El joven como protagonista de su historia

Prólogo al libro “Jóvenes paisas legales”, de la Fundación Nueva Urbe (Funurbe)

Por Reinaldo Spitaletta

Un proverbio árabe, muy inteligente, como casi todos los proverbios de esa cultura, advierte que los hijos no son hijos de sus padres, sino de su tiempo. Y esta aseveración se nota, con prolijidad, a partir de la década de los sesenta del siglo XX, tiempo de las revoluciones sexuales y sociales, en las que los adolescentes trascendieron el concepto romántico decimonónico del morir jóvenes, como una predilección de los dioses. Si bien algunos paradigmas de las juventudes desde los cincuenta, tuvieron conexión mediática con figuras que no alcanzaron a vivir más de treinta años, como James Dean, y más adelante, en la “década maravillosa” con astros del rock como Janis Joplin y Jimmy Hendrix, que murieron antes de la edad máxima de Cristo, los jóvenes comenzaron a ser conscientes de su protagonismo social con candentes movimientos vinculados a las revoluciones, los nuevos fenómenos musicales, la irreverencia de artistas, como Andy Warhol, y de líderes carismáticos, como el Che Guevara.

Los sesenta reventaron no sólo con la revolución cubana, liderada por jóvenes barbudos, sino con la irrupción de novísimos sonidos y sensaciones ligadas al consumo de alucinógenos, como bien puede leerse en novelas como, por ejemplo, El almuerzo desnudo, de William Burroughs. La música rock, que ya había creado una suerte de deidad norteamericana, Elvis Presley, impacta en todos los corazones y mentes juveniles, y erige como nuevas estrellas a los Beatles, a los Rolling Stones y otros más, que hacen de las juventudes un sujeto de consumo masivo pero, a la vez, de reflexiones y gritos de protesta frente a asuntos como la guerra de Vietnam, la revolución cultural china, las luchas de liberación nacional en Asia y África. Los sesenta son la década de la juventud como centro del mundo.

Ser joven implicaba ser parte del cambio social, con oposición a los señuelos impuestos por el capitalismo, de que pertenecer a la juventud era solo ser un consumidor, alguien que se atraganta, que no pregunta sino que bebe o come o usa ropa de moda, sin digerir nada. Sin embargo, el mayo francés de 1968, la masacre de decenas de estudiantes en México en la Plaza de las Tres Culturas, y posteriormente, en los setentas, la aparición de movimientos estudiantiles en América Latina, en particular en Colombia, vuelven a poner en la palestra política al joven como un ser social capaz de movilizarse por los cambios y en procura de una educación democrática y científica. Entonces, una nueva fase en la condición de ser joven aparece por esos días: no es solo aquel que viste bluyines y escucha canciones de moda, sino el que está pendiente de la sociedad y sus inequidades, el que participa en movilizaciones al lado de obreros, en una puja por la consecución de reivindicaciones sociales.

Hubo, entonces, un tiempo en el que ser joven significó mucho más que usar minifaldas o la píldora anticonceptiva: era lograr conciencia del mundo que se habitaba, de sus desigualdades y espejismos, y con la conjunción de utopías, músicas, poesía y consignas imaginativas, intentar cambiarlo todo. Su relación con el mundo planteaba derrocar las normas y comportamientos de sus mayores. Eran, en rigor, hijos de su tiempo y no de sus padres. Las culturas juveniles se caracterizaron por esas calendas por su iconoclastia. “Prohibido prohibir”, se decía en los alzamientos estudiantiles del mayo francés. La juventud palpitaba con las guitarras, los cantos evocadores de viejas batallas indias, los sueños de construir un nuevo mundo.

