La fascinación de la guerra

(Un ensayo con bombas, héroes y víctimas)

Por Reinaldo Spitaletta

N.B. El 28 de julio de 1914, comenzó la Primera Guerra Mundial. A cien años de ese estallido devastador, estas líneas hacen parte de una conmemoración.

Si es tan atroz, si es tan inhumana, sin con su ejercicio el hombre muestra la peor parte de su condición, ¿por qué la gente va a la guerra? ¿Por qué se entusiasma con ella? Tiene que haber más de una razón (¿o de una sinrazón?) para que los rebaños armados marchen -muchas veces cantando- al matadero. Carl von Clausewitz declaró que la guerra es la continuación de la política por otros medios. También pudiera ser, con otra perspectiva, la falta de política, entendida esta como el arte de la convivencia pacífica entre los pueblos, como la convivencia dentro del conflicto.

Mirado así, tal vez desde una óptica idealista, el deber ser de la política es el de aprender a tener conflictos sin la necesidad de la eliminación del otro. Lo cual corresponde a un estadio de civilización. Pero, al contrario, lo que ha caracterizado a las civilizaciones es la guerra, la violencia, la imposición de un modo de vida o de pensamiento sobre otro, el dominio de la clase sobre otras. O de una superpotencia sobre naciones subyugadas.

La resolución de conflictos, sociales, económicos, políticos, tendría que realizarse con métodos que permitan la integridad del otro, la preservación del opositor. Pero, ¿cuáles? Hasta ahora, la guerra sigue siendo una especie de sangrienta partera de la historia. La lucha por el poder se traslada a los abruptos terrenos de la fuerza, casi siempre bruta, que trascienden lo político, para darle paso a la confrontación armada. El poder nace del fusil, sintetizaría Mao. Proponer como solución a los conflictos la construcción de una sociedad armónica, con características paradisíacas o angelicales, se parece más a una esperanza de ilusos pacifistas, con mucho corazón y poco cerebro, que a una obra pragmática. Oponer ese estado de ensueño a la amenaza de la guerra, con el fin de evitarla, es menos una posición razonable que una chapucería. A la guerra -gritan los guerreros- se le combate con guerra.

La guerra emite sus cantos de sirena, a los cuales sucumben los que no alcanzan a taparse a tiempo sus oídos. Tiene un incontrolable poder de seducción. ¡Hay que ir al campo de batalla!, ordena un dirigente, un general, un candidato, y abundan las salvas de aplausos. ¡Oh, qué valiente! Mambrú se fue a la guerra. Y, casi siempre, al combate irán los hijos de los pobres, que no los del banquero, ni los del dueño de la fábrica, ni los del magnate de la trasnacional. Las arengas guerreristas se dirigen a la emoción, se les suman, como en una receta macabra, ingredientes varios, o nacionalistas, o de defensa de la patria, cuando no de la religión o de un credo político. Se trata, como suele ocurrir, de mostrar la guerra como única posibilidad para defender la democracia, el establecimiento, o, en otros casos, para mantener los privilegios de una clase social. Pero en el fondo del aturdido entusiasmo que genera, subyace un motor: la guerra como una manera de la felicidad, tal como lo planteó Estanislao Zuleta.

“Los diversos tipos de pacifismo hablan abundantemente de los dolores, las desgracias y las tragedias de la guerra –y esto está muy bien, aunque nadie lo ignora-; pero suelen callar sobre ese otro aspecto tan inconfesable y tan decisivo, que es la felicidad de la guerra. Porque si se quiere evitar al hombre el destino de la guerra hay que empezar por confesar, serena y severamente la verdad: la guerra es fiesta”, escribió en su ensayo Sobre la guerra.

Ese mecanismo interior produce una exacerbación sensorial. Hay que marchar contra el enemigo, contentos, porque nos motiva una causa justa, la de defender nuestros valores, nuestro futuro, nuestro país, nuestra religión, nuestro Estado. No importa morir, porque se trata de un aporte, de un sacrificio propiciatorio para que el dios de la guerra nos bendiga, para ganarnos la entrada a un paraíso, para dejar sin brozas el camino. Por él caminarán otros. Es como ir a una bacanal a emborrachar nuestros sentidos, que la sangre también embriaga. Nuestra cuota para el baile. Al pueblo alemán lo embarcaron en la aventura (o desventura) de la guerra, con sueños megalómanos, con delirios colectivos, con promesas del superhombre. Y con una expresión de la vindicta (el experimento propagandístico ya lo había promovido, en la Primera Guerra, el presidente Wilson de los Estados Unidos).

Los líderes lo saben, y, por eso, palabras como honor, principios, heroísmo, grandeza de una nación, saltan en sus convocatorias, como los conejos de prodigio del sombrero de un mago. Vista la guerra como un goce colectivo, los guerreros son muy manipulables: a cada uno se le puede inculcar el rol del redentor. No importa el mutilado, ni el herido, y menos el muerto que ya cumplió, porque los asiste la animosidad del combate, una suerte de mesiánico destino.

Nadie duda, de otra parte, de las posibilidades estéticas de la guerra. La literatura, la pintura, el teatro, la epopeya, el cine, han dado fe de su belleza trágica. Una lanza que atraviesa la cabeza de un guerrero en las llanuras de Troya, el último aliento de un miliciano en la guerra civil española, los sembrados de trigo abonados por cadáveres, la luz que agoniza mientras transcurre una batalla, el canto de un grillo en la pradera tras el cese de los disparos, en fin, tantos libros y cuadros y crónicas y películas y fotografías dan cuenta de ella.

Pasa casi siempre que al que va a la guerra, con todo y su festejo, con toda su expectativa de asistir a una orgía de sangre y horror, desconoce las causas de la misma, llega con sus sentidos enardecidos, como quien, invitado a una juerga, aparece con varios tragos tomados. Por supuesto, la dimensión estética de la guerra la ven los artistas, no el soldado, no la víctima, tampoco el victimario. Para los parientes del combatiente caído tal vez no pueda haber nada de belleza en su sacrificio. Qué de estético puede tener la muerte de mi hermano, el balazo en la cabeza a mi amigo, la destripada de mi padre a punta de bayoneta, pero, como un atenuante: el que marchó a la batalla podrá tener un consuelo: murió por el honor, la patria, el líder, la causa. Y llegan las medallas.

Esa felicidad epidérmica que produce la guerra hace creer a los que a ella se suman que es una llamarada que no quema. Sobre todo en estos tiempos mediáticos, en que uno puede ver los misiles y las bombas como si fueran fuegos de artificio; en que tantos observan en primera fila, sin mancharse, sin salpicarse, los ataques israelíes a los palestinos; los bombardeos estadounidenses a Iraq, a Libia, a Sarajevo, como si asistieran a una piñata. O los atentados en cualquier lugar del mundo. Vista en la pantalla chica (que ya no es tan chica), la guerra parece un juego cibernético.

Lo decía el desolado Hamlet, al ver la destrucción inmediata de veinte mil hombres que, por un capricho, “por una estéril gloria”, iban al sepulcro como a sus lechos, “combatiendo por una causa que la multitud es incapaz de comprender, por un terreno que no es suficiente sepultura para tantos cadáveres”.

Qué edad tan detestable esta en que ahora vivimos. La voz es la del triste caballero manchego. “Cuán menos son los premiados por la guerra que los que han perecido en ella”, advertía Don Quijote en su discurso sobre las armas y las letras. Sin embargo, la euforia de los cañones continúa. Por los siglos de los siglos…

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De hachas y criminales

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Galarza y Carvajal, asesinos de Uribe Uribe

Por Reinaldo Spitaletta

 

Los antioqueños, como tremendos depredadores, utilizaron el hacha para tumbar monte, en las proezas de la colonización. Hubo alguno, Daniel Escovar, que la empleó para asesinar a siete personas en el Aguacatal, el 2 de diciembre de 1873. Aquel crimen, sí, El crimen de Aguacatal, estremeció a la Villa de la Candelaria de Medellín, bucólica y plena de chismorreos, y Francisco de Paula Muñoz se erigió, con su obra, que tiene todos los visos de lo que en la década del sesenta del siglo XX se llamó en Estados Unidos el Nuevo Periodismo, en el pionero del reportaje en Antioquia.

 

Las hachas me han transmitido una sensación escabrosa. Como si recibiera, al verlas, una descarga eléctrica. Recuerdo que mi abuelo materno las manejaba con cierta gracia y pericia. Cuando estaba cortando troncos en su finca de Rionegro, en lo que para otros observadores era un espectáculo, para mí se convertía en un ritual desagradable. Siempre pensé que, de pronto, en uno de esos golpes, fallaría y se amputaría una pierna. Nunca pasó y no sé si, en el fondo, o en algún ignoto lugar del inconsciente, yo deseaba que el viejo Marcelino, ojiazul, semicalvo  y de 1.65 metros de estatura, se despedazara con la herramienta.

