La narrativa de Darío Ruiz, entre los muros del barrio

Por Reinaldo Spitaletta

¿Qué es un escritor? Es probable que la respuesta nos supere, que se quede corta, que apenas sea un balbuceo. Un escritor, en cualquier caso, es aquel que es capaz de convertirse en otro y en otros, que tiene la facultad de insuflar vida a lo que en apariencia nadie nota, porque estamos sumidos en las enajenaciones o del mercado, o de las prisas, o por los deslumbramientos de lo frívolo y de las modas. El escritor busca ir más allá de las apariencias, bucea en aguas turbias y peligrosas, es capaz de sugerir sospechas y hacer que el lector entre en pánico, en reflexiones, o busque salidas a su existencia o a las de los demás. Es terrible ser escritor porque se sufre un poco más, porque es posible despedazarse con los personajes, con sus vidas, con sus muertes, con sus destinos.

El interrogante planteado puede y debe tener respuestas múltiples, distintas, incluso contradictorias; cada escritor tendrá unas o muchas maneras de responder. O ninguna. Porque también hay casos en que a cada poema, a cada cuento, a cada novela, les surgen asuntos inesperados, más preguntas que hacen que la condición humana sea una complejidad. De cualquier manera, el escritor es un investigador, alguien que puede ser lo que se llama “la mala conciencia de su tiempo”, un ser pleno de antenas, que lo recoge todo y todo lo afecta.

En el caso de Darío Ruiz Gómez hace rato, diría casi cincuenta años, estamos en presencia de un escritor. En sus libros de narrativa y poesía, en sus escritos de urbanismo, en los de crítica de arte y literatura, en sus ensayos y columnas de prensa, en fin, se puede apreciar al hombre culto y al artista que es capaz de penetrar en las distintas telas y capas de la ciudad, de sus habitantes, para dar cuenta de las angustias contemporáneas pero también de las que heredamos, de las que nos vienen o por historia o por la cultura. Ruiz Gómez, que ha ido más allá de las costumbres, de lo evidente, ha transpuesto umbrales y fronteras para penetrar, hondo, en la conciencia de la urbe, en sus discursos y formas de expresión. Al construir sus geografías íntimas, sus ciudades imaginadas y reales, sus personajes, en los que pueden estar la mesera, el futbolista, el empresario, el narcotraficante, en fin, es capaz de trascender la apariencia para construir sus mundos con un tejido tremendo de palabras que duelen o que festejan o que crean universos de perturbación o de melancolía, según los casos.

En sus obras el lector puede encontrarse con la belleza. La misma que a veces narra las fealdades del ser y de la conciencia, o que muestra muros descaecidos o leprosos, o fragmentos de ciudad sin bancas, sin jardineras, sin árboles, o espacios de apartamentos carcelarios, llenos de angustia en sus ventanas y en sus moradores. En la estética de este escritor, en sus motivos, temas y obsesiones, asistimos al horror urbano, a las opresiones espaciales, a la crítica al amaneramiento social.

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Escritor Darío Ruiz Gómez

En las ficciones de Darío Ruiz es posible encontrarse con el tedio de aquellos que sólo piensan en el consumo y las apariencias, como con los que son derrotados por la opresión y los desajustes sociales. En sus obras se puede caminar por un mundo de autodestrucción, como lo que ocurre en nuestras ciudades, o por los estertores de una sociedad en la que compiten la vulgaridad con los desmanes de los viejos y nuevos ricos. El escritor nos conduce, con una mirada distinta frente a lo que es posible que ya conozcamos, por laberintos en los que aparecen la opulencia y el atraso, las miserias y los esnobismos, y nos introduce en el asombro. Darío Ruiz nos descubre y nos enseña una ciudad que creemos conocer y que por el tratamiento de los temas, el desarrollo de los personajes y sobre todo por el tejido auspicioso del lenguaje vemos en otras dimensiones inesperadas e ineludibles.

