Busco a Borges para asesinarlo

Por Reinaldo Spitaletta

La historia es real. Me la contaron hace tiempo mientras llovía en Buenos Aires. Los hechos en sí no tienen mucha importancia, pero las circunstancias en que ocurrieron tienen la clave del jeroglífico. A la puerta de mi casa tocó esa tarde un hombre, de ojos tristes, como de perro con hambre, y manos flacas. Se identificó sin rodeos como Lazarus Morell. Por su aspecto, pensé que se trataba de algún mendigo, o de un poeta callejero. Como llovía, lo mandé a entrar, aunque con cierto temor. Siempre se teme a lo desconocido. El tipo se sentó y comenzó a hablar, en un lenguaje en el que mezclaba dialectos de gitanos con oraciones religiosas. Ya no me cabía duda. Era un loco.

Hace años lo andaba buscando, dijo. Ahora podré morir tranquilo. Leí a Spinoza y a Platón, a Heiddeger y Nietzsche, y a otros de cuyos nombres ahora no me acuerdo. También leí la Enciclopedia Británica y el Talmud, y pasé horas enteras escudriñando los cuentos de Las mil y una noches y buscando en las bibliotecas todo lo referente a la doctrina de Tlön, pero todo ese esfuerzo resultó inútil, porque, en realidad, al único que le ha servido ese conocimiento es a un escritor argentino. A ese autor de tantas ficciones lo odio. Aunque no sé si exista o sea un producto de mi imaginación.

Afuera, seguía lloviendo. El hombrecito se acomodó mejor en la silla, y luego le ofrecí un cigarrillo. Lo rechazó con un movimiento de manos. Habló después sobre las paradojas y el tiempo circular, sobre los relojes de arena y los mapas, sobre la tipografía del siglo XVIII, “rajó” de Judas Iscariote y lanzó, de manera injustificada, improperios contra el Dante.

Yo estaba aterrado, no por las vociferaciones de Lazarus, sino porque, de verdad, no le entendía nada. Pero algo en él me gustaba. Tal vez era su forma de sentirse tranquilo en un lugar donde no le conocían. Comprendí, en su real dimensión, que el tipo estaba desquiciado.

A él no le importaba si su lenguaje era o no entendible. Lo único que quería era desahogarse. He estado en las regiones más inhóspitas, en el infierno y el paraíso, en los sitios donde el tiempo no existe, en el infinito y en la nada. En todas partes y en ninguna. Y, con todo, no he podido encontrarlo.

“¿A quién no ha podido encontrar?”, le pregunté, de modo estúpido. Me miró como se mira a una cucaracha, como se mira a un ser insignificante. Y no respondió.

Horas después –segundos, tal vez- Lazarus, que vestía pantalón de dril y camisa de popelina verde, seguía hablando sobre la prosa de Stevenson y la viuda Ching y sobre cómo robar caballos, en una cháchara interminable, que parecía más bien un sermón de iglesia. Luego prosiguió con Bertrand Russell y lo cíclico de la historia, y se empeñó en demostrar que el teorema de Pitágoras era una falacia. Y así, con la propiedad que tienen los locos al hablar, me dijo que él era la reencarnación de de un tigre. Después, o antes, se puso a recitar fábulas de Fedro y a hablar de un tal Pierre Menard. Cuando el hombre se percató de que la lluvia se había ido, entonces entonó blues y me preguntó si, por algún acaso, yo tenía una guitarra. Le dije que no, pero que la podía conseguir. Dejemos la cosa así, respondió. No necesito guitarras, necesito tiempo.

Yo ya no sentía miedo. Sentía compasión. Lazarus no paraba de hablar incoherencias. Citó a Mallarmé: “El mundo existe para llegar a un libro”. Mi vida ha sido una fuga permanente. Vivo, no para llegar a un libro, sino para encontrar al ser que me creó. No quiero pertenecer a la memoria de las atrocidades. Quiero pertenecer al olvido. Usted, si es inteligente, ya debe saber que, desde siempre, busco a Borges para asesinarlo. Pero no sé si ese autor existe o es producto de mi imaginación.

Lazarus se relajó. Se recostó contra el espaldar del sillón y se quedó dormido. Soñaba. Y yo lo soñaba a él. La historia es real. Me la contaron una tarde, mientras llovía en Buenos Aires.

