La fuga de los crepúsculos

Por Reinaldo Spitaletta

Había un poeta que fabricaba atardeceres con arrebol. Él mismo, el de la barba taheña, había escrito que la Villa era habitada por gentes romas y necias y superficiales, que se paraban en los atrios a soltar chismes, que es la defensa de los que no tienen poder. Nos advirtió desde los albores del siglo XX, que la parroquia tenía hombres barrigones, y con el tamaño de la panza y de la bolsa medían el mundo. Hubo otro escritor que hizo inventarios sobre las plantas y las flores de la ciudad, acerca de las cuales nos puso a pronunciar sus nombres sonoros: flores de caracucho, sol de agosto, azucenas, azahar de la India, cundeamor, curasao solferino, de cuyas flores otro poeta había dicho: “parecen hechas de papel de globo”. En los mayos floridos, los devotos de la Villa adornaban los monumentos de María con mirtos y hortensias, y en los corredores de viejos caserones, con evocaciones campesinas, colgaban begonias de tierra fría.

Pronto, el paisaje floral se llenó de chimeneas fabriles y de construcciones cuyas partes altas semejaban sierras. Pero la villa seguía oliendo a rosas de la tarde y jazmín de noche. En un barrio de ricos, un hombre diseñó las calles amplias, con antejardines en los que sembró guayacanes amarillos y morados, y para que las noches tuvieran fragancia de enamorados, plantó cadmios. A orillas del río (hoy muerto), el mismo en que otro poeta del siglo XIX creía ver náyades, se elevaron los búcaros cuya floración anual pintaba el contorno de anaranjado. De la quebrada arriba, pero muy arriba, bajaban silleteros, tal vez los descendientes de aquellos que cargaban hombres, pero ahora sus manos estaban repletas de pompones y astromelias.

En la Villa, febril y fabril, había casco’evacas y tulipanes africanos. Y en la hacienda que había sido del hombre más rico de la ciudad, que tenía oro en los dientes y en la mente, las ceibas-bonga se deshojaban en febrero. Por la quebrada Santa Elena bajaban buenos vientos, que movían el humo de las chimeneas de la fábrica pretenciosa que años después, con avisos luminosos a lo Hollywood, en una colina, hoy habitada por gentes sin fortuna, sería el “primer nombre en textiles”. Ni siquiera las partículas de algodón en el aire ni el hollín de los trenes, trocaban el clima que todos llamaban de “eterna primavera”.

En casas de barrios altos todavía había solares, sembrados de yerbabuena y albahaca, tal vez como una manera de resistirse a la civilización, la misma que traía en las llamadas alas del progreso, máquinas y nuevas factorías. La primavera tropical se regaba, pese a todo, en los ventorrillos de las plazas de mercado y en los hombres y mujeres que arribaban de muy lejos, traídos por el tren y camiones de escalera. Otro poeta, que parece que la primavera perpetua era apta para producir no sólo telas y cervezas y cigarrillos y aguardiente, sino gente que cantaba, compraba por treinta centavos quince minutos de paisaje. “No todo es Hacer –decía-. También No-hacer es creador” y entonces los industriales y los banqueros lo calificaron como amante de la nada y del no hacer nada, en una tierra que en medio de la floresta producía plusvalías y era el reino del trabajo asalariado.

Pero llegó el día (y el día no estuvo lejano), en el que se elevaron edificios tuguriales y de súbito muchas viejas fábricas se metamorfosearon en centros comerciales, y la villa en trance de ciudad, seguía amando el dinero, el mismo que le hacía falta a tanta gente de las laderas. Los jardines primigenios se trastocaron en flores del mal y otro poeta advirtió que vivíamos en una aldea con predominio de la metra, la mitra y el metro.

La temperatura subió, los cielos cambiaron de azul a negro, y el mundo se hizo cada vez más oscuro. En alguna estación del metro a alguna dama de la caridad o tal vez a algún filántropo-negociante, se le ocurrió recordar unos versos del poeta que tenía en Medellín una fábrica de crepúsculos con arrebol. La primavera era solo un paisaje brumoso y lo más probable era que la gente, de panza voluminosa o despanzada, se muriera de un infarto de plomo.

Fotografía tomada de internet

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La Payanca

Por Reinaldo Spitaletta

Entró al café, los colores fosforescentes del Wurlitzer iluminaron su cara de fantasma, miró una silla libre y tras sentarse pidió una cerveza. El del mostrador lo observó como si estuviera viendo un muerto y sintió escalofríos, la muchacha de delantal blanco y escote, le llevó la botella y el vaso, y él, con una voz que la petrificó, le dijo: “Soy Carlos Gardel, por favor, poneme el tango Volver”. Los rayos del traganíquel brillaron en los dientes del recién entrado y la muchacha pensó: “Sí, su sonrisa es la misma de Gardel” y al decirlo sus ojos se detuvieron en una pared de la que colgaba un retrato del cantor. Se sacó una moneda de doscientos pesos del bolsillo de su delantal y la echó por la ranura, pisó dos teclas y el tango se regó por el lugar que olía a orines y sudor. Eran las seis de la tarde, y varios parroquianos conversaban en las mesas.

—¿Cómo se llama este bar?—, le preguntó el hombre a la salonera.
—La Payanca—, contestó ella y luego volteó la cabeza hacia el del mostrador, que seguía con una cara de desconcierto. Gardel decía: “Sentir que es un soplo la vida, que veinte años no es nada…”.
—¿Ah, pero no vio el letrero?
— No, pero tiene como nombre el apodo de una mujer que yo conocí en un quilombo.
—¿Quilombo?
—Sí, un prostíbulo. Y decime, nena: —¿te gusta Gardel?
—Sí, para el gasto, —dijo ella, con una sonrisa pícara, —a mi papá le agradaba mucho, pero a mí casi no me gusta tener recuerdos.
—Bueno, sabés que yo soy Gardel, ¿cierto?—, dio un sorbo a la cerveza y de pronto descubrió la efigie del cantor. —Huy, qué pinta tengo ahí— y sintió el fraseo, la voz honda: “errante en la sombra te busca y te nombra…” y tomó otro trago.
—Tomo y obligo fue lo último que yo canté, —dijo con un sollozo.
—Permiso, señor, voy a atender otra mesa.

El del mostrador parecía no entender nada de lo que estaba pasando. Veía, en efecto, a un tipo fantasmal, que si hubiera tenido puesto el chambergo hubiera sido el mismo cantor. “Nada raro es que haya vuelto después de quemarse en Medellín”, pensó y se rió para adentro de su ocurrencia. “Qué güeva soy: Gardel no hay sino uno y hace tanto que se murió”. Afuera, la ciudad tenía los afanes del atardecer, algunos que pasaban miraban de rapidez hacia el bar y quedaban como aturdidos al toparse con el tipo que, de cara a la puerta, tenía rasgos gardelianos. El cantor había terminado su tango de acetato.

—Por favor, échele otra moneda al mismo número—, pidió el de la fisonomía de arrabal amargo, que ya no sonreía. Las luces de neón de la pianola permitieron que la muchacha descubriera algunas “patadegallinas” alrededor de los ojos del hombre que en rigor sí era como el doble del cantante. “A mi papá sí que le gustaban los tangos de Gardel, pero a mí no me desvelan”, pensó y siguió mirando las arrugas del cliente. El del mostrador ya buscaba la salida para ir hasta donde el tipo del rostro mortuorio. Alguien pedía un tinto y el fragor de los motores y de los transeúntes se oía afuera. El bar también olía a aguardiente. “Tengo miedo del encuentro con el pasado que vuelve a encontrarse con mi vida…”. Se oyó a alguien que hacía un desafinado dúo al Inmortal. El de la apariencia gardeliana agachó la cabeza, se dobló y descansó sobre la mesa. La botella cayó al piso.

