Un pájaro

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Aleteaba a la velocidad de un colibrí. Su pico era largo y ganchudo. Plumaje con brillos incandescentes. La primera vez que lo vi, yo estaba frente al espejo, peinándome. Su imagen virtual me encandiló. Parpadeo rápido, repetido. Sensación de sueño. Voló. Continué, sin asombros, mi labor de arreglo capilar. Entonces, apareció de nuevo. Vino hacia mí. Creí que chocaría contra mi cabeza. Penetró en la luna de azogue y picoteando mi reflejo, lo consumió. Yo -para ser sincero- estaba fascinado con el espectáculo. Un pajarraco me tragaba detrás del espejo. ¡Increíble! Salió, saciado, y se fue a posar sobre la cabeza de mármol de Beethoven. Recordé, explicablemente, El Cuervo, de Poe. Intenté espantarlo con la toalla. Nada. Inmutable. Llamé por teléfono al vecino. Cuando llegó, su cara resplandeció con los destellos del ave. “¡Qué hermoso pájaro!”, exclamó. “Pues se acaba de tragar mi imagen y ya el espejo no me refleja”, apunté con desesperos. El vecino me miró, extrañeza en sus ojos. “Vamos a ver”. Nos acercamos al espejo. Solo él se reflejó. El pájaro voló con furia, repitió la operación. También se tragó la imagen del vecino. “Esto es imposible”, dijo. El avechucho, otra vez sobre la cabeza del genio, parecía sonreír. Es, de veras, muy rara la sonrisa de un pájaro. “¡Hay un peligro!”, dijo el vecino, con cierto dejo de preocupación. Y agregó: “Cuando haga la digestión de nuestras imágenes, sentirá hambre y nos devorará a nosotros realmente”. Acababa de pronunciar su alerta, cuando ya estaba en la puerta. “¡Vámonos!”, me gritó desde afuera. Volví, esperanzado, a mirarme en el espejo. En esos instantes, el pájaro levantó vuelo, rabiosamente. Me atacó. Y mientras el ataque sucedía, mi vieja imagen, peinándome, reapareció detrás del espejo. Él, o esa cosa indefinible, se tragaba la realidad. Y yo me veía desaparecer desde el otro lado… Confieso que me siento bien viviendo dentro del espejo. El pájaro, entre tanto, sigue ahí, sobre la imperturbable cabeza de Beethoven.

 

(Del perdido libro Desfabulaciones)

 

 

El gran Astor Piazzolla… ¡y en el 3000 también!

 

Por Reinaldo Spitaletta

1. Preludio con herejía


Uno de sus sueños era llenar el mundo de la música de Buenos Aires. Y, a más de veinte años de su muerte, ocurrida el 4 de julio de 1992, lo sigue cumpliendo. Todas las orquestas sinfónicas de Europa tienen en su repertorio alguna obra de Astor Piazzolla. Interpretado, por ejemplo, por Rostropovich (hermosa versión de Le Grand Tango), Yo-Yo Ma y Gidon Kremer, entre tantos, la figura de este compositor argentino cada día tiene más admiradores en el orbe.

Piazzolla no es sólo tango, que ya es bastante. Trasciende la música porteña, a la que le otorgó nuevas sonoridades y la elevó al pódium de las expresiones populares más elaboradas, para convertirse en un creador de referencia obligada en el desarrollo musical de lo que fue el siglo XX en este aspecto. En el alma de sus composiciones está el tango, pero su búsqueda como artista, en la que permanentemente estuvo renovándose, fue siempre más futuro que pasado, más revolución que tradición. Un hombre-cambio, opuesto a los cánones conservadores.

Los herejes surgen en los ambientes donde predomina el dogma, en los medios estáticos, apegados a la costumbre y  las rigideces. A las camisas de fuerza. Así, por ejemplo, Giordano Bruno no hubiese podido existir sin la Inquisición. Arde en la hoguera para mostrarnos otros infinitos mundos. Los entornos propios para el ejercicio de la ortodoxia son los que se prestan, como si fueran un caldo de cultivo de su contrario, para la irrupción de los heterodoxos. La importancia del hereje está en la de romper moldes, ir contra la uniformidad y el quietismo. Vulnerar lo que aparentemente es intocable. Visto así, Piazzolla es el gran hereje del tango (en general, un género conservador), pero, a su vez, su máximo creador.

Varias veces abjuró de las formas estrechas del tango, del cual, de todos modos, jamás se desprendió. Esta rica expresión de la porteñidad, o, mejor, de la cultura de Buenos Aires, lo acompañó en su creatividad. Y ella, la esencia de la ciudad, está presente en sus obras, en las de “carácter popular”, por supuesto, y, como leitmotiv, en sus conciertos y otras formas musicales más complejas. En esto sigue la línea de Bartók y Stravinsky, por ejemplo.

