La aurinegra de aquel “potrero” de infancia

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Creo que la vi por primera vez en la manga[1] que había detrás de la escuela Rosalía Suárez. Desde un barranco, no muy alto pero que daba buena divisa, miraba a los muchachos un poco más grandes que yo que jugaban a la pelota, con porterías de piedra y unos sin camisa; los otros, los rivales, con revoltura de colorines en el “uniforme”. Uno tenía una camiseta amarilla de rayas negras verticales. Se destacaba no solo por su atuendo sino por los esguinces y me parece que, tras cada uno de esos dribles, al dejar regados a sus rivales, se reía. Vestía, como lo supe después, la camiseta del Peñarol, un equipo uruguayo que por entonces era muy mentado debido a sus conquistas en la Copa Libertadores de América. Lo sabíamos –lo del nombre y los triunfos— por las noticias que brotaban por un radio Philips cuya usuaria y oyente principal era mamá.

 

Son de esas cosas que uno no comprende de inmediato y tal vez nunca. No sabía cuál era el encanto de esa casaca que lucía el “perreador” de baldío de barrio que en cualquier caso era un gozón, se divertía con sus compañeros y no había en él burla sobre los rivales aparte de gambetearlos con facilidad y, por qué no, con una suerte de fantasía o prodigio que me dejaba alelado. Se reía sin ofender porque se sabía dueño de una facultad. No supe de dónde me venía aquel obnubilamiento por los colores y diseño de la camiseta que pudo ser de popelina o de coleta, nunca se supo, pero que al muchacho le iba bien. Días después, y en otra manga, una que quedaba cerca del “árbol de los gallinazos”, en rigor, un piñón de oreja, por el que muchas veces tuve que pasar de mañanita para ir a la escuela, vi a otro jugador con la aurinegra, que entonces no sabía el término ni tampoco que se trataba de los colores del Peñarol de Montevideo.

 

Me fui volviendo hincha, una designación que tampoco era de uso en aquellos días de descubrimientos, del equipo al que luego supe que lo llamaban los mirasoles. ¡Quería tener una camiseta como esa! Pasó el tiempo, muchos partiditos en potreros, en baldíos, muy cerca de quebradas, en la calle, y nada. Luego, también por injerencia de la radio y de vez en cuando de lecturas de ocasión o mejor de hojeadas de periódicos, se me fue pasando el gusto hacia el Independiente de Avellaneda, y todo también relacionado con la Copa Libertadores. Un día le dije a mamá que me consiguiera una camiseta y con los colores escolares le pinté en una hoja de cuaderno la del Peñarol, o, digamos una aproximación, un mamarracho simpático que daba cuenta en todo caso de mi obsesión. “Vamos a ver”, dijo. Y el asunto se olvidó. Bueno, no del todo. Yo seguía con mis ganas y ansiedades.

 

Ella, que tenía una máquina de coser Wheeler & Wilson, que rompía agujas y se enredaba a cada momento, un día compró varios kilos de retazos y entre la miscelánea llegó una tela amarilla. Cortó la camiseta y me la hizo, pero sin las rayas negras. El desconsuelo fue mayor. Pensé que hubiera sido más reparador si no hubiera hecho nada. Era una camisetica desmirriada, sin gracia, de tela ordinaria, a la que no le hice ninguna fiesta y más bien la dejé olvidada sin esperanzas de lucirla en ninguna faena de pelota. De súbito tuve la idea de pintarle listones negros, pero abandoné de inmediato la improvisación y la camiseta en los guardarropas se envejeció y no supe o no me acuerdo cuál fue su final. Nada raro que se hubiera utilizado para limpiar el poyo de la cocina.

 

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La locomotora Rocket, de George Stephenson, su inventor.

 

Más tarde, cuando empecé a escuchar comentaristas de fútbol de afuera, supe que el Peñarol tenía esa camiseta por los colores de una locomotora rocket, inglesa, que estaba pintada de amarillo y negro. El equipo estaba asociado a los ferrocarrileros. No sé cuánto tiempo pasó y me olvidé de la casaca uruguaya, es más, me estaba gustando más la del Independiente de la industrial Avellaneda. Pero en la adolescencia, cuando entré a un equipo de ascenso, patrocinado por una empresa de calzado, el empresario decidió que debíamos jugar con la aurinegra, la del Peñarol, y entonces recordé los días en que mamá no pudo confeccionarme una parecida y a los muchachos que jamás volví a ver, que la lucían en aquellos cotejos sin pretensiones en mangas que ya no son. Tampoco existe el descomunal piñón ni sus “goleros”. Y en esa zona, todo está sembrado de casas y edificios de desconsolado diseño.

 

En el Peñarol, que ya poco me dice, jugaron Obdulio Varela, Juan Alberto Schiaffino y Alcides Ghiggia, figuras heroicas del Maracanazo. El piñón de oreja, con sus gallinazos mañaneros y del atardecer, es cada vez un recuerdo más borroso y la escuelita ya no está. A veces, no sé por qué, siento una vibración interior cuando me llega de improviso la imagen de una camiseta amarillinegra, la misma que tenía puesta cuando en el equipo de la empresa de calzado marqué un gol de chilena, que de nada sirvió porque no clasificamos a la final.

 

 

11-V-2019

[1] Manga, en algunas partes de Colombia, se denomina a los solares, baldíos o canchas naturales para jugar a la pelota. Especie de potrero.

 

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Obdulio Varela, histórico jugador del Peñarol y la selección uruguaya.

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Las cabezas trocadas: placer a tres pieles

(Una novela de Thomas Mann acerca del exótico erotismo religioso)

 

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Imagen de la diosa Kali

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Nos vamos para donde los indios de la India y, dentro de sus complejidades religiosas, hacia su politeísta hinduismo. Nos vamos a entrar en los vericuetos de una leyenda india de la mano, las palabras y el cerebro de un narrador que busca oyentes, porque esta historia, más que para ser leída, es para escucharla. Las cabezas trocadas, novela corta de Thomas Mann, publicada en 1940, es la posibilidad de ver a un descomunal autor que se va hacia Oriente para desentrañar los misterios, si así puede decirse, de un triángulo amoroso entre una mujer de hermosas caderas y dos hombres, uno de 18 y el otro de 25 años, nacidos por segunda vez.

 

En sus Consideraciones de un apolítico, el escritor que a los 25 años ya había publicado su monumental Los Buddenbrook, dijo que “el ser humano no es solo un ser social, sino también un ser metafísico”. Y esta instancia o categoría es la que predominará en una novela que hunde sus reflexiones en una cultura milenaria, cuyas más antiguas raíces se pueden buscar en los épicos relatos del Mahabharata y el Ramayana. El karma, el destino, las encarnaciones, las presencias de dioses diversos, entre ellos, la sangrienta Kali, la de los dieciocho brazos, las castas, en fin, enmarcarán el amor de la esbelta Sita con Nanda y Chridaman.

 

Es una novela sobre el deseo y sus fatalidades. El erotismo que abunda en la obra está cernido por la piel, pero, igual, por los cuerpos y las cabezas. Es una historia “sangrienta y perturbadora” como dice desde el principio el narrador. Y, el lector, bueno, es decir, en otras condiciones, el escuchador, se podrá impresionar con el momento de mayor intensidad de las peripecias de los tres personajes clave: la autodecapitación, el descabezamiento de los dos hombres-amantes, y el trastrocamiento de sus respectivas “torres de control”.

 

Los dos jóvenes, diferentes en edad y casta, también en sus profesiones u oficios, se enamorarán de facto y al mismo tiempo de aquella deslumbradora mujer que se baña en una fuente, desnuda, provocativa, imposible de no despertar pasiones de turbulencia y provocadora de correntosas emociones. Chridaman, comerciante e hijo de comerciantes, será el primero en recibir esa descarga cuando, ambos, se topan con Sita. Nanda, herrero y vaquero, de cuerpo atrayente, es el otro lado del triángulo que tendrá igual a la belleza como una de sus características.

 

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El Mahabharata

 

El mundo tembloroso de los deseos se esparce desde el momento en que los dos jóvenes tienen la visión de Sita, y es un momento para dualidades como alma/imagen; apariencia versus realidad, inteligencia contra estupidez. Sita, la de ojos de perdiz, produce, sobre todo en Chridaman, un arrobamiento que embriaga, una suerte de enfermedad súbita por la muchacha desnuda, de perfectos miembros y una hermosura que puede causar desdichas o inmensas alegrías. O unas y otras al mismo tiempo.

 

Los dos muchachos, que desde el principio son uno para el otro, que cultivan una amistad que por momentos puede parecer sospechosa, cuando se toparon con un baño a orillas del Mosca de Oro, muy cerca del templo de la Señora de Todos los Deseos y Alegrías, se darán cuenta de que sus destinos son inseparables (sus cabezas, en cambio, sí pueden separarse). En esta parte del relato, hay un recorrido por paisajes de ensueño, “que príncipes y grandes reyes no lo hubieran podido tener mejor”. Entre perfumes vegetales y cantos de aves, aparecerá una muchachita que iba a cumplir su ceremonia de baño, su baño de pureza. La descripción que de ella realiza el narrador es arrobadora.

 

“Caderas deliciosamente trazadas que daban una amplia superficie al vientre; con nacientes pechos de virginal rigidez y un trasero de ostentosa prominencia, que se rejuvenecía más arriba en una espalda muy delgada y graciosa…”. En todo caso, la esbeltez de “ese trasero maravilloso” con la elasticidad “juncal de la espalda de hada”, entre otros atributos, hacían de la muchacha de la fuente una aparición celestial. Era, claro, Sita, la hija de Sumantra, cuidador de vacas, de la aldea llamada Hogar del Bisonte. Así lo dijo Nanda, en medio del arrebato que producía esta Virgel del Sol.

 

Las cabezas trocadas, una novela sobre el alma-cuerpo, acerca de los deseos como un modo de la relación con el Yo y el Tú, o, como lo dijo Chridaman, “todos los seres tienen dos existencias: una para sí mismos y otra para los ojos de los demás”, es un pequeño tratado acerca de las relaciones entre lo espiritual y lo material. Una ventana a la contemplación. A su vez, se pueden detectar cómo son los roles de las mujeres en las prácticas vedas, en las sociedades que están bajo las creencias del hinduismo.

 

Mann en esta obra (se la dedicó al eminente mitólogo alemán Heinrich Zimmer, experto en filosofías y religiones de la India) nos acerca con las sensaciones de la belleza física y metafísica al placer, al ejercicio de los sentidos en la búsqueda de regocijos de cuerpo y alma. Además, la posibilidad de meditar acerca de si es la cabeza o es el cuerpo el que domina en determinados momentos de la existencia. Y otra cosa, se puede hacer una lectura sobre el caminar, el peregrinar y sus significados. Como, al mismo tiempo, acerca de los hombres en soledad casi absoluta, como es el caso (patético muchas veces) de los eremitas.

