Tras el fantasma de Hemingway

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Por Reinaldo Spitaletta

 

N.B: Hace diez años, en enero de 2003, estuve en La Habana, con santeras, en solares, con algún palestino de mirada fría, con trovadores, escritores, cantantes, jineteras y músicos. Con la gente. Pero en rigor, iba tras el fantasma de Hemingway. Esta nota fue una de las que escribí.

 

Hubiera querido encontrar a Gregorio Fuentes, inspirador de El viejo y el mar, pero cuando llegué a La Habana, ya el hombre llevaba un año bajo tierra. Uno pensaba que la muerte no lo tocaría. Murió a los 104 años. Quedaba, por lo menos, Finca Vigía, la casa donde Ernest Hemingway vivió, en largas temporadas, desde 1940, después de publicar Por quién doblan las campanas. En San Francisco de Paula, que es donde está, a unos 15 kilómetros del centro, llegué con todas las ganas de poder teclear, por ejemplo, su máquina de escribir, aunque se sabe que sus borradores los escribía de pie, a lápiz, con el papel en un atril; o de acercarme hasta una cabeza de búfalo, de los ejemplares que el escritor cazó en África. Uno sucumbe, en general, ante el fetiche, y entonces quiere imaginar cómo unas botas, una cachucha, un aguamanil, en fin, estuvieron en relación con su dueño, y sobre todo si su dueño es Papá Hemingway, como lo llaman los cubanos.

 

En la portada, una dependiente rubia y mal encarada te vende la entrada y te advierte que si querés tomar fotos, pues entones tenés que pagar cinco dólares más. Un aviso informa que es más barato el tiquete (un dólar con cincuenta) cuando está lloviendo. No llueve ahora. Menos mal. Hay una brisa fresca, que mece las palmeras, los mangos, los naranjos de la carretera que sube hasta la mansión. No sé por qué, en el suave ascenso, recuerdo la imagen congelada del leopardo de la Nieves del Kilimanjaro. De pronto, aparece la quinta, blanca, enorme, rodeada de vegetación, cantos de pájaros y, claro, una tienda en la que, además de postales, camisetas y souvenires hemingwayanos, ofrecen los mismos artículos con la efigie del Che Guevara.

 

La ansiedad aumenta en la medida en que te acercás a los corredores y estás a punto de traspasar los salones. Pero, qué va. Entrar propiamente hasta tener la posibilidad, por ejemplo, de tocar y hojear alguno de los nueve mil libros que el escritor dejó allí, o leer de cerca el gran cartel que anuncia una corrida de toros en Quintanar de la Orden, es imposible. La frustración aparece cuando una funcionaria, a través de una ventana, te dice que, para hacerlo, “hay que coordinar la entrada con el Ministerio del Interior”. No hay remedio: tendrás que ver el interior de la casa por las ventanas, lo que ya le quita el tono de intimidad a la visita, porque quién que haya leído las obras y se haya enterado de la vida aventurera del escritor, no quisiera estar un momento muy cerca de alguno de los libros que lo trasnocharon y que desde este lado no se alcanzan a apreciar; o de sus libretas de apuntes; o, si es que le gustan los trofeos de caza, de las cabezas de venado y los cuernos de renos y toros que mirás ahora con cierta asombrada distancia.

 

Adentro, hay ahora unos japoneses, con sus cámaras de video, que seguro sí “coordinaron la entrada” y una empleada que los guía por los cuartos. A vos te toca seguir por fuera, caminar por los corredores, sentir el canto de pájaros y el rumor de la brisa en los árboles. Sentís los olés al mirar los afiches de las ferias españolas y te imaginás a una vieja banda de jazz al ver un radiotocadisco de tubos, en un rincón. Das vueltas, te detenés frente a una bañera; más allá, una colección de botas viejas; luego, unas dagas, machetes y otros objetos de culto, porque, lo dicho, el fetichismo es incontrolable. “Qué casota, ese man sí que era un buen burgués”, se te ocurre pensar de afán, y eso que todavía no has visto la piscina, el yate, la terraza con sus ocho columnas griegas, ni has subido a los cuartos de la segunda planta. Lástima no poder ver los títulos de los 500 acetatos para tener una idea de cuáles eran los gustos musicales de Hemingway.

