Aníbal Troilo, mucho bandoneón

(En el centenario del natalicio de Pichuco, director, compositor y duende tanguero)

Por Reinaldo Spitaletta

El gordo triste, el gordo bonachón, el gordo genio. Qué no le han dicho al Bandoneón Mayor de Buenos Aires (así lo nombró Julián Centeya), al “gorrión con gomina”, al de la pinta poeta, que tenía un corazón latiendo en las rodillas. Qué no le han endilgado (con amor, eso sí) a Aníbal Troilo, alias Pichuco, nacido el 11 de julio de 1914 y muerto el 19 de mayo de 1975, en medio de una conmoción general porque se iba uno de los más inevitables e imprescindibles hombres de tango que en la historia del género han sido.

Cuando murió era, según José Gobello, la máxima expresión viva del tango. Y por eso Buenos Aires lo lloró a borbotones, por ser uno de los porteños más queridos por el pueblo, por la ciudad. “Por su voz que es un gato / sobre ocultos platillos”, como lo escribió Horacio Ferrer. “Aquella catarsis de la gente constituyó, sin duda una catarsis provechosa. Un pueblo alegre es un pueblo sano, pero un pueblo que sabe ponerse triste es un pueblo noble”, dijo Gobello en su Crónica General del Tango, sobre las secuelas de la muerte del director, compositor, músico, arreglador y bandoneonista.

Troilo había proporcionado al mundo un “poco de humilde belleza, un poco de tibia emoción”. Con su carisma y su ángel, arrastró admiradores no solo en su suelo natal sino donde el tango se ha extendido como una suerte de “música clásica de hoy”. Por todas partes. Su bandoneón ejercía (y ejerce) un poder hipnótico sobre el oyente: sus agudos se metían en el corazón como “agujas heladas”, sus trémolos, ondulaban el alma, y ya sabemos, con Montaigne, que el hombre es cosa ondeante. Y tantas veces, vana.

Ese muchacho Troilo, tal como lo frasea, por ejemplo, Roberto Goyeneche, uno de sus cantores (estuvo en el elenco orquestal de 1957, con Ángel Cárdenas), fue uno de los que hizo renacer el tango en la década del cuarenta, hoy conocida como la Década de oro del tango. A mediados de los treinta, en los días de la Mishiadura (miseria extrema) y de tumultuosas angustias sociales (además, coincide con la muerte de Carlos Gardel), el tango estaba en retirada. Bueno, aunque ya había sufrido varias agonías, y se decía desde 1900 que estaba moribundo.

Cuando en 1936 sacan a Juan D’Arienzo del cabaret Chantecler y lo llevan a la Radio El Mundo, el interés por el tango comienza a resurgir en Buenos Aires, y va a ser por aquellos mismos días cuando el joven Troilo inicia su trepada en la historia. Ya había bebido de Pacho (Juan Maglio), de Elvino Vardaro, de Osvaldo Pugliese (que en la década del veinte era un intérprete sensacional de Chopin y Bach), de Julio de Caro y de Ciriaco Ortiz. En 1937 se insinuaba como un extraordinario ejecutante de bandoneón, con “la delicadeza sonora de Pedro Maffia, la brillantez armónica de Pedro Laurenz y el inconfundible ‘fraseo octavado’ de Ciriaco Ortiz”, como lo señala Luis Adolfo Sierra en su Historia de la orquesta típica.

Eran los días en que ya Troilo sentía su propia estro, su personalidad sonora, que lo condujo a crear su primera formación orquestal: en los bandoneones, además de él, estaban Juan Miguel Rodríguez y Roberto Gianitelli; en los violines, Reynaldo Nichele, José Stilman y Pedro Sapochnik; al piano, Orlando Goñi, y Juan Fasio en el contrabajo. La voz era la de Fiorentino. Qué equipazo. Eran los principios de una revolución, que tomaría cuerpo y alma en los cuarenta. Más tarde, Troilo incorporó a Alberto Marino, con lo que se inauguró una suerte de obligación de las orquestas típicas, de tener dos cantores (aunque, mucho antes, la orquesta de Francisco Canaro lo había hecho con dos vocalistas, Ernesto Famá y Francisco Amor).

Troilo fue introduciendo nuevas sonoridades, novedosas armonías y orquestaciones, con la capacidad que, además, le otorgaba el tener en su nómina a grandes músicos e instrumentistas, como Astor Piazzolla, Hugo Baralis, Ernesto Baffa y muchos más que vivieron y sintieron la dirección de un hombre sensible, una especie de “Shakespeare lunfardo”, que llegaría a ser, con su bandoneón y su orquesta, el alma de una ciudad, que no es poco decir. A aquellos sonidos enamoradores y distintos contribuyeron, entre otros, arregladores como Argentino Galván, Ismael Spitalnik, Emilio Balcarce y Eduardo Rovira, amén de Piazzolla.

Troilo era un hombre abierto a la evolución, a los cambios. Pero igual a no ignorar la tradición. Representó una síntesis maestra del tango danza, del tango canción y del tango música. Tal vez su primera revolución sonora se deba al arreglo que de Recuerdos de Bohemia, hizo Argentino Galván, grabada por Troilo con José Basso, al piano, y Nichele en el violín solista, el 12 de marzo de 1946. La revolución continuaría con el Troilo compositor y con el Troilo que incorporó a cantores que después serían de los más representativos como solistas en el tango canción: Edmundo Rivero, Roberto Goyeneche, Roberto Rufino, Jorge Casal, Floreal Ruiz, Raúl Berón, Tito Reyes y dos mujeres como Nelly Vázquez y Elba Berón.

El Troilo director alternó con el compositor de piezas de antología, como Sur, Garúa, La última curda, Una canción, María, A Homero, Desencuentro, Che bandoneón, Barrio de tango, Toda mi vida, Discepolín, Nocturno a mi barrio, y su doloroso homenaje a Homero Manzi, el tango Responso. A Pichuco no le “quedaban flojas las estrellas”, y con su genio, con ese modo de ser de alguien que siempre pensaba en el otro, alcanzó la gracia de “no venirle justa muerte alguna”.

La “aristocracia arrabalera” lo sigue teniendo entre sus santos. Porque era el tango mismo. Su síntesis. Su río. Su expresión cambiante. Con su bandoneón conquistó las estrellas, aquellas con las que Dante termina los tres avatares de su obra magna. En la noche duende de Buenos Aires está Troilo, su figura, su talante único, su musicalidad. Fue un ser definitivo para el tango. “Para mí que lo hicieron en mi casa / como el pan que la vieja siempre dio” (Homero Expósito).

Troilo, aquel que de tanto amor rompía los bolsillos, no se ha ido. Pero ¿cuándo, cuándo? No, no se ha ido el gordo viejo-joven. Aníbal Carmelo Troilo, alias Pichuco, siempre está llegando.

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1 comentario

  1. Reblogueó esto en luisfo1951y comentado:
    Excelente homenaje de Reinaldo Spitaletta a “Pichuco” en su centenario.

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