“La música de Piazzolla lo que hace es fundar una región a partir de la cual hay que reconsiderar al tango y lo clásico en la cultura argentina”, escribe Carlos Kuri, en su libro Piazzolla, la música límite.

2. Un músico diabólico


Sí, señores y señoras del orbe: Piazzolla es un fundador. Su música es tan contundente, tan revolucionaria, que no origina una escuela. O sí: ésta nace con su creador. Y con él, muere. Es como si habláramos, en literatura, de Joyce. Produce, en efecto, imitadores, artistas que utilizan sus recursos. El compositor de Adiós Nonino (quizá su más celebrado tango), de Concierto para bandoneón y guitarra, de La muerte del ángel, vivió bajo el signo de la malditud, de lo demoníaco (ésa es la condición del hereje). Y, por eso, como alguien lo comparó, se podría decir que fue el Adrian Leverkuhn del Río de la Plata, haciendo la analogía con el músico diabólico que, en la novela de Thomas Mann, el Doctor Fausto, evoca a Schönberg.

Nacido en Mar del Plata, el 11 de marzo de 1921, Piazzolla llegó tocado por la gracia. “Ese hijo mío va a ser grande, acordate bien de lo que te digo”, le dijo el peluquero Vicente, su padre, a un amigo, en momentos en que Astor estrenaba llanto. En 1925 su familia se trasladó a Nueva York, donde residió hasta 1936 (más tarde, volvería a vivir allá). Cuando tenía ocho años, su papá le regaló el primer bandoneón. Después, en el 33, recibió clases de música con el pianista Bela Wilda, discípulo de Rachmaninov. “Con él aprendí a amar a Bach”, recordaría, más tarde, Piazzolla.

Su primer “bautismo tanguero” lo tuvo con Gardel, en 1934. “Toda una noche acompañé a Carlos Gardel. Ese ha sido el gran gusto de mi vida y fue el gran bautismo, además”, dijo, en 1982, en una entrevista del diario El Colombiano, de Medellín. Casi un año estuvo el pibe con el Zorzal Criollo, en reuniones familiares, en discos, en las presentaciones en el teatro Campo Amor de Nueva York y en la película El día que me quieras, en la cual, Astor representó, en un corto papel, a un canillita (vendedor de periódicos).

Incluso, en 1935, Gardel lo invitó a la que sería la última gira del cantor. El chico se salvó de morir incinerado en Medellín porque sus padres no le dieron permiso de viajar. Bueno, esto es anecdótico. El joven siguió estudiando. En 1938 descubrió el Sexteto de Elvino Vardaro, en lo que se ha considerado su segundo bautismo tanguero y, al año siguiente, entró a la orquesta de Aníbal Troilo Pichuco (tercer bautismo), el Gordo que apenas comenzaba a construir su propio mito. Aquel muchacho que habitó en un sector lumpen, en el Italy, parte del Greenwich Village, en el que padeció la marginalidad, en el que aprendió a enfrentar las agresiones de los hijos de inmigrantes italianos y judíos y en la que, con otro pelado, Jack La Motta, intercambiaba pugilismo, continuaba con los ojos puestos en ser un gran músico. Y no sólo de tango.

Los cinco años que estuvo con el “Bandoneón mayor de Buenos Aires” le sirvieron al inquieto Piazzolla “para aprender lo que quería y no quería ser”. Sustituyó el alcohol, el juego, las mujeres y las trasnochadas (considerados entonces paradigmas de los artistas tangueros) por clases matinales de música con el maestro Alberto Ginastera. Y esa situación, tal como lo han expresado sus biógrafos, también despertaba sospechas, en un medio donde los músicos populares eran más intuitivos (“orejeros”) que con academia.

Después de estudiar piano con Raúl Spivak y componer la Suite para cuerdas y arpa, en 1943, dirigió la Orquesta Típica del cantor Francisco Fiorentino (1944). Dos años más tarde, formó su primera orquesta (la Orquesta del 46), en lo que sería el inicio de una serie de formaciones que él tuvo, como nonetos, quintetos, octetos… En 1949, cuando estudió dirección orquestal con Hermann Scherchen, comenzó a mostrar la que sería otra de sus cualidades creativas: componer música para películas.

 

3. Lo que vendrá


Es en los cincuentas cuando Piazzolla comienza su revolución. Ya la profetizaba con composiciones como Para lucirse, Tanguango, Prepárense, Contrabajeando, Triunfal y Lo que vendrá, que lo matriculan con honores en el repertorio de orquestas típicas como las de Troilo, Osvaldo Fresedo, José Basso y Francini-Pontier. Lo que seguiría serían bombazos que estremecieron las estructuras del tango y lo pusieron a oscilar, a él, entre el odio de los conservadores y otros sectores atrasados y la admiración de los vanguardistas. Eran los prolegómenos de la “guerra de uno contra todos”. La guerra de un hombre solo.

El tango le quedaba corto. Piazzolla quería convertirse en un director y compositor sinfónicos. Un hecho lo haría replantear su destino. En 1953, ganó el Premio Fabien Sevitzky con la Sinfonía Buenos Aires, lo que le otorgó el derecho para estudiar en París con la maestra Nadia Boulanger, condiscípula de Maurice Ravel y profesora de Leonard Bernstein, Aaron Copland e Igor Markevitch, entre otros. Un año estuvo con ella. Y es ella, en una sesión que ha sido mil veces contada y sobre la cual se han tejido diversas interpretaciones, la que lo hace “descubrir” su propio tango, o, mejor, el espíritu que debían tener sus composiciones. Ese año también conoció, en Francia, al Octeto de Gerry Mulligan.

El primer cataclismo que produjo Piazzolla fue la fundación de su Octeto Buenos Aires, en 1955, fecha que señala el inicio del tango contemporáneo. No sólo logra que “cierto goce jazzístico” se infiltre en el tango, sino que, además, “la improvisación se instale en el tango y que el tango someta, domine ese juego”, tal como lo aprecia Kuri, en su ya citado texto.

Luego, continuaría cambiando, explorando, enriqueciendo sus composiciones con invenciones, armonías y sonoridades nuevas. Con una música, que como diría el violinista Gidon Kremer, que a su vez calificó a Piazzolla como el “maestro de las formas breves”, seduce tanto como Mozart, Chopin o Schubert.

 

4. Epílogo con un sueño


Piazzolla no se parece a nadie. Sólo a sí mismo. Claro, bebió de Alfredo Gobbi, Troilo, Pugliese, Julio De Caro y Horacio Salgán, en lo que al tango se refiere, y de Bartok, Stravinsky, Ravel, Gershwin, y de músicos e intérpretes de jazz (y, a su vez, éstos de él), como Mulligan, Getz, Burton… Demostró que el tango no es solemne ni aburrido. Ni siempre triste (qué tal Libertango o Escualo…). Y amó en todos los períodos de su vida los desafíos, tanto los creativos como los que algunos tradicionalistas le ponían en la calle, cuando intentaban agredirlo por su genialidad. Tuvo coraje para romper con lo establecido, para no quedarse en el pasado, para crear una música enérgica que hoy, precisamente, identifica a Buenos Aires.

Ese buen lector de Verlaine, Mann, Baudelaire, que en 1965 se unió con Borges para crear el álbum El Tango, al leer Cien años de soledad, compuso Años de soledad, como un homenaje a la obra de García Márquez. Después, en el 69, sería con Horacio Ferrer, el creador del quizá último éxito que ha tenido el tango-canción en el mundo: Balada para un loco.


Piazzolla, hoy uno de los compositores más interpretados del mundo, tuvo un sueño, para el cual se preparó toda su vida: “Que mi música se siga tocando en el 2000 y en el 3000 también”. En todo caso, no se equivocó don Vicente: su hijo llegó a ser grande.

Guayaquil o la algarabía del Ánima Sola

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

1. Preliminares para una breve nostalgia

 

Las primeras imágenes que tengo de Guayaquil están relacionadas con camiones de escalera, con la luminosidad de las pianolas Wurtlitzer y Seeburg, con unas señoras gordas que esperaban en las escaleras de las pensiones y con un pandemónium desconcertante en la que yo veía mucha gente grande y casi a ningún niño y me asfixiaba en medio de la algarabía y la confusión. Había avisos de cacharrerías, de agencias de abarrotes, de almacenes de discos, de ventas de guitarras, de bazares y cantinas; y las casas de La Alhambra, esa calle inevitable con evocación morisca, parecían residencias de fantasmas y de desterrados.

 

A veces me veo cogido de la mano de mamá, que era una señora gorda y rubia, que no esperaba en las escaleras, sino que iba rápido, casi arrastrándome para que yo no me detuviera a mirar a las damas de labios muy pintados y escotes amplios que entonces a mí me parecían más una carencia en la tela o un defecto de confección que una atracción fatal.

Recuerdo el Almacén Sin Nombre –que así se llamaba- y después la fantasía que era entrar a la Plaza de Mercado de Cisneros. Las galerías tenían ellas sí nombres y había un mundo de cosas, olores a legumbres y carnes, a tomates y coles, a maíz trillado y a mil productos más. Mamá, que tenía la extraña capacidad de narrar historias, me decía a veces que sobre esos techos hacía muchos años un tipo que viajaba en globo se había desplomado sobre ellos y causado el pánico en la plaza y sus alrededores. Se trataba, claro, del célebre Salvita.