De pronto, la cabeza volvió a subir con fuerza, porque el del mostrador ya la levantaba y con ojos de fiera o tal vez de criminal, algo así dijo la muchacha después, miraba la cara del sorprendido cliente, que acaba de ver casi junto a su nariz el revólver con que le apuntaban.

—Usted no puede ser Gardel. Él es único, ¿entiende? ¡Entiende! ¡No tiene dobles!

De afuera no se escuchó el disparo.

 

Una rosa para Marilyn

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Por Reinaldo Spitaletta

No sé si eras una diosa pagana o simplemente una peliteñida rubia plateada que se acostó con un presidente gringo, y con el hermano de este, y dicen que con Sinatra, aunque no creo. En todo caso, vos, Marilyn Monroe (que ese no era tu verdadero nombre), la de la palidez de vainilla y piel de leche recién ordeñada, que de pronto así diría algún campechano de los breñales de Antioquia, eras, sos todavía, un mito de celuloide que al marcharte para siempre con tu mortal dosis de barbitúricos, dejaste un clan inconsolable de viudos universales. Aún hay adoradores que encienden una vela ante la foto aquella, la que tomó Sam Shaw, en la que aparecés con la faldita levantada por un viento enamoradizo en una acera de Los Ángeles.

¡Oh, Marilyn! ¡Cuántas mentiras se pronuncian en tu nombre! Vos, la que no solía usar calzoncitos (no sé por qué acabo de acordarme de la fernandogonzalesca Toni, qué remordimiento), seguís ahí, fresca, en los álbumes y en las pantallas, poniendo tus labios en forma de “O”, coquetudos, sin importar que con tu cuerpo tan deseado y alabado los gusanos se hubiesen dado un banquete, hace ya tantos años.

De vos decía una de tus mucamas que detestabas el agua y el jabón y que te teñías de claridades el vello púbico para que no se transparentara tu feminidad a través de tus trajes blancos. Creo que era más por envidia que ligaban tantas sandeces a tu nombre único, Marilyn, la huerfanita violada a los nueve años y cantada (o rezada) por Ernesto Cardenal.

Vos, la misma que a los dieciséis años quiso matarse (menos mal, no pudiste), vos, una adorable criatura (la voz es de Truman Capote), fuiste ícono del siglo XX cambalache, problemático y febril. Más renombrada que Lennon, quien alguna vez, en un ataque de egocentrismo, se atrevió a decir que él, el beatle genial, era más popular que Cristo. Yo digo, con Cabrera Infante, que vos sos una leyenda que crece con los días y no una blasfemia. Sos una maravilla que se creó a sí misma. Y se mató a sí misma. Fénix rubicundo que renace de sus cenizas. Claro que como muchos lo proclaman, vos, más que una estrella (los méritos son tuyos, no de la Century-Fox), fuiste una víctima de todos, incluidos los hermanos John y Robert Kennedy.

Vos, empleadita de tienda que soñaste con ser estrella de cine, no estás hecha para los olvidos. Antes de verte en tu primer filme, dirigido por John Huston, o en Niágara o Bus Stop, te conocimos –después de muerta- los muchachitos de los frenéticos sesentas en sorpresivos “caramelos” (cromos) en los que aparecías con una flor roja en las manos. Competías entonces en los álbumes de barriada con Kim Novak y Jane Russell. No sé si fuiste una brillante actriz, pero en todo caso sí una bella dama de exuberantes nalgas y senos despampanantes. Claro que para lucir más humana, algún defectito físico debías de tener. Néstor Almendros, el fotógrafo de cine, declaró que vos tenías los ojos muy separados, casi a lado y lado de la cara.

Vos, exNorma Jean, para la historia Marilyn Monroe, la que su padrastro violó, fuiste una fabricación (y qué producto) hollywoodense, diosa del sexo, venus de chicle y hamburguesa, explotada, según Sir Laurence Olivier, más allá de lo imaginable (y de lo posible). Tu carita de sonrisa pintada se reprodujo como un virus en revistas, afiches, calendarios, pocillos, camisetas, periódicos, suplementos culturales y en obras de arte pop. Por vos, ¡oh, Marilyn! suspiraron en tu intimidad de piel lechosa, Joe DiMaggio y Arthur Miller…, y Tony Curtis tuvo una erección cuando filmaba con vos una escena de Una Eva y dos Adanes, de Billy Wilder. Estuviste en expedientes de la CIA y en boca de numerosas esposas gringas celosas.

Vos, Marilyn, la de voz orgásmica (así cantás el Happy Birthday a tu endemoniado Kennedy), poblaste los sueños eróticos de la muchachada de entonces. Fetiche de medianoche. Tentación de alcoba solitaria. Muchos cargaron tu efigie en la billetera o colgaron tu imagen (sobre todo aquella, desnuda, de lado, encima de una cama infinita) de las paredes del baño. Inspiraste novelas y cuentos y pinturas. Y masturbaciones. Extraña musa de Beverly Hills y Nueva York. Vos, que una noche soñaste que estabas desnuda en una iglesia, con una feligresía postrada a tus pies, vos, digo, la que has sido calificada de impúdica, de puta, de estúpida mona oxigenada, resucitás cada agosto y sos motivo de celebración cósmica.

Vos, la suicidada por la sociedad, te fuiste madrugadamente, antes de que el tiempo marchitara tus apetitosas carnes. Privilegiados los gusanos que consumieron los trescientos gramos de tu corazón. Tantos años después de tu mítica ausencia, siguen floreciendo rosas rojas sobre tu nombre, barbitúrica y depresiva Marilyn. ¡Oh, Marilyn!, la de la explosiva belleza.

(Escrito en Medellín, cuando agosto soplaba sobre mi ventana)

Las cucarachas

Por Reinaldo Spitaletta

Cuando un lector se enfrenta a aquello de que Gregorio Samsa, tras un sueño intranquilo, se despertó una mañana convertido en “un monstruoso insecto”, puede que frene de súbito y no siga leyendo porque considera que se trata de un absurdo. O, por el contrario, suceda que no pare hasta el final del gran relato de Kafka. Algunos piensan que el hombre de la ficción se transformó en un escarabajo. Yo creo que se mutó en cucaracha, que para algunos, o muchos, sí es, en efecto, un insecto monstruoso.

Aprendí, desde temprana edad, a presentir las cucarachas, tal vez como una especie de sensibilidad paranormal. En la oscuridad, sabía que había una muy cerca de mi cama, en el nochero, en la pared. Sentía su olor particular, poco agradable, y entonces me levantaba sobrecogido, prendía la luz y ahí estaba el insecto, con su aspecto de burla, su curiosidad manifestada en las antenas móviles y sus patas largas y espinosas (que las había sentido en otros días o noches en mi brazo, y aun en la cara) y dispuesto a no dejarse aplastar. Cuando intentaba un movimiento de agresión, se fugaba y se metía debajo de la cama, o se iba para la parte más alta de la pared, en fin, que el caso era que a mí me daba lástima de buscarla y de propinarle un chancletazo.

A veces, pedía ayuda a mis hermanos, que dormían en otras piezas, o a mamá, que se había vuelto experta en matarlas a punta de zapatazos, para que vinieran en mi ayuda. Digo que no era porque no fumigáramos o rociáramos la casa con algún veneno en polvo. Las cucarachas, lo supe con el tiempo, son inmortales.

Las cucarachas, que las hay de diversos tamaños y tonalidades, se han vuelto domésticas en muchas partes del mundo. Y me parece que, hasta ahora, no hay ningún método efectivo para erradicarlas del todo. Hay unas que parecen patinetas y tienen capacidad de vuelo, sobre todo en la oscuridad. O al menos, así eran las que aparecían en una casa del barrio El Congolo, en Bello, donde habitamos por cerca de tres años. En las noches de calor, uno sentía, en las tinieblas, su vuelo aterrador y sabía que aterrizarían en la cama o muy cerca de ella. A veces, volaban de un cuarto a otro, y se armaba una escandalera. “¡Allá va!”, gritaba alguno. El monstruo a veces se posaba sobre mi cama.