 

Husmeando por las ventanas, parecés una especie de voyerista y recordás que días antes viste el Hotel Ambos Mundos, por la calle Obispo, en el cual también vivió el escritor, en la habitación 511. Tratás de imaginar cómo habitaron allí, en Finca Vigía, llenos de comodidades, cuatro perros y cincuenta y siete gatos. Ahora no sabés si seguir por un camino de adoquines hacia la piscina o subir a otros pisos. Arriba, en una torre, hay un cuarto con una piel de pantera en el suelo, a modo de tapete, escritorios y cosas corrientes que, de no haber sido porque pertenecieron a Hemingway, no tendrían ninguna importancia. Busqué, sí, las fotografías de Spencer Tracy, el actor que hace de Santiago en la película El viejo y el mar, pero no las vi por ninguna parte. Dos mujeres, una morena y una blanca, me sonreían mientras me embelesaba con la epidermis de la fiera caída. Les sonreí y las saludé. “Puede tomar fotos, no importa si no pagó”, dijo la morena. “Ah, y si quiere le vendo postales, más baratas que en la tienda”, susurró la otra. Ambas me dijeron que, si deseaba, podía subir hasta una pequeña azotea. Desde arriba, el paisaje es abrumador: una vista hacia todos los puntos cardinales, abundancia de palmeras y, lejos, pedazos de La Habana.

 

Volvés a recorrer la primera planta y ahora ves un sofá, mesas pequeñas, viejas botellas de licor. Una enorme mesa de comedor con los platos encima y candelabros, y creés oír un rumor de selva cuando aparece en una pared una cabeza de antílope. Los japoneses siguen ahí. Es cuando decidís irte a ver a “Pilar”, el yate que ahora reposa junto a la piscina vacía, donde hay más empleadas cubanas. Es ahí cuando te acordás de Gregorio Fuentes, el pescador español-cubano, nacido en Lanzarote, que acompañó durante jornadas sin cuento al escritor y el que, en 1936, sobre las aguas azules de la corriente del golfo, vivió la peripecia que, después, en 1952, le serviría a Hemingway para ganarse, primero, el Pulitzer, por su publicación en la revista Life, y que contribuyó a que dos años más tarde, le otorgaran el Nobel de Literatura. Se dice que en el Pilar, Hemingway y Fuentes salían, durante la Segunda Guerra Mundial, a cazar submarinos alemanes en las aguas del golfo. Tiene bastante gracia, aunque mentira fuera. Cerca están las tumbas de los cuatro perros: Nerón, Linda, Negrita y Black.

 

De vuelta te quedás en la gran terraza, viendo un cubo de mosaicos europeos y las columnas griegas. Volvés a sentir la brisa del principio y escuchás, de súbito, las voces de unos turistas italianos que reniegan porque nos los dejaron entrar a los cuartos y tuvieron que conformarse, como el cronista, a ser meros fisgones. Arriba, el mirador desde donde seguramente el viejo Hemingway divisaba La Habana y ansiaba estar pronto en el Floridita, bebiendo daiquiríes y vacilando mulatas, está solo. Atrás se queda la casona museo con sus fantasmas y sus realidades. El cielo está limpio y, afuera, en las vecindades de Finca Vigía, no hay nada que merezca una foto.

 

 Ernest Hemingway

 

 

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Cortázar para desintoxicar el parque

Por Reinaldo Spitaletta

 

Hubo un tiempo en que Cortázar estaba en todas las mochilas de los universitarios y de una que otra colegiala. Se leía en los buses, con el peligro que, por la movención, se desprendiera la retina; en las cafeterías de la U; en un prado bajo los árboles, y resulta que casi todos eran (¿éramos?) cortazarianos: había derivados de cronopios y de famas, no faltaba el que imitara a Oliveira y quisiera irse a París a tirar finuras, y alguna muchacha sentía ser la Maga, la uruguayita Lucía, que ni en el tango. Cortázar por aquí y por allá, su poema y cuento al Che, sus propagandas de la revolución cubana, su posición a favor de los sandinistas, sus versos de la gota de agua o los dedicados a Alejandra Pizarnik, su perseguidor, los parques, sus casas tomadas, que todavía Buenos Aires no intuía lo que le esperaba, el jazz, Schönberg, Brahms, y, claro, sus letras de tango, que siempre ponían en la emisora de la Universidad de Antioquia; todos leían a Julio, al que queríamos tanto, al hombre a quien las manos nunca dejaron de crecerle, y hasta hablaba con ellas.

