Profesores de los días felices (5)

 

Don Alirio Tinto: una encíclica y el Manifiesto Comunista

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Antes de cumplir los doce años, supe que existía el Manifiesto Comunista y que la Iglesia tenía una doctrina social. Las clases de religión, que de todo tenían menos de dogmas, o por lo menos de credos, las dictaba un señor de bigote delgado y ojos enrojecidos, que fumaba Pielroja y a veces sacaba paquetes de Lucky Strike y que, por tomar tinto a toda hora, lo llamaron los pelados de la Preparatoria Marco Fidel Suárez, Alirio Tinto.

 

Atrás, como en un pasado remoto, había quedado el Catecismo del padre Gaspar Astete, que había que recitar de memoria, y a veces, por molestar o salirnos de la solemnidad, alguno cambiaba palabrejas, y así el “somos cristianos por la gracia de Dios”, podía tornarse en “sos un marrano por la grasa de Dios” y otras infantiladas. El caso es que don Alirio, de pelo negro peinado hacia atrás y una actitud de parecer importarle poco la existencia, con cierto desdén hacia el mundo, llegaba a veces y hablaba de León XIII y su encíclica de fines del siglo XIX, Rerum Novarum, que buscaba que la Iglesia, según él, tuviera en cuenta el trabajo, los obreros, el capital, y decía que era una posición inteligente para salirle al paso a otra doctrina, el marxismo, que estaba organizando trabajadores y promoviendo sindicatos. No entendíamos casi nada sobre sindicatos, y entonces él explicaba algo al respecto y mencionaba centrales obreras.

 

Discurría sobre el trabajo, la lucha de los obreros en el siglo XIX por los tres ochos (ocho horas de trabajo, ocho de descanso y ocho de educación), las clases sociales y no sé qué otros temas, relacionados, eso sí, con protestas y descontentos, aunque no recuerdo si nos refirió aspectos de la revolución cubana y el Che Guevara, que entonces estaban en boga. Don Alirio tenía un aire como de pertenecer a otra época, quizá le hubiera gustado ser un mosquetero o haber vivido en los tiempos de la revolución rusa. Son suposiciones de ahora, porque entonces, pese a que sus clases eran atractivas, uno estaba menos interesado en revueltas y guerras de religión, que en esperar a que sonara la campana para ir corriendo al patio de recreo.

 

Por aquellos días, también de agitaciones en Colombia, tres soldados de a caballo pasaron por enfrente de la escuela. Varios muchachos estábamos arriba, en la parte alta de las escaleras de la entrada principal, cuando uno de los estudiantes dijo: “Qué negrito tan querido”. Se refería a uno de los cuadrúpedos. El que lo montaba saltó, subió las gradas en segundos y propinó un puño al chico. Me quedé pasmado. “¿Quién es el negro creído, ah?”, se preguntaba el colérico uniformado, al tiempo que tornaba a montarse en la bestia, aunque la bestia era él.

 

El año del quinto elemental, en el que profesores como Darío García, alias Fosforito, nos entusiasmaba con experimentos de ciencias naturales, y Hernando Zapata, alias Corchete, nos hipnotizaba con números y operaciones aritméticas, al tiempo que Castor Rave, sin alias alguno, nos miraba con ojos de basilisco por alguna pilatuna en el aula, don Alirio Aguirre comentaba sobre una nave espacial americana que se había chocado en Venus. Ah, fueron los días (lo supe después) en que John Lennon dijo que los Beatles eran más populares que Jesucristo y en China se iniciaba la Revolución Cultural. Eran los tiempos de coleccionar cromos o caramelos, algunos de estrellas del cine, y otros de estrellas del fútbol. Ese año, los pataduras de Inglaterra fueron los campeones del mundo.

 

Don Alirio, caricolorado y siempre echando bocanadas de humo, vivía a pocas cuadras de la escuela. A veces, se le veía en el balcón de su casa, en Bello, con el infaltable pocillo de café negro. Gracias a sus parlas de clase, leí más tarde el Manifiesto, de Marx y Engels, al que a un poeta colombiano su lectura le extinguió la angustia existencial, y me conmovió su comienzo, tan memorable como el de la Divina Comedia, la Odisea, La Metamorfosis, Moby Dick, El viejo y el mar, Cien Años de Soledad, La Vorágine o el Quijote.

 

El profesor de religión nos inculcó (o por lo menos a mí), tal vez sin proponérselo, el interés por las gestas y movimientos sociales. Creo que gozaba de la facultad del desparpajo y su luz era más luminosa que la que emitían los fósforos cuando prendía sus cigarrillos en clase.

 

 

Gardel y un libro salvado de la basura

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Frente a todas las miserias y exclusiones, los habitantes (o penitentes) del llamado Tercer Mundo tienen un arma de prodigio contra los desamparos: la imaginación. Y en este punto, la basura se convierte en una posibilidad de transformaciones y usos inesperados, como acontece con la propuesta que realiza el artista brasileño Vic Muniz con los recicladores de Sao Paulo, a los que les enseña una estética desde los desechos.

 

Asimismo, en Paraguay, un director de orquesta y un profesor de música, llegaron hace algún tiempo hasta los vertederos de un barrio de Asunción, en el que descubrieron cómo transformar la basura en herramientas musicales. Con instrumentos reciclados y materiales desechables, además de dictar clases de música, lograron sensibilizar a la población y montar la Recycled Orchestra (O6rgkCUstaE).

 

Hace unos diez años, conocí en Medellín unos recicladores que recuperaban libros de las basuras. Uno de ellos, llamado Miguel Espinosa, distribuyó entre periodistas y escritores de la ciudad, ejemplares conseguidos de esa manera, en los que había joyas bibliográficas, con el fin de que se escribieran notas al respecto. Se trataba de publicar un libro sobre los hallazgos. A mí me correspondió al azar la Historia de la mitología griega y romana, de V. González, editado por Saturnino Calleja, en Madrid, sin fecha. En el lomo, al título se le agregaba en letras doradas: “para niños”.