 

De ahí, también, que nunca me gustó el dicho paisa de “ni raja ni presta el hacha”, que los guasones, con cierta dosis de chabacanería, transmutaban en “ni presta el hacha ni la raja”, sobre todo para referirse a ciertas muchachas. Pero saliéndonos de estas procacidades, soñé durante mucho tiempo, no sé cuánto, con el hacha de Raskolnikov, que la veía cimbrar sobre mi cabeza. Cuando leí la novela de Dostoievski, que mi papá me regaló en una edición de Bedout, relacioné a la vieja usurera con los prenderos de Bello, entre ellos Modesto Ochoa, que un día apareció muerto en su local de agiotista, intoxicado por una lata de sardinas. El hacha me persiguió hasta cuando me enteré, tal vez porque mi abuelo, que además era tiplista y coplero, cantó una noche de mis vacaciones de fin de año una canción en la que mencionaba a Galarza y Carvajal.

 

Entonces, como una transferencia o no sé qué vaina, ya el hacha del ruso no apareció más en mis pesadillas. Más bien, me interesé por averiguar quiénes habían sido aquellos dos asesinos del general Rafael Uribe Uribe, que a golpes de hachuelas lo dejaron tendido en Bogotá, muy cerca del Capitolio, el 15 de octubre de 1914. Leovigildo Galarza y Jesús Carvajal, dos carpinteros de tierra fría, se encargaron de eliminar al político liberal antioqueño que, tres lustros atrás, había salido derrotado de la Guerra de los Mil Días.

 

Sobre los dos criminales, que según supe años después, los hermanos Vicente y Francisco Di Doménico, filmaron un largometraje (el primero del cine colombiano) en 1915, se extendió una cortina de misterio. Porque siempre se dijo que detrás de ellos, dos ruanetas de apariencia simple, hubo otros asesinos en la sombra. Suele pasar con los magnicidios.

 

El caso es que alguna vez pude leer las declaraciones de los convictos, y había en sus relatos una precisa frialdad, que me heló la sangre.

 

Galarza, por ejemplo, decía: “En la dirección que llevábamos antes del ataque, es decir, Carvajal como a unos diez paso del General Uribe, guardándole la espalda, y yo al lado derecho del General Uribe, de pronto y al llegar como hacia la mitad de la cuadra de la carrera Séptima, ya citada, avancé unos pasos adelantándome al General Uribe, me fui de frente devolviéndome sobre él, y así en esta posición levanté la hachuela, que la llevaba ya lista debajo de la ruana, y le descargué el golpe que se lo dirigí sobre la cabeza y le cayó sobre la frente, del lado izquierdo…”.

 

Por su parte, su compinche, Jesús Carvajal, relataba: “Yo le di el segundo hachuelazo al General Uribe; el ataque que le hicimos fue así: al llegar a la carrera 7a. el General Uribe cruzó esta y siguió por la acera izquierda; yo seguí detrás por el mismo lado, y Leovigildo Galarza siguió a la derecha del General; al llegar como a la mitad de la cuadra, Leovigildo se adelantó unos pasos al General, subió por el andén por donde el General iba, se volvió sobre éste y le dio con la hachuela que llevaba un golpe en la cabeza o en la cara sobre el lado izquierdo, de cuyo golpe cayó el General al suelo; en seguida me bajé del andén, me le acerqué al general, le di un hachuelazo en la cabeza con la hachuela que yo llevaba, y me retiré para la acera derecha, donde inmediatamente me rodearon y me cogieron, desarmándome un agente que me quitó la hachuela”.

 

Y aunque no volví a soñar con hachas, o asesinos que las portaran, creció en mí el repudio por ese instrumento, tan usado por carniceros, aserradores, leñadores y, claro, por uno que otro criminal; unos sin arte alguno como los descuartizadores del puerto de Buenaventura, y otros, muy refinados, como los protagonistas de algunos cuentos del argentino Abelardo Castillo.

En primaria, una profesora nos enseñó a cantar el bambuco La ruana, de Luis Carlos González y José Macías, pero, ahora que lo recuerdo, me desafinaba en aquellos versitos que dicen “es fundadora de pueblos / con el tiple y con el hacha…”. Tal vez pensaba en los hachazos que mi abuelo les propinaba a coníferas y siete cueros. O, lo que también puede ser posible, ya tenía la premonición (una premonición hacia el pasado) de que con una como aquella, habían matado en la ficción a una usurera rusa, y que dos artesanos, Galarza y Carvajal (“que matasteis a Uribe Rafael”, cantaba el viejo Marcelino), con sendas hachuelas, habían cometido un crimen a sangre fría.

 

Sobra advertir que, a diferencia de lo que dice el gran poeta Epifanio Mejía en El Canto del Antioqueño, mis mayores no me dejaron a mí ningún hacha por herencia. Menos mal.

 

(Marzo 19 de 2014)

 

 

Rata en tres movimientos

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

La rata (primer movimiento)

 

La carrera San Martín, en el barrio Prado, está sembrada de guayacanes, laureles, mangos y casco’evacas. Antes de llegar a la esquina de la calle Urabá, hay un antejardín, con rosas, hortensias, crotos, barquillos guarda parques y una araucaria. En la canaleta que está entre la acera y el antejardín, hace unos días, vi, desde mi ventana, una rata grande. Caminaba despacio, atenta al mundo exterior, quizá nerviosa. Pasaban carros, uno que otro ciclista y decenas de motocicletas. Nubes oscuras de smog flotaban frente a la vidriera. El roedor se detuvo junto a lo que parecían restos de comida. Cuando iba a probarla, una mujer gritó con desaforada histeria: “¡una rata, una rata!”. Ella, la rata, se escondió debajo del pequeño túnel que forma la entrada de baldosas vitrificadas de la casa vecina.

 

Anoche, cuando las bolsas de basura esperaban el paso del camión recolector, volví a ver la rata. Parecía deleitarse con los desperdicios. El celador, de cachucha y chaqueta oscura, hizo sonar su pífano. La rata detuvo su cena y se aquietó, mientras el hombre pasaba muy cerca de ella, sin verla. Después, continuó con su banquete.

 

Esta mañana, cuando me asomé a la ventana, la volví a ver y hasta entonces no había percibido su cara: era blanca. Linda me pareció. Se ocultó. Y luego volvió a asomarse. No sé qué fuerza la impulsó a caminar por la canaleta, rumbo a Urabá. Debajo de un árbol, que parece ser familiar de las acacias, el frutero, llamado Uriel, que desde hace años tiene ahí un puesto de cigarrillos, jugos, confites, llamadas por celular y jugos, la vio. Hizo un movimiento brusco, amenazante, que la asustó. Tornó a esconderse. Me asaltó una premonición, que de inmediato no supe interpretar.

 

Por la tarde, mientras leía El Satiricón en la sala, escuché un alboroto. Gritos de mujeres, golpes. Algarabía humana, entre los ruidos de los motores. Cuando me asomé, tirada en la canaleta, la rata yacía destrozada. El señor de las frutas la había lapidado. La cara del roedor, antes blanca, estaba teñida de sangre. La calle seguía con su atiborramiento vehicular y una nube negra levitaba en ella. Cerré el ventanal, y lo único que se me ocurrió pronunciar, en voz baja, antes de continuar con la lectura, fue una frase lapidaria: “que descanse en paz”.

 

La rata (segundo movimiento)

 

Una noche, como a las ocho, mi mujer y yo, que leíamos en voz alta Vida y Destino, de Vasili Grossman, escuchamos un ruido metálico que procedía del patio de atrás, de nuestro caserón en el barrio Buenos Aires. Silencio. Y proseguimos la lectura. Otra vez el ruido. Y entonces ella gritó: “¡debe ser una rata!”. Caminamos hasta el lugar, no sin cierta aprensión y con sigilo, y cuando llegamos al patio, la rejilla del sumidero estaba levantada. “Sí, es una rata”, gritamos en coro. “Hay que buscarla”, dije. “Ni riesgos, yo no”, advertí y ella salió despavorida hacia el cuarto. Comencé la detectivesca faena de buscar el presunto roedor. Y en el cuartito de la alacena, cuando prendí la luz, ahí estaba, agazapada. Me miró con ojos de fuego, eso creí. Y solté el alarido: “¡Sí, es una rata, y es muy grande!”. Mi mujer comenzó una gritería desaforada: “¡Matala, matala!”. “No, no lo mataré”, respondí. “Entonces llamaré al vecino”, dijo con perentoriedad. A los cinco minutos, el vecino, de nombre Julián, que vivía en el inmenso caserón de al lado, se apareció con un palo. “Pensará que aquí no tenemos uno”, me dije. Puse sillas y tablas para que el roedor no se pasara al resto de la casa. Todavía estaba en la alacena. La provoqué con una escoba. Me mostró sus dientes. Y, cuando menos pensé, pasó por debajo de mis piernas. El vecino le propinó un garrotazo mortífero. Quedó grogui. La remató. Yo no miré. Ya mi mujer, según supe después, estaba en media calle. El hombre metió el cadáver en una bolsa plástica, salió sonriente y la depositó en el antejardín, junto a otras bolsas de basura. Mi mujer lo abrazó y le dijo: “sos mi héroe”. Volvió a sonreír y se fue a su casa con paso de vencedor. Esa noche, ya no pudimos seguir leyendo.

