Profesores de los días felices (5)

 

Don Alirio Tinto: una encíclica y el Manifiesto Comunista

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Antes de cumplir los doce años, supe que existía el Manifiesto Comunista y que la Iglesia tenía una doctrina social. Las clases de religión, que de todo tenían menos de dogmas, o por lo menos de credos, las dictaba un señor de bigote delgado y ojos enrojecidos, que fumaba Pielroja y a veces sacaba paquetes de Lucky Strike y que, por tomar tinto a toda hora, lo llamaron los pelados de la Preparatoria Marco Fidel Suárez, Alirio Tinto.

 

Atrás, como en un pasado remoto, había quedado el Catecismo del padre Gaspar Astete, que había que recitar de memoria, y a veces, por molestar o salirnos de la solemnidad, alguno cambiaba palabrejas, y así el “somos cristianos por la gracia de Dios”, podía tornarse en “sos un marrano por la grasa de Dios” y otras infantiladas. El caso es que don Alirio, de pelo negro peinado hacia atrás y una actitud de parecer importarle poco la existencia, con cierto desdén hacia el mundo, llegaba a veces y hablaba de León XIII y su encíclica de fines del siglo XIX, Rerum Novarum, que buscaba que la Iglesia, según él, tuviera en cuenta el trabajo, los obreros, el capital, y decía que era una posición inteligente para salirle al paso a otra doctrina, el marxismo, que estaba organizando trabajadores y promoviendo sindicatos. No entendíamos casi nada sobre sindicatos, y entonces él explicaba algo al respecto y mencionaba centrales obreras.

 

Discurría sobre el trabajo, la lucha de los obreros en el siglo XIX por los tres ochos (ocho horas de trabajo, ocho de descanso y ocho de educación), las clases sociales y no sé qué otros temas, relacionados, eso sí, con protestas y descontentos, aunque no recuerdo si nos refirió aspectos de la revolución cubana y el Che Guevara, que entonces estaban en boga. Don Alirio tenía un aire como de pertenecer a otra época, quizá le hubiera gustado ser un mosquetero o haber vivido en los tiempos de la revolución rusa. Son suposiciones de ahora, porque entonces, pese a que sus clases eran atractivas, uno estaba menos interesado en revueltas y guerras de religión, que en esperar a que sonara la campana para ir corriendo al patio de recreo.

 

Por aquellos días, también de agitaciones en Colombia, tres soldados de a caballo pasaron por enfrente de la escuela. Varios muchachos estábamos arriba, en la parte alta de las escaleras de la entrada principal, cuando uno de los estudiantes dijo: “Qué negrito tan querido”. Se refería a uno de los cuadrúpedos. El que lo montaba saltó, subió las gradas en segundos y propinó un puño al chico. Me quedé pasmado. “¿Quién es el negro creído, ah?”, se preguntaba el colérico uniformado, al tiempo que tornaba a montarse en la bestia, aunque la bestia era él.

 

El año del quinto elemental, en el que profesores como Darío García, alias Fosforito, nos entusiasmaba con experimentos de ciencias naturales, y Hernando Zapata, alias Corchete, nos hipnotizaba con números y operaciones aritméticas, al tiempo que Castor Rave, sin alias alguno, nos miraba con ojos de basilisco por alguna pilatuna en el aula, don Alirio Aguirre comentaba sobre una nave espacial americana que se había chocado en Venus. Ah, fueron los días (lo supe después) en que John Lennon dijo que los Beatles eran más populares que Jesucristo y en China se iniciaba la Revolución Cultural. Eran los tiempos de coleccionar cromos o caramelos, algunos de estrellas del cine, y otros de estrellas del fútbol. Ese año, los pataduras de Inglaterra fueron los campeones del mundo.

 

Don Alirio, caricolorado y siempre echando bocanadas de humo, vivía a pocas cuadras de la escuela. A veces, se le veía en el balcón de su casa, en Bello, con el infaltable pocillo de café negro. Gracias a sus parlas de clase, leí más tarde el Manifiesto, de Marx y Engels, al que a un poeta colombiano su lectura le extinguió la angustia existencial, y me conmovió su comienzo, tan memorable como el de la Divina Comedia, la Odisea, La Metamorfosis, Moby Dick, El viejo y el mar, Cien Años de Soledad, La Vorágine o el Quijote.

 

El profesor de religión nos inculcó (o por lo menos a mí), tal vez sin proponérselo, el interés por las gestas y movimientos sociales. Creo que gozaba de la facultad del desparpajo y su luz era más luminosa que la que emitían los fósforos cuando prendía sus cigarrillos en clase.

 

 

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2 comentarios

  1. Feliz año rei mago, gracias por escribir y hacer soñar….. un abrazo.

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  2. Eufrasio Guzman Mesa

     /  diciembre 31, 2013

    Bellas pginas, inolvidables regalos

    Eufrasio

    Date: Tue, 31 Dec 2013 16:20:11 +0000 To: tirtamo@hotmail.com

    Responder

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