Tras el fantasma de Hemingway

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Por Reinaldo Spitaletta

 

N.B: Hace diez años, en enero de 2003, estuve en La Habana, con santeras, en solares, con algún palestino de mirada fría, con trovadores, escritores, cantantes, jineteras y músicos. Con la gente. Pero en rigor, iba tras el fantasma de Hemingway. Esta nota fue una de las que escribí.

 

Hubiera querido encontrar a Gregorio Fuentes, inspirador de El viejo y el mar, pero cuando llegué a La Habana, ya el hombre llevaba un año bajo tierra. Uno pensaba que la muerte no lo tocaría. Murió a los 104 años. Quedaba, por lo menos, Finca Vigía, la casa donde Ernest Hemingway vivió, en largas temporadas, desde 1940, después de publicar Por quién doblan las campanas. En San Francisco de Paula, que es donde está, a unos 15 kilómetros del centro, llegué con todas las ganas de poder teclear, por ejemplo, su máquina de escribir, aunque se sabe que sus borradores los escribía de pie, a lápiz, con el papel en un atril; o de acercarme hasta una cabeza de búfalo, de los ejemplares que el escritor cazó en África. Uno sucumbe, en general, ante el fetiche, y entonces quiere imaginar cómo unas botas, una cachucha, un aguamanil, en fin, estuvieron en relación con su dueño, y sobre todo si su dueño es Papá Hemingway, como lo llaman los cubanos.

 

En la portada, una dependiente rubia y mal encarada te vende la entrada y te advierte que si querés tomar fotos, pues entones tenés que pagar cinco dólares más. Un aviso informa que es más barato el tiquete (un dólar con cincuenta) cuando está lloviendo. No llueve ahora. Menos mal. Hay una brisa fresca, que mece las palmeras, los mangos, los naranjos de la carretera que sube hasta la mansión. No sé por qué, en el suave ascenso, recuerdo la imagen congelada del leopardo de la Nieves del Kilimanjaro. De pronto, aparece la quinta, blanca, enorme, rodeada de vegetación, cantos de pájaros y, claro, una tienda en la que, además de postales, camisetas y souvenires hemingwayanos, ofrecen los mismos artículos con la efigie del Che Guevara.

 

La ansiedad aumenta en la medida en que te acercás a los corredores y estás a punto de traspasar los salones. Pero, qué va. Entrar propiamente hasta tener la posibilidad, por ejemplo, de tocar y hojear alguno de los nueve mil libros que el escritor dejó allí, o leer de cerca el gran cartel que anuncia una corrida de toros en Quintanar de la Orden, es imposible. La frustración aparece cuando una funcionaria, a través de una ventana, te dice que, para hacerlo, “hay que coordinar la entrada con el Ministerio del Interior”. No hay remedio: tendrás que ver el interior de la casa por las ventanas, lo que ya le quita el tono de intimidad a la visita, porque quién que haya leído las obras y se haya enterado de la vida aventurera del escritor, no quisiera estar un momento muy cerca de alguno de los libros que lo trasnocharon y que desde este lado no se alcanzan a apreciar; o de sus libretas de apuntes; o, si es que le gustan los trofeos de caza, de las cabezas de venado y los cuernos de renos y toros que mirás ahora con cierta asombrada distancia.

 

Adentro, hay ahora unos japoneses, con sus cámaras de video, que seguro sí “coordinaron la entrada” y una empleada que los guía por los cuartos. A vos te toca seguir por fuera, caminar por los corredores, sentir el canto de pájaros y el rumor de la brisa en los árboles. Sentís los olés al mirar los afiches de las ferias españolas y te imaginás a una vieja banda de jazz al ver un radiotocadisco de tubos, en un rincón. Das vueltas, te detenés frente a una bañera; más allá, una colección de botas viejas; luego, unas dagas, machetes y otros objetos de culto, porque, lo dicho, el fetichismo es incontrolable. “Qué casota, ese man sí que era un buen burgués”, se te ocurre pensar de afán, y eso que todavía no has visto la piscina, el yate, la terraza con sus ocho columnas griegas, ni has subido a los cuartos de la segunda planta. Lástima no poder ver los títulos de los 500 acetatos para tener una idea de cuáles eran los gustos musicales de Hemingway.

 

Husmeando por las ventanas, parecés una especie de voyerista y recordás que días antes viste el Hotel Ambos Mundos, por la calle Obispo, en el cual también vivió el escritor, en la habitación 511. Tratás de imaginar cómo habitaron allí, en Finca Vigía, llenos de comodidades, cuatro perros y cincuenta y siete gatos. Ahora no sabés si seguir por un camino de adoquines hacia la piscina o subir a otros pisos. Arriba, en una torre, hay un cuarto con una piel de pantera en el suelo, a modo de tapete, escritorios y cosas corrientes que, de no haber sido porque pertenecieron a Hemingway, no tendrían ninguna importancia. Busqué, sí, las fotografías de Spencer Tracy, el actor que hace de Santiago en la película El viejo y el mar, pero no las vi por ninguna parte. Dos mujeres, una morena y una blanca, me sonreían mientras me embelesaba con la epidermis de la fiera caída. Les sonreí y las saludé. “Puede tomar fotos, no importa si no pagó”, dijo la morena. “Ah, y si quiere le vendo postales, más baratas que en la tienda”, susurró la otra. Ambas me dijeron que, si deseaba, podía subir hasta una pequeña azotea. Desde arriba, el paisaje es abrumador: una vista hacia todos los puntos cardinales, abundancia de palmeras y, lejos, pedazos de La Habana.

 

Volvés a recorrer la primera planta y ahora ves un sofá, mesas pequeñas, viejas botellas de licor. Una enorme mesa de comedor con los platos encima y candelabros, y creés oír un rumor de selva cuando aparece en una pared una cabeza de antílope. Los japoneses siguen ahí. Es cuando decidís irte a ver a “Pilar”, el yate que ahora reposa junto a la piscina vacía, donde hay más empleadas cubanas. Es ahí cuando te acordás de Gregorio Fuentes, el pescador español-cubano, nacido en Lanzarote, que acompañó durante jornadas sin cuento al escritor y el que, en 1936, sobre las aguas azules de la corriente del golfo, vivió la peripecia que, después, en 1952, le serviría a Hemingway para ganarse, primero, el Pulitzer, por su publicación en la revista Life, y que contribuyó a que dos años más tarde, le otorgaran el Nobel de Literatura. Se dice que en el Pilar, Hemingway y Fuentes salían, durante la Segunda Guerra Mundial, a cazar submarinos alemanes en las aguas del golfo. Tiene bastante gracia, aunque mentira fuera. Cerca están las tumbas de los cuatro perros: Nerón, Linda, Negrita y Black.

 

De vuelta te quedás en la gran terraza, viendo un cubo de mosaicos europeos y las columnas griegas. Volvés a sentir la brisa del principio y escuchás, de súbito, las voces de unos turistas italianos que reniegan porque nos los dejaron entrar a los cuartos y tuvieron que conformarse, como el cronista, a ser meros fisgones. Arriba, el mirador desde donde seguramente el viejo Hemingway divisaba La Habana y ansiaba estar pronto en el Floridita, bebiendo daiquiríes y vacilando mulatas, está solo. Atrás se queda la casona museo con sus fantasmas y sus realidades. El cielo está limpio y, afuera, en las vecindades de Finca Vigía, no hay nada que merezca una foto.

 

 Ernest Hemingway

 

 

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