Evocando a Roberto Goyeneche

 

 

           

Qué falta nos hacés, Polaco

 

 

Por Reinaldo Spitaletta                                                    

 

¿Quién era ese cantor que sugería silencios, cantaba el punto y coma, y se quería morir en cada irrepetible interpretación? ¿Quién era ese fraseador impecable que, según tantos, aficionados y críticos y tratadistas, fue el vocalista con más calidad expresiva que ha tenido la canción de Buenos Aires? Roberto el Polaco Goyeneche (29 de enero de 1926-27 de agosto de 1994) cuando se murió era una leyenda popular, amado por rockeros y músicos de otros géneros, y, por supuesto, por los seguidores del tango. La leyenda continúa. Y crece con el tiempo.

Entre los militantes de la logia tanguera (bueno, también entre los de la salsa, la ópera, el jazz…) siempre se dan discusiones, casi siempre bizantinas, muchas de las cuales pueden terminar a insultos y puñetazos, como si se discutiera de fútbol o política: qué este es el mejor, que el dios es Gardel y los demás son sus querubines, que en el Olimpo están también Marino y Floreal y Dante y Durán y Rufino y Morán y Rivero y Sosa y Berón.

No importa. La lista de los elegidos es más extensa. Pero, sin duda, el Polaco (bautizado así por el Paya Díaz) dejó un legado de excelente interpretación, un artista ‘con vicios de cantor’. Poseedor de un oído absoluto, que jamás desafinó, ni siquiera en sus tiempos de decadencia, cuando su garganta con arena seguía atrayendo a los duendes de la noche porteña.

Goyeneche se inventó a sí mismo, con un estilo heterodoxo, respetuoso de la gramática y de las letras, que, como diría el finado periodista argentino Jorge Göttling, llenó el tango de sugestión y lo hizo más creíble. Más cercano. Su modo de cantar, de decir, hizo que, en diversos escenarios, lo compararan con Sinatra, con Maurice Chevalier o con Edith Piaf, como pasó en sus presentaciones en París. En su debut en el teatro Chatelet de la capital francesa, con un auditorio sapiente que no sabía español pero entendía la calidad del artista, Goyeneche cautivó tanto (y a tantos) que en los diarios lo calificaron como “el nuevo gorrión de París”.

“Goyeneche es capaz de enmudecer al público leyendo la Biblia o la guía telefónica”, según un comentario de Le Monde. Su estilo, tantas veces irreverente, hipnotizó en su patria tanto a los amantes del género como a los jóvenes rockeros, porque, para Goyeneche, nunca el tiempo pasado fue mejor. Siempre estaba en renovación. “Tanta fue la veneración popular que, sobre el final, con la respiración empaquetada por el rigor del enfisema, el público aplaudía hasta su tos”, declaró Göttling.

Tal vez uno de los momentos cumbre del cantor fue su concierto de 1982 en el teatro Regina de Buenos Aires con Astor Piazzolla. A ambos siempre les molestó lo repetido, ‘la naftalina’, y ambos, a su modo, eran revolucionarios, vanguardistas. Innovadores. Piazzolla calificó ese encuentro como una ‘unión de amor’, de la cual quedan versiones como Balada para un loco, Garúa, Cambalache y Chiquilín de Bachín, entre otras. “…Siempre digo que al que no le gusta Piazzolla se embroma. Mi madre siempre decía que los caballos no comen bombones y eso va para quienes no lo entienden: Piazzolla fue puesto por Dios para que le coloque membranas auditivas a la gente, para que la gente aprenda a escuchar. Cuando Dios lo puso sobre la tierra le dijo: ‘vaya y eduque a la gente. A los que tienen orejas de burro póngales membranas auditivas”, decía Goyeneche.

Desde su aparición como cantor, en la orquesta de Raúl Kaplún, en 1948, hasta sus días finales, Goyeneche entregó todo por el canto: “tu vida tiene un karma, cantar, siempre cantar”, le compuso Cacho Castaña, en una creación que se volvió un bello retrato del viejo Goyeneche. Otro de sus momentos históricos fue en 1991 en el espectáculo ‘El rock homenajea al tango’, en la Nueve de Julio, la avenida más ancha del mundo. El Polaco cerró una noche en la que habían desfilado, entro otros, Alejandro Lerner, Juan Carlos Baglietto, Fito Páez, Patricia Sosa. Cincuenta mil muchachos lo ovacionaron largamente.

La vida del Polaco fue una extensa lección de interpretación. Charles Aznavour, por ejemplo, se fascinaba con el modo de frasear del argentino. De su paso por el mundo quedan múltiples muestras de excelsa calidad, de la cual dan cuenta 349 grabaciones, sus apariciones en películas como Sur y El exilio de Gardel y cada noche de su ciudad, en la que renace.

Lo recuerdan, todavía, asuntos más elementales, como su barrio Saavedra, su equipo el Platense y alguna mesa de cafetín de Buenos Aires. El loco nos sigue invitando a volar por las cornisas con una golondrina en el motor. El día no amanece y es cuando hay que hacer un pedido inacabable e inevitable: Polaco, cantanos un tango más.

 

(En el aniversario del Polaco, mientras suena Una canción, de Troilo y Cátulo)

Roberto Goyeneche

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Masacre en la escuela

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

N.B. No sé quién, hace poco, me envió un enlace con la versión completa de la Cantata Santa María de Iquique, del conjunto Quilapayún, de Chile. Y entonces, después de mucho tiempo, la escuché completa. Era una versión en vivo de 2006 cuando ya los integrantes del elenco estaban viejos, pero seguían cantándola con fuerza y emoción, con sus trajes negros y sus voces con carácter. Recordé los setentas, con Violetas y Jaras, con carlospueblas y soledadesbravos, y con Joan Báez y alguna canción de Paco Ibáñez. Y rescaté las siguientes notas, mientras iba escuchando la cantata, que años ha tuve en long-play, perdido para siempre en la brumosa noche de las agitaciones y los gritos juveniles de revolución.

 

El capitalismo nació chorreando sangre y lodo por todos los poros. Lo escribió Marx, en El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte. Y, en efecto, la historia lo sigue demostrando. En procura de las ganancias sin límites se sacrifican obreros, se explotan trabajadores, se lleva al cadalso a quienes se oponen al desafuero y exigen sus derechos. Recuerdo que en los albores de la década del setenta comenzó a sonar casi sotto voce una creación del chileno Luis Advis, con la interpretación de un grupo devenido emblema de las luchas del pueblo chileno: Quilapayún. Se trataba de la Cantata Santa María de Iquique, inspirada en la masacre de obreros salitreros, acaecida el 21 de diciembre de 1907.

 

La canción se extendió por América y encendió la chispa de la indignación, en particular entre el estudiantado de entonces. Se cantaba en manifestaciones y se escuchaba en reuniones conspirativas. El pregón comenzaba así: “Señoras y señores venimos a contar/ aquello que la historia no quiere recordar. / Pasó en el Norte Grande, fue Iquique la ciudad. / Mil novecientos siete marcó fatalidad. / Allí al pampino pobre mataron por matar”.

 

A más de cien años de aquella matanza de obreros en Chile habría que recordarla también con la evocación de otros desafueros cometidos por el capitalismo. Apenas 21 años después de sucedidos los hechos sangrientos en Iquique, en Ciénaga, Magdalena, Colombia (también en un diciembre), caían acribillados cientos de trabajadores de la United Fruit Company, cuya historia ha estado ligada a la sangre y al despojo. El gobierno colombiano, presidido por el conservador Miguel Abadía Méndez, suscribía su peonaje a las trasnacionales y al imperialismo estadounidense.

 

El general Cortés Vargas pasaba a la historia de la infamia cuando ordenó la masacre de los trabajadores bananeros. Su papel de ignominia era la defensa del capital frente a las reclamaciones justas de la obrería y, más aún, la de acallar a bala la protesta de los explotados. Aquí, por ejemplo, la literatura -más que la historia- dio testimonio de aquellos sucesos en novelas como Cien años de Soledad, de García Márquez, y La Casa Grande, de Álvaro Cepeda Samudio, y cuentos como Si no fuera por la Zona, caramba, de Ramón Illán Bacca.

 

En Chile, durante el gobierno de Pedro Montt, se ejecutaron decenas de trabajadores del salitre que estaban en huelga en Iquique. También un general (Roberto Silva Renard) fue el encargado de conducir las tropas para exterminar a los obreros y reprimir con saña a los sobrevivientes de la matanza. Muchos años después de la masacre, la Cantata seguía denunciando la vejación: “Murieron tres mil seiscientos uno tras otro. / Tres mil seiscientos mataron uno tras otro. / La Escuela Santa María vio sangre obrera, / La sangre que conocía solo miseria”.

 

En América Latina la historia de los trabajadores está signada por la represión y los crímenes del capital. Para recordar otra muestra de la inhumanidad de este sistema de oprobio, vuelven a la memoria episodios de otra masacre, la de los cementeros de Santa Bárbara, Antioquia, el 23 de febrero de 1963, cuando eran ministro del Trabajo Belisario Betancur y gobernador del departamento Fernando Gómez Martínez. La orden era la de pasar el clinker y el cemento por encima de los huelguistas. Y así ocurrió. Una descripción de los acontecimientos la hizo el dirigente sindical Emilio Ospina: “Los soldados que en la tarde del 23 de febrero de 1963 la emprendieron contra los huelguistas de Cementos El Cairo tenían una orden: ¡matar! Descargaron los golpes en los cuerpos inermes y en las puertas y ventanas desguarnecidas. Vaciaron los proveedores de sus armas sobre los hombres, mujeres y niños caídos en la carretera. Dejaron el campo cubierto de muertos y heridos y del dolor y la ira de la clase obrera”.

 

Entre los muertos estaba la niña de 10 años María Edilma Zapata, convertida en símbolo de la lucha de los trabajadores cementeros de Colombia durante muchos años, y ahora tal vez olvidada, porque estos acontecimientos la historia oficial intenta siempre borrarlos, con el desvergonzado concurso de los medios de comunicación.

 

Las masacres de Iquique, Ciénaga, Santa Bárbara, entre tantas otras, dan fe del comportamiento del capitalismo frente a los trabajadores. Unas veces se acude a la fuerza; en otras, a la ley. Se modifican constituciones, se legisla contra el asalariado, se realizan reformas antipopulares, como ha sucedido en Colombia desde hace años. En diversas partes del mundo se siguen recordando los hechos de la escuela Santa María y se rinden homenajes a las víctimas de hace más de una centuria, enterradas en una fosa común por los militares chilenos. Sobre la cifra de muertos, así como sucedería con la de Ciénaga, no hay exactitud. Pero lo real es que en una y otra hubo una matanza de proporciones enormes. Las cifras de la de Chile oscilan entre 2.200 y 3.600 obreros asesinados.

 

La sonata vuelve a sonar. No como un asunto de nostalgia, sino de aporte a la historia de la clase obrera. Y como dice su canción final, la historia puede repetirse si no hay una actitud de lucha frente al atropello. Los héroes de Iquique vigilan. “Ustedes que ya escucharon / la historia que se contó / no sigan allí sentados / pensando que ya pasó…”.

 

http://www.youtube.com/watch?v=wd62_8xAHf4

Del crimen y otras perversiones imaginarias

 

(A propósito Del asesinato considerado como una de las bellas artes)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

1. Parte blanca (sobre crímenes ejemplares)

 

Le gustaba leer crónicas rojas, de esas que chorrean sangre y mercurio cromo por el papel, porque en ellas, según decía, podía captar la esencia del hombre y, al mismo tiempo, alimentar su inclinación por determinados crímenes que él calificaba de exquisitos, debido a los procedimientos, a cierta finura y precisión, a los modos del fácil acertar, por todo aquello que trascendía las técnicas (y la vulgaridad) y conducía a la perfección. De una manera arcana, era un admirador del victimario; para él, grande era Caín, que, con su fratricidio, en rigor quiso reivindicar la soledad. Caín -decía- fue un rebelde, un tipo en contravía, alguien que desobedeció a los dioses. Grande era Salomé, que pidió y le fue concedida la cabeza del Bautista, para ella un plato apetitoso, una muestra del poder de sus encantos; con éstos, todo podía conseguirlo, cualquiera besaría sus pies de danzarina, cualquiera podía perder su cabeza.

