Las flores del guayacán

Por Reinaldo Spitaletta

Tienen sus flores una suerte de belleza dolorosa, no solo por el color intenso, luminoso, sino por su condición efímera. De lento crecimiento, el guayacán amarillo (que también hay lila) es un espectáculo cromático dos o tres veces al año. Me he quedado absorto mirando hacia arriba ese inicial atiborramiento, que se va desprendiendo como una lluvia fragante, a veces lenta, en otras con más velocidad, tal vez según el viento o la falta de él.

A veces me he puesto debajo del árbol para sentir de cerca el estrellamiento de las flores contra el asfalto, la acera, el antejardín. Vuelan con levedad, a veces girando sobre sí mismas, y de pronto ya están tapizando el piso, los vehículos pasan sobre ellas, sin consideración, las aplastan, aunque algunas se salvan al principio de la masacre.

He visto niños que esperan su caída, siguen la trayectoria y luego recogen una, dos o tres flores, las huelen, las acarician y alguno, más osado, las prueba. La flor del guayacán es suave al tacto, como la piel de ciertas mascotas, o como la de un osito de felpa, que antes eran el deslumbramiento de chicos imaginativos. Su textura es grata a las manos y uno quisiera guardar alguna de ellas en el bolsillo, o llevársela a casa para introducirla en las páginas de un libro.

Tienen una ventaja: no son para exhibir en floreros. En rigor, la calle es su lugar de exposición. La floración del guayacán dura diez o doce días. Al principio, el amontonamiento tiene mucho de musicalidad. Se arruman y se van desprendiendo con armonía. No hay atropellamiento. Hay una especie de orden, o de misteriosa disposición para arrojarse al vacío. Una tras otra, con libertad, buscan el piso, tal vez como si fuera un suicidio colectivo, pero con estética.

Hay días, en enero, en julio, en agosto, que camino por algunas calles de la ciudad para apreciar la llovizna amarilla. Me gustaría más si las flores se demoraran meses aferradas al árbol, pero qué va. Están hechas para la belleza rápida. Para que el espectador ansíe la próxima floración y se tenga que llenar de paciencia en la espera.

Hace poco, en la carrera Chile, entre Echeverri y Cuba, límites entre los barrios Prado y Los Ángeles, me detuve debajo de un guayacán, mientras en otro árbol (no he averiguado su nombre) había un concierto (o desconcierto) de loros urbanos. El cielo del atardecer estaba azul, sin nubes. Y las flores caían plenas de destellos. Recogí algunas y me pareció que sonreían (¿cómo sonríe una flor que ya pasa a ser parte de lo fúnebre?). Me metí una al bolsillo de la camisa. Antes la olí, pero no detecté ningún aroma en particular. Pudo haber sido por la contaminación ambiental. O porque el guayacán no perfuma, como sí lo hacen, por ejemplo, el cadmio, el jazmín de noche y hasta ese arbustito de antejardín, de flor violeta, que es el francesino.

El guayacán, que es un árbol de buena altura (veinte, veinticinco metros), generador de frescuras, adorna en Medellín los antejardines de algunos barrios. Prado, claro, pudiera ser el barrio de los guayacanes; también hay notorios en Manrique y Laureles, aunque en Boston y Los Ángeles no se privan de su belleza y umbrosidad. Recuerdo haber escuchado alguna vez una propuesta de que al morro de El Volador lo sembraran de guayacanes, lo mismo que al Quitasol, en Bello. La vista de su floración (ensueño fugaz) sería una sinfonía amarilla. Eso dijeron.

Hace unos meses, presencié la muerte de un guayacán, en la carrera San Martín, entre Moore y Urabá. Estaba anciano y ya, según advirtieron, era un peligro público. Llegaron los cortadores con su equipamiento. Lo fueron desmembrado por partes hasta dejarlo reducido a una miniatura de tronco, en el cual hoy se sientan algunos taxistas a esperar turno en su acopio. Y aunque en la cuadra hay dos más, me hacen falta sus hojas y sus flores periódicas, imprescindibles. Inevitables.

Llevo más de seiscientas palabras sobre el guayacán y sus flores, y creo que todavía no doy con la esencia. Por eso, terminaré con un poema de una brevedad (como las flores del guayacán) también dolorosa y maestra. Guayacán, del poeta antioqueño José Manuel Arango:
“El guayacán / de copa / ahusada / vencido / de racimos de flores / amarillas / qué llamarada”.

(Escrito en Medellín cuando todavía caían del cielo flores amarillas)

Foto tomada de internet

Deja un comentario

3 comentarios

  1. Paula Andrea Medina Alzate

     /  julio 29, 2014

    Gracias Rei, lindo escrito sobre los arboles y lo urbano, yo tambien hice parte del sue~o amarillo del Quitasol, luego de caminar y sembrar durante dos a~os una quema me lo apago, que buen aporte ese de los jazmines de noche y otras aromas.
    Te extra~amos el s’abado.

    Responder
  2. José M. Ruiz P.

     /  julio 29, 2014

    Hace muchos años, más de 55, cuenta don Ernesto Ochoa M. columnista de El Colombiano, que en el Concejo Municipal de Medellín se debatió la arborización del cerro Nutibara y se propuso que fuera con Guayacanes; pero los “honorables” de esa época se decidieron por Eucaliptos por ser de crecimiento rápido y no como los Guayacanes que son demasiado lentos. No es sino imaginar la posibilidad hoy de ver el cerro Nutibara florecido de Guayacanes, para maldecir con todas las ganas posibles a esos imbéciles, tan parecidos inclusive a los de hoy…
    Gracias Reinaldo.

    Responder
  3. lauracastanedat

     /  septiembre 13, 2016

    Me encanta.

    Responder

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: