Las campanas doblan por todos

(Evocando una novela de Hemingway)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

La historia humana está ligada a la guerra. Se podría afirmar que el guerrear es propio del hombre. Ha sido una constante, desde los tiempos primigenios. Tratada por filósofos, científicos, poetas, estadistas y por los pueblos en general, la guerra ha abonado con sangre y fuego, el arte de la literatura. Ahora y siempre. De los chinos a los egipcios. De Oriente a Occidente. Todos los puntos cardinales del orbe han sido escenario de la confrontación armada entre los hombres.

Ya se volvió un lugar común una de las frases más célebres de Clausewitz: “La guerra es la continuación de la política por otros medios”. Y esta de Miguel de Cervantes, no es que sea hoy rara: “el fin de la guerra es la paz”, que parece haberla tomado de San Agustín. La guerra, en muchos casos, ha inspirado obras de gran calado, como la Anábasis o el regreso de los diez mil, de Jenofonte; la Ilíada, de Homero; Guerra y Paz, de Tolstoi y aun la Biblia, que tiene muchos pasajes dedicados a encarnizadas batallas.

En el siglo XX, el más sangriento de todos, la literatura ha dejado, como testigo de la crueldad y el absurdo de esta centuria, numerosas piezas sobre el tema. Faulkner, Dos Passos, Steinbeck, Böll, Mailer, Valtin, Malaparte y Hemingway, son algunos de los escritores que han utilizado la guerra en sus obras. El último de los mencionados, aventurero, aficionado a los toros, la caza, la pesca, el boxeo, el buen licor y, desde luego, las mujeres, aprendió sus lecciones de literatura en el ejercicio del periodismo. Sus crónicas y reportajes, como también varias de sus más logradas obras de ficción, son un testimonio revelador de las contradicciones de nuestro tiempo. Testigo y actor de las dos devastadoras guerras mundiales, de la guerra civil española, de la invasión japonesa a China (una de las más sangrientas de la historia) y del choque greco-turco, el autor de El viejo y el mar tomó buena parte de su materia prima narrativa de esos acontecimientos.

Heredero y cultivador en el terreno reporteril del estilo de John Reed (conocido como el Reportero de la Historia), no solo fue un observador pasivo (de actitud binocular o de catalejo) de los combates. Fue protagonista. Luchador. Parte de la batalla. Y hasta carne de cañón. Durante la Gran Guerra, en el frente italiano, el entonces joven Hemingway fue herido por la explosión de un obús. Varias de las 237 esquirlas que penetraron en su cuerpo las llevaría toda la vida. Algunas de sus experiencias de la primera guerra las consignará en Adiós a las armas, publicada en 1929, y que es, a la vez, una historia de amor.

Hemingway, corresponsal de guerra, hombre de acción, aquel que según Marlene Dietrich encontró el tiempo para hacer las cosas con las que los otros hombres se limitan a soñar, desarrolló su arte novelístico en Por quién doblan las campanas, que, en determinados aspectos, puede ser su mejor novela. Es una suerte de fresco sobre la guerra civil española, en la que hace gala de su talento, en particular del manejo del diálogo. “No fue solo la guerra lo que puse en mi libro, ha sido todo lo que aprendí en España durante 18 meses”, declaró alguna vez.

La obra trasciende la guerra. Hemingway, que tomó abiertamente partido por la causa republicana, y además consideraba a España como su segunda patria, crea en esta pieza personajes que algunos llaman inolvidables. Jordan, el viejo Anselmo, Pilar, El sordo, María, van más allá de ser gente matriculada en uno o en otro bando, o de tener uno u otro rótulo de facciones. Cada uno a su modo, reivindica el género humano. Y aunque es un libro que huele a muerte, también tiene el particular olor de la vida. “Vi cómo los mataban a los dos. Mi padre dijo: ‘¡Viva la República!’ cuando le fusilaron, de pie, contra las tapias del matadero de nuestro pueblo. Mi madre, que estaba de pie, contra la misma tapia, dijo: ‘¡Viva mi marido, el alcalde de este pueblo!”.

Al leer Por quién doblan las campanas, se pueden quedar varias impresiones. Una de ellas es poder decir, con Agustín, uno de los personajes: “¡Qué puta es la guerra!”, y, otra, afirmar con Robert Jordan, el protagonista de la novela: “He estado combatiendo desde hace un año por cosas en las que creo. Si vencemos aquí, venceremos en todas partes. El mundo es hermoso y vale la pena luchar por él, y siento mucho tener que dejarlo”.

El epígrafe de esta novela, que Hemingway toma de una meditación del poeta inglés John Donne, tiene una vibración permanente, como la de espíritus cuyos cuerpos desaparecieron hace años. Un apartado advierte: “Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta, porque me encuentro unido a toda la humanidad; por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti”.

Las guerras continuarán porque, parece, son esenciales al hombre. Y estos procesos de destrucción de la razón y la inteligencia, continuarán inspirando a artistas y generando posiciones éticas y estéticas. Como las que asume, por ejemplo, un personaje de la novela La luna se ha puesto, de John Steinbeck: “Los hombres libres no pueden iniciar una guerra, pero una vez que ha comenzado pueden luchar hasta la derrota. Los que forman rebaños, los que siguen a un jefe no pueden hacerlo, y es por esto que las manadas ganan los combates y los hombres libres ganan las guerras”.

Entre tanto, las campanas continuarán doblando. “¿Quién no presta oídos a una campana cuando por algún hecho tañe?”, se preguntaba el poeta inglés en su meditación. Y hay voces que llegan con el viento, incluidos los vientos de guerra, que dicen que las campanas doblan por todos. Así que no hay por qué preocuparse. ¿O sí?

 

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Ernest Hemingway con milicianos de la Guerra Civil española

Una calle-monstruo de Medellín

Por Reinaldo Spitaletta

N.B. En la década del noventa solía caminar por muchas calles de la ciudad, en un intento por descubrir el espíritu de las mismas. En una libreta encontré esta nota, escrita en febrero de 1990, que hoy revivo. Dejaré que el lector descubra de cuál calle se trataba.