 

En fin, que el tipo se desvelaba con la lectura de expedientes, las reconstrucciones literarias de crímenes famosos, las novelas policíacas (en especial, aquellas en las que el asesino era el lector), y disfrutaba con la eficaz venganza del protagonista de El barril de amontillado, con la sangre de Duncan, el fantasma de Banquo, las historias de la guillotina (sobre todo, un relato de Washington Irving), ciertos cuentos de Marcel Schwob y Ambrose Bierce, y descubría en las croniquillas de sucesos una suerte de poética (palabras suyas) que lo fascinaba. Por eso, mantenía en la chaqueta los Crímenes ejemplares, de Max Aub, que él distorsionaba en sus conversaciones de café, y, claro, en sus repetidas alucinaciones.

 

En su más recóndita sentimentalidad quería ser un asesino famoso, como el barbudo que sacó para siempre de la pantalla de la vida a Sharon Tate, o como el que disparó contra John Kennedy, o como aquel otro que baleó a Lennon (llevaba en el bolsillo El cazador entre el centeno, de Salinger). Sin embargo, solo disfrutaba los crímenes de otros. Y los crímenes míticos, de epopeya, los novelescos, y muchos de los que se anunciaban en los periódicos, que a veces parecían pura ficción. Él, como tal, con su conciencia de hombre sano y libre y pagador de impuestos, era un respetuoso de la existencia, un enamorado de la convivencia, según decía.

 

Le atormentaba, no obstante, que ciertos crímenes no tuvieran un castigo ejemplar, sobre todo aquellos cometidos sin limpieza, sin talento. He aquí una vulgar relación de algunos de ellos: Se había impresionado mucho con aquel hombre que le rajó el vientre a su amante, en el momento en que hacían -o intentaban hacer- el amor, porque ella, mientras él la cabalgaba, miraba al techo, ida, sin interés, con aire de aburrimiento. El asesino -amante sensible- fue declarado inocente, en un juicio que no es del caso reproducir en estas páginas. Tampoco quedó muy satisfecho, o mejor dicho, su indignación fue mayúscula con el asesino de la motosierra, aquel que taló, primero, las piernas de su víctima y, después, sin técnica alguna, lo degolló. Jamás se descubrió el autor del siniestro hecho.

 

Disfrutaba, por el contrario, con la lectura de notas judiciales como la que narraba el modo en que una chica mató a su pequeña hermana, la noche de Navidad, para que todos los traídos del Niño Jesús le quedaran a ella. O con aquella otra del sujeto que, una tarde de aburrimiento, acosado por un ineludible tedio como de domingo, le regaló a un transeúnte un par de puñaladas mortales, en la creencia de que así se atacaba la monotonía. Ah, y casi se desarticula de la risa cuando leyó el caso de un hombre que volvió picadillo a un lotero, pero no porque este no vendiera nunca el premio gordo, sino porque, en general, se ponía pesado con la clientela, perseguía al probable comprador, lo acosaba, lo angustiaba con retahílas acerca de la suerte, le echaba una cantilena sobre el azar y lo ponía con los pelos de punta debido a tanta impertinencia. “Lo maté en nombre de todos”, le dijo al juez.

 

En el fondo, él era un buen hombre (y en la superficie, también, dijo una señora), con un excelso sentido del humor. Hubiera podido matar a cualquiera solo por no darle un disgusto. Pero siempre se contuvo. No se permitió exacerbaciones ni calenturas. Tantas veces pudo apuñalar, disparar, rajar con el hacha la cabeza de alguien, pero su temple se lo impidió. En verdad, su placer estaba sustentado en la lectura de casos de sangre, en el poder soñar con ellos, en el de darles a su manera otros desenlaces. No carecía de inventiva.

 

Un día escribió lo siguiente: “Lo maté porque me miraba con su solo ojo, un ojo como de gallinazo, inquisidor. No apartaba de mí su impar vista, con burla. Y me clavaba su odio desde esa pupila incandescente, diabólica. Entonces no resistí más, desenfundé un enorme clavo y me abalancé contra él. El ojo saltó, pero el clavo siguió entrando, hasta que el hombre no se movió más”.

 

No podía ocultar, por otra parte, su simpatía por aquel hombre, acusado de asesinato, que contó así su caso: “Íbamos como sardinas y aquel hombre era un cochino. Olía mal. Todo le olía mal, pero sobre todo los pies. Le aseguro a usted que no había manera de aguantarlo. Además, el cuello de la camisa, negro, y el cogote mugriento. Y me miraba. Algo asqueroso. Me quise cambiar de sitio. Y, aunque usted no lo crea, ¡aquel individuo me siguió! Era un olor a demonios, me pareció ver correr bichos por su boca. Quizá lo empuje demasiado fuerte. Tampoco me van a echar la culpa de que las ruedas del camión le pasaran por encima”.

 

A la luz de la ortodoxia, era un individuo extraño; sin embargo, era pulcro en sus apreciaciones sobre el crimen, el cual era su pasatiempo, su afición intelectual. Para él, el acto de matar a un semejante, independientemente de sus efectos morales, poseía una dosis de deslumbramientos, siempre y cuando hubiera en el asesino, aparte de una conciencia del hecho, un asomo de belleza en su ejecución. Él tenía las manos limpias; era solo un diletante. No aspiraba a contaminarse.

De los crímenes ejemplares, traídos por Max Aub, el que más le impactaba era el siguiente: “Matar a Dios sobre todas las cosas, y acabar con el prójimo a como haya lugar, con tal de dejar el mundo como la palma de la mano. Me cogieron con la mano en la masa. En aquel campo de fútbol: ¡tantos idiotas bien acomodados! Y con la ametralladora, segando, segando, segando. ¡Qué lástima que no me dejaran acabar!”.

 

2. Parte negra (sobre la Secta de los Asesinos)

 

Crímenes en la antigüedad. Y en la Edad Moderna. En todos los tiempos. Una enfermiza fascinación parece ejercer el crimen en el hombre. Desde el principio y por siempre: en la cueva prehistórica, en los aparentemente sosegados ejidos pueblerinos, en la penumbrosa medievalidad de un convento (El nombre de la rosa es más que una ficción). Así en la paz como en la guerra (nada que ver con Cabrera Infante). ¿Qué misteriosa fuerza induce al ser humano a matar a su congénere?

 

Somos, según la manoseada pero válida frase hobbesiana, lobos para nuestros pares (¡pobre lobo!). Sobreviven en cada uno trazas de la vieja antropofagia. La contundente quijada con la cual Caín terminó con los días y los trabajos de su hermano, reaparece en todas las etapas históricas con renovada ansia fratricida. Y entonces toma la forma de pistola, daga, misil, ametralladora, vulgar cuchillo cocinero, facón, cañón, bomba atómica. En fin. Vasto es el arsenal y corta la vida.

 

La inclinación hacia el asesinato es -puede ser- genética. La violencia, una constante en la historia humana posee -como es requetesabido-, raíces socioeconómicas y políticas, pero, al mismo tiempo, hay una parte oscura en su origen que puede ser, quizá, un componente de la herencia. Es probable que casa asesinato sea una suerte de reproducción, extraña por lo demás, de aquel momento en que el hombre primigenio, habitante de alguna húmeda caverna, propinó pedradas o garrotazos, no a un mamut o similar bestia, sino a su “prójimo”, para emplear un término muy caro a los cristianos. Es posible que cuando un hombre apuñala a otro en una humosa taberna, está repitiendo (nada que ver con Borges) la acción de Bruto contra César, o las cuchilladas de Carlota Cordoy contra Marat en la bañera. O, tal vez, la acción aleve de un jesuita para sacar del escenario a Carlos IV de Francia.

 

¿Qué experimenta la víctima en los instantes previos a su muerte, a su asesinato? ¿Alcanzará acaso a tener una noción de su verdugo? Y, por otra parte, ¿qué siente el victimario en el momento de consumar su acto sanguinario? ¿Se regocija como el vampiro a la hora de hundir sus colmillos en el blanco cuello de una muchacha? La literatura ha recogido y, paradójicamente, le ha dado vida, recreado, diversos paisajes siniestros del crimen. Ha pulsado los mecanismos y resortes que impulsan al hombre a cometer un acto de esa naturaleza. Crímenes de guerra, crímenes pasionales, crímenes por locura, crímenes políticos, crímenes a nombre de Dios… crímenes por doquier en un mundo convulso y desesperado. El mundo, real e imaginario, está poblado de crímenes.

 

La palabra “asesino” suscita variadas emociones y perplejidades: produce repugnancia y miedo y desconcierto e indignación. Su origen deriva de “hashishim” (tomador de hachís). Cuenta Marco Polo que en una región de Persia vivía el Viejo de la Montaña, líder de la arcana secta mahometana de los ismaíles o ismaelitas. Y cuando el hombre deseaba eliminar a algún enemigo político o religioso, entonces solicitaba voluntarios en su congregación. Estos, para llevar a cabo su misión, bebían vino mezclado con hachís y en ese estado, embriagados, eran conducidos a un paraje exótico donde se les proporcionaban frutas, alucinógenos y placeres de la carne. Tras un tiempo, retornaban, drogados, idos, trabados, a su fortaleza, la que tenían como si se tratara de un paraíso. Lo ganaban, según sus preceptos, por la fidelidad al Anciano Jefe.

 

En realidad, la Secta de los Asesinos fue fundada por Hasan ibn Sabbah (apodado Alauddin), un disidente de los ismaelitas que huyó de El Cairo y se refugió en Persia, donde predicó y propagó una extraña doctrina basada en la obediencia ciega al maestro, al Viejo de la Montaña. En un paraje montañoso de Irak construyó una fortaleza (el fuerte de Alamut o Nido del Buitre). Sus adeptos, para ganar su estancia en el presunto paraíso, cometían crímenes, como parte del ritual. O se suicidaban, si así se los pedía su líder espiritual, como prueba de fidelidad.

 

La secta logró desarrollar un alto grado de ese culto sangriento. Príncipes y emires y visires y cruzados murieron apuñalados por los seguidores de Hasan y, después, por los de los demás jefes que le sucedieron. Eran persistentes y arrojados. Ninguna barrera, ningún miedo, los detenía. Con facilidad llegaban a cualquier parte. Se cuenta, por ejemplo, que el califa persa Sindjar, cuya meta era destruirlos, encontró una mañana, bajo su almohada, una daga. Luego recibió una carta de Hasan, quien, como muestra de su poder, le decía lo siguiente: “fácil hubiera sido clavar en tu corazón lo que se ha colocado cerca de tu cabeza”. La medieval Secta de los Asesinos, iniciada hacia 1090, extendió su poderío, basado en la intimidación y el crimen, hasta Europa Central. Su oscuro reinado de terror y muerte se prolongó por ciento setenta años, al cabo de los cuales los mogoles arrasaron sus castillos y quemaron, en el Nido del Buitre, todos sus libros. El fuego convirtió en cenizas los secretos (las memorias) de Hasan y sus adláteres.

 

En todo caso, la literatura ha penetrado las honduras del alma del asesino, le ha otorgado un lugar en el mito y en la historia. El crimen como una pasión. O como una aberración patológica. O como resultado del medio social. Dostoievski, por ejemplo, es uno de los máximos maestros en la auscultación del ser humano y sus tendencias criminales. Edgar Allan Poe, Arthur Conan Doyle, Guy de Maupassant, Agatha Christie, desde luego Thomas de Quincey, entre tantos otros, logran excelentes páginas con el tema, siempre excitante, del asesinato. Y aunque en general su obra no se caracteriza por la presencia de criminales, Ernest Hemingway, en su relato breve Los asesinos (en el cual, por lo demás, muestra su dominio del diálogo), crea una de las joyas universales del género.

 

El nunca aclarado Jack El Destripador (cuyas tropelías sangrientas han inspirado películas, obras de teatro y bestsellers) solía matar a sus víctimas -todas prostitutas- a cuchilladas. Asesinos ha habido que prefieren, para su objetivo espeluznante, la cuerda, o el puñal, o el veneno, o sus propias manos. Los hay políticos (el de Trotsky, con hacha; el de Kennedy, con el rifle; el de César, con la daga…); los hay de cuello blanco. Y pobres. Y ricos. Sin distinción de clase. Y están los que asesinan por hambre, o por desesperanza, o porque creen ver en ese acto una auténtica pasión, un arte, una manifestación de la estética, una filosofía. Y, más en el fondo de todas las escalas, degradado, está el asesino a sueldo, el de oficio, el sicario, que es tan vil como el mercenario, porque en él el único fin, deleznable, es el dinero.