 

El libro tembló en mis manos, o quizá haya sido al contrario. Era yo quien temblaba en las manos viejas del ejemplar. Tenía el aspecto de aquellos textos que permanecen guardados en escaparates de antepasados, a la espera de un incierto lector. De inmediato, torné a los días de infancia, cuando mamá nos leía los cuentos de Calleja, que venían en cofres de fantasía y que ella había heredado de su abuelo, un arriero de aventuras múltiples y parla infinita, que hacía viajes entre Rionegro y Urrao. Recordé entonces a Juan el Poca, El tesoro del rey de Egipto y otros, que, con el tiempo, supe que el editor los tomaba de otros autores, los adaptaba y ni siquiera les daba crédito, como Pinocho, Hansel y Gretel, Platero y yo, y cuentos de Las mil y una noches. Todo este aparataje del madrileño puede ser parte del origen de la piratería de libros. Y del plagio, que el delito es cosa de nunca terminar.

 

Calleja había sido para mí, parte de una mitología de infancia. Al abrir el libro, y puede parecer increíble o inverosímil, en el revés de la portada había una foto de Carlos Gardel, con la leyenda: “al querido y simpático pueblo colombiano”, con su firma autógrafa. Supuse que el dueño de esa antigualla la había pegado, recortada de algún diario. Después, vi a Saturno, alado, barbiblanco y con una hoz al hombro. Tal vez miraba con desprecio a los humanos y los devoraba a punta del infatigable tiempo. Y ahí, entre la imagen del dios y la portada, estaba el Zorzal Criollo, que, para sus admiradores, es otra suerte de deidad iluminada. Quien la había fijado allí tenía razón: Gardel, un miembro más de las infinitas mitologías.

 

El libro ilustrado trataba de la asamblea de dioses. Hablaba del Caos, del aire y la noche, del éter y de la fortuna. Más adelante, me encontré con Neptuno, tridente en su mano derecha, galopando de pie sobre dos corceles blancos, en un mar encrespado. Y me topé con Polifemo, cíclope de Sicilia, y, claro, con Odiseo. Y en este lugar de la fascinación, escuché de nuevo la voz de mamá que cantaba Silencio, un tango de Gardel, evocador de guerras y soledades: Silencio en la noche / ya todo está en calma / el músculo duerme / la ambición descansa. Era un libro de voces y músicas, en el que el rumor del mar se mezclaba con el espejo de Narciso.

 

A Espinosa, según supe, nadie le paró bolas para publicar un libro de crónicas e impresiones, con los escritores invitados, que hablara de cada ejemplar recuperado del olvido que son las basuras. No le creyeron. Tal vez le dijeron que “eso no vende”. A quién diablos le importan los libros que sobreviven en los residuos. Para mí fue una reedición de la infancia, con los libritos de Calleja, con la voz de mamá que interpretaba tangos de Gardel y relataba aventuras de hombres tragados por ballenas y de piratas de un solo ojo.

 

Aquel temblor que sentí con aquellas páginas que alguien tiró al tacho, me removió la imaginación al ver la barca de Caronte sobre las negras aguas que conducen al infierno y escuchar la voz del inevitable Mudo al anunciar que “siempre se vuelve al primer amor”. Y ese amor primero es la infancia, la misma que los poetas (o algunos de ellos, como Rilke) dicen que es la única patria del hombre.

     

Historia de San Marcos y el taxista

Por Reinaldo Spitaletta

 

En otros días, detrás de la puerta principal de la casa, las señoras acostumbraban pegar una estampa de San Ignacio de Loyola, en la creencia de que tenía la virtud de espantar al diablo. Táctica equivocada, a mi parecer. En realidad, el diablo, a veces, por no decir siempre, resulta mejor compañía que algunos seres dedicados a rezanderías y oficios de camándula, bueno, pero esto es asunto de cada cual. Además, como el diablo es hoy un tipo tan desprestigiado, nada temido y más bien transmutado en un nuevo desplazado, ya poco o casi nada se ven tales iconografías domésticas. Las que sí continúan abundando son las de otros santos, como San Cayetano, en las cocinas; o la de Santa Ana, a la que se solicita el favor de una casa propia; o San Judas, al que se le impetra trabajo, y un extenso catálogo de imágenes que pueden pasar por San Expedito hasta Santa Elena. Sigue en las paredes el Corazón de Jesús, a veces de inverosímil melena rubia, ojiazul y labios muy rojos, como si usara cosméticos, y a veces de cabello oscuro y ojos negros. He visto en algunas casas de Medellín, que compite con los retratos de Carlos Gardel.

Lo que hace algún tiempo me dejó un tanto desconcertado fue la presencia de una estampita extraña para mí. La tenía un taxista de Envigado pegada al tablero de su vehículo.

 

_ ¿Quién es ese santo?_, le pregunté.

_ San Marcos el del león_, dijo. _Me lo regaló una señora, una pasajera, porque sirve para las rabias_, agregó.

 

El santo de papel, en blanco y negro, de barba, tenía un libro abierto en una mano y en la otra, una pluma. A sus plantas, rendido un león (¿se acuerdan de Osvaldo Soriano o de un verso del himno nacional de Argentina?). “Ah, es el evangelista, ¿cierto?”, le dije. “No sé, en todo caso sirve para alejar las rabias”, insistió el taxista, muy sonriente. “¿Y por qué se la regalaron?”, y entonces dijo que él era muy acelerado, que discutía mucho, y que una vez una señora con la que él tuvo un encontrón por un servicio, se la obsequió.

 

No hubo tiempo de más preguntas. Era, la mía, una carrera muy breve, desde la estación del metro de Ayurá hasta la Casa Museo Otraparte. Quedé un poco desconcertado porque, que se sepa, pocas imágenes de los evangelistas tiene la gente en Antioquia. Ni Mateo ni Juan ni Lucas ni Marcos, han sido populares. Marcos, en todo caso, es el patrono de los ganaderos, pero, a su vez, de los notarios y los escribanos y los ópticos y los artesanos del vidrio. En Venecia, Italia, como todos saben, es el patrono de los enamorados y en su día, que es el 25 de abril, los novios obsequian a sus parejas con un “bocolo di rosa” como ofrenda de amor.

 

El nombre Marcos procede del latín arcaico marcus, martillo. Sin embargo, los romanos creían que era una abreviación de “marticus”, referido a Marte, dios de la guerra, del que se desprendieron además muchos nombres como Marcial, Marcelo, Marcelino, Marceliano, Marciano, Martín, etc. Y sus respectivos femeninos. No vayan a creer que yo sé de tales asuntos, sino que la estampita en el taxi me inquietó tanto que me puse tras las pistas y huellas de Marcos, el evangelista, que en realidad se llamaba Juan Marcos, según consta en los Hechos de los Apóstoles.