 

Y digo que entonces lo leía la “pequeña burguesía”, porque quién más. Los obreros solo tenían tiempo para la plusvalía, para sudar y “camellar” y viceversa, y de pronto para estar en el bar; y la burguesía, qué va, andaba muy ocupada explotando obreros, pensando en ampliar la panza y la banca, y de ese modo solo quedaba ese sector “privilegiado” que dedicaba lo mejor de sus años mozos a la lectura y, claro, a una que otra tirada de piedra y bombas molotov contra las visitas de indeseables yanquis; a reuniones con trabajadores vanguardistas; al cineclub. Y ahí, en medios de libros de Marx, Engels, Bakunin, Althusser, Mao, de alguno de Malraux y otros de Kafka, sin faltar un Sartre o un Camus, estaba Cortázar que despertaba un sentimiento unánime: el de quererlo más a él que a sus libros. Leyéndolo, uno se metía en el cine, en la música, en la metafísica, en la felina suavidad del gato, en la patafísica, en la cotidianidad con revelaciones extraordinarias. Y bueno, había que leer su teoría del cuento, su nocaut y su metáfora de que la novela gana por puntos, sus discusiones sobre América Latina, vea “usted que uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida…”.

 

Y le cuento que leer a Cortázar en aquellos días de conmociones sociales, no solo causaba placer y daba aires de “intelectualidad” y tales, sino que era un arma secreta para conquistar peladas. Era sino hablarles de esa historia de amor que es Rayuela y listo; vos eras el cielo y la tierra, el pintor y el escritor, la piedra y la tiza, y entonces retabas a su lectura, porque no hay que ser “lector hembra”, sino uno muy activo, un lector-cómplice, uno que desbaratara la novela que ejercía (ejerce todavía) una fascinación sin resistencia y provocaba admiraciones y gritos, ¡cómo!, y este man cómo hizo para armar una estructura así, y propusiera otros caminos para estar o en París o en Buenos Aires, o en las dos al mismo tiempo. ¡Oh!, “tantas palabras para un mismo desconcierto”. Bueno, digamos, para resumir, que con las muchachas y las lecturas de Cortázar, uno ganaba por decisión unánime. Era una tarea más fácil, porque no requería tener carro, bastaba un modelo para armar. Ni tampoco era condición necesaria el billete ni la pinta de galán; simplemente, leías historias cortazarianas y eso era suficiente. También podías contar que, gracias a tales lecturas, derivaste en otras aguas, como en las de Roberto Arlt, Felisberto Hernández, o empezaste a escuchar el saxo de Parker, el violín-trompeta de Julio De Caro o la voz de Billie Holyday.

 

Había cortazarianos de verdad. No se perdían palabra suya. Y a veces parecían una creación del escritor al que amaban. Sabían todo de él: sus obras, sus gustos, sus noviazgos, sus matrimonios, su posible homosexualidad, sus viajes, lo que estaba en una página, lo que quedaba en otra. Admirables admiradores. Supe de uno, al que poco conocí, que pudo haber sido el mayor cronopio de los días de la universidad. Estudiaba periodismo y escribía notas en el periódico El Mundo, de Medellín. Se llamaba Diego Medina, una auténtica promesa, según hablaban, de la crónica y, por qué no, de la literatura. Murió en un accidente y en su entierro sus amigos depositaron en la tumba en vez de flores todos los libros de Cortázar. Sin embargo, había otro personaje, no tan cortazariano, pero sí muy parecido al escritor, no solo por sus manos grandes y su estatura, sino porque, como el argentino, padecía el síndrome de Marfán, que afecta los huesos, los tejidos, el corazón y otros órganos, y tiene la particularidad de hacer crecer hasta su muerte a quien lo sufre. Se llamaba John Ospina, un revolucionario que combinaba las lecturas marxistas con las de escritores norteamericanos y un día decidió abandonar la ingeniería para dedicar todo su tiempo a la literatura y el periodismo. En esas descubrió Rayuela y ya no hubo manera de detener su pasión por las obras de Cortázar. El síndrome se lo llevó prematuramente en el mismo año en que murió el “cronopio mayor”.