 

Guayaquil tenía todas las atracciones para un chico, porque por ejemplo, en Pichincha, en el almacén Caravana (fundado por Víctor Orrego), estuvo la primera escalera eléctrica de la ciudad y entonces había que estar ahí, subiendo y bajando. O había que entrar a las cacharrerías, en las que había juguetes y botones, telas y muñecas, hilos y pedrerías. O embelesarse en el almacén La Cita lleno de guitarras, donde a veces entraba mi abuelo a comprar los encordados para sus instrumentos.

 

Guayaquil era la reunión del universo todo en unas pocas cuadras. Era la posibilidad de tener todos los paisajes, todos los gritos, las voces, las músicas y la gente de todas partes. Era sentir en directo el pito largo del tren y las bocinas alegres de los camiones (buses) de escalera… Otra imagen que tengo de aquellos tiempos de infancia tiene que ver con el partido entre las selecciones de Colombia y la Unión Soviética, en el Mundial de Chile. Como siempre, mamá estaba comprando verduras y yerbajos en la plaza, y en las radios de algunos puestos se escuchaba la narración serena de Jaime Tobón de la Roche. Había hombres con caras tristes que luego iban cambiando en la medida en que Colombia anotaba goles y de pronto toda la plaza estalló en una especie de cataclismo. Mamá, sin embargo, seguía mirando mercancías y curioseando entre bultos de bastimentos. ¡Colombia acaba de empatar el partido! ¡Cuatro a cuatro! Había –digo- una especie de ensoñación colectiva, pero mamá estaba al margen de aquello. Recuerdo, sí, que alguien dijo que los porteros de ambos equipos eran animales: se trataba de la Araña Negra, Yashin, el ruso, y del Caimán Sánchez, el colombiano. Creo que me empezó en aquella plaza gigantesca, en la que cabían muy cómodas sesenta mil personas, el gusto por ser portero. Después abandoné aquella posición cuando comprobé que era más emocionante hacer goles que evitarlos.

 

En ese Guayaquil de esos días una vez a mi abuelo materno, un campesino de Rionegro, le sacaron la billetera que guardaba en el bolsillo de atrás, le extrajeron el dinero y le volvieron a echar la cartera, ya vacía. Fue entonces cuando supe de los famosos “cosquilleros” o carteristas, los tipos de las manos brujas, los dos dedos que algún tango cantaba. El pobre hombre no sé cómo consiguió los pasajes para irse hasta Bello, hasta mi casa, en el barrio Manchester, donde mamá le escuchó la historia de la cartera no sin carcajearse pero a su vez conmoverse con la ingenuidad de su padre.

 

Más adelante volveré con otras evocaciones, como las de cafetines de tango y otros dedicados a la música bailable, como el Jai Alai, en un sótano de Maturín, o para hablar de un barrio que durante muchos años fue el único de la ciudad que tuvo vida nocturna y los borrachitos trasnochados veían salir el sol por entre mostradores y mesas de bar. Guayaquil en cualquier caso es mito y es historia, es la radiografía de las características del antioqueño, nos representa con nuestras almas de prenderos, de cacharreros, de comerciantes, de gentes pujantes con habilidades infinitas para el negocio, o para la estafa, o para buscar riqueza con base en el trabajo o en el hurto, que en Guayaquil todo estaba permitido. Era un lugar de vértigo, un sector de turbulencias, especial para los amores de emergencia, para conseguir desde una aguja hasta un inodoro importado o para sentir que se estaba en un mundo distinto al del resto de la ciudad.

 

 2. De putas, cantantes y algún disparo

 

Quisiera ahora hacer un corto recorrido histórico para ubicar a Guayaquil y relacionarlo con lo que fue la ciudad a finales del siglo XIX y parte del siglo XX. Precisamente, en el ocaso del Diecinueve la parroquial villa de Medellín iluminaba sus noches no solo con la luz temblorosa de las estrellas, sino con los muy novedosos brillos de las bombillas eléctricas, cuando todavía en ciudades de Europa se alumbraban con lamparitas de petróleo y aceite. La bucólica aldeíta iniciaba su despacioso despertar de chimeneas fabriles mientras –muy febriles- los comerciantes y los prestamistas y los usureros, todos de misa de seis de la mañana y muy cumplidos en el pago de diezmos se repartían alrededor del parque de Berrío. Todos entonces demostraban su innato talento para conseguir plata y practicar novenarios. Tenían habilidad para montar cacharrerías y para rezar en público. De ese modo, agitándose de a poquitos, iba creciendo el arcadiano villorrio, con sus chismes de atrio y su olor a almacén.

