Don Marcial Lafuente y una estampida de vaqueros

(Una nostalgia del Oeste, con apariciones del Tío Sam)

“Y en horas perdidas
se leyó enterito
a Don Marcial Lafuente,
por no irse tras su paso
como un penitente”.
Romance de Curro el Palmo-Joan Manuel Serrat

Por Reinaldo Spitaletta

El Tío Sam nos uniformó a una generación que ya es arqueología con yines azul denim, desteñidos y desteñibles, botas de cuero de vaca, camisas de vaquería, músicas con olor a arena de Arizona interpretadas en los huequecillos de una armónica, sombreros alones, caballos de palo a falta de unos de carne y silla de montar, revólveres de plástico imitaciones fieles de los Colt auténticos, de los mismos que cargaban al cinto el legendario Buffalo Bill y John Wayne en sus western, algunos más bien espantosos, y para que no nos diéramos cuenta del delicado proceso de colonización mental, nos puso a leer, antes de entrar a la escuela, y también a la salida, las aventuras intrépidas del Llanero Solitario.

Es que el Tío Sam tenía muchas agallas. Si usted, joven de hoy, lo hubiera visto, no lo dudaría. Aquello de provocar, por ejemplo, la locura de Pepe, el mancito más teso que había en la cuadra para apedrear pájaros con cauchera, tiene su misterio. El muchacho, caminadito bacán de barriada, se creyó la reencarnación de Billy el Kid, y le disparaba a todo el mundo sin más ni qué, con un revólver de madera barnizada, cacha brillante en la que había dibujadas las cabezas de dos caballos. Y todo el malestar mental de Pepe lo causó, según decían las señoras, el exceso de lecturas de las revistas que alquilaba en la esquina don Benjamín Pérez, en las que se contaban las peripecias del enmascarado montador de yegua blanca, plateada, que en rigor no estaba solo, sino acompañado de un indio bobalicón; y de las aventuras de Hopalong Cassidy, sombrero oscuro y manos rápidas para el tiro; y de las tropelías y el matadito de ojo de El Virginiano y de otros tipos bebedores de whisky en las barras del Saloon, que volvieron leyenda al Oeste americano.

En realidad, por la habilidosa publicidad del Tío Sam, Pepe nos contagió a todos los de la gallada (hoy se diría algo así como combo) su desquiciada imaginación. Y nos puso a leer las cabalgatas de don William Cody y las polvaredas que levantaba don William Levi Buck Taylor, y a ver películas de Audie Murphy en el teatro Rosalía, y a afinar puntería con el rifle Winchester 94.30-30, y a escuchar la voz de Gene Autry, y a intercambiar revisticas vaqueras por otras del Santo mexicano, enmascarado de plata, en los matinales del domingo. Nos enloquecimos con los rodeos cinematográficos y, más tarde, supimos que el mayor cowboy gringo fue Teddy Roosevelt (el mismo que tomó a Panamá), que en 1898 usó para sus baladronadas en la guerra hispano-estadounidense a los rough-riders o de domadores de caballos de las tierras donde se pone el sol.

Sin embargo, toda la inteligencia del Tío Sam y la de sus sobrinos, no pudo con la imaginación de un viejecito español, llamado Marcial Lafuente Estefanía (1903-1984), fumador de tabaco, que escribió, para nuestro deleite, cerca de tres mil novelas del Oeste americano, como quien hace hamburguesas. Ni el Fénix de los Ingenios pudo superarlo en cantidad. Pepe, el del sombrero tejano, fue el que lo descubrió y nos lo hizo saber. Entonces supimos de las andanzas de don Marcial y de sus disparates al estilo Dalí. En sus años mozos, cuando estuvo encanado, es decir tras las rejas, el tío ibérico escribió sobre papel higiénico y a lápiz tres novelas: una de amor, otra policiaca y una del Oeste. Al salir de la prisión, se las pagaron a setecientas pesetas y el hombre se amañó con el negocio, cuyo producto fue calificado por aquellos intelectuales existencialistas de la otra cuadra, como “subliteratura”.
Don Marcial, del que éramos hinchas, era un caso extraordinario. Durante la Guerra Civil española perteneció a las filas republicanas. Y quizá por ello en sus libritos del Oeste americano defendía a los indios, a los débiles y a los del Sur, no porque estuviese de acuerdo con los sureños, sino “porque fueron los perdedores de una guerra civil”.

Eso es lo que nos contaba Pepe, muy enterado de las correrías de nuestro héroe. Don Marcial, escribidor durante dieciséis horas al día, atacaba tiranos, a abusadores de corbata y a los explotadores. Y, como caso curioso, se hacía una lista de los personajes para no matarlos dos veces en una misma novela. El viejito, según dicen amantes de la estadística, mató a más de veinte mil personajes en sus creaciones de fábrica. Dicen que el escritor humorista Enrique Jardiel Poncela le dio un consejo a don Marcial: “Escribe para que la gente se divierta; es la única forma de ganar dinero con esto”.

Y aunque usted no lo crea, estimado lector, las faenas de vaquería aumentan la imaginación. A don Marcial, además, le engordaron un poco el bolsillo, pese a las industriosas jugadas del Tío Sam por impedirlo. Hasta en alemán y portugués se leyeron las aventuras brotadas del magín del viejecito bueno que murió de pulmonía doble a los 81 años. A Pepe, por su parte, los librillos marciales, vaqueriles, le secaron el cerebro y lo pusieron a delirar día y noche.

Y a nosotros, admiradores de don Marcial y cuestionadores de la política del cowboy Teddy, nos quedaron de toda esa estampida de vaqueros americanos unos yines desteñidos (algunos llegaban de contrabando), un par de botas rotas y unos melancólicos acordes de armónica. Nostalgia de un Oeste de infancia y adolescencia que ya no lo es.

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1 comentario

  1. Giovanna Pezzotti

     /  mayo 17, 2014

    Reinaldo – Flicitaciones vos tenes la magia para hacenos volar con tus narraciones – giovannapezzotti

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