Alguna vez, papá llevó a casa unos panes de exquisita apariencia. Cuando los probamos, nos supo a lo que olían las cucarachas. “Pan cucaracho”, los bautizamos. Sobra decir que hubo que botarlos, en medio de risotadas, náuseas y escupitajos. Durante muchos años, fueron motivo de conversación y recocha familiar.

Pacho Restrepo, un arquitecto, me contó una vez que en una finca de Fredonia, donde él con sus amigos fue a temperar, comenzaron a sentir, en la oscuridad, una especie de murmullo aterrador. Una presencia vasta, que se movía en las paredes y en el piso de madera. Aguzaron los oídos y ya no tuvieron duda: había una amenaza. Cuando prendieron los bombillos, la visión fue apocalíptica: centenares de cucarachas habían invadido la casa. Huyeron todos en mitad de la noche.

Fernando Ospina, que en paz descanse, nos relató que en otra finca, tal vez en Jericó, hubo una fiesta embriagante. Uno de los invitados, borracho, se quedó dormido en la manga. Cuando despertó, parecía un poseso. Gritaba y se llevaba las manos a la cabeza, con desespero: “¡qué es ese ruido infernal. Me voy a enloquecer!”. Lo llevaron al hospital. Una cucaracha se había metido por una de sus orejas.

Tal vez la descripción más espeluznante sobre estos insectos, de los cuales hay más de cuatro mil quinientas especies en el planeta, la hizo el periodista polaco Ryszard Kapuściński, en su libro Ébano. Una noche, en una habitación de pánico, al encender la luz se encontró con un espectáculo electrizante: las paredes, el piso, la mesa, la cama, estaban repletos ¡de cucarachas!, pero no eran cualesquiera cucarachitas. Eran enormes. Del tamaño de una tortuga. Y peludas. Con bigote. Las cucarachas africanas tienen su vaina.

La cucaracha, a los que los mexicanos de la revolución le compusieron un pegajoso corrido, tiene pocos amigos. O ninguno. Es asquerosa y vector de enfermedades. Dicen (a modo de leyenda urbana) que después de que la humanidad sea destruida por las bombas nucleares, o por el recalentamiento solar, las cucarachas seguirán vivas. En la película Papillon (basada en el libro autobiográfico del mismo nombre, de Henri Charrière), Steve McQueen, que funge de protagonista, se come viva una cucaracha.

Digamos, además, que las cucarachas no han tenido buena prensa. Son las putas del paseo. A veces, son capaces de simular la muerte, patas arriba. Ah, y también mueren así (cuando no son aplastadas), volcadas sobre su “lomo”. Creo que a Gregorio Samsa no le hubiera ido tan mal si se hubiera metamorfoseado en escarabajo. Pero es que convertirse en cucaracha sí es una auténtica desgracia.

De prenderías, agiotistas y un sobretodo

Por Reinaldo Spitaletta

El recuerdo más viejo que tengo de un prestamista es el de un prendero de Bello. Se llamaba Modesto Ochoa y de su fisonomía no retengo nada. Creo que se ponía camisas blancas y echaba barriga. Lo que sí me viene con claridad a la memoria es la vez que salí con mi tío Benjamín, que llevaba a empeñar un sobretodo gris, que él a veces se ponía en noches lluviosas y daba la impresión de ser un espía, un agente secreto, o un actor de cine. Mi tío, de cabellera ondulada y rubia, y huequecillo en el mentón, era fotógrafo. Y aquel día, que me dijo que lo acompañara a “hacer una diligencia” al parque de Bello, metió en una bolsa el gabán y caminamos sin hablar por la carrera 50.

La prendería tenía un mostrador de madera, como el de las viejas tiendas. Y había estanterías por todo lado. Mi tío saludó al entrar, pero no recibió respuesta. Solo un “a la orden”, seco y sin interés.

