La sangre hirviente de Truman Capote

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

Hay bocones al estilo Cassius Clay o Muhammad Alí, como aún se denomina el “más grande” exboxeador estadounidense, que arman alboroto por donde pasan, con su vuelo de mariposa y aguijonazo de avispa. Se caracterizan porque, en rigor, cumplen con lo anunciado en medio del escándalo, al que aman. Tienen otra virtud: son geniales, a diferencia de otros bullosos, muy abundantes, que son pura baba de farándula. El escritor gringo Truman Capote (1924-1984), tal como lo probó en su vida y en algunas de sus obras, era “un genio, un drogadicto, un homosexual”. Y un alcohólico. Y, por encima de sus pasiones por el glamour de alta sociedad, las vanidades, la celebridad, la parafernalia enceguecedora del jet set y otros oropeles, era un artista.

Antes de aparecer su primera novela, publicada cuando él apenas iba a cumplir 24 años, a Capote, nacido en Nueva Orleans, ya lo conocían los lectores de revistas como Harper’s Bazaar, The New Yorker y Mademoiselle. En esta se publicó, por ejemplo, aquella historia siniestra de una chica de cabellos plateados, mirada de mujer madura y calculadora que se mete para siempre en la vida de una viuda. Miriam, un relato sicológico, con un excelso manejo de la tensión y la intensidad, inició el camino de altas y bajas en la producción narrativa de Capote. No era raro que a los diecisiete años ya publicara historias. Había empezado a escribir a los ocho, en un tiempo feliz en que su interés infantil se concentraba en leer libros, ir al cine, bailar zapateado y dibujar. “Un día comencé a escribir, sin saber que me había encadenado de por vida a un noble pero implacable amo. Cuando Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo; y el látigo es para autoflagelarse”, escribiría en el prefacio de Música para camaleones.

De pelado, no hacía las tareas escolares por dedicarse a escribir aventuras, imaginar novelas de crímenes, a recordar historias de antiguos esclavos y veteranos de la Guerra de Secesión. Y algún profesor llegó a decirles a sus padres que Truman era un “subnormal”. Pero resultó al revés. Los exámenes practicados revelaron que poseía una inteligencia superior. Su aprendizaje literario había comenzado temprano: ejercicios permanentes, como llenar libretas con conversaciones escuchadas a sus parientes y vecinos; elaborar listas de palabras con sus significados; la división de párrafos, puntuación, búsqueda de su voz propia, de un estilo. Iba abriendo el arduo camino de la perfección y el virtuosismo técnico, como también lo asimilaría de Flaubert, uno de sus maestros. “Hay que aprender tanto, y de tantas fuentes: no solo de los libros, sino de la música, de la pintura y hasta de la simple observación de todos los días”, escribió.

Y gracias a aquella persistente práctica de infancia y adolescencia, a los diecisiete años ya era un escritor “consumado”. Entonces ¿por qué sorprenderse, como hubo casos, por su primera novela Otras voces, otros ámbitos, publicada en 1948? Con esta obra comenzó la celebridad de Capote, que, durante casi sus sesenta años de existencia, estuvo signada por las polémicas, los chismes de salón, la lectura masiva de sus obras, a la que contribuyeron también sus apariciones cinematográficas, la confección de guiones, los shows televisivos, uno que otro de sus amantes y las fiestas de alta alcurnia que daba. Más allá del tipo de la voz de flauta, afeminado, y en ocasiones frívolo, había un escritor de talento. Así lo iba demostrando con sus sucesivas obras literarias y periodísticas, como Desayuno en Tiffany’s, El arpa de hierba, El duque en sus dominios

