Sobre “trata de blancas” y una polaquita

Resultado de imagen para zwi migdal

 

Por Reinaldo Spitaletta

Por correo electrónico me llegaron las inquietudes urgentes de una escritora, que andaba buscando, según me dijo, una palabra con la cual pudiera expresar mejor, o con más música, el significado de puta, prostituta, ramera, guaricha y no sé cuántos sinónimos más que existen de ese oficio en lengua castellana.

Lo quería más por el lado del lunfardo, que tiene bastantes. Y, bueno, después de un rato, y tras decirle lo que ella ya sabía, que no hay sinónimos exactos y bla-bla-blá, le contesté a la señora, llamada Rosa, y a la cual, por motivos que no son del caso exponer, bauticé como Madame Bovary: “Podés usar grela, y entonces te quedará con la elegancia de Horacio Ferrer”.

“¡Esa es!”, gritó desde el otro lado la respuesta fría del e-mail. Y, digamos, que ahí surgió esta crónica inesperada sobre la Zwi Migdal, una organización mafiosa, de proxenetas judíos polacos, que esclavizó en la década del veinte, en la Argentina, a unas 30 mil mujeres, en una abominable “trata de blancas”, sobre la cual ya hay publicados varios libros y se filmó una película en Buenos Aires.
La Zwi Migdal tenía una estructura delictiva muy sólida. Aunque poseía ramales en Rosario, su centro estaba en el Río de La Plata, con prolongaciones hasta Montevideo. En la avenida Córdoba, en Buenos Aires, estaba la sede de lujo de esa organización clandestina, que figuraba como la Sociedad de Socorros Mutuos Varsovia, creada en 1906, y tenía un cementerio para sus socios (cerca de 5.000), teatros de variedades con presentación de obras en idish, y una sinagoga. Un montaje bien logrado, con el que sus rufianes pudieron engañar a muchachas pobres de Polonia y Rusia, a las que seducían con el cuento chino de siempre: por allá no aguantarán hambre, saldrán adelante, les podrán girar dinero a sus familias, y, bueno, conseguirán “hacer la América”, como decían.

La “Gran Fuerza”, como también es su significado, estaba sostenida por políticos corruptos, policías venales y jueces comprados. O vendidos. En todo caso, sus socios sí hicieron la América y desarrollaron un oscuro negocio en una ciudad atiborrada de inmigrantes que habían dejado atrás su pasado y sus parientes. Florecían los prostíbulos, como El chorizo, Las Esclavas, Gato Negro, Marita, Las Perras y otros con nombres poco imaginativos, y en los cuales las “polaquitas” debían atender, cada noche y cada una, a 50 clientes, un poco más, un poco menos, a dos pesos el “pasaje”. Para la época, bastante caro.

Pocas voces, casi ninguna, han quedado de las mujeres allí esclavizadas, obligadas a prostituirse, a dejar en el anonimato sus hijos, a perderse en la tiniebla del sinnombre. Excepto la de Raquel Liberman, una costurera “polaquita” importada desde el pueblo de Lodz, en 1922, con dos bebés. Su marido había muerto de tuberculosis y de pronto ella estaba en la miseria, y en esos momentos apareció la que ella creía su salvación: la gente de la Zwi Migdal, con sus promesas vanas que “se escaparon con el viento”. Después, en la Argentina, se chocó con la realidad. Había caído en la trampa y de ella parecía imposible huir. Pero qué va, la muchacha era valiente y estaba dispuesta a destruir la red.
En una nota publicada hace varios años en el diario La Nación, de Buenos Aires, en la que se reseñó la filmación de una película sobre la historia de esa organización, se dijo, asimismo, que la obra se basaba en la vida de Raquel, novelada por la escritora Myrta Schalom. “Es muy posible que Raquel llegara al prostíbulo a través de su cuñada, que tenía un negocio de lotería y era miembro de la Zwi Migdal”, declaró en tal noticia la autora de La Polaca, que es como se llama la novela.

Pues bien. La polaquita se iba a vengar de sus esclavizadores y de qué manera. Ya tenía varios años de sometimiento, cuando el 31 de diciembre de 1930 se le presentó la ocasión. En medio de la estridencia de fuegos artificiales y gritos de fin de año, escapó del burdel, pero, como denunciante, tuvo que ocultar su vida pasada, decir que era soltera, y que desde 1918 había sido engañada por un “cafishio” que la obligó a ejercer la prostitución. No era dueña de su cuerpo. Lo tenía que vender cada noche y, además, poco le quedaba de la dura transacción. Y, claro, para preservarlos, omitió en las denuncias a sus dos hijos. Sus declaraciones no cayeron en funcionarios corruptos y de ahí que la polaquita, con su acto de coraje, marcó el principio del fin de la mafiosa banda.
Eran los últimos días del gobierno de Yrigoyen y los primeros rumbos de la dictadura de Uriburu. El año nuevo sorprendió a los proxenetas con malas noticias. Poco a poco, los detenían y procesaban. Y no lo podían creer. Ya iban 108, cuando la Cámara de Apelaciones, en un extraño pero previsible giro, liberó a 105 de ellos. El juez de instrucción Manuel Rodríguez Ocampo estaba desconcertado. Esperaba que otras mujeres acudieran a denunciar a sus captores, pero era imposible.

No se podía confiar en la ley, y menos en la Policía Federal, formada desde 1891 con el reclutamiento de delincuentes y traficantes europeos que llegaban a Buenos Aires “con la única finalidad de ingresar a la policía local para ejercer mejor su oficio de agentes de la prostitución”, según cita del diario Página/12 del libro El camino de Buenos Aires, de Albert Londres. Así, entonces, la única voz definitiva fue la de Raquel. “Raquel no eligió ser lo que era, estaba esclavizada en un prostíbulo. Tenía miedo por la vida de sus hijos. Como muchas otras, había sido engañada por un rufián”, dijo el director del filme La Polaquita, Daniel Burman.
Ya la Argentina transitaba hacia la llamada Década Infame cuando empezó el desmoronamiento de una organización de proxenetismo y prostitución que marcó como un hierro candente la existencia de muchos inmigrantes. ¿Pero qué fue de aquellas 30 mil prostitutas? Poco de ellas se supo. Cinco años después de haber corrido hacia la comisaría séptima de Buenos Aires a denunciar a los que amargaron su vida, un cáncer de garganta derrotó a Raquel Liberman.

Nota: Escoria, una novela de Isaac Bashevis Singer, escritor polaco-norteamericano, cuenta maravillosamente las desgracias de este submundo.

 

Resultado de imagen para zwi migdal polonia

Anuncios
Deja un comentario

1 comentario

  1. Ester Goeta

     /  febrero 18, 2017

    Triste pero fascinante relato.
    Gracias Reinaldo!

    Responder

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: