Corbatas en el cuello del asesino

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Por Reinaldo Spitaletta

 

El asesino de Jorge Eliécer Gaitán, Juan Roa Sierra, a su vez muerto a golpes por una turba, en su mayoría de loteros y emboladores, el 9 de abril de 1948 tenía dos corbatas anudadas a su cuello, en un hecho tan misterioso, como oscura sigue siendo hoy la autoría intelectual del magnicidio. Felipe González Toledo, tal vez el más importante cronista judicial del siglo XX en Colombia, fue uno de los que estuvo junto al cadáver de Roa: “Es extraño, pero anudadas al cuello tenía el cadáver dos corbatas. La una de fondo azul oscuro con franjas de color vino tinto. La otra, punteada y de color indefinible”, relata en una crónica del semanario Sucesos. El cuerpo estaba casi desnudo, a no ser por un “jirón de ropa interior” que le quedó después de que la muchedumbre lo arrastró por las calles.

 

También tenía un anillo de metal blanco, con una calavera sobre dos tibias cruzadas, entre una herradura. Digamos que el símbolo de la muerte venció al de la “buena suerte”. Pero el asunto de las corbatas sí es un genuino enigma. Porque si esta prenda, más bien inútil, estorba y casi ahorca al que la porta enroscada a su cuello, llevar dos sí es el colmo. Claro que es inexplicable cómo se conservaron las dos en el cuerpo del desdichado criminal, porque, de haberlas tenido en el momento de su apresamiento por la masa, de ahí lo habrían agarrado y quizá no hubiera muerto por los puños, patadas y pisotones, sino que de ellas lo hubiesen colgado.

 

La corbata, que es como llevar una serpiente al cuello, según la exitosa comparación de Luis Tejada, más que un símbolo de elegancia y distinción, que han sido los motes endilgados desde su aparición, es del sofocamiento y la incomodidad. Y aún más si se pone en tierra caliente. En 1635, llegaron a París, para apoyar al rey de Francia, tropas de Croacia que, según cronistas, “vestían unos pintorescos echarpes alrededor del cuello”, y como nadie más esnobista que los parisinos (ah, bueno, también los argentinos y los paisas), siempre atentos a cuestiones de las apariencias, adoptaron con entusiasmo el implemento. Y listo: nació con origen croata, la corbata, relacionada con la finura en el vestir y toda la parafernalia que a su alrededor se ha armado.

 

Hubo en Londres, en el siglo XVII, un personaje extravagante, llamado Lord Brummel, que hizo célebres sus sesiones de casi una hora, dedicadas a ponerse la corbata, con la asistencia de dos criados. De ahí, seguramente, viene el denominado arte de anudarse la corbata, sobre el cual se han escrito tratados, cada vez con más variaciones en los nudos.

 

En la década del sesenta del siglo XX, la corbata atravesó por momentos difíciles. Porque si bien en muchos clubes de sociedad, discotecas, salones refinados y otros lugares, era requisito de entrada, la juventud de esos años la cuestionó y le pareció un trapo ridículo y sin ningún rol necesario en la indumentaria. Y así, muchos peludos y barbudos, acaudillaron la descorbatización hasta lograr que en determinados sitios fuera, por el contrario, una transgresión lucirla. No sé de quién es un relato que leí hace tiempos en el que un hombre vaga por el desierto, sin encontrar agua ni ningún oasis. De pronto, ve un viajero y cree en él tener la salvación. Pero en vez de agua lo que le ofrece en venta es una corbata. “Para qué una corbata, si lo que tengo es sed”, dirá el pobre tipo, y así continuará por las arenas, hasta encontrar otro hombre que le sale con la misma historia, y más allá otro con igual oferta, pero nada de agua. De repente, a lo lejos, vio lo que parecía ser un hotel. “¿Será un espejismo?”, conjeturó el sediento. En efecto, era un hotel, al que no lo dejaron entrar por carecer de corbata. Se pudiera especular tantas cosas, que el destino, que el azar, pero tal vez hubiera sido mejor viajar de corbata por el desierto. Y la agonía hubiera sido otra.