Benjamín, con manos temblorosas (que no le temblaban para tomar fotos) desplegó la prenda sobre el mostrador. El usurero la observó, a distancia, con desprecio. “No le presto nada por eso”, dijo. Dio la espalda y se puso a mirar paquetes. Salimos sin decir nada, pero me asaltó una suerte de desazón revuelta con rabia. Fuimos a otra casa de empeños, situada a un costado de la plaza de mercado. El que atendió se sonrió cuando vio el sobretodo. “No, hombre, te queda mejor a vos. No prestamos sino en trajes”.

Había otras prenderías, como La Ruleta y La Fortuna, pero mi tío desistió. “Tendré que empeñar la cámara”, dijo sin ocultar un dejo de tristeza.

Me parece que desde entonces, los prestamistas, como el señor Modesto, me caen gordos. Y las prenderías (que en otros tiempos se llamaban montes de piedad o montepíos y ahora se denominan compraventas) me dan ganas de vomitar.

Muchos años después, conocí a Alberto Restrepo, un señor genial que hacía los crucigramas del suplemento literario del diario El Colombiano (lo denominaba el Pensagrama), que, siempre, sin falta, en alguna de las opciones, se iba en contra de los usureros, con un sentido del humor negro que se parecía al de Ambrose Bierce. Les tenía inquina a los agiotistas, incluidos, claro está, los de las prenderías.

El último prestamista que tuve cerca, se llamaba Abelardo (bueno, se debe llamar así todavía). Alguna vez nos prestó un dinero en hipoteca. Era gordo, de unos ochenta años y usaba unas gafas “culo de botella”, porque, según me contó, sufría de alta presión en los globos oculares. Cuando fue a ver la casa, me dijo que para qué una casa tan grande solo para dos personas (mi mujer y yo). “Como usted puede observar (le dije con cierta sorna) es una casa-biblioteca”. Entonces, su rostro abotagado cambió. Mostró interés por los libros, repartidos en varias habitaciones.

Y de súbito, comenzó a hablar de San Agustín y sus Confesiones, que él, según advirtió, leyó de muy joven. Y siguió con el Quijote y me dio la impresión que, en efecto, lo había leído con atención. Conversamos un rato acerca de las Bodas de Camacho y del Curioso Impertinente, cuando de pronto la charla derivó en la Divina Comedia. Me aprobó el préstamo.

Un año después, cuando fui a su oficina, en el parque Berrío, me saludó con entusiasmo y me prolongó el plazo para pagar la deuda, con un reajuste de intereses, por supuesto. Entonces recordó mi casa-biblioteca y dijo que ya no leía como antes, no sin mostrar un aire de desconsuelo. Y así no más, comenzó a recitar La Hora de Tinieblas, de Rafael Pombo: “¡Oh, qué misterio espantoso / Es este de la existencia! / ¡Revélame algo, conciencia! / ¡Háblame, Dios poderoso! / Hay no sé qué pavoroso / En el ser de nuestro ser. / ¿Por qué vine yo a nacer? / ¿Quién a padecer me obligue? / ¿Quién dio esa ley enemiga / De ser para padecer?”.

Me quedé mirándolo, con curiosidad. “No sé por qué se dedicó a la usura”, pensé y luego me preguntó por Arturo Cova y La Vorágine. “Parece un personaje de Balzac”, me dije. Y en ese momento me dio por preguntarle si sabía algo de Abelardo y Eloísa. “Claro que sí. Es una historia triste”, apuntó. Al año siguiente, ya había cancelado mi deuda con el extraño prestamista, que tenía dos secretarias muy bellas en su despacho. Jamás lo volví a ver.

Ah, no supe dónde había empeñado la cámara mi tío Benjamín. Quince días después, apareció de nuevo con ella. Su sobretodo, según contó un día, se lo regaló a un amigo que estaba pasando por apuros económicos. A lo mejor, terminó en alguna prendería, que no era ninguna de las de Bello. Modesto Ochoa murió en su casa de empeño, intoxicado por una lata de sardinas que había dejado destapada en algún estante. Tal vez estaba haciendo cuentas y olvidó comérselas a tiempo.