La primera vez que pasé por aquella calle, una mano arrugada que salía por los barrotes de una ventana me llamó con desespero. Era como la mano de alguien que se ahoga. No me detuve a averiguar de quién se trataba. Más adelante, tirado en la acera, había un hombre sin piernas. Elevaba sus manos flacas al cielo y hablaba solo. Cuando pasé junto a él, me miró con sorpresa y esbozó una sonrisa sin dientes. Seguí caminando, sin volver el rostro. La calle olía a sanjoaquines húmedos y a yerba. Sobre un carbonero, un pájaro gris le daba descanso a sus alas. El vuelo de una avispa negra me obligó a desviar los ojos. En ese momento, observé una figura alargada, recostada contra el marco de una puerta. Era una mujer de nariz filuda. Tenía una enorme verruga junto a la boca y en sus manos sostenía un garrote. No resistí la impresión que me causó el cuadro y corrí.

Una semana después, impulsado por un extraño afán de conocimiento, o quizá de explorador, volví a recorrer esa calle de Medellín. Me parecía que tenía un hálito fuera de lo común. Era una mañana soleada, con cielo limpio. Había una leve brisa, suficiente para mover las hojas de un falso laurel. Mis pasos no se sentían sobre el asfalto incompleto. Un perro amarillo pasó junto a mí y me olfateó el bluyín. Observé las peladuras de su lomo y la anormalidad de su oreja derecha: le faltaba más o menos la mitad. Tampoco tenía cola, por lo que imaginé que, en caso de tener algún amo, el can no podía expresarle su saludo total. Estaba pensando en este asunto, cuando un grito me sacó de mis cavilaciones perrunas. Era una mujer enrejada. Sus manos se aferraban a los barrotes de la ventana. Gritaba, pero yo no entendía nada. Y mientras me alejaba, más duro le brotaba la ininteligible voz a la dama.

No había caminado más de una cuadra, cuando vi a un hombre pelilargo, pantalón caqui, descalzo. Sentado en un taburete, estaba inmóvil y con los ojos cerrados. El sol le caía en la cara y le acentuaba unas manchitas negras en las mejillas. Al pasar frente a él, abrió los ojos y me miró con angustia. Quiso decirme algo, pero se arrepintió. La brisa transportaba un perfume de pinos. Por la puerta de una casa salían los sonidos heridores de un martillo revueltos con las estridentes notas de una canción mexicana. En un balcón, una anciana descarnada acariciaba unas bifloras como si estas fueran el último amor de su vida. Un niño atravesó corriendo la calle. La cabeza era, en proporción, más grande que su cuerpo. Arrastraba, a manera de carrito de juguete, una rata muerta.

Como ese día no pude averiguar el misterio de esa calle, volví al siguiente domingo. Esta vez el azul celeste se ocultaba tras unas nubes grises y en el aire había un olor a aceite caliente. Sobre un tejado había una ringlera de gallinazos. “¿Habrá algún muerto cerca?”, pensé. De alguna parte indeterminada brotaba el ruido giratorio y punzante de un taladro. Quise taparme los oídos pero en ese instante vi a una mujer de vestido roto por el cual se le asomaban no solo sus miserias sino las arrugas de su vientre. En la cara, color de periódico viejo, se le reflejaba la rabia contra el mundo. Aumenté la velocidad y me cambié de acera. De repente, me acordé, sin encontrar una razón para ello, de las cortazarianas historias de cronopios y de famas, y de un relato del nadaísta gonzaloarango en el que un hombre se vuelve pez. Nada de esto tenía sentido.

Esa calle, me dije, no tenía explicación. No podía entender por qué las claraboyas tenían ojos de gato y por qué en las ventanas aparecían caras monstruosas. Jamás había visto en esta ciudad nada semejante. Corrí con el ánimo de no volver a pasar jamás por esa porción urbana colmada de desasosiegos. Mientras me alejaba, las puertas se abrían, y del interior de las viviendas salían hombres con cara de caballo, mujeres peliblancas de cuerpos redondeados, mantecosos y fofos. En mi huida no lograba diseñar una interpretación sobre esa calle, cuya dirección no daré para que no sea objeto de curiosidades malsanas. Me sentí corcel, y galopaba. No me atrevía a mirar atrás porque me acordé de la mujer de Lot. Lo último que vi (y que aún recuerdo con espeluznante claridad) en esa calle abrumadora fue una mano huesuda y vieja que me llamaba con desespero desde una ventana enrejada.

Fotograma de película sobre Cronopios y Famas, en homenaje a Cortázar. Agencia Efe.

La romana o el lenguaje de la piel

(Recordando a Alberto Moravia)

Por Reinaldo Spitaletta

Era una belleza cuando apenas tenía dieciséis años. Flor de lujuria. Algo en ella, quizá ese misterio de sus ojos rasgados, evocaba a una virgen. Virgen de medianoche. Estaba hecha para el placer. También para el dolor. Dos caras de la misma medalla. De origen humilde, su riqueza radicaba en su cuerpo. Claro que, al principio, no lo sabía. Lo intuyó cuando sirvió como modelo de pintores. Y, cuando ante la insistencia de su madre (una costurera que, de joven, también fue modelo), aprendió que con esa anatomía de excepción podría conseguir para vivir.

Adriana, que así se llamaba (y se llama) fue pintada por el pincel sin temblores de Alberto Moravia. La romana se convirtió en una suerte de clásico de la literatura del siglo XX. Con un tema aparentemente trillado, la historia de una prostituta, el novelista italiano, autor de 53 libros entre novelas, cuentos, obras dramáticas y ensayos (también fue guionista), logró crear un texto intenso, narrado en primera persona (como tantas otras de sus novelas), que termina como una tragedia griega. En realidad, La romana tiene muchos ingredientes trágicos. Dolidos. Los problemas de la existencia están comprendidos en ella (por lo demás, Moravia era un existencialista). Adriana no es, como pudiera creerse, una putica común y corriente. Tiene demasiada sensibilidad y humanidad.

