Del crimen y otras perversiones imaginarias

 

(A propósito Del asesinato considerado como una de las bellas artes)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

1. Parte blanca (sobre crímenes ejemplares)

 

Le gustaba leer crónicas rojas, de esas que chorrean sangre y mercurio cromo por el papel, porque en ellas, según decía, podía captar la esencia del hombre y, al mismo tiempo, alimentar su inclinación por determinados crímenes que él calificaba de exquisitos, debido a los procedimientos, a cierta finura y precisión, a los modos del fácil acertar, por todo aquello que trascendía las técnicas (y la vulgaridad) y conducía a la perfección. De una manera arcana, era un admirador del victimario; para él, grande era Caín, que, con su fratricidio, en rigor quiso reivindicar la soledad. Caín -decía- fue un rebelde, un tipo en contravía, alguien que desobedeció a los dioses. Grande era Salomé, que pidió y le fue concedida la cabeza del Bautista, para ella un plato apetitoso, una muestra del poder de sus encantos; con éstos, todo podía conseguirlo, cualquiera besaría sus pies de danzarina, cualquiera podía perder su cabeza.

 

En fin, que el tipo se desvelaba con la lectura de expedientes, las reconstrucciones literarias de crímenes famosos, las novelas policíacas (en especial, aquellas en las que el asesino era el lector), y disfrutaba con la eficaz venganza del protagonista de El barril de amontillado, con la sangre de Duncan, el fantasma de Banquo, las historias de la guillotina (sobre todo, un relato de Washington Irving), ciertos cuentos de Marcel Schwob y Ambrose Bierce, y descubría en las croniquillas de sucesos una suerte de poética (palabras suyas) que lo fascinaba. Por eso, mantenía en la chaqueta los Crímenes ejemplares, de Max Aub, que él distorsionaba en sus conversaciones de café, y, claro, en sus repetidas alucinaciones.

 

En su más recóndita sentimentalidad quería ser un asesino famoso, como el barbudo que sacó para siempre de la pantalla de la vida a Sharon Tate, o como el que disparó contra John Kennedy, o como aquel otro que baleó a Lennon (llevaba en el bolsillo El cazador entre el centeno, de Salinger). Sin embargo, solo disfrutaba los crímenes de otros. Y los crímenes míticos, de epopeya, los novelescos, y muchos de los que se anunciaban en los periódicos, que a veces parecían pura ficción. Él, como tal, con su conciencia de hombre sano y libre y pagador de impuestos, era un respetuoso de la existencia, un enamorado de la convivencia, según decía.

 

Le atormentaba, no obstante, que ciertos crímenes no tuvieran un castigo ejemplar, sobre todo aquellos cometidos sin limpieza, sin talento. He aquí una vulgar relación de algunos de ellos: Se había impresionado mucho con aquel hombre que le rajó el vientre a su amante, en el momento en que hacían -o intentaban hacer- el amor, porque ella, mientras él la cabalgaba, miraba al techo, ida, sin interés, con aire de aburrimiento. El asesino -amante sensible- fue declarado inocente, en un juicio que no es del caso reproducir en estas páginas. Tampoco quedó muy satisfecho, o mejor dicho, su indignación fue mayúscula con el asesino de la motosierra, aquel que taló, primero, las piernas de su víctima y, después, sin técnica alguna, lo degolló. Jamás se descubrió el autor del siniestro hecho.

 

Disfrutaba, por el contrario, con la lectura de notas judiciales como la que narraba el modo en que una chica mató a su pequeña hermana, la noche de Navidad, para que todos los traídos del Niño Jesús le quedaran a ella. O con aquella otra del sujeto que, una tarde de aburrimiento, acosado por un ineludible tedio como de domingo, le regaló a un transeúnte un par de puñaladas mortales, en la creencia de que así se atacaba la monotonía. Ah, y casi se desarticula de la risa cuando leyó el caso de un hombre que volvió picadillo a un lotero, pero no porque este no vendiera nunca el premio gordo, sino porque, en general, se ponía pesado con la clientela, perseguía al probable comprador, lo acosaba, lo angustiaba con retahílas acerca de la suerte, le echaba una cantilena sobre el azar y lo ponía con los pelos de punta debido a tanta impertinencia. “Lo maté en nombre de todos”, le dijo al juez.