 

Sobre la corbata y sus maneras de anudarla se han tejido leyendas y agüeros. Uno dice que si en el día de la boda se lleva la corbata torcida, significa infidelidad; si se lleva más arriba del ombligo, impotencia. Y otras tontadas. Lo que sí parece ser más verídico es que si se ajusta mucho el nudo se corre el riesgo de padecer glaucoma, según una investigación realizada por médicos del Instituto de Ojos y Oídos de Nueva York, lo cual significa que todos aquellos que gustan apretarse mucho la corbata en la creencia de lucir como dandis, pueden terminar ciegos. No importa si la prenda es de costosa seda italiana o de algodón. En este caso, la serpiente es igual de venenosa.

 

Volviendo a las notas judiciales, en un pueblo de Chile, Talca, hubo hace algún tiempo gran conmoción, en especial entre los profesores y alumnos de un instituto, cuando se dieron cuenta de la muerte del profesor de filosofía. El cuerpo del académico lo encontraron un sábado, sobre su cama, amordazado y atado de pies y manos con corbatas. Lo más significativo es que ya el hombre había decidido, desde hacía rato, no volver a usarlas. De ese modo podría especularse que se trató de una venganza de ellas al verse desplazadas y condenadas a envejecer en un armario.

 

Después de más de trescientos años de estar molestando, según unos, o adornando los cuellos, según otros, la corbata no parece estar en extinción, aunque cada vez tiene menos presencia en las oficinas los fines de semana. Debería ampliarse esta gracia, hasta llegar al punto en que se convierta en un elemento exótico y grotesco. Y al cual se le pueda expedir, sin muchos fastos ni lamentos, la partida de defunción. En las películas de James Bond sorprende que el agente británico, después de peleas increíbles, apenas se le afloje el nudo de la corbata, y como el Martini que suele pedir, quede “agitado, no revuelto”.

 

En todo caso, las damas parecen más inteligentes, pero, sobre todo, más femeninas, al no usar corbata, aunque la bella Diane Keaton, en el filme Annie Hall, de Woody Allen, haya lucido esa incómoda prenda. De cualquier modo, sigo creyendo que la corbata es de lo más inútil que hay, aunque nunca está por demás llevar una si se va al desierto. Lo que aún sigue en el limbo de la historia, es por qué el asesino de Gaitán tenía dos corbatas en su cuello.


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4 comentarios

  1. Si es tan aburrida y peligrosa, no olviden el famoso corte de corbata, un invento colombiano de baja estofa, que ha dado muchas lineas en los periodicos, porqué no la hacen prohibir por ley? Ustedes mismos, mis queridos machos, se pusieron el trapo al cuello. Ah, es divertido en las Islas Bermudas, que no de los Bermúdez, se ponen esos calzones sin mangas largas con calcetines y sujetacalcetines tipo ligas, todo a la vista, con camisa de cuello y….CORBATA! Por ello las mujeres no tenemos ninguna prenda ajustada al cuello y con nudo, se presta para feminicidios involuntarios…..

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  2. José M. Ruiz

     /  diciembre 3, 2013

    El temor a morir ahorcado, me ha impedido usarla…

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  3. Es que la corbata debería tener algún artificio de seguridad que les evite a los hombres la posibilidad de morir a lo Isadora Duncan, deberían rediseñarla, como la que se ponen de uniforme los niños de colegios elegantes, con un resorte de seguridad. Además saber hacerse el nudo es una asignatura que muchos se pasaron por la faja. Aún recuerdo en época de grados de colegio, todos los vecinos acudían a que en casa mi madre les hiciera el nudo y al teminar la velada, se la sacaban sin deshacer el nudo, aflojándolo apenas y así permanecía en los armarios por sécula seculorum. Tal vez dos parroquianos vieron la oportunidad de poner su firma en la lapidada a Juan Roa Sierra, haciéndole de corbatero ambulante y por ahí derecho deshaciéndose de tales colgandejos tan peligrosos en una asonada como esa.

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  4. rosa moreno

     /  diciembre 4, 2013

    Ve, querido ¡qué cosa tan estupenda!   cordialmente  rosa ________________________________

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