 

PD. Al día siguiente, compramos un pegante fuerte para fijar otra vez la rejilla. Ninguna otra rata volvió.

 

La rata (tercer movimiento)

 

Junto a una ceiba bonga, en el parque de Miraflores, en Medellín, hace años me paré con mi hijo. Queríamos elevar una cometa y yo le dije: “Mirá, este árbol ha sido un cementerio de cometas”; algunas de ellas, destrozadas, mostraban sus restos en las frondosas ramas. De pronto, frente a nosotros, y sin saber de dónde había salido, pasó un como roedor gigantesco, de paso fino, que se desplazaba con cierta elegancia. “¡Qué rata tan grande!”, dijo él. El animal siguió su camino, hacia abajo, bordeando unas largas escaleras. Era de color gris-blancuzco, de cola larga y hocico rosado. Aceleró y se perdió de nuestra vista. Se metió (o eso creímos) en la quebrada Santa Elena, a unas dos cuadras de donde estábamos. “No es una rata. Es una chucha”, le dije. Valga anotar que ha sido la primera y única vez que he visto una zarigüella.

PD. No pudimos elevar la cometa. No había viento.

La mafia y una receta de Rossini

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

La Honorable Sociedad, como se llamaba en sus orígenes a la mafia italiana, tiene la capacidad muy particular de mezclar la buena mesa con las balas, en una receta insólita en la que es posible que los planes de matar a un comensal se adoben con ajos y vino. Un mafioso tiene el poco común talento de preparar cenas apetitosas y crímenes exquisitos, ambos con rigurosidad y espléndido gusto. El derecho de muerte, un muy célebre ritual practicado en Italia, lo oficiaba el “ajusticiador” antes de asesinar a su víctima. Frente a ella y con tranquilidad digna de mejor causa, recitaba: “En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, mi casa es la de usted, incluso durante mi ausencia. Mi pan es su pan, mi ajo es su ajo, mi sal es su sal y mi vino es su vino. Así sea”.

 

Claro que no todos los banquetes se han de realizar con el fin de matar a algún incómodo rival. Ni más faltaba. También los hacen por el gozo sin par de una opípara comida, en oposición a los mandamientos estoicos de la frugalidad y la templanza, como bien lo estilan los sicilianos. Pero cuando hay combinación de mesa y crimen, no se le niegan ni bala ni las mejores viandas al invitado a morir, como se puede apreciar, por ejemplo, en algunas escenas de El Padrino (novela de Mario Puzo, adaptada al cine y convertida por Coppola en una magnificente obra de arte). No sé si traigo esto a colación, como decían antes, porque hay un filme, que no sé quién dirige, y creo que debe ser un polaco, en el que se intenta realizar una estrambótica relación entre la comida y la inspiración musical. Se les pregunta a grandes músicos e intérpretes sobre el asunto, si unos platos deliciosos podrían acelerar el genio para la composición o la interpretación, hasta desembocar, como es natural, en la vida y obra de Gioachino Rossini, uno de los músicos gastrónomos más populares.

 

No creo que un pavo relleno o unas deliciosas trufas despierten los acordes y armonías interiores, pero sí pueden ser, en sí mismas, honradas en su consumo con alguna pieza musical, porque, se ha dicho, las mejores cenas tienen que acompañarse con música. Es probable que más que las presas, el vino y la buena conversación alrededor de los platos, sea el hambre la que haya “inspirado” a algunos artistas; porque, en general, a los toreros sí los empujan las carencias a meterse en tan arriesgado oficio. “Más cornadas da el hambre”, decía El Cordobés. Así como los cuentos de ogros correspondieron a épocas de escasez, puede ser que las hambrunas traigan consigo otras obras menos tristes que las de seres macilentos y esqueléticos. El tema podría servir como hipótesis de investigación para historiadores del arte y la cultura.

