Busco a Borges para asesinarlo

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Jorge Luis Borges

 

Por Reinaldo Spitaletta

La historia es real. Me la contaron hace tiempo mientras llovía en Buenos Aires. Los hechos en sí no tienen mucha importancia, pero las circunstancias en que ocurrieron tienen la clave del jeroglífico. A la puerta de mi casa tocó esa tarde un hombre, de ojos tristes, como de perro con hambre, y manos flacas. Se identificó sin rodeos como Lazarus Morell. Por su aspecto, pensé que se trataba de algún mendigo, o de un poeta callejero. Como llovía, lo mandé a entrar, aunque con cierto temor. Siempre se teme a lo desconocido. El tipo se sentó y comenzó a hablar, en un lenguaje en el que mezclaba dialectos de gitanos con oraciones religiosas. Ya no me cabía duda. Era un loco.

Hace años lo andaba buscando, dijo. Ahora podré morir tranquilo. Leí a Spinoza y a Platón, a Heiddeger y Nietzsche, y a otros de cuyos nombres ahora no me acuerdo. También leí la Enciclopedia Británica y el Talmud, y pasé horas enteras escudriñando los cuentos de Las mil y una noches y buscando en las bibliotecas todo lo referente a la doctrina de Tlön, pero todo ese esfuerzo resultó inútil, porque, en realidad, al único que le ha servido ese conocimiento es a un escritor argentino. A ese autor de tantas ficciones lo odio. Aunque no sé si exista o sea un producto de mi imaginación.

Afuera, seguía lloviendo. El hombrecito se acomodó mejor en la silla, y luego le ofrecí un cigarrillo. Lo rechazó con un movimiento de manos. Habló después sobre las paradojas y el tiempo circular, sobre los relojes de arena y los mapas, sobre la tipografía del siglo XVIII, “rajó” de Judas Iscariote y lanzó, de manera injustificada, improperios contra el Dante.

Yo estaba aterrado, no por las vociferaciones de Lazarus, sino porque, de verdad, no le entendía nada. Pero algo en él me gustaba. Tal vez era su forma de sentirse tranquilo en un lugar donde no le conocían. Comprendí, en su real dimensión, que el tipo estaba desquiciado.

A él no le importaba si su lenguaje era o no entendible. Lo único que quería era desahogarse. He estado en las regiones más inhóspitas, en el infierno y el paraíso, en los sitios donde el tiempo no existe, en el infinito y en la nada. En todas partes y en ninguna. Y, con todo, no he podido encontrarlo.

“¿A quién no ha podido encontrar?”, le pregunté, de modo estúpido. Me miró como se mira a una cucaracha, como se mira a un ser insignificante. Y no respondió.

Horas después –segundos, tal vez- Lazarus, que vestía pantalón de dril y camisa de popelina verde, seguía hablando sobre la prosa de Stevenson y la viuda Ching y sobre cómo robar caballos, en una cháchara interminable, que parecía más bien un sermón de iglesia. Luego prosiguió con Bertrand Russell y lo cíclico de la historia, y se empeñó en demostrar que el teorema de Pitágoras era una falacia. Y así, con la propiedad que tienen los locos al hablar, me dijo que él era la reencarnación de de un tigre. Después, o antes, se puso a recitar fábulas de Fedro y a hablar de un tal Pierre Menard. Cuando el hombre se percató de que la lluvia se había ido, entonces entonó blues y me preguntó si, por algún acaso, yo tenía una guitarra. Le dije que no, pero que la podía conseguir. Dejemos la cosa así, respondió. No necesito guitarras, necesito tiempo.

Yo ya no sentía miedo. Sentía compasión. Lazarus no paraba de hablar incoherencias. Citó a Mallarmé: “El mundo existe para llegar a un libro”. Mi vida ha sido una fuga permanente. Vivo, no para llegar a un libro, sino para encontrar al ser que me creó. No quiero pertenecer a la memoria de las atrocidades. Quiero pertenecer al olvido. Usted, si es inteligente, ya debe saber que, desde siempre, busco a Borges para asesinarlo. Pero no sé si ese autor existe o es producto de mi imaginación.

Lazarus se relajó. Se recostó contra el espaldar del sillón y se quedó dormido. Soñaba. Y yo lo soñaba a él. La historia es real. Me la contaron una tarde, mientras llovía en Buenos Aires.

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