Uno, como lector, se puede enamorar de Adriana. Como, pongamos por caso, también se puede sentir inclinado hacia Bola de sebo, la meretriz narrada por Guy de Maupassant. Quizá resulte irreverente afirmar que “el oficio más antiguo del mundo” es tan necesario como la medicina, o la literatura, o la zapatería. La historia de la humanidad está colmada de prostitutas famosas. No mencionemos a Mesalina. Ni a Lamia, antigua cortesana griega. Ni a Lais, que vivió en Corinto, tan deseada por Demóstenes, que se entregó gratis a Diógenes. Nombremos, entonces, a Ninon de Lenclos, contratada una noche por el cardenal Richelieu. Y a Laura Bell, una de las “cocotas” más célebres de Inglaterra. Y paremos de contar, que se nos vuelve lista de supermercado.

La moraviana Adriana es de esas mujeres que, en su profesión, se va a enamorar de varios de sus amantes. Y al mismo tiempo va a desarrollar un alto sentido de la dignidad. Y del orgullo. No es, valga la expresión, una cualquiera. Ama a Gino, incluso después de saber acerca del engaño de este. Y al salvaje Sonzogno (ella cree que él es el padre de su potencial hijo). Y le abre su corazón a Giancomo. Por el policía Astarita también va a sentir, en un momento dado, alguna simpatía. El destino de ellos y el suyo están entrelazados. Trágicamente unidos.

Publicada en 1949, La romana sigue siendo una novela sin arrugas, vital. Resistirá, cree uno, los ataques del tiempo. El Índex católico la prohibió en 1952, aunque, en rigor, este puede ser un dato sin importancia. Lo que sí interesa es la solvencia narrativa de Moravia. Su capacidad para crear personajes como Adriana y Gisella. Y para introducir poesía en esta y otras de sus obras. Tenía mucho oficio el novelista muerto en 1990. Maestro del diálogo y del monólogo. Conocedor a fondo de la psicología femenina. Cantor del sexo, sin llegar jamás a ser pornográfico. Retrató, además, los vicios de la burguesía, y en La romana, por ejemplo, esbozó críticas al gobierno fascista.

En La romana, por otra parte, se da el descubrimiento de una vocación. Adriana llega a tener conciencia de las calidades de su cuerpo y de las “ganancias” que puede obtener de él. En ese proceso del amor venal, de los besos fingidos, de los abrazos teatrales, ella encuentra una manera de hacer menos triste su oficio. “Después no he vuelto a prestar atención a la apariencia de los hombres a los que he acompañado, tal vez porque, empujada por la necesidad, he aprendido muy pronto a encontrar a la primera mirada el aspecto bueno y atractivo que bastara para hacerme soportable la intimidad”. A la larga, Adriana aprende que las caricias no se pueden dar por decreto.

La romana evidencia, de modo dramático, la prostitución y la des-prostitución. La conversión. La ida y vuelta. Adriana camina por los senderos de la infamia y, tras la tragedia, se arrepiente, quizá en honor a esa semilla que palpita en su vientre. Construcción y destrucción, narradas de manera bella.

Moravia, que desde pequeño aprendió a inventar historias, tal vez porque la poliomielitis nunca le permitió jugar al fútbol, o correr por las calles con los otros pelados, dejó un testamento literario a la humanidad. Todavía se leen El conformista, La vida interior, La ciociara, Agostino, los Cuentos romanos, El aburrimiento (La noia). En estos y otros textos está su voz. La de un hombre que todo, incluso las mujeres, lo subordinó a la literatura. “La única cosa en que creo es en la literatura”, dijo alguna vez.

La romana finaliza con un anuncio optimista, una proclama vital. Un nacimiento. El fruto de una prostituta y un asesino verá la luz del mundo. Al cerrarse el libro, en el ambiente quedan flotando el dolor y la esperanza, y un poquito de alegría. La vida.

Gina Lollobrigida, en La Romana, filme dirigido por Luigi Zampa.

Simón de Cirene sube al seminario

(Una crónica de Viernes Santo con caluroso vía crucis)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

1. Un cirineo con una helada cruz

El sol ya casi caía perpendicular. Se sentía el rumor leve de árboles, mientras la Mona y yo subíamos al alto del Seminario. Era viernes santo. La Ermita del Padre Marianito, en un altozano, cerca de la puerta de hierro que conduce al seminario mayor de Medellín, estaba plena de feligreses. Se oían por los altoparlantes oraciones y cánticos. Seguimos ascendiendo y yo me adelanté en el trote. Sentía el sudor en la cara y en las axilas. Traspasé el portón y de pronto, hecho a mano, en una cartulina, estaba el anuncio de “Primera Estación”. Como una especie de súbito recuerdo, me devolví muchos años atrás, cuando, en un asilo de ancianos, en Copacabana, un viejo me regaló un libro: la novela El hombre de Cirene, de un autor sudafricano, de cuyo nombre no me he vuelto a acordar.

Cuando me lo dieron, era un libro que tenía hojas intonsas. Lo leí en dos o tres días, y me impresionaron las historias de Simón, de su destino marcado, que lo hizo viajar desde su ciudad, Cirene, al norte de África, en donde hoy está Libia, hasta Palestina para encontrarse, en el camino del Gólgota, con un condenado a muerte. Lo obligaron a cargar la cruz del convicto, que no era otro que el Cristo. Seguí ascendiendo.

