¡Contáme una historia, por favor!

(De cómo los periódicos se olvidaron de los géneros narrativos)

Por Reinaldo Spitaletta

El invento es tan antiguo que pudiera decirse, apelando a un fastidioso lugar común, que fue en la «noche de los tiempos» cuando, bajo la intimidante oscuridad, dos seres extrañados comenzaron a contarse historias, tal vez para interpretar el mundo, quizá para proporcionarse la certeza de que no estaban solos en la tierra. No sé por qué (o sí sé, pero más adelante lo digo) miles de años después, cuando ese mismo e inteligente recurso sigue siendo válido, a los editores de periódicos les parece que hay que repetir con un lenguaje empobrecido lo que, un día antes, señalaron la radio y la televisión.

O sea, estancarse en la ya muy anticuada pirámide invertida, o en las cinco dobleús del siglo XIX, o, sencillamente, en la aridez de un lenguaje, con el cual, dicho de otro modo, utilizado con todas las riquezas y recursos, podría seducirse a miles de lectores. ¿Y cómo? Pues contando historias, desde luego muy bien contadas. Que es, en esencia, para lo que fueron inventados los periódicos. Para narrar sucesos, interpretarlos, darles sentido, analizarlos, insuflarles vida, proporcionar valores agregados a lo que pasó.

No es que la crónica y el reportaje, los dos grandes géneros narrativos de la prensa, hayan muerto. Parece, más bien, que la imaginación, la creatividad, la sed de conocimiento, ya no les pertenece a los editores. Se les ha secado el seso, pero no a lo don Alonso Quijano, de leer tantos libros, sino, al contrario, por haber caído en el facilismo (una tara de tiempos neoliberales) de la cultura light, de la comida rápida, inodora e insabora, en la que se privilegia el envilecimiento del lenguaje, las pildoritas, esas sí anticonceptivas -que no producen nada- y el creer que si se cuentan grandes historias se desperdicia espacio, o que los lectores son mongólicos, que no tienen tiempo sino de mirar titulares, y tralarín tralará.

Sin embargo, a los periódicos sólo los puede salvar, frente al inmediatismo sobrecogedor de los medios electrónicos, la narrativa. Tendrán que recurrir, de nuevo, a ser una suerte de Scheerezadas, contar una y otra vez, durante infinitos días, historias de la gente, de las desdichas y alegrías humanas, de los padecimientos y las emociones sublimes. De ese modo, serán otra vez memoria, tesoro para los futuros investigadores. Y tal vez no se conviertan, así, en alimento para el olvido y la oscuridad.

No se trata, por supuesto, de llenar toda una edición de historias. Pero, por lo menos, diariamente sí debe haber una o dos crónicas o reportajes o relatos, en los que se sienta la vibración de la ciudad y el país, en los que la palabra tenga la viveza de un encantador de serpientes. Claro que no es tan sencillo cuando los periodistas o comunicadores sociales, en su formación, ya no tienen a los grandes novelistas y pensadores, sino un cúmulo de teóricos de nada, recicladores y mercachifles, y cuando el mercadeo se vuelve más importante que la calidad de los contenidos.

Tal como lo han mostrado, desde hace siglos, hasta tiempos más modernos, los Jenofontes y Tucídides, los Defoe y los Reed, los robertoarlt y luistejadas, los garcíamárquez y gaytaleses, todavía no hay nada que supere una buena crónica, un reportaje profundo. Y como lo advirtiera Tomás Eloy Martínez, el gran desafío del periodismo escrito contemporáneo frente a los retos de la TV, la internet, la radio, está en volver a poner en el centro al hombre, con todas sus implicaciones. Es decir, donde sólo aparece un hecho, una confrontación, tiene que descubrir al ser humano.

Es obvio que no todas las noticias se prestan para ser narradas, ni todos los hechos tienen que mostrarse con un caso particular, con una historia de vida. O de muerte. Compete al reportero, a su capacidad e inventiva, a su cultura y preparación, saber a cuál de todas las cosas que pasan se les puede aplicar los ingredientes y las técnicas de un relato, la forma de una crónica, la música y el suspenso de una trama. Porque, como también se ha dicho tantas veces, no hay nada más empalagoso y ridículo que un reportero que se finja o pose de novelista, o que se crea narrador, sin serlo. Eso ahí mismo chilla, pero, en contraposición, nada más agradable que un periodista con capacidades para hacer ver y vivir a sus lectores, gracias a sus recursos narrativos, un suceso, incluso, a veces, el más trivial de los sucesos.

Volvamos a citar al autor de la Novela de Perón: «La mayoría de los habitantes de esta infinita aldea en la que se ha convertido el mundo vemos primero las noticias por televisión o por internet o las oímos por radio antes de leerlas en los periódicos, si es que acaso las leemos. Cuando un diario se vende menos no es porque la televisión o la internet le han ganado de mano, sino porque el modo como los diarios dan la noticia es menos atractivo».

Y no tendría porqué ser así, ya que los periódicos poseen todos los recursos tecnológicos, todas las posibilidades cibernéticas para hacer un producto moderno y grato, y está casi por descontado que, en sus redacciones, hay reporteros no sólo apasionados por la profesión, sino excelentes contadores de historias, formados seguramente en arduas y placenteras lecturas de los clásicos y los modernos literatos e historiadores.

Insisto en que no se trata de convertir a los periódicos en una sucursal de Las Mil y Una Noches, ni a los periodistas en novelistas (bueno, ojalá), pero sí de tener las puertas abiertas al asombro y en tener siquiera algún espacio dedicado a una buena narración. De ese modo podríamos tener un argumento para contradecir la célebre diatriba de que si el periodismo no existiera no habría necesidad de inventarlo.

No hay que invocar, pues, a los connotados narradores que en el mundo han sido periodistas, para saber que aquello tan aparentemente elemental como es contar un cuento en un periódico sigue siendo el secreto para cautivar al lector, para envolverlo en la magia y el encantamiento de la palabra escrita, para convalidar una historia de más de cuatro mil años.

Creo que citaré otra vez al argentino Tomás Eloy: «Un periodista no es un novelista, aunque debería tener el mismo talento y la misma gracia para contar de los novelistas mejores. Un buen reportaje tampoco es una rama de la literatura, aunque debería tener la misma intensidad de lenguaje y la misma capacidad de seducción de los grandes textos literarios».

Me parece que hay que volver a descubrir el agua tibia. Los periódicos sobrevivirán si son capaces de seducir con historias a los lectores. No con pildoritas, insertos, mercancías desechables y otras baratijas. Cuando uno encuentra una buena historia en un diario pasa como cuando se asiste a un partido de fútbol. Que a veces una sola jugada, de esas en que el estadio queda lleno de deslumbramientos, o un gol, justifica el boleto. Pero, como se sabe, en el fútbol y en los periódicos ya no parece haber lugar para la fantasía y la creatividad. ¡Qué lástima!

Mujeres a la carta y otros festines

Por Reinaldo Spitaletta

La señora, de buena cuna, quería ser prostituta por un día. O, mejor, por una noche. Ya tenía referencias de un lugar, una “metrópoli” a escala, situado justo a un lado de la Central Mayorista de Medellín y cuya actividad febril se vive en solo dos cuadras: bares, hoteles, restaurantes y una prendería.

Llegó con su maletín de ejecutiva y una chaqueta elegante. En el bar de César Muriel se sentó y pidió una cerveza. Su pinta la delataba: no tenía ni de asomos el aspecto de “trabajadora sexual”; sin embargo, estaba empeñada, no se sabe por qué mecanismos de su alma, en que la confundieran con una de “ésas”.

—Guarde el maletín y quítese la chaqueta—, le sugirió el dueño del café, enterado de las intenciones excéntricas de la dama. A su alrededor, pululaban las verdaderas prostitutas, con buena parte de sus carnes exhibidas, pintarrajeadas, andando de un lado o a otro, o simplemente sentadas a las entradas de los hoteles. Los interesados en aquellos amores de urgencia las abordaban, negociaban el rato y se entraban a los cuartos.

