La fuga de los crepúsculos

Por Reinaldo Spitaletta

Había un poeta que fabricaba atardeceres con arrebol. Él mismo, el de la barba taheña, había escrito que la Villa era habitada por gentes romas y necias y superficiales, que se paraban en los atrios a soltar chismes, que es la defensa de los que no tienen poder. Nos advirtió desde los albores del siglo XX, que la parroquia tenía hombres barrigones, y con el tamaño de la panza y de la bolsa medían el mundo. Hubo otro escritor que hizo inventarios sobre las plantas y las flores de la ciudad, acerca de las cuales nos puso a pronunciar sus nombres sonoros: flores de caracucho, sol de agosto, azucenas, azahar de la India, cundeamor, curasao solferino, de cuyas flores otro poeta había dicho: “parecen hechas de papel de globo”. En los mayos floridos, los devotos de la Villa adornaban los monumentos de María con mirtos y hortensias, y en los corredores de viejos caserones, con evocaciones campesinas, colgaban begonias de tierra fría.

Pronto, el paisaje floral se llenó de chimeneas fabriles y de construcciones cuyas partes altas semejaban sierras. Pero la villa seguía oliendo a rosas de la tarde y jazmín de noche. En un barrio de ricos, un hombre diseñó las calles amplias, con antejardines en los que sembró guayacanes amarillos y morados, y para que las noches tuvieran fragancia de enamorados, plantó cadmios. A orillas del río (hoy muerto), el mismo en que otro poeta del siglo XIX creía ver náyades, se elevaron los búcaros cuya floración anual pintaba el contorno de anaranjado. De la quebrada arriba, pero muy arriba, bajaban silleteros, tal vez los descendientes de aquellos que cargaban hombres, pero ahora sus manos estaban repletas de pompones y astromelias.

En la Villa, febril y fabril, había casco’evacas y tulipanes africanos. Y en la hacienda que había sido del hombre más rico de la ciudad, que tenía oro en los dientes y en la mente, las ceibas-bonga se deshojaban en febrero. Por la quebrada Santa Elena bajaban buenos vientos, que movían el humo de las chimeneas de la fábrica pretenciosa que años después, con avisos luminosos a lo Hollywood, en una colina, hoy habitada por gentes sin fortuna, sería el “primer nombre en textiles”. Ni siquiera las partículas de algodón en el aire ni el hollín de los trenes, trocaban el clima que todos llamaban de “eterna primavera”.

En casas de barrios altos todavía había solares, sembrados de yerbabuena y albahaca, tal vez como una manera de resistirse a la civilización, la misma que traía en las llamadas alas del progreso, máquinas y nuevas factorías. La primavera tropical se regaba, pese a todo, en los ventorrillos de las plazas de mercado y en los hombres y mujeres que arribaban de muy lejos, traídos por el tren y camiones de escalera. Otro poeta, que parece que la primavera perpetua era apta para producir no sólo telas y cervezas y cigarrillos y aguardiente, sino gente que cantaba, compraba por treinta centavos quince minutos de paisaje. “No todo es Hacer –decía-. También No-hacer es creador” y entonces los industriales y los banqueros lo calificaron como amante de la nada y del no hacer nada, en una tierra que en medio de la floresta producía plusvalías y era el reino del trabajo asalariado.

Pero llegó el día (y el día no estuvo lejano), en el que se elevaron edificios tuguriales y de súbito muchas viejas fábricas se metamorfosearon en centros comerciales, y la villa en trance de ciudad, seguía amando el dinero, el mismo que le hacía falta a tanta gente de las laderas. Los jardines primigenios se trastocaron en flores del mal y otro poeta advirtió que vivíamos en una aldea con predominio de la metra, la mitra y el metro.

La temperatura subió, los cielos cambiaron de azul a negro, y el mundo se hizo cada vez más oscuro. En alguna estación del metro a alguna dama de la caridad o tal vez a algún filántropo-negociante, se le ocurrió recordar unos versos del poeta que tenía en Medellín una fábrica de crepúsculos con arrebol. La primavera era solo un paisaje brumoso y lo más probable era que la gente, de panza voluminosa o despanzada, se muriera de un infarto de plomo.

Fotografía tomada de internet

Anuncios
Entrada anterior
Deja un comentario

6 comentarios

  1. Paula Andrea Medina Alzate

     /  agosto 29, 2014

    Leon de G. en relato de Sergio S. y Gonzalo Arango, el otro poeta, no lo distingo aun. Hermoso articulo me motiva a consultar sobre muchas flores que no conozco de nuestra hermosa ciudad primaveral.

    Responder
  2. jose gabriel mesa rios

     /  agosto 29, 2014

    Reinaldo, guardare este articulo en el corazón, tu pronostico del clima de esta ciudad, tambien

    Responder
  3. Esplendido inventario de flores, grandes recuerdos alrededor de una azalea. Saludos, J

    Responder
  4. rosa moreno

     /  agosto 29, 2014

    Hermoso, el de la taheña barba. cordialmente rosa ________________________________

    ________________________________

    Responder
  5. José M. Ruiz P.

     /  agosto 29, 2014

    Mantengamos a buen resguardo esos recuerdos para en los días de tinieblas, traerlos de vuelta y hacer menos amarga la existencia. Gracias Reinaldo.

    Responder

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: