Las balas de gonzaloarango

Por Reinaldo Spitaletta

 

Enarbolando su bandera de pirata, gonzaloarango, símbolo de irreverencia e iconoclasia, tuvo más de santo que de demonio, si así puede considerarse a alguien que, con sinceridad, luchó por ideales de justicia y de belleza. Y contra la bobaliconada de una sociedad hipócrita, de falsas (o dobles) morales. ¡Ah! y sobre todo de tartufos, unas veces de camándula y otras de fusil. O de banda presidencial, queridos compatriotas. Vista desde ahora, en un país de barbaries sin cuento y estructuras mafiosas, la irrupción nadaísta podría parecer el oficio de un grupo de querubines rebelados que se propuso espantar beatas y hacer esconder monjitas.

 

Sin embargo, a la luz de los tiempos del Frente Nacional y más de trescientos mil muertos de la Violencia, en medio de un ambiente de mojigatería y rosario de seis de la tarde, la prédica nadaísta era una suerte de pústula, un vómito en la cara del presidente y del mercader, un baldado de excrementos sobre el virginal país de la doblez, un escupitajo a la sacrosanta tradición y a las letras de cambio.

 

El nadaísmo -que no se propuso destruir el orden sino desacreditarlo- en esos días de inciensos fue más que “la menstruación de una gallina”, y más que “la Santísima Trinidad tomando su té en el Astor”, y mucho más que “una masturbación de monjes en comunidad”. Fue la réplica de una generación que no soportaba más el olor a mortecina del establecimiento, ni sus valores bursátiles, ni de esa patria boba, hoy más boba -y más violenta- que nunca.

 

Y gonzaloarango fue su profeta, su ángel de fuego. Y su Cristo (¿o su Anticristo?). Quizás sus posturas no fueron muy originales (¿qué es lo original?), y posiblemente hayan sido tomadas de otras latitudes, pero el ruido que armaron aquellos jóvenes autodenominados “geniales, locos y peligrosos” en el seno de la conventual provincia se erigió como un referente distinto, un llamado a la desobediencia y a la necesidad de insurrección.“Luchar por liberar al espíritu de la resignación”, decía su primer manifiesto.

 

El profeta (o “profetica”) de Andes sintetizó la contienda de los nuevos contra los viejos imaginarios, contra las obsoletas representaciones de un país sometido. Fue la suya -y la de sus adeptos- una actitud de búsqueda de lenguajes diferentes, la de desnudar las miserias nacionales desde una perspectiva literaria, poética, periodística. La palabra, provocadora de cataclismos e incendios.

 

Decir ahora que Santa Teresa era una mística lesbiana o decir que uno no es católico por respeto de sí mismo, y porque son católicos “Darío Echandía, José Gutiérrez Gómez, Fernando Gómez, Laureano Gómez…” no tendría ninguna gracia ni causaría ampollas; sería apenas una insulsa dicharachería. Pronunciarlo en aquellos sesentas, esparciendo azafétidas y yodoformo en un congreso de “escribanos católicos”, sí era un bombazo, un acto subversivo y emancipador. O, según algunas señoras, una muestra de muchachos groseros y malcriados. Todo según el color…

 

A los cuarenta años* del nacimiento del nadaísmo, gonzaloarango es el símbolo del despertar de un país narcotizado, plagado de sotanas y guerras intestinas; un símbolo del hombre que se resiste a ser grey y no permite ser absorbido por la mediocridad, ni por el unanimismo, ni se deja obnubilar por los cantos de sirena de los dueños del poder, ni por los oropeles del capitalismo.

 

A lo Fernando González (uno de sus inspiradores), enseñó caminando y así encontró su propio camino. “No llegar es también el cumplimiento de un destino”, dijo en 1958, tras haber sido un simpatizante del dictador Rojas Pinilla.

 

Fueron el profeta y sus compinches una especie de guerrilleros verbales, de insolentes muchachos que, con sus pataletas y emboscadas de palabras, alteraron la ritualidad y el tedio de la aldea. De pelado, en su pueblo natal, había fundado un centro literario con el nombre del Indio Uribe (otro irreverente) y dejado sus castidades gracias a la presencia y los buenos oficios de la damisela Rita Machuca.

 

Gonzaloarango (nacido el 18 de enero de 1931) se murió de “camionazo” (1976) cuando ya también se había esfumado el movimiento que creó. Le sobreviven, me parece, algunos reportajes (en particular, el de Cochise), varios poemas y manifiestos, uno que otro cuento, y prosas como Medellín a solas contigo (cuando por treinta centavos compraba quince minutos de paisaje) y Elegía a Desquite, pero, sobre todo, su actitud de hombre honesto, de santo que, a gritos, reveló verdades a un país de asesinos y mentirosos.


*(Artículo escrito en 1998, por el aniversario cuarenta del nadaísmo. Hoy lo traigo de nuevo, por el aniversario de nacimiento de Gonzalo Arango. Vale)

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Gonzalo Arango, fundador del nadaísmo

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1 comentario

  1. José M. Ruiz

     /  enero 22, 2014

    Acepto que marcó y cambió una época bien definida de la Medellín camandulera, pero es inocultable que se traicionó a sí mismo y por ende a los que le sigueron.

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