A veces miraba atrás para ver dónde venía la Mona, mi esposa (una tendencia feminista en boga dice que ya no se debe decir “mi mujer”). Estaba como a una cuadra. El viento comenzó a soplar con interés. Me refrescó la cara. Más adelante, otro cartelito fijado en el tronco de un árbol para referenciar una nueva estación. Me imaginé que abajo, ya había comenzado el vía crucis. Y de pronto, memoré tiempos de infancia, cuando, con mis hermanos, íbamos a esa procesión, solo para ver muchachas y escuchar las desafinaciones de los coristas: “Por mí, Señor, inclinas, el cuello a la sentencia…”. La música, tristona y lenta, me parecía bella.

Ya iba muy arriba, cuando escuché una voz detrás de mí. “Oiga, señor, por favor me ayuda”. Me volví y había un viejo, con una neverita de icopor. “Si me ayuda, le regaló una paleta”, agregó. La cara del hombre, con arrugas y señales de muchos soles, parecía esperanzada. Tomé el refrigerador artesanal, me lo acomodé casi en bandolera y continué el trote. Miré atrás y no veía a la Mona. Subí y subí, con el sol encima y no sentía ningún rumor de árboles. En otro tronco, una nueva estación. Los feligreses expectantes, que esperaban la procesión, me miraban extrañados. Seguro pensaban que yo no tenía cara de paletero, descubrían alguna impostura, en todo caso, creo, no se imaginaban que estaba cumpliendo el papel de cirineo. Atrás, el Cristo; y aquí, con su cargamento de helados, el hombre de Cirene. Algunos caminantes portaban crucecitas de madera. Arriba, muy cerca al seminario, cuyo domo blanco se puede ver de cualquier parte de la ciudad, me detuve. Había muchos peregrinos a la espera, casi todos con cruces en sus manos. Yo estaba pendiente del verdadero Cristo, que subía despacio y con cara de serenidad.

No dejaba de parecerme increíble que la historia se repitiera y yo estuviera predestinado a convertirme, por un momento, en Simón de Cirene. La Mona llegó. El hombre (“he aquí el hombre”) también. Tenía rostro de agradecimiento. Destapó la nevera y quiso obsequiarme una paleta. “No, no señor, no me dé nada, lo hice con mucho gusto”. La Mona dijo que quería un mantecado, que los dos podríamos chupárnoslo. Escogimos uno de arequipe. Le pagué mil pesos. El hombre recibió el billete y se echó con él tres bendiciones. “Es el nombre de Dios”, dijo. Era la primera paleta que vendía en la jornada. Venía, según me dijo después, del barrio Robledo, al otro lado de la ciudad. A lo lejos, se escuchaba el rumor de un coro: “Oye el pregón, oh madre / llevado por el viento / y al doloroso acento / ven del amado en pos”.

2. Marianito y la Valvanera

Cuando llegamos a casa, en el barrio Buenos Aires, la vecina nos invitó a que esperáramos allí la procesión. Era un caserón de dos plantas, sótano, y unos seiscientos metros cuadrados, que hace años perteneció a John Restrepo, un rico de Medellín. En el antejardín, en el que había mangos y chefleras, estaba el avisito de la Estación XI: la crucifixión de Jesús. Nos sentamos en el corredor, junto al papá de Doris Cárdenas (así se llamaba una de las dueñas del caserón), un señor muy viejo, postrado en un sillón, sin moverse, y sin modular palabra. Había sido (nos había contado Doris) en su juventud, un seguidor del caudillo Jorge Eliécer Gaitán. Un tipo muy liberal. Ahora, frente a un croto rojo, esperaba que pasara por el frente de su casa, la procesión del Vía Crucis, procedente de la iglesia de Nuestra Señora del Sagrado Corazón.

Ya se escuchaba en un altoparlante, la voz del cura que entonaba, con la música de Gonzalo Vidal (otros la atribuyen a su tío Franciso el Patojo Vidal), la canción del Viacrucis. A una cuadra vimos muchas sombrillas rojas, verdes, azules, pero la mayoría era negra. La procesión llegaba, con sus apóstoles en alto, vestidos de rojo, morado, azul. La Mona recordó que la víspera, su tía Ledy nos había contado una pequeña historia sobre el padre Marianito, beatificado por el Vaticano. En los tiempos del apagón en Colombia, cuando era presidente César Gaviria, la tía se encomendaba a Marianito para que la protegiera cuando ella madrugaba a trabajar, en medio de la oscuridad. Pero no. Un día, unos ladrones la asaltaron y le robaron la cartera. Desde entonces, el “tal beato comenzó a caerme gordo”, dijo. “El padre Marianito no sirve para nada”, había agregado con cierta desazón.

La historia suscitó otra. Doris recordó que, hacía años, un señor de Sonsón había encomendado a su hija, una preciosa virgen de quince años, a Nuestra Señora de la Valvanera, para que le preservara su pureza mientras estudiaba en Medellín. De nada valió. La adolescente quedó preñada y su papá renegó de La Valvanera y destruyó sus imágenes, en medio de maldiciones. Ya la procesión iba en la otra estación, cuadra y media más adelante. Desde allá, mientras tomábamos una limonada fría y nos reíamos de la ocurrencia de Doris, escuchábamos a la feligresía haciéndole coro al cura: “Muere la vida nuestra / pendiente del madero / y yo ¿cómo no muero / de amor y de dolor?”.

Nota: el caserón de Doris y el nuestro fueron demolidos por una constructora para levantar una torre de apartamentos.

Con el tiempo, llegó el nombre del autor de Simón de Cirene: F.A. Venter.

Simón el cirineo

 

 

 

La sangre hirviente de Truman Capote

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

Hay bocones al estilo Cassius Clay o Muhammad Alí, como aún se denomina el “más grande” exboxeador estadounidense, que arman alboroto por donde pasan, con su vuelo de mariposa y aguijonazo de avispa. Se caracterizan porque, en rigor, cumplen con lo anunciado en medio del escándalo, al que aman. Tienen otra virtud: son geniales, a diferencia de otros bullosos, muy abundantes, que son pura baba de farándula. El escritor gringo Truman Capote (1924-1984), tal como lo probó en su vida y en algunas de sus obras, era “un genio, un drogadicto, un homosexual”. Y un alcohólico. Y, por encima de sus pasiones por el glamour de alta sociedad, las vanidades, la celebridad, la parafernalia enceguecedora del jet set y otros oropeles, era un artista.

