Salteadores en las tinieblas

Por Reinaldo Spitaletta

 

“…que toda la vida es sueño / y los sueños, sueños son”. Calderón de la Barca

 

N.B. En otros días, tenía la costumbre de anotar en agendas gordas las imágenes de los sueños. Lo que de ellas se puede verbalizar. Llené dos o tres. Memorias de sueños y de pesadillas.

A veces sueño con calles oscuras, con la ciudad tenebrosa. Pueden ser sueños recurrentes, dice uno. Porque se han repetido con ciertas pausas y con variaciones. El leitmotiv es el mismo: una suerte de angustia frente a las tinieblas. Cuadras en penumbras, presentimiento de que hay salteadores, bandidos en la sombra, un perseguidor invisible. Busco la luz, pero no está en parte alguna. Negrura.

Dentro del sueño a veces creo que vivo una aventura peligrosa.

La noche (o, mejor, la madrugada) del dos de diciembre de 2010 tuve uno que, en rigor, no llegó a ser pesadilla. Iba de paso, por una calle que, sabiendo que era en Medellín, no identificaba. Vi a una periodista (su cara no la recuerdo) de un diario local, que no me miró. Parecía hipnotizada mientras caminaba sin rumbo aparente. Después, (pudo ser antes, porque el tiempo de los sueños es otro: es más: ¿hay tiempo en los sueños?), vi a un director de teatro, a Rodrigo Saldarriaga. Lucía muy joven, pelilargo y de camisa negra. Nos sentamos a la entrada de un restaurante, en el que nadie atendía. Llegó un actor, Eduardo Cárdenas, que me mencionó a un hombre de apellido Contreras. Rodrigo se iba poniendo cada vez más pálido. Su demacrado rostro me aturdió. “Parece triste”, me dije.

Actor y director se esfumaron. Quedé en medio de una especie de nada, siempre oscura. Y comencé a caminar. Sentía la vejez de las calles, su suelo arrugado. “Estoy en Maturín”, pensé, al ver una puerta abierta y un aviso de un bar que hoy no existe: Pigal (no Pigalle, como el parisino). Pasos tras de mí, y no podía voltear a mirar. Aceleré y llegué a lo que califiqué como una calle terrible, por su soledad amenazante.

Más adelante (o más atrás) me enteré de que me habían birlado el viejo teléfono celular. En el bolsillo de la camisa apareció una cubierta, una carcasa (una coca, decimos en Medellín) sin batería. “Me cambiaron el teléfono”, me dije con resignación. Disminuí la velocidad, los pasos eran volátiles, como si tuviera pies de gato. En mi cuello apareció de súbito un escapulario, o quizá era un collar delgado, de fantasía. Sin saber por qué resulté en un sitio opaco y en apariencia deshabitado. Hacía frío. Mis zapatos estaban enlodados y el pantano se metía en ellos. Alguien corrió tras de mí. “Señor, señor, ¿cómo está?”, me preguntó el perseguidor, de cara juvenil (pese a la oscuridad, vi su rostro). Tocó mi cuello. Se enteró de que no había oro, nada valioso. Más adelante, en una encrucijada me di cuenta de que mi bolso de marca, no estaba conmigo. En su lugar, había uno de tela ordinaria, una especie de dril azul. Y vacío. Cuando desperté, sudaba.

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