 

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Se podría decir que, en esta obra de deslumbramientos de los sentidos y con énfasis en el cuerpo y sus circunstancias, la razón no es un huésped ni una invitada especial, porque, dentro de las religiones, y más en una como el hinduismo, no hay manera de ejercitarse. Hay asuntos en los cuales no cabe su dominio, porque muchas cosas están dadas por las leyes de las correspondencias, por las divinidades, por la predestinación, por los nacimientos y las muertes.

 

Por más inteligencia que se tenga, nada puede contra la voluntad de los dioses. Kali, fuente del ser, la “realidad última”, es una diosa destructiva, a la que hay que servirle con sangre. Y ella será definitiva en la erección y disolución final del triángulo de amor entre Sita, Nanda y Chridiman. La parte de las decapitaciones puede ser la de máxima intensidad en la obra, que, a partir de los sucesos de los descabezamientos y la resurrección de los descabezados, tomará por caminos insospechados. Y aquí puede hacerse una pregunta: ¿Qué tanto es el poder de la deidad o de qué dimensiones es la debilidad del creyente?

 

¿Qué es la cabeza y qué el cuerpo? Es una reflexión que hay que realizar tras leer la novela. ¿El placer es solo del cuerpo o también trasciende al espíritu? ¿Cuál es la relación entre espíritu y belleza? Una novela sobre el Yo y lo Mío, pero también sobre el Tú y el Otro. Y otra pregunta: ¿De quién es Sita? ¿De Nanda con la cabeza de Chridiman o de este con la cabeza de su amigo? Ambos la aman y la siguen amando después del trueque de cabezas y ella en la práctica es poliándrica, una situación que no se admite “entre seres elevados”.

 

Las cabezas trocadas puede ser, por qué no, una novela sobre los celos y, al mismo tiempo, acerca de la infidelidad. Todo atravesado por la presencia ineludible del deseo, de los delirios de la lujuria, de las ansias que a veces hacen doler el cuerpo. La llama ardiente de las atracciones fatales. Los miembros del triángulo saben o intuyen que después de la muerte tienen la expectativa de volver en otro tiempo a lo terrenal. El fuego final los torna a un estado de pureza, en el que ya no hay la sensorialidad placentera.

 

Qué piensa una cabeza en un cuerpo que no era el suyo. Entonces se pueden conjeturar sobre los destinos y cambios internos y externos, acerca de la desaparición (o, al menos, cambio) del sujeto, de la individualidad. Todos llegarán a ser uno. Y uno, todos. Es una novela sobre el “tres en uno” y la constancia final es inobjetable e ineludible.

 

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El buen burgués y gran escritor Thomas Mann torna en esta novela por sus inclinaciones hacia la belleza y sus significados, a las relaciones entre aquella y el espíritu. De qué está hecho el espíritu y cuáles son los ingredientes que componen lo denominado bello. “Hay una belleza espiritual, y otra que habla a los sentidos. Pero algunos quieren atribuir por completo lo bello al mundo sensorial, separando de él en lo fundamental lo que corresponde al espíritu, de manera que el mundo aparecería dividido polarmente en Espíritu y Belleza”.

 

Una última pregunta que puede flotar en la novela es ¿de quién es Samadhi, hijo de Nanda o de Chridaman? Puede ser que el eremita, el que al fin de cuentas, en medio de una especie de burletería, da el laudo final sobre los cuerpos y las cabezas, deba ser de nuevo consultado. Si Nanda y Chridiman, los dos son uno, es posible que el hijo de Sita sea de ambos, aunque ella lo deja en claro, dirigiéndose a Chridaman: “Tú fuiste mi primer marido, el que me despertó y me enseñó el placer, tal como lo conozco, y a pesar de lo que el seco santo recitara y decidiera acerca de la mujer y la cabeza, el frutito que llevo bajo el corazón es, sin embargo, tuyo”.

 

Esta novela desconcertante nos propone una discusión sobre los conflictos entre el arte y la vida, el placer y la culpa, la belleza y el espíritu. Con el ropaje de una leyenda de la India, la propuesta trasciende aquellas geografías de misterio para internarnos en los asuntos, más terrenales si se quiere, del cuerpo y su autonomía. Dos detalles: una nariz caprina y un rizo de “ternero de la suerte”, qué significación tienen en la obra. Acaso, al final de cuentas, Las cabezas trocadas puede ser una novela sobre la identidad. “Desocupado” lector, ahí le queda tareíta.

 

1-V-2019

 

 

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Una encantadora narración sobre una leyenda de la India

Cuadra de silencios y otras soledades

(Crónica con guayacán, consulta externa y pájaros alborotadores)

 

Antes hubo caserones que se convirtieron en parqueaderos y pequeños edificios.

 

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

¿Qué es esta cuadra? Si la comparo con aquellas de un remoto pasado, ahora durmientes en una inestable memoria con la propiedad —o quizá defecto— de poner bonito lo que era feo, de pintar de colores lo que ni siquiera tenía pintura, es apenas una soledad sin esquinas. Porque las esquinas, digo las de antes, las forjaban los muchachos sentados, o contra la pared, o de pies con una pierna en la acera y la otra en el pavimento, y tenían algún bar en el que jamás faltaron tangos. Y no había soledades. Al menos en uno. Porque, ya se sabe, la soledad es una manera de estar cuando los años te han enseñado a contemplar la vida y a aprender, con un poeta del Siglo de Oro, que “a mis soledades voy, de mis soledades vengo”. Y entonces ¿qué es esta cuadra?

 

Ahora, como vivo más hacia el adentro, la cuadra no está en el coto de mis jerarquías. ¿Cómo decían antes? Ah, sí, o de mis prioridades. No es como, por ejemplo, aquella de la carrera cincuenta, un camino hacia el infinito morro Quitasol, delimitada por una esquina en la que, en una casa de plancha, habitaba la muchacha más pretenciosa (así decía papá) que ni siquiera alzaba a mirar a nadie, menos a nosotros, a los que habían afamado (o difamado) las señoras, en particular doña Marta la de la tienda, como patanes, perniciosos, vagos y nada temerosos de dios ni del diablo. Y en la otra casa, con tejado español, una familia que, según las apariencias, había venido del campo.

 

En la otra esquina (así decían en boxeo) estaba, de un lado, el bar Florida, y, del otro, en el primer piso, una tienda de un tipo al que llamábamos el Llanero y, en el segundo, el habitáculo de una doña a la que no sé por qué le teníamos el sobrenombre de La Perra, habitante de una casa sin repellar y con tejas de asbesto. Y dentro de esos límites, había obreros de fábrica, muchachas bonitas, un señor que andaba con suavidad, la otra tienda, un solar tapado con una paredilla de ladrillos, en fin, que también habitó por allí una dama de trajes negros, muy nocturna ella, y sus hijos cuyo padre era el dueño de un circo.

 

 

Era una cuadra de fútbol, aunque este más que en el espacio sin asfalto, con calle que se embadurnaba de pantano tras las lluvias, lo practicábamos en la plazuela, ahí no más, en la cuadra siguiente. Entonces, para mayor precisión, era de futbolistas que tenían que jugar en la otra esquina. El listado es largo y no hace falta publicar la alineación.

 

Pero, esta cuadra de ahora, en la que habito hace nueve años, es un modo de la soledad. O de las ausencias. Al frente, y lo veo por el ventanal de la sala, hay un parqueadero, que alguna vez quiso ser un pequeño parque con bancas y jardín, rodeado de mallas. A veces, bueno, o casi todos los días, (la veo desde la ventana) llega una señora rubia con carro oscuro, abre las puertas batientes y va al edificio de enseguida, donde, supongo, en el segundo piso, habita su mamá. Ahí, por la acera que está al frente, se yergue un guayacán amarillo, al que arriman pájaros diversos, algunos estrambóticos y de otros mapas, con picos curvos, garras y muy bien emplumados. Hay meses en que sus hojas tapizan no solo el parqueadero de piso de cemento burdo y las aceras, sino la calle. Sucede igual, en otros momentos, con sus flores amarillas.

 

Después del edificio de ladrillo a la vista, hay una casa en la que ya no vive nadie en ella, aunque de día hay una fotocopiadora y cuelgan de una pared coloridos pendones con precios y servicios. Y hacia abajo, con antejardines en los que también hay laureles y crotos, una casa de dos pisos con una barbería en el primero; luego en casa grande y vetusta, una arepería, a la que se le pega otro caserón en el que hay una fábrica de pulpas de frutas. Y en la esquina, sí, en esa casa blanca con rejas, que fue inspección de permanencia, ya no vive nadie.

 

De este lado, o sea, en la misma acera de mi casa, que afuera, en el antejardín tiene un jazmín de noche (reemplazó a un viejo carbonero que murió de pie), una estrella de oriente y un limonero, hay una casa de dos pisos con balcón al que casi no se asoma nadie. En sus afueras crece una araucaria. Luego, en lo que hace años fue un enorme caserón, hay una institución de salud, solo de consulta externa y laboratorio, que, a continuación, en otro gigantesco lote (nunca vi qué casa hubo allí, pero por lo menos mide ochocientos metros cuadrados) tiene el parqueadero privado. Y sigue un edificio de tres pisos, más bien anodino y sin ninguna distinción. Después, una torre de veinte pisos, que puede ser una de las más feas de la ciudad, se eleva sin dignidad arquitectónica alguna, con apartaestudios y en los bajos una tienda de autoservicio. Termina esta parte de la cuadra con abundante casona en la que funciona un centro de rehabilitación de drogadictos.

 

Esta cuadra ancha, con aceras y antejardines, con árboles y arbustos, con uno que otro geranio y matas que llaman de la felicidad, está en el día atiborrada de autos y otros vehículos estacionados, aparte de los que discurren siempre hacia arriba, rumbo a los barrios altos. Es, hasta más o menos las siete de la noche, una cuadra con movimiento y traqueteo de motores. Por la mañana, si uno atisba por el ventanal, verá siempre, sin falta, excepto los domingos, peregrinos a granel que van buscando el centro de la ciudad, a pasos raudos, como si fueran a llegar tarde al trabajo o al estudio.

 

Árboles, ladrillo, asfalto. Una cuadra es más  que estos elementos. Foto Spitaletta

 

Por la noche, hay una transformación. La cuadra se aquieta en una soledad silenciosa. Una noche, como a las diez, escuché unos gritos. Eran los de un muchacho de a pie al que querían asaltar los de una motocicleta. “¡Me van a atracar!”. Me asomé a la ventana y prorrumpí en un “¡hey!, ¡qué pasa! ¡Ladrones!” El muchacho forcejeaba. No se dejó asaltar. Los rateros, como sorprendidos, emprendieron la fuga a los gritos de “¡gonorrea!”. El parrillero intentó tapar la placa con su mano. En los últimos tiempos, pasan mujeres y hombres rubios y muy blancos, sin duda extranjeros, y de vez en cuando monjas de hábito claro y un tipo moreno, barbado, con túnica a lo apóstol, roja y azul celeste, andando en sandalias.