 

El siglo XX trajo las industrias que transformaron el paisaje económico no solo de Medellín sino de sus alrededores. Y aparecieron los obreros. Los pitos de las nacientes factorías llamaban con sus cantos de sirena a los moradores del campo, que así se urbanizaban. Y advinieron los trenes y los tranvías y los primeros carros, y todo ese estropicio del progreso acabó con el silencio de convento de la Villa. Que en todo caso seguía siendo una aldea más bien apacible. Con decir que en 1914 se cometieron seis homicidios. Bueno, digamos que esos son los costos que tiene el progreso.

El caso es que los aires monásticos se fueron transformando y aumentaron las tiendas de abarrotes y los bancos, también las iglesias, y ya había poetas que no solo armaban vocinglería en el café El Globo sino que escribían buenos versos. Los Panidas estremecían con su canto este aldea de “gente necia y local y chata y roma” en trance de urbe, y cuyo modelo económico excluía, como era obvio, el arte y la literatura, quizá por considerarlos rubros muy improductivos y porque en aquellos días no se podían vender novelas en las cacharrerías. Claro que después, sí. Algunos se acordarán que en la cacharrería La Campana (en Amador con La Alhambra) vendían poesía en unos folletos denominados El Parnaso.

 

Detrás del humo de las locomotoras arribaron más negociantes y curas; trabajadores y putas, malandros y embaucadores. La romántica década de los años veinte -también llena de alcohol y lujuria- trajo cafetines y tertuliaderos. Y llegaron máquinas y libros y pianos y circos y compañías teatrales y modas de muy lejos. Para entonces ya se notaba con mucho ímpetu ese fenómeno surgido en los albores del siglo XX en Medellín, cuando los pelados pasaban con prodigiosa precocidad y sin muchos traumatismos, del biberón a la copa de aguardiente; de las canicas y los trompos al indescifrable azar de las barajas; de la escuela a la casa de citas, y por supuesto de las caricias y los mimos de mamá a las más emocionantes sobaditas de las rameras.

 

Y así, entre ambientes bursátiles y de plaza de mercado, ese pueblo pacato y cristero también dedicaba parte del reloj a la bohemia y la poesía, al baile y los asuntos secretos de la piel. Para 1920 había en Medellín seis fábricas de tejidos, cinco de cigarros y cigarrillos, tres de fósforos, quince tejares, once trilladoras de café, ocho fábricas de velas y jabones, dos cervecerías y seis fábricas de chocolates. Y al mismo tiempo la ciudad derivó de las camándulas y los telares hacia los tertuliaderos de esquina, a los bares de Guayaquil, a los clubes de sociedad. Y entre ventorrillos de revuelto y prenderías la ciudad fue cambiando su cara de monja, aunque Medellín era entonces y es todavía una ciudad de doble sentido: pagana y religiosa a la vez. En aquellos días más de un feligrés llegó a comulgar con un atroz tufo de aguardiente.

 

También quisiera referirme muy rápido a otro asunto. La República Liberal que advino en los años treinta marcó asimismo ciertos comportamientos ciudadanos, se rompió un poco la represión religiosa y se le dio rienda suelta a los placeres mundanos. En el puerto seco de Guayaquil se daba la economía formal mezclada con las rutinas de los vividores y los tahúres. Y como lo definiera un cronista, este turbulento y llamativo sector llegó a convertirse en una ciudad dentro de otra.

 

En esta parte de la ciudad, donde en otros días se movieron más negocios y cuentas que en Wall Street, había tantos cafés y pensiones como puticas llegadas casi siempre del campo, muchas de ellas se metían a ejercer el oficio apenas recién bajadas del tren. El paisaje de Guayaquil estaba pintado de lunfardos, estafadores (aquí nació el paquete chileno), negociantes, buhoneros, carretilleros, prestamistas, guapos, cuchilleros como el que después crearía Manuel Mejía Vallejo en su novela Aire de tango; en esa conjunción de asombros y despelotes había vendedores de arepas y natillas, morcilleras, transportadores, importadores, abarroteros, barberos, es decir, Guayaquil era el centro de todos los oficios. Era mucho más que sus bares con traganíquel y sus mujeres tristes que esperaban de pie junto a las escaleras de las pensiones.