Como el mismo escritor lo ha dicho en diversas ocasiones, la ciudad es un conglomerado de infinitas voces y comportamientos, de músicas inevitables y a veces sorpresivas, de vocablos y lenguajes, y es ahí, en este punto, cuando el escritor debe echar mano de su talento, de sus dotes de observador, y darles fusta a sus artes creativas, para mostrar un mundo nuevo surgido de lo que ya es viejo y obsoleto, de lo que está en ruinas o a punto de perecer. La ciudad es un territorio o muchos territorios, en los que no solo hay muerte y violencias, sino algunas historias de amor, algunas maneras de la solidaridad y de los afectos.

Si por ejemplo Carrasquilla en su narrativa vapuleó al retablo de usureros, a los avaros, a los arribistas sociales, a los impostores y posudos, a los nuevos ricos, a los que tenían ganas de aristocracia y su mundo era de esnobismo y bovarismo, si Carrasquilla hizo eso y otras cosas más, Darío Ruiz muestra las nuevas decadencias, las nuevas simulaciones. Penetra en la ciudad, en sus paisajes humanos y topográficos, con renovado lenguaje y, en especial, con una visión en la que no hay concesiones ni facilismos, sino una estructura compleja de caracteres y situaciones.

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Desde sus comienzos literarios, del cual se recogen muestras en la nueva y necesaria Antología Personal, con el título de Entre Muros, publicada por Eafit, Darío Ruiz ha inquietado con la presencia de la ciudad, de los viejos comportamientos patriarcales, de aquellas sociedades de los privilegiados que humillaban al pobre por su fracaso y su condición, hasta derivar en las transformaciones de la misma, en la que irrumpieron otros ricos, otros potentados, otros asesinos. Y ahí estaba el escritor con sus reflexiones, con sus creaciones, con sus palabras que son las que crean las cosas y los mundos.

Medellín (¿Qué es una ciudad?) aparece en la literatura de Ruiz refundada y diversa, pero atada a la poesía del narrador, a las palabras que éste usa para recrearla. Es una ciudad que nace y muere con el escritor, con sus invenciones. En estos cuentos de Entre Muros, se oculta –son palabras del escritor- su verdadera autobiografía. Me parece que hay que ir más allá: en estas ficciones está la biografía de lo urbano, de esos personajes que “solo existen desde su adentro conmovido”, de algún barrio, mansión, o casa pobre, porque el mundo de Ruiz, o mejor, su poesía, está en los hechos y su particular modo de narrarlos, sin lugares comunes, en una búsqueda de perspectivas y hallazgos en los que a veces es necesaria la intervención de la cultura popular (algunas canciones, maneras de enfrentar el mundo) o la presencia de una “soledad que empieza a nacer otra vez con su aire cansado”.

Una vez un escritor de Medellín me dijo que envidiaba los títulos de las obras de Darío Ruiz. Y, en efecto, son demoledores, musicales, sugerentes. Ligados poéticamente (es decir, en función de la vida que se narra) a los personajes y sus circunstancias. Los de su Antología Personal son ejemplo de estos asertos: Un papel sucio gira entre los cuartos, Sobre los muros del barrio han escrito mi nombre en letras azules, La ternura que tengo para vos (a manera de tango), La que en el recuerdo canta Un collar de perlas… En los cuentos seleccionados por su autor, como un testimonio eficaz de su parábola literaria, de sus años de escritura, de imaginaciones y observaciones, la ciudad aparece más allá de la historia, pero incrustada en dinámicas urbanas, en las que el lector puede pasearse por la Estación Villa, por alguna calle de Jesús Nazareno, por El Poblado o Laureles, por la Plazuela de Zea o por una geografía personal, que es la del escritor, la que él es capaz de hacerle vivir, sufrir, gozar, al que se enfrenta a sus palabras. En Margarita Restrepo ¿dónde está? el narrador va más allá de la nostalgia y los paisajes, para meternos en asuntos de la violencia, del amor perdido, de alguien que ya no está pero que nos sigue perturbando.