 

Tanto en las ficciones como en la realidad ha habido asesinos que prefieren ahogar a sus víctimas, o llenarle la boca de mariposas amarillentas, o desollarlas, o pintarlas al óleo antes de asestarles el golpe de gracia. Algunos se divierten recreando la escena y otros enloquecen luego de su fechoría, o cuando ven el fantasma de sus víctimas. En cualquier caso, el espíritu del Anciano de la Montaña sigue rondando por el mundo.

 

3. Parte rosa (el imaginador)

 

Era un imaginador. Soñaba ser el más espléndido autor de ficciones sobre asesinatos, y para ello entrenaba, de modo oral, en las esquinas de su barrio, cuando la noche pintaba de sombras el asfalto y las luces fluorescentes rutilaban en los postes. Se sentaba en la acera, estiraba las piernas y tosía con una tos calculada, como para darse importancia, antes de comenzar sus relatos. Los oyentes lo rodeaban; algunos fumaban; otros, chupaban confites; todos observaban un silencio de respeto.

 

La última noche (claro, nadie sospechaba que aquella sería la última) narró una misma historia, en distintas versiones. Esta es la primera:

 

El barbero regó con entusiasmo y pericia la espuma sobre el mentón y las mejillas del hombre. Notó algunos granitos y se estremeció: “soy un buen barbero, un barrito no echará a perder mi arte”, pensó. Tomó la barbera y la pasó, suave, por la badana. El cliente, bien recostado, cerró los ojos, estiró las piernas y suspiró. Parecía disfrutar su estada en la peluquería. El barbero alzó el instrumento. La luz centelleó en la hoja. La barbera se deslizó, produciendo un sonido melancólico y arrastrando a su paso jabón y barbas. El artesano trabajaba con certeza. La navaja cortó un grano y la sangre brotó, sin notoriedades alarmantes. La mano del barbero vaciló y entonces la cuchilla cercenó otro barro. “Esto me pone nervioso”, pensó el barbero, y continuó. Otro granito se interpuso y fue cortado. La cara del hombre era una mezcla de espuma y sangre. La barbera siguió moviéndose, hasta que, en un momento de insensatez e inexplicable arrebato, el barbero decidió seccionar la cabeza de su cliente.

 

En su segunda versión, es el cliente quien degüella al peluquero, con una variante, que daba cuenta de la tranquilidad del asesino: él mismo, con la cabeza del barbero a sus pies, continúa afeitándose. En la tercera, el cliente no tiene granos en la cara, pero su barba es muy dura; lo que también pone nervioso al barbero. Al día siguiente, el imaginador fue decapitado por el barbero del barrio.

 

Esta historia es real. El imaginador me la contó una noche de bohemia en el bar La Arteria, de Medellín, hace muchos años.

 

  

Las balas de gonzaloarango

Por Reinaldo Spitaletta

 

Enarbolando su bandera de pirata, gonzaloarango, símbolo de irreverencia e iconoclasia, tuvo más de santo que de demonio, si así puede considerarse a alguien que, con sinceridad, luchó por ideales de justicia y de belleza. Y contra la bobaliconada de una sociedad hipócrita, de falsas (o dobles) morales. ¡Ah! y sobre todo de tartufos, unas veces de camándula y otras de fusil. O de banda presidencial, queridos compatriotas. Vista desde ahora, en un país de barbaries sin cuento y estructuras mafiosas, la irrupción nadaísta podría parecer el oficio de un grupo de querubines rebelados que se propuso espantar beatas y hacer esconder monjitas.

 

Sin embargo, a la luz de los tiempos del Frente Nacional y más de trescientos mil muertos de la Violencia, en medio de un ambiente de mojigatería y rosario de seis de la tarde, la prédica nadaísta era una suerte de pústula, un vómito en la cara del presidente y del mercader, un baldado de excrementos sobre el virginal país de la doblez, un escupitajo a la sacrosanta tradición y a las letras de cambio.

 

El nadaísmo -que no se propuso destruir el orden sino desacreditarlo- en esos días de inciensos fue más que “la menstruación de una gallina”, y más que “la Santísima Trinidad tomando su té en el Astor”, y mucho más que “una masturbación de monjes en comunidad”. Fue la réplica de una generación que no soportaba más el olor a mortecina del establecimiento, ni sus valores bursátiles, ni de esa patria boba, hoy más boba -y más violenta- que nunca.

 

Y gonzaloarango fue su profeta, su ángel de fuego. Y su Cristo (¿o su Anticristo?). Quizás sus posturas no fueron muy originales (¿qué es lo original?), y posiblemente hayan sido tomadas de otras latitudes, pero el ruido que armaron aquellos jóvenes autodenominados “geniales, locos y peligrosos” en el seno de la conventual provincia se erigió como un referente distinto, un llamado a la desobediencia y a la necesidad de insurrección.“Luchar por liberar al espíritu de la resignación”, decía su primer manifiesto.

 

El profeta (o “profetica”) de Andes sintetizó la contienda de los nuevos contra los viejos imaginarios, contra las obsoletas representaciones de un país sometido. Fue la suya -y la de sus adeptos- una actitud de búsqueda de lenguajes diferentes, la de desnudar las miserias nacionales desde una perspectiva literaria, poética, periodística. La palabra, provocadora de cataclismos e incendios.

 

Decir ahora que Santa Teresa era una mística lesbiana o decir que uno no es católico por respeto de sí mismo, y porque son católicos “Darío Echandía, José Gutiérrez Gómez, Fernando Gómez, Laureano Gómez…” no tendría ninguna gracia ni causaría ampollas; sería apenas una insulsa dicharachería. Pronunciarlo en aquellos sesentas, esparciendo azafétidas y yodoformo en un congreso de “escribanos católicos”, sí era un bombazo, un acto subversivo y emancipador. O, según algunas señoras, una muestra de muchachos groseros y malcriados. Todo según el color…

 

A los cuarenta años* del nacimiento del nadaísmo, gonzaloarango es el símbolo del despertar de un país narcotizado, plagado de sotanas y guerras intestinas; un símbolo del hombre que se resiste a ser grey y no permite ser absorbido por la mediocridad, ni por el unanimismo, ni se deja obnubilar por los cantos de sirena de los dueños del poder, ni por los oropeles del capitalismo.

 

A lo Fernando González (uno de sus inspiradores), enseñó caminando y así encontró su propio camino. “No llegar es también el cumplimiento de un destino”, dijo en 1958, tras haber sido un simpatizante del dictador Rojas Pinilla.

 

Fueron el profeta y sus compinches una especie de guerrilleros verbales, de insolentes muchachos que, con sus pataletas y emboscadas de palabras, alteraron la ritualidad y el tedio de la aldea. De pelado, en su pueblo natal, había fundado un centro literario con el nombre del Indio Uribe (otro irreverente) y dejado sus castidades gracias a la presencia y los buenos oficios de la damisela Rita Machuca.

 

Gonzaloarango (nacido el 18 de enero de 1931) se murió de “camionazo” (1976) cuando ya también se había esfumado el movimiento que creó. Le sobreviven, me parece, algunos reportajes (en particular, el de Cochise), varios poemas y manifiestos, uno que otro cuento, y prosas como Medellín a solas contigo (cuando por treinta centavos compraba quince minutos de paisaje) y Elegía a Desquite, pero, sobre todo, su actitud de hombre honesto, de santo que, a gritos, reveló verdades a un país de asesinos y mentirosos.


*(Artículo escrito en 1998, por el aniversario cuarenta del nadaísmo. Hoy lo traigo de nuevo, por el aniversario de nacimiento de Gonzalo Arango. Vale)

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Gonzalo Arango, fundador del nadaísmo

Edith Piaf, esa voz de la calle

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Por Reinaldo Spitaletta

 

¿Dónde está la gamina que estremecía el asfalto con su voz? ¿Qué se hizo la chica de la miseria que se prostituyó por la urgencia de afectos? ¿Adónde fue la más trágica representante de la canción realista francesa? ¿Por qué París, con las hojas muertas de octubre, la llora en ese otoño de 1963? Ahí, seguida de cuarenta mil dolientes y once coches fúnebres, florecidos, y soldados que lagrimean, va la frágil (oh, levedad del ser: 33 kilogramos a su muerte) Edith Giovanna Gassion Maillard, la Piaf, el Gorrión. La voz.

 

Ahí va la antigua mendiga, la del cuerpo esmirriado y sin atractivo, la vagabunda del arrabal. La que le cantó a la vida con fuerza de ciclón. Con todo el aliento. Ahí va, en silencio, hacia el cementerio de Pére-Lachaise, mientras un legionario balbucea L’Himne a l’Amour. El pequeño gorrión -sin nido- ya no canta más, pero seguirá cantando. Misterios de la inmortalidad.

 

Se va la que, según los curas franceses, “vivió en pecado y murió sin confesión”, por lo cual le negaron los oficios religiosos en su funeral. Ni falta que le hicieron. Ahí va la que creció en la abyección, entre viciosos y malandrines, entre drogadictos y ebrios. La infinita enamorada, la que tanto amor no le cupo en su cuerpo de 1.47 de estatura. Había nacido el 19 de diciembre de 1915, en una acera, un parto alumbrado por la luz de un farol, sobre la capa de un gendarme. Cuna de cemento, sin arrorrós. Ausencia de cascabeles. A los dos meses, su madre, actriz circense, la entregó a la abuela, una alcohólica que, en vez de leche, le daba teterados de vino porque “el alcohol mata el gusano y da fuerzas”.

 

La chiquilla, creciendo en burdelillos, arrastrando su miseria por la calle (“La calle fue mi conservatorio; mi inteligencia, el instinto”, diría años después), se quedó ciega a raíz de una meningitis. Y entonces el oído comenzó a funcionarle más de lo necesario. Sonreía con el sonido del organillo. Su otra abuela la llevaba a cabarets y bailes de barriada. Las puticas de Lisieux que la cuidaban impetraron un milagro a Santa Teresa del Niño Jesús, y la nena volvió a ver: vio de nuevo su pobreza, y continuó deambulando por esquinas y prostíbulos. La hija del saltimbanqui Louis Gassion (él quería que se dedicara a la acrobacia porque “una chica que se desarticula enternece más que una que canta”) se soltó a los quince años de la opresión paterna y, junto con Simone, su hermana media, prosiguió su gitanería por cuarteles y encrucijadas. Se les escuchaba cantar Les mômes de la cloche (Las chicas de la campana): “Somos las chicas de la miseria / vagabundas que se van sin un centavo en el bolsillo / mi amo Satanás nos envía a hacer la ronda…”.

 

Y Edith cantaba. Con su voz desgarrada (con esa voz oscura de callejón, como dirían de la tanguera Malena) y sus ojos color violeta interpretaba la tragedia del mundo. Y la suya. Y se emborrachaba. Y amaba a los hombres con una sed de amor que jamás saciaría. Los tumultos urbanos escuchaban con deleite a esa muchachita feúcha, que decía bien aquellas canciones de soldados y rameras, la canción naturalista francesa de Bruant y de Damia (con esos temas que en literatura trabajaron Balzac, Víctor Hugo, Zola). “Mis canciones soy yo, mi carne, mi sangre, mi cabeza, mi corazón, mi alma… Nací para cantar, no para ser feliz”, diría después.

 

Cantaba en cafetines de pacotilla, con desagrado. “Yo rompiéndome la garganta para un montón de sebosos y amodorrados, pegados a las tetas de las putas de turno. Esos no ven ni oyen ni entienden. Por eso necesito la calle. En la calle me siento libre y hasta limpia. En la calle puedo cantar a mi antojo, y como a nadie le han cobrado por escucharme, se sienten generosos y aplauden”, decía Edith, que entonces se hacía llamar Huguette Elias.

Y en la calle la descubrió el dueño del cabaret Guerny’s, Louis Leplée (la bautizó como La chica gorrión –La Môme Piaf-). La noche del debut, la Piaf, de traje negro, abrió su actuación con Les Mômes de la cloche. Cuando terminó su repertorio, Leplée le dijo: “hasta que no escribas canciones para ti no valdrás siquiera lo que pesas”. A la sazón, pesaba cuarenta kilos. Después aparecería en su vida el verdadero creador de Edith, Raymon Asso. Con una historia que le sucedió a la Piaf en un tren, le compuso París-Mediterráneo. Era el nacimiento de una estrella.

