaron las de las fábricas); un río despojado de encantos y de memoria.

 

Por sus aguas diáfanas de los inicios y del lento decurso de la villa no se deslizaron naves ni se atrevió ningún pirata. Un río de olvidos. Uno carente de musas. Río sin inspiración. Y así, cuando lo mató la civilización, sufrió aún más un exilio del corazón. Apenas era una referencia para decir que, al otro lado, hacia occidente, quedaba la Otrabanda, la que por tantos años era no solo tan lejana de la plaza mayor, sino extramuro inhabitable, región de ciénagas y pantanos, de zancudos y misterios.

 

Nadie le inventó una mentira, ni le creó una mitología, ni le concedió siquiera una manera de ser digno de un suicidio memorable. No como en el Sena, donde tantos, poetas y desconocidos, han decidido cortar sus relaciones con la vida. Ni siquiera tuvo el carácter de fuente poderosa que, como el salto del Tequendama, hipnotizara a los que se habían cansado de existir y decidían volar en la caída prodigiosa que varios cronistas judiciales elevaron a insuperable fuente de información.

 

El río Medellín, el antiguo Aburrá, el que más abajo cuando busca el mar al que jamás llegará con sus aguas sin historia, se llama Porce y Nechí, ha sufrido el desprecio de los artistas, de los juglares, de quienes ricos en imaginación no se dignaron otorgarle una pizca de su creatividad, y aun de los habitantes sin pretensiones de bardos o troveros. Ni siquiera los puentes, como el diseñado por Enrique Haeusler, en donde el último fusilado de la ciudad vio el ocaso definitivo, le han dado categoría de río fundador. Es más, son más célebres los puentes que la corriente que cruzan.

 

Es una corriente sin náyades, sin espíritus acuáticos, sin peces agoreros, sin siquiera la condición de sátiro tropical de un mohán. Va y va, pero nadie se bañaría dos veces en ese río. No convocaría a ningún griego antiguo a mirarse en sus turbias aguas. Solo vería oscuridad. Ni siquiera es un río del tiempo, nada de novela, nada de relatos, o puede que sí, pero más en la tónica de narrar la trayectoria del cadáver de algún asesinado o de la señora arrastrada primero por el torrente de una quebrada y cuyo cuerpo derivó en el río. Un río sin balsas doradas ni con un barquero a lo Caronte que nos conduzca al inframundo con sus arcanos indescifrables.

 

Este río del olvido, sin músicas sinfónicas como el que pasa por Praga, y sin narrativas y valses como el Danubio, es, con todo, nuestro río. Es aquel que salió del anonimato cuando diciembre lo atravesó con bombillas navideñas y guirnaldas eléctricas, y tornó al anonimato en enero, cuando ni siquiera los reyes magos le regalaron un calcetín con bombones. Le han faltado guitarras y la melodiosa voz de alguna contralto. Es más, es un muerto sin responsos.

 

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El río del olvido y las desolaciones. Foto Gabriel Carvajal.

 

Ya es un río sin serpenteos. Aunque, en otras épocas, cuando aún se creía en Santos Inocentes, se decía que un barco enorme, como salido de una narración extraordinaria de Poe o de Melville, había encallado en su cauce sin abolengo. Carrasca, en su crónica, tuvo la esperanza de una canción: “Mas nunca faltarán en tus riberas ni poesía ni hermosura: que por mucho que te dañen la simetría y el confort urbanizadores, nunca podrán avasallar del todo el desgaire armonioso de tu gentil naturaleza”.

 

Creo que el pronóstico no se cumplió. Al río Medellín lo avasallaron con excrementos y otras contaminaciones. Algún día, cansado y triste, puede ser que se devuelva a su origen y se seque para siempre.

 

18-X-2019

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Río Medellín, un río muerto entre una “civilización” que lo olvidó.

Una novela sobre lo inevitable

(El sueño de los héroes, de Adolfo Bioy Casares, el carnaval detrás de la muerte)

 

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“La promesa de lucha despierta el coraje”

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

  1. Destino ineludible con aire de carnaval

 

En una Buenos Aires (no tan fantasmal, por ejemplo, como la que se muestra en otra novela de Bioy Casares, Diario de la guerra del cerdo) en la que ya el tango y la hípica, además del fútbol, están presentes en las esquinas, los cafés, las calles y los barrios, sucede una misteriosa repetición de hechos, de historias paralelas, que desembocarán en el cumplimiento inevitable de un destino trágico, o un sino ineludible, fatal. En una Argentina que para la década del veinte era una suerte de potencia mundial en economía, sobre todo un granero y un proveedor de carnes, hay una situación boyante que pone en estado de sitio a la miseria que, en la década siguiente, se impondría sobre todo en los sectores populares.

 

El sueño de los héroes (1954), la tercera novela publicada por Adolfo Bioy Casares, del que su amigo Borges ya había dicho de La invención de Morel (1940) que era una novela perfecta, es una ficción que oscila entre lo fantástico y el realismo, mejor dicho, entre algo que inventaron los de Buenos Aires: el realismo porteño. ¿En qué consiste? Quizá en una mezcla de tango, sobre todo algunos de Gardel que le cantan a lo inevitable, como Adiós, Muchachos, y de diversas culturas de migrantes que promovieron una muy atractiva manera de ser de los de esa ciudad, misteriosa como bien la cantó Manuel Mujica Láinez.

