Las balaceras de entonces

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Era un poco más de la medianoche, cuando el tipo abrió la puerta con precipitud, se ubicó en la acera, justo bajo un árbol de Laurel de la India, y me hizo tres disparos. Acertó uno en la rodilla izquierda, que me dejó encalambrado. El dolor fue menor porque el efecto analgésico de los aguardientes me lo redujo. No logré llegar a la puerta de mi casa y me senté en el cordón del breve antejardín. Mamá se asomó por la vidriera, al tiempo que el agresor, Bernardo Arroyave, un paramilitar de Bello (era de la Defensa Civil) parecía poner a la luz de las lámparas públicas una cara entre risueña y asombrada.

 

Era marzo de 1981. Mis hermanos salieron a la calle y me recogieron. Llamaron un taxi y uno de ellos me llevó a una clínica en Medellín. Después, denuncié al sujeto que me había disparado con un revólver calibre 32 (menos mal que no era de mayor calibre y por eso volví a jugar fútbol), en la inspección de Niquía, pero nada. La impunidad total. De mi parte, no hubo venganza ni nada. Ningún rencor. El tipo, días después, se fue del barrio (vivía justo enseguida de mi casa, en la entrada al Polideportivo de Bello) y no supe más de él.

 

Este episodio lo recuerdo ahora porque, recientemente, un alumno me preguntó en clase si me habían tocado muchas balaceras, sobre todo en los nefastos días del cartel de Medellín, cuando yo era reportero de un diario.

 

Antes estuve cerca de tiroteos, pero nunca tan próximos como cuando marchábamos en una manifestación de estudiantes de la Universidad de Antioquia, tal vez en 1976, cuando el ejército disparó contra la multitud y muy cerca de mí se desplomó un estudiante. Después supe que se llamaba Elkin Córdoba. Murió en el lugar. En 1979, en disturbios en la U. de A., me cayó en el empeine del pie derecho un cohete de bomba lacrimógena. Las botas de cuero me salvaron de la fractura, pero cojeé durante quince días y el pie se puso como un banco.

 

Cuando el discípulo me hizo la detonante pregunta, advinieron imágenes sonoras y visuales de un tiroteo en el barrio Antioquia. Yo iba en un taxi para el periódico donde trabajaba y logré agacharme casi que sobre las rodillas del taxista, que aceleró. Los disparos parecían salir de todas las esquinas. Ninguno nos afectó. Antes, o después, pudo haber sido en 1989, subía por Ayacucho y al pasar por la iglesia de Nuestra Señora del Corazón de Jesús, en Buenos Aires, se armó la balacera. Me protegí contra un muro. Disparaban de arriba y de abajo. No sé cuánto tiempo transcurrió. Cuando se silenciaron, pensé encontrar en la calle, tirados en el piso, varios cadáveres. No había nadie. Solo el terror colectivo y la curiosidad en el asfalto, en las ventanas y las puertas.

 

En efecto, estuve muy cerca de balaceras en Medellín y Bello. Una, por Sucre y Maracaibo. Dos tipos salieron corriendo de un almacén. De pronto, apareció detrás un policía. Doblaron la esquina y subieron. Yo estaba cruzando la calle y el policía pasó muy cerca de mí. En inmediaciones de la clínica Medellín los dos tipos, que se refugiaron a la entrada de un parqueadero, salieron a cortar el camino y la vida del agente. Lo recibieron a balazos y prosiguieron su fuga hacia la avenida Oriental. El policía quedó tendido en el piso. Muerto.

 

Hubo días en que el fragor de los disparos me despertaba a las dos o tres de la mañana. O estaba uno en algún bar, y en el vecindario traqueteaban las balas. Una vez, en el morro de El Volador, mientras trotaba entre la vegetación, sentí el estruendo de un tiro de fusil y fracciones de segundo después el silbido muy próximo a mi cabeza. Quizá habían disparado “por accidente” desde la Cuarta Brigada. Otra tremenda “balinería” se produjo en la calle 51, cerca de la Plaza de la Madre, en Bello, en momentos en que salía de un cafetín. Me tiré en la acera y a los cinco minutos había pasado el intercambio.

 

¡Ah!, una noche de hace años invité a unos compañeros de trabajo a ir a Bello. Desde el principio mostraron su reticencia. Les dije que dejaran de ser prejuiciosos. “¿Tienen miedo o qué?”, les dije. Y aceptaron quizá por vergüenza y por la insistencia. Cuando estábamos desembarcando al frente del bar Lukas, por una calle vecina se armó la disparadera de allá para acá y de acá para allá. Nos metimos debajo del vehículo. Cuando cesaron los balazos, tampoco había heridos ni nadie caído en el asfalto.

 

Tal vez el mayor pánico colectivo que haya visto en el centro de Medellín, por la avenida Primero de Mayo, sucedió una tarde cuando yo salía del teatro Metro Avenida y de pronto se escucharon explosiones. “¡están disparando!”, gritó alguien. Y la gente corrió. Se metían a los almacenes, se tiraban al piso, el estruendo continuaba y había señoras patas arriba, y fruteros que desparramaban su mercancía, y muchachos a toda velocidad hacia la plazuela Nutibara. Los gritos se extendieron y de pronto nos dimos cuenta: una volqueta vetusta bajaba por la calle y su exosto infernal vomitaba sonidos de horror que estimularon la paranoia colectiva. Al fin de cuentas, por esa geografía se esparció una risa nerviosa, general, que aumentó hasta transformarse en risa dolorosa, gozosa, porque era como si las atronadoras descargas de un vehículo nos hubieran hecho pasar por inocentes.

 

Ah, no está por demás decir que al tipo que me disparó jamás lo volví a ver, aunque de él tengo un recuerdo. La bala no me la extrajeron y sigue ahí, como el dinosaurio del microrrelato. A veces, cuando hay frío, la rodilla duele.

 

La virgen de los sicarios, filme de Barbet Schroeder

 

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4 comentarios

  1. Una vez circulando sola en la noche medellinense, oí un disparo y un clack en el carro, ah, pisé una lata, dije, fui a casa y no le di importancia al otro día me voy a subir al carro y…… una perforación justo en la puerta de atras del conductor, yo a mas señas, esa bala, el clack, casi, por menos de 30 cms me da a mi…… en todas partes se cuecen balas!

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  2. José M. Ruiz

     /  noviembre 12, 2013

    1989…¡Qué época! “La Once” Envigado. 2.30pm. Mi mujer, mi hija de 3 años y yo. Por el andén. Un joven en bicicleta nos adelanta en la esquina. 30 metros adelante se detiene en una tienda de videos. Lo sobrepasamos 5, 10 metros. 3 disparos con destino adivinable. 3 cabezas giran. Una mano tapa unos ojos infantiles. un cuerpo cae en cámara lenta. Un cuarto disparo antes del beso final sobre el andén. ¡No hemos visto nada, mi niña, sigue caminando! Una bicicleta rauda nos adelanta de nuevo…¡Qué época!

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  3. arge

     /  marzo 6, 2014

    Reinaldo, yo recuerdo que por allá por los años 50, por Prado la única plaza era la de mercado, porque la de la madre, era una simple “plazuela”.
    Bueno recordar…
    Gracias.

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  4. JOHN RESTREPO

     /  mayo 30, 2015

    no conocía esta pagina y de verdad que esta muy interesante, tiene muchas historias del BELLO que nos toco vivir hace algún tiempo.

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