Las cometas muertas

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Alta, muy alta, la brisa va, y alta, también, la cometa, que ahora es cielo. Caballito del aire, con bridas,  y, abajo, como un polo a tierra, el inquieto jinete que la guía, sin espuelas ni látigo. Solo con su imaginación.

 

La cometa puede ser la forma más excelsa, o por lo menos una muy alta, de comunicarse con el infinito. O para no ser tan pretenciosos, con la nube, que en un instante puede ser dragón, después golondrina, y más tarde águila, quizá. Porque la “loca de la casa” ayuda a transformarlo todo: y así también puede ser elefante volador, camello en desiertos azules, vulgar gallina, o un mapa de lo real maravilloso.

 

La receta es simple: un viento generoso, papel de seda (o de China) o tela de colores, hilo, cola, tirantes, cañas, un alma de niño, o dos, o tres, que en estos rubros no hay límites. Y listo. Es si no echarse a volar, que las cometas siempre vuelan con quienes las elevan. Si no lo cree, puede mirar ahora hacia ese morro imprescindible de Medellín, cementerio de indios, El Volador, que no solo tiene el nombre preciso para los amantes del viento, sino que tiene viento. Y cometas. Observe que no solo ellas están volando, sino también los que se pegan a su hilo.

 

Mire aquella, hacia el occidente. Es una cometa acróbata. Y el de más allá, el rojo y azul, es un barrilete saltimbanqui. Y la que está más alta, que se mueve con coquetería, es la cometa de las buenas nuevas. Y no crea, mi querido lector, que lo que voy a narrarle es fanatismo, o ceguera de hincha de fútbol, pero lo vi. Al cerro de los muchos vientos llegó Santiago, un pelado de trece años, a elevar una cometa verdiblanca del Atlético Nacional. Y dele, y dele, y dele, y nada. Se caía. “Le falta cola”, se decía. Y cola le ponía. “Le falta viento”, y el viento arreciaba. “Le faltan ganas”, y ganas le agregaba. De pronto apareció un señor moreno, con esposa e hijo, según supe. Y con una cometa roja y azul de tela fina. Preciosa. Era, claro, del DIM. Y con solo desenrollarla y exponerla al viento, subió y subió. “Es que siempre estamos arriba”, declaró el hombre, con orgullo. En el mismo Altozano, Santiago continuaba luchando con su cometa rebelde, sin poder alzar vuelo.

 

Cometa, barrilete, pandorga, papagayo, armazón ligero, pegasos contemporáneos, son la felicidad que el viento se lleva. “Niñez feliz de cañas y papeles”, decía el poeta Gerardo Diego. Y más felicidad aún, cuando, indemnes, retornan a tierra y proporcionan la posibilidad de nuevos vuelos.

 

Pero, a diferencia de los árboles, las cometas no mueren de pie. Qué puede haber más triste que la caída mortal de un barrilete. Ah, quizá unos versos de tango: “Y he sido igual que un barrilete / al que un mal viento puso fin / No sé si me falló la fe, la voluntad / o acaso fue que me faltó piolín”.

 

Las cometas urbanas yacen en tumbas altas: en las alambradas eléctricas, en los cables de alta tensión, en una torre de energía. O, como las del viejo parque de Miraflores, en una ceiba bonga centenaria. La ciudad está llena de cementerios de cometas. El dragón vencido por desafiar al viento; Ícaro derretido por querer llegar al sol. Y un niño que llora su desgracia con fragmentos de hilo en las manos.

 

Quizá a usted le ha pasado. Se siente un estropicio interior, un desgarramiento, el establecimiento de una ausencia definitiva. Primero, tal vez, el coleo; las convulsiones en el aire; una suerte de ataque epiléptico cerca de las nubes y la impotencia total. El viento define (y traza) el destino de las cometas: las débiles morirán, así que no insista. La suya terminará colgada de un alambre o de la rama de un árbol.

 

En todo caso, una cometa muerta tiene aspecto de tragedia. Un esqueleto colgante, esmirriado. O enredado como testimonio de lo que el viento se llevó. O derribó.

 

Alta, muy alta, va la brisa. Y alta, también, la cometa del señor del DIM. Esposa e hijo miran el cielo, boquiabiertos. Santiago insiste, pelea, maldice, pero su cometa está condenada al fracaso. Esta vez la muerte sucede en el piso: la destrozó, lleno de rencores.

 

En el cielo de El Volador hay una plenaria de cometas. Tal vez, por hoy, todas sobrevivirán.

 

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3 comentarios

  1. Eso de que la cometa verde no vuele…… jaja. Todos elevamos cometas de niños, ahora cercanos a la sesentena, las volamos en nuestra imaginación. Todos los niños del mundo amaron las cometas, sin distingo de raza, religión o bandera, todos reímos con el maravilloso y anciano papalote de origen chino. Ricos esto spitascritos que nos llegan por la red y nos remiten a nuestros años más felices de la infancia.

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  2. Este es más poético, menos narrativo….. me gusta el cambio.

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  3. rosa moreno

     /  noviembre 22, 2013

    Ve, ¡qué belleza!    cordialmente  rosa ________________________________

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