Manuel Puig, una estética de lo cursi

 

Deliciosas criaturas perfumadas,

quiero el beso de sus boquitas pintadas…

Alfredo Le Pera

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Nació con una mujer por dentro, con las ganas e inclinaciones sexuales de ella, pero, al mismo tiempo, en un cuerpo de hombre con manías de hembra, vino tocado con un talento extraordinario para el cine y la literatura. En el primero, fracasó, pero la cultura y las técnicas cinematográficas las vertió en sus novelas. Y así, luego de guiones y filmes olvidables, Manuel Puig surgió en el panorama de las letras de América Latina, como un escritor extraño, revoltura de fotogramas con folletín, lenguaje popular con imágenes de teatros pueblerinos, mezcla de tango y bolero, de aquel que en vida siempre quiso tener su boquita pintada.

 

Manuel Puig, el mismo de La Traición de Rita Hayworth, su primera novela, un escritor que en los sesenta se puso en la cúspide de los autores latinoamericanos (ya había explotado el Boom literario), se convertirá, con sus experimentos en la escritura, en un narrador que para esas calendas cuestionaba la realidad y los modos de presentarla. Así, como lo señaló Emir Rodríguez Monegal, su ópera prima estaba a la altura de Cien años de soledad, Tres Tristes Tigres, Rayuela, Cambio de piel y Siberia Blues, entre otras de aquellos años felices.

 

Perseguido en los setentas por la dictadura argentina, en particular por su novela El beso de la mujer araña, Puig revolucionó la literatura de su país. Nació en General Villegas, ciudad que en sus novelas convertirá en Coronel Vallejos, en la provincia de Buenos Aires. Era hijo de un fraccionador de vinos y su mamá trabajaba en una farmacia. Todos los miércoles ella iba a cine, a la llamada doble función vermut, a ver las películas de Bette Davis, Irene Dunne, Greer Garson, Norma Shearer y Ann Sothern. Manuel la acompañaba y esas imágenes de infancia se hospedarían en su memoria.

 

La Traición de Rita Hayworth es, en parte, una visión de sus años de infancia. Narra de modo brillante la mediocridad (como lo hicieron, por ejemplo, Flaubert y Chejov) de seres pueblerinos, enajenados por su mundo de limitaciones, a los cuales solo les queda como refugio el cine, la lectura de folletines y novelones, y el chismorreo. Y en este punto hay que decir que Puig se valió para su literatura de la cultura popular, en una mixtura de lenguajes coloquiales, fragmentos de canciones, imágenes de cine, espacios en blanco y casi ninguna acotación en los diálogos.

 

Con su pinta de actor (se creía un Tyrone Power, del que conservó, según dicen, la imagen garbosa de torero del filme Sangre y Arena), Puig se llamaba a sí mismo Julie o Rita. Y según relata Tomás Eloy Martínez, a sus colegas les ponía nombres de actrices: Carlos Fuentes era Ava Gardner, Vargas Llosa era Elizabeth Taylor, mientras que a sus conquistas ocasionales (casi siempre hombres casados) los bautizaba con los nombres de los maridos de Rita Hayworth: Orson (Wells), Alí (Khan), Dick (el cantante Haymes) y Jim (que fue el cuarto y último marido de la actriz).

 

Puig (como en la canción lo hizo, por ejemplo, el mexicano Agustín Lara) acometió la estética de lo cursi, como parte de una cultura que en América Latina se ha expresado en músicas populares, melodramas, radionovelas, que son elementos de la resistencia y la sobrevivencia colectivas. También se la jugó con temas como el machismo, los voyeristas, las “vírgenes torpedeadas” y el amor homosexual. “Soy una mujer que sufre mucho”, llegó a confesar, en medio de suspiros y lamentos. “Si pudiera, cambiaría todo lo que voy a escribir en la vida por la felicidad de esperar a mi hombre en el zaguán, bien maquillada, con los rulos hechos y la comida lista”, dijo en alguna entrevista.

 

En las novelas de Puig uno se encuentra con las expresiones estéticas descartadas y condenadas por lo oficial, por lo conservador, y se introduce, como él mismo lo advirtió, en “las películas más denigradas y las letras de los boleros más bochornosas”. Descubre la dignidad y la poesía que hay en los tejidos de punto y cruz, en carpetas y manteles, o en las declaraciones pasionales al ser amado.

