Simón de Cirene sube al seminario

(Una crónica de Viernes Santo con caluroso vía crucis)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

1. Un cirineo con una helada cruz

El sol ya casi caía perpendicular. Se sentía el rumor leve de árboles, mientras la Mona y yo subíamos al alto del Seminario. Era viernes santo. La Ermita del Padre Marianito, en un altozano, cerca de la puerta de hierro que conduce al seminario mayor de Medellín, estaba plena de feligreses. Se oían por los altoparlantes oraciones y cánticos. Seguimos ascendiendo y yo me adelanté en el trote. Sentía el sudor en la cara y en las axilas. Traspasé el portón y de pronto, hecho a mano, en una cartulina, estaba el anuncio de “Primera Estación”. Como una especie de súbito recuerdo, me devolví muchos años atrás, cuando, en un asilo de ancianos, en Copacabana, un viejo me regaló un libro: la novela El hombre de Cirene, de un autor sudafricano, de cuyo nombre no me he vuelto a acordar.

Cuando me lo dieron, era un libro que tenía hojas intonsas. Lo leí en dos o tres días, y me impresionaron las historias de Simón, de su destino marcado, que lo hizo viajar desde su ciudad, Cirene, al norte de África, en donde hoy está Libia, hasta Palestina para encontrarse, en el camino del Gólgota, con un condenado a muerte. Lo obligaron a cargar la cruz del convicto, que no era otro que el Cristo. Seguí ascendiendo.

A veces miraba atrás para ver dónde venía la Mona, mi esposa (una tendencia feminista en boga dice que ya no se debe decir “mi mujer”). Estaba como a una cuadra. El viento comenzó a soplar con interés. Me refrescó la cara. Más adelante, otro cartelito fijado en el tronco de un árbol para referenciar una nueva estación. Me imaginé que abajo, ya había comenzado el vía crucis. Y de pronto, memoré tiempos de infancia, cuando, con mis hermanos, íbamos a esa procesión, solo para ver muchachas y escuchar las desafinaciones de los coristas: “Por mí, Señor, inclinas, el cuello a la sentencia…”. La música, tristona y lenta, me parecía bella.

Ya iba muy arriba, cuando escuché una voz detrás de mí. “Oiga, señor, por favor me ayuda”. Me volví y había un viejo, con una neverita de icopor. “Si me ayuda, le regaló una paleta”, agregó. La cara del hombre, con arrugas y señales de muchos soles, parecía esperanzada. Tomé el refrigerador artesanal, me lo acomodé casi en bandolera y continué el trote. Miré atrás y no veía a la Mona. Subí y subí, con el sol encima y no sentía ningún rumor de árboles. En otro tronco, una nueva estación. Los feligreses expectantes, que esperaban la procesión, me miraban extrañados. Seguro pensaban que yo no tenía cara de paletero, descubrían alguna impostura, en todo caso, creo, no se imaginaban que estaba cumpliendo el papel de cirineo. Atrás, el Cristo; y aquí, con su cargamento de helados, el hombre de Cirene. Algunos caminantes portaban crucecitas de madera. Arriba, muy cerca al seminario, cuyo domo blanco se puede ver de cualquier parte de la ciudad, me detuve. Había muchos peregrinos a la espera, casi todos con cruces en sus manos. Yo estaba pendiente del verdadero Cristo, que subía despacio y con cara de serenidad.

No dejaba de parecerme increíble que la historia se repitiera y yo estuviera predestinado a convertirme, por un momento, en Simón de Cirene. La Mona llegó. El hombre (“he aquí el hombre”) también. Tenía rostro de agradecimiento. Destapó la nevera y quiso obsequiarme una paleta. “No, no señor, no me dé nada, lo hice con mucho gusto”. La Mona dijo que quería un mantecado, que los dos podríamos chupárnoslo. Escogimos uno de arequipe. Le pagué mil pesos. El hombre recibió el billete y se echó con él tres bendiciones. “Es el nombre de Dios”, dijo. Era la primera paleta que vendía en la jornada. Venía, según me dijo después, del barrio Robledo, al otro lado de la ciudad. A lo lejos, se escuchaba el rumor de un coro: “Oye el pregón, oh madre / llevado por el viento / y al doloroso acento / ven del amado en pos”.

2. Marianito y la Valvanera

Cuando llegamos a casa, en el barrio Buenos Aires, la vecina nos invitó a que esperáramos allí la procesión. Era un caserón de dos plantas, sótano, y unos seiscientos metros cuadrados, que hace años perteneció a John Restrepo, un rico de Medellín. En el antejardín, en el que había mangos y chefleras, estaba el avisito de la Estación XI: la crucifixión de Jesús. Nos sentamos en el corredor, junto al papá de Doris Cárdenas (así se llamaba una de las dueñas del caserón), un señor muy viejo, postrado en un sillón, sin moverse, y sin modular palabra. Había sido (nos había contado Doris) en su juventud, un seguidor del caudillo Jorge Eliécer Gaitán. Un tipo muy liberal. Ahora, frente a un croto rojo, esperaba que pasara por el frente de su casa, la procesión del Vía Crucis, procedente de la iglesia de Nuestra Señora del Sagrado Corazón.

Ya se escuchaba en un altoparlante, la voz del cura que entonaba, con la música de Gonzalo Vidal (otros la atribuyen a su tío Franciso el Patojo Vidal), la canción del Viacrucis. A una cuadra vimos muchas sombrillas rojas, verdes, azules, pero la mayoría era negra. La procesión llegaba, con sus apóstoles en alto, vestidos de rojo, morado, azul. La Mona recordó que la víspera, su tía Ledy nos había contado una pequeña historia sobre el padre Marianito, beatificado por el Vaticano. En los tiempos del apagón en Colombia, cuando era presidente César Gaviria, la tía se encomendaba a Marianito para que la protegiera cuando ella madrugaba a trabajar, en medio de la oscuridad. Pero no. Un día, unos ladrones la asaltaron y le robaron la cartera. Desde entonces, el “tal beato comenzó a caerme gordo”, dijo. “El padre Marianito no sirve para nada”, había agregado con cierta desazón.

La historia suscitó otra. Doris recordó que, hacía años, un señor de Sonsón había encomendado a su hija, una preciosa virgen de quince años, a Nuestra Señora de la Valvanera, para que le preservara su pureza mientras estudiaba en Medellín. De nada valió. La adolescente quedó preñada y su papá renegó de La Valvanera y destruyó sus imágenes, en medio de maldiciones. Ya la procesión iba en la otra estación, cuadra y media más adelante. Desde allá, mientras tomábamos una limonada fría y nos reíamos de la ocurrencia de Doris, escuchábamos a la feligresía haciéndole coro al cura: “Muere la vida nuestra / pendiente del madero / y yo ¿cómo no muero / de amor y de dolor?”.

Nota: el caserón de Doris y el nuestro fueron demolidos por una constructora para levantar una torre de apartamentos.

Con el tiempo, llegó el nombre del autor de Simón de Cirene: F.A. Venter.

Simón el cirineo

 

 

 

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1 comentario

  1. CARLOS EDUARDO SPITALETTA GUTIERREZ

     /  abril 22, 2014

    Estupendo relato!

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