La tristeza de un yuyo verde

Por Reinaldo Spitaletta

Me atraían la música y la voz del cantor cuando advertía: “Callejón, callejón, lejano, lejano” y entonces, un ser que poco había vivido, ni siquiera romances truncos ni alborotadores, me parecía que veía en la distancia una calle de malevos en Bello, la calle del Talego, que más que calle, era callejón sin salida. No me daba el sentido, pero seguía escuchando: “íbamos perdidos de la mano, bajo un cielo de verano, soñando en vano”. Confieso que me sonaba lindo, pero no alcanzaba a entender del todo lo que el cantor fraseaba. El mundo para uno estaba como recién hecho, o eso pensé después. El traganíquel lo brotaba como si fuera una serpiente que surgiera de su guarida, aunque tampoco sabía por qué comparaba un tango con una sierpe.

Y yo ahí, con otros muchachos, en la acera, muy cerca de la ventana abierta del bar. Y dejaba de escucharlos a ellos para ponerle cuidado a la letra, que, insisto, me atraía, pero nada. Quizá mis palabras eran muy pocas, y mi entendimiento también: “Un farol, un portón, igual que en un tango”. Lo de farol lo conectaba con los que poníamos en casa, y en todas las casas, el siete de diciembre, el día de la luz, o mejor, la noche de la luz, que me parecía la más bella del último y definitivo mes del año. A veces imaginaba una suerte de estampita, con un farol y un portón, como el de las casas grandes del barrio Manchester, pero, en rigor, la palabra tango tampoco era muy familiar para mí. Sabía, claro, que lo que sonaba era un tango, pero para mí era una música, en esos días de fútbol de calle y patotas de esquina, lejana-lejana y creo que llegué a pensar que era triste. Y por qué un chico, quizá tenía trece o catorce años cuando empezó a atraerme esa canción, tenía que estar lleno de tristeza. No sabía. Pero cada que sonaba, porque alguien, un mayor de esos que iban casi todos los días al bar, le echaba una moneda, o dos, o tres. Y creía yo que algo tenía que pasarle al hombre que insistía tanto con esa pieza: “Un farol, un portón -igual que en un tango- y los dos perdidos de la mano, bajo un cielo de verano que partió”.

Mejor dicho, me quedaba como de una pieza, que así decían algunas señoras para expresar que estaban como pasmadas, boquiabiertas, sin reacción. “Cómo así que perdidos de la mano”, pensaba yo. Me preguntaba: “¿iban de la mano por algún país y se perdieron?”, me interrogaba, pero el asunto tampoco era que me hiciera reventar la cabeza ni que no me dejara dormir, aunque me inquietaba. Era como una atracción fatal. No sé por qué no le pregunté a nadie entonces si entendía lo que el traganíquel (creo que era un Seeburg) cantaba, o mejor dicho, lo que el cantor cantaba. La vocalización era perfecta, pero a mí no me alcanzaban las entenderas para interpretar o para darle sentido completo. “Déjame que llore crudamente, con el llanto viejo del adiós”. Cuando esto decía, a mí me iba dando como taquicardia. Me parecía contundente y definitivo lo que decía, pero no le daba la dimensión que años después, creo, le encontré a esos versos y a casi todos los del tango Yuyo verde, de Domingo Federico y Homero Expósito.

La letra me seguía sonando. Y tengo la impresión que durante varios días o semanas, iba a sentarme en la acera de aquel bar del barrio El Congolo, para sentir alguna revelación. Pero nada. Mi confusión aumentaba: “Adonde el callejón se pierde, brotó ese yuyo verde del perdón”. Ni de fundas sabía yo que era el tal yuyo, y era tan fácil ir y buscar en un diccionario, y creo que dejé pasar mucho tiempo para enterarme de qué se trataba, y digo que fue cuando, ya entradito en años, por lo menos más de veinte o veinticinco, me empezó a emocionar el tango Malena (“a yuyo del suburbio, su voz perfuma…”). El caso es que la frase no me daba: “yuyo verde del perdón”. A quién se estaba perdonando, quién perdonaba a quién y por qué. Bueno, tal vez eran disquisiciones tontas, que sin embargo, me preocupaban.

