¡Contáme una historia, por favor!

(De cómo los periódicos se olvidaron de los géneros narrativos)

Por Reinaldo Spitaletta

El invento es tan antiguo que pudiera decirse, apelando a un fastidioso lugar común, que fue en la «noche de los tiempos» cuando, bajo la intimidante oscuridad, dos seres extrañados comenzaron a contarse historias, tal vez para interpretar el mundo, quizá para proporcionarse la certeza de que no estaban solos en la tierra. No sé por qué (o sí sé, pero más adelante lo digo) miles de años después, cuando ese mismo e inteligente recurso sigue siendo válido, a los editores de periódicos les parece que hay que repetir con un lenguaje empobrecido lo que, un día antes, señalaron la radio y la televisión.

O sea, estancarse en la ya muy anticuada pirámide invertida, o en las cinco dobleús del siglo XIX, o, sencillamente, en la aridez de un lenguaje, con el cual, dicho de otro modo, utilizado con todas las riquezas y recursos, podría seducirse a miles de lectores. ¿Y cómo? Pues contando historias, desde luego muy bien contadas. Que es, en esencia, para lo que fueron inventados los periódicos. Para narrar sucesos, interpretarlos, darles sentido, analizarlos, insuflarles vida, proporcionar valores agregados a lo que pasó.

No es que la crónica y el reportaje, los dos grandes géneros narrativos de la prensa, hayan muerto. Parece, más bien, que la imaginación, la creatividad, la sed de conocimiento, ya no les pertenece a los editores. Se les ha secado el seso, pero no a lo don Alonso Quijano, de leer tantos libros, sino, al contrario, por haber caído en el facilismo (una tara de tiempos neoliberales) de la cultura light, de la comida rápida, inodora e insabora, en la que se privilegia el envilecimiento del lenguaje, las pildoritas, esas sí anticonceptivas -que no producen nada- y el creer que si se cuentan grandes historias se desperdicia espacio, o que los lectores son mongólicos, que no tienen tiempo sino de mirar titulares, y tralarín tralará.

Sin embargo, a los periódicos sólo los puede salvar, frente al inmediatismo sobrecogedor de los medios electrónicos, la narrativa. Tendrán que recurrir, de nuevo, a ser una suerte de Scheerezadas, contar una y otra vez, durante infinitos días, historias de la gente, de las desdichas y alegrías humanas, de los padecimientos y las emociones sublimes. De ese modo, serán otra vez memoria, tesoro para los futuros investigadores. Y tal vez no se conviertan, así, en alimento para el olvido y la oscuridad.

No se trata, por supuesto, de llenar toda una edición de historias. Pero, por lo menos, diariamente sí debe haber una o dos crónicas o reportajes o relatos, en los que se sienta la vibración de la ciudad y el país, en los que la palabra tenga la viveza de un encantador de serpientes. Claro que no es tan sencillo cuando los periodistas o comunicadores sociales, en su formación, ya no tienen a los grandes novelistas y pensadores, sino un cúmulo de teóricos de nada, recicladores y mercachifles, y cuando el mercadeo se vuelve más importante que la calidad de los contenidos.

Tal como lo han mostrado, desde hace siglos, hasta tiempos más modernos, los Jenofontes y Tucídides, los Defoe y los Reed, los robertoarlt y luistejadas, los garcíamárquez y gaytaleses, todavía no hay nada que supere una buena crónica, un reportaje profundo. Y como lo advirtiera Tomás Eloy Martínez, el gran desafío del periodismo escrito contemporáneo frente a los retos de la TV, la internet, la radio, está en volver a poner en el centro al hombre, con todas sus implicaciones. Es decir, donde sólo aparece un hecho, una confrontación, tiene que descubrir al ser humano.