 

Al cuestionar lo poco que se le consideró como escritor serio en su país, dijo: “Creen que soy un bestseller pasajero, no un escritor. Lo mismo pasó con Roberto Arlt hace treinta años”. El autor de la novela Maldición eterna a quien lea estas páginas, murió en 1990. El 28 de diciembre de 2012 se cumplieron  los ochenta años de su nacimiento. Y en su pueblo natal recordaron en el Cine Teatro Español, en ceremonia especial, cuando los padres de Puig lo llevaron allí, a los tres años de edad, a ver La novia de Frankenstein.

En su novela Boquitas pintadas, entre cartas, pespuntes y recortes de revistas, tardean versos de Homero Manzi y Alfredo Le Pera, y el mundo se vuelve azul, “como una ojera de mujer”. Puig le dio dignidad a lo popular y a muchos nos llevó otra vez hasta aquellos cines de barrio, cuando éramos felices y no sabíamos aún que “las horas que pasan ya no vuelven más”.

Anuncios

Dos fábulas

Por Reinaldo Spitaletta


“Como los criminales, como los novios y como los cobradores, yo regreso siempre”

Enrique Santos Discépolo

 

Un animal

 

Salta por los muebles, corretea por los pasillos, se sube a las camas, se mete debajo de ellas, se introduce en los armarios, se cuelga de los techos, se cuela en los zapatos, a veces ocupa el comedor. Por la mañana, abre la nevera, se toma la leche y mordisquea las frutas, pero le hace ascos a las verduras. Se empecina en estar patasarriba en el poyo cocinero. Al mediodía, cuando siente aromas calientes de almuerzo, baila sobre sus patitas peludas, brinca de alegría y uno diría que esboza una sonrisa. Cuando es tarde, chilla, agudeza en su grito, a uno los oídos le sangran. Luego, cuando ya sabe que estamos locos, sin remedio, alza el auricular y huye a través del hilo telefónico.

 

El tigre

 

Sintió unos rugidos de tristeza. Abrió el cuaderno de dibujo, no sin la precaución de tomar un borrador y mantenerlo cerca, por si las moscas. En la primera hoja vio una avispa colorada. En la segunda, una oveja negra. En la siguiente, la calavera de un hombre. En la cuarta, dos pájaros haciendo el amor (no había ningún sonido). Después, se encontró con un tigre azul y verde, inofensivo en apariencia. Lo miró con delectación. El felino tornó a rugir, con renovada ansiedad. Mostró sus dientes mondos y, sin que nadie lo esperara, saltó fuera del papel. El muchacho no alcanzó a defenderse con el borrador, pero antes de recibir el primer zarpazo, pudo pensar: “El tigre no es como lo pintan”.

 

 

 

 

Mar de monstruos y otros asombros

Por Reinaldo Spitaletta

 

1.

 

El mar de los marineros y de los pescadores, vasto y misterioso, es distinto del mar de los poetas. Aquél es apocalíptico, infernal, pleno de miedos y desamparos. Insospechado. El de éstos, en cambio, es propicio a la imaginación, pintoresco si se quiere, con visos de irrealidad, ideal. De cualquier manera, uno y otro están poblados de atracciones que seducen como los míticos cantos de sirenas. Son irresistibles. También uno y otro poseen voces plurales, elogio de la diversidad, que sólo son comprendidas por quien le ama, por quien le teme.

 

Nadie, en todo caso, es indiferente ante esa inmensidad, evocadora de infinitos y de terrores atávicos.

 

Al verlo por primera vez nos produce una sensación de reconocimiento, que es como volver a tener enfrente el seno materno, como el retorno a la cuna, a los orígenes. “El mar, no he visto el mar”, se dolía el poeta. Y es que no haberlo visto nunca, es quedarse huérfano, es como no haber conocido a la madre. Es llevar para siempre un vacío existencial. Es como tener un pecado que no se borra.

 

Él es tan viejo como el tiempo, pero, por paradoja, es siempre un mar nuevo.

 

2.

 

Al principio eran las aguas y de ellas surgió la vida. Eso dicen. Para los griegos, tan dados a las cosas del espíritu y de la naturaleza, el Océano era el límite donde se tocaban, como en un beso, el cielo y la tierra. Era aquel un dios, origen de lo existente. Era, a su vez, el padre de los demás dioses. De las aguas nacen todos los mitos. Homero decía que el Océano es el depósito del cual derivan todos los ríos, todos los mares, todos los manantiales, las fuentes todas, los pozos profundos. Y de ese vasto depósito emergieron en tiempos de fábula las Gorgonas y las Hespérides, y se asentaron, con todo su caudal de espanto, las moradas de la Noche. Las aguas estaban habitadas por monstruos y en algún lugar, sumergido en ellas, quedaba el Infierno.