Antes de aparecer su primera novela, publicada cuando él apenas iba a cumplir 24 años, a Capote, nacido en Nueva Orleans, ya lo conocían los lectores de revistas como Harper’s Bazaar, The New Yorker y Mademoiselle. En esta se publicó, por ejemplo, aquella historia siniestra de una chica de cabellos plateados, mirada de mujer madura y calculadora que se mete para siempre en la vida de una viuda. Miriam, un relato sicológico, con un excelso manejo de la tensión y la intensidad, inició el camino de altas y bajas en la producción narrativa de Capote. No era raro que a los diecisiete años ya publicara historias. Había empezado a escribir a los ocho, en un tiempo feliz en que su interés infantil se concentraba en leer libros, ir al cine, bailar zapateado y dibujar. “Un día comencé a escribir, sin saber que me había encadenado de por vida a un noble pero implacable amo. Cuando Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo; y el látigo es para autoflagelarse”, escribiría en el prefacio de Música para camaleones.

De pelado, no hacía las tareas escolares por dedicarse a escribir aventuras, imaginar novelas de crímenes, a recordar historias de antiguos esclavos y veteranos de la Guerra de Secesión. Y algún profesor llegó a decirles a sus padres que Truman era un “subnormal”. Pero resultó al revés. Los exámenes practicados revelaron que poseía una inteligencia superior. Su aprendizaje literario había comenzado temprano: ejercicios permanentes, como llenar libretas con conversaciones escuchadas a sus parientes y vecinos; elaborar listas de palabras con sus significados; la división de párrafos, puntuación, búsqueda de su voz propia, de un estilo. Iba abriendo el arduo camino de la perfección y el virtuosismo técnico, como también lo asimilaría de Flaubert, uno de sus maestros. “Hay que aprender tanto, y de tantas fuentes: no solo de los libros, sino de la música, de la pintura y hasta de la simple observación de todos los días”, escribió.

Y gracias a aquella persistente práctica de infancia y adolescencia, a los diecisiete años ya era un escritor “consumado”. Entonces ¿por qué sorprenderse, como hubo casos, por su primera novela Otras voces, otros ámbitos, publicada en 1948? Con esta obra comenzó la celebridad de Capote, que, durante casi sus sesenta años de existencia, estuvo signada por las polémicas, los chismes de salón, la lectura masiva de sus obras, a la que contribuyeron también sus apariciones cinematográficas, la confección de guiones, los shows televisivos, uno que otro de sus amantes y las fiestas de alta alcurnia que daba. Más allá del tipo de la voz de flauta, afeminado, y en ocasiones frívolo, había un escritor de talento. Así lo iba demostrando con sus sucesivas obras literarias y periodísticas, como Desayuno en Tiffany’s, El arpa de hierba, El duque en sus dominios

En la década del cincuenta ya Capote quería convertirse en una suerte de Proust gringo y tenía, para el efecto, el plan de escribir Plegarias atendidas, para quitar las máscaras de las celebridades, incluidas las de la política. A su vez, mantenía una competencia con escritores como Gore Vidal y Norman Mailer y, de vez en cuando, esgrimía sus estiletes contra la denominada Generación Beat. Una vez, en un programa de tv con Mailer, Capote la emprendió contra la Beat Generation, que Mailer defendía: “Ninguno de ellos tiene nada interesante que decir… y ninguno de ellos sabe escribir, ni siquiera Mr. Jack (Kerouac)… que no escribe sino que mecanografía”, dijo en un espacio dedicado a literatura y escritores. Para entonces, Capote, que también era megalómano, estaba convencido que, dentro de los escritores de su generación, no había ninguno como él con tan buen oído para la música y el ritmo de la lengua inglesa, ni otro que escribiera con tan impecable estilo y agilidad. Sin embargo, todavía no alcanzaba a demostrarlo del todo ni arrancaban en forma sus “plegarias”. Y para fines de los cincuenta parecía hundirse en una crisis creativa. Entonces, sucedió que una noticia judicial, perdida en una página de periódico, le iba a cambiar la vida.

El 16 de noviembre de 1959, leyendo The New York Times, se topó en el centro de la página 39, la nota titulada: “Asesinados rico agricultor y tres miembros de su familia”. Estaba fechada en Holcomb, Kansas, 15 de noviembre y la crónica empezaba así: “Un rico agricultor, su esposa y dos hijos fueron encontrados hoy en su casa muertos a tiros. Les dispararon a quemarropa después de haberlos atado y amordazado”.

Bueno, no todos tienen ojo para detectar en una aparentemente rutinaria información de crónica roja, un tema trascendente. No es tampoco asunto de suerte el hallar una idea para el nacimiento de una obra de “éxito”. La manzana cae, pero no todos son Newton para formular una ley. Claro, y es que para tener “ojo” hay que estar entrenado. Henry James lo dijo mejor: “Sus descubrimientos son como los del navegante, el químico o el biólogo, poco menos que el resultado de estar alerta para reconocerlo. Dar con lo interesante de la misma manera que Colón dio con la isla de San Salvador, porque se había orientado en la dirección correcta”. ¡Eureka! Capote estaba orientado en esa dirección.

El crimen de Herbert Clutter, su esposa Bonnie, y dos de sus cuatro hijos, Nancy y Kenyon, le quedó martillando al escritor. Era probable encontrar ahí un filón para una obra de largo alcance y se lo comunicó a un editor de The New Yorker, y le mostró el recorte. Y aquel aprobó la propuesta de Capote de escribir una historia.

Que no sería cualquier historia, porque, de varias maneras, el resultado, casi siete años después, iba a ser una especie de “revolución” periodístico-literaria: la fastuosa irrupción de la “novela de no ficción” o “novela real”, como la etiquetó Capote, no sin cierta visión de mercadeo.

El escritor se fue a la lejana Kansas con su amiga de infancia Nelle Harper Lee, autora de Matar a un ruiseñor, y encontraron un ambiente de psicosis de terror en la aldea, en la que varios moradores ni siquiera creyeron que Capote era periodista y pensaron, más bien, que era uno de los asesinos que andaba suelto. Ni él ni ella en sus entrevistas tomaron notas en público, y mucho menos usaron grabadora. Tras sus conversaciones con la gente, por la noche trascribían sus notas y las confrontaban. La detención de los asesinos en Las Vegas, cambió muchos planes de la obra de Capote, que pensaba solo hacer una historia de los muertos y del pueblo. Igual seguía creyendo que lo que estaba escribiendo era una obra de arrolladoras dimensión y fuerza. Sostenía que el relato no imaginario podía ser tan ingenioso y original como la ficción pura. Opinaba que la razón de que fuese considerado, por lo común, como un género menor radicaba en que casi siempre lo escribían periodistas “poco preparados para explotarlo. Solo un escritor que domine las técnicas narrativas puede elevarlo a la categoría de arte”. Y agregaba que, al contar una historia, la buena narrativa se mueve verticalmente y profundiza en el personaje y los acontecimientos. Y con ese arsenal de palabras y conocimientos, dado por su ya viejo oficio, Capote emprendió la escritura de A sangre fría. Sabía muy bien cuál era la diferencia entre escribir bien y el arte verdadero.

Para escribir este insólito reportaje, Capote convivió con los asesinos Richard Eugene Hickock y Perry Edward Smith, sufrió con sus continuas apelaciones, pero también con su condena a muerte. Y ellos, a su vez, confiaron en él, porque creían que les podía conseguir nuevos aplazamientos de su ahorcamiento. El 14 de abril de 1965, Perry y Dick fueron ejecutados. Capote presenció sus últimos momentos y, en 1966, publicó el libro, que antes salió por entregas en The New Yorker, que agotó ediciones.

“Nadie sabrá nunca lo que A sangre fría se llevó de mí. Me chupó hasta la médula de los huesos. Por poco acaba conmigo. Creo que, en cierto modo, acabó conmigo. Antes de empezar yo era una persona bastante equilibrada. Luego, no sé qué me sucedió. Sencillamente es que no puedo olvidarlo, especialmente los ahorcamientos al final. ¡Espantoso!”. Así se lo dijo a su biógrafo Gerald Clarke.

El libro, que dividió opiniones, le dio reputación y plata en abundancia. Y, al tiempo, les abrió el camino a otros, que primero lo criticaron, como Norman Mailer, y después, viendo la efectividad del método, escribieron obras. Mailer, por ejemplo, con Los ejércitos de la noche y La canción del verdugo, sobre el convicto Gary Gilmour. Otros, que según Capote “me copiaron”, fueron Bernstein y Woodward, los sabuesos del caso Watergate.

A sangre fría disparó la fama de Capote y aumentó sus finanzas, como también las de sus editores y agentes literarios. The New Yorker  calculó que el autor cobraría catorce dólares y ochenta centavos por palabra, a lo cual Capote replicó: “Si lo divide usted por seis años y tiene en cuenta los impuestos, cualquier telefonista de Wall Street gana por lo menos lo mismo trabajando media jornada”.

Después del éxito de A sangre fría (llevada al cine en 1967 por Richard Brooks, con Scott Wilson y Robert Blake como protagonistas) Capote no sería el mismo. Ni sus fiestas babilónicas ni el esfuerzo que luego realizó en Música para camaleones, le devolvieron su perfección literaria.

Quizá lo mató ese libro. Y, claro, al final la cocaína revuelta con Valium, Codeína, Tylenol y otros barbitúricos. El sábado 25 de agosto de 1984 el escritor se apagó en Los Ángeles, diciendo “mamá, mamá”. Tenía hastío de vivir. Su látigo, sin embargo, sigue azotando la historia del ya viejo Nuevo Periodismo.

Capote, el niño terrible de la literatura norteamericana. Foto de Cartier-Bresson

Medellín, la de atrio y cafetín

Por Reinaldo Spitaletta

A veces, como aquel Gonzalo Arango, situado en el morro de El Salvador, uno se siente -o se sienta- a solas con Medellín, con la pagana y muy cristiana ciudad que, en el siglo XIX sabía más de trabajos que de bailes. A veces, la ve uno con sus chimeneas extinguidas, sus bancos en efervescencia, su fiebre bursátil, y todavía, como en la Villa de la Candelaria, se pueden ver crecer las panzas y las bolsas de los potentados.

Ya pasaron los chismes de atrio. Cree uno. Y se fueron los bullicios de las mesas de bar de Guayaquil. Los reemplazó el “barequeo” de clientes en cacharrerías modernizadas y la agitación de almacén de El Hueco. A veces, sentado en el café Versalles, ve uno pasar a Junín y su extinguida historia de elegancias y pasarela de mujeres, parecidas, quizá, a la borgeana Lujanera: “Verlas, no daba sueño”. No hay lugar para la nostalgia, sí para la memoria.

Una ciudad, como se sabe, es más que una arquitectura, aunque ésta sea materia clave en la formación de símbolos, en la creación de imaginarios. Es más que una calle, incluso más que aquella en la que crecimos, o en la que supimos de las primeras revelaciones. Trasciende la infraestructura y anida en lo esencial: en la gente, en el transeúnte, en el vecino, que ahora, con la aparición del gueto, de la ciudadela encerrada, también tiende a desaparecer.