Es obvio que no todas las noticias se prestan para ser narradas, ni todos los hechos tienen que mostrarse con un caso particular, con una historia de vida. O de muerte. Compete al reportero, a su capacidad e inventiva, a su cultura y preparación, saber a cuál de todas las cosas que pasan se les puede aplicar los ingredientes y las técnicas de un relato, la forma de una crónica, la música y el suspenso de una trama. Porque, como también se ha dicho tantas veces, no hay nada más empalagoso y ridículo que un reportero que se finja o pose de novelista, o que se crea narrador, sin serlo. Eso ahí mismo chilla, pero, en contraposición, nada más agradable que un periodista con capacidades para hacer ver y vivir a sus lectores, gracias a sus recursos narrativos, un suceso, incluso, a veces, el más trivial de los sucesos.

Volvamos a citar al autor de la Novela de Perón: «La mayoría de los habitantes de esta infinita aldea en la que se ha convertido el mundo vemos primero las noticias por televisión o por internet o las oímos por radio antes de leerlas en los periódicos, si es que acaso las leemos. Cuando un diario se vende menos no es porque la televisión o la internet le han ganado de mano, sino porque el modo como los diarios dan la noticia es menos atractivo».

Y no tendría porqué ser así, ya que los periódicos poseen todos los recursos tecnológicos, todas las posibilidades cibernéticas para hacer un producto moderno y grato, y está casi por descontado que, en sus redacciones, hay reporteros no sólo apasionados por la profesión, sino excelentes contadores de historias, formados seguramente en arduas y placenteras lecturas de los clásicos y los modernos literatos e historiadores.

Insisto en que no se trata de convertir a los periódicos en una sucursal de Las Mil y Una Noches, ni a los periodistas en novelistas (bueno, ojalá), pero sí de tener las puertas abiertas al asombro y en tener siquiera algún espacio dedicado a una buena narración. De ese modo podríamos tener un argumento para contradecir la célebre diatriba de que si el periodismo no existiera no habría necesidad de inventarlo.

No hay que invocar, pues, a los connotados narradores que en el mundo han sido periodistas, para saber que aquello tan aparentemente elemental como es contar un cuento en un periódico sigue siendo el secreto para cautivar al lector, para envolverlo en la magia y el encantamiento de la palabra escrita, para convalidar una historia de más de cuatro mil años.

Creo que citaré otra vez al argentino Tomás Eloy: «Un periodista no es un novelista, aunque debería tener el mismo talento y la misma gracia para contar de los novelistas mejores. Un buen reportaje tampoco es una rama de la literatura, aunque debería tener la misma intensidad de lenguaje y la misma capacidad de seducción de los grandes textos literarios».

Me parece que hay que volver a descubrir el agua tibia. Los periódicos sobrevivirán si son capaces de seducir con historias a los lectores. No con pildoritas, insertos, mercancías desechables y otras baratijas. Cuando uno encuentra una buena historia en un diario pasa como cuando se asiste a un partido de fútbol. Que a veces una sola jugada, de esas en que el estadio queda lleno de deslumbramientos, o un gol, justifica el boleto. Pero, como se sabe, en el fútbol y en los periódicos ya no parece haber lugar para la fantasía y la creatividad. ¡Qué lástima!

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5 comentarios

  1. Paula Andrea Medina Alzate

     /  septiembre 29, 2014

    Que bien maestro, se ha perdido la sustancia de la vida y a veces de hasta la muerte.

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  2. Giovanna Pezzotti

     /  septiembre 29, 2014

    Buon giorno Reinaldo- Ma che bello- che exite persone come te- que fanno felice a la gente come me – ti voglio bene assai – giovannapezzotti

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  3. José M. Ruiz P.

     /  septiembre 29, 2014

    ¡Cuánta verdad encierran tus palabras!; pero bueno, ya volverá el día en que valga la pena tener una suscripción a un periódico o a una revista de esas coleccionables.

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  4. Giovanna Pezzotti

     /  septiembre 29, 2014

    Que rico que existan personas como vos – que pueden hacer felices a personas como yo – grazie tantte – Ti voglio bene assai – giovannapezzotti-

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  5. Que bueno sería volver a esa bella época cuando era agradable tener un periódico en las manos. Gracias Reinaldo por tu excelente nota.

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