La señora continuaba expectante. La miraban algunos, con curiosidad, pero sin la intención de solicitarle un “servicio”. Pidió otra cerveza y luego otra. Y nada. No se le arrimaban. “César, no sirvo para puta. Nadie me lo pide”, dijo al cabo de un rato de decepciones. Y, más tarde, bien entrada la noche, se animó a coquetearle a un caballero y lo sedujo. Ella tuvo que pagar.

Historias como esta son posibles en ese mundo de diversiones, transacciones comerciales, mercado de amores, libaciones, comidas y músicas atronadoras, en vecindades de la Mayoritaria y también muy cerca del Centro Internacional de la Moda, en Itagüí.

Es una actividad constante. Día y noche, pero, por supuesto, son las noches las que están más atiborradas de gentes diversas. Ahí llegan los camioneros, tras largos viajes en sus tractomulas, a comer, a beber, y también a buscar una compañía momentánea. Y para ellos, hay una oferta variada. Arriban ejecutivos y comerciantes, carretilleros y universitarios, damas de “sociedad” y buhoneros.

La Mayoritaria, como le dicen por extensión a la zona, es un hervidero, en especial los fines de semana. No hay striptease, no se nota el consumo de alucinógenos, y los comerciantes, e inclusive las mismas muchachas de la noche, afirman que es un sector seguro, con vigilancia privada, y muy pronto con un CAI en sus inmediaciones.

Claro. En otros tiempos, que son historia, no era recomendable por la presencia de “indeseables” y las “peloteras” que allí se formaban. Hoy, es una atracción para habitantes de Medellín, Itagüí, Envigado. Y para gentes de paso. Es posible, por ejemplo, ver a un camionero que trae a su hijo desde otros contornos para que se inicie en las lides sexuales. El catálogo de emociones es amplio.

Algunos propietarios, e incluso varias de las mujeres que allí trabajan, estuvieron en otros años en bares del centro de Itagüí, de donde el valor de la tierra y las nuevas dinámicas urbanas los sacaron. En la Mayoritaria, en la calle 85, encontraron un espacio propicio para sus negocios.

En ese pequeño mundo, entre la variedad de prostitutas, es posible, por ejemplo, encontrar a Claudia, pelinegra y un poco subida de carnes, que lleva 17 años en la zona. Llega a las seis de la tarde y casi siempre se va a las cinco de la mañana. Para ella hay muy buenos clientes entre los camioneros, “porque son muy amplios”. Con ellos, además, garantiza que, cuando entran al hotel, a ella -como a todas las demás- la administración les da la mitad de lo que cuesta la pieza. Hay un precio promedio de 12 mil pesos.

Claudia, que tiene una hija y ni ella ni el resto de la familia saben que está dedicada a la prostitución, advierte que jamás lo ha hecho en una tractomula, porque existe la creencia entre los camioneros de que, así, “salan el carro”.

Claudia llegó primero a trabajar como mesera, en un tiempo en que ganaba por cliente cinco mil pesos. Ahora, una “subidita” o un “turno” cuesta entre quince y veinte mil pesos. Y logra tener hasta ocho clientes cada noche. Ella, que dentro de poco cumplirá cuarenta años, dice que a las jóvenes les va mejor, pero ella no se queja. “A las veteranas nos buscan por expertas”.
Dentro de su bagaje de recuerdos, está la vez aquella cuando un camionero llevó a su hijo de catorce años para que ella le abriera las puertas de entrada al mundo del sexo. El pelado estuvo cinco horas sin parar y le dejó una jornada de cansancio. Ah, y también de platica. “Me gusta más con los viejos”, dice, con una carcajada.

A Claudia, cuya debilidad es que le soben con ternura los brazos, no le gusta mucho que los hombres quieran hacerle sexo oral. “Me avergüenzo. Mire, es que soy muy penosa, tanto que me gusta apagar la luz y solo dejar el televisor prendido”. En otros tiempos, trabajó en fábricas y restaurantes, “pero la plata no me alcanzaba. Gano más aquí”.

María, de 21 años, aunque parece de menos, le gusta vestirse con trajecitos de dos piezas. Falda muy corta y unas blusas que dejan ver con generosidad sus atributos. Prefiere ropas rojas y negras. Cabellos largos, botas negras, cara de inocencia, esta muchacha dice tener cuatro hijos. Jamás escoge cliente. Para ella es igual: “Un viejito tiene lo mismo que un joven. Yo aquí no vengo a pasar bueno, sino a trabajar”.

En la Mayoritaria, con sus “terrazas” llenas de mesas y sillas, el visitante puede ver desfilar las muchachas expectantes, las que miran aquí y allá, las que invitan con guiños y otros gestos, las que dicen “vamos”, y todo en medio del aturdimiento de canciones de despecho, corridos norteños, música de carrilera, con decorados de aburrición, las mismas bombillitas multicolores y, a la larga, el mismo hastío que algunos tratan de esconder entre botellas de licor o la caricia pagada de una mujer.

Están los serenateros, el grupo vallenato, los que ofrecen canciones nocturnas, acompañados por los cacharreros de mercancía en el piso y los vendedores de gafas. Todo ello parece muy seductor para los visitantes, porque el trajín es mucho y la concurrencia, abundante.

A la Mayoritaria, después de las dos de la mañana, llegan los ebrios que empezaron su rumba en otros bares y allí la continúan, con el valor agregado de encontrar “carne a la carta”. La democracia de la noche congrega a diversos estratos.

Y su ambiente de bullicio, con olor a alcoholes y perfumes baratos, es capaz de seducir a damas de cierta alcurnia que, en la Mayoritaria, quieren ser prostitutas por una noche, aunque fracasen en el intento.

N.B. Esta nota se escribió el 27 de febrero de 2006 para la revista Bohemia, de Itagüí.

Plaza Mayorista de Medellín. Foto tomada de internet.

Jacinto, el de la ciega serenata

Por Reinaldo Spitaletta

La calle del Calzoncillo tiene, como mangas, a Argentina y Barbacoas, y como zona donde debían estar las verijas, a la carrera Sucre. Tiene un parecido con los antiguos calzoncillos de abuelos, llamados “areneros”, porque se parecían a las calzonarias que utilizaban los paleros de quebradas en su ardiente faena. Antes de que la noche de Medellín convocara a los condenados maricas a ocupar aquel espacio, la manga izquierda era habitada por las llamadas “gentes de bien”. Y en una de esas casas, con balcón de maderas torneadas, vivía Jacinto Grajales, músico de profesión y serenatero por asuntos de amor propio. No era que lo contrataran los enamorados para llevar canciones de medianoche a las doncellas, sino que él iba a llenar las aceras de poesía y arpegios para que lo escucharan las señoritas que deseaba conquistar. Y ya ve usted que en ocasiones se ganó problemas con los que él consideraba aspirantes a ser su suegro.

En las tardes, Jacinto ensayaba en el balcón. Desgranaba boleros y bambucos, algunos de su propio magín. Su madre, que ya peinaba canas, se extasiaba junto a la puerta, entrecerrando ojos y tal vez diciéndose para sí que tenía un hijo de abultado genio. Él, a veces, se dirigía a ella, como si fuera su enamorada y al tiempo que cantaba le hacía guiños, le mandaba un “pico” y la señora sonreía, como si se estuviera acordando de alguna serenata. Una guitarra y una voz bien timbrada seducen y pueden abrir corazones, dicen que le escucharon decir a Jacinto, que en esa calle breve todo se sabía, porque el mundo era todavía pequeño y había sosiego en las esquinas.

Cuando el crepúsculo se regaba por la callecita, el guitarrero sabía que su hora de salir había llegado. A veces llamaba a Juan de Dios Arango, músico que habitaba en La Paz, cerca de allí. Y los dos de caminada se iban hasta San Benito, o a la parte baja de Buenos Aires, muy cerca de la plaza de Flórez, y algunos dicen que los vieron alguna vez en La Toma, en cafetines de baja estofa y de mujeres atrevidas. Solo o acompañado, Jacinto, con una tesitura de tenor, hacía las gracias y delicias de muchachas de familias encumbradas, y él, que sabía que muchos papás decían a sus hijas que jamás se fueran a casar con un músico, que era no solo tiempo perdido sino una condena a llevar una vida de soledades y miserias, se hacía el distinto cuando cantaba debajo de miradores o cerca de las ventanas. Llegó a hacer prender candiles en las piezas y vio entreabrirse cortinas. Se cree que escuchó suspiros y ayes de corazones desgarrados.