 

En la esquina de arriba, diagonal al guayacán, y en la acera de mi casa, que voltea en su prolongación por la otra calle, hay un poste con una cámara de seguridad y el respectivo aviso: “Zona vigilada 24 horas”. Por las mañanas, se escuchan, cómo no, cánticos de diversos pájaros. Al atardecer suena la gritería de loros. Los martes y los viernes, por las noches, desfilan indigentes que abren las bolsas de basuras, las riegan en muchas oportunidades, se llevan el reciclaje y se encuentran sin saludarse. Hay un hombre, con dulceabrigo rojo, que en el día cuida y organiza los carros y motocicletas que llegan al servicio de salud. En un tiempo, olía en las mañanas a papas, buñuelos y empanadas de una cafetería que ya cerraron.

 

Si no fuera por los guayacanes (hay tres), los laureles y el frondoso arbusto galán de la noche (así también le dicen, aunque todavía no perfuma), sería una cuadra sin gracia alguna. Si quieren saber cuáles son los sonidos del silencio, pueden pasar un domingo después de las ocho de la noche. Es una cuadra para los que ya vivimos más hacia adentro que hacia el exterior. No hay niños y hace poco murió el vecino del primer piso, un ingeniero geólogo de pocas palabras y con apariencia de no querer seguir viviendo. No hubo aviso funerario y no sé dónde fueron las honras fúnebres.

 

Todavía por esta cuadra se escucha el pregón del mazamorrero y los alborotos de un carrito de helados con altoparlante. Pasa, antes del mediodía, de lunes a sábado, la señora que anuncia tamales a tres mil. Y dos veces a la semana, a mi puerta toca Aurora, una viejecita de bastón que vende inciensos y confites.

 

Guayacán y silueta de edificio. Foto Spitaletta

 

A diferencia de aquella antigua cuadra de estropicios, con muchachas de minifalda y obreros de factorías textiles, gritos de fútbol callejero y señoras de chisme a flor de piel, por acá no hay saludos de puerta a puerta ni de ventana a ventana. Y, en rigor, no sé cómo se llama la señora rubia del carro oscuro, ni su mamá, ni los que habitan en el primer piso en diagonal (una señora amonada y su marido), ni los de enseguida, ni la señora de las fotocopias. Solo sé el del caballero del dulceabrigo rojo, el de uno o dos taxistas y los de la viuda y los dos hijos del señor que dejó de vivir para siempre en esta cuadra.

 

21-IV-2019

 

Esquina bajo el aguacero. Foto Spitaletta

 

 

Meursault o el hombre absurdo

(El extranjero como símbolo del descalabro de la razón y del sujeto)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

I.

 

En El Extranjero, de Albert Camus, novela publicada en 1942, hay, a escala, una representación del destino de Europa en dos guerras mundiales, la pérdida de la identidad del sujeto, el hombre convertido en una pavesa “al viento y al azar”. Es la simbolización de la apatía, del ya no me importa nada después del acabose. Hay en el protagonista de esta obra breve —que también, como otras muy famosas por sus primeras palabras, tiene un comienzo que trastorna al lector— una indiferencia por el transcurrir de las cosas, por la vida, por sus contradicciones. Meursault, un tipo sin ambiciones (así se lo dirá el patrón en algún momento cuando le propone irse a trabajar a París), es, por si hubiera dudas, un inyectado por las agujas hipodérmicas del desdén.

 

La novela, con una estructura temporal que avanza en presente continuo, dividida en dos partes, comienza de un modo en el que se expresa una duda, una aparente despreocupación por un hecho si bien no fundamental, sí singular en la vida de alguien: “Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé”. Y en este encabezamiento hay una especie de condena, de actitud impasible, de aparente desprendimiento del mundo, que a un hombre como Meursault, despojado de prejuicios, lo puede perjudicar y hundir en el fango de las desventuras.

 

Habitante de Argel, el telegrama que le anuncia la muerte de su madre, lo hará viajar ochenta kilómetros en autobús a Marengo, pueblo donde está el asilo en el que él internó a su madre, cuando ya ninguno de los dos tenía nada que decirse. El extranjero, como el lector lo verá, es también una obra sobre la comunicación o, más bien, la falta de ella, con silencios y actos en los que la pronunciación de determinadas frases puede ser usada en contra del hombre que, en superficie, no exteriorizó ningún dolor ante la muerte de su mamá y, por el contrario, se mostró sereno, sin síntomas de ninguna pena. No es un tipo convencional.

 

Meursault —gran observador— padece una especie de extrañamiento del mundo, aunque para él, todavía un hombre joven, la culpa no es un tormento. Ni siquiera es una posibilidad de desequilibrio emocional. La novela, narrada en primera persona (Meursault es el narrador-protagonista), muestra en su antesala al hombre en medio de ancianos, del féretro de su madre, del director del asilo y de la vejez como un escalón muy próximo al final. Todo lo que en esta fase se dice tendrá, después, un sentido (¿un sinsentido?), y más aún, una consecuencia. Fumar un cigarrillo muy cerca del ataúd de la mamá, tomar café con leche, no derramar ninguna lágrima, no aparentar ningún dolor por la ausencia definitiva de su progenitora, serán marcas que prevalecerán en el desenlace de la historia.

 

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“Pues bien, habré de morir. Antes que otros, era evidente. Pero todo el mundo sabe que la vida no vale la pena de ser vivida”.

 

Meursault (¿un hombre absurdo?) es la caracterización de un ser que al menos en la vida exterior es un despreocupado. Sabe que, aun sin creer en ningún dios, de tener una visión del trabajo como si fuera una irremediable condena, el mundo seguirá. Y él no podrá cambiarlo. Existe en su condición un destino ineludible, una intrínseca forma de no poder eludir nada. Así se irán concatenando circunstancias, hechos, sociabilidades, encuentros, casi todos en un mundo estrecho, en el edificio de inquilinato donde habita, en la oficina, en las relaciones con María (antigua compañera de trabajo y sensual amante), Raimundo, un sujeto que vive de las damas, como si fuera un cafishio; Salamano, el viejo del perro sarnoso; Celeste, el dueño del restaurante… Todos son parte de una retícula, de una azarosa predestinación a la que no se le pueden hacer esguinces. Como en una tragedia de Sófocles.

 

Meursault sabe que ninguna muerte, ni siquiera la de su madre, cambiará nada. Ni acostarse con María. Ni servir de testigo a Raimundo para salvarlo de un juicio por maltrato a una amante. Quizá por eso, es un hombre que no se interesa por ningún cambio. Tal vez, aunque más que las palabras son los hechos los que lo van pintando, no es de los que se preocupa si las cosas siguen como están o no. Y, como el lector descubrirá, el amor no está hecho para él. Llega y listo. No hay una voluntad de alterar el curso de los acontecimientos.

 

¿Por qué debe alguien sentirse desgraciado con la muerte de su madre? Es una pregunta que flota en el ambiente y puede ser que hasta la pronuncie un cercano a los eventos. En este punto, puede ser interesante conectar El extranjero con El mito de Sísifo, de Camus, que es un planteamiento acerca del absurdo, con una hipótesis clave: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía”.

 

¿Cuál es el sentido de la existencia? ¿Tiene vigencia la razón después de la catástrofe de las dos guerras mundiales, de los campos de concentración, del exterminio del hombre por el hombre? “Lo absurdo nace de esta confrontación entre el llamamiento humano y el silencio irrazonable del mundo”, como se plantea en el libro El mito de Sísifo. Y estos avatares, estas sensaciones y preguntas se expresarán en un personaje como Meursault, a quien la existencia o inexistencia de Dios no le interesa ni es una preocupación vital. Da lo mismo.

 

¿Y qué tiene que ver Meursault con Sísifo? Este personaje de la mitología griega, cantado por Homero, es condenado por los dioses a subir sin cesar una piedra hasta la cima de una montaña desde donde la roca volverá a bajar por su propio peso, haciendo que ese trabajo, esa labor del “proletario de los dioses”, fuera inane y se convirtiera en un eterno subir y bajar. “Trabajo inútil y sin esperanza”. Y la meditación de Camus va hasta encontrar que Sísifo es un héroe absurdo, “tanto por sus pasiones como por su tormento”. Está condenado a no acabar nada. A repetir una tarea siempre inconclusa, pero que, en el trayecto, sobre todo de vuelta para reanudar su pena sin fin, podrá reflexionar, tener nociones del tiempo, acceder a una conciencia sobre su atroz castigo. Y ahí, entonces, Sísifo será dichoso.

 

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II.

 

En la novela de Camus el calor, el sol, las metáforas sobre espadas de luz, sobre espadas ardientes, las arenas playeras, son una clave para determinar algunos comportamientos del protagonista.  El sol de Argel, un sol obnubilante, fabricador de sofocos, ¿un sol de justicia?, puede penetrar en el cerebro, quemarlo, ponerlo a delirar y luego hacer que un hombre que padece de extrañamientos dispare una vez, y después cuatro veces más, contra un árabe que ha esgrimido un cuchillo en una playa fatal.

 

Y antes del crimen, hay una serie de hechos, de amarres literarios en pro de la narración, de situaciones que conllevan a que un domingo trágico María, Raimundo y Meursault vayan a visitar a Masson, dueño de una cabaña. Y que por allá, en medio de los paseantes, estén unos árabes, entre ellos el hermano de la muchacha que Raimundo oprobió. Un cúmulo de circunstancias, de miradas, de encontrones, de ganas de venganza se irá tramando. Y el sol, como un leitmotiv, pero a su vez como un elemento perturbador, enceguecedor, estará acompañando la irremediable construcción y desenlace de la tragedia.

 

El sol resplandeciente, quemante, atronador. Con rojas fulguraciones, como una metáfora de sangre, como símbolo de la muerte y la violencia, estará calentando el cerebro de Meursault, que no podrá “vencer al sol y a la opaca embriaguez que se derrama sobre mí”. Y en esa primera parte de la novela, en la que el protagonista se pinta como el dueño de una ilimitada indiferencia por la vida, se vuelve a sentir con su canícula el sol, el mismo sol del día en que él enterró a su madre. No podrá librarse del sol ni de sus brillos enloquecedores. Es un condenado sin redención alguna. Un oficinista opaco que, de pronto, se ve transmutado en asesino. Qué absurda es la existencia.

 

Todo está planeado (¿por los dioses? ¿por las circunstancias? ¿por el inexplicable destino?) para que Meursault se convierta en culpable, en asesino. El extranjero es una obra en la que, más que calor, hay un resplandor que ciega la razón, un encandilamiento de los sentidos, un ineludible camino hacia la desgracia. Y así, el hombre-absurdo, el que lleva una vida sin muchos paisajes, entrará en los terrenos pantanosos (también pueden ser arenas movedizas) de la ley y sus mecanismos.

