Los colores de los parques

Por Reinaldo Spitaletta

No hay parques en blanco y negro. Digamos en gracia de discusión que para pintar un parque se necesita una paleta policroma, porque si bien es cierto que todo depende del estado de ánimo, en particular del pintor, un parque es una sumatoria de emociones. Vamos al parque. Esta invitación ya es más que un arco iris, más que la cajita de colores del escolar, mucho más espléndida que las floraciones del guayacán.

Un parque es, más que todo, un estado interior. Uno puede guardar un parque en sus intimidades y cada vez, según las melancolías o los goces, sacarlo, ponerlo a su disposición, formarle bancas de madera o cemento, sembrarlo de arrayanes o gualandayes, instalarle una fuente, que además puede tener patos, chorritos de colores, matas acuáticas, y, de desearlo, alguna quimera que haga burbujas con su boca. Si quiere, sentará a dos enamorados bajo un almendro, y a un anciano que intenta leer un libro apolillado.

Un parque, en rigor, no requiere lujos: sólo buenos deseos y un poco de vuelo mental. El niño es quien más lo disfruta porque es capaz de crear mientras lo utiliza. Los pájaros para él pueden ser ángeles custodios, el olor a flores puede ser el aroma de un duende burlón, las sillas quizá se conviertan en auto o, para los más dotados, en un avión supersónico. Un parque sin niños ya tiene una carencia, un vacío. Es incoloro. Insaboro. No provoca. Por eso hay que ponerlos allí, a correr, a mirar el cielo, a buscar hormigas.

Y si no hay chiquillos, tampoco habrá crispetas ni algodón de azúcar ni el vendedor de bolis, ni ninguna mamá. Y eso es grave, porque entonces quién podrá escuchar un “quedáte quieto, no corrás más”, un “si te sigues mojando en la fuente no te vuelvo a traer”, o un extraño “qué lindo se ve mi niño montado en aquel árbol”. Un parque ríe cuando hay un vendedor de globos y niños que se alelan mirándolos, queriendo uno, rojo, o verde, o azul, en fin, para tenerlo en sus manos y volar.

Un parque sin dos que se besan, se acarician, se dicen tequieros, no es un parque. Nada más sobrecogedor que una banca ocupada por los amantes, por los que se han citado allí para acercarse, para sentirse, cantarse uno al otro. Celebrarse. Quizá los parques fueron inventados para que en ellos hubiese siempre dos que se aman, que son capaces de escribir sus nombres en el tronco de un árbol, de mirar con ojos embobados a los azulejos que los emulan entre las frondas.

Un parque es la posibilidad de un encuentro. Puede ser que haya gentes que vayan solas al parque para hablar con ellas mismas, para olvidar, para recordar, para hacer menos sola su soledad. Otras van para huir de sí mismas o para buscar a alguno de sus pares, con quienes recuperar el tiempo perdido. Por eso, en ciertos parques, abundan los jubilados, con su piel cansada, manos callosas, ojos de estupor frente al mundo. Conversan. Callan. Y vuelven a mirarse para buscar más palabras.

Hay parques con próceres de bronce y palomas que depositan excrementos sobre sus glorias. Parques con iglesia. Parques difamados, prohibidos. Desahuciados. Peligrosos. “No vas por allá que es un antro de vicio”. Parques para que el vagabundo sueñe. Un barrio sin parque es como un cielo gris sin golondrinas.

Hay parques que cada cual pinta con los colores de su alma. O de sus sueños.

Un aviso funerario

Por Reinaldo Spitaletta

Ayer no más, diagonal a mi casa, había un aviso fúnebre sobre la acera y recostado a la pared. Desde la esquina donde vivo, en un segundo piso, no pude leer de quién se trataba. Tal vez pudo haber sido la dama, ya vieja, como de setenta años, que iba casi todos los días a una legumbrería, muy cerca de aquí, en la que, según he sabido, las señoras del barrio iban (van todavía) no solo a comprar plátanos y cebollas, sino a hablar de la vida del sector, de si escucharon unos balazos anoche, de que se robaron una motocicleta en la otra cuadra a una muchacha que no era de por estos lados, sabés querida que vimos entrar a un tipo raro en casa de doña Mery, y todas esas parlas y otras parecidas las he conocido porque mi mujer, que no es tan vieja, también va a ese lugar de la mañana a conversar y escoger tomates.