 

Y la “frágil flor de las calles” saltó de la esquina al ABC, entonces el palacio del music-hall parisino. Luego, el Olympia, el Lido. La gloria. Seguía cantándoles a los desheredados, al infortunio, a los soldados y muchachas de la noche. Y entre tanto, necesitaba ser amada, sentir el abrazo, compartir su cama. No importaba si ella era desgarbada (tampoco si carecía de hábitos higiénicos). Tenía demasiado corazón. Y eso le bastaba para estallar en amores. Más tarde, en 1950, el gorrión abriría sus alas en la Sala Pleyel, donde nunca antes se había interpretado música popular. Era aquel el sacrosanto templo de la música clásica. Durante más de dos horas, la concurrencia, absorta, escuchó canciones como La Vie en Rose (traducida a doce idiomas), Le Mains, Le Petit Homme y L’Hymne a l’Amour, entre otras.

 

Y el gorrión seguía cantando. Michel Amer le había compuesto uno de sus máximos éxitos, El acordeonista, que ella cantó veinte años seguidos. Era una intérprete que se metía en cada tema, lo analizaba, volvía suya la historia de cada canción, se comprometía y le daba credibilidad. Por eso, en cada audición su música iba no solo al alma de la concurrencia, sino a las entrañas. De ella dijo la Mistinguett: “a la primera canción se exclama ¡ah!; a la segunda, ¡oh!; a la tercera se tienen ganas de irse; a la cuarta se llora, y luego se llega a la vigésima sin darse uno cuenta”. Y el escritor Boris Vian, opinó: “habría podido cantar la guía de teléfonos y seguiría conmoviendo a su público”.

 

Pero el pequeño gorrión cantaba a los marginados y a los pobres y a los desdichados y a los legionarios y al tabernero. Era la voz del pueblo. La de la soledad y la miseria. Era la voz de todas las ilusiones. De la inalcanzable felicidad. Esa felicidad que ella vería frustrada con la muerte en 1949 de su más grande amor, el boxeador Marcel Cerdan, el Bombardero de Marruecos (a quien le compuso su Himno al amor). “Estoy harta de esperar. El amor no existe, es una broma que me cuento para no morirme”, decía en 1951, enloquecida por las soledades. Tras un accidente automovilístico, se volvería adicta a la morfina. En el 52, a los 37 años, con su físico maltrecho, ajada la cara, se casó por lo católico con René Víctor Ducos (Jacques Pills), del cual se divorciaría. “Estoy casada con mi público, no he sido hecha para el matrimonio. Las campanas de una iglesia solo tocarán para mi entierro”. Sin embargo, un decenio después contraería nuevas nupcias con el peluquero griego Theophanis Lamboukas (Théo Sarapo), veinte años menor que ella.

 

Ahí va, apagada la voz, la mujer que entre 1951 y 1963 sufrió cuatro accidentes de tránsito y tuvo una intentona de suicidio, cuatro desintoxicadas en hospitales, tres comas hepáticos, una crisis de locura, dos crisis de delirium tremens, siete cirugías, dos bronconeumonías y un edema pulmonar, además de reumatismo. Va. Sin regreso. Con su canción (su testamento) Non, Je ne regrett rien. Había cantado su última gala desde la Torre Eiffel, para el estreno de la película El día más largo. Su última canción, L’Homme de Berlin, la grabó en abril de 1963.

 

Ahí va el Gorrión de París, acompañada de las lágrimas de todos los que la amaron, como Aznavour, Moustaki, Montand… “Madame Piaf posee genio. Es inimitable. Nunca hubo una Edith Piaf, ni la habrá jamás”, había escrito el poeta y dramaturgo Jean Cocteau, muerto el mismo día que la cantante (11 de octubre de 1963). Ahí va la voz de la calle. En su entierro no suenan las campanas.

(Del libro Historias inesperadas, editorial UPB)

Papá Balzac, novelista inmarchitable

 

El escritor de la Comedia Humana, un gran bebedor de café y creador de prototipos

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

1- Obertura en Tempo Largo

¿Cuándo es que la novela, ese género que Hegel definía como “moderna epopeya burguesa”, se vuelve anal histórico, enciclopedia, fresco de la sociedad, pintura de las contradicciones de clase, retrato de mentalidades? ¿Y cuándo a partir de una obra literaria se puede estudiar un conglomerado social, gracias a que allí, en ese mundo de ficción, se reúnen los mecanismos que mueven al hombre en su vida interior y de relación con los demás? Con el ascenso de la burguesía al poder, sobre todo a partir de la Revolución Francesa, ocurre, al mismo tiempo, un cambio en la vida pública, en las relaciones sociales, en los valores. Serán otros y nuevos los intereses de las clases sociales, otros los antagonismos. Y toda esa transformación convulsa, que ocurre desde lo económico y pasa por lo político y aun lo religioso hasta las costuras sociales, incidirá en las artes y en particular en la literatura. Ya serán otros los héroes. Otras, muy distintas, sus conexiones con el mundo exterior. La novelística se irá poblando de personajes intensos, prototipos de la vida real, y con intereses en las contiendas por el poder político y económico.

 

En los albores del siglo XIX, con la burguesía instalada sobre las ruinas de viejos tronos y encima de las cabezas de reyes decapitados, con la certidumbre de haber derrotado el régimen aristocrático, la novela se transformará al son de los clarines revolucionarios. Y beberá de las nuevas corrientes de la historia, en las que van apareciendo los pueblos más que los próceres. El artista, el escritor, tendrá en la sociedad numerosos motivos de inspiración temática. Y en la medida en que la división del trabajo y la repartición de las riquezas hagan aparecer en la realidad al banquero, al obrero, al dueño de la pensión, al usurero, al avaro, al descastado, en fin, todos ellos podrán convertirse en material novelable. De esa sociedad, escindida, compleja, dinámica, surgirán los nuevos héroes de la literatura, con su carga de ambiciones, desesperos, esperanzas, frustraciones. Con su equipaje de pasiones. Así, por ejemplo, las novelas de Stendhal y Balzac serán las primeras que tratarán sobre la vida de entonces, como una suerte de historia en la que se narran los nuevos conflictos, los problemas vitales del hombre inscrito en una sociedad determinada, con una moral antes inexistente. Ellos retratarán lo que las generaciones de antes no pudieron conocer, porque -claro- eran otros, muy distintos, los tiempos y los afanes.

 

La ambición de poder y de lucro, el arribismo social, la utilización de medios non sanctos para llegar a la cúspide de la fama y la riqueza, y otras actitudes propias de la burguesía y de la sociedad que ella había engendrado, tendrán cabida en la estética de los novelistas, pero, en particular en la de Balzac, que verá en tal género una manera, quizá un método, de conocimiento del tejido social, del hombre y del Estado. La literatura como historia. Y el escritor como testigo crítico de su tiempo, como una suerte de “mala conciencia” de los momentos políticos y socioeconómicos que le tocó vivir. Entonces Balzac, con su portentoso don creador, mostrará cómo el oro, esa “vil ramera de los hombres” que llamara el genio de Stratford-on-Avon, convertido en dios por la sociedad y sus adoradores, destruye al ser humano, lo corrompe, lo automatiza. Le roba su sensibilidad. El móvil de la ganancia desmesurada desmorona familias, metaliza el amor, esclaviza al hombre. La materia se impone sobre el espíritu. Vale solo el que posea bienes terrenales. Los oráculos, los viejos mitos, los antiguos dioses, semidioses y héroes, son reemplazados por los balances, por el dinero, por la suma de capitales. El mercado bursátil opaca el humanismo. Y todo ello, recreado, estará presente en la novelística, en la poética balzaciana.

 

Gracias a su disciplinado conocimiento de la realidad, el cual está por encima de su ideología, Balzac retrata la sociedad, sus miserias, y sus riquezas engendradoras de pobreza. Muestra a la ciudad, a la metrópoli con sus valores, su movilidad, sus vicios. El novelista es, ante todo, un observador, un estudioso de lo circundante, y de ello da cuenta en sus obras. Y aunque sus ideas o sus convicciones fuesen de aristócrata, su escritura es la de un revolucionario. El típico caso de divergencia entre la obra y el hombre que, con acierto, hizo notar Federico Engels:

“El realismo de que yo hablo puede manifestarse incluso a pesar de las opiniones del autor… Balzac, a quien yo tengo por un maestro del realismo mucho más grande que todos los Zolas del pasado, del presente y el futuro, nos da en la Comédie Humaine una historia maravillosamente realista de la ‘sociedad’ francesa, en la que, a manera de crónica, casi año por año, desde 1816 hasta 1848, describe los ataques siempre crecientes de la burguesía triunfante contra la sociedad aristócrata, que se reconstituyó desde 1815 y, hasta donde pudo, levantó la bandera de la vieille politesse française. Describe cómo los últimos restos de esta sociedad, modelo para él, sucumbieron a los asaltos de los advenedizos vulgares y adinerados, o fueron corrompidos por ellos… Cierto que Balzac era políticamente legitimista; su gran obra es una constante elegía por la caída inevitable de la buena sociedad; todas sus simpatías están en la clase que está condenada a la extinción. Pero, a pesar de todo esto, su sátira no es nunca más aguda, su ironía no es nunca más amarga que cuando pone en movimiento precisamente a los hombres y mujeres con los que simpatiza más profundamente: los nobles… Que Balzac se viera obligado a obrar contra sus propias simpatías de clase y sus prejuicios políticos, que viera la necesidad de la caída de sus favoritos, los nobles, y los describiera como gentes que no merecen un destino mejor, y que viera los verdaderos hombres del futuro precisamente donde en aquel momento da había que encontrarlos solamente, lo considero como uno de los más grandes triunfos del realismo y uno de los rasgos más magníficos del viejo Balzac…”.

 

En todo caso, en la concepción de la Comedia Humana, en la cual se agitan todas las pasiones, los crímenes, los vicios y las angustias de una sociedad en decadencia, Balzac matrimonia literatura y realidad, y le otorga al novelista el papel de historiador (una especie de historiador de las mentalidades y las costumbres), de analista social, sin que ello, desde luego, atente contra la estética, aunque, como saben los lectores de sus estupendas obras, él no haya sido un estilista. Él fue, ante todo, un creador de personajes, que hay que relacionar, darles vida, ligarlos, moverlos en un entorno específico. Dentro de la modernidad, inauguró aquello de repetir personajes en sus obras (como lo hace, por ejemplo, con Eugenio Rastignac en Piel de Zapa y Papá Goriot). Y según los estadísticos literarios, de las dos mil figuras de la Comedia Humana cuatrocientas sesenta reaparecen en distintas novelas. Es una galería inmensurable de retratos la diseñada por el autor de Eugenia Grandet, en la cual exhibe no solo su capacidad increíble de creación, sino que muestra el modo de existencia burgués, las taras y desgracias de una sociedad. También, su versatilidad. Así como describe los procederes citadinos, salta con facilidad al campo para enunciar los conflictos por la posesión de la tierra y el impacto social de los cambios políticos, sin “contaminar” la obra con su pensamiento, con su ideología.

 

Tal como lo expresa el ensayista quindiano Nodier Botero en su libro La gran novela burguesa, la intencionalidad política de Balzac corresponde ante todo a la “ética de la sinceridad” del escritor realista que “ante el hecho objetivo realiza un sacrificio de sus opiniones personales, de sus objetivos preferidos, de sus más profundas convicciones, para representar la realidad con una ‘verdad inexorable’. Y he aquí el principio magnífico de la totalización ideológica del novelista; pues él, aparentemente un ‘glorificador legitimista’ del latifundio aristocrático termina expresando, a través de sus símbolos literarios, verdaderas ideas en contrario”.

 

“Si Balzac hubiera representado sus propios deseos como realidad hoy no interesaría a nadie”, había anotado el teórico del arte Georg Lukács. Precisamente, en sus Ensayos sobre el realismo, Lukács afirma que el método creativo del autor francés iba más allá del “mezquino naturalismo” que reproduce la realidad como una máquina fotográfica: “en las cuestiones esenciales es siempre profundamente veraz: no hace jamás decir, pensar, sentir o hacer a sus personales algo que no pueda deducirse de su posición social y no esté en perfecto acuerdo con ella, con sus determinantes, ya sean abstractos o individuales”.

 

Dentro de la evolución realista de la novela, Balzac es una pieza clave. Un pionero. Es el creador que vuelve historia la literatura, sin hacer lo que se llama ‘novela histórica’. Objetiva el universo burgués, con su intenso catálogo de personajes y pasiones, en el cual se detalla la inclinación desaforada por el dinero; los esquemas egoístas de comportamiento propios del capitalismo; los delirios de grandeza; la carencia de ética para alcanzar determinados fines, y el ascenso social a toda costa. Quien quiera saber cómo era la sociedad francesa de 1815 a 1848 que se lea, para regocijo de su espíritu, La Comedia Humana, de más de ochenta y cinco novelas, además de relatos y ensayos, producidos entre 1830 y 1850.