Jorge Luis Borges y varias de sus “fans”

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Mano a mano

Lo empezó a matar a las cinco. La tarde entraba por la puerta hasta el mostrador. No había ningún cliente en la cantina, de dieciséis metros cuadrados. De un tocadiscos salía la voz de Gardel, con mucho scratch la grabación: “Los favores recibidos creo habértelos pagado…”. Ella sacó de su cartera la navaja, la abrió despacio, e increpó al sujeto, de delantal blanco-sucio: “¡Me has traicionado con esa perra!”. El hombre la miró, impasible, no había en él ningún estado de alteración. Frío. No parecía creer en las palabras de la mujer, y menos en la navaja abierta, cuya hoja refulgía. Había en el aire una como leve vibración, como un sutil aleteo.

-Sí, me traicionaste, perro, hijueputa. Y eso no lo perdono-, continuó ella, la cara descomponiéndose, la mano armada de un temblor furioso. El hombre, sin embargo, no se inmutó. Sirvió una copa de aguardiente y se la bebió de un trago, sin mueca alguna. Y sin pasante.

-Tomate uno, querida, y dejá de joder-, le dijo y fue hasta la vitrina, tomó otra copa y le sirvió un trago. La mujer lo bebió con lentitud pero no guardó la navaja. La blandió, alta. “Perro traidor”, dijo y en ese preciso instante le propinó el primer navajazo en el vientre. El hombre no hizo nada por evitarlo. Ni lanzó ningún ay. Había en su rostro, eso sí, una sombra de incredulidad. Se tomó momentáneamente el estómago. No pareció prestarle atención al ataque.

Apuró otro trago. “Y si alguna deuda chica sin querer se te ha olvidado…”. La mujer, perpleja por un segundo, sintió la voz del cantor y el fondo de guitarras. “En la cuenta del otario que tenés se la cargás”. “Mano a mano vamos a quedar éste y yo”, pensó. El hombre, de espaldas a ella, miró las estanterías, ahí, en ellas, había invertido su trabajo de años, botellas de cerveza, de aguardiente, de gaseosas… La música seguía sonando. Iba a servirse otra copa, cuando sintió una suerte de rasguño en la espalda. Miró de reojo y la vio, sonriente, impávida, segura, con unos ojos de sangre. La mujer no cesaba de observarlo, con una mueca de burla y con unas crecientes ganas de continuar su agresión. Él pareció ignorarla. En ésas estaba cuando entró un cliente.

-Hola, don Jesús, ¿cómo va la vida?

-La vida va bien, pero ya voy a tener que cerrar-, mintió.

-¿Por qué, hombre? Dame un aguardiente, que no me demoro.

-Claro que sí, hombre. Pero voy a cerrar porque tengo una urgencia.

El cliente observó a la mujer. Sonrió. Pero su sonrisa se apagó cuando la vio con la navaja en la mano. Inicialmente, creyó que la estaría usando para arreglarse las uñas. Su impresión cambió cuando detalló en la cara de ella.

En sus ojos había odio, un centelleante rencor que enfrió al súbito visitante.

-Sabe qué, don Jesús: no me sirva nada. Después vuelvo.

En ese momento, la mujer supo que nada ni nadie la detendrían en su intención. Todo la ayudaba. Era jueves. No habría mucha clientela. Y a todo el que entrara ella lo iba a mirar con desprecio, con ojos de basilisco, lo fulminaría con esos ojos que ahora volvían a ver a su enemigo amado.

-¿Querés escuchar otra cosa?-, le preguntó él.

Ella vaciló. No esperaba que tras el ataque él sería tan gentil. “Claro, es que no sabe cómo disimular, como hacer para bajarme esta putería”, pensó.

-Poné lo que te dé la puta gana-. Y entonces arremetió contra el hombre, que se quedó quieto, sin intentar impedir la agresión. La navaja cortó otra vez la carne. “Voy a cerrar la puerta”, pensó él. “Esto está tomando otro camino”. No se interesó más por la música. La miró con unos ojos en los que la incredulidad se iba degradando hasta tomar un color de asombro. “Me matará”, pensó mientras aseguraba la puerta. Luego, sirvió más aguardiente para dos. La mujer se descontroló. Por qué no reaccionaba, no se dolía, no alegaba, no la cogía a puñetazos, él que era más alto que ella, más fuerte, un hombre, qué era lo que estaba pasando, ¿si sería un infiel, un traidor, un engañador? Estaba vacilando. Miró la navaja, el brillo de la hoja la alejó de su posible apaciguamiento.

-Me has traicionado, me has traicionado-. Rompió en llanto, un llanto quebrado. El hombre le ofreció la copa. La apuró de una. Y el brillo de la navaja la atrajo, otra vez.

