Un dragón

Por Reinaldo Spitaletta

 

-¡Niños, niños, su atención por favor!, gritó el papá del anfitrión, seria la cara y definitivo en su voz.

La algarabía era tremenda en el primer piso. Casi todo el salón de preescolar invitado por el hijo, que se unía al coro desafinado y contento, vociferaba.

-Muchachos, no vayan a subir al segundo piso, que hay un dragón. -Agregó el papá, buscando una redención a su fastidio y una intimidación.

-¡Un dragón, un dragón! ¡Un dragón!

La desbandada no se hizo esperar. Todos, en medio de una gozosa curiosidad, curiosidad de estrépito, corrieron escaleras arriba.

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Amparo Arrebato, las piernas de la salsa

Por Reinaldo Spitaletta

 

Las piernas más lindas de Cali eran las de Amparo Ramos. Hay gente que pasa a la historia por liderar un movimiento social, por cantar con un fraseo en el que no se escapan ni el punto y coma ni el punto seguido, por una invención, por cambiar su vida por lámparas viejas o por un arrebol, pero Amparo lo hizo porque tenía “pólvora y hormigas” en las piernas, que ni siquiera se aproximó Olga Lucía, con lo bien que nadaba. Era la Marlene Dietrich de la salsa. Superó a la mítica mona Mariela de Que viva la música, de Andrés Caicedo.

 

El barrio, que es tal vez la más bella manera de decir patria, tiene unos ingredientes que no están en las ciudadelas cerradas, en esos guetos urbanos de incomunicación  y soledades. La fraternidad es uno de ellos. Y, quizá, los solidarios bailes de vecinos. Amparo nació para bailar, en una casa, en un grill, o en la calle. Y sus piernas le permitieron estar siempre en boca de todos. De niña, dicen, se admiraban los observadores con la dinamita regada desde los pies hasta los muslos. O viceversa. La chica egresada de un colegio de monjas no estaba para vestir trajes largos. ¿Por qué ocultar su máximo encanto? No. Estaba hecha para faldas breves, o, en otros casos, para lucir “short”, como cuando corría, en los sesentas, sí, los sesenta metros. Ahí va Amparo, la saeta, la campeona, la reina de una prueba atlética que ya no existe más. De las pistas de atletismo pasó a las de la danza, de aquella que se aprende por intuición, por estar diciendo con el cuerpo lo que las palabras no alcanzan.

 

Y en el barrio está la barra, y en la barra, la alegría. Y en esos sesenta de Cali, claro, la Nueva Ola, el rock and roll, el twist, pero también la pachanga: “Negrita / báilalo ahora / de pronto llega otro ritmo / y quién sabe si este ritmo durará…”, y ahí, en medio del frenesí, aparecía ya la pelada de los veinte años, a punta de bugalú, mostrando su riqueza corporal. Era Amparo Ramos, con el arrebato guarachero, con el trópico en todo el cuerpo. Y entonces ya estaba Dámaso Pérez Prado, y, precisamente, en Cali. “Mi mamá me llevó a verlo, recuerdo que la boleta costaba diez pesos. Ellos traían un grupo de bailarines de mambo y cuando la música empezó a sonar, yo también salí a bailar. Pérez Prado me dijo: me gusta mucho tu baile, vente conmigo a México. Yo no quise, pero ahí empezó mi fama como bailarina”. Así lo contó una vez, o muchas veces, Amparo Ramos.

 

Y se quedó en su ciudad, para convertirse en leyenda, para ser atracción de feria, para confirmar que las mujeres de Cali tienen mucho swing. Los que entonces la vieron bailar en el grill San Nicolás, o en el Séptimo Cielo, o en la Casita de Bambú, qué sé yo, supieron de cómo esa mujer inverosímil danzaba con uno, con tres, con diez al mismo tiempo, por puro gusto, porque había nacido para expresarse con el lenguaje seductor de las piernas. Nació el 30 de diciembre de 1944, en el barrio San Nicolás y, después, todos los barrios sabrían de su talento para convertirse ella misma en música. De haberse ido con la tropa de Pérez Prado tal vez no hubiera pasado de ser una más en la febril coreografía. Fue entonces cuando apareció Richie Ray, en las ferias de 1968, y la historia de la atleta y bailarina se transformó. Ya viene Richie, el del bugalú y el jala jala, y ahí, esperándolo, está la dama del ritmo. Ya llegan las descargas de timbales y bongós, y en los teclados, un Juan Sebastián caribe. ¡Ahí viene Richie!, y entonces hay nuevos pasos, más calor en el cuerpo, más brincos y contorsiones. Todo un arrebato colectivo. El barrio y los griles eran una sola rumba.

