Las flores del guayacán

Por Reinaldo Spitaletta

Tienen sus flores una suerte de belleza dolorosa, no solo por el color intenso, luminoso, sino por su condición efímera. De lento crecimiento, el guayacán amarillo (que también hay lila) es un espectáculo cromático dos o tres veces al año. Me he quedado absorto mirando hacia arriba ese inicial atiborramiento, que se va desprendiendo como una lluvia fragante, a veces lenta, en otras con más velocidad, tal vez según el viento o la falta de él.

A veces me he puesto debajo del árbol para sentir de cerca el estrellamiento de las flores contra el asfalto, la acera, el antejardín. Vuelan con levedad, a veces girando sobre sí mismas, y de pronto ya están tapizando el piso, los vehículos pasan sobre ellas, sin consideración, las aplastan, aunque algunas se salvan al principio de la masacre.

He visto niños que esperan su caída, siguen la trayectoria y luego recogen una, dos o tres flores, las huelen, las acarician y alguno, más osado, las prueba. La flor del guayacán es suave al tacto, como la piel de ciertas mascotas, o como la de un osito de felpa, que antes eran el deslumbramiento de chicos imaginativos. Su textura es grata a las manos y uno quisiera guardar alguna de ellas en el bolsillo, o llevársela a casa para introducirla en las páginas de un libro.

Tienen una ventaja: no son para exhibir en floreros. En rigor, la calle es su lugar de exposición. La floración del guayacán dura diez o doce días. Al principio, el amontonamiento tiene mucho de musicalidad. Se arruman y se van desprendiendo con armonía. No hay atropellamiento. Hay una especie de orden, o de misteriosa disposición para arrojarse al vacío. Una tras otra, con libertad, buscan el piso, tal vez como si fuera un suicidio colectivo, pero con estética.

Hay días, en enero, en julio, en agosto, que camino por algunas calles de la ciudad para apreciar la llovizna amarilla. Me gustaría más si las flores se demoraran meses aferradas al árbol, pero qué va. Están hechas para la belleza rápida. Para que el espectador ansíe la próxima floración y se tenga que llenar de paciencia en la espera.

Hace poco, en la carrera Chile, entre Echeverri y Cuba, límites entre los barrios Prado y Los Ángeles, me detuve debajo de un guayacán, mientras en otro árbol (no he averiguado su nombre) había un concierto (o desconcierto) de loros urbanos. El cielo del atardecer estaba azul, sin nubes. Y las flores caían plenas de destellos. Recogí algunas y me pareció que sonreían (¿cómo sonríe una flor que ya pasa a ser parte de lo fúnebre?). Me metí una al bolsillo de la camisa. Antes la olí, pero no detecté ningún aroma en particular. Pudo haber sido por la contaminación ambiental. O porque el guayacán no perfuma, como sí lo hacen, por ejemplo, el cadmio, el jazmín de noche y hasta ese arbustito de antejardín, de flor violeta, que es el francesino.

El guayacán, que es un árbol de buena altura (veinte, veinticinco metros), generador de frescuras, adorna en Medellín los antejardines de algunos barrios. Prado, claro, pudiera ser el barrio de los guayacanes; también hay notorios en Manrique y Laureles, aunque en Boston y Los Ángeles no se privan de su belleza y umbrosidad. Recuerdo haber escuchado alguna vez una propuesta de que al morro de El Volador lo sembraran de guayacanes, lo mismo que al Quitasol, en Bello. La vista de su floración (ensueño fugaz) sería una sinfonía amarilla. Eso dijeron.

Hace unos meses, presencié la muerte de un guayacán, en la carrera San Martín, entre Moore y Urabá. Estaba anciano y ya, según advirtieron, era un peligro público. Llegaron los cortadores con su equipamiento. Lo fueron desmembrado por partes hasta dejarlo reducido a una miniatura de tronco, en el cual hoy se sientan algunos taxistas a esperar turno en su acopio. Y aunque en la cuadra hay dos más, me hacen falta sus hojas y sus flores periódicas, imprescindibles. Inevitables.