Lo del letrero funerario me llamó la atención por unos instantes, pero luego olvidé el asunto, porque de muertes ya estamos acostumbrados en la ciudad, pero más que todo, en esta calle, en la que, como caso curioso, casi todos somos viejos, pues eso es lo que desde el balcón observo, y entonces se cree, eso dicen, que la pelona, como la llama doña Genoveva, dueña de una tienda en esta misma cuadra, está al acecho y cualquiera puede ser el escogido. En realidad, nunca supe el nombre de la señora de edad que yo suponía sería la muerta y hoy apenas me he enterado de que se llamaba Aurora, porque mi mujer me lo ha dicho, aunque en rigor sabía que en efecto alguien había muerto allá, no porque hubiera un anuncio, sino porque hoy vi a un hombre abatido, en el balcón, aferrado a la reja, la cabeza gacha y como sollozando y me he puesto a decir por dentro pobre tipo, parece tan solo y desamparado, y a mí ni siquiera se me ocurre pasar hasta allá y saludarlo con un rictus de pesar en los labios, de esos que le duelen a uno, porque las palabras no fluyen, y decirle un “lo siento” que suene sincero, porque lo que deduzco es que el hombre se quedó solo y ese es un destino ineludible, dice uno, como para no entrar en pensares que pueden molestar el alma.

El caso es que sí se murió la señora del señor que vi en el balcón y a mí me ha ido entrando como una pensadera sobre cómo es quedarse uno solo, porque supongo que el vecino debe estar en esa condición, ahora sí, solo de remate, no he visto a nadie más que le acompañe, y desde hace tiempos no he visto a otros diferentes a él y a ella en el balcón. No sé por qué no me nacen ganas de ir hasta allá y desde abajo, muy juntito a donde estuvo puesto el aviso, mandarle un saludo de solidaridad, pero no, creo haber perdido el sentido de vecindad, tal vez desde que decidí mantenerme alejado de los demás de por aquí, cuando precisamente en esta esquina me asaltaron dos tipos a pleno sol y bueno, yo no grité, no insulté, ni sentí miedo, pero sí rabia porque yo veía que otros miraban sin inmutarse, o tal vez sí, como si fuera un espectáculo el que a uno le estuvieran birlando cualquier cosa, y claro, no llevaba casi nada, unos billetes arrugados y una lapicera y no más, y sentí ganas de vomitar en el asfalto cuando los dos muchachos se fueron, despacio, cada uno con una especie de bamboleo. “¿Le robaron, señor?”, preguntó alguien, con una voz de estupideces y yo no contesté.

Me parece que en otros días esta esquina era más calmada. Eso me decía mi mujer, porque yo casi no paraba por aquí, unas veces trabajando, o quedándome después del turno en un bar del centro, echando monedas a las canciones del traganíquel, mirando a la copera, que tenía unas caderas grandotas y una cara de aburrimiento. Era mejor verla por detrás, y tal vez por esa razón la hacía ir cada rato al mostrador para que me trajera más pasantes de zanahoria y limón. Ella, creo, sabía que el propósito oculto era que le mirara el trasero y en ocasiones, tal vez cuando el tedio la dejaba, lo contoneaba con entusiasmo. Valía la propina. Digo que no era tan fregada esta parte del barrio porque nunca, al llegar tarde, pasaba nada. Pero sí me daba cuenta de que las ventanas tenían ojos detrás de las cortinas y la señora del aviso funeral era una de las que se asomaba con deleitoso cuidado, seguro a ver qué tan borracho había llegado su vecino. A veces, uno alzaba la mano, para que los husmeadores se sintieran pillados.

En esta esquina mis soledades fueron creciendo y llegó un momento en que nadie de por aquí me importó. Ya se habían ido aquellos que conocí hace tiempos y los que llegaron no me llamaron la atención, tal vez porque uno se torna huraño con el pasar de los días, cuando las corvas empiezan a doler, y en las rodillas principia como una tembladera, como una tiesura, qué se yo, y salir a caminar no es ningún atractivo, sino una especie de castigo. Me gustaba más estar fuera de esta jurisdicción de señoras que ya no tenían ningún encanto y que no valía la pena verlas caminar desde el balcón, y de hombres, como yo tal vez, a los que se les notaba el hartazgo o el cansancio, que los dos son síntomas de ya no tener ganas de nada. Y cosa extraña, por aquí no es que abunden los jóvenes, excepto los que llegan de otros lados a robar motos, como supe que dicen las señoras de por acá, por ser lugar de desolación.