 

Guayaquil era una “ciudad” cosmopolita en la que recalaron gentes de todos los confines de Antioquia y Colombia. Era un mundo de alucinación, de voces numerosas, en medio de una plaza de mercado y una estación de trenes. Por sus calles y laberintos era posible hallar a Tartarín Moreira fungiendo de detective o al Ánima Sola, inventada por un cacharrero de la ciudad. Con su olor a fritangas y a dinero sudado, era, hasta fines de la década del setenta, el alma de Medellín, un centro de bohemias y negocios, convocador de obreros y campesinos recién “desmusgados” y olorosos a tierra de capote. A todos los sedujo Guayaco con su música y con sus ritmos. En la muy bulliciosa calle de los Tambores los aires del Caribe y de México soplaron con ardorosa fuerza. Se oían la Sonora Matancera, Charlie Figueroa, Los Panchos, Toña La Negra, Celia Cruz, Leo Marini, Pedro Infante, Agustín Lara, Juan Arvizu y Daniel Santos.

 

De sus pianolas emanaban rancheras, boleros y guarachas, al tiempo que en otros bares del sector se escuchaban bambucos, pasillos ecuatorianos y por supuesto tangos. Guayaquil era una auténtica babel musical. La canción de Buenos Aires se tornó muy popular por estos lados, hasta el punto de que en ciertos cafés se alumbraba con velitas la sonrisa eterna de Gardel tal como si se tratara del Corazón de Jesús.

 

Los bohemios de entonces -bueno, tal vez ya muchos estén “chupando anturio”- recuerdan con particular cariño y con nostalgia cafetines como el Armenonville, el Patio de Tango, el Pigal, el Martini, la Payanca, la Gayola, el Perro Negro y muchos otros.

 

Quisiera tributarle un breve homenaje a un señor que fue un personaje popular de la ciudad, el Gordo Aníbal. Él tenía su Patio de Tango en Junín con Amador (ustedes saben que después y por muchos años lo tuvo en el Barrio Antioquia). Bueno, una noche estaba actuando allí un cantor llamado Guillermo del Coral, que era además un imitador de Gardel. En el momento en que interpretaba Volver, un concurrente ebrio y muy emocionado gritó: “¡Ya no necesitamos más a Gardel. Con vos, pibe, tenemos!”. Y entonces desenfundó un revólver y cuando toda la espantada asistencia creía que le iba a disparar al cantante, el hombre baleó un enorme cuadro del Zorzal Criollo. Un tiro atravesó el corazón de papel del artista que de esa manera misteriosa volvía a morir, sí, moría por segunda vez en Medellín. El Gordo Aníbal conservó el cuadro durante muchos años en su Patio del Tango.

 

Guayaquil, la del mito y la de la historia, continúa en el imaginario colectivo, en la memoria de una ciudad de la cual cada uno, cada ciudadano, tiene una visión propia. Guayaquil sigue siendo, digamos para mí, aquel universo múltiple, el cielo y la tierra juntos, en el cual una señora gorda y rubia hace muchos años me llevaba de la mano tal vez para que no me perdiera en aquel laberinto de cacharreros, malandrines, putas y poetas. O para que no subiera las escaleras de las pensiones en búsqueda de aventuras. O de la “carne en polvo” que llamó algún poeta guayaquilero.

 

 

 

 

Diatriba de amor contra un municipio endiablado

“El arte de vivir se asemeja más a la lucha que a la danza.”

Marco Aurelio

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Bello es como una velada de escuela representada por retrasados mentales. Digamos que quienes manejan los destinos trágicos de los habitantes de esa ciudad desatinada, son torpes: para asaltar y desfalcar más el erario público, pudieran hacer gala de fina demagogia, rodearse de algún consejero al estilo Rasputín (que por lo menos haría feliz a la señora de algún alto funcionario), o para no ir tan lejos, de uno a la usanza Montesinos, “eminencia gris” de la corruptela en América Latina; quizá deberían  sembrar jardines colgantes en el desnudo palacio de gobierno, con el fin de atraer la atención de las damas de la caridad, o poner, como señal de buen gusto que jamás tendrán, música clásica en las oficinas, de tal modo pudieran pasar por burócratas que tienen sensibilidad (?) pero no es así, porque viéndolo bien y volviéndolo a mirar se ha demostrado que gustan mucho de rancheras y rancheritos, de chabacanerías y chambonadas, que son parte o el todo de su esencia: al escuchar según dicen un narcocorrido, entonces cierran ojos y abren boca y respiran fuerte y se sienten los dueños del universo, de un universo que tiene una iglesia al decir de algún guasón que parece un vómito, pero que en efecto sí es una bella reliquia de arquitectura sacra, mas no santa. La diseñó un italiano, Albano Germanetti, que copió aspectos de capillas y construcciones de su tierra natal y las trajo al trópico, al mismo donde hace siglos advino un barbudo extremeño llamado Gaspar de Rodas, que en aspectos de extranjeros por esas geografías en otros tiempos de límpidas quebradas, llegaron emigrantes de allá y acullá.