 

Ospina, además, la facilidad de hablar de los records de Cochise o de Eddy Merckx como de El dieciocho brumario de Luis Bonaparte o de las alineaciones más célebres del Atlético Nacional. Y en cualquier café podía sentar cátedra sobre Jack London, Pelé o las coperas de viejos bares de Medellín. Cuando descubrió, después de los treinta años, que lo suyo eran la literatura y el periodismo, se encerró a leer novelas, cuentos, manuales de comunicación, enciclopedias de cine, a realizar programas radiales de difusión literaria, y, claro, a seguir proclamando donde hubiese audiencia las causas de los males del país, sin dejar de lamentar por qué tanta gente se tenía que perder las lecturas de obras como Rayuela. Ospina se distinguía no solo por su más de 1,90 de estatura sino porque no era de los que aprietan el dentífrico desde abajo. Era un tipo en permanente estado de sitio.

 

Ahora, mucho tiempo después de la muerte de Cortázar (12 de febrero de 1984), es el momento de pararse en los puentes, de dejarse mojar por la lluvia, de darle una despedida digna a un paraguas destrozado por el viento, de buscar lectores de parque, como los de aquellos días de refriegas callejeras. Con Cortázar sucede que la ficción se vuelve realidad, o al revés, y por eso torno a ver la muchachada con sus mochilas gordas de libros, como un modo de conservar los recuerdos, que a veces hay que envolverlos en sábanas negras, como cualquier cronopio. Volvemos a la excursión cortazariana, sin instrucciones ni manuales, porque él, precisamente, nos enseñó otra manera de ser libres. Ahora sí me iré a envolver acelgas en las hojas de este diario, aunque la tinta es tóxica y ciertas historias, también.

Julio Cortázar

 

Las cometas muertas

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Alta, muy alta, la brisa va, y alta, también, la cometa, que ahora es cielo. Caballito del aire, con bridas,  y, abajo, como un polo a tierra, el inquieto jinete que la guía, sin espuelas ni látigo. Solo con su imaginación.

 

La cometa puede ser la forma más excelsa, o por lo menos una muy alta, de comunicarse con el infinito. O para no ser tan pretenciosos, con la nube, que en un instante puede ser dragón, después golondrina, y más tarde águila, quizá. Porque la “loca de la casa” ayuda a transformarlo todo: y así también puede ser elefante volador, camello en desiertos azules, vulgar gallina, o un mapa de lo real maravilloso.

 

La receta es simple: un viento generoso, papel de seda (o de China) o tela de colores, hilo, cola, tirantes, cañas, un alma de niño, o dos, o tres, que en estos rubros no hay límites. Y listo. Es si no echarse a volar, que las cometas siempre vuelan con quienes las elevan. Si no lo cree, puede mirar ahora hacia ese morro imprescindible de Medellín, cementerio de indios, El Volador, que no solo tiene el nombre preciso para los amantes del viento, sino que tiene viento. Y cometas. Observe que no solo ellas están volando, sino también los que se pegan a su hilo.

 

Mire aquella, hacia el occidente. Es una cometa acróbata. Y el de más allá, el rojo y azul, es un barrilete saltimbanqui. Y la que está más alta, que se mueve con coquetería, es la cometa de las buenas nuevas. Y no crea, mi querido lector, que lo que voy a narrarle es fanatismo, o ceguera de hincha de fútbol, pero lo vi. Al cerro de los muchos vientos llegó Santiago, un pelado de trece años, a elevar una cometa verdiblanca del Atlético Nacional. Y dele, y dele, y dele, y nada. Se caía. “Le falta cola”, se decía. Y cola le ponía. “Le falta viento”, y el viento arreciaba. “Le faltan ganas”, y ganas le agregaba. De pronto apareció un señor moreno, con esposa e hijo, según supe. Y con una cometa roja y azul de tela fina. Preciosa. Era, claro, del DIM. Y con solo desenrollarla y exponerla al viento, subió y subió. “Es que siempre estamos arriba”, declaró el hombre, con orgullo. En el mismo Altozano, Santiago continuaba luchando con su cometa rebelde, sin poder alzar vuelo.