En Colombia, donde un poeta dijo, con razón, que “todo nos llega tarde, hasta la muerte”, hubo manifestaciones juveniles, con demostraciones masivas, sobre todo en los albores de los setentas, que lograron mostrar un panorama distinto de las juventudes que ya no eran parte de la grey. Buscaban su identidad y sentido de pertenencia a un territorio, a una historia. Sin embargo, los jóvenes en un país atravesado por diversas violencias, que también habían sido carne de cañón de antiguos y renovados conflictos, van a tener un desvanecimiento en aquella situación que sociólogos y otros científicos sociales denominaron la cultura de la mafia. Ser joven se transmutó en un riesgo, o, en el peor de los casos, en mano de obra de los ejércitos de los carteles de la droga. Así, en particular en los barrios populares de ciudades como Medellín, Cali, Bogotá, el joven se emparentó con el sicario. Advinieron estereotipos y estigmatizaciones. Y de pronto, los ideales juveniles de transformación de la sociedad se trastocaron por el del “dinero fácil”, conseguido en el tráfico de estupefacientes o en el asesinato a sueldo. En muchos casos, en especial en los ochenta y noventa, ser joven era un peligro.

Con todo, hubo aquellos que se sobrepusieron al miedo y a las tentaciones. Los que avizoraron en el estudio, en la cultura, en la búsqueda de una ética, caminos distintos de convivencia. Los que hallaron en la canción, en el poema, en el trabajo honrado, otras maneras de ser jóvenes. Y esa muchachada distinta, vital, se ha esparcido por la ciudad, con propuestas de vida, de futuro, de cambio en la concepción de lo que significa la juventud. Estudian, leen, trabajan, dinamizan su entorno.
Así son, por ejemplo, los muchachos que escriben este libro, con sus historias de vida, sus promesas cumplidas, sus proyectos alcanzados. Son producto de su tenacidad, de su sana ambición de ser distintos y de no dejarse uniformar por el consumo y sus trampas. La Fundación Nueva Urbe de Medellín les ha aportado algo, tal vez mucho, para la construcción personal y la práctica social. Y ellos han asumido el reto de contar y cantar, de dejar una huella para los que vendrán. Estos asuntos, simples y profundos, son motivo de celebración. Que la alegría siempre esté unida a sus nombres.

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Un papa gardeliano

Por Reinaldo Spitaletta

Que el nuevo papa haya asumido el nombre del único gran santo de la cristiandad, el hermano Francisco de Asís, puede ser síntoma de que la Iglesia se podría enrutar hacia una opción por los pobres. Pero, en este punto es dónde comienzan muchos interrogantes, algunos como estos: ¿Continuará el nuevo pontífice la línea conservadurista de sus antecesores Juan Pablo II y Benedicto XVI? ¿Se abrirá la institución hacia reformas de fondo y, como sugiere el teólogo Hans Küng, volverá a izar las velas del renovador Juan XXIII?

¿Significa que porque el papa es argentino, la Iglesia jugará un papel diferente frente a las intromisiones de los Estados Unidos en América Latina? Y así por el estilo surgen preguntas en torno a lo que será el rol de Francisco, sobre el que ahora se sabe más acerca de su novia de infancia, de su amor por un equipo de fútbol, de su entrañable barrio porteño, el barrio de Flores, que sobre su presunta complicidad con la criminal dictadura militar de Videla y compañía.

Uno podría decir que si Francisco escogió no solo por pose o impacto mediático el nombre del patrono de Italia, el que renunció a toda riqueza material para dar ejemplo de sencillez pero sobre todo de protesta ante la injusticia, es porque a la Iglesia la esperan momentos cumbre de transformaciones. Se sabe de sus faustos, de su historia milenaria con abundantes patrimonios terrenales, de las actividades financieras vaticanas. ¿Cambiará la correlación de fuerzas para que la Iglesia sea no solo vocera y defensora de los pobres sino una crítica tenaz frente a los poderes que son la causa de las miserias y desamparos sociales?

