“Échele cinco al piano”: Aquella pianola de mi barrio

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Era como si la orquesta, bueno, o tal vez el cantante con un leve acompañamiento de guitarras, estuviera en el bar, en medio de luces de neón, fosforescencias ebrias. Siempre creí ver algo más que un montaje mágico en aquellas cajas musicales que, antes, instalaban en casi todos los cafetines para que las tardes y las noches tuvieran más vestuario de bohemia, más anís en el ambiente, un poco más de seducción en las sillas: como la que emanaban aquellas meseras que dejaban entrever sus pectorales de encanto, apenas insinuado, y forjaban carrizos de infarto, según se oyó decir muchas veces, sentadas en un rincón, expectantes a las solicitudes de la clientela. Pero el máximo deslumbramiento radicaba en los pianos (llamados así en Antioquia,  tal vez como una metáfora de teclas), luminosos, como un arco iris de barrio.

 

Esos artefactos tragamonedas, de sensuales formas (quizá todo traganíquel es mujer), estuvieron -están todavía- ligados a lo urbano, a la obrería, a la pasión de la calle. No estaba dentro de las posibilidades concebir un café de esquina despojado de aquella maravillosa máquina de discos, cantadora, de rectangulitos que nombraban al intérprete y al compositor y el ritmo. Uno, de tanto hundir el teclado, memorizaba el G-5, el A-3, el D-1, y podía cerrar los ojos al oprimirlas, como lo puede hacer, con certidumbre, un pianista experto.

 

Siempre era posible hallar en sus selecciones (había de cincuenta, de cien, de doscientas) una canción para cada estado de ánimo (como en el tango). Ahí, iluminado, podía surgir como el genio de una lámpara el canto para el triste, o para quien tenía la alegría en la piel y en la mesa. O para los ausentes, que todo era factible en esas como vitrinas sonoras, hermosas, seductoras cajas de sorpresas musicales.

 

Los traganíqueles nacieron con el siglo XX, el mismo del cambalache, y de alguna manera fueron competencia para las orquestas, sobre todo en ciudades cosmopolitas como París, Berlín o Nueva York. Pero, simultáneamente, era como un modo especial de poder tener, con sonido ancho y venturoso, a cualquier grupo musical o cantante metido en aquellas cajas armónicas (las juke-boxes de los gringos o las velloneras de los puertorriqueños). Se sabe que en 1890 fue puesta en operación la primera de aquéllas en un bar de San Francisco. Uno de los pioneros, fabricante de tales aparatos, fue Noel Seeburg, creador en 1907 de la Seeburg Piano Company que, en rigor, se convirtió en la mayor rival de otra compañía, la del legendario Rudolph Wurlitzer, inmigrante alemán residente en Estados Unidos.

 

Wurlitzer se había instalado en Cincinatti, donde montó un almacén de instrumentos musicales. Después, junto a su hermano Anton, crearía la célebre casa de pianolas The Rudolph Wurlitzer Company, productora, además, de atractivos aparatitos para música de carruseles y de órganos para acompañar las películas de cine mudo. Hacia 1935 producía semanalmente trescientos traganíqueles; al año siguiente aumentó a novecientos (también cada siete días). En 1946, la Wurlitzer fabricaba cincuenta y seis mil “pianos” al año. Era la locura mundial, que la guerra no había matado.

 

En 1993, murió en Estados Unidos, a los noventa y seis años de edad, otro pionero de la industria de “juke-boxes”: David C. Rockola (de donde deriva e nombre de rocola, tan popular en otras regiones de Colombia para designar a nuestro piano de esquina). Rockola, que en 1934 introdujo al mercado una caja que contenía 12 canciones para seleccionar, llegó a ser el mayor productor del orbe después de 1974, cuando la legendaria factoría Wurlitzer cesó sus actividades.