-Dejate, mija. Voy a poner un bolerito.

Las guitarras de Los Panchos colmaron el recinto. “Una copa más te brindo al despedirnos, una copa más que nos hará olvidar…”. La mujer se estremeció.

Sentía en los labios el sabor acre del guaro, una especie de candela en el estómago, un acaloramiento en las mejillas. Entonces arremetió de nuevo. El hombre tampoco se dolió esta vez, pero ya la sangre le manchaba el delantal… “una copa más, tal vez un poco amarga…”, alguien tocaba a la puerta, tas, tas, tas, don Jesús, don Jesús, por qué tenés la tienda cerrada, abrí que esa música suena lindo… Él, sin embargo, no contestó, subió el volumen a la canción y miró a la mujer. Tenía una falda roja, las piernas aún atractivas, el pecho firme. La cara era la de una fiera, con ojos brillantes, enrojecida por la ira, por los celos y, a estas alturas, por el aguardiente.

-Brindemos-, señaló el hombre, mientras servía dos copas. Una vacilación pareció atravesar a la mujer, no alcanzaba a entender por qué ese hombre, su hombre de tantas horas de pasión, se dejaba cortar, no se defendía, no oponía resistencia, qué era aquello tan aterrador. Comenzó a asustarse con su obra.

-¡Tas, tas, tas!… Abrí, hombre, que queremos un traguito y escuchar música.

-No, no, es que estoy muy indispuesto. Y ya de todos modos me voy a ir a casa. Mañana, con mucho gusto, tomamos hasta el amanecer.

No hubo insistencias. La mujer salió de sus vacilaciones, su cara retomó el color de la rabia y la navaja penetró otra vez en el vientre del cantinero. Pero él, qué vaina, no hacía nada por evitarlo, solo se tocaba la parte herida, en silencio, sin dolerse, y eso ya no la desconcertaba a ella, que siguió atacando, dos, tres veces más, por qué mi hiciste eso, por qué, pedazo de hijueputa, que no me merecés, por qué, por qué, y él sin palabras, sin ayes, apenas viendo cómo el delantal era cada vez más rojo, rojo húmedo.

Tuvo, sin embargo, el valor, o quién sabe qué, tal vez una iluminación, de decirle que se tomara otra copa, y entonces ella trastabilló, y él aprovechó para servirlas, una copa más, quizá la última. Bebieron. Tras el trago, ella escupió.

-¡Tas, tas, tas!

-¿Quién es?, preguntó el hombre.

-¡La policía! ¿Qué es lo que pasa ahí?

-Nada, aquí no pasa nada. Es un asunto íntimo, nada grave, y nada que le importe a nadie-, contestó la mujer.

-Bueno, entonces no se vayan a matar.

-Oíste, hijueputa, pues sí que te quiero matar-, dijo ella, el odio en la voz, susurrada apenas. Otro navajazo acompañó las palabras. El hombre, como en veces pasadas, nada hacía por su defensa. Miró con tristeza la botella de aguardiente, las copas vacías, la grabadora, los estantes, las cajas de cerveza, como haciendo un reconocimiento del espacio. Había en él una actitud de derrota. No quería luchar. No quería tomar ese cuchillo sobre la pocetica, no quería cogerlo para apuñalarla, no quería. Sirvió dos tragos.

La mujer lo miraba, ya con aire indiferente, como el cazador cuando se ha acostumbrado a lo cazado. Ella sabía que lo tenía atrapado. Que él estaba condenado a soportarla, a tenerla ahí, castigadora, vengadora. Él se lo había buscado, por traidor, y eso ella no lo perdonaba, ni riesgos. “Una copa más, tal vez un poco amarga, por nuestro gran cariño que nunca volverá, una copa más”, sonó la música dentro de ellos.

Entonces volvió a atacar. Una, dos, tres veces. Y el hombre, nada, no se defendía, no se lamentaba. Apenas la miraba, ahora con ojos de burla, que desaforaron más a la mujer. Una, dos, tres. Y él, nada de nada. De pronto, el hombre comenzó a reír, se reía con risa de loco, con una risa que no correspondía a la de un moribundo. La mujer, enardecida, continuó sus arremetidas. Cuatro, cinco, seis. Y él reía, y la risa de él la desquiciaba, parecía hundirse ella en su sangre. Eran las nueve de la noche cuando le dio el último navajazo, ese sí, en el corazón.

Mujer fatal en tres poses

Por Reinaldo Spitaletta

1.