Una noche, cuando ya se había puesto un saco de paño negro y empacado la guitarra, su mamá le advirtió que tuviera cuidado, porque se había enterado que había padres bravos por sus “canturreos” (así se lo dijo ella) nocturnos. “También tendré que enamorarlos a ellos”, contestó, con voz de donjuán provocado.

Cuando llegó a la puerta de la casa de Margarita Restrepo, en San Benito, entrevió un como movimiento sutil de cortinajes en una ventana del segundo piso, y entonces la emoción lo atacó, cual si le dijera una voz secreta que “tenés que cantar mejor que nunca esta noche”. Y principiaron los acordes y Jacinto con su “Despierta, niña hechicera, dulce niña encantadora…”, sentía, según se lo contó después a su mamá, que el cielo se abría, que las estrellas bajaban a escucharlo y a iluminarle la cara, y él miraba hacia arriba y ni así pudo hacerle el quite al baldado de orines revueltos con una sustancia que luego se supo era ácido muriático, que le desgarraron la voz y lo sumieron en una puerca oscuridad.

Durante muchos días, la gente que pasaba por Barbacoas, que en esa manga del Calzoncillo se llamaría más tarde El Machete, oyó la voz triste de un músico que quedó ciego por el deseo pertinaz (y peligroso) de seducir muchachas con canciones nocturnas.

Una tarde con Marcha Triunfal y girasoles

(Crónica sobre mi adopción como autor, en un colegio de Enciso)

Por Reinaldo Spitaletta

Ser escritor puede tener momentos cumbre: uno, cuando se termina una obra. O tal vez cuando se publica. Otro, cuando el libro ya no te pertenece y ha pasado a ser propiedad de los lectores, los que harán de él lo que quieran. El pasado tres de septiembre tuve una experiencia memorable, cuando en el programa Adopta un autor, de la Fiesta del Libro de Medellín, fui a un colegio en las colinas de Enciso, muy cerca de donde hace años, una prepotente empresa textilera tuvo un aviso luminoso con las mismas letras de Hollywood, y que ahora ha desaparecido en medio de casitas humildes.

Acompañado de la jefe de programación de la Fiesta, Yesica Prado, llegué al colegio (se llama Institución Educativa Luis Carlos Galán Sarmiento) y de todo imaginaba, menos lo que pasó. Uno tendría suficiente con que sus textos tengan algún lector. Y si es un lector cualificado, inteligente y crítico, pues mejor. Pero que haya recibimientos masivos y aplausos y coros y estribillos y flores y músicas, el asunto sí trasciende la conexión autor-lector.

Atravesamos la puerta, mallas a su alrededor. Había jardines a la entrada, sanjoaquines y mangos. Varias maestras y el rector, hacían parte del comité de recepción. Todos sonreían. Explicaban que el colegio le da mucha importancia a la educación sensible, a las artes, la poesía, la formación ambiental. Los libros. Había en las paredes árboles en relieve hechos a mano por estudiantes. Me entraron a un salón a saludar a los alumnos que no podían ir al acto central en el auditorio.

En otras paredes, comencé a ver frases de algunos de mis libros, títulos de columnas, una fotografía que no sé de dónde sacaron junto a una frase: “Hay hombres-faro, hombres que distinguen entre las tinieblas cuál es el camino correcto”. La extrajeron de un escrito de hace años sobre el dirigente revolucionario Francisco Mosquera. Dos niñas se me acercaron y me entregaron flores amarillas. Más allá, había más fragmentos de escritos, un cartel, parte de una campaña de expectativa, que decía: “Ya viene Reinaldo Spitaletta, ¿quién será?”, o algo así.