 

En El extranjero hay una particularidad: Meursault, tras el asesinato, se metamorfoseará. La segunda parte es como un despertar, una adquisición de conciencia y un apuntalamiento de las creencias y convicciones filosóficas de un ser que se enfrenta a un sistema envolvente. Sabe que no hay esperanzas. Es otro Sísifo. No tiene nociones del tiempo. Sentirá que todo es como un día, una repetición, una incesante permanencia en la celda. La misma espera. El mismo transcurrir, el mismo estar. Al principio, tendrá pensamientos de hombre libre; después, ante la opresión del encierro, sus pensamientos serán de presidiario.

 

“Todos los seres normales habían, más o menos, deseado la muerte de los que amaban”

 

En aquella detención sabrá que la ley está “bien hecha”. Que contra ella no procede nada. La instrucción durará once meses. Y el hombre, que recibe una visita carcelaria de María, sabrá que no hay salida. Se enterará de la mediocridad del abogado defensor y de la suficiencia del acusador. Pondrá contra las cuerdas al cura, que queda como un entrometido, como una suerte de marioneta religiosa, un pelele de la sinrazón, y se dará cuenta de que la vida no vale la pena de ser vivida. A nadie le importa si mató a un árabe, pero sí es muy sospechoso y denigrante su comportamiento desusado ante la muerte de su madre, su falta de dolor, su ida a un cine con María para ver, pocas horas después de enterrar a la señora Meursault, una película del cómico francés Fernandel…

 

El extranjero es una novela que quema. Todo en ella está bien urdido, sin espectacularidades verbales, con tasa y medida de conexiones, de pistas, de entrecruzamientos de causa-efecto. Apenas lo necesario para montar un tinglado de tensiones con una narración de impecable factura literaria. El acusado, que sabe que no hay desgracia completa, aspira a la apelación, pero, en el fondo, presiente la condena. Sabe, sin decirlo, que es una representación del Mito de Sísifo, como una reencarnación de aquella entidad griega. Un ser que, en la segunda parte de la obra, se abre a la luminosidad del conocimiento.

 

Meursault, ante la ley y ante la sociedad, es un desalmado. Un ser indolente. Una especie de cínico que puede hacer tambalear creencias, el estatus quo, lo establecido, las convenciones, la moral. Y así no merece vivir. Es un peligro. Solo la guillotina lo redimirá. Y librará de riesgos a los demás. Después de todo, de que la cuchilla (la ducha fría) “haga justicia”, el sol de Argel seguirá alumbrando.

 

(Reseña a propósito del Seminario de Novela Europea siglo xx)

 

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“No creo en Dios, me aburre”.

Mamertos del mundo, uníos

(Origen y metamorfosis de la palabra mamerto en Colombia)

 

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Líderes del proletariado mundial. Marx, Engels, Lenin, Stalin, Mao.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

La muchachita, medio arribista y esnob, se infla los carrillos (o los desinfla) para decir, sin dársele nada: “ese man es un mamerto”. Y con acritud lo expresa alguna cara de palo de la “godarria” más rancia y reaccionaria, que hasta el propio Laureano se sonrojaría por tan extremas ideologías ultraconservaduristas, y sí, damas y caballeros, lo dice como si estuviera a punto de un orgasmo, no, no, más bien de un ataque de histeria: “¡mamerto!”. Puede ser la misma señora que se hizo famosa por haber pronunciado una frase tonta y sin gracejo alguno: “estudien vagos”.

 

A cualquiera que exteriorice cuestionamientos al orden (más bien desorden) neoliberal, al gobierno, a los partidos clientelistas y corruptos, quien se atreva a criticar a un sujeto que se cree el “mesías”, pero no el de Händel (ni siquiera el de la trilladora Handel, tan cara a López Michelsen), sino uno que ahora anda diciendo que las masacres deben ser con “criterio social” y al que algunos llaman “Él”, y otros —menos crípticos— el Innombrable. Bueno, el cuento es que si vos te ponés a “dar de baja” el discurso de la privatización de lo público, de darle madera al paramilitarismo y sus adláteres (los de la parapolítica), bueno, si estás controvirtiendo al poder y sus lacras, pues sos un mamerto.

 

Lo dice la señora de rosario de seis y la otra que cree que todo el mundo se va a “homosexualizar”, y la de allá, que dice que a las muchachas las quieren volver lesbianas, y así, en medio de la “propaganda negra” (ah, y por qué negra y no blanca o mestiza, o de otra tonalidad, “etnia” o condición), los que tienen sentido crítico y no tragan entero, no son parte de la grey desconcertada ni ejercen la “servidumbre voluntaria”, esos son ¡mamertos!

 

En cualquier caso, la palabra se volvió sinónimo de izquierdista, de comunista (no siempre disfrazado), de progresista, pero, a su vez, según la óptica derechosa, de bobote idealista que cree en utopías y sueña con la revolución social. “Ay, mamerto”, dice el gomelo. “¡Gas, mamertos!”, se le oye rebuznar a cualquier doña burguesa apergaminada que la cogió la tarde para ir al te-canasta o a tomar el “algo” al club de exclusividades. Sí, esos que están en el mitin; los que marchan; los que gritan consignas; los que paralizan el tráfico; los que convocan a plantones en solidaridad con los desplazados por la violencia; los que apoyan la minga indígena; aquellos que están por la prevalencia de la educación pública e impulsan una educación científica y popular, bueno, esos son los mamertos.

 

Se sabe que las palabras, en su uso y desuso, en sus ascensos y bajadas, van cambiando. Llegan nuevos significados y desaparecen los viejos. Son los gajes del lenguaje. Sus dinámicas. El origen del término en Colombia está conectado con varias circunstancias históricas y con una colectividad, el Partido Comunista Colombiano, el mismo que se fundó por allá en los años 30 y al cual López Pumarejo denominó, no sin ironía y guasa, el “partido liberal chiquito”. Ese mismo partido que, en las elecciones de 1946, apoyó a Gabriel Turbay y le dio la espalda a Gaitán, con quien tampoco comulgaron con su visión antiimperialista.

 

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El santoral católico  tiene varios San Mamerto.

 

Cuando se estableció el Frente Nacional, una alianza liberal-conservadora, excluyente, en la que los dos partidos tradicionales se alternaron en la presidencia y el poder, la izquierda, hasta ese momento representada mayoritariamente por el Partido Comunista, quedó al margen. Ya se había extinguido la guerrilla liberal, surgida en los primeros años de la Violencia, en los tiempos de la tiranía de Laureano Gómez; y los amnistiados por la dictadura (otros dicen que era una dicta-blanda) de Rojas Pinilla, muchos ya habían sido asesinados.

 

Con el influjo de la Revolución cubana, el surgimiento de nuevas tendencias de izquierda en oposición al bipartidismo ya era en los sesenta un paisaje de diversidades ideológicas, como la guerrilla del MOEC, fundada en 1959 por Antonio Larrota, y después, tras los bombardeos a Marquetalia, el Pato y Guayabero durante el gobierno de Guillermo León Valencia, la aparición de las Farc en 1964. Por aquellos mismos tiempos, surgieron otras guerrillas como el Eln (con significativa presencia de sacerdotes) y el Epl. La izquierda legal seguía representada por el Partido Comunista Colombiano y, a fines de los sesenta, surgió el MOIR (Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario), como un desprendimiento y transformación del MOEC.

 

El Partido Comunista, que seguí lineamientos de la Unión Soviética, se tornó en una colectividad revisionista. En las universidades tenía la presencia de sus juventudes (la JUCO) y, por lo demás, en su táctica establecía la “combinación de todas las formas de lucha”. Su secretario general, Gilberto Vieira, y la dirigencia y militancia, participaban en elecciones, cuando el movimiento armado se había declarado abstencionista (“abstención beligerante”). Y fue entonces, ante los comportamientos vacilantes de los comunistas línea Moscú, que los de la otra calle los comenzaron a llamar “mamertos”.

 

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Gilberto Vieira, secretario del PCC, acompañado por García Márquez.

El calificativo tenía origen en que los comunistas se “mamaban” de ciertas lizas, no participaban, o eran moderados frente a lo que se consideraban las luchas por la revolución colombiana. Y entonces se les endilgó el apelativo: mamertos. Porque, como advierte la lengua popular, “para el mamón no hay ley”. Bueno, digamos que mamerto rimaba con Gilberto. Y así se estableció, entre la segregada izquierda, la armada y la no armada, esa “chapa”.

 

A veces, en las universidades y en otros espacios públicos, había literales garroteras entre los militantes del PCC y los activistas del MOIR. En sus coros y diatribas no faltaba de parte de los moiristas hacia los comunistas el término que hoy se usa para señalar a toda la izquierda; o para decir en estos tiempos, como también se ha escuchado en las universidades, sobre todo entre estudiantes facilistas y de protuberante pereza mental, que un documento o un libro gordo es toda una mamertiada (como sinónimo de aburrición, ladrillo, qué pereza leer eso tan largo, cositas así).

 

En los debates políticos e ideológicos de los sesentas y setentas, la izquierda radical y foquista, la que no participaba en las lizas electorales y estaba por la lucha armada, consideraba que la otra izquierda, la más mesurada, la que hablaba del frente amplio y la construcción de alianzas programáticas con otras tendencias, no era parte de la revolución. Eran los “electoreros”, así no más, mamertos. La palabreja se usó hasta los ochentas en esa dimensión lingüística, con el criterio de que los del PCC eran los “mamertos”.

 

No sé cuándo el sentido cambió. Pudo ser después de la caída del muro de Berlín y la Perestroika. O quizá tras la “discurseadera” de la posmodernidad y otras yerbas. Cambiaron los relatos y correlatos. Se transformó la Guerra Fría, se diluyó el socialimperialismo soviético. Surgieron otras narrativas. Y, por lo demás, muchos izquierdosos recularon y se mimetizaron en la oficialidad. Otros renegaron de sus creencias, en particular los que eran más “botafuegos”. Los cooptó el sistema, cuando no las filas de las mafias del narcotráfico.

 

Después del dos mil, con la presencia neoliberal del uribismo, con su reelección, con los procesos de la yidispolítica, la extensión del paramilitarismo en Colombia, que desde los ochenta ya era una amenaza en diversas partes del país, con el reino del “todo vale”, con la macartización que con distintos mecanismos, unos sutiles, otros abiertos y violentos, se hizo de la izquierda, el terminacho de mamerto surgió como un señalamiento hacia los que pensaban distinto a los nuevos capos de la política (mejor, de la parapolítica y otras corruptelas).

 

Burla burlando los partidarios del autoritarismo, de la vulgaridad y la cultura mafiosa devenida estilo político (o politiquero), nombraron como mamertos a los discordantes. A quienes estaban en la otra orilla. Es que ni siquiera era ya para designar a la izquierda, sino para liberales y personalidades democráticas que se atrevían a disentir. Así que si usted es un crítico del sistema, uno que disuena, que no se alinea con los caporales y los señores feudales, usted es, así no más, un mamerto.