 

Cometa, barrilete, pandorga, papagayo, armazón ligero, pegasos contemporáneos, son la felicidad que el viento se lleva. “Niñez feliz de cañas y papeles”, decía el poeta Gerardo Diego. Y más felicidad aún, cuando, indemnes, retornan a tierra y proporcionan la posibilidad de nuevos vuelos.

 

Pero, a diferencia de los árboles, las cometas no mueren de pie. Qué puede haber más triste que la caída mortal de un barrilete. Ah, quizá unos versos de tango: “Y he sido igual que un barrilete / al que un mal viento puso fin / No sé si me falló la fe, la voluntad / o acaso fue que me faltó piolín”.

 

Las cometas urbanas yacen en tumbas altas: en las alambradas eléctricas, en los cables de alta tensión, en una torre de energía. O, como las del viejo parque de Miraflores, en una ceiba bonga centenaria. La ciudad está llena de cementerios de cometas. El dragón vencido por desafiar al viento; Ícaro derretido por querer llegar al sol. Y un niño que llora su desgracia con fragmentos de hilo en las manos.

 

Quizá a usted le ha pasado. Se siente un estropicio interior, un desgarramiento, el establecimiento de una ausencia definitiva. Primero, tal vez, el coleo; las convulsiones en el aire; una suerte de ataque epiléptico cerca de las nubes y la impotencia total. El viento define (y traza) el destino de las cometas: las débiles morirán, así que no insista. La suya terminará colgada de un alambre o de la rama de un árbol.

 

En todo caso, una cometa muerta tiene aspecto de tragedia. Un esqueleto colgante, esmirriado. O enredado como testimonio de lo que el viento se llevó. O derribó.

 

Alta, muy alta, va la brisa. Y alta, también, la cometa del señor del DIM. Esposa e hijo miran el cielo, boquiabiertos. Santiago insiste, pelea, maldice, pero su cometa está condenada al fracaso. Esta vez la muerte sucede en el piso: la destrozó, lleno de rencores.

 

En el cielo de El Volador hay una plenaria de cometas. Tal vez, por hoy, todas sobrevivirán.

 

Ser del DIM da carácter

Por Reinaldo Spitaletta

 

Dicen, en un asunto más de licencia poética que de realidad histórica, que fue el equipo el que dio el nombre a la ciudad, y no al contrario. Como hubiera sido, desde 1913, un onceno, que primero se vistió de blanco y, en los años treinta, de rojo y azul, estremece las almas, las edificaciones y las montañas de Medellín. En su centenaria existencia, unida a los telares y locomotoras, a los artesanos diversos y a las plazas de mercado, a alguna huelga y a la vida cotidiana de misas y procesiones, el DIM le ha dado carácter a la ciudad.

 

Es un equipo urbano, fundador de emociones barriales, creador de potreros y mangas en las que la muchachada de hace tiempos aspiraba a llegar a jugar a esa divisa gloriosa. El DIM inauguró el grito de gol en la pequeña villa y puso a soñar con balones (el primero de ellos llegó a Medellín en 1910) a los chicos que pedían sus regalos al Niño Jesús.

 

El DIM, un nombre que parece un mantra milagroso, y que sus hinchas no se cansan de repetirlo, se esparció como semilla pródiga por los barrios obreros (aunque su origen estuvo atado a las élites económicas) y se convirtió en el equipo del pueblo; sí, de los descamisados, de los carretilleros, de los sastres y zapateros; pero, a su vez, en una razón social de poetas y escritores. El DIM es canción y murga; carnaval y abrazo colectivo.

 

El añejo equipo, el mismo por el que pasó Moreno con su genio y su leyenda, el de Corbatta y Grecco y el Caimán, está adherido a la piel de la ciudad. Y a su espíritu. Se siente en el vendedor de helados y en la señora de las fritangas. Es popular. Y el hincha sabe que en el sufrimiento, en las esperas,  en las agonías, hay siempre una luz, una premonición de que cuando la victoria llegue, el cielo estará en la tierra.