Llevo más de seiscientas palabras sobre el guayacán y sus flores, y creo que todavía no doy con la esencia. Por eso, terminaré con un poema de una brevedad (como las flores del guayacán) también dolorosa y maestra. Guayacán, del poeta antioqueño José Manuel Arango:
“El guayacán / de copa / ahusada / vencido / de racimos de flores / amarillas / qué llamarada”.

(Escrito en Medellín cuando todavía caían del cielo flores amarillas)

Foto tomada de internet

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Scheerezada y el Álgebra de Baldor

Por Reinaldo Spitaletta

Más que las atracciones por resolver ecuaciones y problemas de factorización, el libro de álgebra, del cubano Aurelio Baldor, me hacía imaginar relatos de Las mil y una noches, una obra que leí a los quince años, cuando mis principales “ocupaciones” eran las de jugar fútbol y divertirme en la calle con mis amigotes de barrio a la “guerra libertada” y otras maravillas “lúdicas” que hoy son parte de una arqueología. O de una nostalgia.

El Álgebra de Baldor, de pasta dura y un auténtico “ladrillo” me atraía, en principio, por su portada, con la imagen de un árabe, de turbante rojiamarillo, en primer plano. Al fondo, una ciudad oriental, que yo creía podría ser Bagdad, que ya tenía incorporada en mi geografía interior, no solo por las narraciones de Scheerezada, sino por haber visto en mi infancia la película El ladrón de Bagdad.

El caso es que sus páginas, que me olían a novedad y aventura, me fueron gustando. Supe, después, que el hombre del turbante era Abu Abdallah Muhammad ibn Musa al-jwarizmi, más conocido por su abreviado nombre de Al-Juarismi, que figuraba debajo del rostro barbado del misterioso árabe, en una suerte de cinta plegable. Era, según nos explicó el profesor de tercero de bachillerato, don Mauro Tobón, un matemático persa, que también se había atrevido a explicar el universo. En una solapa aparecía la cara de Arquímedes, que, de acuerdo con el profesor de álgebra, había sido un inventor, físico, astrónomo e ingeniero griego, que al descubrir el principio de los cuerpos flotantes, gritó, en plena desnudez, “¡Eureka!”.

Cada capítulo del libro estaba encabezado por ilustraciones, que, digo, lo hacían viajar a uno a mundos viejos y recónditos. Había papiros y recreaciones egipcias y referencias a los calculistas caldeos y asirios. Don Mauro aprovechaba las mismas para hacernos algunas breves historias acerca de ellas, antes de entrar en los temas específicos de las sumas, las reducciones, las ecuaciones numéricas y literales, la potenciación y la teoría coordinatoria. Alguna vez, recuerdo, nos habló de Tales de Mileto y Pitágoras, cuyas efigies también aparecían en el libro.

El profesor, que a su vez era el director del colegio, había diseñado a la entrada del mismo, en un antejardín, una torre inclinada (como la de Pisa, a escala), hecha de piedras y cemento, y algunos estudiantes intentaban enderezarla. “Ah, brutos”, decía al sorprenderlos en la faena. Sonreía y miraba con aire de lástima a los rectificadores.

Para mí fue una especie de diversión, tal vez no tan atractiva como jugar en la calle a la pelota envenenada, a los trompos, a las canicas y el escondidijo, el resolver los problemas de Baldor. En cuarto de bachillerato, en otro colegio, el mismo profesor de geometría (otra materia apasionante), nos dictaba álgebra. Don Humberto Fonnegra, que así se llamaba, también nos refería historias de matemáticos como Neper, Pascal y Newton, y nos hacía más amena la clase con sus apuntes y su manera de enseñar a resolver problemas. Era un transmisor de pasiones y de razonamientos.

El libro de Baldor, en el que luego estudiaron mis hermanos, nos acompañó muchos años en casa, hasta cuando no sé quién se lo prestó a alguien que no tenía cómo comprarlo, y desapareció.

Muchos años después, cuando quizá yo ya tenía en el olvido al clásico texto, me enteré que le habían cambiado la portada que el cubano había pensado desde 1941 (año de la primera edición) para su obra magna, además de que expertos en educación algebraica advertían que el método empleado por Baldor “estaba mandado a recoger”.

Hace pocos días, una señora (Rosa Moreno) compartió en Facebook un avisito con el siguiente texto: “-¿Dime un libro que te haya hecho llorar? –Álgebra de Baldor”. Parecía como si al estudiarla hubiera estado más en una cámara de torturas que en una propuesta de aprendizaje de las poéticas formas numéricas, de los misterios solubles de las ecuaciones, de los productos y cocientes notables, y del mínimo común múltiplo.

El libro de don Aurelio fue para mí un texto entrañable, como pudieron ser, por ejemplo, los viejos libros que mamá tenía de Historia de Asiria y Babilonia, los mapamundis que hubo en casa, los tomos de la enciclopedia El tesoro de la juventud y los cofrecitos en los que venían los cuentos miniatura de Saturnino Calleja.

Me parece que, gracias al Álgebra de Baldor, crecí en imaginación, como tiempo después también lo hizo conmigo El hombre que calculaba, con las aventuras de Beremiz Samir. En el libro del señor cubano, que hoy es como un vestigio prehistórico, me parecía escuchar la voz sensual y convincente de Scheerezada, una descomunal e inteligente árabe de la que me enamoré cuando yo tenía quince años.

Salteadores en las tinieblas

Por Reinaldo Spitaletta

 

“…que toda la vida es sueño / y los sueños, sueños son”. Calderón de la Barca

 

N.B. En otros días, tenía la costumbre de anotar en agendas gordas las imágenes de los sueños. Lo que de ellas se puede verbalizar. Llené dos o tres. Memorias de sueños y de pesadillas.

A veces sueño con calles oscuras, con la ciudad tenebrosa. Pueden ser sueños recurrentes, dice uno. Porque se han repetido con ciertas pausas y con variaciones. El leitmotiv es el mismo: una suerte de angustia frente a las tinieblas. Cuadras en penumbras, presentimiento de que hay salteadores, bandidos en la sombra, un perseguidor invisible. Busco la luz, pero no está en parte alguna. Negrura.

Dentro del sueño a veces creo que vivo una aventura peligrosa.

La noche (o, mejor, la madrugada) del dos de diciembre de 2010 tuve uno que, en rigor, no llegó a ser pesadilla. Iba de paso, por una calle que, sabiendo que era en Medellín, no identificaba. Vi a una periodista (su cara no la recuerdo) de un diario local, que no me miró. Parecía hipnotizada mientras caminaba sin rumbo aparente. Después, (pudo ser antes, porque el tiempo de los sueños es otro: es más: ¿hay tiempo en los sueños?), vi a un director de teatro, a Rodrigo Saldarriaga. Lucía muy joven, pelilargo y de camisa negra. Nos sentamos a la entrada de un restaurante, en el que nadie atendía. Llegó un actor, Eduardo Cárdenas, que me mencionó a un hombre de apellido Contreras. Rodrigo se iba poniendo cada vez más pálido. Su demacrado rostro me aturdió. “Parece triste”, me dije.

Actor y director se esfumaron. Quedé en medio de una especie de nada, siempre oscura. Y comencé a caminar. Sentía la vejez de las calles, su suelo arrugado. “Estoy en Maturín”, pensé, al ver una puerta abierta y un aviso de un bar que hoy no existe: Pigal (no Pigalle, como el parisino). Pasos tras de mí, y no podía voltear a mirar. Aceleré y llegué a lo que califiqué como una calle terrible, por su soledad amenazante.

Más adelante (o más atrás) me enteré de que me habían birlado el viejo teléfono celular. En el bolsillo de la camisa apareció una cubierta, una carcasa (una coca, decimos en Medellín) sin batería. “Me cambiaron el teléfono”, me dije con resignación. Disminuí la velocidad, los pasos eran volátiles, como si tuviera pies de gato. En mi cuello apareció de súbito un escapulario, o quizá era un collar delgado, de fantasía. Sin saber por qué resulté en un sitio opaco y en apariencia deshabitado. Hacía frío. Mis zapatos estaban enlodados y el pantano se metía en ellos. Alguien corrió tras de mí. “Señor, señor, ¿cómo está?”, me preguntó el perseguidor, de cara juvenil (pese a la oscuridad, vi su rostro). Tocó mi cuello. Se enteró de que no había oro, nada valioso. Más adelante, en una encrucijada me di cuenta de que mi bolso de marca, no estaba conmigo. En su lugar, había uno de tela ordinaria, una especie de dril azul. Y vacío. Cuando desperté, sudaba.

Aníbal Troilo, mucho bandoneón

(En el centenario del natalicio de Pichuco, director, compositor y duende tanguero)

Por Reinaldo Spitaletta

El gordo triste, el gordo bonachón, el gordo genio. Qué no le han dicho al Bandoneón Mayor de Buenos Aires (así lo nombró Julián Centeya), al “gorrión con gomina”, al de la pinta poeta, que tenía un corazón latiendo en las rodillas. Qué no le han endilgado (con amor, eso sí) a Aníbal Troilo, alias Pichuco, nacido el 11 de julio de 1914 y muerto el 19 de mayo de 1975, en medio de una conmoción general porque se iba uno de los más inevitables e imprescindibles hombres de tango que en la historia del género han sido.

Cuando murió era, según José Gobello, la máxima expresión viva del tango. Y por eso Buenos Aires lo lloró a borbotones, por ser uno de los porteños más queridos por el pueblo, por la ciudad. “Por su voz que es un gato / sobre ocultos platillos”, como lo escribió Horacio Ferrer. “Aquella catarsis de la gente constituyó, sin duda una catarsis provechosa. Un pueblo alegre es un pueblo sano, pero un pueblo que sabe ponerse triste es un pueblo noble”, dijo Gobello en su Crónica General del Tango, sobre las secuelas de la muerte del director, compositor, músico, arreglador y bandoneonista.

Troilo había proporcionado al mundo un “poco de humilde belleza, un poco de tibia emoción”. Con su carisma y su ángel, arrastró admiradores no solo en su suelo natal sino donde el tango se ha extendido como una suerte de “música clásica de hoy”. Por todas partes. Su bandoneón ejercía (y ejerce) un poder hipnótico sobre el oyente: sus agudos se metían en el corazón como “agujas heladas”, sus trémolos, ondulaban el alma, y ya sabemos, con Montaigne, que el hombre es cosa ondeante. Y tantas veces, vana.

Ese muchacho Troilo, tal como lo frasea, por ejemplo, Roberto Goyeneche, uno de sus cantores (estuvo en el elenco orquestal de 1957, con Ángel Cárdenas), fue uno de los que hizo renacer el tango en la década del cuarenta, hoy conocida como la Década de oro del tango. A mediados de los treinta, en los días de la Mishiadura (miseria extrema) y de tumultuosas angustias sociales (además, coincide con la muerte de Carlos Gardel), el tango estaba en retirada. Bueno, aunque ya había sufrido varias agonías, y se decía desde 1900 que estaba moribundo.

Cuando en 1936 sacan a Juan D’Arienzo del cabaret Chantecler y lo llevan a la Radio El Mundo, el interés por el tango comienza a resurgir en Buenos Aires, y va a ser por aquellos mismos días cuando el joven Troilo inicia su trepada en la historia. Ya había bebido de Pacho (Juan Maglio), de Elvino Vardaro, de Osvaldo Pugliese (que en la década del veinte era un intérprete sensacional de Chopin y Bach), de Julio de Caro y de Ciriaco Ortiz. En 1937 se insinuaba como un extraordinario ejecutante de bandoneón, con “la delicadeza sonora de Pedro Maffia, la brillantez armónica de Pedro Laurenz y el inconfundible ‘fraseo octavado’ de Ciriaco Ortiz”, como lo señala Luis Adolfo Sierra en su Historia de la orquesta típica.

Eran los días en que ya Troilo sentía su propia estro, su personalidad sonora, que lo condujo a crear su primera formación orquestal: en los bandoneones, además de él, estaban Juan Miguel Rodríguez y Roberto Gianitelli; en los violines, Reynaldo Nichele, José Stilman y Pedro Sapochnik; al piano, Orlando Goñi, y Juan Fasio en el contrabajo. La voz era la de Fiorentino. Qué equipazo. Eran los principios de una revolución, que tomaría cuerpo y alma en los cuarenta. Más tarde, Troilo incorporó a Alberto Marino, con lo que se inauguró una suerte de obligación de las orquestas típicas, de tener dos cantores (aunque, mucho antes, la orquesta de Francisco Canaro lo había hecho con dos vocalistas, Ernesto Famá y Francisco Amor).

