¡Cerezas para Chejov!

Por Reinaldo Spitaletta

Me encontré a Antón Chéjov cuando ni siquiera había escuchado su nombre y en un tiempo en que mis intereses, en un equilibrio inestable, fluctuaban entre jugar al fútbol y sacarle a una guitarra canciones de Piero y una que otra de Los Beatles. En un asilo de ancianos, en Copacabana, donde mi madre fungía de directora, hallé en un cuarto de olvidos una caja de cartón, a la que nadie parecía pararle bolas. Contenía libros y notas manuscritas en las que su autor narraba peripecias de un viaje desde la Unión Soviética hasta Colombia, en un español confuso en el que se entendía en todo caso que había huido de la guerra y llegado a Medellín. Era un director teatral. En las hojas sueltas e incompletas había ideas sobre montajes, ejercicios para actores, pensamientos acerca de Stanislavski (que entonces yo tampoco sabía quién era) y sobre la soledad del despatriado. También yacían en la caja textos de Bertolt Brecht y el Teatro completo de Chéjov, en una edición de Aguilar de 1959. Todo aquello eran apenas retazos de la historia simple de un hombre que, con certeza, luchó siempre por una pasión. Después supe que él, “huésped” por varios años del hospicio, se llamaba Stasis Poskus.

Estos preliminares, que de seguro sobran, los traigo a cuento porque a cada rato, por alguna relectura, por algún cuento que no se había leído, porque a unos locos bohemios les dio por recordarlo en una mesa de café, en fin, siempre hay que volver a Chejov, por un aniversario, por cualquier motivo, el caso es que tal vez no haya nada nuevo para decir de este escritor y dramaturgo, autor de trescientos cuentos y más de una docena de obras teatrales. Podría expresar, por ejemplo, que se murió joven, de 44 años, como jóvenes murieron, entre tantos, Poe, Maupassant, Reed, Pushkin, Gogol, Kafka, Crane, Fitzerald…, y esto poco aportará al conocimiento de un escritor, parte esencial de la literatura más poderosa del siglo XIX, la rusa.

¡Ah, sí! Se podría decir que nació en enero de 1860 en Taganrog, a orillas del mar de Azov, hijo de un tendero en ruinas y nieto de un siervo de la gleba que compró su libertad a punta de esforzados ahorros. Y que en su infancia hubo más tristezas y carencias que alegrías. Hemingway, uno de los escritores que recibió su influencia, muchos años después de la muerte del ruso decía que para escribir solo se necesitaba haber tenido una infancia llena de desventuras. Mamagallista que también era el gringo. De todos modos, en medio de una “sociedad gris y salpicada de sangre” creció Chéjov, convertido desde muy pelado en cabeza de familia, con un papá que les amargó a él y a sus otros hijos sus primeros años. “Durante mi infancia, no tuve infancia”, diría en su autobiografía.

Y es que era rudo el señor Pavel, quien, sin embargo, amaba la música, aprendió a tocar solo el violín y formó coros de iglesia. Sin contar su pleitesía a popes y monjes. Cuando Antón tenía cinco años ya recibía tremendas palizas de su padre. Las zurras comprendían golpes en la cabeza, tirones de orejas, y prohibición de juegos y retozos. “Cuando tenía ocho años, debía cuidar la tienda, trabajaba como un mensajero corriente y esto afectó mi salud. Después, cuando me enviaron a una escuela secundaria, estudiaba hasta la hora de la comida, pero después de la comida tenía que atender la tienda hasta la hora del cierre”.

Los tiempos de Chéjov, o de la Santa Madre Rusia de entonces, son los de seres endeudados, de funcionarios corruptos, de usureros, de una pequeña burguesía que deseaba olvidar lo que fue y alcanzar reconocimientos; años de ejercicio de censuras y de opresiones varias. Sus primeros personajes serán los escribanos, los camareros, los humillados, los burócratas de segunda sin sentido de la dignidad, los arribistas y los que habían perdido toda esperanza. Y a todos los toma de la vida real. Ya en los primeros relatos se halla la semilla de la estética Chejoviana: la brevedad, “hermana del talento”. Saber escribir, decía, es saber tachar. Después, compondría relatos largos, aunque no pudo con la narrativa de vasto aliento. Sin embargo, hay unos como La sala número seis, que tanto agradaba a Lenin; Mi vida y La Estepa. En su narrativa como en su teatro no hay grandes héroes. Gente común, anónima, trágica, trivial, no desprovista de humor. Y esto se lo reprocharon, incluido Tolstoi. “Me dicen que no tengo héroes positivos: revolucionarios, Alejandros de Macedonia, o incluso, como en los cuentos de Leskov, inspectores de policía honrados. Pero, ¿de dónde voy a sacarlos? Nuestra vida es provinciana, nuestras ciudades están sin pavimentar, nuestras aldeas son pobres, nuestra gente está harapienta…”.

Sus personajes son risa, llanto, la “verdad de la vida”, convertidos en arte. Chéjov, tal como lo expresó en su teatro, sabía que en la vida real la gente no está de continuo matándose, ahorcándose ni haciendo declaraciones de amor a cada paso, ni diciendo a cada paso cosas inteligentes. “Lo que hace con mayor frecuencia es comer, beber, galantear, decir tonterías; y esto es lo que ha de mostrarse en el escenario”. No requirió abstracciones ni simbolismos; en su época, ser realista era ir contra la corriente. Esa fue su revolución.
Era un hombre, un médico y un escritor contra la injusticia. En una carta, había escrito: “La medicina es mi esposa legal; la literatura, sólo mi amante”. En su pequeña finca, al sur de Moscú, donde se llevó a toda su familia, atendía a cantidades de pacientes sin cobrarles un kopek por la consulta, y luchó por la construcción de caminos, escuelas y bibliotecas para los campesinos. La tuberculosis lo atacó desde muy joven y lo derrotó el 2 de julio de 1904. Se tomó en la agonía una copa de champaña, como último brindis por la vida, y alcanzó a decir “me muero”, economía de lenguaje hasta el final. Y listo. Se murió. Dicen que cada vez que los cerezos florecen siempre habrá alguien que recuerda a Chéjov. Ah, no supe el final del señor Poskus, pero por alguna razón dejó abandonada una caja con las obras de teatro de Chéjov en un asilo para viejos. Eso es lo que ando averiguando, con intermitencias largas, desde hace años. Una historia en la que están desde el Tío Vania hasta una señora adúltera que sacaba a pasear a un perrito.

Nota: Hace poco, volvió a Medellín, por unos días, Mario Correa Tascón, un médico exiliado en Alemania. Conoció a Poskus, en Copacabana. “Dejamos perder esa historia”, dijo y en sus ojos se asomó la tristeza.

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1 comentario

  1. Bravo Reinaldo me encanto ( Cerezas para Chejov ) vos sos un gran escritor – grazie tante ti voglio bene assai – giovannapezzotti

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