A veces, el escritor nos hace caminar por experimentos narrativos, de puntuación (o ausencia de ella), formales, que son parte de los climas de sus cuentos, de sus personajes y situaciones. No son gratuitos ni de exhibición. Son parte de una esencia, de una construcción necesaria para que entremos en esos parajes a veces de claridades livianas o de oscuros temores porque está próxima una ausencia o un hecho irremediable. En la Ternura que tengo para vos, por ejemplo, hay un retorno a viejas calles y cafés, a situaciones perdidas, a los estragos que el tiempo causa. Y a la poesía, a aquellos que caminan “consumiendo una amistad” o a una calle que tiene mucho de recuerdo. Aquí, otra vez, la música aparece como parte clave de las atmósferas, las vidas, las relaciones. Y las cervezas guardan algún secreto que está a punto de descubrirse. Ah, y qué tal El aire muerto, donde el fútbol, pasión de barrio, canto a la amistad de los que se reúnen a jugarlo o a verlo, digo que ese aire es todo un homenaje a la barriada, a aquellos jugadores, como el Manco, que sólo querían jugar y pasar bien el corto momento de una vida.

En Entre Muros hay una ciudad de infancia y otra de madurez. Leerlo es transcurrir por diversos tiempos, pasar por la pobrería del barrio olvidado hasta subir a las lomas de los que están arriba, con dinero y poder. Es la ciudad cambiante pero también con mentalidades de larga duración; es la voz o las voces de los que se han ido y de los que aún se mantienen a la espera: ¿de qué?, de un desembarco, de un golpe de suerte, de una planeación. Ascenso y decadencia de sectores sociales subyacen en las magníficas narraciones de Darío Ruiz. Es posible rastrear en ellas los arribismos, las posiciones de una aristocracia que intenta huir de lo vulgar pero cae en lo inauténtico, en la copia, en la degradación. Es, también, posible hacer una lectura de períodos, en los que las chimeneas fabriles, el sudor obrero, el olor a telas, van quedando atrás para mutarse en la búsqueda de riquezas a cualquier precio, en la exhibición grotesca de poderes, en la aparición de nuevas arquitecturas y refinamientos de pura pose.

Tal vez uno de los relatos más bellos (por su estructura, desarrollo de un personaje, de una mentalidad) sea La que en el recuerdo canta Un collar de perlas. Una mujer, María Eugenia, un tiempo en el que pasan infancias y adolescencias, matrimonios, serenatas, canciones, páginas sociales, dolores, voces que narran, que casi llegan al llanto, a una pesadumbre por lo que se va, por lo inevitable. Poesía que surge, insisto, de los hechos más que de las palabras. O del modo cómo aquellos se revelan. Eugenia viva, Eugenia muerta. Genia. Ah, y esa Sombra de rosa y vino, que muestra la opulencia, la lucha imposible de una clase para no caer en el abismo de la vulgaridad, de lo chabacano, y sin embargo no puede detener la caída (como en un cuento de Poe) de un mundo que ya no puede ser.

Y a propósito de todo lo anterior, qué es entonces un escritor. En esta perspectiva, es aquel que es capaz de reinventar la calle, una atmósfera de barrio, una conspiración de clase alta. El que recoge la complejidad de un atardecer, los reflejos de una dama hermosa ante un espejo, la crisis existencial de un muchacho de barrio y le da una categoría de estética. Y de ética. O puede ser, tal vez, aquel que con sus ficciones y reflexiones nos hace creer que, pese a todas las muertes y a todas las violencias, el hombre prevalecerá. Y esto es, creo, lo que ha hecho con sus libros y creaciones, con su literatura, el escritor antioqueño Darío Ruiz Gómez.

 

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