Con el Che pegado a las espaldas

 

Por la manchega llanura

se vuelve a ver la figura

de don Quijote pasar.

León Felipe

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Fue una de las primeras consignas que nos unió a todos los del salón de clase de tercero de bachillerato: llevar a las espaldas la efigie enigmática, en alto contraste, de un argentino-cubano que murió en Bolivia, llamado Ernesto Guevara de la Serna, y al cual los paisanos de José Martí le habían puesto el simpático y fácil apelativo de Che. Claro que esas cosas no las sabíamos entonces.

 

Igual, el asunto era muy simple: bastaba ir hasta el taller de misceláneas de don Martín para que él, con su sapiencia y por solo diez pesos, nos estampara en la camisa una cara oscura, con boina negra y estrellita de cinco puntas. Era la moda. Y llevar atrás, en la misma parte en la cual debían ir los números de jugador de fútbol, al héroe legendario que sufrió toda su vida de asma, infundía cierto respeto. Uno creía que el Che no solo estaba en la espalda, sino dentro de uno.

 

Mi primer Che lo puse en una camisa verde oliva. Por eso, los ojos del médico Guevara quedaron de ese color. Miraban un poco hacia arriba, como con un desvío que, aunque insignificante, le daban la apariencia de tener estrabismo. Ese Che no duró mucho. Pereció destrozado en un alambre de púas cuando en forma frenética, Chucho Hernández y yo, tratábamos de huir de los ladridos y dientes de los perros de la ya hace tiempos extinguida finca de Lázaro, en Bello, donde a los árboles de mango solo les dejábamos las hojas, y eso que menguadas.

 

Sin embargo, mi consuelo radicaba después en mirar a ese Che que parecía sonreír ahí, fijado en la parte trasera de los autobuses, y que ya estaba acostumbrado al polvo de los caminos, al hollín, a la estridencia de los pitos. Era un Che carisucio.

 

Ese Ernesto móvil miraba para todos lados y, creo, la barba de lata le crecía todos los días. Después, el Che se veía en las vitrinas de los almacenes convertido en calcomanía, en atractivo para la clientela, en artículo de consumo. La estampita del médico guerrillero se reproducía aquí y allá, en múltiples presencias, en ubicuidades religiosas. Superaba, me parece, en popularidad, por lo menos en mi barra esquinera, a los Beatles y Jesucristo.

El sistema, según supe después, había absorbido la imagen cada vez más influyente del Che y le había sacado partido. O, mejor dicho, había secado al revolucionario para transmutarlo en reliquia anodina. Era este un héroe barnizado, de escaparate, despojado de sus ideas y de sus contradicciones. Un fetiche. Un muñeco de farándula. Así nos lo vendían en las tiendas y en el tallercito de don Martín.

 

Aquel Che que se vendía más que el chicle y cuya imagen -que recordaba de alguna rara manera la de Jesús de Nazaret- no causaba ningún temor a los que cuando él vivía fueron sus enemigos, ese Che, digo, no fue el que estuvo con el también barbudo Fidel en la liberación cubana, ni el que montó en un velomotor, con el que realizó una gira de 4.000 kilómetros, ni el que estuvo en la Sierra Maestra, ni el triunfador de Santa Clara, ni el que tuvo que comer carne de yegua en las selvas bolivianas, ni el que tenía como patria el mundo, ni el que estuvo en desacuerdo en Punta del Este con las intenciones de la Alianza para el Progreso, ni el que fusilaron en La Higuera el 8 de octubre de 1967.

 

Aquel Che, que portábamos con ufanía pegado a las camisas, aferrado a nuestras espaldas como parte de la piel, no fue el que después cantó con fondo de guitarras Carlos Puebla, ni el que quemaba la brisa con soles de primavera… Ese Che, asmático, terco, quijotesco, que se internó en los montes bolivianos a buscar la muerte o a encontrar otras posibilidades de vida, es el que ahora se ve en fotos históricas, envuelto en un lienzo, ojos abiertos, manos cortadas a hachazos para impedir su identificación, con una barba que le sigue creciendo después de muerto. Che-héroe-hombre.

“Qué tengo yo que hablarte, comandante, si el poeta eres tú, como dijo el poeta”, así es el Che de Milanés y de Cortázar. Y el de Nicolás Guillén: “Queremos morir para vivir como tú has muerto, para vivir como tú vives, Che, comandante, amigo”. Ese Che, que tras cuarenta y seis años de su muerte, todavía cabalga sobre el rocín de la historia, sigue con su transparente presencia atravesando llanuras, con mirada entre amarga y sonriente, y una boina negra con estrellita adelante.

 

El Che vencido es el que nosotros teníamos a la espalda. El que miraba a través de las vitrinas. El que se alejaba, con ojos tristes, en el respaldo de los buses. El que estampaba don Martín con su rudimentaria técnica de “screen”. El que alguna vez tuvo ojos verdes en una camisa. El que después pegué en una camiseta del DIM a ver si el equipo obtenía la tercera estrella, la que tardó tantos años en brillar… Otra vez  -qué le vamos a hacer- hay que recordar al viejo Bertolt Brecht: definitivamente hay hombres que luchan toda la vida. Esos son los imprescindibles.

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1 comentario

  1. Bravo Reinaldo!!!

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