Troilo fue introduciendo nuevas sonoridades, novedosas armonías y orquestaciones, con la capacidad que, además, le otorgaba el tener en su nómina a grandes músicos e instrumentistas, como Astor Piazzolla, Hugo Baralis, Ernesto Baffa y muchos más que vivieron y sintieron la dirección de un hombre sensible, una especie de “Shakespeare lunfardo”, que llegaría a ser, con su bandoneón y su orquesta, el alma de una ciudad, que no es poco decir. A aquellos sonidos enamoradores y distintos contribuyeron, entre otros, arregladores como Argentino Galván, Ismael Spitalnik, Emilio Balcarce y Eduardo Rovira, amén de Piazzolla.

Troilo era un hombre abierto a la evolución, a los cambios. Pero igual a no ignorar la tradición. Representó una síntesis maestra del tango danza, del tango canción y del tango música. Tal vez su primera revolución sonora se deba al arreglo que de Recuerdos de Bohemia, hizo Argentino Galván, grabada por Troilo con José Basso, al piano, y Nichele en el violín solista, el 12 de marzo de 1946. La revolución continuaría con el Troilo compositor y con el Troilo que incorporó a cantores que después serían de los más representativos como solistas en el tango canción: Edmundo Rivero, Roberto Goyeneche, Roberto Rufino, Jorge Casal, Floreal Ruiz, Raúl Berón, Tito Reyes y dos mujeres como Nelly Vázquez y Elba Berón.

El Troilo director alternó con el compositor de piezas de antología, como Sur, Garúa, La última curda, Una canción, María, A Homero, Desencuentro, Che bandoneón, Barrio de tango, Toda mi vida, Discepolín, Nocturno a mi barrio, y su doloroso homenaje a Homero Manzi, el tango Responso. A Pichuco no le “quedaban flojas las estrellas”, y con su genio, con ese modo de ser de alguien que siempre pensaba en el otro, alcanzó la gracia de “no venirle justa muerte alguna”.

La “aristocracia arrabalera” lo sigue teniendo entre sus santos. Porque era el tango mismo. Su síntesis. Su río. Su expresión cambiante. Con su bandoneón conquistó las estrellas, aquellas con las que Dante termina los tres avatares de su obra magna. En la noche duende de Buenos Aires está Troilo, su figura, su talante único, su musicalidad. Fue un ser definitivo para el tango. “Para mí que lo hicieron en mi casa / como el pan que la vieja siempre dio” (Homero Expósito).

Troilo, aquel que de tanto amor rompía los bolsillos, no se ha ido. Pero ¿cuándo, cuándo? No, no se ha ido el gordo viejo-joven. Aníbal Carmelo Troilo, alias Pichuco, siempre está llegando.

Caminando bajo un cielo de estrellas

Por Reinaldo Spitaletta

De pronto, fuimos adultos y comenzamos a tener recuerdos. ¿Cuándo nos dimos cuenta de que la infancia había muerto? ¿Cuándo fuimos conscientes de que la adolescencia había quedado atrás como una constancia de irreverencias y descubrimientos corporales y mentales? Papá, creo, me lo dijo alguna vez: “tendrás años cuando empieces a evocar”. Me pareció una frase sin sentido y la olvidé rápido, hasta cuando alguna noche escuché con atención un vals que solía sonar en los cafés de esquina, pero que, estando sin edad suficiente para entenderlo, solo me parecía rítmico y bailador. Y no más. Sin embargo, digo, una noche cuando caminaba por una vieja calle de barriada, supe que el tiempo mejor había pasado.

En efecto, el valsecito cantaba una manera del retorno, pero su esencia radicaba en lo que ya no era: “Mucho tiempo después de alejarme / vuelvo al barrio que un día dejé…”. Me pareció sentir mis antiguos pasos por aquella calle, que tampoco era la que había sido. Miré fachadas y ventanas y puertas, pero nada me decían. Me resistía, entendí después, a que esas paredes me devolvieran al pasado. “De cuándo acá me interesa lo pretérito”, me parece que me interrogué, mientras la canción continuaba: “Con el ansia de ver por sus calles / los viejos amigos, el viejo café”. Seguí andando y de pronto el paisaje era otro, era como si estuviera entrando en un mundo que, siendo conocido, ya no era el que yo había visto. Recordé una lectura de adolescencia: un cuento de H.G. Wells, La puerta en el muro y sentí una suerte de vacío.

Confieso que cuando, hace años, escuchaba en los traganíqueles de los bares de barrio aquel vals, no me importaba. No era para mí lo que cantaba Alberto Podestá, con la orquesta de Miguel Caló, según supe sus nombres con el paso del tiempo. Pero aquella noche música y letra me castigaban: “En la noche tranquila y oscura / hasta el aire parece decir: / ‘no te olvides que siempre fui tuya / y sigo esperando que vuelvas a mí”. Me detuve, porque era imposible no hacerlo. Aquietado, los versos me llegaban con la certeza de una melancólica tortura: “En esta noche vuelvo a ser / aquel muchacho soñador / que supo amarte y con sus versos / te brindó sus penas…”. Qué vaina, pues. Aquello no parecía tener sentido, porque no tenía memoria de haber escrito ni siquiera unas palabras prosaicas para ninguna muchacha de entonces… “Hay una voz que me dice al oído / ‘yo sé que has venido / por ella, por ella…”. Y en este punto, recordé la cara de luna de Edilma V, una pelada que vivió en otra cuadra y que a mí me mataba cuando salía al balcón a mostrar su figura de ensueño.

El vals estaba ahí, poniéndome en estado de sitio, y yo no podía contener los recuerdos, que llegaban primero como una bruma y luego como una evidencia nítida de que el tiempo había pasado y yo no tenía certidumbre de ello. “Qué amable y qué triste es a la vez / la soledad del arrabal / con sus casitas y los árboles que pintan sombras. / Sentir que todo, que todo la nombra / ¡qué ganas enormes me dan de llorar!”. Y era verdad: todo la nombraba, en medio de aquel vacío, de aquellos árboles muertos, de aquella ausencia, y yo ahí, turulato, quizá ido, o, como dice algún tango, piantao-piantao, en medio de la nada. Y entonces, no sé por qué, miré al cielo y las estrellas cantaban, o tal vez sollozaban al verme pasar por un lugar que de súbito parecía recobrar. Era lo perdido y lo irrecuperable. Pero el vals me hacía sentir una amarga dulzura, que es el sabor que produce, dice uno, lo ido que vuelve en forma de música y de palabras.

Muchos de aquellos cafés ya no están, tampoco el balcón de Edilma, ni los viejos amigos, que a lo mejor, cuando escuchan este vals de Enrique Francini, Héctor Stamponi y José María Contursi, lagrimean o se ponen a canturrear como yo lo hice aquella vez, cuando mis pasos me llevaron por una vieja calle, en la cual, sin anuncios premonitorios y bajo un cielo de estrellas, de las paredes o quizá del asfalto anochecido brotó una canción que me hizo saber lo irremediable: que ya era un hombre hecho de recuerdos. Y de adioses.

Postdata con morriña: Emociones parecidas pueden provocar, por ejemplo, estos dos valses: Pedacito de cielo y El vals de los recuerdos. Vale.

El misterio de las casas inacabadas

Por Reinaldo Spitaletta

Creo que en alguna de las Aguafuertes Porteñas, Roberto Arlt habla de la melancolía de las construcciones inacabadas, de esas casas que se quedan a mitad de camino, sin techumbre, desamparadas, como un libro inexistente del cual solo, misteriosamente, se escribió el prólogo. O acaso un fragmento de capítulo. Suscitan ellas una sensación de vacío infinito, como si uno cayera (sucede en los sueños) a un abismo sin fondo.