 

Marcos es el autor del segundo evangelio y se cree -no hay pruebas documentales- que la casa en que Jesús celebró la última cena era de su familia, lo mismo que el huerto de los olivos. Llegó a ser el secretario y el intérprete de Pedro, el apóstol, de cuya prédica deja testimonio en su libro, el más corto de los evangelios, pero tal vez el más gráfico y con un estilo de reportero, directo y desnudo. Se nota que era un buen observador. Destaca, por ejemplo, el verdor de la hierba sobre la que Jesús hizo sentar a la multitud hambrienta en el episodio de la multiplicación de los panes y los peces. Así narró la escena de los sanados por el Cristo: “Cuando llegó la noche, luego que el sol se puso, le trajeron todos los que tenían enfermedades y a los endemoniados; y toda la ciudad se agolpó a la puerta. Y sanó a muchos que estaban enfermos de diversas enfermedades y echó fuera muchos demonios”.

 

De Marcos se dice que nació en Jerusalén, tenía formación griega y a su nombre hebreo de Juan le agregó el romano de Marcos. Tenía un primo, de Chipre, llamado José Bar Nabuah (Bernabé), con el cual se embarcó para acompañar a Lucas y Pablo en el primer viaje apostólico por el Mediterráneo. Más tarde, acompañó a Pedro por Antioquía y Roma. Se le atribuye a Marcos, amén de virtudes de predicador, la fundación de la iglesia de Alejandría, ciudad en la que después veneraron su tumba. Sus restos se los robaron los venecianos que, en el siglo IX, se los llevaron a la catedral de San Marcos, cuya construcción duró varias centurias.

 

No pude encontrar ningún relato que dijera que Marcos fuera de genio apacible, que no se disgustara por nada, en fin. O que fuera, por ejemplo, un domador de leones. Lo de este felino está más bien relacionado con Pedro, que escribió esta frase: “Vuestro enemigo, el diablo, como león rugiente, da vuelta alrededor de vosotros buscando a quién atacar”. Y aquí en este punto me acuerdo de Baudelaire que decía que la mayor astucia del diablo consiste en hacer creer que no existe. Hace tiempos leí un perturbador relato de Jorge Luis Borges, titulado El evangelio según Marcos, en el que hay, me parece, aires o reminiscencias de La gallina degollada, de Horacio Quiroga, y en el cual su desgraciado protagonista es un estudiante de medicina.

 

Bueno, supe también que a Marcos, sobre todo en unos bellos íconos bizantinos, se le representa con una túnica roja que, como dije antes, no se pudo apreciar en la iconografía del taxi, que no era en colores. En todas las imágenes del santo, unas de pie, otras sentado, está el león, que luce muy tranquilo. Los de la “serenísima” Venecia sí se tomaron muy a pecho la fiera, a la cual le pusieron alas, y aparece en monumentos, monedas, escudos, sellos, emblemas, banderas…

 

El taxista, siempre sonriente, se despidió con cortesía. No sé por qué me pareció que el evangelista de papel le hacía un guiño. Cuando ya iba lejos, me di cuenta de que me hacía falta un elemento esencial para el relato: el nombre del taxista. Y el de la pasajera, o la leona amansada, que le regaló la imagen. Que San Marcos los acompañe.

Marcos, el evangelista

Profesores de los días felices (4)

 

Doña Rosa y el sapo que sorbe mi sopa

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

La cartilla era ella, vocálica, mimadora (“mi mamá me mima”). Los primeros asomos al encanto. Ella, con su voz de contadora de historias, nos abrió las puertas del hechizo. Con la palabra nos acercó a los dioses, que también son palabra. Nos hizo iguales a ellos. Nos regaló el fuego. Era, al recitarnos el abecedario, como una reencarnación de Prometeo. Nos metió en ritmos y rimas y aliteraciones (“ese sapo salta a mi mesa”). ¿Quién aunque no sea memorioso podría olvidar a la primera maestra? (“yo mimo a mi mamá”).

 

Nos dijo los números. Con ella, de la mano y de imaginación, recorrimos los primeros mapas. Tenía la voz del río. Era pájaro. Y cielo. Cometa. A veces, se paraba sobre una nube. Y cantaba. Canciones simples para adorar vírgenes de mayo florido, o para sentir que con las palabras uno podía crear el mundo, las cosas.

 

Había -ella la cantaba- una canción que tenía músicas del Elíxir de amor, de Gaetano Donizetti. Hablaba de la escuela, del retorno a ella. De vergeles y palomas. Del anhelo de saber. Se nos abrían las puertas del cielo. Doña Rosa, sí, doña Rosa, con hoyuelo en el mentón y el sol en el pelo, ensayaba cuentos de su cosecha. Elementales. Y los decía con todo el cuerpo. Un día, uno de piratas. El siguiente, de mambrúes criollos, qué horror, qué pena, que las guerras estaban ahí, pero no sabíamos. Después, el del enano que se subía a la mesa a hacer piruetas. Y así, infinita ella.

 

Ah, y el tablero era ella. Y la tiza. Nos pintaba, a su modo, los héroes de una presunta patria, patilludos, militarescos. Generales. Mariscales. “Simón Bolívar nació en Caracas”, y nosotros agregábamos: “en un potrero de siete vacas”. Nos enseñó la risa. Y nos puso a volar con el cóndor del escudo. Doña Rosa se volvía bandera. Era Moisés guiando a su pueblo, cuando hablaba de historia sagrada. Era Eva. Era Adán. Manzana. Sin pecado original. De alguna manera, nos insinuó la desobediencia, esa virtud hoy venida a menos. (“Las unas gordas, las otras flacas, las demás llenas de garrapatas”).

Más allá del sapo que sorbe mi sopa, más allá de aquella Susana que lava la lana, metidos en la cartilla, estaba ella. Repartida. Era más que el sonido de las letras. Más que todas las sílabas y las solfas. Era uva. Osa mayor. Era estrella.

Se volvía jardín cuando hablaba de flores, y pájaro cuando nos regalaba las alas. En la cartilla estaban el aro, el elefante, la iguana, el oso, la uña. Y las vocales, enormes, bien pintadas. Pero ella era más que una sucesión de letras. A veces, era Blanca Nieves. O Cenicienta. O Rin Rin Renacuajo. Érase una vez. Muchas veces. Doña Rosa estaba en todas las fábulas, en todas las geografías, en todos los astros.