 

En el fondo, él era un buen hombre (y en la superficie, también, dijo una señora), con un excelso sentido del humor. Hubiera podido matar a cualquiera solo por no darle un disgusto. Pero siempre se contuvo. No se permitió exacerbaciones ni calenturas. Tantas veces pudo apuñalar, disparar, rajar con el hacha la cabeza de alguien, pero su temple se lo impidió. En verdad, su placer estaba sustentado en la lectura de casos de sangre, en el poder soñar con ellos, en el de darles a su manera otros desenlaces. No carecía de inventiva.

 

Un día escribió lo siguiente: “Lo maté porque me miraba con su solo ojo, un ojo como de gallinazo, inquisidor. No apartaba de mí su impar vista, con burla. Y me clavaba su odio desde esa pupila incandescente, diabólica. Entonces no resistí más, desenfundé un enorme clavo y me abalancé contra él. El ojo saltó, pero el clavo siguió entrando, hasta que el hombre no se movió más”.

 

No podía ocultar, por otra parte, su simpatía por aquel hombre, acusado de asesinato, que contó así su caso: “Íbamos como sardinas y aquel hombre era un cochino. Olía mal. Todo le olía mal, pero sobre todo los pies. Le aseguro a usted que no había manera de aguantarlo. Además, el cuello de la camisa, negro, y el cogote mugriento. Y me miraba. Algo asqueroso. Me quise cambiar de sitio. Y, aunque usted no lo crea, ¡aquel individuo me siguió! Era un olor a demonios, me pareció ver correr bichos por su boca. Quizá lo empuje demasiado fuerte. Tampoco me van a echar la culpa de que las ruedas del camión le pasaran por encima”.

 

A la luz de la ortodoxia, era un individuo extraño; sin embargo, era pulcro en sus apreciaciones sobre el crimen, el cual era su pasatiempo, su afición intelectual. Para él, el acto de matar a un semejante, independientemente de sus efectos morales, poseía una dosis de deslumbramientos, siempre y cuando hubiera en el asesino, aparte de una conciencia del hecho, un asomo de belleza en su ejecución. Él tenía las manos limpias; era solo un diletante. No aspiraba a contaminarse.

De los crímenes ejemplares, traídos por Max Aub, el que más le impactaba era el siguiente: “Matar a Dios sobre todas las cosas, y acabar con el prójimo a como haya lugar, con tal de dejar el mundo como la palma de la mano. Me cogieron con la mano en la masa. En aquel campo de fútbol: ¡tantos idiotas bien acomodados! Y con la ametralladora, segando, segando, segando. ¡Qué lástima que no me dejaran acabar!”.

 

2. Parte negra (sobre la Secta de los Asesinos)

 

Crímenes en la antigüedad. Y en la Edad Moderna. En todos los tiempos. Una enfermiza fascinación parece ejercer el crimen en el hombre. Desde el principio y por siempre: en la cueva prehistórica, en los aparentemente sosegados ejidos pueblerinos, en la penumbrosa medievalidad de un convento (El nombre de la rosa es más que una ficción). Así en la paz como en la guerra (nada que ver con Cabrera Infante). ¿Qué misteriosa fuerza induce al ser humano a matar a su congénere?

 

Somos, según la manoseada pero válida frase hobbesiana, lobos para nuestros pares (¡pobre lobo!). Sobreviven en cada uno trazas de la vieja antropofagia. La contundente quijada con la cual Caín terminó con los días y los trabajos de su hermano, reaparece en todas las etapas históricas con renovada ansia fratricida. Y entonces toma la forma de pistola, daga, misil, ametralladora, vulgar cuchillo cocinero, facón, cañón, bomba atómica. En fin. Vasto es el arsenal y corta la vida.