Aguardemos entonces que las prédicas contra la pobreza vayan acompañadas de cuestionamientos (¿y acciones?) contra los modelos y sistemas económicos que depredan tanto al hombre como a la naturaleza. Mientras tanto, y tornándonos más bien ligeros en cuanto a la elección del papa Francisco, un ser que montaba en “subte” (metro) en su natal Buenos Aires y que, según la prensa, ha hecho demostraciones de austeridad en su vida ciudadana, volvamos al hombre. No sé si es por una “light culture” o porque se ha querido dar una semblanza del humano para luchar contra mitologías, que se le ha dado tanto despliegue a su gusto por el San Lorenzo de Almagro (seguro, la hinchada tendrá que poner ahora la efigie del papa en sus banderas y camisetas) y por su pasión tanguera.

Hay tres asuntos argentinos extraordinarios, que son la literatura, el fútbol y el tango. Los dos últimos, como se sabe, son una especie de religión, en particular en Buenos Aires. Francisco, el papa, el cura (“me gusta ser cura”, les dijo a los autores del libro El Jesuita), ha sido un lector devoto de Borges y Leopoldo Marechal (El de Adán Buenosayres y Megafón o la guerra). Y ni hablar de tango y su “abrazo sinfónico”. El padre Bergoglio gusta ¡claro! de Gardel, pero también de Ada Falcón, una cancionista (la Emperatriz del tango, la llamaron) que después se internó en un convento. Y seguro que bailó (o tal vez baila todavía en alguna soledad) con el compás de Juan D’Arienzo. Y escucha con admiración a Astor Piazzolla, el revolucionario del tango.

Saber que un papa es tanguero o un buen lector de literatura, puede dar a otros un pábulo para meterse en esos avatares. Quizá ahora algunos irán a leer (o releer) Los novios, de Manzoni, uno de sus autores italianos preferidos o ver todas las películas del neorrealismo o las argentinas en las que actúa Tita Merello, y mirarán con nuevos ojos La crucifixión blanca, de Marc Chagall y buscarán los misterios estelares en la dantesca Divina Comedia. Que los gustos estéticos de un papa son posibles de imitar. Así que habrá alguna feligresía que se dedicará a leer a Hölderlin, en hora buena.

La elección de un papa crea expectativas, tanto en creyentes como en ateos. Esperemos que el tocayo de Francisco de Asís sí tenga una auténtica opción por los pobres.

Martes 19 de marzo 2013

En la muerte del gran Luciano Londoño Un abogado para Gardel

En junio de 2008, el Festival de Tango de Medellín y la Municipalidad rindieron homenaje al mayor referente del tango en Colombia: Luciano Londoño López. El investigador de tango y música popular, murió el martes 12 de marzo de 2013. Reproduzco la nota “Un abogado para Gardel” que escribí sobre él a propósito de aquel tributo en un junio gardeliano.

Por Reinaldo Spitaletta

El mayor referente del tango en Colombia no es un músico, sino un investigador: uno que sostiene que Gardel nació en Uruguay, que propone un análisis de ADN para que se descifre el enigma de si el Zorzal Criollo es de Tacuarembó o de Francia; y que, además, es el único nacional miembro correspondiente de la Academia Porteña del Lunfardo, de Buenos Aires, Argentina.

El abogado antioqueño Luciano Londoño López, de 56 años, amante de la teoría de los indicios propuesta por el historiador italiano Carlo Ginzburg, sostiene, por ejemplo, que la muerte de Gardel se debió, en alta proporción, a la competencia entre las compañías de aviación alemana (Scadta) y la Saco, que representaba intereses de los Estados Unidos.

Londoño, nacido en el barrio La Milagrosa, de Medellín, creció entre cafetines en los que había una repartición casi equitativa entre el tango y la música del Caribe. Después, dividiendo sus amores, el tango lo ganó para la vida y para penetrar en sus avatares. Es el máximo experto en tanguitud de estos contornos. Su biblioteca ostenta centenares de libros, revistas y recortes de prensa referidos al género que Discépolo definió como “un pensamiento triste que se baila” y ni hablar de las grabaciones (longplays, casetes, cedés, videos).