 

Esta novela, de prosa impecable (bueno, se puede decir de Bioy que, aparte de talentoso escritor, creador de situaciones, conflictos y personajes, era un prosista de postín), pone en evidencia la trayectoria de un hombre que estará durante tres años de intensos hechos (el matrimonio, el carnaval, el tejido de acontecimientos que lo conducirá a tener una “prodigiosa aventura”). A propósito de prosistas, para Borges el mejor en lengua castellana era Alfonso Reyes, y en Argentina, Mujica Láinez (que en Bomarzo, por ejemplo, da una cátedra al respecto). Ser buen prosista no está conectado de necesidad con ser buen novelista. En Bioy, sin embargo, se reúnen ambas condiciones. Un privilegiado.

 

En El sueño de los héroes, conjugación de lo sobrenatural con lo extraordinario real, el lector tendrá una inmersión en barrios como Saavedra y Barracas, en cabarets como el Armenonville, en cafetines como el Platense, a la vez que obtendrá pase para estar en medio de corsos, mascaritas, murgas de carnaval. El de 1927 y el de 1930. Y es un acceso por una puerta medio encantada hacia unos acontecimientos en los que habrá desde un brujo como Serafín Taboada hasta un sujeto al que llaman el doctor, pleno de maldad y cálculo. Y se encontrará con un hombre como Emilio Gauna, que tiene suerte (y la suerte que, como dirá Discépolo, es grela) en el amor y en las carreras de caballo, que no será suficiente para enfrentar otros azares y contingencias.

 

En la obra hay un ambiente de muchachos de barriada, una especie de pandilla juvenil, de patota sentimental, que girará en torno a la figura del doctor Valerga, y, aunque de fugaz presencia, en Taboada, un brujo de buen talante. Y, además, un peluquero, que en la primera carnavaleada que se narra en la historia está presente. Valerga es un tipo canchero, al que los pelafustanes le tienen respeto y admiración. Y que según el desarrollo de la novela se irá configurando como un ser despreciable y sin sentimientos.

 

El destino ineludible de Emilio Gauna

 

La novela tiene varios puntos clave, como las noches de carnaval, sobre todo la de 1927, que marcará sin que el protagonista, Emilio Gauna, lo sepa, su destino imparable, inmodificable, el que se tejerá como si fueran los hilos de una mortaja y que llegará al culmen en las nocturnas del carnaval de 1930. Mientras tanto, habrá conversaciones, conjuras, paseos por bares, y se irá montando la palestra en la que, al final de cuentas, habrá un desenlace quizá previsible, aunque no carente de sorpresas y otras inquietudes.

 

Su logro magno puede estar en el tratamiento del tiempo, un tiempo de tango, de romance, de conversaciones, de inesperadas situaciones. Es una conjunción de futuro y pasado, con un presente que fluye y en el que el lector a veces puede estar como si fuera a saltar del trapecio. Es posible que encuentre en el camino frases que apuntan al desenlace en cierto modo imprevisto, como la que en algún momento pronuncia Serafín Taboada, un tipo experto en vislumbrar futuros: “En el futuro corre, como un río, nuestro destino (…) en el futuro está todo, porque todo es posible. Allí usted murió la semana pasada y allí está viviendo para siempre”.

 

En cincuenta y cinco breves capítulos, en los que el manejo de la tensión es un logro tremendo, El sueño de los héroes discurre como un viaje sin retorno, en el que, sin evidencias muy claras, hay una lucha por evitar lo inevitable, lo que ya no se puede modificar. En algún punto del futuro una situación difícil de gambetear está esperando. No valdrán las luchas, ni los intentos por desviar el cauce de los acontecimientos, o, en otras palabras, de lo que vendrá. Estamos frente a una novela que hace un tratamiento del tiempo, el ayer, el ahora, lo porvenir, con elementos que van diseñando la tragedia.

 

Hay, entre los personajes, uno, como Clara, la novia y esposa de Emilio, que aparece como una especie de lúcida seguidora de pistas que se atreve a prever lo que ya no tendrá remedio. Nada de lo que haga para evitar lo que ya está escrito en los invisibles libros del destino podrá modificar la historia. Y tendrá al tiempo como uno de sus obstáculos no tanto epistemológicos sino oscilantes entre lo mítico y lo real. Un tiempo al que no se le pueden hacer trampas. Imparable. Las carnestolendas han marcado el principio y el fin. ¿Qué esconden las máscaras? Y aunque no suene ese tango (Que siga el corso), en el que Gardel hace uno de sus mejores histrionismos, parece estar de trasfondo: “Decime quién sos vos, / decime dónde vas, /alegre mascarita / que me gritas al pasar: / “—¿Qué hacés? ¿Me conocés? / Adiós… Adiós… Adiós…”.