 

La ultraderecha  colombiana, especialista en satanizar y macartizar las luchas populares

 

Y, como si no bastara, la montonera de la ultraderecha, de sus bueyes y conmilitones, le puede poner un escapulario (cuando no una lápida) con vainas como “castrochavista” y otras sandeces. Hace parte, quizá, de una cruzada regoda y retrógrada que quiere hacer ver el diablo, demonizar, satanizar, a los que no están bajo su férula. Y así como doña cabal-gata, o cualquier don tales le pueden zampar su mamertazo porque usted no se prosterna, también —nada raro— lo pueden ir convirtiendo en “falso positivo” y asarlo en la “paila mocha”.

 

Pero no os preocupéis, queridos mamertos. Porque mamerto, por lo visto, ya no es el que se “mama” de alguna pelea social, sino el que, con sus posiciones y pensamientos críticos y punzantes (¿cortopunzantes?), pone muy “agrierudos” y con rasquiña en las verijas a quienes aún creen que pueden hacer lo que les da la gana con los oprimidos y descamisados de una patria que —qué vaina pues— todavía sigue siendo muy boba y atolondrada.

 

 

13-IV-2019

 

 

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Marcha estudiantil en defensa  de la educación pública.

 

Cortez vive en un rincón del alma

(Una nota fúnebre sobre el cantautor de Un cigarrillo, la lluvia y tú y Los americanos)

 

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Alberto Cortez, cuando un amigo se va…

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

“¡Se murió Alberto Cortez!”, le grité desde la sala. Ella estaba en una pieza de atrás y de inmediato estalló en llanto, fue al equipo de sonido y puso La vida, mientras seguía llorando. “La vida llega, se va la vida / como una rueda gira que gira…”. La noticia evidenció que una época se estaba yendo, la de una serie de cantores que nos cobijó con sus letras y músicas en torno a la utopía, a un poético tiempo de ideales que talvez no hayan muerto, pero son más bien parte de un pasado lúcido, lejano, con sonoridades de cosas entrañables y días de juventud.

 

La había visto llorar, a gritos, cuando supo del asesinato de Facundo Cabral y cuando se enteró, por mi voz, como de mensajero de siniestros, de la ida de Gian Franco Pagliaro. “Cuando se va no dice a donde va / es la frontera de la eternidad, la vida”. De Alberto Cortez, que no tenía una voz “enamoradora” y que a veces cantaba igual “Cuando un amigo se va” y “En un rincón del alma”, me pareció emblemática su canción Los americanos, una sátira que Piero volvió popular en los setentas, una década en la que la utopía estaba en flor.

 

“Cuando son mayorcitos
Se visten de turistas
Y salen por el mundo
Los americanos”.

 

Cuando comenzó a imponer su voz fuerte, casi sin matices, en los sesentas, con canciones de Atahualpa Yupanqui y musicalizaciones de poemas de Pablo Neruda, Cortez (José Alberto García Gallo era su nombre original) estaba en el camino de un tiempo que era grito, bandera, solidaridad de los pueblos y el surgimiento de la juventud como protagonista de la historia. Su pieza inicial, cantada por diversos intérpretes, fue Un cigarrillo, la lluvia y tú. En una gira por Europa, en la que el empresario dejó abandonado a los músicos, entre los que estaba García Gallo, comenzó a cantar en Bélgica boleros y chachachás que eran parte del repertorio de un cantante peruano llamado Alberto Cortez.

 

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Digamos que hay en el seudónimo una mancha. Una historia de imposturas y suplantaciones. Cuando quedó tirado en Europa por un empresario sin escrúpulos, García Gallo asumió la identidad del mencionado cantante peruano. En 1964, el original Cortez, el peruano, tuvo una propuesta de grabación en España, pero quien se presentó a los estudios fue el argentino. Grabó y tuvo su primer triunfo discográfico con Sucu-sucu. Las demandas llegaron. Sin embargo, el nacido en La Pampa el 11 de marzo de 1940, se quedó con el nombre, dado que la disquera pagó una fianza. El del Perú, que se comenzó a denominar El Original, escribió un libro, Yo sí soy Alberto Cortez.

 

Es un capítulo oscuro en la trayectoria del argentino. ¿Le empaña su historia, su currículum? Quiso enterrar el affaire, poco se refería al tema cuando algún periodista le indagaba al respecto. Y entre los vaivenes de las composiciones, las interpretaciones, las giras, Cortez se erigió como una figura, un cantautor, una suerte de rapsoda de la música de América Latina, el mismo que compartió trabajos con Serrat, Facundo Cabral, El Cabrero y otros.

 

“Cuando un amigo se va” puede ser una de las canciones más sonadas de Cortez. No falta en velorios y funerales. Se volvió un lugar común. “Cuando un amigo se va / se detienen los caminos / y se empieza a rebelar, / el duende manso del vino”. Pero hay otras que han ganado un lugar en la historia de la canción latinoamericana, como Callejero, Mi árbol y yo, Canción de amor para mi patria, A partir de mañana…

 

“Si a partir de mañana decidiera vivir la mitad de mi muerte
o a partir de mañana decidiera morir la mitad de mi vida,
a partir de mañana debería aceptar, que no soy el más fuerte,
que no tengo valor ni pudor de ocultar mis más hondas heridas”.

 

Alberto Cortez, aprendiz de Quijote, grabó un álbum en homenaje a Gardel, en el que cantó, entre otros tangos y canciones, Melodía de arrabal, Silencio, Volver y Sus ojos se cerraron. También interpretó Fábula para Gardel, un poema evocativo de Horacio Ferrer y Astor Piazzolla. “Quién es
ese Carlitos, ese fantasma / tan arisco, /empecinado / con seguir guardado / en la cueva con asma / de su disco”.

 

Tal vez, para mi gusto, su mejor canción haya sido En un rincón del alma, esa donde “duelen los te quiero que tu pasión me dio…”. Queda la pena de un adiós, de un viaje definitivo, la ausencia. Y, claro, la presencia de un cantor que seguirá llenando espacios íntimos, que será parte de un tiempo en que la utopía era parte de la vida cotidiana de caballeros andantes que todavía no han sido vencidos, pese a sus oxidadas armaduras.

 

Ah, sonaron a “todo taco” otras tres canciones de un elepé de Cortez. Ella seguía sollozando. Era jueves. Las noticias decían que un cantor argentino se quedaría albergado en “un rincón del alma”.

 

(4 de abril de 2019)

 

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El cantautor argentino Alberto Cortez (1940-2019)

 

 

 

Pequeña diatriba contra la ciudad sumergida

 

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Arriba, la nube de esmog; abajo, la cloaca.

 

Por Reinaldo Spitaletta

La ciudad apesta. La cloaca se expande en palacios oficiales, en la mediocridad de burócratas, en las agendas informativas de noticiarios y periódicos que ya ni siquiera sirven para envolver aguacates, porque ¡cómo vas a tirarte en ese fruto náhuatl, “mantequilloso y tierno”, con páginas que chorrean sangre y vómito! Apesta en tiempos de elecciones y en días de fútbol profesional, en momentos en que el fletero persigue a la muchacha que acaba de salir del cajero electrónico y el ladrón de calle te arrebata el celular.

 

Digamos que hiede cuando desde un helicóptero te arrojan excrementos luminosos y los programas de la tv oficial maquillan al alcalde, y en alguna plazoleta o parque desvencijado muchachas escotadas y sus cómplices reparten burundanga a Bernabé y a algún profesor extranjero, a algún incauto que se dejó obnubilar por unas tetas de caucho (quizá nunca jugó pelota) y unos labios nada virginales.

 

Apesta la ciudad con su río rojo (¿de sangre? ¿de contaminantes? ¿cadaverina?) y su turbia alcantarilla poco caudalosa. Y, como si el hedor fuera poco, entonces de las escasas chimeneas supérstites y de los exostos, de los motores y las tuberías, se escapan gases y más poluciones (incluidas las nocturnas, como las de aquellos días de adolescencia, con sueños húmedos y disparos de semen a los bombillos y espejos como en una novela de Philip Roth), hasta formar a lo Calvino una nube de esmog, asfixiadora, cancerígena, de efectos tardíos pero que nos consume y mata. Y eso que no hemos hablado de la “plomonía”, ni de las bandas criminales, ni de las fronteras invisibles, ni de los homicidios cotidianos.

 

¿Qué es esa hediondez  en la catedral?

 

¡Qué es ese hedor a funcionario corrupto! Y, cómo no, a oficinista público inepto. A politiquero devenido secretario de no sé qué. Qué es esa hediondez en las afueras de la catedral y en sus confesonarios donde llegan a cumplir citas de amor urgente puticas y clientes chichipatos. Qué es esa fetidez no solo a berrinche, a meado resecado, a orín de diabético y de alcohólico en las aceras, en las paredes de la fachada escolar, en el frente de la casa donde el vándalo pintó boberías y dejó consignada su “retrasadura” mental.

 

Apesta a mierda en las aceras, a orines en las esquinas, y, cómo no, parece a veces que estuviéramos caminando entre muertos con bubones tirados en las calles y ratas que les requisan los bolsillos, como una evocación del buitre Thenardier tras la batalla de Waterloo. La ciudad, sumergida en su propia pestilencia, en sus desperdicios y contaminaciones, bucea en su oscura putrefacción. ¡Oh!, Baudelaire, “cada día hacia el infierno descendemos un paso, / sin horror, a través de las tinieblas que hieden”.

 

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Imagen del Leviatán en el fresco del Juicio Final de Giacomo Rossignolo

La metamorfosis o el fracaso de vivir

(De cómo la alienación por el trabajo puede ser muy peligrosa)

 

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Una novela corta que revolucionó la literatura del siglo XX

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Fue una revolución en la literatura. Tiene una entrada inolvidable, como la del Quijote, o la de la Odisea, o como la de la “selva oscura” de la Divina Comedia, como la de Moby Dick… Es, pese a todos los pronósticos, una narración realista, en la que la condición humana se rebaja (¿o quizá se alza?) hasta la categoría de un coleóptero en el que se convirtió un hombre que le tenía horror al trabajo y que era parasitado por su familia: una hermana, el padre y la madre, y a quien la oficina y su oficio, el de viajante comercial, no solo le alteraron la digestión sino la vida.

 

“Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto”. Qué inicio. Ni el del Manifiesto de Marx y Engels le gana (“Un fantasma recorre a Europa: el fantasma del comunismo”). Es una revelación desoladora, contundente, un sujeto (¡ah!, a buen juicio es la corrosión del sujeto, su destrucción, su decadencia) que en su cuarto, en la cama, se da cuenta de pronto que se ha metamorfoseado en un insecto, quizá un escarabajo, con duro caparazón y solo atina a preguntarse, en apariencia sin desesperaciones, “¿qué me ha ocurrido?”.