 

Desde siempre, el agua ha estado ligada a lo mágico, a lo maravilloso, quizá a todo lo incomprensible. A lo arcano, que diría algún esotérico. Su presencia es vida; su ausencia, muerte. En calendas bíblicas acaecieron los milagros de las aguas. Moisés, por ejemplo, pertenece a tan vital elemento. Su nombre, precisamente, significa “rescatado de las aguas”. Él, mago excepcional, conocía sus secretos. ¿Por qué, a un ensalmo suyo, se separaron las aguas del Mar Rojo? ¿Y por qué con un conjuro y la ayuda de una varita la estéril roca emanó aguas salvadoras? En la misteriosa agua sucedió la increíble aventura de Jonás y sus tres días dentro de una ballena. Y el Cristo, también otro mago, fue capaz de andar sobre la superficie de las aguas.

 

La purificación está en las aguas. Es un elemento clave en los rituales bautismales. Nos limpia el alma; nos une con el infinito, con la vastedad del universo. Aguas sacras como las del Ganges, el Nilo, el Éufrates. Aguas mágicas, como las de los fabulosos pozos de la felicidad. Aguas que algún día volverán a cubrir la tierra para que todo vuelva a nacer.

 

Agua-Fuego-Tierra-Aire, cuatro palabras fundamentales en la creación del universo (¿acaso fue creado?). Los cuatro elementos, tan caros al hombre antiguo. Para el enigmático Tales de Mileto el agua era el único elemento verdadero, del cual se formaban los demás cuerpos. Era el principio de todo. “La Tierra flota en el Océano infinito de donde saca su vida. Las nubes recogen el agua del mar, y ésta circula por la Tierra y todo lo baña y fecunda”.

 

Los antiguos alquimistas, en especial los griegos, usaban en sus fascinantes experimentos la denominada “Agua Divina” (era agua de azufre), una suerte de piedra filosofal utilizada para colorear metales. En la búsqueda del conocimiento, el agua también ha ocupado un relevante lugar. Miles de descubrimientos geográficos están ligados a tal elemento. Incluso, el viejo conocimiento de las estrellas se originó en la navegación, y ésta, a su vez, permitió la invención de la brújula, del astrolabio y de otros instrumentos auxiliares del hombre en la búsqueda de nuevos mundos.

 

3.

 

Mar inspirador, mar creador de mitos, mar mágico, mar de todas las imaginaciones, mar de tiempos remotos, mar que en sus fondos guarda la memora de la vida. El mar. Morada de dioses y monstruos. Pueblos primitivos lo adoraron. Los sumerios, civilización de la escritura, pensaban que el origen del cosmos estaba en el agua. Tuvieron a la diosa Namnu, cuyo nombre se escribe con el ideograma para designar “el mar”. Era la madre de todos los dioses, era la madre “que nos da nacimiento en el Cielo y la Tierra”. Y en el Poema de la Creación, de los babilonios, se dice que cuando ni los cielos ni la tierra estaban nombrados, ya existía el agua, mas ningún dios.

 

Y el agua produjo la vida. Para ellos Tiamat, diosa de la Creación, estaba personificada en el mar. Y del mar primordial surgieron la tierra y los cielos.

 

En la Teogonía de Hesíodo se dice que la Ola (Pontos) tuvo por primogénito al “verídico Nereo” o Viejo del Mar, benigno y honrado, que se unió a Doris, hija de Océano, de cuyo enlace nacieron las Nereidas. Estas, jóvenes y muy bellas, pasan su tiempo eterno hilando y cantando en el palacio de oro de su padre. Forman el coro innumerable y hondo que asiste a los dramas y secretos de la vida marina. Viven contentas entre tritones y delfines.

 

Pero también en el infinito mundo de las aguas hay demonios marinos, como las terríficas Arpías, las arrebatadoras, las causantes de las tormentas que, cuando azotan al mar con sus alas, nada se les resiste. Todo sucumbe a su paso de devastación. Se las ha representado como pájaros de presa, de puntiagudas garras.