 

Bello es como un sinsentido: tuvo todo para ser desarrollado, es decir, para que a todos sus habitantes les llegara la prosperidad, pero se quedó a mitad de camino: de los tiempos de las chimeneas fabriles y las locomotoras, quedaron sino las nostalgias y alguna arquitectura en ruinas y la decadencia de sus barrios obreros; de sus verdores naturales, que deslumbraron a Tomás Carrasquilla (ceibas, aguacateros, chagualos, noros, búcaros, madroños, cafetos, trinitarias, platanales…), de aquel “paisaje prendido” no quedó sino un recuerdo nebuloso, porque el cemento arrasó y las calles se despoblaron de almendros y gualandayes, para dejar en el ambiente un sopor insoportable, una tristeza asfáltica. Una ciudad sin paisaje. Y el paisaje es, por paradoja, lo que más abunda en el mundo, según una novela de Saramago.

 

Bello, el de las legendarias obreras rebeldes, se volvió jungla, no solo porque el concreto y otra suerte de desmanes desnaturalizaron su medio ambiente, sino porque lo público se lo disputaron y tragaron los caciques, que ojalá tuvieran traza de parecerse al mítico Niquía. Bello, cuya gramática de horrores ha predominado en buena parte de su vida municipal, fue, desde sus albores, un poblado herido en sus imaginarios: un leprocomio, una cárcel nacional, un basurero, un manicomio, una sede de matones a sueldo, y en su subsuelo de olvidos se perdieron las memorias de los Vélez Barrientos (Fernando y Lucrecio), de Betsabé Espinal, la incendiaria muchacha que alborotó la comarca con su lucha proletaria, de un pionero del cine en Colombia (Enock Roldán), y entonces la muchachada de ayer, por decir de los setentas hacia acá, no tuvo paradigmas: ni siquiera en el fútbol, cuando hubo prodigios de la gambeta y de los tres palos. Más bien, los modelos eran bandidos de toda laya y políticos putrefactos.

 

No es que algunos, alguna élite de estudiosos, pidan que haya en ese pueblo que tuvo antecedentes de cultura al menos gramatical (qué importa que el filósofo Estanislao Zuleta hubiera advertido que Bello -al igual que Palmira, según él- fuera un pueblo sin cultura), dirigentes cultos. ¡Qué dicha sería! Pero qué va. No es que aspiren a tener una suerte de Marco Aurelio o de Pepe Mujica, ¡ojalá!, pero es que los que ha habido sí representan el atraso mental y social. Carentes de interés real por la educación, las artes, la ciencia, la historia, se instalaron con sus ramplonas ambiciones en la casa de Rodas. Y arrasaron, peores que cualquier conquistador españolete. Bello es una ciudad en ruinas materiales y espirituales.

 

Bello es como una pandemia de corrupciones y desgreños. Decía al comienzo que las gentes de allá tienen un destino trágico: parecen amar la yunta, como los bueyes, y gustar del circo mediocre que ofrecen los que manejan la municipalidad. La conmemoración oficial de los cien años de esta aldea-urbe como municipio, está acorde con lo que ha sido la “clase dirigente” bellanita: vulgar e ignorante. Una señora, que no es de allá, al ver por televisión la deplorable representación en el “acto central” de la efemérides, quedó obnubilada por tanta ordinariez y burla a la historia y la cultura. Un trozo del mensaje que me envió sobre la “grosería de acto” dice así:

 

“Ni una velada de la escuela de hace 50 años, eso desde lo estético y actoral, catastrófico, cursi, ridículo, feo, y de lo histórico, ni se diga, empezando porque en un supuesto 1913 y 1930 estaban hablando de “La Gran Colombia”, pero eso no es nada con lo que fue la representación de la clase obrera y de la historia de Bello. De verdad que todo, todo, fue algo indignante, al principio a mí me dio como risa, pero esa risa se me fue volviendo indignación”.

 

 

¿Y qué hacer entonces? Nada. Tal vez lo más inteligente sea asumir una visión desde el jardín, como lo enseñó Epicuro, y dejar que al “afuera” le llegue el momento de su incendio final. Y esperar con paciencia que el infierno se trague a los que transmutaron la “arcadiana aldea” en una geografía de miserias y desafueros.

