Amparo Arrebato, las piernas de la salsa

Por Reinaldo Spitaletta

 

Las piernas más lindas de Cali eran las de Amparo Ramos. Hay gente que pasa a la historia por liderar un movimiento social, por cantar con un fraseo en el que no se escapan ni el punto y coma ni el punto seguido, por una invención, por cambiar su vida por lámparas viejas o por un arrebol, pero Amparo lo hizo porque tenía “pólvora y hormigas” en las piernas, que ni siquiera se aproximó Olga Lucía, con lo bien que nadaba. Era la Marlene Dietrich de la salsa. Superó a la mítica mona Mariela de Que viva la música, de Andrés Caicedo.

 

El barrio, que es tal vez la más bella manera de decir patria, tiene unos ingredientes que no están en las ciudadelas cerradas, en esos guetos urbanos de incomunicación  y soledades. La fraternidad es uno de ellos. Y, quizá, los solidarios bailes de vecinos. Amparo nació para bailar, en una casa, en un grill, o en la calle. Y sus piernas le permitieron estar siempre en boca de todos. De niña, dicen, se admiraban los observadores con la dinamita regada desde los pies hasta los muslos. O viceversa. La chica egresada de un colegio de monjas no estaba para vestir trajes largos. ¿Por qué ocultar su máximo encanto? No. Estaba hecha para faldas breves, o, en otros casos, para lucir “short”, como cuando corría, en los sesentas, sí, los sesenta metros. Ahí va Amparo, la saeta, la campeona, la reina de una prueba atlética que ya no existe más. De las pistas de atletismo pasó a las de la danza, de aquella que se aprende por intuición, por estar diciendo con el cuerpo lo que las palabras no alcanzan.

 

Y en el barrio está la barra, y en la barra, la alegría. Y en esos sesenta de Cali, claro, la Nueva Ola, el rock and roll, el twist, pero también la pachanga: “Negrita / báilalo ahora / de pronto llega otro ritmo / y quién sabe si este ritmo durará…”, y ahí, en medio del frenesí, aparecía ya la pelada de los veinte años, a punta de bugalú, mostrando su riqueza corporal. Era Amparo Ramos, con el arrebato guarachero, con el trópico en todo el cuerpo. Y entonces ya estaba Dámaso Pérez Prado, y, precisamente, en Cali. “Mi mamá me llevó a verlo, recuerdo que la boleta costaba diez pesos. Ellos traían un grupo de bailarines de mambo y cuando la música empezó a sonar, yo también salí a bailar. Pérez Prado me dijo: me gusta mucho tu baile, vente conmigo a México. Yo no quise, pero ahí empezó mi fama como bailarina”. Así lo contó una vez, o muchas veces, Amparo Ramos.

 

Y se quedó en su ciudad, para convertirse en leyenda, para ser atracción de feria, para confirmar que las mujeres de Cali tienen mucho swing. Los que entonces la vieron bailar en el grill San Nicolás, o en el Séptimo Cielo, o en la Casita de Bambú, qué sé yo, supieron de cómo esa mujer inverosímil danzaba con uno, con tres, con diez al mismo tiempo, por puro gusto, porque había nacido para expresarse con el lenguaje seductor de las piernas. Nació el 30 de diciembre de 1944, en el barrio San Nicolás y, después, todos los barrios sabrían de su talento para convertirse ella misma en música. De haberse ido con la tropa de Pérez Prado tal vez no hubiera pasado de ser una más en la febril coreografía. Fue entonces cuando apareció Richie Ray, en las ferias de 1968, y la historia de la atleta y bailarina se transformó. Ya viene Richie, el del bugalú y el jala jala, y ahí, esperándolo, está la dama del ritmo. Ya llegan las descargas de timbales y bongós, y en los teclados, un Juan Sebastián caribe. ¡Ahí viene Richie!, y entonces hay nuevos pasos, más calor en el cuerpo, más brincos y contorsiones. Todo un arrebato colectivo. El barrio y los griles eran una sola rumba.

 

“Cuando Richie Ray y Bobby Cruz llegaron por primera vez a Cali, yo tenía 24 años. Era 1968 y salí a bailar Bomba Camará en la caseta Matecaña donde ellos se presentaban; cuando se acabó el tema, Bobby me llamó y me dijo: ‘Usted baila muy bien y tiene unas piernas muy lindas”, contaría Amparo en un reportaje. La feria estaba en su clímax. Al día siguiente, 30 de diciembre, la muchacha invitó a los artistas a su casa a “comer tamales hechos por mi mamá por aquello del cumpleaños”.

 

Al año siguiente, Richie retorna a Cali con su sonido bestial, con Gangán y Gangó, los que siempre están contentos, como la gente de allá, y se aparece con un homenaje: “Amparo Arrebato le llaman / siempre que la ven pasar / esa negra tiene fama / de Colombia a Panamá / esa negra enreda a los hombres / y los sabe controlar / Amparo Arrebato le llaman / la negra más popular”. Y del puente para allá y del puente para acá la fiebre hacía delirar a los caleños, Richie era el rey, Juanchito se alzaba hasta el mito y la ciudad asistía al nacimiento de otra leyenda popular: la de Amparo Arrebato, la misma que con sus veloces piernas representó a Colombia en un torneo atlético en Panamá.

 

Claro que no faltaron los que dijeron que la pieza de Richie estaba dedicada a otra Amparo. Qué importa. La que se ganó la corona fue ella, Amparo Ramos, la mujer que se erigió en un símbolo de Cali-rumba, un paradigma del bailar arrebatado, de la explosión vital en las piernas. “Esa negra es sandunguera / nadie lo puede negar / y ella dice que la cucaracha / ya no puede caminar”.

Bueno, ya Amparo no puede caminar, ni bailar. O tal vez sí, porque los muertos como ella no se van del todo. Amparo se murió de lo que se tenía que morir: del corazón, el 16 de marzo de 2004. Daba clases de mambo y merengue, de salsa y pachanga, de tango y bugalú. Se murió pobre, en un barrio que también fue su patria, en el Alfonso López. Era un patrimonio del pueblo. Qué lindo baila usted, se oye decir en las noches de Cali, porque Amparo no para de bailar. Se inventó a sí misma.

 

(Escrito en Medellín cuando Amparito iba hacia la eternidad)

 

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1 comentario

  1. Me devolvió a mi infacia, cuando en Tuluá y en el resto del Valle la salsa comenzaba a hervir… como mis hormonas preadolescentes… Gracias Reinaldo, un abrazo con cariño y admiración

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