Déjame que llore y te recuerde / -trenzas que me anudan al portón- / De tu país ya no se vuelve / ni con el yuyo verde / del perdón”. Y ahí sí era Troya, porque en ese punto, y no sé por qué, me daban ganas de llorar, junto con el cantante. “¿Dónde estás? ¿Dónde estás? ¿A dónde te has ido? ¿Dónde están las plumas de mi nido? ¿La emoción de haber vivido y aquel cariño?”. Y en este punto a mí la tristeza no me alcanzaba para conmocionarme sin que los otros, que hablaban de cuánta vaina había, se dieran cuenta. Entonces me retiraba con discreción a un lado, miraba al cielo, o a un balcón, y después me quedaba con la vista clavada en el piso. “Y este llanto mío entre mis manos / y ese cielo de verano/ que partió”.

Pasó el tiempo, qué tal que no, y no sé cuándo en un bar de Bello, muy cerca de la calle del Talego, que fue un antro de malevajes y otras sordideces, alguien le dio por pedir a Yuyo verde, por Edmundo Rivero. Y la película retrocedió a los días en que a mí ese tango se me colaba por la piel, sin que yo quisiera, y me hacía un nudo en la garganta. Como el que tengo en este momento, cuando don Roberto Goyeneche me lo está cantando, susurrando, en una noche fría, sin cielo de verano, pero sí con la emoción de haber vivido la tristeza de alguien que le echaba siempre monedas al mismo tango.

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La Inquisición y los sueños quemados

 

(Crónica con autos de fe y esperanzas que ya no son)

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Al rabí Abarbanel, judío aragonés, desdeñador de pobres y usurero prestamista, lo condenó el Santo Oficio a morir en las llamas. Pero antes de que el fuego purificara su alma, la Inquisición lo sometió a torturas diversas durante un año, que, si no, la cosa no hubiera tenido gracia. Pero ni el potro de los tormentos, ni las sombras de las mazmorras, ni cadenas ni grillos, lograron hacer abjurar de su fe al obstinado “descendiente de la esposa del último juez de Israel”. Faltaba, sin embargo, el peor de los martirios. La víspera del auto de fe fue sometido al suplicio de la esperanza.

 

El terrible (y el adjetivo es exacto) relato sobre el rabí Abarbanel y la Inquisición hace parte de los Cuentos crueles, del escritor francés Augusto Villiers de L’Isle Adam. El castigo de la esperanza, en la perturbadora ficción del autor de Historias insólitas, consistía en propiciar, con toda la premeditación del caso, la fuga del condenado en su última noche de vida. Era darle la posibilidad de mirar otra vez el cielo estrellado y respirar las fragancias del campo. Era mostrarle al torturado el camino del escape. Y hacerlo creer, puesto que todo así se lo indicaba, que estaba a punto de conseguir la libertad…

 

Al leer hace tiempos La esperanza (también lo han traducido como La tortura de la esperanza), que es como se llama el cuento en mención, recordé, mediante una extraña y tal vez inexplicable asociación, los sueños de cada uno de los alegradores del paisaje de una de tantas calles que vos, y yo, y casi todos, hemos gozado o padecido. Todos estábamos entonces, y creo que lo seguimos estando, sometidos a la pena de la esperanza, quizá sin saberlo. Destinados a la construcción de ilusiones, inventábamos el mundo a nuestra imagen y semejanza. Éramos como pequeños dioses (bueno, ¿y cuáles son los grandes dioses?), creadores de fantasías ingenuas. Forjadores de mundos irreales, en los que, en algunos casos, había pilotos de guerra en aviones de papel y soldaditos de plomo que libraban batallas sin sangre y sin muertos.

 

Al terminar la lectura del relato del francés, memoré a Mariana, la de alegre caminar y sonrisa desparramada por toda su anatomía. Tuvo siempre la esperanza de llegar a superar a Isadora Duncan (supo de ella por una serie radial, de las de hace años). Cuando bailaba, todos le abríamos espacios imposibles en la salita de piso con mosaicos oro y lechuga, y le acompañábamos sus cadencias con palmas acompasadas. El universo era solo para ella. Y ella, a su vez, era nuestro universo, lleno de músicas y de expectativas en ascenso.

 

También recordé, y no me pregunten por qué, al negro Humberto, delgado como un milímetro, malabarista de balones sobre asfalto, móvil y huidizo, gambeteador, ¡caramba! si se parecía a Garrincha, eludidor de tres y cuatro rivales en un metro cuadrado de espectáculo. Y el muchacho de las piernas de prodigio tenía la esperanza de jugar, un día no muy lejano, según decía, en un estadio abarrotado, donde la gloria tuviera como centro sus piernas burladoras y morenas, y sus golazos. Sueños de adolescencia.

 

Y con la imagen del gran inquisidor llegó después la lánguida figura de Chinga, menos conocido como Jairo, adorador de estrellas, que se embelesaba mirando firmamentos y diseñando telescopios de cartón y naves espaciales de papel de globo. Quería ser astronauta. Quizá por sus deseos siderales, las cometas que fabricaba volaban más alto que las de los otros. Sus sueños, así lo contaba en reuniones de esquina, estaban poblados de viajes intergalácticos, pegasos de alas fosforescentes y cráteres lunares. Tenía un futuro más allá de la Tierra.

 

Después, la memoria se detuvo en Cristóbal, que tenía cara de horizonte. Sus utopías se basaban en la construcción de barcos inconmensurables (comenzó con los de hojas de cuaderno, que naufragaban en los charcos de esquina llovida), navegadores de todos los mares, inmunes a piratas y motines a bordo. Se dormía cada noche pensando en aventuras de océano y en el olor salado de las brisas marinas. Ah, todavía no había visto el mar.

 

Y, luego, tras varias vacilaciones en el recuerdo, apareció Angelita, la morena, de cabellos rizados y sensibilidad en las palabras. Quería irse a París, después de haber jugado tantas veces en calles y aceras con otras muchachas, y decir en correndillas aquello de “un soldado fue a París, con un moco en la nariz…Chupaté, chupaté, patinaba una niña en París”. Iba a ser como una mujer que había visto en una pintura, de sombrero y sedas, con un bolso de charol.

 

Mariana. Humberto. Chinga. Cristóbal. Angelita. Ninguno pudo superar a la Duncan, ni a Pelé, ni salir del planeta, ni tener compañía de gaviotas y alcatraces. Ni estar en el viejo París. Cuando estuvieron a punto de lograrlo, la inquisición de nuestros tiempos (no sé cuál de tantas) se los impidió. Los sueños no son inmunes al fuego. El suplicio de la esperanza terminó envuelto en llamas. Así como el que diseñó el Gran Inquisidor Pedro Arbués de Espila, dominico de Segovia, para engañar a un judío de Aragón.

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Kafka y una muñeca de sololoy

Por Reinaldo Spitaletta

Durante muchos años, mamá tuvo en su casa paterna de Rionegro, un escaparate de un solo cuerpo, de más o menos uno ochenta metros de alto, con espejo. Era, según dijo, de caoba y la historia de cómo lo consiguió nunca la supe. Cada que nos llevaba con ella a mis hermanos y a mí, o a veces a mí solo, nos abría el armatoste para mostrarnos recuerdos de niñez y juventud. Tenía, por ejemplo, fotografías de hombres enfermos, con la piel en pedazos, que ella había conseguido en sus días de enfermera de hospital. Había algunos libros descaecidos, como El coche número 13, poesía de Lamartine y una edición de La dama de las camelias. También unos cofrecitos de los cuentos de Saturnino Calleja, pero lo que más miraba con dulzura (sus ojos carmelitas se ponían saltones) era una muñeca de ojos de vidrio y traje color crema.