 

Ligado más a las tristezas que a las alegrías, el DIM, que es como una suerte de elogio de la dificultad, nos hace humanos. Nos hace pensar en que el mundo, el nuestro, el de sus aficionados, está hecho para ser conquistado y transformado, lo que nos salva de la bobada que produce el facilismo.

 

Sus fervorosos hinchas conocemos el fuego infernal y por eso, cuando de vez en cuando alcanzamos el paraíso, reímos y gozamos como un niño que descubre debajo de su almohada el regalo que tardaba y al que siempre aspiró. Cien años quizá no son nada para todas las glorias y apoteosis que nos esperan. Ser del DIM es pertenecer a la historia, y no todos pueden darse un lujo como este. Que el júbilo nos acompañe siempre.

 

(Escrito en Medellín, en el centenario del Poderoso (1913-2013), cuando el cielo de la ciudad se colmaba de serpentinas luminosas)

DIM, 14 de noviembre 1913-14 de noviembre 2013

Las balaceras de entonces

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Era un poco más de la medianoche, cuando el tipo abrió la puerta con precipitud, se ubicó en la acera, justo bajo un árbol de Laurel de la India, y me hizo tres disparos. Acertó uno en la rodilla izquierda, que me dejó encalambrado. El dolor fue menor porque el efecto analgésico de los aguardientes me lo redujo. No logré llegar a la puerta de mi casa y me senté en el cordón del breve antejardín. Mamá se asomó por la vidriera, al tiempo que el agresor, Bernardo Arroyave, un paramilitar de Bello (era de la Defensa Civil) parecía poner a la luz de las lámparas públicas una cara entre risueña y asombrada.

 

Era marzo de 1981. Mis hermanos salieron a la calle y me recogieron. Llamaron un taxi y uno de ellos me llevó a una clínica en Medellín. Después, denuncié al sujeto que me había disparado con un revólver calibre 32 (menos mal que no era de mayor calibre y por eso volví a jugar fútbol), en la inspección de Niquía, pero nada. La impunidad total. De mi parte, no hubo venganza ni nada. Ningún rencor. El tipo, días después, se fue del barrio (vivía justo enseguida de mi casa, en la entrada al Polideportivo de Bello) y no supe más de él.

 

Este episodio lo recuerdo ahora porque, recientemente, un alumno me preguntó en clase si me habían tocado muchas balaceras, sobre todo en los nefastos días del cartel de Medellín, cuando yo era reportero de un diario.

 

Antes estuve cerca de tiroteos, pero nunca tan próximos como cuando marchábamos en una manifestación de estudiantes de la Universidad de Antioquia, tal vez en 1976, cuando el ejército disparó contra la multitud y muy cerca de mí se desplomó un estudiante. Después supe que se llamaba Elkin Córdoba. Murió en el lugar. En 1979, en disturbios en la U. de A., me cayó en el empeine del pie derecho un cohete de bomba lacrimógena. Las botas de cuero me salvaron de la fractura, pero cojeé durante quince días y el pie se puso como un banco.

 

Cuando el discípulo me hizo la detonante pregunta, advinieron imágenes sonoras y visuales de un tiroteo en el barrio Antioquia. Yo iba en un taxi para el periódico donde trabajaba y logré agacharme casi que sobre las rodillas del taxista, que aceleró. Los disparos parecían salir de todas las esquinas. Ninguno nos afectó. Antes, o después, pudo haber sido en 1989, subía por Ayacucho y al pasar por la iglesia de Nuestra Señora del Corazón de Jesús, en Buenos Aires, se armó la balacera. Me protegí contra un muro. Disparaban de arriba y de abajo. No sé cuánto tiempo transcurrió. Cuando se silenciaron, pensé encontrar en la calle, tirados en el piso, varios cadáveres. No había nadie. Solo el terror colectivo y la curiosidad en el asfalto, en las ventanas y las puertas.

 

En efecto, estuve muy cerca de balaceras en Medellín y Bello. Una, por Sucre y Maracaibo. Dos tipos salieron corriendo de un almacén. De pronto, apareció detrás un policía. Doblaron la esquina y subieron. Yo estaba cruzando la calle y el policía pasó muy cerca de mí. En inmediaciones de la clínica Medellín los dos tipos, que se refugiaron a la entrada de un parqueadero, salieron a cortar el camino y la vida del agente. Lo recibieron a balazos y prosiguieron su fuga hacia la avenida Oriental. El policía quedó tendido en el piso. Muerto.