 

“Cuando Richie Ray y Bobby Cruz llegaron por primera vez a Cali, yo tenía 24 años. Era 1968 y salí a bailar Bomba Camará en la caseta Matecaña donde ellos se presentaban; cuando se acabó el tema, Bobby me llamó y me dijo: ‘Usted baila muy bien y tiene unas piernas muy lindas”, contaría Amparo en un reportaje. La feria estaba en su clímax. Al día siguiente, 30 de diciembre, la muchacha invitó a los artistas a su casa a “comer tamales hechos por mi mamá por aquello del cumpleaños”.

 

Al año siguiente, Richie retorna a Cali con su sonido bestial, con Gangán y Gangó, los que siempre están contentos, como la gente de allá, y se aparece con un homenaje: “Amparo Arrebato le llaman / siempre que la ven pasar / esa negra tiene fama / de Colombia a Panamá / esa negra enreda a los hombres / y los sabe controlar / Amparo Arrebato le llaman / la negra más popular”. Y del puente para allá y del puente para acá la fiebre hacía delirar a los caleños, Richie era el rey, Juanchito se alzaba hasta el mito y la ciudad asistía al nacimiento de otra leyenda popular: la de Amparo Arrebato, la misma que con sus veloces piernas representó a Colombia en un torneo atlético en Panamá.

 

Claro que no faltaron los que dijeron que la pieza de Richie estaba dedicada a otra Amparo. Qué importa. La que se ganó la corona fue ella, Amparo Ramos, la mujer que se erigió en un símbolo de Cali-rumba, un paradigma del bailar arrebatado, de la explosión vital en las piernas. “Esa negra es sandunguera / nadie lo puede negar / y ella dice que la cucaracha / ya no puede caminar”.

Bueno, ya Amparo no puede caminar, ni bailar. O tal vez sí, porque los muertos como ella no se van del todo. Amparo se murió de lo que se tenía que morir: del corazón, el 16 de marzo de 2004. Daba clases de mambo y merengue, de salsa y pachanga, de tango y bugalú. Se murió pobre, en un barrio que también fue su patria, en el Alfonso López. Era un patrimonio del pueblo. Qué lindo baila usted, se oye decir en las noches de Cali, porque Amparo no para de bailar. Se inventó a sí misma.

 

(Escrito en Medellín cuando Amparito iba hacia la eternidad)

 

Profesores de las días felices (3)

Don Parmenio o la historia contada

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Nunca supe por qué don Parmenio dejó de dictarnos Historia Universal, que en rigor era solo de Grecia y Roma, y algo de las viejas culturas asiáticas, en el liceo nocturno Francisco Antonio Zea. De pronto, no volvió y nosotros, los alumnos de edades desiguales (había adolescentes y adultos) quedamos con un vacío existencial, con la espada de Damocles sobre nuestra cabeza, con la sorpresa de los troyanos cuando del enorme caballo emergieron soldados griegos para exterminarlos, con las ruinas de Palmira y los templos babilónicos en decadencia, porque aquel señor, alto, trigueño, pelinegro y de voz emocionada cuando se metía en los personajes históricos y mitológicos, con su ausencia nos había dejado sin habla y con la imaginación rota.

 

Con ese nombre (que no requería apellido) no podía dictar sino Historia. O Filosofía. Tenía la capacidad de hacernos ver lo que él relataba. Así, nos hizo vibrar con Nabucodonosor, con las barbas de los asirios, con la crueldad de los hititas y nos condujo por los laberintos de las grafías egipcias y llegó a mencionarnos la más vieja epopeya del mundo: la de Gilgamesh. Era capaz de hacernos transitar por remotos caminos empedrados y explicar con dibujitos en el tablero la escritura cuneiforme.

