Tarzán y esos días de infancia

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Mi primer contacto con el Hombre Mono (que en Antioquia hubiera sido más apropiado el Hombre Simio, el Hombre chimpancé, el Hombre Mico…, porque además el Tarzán, que era blanco, no era “mono” o rubio) sucedió en las tiras cómicas de un periódico. En semana, aparecía en blanco y negro, en tres o cuatro cuadros, y nos hacía ir a la biblioteca de Bello, después de la jornada escolar, a leer las aventuras de un sujeto criado por gorilas en alguna selva africana, tras el accidente que sufrieron sus padres (John y Alice), aristócratas ingleses, muerta ella en su casa selvática y él “asesinado” por un mono. El niño, John Clayton, el sobreviviente, fue amamantado por primates, aprendió su “lengua” y se convirtió, quitándole el trono al león, en el rey de la selva.

 

Los domingos, en el suplemento literario, había un inserto de cómics. Y ahí, abriendo el cuadernillo, aparecía Tarzán, el simio blanco, volador de bejucos, aplicador de justicia, invencible, que luchaba contra otros antropoides y los derrotaba, para después proferir un grito de victoria que se extendía por toda la selva. Después, llegó -para mí, en una suerte de epifanía- el Tarzán en la pantalla grande, en los tres teatros de Bello, con un actor que nadaba como un tritón y tras ganar alguna lid con hombres o animales, atronaba con su alarido, al tiempo que se golpeaba el pecho (en rigor, golpecitos para activar la glándula del timo, que produce relajación y flujo de energía, según supe años más tarde). Era Johnny Weissmüller, un tipo que de niño era un enclenque y, que según las revistas que me tocó leer en “alquiladeros de revistas”, un médico le recomendó que nadara para que tomara cuerpo. El tal Johnny, de origen austro-húngaro, se convirtió luego en campeón olímpico de natación.

 

Tarzán comenzó a ocupar mis sueños infantiles. Con algunos muchachos, íbamos a jugar al morro Quitasol, y entre los árboles asumíamos el rol del hombre mono. Volábamos de palo a palo, como los porteros de fútbol de entonces, y gritábamos como Weissmüller, en una algarabía que hacía huir pájaros y caer hojas. En efecto, a veces, en algún duermevela, me veía como la reencarnación de aquel héroe creado por Edgar Rice Burroughs, y me daba por besar a Jane, que a veces, como pesadilla, se transformaba en Chita, el chimpancé que con sus monerías nos hacía reír en las funciones de cine matinal.

 

Fue entonces cuando papá me regaló el primer libro: era Tarzán de los monos, con una que otra ilustración, en el que se narraba la historia del hombre-simio, que tenía records de lecturas entre la muchachada, que nos hacía soñar con ir al África para encontrarnos con él a fin de que nos enseñara a montar en lianas y nos iniciara en el lenguaje de la gorilada. O, mejor, de los “mangani”, que fueron los monos que lo adoptaron y lo bautizaron con ese nombre, Tarzán, que significa “piel blanca”.

        

El hombre mono, que sedujo a varias generaciones de infantes con sus aventuras de jungla, nos disparó la imaginación y nos deslumbró con sus peleas con cocodrilos, con leones, con gorilas rebeldes, y con el brillo de su cuchillo. Era, además, un ser que combatía por un como ideal de justicia frente a lo que se ha denominado la “maldad humana”. Sin embargo, más tarde, ya creciditos, nos dio por hacer análisis y conceptuar que esas novelas de Burroughs (como veinticuatro, ¡uff!) no eran otra cosa que una apología del colonialismo inglés contra los africanos; que el “hombre blanco” estaba por encima de los nativos y había en sus discursos una disimulada segregación, una suerte de superioridad racial, en fin.

 

Rice Burroughs, que en sus inicios escribía libros de ciencia ficción, encontró una veta tremenda en Tarzán. Y digamos que Weissmüller, que no fue el primero en caracterizar al “buen salvaje” (antes en películas mudas hubo otros artistas, como Gordon Griffith y Elmo Lincoln), fue el actor que se quedó en nuestro gusto de chicos. Porque no pudimos, por ejemplo, con Lex Barker ni Gordon Scott, que nos parecían sobreactuados y como si fueran impostores. Claro que en el caso de Jane, la mujer de Tarzán, Bo Derek, desnuda, superó a las otras, incluso a la bella Maureen O’Sullivan, que en ocasiones nos puso a suspirar entre las cobijas nocturnas.

 

Como hubiera sido, una creación inocente o con intenciones “geopolíticas”, Tarzán nos elevó a otras esferas (que tal vez sí el hombre viene del mono), nos condujo por selvas de fantasía y nos hizo vivir peripecias a granel. Yo no sería capaz, hoy, de volver a ver las películas de Weissmüller, ni leer las obras de Edgar Burroughs, porque sería como matar la “edad de la inocencia”. Pero la muerte de Tarzán, con héroes y superhéroes de pacotilla, con Rambos y otros comandos asquerosos, con basura gringoide para retrasados mentales, sí nos deja un hálito de tristeza y una suma infinita de dolorosos ataques contra la imaginación.

 

Hace cien años (1913) se publicó Tarzán de los monos. Para no sé cuántos muchachos, que ya no son, fue una especie de educación sentimental, como el cine, como las historietas, como las fábulas, como los juegos de calle… A veces, el grito prolongado de aquel ser creado por un escritor norteamericano me despierta en las madrugadas y entonces vuelvo a verme como ese pelado que un día fue capaz de volar de árbol en árbol, sin fracturarse ni sufrir rasguño alguno, ante la admiración de pájaros y del viento fresco del legendario morro Quitasol.

Otras breverías (con espíritus de la India)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Espejo de la India

 El espejo, como la cópula, multiplica a los hombres, decía Borges en alguna de sus ficciones. Al mirarte a un espejo redondo, que es una evocación del sol, tendrás la capacidad de curarte a ti mismo. Eso cuentan los peregrinos, a orillas del río sagrado de la India, el Ganges, de aguas purificadoras. Si ese espejo está recubierto de madera, abeto, palosanto o cedro, se redobla el magnetismo, y entonces no solo te verás reflejado en él; habrás visto tu belleza interior, un sonriente espíritu que palpita con renovada energía. No se trata  del griego Narciso enamorado de su propia imagen hasta llevarlo a la muerte. Es tu ángel de luz, ser vivificador, el que te mira desde las profundas claridades de un espejo sagrado de la India.

 

Traje de novia hindú

 Están listos para la boda. Ella, vestida con un saris rojo, con bordados de hilos de oro, encajes marfilinos y joyas a granel, sonríe. El Brahman, el espíritu de la divinidad, está presente para conducirlos por caminos de prosperidad y santidad. El hombre, con traje de fiesta, le cuelga a su amada un collar de flores, símbolo de felicidad y fidelidad. Ya la hoguera -vínculo entre lo humano y lo divino- está encendida, pura luz de amor, y los novios dan siete pasos a su alrededor, uno según cada bendición que solicitan: alimento, fortaleza, riqueza, felicidad, hijos, ganado y devoción. Ella, más bella que siempre, recibe en sus cabellos un rocío de polvo rojo depositado por su amado. Y una lluvia de flores y arroz los celebra en su nueva vida. Ella sigue sonriendo, tan radiante como su traje.

 

Cristal

Los hombres antiguos inventaron el cristal para atraer a los dioses. En vasos transparentes, como una réplica del alma de los bondadosos, vertían agua de manantial. En el momento del ocaso, los dioses llegaban a mirarse en ese espejo líquido y sólido. Y se quedaban ahí, brillando, para acompañar a los humanos en las horas de tinieblas.

 

Sobrecama de estrellas

Los ojos de la noche son las estrellas. Una leyenda, tal vez de la India, cuenta que para tener sueños de luz, las sobrecamas deben semejar un cielo nocturno. Así, las estrellas soñarán que son fuegos helados, como lo imaginaron los guaraníes. Y los durmientes despertarán con una constelación bajo la almohada.

 


Chocolate, una historia con corazón

Por Reinaldo Spitaletta

 

(Para aquella chica remota que me mandaba chocolates de adolescencia)

 

Late el chocolate como un corazón recién enamorado. Bebida de dioses aztecas, de conquistadores españoles, de reyes indígenas. Para conversar, para la celebración de la encendida palabra. Para un despertar feliz. Sí, ahí está el chocolate, transmisor de energías y emociones. Ligado a nuestra historia de viajes y tierras, de pianos sobre mulas, de mulas dirigidas por arrieros sin brújula pero con gran sentido de orientación.

Chocolate, palabra con encanto. Y con historia. Procedente del náhuatl, el xocolatl, bebida espumosa preparada a base de cacao, proporcionó fuerzas a los aztecas y mayas, los alistó para la guerra, para la paz, para el amor, que es otro modo del sacrificio. Dicen que su dios, Quetzalcoatl, antes de expulsar al hombre del paraíso le ofreció el árbol de cacao como una manera eficaz de la sobrevivencia. Así lo creían los aztecas, que mezclaban la bebida con condimento picante, achiote y vainilla. Y un poco de miel. Brebaje del furor, de la vida en ascenso.

El primer europeo que probó el chocolate fue Cristóbal Colón, en 1502, en su cuarto viaje, en la isla de Pinos, Honduras, en un agasajo, un gesto de nobleza y amistad, de tribus aztecas. “¡Albricias!, he conocido una bebida que puede cambiar la historia”, se cree que pensó el genovés, porque una muestra significativa les llevó a los Reyes Católicos. No les gustó. Para sus paladares mediterráneos resultaba amargo. Sin embargo, ya tenían inoculado el sabor exótico de un producto de tierras lejanas, que, más tarde, se extendería por Europa para ampliar la escala de sabores. Y de olores.

El chocolate está hecho para los sentidos, para la delicadeza y el placer. Su palabra evoca un poco a la infancia, una aventura de cinematógrafo, un envío amoroso, un presente de amistad. Adquirió categoría de símbolo. Te doy un chocolate y es como decir “te quiero”. Me envías un bombón y es como si me mandaras besos y abrazos. Esas frases se las escuché a algunas muchachas.

Quién pudiera saber qué imaginó, por ejemplo, Hernán Cortés, que al probarlo en las tierras mexicanas, se enamoró de esa bebida pasional y la llevó a la corte de Carlos V. Lo que sí se sabe con certeza es lo que dijo el conquistador: “cuando uno lo bebe, puede viajar toda una jornada sin cansarse y sin tener necesidad de alimentarse”.

Y allá, en esa vasta España, en ese imperio en el cual jamás se ocultaba el sol, el chocolate tomó otro estatus: alimento, pero, al mismo tiempo, juego para el gusto. Una revolución para las papilas. Con canela de la India, con azúcar de todas partes, era una fiesta excitante. Ya no era posible detenerlo en un solo lugar. Y se extendió con su capacidad asombrosa para que gustara en todas las latitudes. Bueno, aunque no en todas. Se cuenta que, en tiempos de la Colonia, un obispo de Chiapas, México, prohibió su uso en las iglesias.

Resulta que las damas españolas, para hacer más aguantables los sermones y largas homilías, se hacían servir chocolate por sus criados y lo degustaban durante la ceremonia. El acontecimiento sacó de casillas al prelado que amenazó con excomunión a quienes siguieran tomando chocolate en la iglesia. Él, por supuesto, lo siguió bebiendo en su casa cural, ni más faltaba.

Chocolate, bebida de compañía, propiciadora de tertulias. De a poco su forma se modificó. Y se convirtió en bombones, chocolatinas, pasteles, helados y todo lo que la imaginación alcanza a crear con ese aporte ancestral de una cultura americana. Golosina para adornar comedores, para derretir paladares, para servir a manteles. El Rey Sol, en Francia, supo de sus favores.

Y así, de Viena a Londres, de Suiza a París, el chocolate, en sus presentaciones diversas, conquistó la sociedad, la envolvió en su poder renovador, en sus olores de exquisitez. ¡Quién puede resistirse! Y de allá, de las Europas, tornó a América, donde ya era parte de la cultura, de la dieta cotidiana.

Las mañanas todavía tienen esa música de olletas y molinillos, de espumosas tazas hirvientes, de mamás que llaman a la mesa, de familia que se mira a los ojos mientras las bebe en un bello ritual de la memoria.

Chocolate. Para que ella te ame más. Para que tú la quieras más. Por eso, hay en la imaginación tantos corazones de chocolate. Escucha sus latidos y sabrás más sobre el amor. Y sobre su ausencia.

 

Dos Breverías

Por Reinaldo Spitaletta

 

Orquídea mariposa

 La mariposa soñó que era una orquídea. La orquídea soñó que era una mariposa. Los sueños se juntaron y ya ninguna sabía quién soñaba a quién. La luna, mediadora en la confusión onírica, las soñó a ambas. Del sueño de la luna nació un misterioso híbrido: la orquídea mariposa.

 

Manteles de Provenza

Imaginativas damas los tejieron con el olor del espliego, el perfume de las huertas y el aroma del olivar. A la hora del té, los manteles de las señoras de Provenza irradian una particular luz que madura las uvas: la misma que embriagó a los impresionistas.

Todos mis barrios muertos

“¡Esas cosas ya pasaron pero tienen su emoción!                                                                                       Enrique Cadícamo

 

Por Reinaldo Spitaletta

Todos los barrios donde he vivido, formaron uno solo en mí. Así que si la patria es el barrio, la mía es una conjunción de esquinas borrosas, de muchachas que hoy deben tener cincuenta y cinco, de señoras con litros de leche en sus manos de trapeadora y que hoy deben estar bajo tierra o ser parte de un polvo cósmico. El barrio, una geografía de imaginarios, un territorio de canciones viejas y balcones en flor, una transgresión de lo catastral, ya no va más. ¿O sí?

 

Si el barrio es la patria esencial, ¿para qué la patria? Tal vez para apegarse a adobes descaecidos, a aceras en las que alguna vez nos sentamos a ver pasar el mundo; o para sumirse (sumirnos) en recuerdos que por más que vuelvan, lentos y apergaminados, ya son parte de un dolor de tiempo. ¿Acaso la patria te uniforma? ¿Te hace hablar igual al otro, sin diferencias en tonos y tesituras?

 

No sé si en ese barrio (¿cuál?) escuché canciones gangosas de hombres vencidos, que se iban confundiendo con el paisaje de fachadas muertas y patios sin sol. No sé si alguien, ¿quién?, dijo una tarde, en una calle plena de crepúsculo, que era un hombre sin memoria, sin pasado, sin historia, porque había perdido los recuerdos. Y en este punto quizá esté la voz ida de papá, cuando, tal vez sintiendo el peso inexorable del reloj, me advirtió: “Ah, sí, ya tienes recuerdos, entonces ya no eres joven, estás a punto de alcanzarme”. Lo dijo con sonrisa triste, pero con la convicción del que sabe que ha ganado la partida.

 

No sé por qué insisto en el barrio como noción de patria. ¿La patria para qué? ¿Para creer que pertenecemos a un lugar? ¿Para alimentarnos la desazón de una nostalgia? Soy un barrio fragmentado, un barrio monstruo, un barrio tal vez imaginado-diseñado por una suerte de doctor Frankenstein, y todo por culpa  (o por gracia de, según como se mire), digo por culpa de papá y mamá, que anduvieron de arriba abajo, de norte a sur, a veces sin brújula, pasando de una casa inexpresiva a otra más lejana y fría, y así mis patrias se juntaron (o se separaron) de a pedacitos: un amigo que no está; una chica que no vi más; un balón que nunca atravesó la portería de dos piedras en la calle-cancha de la infancia; una guitarra bajo un balcón; una piedra en la vidriera…

 

A mí no me pasó como a Eladia, la del Sur, que podía cantar: “La geografía de mi barrio llevo en mí / será por eso que del todo no me fui”, porque sí me fui del todo, sin volver, sin creer como el gordo Troilo que “siempre estoy llegando”, y cada barrio donde estuve (¿estuve?) dejó vacíos que los otros barrios jamás pudieron llenar. Así que ¿¡cuál patria!? No hubo continuidad en la muchachada de la esquina final; ni en el viento de cometas de enero; ni en aquel pedacito de cielo, que ni era cielo ni era azul, según las palabras de Lupercio de Argensola. ¿Será verdad tanta belleza el barrio?

 

Digo que el barrio que llevo en mí -es apenas un decir-  es como un espejo roto, y cada vez que uno-reúno los fragmentos, la imagen resultante es como la de un monstruito caricortado. De alguno tengo la vaga memoria de un café de sillas desvencijadas; de otro, un aroma de eucaliptos; del de más acá, el pito nocturno del celador; y del de más allá, un lejano sabor-olor a pomas.

 

Un viejo poeta me dijo, hace tiempos, a modo de advertencia o quizá de amenaza, que dejara de hablar del barrio, que lo matara. Y yo pensé entonces que mi barrio era un barrio muerto. No sé de qué barrio soy. Mejor dicho, no soy de ninguno, aunque de cada uno me haya quedado alguna cicatriz, y de uno en especial el sabor de un beso furtivo en los labios de una chica que tenía un raro parecido con Marilyn. Yendo en contravía de un gotán, de cada barrio (¿de cada amor que tuve?) en que viví tengo heridas. Menos mal que ya no sangran. La sangre se la tragó el “ladrillo infeliz” y la tierra amarilla de todos mis barrios muertos.

 (Escrito en Medellín, una noche sin música de alas)

                                         

 

Dos versiones de Caperucita Roja

Por Reinaldo Spitaletta

 

1. Visión del lobo

 

Cuando el lobo vio a Caperucita Roja, huyó por entre los árboles. Su instinto de conservación le advertía que los humanos eran seres perversos y que esa muchachita de apariencia inocente y con “cara-de-yo-no-fui” sería capaz de abrirle el vientre a cuchilladas con el propósito de encontrarse a sí misma.

 

2. Para comerte mejor

 

Antes de que la fábula existiera, Caperucita, gracias a una inexplicable clarividencia, la supo, la presagió. Y quiso cambiar los acontecimientos. Preparó su plan durante meses. Avisó a su abuelita de lo que pasaría y le enseñó cómo enfrentar los hechos. Le dijo que el día señalado ella iría por el monte y cantaría más bello que siempre, y en su canastita, en vez de pasteles, metería un afilado puñal. El lobo –decía la niña- pasaría entonces de victimario a víctima. Ella, tras desollarlo, se disfrazaría con la piel y asustaría, camino a casa de la abuela, a pastores y ovejas, y después ambas pondrían en escena la comedia.

 

_Abuelita, usted le preguntará al lobo, es decir, a mí, para qué son esos ojos tan brillantes y esas orejas tan grandes y los dientes tan afilados… y así. Después de todo, para celebrar, usted horneará pasteles de manzana y nos los comeremos.

 

La tarde (o la noche) de los sucesos (la nueva fábula no lo aclara) el viento, frío y sin pausas, aullaba en el monte. La abuela lo escuchaba sin temor alguno. Se frotaba las manos y sonreía como lo solía hacer cuando ella tenía la edad de su nieta: con exceso de picardía.

 

Esperó, sosegada, en la sala. Cuando escuchó los golpes en la puerta, fue abrirla con alegría. Tenía, en verdad, muchas ganas de jugar.

 

_¿Para qué son esos ojos tan grandes y tan brillosos?

 

_Para mirarte mejor

_¿Para qué tienes esas orejas enormes? _preguntó la abuela, sin poder ocultar una súbita aprensión que intentó disimular con una sonrisa más ancha.

 

_(…)

 

_¿Y para qué esa boca descomunal con dientes tan terribles?

 

_Para comerte mejor

 

Cazadores que horas más tarde aventuraron a pasar por el frente de la casa, encontraron en el corredor manchas de sangre y, abandonada en unos matorrales cercanos, una canastita especial para cargar pasteles,

 

Uno de ellos, con ojos de perro de monte, dijo, angustiada la voz: “Qué vaina, las fábulas son desconcertantes”.