Una ciudad es más que sus buses y semáforos, más que sus edificios inteligentes y sus fábricas. Es un olor (tal vez a hollín, a plaza de mercado, a flores muertas), o un conjunto de aromas. Es un mundo interior. A veces, como en un tango, puede ser un coro de silbidos, o el fragor del patio de recreo de una escuela marginal.

La ciudad trasciende a la muchedumbre, sea esta laboriosa o de ociosos. Es, a veces, un estado de ánimo o el frufrú de una falda de colegiala. Medellín, por ejemplo, es lo que fue. Y lo que es. Tal vez, lo que será. Mezcla rara de tiempos muertos, de tiempos vivos. Así, es todavía el primer fonógrafo traído por Coriolano Amador, o ese automóvil francés que el progresista empresario (también llamado El burro de oro) trajo a Medellín antes de estallar en Colombia la Guerra de los Mil Días.

Es el Carré y el Vásquez, ayer lujos, luego conventillos, inquilinatos para amores de urgencia, expendios de alucinógenos, oficinas de sicarios. Y ahora, restauración y sosiego. Para que el ombligo de la historia no se corte. Es una extinguida plaza de mercado -también ideada por el hombre al que honra una calle- entonces símbolo de modernidades, con estación de tren incluida. Pero, a su vez, es un metro con estaciones asépticas e impersonales.

Medellín es una novela de Mejía Vallejo o de Carrasquilla y, claro, también una crónica de Abad hijo recordando al Abad padre, o un relato de Memo Ánjel y sus mesas de judíos. No es ya el teatro Bolívar o el Junín, referentes culturales de una generación extinguida, pero es el uniforme cine de hipermercado, o el centro comercial macdonalizado. Es, o era, la morcilla de las señoras de Tejelo y de las vendedoras de arepas de un Carabobo transmutado en paseo comercial. O cultural, dicen.

Uno hereda la ciudad. Como la lengua. O como la sangre. Así, en cada uno, aunque no lo sepa, hay un poco de sudor de obreros, de sus plusvalías textileras; un poco del barrio que ya no es. Tal vez unos rescoldos de calderas fabriles y hasta el alarido de Marañas, cuando, a fines del siglo XIX, al inaugurarse en Medellín el alumbrado eléctrico, proclamó con ufanía, mirando al cielo de su nueva ciudad: “¡Luna, a alumbrar a los pueblos!”.

Una ciudad, como esta, con nuevos cementos y bibliotecas barriales, es más que una concepción físico-espacial: es una entrada a la imaginación, a paisajes invisibles. Es, por ejemplo, aquel cafetín sin decorados y sin música, hecho para el ejercicio de la palabra y la fraternidad. Los planeadores la piensan para el intercambio de mercancías y las rentabilidades, pero la ciudad debe estar hecha para la relación inteligente con el otro.

Una ciudad, digamos Medellín, es un álbum de afinidades, de amores y odios compartidos. Y es el hombre que la habita, la padece y goza. No puede ser una prisión, ni una apología a los réditos económicos. Debe ser un espacio para el imprescindible ejercicio de la libertad y la imaginación, el mismo que trasciende lo catastral, lo burocrático.

Heredamos un poco, o casi nada, la ciudad perdida, la de Salvita, aquel alucinado que en su globo se estrelló contra los techos de la plaza de Guayaquil; la de las madonas festivas de las zonas prohibidas; la del poeta de la barba rojiza; la de los irreverentes alborotadores nadaístas. La de aquellos barrios extraviados que daban carácter y puñaladas.

Y somos de una ciudad que a veces nos sume en soledades, pero, al mismo tiempo, nos ofrece la posibilidad de manosear una gorda boteriana o la de meternos en una sala de teatro. Somos de una ciudad con gente que se rebusca en el semáforo, con muchachos limpiabrisas y contorsionistas de esquina. Ciudad de mendigos y avaros, de opulencias y necesidades, de ladrones y prostitutas.

Heredamos un tanto el cielo de esmog y el canto al trabajo; los campanarios y el desarraigo de los que arribaron empujados por el desamparo. Cada uno, el destechado, el magnate, es ciudad. ¿Qué debe permanecer, qué cambiar?

A veces es una ejercicio de placidez (también de desesperanza) subirse a alguno de sus cerros tutelares y observarla. Ver su “corazón de oro y su pan amargo”, sentir su corazón de máquina y perderse en el paisaje inmenso de casitas simples adornadas por un metro colgante.

Decía el poeta de la barba nórdica, en los albores del siglo XX, que aquí había una total inopia en los cerebros. Puede que el panorama haya cambiado poco. Lo que sí puede ser un consuelo es irse alguna noche a un parque a mirar la luna que Marañas no pudo exiliar.

Teatro Junín, Medellín, esquina de Junín con La Playa

 

La muerte de una librería

(Crónica con pregones, libreros y una divina maldición)

Por Reinaldo Spitaletta

N.B. En una vieja libreta me encontré esta nota que escribí en 2003, a modo de adiós a la librería más importante que hubo en Medellín en el siglo XX: la Continental. Para los nostálgicos de las librerías. Y de los libreros.

Lo primero que, de lejos, me llamó la atención fue el aviso: Librería el Glyptodón, en la calle Ayacucho, y me fui acercando, con el corazón en bandolera. La vitrina (el escaparate, dicen allá) mostraba libros antiguos, colecciones desaparecidas del mercado, autores inimaginables y, claro, otros ya clásicos. Pegué la nariz a la vidriera y quedé como si fuera el protagonista de un tango de Discépolo (“la ñata contra el vidrio en un azul de frío…”) y en un instante inesperado escuché una voz muy amable que me invitaba a pasar. El hombre, llamado Alejandro López, sonreía y realizaba demostraciones de hospitalidad, y sus ojos brillaron de curiosidad cuando le dije que era colombiano.