Las construcciones sin terminar tienen aspecto de desolación. Albergan viejas tristezas. Y en sus muros sin sonrisa (¿sabía usted que los muros también sonríen?) uno observa el modo en que comienza a pegarse el abandono, o, lo que puede ser más dramático, el olvido.

Las casas inconclusas se prestan para la especulación. Uno, sin poder contener el desasosiego que produce su vista, cavila sobre los posibles moradores, frustrados quizá por alguna desgracia económica, por cualquier golpe malhadado del destino. Los imagina recorriendo el patio sin flores, sin cemento, apenas empedrado. Los ve desplazarse lentos por el pasillo sin baldosas. Escucha la carrera desaforada de un niño que persigue una pelota y sus gritos asombrados de recién venido. No deja de ser, pese a la desazón que presentan, muy hermoso poderlas mirar a través de sus ventanas abiertas, o, de otra manera, a través de la ausencia de ventanales.

Uno supone que tal condición de inconclusión se debe a que a sus dueños los asaltó la desventura monetaria y se quedaron con los bolsillos rotos y sin techo propio. O tal vez que, a la postre, cuando ya era tarde, no les gustó el sitio de construcción y prefirieron perderlo todo. También puede ser que, en una extraña rebelión, ladrillos y cemento se opusieron a continuar. No quisieron crecer. Ni ser casa completa. No valieron las súplicas de albañiles y oficiales. Nada. Así estaba escrito en el libro de la fatalidad.

Esas construcciones sin fin se van pareciendo de a poco a las casas en ruinas. Las hierbas se asoman sin timidez por los rincones; se entristecen las paredes; cualquier araña realiza su siesta sobre su lecho atrapamoscas; las lagartijas grises y rosadas sacan sus lenguas de ansiedad. Todo aparenta un gran desgano. El polvo va cubriendo superficies y las viste con trajes de tierra envejecida. Hay una especie de sentimiento doloroso en ellas. Un llanto oculto y reprimido. Queja de adobes. Estremecimiento por la pena de haber sido y el dolor de ya no ser. O por no haber llegado a ser. Hace poco he visto caserones en desgracia en Boston y Prado, dos barrios que tuvieron las casas más enormes y bellas de Medellín. También he encontrado una que otra por San Miguel y Los Ángeles.

Hace años había un decir que tenía que ver de alguna forma con el concepto de perpetuidad: “Más viejo que un solar en Bello”. Y fue en aquella población donde, hace tiempos, vi cómo a muchos solares les crecían las paredes y después, al ganar cierta altura, se paralizaban. Se volvían casas sin final feliz. Eran monumentos a la frustración.

Fue en el entonces exótico barrio El Congolo donde, durante muchos años, permaneció una casa sin epílogo. Su interior se pobló de malezas; se convirtió en dormitorio de sapos, ratas y fantasmas, en refugio de soledades. Poco a poco sus muros (al principio, limpios y contentos) se vinieron a menos, y no se sabe qué mano destructora abrió boquetes en ellos, similares a heridas sin esperanza de cicatrización. Perros callejeros, que por esos días eran parte del paisaje cotidiano, llevaban hasta allí sus miserias y de vez en cuando, una vaca urbana penetraba a degustar los herbazales.

La imaginación infantil comenzó a urdir tramas en torno a la construcción. Se narraban historias de aparecidos que iban a llorar sus penas en los cuartos a la intemperie. Algunas noches sin luna, los chicos más intrépidos de la cuadra penetraban en la fantasmagórica casa a asustarse a sí mismos con cuentos de terror, o a suponer que estaban en el castillo de Drácula, en fin, que el siniestro lugar se prestaba para toda clase de bromas y diversiones.

Con certeza que más de un malandro escondió allí sus miedos y sus puñales. Y más de un “astronauta” aspiró allí humos prohibidos y emprendió alucinantes viajes espaciales. Tal vez esa inacabada vivienda, cuando la luna suburbana era propicia, hospedó furtivos amantes y fue testigo de alguna frágil aventura de la carne.

Nunca supe si ese principio de casa de techo celeste tuvo fin. En mi memoria, continúa como entonces, sugestiva, impredecible y plena de una agridulce melancolía.