Dueño de prodigiosa memoria, Londoño, lector además de literatura e historia, sabe de las viejas guardias, de la guardia nueva, de Astor Piazzolla, de Aníbal Troilo, de historia argentina, es capaz de demostrar qué ocultó el funeral de Gardel en Buenos Aires o de disertar acerca del influjo del jazz en el tango, y aun del tango en el jazz. Conoce de grabaciones y versiones, discografías, fechas clave. Y siguiendo los lineamientos de José Gobello, presidente de la Academia Porteña del Lunfardo, ha retirado a Gardel del anecdotario y lo ha puesto en la historia.
Ni se le ocurra ponerle trampitas acerca de cantantes, orquestas, compositores, letristas, porque todo lo sabe. Ha dedicado casi toda su existencia al estudio del “gotán”, sin que por ello haya renunciado a la música clásica, o a coleccionar biografías de María Félix y Edith Piaf, o a escuchar la voz y la trompeta de Louis Armstrong. Así que si le pregunta por Indro Montanelli o por Marc Bloch, da perfecta cuenta del periodista italiano y del historiador francés.

Luciano -para entrar en confianza- es, además, fanático del buen sonido. Puede pasar jornadas inacabables pasando “elepés” a cedés, o viejas cintas de video al DVD. Acumula entrevistas de cantores, de directores orquestales, de autores y compositores, y ha leído con fruición y apasionamiento a Roberto Arlt, Osvaldo Soriano, Leopoldo Marechal, Olga Orozco y un sin fin de escritores y poetas argentinos.

Así, él sabe que no solo de tango vive el hombre, pero, igual, el tango, aquella complejidad que Horacio Ferrer definió como “mezcla brava de pasión y pensamiento”, lo mantiene alerta por la riqueza musical y poética del género. Londoño, aparte de ser autoridad en lunfardo y tanguería, de pertenecer a una academia que tuvo entre sus miembros correspondientes al Nobel español Camilo José Cela, es un divulgador de la cultura rioplatense.
En sus artículos y reseñas, publicados en revistas y periódicos internacionales, da cuenta de la relación de la lengua, la historia, la literatura con el tango y de la influencia de éste en la cultura. Por esto y por otros méritos el Festival Internacional de Tango de Medellín le rendirá, el 24 de junio, un homenaje nacional, junto al poeta uruguayo-argentino Horacio Ferrer. El tributo se extenderá a la memoria del escritor Manuel Mejía Vallejo, autor de la novela Aire de tango.

El finado arquitecto uruguayo Nelson Bayardo, autor de varios libros sobre Gardel, le dedicó el titulado Gardel, a la luz de la historia: “A Luciano Londoño López, en expreso reconocimiento a una trayectoria que lo ubica en el máximo nivel de expertos en música popular de las Américas”. Las investigaciones y notas del abogado medellinense han obtenido elogios de musicólogos y periodistas, como Cristóbal Díaz Ayala, Ricardo Ostuni, Jorge Göttling, Luis Adolfo Sierra y Gaspar Astarita.

Para Londoño, Gardel es la máxima expresión del canto popular. A veces, sin embargo, no es extraño que se le “piante” un lagrimón con las voces de Roberto Rufino y Raúl Berón. Medellín, en este junio de tanguedia, rinde homenaje al Zorzal y a un investigador que lo sacó del anecdotario y lo metió en las vicisitudes de la historia.

En la muerte del gran Luciano Londoño Un abogado para Gardel

Chávez sin Chávez

Por Reinaldo Spitaletta
El tipo era uno de los de abajo, como llamó Azuela a los revolucionarios del México insurgente. Uno que quiso terminar con el complejo de bastardía del suramericano y fue capaz de decir: “aquí huele a azufre”, para referirse al “diabólico” Bush. Alguien que, con su magnetismo y carisma, les propuso a sus compatriotas ser ciudadanos de un mundo nuevo. O distinto. Y, claro, tal vez por asuntos de historia, o de antropología, fue un caudillo, lo que significa que con él desaparece un estilo, una figura. Una voz. Lo demás es mitología.

