Por el teatro, la vida misma o los bautizos de un artista

Rodrigo Saldarriaga Sanín (1950-2014)

Por Reinaldo Spitaletta

Se podría decir, con un proverbio árabe, que Rodrigo Saldarriaga Sanín (1950-2014) no fue hijo de sus padres, sino de su tiempo. Moldeado en su infancia por una educación confesional, recibió en su adolescencia y juventud los influjos de la vorágine de la revolución cubana, la revolución cultural china, el mayo francés y el movimiento estudiantil de 1971, del que fue protagonista y agitador.

Entrando en un territorio íntimo, también se podría decir, como él alguna vez lo recordó, que fue hijo de Una mujer de cuatro en conducta (publicada en 1948), la novela escrita por su tío Jaime Sanín Echeverri. Hubo un tiempo en que la familia del escritor y diplomático, con cerca de doce miembros, y la de los padres de Rodrigo, con seis, habitaban en dos caserones vecinos. El autor les dijo que todos podrían vivir de las regalías de la obra. Y así fue.

Saldarriaga, que con el tiempo, el estudio, la dedicación, la disciplina y el talento se convertiría en uno de los más destacados directores de teatro de Colombia, creció entre rosarios y una mentalidad goda. Su padre, un negociante de bisuterías, relojes, lámparas y otros cacharros, llevó una vez a su casa decenas de lámparas de cristal de Murano, unas arañas como las que hay en la Catedral Metropolitana de Medellín. Se las había enviado su cuñado Sanín Echeverri cuando era diplomático en Italia.

La casa paterna se llenó de arañas colgantes, que atiborraban cuartos, sala, comedor, pasillos y patio. Eran tantas, que no había espacio para los moradores. Su papá las tuvo que disgregar y venderlas por pedazos, con otras formas y estilos. Después, trajo relojes Jawaco, de péndulo, al que les puso la marca Cóndor. También colmó la casa con ellos, que sonaban a distintos tiempos, unos con música del Ángelus, el Ave María, el Himno Nacional y otras tonadas, que hacían sentir el ámbito como un hogar de locos.

A los cuatro años, sufrió Saldarriaga un accidente que afectó sus ojos y lo dejó vendado un buen tiempo. Su prima Pilarica aprovechaba para leerle a Verne, Salgari, algunas piezas de Cervantes, teatro de Alejandro Casona, Quevedo y otros clásicos. Tal vez ahí recibió su primer bautizo artístico.

Su primaria y bachillerato, en un colegio católico, de misa y comunión diarias, se mutó en un mundo distinto con la entrada a una universidad pública, la Nacional, donde comenzó Arquitectura. Un nuevo bautizo, el de las ideas libertarias, la vida sin ataduras religiosas, la rebeldía social, lo marcó en las nuevas aulas. “La última confesión de mi vida, apenas entrada la pubertad, fue con un cura pederasta que se convirtió rápidamente en burla, denuncia y abandono para siempre de la religión, de la tradición de la sociedad y de la familia”, escribió en su libro de memorias artísticas Tercer Timbre.

-¡Fue tan fácil dar el paso de coleccionista de laminitas sacras a ateo militante!-, anotó.

En Arquitectura, donde estaba el maestro Pedro Nel Gómez (allí vio los primeros desnudos de su vida, los del gran muralista colombiano, cuando en casa de Saldarriaga hasta la Sota de bastos era una inmoralidad), todo le olía a libertad, según expresó el 10 de junio de 2014, catorce días antes de su muerte, en un documental realizado por la periodista Patricia Vargas.

En 1969, ya era militante del recién fundado MOIR y el gusano del teatro, además del de la política revolucionaria, lo había picado. En la Nacional conoció también al escritor y dramaturgo Jairo Aníbal Niño, con el que participó en la obra La masacre de Santa Bárbara, un drama que denunciaba los hechos sangrientos de la huelga de los trabajadores de Cementos El Cairo, reprimida por el ejército y en la que perecieron 13 personas, entre ellas la niña María Edilma Zapata.