En la década del cincuenta ya Capote quería convertirse en una suerte de Proust gringo y tenía, para el efecto, el plan de escribir Plegarias atendidas, para quitar las máscaras de las celebridades, incluidas las de la política. A su vez, mantenía una competencia con escritores como Gore Vidal y Norman Mailer y, de vez en cuando, esgrimía sus estiletes contra la denominada Generación Beat. Una vez, en un programa de tv con Mailer, Capote la emprendió contra la Beat Generation, que Mailer defendía: “Ninguno de ellos tiene nada interesante que decir… y ninguno de ellos sabe escribir, ni siquiera Mr. Jack (Kerouac)… que no escribe sino que mecanografía”, dijo en un espacio dedicado a literatura y escritores. Para entonces, Capote, que también era megalómano, estaba convencido que, dentro de los escritores de su generación, no había ninguno como él con tan buen oído para la música y el ritmo de la lengua inglesa, ni otro que escribiera con tan impecable estilo y agilidad. Sin embargo, todavía no alcanzaba a demostrarlo del todo ni arrancaban en forma sus “plegarias”. Y para fines de los cincuenta parecía hundirse en una crisis creativa. Entonces, sucedió que una noticia judicial, perdida en una página de periódico, le iba a cambiar la vida.

El 16 de noviembre de 1959, leyendo The New York Times, se topó en el centro de la página 39, la nota titulada: “Asesinados rico agricultor y tres miembros de su familia”. Estaba fechada en Holcomb, Kansas, 15 de noviembre y la crónica empezaba así: “Un rico agricultor, su esposa y dos hijos fueron encontrados hoy en su casa muertos a tiros. Les dispararon a quemarropa después de haberlos atado y amordazado”.

Bueno, no todos tienen ojo para detectar en una aparentemente rutinaria información de crónica roja, un tema trascendente. No es tampoco asunto de suerte el hallar una idea para el nacimiento de una obra de “éxito”. La manzana cae, pero no todos son Newton para formular una ley. Claro, y es que para tener “ojo” hay que estar entrenado. Henry James lo dijo mejor: “Sus descubrimientos son como los del navegante, el químico o el biólogo, poco menos que el resultado de estar alerta para reconocerlo. Dar con lo interesante de la misma manera que Colón dio con la isla de San Salvador, porque se había orientado en la dirección correcta”. ¡Eureka! Capote estaba orientado en esa dirección.

El crimen de Herbert Clutter, su esposa Bonnie, y dos de sus cuatro hijos, Nancy y Kenyon, le quedó martillando al escritor. Era probable encontrar ahí un filón para una obra de largo alcance y se lo comunicó a un editor de The New Yorker, y le mostró el recorte. Y aquel aprobó la propuesta de Capote de escribir una historia.

Que no sería cualquier historia, porque, de varias maneras, el resultado, casi siete años después, iba a ser una especie de “revolución” periodístico-literaria: la fastuosa irrupción de la “novela de no ficción” o “novela real”, como la etiquetó Capote, no sin cierta visión de mercadeo.

El escritor se fue a la lejana Kansas con su amiga de infancia Nelle Harper Lee, autora de Matar a un ruiseñor, y encontraron un ambiente de psicosis de terror en la aldea, en la que varios moradores ni siquiera creyeron que Capote era periodista y pensaron, más bien, que era uno de los asesinos que andaba suelto. Ni él ni ella en sus entrevistas tomaron notas en público, y mucho menos usaron grabadora. Tras sus conversaciones con la gente, por la noche trascribían sus notas y las confrontaban. La detención de los asesinos en Las Vegas, cambió muchos planes de la obra de Capote, que pensaba solo hacer una historia de los muertos y del pueblo. Igual seguía creyendo que lo que estaba escribiendo era una obra de arrolladoras dimensión y fuerza. Sostenía que el relato no imaginario podía ser tan ingenioso y original como la ficción pura. Opinaba que la razón de que fuese considerado, por lo común, como un género menor radicaba en que casi siempre lo escribían periodistas “poco preparados para explotarlo. Solo un escritor que domine las técnicas narrativas puede elevarlo a la categoría de arte”. Y agregaba que, al contar una historia, la buena narrativa se mueve verticalmente y profundiza en el personaje y los acontecimientos. Y con ese arsenal de palabras y conocimientos, dado por su ya viejo oficio, Capote emprendió la escritura de A sangre fría. Sabía muy bien cuál era la diferencia entre escribir bien y el arte verdadero.

