Edith Piaf, esa voz de la calle

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Por Reinaldo Spitaletta

 

¿Dónde está la gamina que estremecía el asfalto con su voz? ¿Qué se hizo la chica de la miseria que se prostituyó por la urgencia de afectos? ¿Adónde fue la más trágica representante de la canción realista francesa? ¿Por qué París, con las hojas muertas de octubre, la llora en ese otoño de 1963? Ahí, seguida de cuarenta mil dolientes y once coches fúnebres, florecidos, y soldados que lagrimean, va la frágil (oh, levedad del ser: 33 kilogramos a su muerte) Edith Giovanna Gassion Maillard, la Piaf, el Gorrión. La voz.

 

Ahí va la antigua mendiga, la del cuerpo esmirriado y sin atractivo, la vagabunda del arrabal. La que le cantó a la vida con fuerza de ciclón. Con todo el aliento. Ahí va, en silencio, hacia el cementerio de Pére-Lachaise, mientras un legionario balbucea L’Himne a l’Amour. El pequeño gorrión -sin nido- ya no canta más, pero seguirá cantando. Misterios de la inmortalidad.

 

Se va la que, según los curas franceses, “vivió en pecado y murió sin confesión”, por lo cual le negaron los oficios religiosos en su funeral. Ni falta que le hicieron. Ahí va la que creció en la abyección, entre viciosos y malandrines, entre drogadictos y ebrios. La infinita enamorada, la que tanto amor no le cupo en su cuerpo de 1.47 de estatura. Había nacido el 19 de diciembre de 1915, en una acera, un parto alumbrado por la luz de un farol, sobre la capa de un gendarme. Cuna de cemento, sin arrorrós. Ausencia de cascabeles. A los dos meses, su madre, actriz circense, la entregó a la abuela, una alcohólica que, en vez de leche, le daba teterados de vino porque “el alcohol mata el gusano y da fuerzas”.

 

La chiquilla, creciendo en burdelillos, arrastrando su miseria por la calle (“La calle fue mi conservatorio; mi inteligencia, el instinto”, diría años después), se quedó ciega a raíz de una meningitis. Y entonces el oído comenzó a funcionarle más de lo necesario. Sonreía con el sonido del organillo. Su otra abuela la llevaba a cabarets y bailes de barriada. Las puticas de Lisieux que la cuidaban impetraron un milagro a Santa Teresa del Niño Jesús, y la nena volvió a ver: vio de nuevo su pobreza, y continuó deambulando por esquinas y prostíbulos. La hija del saltimbanqui Louis Gassion (él quería que se dedicara a la acrobacia porque “una chica que se desarticula enternece más que una que canta”) se soltó a los quince años de la opresión paterna y, junto con Simone, su hermana media, prosiguió su gitanería por cuarteles y encrucijadas. Se les escuchaba cantar Les mômes de la cloche (Las chicas de la campana): “Somos las chicas de la miseria / vagabundas que se van sin un centavo en el bolsillo / mi amo Satanás nos envía a hacer la ronda…”.

 

Y Edith cantaba. Con su voz desgarrada (con esa voz oscura de callejón, como dirían de la tanguera Malena) y sus ojos color violeta interpretaba la tragedia del mundo. Y la suya. Y se emborrachaba. Y amaba a los hombres con una sed de amor que jamás saciaría. Los tumultos urbanos escuchaban con deleite a esa muchachita feúcha, que decía bien aquellas canciones de soldados y rameras, la canción naturalista francesa de Bruant y de Damia (con esos temas que en literatura trabajaron Balzac, Víctor Hugo, Zola). “Mis canciones soy yo, mi carne, mi sangre, mi cabeza, mi corazón, mi alma… Nací para cantar, no para ser feliz”, diría después.

 

Cantaba en cafetines de pacotilla, con desagrado. “Yo rompiéndome la garganta para un montón de sebosos y amodorrados, pegados a las tetas de las putas de turno. Esos no ven ni oyen ni entienden. Por eso necesito la calle. En la calle me siento libre y hasta limpia. En la calle puedo cantar a mi antojo, y como a nadie le han cobrado por escucharme, se sienten generosos y aplauden”, decía Edith, que entonces se hacía llamar Huguette Elias.

Y en la calle la descubrió el dueño del cabaret Guerny’s, Louis Leplée (la bautizó como La chica gorrión –La Môme Piaf-). La noche del debut, la Piaf, de traje negro, abrió su actuación con Les Mômes de la cloche. Cuando terminó su repertorio, Leplée le dijo: “hasta que no escribas canciones para ti no valdrás siquiera lo que pesas”. A la sazón, pesaba cuarenta kilos. Después aparecería en su vida el verdadero creador de Edith, Raymon Asso. Con una historia que le sucedió a la Piaf en un tren, le compuso París-Mediterráneo. Era el nacimiento de una estrella.