 

Hubo días en que el fragor de los disparos me despertaba a las dos o tres de la mañana. O estaba uno en algún bar, y en el vecindario traqueteaban las balas. Una vez, en el morro de El Volador, mientras trotaba entre la vegetación, sentí el estruendo de un tiro de fusil y fracciones de segundo después el silbido muy próximo a mi cabeza. Quizá habían disparado “por accidente” desde la Cuarta Brigada. Otra tremenda “balinería” se produjo en la calle 51, cerca de la Plaza de la Madre, en Bello, en momentos en que salía de un cafetín. Me tiré en la acera y a los cinco minutos había pasado el intercambio.

 

¡Ah!, una noche de hace años invité a unos compañeros de trabajo a ir a Bello. Desde el principio mostraron su reticencia. Les dije que dejaran de ser prejuiciosos. “¿Tienen miedo o qué?”, les dije. Y aceptaron quizá por vergüenza y por la insistencia. Cuando estábamos desembarcando al frente del bar Lukas, por una calle vecina se armó la disparadera de allá para acá y de acá para allá. Nos metimos debajo del vehículo. Cuando cesaron los balazos, tampoco había heridos ni nadie caído en el asfalto.

 

Tal vez el mayor pánico colectivo que haya visto en el centro de Medellín, por la avenida Primero de Mayo, sucedió una tarde cuando yo salía del teatro Metro Avenida y de pronto se escucharon explosiones. “¡están disparando!”, gritó alguien. Y la gente corrió. Se metían a los almacenes, se tiraban al piso, el estruendo continuaba y había señoras patas arriba, y fruteros que desparramaban su mercancía, y muchachos a toda velocidad hacia la plazuela Nutibara. Los gritos se extendieron y de pronto nos dimos cuenta: una volqueta vetusta bajaba por la calle y su exosto infernal vomitaba sonidos de horror que estimularon la paranoia colectiva. Al fin de cuentas, por esa geografía se esparció una risa nerviosa, general, que aumentó hasta transformarse en risa dolorosa, gozosa, porque era como si las atronadoras descargas de un vehículo nos hubieran hecho pasar por inocentes.

 

Ah, no está por demás decir que al tipo que me disparó jamás lo volví a ver, aunque de él tengo un recuerdo. La bala no me la extrajeron y sigue ahí, como el dinosaurio del microrrelato. A veces, cuando hay frío, la rodilla duele.

 

La virgen de los sicarios, filme de Barbet Schroeder

 

Amores de celuloide

Por Reinaldo Spitaletta

 

Enamorarse de una actriz era la máxima expresión del idealismo erótico. Era ir más allá de la piel y ubicarse en los terrenos de la imaginación. No recuerdo ya cuál fue mi primer amor de celuloide, que nació, al principio, en las funciones de cine matinal, cuando los sueños estaban intactos y el mundo era menos infeliz. Después, la matiné, la vespertina y las proyecciones de las nueve de la noche. De lo que sí tengo certeza es que hubo varias mujeres (bueno, en rigor una artista cinematográfica no es una mujer sino una imagen) que llenaron mi anochecido cuarto unas veces con fotografías y carteles de cine y otras con su presencia íntima, secreta, en mi recién inaugurada adolescencia.

 

Como decía Benedetti, es inevitable que en la adolescencia uno se enamore de una actriz. O de varias, al mismo tiempo, que en estos asuntos no hay manera de que te acusen de poligamia. Una actriz (ah, y seguro para las mujeres, un actor) era una compañía de ensueño, un modo de sentir palpitaciones y aspirar al paraíso instantáneo de un “mal pensamiento”. Digamos que, por ejemplo, a Marlene Dietrich, la de las piernas sensuales de cabaret, la conocí cuando mi adolescencia era ya un recuerdo de acné y de tropelías callejeras. No me enamoré de ella, aunque, si la hubiera visto en El Ángel azul, cuando yo tenía catorce o quince, seguro la hubiera abrazado en mis oscuridades de cuartito azul.

