Mar de monstruos y otros asombros

Por Reinaldo Spitaletta

 

1.

 

El mar de los marineros y de los pescadores, vasto y misterioso, es distinto del mar de los poetas. Aquél es apocalíptico, infernal, pleno de miedos y desamparos. Insospechado. El de éstos, en cambio, es propicio a la imaginación, pintoresco si se quiere, con visos de irrealidad, ideal. De cualquier manera, uno y otro están poblados de atracciones que seducen como los míticos cantos de sirenas. Son irresistibles. También uno y otro poseen voces plurales, elogio de la diversidad, que sólo son comprendidas por quien le ama, por quien le teme.

 

Nadie, en todo caso, es indiferente ante esa inmensidad, evocadora de infinitos y de terrores atávicos.

 

Al verlo por primera vez nos produce una sensación de reconocimiento, que es como volver a tener enfrente el seno materno, como el retorno a la cuna, a los orígenes. “El mar, no he visto el mar”, se dolía el poeta. Y es que no haberlo visto nunca, es quedarse huérfano, es como no haber conocido a la madre. Es llevar para siempre un vacío existencial. Es como tener un pecado que no se borra.

 

Él es tan viejo como el tiempo, pero, por paradoja, es siempre un mar nuevo.

 

2.

 

Al principio eran las aguas y de ellas surgió la vida. Eso dicen. Para los griegos, tan dados a las cosas del espíritu y de la naturaleza, el Océano era el límite donde se tocaban, como en un beso, el cielo y la tierra. Era aquel un dios, origen de lo existente. Era, a su vez, el padre de los demás dioses. De las aguas nacen todos los mitos. Homero decía que el Océano es el depósito del cual derivan todos los ríos, todos los mares, todos los manantiales, las fuentes todas, los pozos profundos. Y de ese vasto depósito emergieron en tiempos de fábula las Gorgonas y las Hespérides, y se asentaron, con todo su caudal de espanto, las moradas de la Noche. Las aguas estaban habitadas por monstruos y en algún lugar, sumergido en ellas, quedaba el Infierno.

 

Desde siempre, el agua ha estado ligada a lo mágico, a lo maravilloso, quizá a todo lo incomprensible. A lo arcano, que diría algún esotérico. Su presencia es vida; su ausencia, muerte. En calendas bíblicas acaecieron los milagros de las aguas. Moisés, por ejemplo, pertenece a tan vital elemento. Su nombre, precisamente, significa “rescatado de las aguas”. Él, mago excepcional, conocía sus secretos. ¿Por qué, a un ensalmo suyo, se separaron las aguas del Mar Rojo? ¿Y por qué con un conjuro y la ayuda de una varita la estéril roca emanó aguas salvadoras? En la misteriosa agua sucedió la increíble aventura de Jonás y sus tres días dentro de una ballena. Y el Cristo, también otro mago, fue capaz de andar sobre la superficie de las aguas.

 

La purificación está en las aguas. Es un elemento clave en los rituales bautismales. Nos limpia el alma; nos une con el infinito, con la vastedad del universo. Aguas sacras como las del Ganges, el Nilo, el Éufrates. Aguas mágicas, como las de los fabulosos pozos de la felicidad. Aguas que algún día volverán a cubrir la tierra para que todo vuelva a nacer.

 

Agua-Fuego-Tierra-Aire, cuatro palabras fundamentales en la creación del universo (¿acaso fue creado?). Los cuatro elementos, tan caros al hombre antiguo. Para el enigmático Tales de Mileto el agua era el único elemento verdadero, del cual se formaban los demás cuerpos. Era el principio de todo. “La Tierra flota en el Océano infinito de donde saca su vida. Las nubes recogen el agua del mar, y ésta circula por la Tierra y todo lo baña y fecunda”.

 

Los antiguos alquimistas, en especial los griegos, usaban en sus fascinantes experimentos la denominada “Agua Divina” (era agua de azufre), una suerte de piedra filosofal utilizada para colorear metales. En la búsqueda del conocimiento, el agua también ha ocupado un relevante lugar. Miles de descubrimientos geográficos están ligados a tal elemento. Incluso, el viejo conocimiento de las estrellas se originó en la navegación, y ésta, a su vez, permitió la invención de la brújula, del astrolabio y de otros instrumentos auxiliares del hombre en la búsqueda de nuevos mundos.