 

¿Y qué tal las gorgonas? Eran tres, de apariencia horrible, capaces con su presencia de matar del susto a quien se las topara. Armadas con grandes defensas a la semejanza de los jabalíes, sus ojos chisporroteaban y con la mirada podían petrificar a sus víctimas. Sus cabellos eran serpientes y tenían alas doradas. Habitaban los confines del mundo y eran objeto de horror para dioses y hombres. La única que no era inmortal se llamaba Medusa. El invencible Perseo la decapitó. De su sangre nació Pegaso.

 

4.

 

Poseidón, dios griego del mar, es hijo de Cronos y Rea. Su reino se extiende hasta las costas: es capaz de deshacer acantilados e islas y hacer brotar fuentes. Está armado de un tridente, que es, por excelencia, el instrumento principal de los pescadores de atún, y se transporta en un carro tirado por animales monstruosos, mitad caballos y mitad serpientes. Su nombre significa el “Señor o esposo de la Tierra”, a la cual abraza y agita. Es el señor de los sismos y las marejadas. Poseidón, del cual se afirma creó el caballo, se rodea de un séquito de delfines y nereidas. No tuvo suerte en la procreación. Sus hijos salieron violentos y malevos, como Polifemo, el cíclope de la Odisea. Los romanos lo llamaron Neptuno.

 

5.

 

El Leviatán

 

El mar está lleno de animales de fábula, de monstruos inimaginables, de fantasías insospechadas. Tal vez uno de los seres más terribles es Leviatán, una suerte de dragón mítico y que, en la Biblia, designa a una diversidad de animales con distintas formas. Sea lo que fuere, es una criatura de fuerza extraordinaria y sumo poder. Se le ha visto con figura de cocodrilo y de ballena y de serpiente. Es la encarnación del demonio, dicen.

 

En el Libro de Job se le describe con horrorosa maestría: “¿Quién abrió la puerta de sus fauces? ¡El cerco de sus dientes infunde terror!”. De Leviatán se afirma que nadie se atreve a despertarle ni estar de pie, firme, delante de su presencia avasalladora. Sus mandíbulas transmiten más miedo que las del más feroz tiburón. Y sus estornudos son llamaradas, de su boca salen lenguas de fuego y humo de sus narices. Con su aliento es capaz de encender carbones. “En su cuello se asienta la fuerza, por delante de él va el espanto”.  A su majestad abisal temen las olas, que a su paso se retiran respetuosas. Es invulnerable. No lo dañan ni la lanza, ni el arpón, ni el dardo. Nada. No hay en la tierra ninguno semejante a él, creado para no sentir miedo. Es el rey de todos los feroces. Es capaz de tragarse el sol y provocar eclipses. Por eso, Job invitó a los magos para que, con sus encantamientos, hicieran surgir de las profundidades al monstruo para que se tragara la noche en que fue concebido. Su final lo anuncia el profeta Isaías: “Aquel día castigará Yavé con su espada pesada, grande y poderosa, al Leviatán, serpiente huidiza; al Leviatán, serpiente tortuosa, y matará al monstruo que está en el mar”.

 

6.

 

Otros animales fantásticos del mar

 

El mar, que es un río circular que rodea al mundo, es, a su vez, el padre de los tres mil ríos de la tierra (Hesíodo) y hospeda en su vasto seno animales disímiles y extraños, como las sirenas. En la Odisea no están descritas, solo escuchamos su voz de seducción. En realidad, son monstruos marinos, con torso de mujer y cola de pez, cuyo máximo poder es el del encantamiento. Los marinos no resisten su fascinación y perecen ante tanta belleza.

 

Otro habitante de los mares de la imaginación es el Kraken, un dragón marino cuyo lomo mide tres kilómetros de longitud. Este animal inconcebible es, como el pulpo, capaz de enturbiar el mar con sus descargas de tinta. Está dotado de innumerables tentáculos y se alimenta de inmensos gusanos del fondo del mar. Será visto por los hombres solo una vez: el día del Juicio Final, cuando, emitiendo rugidos pavorosos, emergerá de las simas marinas y morirá en la superficie.

 

El hijo de Leviatán es otro monstruo, mitad bestia y mitad pez, mayor que un buey y más largo que un caballo, que produce terror entre quienes se han topado con su presencia macabra y han sobrevivido a su ataque. Acostumbra ahogar las naves y tragarse pedazos de islas. El mundo todavía está lleno de sorpresas y de seres inesperados.

 

 

7.

