Martillo y su Viejo Café

 

(Una vieja crónica para recordar a un cantinero muerto y su bar)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Hace poco alguien me dijo: “¡Se murió Martillo!”, y entonces recordé al señor narigudo y atento que, en 1952, fundó un bar en la ciudad de los obreros, Bello. Había escrito, hace más de dieciocho años, una nota sobre él y su nostálgico cafetín en el que no había propiamente “sabiondos y suicidas”, pero sí en el que, muchos, pudieron conseguir allí “un puñado de amigos”. Reproduzco aspectos de aquella crónica de un tiempo ya muy lejano. ¡Ah!, El Viejo Café, que así se llama, sigue vivo y tangueando.

 

Lo primero que se le asoma al doblar la esquina es su afilada nariz, semejante a un pico de águila. Quizá por esa condición le dicen Martillo a ese señor decente que hace más de cuarenta y cinco años llegó a Bello de un pueblo del Suroeste de Antioquia, que no lo aceptaron como obrero de Fabricato por tener dañado un dedo de la mano y que entonces tuvo la feliz idea de abrir un bar de evocador nombre: El Viejo Café. En realidad, casi nadie sabe su nombre de pila: Luis Carlos Grisales; todos lo nominan como a esa herramienta que sirve para golpear puntillas. En cambio, todos saben que es el dueño de uno de los cafecitos más antiguos del barrio Prado, otrora centro de malevos con cartel y excelentes futbolistas. En esa población de obreros hubo cafés deslumbradores como el Viejo Palmeiras, el Lucerito, el Florida, el Torrente y el River Plate, pero fue El Viejo Café el que se quedó en la memoria de los ciudadanos.

 

“Este café lo conocen en todas partes. Han grabado videos para llevarlos a Estados Unidos y Europa, y venido de otros sitios para grabar tangos”, dice don Luis Carlos.

 

A diferencia de otros bares, este no tiene billares. Seis espejos, distribuidos estratégicamente en las paredes, aumentan la luminosidad (y también el tamaño). Caballos salvajes en frenética carrera están atrapados en un cuadro, junto al mostrador, con un vecindario de cajas de cerveza. El Viejo Café, color rosa pálida, tiene un traganíquel Seeburg de 200 selecciones. Como caso especial, 198 de ellas son de música argentina y dos del Jefe Daniel Santos: Esperanza inútil y Despedida.

 

Mientras suena un candombe, de alma negra y cadencias africanoides, a Martillo se le va llenando de recuerdos la voz. “He visto nacer y morir a mucha gente; a niños que se volvieron malos y los mataron”.

 

Martillo comenzó su actividad cantinera en los tiempos en que una cerveza o un aguardiente valían diez centavos. Alrededor del café, visitado por obreros y desempleados, “gotereros” y despechados, crecieron barras de muchachos y se formaron equipos de fútbol. El barrio era entonces muy peligroso, con zambras a puñetazos en las esquinas y humos de marihuana en las penumbras. A veces, dos familias del barrio se enfrentaban a palo, piedra y machete. Y hasta llegaron a darse martillazos, en sangrientas jornadas que le dieron mala fama al sector.

 

“El barrio era peligroso por la marihuana, pero a todos los viciosos los mataron. Nunca le permití a nadie que fumara marihuana dentro de mi establecimiento. Me respetaban mucho, y los convencí de que se portaran bien. Jamás he tenido un problema aquí”, dice Martillo. “Tampoco -agrega- aquí han matado a nadie. Los pocos muertos que ha habido han sido afuera. Claro que aquí adentro a veces se liaban a puños y cosas así, sin gravedad”.

 

El Viejo Café, sillas rojas y un farolito pintado en el aviso luminoso que lo identifica, convocó en otras épocas a los aficionados al tango. Iban a escuchar a Raúl Berón, navegante de su Barco María, y al japonés Ikuo Abo, que ahogaba sus penas en copas de champaña, y a Oscar Larroca con su malevaje en la sangre, y a Roberto Firpo con su Vals de los recuerdos. Y así por estilo, a Sobral, Rufino, Famá, Dante, Podestá, Rivero (qué raro, nunca se escuchó allí al Polaco Goyeneche). Y todavía, después de tanto tiempo, jóvenes imberbes y adultos de edad abultada, se congregan en ese ámbito a hundirse en las cadencias de tangos, milongas, valses, foxes y candombes, y a que, con su voz ahumada, el Anacobero Daniel les diga que “vengo a decir adiós a los muchachos…”.

 

A ese lugar rosado y amable también llegaron los miembros de conocidos equipos futboleros de Bello, a celebrar triunfos y llorar derrotas. En la memoria de algunos se conservan las gambetas impredecibles del Animalito, las atajadas de Jorge Cadavid y las piruetas de arquero de maravilla que era el Negro Tabares. Al barcito, que antes tuvo un inmenso mostrador de madera y fue bautizado como Los Tangos, también concurrían políticos locales, como Rodrigo Villa. Y llegaban los guapos de otras barriadas, que no se arredraban ante nada ni nadie, valientes y nobles, sin tapujos.

 

El café, que varias veces ha tenido puertas y pianos nuevos, se adornaba en diciembre con guirnaldas y festones y lucecitas de colores, y entonces los tangos se cambalachaban por música del trópico y el piso se cubría de aserrín verde (lo llamaban carnaza), hoy prohibido por la policía, porque, cuando llegaban a requisar, los malevos escondían en él sus puñales y navajas.

 

El Viejo Café, con sus melodías de arrabal, donde se escucha con insistencia aquello de “mucho tiempo después de alejarme, / vuelvo al barrio que un día dejé, / con el ansia de ver por sus calles / mis viejos amigos, el viejo café…”, es aún un referente de los antiguos cafés bellanitas, para obreros y estudiantes. Café de bohemios, con historias trágicas, cómicas, humanas todas. Cada que la noche se hace vieja, los frecuentadores de siempre desempolvan sus nostalgias y entonces arrugan sus corazones cuando suena un bandoneón. Y ahí, en medio de los acordes, la figura de Martillo, iluminada por los neones, parece el protagonista de un tango reo.

 

Nota: Martillo murió el 9 de febrero de 2014.

 

 

 

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