 Lilith, mujer fatal, hecha de barro y aire; Eva, también fatal, pero menos seductora. Dependía de una costilla. Se tuvo que aliar a la serpiente para ser dueña de la tentación; la tentación, sin embargo, era más fuerte que ella. Se engañó a sí misma y entonces tuvo que dedicarse a ser madre, sin más placeres de la carne que los que sintió y dejó volar en el paraíso perdido. Después, vendrían más mujeres extrañas (irresistibles), como Brunilda, la de los Nibelungos, o la misma reina de Saba, de piel nocturna y deseos irrefrenables, todas procedentes de la amante del Dios creador, preñador, capaz de darles forma de fémina a los deseos que se esconden debajo de las ansiedades. Scheerezada, en cambio, venció la fatalidad; transmutó su destino y fue la reina de la palabra. Ella sabía que la palabra crea la vida, y que la vida tiene también ingredientes de lujuria. Palabra y carne, aventura de muchas noches. Infinitas noches. La palabra como otra manera de la seducción.

Lilith es la madre de todas las tentaciones. La mujer de la serpiente enroscada en sus piernas sigue resucitando en la bruja, capaz de hacer volar las imaginaciones de los solitarios; sigue viviendo en las Magdalenas, consoladoras de guerreros derrotados y de sacerdotes que temen a la castidad perpetua. La insumisa sabía que era dueña del mundo, dotada para desequilibrar al macho cabrío y para atrapar con sus seducciones a aquel que se creía (toda una impostura) el Rey de la Creación. Lilith domeñó al vanidoso, lo encarceló en su telaraña invisible. Lo castigó hundiéndolo en su cuerpo inviolable. Está hecha para hacerle creer al apresado que ella cede a todos los requerimientos y que el otro es el conquistador, cuando no es más que una víctima del instinto. Un esclavo.

Scheerezada, reina de la noche, tenía en su cuerpo la atracción fatal, pero es en la palabra suya en la que radica su atractivo. Schariar, experto en degollar esposas, no resiste la danza de las horas, las letras que comienzan a bailar en la primera y única jornada (según promesa de rey) lo hacen trastabillar, siente vibraciones en la entrepierna y el cerebro; no sabe por qué esa mujer que es bella y culta, la hija del visir, lo obliga a escuchar y no a mover el alfanje. Scheerezada, ¿la del cuello de serpiente?, es más que vientre y sensorialidad: es la salvadora de las mujeres del reino, en las que de seguro habrá herederas de Lilith.

Mujer fatal es Dalila, y Salomé, y aquellas que fueron capaces de tentar a Cristo, aunque no triunfaron en el intento –o eso se cree-, y de otra parte Juana de Arco y su sueño incendiario, y Manuelita Sáenz y su sueño de libertad. Y fatal también es la Libertad de Delacroix, con sus senos atrayentes y muchos hombres tendidos a sus pies. Y si se quiere, con un poco de suspicacia, también lo es la asexuada Dulcinea, idealizada amante del Quijote, que lo “obligó” a serle fiel y a no caer en las tentaciones maravillosas de Altisidora y Maritornes.

Lilith, la tentadora, tiene un castigo: carecer de reposo. Donde haya hombres, ella estará alerta, dispuesta a tirar la inevitable red, no le es posible la abstinencia. Su condición es aspirar siempre a someter mediante las artes del sexo. Siempre –como asunto de eternidad- tendrá esclavos. Para eso fue pensada y diseñada. ¿Por quién? Lo que aún se desconoce es si Dios tiene celos de Lilith. Nombrarla es ya hacer parte de su séquito de sirvientes. Esa es su astucia: hacer creer –como el diablo- que no existe, que es solo palabra. Y se ha visto: la palabra es el origen de las cosas.

2.

No me interesan quiénes fueron las amantes de Don Juan ni los amantes de Verlaine; me gusta más, por ejemplo, saber por qué una mujer como Lady Macbeth, enajenada por el poder, trazó, junto con las inevitables brujas, la perdición de su marido. Era una mujer fatal, pese a que en algún momento de su tragedia quiere ser asexual con tal de alcanzar sus ambiciones. Estaba unida a la sangre, a la de los otros, a la que ella contribuyó a derramar. Sus manos estaban manchadas de una sangre indeleble: la culpa, que creía limpiar con agua, una suerte de Pilatos femenino.

