Dos versiones de Caperucita Roja

Por Reinaldo Spitaletta

 

1. Visión del lobo

 

Cuando el lobo vio a Caperucita Roja, huyó por entre los árboles. Su instinto de conservación le advertía que los humanos eran seres perversos y que esa muchachita de apariencia inocente y con “cara-de-yo-no-fui” sería capaz de abrirle el vientre a cuchilladas con el propósito de encontrarse a sí misma.

 

2. Para comerte mejor

 

Antes de que la fábula existiera, Caperucita, gracias a una inexplicable clarividencia, la supo, la presagió. Y quiso cambiar los acontecimientos. Preparó su plan durante meses. Avisó a su abuelita de lo que pasaría y le enseñó cómo enfrentar los hechos. Le dijo que el día señalado ella iría por el monte y cantaría más bello que siempre, y en su canastita, en vez de pasteles, metería un afilado puñal. El lobo –decía la niña- pasaría entonces de victimario a víctima. Ella, tras desollarlo, se disfrazaría con la piel y asustaría, camino a casa de la abuela, a pastores y ovejas, y después ambas pondrían en escena la comedia.

 

_Abuelita, usted le preguntará al lobo, es decir, a mí, para qué son esos ojos tan brillantes y esas orejas tan grandes y los dientes tan afilados… y así. Después de todo, para celebrar, usted horneará pasteles de manzana y nos los comeremos.

 

La tarde (o la noche) de los sucesos (la nueva fábula no lo aclara) el viento, frío y sin pausas, aullaba en el monte. La abuela lo escuchaba sin temor alguno. Se frotaba las manos y sonreía como lo solía hacer cuando ella tenía la edad de su nieta: con exceso de picardía.

 

Esperó, sosegada, en la sala. Cuando escuchó los golpes en la puerta, fue abrirla con alegría. Tenía, en verdad, muchas ganas de jugar.

 

_¿Para qué son esos ojos tan grandes y tan brillosos?

 

_Para mirarte mejor

_¿Para qué tienes esas orejas enormes? _preguntó la abuela, sin poder ocultar una súbita aprensión que intentó disimular con una sonrisa más ancha.

 

_(…)

 

_¿Y para qué esa boca descomunal con dientes tan terribles?

 

_Para comerte mejor

 

Cazadores que horas más tarde aventuraron a pasar por el frente de la casa, encontraron en el corredor manchas de sangre y, abandonada en unos matorrales cercanos, una canastita especial para cargar pasteles,

 

Uno de ellos, con ojos de perro de monte, dijo, angustiada la voz: “Qué vaina, las fábulas son desconcertantes”.

 

 

 

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2 comentarios

  1. José M. Ruiz P.

     /  septiembre 3, 2013

    En verdad es una muy buena explicación y al mismo tiempo, la mejor manera de salvar la vida del hermano Lobo.

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