(Julio 3 de 2013, a propósito del Centenario Municipal de Bello)

 

Pintura de Lola Vélez, artista bellanita

 

 

 

Inodoros para el fin del mundo

 

“En este lugar sagrado / donde viene tanta gente / hace fuerza el más cobarde / y se caga el más valiente”

Grafiti en un sanitario público

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Dicen que las dos partes de la casa que deben permanecer impecablemente limpias son la cocina y el inodoro. Las demás pueden resistir. Sobre el segundo de los mencionados se ha mantenido una suerte de aire puritano, de lejana y tonta reverencia, y, casi siempre, las referencias a él, incluso en conversaciones de café, se llenan de eufemismos, de trechos que eluden la vía principal, y uno piensa que si las cosas tienen un nombre, exacto, preciso, aunque no sea hermoso, por qué entonces no decírselo. En verdad, ese necesario artefacto debería ser el símbolo de la modernidad (fue inventado por un tal Joseph Bramah, creador, además, de cerraduras y la prensa hidráulica, en el siglo XVIII, tiempo de la Revolución Francesa, el enciclopedismo, las luces, el marqués de Sade…), dado que, según parece, muchas ideas de tal período fueron concebidas allí.

 

Y sobre este último es que quiero palabrear, porque en “ese lugar sagrado” es relativamente fácil lograr un estado de íntima relajación, de serena actitud, y, sin esfuerzos costosos, es posible entrar en trance. O realizar una meditación trascendental, de esas que ningún gurú ha podido alcanzar. Ahí, sin perturbaciones, sin preocuparse siquiera porque el teléfono esté sonando, el hombre no sólo puede encontrarse consigo mismo (porque, es obvio, no es un sitio apropiado para encontrarse con alguien más) sino que puede su cerebro funcionar en alfa, y producir decenas de ideas, estirar su imaginación, atravesar umbrales poéticos.

 

Y todo ello en medio de olor de jabón (producto que ya usaban los sumerios hace casi cinco mil años), a desinfectantes, tal vez a discretos ambientadores. En verdad, están dadas las condiciones para que allí se pueda ejercitar el pensamiento y la sensibilidad, porque así como se afirma que hay literatura y filosofía de alcantarilla, también puede haber otra de sanitario, lo cual no significa, en modo despectivo, que tenga una utilidad similar a la del papel “toilette”. Se sabe (sin embargo, el sigilo profesional no me permite mencionar sus nombres) que muchos escritores, científicos, sociólogos, pintores, músicos, en fin, han hallado en aquel cuartito inspiración para sus composiciones, tratados, descubrimientos y especulaciones. Se han topado ahí con la musa, en un encuentro feliz y secreto. Claro que el talento reside en que no se note que sus creaciones fueron concebidas en un lugar tan poco ortodoxo para esas lides como es el evacuatorio, o watercloset que llaman los angloparlantes.

 

Lo que sí es incuestionable es que el retrete puede convertirse en el lugar más tranquilo de la casa para la lectura. Allí, aislado de televisores, de las correndillas de los chicos, del pandemónium cotidiano, uno puede concentrarse en los libros, para lo cual hay que mantener, sobre la tapa del inodoro, o en algún armario, un surtido catálogo de aquéllos. En ese lugar sacrosanto se puede leer con fruición a los poetas místicos, como San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Ávila, y a autores más místicos todavía como son los del Manifiesto, que ya casi nadie lee, aunque un “fantasma” sigue recorriendo no sólo a Europa sino al mundo. Algunos han leído (en lo que pudiera llamarse “lecturas de letrina”) en tal ámbito a escritores que, de otro modo, jamás hubieran enfrentado, y de la experiencia les quedó un sabor especial. Hubo épocas, como se recuerda, en las que determinados libros, prohibidos desde los púlpitos o en los tableros, sólo era posible leerlos en la inmaculada clandestinidad del inodoro.

 

Antes de que se escribieran en las paredes callejeras, algunas declaraciones amatorias, ciertas obscenidades, una que otra consigna contra el gobierno, determinadas frasecitas ingeniosas, tuvieron su nacimiento en los inodoros públicos, donde probaron su eficacia. Ellos fueron la pila bautismal de los modernos grafiteros. Las agonías, represiones, desesperanzas y perversiones de una sociedad es factible auscultarlas en un orinal de bar, o en los “servicios sanitarios” de una universidad.

 

El inodoro –y su circunstancia – tal vez sea el lugar más seguro para protegerse de la bomba atómica, y de los ecologistas a ultranza, y de los vendedores de pólizas. Se recomienda que antes de entrar en él, se deje afuera el celular, porque estos aparatos interfieren la comunicación con los ángeles. Y con los demonios. Seres ultraterrenos que a veces aparecen por tal contorno. Por lo demás, el excusado puede ser el espacio ideal para esperar el fin del mundo.

 

 

Nota: En una novela de Poli Délano (En este lugar sagrado), un hombre se queda encerrado en un sanitario de un cine, mientras sucede el golpe de estado contra el presidente chileno Salvador Allende.