Me han dicho que Mata Hari, Marilyn, Edith Piaf, Liz Taylor, Marta la Peluda, Catalina de Rusia, eran mujeres fatales. Sin embargo, la que me narró Hernán Restrepo, un músico de Bello, era más fatal que las anteriores. Había enterrado a tres maridos y todavía tenía arrestos para seguir poniendo en jaque a los que se atrevían a cortejarla. Era pianista y vestía de negro. Se enorgullecía de tocar los nocturnos de Chopin a oscuras, o apenas iluminada por una vela. Un estudiante pobre de la Universidad Nacional era su preferido ¿para qué? Es un misterio que apenas empiezo a entender. Se llamaba Luis Carlos Jiménez, era alto y flaco, y había días en que se quedaba sin almorzar. Conoció a la pianista en el auditorio León De Greiff y ella, que estaba presentando un recital, se fijó en él. Al final, él subió al escenario y le entregó, en vez de flores, un plátano verde. La señora lo abrazó y le prometió invitarlo a su casa.

En cada visita, el muchacho le llevaba un plátano. Así se lo hacía saber a sus compañeros. Lo envolvía en hojas de periódico, los invitaba a que lo acompañaran hasta la entrada y ellos esperaban. Dos horas más tarde, salía, pálido, sonriente y con un ligero temblor en las manos. Los otros con la curiosidad del chismoso le preguntaban cómo le había ido y él se negaba a los pormenores. Sólo les contaba que era una mujer rara: lo hacía sentar –decía- en el piso mientras ella le desgranaba notas de Chopin. Después, él le entregaba el “regalo” y la historia la dejaba en punta, pese a la insistencia de sus camaradas. Cada vez, Luis Carlos enflaquecía más y dos meses después del inicio de su aventura, murió en medio de delirios, en los que veía, según contaron los médicos, una mujer desnuda acostada sobre un piano en llamas.

3.

Los primeros calendarios sexuales que vi con el lógico estremecimiento de los años mozos, se los debo a papá, que se los regalaban los gringos de compañías petroleras, en las que él trabajaba como intérprete. No eran de mujeres reales, sino idealizadas por pintores, que habían aprendido los modos sutiles de la seducción femenina. Eran, la mayoría, de la empresa Brown and Bigelow. Se trataba de las famosas chicas Pin Ups, que desplegaban una lujuria contenida, como para dejarle el resto a la imaginación del observador. Recuerdo, entre tantas, a una muchacha con cara de quince años en un cuerpo de veinte, vestido rojo, muy bien moldeados sus senos, los pezones erectos, las piernas descubiertas en las que se apreciaban ligueros provocadores. Los labios muy rojos (“quitate el rouge de los labios” cantaba un tango en un traganíquel), sentada en el bumper de un automóvil con una llanta desinflada. La chica se miraba en un espejo de mano. Si uno pasaba el mes, después de alelarse durante treinta días viendo la misma muchacha que invitaba a sueños intranquilos, aparecía otra, en una bañera, la espalda fina, el agua jabonosa apenas cubriendo sus nalgas, con una toalla cogida de tal modo que apenas se insinuaba la forma redondeada de su teta húmeda. Era para despertar todas las concupiscencias de un adolescente. Doce damas al año no era un mal balance.

Sin embargo, la que ocupó todos mis deseos carnales era una muchacha de zapatos rojos, con una pierna levantada, medias veladas, recostada en un almohadón blanco y con una mirada de picardía, como diciendo “ven a mí, soy tuya”.  En todo caso, las chicas de enero a diciembre, tenían una pose picante, comprometedora, como embarazosa, pero con una actitud provocadora que insinuaba que el observador era el “voyerista” y ellas no tenían la culpa. Había una, a lo Marilyn (era una versión de ella), preciosa, con un gesto en O en los labios carmesí, a la que un viento inesperado le había levantado la falda… No faltaba la rubia, parada en un columpio, muy sonriente, a la que se le veían las piernas –otra vez, las medias veladas y el liguero-, que a uno le estimulaban todas las tentaciones y temblores.

Muchachas de boquitas pintadas de calendarios gringos que, aunque no eran propiamente mujeres fatales ¿o sí?, tenían la intención de abrirles los ojos a los mirones, de afiebrarlos y hacerles creer que en cualquier esquina de la realidad podrían aparecer ellas, en momentos en que ya las hadas eran parte de la infancia ida y el mundo de los deseos se abría para que nosotros lo descubriéramos, para llevarnos hasta los dominios del paraíso perdido. Sonaban a jazz (sí, a Count Basie) y en ellas –como una fatalidad- revivía la serpiente que Lilith había domesticado con sus fogosas piernas.