La música más triste…

“Tristeza rostro bello”
Paul Eluard

Por Reinaldo Spitaletta

Una vez, en un palique en el Centro de Historia de Bello, nos dio por hacer una encuesta ligera sobre la música más triste (canciones, piezas musicales). Tal vez todo comenzó porque alguien preguntó cuál era la escena más dolorosa del cine y dijo que era la de la película El campeón, dirigida por Franco Zeffirelli y protagonizada por John Voight, Faye Dunaway y Rick Schroder. El campeón, después de derrotar a un rival más joven que él, baja del ring en condiciones precarias, lo conducen al camerino, donde muere, después de un breve y dramático diálogo con su hijo, que llora sin consuelo.

La conversación derivó en la música, y en ese punto emergieron diferentes opciones. Alguno dijo que el Adagio, de Albinoni, era quizá la más triste de todas las composiciones que en el mundo han sido. Otro señaló un adagio distinto, el segundo movimiento del Concierto de Aranjuez, de Joaquín Rodrigo. Yo dije, en primera instancia, que Una furtiva Lágrima, romanza de la ópera Elíxir de amor, de Donizetti, era de las más conmovedoras, aunque no dejé atrás el primer movimiento de la sonata Claro de Luna, de Beethoven.

Mientras escuchábamos algunas de ellas, iban saliendo otras, como el tango de Gardel Sus ojos se cerraron; Tú el cielo y tú, de Alberto Podestá, y Venenosa, interpretada por Carlos Mejía. No faltó quien diera su opción por La canción del adiós, cantada por Horacio Guarany, del cual también agregaron su Memorias de una vieja canción.

Yo riposté cuando llegaron a mi nostalgia los acordes y la melodía de un valsecito colombiano, Tristezas del alma, en la versión de Los Trovadores de Barú, y a partir de ahí se desgranaron otras, como Addio del passato, de La Traviata, en la voz de María Callas; el Allelujah, de Leonardo Cohen, y la Despedida, de Daniel Santos. Alguien dijo que dejáramos de joder con tantas tristezas juntas, y promovió la escucha de música contenta. Nadie le paró bolas. Y seguimos.

Aparecieron entonces Eleanor Rigby, de Los Beatles; Recuerdos de la Alhambra, de Francisco Tárrega, y Va pensiero, de la ópera Nabuco, de Verdi. Luego hubo una enumeración de tangos, que es una música con abundancia de elementos tristes (“un pensamiento triste que se baila”, dijo Discépolo), aunque haya numerosos tangos humorísticos, picarescos y de otra naturaleza. La lista fue innumerable. Saltaron Quejas de bandoneón, Garúa, Tu pálido final, Una emoción, La última curda, Naranjo en flor, Una canción y Adiós Nonino.

En cuestión de tristezas no hay disgustos. Y así como se recordó Las noches de agua de Dios, también tuvo cabida el doloroso Intermezzo No. 2 (Lejano azul), de Luis A. Calvo. Y de pronto, no sé quién, advirtió que Triste domingo (en la voz de Agustín Magaldi) era de lo más lacrimógeno que se había compuesto.

El tema original lo compuso el pianista húngaro Rezso Seress, a la que después, un poeta también húngaro, le puso una letra melancólica, tanto como la música en la que se inspiró. Dicen que es la canción que más suicidios ha causado. En América, la grabación de Billey Holiday (Gloomy Sunday, 1941) popularizó la pieza, que pudo haber ocasionado cerca de cien muertos en Estados Unidos. Mito o realidad, la obra encarna una tristeza honda. “Triste domingo con cien flores blancas / te esperé, amada, lleno de emoción. / Mas a la cita tan solo el recuerdo / trajo en sus alas la desilusión”, dice Magaldi.

La tristeza (¿qué es la tristeza?) puede ser una mezcla de dolor y dulzura, como tal vez lo insinuó Françoise Sagan, que nos remueve el alma y nos pone en estado de alerta frente a los golpes de la existencia (“hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡yo no sé!”, diría Vallejo) y las ondulaciones de la condición humana.

Fotograma de la película El campeón, de Franco Zeffirelli