 

De la que sí me enamoré fue de Claudia Cardinale, a la que conocí en El fabuloso mundo del circo, una película que vi, creo, en el Teatro Bello. Muchos años después, la apreciaría en papeles estelares en El gato pardo y Rocco y sus hermanos, dirigidas por Visconti, y filmadas antes que la hollywoodense del circo. Tenía una cara de ángel perverso y toda ella denotaba que estaba hecha para ser acariciada. No pude conseguir ningún afiche suyo, pero si la vi en alguna revista que papá llevó a casa, en la que, además, estaban otros dos amores italianos: Gina Lollobrigida y Virna Lisi, que para mí fueron, en aquellos años fogosos y de represiones sexuales, mis vírgenes de medianoche.

 

Parece (o mejor dicho, es) una obviedad, pero hay que declararla. Creo que los muchachos de mi generación, por lo menos aquellos que habitábamos en Manchester, El Congolo o Andalucía, queríamos ser los bebés de Sophia Loren. Era un manantial. Una vía láctea. Una perturbación eterna. Me parece que la vi por primera vez en El Cid y después, en una semana santa, en una versión de Quo Vadis. Aunque me hubiera gustado verla entonces en Bocaccio 70 o Matrimonio a la italiana, pero eran para mayores de 21 años. Bueno, es un decir, porque, a veces, el portero del Teatro Bello, al que le dábamos una propinita, nos permitía el ingreso a las de adultos. De ella, aunque no conseguí cartel, sí coleccionaba las “vistas”, que eran fotogramas de películas, que en Bello se pusieron de moda en los sesenta, y uno las intercambiaba, las compraba como si fueran “caramelos” o cromos, y a veces algún chico con alma de inventor, fabricaba un “telescopio” para mirar en él a las más bellas actrices, pero, también, a actores del Oeste o de filmes de “capa y espada” o a algún gladiador.

 

Sophia Loren estuvo mucho tiempo en nuestras imaginaciones calenturientas, acompañándonos con su belleza casi inverosímil (como la de Anita Ekberg) en jornadas nocturnas y, por qué no decirlo, en atardeceres tropicales, en los que la lujuria simbólica era la única posibilidad para aguantar el calor en un pueblo sin acueducto. Qué bella era esa muchacha de La campesina (Dos mujeres, dirigida por Vittorio de Sica), con sus cuerpo hecho para la contemplación de distantes adolescentes de la zona tórrida.

 

Pero la más bella mujer que estuvo en mi pieza (tuve alguna sin revocar y por la noche las cucarachas bajaban y subían por las paredes) fue Raquel Welch. Cuando la vi en El viaje fantástico no tuve dudas: sería mía. Y en efecto en medio de mi aturdimiento por tanta sensualidad, me puse a buscar afiches o fotos, hasta cuando una vez mi mamá (sí, ella, no mi padre) llevó a casa una revista de farándula cinematográfica y ahí, en la portada, en bikini, estaba ella, espléndida, única, diosa de la piel, la misma que vi más tarde en Cien rifles. Las más ardientes noches de mis soledades las pasé con esa actriz gringa, mientras miraba sus imágenes o las soñaba, con la respiración entrecortada.

 

Algún guasón preguntará que por qué no aparece la gran Marilyn, la mujer fatal, el máximo símbolo sexual de varias generaciones, y yo le contestaré que en mi adolescencia no vi ninguna de sus películas. Pero sí sus fotos de periódicos y revistas, y los almanaques que llevaba papá con la presencia inefable de aquella muchacha infeliz que cuando murió (¿la asesinaron?) dejó un vacío existencial en el mundo y millares de viudos que la amaron con un amor imposible. No me enamoré de aquella mujer de celuloide. Me hubiera enamorado más fácil de Isabel Sarli, pero a ella la conocí cuando ya la adolescencia había terminado.

 

Qué tiempos aquellos, de cierta casta ingenuidad, en la que uno proyectaba imaginarias películas de amor contra la pared de su cuarto, en noches plenas de estremecimientos y aventuras solitarias debajo de las cobijas.

 

Postdata: Otro guasón me contó que en su adolescencia solo tuvo en su cuarto afiches de Celia Cruz y Mercedes Sosa. Qué bárbaro.

 

 Raquel Welch