 

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Saavedra, barrio de Buenos Aires

 

  1. Tango, ciudad y muerte

 

 

Un atractivo más de El sueño de los héroes está en el tango. Y en algunos muy representativos del inventor del tango-canción, Carlitos Gardel. Uno, que aparece con frecuencia, es Mi noche triste, que en la novela lo interpreta Antúnez, como también lo hace con La copa del olvido. Esa música urbana, que en la década del veinte incorpora el barrio a sus aventuras y peripecias, que ya para entonces tiene la presencia de avances identitarios como la orquesta típica, a la que ya Julio de Caro le ha dado su partida de bautismo, digo que ese género que con Gardel alcanza niveles celestiales, está en la novela como un leimotiv. Y, además, como un actor que ayuda a tejer la trama y las puestas en escena.

 

Por toda la obra se desliza Adiós, muchachos, un tango creado en 1927 por Julio César Sanders y César Vedani, grabado ese mismo año por Gardel con las guitarras de Barbieri y Ricardo. “Adiós, muchachos. Ya me voy y me resigno… / Contra el destino nadie la talla…”. Está hecho, se pudiera aventurar la afirmación, para Emilio Gauna, un muchacho que todavía no ha acumulado muchos recuerdos y todavía desconoce tantas pesadumbres del existir.

 

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Cabaret Armenonville, la Catedral del tango.

 

En la novela, que está plena de sombras, de claroscuros, de umbrosas predicciones, el tango está presente en discusiones de gallada, como la que sucede en una tienda en la que, además, también se comenta de fútbol. En una de esas, se advierte que el tango, “discutido por el mismo papa en persona”, nació en Montevideo, y la conversa deriva en que si Gardel no es francés hay que reivindicarlo uruguayo, “ni para qué recordar que el más famoso de los tangos también lo es”. Y es cuando Gauna sale al quite y dice que por mal argentino que uno sea “no va a comparar esa basura (se refiere a La cumparsita) con Ivette, Una noche de garufa, La catrera, El porteñito, qué sé yo”.

 

Y así, en una charla de cafetín, se ponen sobre la mesa discusiones que oscilan entre lo uruguayo y lo argentino, tanto en fútbol, literatura, poesía, caballos y tango. En El sueño de los héroes hay una buena dosis de cultura popular, de lo que se habla y siente en la calle, de apuestas y otros juegos de azar. Es una obra que parece evocar aspectos de la Odisea, en este caso un viaje por el interior del carnaval por diversas geografías porteñas, y en las que hay un llamado a repetir un recorrido: el de 1927 tres años después.

 

La ciudad (otro motivo de tango), del mismo modo, está presente. Se pueden trazar cartografías del tour urbano que hacen los personajes, en los que aparecen las calles y los lugares con nombres propios. Así, por ejemplo, se puede bordear el zoológico para aterrizar en la Plaza Italia, y, al tomar el tranvía 38, recalar en el centro y pasearte por Leandro Alem, por la calle Corrientes y llegar a los cafetines de la Veinticinco de Mayo.

 

Están el centro y la periferia, y así como se puede ir a Villa Devoto también se puede viajar a Nueva Pompeya. Ah, y todo mientras se canta Noche de Reyes (un sangriento tango de Pedro Maffia y Jorge Curi, interpretado por Gardel): “Pero una noche de Reyes, / cuando a mi hogar regresaba, / comprobé que me engañaba / con el amigo más fiel”.

 

En esta estupenda novela, en la que no falta el suspense, el autor superpone tiempos e historias, de un modo sutil, artístico, en el que se advierte la pericia del novelista no solo en la caracterización sino en la arquitectura. Hay un narrador omnisciente que, en ocasiones, cede el paso a la oralidad, a los diálogos, a las conversaciones que le dan a la obra un tono de intimidad y acercamiento al lector, que a veces puede sentir que es una especie de voyerista. Desde el principio, con un tono en el que caben el misterio y la intriga, hay presencia de la seducción que se puede advertir en Las mil y una noches, además de la inclusión de una promesa que se cumple al fin de cuentas: “A lo largo de tres días y tres noches del carnaval de 1927 la vida de Emilio Gauna logró su primera y misteriosa culminación”.

 

Es una novela con cruce de caminos y de destinos. Está lo inevitable como un péndulo que oscila entre la vida y la muerte. Aquello que, por mucho que se quiera y se intente, es imposible de torcer. La suerte está echada.

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El tango Adiós, muchachos, es como un leitmotiv en esta obra.

Medellín, ¡cómo te siento!

 

Un aporte a la bibliografía sobre la ciudad. Un recorrido, combinación de historia, literatura y periodismo, por la geografía urbana, con paradas en el viejo Guayaquil, al cual se le dedican cuatro reportajes; una visión múltiple de reportero y de flâneur sobre la emblemática Junín, el parque Bolívar, los extinguidos cines del centro, poetas, cafés, barrios, calles imprescindibles. Un libro necesario para saber más sobre el pasado y el presente de una ciudad paradojal, a la que se ama y se odia, a la que se le cantan alegrías y a veces responsos. Así es Medellín, ¡cómo te siento!, de Reinaldo Spitaletta

(Editorial UPB, colección Club de Escritores, 288 páginas)