 

Después de la muerte de Manuel Vázquez Montalbán, creador de tramas detectivescas (con Pepe Carvalho) y gran gourmet que escribió asimismo contra los gourmets, me puse a leer algunos asuntos gastronómicos que trascendieran, por ejemplo, las excelentes notas del español Caius Apicius, y me encontré con que, en sus comienzos, la gastronomía romana era simple, tanto como el aforismo de Cicerón, muy sencillo él, que dice que “el mejor condimento es el hambre”. Porque uno siempre asoció los banquetes excesivos con las bacanales latinas, plenas de lenguas de flamenco, pulpejos de camello, lirones cebados con castañas, jabalíes rellenos de tordos y tantas otras viandas que describen los poetas. Pero cuentan que hasta el siglo II, antes de Cristo, la comida romana no pasaba de lo básico, como una amplia gama de guisantes, leche de oveja, coles, habas, carne de cordero, manzanas e higos, que no estaba mal. Cuando conocieron los refinamientos de las cortes griegas de Asia Menor, la comida romana se tornó más costosa. Y más excéntrica. Y aparecieron los golosos que para poder abarcar todas las presas, tenían que vomitar para continuar con otros platos. Comer ahora “e dopo morire” parecía ser su consigna. El Satiricón, de Petronio, da cuenta con creces de esas comilonas de frenesí (como las convocadas por Trimalción), en las que todos los comensales eran dichosos y barrigones.

 

Pero desde hace rato me desvié, sin probar el plato principal. Quería ante todo hablar un poco del italiano Rossini, al que los cocineros de lujo han llamado el “compositor de la musa Gastrea” y alguna vez nombrado primer compositor del rey de Francia. El creador de Guillermo Tell y El barbero de Sevilla, como es obvio era un apasionado por la música, pero parece que más todavía por la gastronomía, tanto que, como anécdota, se relata que solo lloró dos veces en su existencia: cuando murió su padre y cuando se le cayó por la borda del barco un pavo trufado. Para él, las trufas eran “el Mozart de la setas”. Rossini, que se autodefinía como “un pianista de tercera pero el mejor gastrónomo del universo”, amaba los vinos y preparaba comidas de postín, como paté de pollos con cangrejos a la mantequilla. Sin embargo, sus macarrones son los de más éxito; y han llegado hasta hoy algunas de sus recetas gracias a las descripciones de su amigo, el muy célebre chef Antonio Carême (ah, sí, el filme antes relacionado lo tenía a él como personaje oculto), que las incluye en su sección de potajes italianos. Por ejemplo, la de los canelones Rossini: “El relleno de carne se debe hacer salteándola con foie fresco, en una proporción de un 20 por ciento de la carne, algo de trufa y ‘dos gotas’ de vino dulce. La bechamel se ha de hacer aprovechando la grasa que queda en la sartén tras saltear la carne picada, el foie y la trufa. Ya con los canelones en el horno, con el parmesano rallado por encima, a medio tiempo, espolvorearemos por encima un poco de ralladura de trufa”. Debe servirse con fondo musical, en el que puede estar la obertura de Guillermo Tell o la de Segismundo, y no me pregunten por qué.

 

Las cenas que ofrecía Rossini, los sábados, eran pomposas. Invitaba a 16 personas, que debían vestirse de gala, mientras él usaba una suerte de sotana. Su refinamiento no solo abarcaba las especialidades culinarias que servía, sino las vajillas y el decorado de la residencia. Sobra decir que entre sus comensales estaban siempre estadistas, príncipes, señoras muy bellas y muy cultas, Alejandro Dumas, Gustave Doré, el Barón Rothschild, el Barón Haussman y otros tipos muy principales, como Anthelme Brillat-Savarin, un durísimo de la gastronomía.

 

Pero volvamos a la mafia y sus platos. Sus víctimas debían morir “bien comidas”, que el viaje al otro mundo no las sorprendieran con hambre. El almuerzo y la cena han sido para ese clan momento propicio para la resolución de conflictos, preparación de negocios o para saldar cuentas con los enemigos. Se comienza con aceitunas asadas, se continúa con carnes, pescados y pastas, y se concluye con quesos, tortas y vino. Y después, si es el caso, vendrá la balacera. Ah, y para estos casos se recomiendan como fondo las canciones de Frank Sinatra. Buen apetito.

El compositor de ópera y gastrónomo Rossini