Mejor dicho, el colegio estaba lleno de mí. Qué impresión. De pronto, apareció un profesor de barba blanca (llamado Carlos Arturo Lopera) que me recibió con alegría. A la entrada del auditorio, unas escaleras. Empezó a brotar La Marcha Triunfal, de la ópera Aida, de Giuseppe Verdi. Había a cada lado, filas de estudiantes, la mayoría muchachas, uniformados y todos con flores en las manos. Las mismas que me iban entregando, con sonrisas y miradas de curiosidad. Ya portaba unos girasoles, que a veces ponía en alto para saludar. Me sentía abrumado. El coro era imparable: “¡loor al maestro Spitaletta! ¡Lo mejor de lo mejor de la A hasta la Z!”. No lo podía creer. Coro y Marcha. Marcha y Coro.

Abajo, junto al escenario, donde además había globos rojos y azules, más flores, más bullicio. En el proscenio, sentadas, unas figuras cubiertas de sábanas blancas. Yo sudaba. La marcha había terminado. A lado y lado, portadas de varios de mis libros en las paredes: “El Desaparecido y otros cuentos”, “El último puerto de la tía Verania”, “El sol negro de papá”, “Oficios y Oficiantes”, “Vida puta puta vida”. “Estas 33 cosas”…

El rector Carlos Antonio Oliveros hizo su homenaje. Estaba emocionado. Abajo, decenas de estudiantes sentados en las graderías, me observaban mientras yo tomaba agua. Eran las tres y quince de la tarde (miré el reloj, con nerviosismo). De pronto, sentí ganas de llorar. Me contuve. “Esto es hermoso”, dijo Yesica. El rector, después, se me acercó y me dijo al oído: “Le tenemos un doble”. Comenzó un espectáculo.

Cada figura se iba parando, se despojaba de la sábana y comenzaba a hablar. El primero fue Manuel Mejía Vallejo. Lo siguió García Márquez. Después, Barba Jacob; apareció luego Gardel. Eran muchachos que representaban esos personajes, incluidos futbolistas como James Rodríguez y políticos como Galán Sarmiento. Y de pronto, surgió mi doble: “Yo soy Reinaldo Spitaletta…”. En rigor, tenía extraños parecidos conmigo cuando yo tenía catorce o quince años… Luego, vino una pareja de baile de tango del Ballet Folclórico de Antioquia, después una niña cantó un bambuco. A continuación, un dibujante me entregó un retrato a lápiz, de formato grande, que estaba en un caballete, en pleno escenario.

Y después (ya me sentía abrumado), mis palabras de agradecimiento. Les conté algunas historias a los muchachos, algo conectado con Las mil y una noches, y vinieron las preguntas: ¿cuándo comenzó a escribir? ¿Cuál es la perspectiva de sus historias? ¿Por qué si usted es tan extrovertido y sonriente sus libros casi todos son tristes? ¿De dónde saca sus temas? No hubo tiempo para todos, montones, los que alzaron la mano para preguntar. Ni para tantas respuestas.

Al final, entregaron separadores de libros que hizo el colegio, con una foto mía, el escudo del colegio con su lema “tolerancia, convivencia, compromiso” (además, el rector me lo impuso en público, al decir que ya yo era hijo adoptivo de la institución) y una frase versada: “Spitaletta, / un gran universo, / novela, cuento y crónica hermosa / gran Medellín, / anverso y reverso, / sombrero de mago, / huella luminosa”.

Firmé decenas de separadores. Una joven negra me besó en la mejilla y casi todos se despidieron de mano. Yo estaba lleno de flores. Lejana, se oía la Marcha Triunfal. Afuera, a las seis de la tarde, alcé un ramo de girasoles para despedirme de algunos muchachos en las ventanas. Abajo, la crepuscular ciudad color ladrillo, se veía como una suerte de conjetura que es esa diversidad de edificios fríos y contaminados. En torno al sol muriente, comenzaban a danzar los astros en el cielo.

(Con mi gratitud para la profesora Sandra Henao, el señor rector, profesores y alumnos del Luis Carlos Galán Sarmiento)

Ojos de cielo

Por Reinaldo Spitaletta

El cielo le pesaba en la espalda. Tal vez era como una enclenque (¿y dolorosa?) imagen de Atlas cargando el universo y sin la posibilidad de mirarlo. Sus ojos se concentraban en sus pasos, en el suelo, en una acera, en el asfalto, en la cebra del peatón, en las baldosas vitrificadas, en un cordón desamarrado de sus tenis viejos, en un volante publicitario de brujos y arregla-vidas, en los zapatos de los otros, en las gotas de sangre sobre el rutinario gris del pavimento, en una colilla recién pisada, en el brillo de una moneda sin dueño, en los collares sobre un tapete improvisado de algún artesano hippie extemporáneo, en los charcos tras la lluvia, en las sombras de los viandantes.