 

Y la “frágil flor de las calles” saltó de la esquina al ABC, entonces el palacio del music-hall parisino. Luego, el Olympia, el Lido. La gloria. Seguía cantándoles a los desheredados, al infortunio, a los soldados y muchachas de la noche. Y entre tanto, necesitaba ser amada, sentir el abrazo, compartir su cama. No importaba si ella era desgarbada (tampoco si carecía de hábitos higiénicos). Tenía demasiado corazón. Y eso le bastaba para estallar en amores. Más tarde, en 1950, el gorrión abriría sus alas en la Sala Pleyel, donde nunca antes se había interpretado música popular. Era aquel el sacrosanto templo de la música clásica. Durante más de dos horas, la concurrencia, absorta, escuchó canciones como La Vie en Rose (traducida a doce idiomas), Le Mains, Le Petit Homme y L’Hymne a l’Amour, entre otras.

 

Y el gorrión seguía cantando. Michel Amer le había compuesto uno de sus máximos éxitos, El acordeonista, que ella cantó veinte años seguidos. Era una intérprete que se metía en cada tema, lo analizaba, volvía suya la historia de cada canción, se comprometía y le daba credibilidad. Por eso, en cada audición su música iba no solo al alma de la concurrencia, sino a las entrañas. De ella dijo la Mistinguett: “a la primera canción se exclama ¡ah!; a la segunda, ¡oh!; a la tercera se tienen ganas de irse; a la cuarta se llora, y luego se llega a la vigésima sin darse uno cuenta”. Y el escritor Boris Vian, opinó: “habría podido cantar la guía de teléfonos y seguiría conmoviendo a su público”.

 

Pero el pequeño gorrión cantaba a los marginados y a los pobres y a los desdichados y a los legionarios y al tabernero. Era la voz del pueblo. La de la soledad y la miseria. Era la voz de todas las ilusiones. De la inalcanzable felicidad. Esa felicidad que ella vería frustrada con la muerte en 1949 de su más grande amor, el boxeador Marcel Cerdan, el Bombardero de Marruecos (a quien le compuso su Himno al amor). “Estoy harta de esperar. El amor no existe, es una broma que me cuento para no morirme”, decía en 1951, enloquecida por las soledades. Tras un accidente automovilístico, se volvería adicta a la morfina. En el 52, a los 37 años, con su físico maltrecho, ajada la cara, se casó por lo católico con René Víctor Ducos (Jacques Pills), del cual se divorciaría. “Estoy casada con mi público, no he sido hecha para el matrimonio. Las campanas de una iglesia solo tocarán para mi entierro”. Sin embargo, un decenio después contraería nuevas nupcias con el peluquero griego Theophanis Lamboukas (Théo Sarapo), veinte años menor que ella.

 

Ahí va, apagada la voz, la mujer que entre 1951 y 1963 sufrió cuatro accidentes de tránsito y tuvo una intentona de suicidio, cuatro desintoxicadas en hospitales, tres comas hepáticos, una crisis de locura, dos crisis de delirium tremens, siete cirugías, dos bronconeumonías y un edema pulmonar, además de reumatismo. Va. Sin regreso. Con su canción (su testamento) Non, Je ne regrett rien. Había cantado su última gala desde la Torre Eiffel, para el estreno de la película El día más largo. Su última canción, L’Homme de Berlin, la grabó en abril de 1963.

 

Ahí va el Gorrión de París, acompañada de las lágrimas de todos los que la amaron, como Aznavour, Moustaki, Montand… “Madame Piaf posee genio. Es inimitable. Nunca hubo una Edith Piaf, ni la habrá jamás”, había escrito el poeta y dramaturgo Jean Cocteau, muerto el mismo día que la cantante (11 de octubre de 1963). Ahí va la voz de la calle. En su entierro no suenan las campanas.

(Del libro Historias inesperadas, editorial UPB)

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2 comentarios

  1. Eufrasio Guzman Mesa

     /  enero 19, 2014

    Hermoso texto Maestro Reinaldo, lo que est saliendo de tu mano no tiene pierde y aprovecho para agradecerte tus envos y saludar tu lealtad a esa escritura difana, limpia y vivificante como un arroyo fresco. Nos das cada alegra con tu escritura. Un abrazo.

    Eufrasio

    Date: Sun, 19 Jan 2014 17:30:01 +0000 To: tirtamo@hotmail.com

    Responder
  2. elvia

     /  noviembre 19, 2014

    Quiero escribir como Eufrasio.

    Responder

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