Era una librería de viejo, en Buenos Aires, con un librero que te hablaba con propiedad de todas las literaturas, de decenas de autores, te invitaba a un café y te ponía a caminar en una excursión desde Gutenberg hasta la galaxia posmoderna de la aparente decadencia de la lectura. Me pareció que, en cualquier caso, era un prototipo del librero, de esos que uno les compra y, de contera, te dan dos o tres libros más. Aquel me regaló tres de William Faulkner (Una fábula, Mosquitos, La paga de los soldados) y uno de Ambrose Bierce (Historias de soldados). Aquel hecho de maravilla sucedió hace diez años (en 1993).

Es posible, por su tradición cultural, que en Buenos Aires existan todavía muchos libreros, como don Alejandro. Creo que en Medellín, cuando en otros días eran unos cuantos, pocos deben quedar. Lo que sí hay, aunque tampoco en abundancia, son vendedores de libros, que es distinto. Hoy hablo de libreros motivado por una tristeza: la desaparición de la Librería Continental. Esculcando cajones, me encontré un texto viejo, no sé de quién, que dice que al librero hay que tratarlo con la generosidad de un príncipe napolitano para que te ayude a atravesar “el campo minado de libros”, las estanterías y a encontrar la sorpresa. El librero -agrega- no tiene, a diferencia de un vendedor de neveras o aspiradoras, clientes. Tiene amigos y enemigos. “No le pregunte nunca cómo va el negocio (ni esto es negocio ni puede ir nunca bien), ni por su familia (el gremio tiene una altísima tasa de divorcios) ni de dónde ha sacado los libros”, ni, desde luego, ninguna otra pregunta idiota.

El librero -continuaba la nota- siempre sabe más que uno. Así que es una cretinada explicarle que ese libro “ya lo leí” en el año 81. El autor, del cual no sé su nombre, o se borró del papel, y la memoria nos recomienda el valor de la humildad y, de paso, nos pone frente a una inscripción que se encuentra en La Alhambra: “Si me dices que no sabes, te enseñaré hasta que sepas. Si me dices que sabes, te preguntaré hasta que no sepas”.

Decía que en Medellín han sido pocos los libreros, aquellos que leían de verdad y no solo las solapas, y te metían en otro mundo, y por eso había que ir los sábados, o cualquier otro día por la tarde, a pasear a sus librerías, porque te convertían la vida en una expedición hacia lo fantástico y desconocido. Así que muchas tardes estuvimos en la Continental, no solo para escuchar al librero (había varios libreros), para ver en su oficina en el mezzanine a don Rafael Vega, sino para ponerle oído a una espontánea tertulia entre visitantes, la discusión sobre un escritor, la rememoración de colecciones clásicas, o para sentarse en la sala de la música a una audición de Brahms, Ravel o Mozart… Bueno, pero este tema de los libreros, que puede ser infinito, me recordó a don Gregorio Marañón.

Preguntaba el médico y humanista español que ¿quién no ha sentido alguna vez la más noble y profunda envidia en la tienda de un librero? “Hablo, sobre todo, del librero por vocación, el que ha hecho de su tienda una biblioteca, o la tienda de su biblioteca, y vive entre los estantes, valorando amorosamente cada volumen y cuidándolo como a los hijos de sus entrañas”. El librero -lo dice don Gregorio- es el prototipo de la felicidad: “pertenece a una de las raras categorías de mortales en los que la divina maldición de ganar el pan con esfuerzo y sudor se ha convertido en fruición”.

Un librero, en especial el de “segundas”, también tiene mañas y virtudes para reconocer si vas por un libro escaso, o, aunque no lo fuera, por uno que estás buscando con desespero. Así que el comprador debe, en ocasiones, quedarse impertérrito, no dar muestras de alegría, o de espanto, o de asombro, cuando lo descubre. Esta actitud te podrá asegurar un buen precio, aunque, valga repetirlo: el librero de vocación no es un mercachifle. Ya hoy puede ser un anacronismo el pregón anónimo español, del siglo XVIII, dedicado al librero: “Voy por los pueblos vendiendo libros / Vendiendo el alma de los poetas / Vendiendo el grito de los profetas / Vendiendo ideales / Vendiendo ciencias / vendiendo arte…”.

Porque hoy sería una novedad, o quizá una bobada, ver un librero ambulante, de pueblo en pueblo, de plaza en plaza, anunciando que vende anhelos y angustias y dudas y asuntos que tienen que ver con la condición humana. Pobre de él. Se reirían de su inútil tarea. O lo catalogarían de loco. Cómo va a ser, un tipo con canastadas de libros, por ahí, cuando ahora se puede ser una “estrella” sin necesidad de lecturas, sin estudio, sin saber juntar letras. ¡Vaya insensatez! Incluso, si los regalara, pocos estarían dispuestos a recibirlos, y es en este punto cuando vuelvo a los versos del pregón aquel: “¡Cómo me duele vender los libros / cómo me duele dar por dinero mi mercancía / Cómo me duelen los ojos ávidos de los que quieren leer libros / Todos los libros… No poder dárselos!”.

Ajá. Y una crónica como la que escribo ahora también puede ser una tontería. Hablar de libreros. Pero ¡cómo no!, si es que hay una suerte de luto en la ciudad, aunque no me lo crean, por la desaparición de la Continental, y antes por la librería Aguirre, y antes por la de la Pluma de Oro, y antes por la Dante, y qué sé yo. Y por eso vuelven a la memoria nombres como los de Óscar Vega, un tipo que en los setentas inició a muchos muchachos en la lectura, incluso (o principalmente) de libros prohibidos, o de don Amadeo Pérez el de la Anticuaria, o de tantos otros que, como don Rafa, nos han permitido que a la fábrica de sueños todavía no la quiebre ningún neoliberalismo. La muerte de una librería (y con ella la del librero) nos disminuye. Paz en sus páginas y anaqueles. Ah, la librería de don Alejandro López, sigue hoy, con su aviso prehistórico, en la porteña calle Ayacucho.

Librería El Glyptodón. Todavía funciona en Buenos Aires.

Rafael Vega Bustamante