 

3.

 

Mar inspirador, mar creador de mitos, mar mágico, mar de todas las imaginaciones, mar de tiempos remotos, mar que en sus fondos guarda la memora de la vida. El mar. Morada de dioses y monstruos. Pueblos primitivos lo adoraron. Los sumerios, civilización de la escritura, pensaban que el origen del cosmos estaba en el agua. Tuvieron a la diosa Namnu, cuyo nombre se escribe con el ideograma para designar “el mar”. Era la madre de todos los dioses, era la madre “que nos da nacimiento en el Cielo y la Tierra”. Y en el Poema de la Creación, de los babilonios, se dice que cuando ni los cielos ni la tierra estaban nombrados, ya existía el agua, mas ningún dios.

 

Y el agua produjo la vida. Para ellos Tiamat, diosa de la Creación, estaba personificada en el mar. Y del mar primordial surgieron la tierra y los cielos.

 

En la Teogonía de Hesíodo se dice que la Ola (Pontos) tuvo por primogénito al “verídico Nereo” o Viejo del Mar, benigno y honrado, que se unió a Doris, hija de Océano, de cuyo enlace nacieron las Nereidas. Estas, jóvenes y muy bellas, pasan su tiempo eterno hilando y cantando en el palacio de oro de su padre. Forman el coro innumerable y hondo que asiste a los dramas y secretos de la vida marina. Viven contentas entre tritones y delfines.

 

Pero también en el infinito mundo de las aguas hay demonios marinos, como las terríficas Arpías, las arrebatadoras, las causantes de las tormentas que, cuando azotan al mar con sus alas, nada se les resiste. Todo sucumbe a su paso de devastación. Se las ha representado como pájaros de presa, de puntiagudas garras.

 

¿Y qué tal las gorgonas? Eran tres, de apariencia horrible, capaces con su presencia de matar del susto a quien se las topara. Armadas con grandes defensas a la semejanza de los jabalíes, sus ojos chisporroteaban y con la mirada podían petrificar a sus víctimas. Sus cabellos eran serpientes y tenían alas doradas. Habitaban los confines del mundo y eran objeto de horror para dioses y hombres. La única que no era inmortal se llamaba Medusa. El invencible Perseo la decapitó. De su sangre nació Pegaso.

 

4.

 

Poseidón, dios griego del mar, es hijo de Cronos y Rea. Su reino se extiende hasta las costas: es capaz de deshacer acantilados e islas y hacer brotar fuentes. Está armado de un tridente, que es, por excelencia, el instrumento principal de los pescadores de atún, y se transporta en un carro tirado por animales monstruosos, mitad caballos y mitad serpientes. Su nombre significa el “Señor o esposo de la Tierra”, a la cual abraza y agita. Es el señor de los sismos y las marejadas. Poseidón, del cual se afirma creó el caballo, se rodea de un séquito de delfines y nereidas. No tuvo suerte en la procreación. Sus hijos salieron violentos y malevos, como Polifemo, el cíclope de la Odisea. Los romanos lo llamaron Neptuno.

 

5.

 

El Leviatán

 

El mar está lleno de animales de fábula, de monstruos inimaginables, de fantasías insospechadas. Tal vez uno de los seres más terribles es Leviatán, una suerte de dragón mítico y que, en la Biblia, designa a una diversidad de animales con distintas formas. Sea lo que fuere, es una criatura de fuerza extraordinaria y sumo poder. Se le ha visto con figura de cocodrilo y de ballena y de serpiente. Es la encarnación del demonio, dicen.