 

La tierra es agua coagulada, decía Pitágoras. Nada -agregaba- conserva su apariencia primitiva. De unas formas surgen otras. Todo varía. Nada perece. El mar de Odiseo es distinto al mar de los fenicios, y el de éstos diferente al de los vikingos. El mar de Simbad nada tiene que ver con el de Colón. Y no hay nada que haga parecer el del genovés al de los piratas y filibusteros. Drake y Morgan navegaron aguas disímiles a las de los caribes en sus frágiles canoas. ¿Y qué tal el mar de Melville?, claro, es más épico que el de Poe en su aventura de Arthur Gordon Pym. En nada se parecen el mar de Stevenson y el de London. Mares que se convierten en tierras; tierras que se transforman en mares.

 

Mar de los dioses y de los demonios; infierno y paraíso; pesadilla y ensueño. ¿Cuántos marinos han enloquecido en sus aguas? ¿Cuántos recobraron su cordura tras el naufragio? Mar, principio y fin del mundo.

“Primero estaba el mar”, dice el relato mitológico de los koguis de la Sierra Nevada de Santa Marta. “Todo estaba oscuro. No había sol, ni luna, ni gente, ni animales, ni plantas. El mar estaba en todas partes. El mar era la madre. La madre no era gente, ni nada, ni cosa alguna. Ella era el espíritu de lo que iba a venir y ella era pensamiento y memoria”.

 

Mar reciente y viejo, memoria del universo. En sus aguas se escriben la historia y el mito, que al fin de cuentas se confunden. ¿Cuál es la diferencia entre el Leviatán y los monstruos contemporáneos que lanzan bocanadas de misiles y de bombas y de balas?

 

 

 

La descolorida burocracia y algunas referencias a Kafka

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

En El Proceso, Kafka la pulveriza. Y también en otras de sus obras. Y Orson Welles, ese hombre ancho y alto, que en 1938 estremeció a los neoyorquinos con la transmisión radial de una ilusoria invasión marciana, la muestra, basado en la novela del solitario de Praga, con todos sus pasillos infinitos plenos de papeles y sombras, en una creación fílmica electrizante que retrata a la burocracia como es: en blanco y negro. Porque, para ser precisos, esa élite del poder no tiene las propiedades del arco iris. No es colorida. Es sórdida. Tenebrosa. Incluso, el mejor cromo para pintarla es el gris, que es, en cierto sentido, el color de la tristeza. Y del invierno. Y de la vejez.

 

Burocracia y poder, dos caras de la misma moneda. Papeleos y escritomanías y sellos y ganchitos de cosedora y autógrafos no solicitados. Tramitomanía. Una sensación de náusea ligada a ella. Burocracia. A la que Marx (no Groucho sino Karl) denominó como una entorpecedora del desarrollo normal de los mecanismos sociales. Parásito de la sociedad. Suplantadora de la gestión democrática. Lo advierte el autor de El Capital en su Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte. Burocracia: monstruo multicéfalo. Algunos, hace años, con cierto ingenio macondiano, la bautizaron “burro-cracia”, con lo cual, en esencia, propinaron un insulto a ese cuadrúpedo útil y simpático, que numeroso se pasea por las sabanas calurosas de la costa Caribe.

 

Benedetti –seré curioso, señor ministro, de qué se ríe- la caracteriza en El Presupuesto. Y Orwell la vapulea cerdunamente en Rebelión en la granja. Y cantando, Maiakovski, el futurista, el mismo que se suicidó a los treinta y seis años, cuando ya había escrito varios volúmenes de poesía y obras de teatro y guiones cinematográficos y decenas de artículos, Vladimir, el dibujante, la vuelve trizas con sus versos revolucionarios:

 

“Como un lobo / devoraría al burocratismo. / A las credenciales no les tengo respeto. Todos pueden irse al diablo… / cualquier papel, el que sea, / pero éste…/ por el largo frente / de cupés y camarotes, / un funcionario / se mueve saludando. / Todos entregan sus pasaportes / y yo entrego mi librito escarlata…”.

 

La burocracia, nutridora, sin proponérselo, del arte de las letras. Y de las Leyes de Parkinson, burladoras e inteligentes, que ridiculizan la acumulación de cargos, el despilfarro de recursos públicos y la inercia administrativa. El número de funcionarios crece en razón inversa al trabajo que se va a realizar, dicen, con ironía. Por supuesto, que la burocracia en sí misma no es mala. Ni buena. Simplemente, existe. Imperios lejanos en el tiempo basaron su funcionamiento en “ese sistema de organización particular del aparato de Estado”, al decir de Poulantzas. Egipto, Roma, China, la padecieron. Y la desarrollaron, para su desgracia.