Había también tejidos de crochet, cajas de lata con collares rotos, prendedores, aretes antiguos y un pequeño libro encuadernado en piel de becerro rubio con poemas románticos. Las primeras veces uno tenía la curiosidad viva y todo lo que allí había parecía una novedad. Después, ya no se le prestaba atención al contenido del mueble, del cual no se supo su destino final. Lo que si me quedó sonando algún tiempo fue la muñeca, que tenía el tamaño de un recién nacido, pero no por su cara imperturbable (aunque sus ojos eran móviles, se cerraban cuando alguien la cambiaba de posición), sino porque mamá decía que era una muñeca de sololoy.

La palabra me parecía sonora y extraña. Y ella, al uno preguntarle qué significaba, decía que era el nombre del material del que estaba hecha. Pero no daba más pistas. El asunto permaneció así, casi en el olvido, hasta cuando, una tarde, haciendo una reportería, una señora que tenía en su casa varias muñecas de la misma sustancia, me explicó que, en realidad, no era sololoy, sino celuloide, un material que se preparaba con base en el nitrato de celulosa y que en inglés se escribe “celluloid”. Cuando llegaron a Colombia, a principios del siglo XX, la gente suavizó la pronunciación y la transformó en sololoy. Con el celuloide, además de juguetes, también se hacían las películas cinematográficas.

La muñeca de mamá, de la cual tampoco supe su paradero final, me entusiasmó un día cuando leí una historia que, cuentan, le sucedió a Franz Kafka. Resulta que una vez, cuando el escritor paseaba con su mujer Dora Diamant, por el parque Steglitz, en Berlín, se topó con una niñita que lloraba sin pausa porque había perdido su muñeca. Kafka le dijo que no se había perdido, sino que se había ido de viaje. La chiquilla le preguntó cómo lo sabía y entonces él le contó que había recibido una carta de la muñeca, pero que no se la podía leer ahora porque la había dejado en casa. “Si mañana, a esta hora, estás aquí te leo la carta”, dicen que dijo el autor de El Proceso.

Al día siguiente, Kafka le leyó la carta y durante tres semanas le llevó misivas procedentes de Londres, París, Viena y del mismo Berlín, hasta que en la última la muñeca revelaba que se iba a casar y que ya no era posible volver. Para entonces, dicen, la muchachita ya se había resignado a la pérdida de su juguete y el llanto por este era cosa del pasado.

La historia, que no ha podido ser documentada, ni siquiera por Klaus Wagenbach, editor y uno de los exploradores más intensos de la obra kafkiana, tiene inmensos ribetes de belleza y humanidad. En el libro El último amor de Kafka, de Kathy Diamant, hija de Dora, aparece mencionada la niña pero no hay rastros de las cartas. Tampoco en los diarios del escritor. Paul Auster, en su obra Brooklyn Follies cuenta la historia de Kafka y la niña de la muñeca perdida, y también lo hizo en un artículo de prensa Tomás Eloy Martínez, que precisamente una vez invitó a Auster para que les hablara a sus alumnos de esta peripecia.

Real o no, es una maravilla de historia. Si no fue cierta, sí hubiera sido posible, dadas la sensibilidad y la inventiva del artista. Por lo demás, cuántas cosas suceden en la realidad que parecen ficción. Mejor dicho: la realidad está llena de ficciones. A la postre, qué importa si Kafka encontró en un parque berlinés una niña que lloraba por su extraviada muñeca y si escribió unas cartas de consuelo. La historia ya existe, aunque no estén las cartas ni la niña. Ni la muñeca.

De lo que sí estoy convencido es que la muñeca de la niña alemana, que se dejó seducir y consolar por las cartas de un escritor checo, era como la que mamá guardó durante tantos años en su escaparate de caoba: una muñeca de sololoy.

Boda triste

Por Reinaldo Spitaletta

El largo tapete rojo iba hasta la puerta de entrada. La casa, de dos plantas, estaba adornada por ramos floridos y cintas blancas. Eran las cuatro de la tarde y ya el Deportivo Independiente Medellín, que acababa de cumplir cien años, perdía dos a uno en Barranquilla. Tenía que ganar para clasificar a la ronda semifinal. Olía a rosas y a perfume ceremonial. El hombre, de chaqueta beige, pantalón negro y camisa palo de rosa y sin corbata, tenía los audífonos puestos. Afuera, había gente esperando a los novios. Los antejardines del barrio florecían y parecían sonreírle a la calle sobre la que caía una luz malva. Era domingo.

Los novios aparecieron: ella, de blanco inmaculado; él, de negro. Cuando pisaron la alfombra, sonó la Marcha Nupcial de Wagner. El hombre, adelante, en el fondo de la casa, sentado junto a los padres de la novia y a la madre del novio, seguía con su audífono, ido, como fuera de sí. Arrugaba el ceño, se estremecía, y parecía estar muy lejos de los aplausos de los invitados, de los pasos calculados de la pareja, como en un mundo irreal que estaba en otra ciudad. El ministro oficiante, de pie, debajo de un palio, observaba el desplazamiento lento de los enamorados. De pronto, el hombre se enteró de la llegada de los comprometidos; el novio era su hijo. Se desconectó con discreción los audífonos y los introdujo en el bolsillo superior del saco. La pareja se instaló debajo de la jupá (así la denominó después el ministro para explicar su significado, al que el hombre no prestó atención). Una niña, de cuatro años, venía delante de los contrayentes. El hombre, cuando la vio, abrió con desmesura los ojos, la miró con novedad y vio su vestidito blanco y en las manos un pequeño cofre con las argollas. “Qué niña hermosa”, pensó el hombre y luego paseó la vista por los asientos debajo del dosel, los ramos de rosas rojas encarnadas, la cara del oficiante con una sonrisa que se prolongaba por el resto de su cuerpo. También vio las siete velas encendidas en un candelabro (la menorá, advirtió luego el ministro), y un cuadro con una fotografía de Jerusalén. “¿Cómo irá el partido?”, se preguntó con una voz interior que parecía angustiada, porque el hombre se rascó la cabeza y sus manos temblaron con levedad. Había, además de una mesa con mantel blanco, en la que reposaba un libro, otro candelabro de tres brazos con velas blancas prendidas. El hombre las miró y las llamitas se movieron.

Cuando el ministro puso sobre la cabeza del novio un tocado redondo, tejido, tal vez de lana, al que después aquel llamó la kipá, que según el sacerdote de vestido impecable simboliza los límites humanos y para dar a entender que por encima del hombre está Dios, o algo así profirió, el hombre se metió con un movimiento automático la mano al bolsillo de la chaqueta, pero la sacó con rapidez. Hacía rato, o tal vez no tanto, que la marcha nupcial había dejado de sonar. Atrás, había invitados, con trajes nuevos, corbatas, tacones altos, zapatos negros, sentados a las mesas, expectantes (de esto se dio cuenta porque por unos instantes miró atrás, como si se tratara de un mecanismo de defensa). “¿Cómo irá el DIM?”, volvió a preguntarse, mientras la ceremonia avanzaba, con lecturas bíblicas, postura de argollas, explicaciones de símbolos. De pronto, al novio se le desprendió el gorrito, que cayó al piso, ante la mirada atónita del ministro. El novio, con agilidad, lo recogió y lo puso de nuevo en su sitio, sobre la coronilla. El cabello le brillaba. La novia -según creyó el hombre- se sonrió con un rictus burlesco.