 

En el Libro de Job se le describe con horrorosa maestría: “¿Quién abrió la puerta de sus fauces? ¡El cerco de sus dientes infunde terror!”. De Leviatán se afirma que nadie se atreve a despertarle ni estar de pie, firme, delante de su presencia avasalladora. Sus mandíbulas transmiten más miedo que las del más feroz tiburón. Y sus estornudos son llamaradas, de su boca salen lenguas de fuego y humo de sus narices. Con su aliento es capaz de encender carbones. “En su cuello se asienta la fuerza, por delante de él va el espanto”.  A su majestad abisal temen las olas, que a su paso se retiran respetuosas. Es invulnerable. No lo dañan ni la lanza, ni el arpón, ni el dardo. Nada. No hay en la tierra ninguno semejante a él, creado para no sentir miedo. Es el rey de todos los feroces. Es capaz de tragarse el sol y provocar eclipses. Por eso, Job invitó a los magos para que, con sus encantamientos, hicieran surgir de las profundidades al monstruo para que se tragara la noche en que fue concebido. Su final lo anuncia el profeta Isaías: “Aquel día castigará Yavé con su espada pesada, grande y poderosa, al Leviatán, serpiente huidiza; al Leviatán, serpiente tortuosa, y matará al monstruo que está en el mar”.

 

6.

 

Otros animales fantásticos del mar

 

El mar, que es un río circular que rodea al mundo, es, a su vez, el padre de los tres mil ríos de la tierra (Hesíodo) y hospeda en su vasto seno animales disímiles y extraños, como las sirenas. En la Odisea no están descritas, solo escuchamos su voz de seducción. En realidad, son monstruos marinos, con torso de mujer y cola de pez, cuyo máximo poder es el del encantamiento. Los marinos no resisten su fascinación y perecen ante tanta belleza.

 

Otro habitante de los mares de la imaginación es el Kraken, un dragón marino cuyo lomo mide tres kilómetros de longitud. Este animal inconcebible es, como el pulpo, capaz de enturbiar el mar con sus descargas de tinta. Está dotado de innumerables tentáculos y se alimenta de inmensos gusanos del fondo del mar. Será visto por los hombres solo una vez: el día del Juicio Final, cuando, emitiendo rugidos pavorosos, emergerá de las simas marinas y morirá en la superficie.

 

El hijo de Leviatán es otro monstruo, mitad bestia y mitad pez, mayor que un buey y más largo que un caballo, que produce terror entre quienes se han topado con su presencia macabra y han sobrevivido a su ataque. Acostumbra ahogar las naves y tragarse pedazos de islas. El mundo todavía está lleno de sorpresas y de seres inesperados.

 

 

7.

 

La tierra es agua coagulada, decía Pitágoras. Nada -agregaba- conserva su apariencia primitiva. De unas formas surgen otras. Todo varía. Nada perece. El mar de Odiseo es distinto al mar de los fenicios, y el de éstos diferente al de los vikingos. El mar de Simbad nada tiene que ver con el de Colón. Y no hay nada que haga parecer el del genovés al de los piratas y filibusteros. Drake y Morgan navegaron aguas disímiles a las de los caribes en sus frágiles canoas. ¿Y qué tal el mar de Melville?, claro, es más épico que el de Poe en su aventura de Arthur Gordon Pym. En nada se parecen el mar de Stevenson y el de London. Mares que se convierten en tierras; tierras que se transforman en mares.

 

Mar de los dioses y de los demonios; infierno y paraíso; pesadilla y ensueño. ¿Cuántos marinos han enloquecido en sus aguas? ¿Cuántos recobraron su cordura tras el naufragio? Mar, principio y fin del mundo.

“Primero estaba el mar”, dice el relato mitológico de los koguis de la Sierra Nevada de Santa Marta. “Todo estaba oscuro. No había sol, ni luna, ni gente, ni animales, ni plantas. El mar estaba en todas partes. El mar era la madre. La madre no era gente, ni nada, ni cosa alguna. Ella era el espíritu de lo que iba a venir y ella era pensamiento y memoria”.

 

Mar reciente y viejo, memoria del universo. En sus aguas se escriben la historia y el mito, que al fin de cuentas se confunden. ¿Cuál es la diferencia entre el Leviatán y los monstruos contemporáneos que lanzan bocanadas de misiles y de bombas y de balas?

 

 

 

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2 comentarios

  1. giovanna pezzotti

     /  junio 13, 2013

    “Mar de monstruos y otros asombros” – Es delicioso leer pura literatura- de esa que solo hacer los que saben – Reinaldo sos un grande – giovannapezzotti

    Responder
  2. yadira molina

     /  diciembre 2, 2013

    Es muy interesante todo lo que lei me gusto mucho

    Responder

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