 

En una pequeña habitación de una casa no muy grande se ha operado una transformación, en apariencia imposible, pero cierta: Gregorio está mutado en un monstruo, frente a una estampa con marco dorado que representa a una mujer tocada con un gorro de pieles (¿La venus de las pieles? ¿Algo que ver con Sacher-Masoch?) y envuelta en una estola también de pieles, y frente a la ventana en la cual puede ver el mundo nublado y escuchar las gotitas de lluvia que son como una música de la melancolía. En los tres primeros párrafos Kafka nos introduce en los coros de una tragedia. Pero no habrá tal. No es por el lado trágico que se desenvuelve La Metamorfosis, una novela corta (¿un cuento largo?) publicada en 1915.

 

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Gregorio Samsa, en vez de estar gritando con desaforada angustia, o de mostrar signos de aterradora conmoción, después de darse cuenta de su irregular estado, lo primero que piensa —sin dramatismo— es en qué pasaría si siguiera durmiendo, y al enterarse de que no es posible, lo segundo que se le ocurre es dar un concepto, un juicio, sobre su trabajo: “¡Qué cansada es la profesión que he elegido!”. Y a partir de ahí estará la clave de la obra, su tránsito hacia las sombras definitivas, la invisibilización del monstruito que alteró la vida familiar de los Samsa y puso en vilo la estabilidad emocional y económica de Grete, el papá y la mamá, y, por qué no, de la criada.

 

Cómo se le ocurre a este individuo, tal vez por estar despatarrado haciendo pereza, amanecer transmutado en un insecto asqueroso. Cómo es que no va a salir de casa para irse al trabajo, como todos los días, y entonces va a perder el tren, y, quién sabe, si hasta el empleo por yacer en cama, sin poder mover con vigor y agilidad sus debiluchas patitas. Qué importa si las rutinas de un viajante tienen comidas malas, irregulares, a destiempo. Debería ir a trabajar. Y listo. Pero Gregorio, ya “insectificado” no puede y tampoco demuestra ningún remordimiento o pesadumbre por no ir: “¡Al diablo con todo!”, dice.

 

El pobre hombre (¿hombre?) va denotando sus angustias, pero no por su nueva y sorpresiva condición sino por el tiempo de trabajo, por lo que le tocó hacer para ganarse la vida. “Estoy atontado de tanto madrugar”, se dice y va dando puntadas sobre lo atribulado que es trabajar, tener un jefe, cumplir horarios, y todo para pagar deudas y malvivir. ¿Por qué Gregorio no se descompone por su inesperada forma? ¿Qué es lo que lo inhibe, por ejemplo, a maldecir su desfiguración, a llenarse de pánico ante su deformación súbita?

 

Es más. Sus iniciales preocupaciones están más hacia la necesidad del hambre. Y aquí viene lo que, en el ensayo Sobre la lectura, planteó Estanislao Zuleta. Hay que saber, o por le menos intuir, qué significa el alimento en Kafka, como pasa, digamos, en Un artista del hambre o en El artista del trapecio. Hay una serie de conjeturas o de símbolos que el lector puede avizorar e interpretar. Aunque más allá, en lo que podría suponerse una pesadilla, está la vida cotidiana, la que, en rigor, no se altera en lo fundamental con la mutación gregoriana, sin importar si el gerente de la empresa ha llegado a casa de su subordinado y, dentro del hogar, no hay una reacción terrífica en los miembros de la familia. Solo una preocupación por el qué pasará, más que con Gregorio, con ellos.

 

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Gregorio “quiere apodarse de toda la casa”.

 

Gregorio quiere levantarse y desayunar. “No es bueno haraganear en la cama”, piensa. El tiempo, ineludible, sigue avanzando y él sabe que vendrá alguien del almacén. Lo que se va advirtiendo en la medida que la lectura corre, es que Gregorio es un enajenado por el trabajo. Solo piensa en ello y apenas tiene tiempo (no hay en él una concepción del ocio) para su pasatiempo de carpintería. El trabajo lo perturba. La metamorfosis es como una anticipación a lo que vendrá en los sistemas de producción en el que el hombre, el trabajador, se convierte en arandela, en una pieza dentro de un complejo montaje fabril, como lo mostrará, muchos años después, la película Tiempos modernos (1936), de Chaplin.

 

El hombre de mando que ha llegado a la casa de Gregorio, con zapatos de charol, solo está preocupado porque, con su visita intempestiva, está perdiendo tiempo. Gregorio, en su cuarto-prisión, no sale. Apenas pronuncia monosílabos y toda esta situación toma el aspecto de una melancólica pesadez para los que están afuera. El nuevo Gregorio se va adaptando a su mundo estrecho, limitado, a unas paredes, a un interior en el cual él es una circunstancia anormal. Y de pronto, se siente cómo se va animalizando.

 

Y en el entorno, padre, madre, hermana, van adaptando su existencia a la presencia increíble de un coleóptero humanoide en casa, al que, en principio, de alguna manera hay que alimentar. Y entonces le dan leche y sopa de pan blanco. No es ya un mamífero. Gregorio es otra cosa. Es, en primera instancia, un proveedor. Es quien ha salvado de la ruina a la familia, en particular al padre que se había quebrado cinco años antes. Así, en la primera parte, todavía Gregorio es una pieza clave para los otros. Después, todo cambiará y el mundo del metamorfoseado se irá extinguiendo. Pero para eso todavía falta. Y entre tanto, todavía hay en él representaciones y necesidades humanas.

 

Hay toda una alteración en casa. La criada, por ejemplo, en el primer día había rogado a la madre de Gregorio que la despidiese cuanto antes y, al marcharse, “juró solemnemente que no contaría nada a nadie”. El mundo familiar, pasado un mes de la metamorfosis, es otro. Hay una preocupación por el dinero, cómo se puede vivir sin él. Pero hay ahorros, producto del trabajo del hombre que ya va dejando de serlo y cada vez se hunde en una condición de soledad interior, de abandono, de culpa y a su vez de expiación por “pecados” no cometidos. Y en la medida en que el hombre-insecto decae, el padre asume el poder, ataca a manzanazos al hijo que ya no representa la protección, el cobijo, la estabilidad; la hermana va trastocando sus atenciones y cuidados para erigirse en antagonista de Gregorio. Es toda una transformación en las relaciones internas familiares.

Aquella  familia, agotada por el trabajo, hubiera podido dedicar a Gregorio más tiempo…

La desintegración de esa célula tradicional de la sociedad, la familia, es otra de las variables que se mueven en la novela. Y del trabajador Gregorio, se pasa a los trabajadores padre e hija. Y el trabajo los distancia. Y es cuando aparecerán tres huéspedes o inquilinos, tres barbados —podría parecer más bien un caso insólito eso de alquilarles a tres personas un cuarto, vecino del monstruo— que son como una nueva conciencia de los espacios y la familiaridad. Esa súbita presencia quizá sea un recurso para darle a la novela un quiebre y ponerla en la recta final. Hay una inclinación hacia el dinero, hacia la posesión. Entre más se afianza la familia “sana” en un mundo desvirtuado por la metamorfosis de uno de sus miembros, más en el ostracismo va quedando Gregorio.

 

Y entonces comienza otro movimiento en esta especie de sonata triste que es la novela de Kafka. Hay que deshacerse del tipo que cada vez es menos Gregorio y más una cosa, un animal invasor, un estorbo. Un alienado. El trabajo lo deformó. Y lo atacó un hambre insaciable, un hambre que lo matará. “¡Cómo comen estos huéspedes! ¡Y yo, mientras, muriéndome de hambre!”. La de Gregorio era un hambre más allá de lo físico. La humanidad de este hombre transformado va quedando atrás. Su disolución como sujeto de razón, como ciudadano, como hijo y hermano, es trágica, pero no hay lugar para las lágrimas ni los lamentos.

 

Nabokov, en su lección sobre La metamorfosis, advirtió acerca del estilo del gran escritor checo y destacó su claridad, la precisión del tono, la capacidad para no quedarse en una pesadilla. “No hay metáforas poéticas que adornen esta historia en blanco y negro. La nitidez de su estilo subraya la riqueza tenebrosa de su fantasía. Contraste y unidad, estilo y sustancia, trama y forma, se encuentran, han alcanzado una cohesión perfecta” (Curso de Literatura Europea, Vladimir Nabokov)

 

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Muchos críticos coinciden en afirmar que La metamorfosis es una de esas creaciones que marcan un antes y un después en la historia de la literatura. Una revolución. Es como la entrada del siglo XX en lo absurdo, en la destrucción del sujeto, en la negación del hombre. Gregorio representa a seres a los cuales el trabajo despersonifica, acosa y agrede. Es la proyección de la culpa (sin tenerla muchas veces), que se instala en el interior de los que ya han perdido toda esperanza y se han automatizado, rutinizado, vuelto pura monotonía. Se van vaciando, escurriendo, hasta extinguirse. Son especies de zombis. Del trabajo a la casa y viceversa, sin poder conquistar el ocio, el que permite meditar y cuestionar. Humanizarse.

 

En La Metamorfosis, el trabajo de Gregorio es una condena. Y tal vez la única manera de evadirla, o de purgar la pena de otra forma, es la transformación (como una especie de escape). Es convertirse en insecto, condición desde la cual tendrá también un punto de vista sobre la humanidad. Haberse despojado de lo humano para ser un coleóptero, puede ser una extraña manera de la libertad. O del suicidio. Hay una renuncia. Y una constancia.

 

La metamorfosis —he ahí su paradoja— está llena de realismo. Y de una naturalidad que estremece. Así no más Gregorio Samsa sufrió un cambio radical. ¿Acaso los otros, en esencia, no fueron los auténticos insectos, o, desde otra perspectiva, los verdaderos parásitos de un ser cansado? El bicho, en realidad, no era Gregorio. Fue una víctima que se emancipó del trabajo de un modo absurdo: negándose a sí mismo. Como un huelguista del hambre. En el mundo de afuera, entre tanto, continuó la vida sin paisajes de los otros. El fracaso de vivir.

 

(Reseña para el seminario-taller de Literatura Europea Siglo XX)

 

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La metamorfosis, de Kafka, una perturbadora obra literaria.

El Vice, una sátira contra el poder

(La película de Adam McKay es la historia de un arribista maquiavélico)

 

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Christian Bale en el papel de Dick Cheney

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

El arte —y el cine lo es— tiene a veces la posibilidad de mostrar mejor que la historia u otras disciplinas los vericuetos del poder, como sucede en la película El Vice (o El vicepresidente), dirigida por Adam McKay, el mismo de La gran apuesta. Con una narración en la que un exsoldado, veterano de la invasión estadounidense a Afganistán, país asiático que también sufrió en otros tiempos la incursión del entonces denominado socialimperialismo soviético, va contando las incidencias, transformaciones, pensamientos, de un sujeto maquiavélico que llegó a erigirse en el poder detrás del trono después del 11 de septiembre de 2001.