Su mundo de peatón era el piso. Estaba obligado, eso sí, a observar las luces de los semáforos, o el ruidoso ir y venir de los automotores. Era una manera de levantar un poco la vista, al menos de tenerla unos instantes en un punto horizontal. El resto, era caminar mirando abajo, como si se escondiera, como si no quisiera que otros vieran sus ojos, como quien encubre una culpa o esconde una pena. Al verlo, otro más avisado, pensaría que se trataba de un hombre ensimismado, alguien a quien le duele por dentro, más allá y más adentro de las entrañas. O de un tipo triste, cuya tristeza está recogida en la mirada, aglutinada en las pupilas.

Caminando así, cabizbajo, era la misma imagen de un hombre sin sueños, del que parece haber perdido el timón de su existencia. Vencido. Daba la impresión de vivir en un mundo sin paisajes, opaco, y cómo si ya nada le importara. Se dirá que así es el modo de transitar de la mayoría de gente en el centro de la ciudad. Hay que tener cuidado para no dar un traspiés. El caso es que no se sabe qué pasó, si sintió de pronto una necesidad inaplazable de saber qué había encima de él, de no dejarse aplastar por un cielo que él sentía muy pesado y que no le permitía levantar la mirada.

Se cree también (dicen en algunos corrillos) que desde la fronda de un árbol, de una anciana ceiba quizá, un pájaro no identificado le llamó la atención, depositando en él su excremento volador. Cuando sus ojos descubrieron el firmamento, cortado por las partes altas de los edificios, se dio cuenta del espectáculo que se había perdido: el azul limpio se metió por sus ojos y se quedó en ellos. Desde entonces, el hombre camina con la vista hacia arriba, sin tropezar, y todos saben que es el tipo privilegiado al cual el cielo de Medellín le cambió el color de los ojos.

“Una carta al cielo”, pintura de José Paiba Juárez

Balada para un loco: una bomba atómica

Por Reinaldo Spitaletta

No sé cuándo la escuché por primera vez. Pudo haber sido en una radio cultural, porque en las otras, a ningún programador se le hubiera ocurrido ponerla. El recitado inicial, en la voz de un cantor, me cautivó: “Las tardecitas de Buenos Aires tienen ese qué sé yo, ¿viste? Salís de tu casa, por Arenales. Lo de siempre: en la calle y en vos… cuando, de repente, detrás de un árbol, me aparezco yo…”.

Eran los días en que estaba más interesado en escuchar a Mercedes Sosa, Los Quilapayún, tal vez un poco a Serrat. Y, claro, a fin de año las músicas tropicales paisas de Los Hispanos y Los Graduados. Los tangos los tenía incorporados, sin conciencia, de tanto oírlos en los cafetines de esquina en Bello y Medellín. No sabía entonces que esa música tremenda, de malevajes, idilios truncos, desesperaciones existenciales y barriadas, lo esperaba a uno. Le daba tiempo de crecer y tener recuerdos.

El cantor continuó con su voz honda y su vocalización perfecta: “Mezcla rara de penúltimo linyera y de primer polizonte en el viaje a Venus: medio melón en la cabeza, las rayas de la camisa pintadas en la piel, dos medias suelas clavadas en los pies, y una banderita de taxi libre levantada en cada mano…”. “¡Huy!, me dije, es surrealismo puro”. Ya tenía nociones del mismo, por las discusiones en la Universidad de Antioquia sobre arte y literatura, el marxismo, el mayo francés que nos llegó tardíamente y alguna lectura superficial de Breton. “Me parece que estoy soñando”, agregué.

La canción continuó y sus versos me revolcaron la cabeza. No entendía algunas palabras, como piantao, piantao, piantao…, y lo de la luna (la percibí como un balón) que rodaba por Callao. Pero otras frases me dejaron lelo: “cuando anochezca en tu porteña soledad”. La música y la voz pasaron, y yo quedé prendado. Era como una revelación. Me propuse conseguirla, pero luego la intención cayó en el olvido. Un aplazamiento.

Un día, quizá de fines de los setenta, una estudiante de música de la U de A, la estaba tocando en una flauta traversa. Quedé paralizado. Cuando terminó, le dije que si tenía la letra. Me la llevó al día siguiente. También me dio una información volcánica: que tenía la grabación de Amelita Baltar con Astor Piazzolla. Me la grabó en un casete. Y ya no hubo forma de desprenderme de la letra del uruguayo Horacio Ferrer y la música del autor de Adiós Nonino.

En rigor, Balada para un loco fue el último gran éxito del tango canción. No ganó el día de su estreno en el Festival de la Canción y de la Danza, organizado por la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires, en noviembre de 1969. Obtuvo el segundo puesto (el primero fue para Hasta el último tren, de Julio Camilloni y Julio Ahumada, interpretada por Jorge Sobral). La voz ronca (sensual, dicen algunos) de Amelita Baltar no gustó a parte del público, que le arrojó monedas y otros artefactos. Se dijo después, que hubo una especie de sabotaje, promovido por algunos enemigos de Piazzolla.

La misma semana de su nacimiento en sociedad, se grabó un sencillo con la revolucionaria pieza, en compañía de Chiquilín de Bachín, también de Astor y Horacio. Se vendieron doscientos mil discos en un santiamén.

Un día de 1984, tras una velada onírica en el bar La Boa, de Medellín, salimos a medianoche, navegando en un barco ebrio, el escultor Gabriel Restrepo y el periodista Armando Villa (qepd), tambaleando por las calles del Centro. Y los tres, en coro, bajamos por La Playa y doblamos por Junín, cantando (es un decir) la Balada para un loco. Con certeza, era a grito tendido: “Ya sé que estoy piantao, piantao, piantao… / Yo miro a Buenos Aires del nido de un gorrión; / y a vos te vi tan triste… ¡Vení! ¡Volá! ¡Sentí!… / el loco berretín que tengo para vos: / ¡Loco! ¡Loco! ¡Loco! / Cuando anochezca en tu porteña soledad, / por la ribera de tu sábana vendré / con un poema y un trombón / a desvelarte el corazón”.

La primera vez que visité Buenos Aires (en 1993), de las primeras cosas que hice fue irme, de noche, a la calle Callao, a ver la luna (aunque esa noche no había) rodando por el asfalto, y, en efecto, la vi reflejada en vitrinas (escaparates) y no pude contenerme: “mirá que va la luna rodando por Callao”, grité, en medio del desconcierto de los transeúntes. Otro día, caminé por Arenales, y el tiempo no alcanzó para ir hasta el manicomio de Vieytes, a ver si los locos me daban algún aplauso.

El 15 de noviembre de 1969, en Buenos Aires, en el Luna Park, estalló una bomba atómica (la expresión es de Piazzolla). Había nacido una nueva forma de hacer tango. Una alucinación poética y musical. El surgimiento vanguardista del surrealismo urbano en América Latina. Treinta años después de la explosión, entrevisté a Horacio Ferrer sobre esta descarga de profundidad que es su Balada. “¿Por qué sigue vigente?”, le pregunté. “Porque trata un tema romántico en un mundo de mercaderes”, me dijo.

Balada para un loco, una sucesión delirante de Breton, es un hito en la incorporación de metáforas nuevas en la cancionística urbana, en el tango, que sigue ganando adeptos en el mundo, tras haber perdido en un festival. La primera vez que la escuché era la voz de Goyeneche, que la grabó pocos días después de la de Amelita, también en 1969.

Uno quisiera, cada vez que la escucha, irse a correr por las cornisas con una golondrina en el motor y ponerse medio melón en la cabeza (un sombrero bombín) y pintarse en la piel las rayas de una camisa irreal. En Buenos Aires me encontré con semáforos que tenían sus tres luces celestes. Semáforos hechos solo para volar.