El aviso blanco de letras negras me puso a pensar sobre cómo he perdido el interés por el barrio, no me importa quién vive al lado ni al frente, ni diagonal, ni tampoco las noticias que mi mujer trae cada que va a lo de las legumbres y leches y arepas. En otros días, quizá hubiera salido a la calle y sin premuras me hubiera acercado a leerlo, pero solo por una curiosidad, no porque me importara en realidad quién era el muerto, que me ido acostumbrando a las ausencias, sin más ni más. Claro que, a ella, a mi mujer, parece habérsele contagiado mi indiferencia porque, que yo me haya dado cuenta, no ha expresado ninguna intención de ir donde el hombre que parece haberse quedado solo en el mundo. O puede ser también que me interesa poco lo que ella haga o deje de hacer y entonces yo pueda ser un tipo que haya perdido toda sensibilidad y mi mujer no sea más que otra sombra. El cuento es que la triste imagen del hombre me ha trastornado y tal situación me preocupa, más por mí que por él, porque parece que ya estoy sintiendo ganas de ir a tocar su puerta y decirle que nos vamos a tomar una cerveza en la tienda de doña Genoveva para hablar de por qué diablos por aquí ya nadie se preocupa por leer los avisos de muertos ni por los hombres que se van quedando solos.

Pintura de Ignacio Monje

La Bachué y tres mamás tristes

Por Reinaldo Spitaletta

Lo que me llamó la atención, después de pasar por conventos de dominicas, colegios con materos colgantes en sus corredores y frente a un tanque del acueducto municipal, fue la soledad del parque. No había perros ni gente. Al menos, en el espacio dedicado a la manga y los arbustos. Tampoco vi pájaros. El cielo estaba nublado y había una brisa fría, quizá presagio de una lluvia, que, cuando miré hacia el sur de la ciudad, parecía ya estar activa.

La grama daba la impresión de estar contenta, porque no había nadie pasando sobre ella, excepto yo, que al observarla en detalle, vi mierdas de canes, algunas ya resecas, camufladas en la hierba más alta. Había varios caminos, de los que se hacen al caminar. Después, al otro lado del parque, aparecieron los que cultivaban su cuerpo con aparatos de gimnasia y, más allá, unas jóvenes futbolistas dirigidas por un señor que les decía: “uno juega según entrene. Si entrena desconcentrado, así juega”. Las muchachas, en la cancha de cemento, se pasaban el balón con precisión y gracia.

Salí del parque y subí por una calle sin paisajes. Atravesé la que hace años nombraban Enciso (la 58, una loma que parece una pared), me dirigí por Pativilca, y continué hacia el barrio Sucre. En otra calle, en una misma cuadra había cuatro legumbrerías, y las señoras se pasaban de una a otra, quizá para ajustar las viandas del almuerzo o buscar hortalizas más frescas. Eran las diez y treinta de la mañana y el domingo caía sobre la ciudad con un cielo de plomo. En una esquina había cuatro hombres bien vestidos, uno con corbata, portadores de maletines de mano. Tenían cara de evangélicos.

En cercanías del que por muchos años fue el colegio de San José de la Salle, encontré el primer cuadro. Una joven madre y su marido, con un niño de brazos. Él, con una pañalera en bandolera, ella con sus labios pintados de carmín, y la cara triste. A veces, el hombre se le adelantaba, y ella parecía pensar en la juventud que ya casi se le desmoronaba por su vientre, con salientes de carne fofa, que se marcaban sobre la blusa azul.

La iglesia de San Policarpo, con su torre-campanario granate, cantaba una canción litúrgica de domingo. La calle Caracas, en el barrio Boston, con su escuela diseñada por Charles Carré, todavía muestra aspectos de su viejo esplendor. Dos fachadas con rosetones y cornisas, quedan como vestigio de aquellas arquitecturas de caserones republicanos de clase media, hoy venidos a menos. Otra fachada en ruinas, con viejas ventanas y puerta cafés desvaídas, advierte que allí ya no vive nadie. En la parte alta, una alambrada en espiral (no sé por qué recordé imágenes de campos de concentración y de trincheras) electrificada se extiende como una manera perentoria de anunciar a los habitantes de calle (¿cómo los de Casa Tomada?) que no vayan a saltar el muro para hospedarse en aquellos cuartos y patios que ya no son.