 

En realidad, no hay nada más desolador que enfrentarse al poder de las oficinas. Se siente uno desvalido. Como un insecto. Como un Gregorio Samsa. No hay nada que pueda contra esa estructura demoniaca. Es como envejecer y morir Ante la ley, según el relato kafkiano. Burocracia inconmovible. Como aquella que condenó al hombre de Kiev (¿recuerdan la obra de Malamud). O como aquella otra que martirizó a Iohann Moritz, protagonista de La hora 25.

 

Una firma allí. Un ganchito allá. Un sello en la ventanilla del fondo. Traiga dos fotocopias de la cédula y un retrato suyo actualizado y registro de matrimonio y partidas de defunción, y según este documento usted está muerto y es un aparecido, fantasma, espanto, usted no existe, hay que hacerle otra vez la autopsia, de cuál cámara de gas se fugó usted, traiga dos testigos que puedan afirmar que usted está vivo, y después suba al piso 13 (¿usted no es agorero, cierto?) para que el notario verifique, y traiga más firmas autenticadas pero vaya y pague primero en la caja, y ese antiséptico olor a palacio gubernamental, y las filas perpetuas, y vea que nadie cree que fue el sol el que obligó a Mersault, pobre hombre, a dispararles a los árabes de la obra de Camus. Una locura.

 

Burocracia. Inventora de pasos (primero vaya allí, luego allá, y más tarde acullá) y de pasillos. Temerosa de la eficiencia y del trabajo intenso. Pero necesaria al poder. A Max Weber le mereció muchos estudios y desvelos. Hasta para entrar al cielo se requieren ciertas firmas. Y para el infierno, también.

 

Frente a ella, inmensa y desabrida, uno se siente culpable. Y extraño como un negro en el séquito de la reina Isabel. Es ella, la burocracia, con sus infinitos tentáculos, un laberinto del que nadie puede escapar, que ni el hilo de Ariadna nos sirve. Estamos condenados como Joseph  K. Y nuestro único alivio es ponernos a pintar, como en la antigua escuelita, decenas de arco iris mientras hacemos turno para llegar hasta el fondo y el subfondo, ventanillas con ceño adusto, en la que una voz nos dirá, sin consideraciones: “Ya es muy tarde. Vamos a cerrar. Vuelva mañana”.

 

Advertencia: esta nota, con variaciones, la escribí hace 25 años (1988). La burocracia ha empeorado, pero por fortuna seguimos leyendo a Kafka, a ciento treinta años de su nacimiento.

Don Quijote, ese gran subversivo

Por Reinaldo Spitaletta

 

Ninguna de las novelas que en el mundo han sido tiene la posibilidad de tantas interpretaciones y lecturas como don Quijote. Cervantes, creador de la novela moderna, y un maestro en desdichas y desventuras, nos concede con su obra magna el delirio y la cordura, el sueño y la realidad, la historia y la poesía.

 

Don Quijote es un canto a la libertad y la posibilidad, pero también es el ensayo de una utopía. Es la crueldad que produce risa y la risa que parte de un acto múltiple de crueldad. Ese personaje que los libros le dan una nueva vida cuando casi tiene cincuenta años, cuando apenas se conoce en su medio con el sobrenombre de Quijada, Quesada o Quijana, es un héroe, o antihéroe, regido por un destino que está en los libros de caballería.

Cervantes inaugura con Don Quijote nuevas formas de narrar, inventa la novela moderna tal como hoy la concebimos. Es la gran mente universal de su tiempo que, como escritor, desdobló el lenguaje narrativo en puntos de vista, con una novela fantástica y realista, en la que prácticamente está todo, desde las utopías hasta la cultura antigua; desde los conceptos de justicia y libertad hasta los males de amor; desde la sabiduría del pueblo hasta lecciones de ética.

 No sé si sea la novela más leída en el mundo, pero sí la más popular. Todos saben o creen saber algo de ella. Cualquiera en la calle podrá dar una descripción de Sancho Panza y lo pondrá más gordo o más comilón. Es posible que gente que jamás haya leído un libro hable de Dulcinea y Rocinante, sin saber siquiera que son personajes de una obra literaria.