 

El vicepresidente, su narrativa, su puesta en escena, la estructura no desdice del llamado Séptimo Arte, con inmersiones en atmósferas y territorios shakespereanos, en las que el espectador de pronto puede sumergirse en una especie de evocación de Lady Macbeth y su marido. En el filme no hay un solo narrador, sino, a veces, según circunstancias, se presenta una polifonía. Es el arte al servicio del arte, pero, en este caso, también de la historia, y no de cualquier historia, sino de aquella que en los principios del siglo XXI transformó las relaciones y bloques de poder en un mundo conmocionado, en el que los Estados Unidos era la gran superpotencia, por no decir la única, al destruirse el mundo bipolar de la Guerra Fría, y la creación de un nuevo enemigo de Washington: el terrorismo internacional.

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El personaje central del filme es una figura oscura, calculadora, que en su juventud fue más bien la de un sujeto mediocre, borrachín y pendenciero. Se trata de Dick Cheney, presidente de una corporación estadounidense, con presencia en más de setenta países: la Halliburton, y que, en las elecciones de 2000, acompaña la fórmula presidencial de George W. Bush, también un individuo de extremada mediocridad al que el dinero familiar y el delfinato (hijo de George H.W. Bush, que fue el presidente número 41 de Estados Unidos, y a quien correspondió el final de la Guerra Fría y el principio de la Guerra del Golfo), lo catapultaron a la presidencia.

 

El Vice tiene de todo. Es una película que se basa en lo geopolítico, pero, a su vez, desentraña los entresijos del poder, del arribismo, de las ansias desaforadas de un hombre, como Cheney, de llegar a las cumbres, sin escrúpulos, sin sentimientos humanísticos, solo con el objetivo de convertirse en un ser imprescindible en la expansión de su país, o, de otra manera, del imperialismo, sin importar cuántos muertos, cuántos desplazados, cuánto dolor se pueda ocasionar.

 

Él, en apariencia tan insignificante, es un ajedrecista. No es de discurseos ni de excentricidades. Su “calladez”, sus silencios y atisbos, son parte de una estrategia. Él, como un búho, está siempre con los ojos muy abiertos, preparando, como un águila caudal, su asalto desde arriba, cuando ya ha definido cuál será su blanco, cuál su presa. Hay, eso sí, una trasformación del joven Cheney hasta llegar a la madurez, con la interpretación impecable, por no decir asombrosa, de Christian Bale.

 

Cheney, en todo caso, es el prototipo del político que trepa, escalón tras escalón, urdiendo una trama conspirativa. No da puntada sin dedal. Primero, para ir ascendiendo en los peldaños del poder y en sus ambiciones, funge de acólito, o de paje, como quien dice de adlátere, el que está al lado de otro de más alto rango, solo para después dar el zarpazo. Su primera víctima es Donald Rumsfeld, que fue secretario de Defensa, a los 43 años, en el gobierno de Gerald Ford y, después, en el de Bush jr.

 

La película, que maneja con criterio y maestría los flashbacks, que tiene una estructura quebrada, a veces zigzagueante, introduce técnicas del cómic, y mantiene al espectador en constante suspenso y reflexión. El protagonista ve in crescendo y, a su lado, poderosos como Bush y el mencionado Rumsfeld, como también Colin Powell, van sucumbiendo ante la fuerza interior y las tácticas del vicepresidente que, en rigor, es como una suerte de plenipotenciario.

 

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Afiche de El  Vice

 

Con una maravillosa combinatoria, o, de otro modo, con transiciones a la vida familiar de Cheney, la película desarrolla al personaje principal en sus diferentes ámbitos: el doméstico, el del ejecutivo, el del estudiante y el de esposo y papá. Por lo demás, su mujer, Lynne, representada con excepcional calidad por la actriz Amy Adams, se torna en un ser necesario, como si fuera la voz de la conciencia de Cheney. “Si tienes poder, la gente siempre tratará de quitártelo”, le dice a una de sus hijas, la señora, a quien, sin duda, le fascina estar en las alturas.

 

Esta película, con sutileza en el tejido argumental, va mostrando la catadura del poder político y, como una predicación sin aspavientos, el ejercicio de la mentira y de cómo su uso es una forma de subienda, de vuelo, de salto hacia la embriaguez que ocasiona el tener en las manos, como un marionetista, el destino de otros, de muchos, de los perdedores. La mentira como un mecanismo consuetudinario en la práctica política es representada en esta obra como una sátira de hondo calado; es la columna vertebral de las acciones “punitivas” que emprenderá Washington tras los atentados a las Torres Gemelas y la invención, sobre todo a cargo de Dick Cheney, de que Irak (antiguo aliado de EE.UU.) tiene armas de destrucción masiva.

 

Como puede suponerse, no recae en un solo hombre —en este caso en el vicepresidente, que no fue una figura decorativa— toda la responsabilidad de los ataques, bombardeos, destrucción de los tesoros históricos, de un patrimonio cultural de la humanidad, de bibliotecas y la muerte de miles de civiles en Irak, como las torturas en la cárcel Abu Ghraib, sino en todo un aparataje, un sistema. Y aquí podría darse de nuevo la discusión del rol de los individuos en la historia. ¿Qué tanto incidió Cheney en las decisiones de atacar a Irak como un centro de terrorismo mundial?

 

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Amy Adams, Steve Carell, Christian Bale, Sam Rockwell y Tyler Perry.

 

El Vicepresidente, digo, la película y no el personaje, muestra la inhumanidad de los atentados de una superpotencia contra un país soberano, al que los Estados Unidos violan en todas sus dimensiones. Cuando Bush, con ganas de ser presidente, le dice a Cheney que lo quiere como su vice, este le responde que por ningún motivo desea un cargo simbólico o de relleno. Le aceptará —le contesta— siempre y cuando él sea el responsable de supervisar la burocracia, el ejército, la energía nuclear y la política exterior, como quien dice los pilares del imperio. Además, es quien, desde el lenguaje, observa cómo hay que manipular, y suavizar cuando es necesario, o endurecer, si fuera el caso. No hay que decir “recalentamiento solar” sino “cambio climático”, por ejemplo. Es una de sus anotaciones. El eufemismo para ocultar.

Es una muestra de las aberraciones imperiales de EE.UU.

La carrera, el arribismo sin arcadas, de Cheney es el quid de la película, pero, a su alrededor, se aprecian los hilos del poder, las relaciones entre los funcionarios y la maquinación. Cheney hace ver a Bush como un mandatario sin vuelo, sin agallas. Es un vicepresidente con una gran acumulación de poder. En general, es una muestra, a escala, de las aberraciones de un sistema imperial, como el de los Estados Unidos, de una manera de dominar el mundo y de las agresiones e injerencia en los asuntos internos de otros países.

 

Si hay que torturar, se tortura. Si hay que agredir, se agrede. Si hay que disfrazar las circunstancias, pues se hace. Y listo. Todo por la voluntad de unos cuantos. Todo por el poder.

 

El filme, con actuaciones extraordinarias y una dirección talentosísima, tiene tintes de comedia y, en su desarrollo, hace guiños y carantoñas al espectador. Como una ingeniosa mamada de gallo, cuando, en apariencia, hace creer que ya se ha terminado la película. Y, además, con el juego de narradores, cuando el del principio, el de la voz en off, es abatido. Cheney es, si se quiere, un matón, un villano, un miembro de un conglomerado de superpoderosos que no temen traicionar ni manipular y que posan de moralistas y virtuosos, cuando no son más que seres perversos y sin corazón. Cheney es un desalmado.

 

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Helí Ramírez: “si no fuera poeta, me suicidaría”

(Una entrevista al autor de En la parte alta abajo y Golosina de sal ) *

 

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El poeta y escritor Helí Ramírez, dueño de una voz muy original.

 

Por Reinaldo Spitaletta y Mario Escobar Velásquez 

 

Todavía conserva aires de camaján, en su caminado y en sus maneras de hablar. Es un guerrero de barriada, demasiado sensible. Creció entre galladas malevas, puñales, partidazos de fútbol, humos no propiamente de cigarrillos, olores a alcohol y a amistad, carencias económicas y excesos de imaginación. Es un altísimo poeta, autor de obras como Golosina de sal, Cortinas corridas y Ausencia de descanso. Se llama Helí Ramírez Gómez.

Para él, conocedor a fondo de las pasiones humanas, de desdenes y marginamientos sociales, el hecho poético es un exorcismo, pura magia. Su abuelo manejó ese mundo arcano de los amuletos y las plantas y los baúles con secretos milenarios; Helí, en cambio, es un brujo verbal, creador de un idioma propio y hermoso: el del arrabal. Y es dueño de un estilo único, inconfundible, enorme en el parnaso colombiano.

 

Este poeta que ha escrito asuntos terriblemente bellos como “eran las tres de la tarde, las tres”, nació en Sevilla, un corregimiento de Ebéjico, en 1948. La violencia obligó a su familia a “exiliarse” en Medellín, cuando él apenas era un pibe de cuatro años. Hoy, sigue pensando, con todo lo que ello implica, que “escribir es algo grandioso”. Para dolor de los críticos, Helí es un poeta inclasificable, lo que, de por sí, ya es una odiosa manera de clasificación. Y su poesía, como determinados filmes, es “censura todos”.

 

—Por lo que sabemos, su infancia fue terriblemente difícil. Cuéntenos algo sobre ella.

—Fue tan terrible como la infancia de cualquier otro de un barrio de clase baja, de clase popular.

 

A mí —nos dice como mirando para muy lejos con unos ojos verdes de tigre— me tocó de joven luchar por mis espacios. Yo, con otros dos o tres de mi salón en el Liceo Antioqueño, éramos los más pobres. No es que los demás fueran ricos, porque no había ricos en bachillerato para gentes de la clase bajita económica, pero los otros todos llevaban cada día con qué comprar mecato. Entre los que éramos los más pobres reuníamos cinco o diez centavos y comprábamos bizcochos y nos íbamos a comerlos con agua de la tubería. Y por eso nos aislaban. Por eso no jugaban con nosotros: no es que eso me importara. Pero sí que me importaba el otro lado de la madeja, el barrio donde vivía. Para toda la larga calle de mi casa no había, conmigo, más que otro muchacho en bachillerato, y en el barrio unos pocos. Entonces allá éramos también distintos, éramos de otra manera, nos miraban mal, mirando de para arriba hacia nosotros, que hacíamos clase alta sin saberlo, ni quererlo. Pero allá sí que me importaba y por ese espacio luché. No sé cuántas peleas tuve por él, porque no quería que me aislaran por punta y punta.

 

—¿Cómo explicar entonces su honda catadura poética, emergiendo usted de un medio tan antagónico con la sensibilidad poética?

—El medio en que nací y me crié no es antagónico a la sensibilidad poética; está fuera de la cultura, del arte, y eso ya es otro paseo. Ahora, porque escribo, escribo… Porque si no lo hiciera, me suicidaría.

—¿Desde qué época sintió usted creciéndole ese caudaloso río de la poesía? ¿Cuáles fueron sus comienzos?