 

Hoy, con los tremendos y acelerados avances de la tecnología, se producen traganíqueles hasta de quinientos discos, con sistema laser, con otros sistemas, de sublime sonido según dicen los que han escuchado esas máquinas; pero sin duda –bueno, eso dice uno- aquellos viejos pianos de barriada y del centro de la ciudad no mueren en la memoria de los que alguna vez, muchas veces, metieron moneditas en su alcancía para hacer brotar la melodía de su alma, para evocar un amor perdido, para brindar por el nacimiento de un nuevo querer. Era todo un ritual: acercarse al piano, mirar el catálogo diverso, dejarse iluminar la cara por aquellas luces multicolores, darse un aire de importancia y, luego, depositar una moneda, muchas monedas tintineantes, que te daban la posibilidad de ser, por unos momentos, una especie de director de orquesta. O de obrador de milagros.

 

El ritual (algo hace recordar al concertista de piano) es cada vez menor, o casi está desaparecido, porque los traganíqueles (o gramófonos de monedas) están en extinción o se volvieron material de coleccionistas, pero, con todo, uno jamás podrá olvidar aquellos Seeburg o Wurlitzer que con sus fosforescencias musicales iluminaron -como lunas de cafetín- las noches del barrio que en muchos casos hacían brotar en sus bares un largo lagrimón. Aquello de “échele cinco al piano”, ya no va más.

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4 comentarios

  1. rosa moreno

     /  agosto 9, 2013

    Ve, hace rato lo tengo sonando en twitter. jejeje. estupendo querido.   cordialmente  rosa

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    Responder
  2. Creo que si yo hubiese sido hombre, había amado los pianos, nada me atraia más que esos viejos aparatos llenos de scratch, con una magia de prestidigitador de feria de pueblo. Me habría emocionado con ver los coloretes estridentes de las señoritas de alterne y habría vivido en una barra de un bar barriobajero. Pero nací mujer….. y me encantan las magias de los pianos viejos, con sus teclas sobadas por dedos ágiles de siverguenzas…..

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  3. José M. Ruiz P.

     /  agosto 10, 2013

    Eran 5 temas a 20 centavos… 1 peso completico para 5 canciones con las que martiricé al barrio desde la tienda de don Jesús, la de la esquina. Mi novia vivía justo a mitad de cuadra y la suegra la encerraba con todas las chapas y los pestillos. De nada le sirvió. ‘La gran ciudad’, ‘Frente a una copa de vino’, ‘Loco’, ‘Madreselva’ y otra que no recuerdo.
    40 y pico de años y mucha cerveza, ron y guaro después, sigo recordando con cariño esas vivencias. Era un Seaburg de 20 discos que luego don Jesús cambió por otro de 100.
    Gracias Reinaldo.

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  4. Spitaletta

     /  agosto 10, 2013

    De Ester Goeta
    Buen día admirado y estimado Señor Spitaletta,

    Agradezco sus correos, siempre con temas fascinantes, y este sobre la rocola o pianola me trajo grata recordación.

    Sobre las pianolas, recuerdo que veraneábamos en Felidia (cercano a Cali) y en la esquina de la plaza había un café donde se escuchaba mucho “Sed de oro” de Tony del Mar. No sé por qué me encantaba, pues ni entendìa la letra, pero ese sabor medio “arrabalero”, y en ese tiempo de la niñez, me atraía, ocasionando varias llamadas de atención de mi padre a mi madre, “porque era el colmo que la niña escuchara y le gustara esa música de cantina, que era para hombres”….

    Recuerdo que sacaba de mi alcancía monedas de 10 y 20 centavos, para que mi hermano entrara al café y la colocara y yo feliz sentada en el parquecito escuchándola, con los tangos que eran mi encanto…, además colocaban mucho: “Flor sin retoño”, “Estrellita del sur”, “El Plebeyo”…. qué recuerdos me ha traído su artículo, mi querido amigo!

    Saludo cordial,

    Ester

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