Como si se tratara de un descubrimiento, el hombre vio a un tipo de unos treinta años, de tenis y pantalón negros y camiseta gris, que saltaba de un lado a otro, se agachaba, se estiraba, parecía un contorsionista, y sus ojos detallaron la cámara fotográfica, escuchó sus clic insistente, un reflector subió de intensidad lumínica, y entonces el hombre se tocó el bolsillo, junto a su corazón, lo sintió acelerado y se dijo para sí: “¿Será que empató el DIM?”. También vio a la mamá del novio, que se había parado con una cámara e intentaba imitar, sin lograr ni siquiera una lejana aproximación, al fotógrafo profesional.

El hombre, que ya estaba sudando, pese a que el ambiente del salón era fresco, recordó cuando, apretujado con su hijo y miles de hinchas más en la tribuna oriental estaba presenciando a su equipo que empataba con el Huila dos a dos, la igualdad le bastaba para la apoteosis, y de súbito, para susto de todos, un jugador contrario avanzó por la punta derecha, metió un centro que cabeceó un delantero casi en el punto penal. Bobadilla, que era el arquero del DIM, voló casi de palo a palo y desvió el balón al córner. Faltaban pocos minutos para terminar el partido. El estadio Atanasio Girardot, repleto, enrojecido, coreaba unánimemente “¡Campeón Medallo, campeón!”; el hombre sintió el ondear frenético de las banderas, miró la pista atlética colmada de serpentinas blancas, y los abrazos colectivos, los tambores, trompetas y cánticos de la Norte, y su mirada de ojos contentos casi al borde de las lágrimas observaron cuando el árbitro señalaba la mitad del terreno. El estadio quería derrumbarse por la brincadera de casi cincuenta mil aficionados y de repente el cielo de la ciudad se pobló de bengalas y globos y estrellas rojas y azules. Era la quinta estrella que se multiplicaba hasta el infinito en el firmamento de Medellín.

Volvió de su ensoñación y vio a la pareja que se besaba, y escuchó la ovación colectiva de los invitados. La niña de las argollas estaba sentada en un taburete, y sus piernas colgaban con un movimiento rítmico. El ministro sonreía y cerraba el libro religioso. Bajo la jupá ya estaban los padres de la recién casada, abrazándola mientras sonaba una música alegre que el hombre no identificó. Sacó los audífonos y con prontitud se puso un auricular en la oreja izquierda. Una rosa roja cayó a sus pies. El fotógrafo seguía disparando.

El hijo, de corbata plateada, en medio del bullicio, se acercó a su padre, se abrazaron y sus mejillas se juntaron.

_¡Perdimos, hijo, perdimos! ¡Qué centenario más triste!_, dijo el hombre. Y como en un trágico tango, ninguno de los dos, las lágrimas, embozadas y asomadas, pudo contener.

Pintura de Angely Martínez

 

 

Romero para el recuerdo

Por Reinaldo Spitaletta

En casa, cuando mamá llegaba de visitar a su padre, en una vereda de Rionegro, Antioquia, el olor a plantas medicinales y aromáticas comenzaba a regarse por todas partes. Desenvolvía cidrón, yerbabuena, albahaca, limoncillo, manzanilla, ruda, malva, rosa amarilla y romero, al tiempo que papá, con cara entre disgustada y humorística, decía que solo iba por allá (él casi nunca visitaba a su suegro) a traer yerbas y nada de comida, qué vaina. Pero sí había algunas frutas como chirimoyas y guayabas rojas, y a veces uchuvas, de color amarillo encendido.

El ritual del desempaque era atractivo, porque, ella, que sonreía con los ojos, nos miraba con cara de saludo cuando iba poniendo sobre la mesa de comedor y el poyo de la cocina una exhibición botánica que perfumaba todo el ámbito familiar. Con esas yerbas, preparaba bebidas y algunas de ellas también las usaba para alguna receta gastronómica. Y digo esta palabra, pero casi como un anacronismo, porque no recuerdo si entonces era pronunciada por alguien en casa. Casi todo al respecto, se llamaba culinaria.