Después, parado sobre el puente nuevo de La Toma, sobre la mítica quebrada Santa Elena, la presencia del Museo Casa de la Memoria, con su arquitectura gris plomo, morriñosa, me recordó las noches trágicas de la ciudad, con muertos aquí y allá, baleados, desaparecidos, masacrados. Cuando estaba sobre la carrera 51 (en otros días llamada Ricaurte), junto a lo que antes fue la textilera Coltejer, vi a otra muchacha triste: tenía una mueca de amargura, mientras arrastraba la abuelita con un bebé como pasajero. Tendría unos 20 años y su figura parecía expresar un pesar sin medida por una maternidad quizá a destiempo.

Mi destino de caminante pensaba terminar en la glorieta del teatro Pablo Tobón Uribe, edificio diseñado por Nel Rodríguez. Su puerta enrejada dejaba traslucir mesitas y sillas de café. Sobre una jardinera, a un costado del teatro, tres enormes materas florecidas recordaban con un avisito al Museo de la memoria. Escuché la fuente de La Bachué, una escultura (de José Horacio Betancur) que en los años cincuenta escandalizó a la pacata ciudad, porque la diosa chibcha mostraba sus enormes tetas maternales. Muy cerca de ella, un hombre de unos sesenta años, sentado en una banquita, rodeado de arbustos y jardines guardaparques, aspiraba los humos de un pucho de marihuana.

Avisté, de pronto, a una pareja que subía por la avenida La Playa. El hombre cargaba un bebé, mientras la mujer, a su lado, miraba hacia el frente, con indiferencia, quizá con movimientos automáticos. Su rostro era amargo y su cuerpo, que todavía tenía trazas de lo bello que fue, tenía vestigios de grasa. Pensé que no se trataba de coincidencias. Tres madres jóvenes, con apariencia de frustración y melancolía, me llevaron a creer que se trataba de muchachas que la maternidad las pudo haber encarcelado en un mundo sin paisajes.

Entonces, me devolví unos metros, mi incliné frente a la escultura de aguas eternas y sentí que La Bachué sonreía y convocaba con sus pechos de india fértil a los niños de las tres madres jóvenes que se habían cruzado en mi camino matinal de un domingo de cielo plúmbeo y viento frío. La fuente parecía cantar una canción de cuna.

La Bachué, escultura de José Horacio Betancur (foto tomada de internet)

Por el teatro, la vida misma o los bautizos de un artista

Rodrigo Saldarriaga Sanín (1950-2014)

Por Reinaldo Spitaletta

Se podría decir, con un proverbio árabe, que Rodrigo Saldarriaga Sanín (1950-2014) no fue hijo de sus padres, sino de su tiempo. Moldeado en su infancia por una educación confesional, recibió en su adolescencia y juventud los influjos de la vorágine de la revolución cubana, la revolución cultural china, el mayo francés y el movimiento estudiantil de 1971, del que fue protagonista y agitador.

Entrando en un territorio íntimo, también se podría decir, como él alguna vez lo recordó, que fue hijo de Una mujer de cuatro en conducta (publicada en 1948), la novela escrita por su tío Jaime Sanín Echeverri. Hubo un tiempo en que la familia del escritor y diplomático, con cerca de doce miembros, y la de los padres de Rodrigo, con seis, habitaban en dos caserones vecinos. El autor les dijo que todos podrían vivir de las regalías de la obra. Y así fue.

Saldarriaga, que con el tiempo, el estudio, la dedicación, la disciplina y el talento se convertiría en uno de los más destacados directores de teatro de Colombia, creció entre rosarios y una mentalidad goda. Su padre, un negociante de bisuterías, relojes, lámparas y otros cacharros, llevó una vez a su casa decenas de lámparas de cristal de Murano, unas arañas como las que hay en la Catedral Metropolitana de Medellín. Se las había enviado su cuñado Sanín Echeverri cuando era diplomático en Italia.

La casa paterna se llenó de arañas colgantes, que atiborraban cuartos, sala, comedor, pasillos y patio. Eran tantas, que no había espacio para los moradores. Su papá las tuvo que disgregar y venderlas por pedazos, con otras formas y estilos. Después, trajo relojes Jawaco, de péndulo, al que les puso la marca Cóndor. También colmó la casa con ellos, que sonaban a distintos tiempos, unos con música del Ángelus, el Ave María, el Himno Nacional y otras tonadas, que hacían sentir el ámbito como un hogar de locos.

A los cuatro años, sufrió Saldarriaga un accidente que afectó sus ojos y lo dejó vendado un buen tiempo. Su prima Pilarica aprovechaba para leerle a Verne, Salgari, algunas piezas de Cervantes, teatro de Alejandro Casona, Quevedo y otros clásicos. Tal vez ahí recibió su primer bautizo artístico.

Su primaria y bachillerato, en un colegio católico, de misa y comunión diarias, se mutó en un mundo distinto con la entrada a una universidad pública, la Nacional, donde comenzó Arquitectura. Un nuevo bautizo, el de las ideas libertarias, la vida sin ataduras religiosas, la rebeldía social, lo marcó en las nuevas aulas. “La última confesión de mi vida, apenas entrada la pubertad, fue con un cura pederasta que se convirtió rápidamente en burla, denuncia y abandono para siempre de la religión, de la tradición de la sociedad y de la familia”, escribió en su libro de memorias artísticas Tercer Timbre.

-¡Fue tan fácil dar el paso de coleccionista de laminitas sacras a ateo militante!-, anotó.

En Arquitectura, donde estaba el maestro Pedro Nel Gómez (allí vio los primeros desnudos de su vida, los del gran muralista colombiano, cuando en casa de Saldarriaga hasta la Sota de bastos era una inmoralidad), todo le olía a libertad, según expresó el 10 de junio de 2014, catorce días antes de su muerte, en un documental realizado por la periodista Patricia Vargas.

En 1969, ya era militante del recién fundado MOIR y el gusano del teatro, además del de la política revolucionaria, lo había picado. En la Nacional conoció también al escritor y dramaturgo Jairo Aníbal Niño, con el que participó en la obra La masacre de Santa Bárbara, un drama que denunciaba los hechos sangrientos de la huelga de los trabajadores de Cementos El Cairo, reprimida por el ejército y en la que perecieron 13 personas, entre ellas la niña María Edilma Zapata.

Por este montaje, a Niño lo expulsaron de la Nacional y se fue a la Universidad de Antioquia, en la que fundó la Brigada de Teatro de los Artistas del Arte Revolucionario. Y ahí estaba Saldarriaga quien, junto con otros estudiantes, participó en La madre, de Gorki, con adaptación de Bertolt Brecht. Con esta pieza, la Brigada recorrió el país, armó debates en distintas universidades, se presentaron en carpas huelguísticas y agitaron la vida provinciana de pueblos y ciudades.

De la U. de A., tras dos años de montajes y discusiones teatrales, también los expulsaron. Niño se marchó a Bogotá y el grupo se diluyó, en medio de un ambiente de convulsiones políticas estudiantiles. El MOIR había trazado su línea de Pies Descalzos. Algunos de los artistas viajaron al campo como cuadros revolucionarios y otros migraron a pueblos y ciudades de Colombia con la mira de hacer teatro.

A Rodrigo Saldarriaga lo enviaron a Barranquilla, donde, según él, “era un imposible metafísico hacer teatro”, porque no había gente interesada en el asunto. A su retorno a Medellín, parecía una especie de desubicado inmigrante en su ciudad. Trabajó, contra su voluntad, en una empresa funeraria de un pariente, en oficios relacionados con ventas de tumbas, balances, escrituras y otras actividades con las que su familiar quería “reeducarlo para que dejara esa bobada del teatro”.

Pero la “bobada” creció. Renunció al cargo. Y volvió por sus fueros. El grupo Columna de fuego, dirigido por el manizalita Efraín Castellanos, estaba en Medellín. El elenco, formado por muchachos que oscilaban entre la marihuana y el marxismo, tenía más intenciones políticas que artísticas. Saldarriaga rompió con lo que le parecía un atentado contra la creación y el arte, y propuso el montaje de una adaptación que él ya había iniciado en Barranquilla: la del cuento Anacleto Morones, de Juan Rulfo.