Ninguna novela o drama en el mundo ha alcanzado tanto. Ni personajes como Hamlet, Aquiles, Ulises, el rey Lear, el Lazarillo de Tormes, han llegado a tener tan vasta presencia en el imaginario colectivo ni a estar tan vivos entre la gente. Cómo será el asunto, que hasta lectores y no lectores le agregan siempre algo, como aquella ya tan célebre y manoseada frase de “ladran, Sancho, señal de que cabalgamos” que no figura en su texto original.

 Don Quijote es un aventurero cuyas batallas y combates casi siempre terminan mal. Es el derrotado, al cual, sin embargo, no le arredran sus reveses. No es el personaje moralizador ni moralizante, pero sí es un buscador de justicia, alguien que quiere proteger a los desvalidos, deshacer agravios, enderezar tuertos, enmendar sinrazones, socorrer viudas, amparar doncellas…

No lucha por la imposición de un modelo de república ideal, pero lo sacan de quicio las injusticias. Más que un utopista es una especie de ser practicador del altruismo que ofrece su valor, sus armas obsoletas, sus palabras, su coraje, su esfuerzo sin aspirar a recompensas. Es un ser generoso, cumplidor de la palabra, al que lo mueve el combate contra lo que él considera que no está dentro de los cánones de justicia.

 En don Quijote hay una parodia a los libros de caballería pero también un sometimiento de la sociedad de su tiempo a la mirada crítica de un personaje que detesta el dogmatismo y que, a veces, quiere la vuelta a una Edad Dorada, a una “dichosa” edad sin propiedad privada. El Caballero de la triste figura, el Caballero de los Leones, el caballero derrotado, resurge de sus dolores y de la incomprensión del mundo, como un subversivo.

 En efecto, don Quijote subvierte la realidad con sus delirios y corduras. Con la aparición de esta novela hay un cambio de perspectiva sobre la locura y la razón. La España del siglo XVI también estaba llena de locos, de seres humanos con una idea fija: están el rey, los cardenales, los curas, la Inquisición, los nobles, las monjas, todos ellos dominados por una convicción exclusiva, que algunos vieron como prepotente: de que para llegar al cielo había que pasar por una puerta de cuyas llaves eran ellos los guardianes, tal como lo señala Duffield, citado por Vladimir Nabokov en su discutido Curso sobre el Quijote.

 En Don Quijote los locos se vuelven cuerdos y los cuerdos, locos. Pero el que parece el más loco, es, en últimas, el más razonable y más razonador. Está convencido de su razón de ser en el mundo, la de tener aventuras en pro de los menesterosos, y en su delirio ve posadas como si fueras castillos; ve prostitutas o “damas del partido” como si fueran doncellas; donde otros ven carneros y ovejas él tiene la visión de ejércitos, y a los prisioneros de galeras los toma como gentes víctimas de una injusticia. En rigor, cumple con lo que ha leído en los libros de caballerías andantes.

 Él mismo es un libro, muchos libros. Crea una realidad que, a su vez, choca con la realidad real. Y esa colisión de realidades es una subversión de lo existente. Es un perpetuo llamado al conocimiento: “El que lee mucho y camina mucho, sabe mucho y ve mucho”.

 Don Quijote es una revolución, una novela en la novela, un teatro en el teatro, una narración dentro de la narración. Una novela con momentos cumbres para la risa, pero también para el llanto. Una novela que exalta la libertad humana, como “uno de los dones más preciosos”. Don Quijote conoce bien lo que las leyes -hechas casi siempre para no cumplirse- deben contener. Por eso recomienda, o le dice a Sancho, que en el ejercicio del poder hay que ser discretos, sencillos, rectos, opuestos a la codicia. Un gobernante debe ser honrado, que no prevarique, que no se enriquezca.

Es obvio que en la realidad, y más en la del siglo XXI, el ejercicio del poder es todo lo contrario. Pero don Quijote sigue iluminando a los desvalidos y sometidos para que cambien esa situación adversa y la conviertan en un mundo posible.

 En don Quijote hay una “radical incertidumbre de la condición humana”, una parábola de la soledad del hombre frente a un mundo que cada vez exilia los valores de la convivencia y la fraternidad. Don Quijote, más de cuatrocientos años después de cobrar vida, sigue cabalgando en pos de la libertad y en la búsqueda de un mundo mejor. Es la unión de lo soñado y lo posible.