Por este montaje, a Niño lo expulsaron de la Nacional y se fue a la Universidad de Antioquia, en la que fundó la Brigada de Teatro de los Artistas del Arte Revolucionario. Y ahí estaba Saldarriaga quien, junto con otros estudiantes, participó en La madre, de Gorki, con adaptación de Bertolt Brecht. Con esta pieza, la Brigada recorrió el país, armó debates en distintas universidades, se presentaron en carpas huelguísticas y agitaron la vida provinciana de pueblos y ciudades.

De la U. de A., tras dos años de montajes y discusiones teatrales, también los expulsaron. Niño se marchó a Bogotá y el grupo se diluyó, en medio de un ambiente de convulsiones políticas estudiantiles. El MOIR había trazado su línea de Pies Descalzos. Algunos de los artistas viajaron al campo como cuadros revolucionarios y otros migraron a pueblos y ciudades de Colombia con la mira de hacer teatro.

A Rodrigo Saldarriaga lo enviaron a Barranquilla, donde, según él, “era un imposible metafísico hacer teatro”, porque no había gente interesada en el asunto. A su retorno a Medellín, parecía una especie de desubicado inmigrante en su ciudad. Trabajó, contra su voluntad, en una empresa funeraria de un pariente, en oficios relacionados con ventas de tumbas, balances, escrituras y otras actividades con las que su familiar quería “reeducarlo para que dejara esa bobada del teatro”.

Pero la “bobada” creció. Renunció al cargo. Y volvió por sus fueros. El grupo Columna de fuego, dirigido por el manizalita Efraín Castellanos, estaba en Medellín. El elenco, formado por muchachos que oscilaban entre la marihuana y el marxismo, tenía más intenciones políticas que artísticas. Saldarriaga rompió con lo que le parecía un atentado contra la creación y el arte, y propuso el montaje de una adaptación que él ya había iniciado en Barranquilla: la del cuento Anacleto Morones, de Juan Rulfo.

Se distanció de Castellanos y convocó a Eduardo Cárdenas, Efraín Hincapié, John Jairo Mejía, Óscar Muñoz y Jorge Villa para iniciar el montaje. Fue el nacimiento de Pequeño Teatro, en enero de 1975. Al cuento inicial del mexicano, le agregaron otros dos: Nos han dado la tierra y Diles que no me maten. Los ensayos los empezaron en la Universidad de Antioquia. El estreno sucedió en el teatro Camilo Torres.

Después, en medio de turbamultas estudiantiles, debates y la incertidumbre de no saber adónde ir, abandonaron la universidad y se fueron a ensayar en la casa de Rodrigo, en la que él vivía con su mujer Gabriela Escobar y su pequeño hijo Gregorio, en el frenético sector de Guayaquil. Luego, pasaron al barrio Villa Hermosa, donde consiguieron una destartalada casa-lote, que, en rigor, fue la primera sede de Pequeño Teatro de Medellín.

Estos hombres solos, que representaron sin afeites los personajes femeninos de Anacleto Morones, fueron la semilla de un grupo que, con el tiempo, se convertiría en uno de los más importantes del país. Ingresó una mujer, Clemencia Cartagena, y por ella, según lo advirtió Saldarriaga, comenzó a escribir la obra Todo fue, que estrenaron en la carpa de huelga de la empresa Satexco, en Itagüí.

Iniciaron un periplo por el país y tras su retorno a la ciudad, se embarcaron en una aventura teatral de enormes proporciones (un proyecto macrocefálico, como lo calificó el columnista Alberto Aguirre): Macbeth, de William Shakespeare. Ya Rodrigo había estado en Europa. Había visto la Royal Shakespeare de Peter Brooks, de Peter Hall, de Trevor Nunn, en Londres y en Stradford-upon-Avon; la Comedie de Monsieur La Salle, en París; el Piccolo Teatro de Milán, de Giorgio Strelher con su Arlequino servidor de dos señores, en el parisino Odeón, y también La cantante calva, de Eugenio Ionesco, en el Barrio Latino.

Fue como otro bautizo. Llegó a Medellín con las ansias incontenibles de montar a Shakespeare. Era 1979. Y no había quién pudiera impedirlo: ni la miseria intelectual de la ciudad, ni las objeciones que algunos hacían porque se trataba de un montaje imposible. Tanto Saldarriaga como sus actores sabían, con el portentoso inglés, que “estamos entretejidos en la misma urdimbre de nuestros sueños”.