 

Por aquellos días, en que nos dejábamos crecer el cabello y todavía resonaban el twist y ritmos de la llamada Nueva Ola, como un rumor lejano nos llegó la noticia de que habían asesinado a un líder negro norteamericano, asunto al que no le prestamos atención, ni tampoco el profesor nos dio referencias. Del mayo francés nos enteramos mucho tiempo después, porque nuestro mundo cotidiano se interesaba más en escuchar programas juveniles y radionovelas de aventuras, sentarnos en las esquinas a ver pasar muchachas y explorar los efectos de la coca-cola con pastillas delirantes, que en los acontecimientos contemporáneos. Ni siquiera los bombardeos norteamericanos contra poblaciones civiles vietnamitas nos despertaron de la embriaguez de la adolescencia.

 

Pero lo que sí nos ponía a viajar por pasados distantes era la clase de don Parmenio, dos veces a la semana, a las ocho y treinta de la noche, después de un recreo, en el cual algunos muchachos aprovechaban para hacer gimnasia en las barras y otros salíamos a tomar gaseosa en la tienda El Selecto. Vestido de impecable traje oscuro, el profesor nos predisponía a escucharlo, sin parpadeos. “Hoy los relataré la batalla de las Termópilas”, decía y entonces resucitaba con sus palabras a Leónidas y sus trescientos héroes espartanos. Ya nos había dicho sobre los persas y sus ejércitos numerosos. Hacía pausas estudiadas y reanudaba su discurso. “Los persas eran tantos, que cuando arrojaban sus lanzas y flechas, el cielo se oscurecía. Y hubo un espartano tan valiente, que cuando el rey Jerjes les advirtió a los griegos que se rindieran porque ellos, los persas, iban a tapar el sol con sus armas arrojadizas, le contestó: _Mejor, así combatiremos a la sombra”.

 

Con don Parmenio conocimos a Fidípides y su carrera heroica desde Maratón hasta Atenas, para anunciar que los griegos habían vencido a los persas, y los amores de Marco Antonio y Cleopatra, y supimos algo de las filípicas y acerca del asesinato de César. Nos contó de algunas tropelías de Calígula y del incendio de Roma por Nerón. No sé si fue por aquel tiempo que sonaba una canción, o, mejor una caricatura cantada sobre Nerón, que decía: “Yo no maté a mi hermano, es mentira, mentira, / ni perseguía cristianos, yo fui el buen Nerón…”. Y al escucharla uno, sin remedio, recordaba al profesor de historia de aquel colegio nocturno al que me vi obligado a entrar porque, en quinto de primaria, un profesor que jamás sonreía, Castor Rave era su nombre innombrable, se negó al final del año a darme un pase para el cotizado Liceo Antioqueño o, en su defecto, para el Liceo Fernando Vélez. Y de tal modo, al no conseguir cupo en ningún colegio, mi madre me matriculó en esa institución de la noche.

 

Nunca supe si don Parmenio había leído a Heródoto, a Tucídides, a Plutarco, y tal vez su anecdotario y otras narraciones los extraía de textos de Barrios y Astolfi , pero, con todo, fue un hombre que nos indicó que había que buscar las causas y consecuencias de la historia, que más que fechas y datos -decía- eran hechos con los que todos teníamos que ver.

 

Pasadas las vacaciones de mitad de año, el profesor no retornó a nuestra aula encantada. Se dijo que estaba enfermo y no podía salir de noche. Se notificó que don Parmenio solo podría seguir dictando clases en el diurno, porque estaba perdiendo la visión; se especuló con una cosa y con la otra. Quien lo reemplazó, de cuyo nombre no me acuerdo, padeció, creo, los bostezos y cabeceadera de muchos de nosotros y como castigo a sus clases sin alegría y sin historias, lo condenamos al olvido.

 

Don Parmenio Martínez, el mismo que nos relató las peripecias heroicas de Espartaco, nos contó sobre la belleza imposible de Friné, modelo del escultor Praxíteles. “Fue condenada a muerte por impiedad. Los jueces no cedían ante el defensor de la muchacha, y entonces él, en una muestra de astucia, la mandó a empelotarse delante de ellos. Cuando ella lo hizo, les dijo que como iban a privar el mundo de una belleza irrepetible. Los jueces, con la baba en los labios, cuando vieron esos hermosos senos, la absolvieron”. Al terminar su narración, al profesor se le regó la picardía por su cara bonachona. Y creo que más de un alumno soñó con aquella griega que opacó a Afrodita.

