Rata en tres movimientos

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

La rata (primer movimiento)

 

La carrera San Martín, en el barrio Prado, está sembrada de guayacanes, laureles, mangos y casco’evacas. Antes de llegar a la esquina de la calle Urabá, hay un antejardín, con rosas, hortensias, crotos, barquillos guarda parques y una araucaria. En la canaleta que está entre la acera y el antejardín, hace unos días, vi, desde mi ventana, una rata grande. Caminaba despacio, atenta al mundo exterior, quizá nerviosa. Pasaban carros, uno que otro ciclista y decenas de motocicletas. Nubes oscuras de smog flotaban frente a la vidriera. El roedor se detuvo junto a lo que parecían restos de comida. Cuando iba a probarla, una mujer gritó con desaforada histeria: “¡una rata, una rata!”. Ella, la rata, se escondió debajo del pequeño túnel que forma la entrada de baldosas vitrificadas de la casa vecina.

 

Anoche, cuando las bolsas de basura esperaban el paso del camión recolector, volví a ver la rata. Parecía deleitarse con los desperdicios. El celador, de cachucha y chaqueta oscura, hizo sonar su pífano. La rata detuvo su cena y se aquietó, mientras el hombre pasaba muy cerca de ella, sin verla. Después, continuó con su banquete.

 

Esta mañana, cuando me asomé a la ventana, la volví a ver y hasta entonces no había percibido su cara: era blanca. Linda me pareció. Se ocultó. Y luego volvió a asomarse. No sé qué fuerza la impulsó a caminar por la canaleta, rumbo a Urabá. Debajo de un árbol, que parece ser familiar de las acacias, el frutero, llamado Uriel, que desde hace años tiene ahí un puesto de cigarrillos, jugos, confites, llamadas por celular y jugos, la vio. Hizo un movimiento brusco, amenazante, que la asustó. Tornó a esconderse. Me asaltó una premonición, que de inmediato no supe interpretar.

 

Por la tarde, mientras leía El Satiricón en la sala, escuché un alboroto. Gritos de mujeres, golpes. Algarabía humana, entre los ruidos de los motores. Cuando me asomé, tirada en la canaleta, la rata yacía destrozada. El señor de las frutas la había lapidado. La cara del roedor, antes blanca, estaba teñida de sangre. La calle seguía con su atiborramiento vehicular y una nube negra levitaba en ella. Cerré el ventanal, y lo único que se me ocurrió pronunciar, en voz baja, antes de continuar con la lectura, fue una frase lapidaria: “que descanse en paz”.

 

La rata (segundo movimiento)

 

Una noche, como a las ocho, mi mujer y yo, que leíamos en voz alta Vida y Destino, de Vasili Grossman, escuchamos un ruido metálico que procedía del patio de atrás, de nuestro caserón en el barrio Buenos Aires. Silencio. Y proseguimos la lectura. Otra vez el ruido. Y entonces ella gritó: “¡debe ser una rata!”. Caminamos hasta el lugar, no sin cierta aprensión y con sigilo, y cuando llegamos al patio, la rejilla del sumidero estaba levantada. “Sí, es una rata”, gritamos en coro. “Hay que buscarla”, dije. “Ni riesgos, yo no”, advertí y ella salió despavorida hacia el cuarto. Comencé la detectivesca faena de buscar el presunto roedor. Y en el cuartito de la alacena, cuando prendí la luz, ahí estaba, agazapada. Me miró con ojos de fuego, eso creí. Y solté el alarido: “¡Sí, es una rata, y es muy grande!”. Mi mujer comenzó una gritería desaforada: “¡Matala, matala!”. “No, no lo mataré”, respondí. “Entonces llamaré al vecino”, dijo con perentoriedad. A los cinco minutos, el vecino, de nombre Julián, que vivía en el inmenso caserón de al lado, se apareció con un palo. “Pensará que aquí no tenemos uno”, me dije. Puse sillas y tablas para que el roedor no se pasara al resto de la casa. Todavía estaba en la alacena. La provoqué con una escoba. Me mostró sus dientes. Y, cuando menos pensé, pasó por debajo de mis piernas. El vecino le propinó un garrotazo mortífero. Quedó grogui. La remató. Yo no miré. Ya mi mujer, según supe después, estaba en media calle. El hombre metió el cadáver en una bolsa plástica, salió sonriente y la depositó en el antejardín, junto a otras bolsas de basura. Mi mujer lo abrazó y le dijo: “sos mi héroe”. Volvió a sonreír y se fue a su casa con paso de vencedor. Esa noche, ya no pudimos seguir leyendo.

 

PD. Al día siguiente, compramos un pegante fuerte para fijar otra vez la rejilla. Ninguna otra rata volvió.

 

La rata (tercer movimiento)

 

Junto a una ceiba bonga, en el parque de Miraflores, en Medellín, hace años me paré con mi hijo. Queríamos elevar una cometa y yo le dije: “Mirá, este árbol ha sido un cementerio de cometas”; algunas de ellas, destrozadas, mostraban sus restos en las frondosas ramas. De pronto, frente a nosotros, y sin saber de dónde había salido, pasó un como roedor gigantesco, de paso fino, que se desplazaba con cierta elegancia. “¡Qué rata tan grande!”, dijo él. El animal siguió su camino, hacia abajo, bordeando unas largas escaleras. Era de color gris-blancuzco, de cola larga y hocico rosado. Aceleró y se perdió de nuestra vista. Se metió (o eso creímos) en la quebrada Santa Elena, a unas dos cuadras de donde estábamos. “No es una rata. Es una chucha”, le dije. Valga anotar que ha sido la primera y única vez que he visto una zarigüella.

PD. No pudimos elevar la cometa. No había viento.

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2 comentarios

  1. Paula Andrea Medina Alzate

     /  marzo 13, 2014

    Rei vos definitivamente sos muy gracioso y tu mujer no se queda atras, gracias por estas risas. UN ABRAZO!!!!

    Responder
  2. juliosuarezanturi

     /  febrero 21, 2015

    Cuando un texto está bien escrito, no importa el tema que uno le lee interesado. Y si el tema importa, doblemente mejor.

    Responder

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