 

2. Café negro para un escritor gordo

 

Hay escritores, de enorme talento y aun geniales si se quiere, que han alcanzado su renombre debido a uno o dos libros, como puede ser el caso, por ejemplo, de Juan Rulfo. Otros, asimismo, se conocen porque de lo mucho que escribieron, se destacaron por una obra o un fragmento de ella. A unos, quizá su modo de ser, su mundo imaginario, su facultad creadora, solo les daba para escribir poco. Y como el mexicano, todo lo que tenían que decir lo dijeron en una breve pero intensa producción narrativa. Pudo ser, en otros ejemplos, que no les alcanzó para más. Consideraron que con lo hecho ya era suficiente, porque, de abundar, podrían repetirse, que no faltan los miedos en ese sentido. Sin embargo, Balzac fue un autor prodigiosamente fecundo, con una inmensa obra, tal vez desigual, pero de incalculable valor literario. De él se puede afirmar que sobresale por la totalidad, el contexto, por toda su producción y no por determinado trabajo creativo, aunque hay obras suyas que, por sí mismas, justificarían al autor, como, por ejemplo, Papá Goriot o la Prima Bette. Balzac no solo fue prolífico, sino que tuvo una visión totalizadora sobre el mundo de su tiempo y, en particular, un conocimiento abundante acerca de la sociedad y sus hombres.

 

 

Supo a fondo (y así tenía que ser para pintarlos con vigor), del universo del médico, y el del abogado, y el del cura, y el del agiotista. Sabía de las personalidades del periodista y del tendero, del banquero y el boticario, del burócrata y el dirigente político. Su facultad creativa era inagotable y, además, como nadie, tuvo una capacidad para el trabajo que lo obligaba a escribir, a veces hasta dieciocho horas seguidas. Como si nada. Incansable. Su principal virtud no era la de crear personajes, que es, en esencia, lo que hace todo novelista, sino la de insertarlos en un mundo convulso, complejo, de relaciones múltiples. De la realidad extrajo la materia prima para su fábrica de sueños. Era un imaginativo (¿un romántico?) que conocía su entorno social. Un observador avezado que, como diría Stefan Zweig, ambicionaba desde temprano tener, en literatura, el cetro del emperador. Y a fe que lo consiguió. ¿Cómo?

 

Honoré de Balzac nació en Tours, el 20 de mayo de 1799, y su auténtico apellido era Balssa, de agricultores del Tarn, donde vivió su padre, que adquirió alguna fortuna durante el período revolucionario. El pequeño Honoré, por el cual sus padres no experimentaban mucho cariño, deambuló por diversos colegios, en un peregrinaje que hizo de él un chico apático, regordete y mal estudiante, pero al mismo tiempo ansioso lector. Refugiaba sus soledades en los libros, que eran sus juegos, su diversión. Sus estudios secundarios, también realizados en varias instituciones, no fueron brillantes. Hacia 1818, el joven Balzac, para el cual sus padres tenían reservada la carrera de abogado, se halla realizando sus prácticas de derecho en el bufete del procurador Jean-Baptiste Gillonet-Melville y luego en la oficina de un notario. Sin embargo, todas sus labores las ejecuta de mala gana, puesto que, en el fondo, él sabe que no quiere para nada esa carrera. Proclama entonces, para escándalo y desazón de su familia, que su interés real está en la literatura.

 

El muchacho se entrega con ahínco a la escritura. Es la época del aprendizaje. Lee y escribe. Pero aún no muestra la talla. Produce una obra dramática sobre Cromwell, un fracaso literario. Un profesor amigo de la familia, que conoció el texto, opinó que el autor de tal exabrupto debía hacer cualquier cosa, menos escribir. El revés no lo arredra. Continúa creando en una buhardilla, con sus ilusiones vivas. Escribe novela. Para ganar dinero, publica varias, amparado en un seudónimo. Está entonces bajo la influencia de Walter Scott. Eran pésimas creaciones que, no obstante, le enseñaron, por ejemplo, el valor de “la rapidez de la acción” para mantener la atención del lector. “Puede ser –dice William Somerset Maugham- que también le enseñaran lo que sus propias inclinaciones le deben haber sugerido, que para que lo lean el autor debe ocuparse de la pasión. La pasión puede ser baja, trivial o artificial, pero si es lo bastante violenta no dejará de tener alguna huella de grandeza”.

 

Por aquellos días de primeras experiencias literarias y de pasiones desbordantes, el joven Balzac conoce a una mujer veintidós años mayor que él, madame Berny, que se convertirá en su amante. Él la amaba como mujer, pero, caso curioso (¿edípico?), también como si fuera su madre. Era, dicen los psicólogos, una transferencia del amor que él jamás sintió por su mamá. La veterana lo patrocinó económicamente en una aventura editorial, que fracasó. Sin embargo, esa experiencia le serviría al futuro novelista. Durante esos años se va equipando de saberes, de herramientas, de un bagaje intelectual que luego utilizará en sus obras. Sabe entonces que ningún conocimiento es en vano para un escritor. Se prepara con intensidad para adquirir el cetro. Bucea en la vida y explora sus esencias. Es como un químico en su laboratorio. Experimenta aquí y allá. Busca. Investiga. Se concentra en ser novelista. En aprovisionarse en conocimientos sobre el hombre. Y el hombre (la humanidad) es, claro, la materia prima del arte. Balzac es como un alquimista: aspira a convertirlo todo en literatura. Recoge materiales en la sociedad y los clasifica, como si fuera un botánico, o un coleccionista de asombros. Sabe de los intríngulis de la bolsa, y se entera sobre el mundo de la medicina, y el de los obreros y el de los poetas y el del dueño de la pensión. Estudia los caracteres y las personalidades. Toma nota de todo. Acumula información. A los treinta años publica Le Chouans, su primera obra importante y la primera que firma con su nombre real. Es el principio de la conquista del mundo. Es la antesala de la realización de su antiguo sueño, ese que una vez escribió en un retrato de Napoleón: “Lo que él no ha podido consumar por la espada, yo lo lograré por medio de la pluma”.

 

Y es cuando se inicia la meteórica carrera literaria de Balzac, febril, fértil, casi que imposible, por lo abigarrada. Deslumbra no solo por la cantidad, sino, en especial, por la calidad. Cada año producirá, hasta su muerte, dos o tres novelas largas, y narraciones breves y cuentos y algunas obras teatrales. Era un ser de hábitos creativos nocturnos y de muchas tazas de café. Se acostaba después de comer y su sirviente lo despertaba a la una de la mañana. Trabajaba sin parar hasta las siete (escribía con una pluma de cuervo). Descansaba un momento, se bañaba (aunque se sabe que los franceses son poco amantes del baño). Esperaba a su editor que le llevaba pruebas y luego volvía a su carga literaria hasta el mediodía. Sus almuerzos eran opíparos. Alguna vez lo vieron devorar ostras, doce chuletas de cerdo, un pato, dos perdices, doce peras, un lenguado y algunos dulces. Tanta abundancia y desmesura lo engordó y le hizo crecer la panza (tenía pinta de carnicero). Por la tarde, volvía a escribir. Alguna vez le dijo a Teófilo Gautier (a quien había contratado para la revista La Crónica de París, de la cual Balzac era accionista) que el secreto para poseer tan extraordinaria capacidad de trabajo consistía en una buena higiene mental y física. Hay que reservar -le dijo- las horas nocturnas para la concepción de la obra. Por lo demás, “hay que dormir poco, comer menos y alejarse de las mujeres”. Balzac, desde luego, no era muy consecuente con estas últimas recomendaciones.

 

Se entrega del todo a la creación y a veces no se acordaba de él mismo. O confundía la realidad real con la realidad literaria, que él creaba. Era un apasionado de la escritura, se embriagaba con ella. Se alucinaba. Era un maníaco. Un ser extático. Hablaba con sus personajes, sufría con ellos. Se cuenta que un día entró un amigo a su cuarto, y el escritor, en estado de convulsión, se le abalanzó: “¿No sabes que la desventurada se ha suicidado?”. El visitante, aterrado, retrocedió y le preguntaba a Honoré, con desconcierto, de qué se trataba aquello. El artista volvió en sí y le habló de Eugenia Grandet. Balzac era un desenfrenado en la escritura, un delirante, alguien que solo vivía para su literatura.

 

3. Un monumento del conocimiento humano

 

Mucha gente se pregunta todavía como llegó el creador de la Comedia Humana (un monumento de casi cien novelas) a tener tantos conocimientos sobre el arte, lo bursátil, lo médico, las intuiciones, los pequeños detalles, la vida interior, las calles, las contradicciones humanas. Poseía conocimientos de enciclopedia. Sabía, por ejemplo, cuánto valía un cuadro de Palma Vecchio, cuánto costaba una hectárea de tierra, una puntilla, un coche, cuánto era el sueldo de un criado. Y supo de la vida del burgués dilapidador, la del avaro y la del rentista. Todo lo sabía. Y cuando no lo sabía, lo imaginaba, que para eso era dueño de una facultad prodigiosa. O lo intuía.

 

Según Zweig, con Balzac comienza la idea de la novela como enciclopedia del mundo interior. Dice: “Antes de escribir él, los poetas solo conocían dos procedimientos para acelerar un poco el motor lánguido de la acción: o introducían en sus novelas la mano exterior del azar, que como viento desencadenado, se alojaba en las velas e impulsaba el bergantín, o, si acudían al acervo de las fuerzas del alma, solo sabían manejar el resorte erótico, las peripecias del amor”.

 

Balzac es el primero que lleva el dinero a la novela. Él, como miembro de una sociedad burguesa, dividida en clases, sabía, además como meticuloso observador del mundo, que se había instaurado el reino del capital. Todo se compra y se vende. Las pasiones, los sentimientos, la sangre, todo tiene un precio. Los hombres, en el capitalismo, valen según su riqueza. El dios dinero determina la conciencia de muchos. Es asunto de poder. Para la mayoría es un objetivo en sí mismo; para otros, apenas un medio. De ahí, de ese reino demoníaco, surgirán determinados caracteres, el del calculador, el del avaro, el del desposeído. El dinero como divisor del mundo, como causante de las ambiciones y de los desengaños. Gran señor es Don dinero. Balzac supo medir la incidencia desmesurada del dinero, de la guita o la plata, en la vida del hombre, del hombre contextualizado en una sociedad caníbal. Calculó la cifra y los réditos. Se metió en el corazón duro del banquero y en el del dueño de la casa. Avizoró el alma del prestamista y pintó el desasosiego del hombre acosado por las deudas, o por los acreedores, que, en determinada forma, fue su propio caso.

 

Balzac le debía dinero a todo el mundo. A sus editores, a sus amantes, a sus criados. Tan pronto el éxito lo visitó y con él la moneda, desarrolló la manía de comprar en exceso y sin medida. Tuvo un apartamento que amobló con lujos, y compró caballos, contrató mozos de librea y corbatín. Se creyó de alta alcurnia y, para que lo tuvieran como de la nobleza, se inventó un escudo de armas y le agregó la partícula “de” a su apellido. Para costear todo ese boato, pidió a su familia, a sus editores, a sus amigos, dinero prestado. Y mientras más aumentaban sus deudas, más crecía su extravagancia: joyas, porcelanas, adornos, estatuas, pinturas, resaltaban el esplendor de su vivienda. Sus acreedores llegaron a embargarlo. Muchas de sus posesiones fueron feriadas en subastas públicas, pero ni así perdió la manía de comprar sin tasa y sin proporción. Era un ostentador. Y, en cualquier forma, escribía mejor y más intensamente bajo la presión de las deudas.

 

Y en medio de la turbulencia, el éxito le fue generoso. También la fama. Y, como es obvio, esa condición siempre llama a amigos nuevos, admiradores efusivos y, claro, a algunos envidiosos. Y, de pronto, un gran amor. Una dama de Odessa le escribió, bajo el seudónimo de La extranjera. Era Eveline Hanski, señora de abolengo rancio y de voluminosa cartera, y, para más señas, casada con un cincuentón. Se inició un intercambio epistolar, con declaraciones y suspiros de amor. La extranjera se aburría en un castillo de Ucrania, hasta que, dos años después de la primera carta, ambos se citaron en Suiza, donde sus pieles se juntaron con elevada y turbulenta pasión.