 

Pertenecía al plural asombro. En ella hubo algo de nido, algo de ninfa y mucho de maga. Aunque nunca sacó palomas del escritorio, ni conejos de los bolsillos, era capaz de hacer entrar el arco iris al salón (era un aula amplia, de altos techos, por las ventanas se colaba bastante cielo). Nos traía la montaña lejana y el vallecito. Con ella, el universo estaba al alcance de la mano.

 

No sé si entonces a todas las doñas Rosas les demoraban los sueldos (creo que sí); no sé cuántos hijos tenía, ni si tuvo alguien que le llevara serenatas. Nunca supe en cuál barrio vivía. Ni si lloraba por alguna ausencia. Porque, más que todo, era pura risa. Era la alegría de enseñar, de sentirse útil, de transmitir emociones y pensamientos a la chiquillería.

 

Había un dejo de mamá en su actitud. Y también de diosa. Ahora, desde el balcón del tiempo, la miro y me parece ver en ella a una niña. Porque doña Rosa nunca perdió la infancia: la recuperaba en cada relato, en cada lectura, en cada recitación. Tenía un enorme talento para ganarse la atención del otro. Creo que, en el fondo, había en ella una especie de Scheerezada, de narradora extraordinaria con la facultad de hipnotizar al auditorio.

 

Doña Rosa es ahora como una vieja canción, de esas que cada vez que suenan renuevan su belleza. De esas que uno tararea para sentirse acompañado. O para devolverse en la historia. La cartilla, con sus payasos y enanos y trapecistas (tenía la magia del extinguido circo), era ella, tan mimosa, tan hada. Tan de nosotros. Doña Rosa, sol-luna, no estaba hecha para los olvidos.

 

 

Rigoletto, el duende de mi casa

Por Reinaldo Spitaletta

 

Tengo un duende en casa. Lo imagino jorobado y con una cara muy vieja. Antes de que me pasara lo que me ha pasado, no creía en duendes en el sentido de realidad, cualquier cosa que ésta sea. Me gustaban, de niño, en la literatura, en las leyendas populares, y sobre todo, en las historias que nos contaba mamá a mis hermanos y a mí. Algunas estaban relacionadas con gnomos bondadosos y juguetones, y otras, con duendecillos maléficos o, más bien, maldadosos. El duende, de por sí, no es una criatura perversa. Es solo un burlador, alguien o algo que nos quiere jugar malas pasadas, asustarnos sin provocar taquicardia o gozarnos con sus intervenciones bromistas. Los duendes son, en general, simpáticos y se ríen de nosotros con una risilla de picardía y benevolencia.

 

Pues bien. En casa, como dije, tengo uno. No sé cuándo llegó, pero mi mujer, que fue la primera en presentirlo, me dijo una noche, cuando llegué: “hoy subieron el volumen del equipo de sonido misteriosamente”. “¿Cómo que misteriosamente?”, le pregunté. “Sí, no me acuerdo qué estaba sonando y de pronto sentí que iba subiendo y subiendo hasta el máximo”. Por esos días, vivíamos en un caserón del barrio Buenos Aires, de Medellín, de seis piezas, dos patios, dos salas y claro, cocina y comedor. No era pequeño en todo caso. “Debe de ser que le falta mantenimiento”, le dije. Ella se quedó mirándome con sus ojos enormes y le noté una mueca de fastidio. No se habló más del asunto por ese día.

 

El caso es que las faenas del presunto duende se repitieron. Siempre subiendo el volumen. Pero a mí no me había tocado estar en esos momentos en los que ella, la Moni (así la llamo, por su melena rubia) era la víctima de aquella presencia inexplicable e invisible. Un día de semana santa, puse la Novena Sinfonía de Beethoven y mientras sonaba, leía un libro de William Faulkner. Creo que era Desciende, Moisés. De pronto, sentí un crescendo insólito en momentos en que sonaba el cuarto movimiento. El coro ascendía y ascendía. Tiré el libro y fui hasta el aparato. En efecto, había llegado hasta el tope. “Qué vaina es esta, parece que hay que mandar a arreglarlo”. Le conté, y ella sonrió, y rio a carcajadas y me miró como si dijera “viste que sí es verdad. Aquí hay un duende”. Llamé al señor Abdón, que desde hace años es el que les hace mantenimiento a mis reproductores de sonido (no crean que tengo muchos). Al otro día, después de la gestión del técnico, se repitió el incidente. Era la Quinta Sinfonía de Tchaikovski. La Moni y yo estábamos presentes. “Por lo menos, le gusta la buena música”, le dije. Otra vez, mientras sonaba una emisora comercial, el volumen comenzó a bajar. Era, me parece, una canción de Vicente Fernández. “Qué descanso”, me dije. Y entonces comprendí que al duende, o lo que ello fuese, le gustaba la clásica. Después supe que también el jazz (subió varias veces a Duke Ellington y a Charlie Parker), y también el tango, sobre todo en las interpretaciones del Polaco Roberto Goyeneche.

 

Pasó el tiempo y de nuestra casa se enamoró una empresa de constructores. La vendimos y nos mudamos para el barrio Prado. La Moni creyó, entre otras cosas, que el duende había quedado atrapado en la casa vacía y después en sus ruinas (la tumbaron y ahora avanza la construcción de una torre de apartamentos). Pero no. Seguro se subió en el camión de trasteos. O averiguó la dirección. ¿Quién puede saberlo? El cuento es que otro día ella volvió con la historia del volumen y, además, de que le habían desconectado la grabadora. Hace unos meses, puse un disco de Brahms (Tres sonatas para violín, con Daniel Barenboim, al piano, e Itzhak Perlman, al violín), y la película se repitió. Lo mismo con uno de Gardel y con otro del inefable Polaco. En cambio, lo bajó al mínimo cuando en una emisora sonó una cancioncita de despecho de no sé quién diablos.

 

Pero la máxima expresión de su “mamagallismo”, aconteció cuando en casa estaba de visita Daniel Botero, un amigo, comunicador social y docente. Vio en mi estudio-biblioteca una guitarra, que hace tiempos no toco. La comenzó a afinar. Y no le daba. Pensé que no tenía idea de afinar el instrumento. Y entonces me puse en la misma tarea. Parecía estar lista. Los intervalos eran los correctos. Se la pasé y cuando él dio un acorde, sonó espantoso. Volvió al proceso de afinación. Y nada. Insistió. Seguía lo mismo. Y entonces me acordé del duende, le conté la historia, y cuando tornó a rasguearla, estaba perfectamente afinada. “Es increíble”, dijo.

 

En momentos en que escribo esta narración, está sonando el Concierto para Piano y Orquesta en la menor Op. 54, de Robert Schumann. El volumen sube y sube. Sonrío con resignación y voy a ponerlo en una escala discreta. Seguro el duende debe de estar haciendo morisquetas y contorsiones. Hoy he decidido bautizarlo como Rigoletto. Y no me pregunten por qué.

Guernica o el horror interminable

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Por Reinaldo Spitaletta

 

El bombardeo comenzó a las tres y treinta de la tarde del 26 de abril de 1937. Era una flota de cuarenta y tres aviones, de la Legión Cóndor, alemana, comandada por el teniente coronel Wolfram von Richthofen. Un Heinkel-111 sobrevoló a Guernica con la misión de determinar el objetivo y orientar a la formación de ataque. El pretexto era la destrucción de un puente, situado en una encrucijada, en las afueras de la “ciudad santa” de los vascos, pero, en rigor, se trataba de un experimento nazi contra la población civil, tal como tiempo más tarde el mismo mariscal Göring lo reconocería: “La guerra civil española brindó una oportunidad para poner a prueba a mi joven fuerza aérea, así como para que mis hombres adquirieran experiencia”. Guernica se convertía entonces en el primer ensayo de guerra total, con miras a la preparación y declaración de la Segunda Guerra Mundial.

 

En oleadas de pavor los aviones arrojaron bombas explosivas e incendiarias sobre el casco urbano, mientras los cazas Messerschmitt-109 ametrallaban a los que trataban de huir de la ciudad de siete mil habitantes. La resistencia era casi nula: no había defensas antiaéreas ni refugios apropiados; solo algunos milicianos republicanos disparaban inútilmente sus fusiles contra las naves alemanas. El ataque tenía la aquiescencia de los franquistas. A las dos horas de “fuego celestial” Guernica era puro humo y polvo y hollín. Y horror. A las siete y treinta, cuando dejaron de bombardear, las llamas iluminaban el ocaso de la pequeña villa. No se dio nunca una cifra oficial de muertos, aunque la más común dice que hubo mil seiscientos.

 

La prensa afecta a Franco difundió la versión de que habían sido las propias tropas de la II República las que destruyeron Guernica, pero ignoraba que había allí corresponsales extranjeros, como el sudafricano George Steer, que presenciaron la masacre y el apocalipsis ocasionados por los alemanes. Steer, que en algún momento tuvo que protegerse del ametrallamiento lanzándose a un cráter de los que forman las bombas, envió ese mismo día su crónica al Times de Londres. Cinco días después del acontecimiento de terror nazi-franquista, el Día Internacional de la Clase Obrera, el Primero de Mayo, Pablo Picasso comenzó a arrojar toda su cólera y su arte sobre un paño de ocho metros de largo por tres y medio de ancho.

 

Antes de que estuviera listo ese cuadro que es una magnífica expresión de protesta contra la barbarie, Picasso realizó unos 45 dibujos y bosquejos preliminares, en colores, en los cuales aparecen desde el comienzo los elementos clave que compondrían su obra: el toro, el caballo y la mujer. Ya había dicho también que él “siempre creía y creeré que los artistas que viven y trabajan según valores espirituales no pueden y no deberían permanecer indiferentes al conflicto en el que los altos valores de la humanidad y de la civilización están en juego”. Guernica comenzó por encargo. Se la solicitaron los republicanos para que representara a España en la Exposición Internacional de París y para que, con ella, el mundo no olvidara las injusticias ni los genocidios. Ni la brutalidad de los que destruyen a sus congéneres.

 

Desde los primeros bocetos, la talentosa Dora Maar, asociada y amante del artista, los fotografiaba: mujer, toro, caballo, luz, guerrero en el suelo. El 8 de mayo, Picasso introdujo en su composición a la madre con el niño, y el 11 de mayo de 1937 comenzó a pintar sobre el lienzo definitivo. Y, claro, él sabía que la pintura no estaba hecha para la decoración de apartamentos o para satisfacer el gusto de algún ricachón. No. En este caso, como en otros, era un testimonio sobre la violencia, un símbolo de la desesperación y las angustias del hombre.

 

Uno puede imaginar al pintor buscando medios apropiados para decir todo eso que el cuadro dice (y lo que sugiere y comunica), deformando rostros, desmembrando cuerpos, poniendo la desesperanza a mirar al cielo, dándole a la escena un carácter de tragedia. Y si comenzó con colores, después Picasso se decidió por la ausencia de colores y seleccionó el blanco y negro, con gamas de grises, para mostrar el grito. Un grito, un aullido, que, antes, en España, ya habían dado poetas y escritores ante el desangre pavoroso de la guerra civil. Así lo cantaba, por ejemplo, Machado: “ Madrid, Madrid; qué bien tu nombre suena, / rompeolas de todas las Españas! / La tierra se desgarra, el cielo truena, / tú sonríes con plomo en las entrañas”.

 

Y sobre el Guernica qué no se habrá dicho y escrito. Que el negro y el blanco evocan la muerte, que es la representación de la tristeza colectiva, que todo el conjunto es una consternación sin límites. Es el descuartizamiento del espíritu más que de los cuerpos, el dolor que nunca acaba. El resquebrajamiento de la condición humana. El 4 de junio ya Picasso había terminado su cuadro, “cuadro pacifista por antonomasia”, como lo han calificado, y ante el cual no se fila jamás la indiferencia. Cuentan que sus reproducciones decoraban los cuartos de las casas de los demócratas, de los que, tras la derrota de la República, continuaron en su intimidad albergando las esperanzas del triunfo de la libertad sobre la represión. Y también se dice que los que ven el original por primera vez no pueden contener las lágrimas ante esa composición que da cuenta de la crueldad humana.

 

Dicen también que el blanco y negro, que eleva el dramatismo, lo escogió Picasso para expresar con mayor solvencia la brutalidad. Y, además, para evocar, de un modo simbólico y más trascendental, las fotografías que en los días subsiguientes al bombardeo, aparecieron en diarios de Europa y Estados Unidos. Guernica, luz y sombra, una revelación de los sentimientos más inhumanos. Picasso estableció que el cuadro no debía volver a España hasta cuando hubiese otra vez una república, un gobierno democrático. Y por eso, permaneció en el Museo de Arte Moderno de Nueva York hasta 1981, cuando ya la dictadura franquista era apenas un mal recuerdo.

 

Guernica es, posiblemente, el testimonio artístico más elocuente del siglo más sangriento y devastador en la historia de la humanidad, que ahora, en el siglo XXI, parece andar hacia tinieblas más espeluznantes.

Guernica, obra de Pablo Picasso

Cuando fumar era un placer cuasi erótico

Por Reinaldo Spitaletta

 

Se debe a la actitud misionera de Vargas Llosa que García Márquez hubiera dejado de fumar. Una noche, en Barcelona, en un bar de la calle Tuset, el peruano que, como todo converso, se torna absolutamente intolerante con los practicantes de su antiguo credo, o, al contrario, se vuelve un apóstol audaz y hasta cansón del nuevo, una noche, digo, llena de murmullos (¿y de música de alas?), se puso a vociferar contra su antiguo vicio, y sus historias sobre los estragos de la nicotina pusieron morado del horror al colombiano, que arrojó a la pista la cajetilla de cigarrillos con el juramento de que jamás volvería a fumar. Y parece que lo cumplió.

 

En los tiempos del tango aquel de “fumar es un placer, genial, sensual…” quizá el mundo estaba pletórico de humos y boquillas. Y todavía faltaban muchos años para que comenzaran las campañas universales contra el cigarrillo. Ya Antón Chejov había escrito su humorístico monólogo Sobre el daño que causa el tabaco, y Luis Tejada compuesto un bello elogio al cigarrillo, y la gente fumaba en los cines, mientras veía, por ejemplo, a la seductora Marlene Dietrich en poses electrizantes con el pucho entre los dedos. O en su boquita pintada. Todo se iba en bocanadas. El cine, desde comienzos del siglo XX, era un vehículo publicitario para los “peches” y le otorgaba al hábito un carácter de glamour y elegancia. Fumar era un ejercicio casi erótico y así lo hacían ver numerosas estrellas cinematográficas, como Gary Cooper, Humphrey Bogart, Mae West, Cary Grant, Montgomery Clift, James Dean, Randolph Scott, Liv Ullman. Cuentan que a muchos artistas las tabacaleras les pagaban para que aparecieran en las películas con el cigarrillo en los labios.

 

En otro tiempo, fumar daba caché. Era normal tener el cigarrillo como una especie de ingenua transgresión en la edad escolar. Empecé a aspirar President en tercero de primaria. Se los compraba a un “chacero” que se instalaba junto al Teatro Bello y de cuyo nombre ya no me acuerdo. A la salida de clases, y si no había una pelea que mereciera atención y careos, o si uno no era el protagonista de ella, nos agazapábamos en alguna esquina a jugar con el humo, a crear volutas en espiral o figuras de fantasía. Había muchachos expertos en dibujar en el aire diferentes monstruos. Y la imaginación ayudaba. Fumar, como, más tarde, poder entrar a un bar, “graduaba de hombre”.

Dentro de aquella serie de candideces estaba la de coleccionar cajetillas de cigarrillos, y era un lujo tener las de Mapleton y Viceroy, por ejemplo. Las de Lucky Strike eran más comunes y sobre este cigarrillo, el “cinco letras”, de agradable olor y sabor, pesaba el estigma de que solo lo consumían los marihuaneros. Por lo cual, fumarlo, era un modo de ir en contravía.

 

Fumar, como alguna vez dijo Vargas Llosa, “constituye un cataclismo sin remedio para cualquier organismo, y más hoy día cuando se conocen todos los daños que causa”. Hoy, en países como Estados Unidos que, paradójicamente, es el que más compañías tabacaleras tiene, el fumador es visto como un ser extemporáneo, alguien que no se quiere a sí mismo y pretende dañar a otros. Ya no existe, por supuesto, la imagen romántica del fumador, ni mucho menos la creencia de que quien fumaba tenía aires intelectuales. Ya quien fuma no luce interesante, ¿o sí? Y menos en Nueva York, donde ahora, se prohíbe fumar en todos los lugares públicos. Lo que en cierto sentido es una coerción a la libertad individual.

 

Hace algún tiempo me encontré a un amigo que, en otros tiempos, se fumaba hasta tres paquetes al día. Aunque luce una barriga de obispo opulento, se nota más saludable. Me dijo que había recuperado los olores de la vida y no se asfixiaba subiendo escaleras. Lo único que atiné a decirle que, como tantos “arrepentidos”, no fuera a dedicarse a rezar, ni volverse paranoico con los fumadores. De igual modo, me acordé de Mark Twain cuando decía que dejar de fumar es muy fácil; él lo había dejado más de dos mil veces. Y también de Mercedes Sosa que alguna vez declaró que lo mejor para no sentirse solo eran un libro y un cigarrillo. Y ya que andamos tan metidos en este “humero”, creo que la más placentera bocanada que haya visto jamás es la del actor Danny DeVito, en La guerra de los Roses. Está realizada con tantas ganas, con tanto placer, que no es apta para quienes hayan dejado de fumar recientemente o hace años. Es irresistible.

 

Estamos en la era antitabaco, en los días de adoración al cuerpo, de las comidas y noticias light y de buscar una salud adecuada. Cada vez hay más gente con aparatos de gimnasia en la casa (algunos se oxidan por falta de uso) y son más los que madrugan a trotar y caminar, y los que fuman son vistos como engendros diabólicos, como solitarios que ya no pueden practicar su adicción en cualquier parte y que a veces son tratados como los leprosos medievales. “Es mejor morirme sano”, dice un bioenergético. Fumar, según parece, ya pasó a la historia. La escritora uruguaya Cristina Peri Rossi, desertora del cigarrillo, publicó un libro titulado Cuando fumar era un placer. “En la época del culto a la salud, al cuerpo, a la belleza, a los refrescos light y a la dieta mediterránea, fumarse un cigarrillo después de una comida compuesta por lechuga, tomates, zanahorias, espárragos, pechuga de pollo asada y fruta fresca es algo así como una herejía”, dice.

 

En La conciencia de Zeno, de Italo Zvevo, un hombre de cincuenta y siete años, fumador empedernido, se somete a sesiones de psicoanálisis para tratar de saber de dónde le viene su adicción al tabaco. No se las recomiendo a quienes hayan dejado de fumar hace poco. Bueno, como sea, hubo tiempos en que fumar representó un ejercicio de la soledad y de la compañía, en que el cafetín nos dio el asombro y el cigarrillo, como en un tango de Discépolo. No sé qué tan válido sea hoy entonar aquello de “es mi fumar un edén” y pedir el humo de tu boca, que en mí, pasión provoca, para que, al final de cuentas, el calor del humo embriagador acabe “por prender la llama ardiente del amor”. Quizá ya sea parte de una arqueología. Pero no se puede negar: escuchando ese tango de 1922 (de Juan Viladomat y Félix Garzo), dan enormes ganas de fumar.


Marlene Dietrich

Los golpes de César Vallejo

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Los pueblos existen gracias a los poetas. Ellos son sus inventores, dadores de identidad. Ellos, tan audaces, se parecen a los dioses, sobre todo a aquellos que carecen de prepotencia. Creo que, por ejemplo, Antioquia existe gracias a Tomás Carrasquilla. Sin él, sin su literatura, que nos desnudó y nos mostró con vicios y virtudes (más los primeros que los últimos), no existiríamos.

 

Antes de que América Latina comenzara a tener noción de sí misma, cuando todavía no rompía con la mentalidad colonial española y caía con estrépito en la colonización de nuevo cuño de los Estados Unidos, un poeta nos puso a reflexionar desde nuestra perspectiva, nos mostró la luz, con sus conjuros nos reveló el mundo. Y rompió las cadenas.

 

Poesía es nombrar la tierra. O renombrarla. Darle otra manera de la respiración. Sirve, si vamos a ser utilitaristas, para encontrarnos con nosotros mismos. O, como lo hizo un peruano universal, para que no siguieran creyendo los potentados de otras coordenadas que América era aún un conglomerado de salvajes por redimir. O por civilizar.

 

Y en este punto surgen la figura y la voz de César Vallejo (Santiago de Chuco, 1892-París, 1938), aquel que quería morir en París con aguacero “un día del cual tengo ya el recuerdo”. Poeta del dolor y de las tristezas de un continente, pero, a su vez, del enaltecimiento del hombre, de aquel que es víctima, de ese otro al que le han quitado la palabra. Y la tierra.

 

La palabra de Vallejo logra resucitar cadáveres, le da un poder de resucitación a la masa, y, de otra parte, otorga a nuestra lengua nuevas sonoridades, incorpora nuevas palabras, como sucede, digamos, en su libro Trilce: “Rumbé sin novedad por la veteada calle / que yo me sé. Todo sin novedad, / de veras. Y fondeé hacia cosas así, / y fui pasado”.

 

Poeta de las cárceles y de la libertad, Vallejo nos golpea con su sentido de lo humano y de lo divino: “hay golpes en la vida tan fuertes… ¡Yo no sé! / Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos / la resaca de todo lo sufrido / se empozara en el alma… ¡Yo no sé!”.

 

La poesía lo es cuando renueva, cuando penetra en la sangre, cuando es capaz de hacer llover sangre hacia el cielo (¡ay, Miguel Hernández!), cuando es capaz de decir -como el inca- que el hombre es tierra que anda. Como nos hemos vuelto necrófilos hay que decir por qué diablos estamos escribiendo hoy sobre Vallejo. Puede ser porque aquel era un poeta que prosaba versos, o por un aniversario de su muerte, que no es muerte. Se murió en París un viernes santo, con un aguacero de palabras. O porque repasando estanterías he sacado otra vez un vetusto libro suyo y lo he abierto en cualquier página y su luz me ha conmovido y deslumbrado.

 

Cuentan que el médico de Vallejo, cuando el poeta estaba en sus postrimerías, dijo: “Este hombre se está muriendo y yo no sé de qué”. Se murió tal vez de mestizaje, de cierta melancolía o de acordarse sin remedio de haber nacido un día en que Dios estuvo enfermo. En realidad, de qué mueren los poetas. No falta el que lo consuma la tristeza tras haberle cantado a una humanidad autodestructiva. O el que se extingue tras ver caer tantos hombres en la guerra. Vallejo se murió de dolores, de dolores ajenos (como Discépolo, poeta de tango), porque sabía que -desgraciadamente- “el dolor crece en el mundo a cada rato”.

 

O como él lo escribiera de modo perturbador: (el dolor) “crece a treinta minutos por segundo, paso a paso, y la naturaleza del dolor es el dolor dos veces…”. El poeta, dotado de antenas, más sensible que el mortal humano, sabe que hay dolor en el pecho, en la cartera, en el vaso y la solapa y la carnicería. Y en la aritmética.

 

Presumía que había dolores en los tratados comerciales y en las transacciones bursátiles. Y hasta en el avaro que se deja crecer la panza, pero también las arcas. “Jamás, señor ministro de salud, fue la salud más mortal”: Que ni que estuviera hablando con algún ministril colombiano. Aquí la salud está cada vez más enferma. Gajes del nada poético neoliberalismo.

 

César Vallejo sufría solamente: “Yo no sufro este dolor como César Vallejo. Yo no me duelo ahora como artista, como hombre ni como simple ser vivo siquiera. Yo no sufro este dolor como católico, como mahometano ni como ateo. Hoy sufro solamente. Si no me llamara César Vallejo, también sufriría este mismo dolor”.

 

Vallejo supo de pobrezas y marginaciones, de adoloridas infancias, de subversiones poéticas. Ya en Europa sobrevivió con el periodismo y vivió, hacia adentro, de la poesía. “Todos los días amanezco a ciegas, a trabajar para vivir”.

 

La ventaja de los poetas es que se mueren para seguir viviendo, como el cadáver de Vallejo: todos los hombres de la tierra lo rodearon y el “cadáver triste, emocionado” se abrazó el primer hombre y echó a andar. ¿Vallejo nos sigue inventando? ¡Yo no sé!.

 

César Vallejo, poeta peruano y universal

Corbatas en el cuello del asesino

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

El asesino de Jorge Eliécer Gaitán, Juan Roa Sierra, a su vez muerto a golpes por una turba, en su mayoría de loteros y emboladores, el 9 de abril de 1948 tenía dos corbatas anudadas a su cuello, en un hecho tan misterioso, como oscura sigue siendo hoy la autoría intelectual del magnicidio. Felipe González Toledo, tal vez el más importante cronista judicial del siglo XX en Colombia, fue uno de los que estuvo junto al cadáver de Roa: “Es extraño, pero anudadas al cuello tenía el cadáver dos corbatas. La una de fondo azul oscuro con franjas de color vino tinto. La otra, punteada y de color indefinible”, relata en una crónica del semanario Sucesos. El cuerpo estaba casi desnudo, a no ser por un “jirón de ropa interior” que le quedó después de que la muchedumbre lo arrastró por las calles.

 

También tenía un anillo de metal blanco, con una calavera sobre dos tibias cruzadas, entre una herradura. Digamos que el símbolo de la muerte venció al de la “buena suerte”. Pero el asunto de las corbatas sí es un genuino enigma. Porque si esta prenda, más bien inútil, estorba y casi ahorca al que la porta enroscada a su cuello, llevar dos sí es el colmo. Claro que es inexplicable cómo se conservaron las dos en el cuerpo del desdichado criminal, porque, de haberlas tenido en el momento de su apresamiento por la masa, de ahí lo habrían agarrado y quizá no hubiera muerto por los puños, patadas y pisotones, sino que de ellas lo hubiesen colgado.

 

La corbata, que es como llevar una serpiente al cuello, según la exitosa comparación de Luis Tejada, más que un símbolo de elegancia y distinción, que han sido los motes endilgados desde su aparición, es del sofocamiento y la incomodidad. Y aún más si se pone en tierra caliente. En 1635, llegaron a París, para apoyar al rey de Francia, tropas de Croacia que, según cronistas, “vestían unos pintorescos echarpes alrededor del cuello”, y como nadie más esnobista que los parisinos (ah, bueno, también los argentinos y los paisas), siempre atentos a cuestiones de las apariencias, adoptaron con entusiasmo el implemento. Y listo: nació con origen croata, la corbata, relacionada con la finura en el vestir y toda la parafernalia que a su alrededor se ha armado.

 

Hubo en Londres, en el siglo XVII, un personaje extravagante, llamado Lord Brummel, que hizo célebres sus sesiones de casi una hora, dedicadas a ponerse la corbata, con la asistencia de dos criados. De ahí, seguramente, viene el denominado arte de anudarse la corbata, sobre el cual se han escrito tratados, cada vez con más variaciones en los nudos.

 

En la década del sesenta del siglo XX, la corbata atravesó por momentos difíciles. Porque si bien en muchos clubes de sociedad, discotecas, salones refinados y otros lugares, era requisito de entrada, la juventud de esos años la cuestionó y le pareció un trapo ridículo y sin ningún rol necesario en la indumentaria. Y así, muchos peludos y barbudos, acaudillaron la descorbatización hasta lograr que en determinados sitios fuera, por el contrario, una transgresión lucirla. No sé de quién es un relato que leí hace tiempos en el que un hombre vaga por el desierto, sin encontrar agua ni ningún oasis. De pronto, ve un viajero y cree en él tener la salvación. Pero en vez de agua lo que le ofrece en venta es una corbata. “Para qué una corbata, si lo que tengo es sed”, dirá el pobre tipo, y así continuará por las arenas, hasta encontrar otro hombre que le sale con la misma historia, y más allá otro con igual oferta, pero nada de agua. De repente, a lo lejos, vio lo que parecía ser un hotel. “¿Será un espejismo?”, conjeturó el sediento. En efecto, era un hotel, al que no lo dejaron entrar por carecer de corbata. Se pudiera especular tantas cosas, que el destino, que el azar, pero tal vez hubiera sido mejor viajar de corbata por el desierto. Y la agonía hubiera sido otra.

 

Sobre la corbata y sus maneras de anudarla se han tejido leyendas y agüeros. Uno dice que si en el día de la boda se lleva la corbata torcida, significa infidelidad; si se lleva más arriba del ombligo, impotencia. Y otras tontadas. Lo que sí parece ser más verídico es que si se ajusta mucho el nudo se corre el riesgo de padecer glaucoma, según una investigación realizada por médicos del Instituto de Ojos y Oídos de Nueva York, lo cual significa que todos aquellos que gustan apretarse mucho la corbata en la creencia de lucir como dandis, pueden terminar ciegos. No importa si la prenda es de costosa seda italiana o de algodón. En este caso, la serpiente es igual de venenosa.

 

Volviendo a las notas judiciales, en un pueblo de Chile, Talca, hubo hace algún tiempo gran conmoción, en especial entre los profesores y alumnos de un instituto, cuando se dieron cuenta de la muerte del profesor de filosofía. El cuerpo del académico lo encontraron un sábado, sobre su cama, amordazado y atado de pies y manos con corbatas. Lo más significativo es que ya el hombre había decidido, desde hacía rato, no volver a usarlas. De ese modo podría especularse que se trató de una venganza de ellas al verse desplazadas y condenadas a envejecer en un armario.

 

Después de más de trescientos años de estar molestando, según unos, o adornando los cuellos, según otros, la corbata no parece estar en extinción, aunque cada vez tiene menos presencia en las oficinas los fines de semana. Debería ampliarse esta gracia, hasta llegar al punto en que se convierta en un elemento exótico y grotesco. Y al cual se le pueda expedir, sin muchos fastos ni lamentos, la partida de defunción. En las películas de James Bond sorprende que el agente británico, después de peleas increíbles, apenas se le afloje el nudo de la corbata, y como el Martini que suele pedir, quede “agitado, no revuelto”.

 

En todo caso, las damas parecen más inteligentes, pero, sobre todo, más femeninas, al no usar corbata, aunque la bella Diane Keaton, en el filme Annie Hall, de Woody Allen, haya lucido esa incómoda prenda. De cualquier modo, sigo creyendo que la corbata es de lo más inútil que hay, aunque nunca está por demás llevar una si se va al desierto. Lo que aún sigue en el limbo de la historia, es por qué el asesino de Gaitán tenía dos corbatas en su cuello.