 

Postdata: El ingeniero Fabio Zapata, que fue alumno del profesor Parmenio en 1970, tras leer mi nota, recordó que el primer día de clase el maestro los intimidó, al anunciar no solo la trascendencia de su asignatura, sino sobre la risa en el salón: No hay motivo para reírse en mis clases; excepto en estos dos casos: se ríen conmigo, son unos MARICAS o se ríen de mí, son unos HIJUEPUTAS”. También memoró que, a veces, don Parmenio, con una ligera inclinación hacia adelante, se quedaba “suspendido unos segundos mientras se metía los dedos por el culo y expresaba… Los Hititas…”. Vale.

Friné ante los jueces

Con el Che pegado a las espaldas

 

Por la manchega llanura

se vuelve a ver la figura

de don Quijote pasar.

León Felipe

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Fue una de las primeras consignas que nos unió a todos los del salón de clase de tercero de bachillerato: llevar a las espaldas la efigie enigmática, en alto contraste, de un argentino-cubano que murió en Bolivia, llamado Ernesto Guevara de la Serna, y al cual los paisanos de José Martí le habían puesto el simpático y fácil apelativo de Che. Claro que esas cosas no las sabíamos entonces.

 

Igual, el asunto era muy simple: bastaba ir hasta el taller de misceláneas de don Martín para que él, con su sapiencia y por solo diez pesos, nos estampara en la camisa una cara oscura, con boina negra y estrellita de cinco puntas. Era la moda. Y llevar atrás, en la misma parte en la cual debían ir los números de jugador de fútbol, al héroe legendario que sufrió toda su vida de asma, infundía cierto respeto. Uno creía que el Che no solo estaba en la espalda, sino dentro de uno.

 

Mi primer Che lo puse en una camisa verde oliva. Por eso, los ojos del médico Guevara quedaron de ese color. Miraban un poco hacia arriba, como con un desvío que, aunque insignificante, le daban la apariencia de tener estrabismo. Ese Che no duró mucho. Pereció destrozado en un alambre de púas cuando en forma frenética, Chucho Hernández y yo, tratábamos de huir de los ladridos y dientes de los perros de la ya hace tiempos extinguida finca de Lázaro, en Bello, donde a los árboles de mango solo les dejábamos las hojas, y eso que menguadas.

 

Sin embargo, mi consuelo radicaba después en mirar a ese Che que parecía sonreír ahí, fijado en la parte trasera de los autobuses, y que ya estaba acostumbrado al polvo de los caminos, al hollín, a la estridencia de los pitos. Era un Che carisucio.

 

Ese Ernesto móvil miraba para todos lados y, creo, la barba de lata le crecía todos los días. Después, el Che se veía en las vitrinas de los almacenes convertido en calcomanía, en atractivo para la clientela, en artículo de consumo. La estampita del médico guerrillero se reproducía aquí y allá, en múltiples presencias, en ubicuidades religiosas. Superaba, me parece, en popularidad, por lo menos en mi barra esquinera, a los Beatles y Jesucristo.

El sistema, según supe después, había absorbido la imagen cada vez más influyente del Che y le había sacado partido. O, mejor dicho, había secado al revolucionario para transmutarlo en reliquia anodina. Era este un héroe barnizado, de escaparate, despojado de sus ideas y de sus contradicciones. Un fetiche. Un muñeco de farándula. Así nos lo vendían en las tiendas y en el tallercito de don Martín.

 

Aquel Che que se vendía más que el chicle y cuya imagen -que recordaba de alguna rara manera la de Jesús de Nazaret- no causaba ningún temor a los que cuando él vivía fueron sus enemigos, ese Che, digo, no fue el que estuvo con el también barbudo Fidel en la liberación cubana, ni el que montó en un velomotor, con el que realizó una gira de 4.000 kilómetros, ni el que estuvo en la Sierra Maestra, ni el triunfador de Santa Clara, ni el que tuvo que comer carne de yegua en las selvas bolivianas, ni el que tenía como patria el mundo, ni el que estuvo en desacuerdo en Punta del Este con las intenciones de la Alianza para el Progreso, ni el que fusilaron en La Higuera el 8 de octubre de 1967.

 

Aquel Che, que portábamos con ufanía pegado a las camisas, aferrado a nuestras espaldas como parte de la piel, no fue el que después cantó con fondo de guitarras Carlos Puebla, ni el que quemaba la brisa con soles de primavera… Ese Che, asmático, terco, quijotesco, que se internó en los montes bolivianos a buscar la muerte o a encontrar otras posibilidades de vida, es el que ahora se ve en fotos históricas, envuelto en un lienzo, ojos abiertos, manos cortadas a hachazos para impedir su identificación, con una barba que le sigue creciendo después de muerto. Che-héroe-hombre.