—Como todo escritor en sus comienzos, escribiendo bobadas preso de la sorpresa al ir descubriendo el mundo hecho hilachas del entorno; lógico que eso se dio cuando apenas estaba aprendiendo a juntar palabras en el papel, escribiendo, leyendo…

—¿Considera que la misma poesía lo liberó en alguna manera de un ambiente que debió conducirlo a otras realidades?

—La poesía no me libera de esas otras realidades; me arraiga más eso sí en otras realidades.

—Diríamos entonces que todo eso fue un rescate…

—Un rescate, pero de mí mismo.

—Sus estudios “oficiales” fueron pocos. Creemos que estuvo asistiendo “pegado” a muchos cursos de la Universidad de Antioquia. ¿Quiere contarnos sobre esto?

—Los estudios “oficiales” en mi medio siempre son de pega. Una primaria, un bachillerato que nada aportan a la comprensión del mundo, siempre es de pega. Y un porcentaje mínimo de la gente de mi entorno, corona el currículo académico de pega, de trepada. Pero tal parece que esa pega se estuviera acabando, o que el establecimiento parece que dijera, bueno, esta chusma se nos está metiendo muy de lleno en nuestro mundo intelectual, de modo que hay que acabar con ese paternalismo en lo académico; de ahí que el Liceo Antioqueño, por ejemplo, está en extinción, de ahí que el ingreso a la universidad por parte de la gente de mi medio cada día sea más restringido… Ahora, a mi bicicleta se le atravesó el poema cuando iba coronando el segundo premio de montaña (profesión liberal, técnica) y entonces preferí, en vez de trepar, volar.

 

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Aunque a ese liceo de bachillerato había llegado con Matrícula de Honor por haber sido de los cinco o seis mejores de los de quinto año de primaria en alguna escuela que pudo haber sido la Julio César García, en él no acabó el bachillerato. Lo expulsaron. Salió de allá para las bibliotecas, vuelto ratón de las mismas: a la de la Universidad de Antioquia, a la de Comfenalco, a la de la Piloto, a leer como un galeote de la palabra impresa. Y cuando no andaba de lecturas, se metía de colado en las aulas de las facultades, en donde se dictaban cátedras de Sociología, Filosofía, Antropología. En ellas era el par de orejas más atento del salón. Las otras orejas de por allí se descuidaban a veces porque los cerebros a que estaban conectadas se disipaban en cosas distintas a las que el profesor iba soltando: podían porque ese era su espacio, y porque casi todo lo del parloteo estaba en los libros que ellos tenían consigo, y a ellos podrían ir después, antes del examen. Pero el colado de los ojos tigrosos no tenía textos, y aunque no tendría que sufrir el rigor de ningún examen, estaba peleando por otro espacio. Porque para entonces sabía ya que la vida de los muchachones de su barrio no podría ir a ser la suya, ni él podría estar en lo que ellos irían a estar, y esa era la manera de salirse de esos caminos: caminando libros, caminando conferencias,

 

—Usted mismo nos ha confiado en más de una ocasión su aparición con un atado de papeles llenos de versos ante el maestro Carlos Castro Saavedra, que por entonces era director de Extensión Cultural de la Universidad de Antioquia. El maestro propició su primer libro, Ausencia de descanso. Explíquenos el título y cuéntenos sobre su relación con Castro Saavedra.

—El atado de papeles lo conoció el maestro Carlos Castro Saavedra porque se lo llevó Elkin Restrepo quien fue el primero en leer ese atado de papeles. El maestro Castro sí fue el primero en publicar mi primer libro La ausencia del descanso en las ediciones de Extensión Cultural de la Universidad de Antioquia, que él dirigía. Hasta ese momento lo admiraba mucho como poeta, y después de ese gesto suyo, después de ese hecho, lo admiro doblemente: como poeta y como hombre, un ser noble, sin egoísmos, sin mezquindades, un hombre total.

 

Algún día tomó un atado de cuartillas y se fue con él a donde Jorge Montoya Toro, que era por lo de antes una de las vacas sagradas de nuestra poesía. Bien nos podemos imaginar los apremios del ortodoxo, clásico, tímido, caballeroso Jorge Montoya Toro con los versos de Helí, tan radicales como ahora, pero más entonces. Y Montoya nunca se atrevió a decir nada de esos versos, ni en pro ni en contra, aunque el de ojos tigrosos estuvo yendo en más de muchas ocasiones. Volvió a meter los papeles y se olvidó de ellos por un año, al cabo del cual los retomó, y vuelta con ellos, esta vez a donde Óscar Hernández Monsalve, que había publicado más de dos buenos libros de versos y una excelente novela (No el Óscar Hernández de ahora, que se deshace en su columna de chistecitos pasos y de naderías de nada, sino que escribía entonces formidablemente bien de cosas formidables, piensa de su cuenta el más cucho de estos dos cronistas, que por entonces compraba El Colombiano por la razón principal de la columna de Óscar Hernández). Y Óscar, que nunca ha sido ortodoxo, y menos tímido para opinar, le dijo lo que el muchacho merecía (y anhelaba) oír, estoes que lo del atado de papeles sí era poesía y que debería llevarlo donde Elkin Restrepo, poeta y profesor de la Universidad de Antioquia.

 

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—El reconocido poeta Elkin Restrepo tuvo también mucha influencia en su carrera poética al publicar en Ediciones Acuarimántima su segundo libro En la parte alta abajo. Nos gustaría conocer sobre ese hecho significativo.

—Elkin, Elkin no solo publicó mi segundo libro en Ediciones Acuarimántima sino también que él en la revista Acuarimántima publicó mis primeros poemas. Por él ese “mundo” del arte y la literatura leyó mis poemas; por él me encuentro ahora respondiendo a esta entrevista. Lo admiro, lo aprecio mucho, a él y a todos los de la revista Acuarimántima.

—El libro antes mencionado fue el que “lo hizo” a usted para el reconocimiento colectivo y hasta clamoroso. Hablemos sobre esa obra.

En la parte alta abajo me descubrí a mí mismo. Eso del título es porque habitando arriba en las montañas que rodean la ciudad, estamos abajo, abajo, abajo… en los social, en lo económico. Ese libro llegó después del primero, aún sin título y que conservo después de una rigurosa poda; después del segundo, La ausencia del descanso, o sea que no fue un libro gratuito; fue un libro producto de un proceso en búsqueda de mí mismo como ser individual, como ser social. En él encontré la palabra, o mejor, la palabra me encontró a mí.

—Para quien conozca a Medellín, es obvio que el aire de En la parte alta abajo es el del barrio Castilla, que se quedó impreso en los versos del libro. ¿Usted inventó a Castilla o la retrató?

—Yo no inventé a Castilla, ni la retraté. Más bien Castilla me inventó a mí, me retrató.

—Creemos que sus versos son la realidad vivida. Que la obra es un amasijo de vida suya y de otros suyos, tales como compinches, adversarios, malandrines y, entre ellos, tal vez, una santa pecadora. ¿Es así?

—Lógico, mi trabajo poético soy yo y todos los mundos que me rodean, visibles e invisibles. Mi mundo no es de caviar, té con galleticas y pergaminos de estirpe. Ridículo sería ver a Helí escribiendo en angustia de coctel con textos y pipa de sabiduría como almohada. Y eso de las “santas pecadoras”, en ellas son pecados, en otras es liberación.

—Helí Ramírez ha sido siempre una especie de Casandra con el mismo lema de la pitonisa: “Los confidentes, esa raza de mansos”. Sin embargo, deseamos que haga caso omiso del lema y nos confíe su sentir cuando En la parte alta abajo lo promociona a usted rotundamente.

—Que se hable bien o mal sobre mis libros, o sobre uno de mis libros, me tiene sin cuidado, eso no me quita el sueño. Pienso ante la pregunta que si tuviera tiempo y espacio elaboraría una carreta motivado en ese interrogante para posar de inteligente, de ingenioso, de hombre culto citando textos de referencia en ese aspecto.

—Cambiando de tema, ¿cuáles son los sistemas de trabajo poético de Helí Ramírez?

—Escribir, escribir, escribir. Luego podar, podar, podar, y lo que se considera que no sirve se empaca en una bolsa de basura para la Curva de Rodas (antiguo basurero de Medellín).

—¿Cuál es su manera de subsistencia?

—Con un salario me sostengo, sobrevivo.

—Recientemente incursionó en la novela (La noche de su desvelo). ¿Cómo se siente como hurgador de almas, de otras almas, no las suyas?

—Al hurgar en las almas ajenas encuentro pedacitos de la mía. Bonita la palabra hurgar; he ahí un tema apasionante para los borgianos, surrealistas, nadaístas y demás listas en el zoológico de la literatura.

—¿Por lo que se sabe, trabaja actualmente en otra novela? ¿Quiere adelantarnos algo?

—No quiero que la novela que trato de escribir me mate por hablar de ella.

—Sin duda, es usted un trabajador disciplinado, muy disciplinado. Creemos que usted planifica sus libros. ¿Estamos en lo correcto?

—Disciplinado sí, en la medida en que procuro escribir diario. En cuanto a la planificación, esa concatenación que parece se da entre un libro y otro, es algo inconsciente, misterios del escribir, como es misterioso que siendo de donde soy, viviendo como he vivido, y sea escritor.

—¿Frecuenta o frecuentó cenáculos literarios, cofradías, corrillos de poetas?

—No frecuento cenáculos, cofradías, corrillos de poetas. Claro que sí tengo algunos cuantos amigos entre los poetas y escritores, pero es una relación individual. En lo relacionado con el arte, y a lo mejor en todos los aspectos de la vida, “el buey solo bien se lame”. Me salvo o me condeno solo.

—A veces un escritor crea sus antecesores. La frase es de Borges. ¿De quién tiene influencias, de Villon, de Rimbaud…?

—Tengo influencias del ser humano con sus defectos y virtudes, de la vida con sus goces y amarguras, y demás que de las lecturas que se hacen, pero no podría en estos momentos hacer una relación en el sentido estético.

—¿Cuáles son sus poetas predilectos?

—Leo y releo a Góngora, Barba Jacob, César Vallejo, Villon… Me entusiasma leer a Miguel Hernández, a Lorca, Rimbaud, Esenin.

—Dicen las malas lenguas que usted es un poeta maldito.

—No me preocupan esas apreciaciones. Los que me conocen saben que lo que piensen de mí ni me va ni me viene. Esta es la primera vez que concedo una entrevista de esta naturaleza, y a lo mejor sea la última.

 

* (Entrevista publicada el 26 de febrero de 1989, en el Suplemento Dominical de El Colombiano y después en el libro Reportajes a la literatura colombiana)

 

 Nota. El poeta y escritor Helí Ramírez murió el 20 de febrero de 2019.

 

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“Que se hable bien o mal sobre mis libros, o sobre uno de mis libros, me tiene sin cuidado”: Helí Ramírez