Una calle-monstruo de Medellín

Por Reinaldo Spitaletta

N.B. En la década del noventa solía caminar por muchas calles de la ciudad, en un intento por descubrir el espíritu de las mismas. En una libreta encontré esta nota, escrita en febrero de 1990, que hoy revivo. Dejaré que el lector descubra de cuál calle se trataba.

La primera vez que pasé por aquella calle, una mano arrugada que salía por los barrotes de una ventana me llamó con desespero. Era como la mano de alguien que se ahoga. No me detuve a averiguar de quién se trataba. Más adelante, tirado en la acera, había un hombre sin piernas. Elevaba sus manos flacas al cielo y hablaba solo. Cuando pasé junto a él, me miró con sorpresa y esbozó una sonrisa sin dientes. Seguí caminando, sin volver el rostro. La calle olía a sanjoaquines húmedos y a yerba. Sobre un carbonero, un pájaro gris le daba descanso a sus alas. El vuelo de una avispa negra me obligó a desviar los ojos. En ese momento, observé una figura alargada, recostada contra el marco de una puerta. Era una mujer de nariz filuda. Tenía una enorme verruga junto a la boca y en sus manos sostenía un garrote. No resistí la impresión que me causó el cuadro y corrí.

Una semana después, impulsado por un extraño afán de conocimiento, o quizá de explorador, volví a recorrer esa calle de Medellín. Me parecía que tenía un hálito fuera de lo común. Era una mañana soleada, con cielo limpio. Había una leve brisa, suficiente para mover las hojas de un falso laurel. Mis pasos no se sentían sobre el asfalto incompleto. Un perro amarillo pasó junto a mí y me olfateó el bluyín. Observé las peladuras de su lomo y la anormalidad de su oreja derecha: le faltaba más o menos la mitad. Tampoco tenía cola, por lo que imaginé que, en caso de tener algún amo, el can no podía expresarle su saludo total. Estaba pensando en este asunto, cuando un grito me sacó de mis cavilaciones perrunas. Era una mujer enrejada. Sus manos se aferraban a los barrotes de la ventana. Gritaba, pero yo no entendía nada. Y mientras me alejaba, más duro le brotaba la ininteligible voz a la dama.

No había caminado más de una cuadra, cuando vi a un hombre pelilargo, pantalón caqui, descalzo. Sentado en un taburete, estaba inmóvil y con los ojos cerrados. El sol le caía en la cara y le acentuaba unas manchitas negras en las mejillas. Al pasar frente a él, abrió los ojos y me miró con angustia. Quiso decirme algo, pero se arrepintió. La brisa transportaba un perfume de pinos. Por la puerta de una casa salían los sonidos heridores de un martillo revueltos con las estridentes notas de una canción mexicana. En un balcón, una anciana descarnada acariciaba unas bifloras como si estas fueran el último amor de su vida. Un niño atravesó corriendo la calle. La cabeza era, en proporción, más grande que su cuerpo. Arrastraba, a manera de carrito de juguete, una rata muerta.

Como ese día no pude averiguar el misterio de esa calle, volví al siguiente domingo. Esta vez el azul celeste se ocultaba tras unas nubes grises y en el aire había un olor a aceite caliente. Sobre un tejado había una ringlera de gallinazos. “¿Habrá algún muerto cerca?”, pensé. De alguna parte indeterminada brotaba el ruido giratorio y punzante de un taladro. Quise taparme los oídos pero en ese instante vi a una mujer de vestido roto por el cual se le asomaban no solo sus miserias sino las arrugas de su vientre. En la cara, color de periódico viejo, se le reflejaba la rabia contra el mundo. Aumenté la velocidad y me cambié de acera. De repente, me acordé, sin encontrar una razón para ello, de las cortazarianas historias de cronopios y de famas, y de un relato del nadaísta gonzaloarango en el que un hombre se vuelve pez. Nada de esto tenía sentido.

Esa calle, me dije, no tenía explicación. No podía entender por qué las claraboyas tenían ojos de gato y por qué en las ventanas aparecían caras monstruosas. Jamás había visto en esta ciudad nada semejante. Corrí con el ánimo de no volver a pasar jamás por esa porción urbana colmada de desasosiegos. Mientras me alejaba, las puertas se abrían, y del interior de las viviendas salían hombres con cara de caballo, mujeres peliblancas de cuerpos redondeados, mantecosos y fofos. En mi huida no lograba diseñar una interpretación sobre esa calle, cuya dirección no daré para que no sea objeto de curiosidades malsanas. Me sentí corcel, y galopaba. No me atrevía a mirar atrás porque me acordé de la mujer de Lot. Lo último que vi (y que aún recuerdo con espeluznante claridad) en esa calle abrumadora fue una mano huesuda y vieja que me llamaba con desespero desde una ventana enrejada.

Fotograma de película sobre Cronopios y Famas, en homenaje a Cortázar. Agencia Efe.

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1 comentario

  1. IDU

     /  abril 30, 2014

    Hola Reinaldo. Esa calle me parece haberla recorrido también, pero no recuerdo su nombre. Solo sé que en una de esas casas había una niña que tenía una magnífica cabeza de hidrocefálico, y que estaba encadenada a la pata de una cama.
    Saludos,
    IDU

    Responder

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