 

Al volver a París, el corazón de Balzac cedió ante los impulsos y las ondas emitidos por la condesa Guidoboni-Visconti, una inglesa rubia y muy atractiva, además de infiel a su cornudo marido italiano. Se hicieron amantes, pero la publicidad los delató. La Hanski se enteró del enredo y recriminó a Balzac, en una carta llena de amargura. Para el escritor fue un golpe triste, puesto que contaba casarse con La extranjera una vez hubiera muerto el esposo de ésta (¿Lo irían a envenenar o qué?). ¿Cómo perder la posibilidad de una inmensa fortuna? Viajó a Viena, donde se hallaba la adolorida Hanski, para hacer las paces. Eveline le ratificó sus reproches y se marchó a Ucrania. No se vieron más durante ocho años. En París, el escritor prosiguió su romance con la condesa, pero siguió carteándose con La extranjera. Así se enteró de la muerte de Monsieur Hanski. Balzac y la Hanski se casaron en marzo de 1850, cuando el literato ya estaba muy debilitado en su salud, debido a su excesivo trabajo. Los cincuentones novios viajaron a París, él con su corazón disminuido, ella con su ataque de gota. Los últimos alientos de Balzac lo abandonaron y murió el 18 de agosto de ese mismo año.

 

Las letras francesas acaban de perder, posiblemente, al novelista más grande del siglo XIX, y tal vez, como alguien hizo notar, no se percataban de ello. En su discurso funerario, otro monstruo de la literatura de Francia, Víctor Hugo, declaró: “Todos sus libros no forman más que un libro, un libro vivo, luminoso, profundo, en el que vemos ir y venir, andar y moverse con un no sé qué de turbador y terrible mezclado con lo real, toda nuestra civilización contemporánea, un libro prodigioso que el poeta tituló Comedia y que hubiese podido titular Historia”.

 

Honoré de Balzac enriqueció, con sensual deleite, el mundo de las pasiones humanas, que pintó con maestría, y le otorgó a la humanidad la posibilidad de verse retratada, como en un largo sueño, con toda su condición de miserias y desencantos.

 

 

Honoré de Balzac, autor de la Comedia Humana

 

 

 

 

Historia de un perro abandonado

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

A veces, aparecía en la calle un perro muerto. Tal vez lo habían envenenado. Uno se acercaba a ver el cadáver y veía las primeras moscas alrededor, los ojos abiertos e inmóviles del can, la indiferencia entre los mayores que pasaban, sin mirar, o escupiendo, o con ganas de vomitar. Eran tiempos de perros vagabundos. Y maltratados. No faltaban en los barrios ni en las calles céntricas. En casa, antes que un perro, tuvimos una gata rubia, que llegó de no sé dónde y se quedó un tiempo, más que por el afecto que le dábamos mamá y mis hermanos, por la presencia de ratas. De noche, se turnaba las camas, y casi al amanecer dormía a mis pies.

 

Después llegó “Sultana”, una perra criolla, amarilla y enorme. Nos la regaló una tendera de nombre Leticia, que a su vez la había adoptado cuando la encontró solitaria en la Autopista del Norte.  Era afable y alegre, y acompañó por varios meses la infancia de mis hermanos y yo. Ya a Richard, a los cuatro años, lo había mordido en la cara un perro callejero. Muchos años después, cuando lo entrevisté en un programa radial, Aníbal Vallejo, artista y protector e historiador de animales, me contó una historia. Un perro se había volado del barrio Castilla de Medellín, llegó a Bermejal, luego pasó a Bello, donde vagabundeó por distintos barrios, entre ellos “Santa Ana de los Eucaliptos” (cuando pronunció el nombre de este barrio supe que había leído mi novela El sol negro de papá, porque solo allí, en la ficción, aparece un barrio con tal nombre), hasta llegar al barrio El Rosario y morder a un muchacho de cuatro años. Él, Vallejo, que tenía el documento de sanidad con el registro del caso, creyó que ese muchacho mordido era yo, cuando, en realidad, se trataba del ya nombrado. Todo por apellidarse Spitaletta y llamarse Ricardo, digo que pudo haber sido la confusión del gran Aníbal.

 

La imagen más triste que tengo de un perro también pertenece a Bello. Sucedió, cuando yo tenía tal vez diez años, por las mangas cercanas al Búcaro, un balneario sin igual, y hoy inexistente, en la quebrada del Hato. Un grupo apedreaba a un pobre can, del cual recuerdo sus aullidos de dolor e impotencia, porque, según dijo alguno, sufría del mal de rabia y había que eliminarlo. Me invitaron a darle piedra. No fui capaz. Creo que, al contrario, sentí ganas de apedrear a los lapidadores. No recuerdo si lloré entonces, o más tarde. Pero jamás se borraron los gestos lastimeros del perrito, que al final de cuentas se quedó en silencio. Muerto.

 

Sultana, que tenía también entre sus amores a doña Elvira, una señora del barrio Bellavista, en Bello, como alternativa, porque mamá se la había regalado no sé por qué motivo, iba de tour a casa, por las noches. Le abríamos la puerta y entraba voleando la cola y con una cara que siempre creí sonriente. Se notaba que había estado en pantanos y basureros durante el camino de varios kilómetros hasta nuestra residencia del barrio Nazaret, a unas cuadras de donde estuvo el viejo cementerio de Bello. Por la mañana, se volvía a su nuevo hogar campestre, próximo a las aguas de la quebrada la García.

 

Durante muchos años, ya no tuvimos perros en casa. Hasta cuando volví a conseguir unas mascotas, más por gusto de mi hijo que por el mío. La última fue una perra gran danés, que a los seis meses parecía una vaca, preciosa y todo, pero hubo que darla en adopción porque el espacio no daba para albergarla con comodidad. Y pasó el tiempo. Y con mi mujer, hace casi dos años, adoptamos una fox terrier, que ya traía el nombre de Dana. Y entonces, con ella y por ella, recordé la voz del escritor Mario Escobar Velásquez, que me decía que los perros piensan, que entienden más de trescientas palabras (más de las que comprenden hoy muchos humanos) y que son una compañía imprescindible y amorosa.

 

Y esta memoración perruna viene al caso porque, ayer, cuando llegué a casa al mediodía, a la entrada estaba echado un precioso labrador, joven. Le pregunté a Hernando, un hombre que pasa día y noche en la esquina, qué sabía sobre el perro. “Lo bajaron de un carro y ahí lo dejaron”. Marcela, mi esposa, al enterarse, lloró y después le dio cuido y agua. Llamó a varias protectoras y en ninguna le prestaron atención. En otras, bautizadas como “fundaciones”, le dijeron que tenía que pagar para poder llevar el animal. Ella quería dejarlo en casa, pero a Dana, que además jugueteó con el labrador dorado en la acera, le entraron celos. Y bueno, por la noche, cuando volví del trabajo, el labrador no estaba por ningún lado. Pregunté al celador por si lo había visto. Nada. Queríamos dejarlo con nosotros, pese a la actitud contraria de nuestra fox terrier, que también se asomó a la ventana cuando, desde arriba, oteábamos la solitaria y anochecida calle San Martín en búsqueda del labrador que algún desalmado decidió botar en el barrio Prado, de Medellín. Hoy, mi mujer despertó llorando y yo decidí escribir esta crónica canina con el fin de desearle al perro abandonado una vida larga y feliz.

 

(Escrito en Medellín mientras la brisa de enero refresca los árboles del barrio)

Anoche fui las cosas de mi armario

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Anoche, acostado, me puse a mirar el closet blanco de mi habitación y de pronto sentí que yo era parte de lo que había adentro. Una cosa más. Desde ese otro lado, comprendí que un escaparate es la vivienda de la intimidad. Una camisa bien alisada, los interiores, los pantalones que cuelgan en ganchos, las gavetas con relojes de pulsera, documentos, alguna joya que ya nadie usa, los perfumes. Todo reservado para alguien, que es quien las ha comprado, o recibido en regalo, quien las ordena y desordena, que sabe dónde está cada prenda, o que puede ser que la haya olvidado y tras algún tiempo de indiferencia la encuentra y se sorprende. Empecé a mirar el mundo desde dentro del armario.

 

Las cosas, tan diversas, están ahí, en su hábitat, a veces se comunican entre ellas y hablan de la costumbre. Están hechas para ser utilizadas. O guardadas por mucho tiempo, sin que las usen. Pueden ser víctimas del olvido, situación que las hace permanecer casi intactas. Mirar desde dentro de un armario es limitado. Pero puede uno comprender ciertos aspectos de lo que denominan lo íntimo, lo interior. Lo que solo existe cuando el dueño de las cosas abre las puertas y observa, busca, revuelca, grita, se desespera. Uno, como cosa de escaparate, solo es. No tiene posibilidades de escape. Ni de rebelión. Es una condición como de sometimiento, de servidumbre. No es bueno ser una cosa, pero anoche tuve sensaciones jamás experimentadas. Y tal vez creí que cuando alguien, que no es el de siempre, el poseedor, abre las puertas, esculca, mira con otros ojos, uno, como cosa, se siente violado. O por lo menos, visto de una manera poco familiar. El extrañamiento.

 

Una criada, por ejemplo, abre y cierra, mecánicamente. Pone aquí, allá, sin sentir nada especial por esta camiseta, por una corbata, por las medias. Y éstas, a su vez, saben que no tienen ninguna relación con aquélla. Les es indiferente. Pero, viéndolo de otro modo, la doméstica es una suerte de transgresora. Penetra en un mundo secreto, único, que no está hecho para lo público. Un universo privado, con olores particulares, con parte del carácter de quien es su poseedor. Hay, entonces, una especie de forzamiento del extraño frente a las ropas diversas. Porque, además, las cosas son parte, aunque no esencial, de ese otro al que ellas se han habituado. Puede ser un agregado de su personalidad. Abrigo de su desnudez. Elementos de lo superficial.

 

Cuando uno, pongamos por caso, se va de viaje y deja a alguien cuidando sus cosas, éstas pueden vivir momentos de inquietud. Se pueden sentir tratadas con desdén o con despreocupación. Las maneras de tocar, descolgar un bluyín, sacar una toalla, abrir un cajoncito para extraer un objeto, son diferentes a las del que el mundo de la propiedad denomina el dueño. Además, el presunto cuidador puede abrir su curiosidad y registrar. Puede especular acerca de la ropa interior, de los cuellos de las camisas, y, por qué no, tener ansias de revisarlo todo, encontrar una vieja carta, mirar álbumes fotográficos, formarse opiniones según las pertenencias, probarse alguna vestimenta. Y las cosas nada pueden hacer. Están a merced de lo con ellas quieran hacer o decir.

 

Anoche, recordé a algunas damas que en casa cumplieron su labor de ayuda doméstica. Marta la Negra, se llevó una cámara fotográfica. Cristina, la ojiverde, alzó con desodorantes y con una colección de discos de música tropical. Irene, una muchacha de cara inocente, se enamoró de una chaqueta que jamás volví a ver. Lucía se encarteraba los jabones de olor. Ninguna se llevó libros, ni tampoco ninguna grabación de música clásica. Una vez, cuando mi residencia era otra, una visita de ladrones, que se hurtaron pasaporte, relojes, lociones, equipo de sonido, televisor, computador, olla arrocera con arroz incluido, dejaron intactos los libros, las pinturas y la música. Qué incultos.

 

No sé por qué, mientras me volvía ropa, zapatos, cofres, ganchos, me acordé de Proust, tal vez el mejor descriptor de cosas que haya leído jamás. Para él, cada objeto, una lámpara, una vajilla, una linterna, en fin, tienen una relación clave y sentimental con el hombre. Y a su vez, memoré un poema de Borges, que durante mucho tiempo tuve enmarcado en un cuadrito en el patio de atrás: “… / ¡Cuántas cosas, / láminas, umbrales, atlas, copas, clavos, / nos sirven como tácitos esclavos, / ciegas y extrañamente sigilosas! / Durarán más allá de nuestro olvido; / no sabrán nunca que nos hemos ido”.

 

Anoche fui camisa y pantaloncillos; zapatos y medias; perfumes y sábanas, y supe de la intimidad que esas cosas sienten, y de su pasividad impasible, como a la espera de que su “dueño” las tome y las saque de su encierro de escaparate para tener relación con el mundo y con la luz.

