La romana o el lenguaje de la piel

(Recordando a Alberto Moravia)

Por Reinaldo Spitaletta

Era una belleza cuando apenas tenía dieciséis años. Flor de lujuria. Algo en ella, quizá ese misterio de sus ojos rasgados, evocaba a una virgen. Virgen de medianoche. Estaba hecha para el placer. También para el dolor. Dos caras de la misma medalla. De origen humilde, su riqueza radicaba en su cuerpo. Claro que, al principio, no lo sabía. Lo intuyó cuando sirvió como modelo de pintores. Y, cuando ante la insistencia de su madre (una costurera que, de joven, también fue modelo), aprendió que con esa anatomía de excepción podría conseguir para vivir.

Adriana, que así se llamaba (y se llama) fue pintada por el pincel sin temblores de Alberto Moravia. La romana se convirtió en una suerte de clásico de la literatura del siglo XX. Con un tema aparentemente trillado, la historia de una prostituta, el novelista italiano, autor de 53 libros entre novelas, cuentos, obras dramáticas y ensayos (también fue guionista), logró crear un texto intenso, narrado en primera persona (como tantas otras de sus novelas), que termina como una tragedia griega. En realidad, La romana tiene muchos ingredientes trágicos. Dolidos. Los problemas de la existencia están comprendidos en ella (por lo demás, Moravia era un existencialista). Adriana no es, como pudiera creerse, una putica común y corriente. Tiene demasiada sensibilidad y humanidad.

Uno, como lector, se puede enamorar de Adriana. Como, pongamos por caso, también se puede sentir inclinado hacia Bola de sebo, la meretriz narrada por Guy de Maupassant. Quizá resulte irreverente afirmar que “el oficio más antiguo del mundo” es tan necesario como la medicina, o la literatura, o la zapatería. La historia de la humanidad está colmada de prostitutas famosas. No mencionemos a Mesalina. Ni a Lamia, antigua cortesana griega. Ni a Lais, que vivió en Corinto, tan deseada por Demóstenes, que se entregó gratis a Diógenes. Nombremos, entonces, a Ninon de Lenclos, contratada una noche por el cardenal Richelieu. Y a Laura Bell, una de las “cocotas” más célebres de Inglaterra. Y paremos de contar, que se nos vuelve lista de supermercado.

La moraviana Adriana es de esas mujeres que, en su profesión, se va a enamorar de varios de sus amantes. Y al mismo tiempo va a desarrollar un alto sentido de la dignidad. Y del orgullo. No es, valga la expresión, una cualquiera. Ama a Gino, incluso después de saber acerca del engaño de este. Y al salvaje Sonzogno (ella cree que él es el padre de su potencial hijo). Y le abre su corazón a Giancomo. Por el policía Astarita también va a sentir, en un momento dado, alguna simpatía. El destino de ellos y el suyo están entrelazados. Trágicamente unidos.

Publicada en 1949, La romana sigue siendo una novela sin arrugas, vital. Resistirá, cree uno, los ataques del tiempo. El Índex católico la prohibió en 1952, aunque, en rigor, este puede ser un dato sin importancia. Lo que sí interesa es la solvencia narrativa de Moravia. Su capacidad para crear personajes como Adriana y Gisella. Y para introducir poesía en esta y otras de sus obras. Tenía mucho oficio el novelista muerto en 1990. Maestro del diálogo y del monólogo. Conocedor a fondo de la psicología femenina. Cantor del sexo, sin llegar jamás a ser pornográfico. Retrató, además, los vicios de la burguesía, y en La romana, por ejemplo, esbozó críticas al gobierno fascista.

En La romana, por otra parte, se da el descubrimiento de una vocación. Adriana llega a tener conciencia de las calidades de su cuerpo y de las “ganancias” que puede obtener de él. En ese proceso del amor venal, de los besos fingidos, de los abrazos teatrales, ella encuentra una manera de hacer menos triste su oficio. “Después no he vuelto a prestar atención a la apariencia de los hombres a los que he acompañado, tal vez porque, empujada por la necesidad, he aprendido muy pronto a encontrar a la primera mirada el aspecto bueno y atractivo que bastara para hacerme soportable la intimidad”. A la larga, Adriana aprende que las caricias no se pueden dar por decreto.

La romana evidencia, de modo dramático, la prostitución y la des-prostitución. La conversión. La ida y vuelta. Adriana camina por los senderos de la infamia y, tras la tragedia, se arrepiente, quizá en honor a esa semilla que palpita en su vientre. Construcción y destrucción, narradas de manera bella.

Moravia, que desde pequeño aprendió a inventar historias, tal vez porque la poliomielitis nunca le permitió jugar al fútbol, o correr por las calles con los otros pelados, dejó un testamento literario a la humanidad. Todavía se leen El conformista, La vida interior, La ciociara, Agostino, los Cuentos romanos, El aburrimiento (La noia). En estos y otros textos está su voz. La de un hombre que todo, incluso las mujeres, lo subordinó a la literatura. “La única cosa en que creo es en la literatura”, dijo alguna vez.

La romana finaliza con un anuncio optimista, una proclama vital. Un nacimiento. El fruto de una prostituta y un asesino verá la luz del mundo. Al cerrarse el libro, en el ambiente quedan flotando el dolor y la esperanza, y un poquito de alegría. La vida.

Gina Lollobrigida, en La Romana, filme dirigido por Luigi Zampa.

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1 comentario

  1. Lo que mas me gustaba de Moravia era Luigi Zampa. Este director, con otros de similar competencia, le dieron vida al realismo cinematográfico cuando se cerraba el telón del idealismo europeo y salían al ruedo tipos como Resnais, Godard, Robbe-Grillet, Sarraute y otros. Pero los italianos pusieron un punto muy alto antes de la nueva ola con Rosellini, De Sica y Zampa quien nos regaló ese divino rostro de Gina que llenaba nuestras apetencias hormonales –hasta que aparecieron Stephania Sandrelli y Monica Vitti! Paradojicamente la novela la leímos entre tres en la cafeteria La Romana de Bogotá que aun subsiste en la séptima con avenida jimenez, y hasta allá llegó Moravia impulsado por los vientos del maestro Guillermo Angulo quien nos lo metió por ojos y narices tomando café en el Excelsior. Bienvenida esa nota moraviana que estimula añoranzas,

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