Al atardecer, mamá hacía aromáticas de limoncillo y manzanilla, y por las mañanas, yerbabuena y no sé qué otras. Pero la ruda jamás se utilizó para brebajes o pócimas caseras, sino para sembrar en materas y tenerlas, según mamá, como una manera de alejar malos espíritus, evitar el mal de ojo, controlar fuerzas diabólicas e impedir que a casa entraran las envidias y los deseos perversos de algún vecino. Eran sus palabras.

El romero lo empleaba no en la mesa, sino en los pies. Digo que hacía infusiones que, por lo demás, perfumaban toda la casa, para luego echarles sal marina y vaciarlos en una ponchera de peltre. Metía sus pies allí y su rostro parecía gozar con la sensación caliente y humosa del recipiente. Las ramas, con múltiples hojas, de la mata parecía que le hicieran cosquilla, porque ella gozaba mientras cumplía con la faena, que era una o dos veces a la semana. “Qué descanso”, decía.

Creo que con el tiempo a mis hermanos y a mí, lo mismo que a papá, comenzaron a cansarnos los olores perfumados de las matas, los hervores de limoncillo y de yerbabuena, la ruda en macetas, que a veces ella colgaba también, amarradas con una cinta amarilla, en los respaldos de las puertas como señal de buena suerte, según decía. O quizá no era que nos chocara el cargamento que traía de Abreíto (que era el nombre de la vereda) hasta Bello, que era donde vivíamos, sino la repetición. Siempre lo mismo. Una rutina de olores, sabores y aburrimientos aromatizados.

Mamá, que siempre fue una interesada en los secretos de las plantas, como que leía libros de editoriales argentinas, tales como Botánica Oculta, Los secretos de las plantas y otros de cuyos títulos no me acuerdo, nos decía que había que cargar gajitos de ruda en el bolsillo para evitar ladrones y tener la posibilidad de contrarrestar las malas intenciones de la gente en la calle. A veces le hacíamos caso, solo por mantenerla contenta. Mucho tiempo después de ella haber muerto, una mata de ruda me salvó de un embrujo letal, pero esta es una historia para otra narración.

El caso es que hoy me he acordado de mamá y de sus plantas (que algunas también las sembraba en materos de barro y en latas de galletas de soda), porque he leído un pequeño artículo que habla sobre el romero (una planta que Celia Cruz no incluyó en su Yerberito moderno) y su capacidad para mejorar la memoria. El asunto ya lo sabía Shakespeare, experto en hojas, flores y tallos, porque, en el Acto Cuarto de Hamlet, hace decir a Ofelia, tras la muerte de su padre, Polonio: “Aquí hay romero, es para el recuerdo. Por favor, amor, recuerda; y aquí hay violetas, para los pensamientos”.

El penetrante olor del romero es evocador. Hay en él un poder de reminiscencia. Aparte de sus valores cosméticos y gastronómicos, tiene la facultad de mantener joven al cerebro. Según investigadores, el aceite esencial de romero puede servirles a individuos con capacidad cognitiva afectada para recuperar sus atributos. Y ahora que lo dicen, recuerdo que mamá, cada que estaba con sus pies metidos en la ponchera de agua caliente con romero y sal, comenzaba a recordar a sus antepasados, a su abuela Estanislada y no sé a quiénes más, a los tiempos viejos, a sus juguetes de infancia, a los libritos de Ediciones Saturnino Calleja y se le alborotaban las ganas de contar viejas historias y hacer genealogías familiares.

Dicen que los olores de infancia son difíciles de borrar. Y entre los míos durante mucho tiempo estuvo el del romero, que según los latinos significa “rocío marino”, y según los griegos “el arbusto aromático”. Ahora, mientras evoco las plantitas que mamá traía de la finca de mi abuelo y que papá miraba con desgano y cierto dejo de burla, llega hasta este lugar de la tarde una exultante vaharada de romero. En efecto, Ofelia (y su papá Shakespeare) tenía razón: el romero sirve para recordar.