“Qué tengo yo que hablarte, comandante, si el poeta eres tú, como dijo el poeta”, así es el Che de Milanés y de Cortázar. Y el de Nicolás Guillén: “Queremos morir para vivir como tú has muerto, para vivir como tú vives, Che, comandante, amigo”. Ese Che, que tras cuarenta y seis años de su muerte, todavía cabalga sobre el rocín de la historia, sigue con su transparente presencia atravesando llanuras, con mirada entre amarga y sonriente, y una boina negra con estrellita adelante.

 

El Che vencido es el que nosotros teníamos a la espalda. El que miraba a través de las vitrinas. El que se alejaba, con ojos tristes, en el respaldo de los buses. El que estampaba don Martín con su rudimentaria técnica de “screen”. El que alguna vez tuvo ojos verdes en una camisa. El que después pegué en una camiseta del DIM a ver si el equipo obtenía la tercera estrella, la que tardó tantos años en brillar… Otra vez  -qué le vamos a hacer- hay que recordar al viejo Bertolt Brecht: definitivamente hay hombres que luchan toda la vida. Esos son los imprescindibles.

Profesores de los días felices (2)

 

Don Alfonso o el Cucho de la melancolía

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

No teníamos ni idea de que estaban bombardeando a Marquetalia, llamada por Álvaro Gómez (que ni siquiera sabíamos que era hijo de Laureano, un promotor de la Violencia en Colombia) República Independiente. Y, claro, tampoco habíamos escuchado mencionar al hijo del tal por cual. Nada conocíamos de los Beatles que ya eran sensación universal, porque nuestro mundo, estrecho y sin pretensiones, se reducía a ir a la escuela a pie, jugar balón en cualquiera de la infinitud de potreros que había en Bello, hacer barquitos de papel en tiempos de aguaceros y tal vez soñar con ir a la Luna.

 

Al maestro de tercero de primaria lo bautizamos el Cucho. No sé de dónde provenía la palabra, pero fue la primera vez que la escuché. Don Alfonso, que siempre daba clase vestido de traje entero, tenía negros y lisos y abundantes los cabellos. Iba afeitado pero se notaba que, de haberse dejado crecer la barba, la tendría muy espesa. Los zapatos jamás tenían brillo. Y no parecía tener mando sobre la muchachada, porque siempre susurrábamos, reíamos, cuchicheábamos, de vez en cuando tirábamos pedacitos de tiza a otros, éramos un grupo recocha, que en aquel salón con ventanas altas a la calle y al patio de recreo había como cuarenta y tal cantidad ya daba dimensiones de infierno para un profesor, que, según pensé años después, no le gustaba la enseñanza.

 

No supe nunca de dónde procedía, porque en Bello todos llegaban de otras partes. Pero sí que le habían adjudicado una casa en el barrio El Carmelo, construido por el Instituto de Crédito Territorial. Y esto lo supe, más que por alguna pesquisa personal, por los buenos oficios de mamá, que siempre era amiga de maestros y maestras, les llevaba frutas, floreros, galletas en lata y luego me enteré de que era para que no me cogieran inquina, que a veces “su muchachito” protagonizaba duelos a golpes con los condiscípulos y hacía otras pilatunas.

 

No recuerdo ninguna enseñanza particular de don Alfonso, que a lo mejor era un ser al que ya nada le importaba, o tendría decepciones a granel. No sé. Lo recuerdo y solo veo sus trajes grises, sus camisas azul celeste y una cara de aburrimiento permanente, que por eso, digo, nos poníamos el salón de ruana. “¡Ahí viene el Cucho!”, se oía decir cuando él salía no sé si a orinar, o por tiza, o por algún mapa, y se armaba la de “Dios es Cristo”, con combates con tapas de gaseosa, con los borradores de pizarra que eran almohadillas sucias, con hojas de cuaderno arrugadas para que tuvieran efecto de proyectil. Cuando trasponía la puerta ancha y alta del aula, volvíamos a la normalidad, con risas contenidas y alguno a punto de moquear o tirarse un pedo.