El caudillo, casi siempre un seductor con las palabras, deposita en su personalidad la posibilidad de conducir a la masa, de hipnotizarla con el verbo, con ciertas actitudes, con ser capaz en un discurso de introducir alguna canción, un fragmento poético, una anécdota. El caudillo (hay de derechas y de izquierdas) suplanta a la multitud; la guía como una grey; la embelesa. Y ahí, en esa situación, está la causa de la extinción de sus propósitos y consignas después de su muerte.

Porque resulta, además, que la multitud, o en otro sentido, el rebaño, aspira y gusta de que alguien piense por él; es la figura paterna llevada a dimensiones políticas: el protector, el que señala, el que me evita el trabajo de pensar por mí mismo y entonces traslado a sus virtudes (casi nunca el caudillo visto por la muchedumbre es defectuoso) la gracia de mi bienestar. Lo sigo. Y punto. En el caudillismo, y en sus oficiantes, se advierte una ritualidad sacra. Y en los seguidores del caudillo, un enceguecimiento.

El comandante Hugo Chávez Frías ya es parte de la historia de América Latina, con todo lo que ha implicado en nuestro pasado un mundo de colonizaciones y vasallajes. Tantos desafueros de las metrópolis nos hicieron, a veces, mendigos que se asfixian en medio de riquezas que se traga el colonizador; y en otras ocasiones, nos originó el grito, la rebelión, la búsqueda de nuestra identidad. Y en este último aspecto, el recién muerto presidente venezolano, aportó mecanismos para no ser siempre víctimas.

El lío del caudillo es que, al encarnar según él las aspiraciones y deseos de sus súbditos, se torna símbolo y realidad de una gesta que muere con él, que no puede tener sucesores, como pasa, por ejemplo, con ciertos creadores: su escuela estética se agota en ellos mismos. ¿Acaso la Venezuela de hoy será lo mismo sin su líder? ¿Hubo una construcción social, una mentalidad, que no dependiera del gran jefe, sino de la organización popular para permitir por ejemplo que la riqueza sea de todos y no de una élite?

Chávez, llanero y caribe, expresó actitudes propias de alguien que lucha contra la perpetua posición de que el latinoamericano (¿en rigor, existe el latinoamericano?) es un ser “inferiorizado” por los colonizadores, al que se le ha transmitido con insidia que no es capaz de tener voz propia. Y por eso, no estaba dentro de sus cánones, arrodillarse ante reyezuelos españoles o emperadorcitos gringos, por ejemplo. Pudo ser, a su modo, la materialización del gran mulato que proponía Fernando González. Y en sus actitudes se advertía que no deseaba hacer de los venezolanos una población de pajes. ¿Lo lograría?

El cuento es que la muerte del presidente Chávez lo eleva (o desciende) a la categoría de mito; tal vez no demorarán los que quieran desenterrarlo para exhibir su cadáver por los llanos o las costas; quizá le atribuirán milagros y le impetrarán soluciones a las miserias individuales; se dirá por ahí, en alguna velada, que lo vieron deshaciendo sus pasos. Así como habrá quienes digan que oyeron sus lamentos en el infierno, o su voz cantando en coros celestiales.

Era un caudillo poco acartonado (esto también es parte de una escenografía del poder) y que -como sucede también con cualquier caudillo- despertaba odios y amores. Sin puntos tibios. Ah, y creo que tenía una virtud, poco vista hoy en mandatarios: leía. Quizá en este aspecto seguía una máxima de José Martí: para ser libres hay que ser cultos. ¿Triunfará una revolución social de los pobres en Venezuela? ¿O esta se dormirá, como ahora duerme el hombre que puso la semana pasada a llorar a millones de venezolanos?

Medellín, 11 de marzo de 2013