 

La inclinación hacia el asesinato es -puede ser- genética. La violencia, una constante en la historia humana posee -como es requetesabido-, raíces socioeconómicas y políticas, pero, al mismo tiempo, hay una parte oscura en su origen que puede ser, quizá, un componente de la herencia. Es probable que casa asesinato sea una suerte de reproducción, extraña por lo demás, de aquel momento en que el hombre primigenio, habitante de alguna húmeda caverna, propinó pedradas o garrotazos, no a un mamut o similar bestia, sino a su “prójimo”, para emplear un término muy caro a los cristianos. Es posible que cuando un hombre apuñala a otro en una humosa taberna, está repitiendo (nada que ver con Borges) la acción de Bruto contra César, o las cuchilladas de Carlota Cordoy contra Marat en la bañera. O, tal vez, la acción aleve de un jesuita para sacar del escenario a Carlos IV de Francia.

 

¿Qué experimenta la víctima en los instantes previos a su muerte, a su asesinato? ¿Alcanzará acaso a tener una noción de su verdugo? Y, por otra parte, ¿qué siente el victimario en el momento de consumar su acto sanguinario? ¿Se regocija como el vampiro a la hora de hundir sus colmillos en el blanco cuello de una muchacha? La literatura ha recogido y, paradójicamente, le ha dado vida, recreado, diversos paisajes siniestros del crimen. Ha pulsado los mecanismos y resortes que impulsan al hombre a cometer un acto de esa naturaleza. Crímenes de guerra, crímenes pasionales, crímenes por locura, crímenes políticos, crímenes a nombre de Dios… crímenes por doquier en un mundo convulso y desesperado. El mundo, real e imaginario, está poblado de crímenes.

 

La palabra “asesino” suscita variadas emociones y perplejidades: produce repugnancia y miedo y desconcierto e indignación. Su origen deriva de “hashishim” (tomador de hachís). Cuenta Marco Polo que en una región de Persia vivía el Viejo de la Montaña, líder de la arcana secta mahometana de los ismaíles o ismaelitas. Y cuando el hombre deseaba eliminar a algún enemigo político o religioso, entonces solicitaba voluntarios en su congregación. Estos, para llevar a cabo su misión, bebían vino mezclado con hachís y en ese estado, embriagados, eran conducidos a un paraje exótico donde se les proporcionaban frutas, alucinógenos y placeres de la carne. Tras un tiempo, retornaban, drogados, idos, trabados, a su fortaleza, la que tenían como si se tratara de un paraíso. Lo ganaban, según sus preceptos, por la fidelidad al Anciano Jefe.

 

En realidad, la Secta de los Asesinos fue fundada por Hasan ibn Sabbah (apodado Alauddin), un disidente de los ismaelitas que huyó de El Cairo y se refugió en Persia, donde predicó y propagó una extraña doctrina basada en la obediencia ciega al maestro, al Viejo de la Montaña. En un paraje montañoso de Irak construyó una fortaleza (el fuerte de Alamut o Nido del Buitre). Sus adeptos, para ganar su estancia en el presunto paraíso, cometían crímenes, como parte del ritual. O se suicidaban, si así se los pedía su líder espiritual, como prueba de fidelidad.

 

La secta logró desarrollar un alto grado de ese culto sangriento. Príncipes y emires y visires y cruzados murieron apuñalados por los seguidores de Hasan y, después, por los de los demás jefes que le sucedieron. Eran persistentes y arrojados. Ninguna barrera, ningún miedo, los detenía. Con facilidad llegaban a cualquier parte. Se cuenta, por ejemplo, que el califa persa Sindjar, cuya meta era destruirlos, encontró una mañana, bajo su almohada, una daga. Luego recibió una carta de Hasan, quien, como muestra de su poder, le decía lo siguiente: “fácil hubiera sido clavar en tu corazón lo que se ha colocado cerca de tu cabeza”. La medieval Secta de los Asesinos, iniciada hacia 1090, extendió su poderío, basado en la intimidación y el crimen, hasta Europa Central. Su oscuro reinado de terror y muerte se prolongó por ciento setenta años, al cabo de los cuales los mogoles arrasaron sus castillos y quemaron, en el Nido del Buitre, todos sus libros. El fuego convirtió en cenizas los secretos (las memorias) de Hasan y sus adláteres.