 

El Cucho no parecía interesado en contar historias, ni enseñar geografía, aunque sí le prestaba atención a las operaciones aritméticas, que, creo, era lo que mejor nos dictaba. No tengo memoria de si alguna vez soltó alguna risa y tampoco sonrisas; su cara nos parecía vieja y amarga y a veces sus mejillas brillaban. Daba la impresión de cansarse con las jornadas a mañana y tarde, siempre con los mismos párvulos, los mismos disturbios, la obligación de tener que transmitir algún conocimiento y no gustarle la vaina de pararse delante un tablero negro a mirar a un auditorio de tarados. Eso pudo haber pensado.

 

Si los dos años anteriores, con maestras, doña Rosa y doña Angélica, fueron de una simpatía y alegría proverbiales, con canciones colombianas, como una que hablaba de una “canoíta de mi río”; con una tonada de maravillas que lo hacía a uno transformarse en un pirata (“Soy pirata y navego en los mares / donde todos respetan mi voz…”) con imaginario parche en un ojo y pata de palo, en fin, las clases del Cucho eran un recorrido por la tristeza. Nunca nos cantó nada ni nos pidió hacerlo.

 

El Cucho era alto (o nos parecía) y tenía una joroba leve, al principio, que después, al fin de año, ya era más pronunciada. Tal vez la cogió de tanto mirar al piso, en lo que pudo haber sido un mecanismo de defensa contra la melancolía. Bueno, eso dice uno ahora, después de tanto consumir almanaques. No se le escucharon gritos en clase y tenía la apariencia de ser alguien que estaba acostumbrado a soportar pesares.

 

La palabreja con la que lo apodábamos se volvió popular mucho tiempo después en Antioquia para referirse a “alguien de edad”, a un vejestorio. A aquel que los días le habían horadado la frente y la mirada. Hubo momentos en que era una especie de despectivo con los mayores. Y también una expresión cariñosa cuando del padre se trataba. Según el tono, como es sabido.

 

Don Alfonso Monsalve pasó por nuestras vidas, por las de un grupo diverso en el que había muchachos que iban a clase sin zapatos, como una exhalación, un viento que se va y no vuelve. No hubo marcas. No logró -creo- despertarnos afectos. Un ser que pudo haber pertenecido a las apatías y al mundo plomizo de la indiferencia. Unos años después lo volví a ver, atravesando una calle, y su giba había crecido. Miraba al suelo como si buscara el tiempo perdido con unos pelados inquietos, que lo veían a él como un rey de burlas.

 

¡Ah!, cuando terminamos el tercero de primaria, hacía un año habían asesinado a John Kennedy (mamá lloró ese crimen, no supe por qué) y todavía en la escuela daban pan y leche de la Alianza para el Progreso.

Profesores de los días felices (1)

Maestro de tormentas y arco iris

Por Reinaldo Spitaletta

 

Había un patio de recreo y salones a su alrededor, en una cuadrícula en la que los corredores, con salientes de teja española, daba la forma a la escuela. Todos eran grupos de quinto de primaria.  Eran días en que el mundo hablaba de alunizajes, la Unión Soviética y China estaban en tensión y Estados Unidos ocupaba Vietnam. Supe después que en ese año, el papa Pablo VI abolió el Índice de Libros Prohibidos, cuando nosotros apenas habíamos leído cartillas, textos de geografía e historia patria, cuentos de los hermanos Grimm y algunos libritos de español y literatura.

 

Bello era entonces un pueblo con fábricas textileras y un taller de ferrocarriles, cuyas sirenas parecían haber producido en los moradores reflejos condicionados. Cambios de turno laborales. El pito del medio día. Y solo una rutina rota por las idas a cine los domingos y los partidos de fútbol en las mangas, que abundaban. La escuela, sus turnos, eran a mañana y tarde, porque quizá el mundo era muy pequeño y todavía no había tantos estudiantes como para establecer dos jornadas.

 

También, los de esa escuela preparatoria, a cuya entrada se subía por unas escaleras dobles en forma de pirámide trunca, teníamos reflejos condicionados por la campana. Ella anunciaba el momento tan anhelado que era el recreo. O los cambios de salón de clase. Uno iba de aula en aula, como un vagabundo escolar con su cartapacio, a escuchar las enseñanzas de los maestros, así que estaba la sala de ciencias naturales, la de matemáticas (era el único salón fuera de ese paisaje de maravilla que era el patio), la de religión, la de español, y demás.

 

Creo, si el recuerdo no es una suerte de traición, que me gustaba mucho la hora de español y literatura. Era un encuentro con palabras que me recordaban a mamá (no aquel lugar común de mi mamá me mima…), porque ella siempre estaba recitando poemas sobre mares y lunas, y cantando canciones de muy lejos, y contando historias a la hora del desayuno y al anochecer. Sí, me parece que el profesor era una especie de sucursal de mamá, porque él, que aunque era joven uno lo veía viejo (tal vez nos adelantaba por ocho años), tenía una manera de recibir a los discípulos con recitaciones de Diego Fallon e Ismael Enrique Arciniegas, y nos ponía luego a leer en voz alta, al frente, la cartilla en la que había historias como las de Los tres deseos y un relato que contaba las maneras de dar limosnas.

 

“No estamos en el hipódromo”, nos increpaba a los que, entonando la lectura, corríamos para acabar más ligero. Y luego él mismo leía lo que acabábamos de mal leer y lo hacía con pausas, ritmo, musicalidad. De las tareas que recuerdo, había una que era aprender de memoria un poema, para decirlo a todos, delante del tablero. No sé adónde encontré un poema de un chileno, Antonio Bórquez Solar, sobre el arco iris, y ese fue el elegido por mí. Quizá me incliné por esos versos debido a que, siendo más niño, caramba, me gustaba perseguir el arco iris y pretendía siempre ir hasta su nacimiento, porque, decía no sé quién, que allí había una zona encantada.

 

El profesor, que tenía una bella voz (nunca nos gritaba), ya había hecho durante el curso demostraciones de sus modos de decir poemas. Ya nos había metido a Guillermo Valencia y sus camellos, ¡uf!, así como a Gabriela Mistral y una poesía que volví a leer años después, y que me parecía de un ritmo sobrecogedor: setenta balcones y ninguna flor. Bueno, el caso es que me aprendí la del chileno y salí al frente, me paré con seguridad, y comencé, en una desbocada carrera, a recitar: “Los colores del arco iris / de los cielos siete son / como siete en la semana / son los días que hizo Dios / como siete son las notas de la pauta  del cantor…”. Cada verso era aumento de la aceleración. No sé si el auditorio reía, pero miré al profesor y estaba serio, pendiente de cada palabra, lo que me condujo a incrementar la velocidad: “De un topacio es su amarillo / y su rojo es de rubí, / su violeta es de amatista / y su azul es de zafir”. Digo que a mí me sonaba bien esa composición, y cada que pronunciaba una palabra veía colores por doquier. Y en el poema salía el sol después de la lluvia y había risas y fulgores, y al final la tormenta había pasado. Sí, la tormenta que me parecía que yo encarnaba. “En la próxima vez, no corrás tanto, Spitaletta. Hacé pausas y entendé mejor el sentido del poema”, me dijo algo así. Yo veía a algunos compañeros muertos de la risa, y después, un osado me dijo que era porque al recitar movía una mano como una hélice.

 

No sé en qué mes de ese lejano año el profesor me llevó para que leyera una crónica de Azorín que describía una tormenta y su después. Ese escrito me produjo una sensación como si fuera un bautismo, una epifanía, un descubrimiento. No sé qué. Las palabras me atraían, me enamoraban, y quise saber quién era el escritor, qué había publicado. El tiempo pasó, el año lectivo se acabó, pero Azorín y el profesor se quedaron en mi memoria, mente y corazón. Tiempo después, nos mudamos a un barrio, El Congolo, y a la vuelta de mi casa, vivía el profesor. Su padre era policía, con pistolera blanca y kepis verde con visera negra. También conocí la hermana del profesor, que todos los días pasaba, por las mañanas, por el frente con su uniforme de cuadritos rojinegros y su cara de virgen del amanecer. Se llamaba (se debe llamar todavía) Olimpia, y digo que el tal nombre también me sedujo, aparte de las piernas y modo de caminar de la pelada.

 

Muchos años después, en una ceremonia en la que presentaba mi novela El último puerto de la tía Verania, en la Biblioteca Marco Fidel Suárez, dentro de los asistentes estaba el profesor, que me sonreía. No pude resistir el manifestarle en público que su manera de dar las clases de español me llevaron a amar las palabras, las historias, los poemas y a descubrir un escritor que ya hace años no leo. “Profesor Álvaro Sánchez, muchas gracias por su pasión de enseñar”, le dije. Y después fui a abrazarlo. Me pareció que en aquel lugar había un arco iris.