Para escribir este insólito reportaje, Capote convivió con los asesinos Richard Eugene Hickock y Perry Edward Smith, sufrió con sus continuas apelaciones, pero también con su condena a muerte. Y ellos, a su vez, confiaron en él, porque creían que les podía conseguir nuevos aplazamientos de su ahorcamiento. El 14 de abril de 1965, Perry y Dick fueron ejecutados. Capote presenció sus últimos momentos y, en 1966, publicó el libro, que antes salió por entregas en The New Yorker, que agotó ediciones.

“Nadie sabrá nunca lo que A sangre fría se llevó de mí. Me chupó hasta la médula de los huesos. Por poco acaba conmigo. Creo que, en cierto modo, acabó conmigo. Antes de empezar yo era una persona bastante equilibrada. Luego, no sé qué me sucedió. Sencillamente es que no puedo olvidarlo, especialmente los ahorcamientos al final. ¡Espantoso!”. Así se lo dijo a su biógrafo Gerald Clarke.

El libro, que dividió opiniones, le dio reputación y plata en abundancia. Y, al tiempo, les abrió el camino a otros, que primero lo criticaron, como Norman Mailer, y después, viendo la efectividad del método, escribieron obras. Mailer, por ejemplo, con Los ejércitos de la noche y La canción del verdugo, sobre el convicto Gary Gilmour. Otros, que según Capote “me copiaron”, fueron Bernstein y Woodward, los sabuesos del caso Watergate.

A sangre fría disparó la fama de Capote y aumentó sus finanzas, como también las de sus editores y agentes literarios. The New Yorker  calculó que el autor cobraría catorce dólares y ochenta centavos por palabra, a lo cual Capote replicó: “Si lo divide usted por seis años y tiene en cuenta los impuestos, cualquier telefonista de Wall Street gana por lo menos lo mismo trabajando media jornada”.

Después del éxito de A sangre fría (llevada al cine en 1967 por Richard Brooks, con Scott Wilson y Robert Blake como protagonistas) Capote no sería el mismo. Ni sus fiestas babilónicas ni el esfuerzo que luego realizó en Música para camaleones, le devolvieron su perfección literaria.

Quizá lo mató ese libro. Y, claro, al final la cocaína revuelta con Valium, Codeína, Tylenol y otros barbitúricos. El sábado 25 de agosto de 1984 el escritor se apagó en Los Ángeles, diciendo “mamá, mamá”. Tenía hastío de vivir. Su látigo, sin embargo, sigue azotando la historia del ya viejo Nuevo Periodismo.

Capote, el niño terrible de la literatura norteamericana. Foto de Cartier-Bresson

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3 comentarios

  1. Julin Alberto Ochoa Restrepo

     /  abril 12, 2014

    Maravilloso. Gracias. Capote es el vidrio del espejo de Alicia. Eso que no podría ser sino en el mundo de lo imaginario, tan bien imaginado que cree uno que los hechos reales fueron la puesta en escena de lo que escribió.

    *Julián Alberto Ochoa Restrepo* (57) *320 672 33 72 – 300 33 907 22*

    Responder
  2. Paula Andrea

     /  abril 12, 2014

    Tan lindo tu Reí, dando claves a los que deseen aprender a escribir sus relatos

    Responder
  3. Ester Goeta S.

     /  abril 18, 2014

    Explícita reseña. Gracias Maestro Spitaletta por compartirnos su juiciosa opiniòn. “A Sangre fría”, compendia el excelente trabajo periodístico de investigaciòn que afectó significativamente a Capote. Manual de psicología, criminología, antropología que debería ser texto de consulta obligado para estudiantes de carreras sociales, p.ej: abogados, periodistas, psicólogos, etc.

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