Se distanció de Castellanos y convocó a Eduardo Cárdenas, Efraín Hincapié, John Jairo Mejía, Óscar Muñoz y Jorge Villa para iniciar el montaje. Fue el nacimiento de Pequeño Teatro, en enero de 1975. Al cuento inicial del mexicano, le agregaron otros dos: Nos han dado la tierra y Diles que no me maten. Los ensayos los empezaron en la Universidad de Antioquia. El estreno sucedió en el teatro Camilo Torres.

Después, en medio de turbamultas estudiantiles, debates y la incertidumbre de no saber adónde ir, abandonaron la universidad y se fueron a ensayar en la casa de Rodrigo, en la que él vivía con su mujer Gabriela Escobar y su pequeño hijo Gregorio, en el frenético sector de Guayaquil. Luego, pasaron al barrio Villa Hermosa, donde consiguieron una destartalada casa-lote, que, en rigor, fue la primera sede de Pequeño Teatro de Medellín.

Estos hombres solos, que representaron sin afeites los personajes femeninos de Anacleto Morones, fueron la semilla de un grupo que, con el tiempo, se convertiría en uno de los más importantes del país. Ingresó una mujer, Clemencia Cartagena, y por ella, según lo advirtió Saldarriaga, comenzó a escribir la obra Todo fue, que estrenaron en la carpa de huelga de la empresa Satexco, en Itagüí.

Iniciaron un periplo por el país y tras su retorno a la ciudad, se embarcaron en una aventura teatral de enormes proporciones (un proyecto macrocefálico, como lo calificó el columnista Alberto Aguirre): Macbeth, de William Shakespeare. Ya Rodrigo había estado en Europa. Había visto la Royal Shakespeare de Peter Brooks, de Peter Hall, de Trevor Nunn, en Londres y en Stradford-upon-Avon; la Comedie de Monsieur La Salle, en París; el Piccolo Teatro de Milán, de Giorgio Strelher con su Arlequino servidor de dos señores, en el parisino Odeón, y también La cantante calva, de Eugenio Ionesco, en el Barrio Latino.

Fue como otro bautizo. Llegó a Medellín con las ansias incontenibles de montar a Shakespeare. Era 1979. Y no había quién pudiera impedirlo: ni la miseria intelectual de la ciudad, ni las objeciones que algunos hacían porque se trataba de un montaje imposible. Tanto Saldarriaga como sus actores sabían, con el portentoso inglés, que “estamos entretejidos en la misma urdimbre de nuestros sueños”.

Después del colosal montaje, con una escenografía aparatosa, Pequeño Teatro resolvió que la obra no se podía quedar en Medellín. En su repertorio ya tenían Los intereses creados, de Jacinto Benavente, y Tiempo vidrio, de Sebastián Ospina. Con todos sus bártulos emprendieron una gira por el río Magdalena. Por donde pasaban, la gente se volcaba a ver lo nunca visto: una compañía teatral, en sitios donde la mayoría de los lugareños no tenía noción de lo que era el teatro.

Era el principio de una trashumancia, por pueblos, veredas, ríos, en medio de leyendas populares como la del mohán, que los condujo por casi toda Colombia. En 1981, con la obra Josef Antonio Galán, de cómo se sublevó el común, del miembro del grupo Henry Díaz, Pequeño Teatro realizó una gira siguiendo la ruta de los comuneros, a propósito del bicentenario del alzamiento popular.

El espíritu de Saldarriaga, a veces tremendista, a veces reflexivo, pero siempre dispuesto a las aventuras del arte, condujo al elenco a conseguir una nueva sede, cerca del Teatro Pablo Tobón Uribe, en el centro de Medellín. El primer alquiler lo pagaron con la donación que hizo el violinista Carlos Villa, al lado del pianista Harold Martina, de un recital en El Castillo, que los espectadores llenaron, con entrada a tres mil pesos. La nueva sala la adaptaron para cincuenta personas.

Fueron los días de obras como Aceite, de Eugene O’Neill y De ratones y hombres, de John Steinbeck, a las que siguieron, entre otras, La ruptura, de Helge Krog y Edipo rey, de Sófocles. El sueño de Rodrigo, además de estudiar los clásicos, de meterse a fondo con Brecht, Miller y Tennessee Williams, era el de tener una sede propia. Había llegado la hora de dejar atrás la construcción de “un teatro en el aire”.
La casa republicana, de más de 125 años, en la que está hoy la sede de Pequeño Teatro, es un legado cultural de Rodrigo Saldarriaga a la ciudad. La compró con la cédula. Valía 24 millones, le rebajaron cuatro. El día del cierre del negocio, Saldarriaga salió enloquecido por la avenida La Playa, se creía Zorba el griego: bailaba, brincaba, a lo mejor era la reencarnación de aquel niño que había escuchado historias literarias de labios de su prima.

Allí, además, de dos salas, unas para quinientos espectadores y otra para ochenta, construyó la escuela de formación de actores. Saldarriaga, que dirigió cerca de setenta montajes, jamás dejó de ser comunista, pero, por encima de todo, un artista completo. Y obstinado. Fue capaz, con su inteligente táctica de entrada libre con aporte voluntario, cuestionada por algunos grupos teatrales de la ciudad, de llevar miles de espectadores a las decenas de obras allí representadas. Contribuyó a la creación de público y a la expansión de la cultura teatral en Medellín.

Su teatro siempre fue para el pueblo. Su vida, sensibilidad e inteligencia, las dedicó (incluidas sus apariciones en la política) al arte. Le hubiera gustado, según decía, montar a todos los griegos, todos los latinos, todo Shakespeare, todo Moliere… No le alcanzó la existencia para tanto. Ni siquiera para El jardín de los cerezos, de Chejov, una de sus máximas aspiraciones. Pero lo que hizo, lo amó en profundidad, consecuente con sus postulados de vida.

Luchó porque el teatro volviera a ser el “el listón más alto del pensamiento, como lo ha sido siempre”, según sus palabras. No se aferró a bien material alguno. Su testamento puede ser prueba del aserto: dejó su música (otra de sus pasiones) a su exesposa Gabriela; el videobeam y sus tres libros, a su hijo Gregorio, y el cuadro de Luciano Jaramillo, a Pequeño Teatro, “con la condición de que nunca lo vendan”.

Dramaturgo (autor de El ejército de los guerreros, Todo fue y Los chorros de Tapartó, y del libro de memorias Tercer timbre), director, militante político, actor, Rodrigo Saldarriaga hubiera querido tener como primer actor al gran cantor de tango Roberto el Polaco Goyeneche, para que representara el papel del Rey Lear. Muerto el 22 de junio de 2014, el mono Saldarriaga, que parecía un nórdico extraviado en las exuberancias del trópico, supo que el ser humano no puede existir sin Esquilo, sin Brecht, sin Strindberg… y deseó que en el mundo los “días de la ignorancia quedaran atrás”. Esa era su utopía personal. Su presencia se prolongará en cada obra, en cada escenografía, en múltiples personajes. En los actores que formó. Porque, como bien lo sentenció, “al cerrar los ojos el mundo no desaparecerá”.

(Escrito en Medellín el 29 de julio de 2014, para las revistas Deslinde y A Teatro)

Rodrigo Saldarriaga con la actriz Omaira Rodríguez

Auschwitz o el horror que no acaba

“La aspiración innata del hombre a la libertad es invencible; puede ser aplastada pero no aniquilada”.
Vasili Grossman en Vida y destino

Por Reinaldo Spitaletta

Primero se me quemó la piel, después los huesos, luego me convertí en humo y ceniza, y como tal salí por la chimenea, y gaseado, transformado en nada, aún pude leer el aviso que había a la entrada: “El trabajo os hará libres”. Auschwitz, la confirmación de que el siglo XX había sido el más sangriento y cruel de la historia de la humanidad. ¿Humanidad? ¿Acaso era humano aquello? O tal vez sí: era la comprobación de todo lo que un humano -deshumanizado- es capaz, con su carga destructiva, de hacerle a otro.

Auschwitz, el infierno terrenal, aunque afuera, como diría Primo Levi, no estaba el paraíso. Horrores inconcebibles sucedieron. La dignidad vapuleada. La humillación sin límite del detenido, la atrocidad que la palabra no alcanza a describir, el genocidio planificado, la presunta civilización transmutada en barbarie. Las cámaras de gas, los hornos crematorios, los pelotones de fusilamiento, el sometimiento de niños, mujeres y hombres a una condición infame. A la pérdida de la identidad, de la cultura y, claro, de la existencia.