 

En todo caso, la literatura ha penetrado las honduras del alma del asesino, le ha otorgado un lugar en el mito y en la historia. El crimen como una pasión. O como una aberración patológica. O como resultado del medio social. Dostoievski, por ejemplo, es uno de los máximos maestros en la auscultación del ser humano y sus tendencias criminales. Edgar Allan Poe, Arthur Conan Doyle, Guy de Maupassant, Agatha Christie, desde luego Thomas de Quincey, entre tantos otros, logran excelentes páginas con el tema, siempre excitante, del asesinato. Y aunque en general su obra no se caracteriza por la presencia de criminales, Ernest Hemingway, en su relato breve Los asesinos (en el cual, por lo demás, muestra su dominio del diálogo), crea una de las joyas universales del género.

 

El nunca aclarado Jack El Destripador (cuyas tropelías sangrientas han inspirado películas, obras de teatro y bestsellers) solía matar a sus víctimas -todas prostitutas- a cuchilladas. Asesinos ha habido que prefieren, para su objetivo espeluznante, la cuerda, o el puñal, o el veneno, o sus propias manos. Los hay políticos (el de Trotsky, con hacha; el de Kennedy, con el rifle; el de César, con la daga…); los hay de cuello blanco. Y pobres. Y ricos. Sin distinción de clase. Y están los que asesinan por hambre, o por desesperanza, o porque creen ver en ese acto una auténtica pasión, un arte, una manifestación de la estética, una filosofía. Y, más en el fondo de todas las escalas, degradado, está el asesino a sueldo, el de oficio, el sicario, que es tan vil como el mercenario, porque en él el único fin, deleznable, es el dinero.

 

Tanto en las ficciones como en la realidad ha habido asesinos que prefieren ahogar a sus víctimas, o llenarle la boca de mariposas amarillentas, o desollarlas, o pintarlas al óleo antes de asestarles el golpe de gracia. Algunos se divierten recreando la escena y otros enloquecen luego de su fechoría, o cuando ven el fantasma de sus víctimas. En cualquier caso, el espíritu del Anciano de la Montaña sigue rondando por el mundo.

 

3. Parte rosa (el imaginador)

 

Era un imaginador. Soñaba ser el más espléndido autor de ficciones sobre asesinatos, y para ello entrenaba, de modo oral, en las esquinas de su barrio, cuando la noche pintaba de sombras el asfalto y las luces fluorescentes rutilaban en los postes. Se sentaba en la acera, estiraba las piernas y tosía con una tos calculada, como para darse importancia, antes de comenzar sus relatos. Los oyentes lo rodeaban; algunos fumaban; otros, chupaban confites; todos observaban un silencio de respeto.

 

La última noche (claro, nadie sospechaba que aquella sería la última) narró una misma historia, en distintas versiones. Esta es la primera:

 

El barbero regó con entusiasmo y pericia la espuma sobre el mentón y las mejillas del hombre. Notó algunos granitos y se estremeció: “soy un buen barbero, un barrito no echará a perder mi arte”, pensó. Tomó la barbera y la pasó, suave, por la badana. El cliente, bien recostado, cerró los ojos, estiró las piernas y suspiró. Parecía disfrutar su estada en la peluquería. El barbero alzó el instrumento. La luz centelleó en la hoja. La barbera se deslizó, produciendo un sonido melancólico y arrastrando a su paso jabón y barbas. El artesano trabajaba con certeza. La navaja cortó un grano y la sangre brotó, sin notoriedades alarmantes. La mano del barbero vaciló y entonces la cuchilla cercenó otro barro. “Esto me pone nervioso”, pensó el barbero, y continuó. Otro granito se interpuso y fue cortado. La cara del hombre era una mezcla de espuma y sangre. La barbera siguió moviéndose, hasta que, en un momento de insensatez e inexplicable arrebato, el barbero decidió seccionar la cabeza de su cliente.

 

En su segunda versión, es el cliente quien degüella al peluquero, con una variante, que daba cuenta de la tranquilidad del asesino: él mismo, con la cabeza del barbero a sus pies, continúa afeitándose. En la tercera, el cliente no tiene granos en la cara, pero su barba es muy dura; lo que también pone nervioso al barbero. Al día siguiente, el imaginador fue decapitado por el barbero del barrio.

 

Esta historia es real. El imaginador me la contó una noche de bohemia en el bar La Arteria, de Medellín, hace muchos años.

 

  

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