Pintura de Pieter de Hooch

Isidoro Blaisten: fumador, loco y cuentista

Por Reinaldo Spitaletta

 

N.B: Hace 20 años conocí en Buenos Aires a un escritor muy particular. Se llamaba Isidoro Blaisten. Cuando murió, hace una década, escribí una crónica. Hoy vuelvo a evocarlo, como si fuera un tango o una canción de gesta.

 

A Isidoro Blaisten se lo llevó una muerte de nicotina, tal vez deliciosa, una noche de sábado de agosto. Ella fue la única que le pudo quitar la locura, la misma que él organizaba escribiendo. “No me cure la locura, doctor, que es lo único que tengo”, solía decir, como él mismo escribiría después en la contratapa de su libro Cerrado por melancolía. El hombre escribía por necesidad, e inclusive porque le dictaban desde las zonas del misterio.

 

Cuando lo conocí, lo único que había leído suyo era su nombre, en una librería de usados, en la calle Corrientes. El librero me dijo: “Si querés saber quién es el mejor escritor de cuentos de Argentina, leé a Isidoro Blaisten”. Al día siguiente, yo ya estaba en el piso 17 de un edificio de apartamentos de la calle Talcahuano. El tipo que me recibió tenía un bigote ahumado, una voz de arena (quizá como la de aquel tango de Garganta con arena), una sonrisa de bienvenida, un cenicero en forma de cabeza de caballo en su estudio, una foto gigante de Borges que no dejaba de mirarnos con sus ojos ciegos, una biografía de Onetti en el escritorio, muchos papeles y cuadernos de hule. Ah, y en ese momento se estaba fumando un Parisienne, del cual consumía dos paquetes diarios.

 

El tipo este, que para 1994 (año en que lo conocí) ya había publicado doce libros, era una mezcla rara de melancolía judía y hospitalidad porteña, aunque no había nacido en Buenos Aires sino en la provincia de Entre Ríos, en 1933. Recuerdo que lo primero que le pregunté, para romper el hielo, fue de dónde era su apellido. Borges ya se lo había dicho a él, en el hotel Sheraton, una tarde en que Blaisten ayudó por casualidad al autor de El Aleph a bajar unas escaleras: apellido alemán, muy antiguo, quiere decir “piedra de plomo” (bleistein), pero también está relacionado con el color azul… el tal Borges se las traía. Y digamos que el tal Isidoro, también.

 

Para sobrevivir, Blaisten había sido fotógrafo ambulante, redactor publicitario, periodista y librero. No se sabe cómo hizo para mantenerse de estos oficios, sobre todo del de librero. Su librería quedaba en una mítica esquina de tangos, y no de cualquier tango sino de Sur, de Troilo y Manzi. En San Juan y Boedo. Cigarrillo tras cigarrillo esperaba que entrara algún cliente, pero nada, y el hombre ahí, entre el humo, entre los libros que buscaban un lector, y entonces, ante tantas soledades y esperas, se iba a tomar café y dejaba colgado un avisito en la puerta: “cerrado por melancolía”, que fue el título que más tarde pondría a uno de sus libros. Ya lo conocían como poeta, como cuentista, premiado varias veces, ya lo habían traducido al alemán, al francés, al inglés, pero no solo de escribir literatura se supervive. Y diseñó entonces talleres literarios, para enseñar a contar historias. Como esta, titulada Buey solo bien se lame:

 

“_Al fin solos_ dijo el buey. Y empezó a lamerse. Se lamía con fruición, con delectación, con beatitud, con ímpetu y con esmero. Se lamía perseverantemente, asiduamente. Se lamió tanto la testuz que se quedó sin guampas, se lamió tanto la cerviz que se quedó sin cuello, se lamió tanto los pies que se quedó sin pezuñas, se lamió tanto el lomo que se quedó sin lomo.

“Ahora cuando los chicos del barrio lo ven pasar le gritan corriendo a su alrededor:

“_¡Lengua larga! ¡Lengua larga!”. (Del libro El mago).

 

Blaisten comenzó a escribir porque, a los once años, estaba enamorado de la rubia Berta, una chica esplendente, hija de un hojalatero. Soñaba con ella, le compraba chocolates e intentaba llevárselos, pero se los comía en el camino. Le escribía versos “horribles”, pero no se los entregaba. Tampoco los rompía. Los guardaba debajo de la cama, en una caja de zapatos hasta cuando sus cinco hermanos lo pillaron y se “burlaron de mí. Fue ahí cuando empezó a afirmarse mi vocación literaria”, decía entonces, sin soltar el cigarrillo y sonriendo con su bigote de humo.

 

Claro que, según decía, su amor por la literatura comenzó de verdad cuando la maestra de escuela lo obligó a memorizar un “poema”: “Es un niño Ramoncito / estudioso y muy formal, / buen amigo y compañero, / nunca se ha portado mal. / En la clase es el primero / siempre sabe su lección…”. Y, mientras me lo recitaba, con una ceja más alta que la otra, frenó en seco y me dijo: “El odio a Ramoncito me impide recordar el resto del poema”.

 

Isidoro Blaisten se dio a conocer con el libro de poemas Sucedió en la lluvia (1965), ganador del Premio Fondo Nacional de las Artes, pero pronto (¿acosado por Ramoncito?) abandonó la poesía y se dedicó al cuento: “La poesía es la quintaesencia de la literatura. Vos ves una mujer hermosa y le decís que parece un poema, y no una novela, un cuento, un entremés, un bronce patinado… Creo que la poesía, tomada en serio, como modo de vivir, conduce a la locura. Yo soy muy desorbitado, por eso el cuento me protege más. Con sus exigencias, por su brevedad y síntesis, es el género más cercano a la poesía”, decía y no paraba de fumar. Un buen cuento -afirmaba- es como un centelleo dentro de la eternidad, y creía, con Borges, que si uno tras leer un cuento no se pregunta qué pudo haber sucedido después, el cuento es malo. Y en ese punto empezamos a habla de El Sur, del genial ciego: “Tú nunca vas a saber qué pasó en ese cuento”.

 

Blaisten opinaba que el cuento perfecto era aquel que fascinaba a la gente y le podía gustar tanto “a Roland Barthes como a los muchachos de San Juan y Boedo”. Y decía que su cuento perfecto era Permiso, maestro, que está en el libro Carroza y Reina. Supo, sí, que muchos de sus relatos les gustaron a los muchachos de esa esquina, mas nunca se enteró si Barthes (muerto en 1980) leyó alguno suyo. “El cuento es el género literario que en un breve espacio siempre contiene al lobo”.

 

Algo así les decía a sus alumnos en los talleres. Hay, mínimo, dos formas de contar una historia. Una: “había una torero que era una maravilla y venía el toro y el tipo hacía lo que quería con el toro, pero un día vino el toro y lo embistió y lo mandó a la mierda y el torero se murió”. Y otra: “Tres golpes de sangre tuvo y su murió de perfil. / Viva moneda que nunca se volverá a repetir”. La misma historia -decía-, pero una contada por García Lorca; la otra, por una bestia.

 

El escritor organizaba su locura, escribiendo. Una vez, en una charla, dijo:

Pero, ¿qué locura organiza?: organiza su locura y, a través de la creación, la locura de los demás. Pero el artista no es un loco, a pesar que muchos creadores están o estuvieron locos. La diferencia estriba en que cualquier loco del Borda -o de otro establecimiento u hospital- puede cortarse una oreja, pero uno solo será Van Gogh. Este tipo de locura no organiza nada; al contrario, desorganiza todo”.

 

A Isidoro Blaisten a lo mejor se lo llevó el exceso de parisiennes, o el superávit de buen humor, o el excedente de melancolía, que de algo hay que morirse, carajo. La vida es una herida absurda, dice el gotán de Cátulo y Troilo. Se marchó a los 71 años, el 28 de agosto de 2004, una semana después, o dos tal vez, de publicar su única novela: Voces en la noche. Nos quedaron, por ejemplo, sus Anticonferencias, una mezcla de ensayo y narrativa; su Dublín al sur, Cuando éramos felices, Al acecho… En el apartamento del piso 17 todavía debe oírse la voz secreta que le dictaba historias. Su ausencia, en el estudio, la debe extrañar su cenicero.

(Escrito en Medellín, cuando enero es todavía una gran promesa)

 Isidoro Blaisten y algunas de sus obras

 

Maupassant o la pasión de escribir

Por Reinaldo Spitaletta

 

1. Introito

¿Qué objeto tiene repasar la vida de un escritor, buscar las motivaciones de su escritura, indagar sobre sus obsesiones? Quizá se trate solamente de un asomo de la curiosidad, de saber en cuál tiempo vivió y creó un artista determinado, o de encontrar en esa parábola de su existir un ejemplo, la explicación de alguna inquietud en su obra, una guía para seguir insistiendo en otras lecturas. Porque tal vez no es lo mismo cuando uno lee la obra de alguien del cual no sabe nada o muy poco de su vida, a otro del que uno tiene nociones o amplios conocimientos biográficos.

 

Y no porque siempre la vida del escritor se proyecte en su obra, sino porque, al saber de quién se trata, de cuál pluma surgió el prodigio, uno encuentra otras posibilidades en la lectura. Desde luego, se podría argüir que a uno qué diablos le importa si Kafka tuvo o no problemas con su padre (o su padre con él), o si Hemingway fue un mujeriego y un alcohólico, o si Maupassant atravesó los umbrales de la locura, o si aquél tuvo sífilis y el otro sida.

 

Sin embargo, casos ha habido en el que el conocimiento de la vida de un escritor ha proporcionado interesantes claves para otras interpretaciones de su obra, como, por ejemplo, bien las hizo notar Elías Canetti al revelarnos El otro proceso de Kafka, o cuando se dicen que Gogol escribió La nariz debido a su “complejo de castración” y entonces uno como lector puede tener otras variantes frente al texto, buscar otras significaciones, nuevos ángulos, en fin.

 

También es cierto que lo que vale -o no vale- de un autor de literatura es su obra y no tanto su pensamiento, su ideología, su religión o falta de ella, ni su trayectoria en otros campos de la vida, pero nunca está por demás, para uno, cual simple lector, acercarse al mundo real del escritor, a sus mecanismos de creación, a ciertas facetas de su paso por el mundo, que lo pueden retratar. Es posible que a muchos nos haya pasado que el primer cuento de Maupassant que leímos hubiera sido Bola de sebo, y que a partir de ahí, el escritor francés nos hubiera tocado con su varita milagrosa de palabras para seguir leyéndolo, aunque de él, como ser humano, poco supiéramos.

 

Lo que sigue es apenas un esbozo biográfico de uno de los más fecundos autores de cuento que en el mundo han sido: Guy de Maupassant.

 

 

2. Un caso extraño en la escritura

 

Tal vez nunca antes de la incursión espléndida de Guy de Maupassant en la literatura, el género del cuento había tenido un cultor tan prolífico y de tan enorme talento para la narración breve, como aquel hombre nacido en el castillo de Miromesnil, Normandía, el 5 de agosto de 1850, precisamente el año en que las letras francesas se teñían de luto por la muerte de Honorato de Balzac.

 

Henri René Albert Guy de Maupassant es un caso extraño en el arte de escribir, no solo por ese modo impersonal, por esa suerte de objetividad (término que debe someterse a crítica y reflexiones) en su narración, sino porque en un poco más de un decenio -como si presintiera brevedad en su existencia- compuso más de trescientos cuentos, siete novelas, tres libros de teatro, tres de crónicas de viajes y algunos poemas. Y ese inventario es bastante para alguien que comenzó a publicar después de los treinta años y llevó una vida agitada, intensa, luchando al principio contra el tedio de una oficina pública y, después, contra las angustias y la locura. Se podría afirmar que todo lo que escribió lo vivió con pasión. A Maupassant no le cabría, de ningún modo, la frase sartreana de “se vive o se escribe”.

 

En rigor, Maupassant no creó nada nuevo; no “inventó” situaciones ni ambientes: los recreó. Y aunque no fue un estilista (pese a tener un extraordinario maestro en esas lides, como Flaubert), lo suyo, su mundo, su territorio, los dijo con sinceridad: pintó con su pluma fácil y aparentemente desaliñada a su Normandía natal, el campo, los pastizales, los paisanos, el sur de Francia, la ribera mediterránea, las orillas del Sena. Escribió de la condición humana, con conocimiento de sus relaciones con la sociedad, con el amor y la desdicha, con la locura y la muerte. Y aunque siempre quiso estar al margen de su obra, no pudo excluirse: en ella aparecen su afecto por el agua y la campiña; la experiencia con diversas putitas de su tierra; sus recuerdos de la guerra franco-prusiana (1870), en la cual participó como soldado en la flor de sus veinte años; su progresivo desquiciamiento, poblado de pesadillas y alucinaciones; los oscuros compañeros de oficina; sus viajes y el sufrimiento que le causaba el saberse enfermo (padeció una enfermedad venérea, al parecer hereditaria) y el intuir que terminaría demente.

 

 

3. Desnudez en el estilo

 

Su escritura es directa, sin ornamentos, sin intelectualismos. Está llena de visualidad. En ella se advierte su poder de observación, su capacidad para decir y ver lo esencial (que como diría Antoine de Saint-Exupéry, es invisible a los ojos). Sin amaneramientos. Presenta hechos, siempre. Es el lector, con ese inventario verbal propuesto por el artista, el que irá calificando, caracterizando situaciones y personajes. Maupassant muestra, sin artificios y con una estelar concisión. En su escritura hay, a más de un calculado distanciamiento, un pesimismo neutro, como si no fuera suyo sino de la vida.

He aquí algunos ejemplos de su estilo:

 

“En el último vagón del tren, una mujer gorda y un muchacho permanecían frente a frente, sin hablar y mirándose de tiempo en tiempo. Ella tenía, tal vez, veinticinco años, y sentada junto a la ventanilla contemplaba el paisaje. Era una fuerte campesina piamontesa, de ojos negros, de pecho voluminoso, de mejillas carnosas. Había empujado varios paquetes bajo el asiento de madera y conservaba una canasta sobre sus faldas” (Idilio).

 

“Marsella palpita bajo el alegre sol de un día de verano. Parece reír con sus grandes cafés empavesados, sus caballos cubiertos con sombreros de paja como para un corso, sus habitantes atareados y bulliciosos. Parece borracha con su acento que canta por las calles, su acento que todo el mundo hace sonar como un desafío…” (El mar)

 

“Durante varios días consecutivos los restos del ejército derrotado habían cruzado la ciudad. No era tropa: eran hordas desbandadas. Los hombres tenían la barba larga y sucia, uniformes en harapos, y avanzaban con paso blando, sin bandera, sin regimiento” (Bola de sebo).

 

Sin embargo, aunque Maupassant no lo quiera, aunque intente una prosa desprovista de cualquier contaminación personal, sus obsesiones se vuelcan en ella y su cuelan facetas de su personalidad, de su percepción del mundo. Por eso no podría hablarse de “objetividad absoluta”. Esta, tanto en la literatura como en el periodismo, es imposible. Siempre habrá un toque particular, un matiz íntimo, que les dé a las situaciones descritas, a la narración, un tono subjetivo. Para Maupassant, como para otros escritores, el arte, la literatura, es una suerte de catarsis, de desahogo. O quizá de elusión. Es como una huida de uno mismo. Como un querer borrarse uno para llegar a ser otro. El otro. Se sabe que, por ejemplo, el padecer una enfermedad ha llevado al artista a situaciones de desespero, que proyecta en su obra. Y, además, lo obliga a producir compulsivamente, como si esa fuese una manera de hallar la sanación. El arte como acción liberadora. Como terapia. Como escape de una realidad cruel y pavorosa.

 

 

4. La adolescencia, la guerra

 

Guy fue el primogénito de una pareja desavenida (Gustave de Maupassant y Laura Le Poittevin), de la cual, además, nació otro varón, Hervé. Ninguno de los dos, asaltados por la locura, sobreviviría a sus padres. Su padre, frívolo y libertino, era un propietario rural y agente de bolsa en París. A su madre, dama sensible y culta, le preocupaba más el arte que la posición social. Fue, por lo demás, una gran amiga de Flaubert. Guy, a quien sus padres no le inculcaron el amor por la lucha ni por el trabajo (sobre este último, una visión inteligente), tuvo una adolescencia de agites y, tras ella, una indefinición en la escogencia de profesión. No quería estudiar nada en particular.

 

Maupassant fue un muchacho violento, pero, a su vez, amable, que escribía malos versos y soñaba con muchachas desnudas y bellas y con expediciones a países lejanos. A los 13 años fue expulsado de la escuela católica de Yvevot; luego, entró en el liceo de Ruan. Cuando decidió ir a París a estudiar derecho, el estallido de la guerra franco-prusiana lo enroló en las filas del ejército. Y aunque no participó directamente en los combates ni estuvo en la línea de fuego, la guerra, con su carga de dolores y horrores, lo impresionaría hondamente. “Siempre me parecerá la guerra un ejercicio atroz, sórdido y bárbaro”, expresó alguna vez. En muchos de sus cuentos están presentes, como un canto de humo y cañones, los conflictos bélicos.

 

Después encontró empleo en el Ministerio de la Marina. Entre grises oficinas se desesperaba porque su alma y su sensibilidad le pedían otra cosa, una experiencia más elevada y sublime que un simple -y estéril- cargo de burócrata. Vivía, entre penurias económicas, con mil quinientos francos anuales de sueldo, más seiscientos que le pasaba su padre como pensión. “Después de haber pagado el alquiler, la comida y la lavandera, me quedan entre doce y quince francos para hacer le jeune homme”, le dice a Flaubert en una carta del 4 de noviembre de 1878.

 

Tiempo después, pasaría al Ministerio de Instrucción Pública (puesto que consiguió por mediación de Flaubert), donde el tedio sería más insoportable. Con todo, el brusco y chillón y mujeriego Guy ignoraba que aquellas horas de aburrimiento atroz y mala remuneración le proporcionarían un invaluable material para sus cuentos, en los que pintaría desesperanzados empleadillos y escribanos. Todo lo que le suceda a un escritor le es útil y puede ser usado como materia prima.

 

 5. El magisterio flaubertiano

 

Flaubert conoció los “poemitas” de adolescente del que sería su protegido y discípulo, y, desde luego, los desaprobaba, los sometía a su afilado bisturí crítico. Fueron los orígenes de una relación entre dos artistas de la palabra. El magisterio del autor de Madame Bovary, basado en la disciplina y el rigor, cambiarían la mentalidad y el estilo del alumno. En 1880, bajo el benéfico influjo de su “padrino” literario, Maupassant publicó una recopilación poética (Des Vers), sin éxito de ventas, pero en la cual ya se anunciaba la maestría que más adelante lo haría célebre en su país y fuera de él. Como coincidencia con su tutor, los versos del novel autor fueron censurados, y contra ellos se dispuso una acción legal (lo mismo aconteció con Madame Bovary), que fue suspendida gracias a la intervención de “altas influencias”.

 

Y sería en casa de Flaubert donde conocería a sus compañeros de generación literaria, como los hermanos Edmond y Julio Goncourt, entre otros, admiradores de Emilio Zola. En prolongadas sesiones, el maestro le enseñaba a Guy el arte de la observación, a desdeñar la ampulosidad, a escribir con exigencia y sin tregua. De Flaubert aprendió el método y la disciplina. El talento ya lo traía puesto. Además, Flaubert fue su confidente. El discípulo le contaba sus aventuras de cama, sus trastornos, preocupaciones y hasta las jaquecas y exasperaciones nerviosas que sufría, originadas, quizá, en la enfermedad venérea.

 

De aquel cenáculo de neófitos, el más joven era Maupassant. Nadie, excepto Flaubert, creía en él, lo cual, según se dice, le ocasionaba más envidias y antipatías que adhesiones. Como hubiera sido, en 1880, ya tenía escrita la obra que lo daría a conocer en la literatura francesa: Bola de sebo. Su maestro, en las duras faenas de escritura y corrección, le había dicho con anterioridad que todavía no estaba listo para publicar. “Solo te dejaré hacerlo cuando yo considere que tienes una obra madura y digna de ver la luz”, le había dicho.

En casa de Zola solían reunirse los jóvenes admiradores del autor de Germinal. Durante una de las veladas, Maupassant leyó su cuento. Al terminar, todos, incluso sus detractores, estallaron en aplausos. Aquel sería el principio de la estelar trayectoria del normando que, sin embargo, su maestro no pudo gozar, porque murió en mayo de 1880.


6. Escribir, solo escribir

 

En los años subsiguientes, dedicado de lleno a la literatura, escribiría cuentos, novelas, crónicas, obras teatrales. Aparte de renombre, con su producción conseguiría dinero. Al escritor le interesaba más crear que hablar o frecuentar capillas de intelectuales y literatos. Amaba el silencio. No requería para su labor artística la aprobación del público, ni apelar al expediente deleznable del escándalo. A los treinta años, cuando se da a conocer, inicia una maratónica carrera de un poco más de una década, sin descanso en la pluma. Ni siquiera sus ataques de locura (su madre también los padecía), ni la muerte de su hermano Hervé, en 1889, ni la sífilis, lo detuvieron. Escribía y escribía. Y él, que había sufrido las dentelladas de la pobreza, ya podía tener una casa de campo, y viajar (lo hizo a Córcega y al norte de África), y tener un barco (el Bel-Ami) y armar a bordo ruidosas jaranas.

 

Uno pudiera especular acerca de aquellos periplos del escritor: tal vez los hacía para huir de sus fantasmas, obsesiones y desaforamiento mental. O para hallar más materiales para su obra, obra que asombró a sus contemporáneos y continúa asombrando a la posteridad.

 

Sus cuentos están llenos de humanidad. Con economía de recursos creó personajes y contó memorables historias. El magisterio de Flaubert le formó, como lo dijera un crítico, un estilo enjuto, sin arrequives estetizantes, sin comentarios psicológico-morales, sin ripios. El autor se limita a dar testimonio de casos y personas “que parecen vistos sin intereses conscientes”. O tal como lo escribiera Silvina Bullrich, Maupassant no tenía la crudeza casi carnal de Zola, sino que llegó a su arte “con la ingenuidad del hombre sin prejuicios. Los cuentos de Maupassant son nada más que humanos. ¿Puede ser picaresco Le lit 29? ¿Lo es Bola de sebo? No, en ellos no hay picardía; hay una humanidad triste, hundida en sus pequeñas bajezas, en sus heroísmos monstruosos, en sus ingratitudes instintivas”.

 

Maupassant, colaborador de periódicos y revistas (Le Gaulois, Le Figaro, Gil Blas) publicó en éstos gran parte de sus cuentos antes de recogerlos en libro. También publicó en ellos sus crónicas Al sol, que relatan su viaje a Argelia. Jamás se curó de su insomnio ni de su delirio de persecución. De cierta misteriosa manera, El Horla refleja su caminar sin retorno hacia la locura. Supo del horror y de la espera, que se pueden apreciar en cuentos como La vendetta, La confesión, Quién sabe, Magnetismo, El collar, La cabellera y ¿Fue un sueño?, entre tantos.

 

En noviembre de 1891, dijo: “No quiero sobrevivirme. Entré en la vida literaria como un meteoro y saldré de ella como un disparo”. Un mes después comenzó a perder la lucidez. Tassard, su criado, cuenta que una noche lo llamó a gritos: “¡Francisco ¿está listo? La guerra ha sido declarada… Para el desquite usted sabe bien que hemos resuelto marchar juntos… Lo necesitamos, lo tendremos…!”. Sus últimos días estuvieron llenos de pesadillas y miedos: “Tengo miedo de mí mismo, tengo miedo del miedo, pero ante todo, tengo miedo de la espantosa confusión de mi espíritu”, escribió en sus postrimerías.

 

El día de los Reyes Magos de 1892, cuando se encontraba en Cannes en busca de la ansiada calma, en un ataque de locura intentó degollarse con una barbera. Curado de la herida, sus arrebatos continuaron con más intensidad. Fue trasladado a París e internado, con camisa de fuerza, en la clínica del doctor Blanche. En ella, tras 18 meses de sufrimientos ocasionados por una parálisis general y luego de cíclicas crisis de violencia, falleció el 6 de julio de 1893, cuando le faltaba un mes para cumplir los 43. En su sepelio, Emilio Zola pronunció un discurso, en el que dijo: “…estos no son ni buen lugar ni mejor tiempo para juzgar la obra completa de Maupassant; lo que sí puede decirse es que, hasta el último día de su vida, el pobre Guy, aunque pretendía hacernos creer lo contrario, ha sido apasionado amante de su arte, que ha buscado siempre, que se ha esforzado siempre en progresar, aguzándose en él más cada día el sentido de la verdad humana”. A Guy de Maupassant le sobrevive su obra.