El olor a carne quemada aún continúa señalándonos desde la historia, casi setenta años después de la liberación de ese campo de ignominia. La archiconocida frase de Theodor Adorno de que “escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie”, podría interpretarse como una suerte de exorcismo, de ultimátum, un llamado al nunca más, que, sin embargo, no ha frenado la deshumanización ni la catástrofe. En Auschwitz, como lo dijo otro sobreviviente del horror, murió la idea del hombre. “El fascismo y el hombre no pueden coexistir. Cuando el fascismo vence, el hombre deja de existir”, advirtió Vasili Grossman en su monumental novela Vida y destino.

La muerte de casi dos millones de personas en un campo de concentración, entre 1940 y 1945, no fue un retorno a la caverna, ni siquiera lo que se ha dicho de que el hombre no desciende del mono porque éste no es tan perverso, sino la mayor vergüenza para el ser humano. Su bestialización (con la venia de las bestias). El oprobio nazi ensañado contra judíos, gitanos, comunistas, librepensadores, en un episodio que, por la magnitud de su brutalidad, parece inverosímil. El Reich y su fábrica de muerte y destrucción mostraron en Auschwitz y en otros campos de exterminio su esencia sanguinaria, como, hasta antes ningún otro imperio la tuvo. León Felipe, que, pese a Adorno, siguió escribiendo poesía, mandó a callar a Dante y Virgilio y Blake y Rimbaud, poetas que no alcanzaron jamás a imaginar un infierno tan espeluznante como el de Auschwitz. “Pero ahora, aquí, rompo mi violín… y me callo”.

En Auschwitz, tal como lo cuentan algunos de los sobrevivientes, el ser humano sometido a la peor bajeza, perdió por momentos la solidaridad, la capacidad de resistencia, y algunos se iban contra sus hermanos de prisión por un mendrugo de pan. Pero quizá los ecos que allí llegaron de la derrota de los nazis en la heroica Stalingrado, a orillas del Volga, también hicieron crecer la esperanza y, sobre todo, por diversos territorios de Europa se fue desmoronando el mito de la invencibilidad del Reich hitleriano. Muchos no alcanzaron a ver la derrota total de aquél, pero murieron con el presagio infalible de que estaba próxima la caída de esa maquinaria de atrocidades.

Por los días del sexagésimo aniversario de la liberación (2005), se revivieron las crónicas, las películas, las fotos, los testimonios, los libros que hablan de aquel horror sin par. Uno de los más inquietantes recuerdos, lo expresó un soldado del Ejército Rojo soviético. Antes de llegar a Auschwitz, las tropas soviéticas encontraron pueblos enteros incendiados con toda la población ejecutada, pero no se habían topado con un escenario tan desolador como el que encontraron en ese campo: “Al vernos llegar, los prisioneros lloraban, otros demostraban su alegría. Todos eran esqueletos vivos, tan flacos que se les veían las venas y los huesos a través de la piel. Vi montones de cadáveres de prisioneros que acababan de ser asesinados o que murieron antes de nuestra llegada”, relató, todavía con el horror vivo, sesenta años después. Y concluyó: “Nunca olvidaré las pilas de zapatitos de niños”.

Los espectros de los muertos de Auschwitz aún nos gritan. Porque después de aquel espanto, el genocidio, las violaciones a la dignidad humana, las masacres no han parado. Es más: se han perfeccionado los instrumentos de destrucción. Ahí están, como ejemplo de la renovada barbarie, los bombardeos atómicos a Hiroshima y Nagasaki; la carnicería gringa en Vietnam; los gulags soviéticos; la invasión rusa a Afganistán; los ataques aéreos también a ese país de parte de los Estados Unidos; la ocupación estadounidense en Irak; los desaparecidos del Cono Sur; las torturas en Abu Gharib; el genocidio en Ruanda; el Apartheid; el martirio del pueblo palestino; el atentado contra las Torres Gemelas…

Así que el gran escritor judío italiano, Primo Levi, sobreviviente de Auschwitz, tenía razón. Allá era el infierno, pero afuera de ese campo de concentración no estaba el paraíso. Y, con perdón del lobo, el hombre sigue siendo lobo para el hombre. ¡Ah!, y lo peor es que, dentro del capitalismo, el trabajo tampoco hace libre al hombre. Ni al lobo. ¿Hasta cuándo?

Campo de exterminio de Auschwitz