Después del colosal montaje, con una escenografía aparatosa, Pequeño Teatro resolvió que la obra no se podía quedar en Medellín. En su repertorio ya tenían Los intereses creados, de Jacinto Benavente, y Tiempo vidrio, de Sebastián Ospina. Con todos sus bártulos emprendieron una gira por el río Magdalena. Por donde pasaban, la gente se volcaba a ver lo nunca visto: una compañía teatral, en sitios donde la mayoría de los lugareños no tenía noción de lo que era el teatro.

Era el principio de una trashumancia, por pueblos, veredas, ríos, en medio de leyendas populares como la del mohán, que los condujo por casi toda Colombia. En 1981, con la obra Josef Antonio Galán, de cómo se sublevó el común, del miembro del grupo Henry Díaz, Pequeño Teatro realizó una gira siguiendo la ruta de los comuneros, a propósito del bicentenario del alzamiento popular.

El espíritu de Saldarriaga, a veces tremendista, a veces reflexivo, pero siempre dispuesto a las aventuras del arte, condujo al elenco a conseguir una nueva sede, cerca del Teatro Pablo Tobón Uribe, en el centro de Medellín. El primer alquiler lo pagaron con la donación que hizo el violinista Carlos Villa, al lado del pianista Harold Martina, de un recital en El Castillo, que los espectadores llenaron, con entrada a tres mil pesos. La nueva sala la adaptaron para cincuenta personas.

Fueron los días de obras como Aceite, de Eugene O’Neill y De ratones y hombres, de John Steinbeck, a las que siguieron, entre otras, La ruptura, de Helge Krog y Edipo rey, de Sófocles. El sueño de Rodrigo, además de estudiar los clásicos, de meterse a fondo con Brecht, Miller y Tennessee Williams, era el de tener una sede propia. Había llegado la hora de dejar atrás la construcción de “un teatro en el aire”.
La casa republicana, de más de 125 años, en la que está hoy la sede de Pequeño Teatro, es un legado cultural de Rodrigo Saldarriaga a la ciudad. La compró con la cédula. Valía 24 millones, le rebajaron cuatro. El día del cierre del negocio, Saldarriaga salió enloquecido por la avenida La Playa, se creía Zorba el griego: bailaba, brincaba, a lo mejor era la reencarnación de aquel niño que había escuchado historias literarias de labios de su prima.

Allí, además, de dos salas, unas para quinientos espectadores y otra para ochenta, construyó la escuela de formación de actores. Saldarriaga, que dirigió cerca de setenta montajes, jamás dejó de ser comunista, pero, por encima de todo, un artista completo. Y obstinado. Fue capaz, con su inteligente táctica de entrada libre con aporte voluntario, cuestionada por algunos grupos teatrales de la ciudad, de llevar miles de espectadores a las decenas de obras allí representadas. Contribuyó a la creación de público y a la expansión de la cultura teatral en Medellín.

Su teatro siempre fue para el pueblo. Su vida, sensibilidad e inteligencia, las dedicó (incluidas sus apariciones en la política) al arte. Le hubiera gustado, según decía, montar a todos los griegos, todos los latinos, todo Shakespeare, todo Moliere… No le alcanzó la existencia para tanto. Ni siquiera para El jardín de los cerezos, de Chejov, una de sus máximas aspiraciones. Pero lo que hizo, lo amó en profundidad, consecuente con sus postulados de vida.

Luchó porque el teatro volviera a ser el “el listón más alto del pensamiento, como lo ha sido siempre”, según sus palabras. No se aferró a bien material alguno. Su testamento puede ser prueba del aserto: dejó su música (otra de sus pasiones) a su exesposa Gabriela; el videobeam y sus tres libros, a su hijo Gregorio, y el cuadro de Luciano Jaramillo, a Pequeño Teatro, “con la condición de que nunca lo vendan”.

Dramaturgo (autor de El ejército de los guerreros, Todo fue y Los chorros de Tapartó, y del libro de memorias Tercer timbre), director, militante político, actor, Rodrigo Saldarriaga hubiera querido tener como primer actor al gran cantor de tango Roberto el Polaco Goyeneche, para que representara el papel del Rey Lear. Muerto el 22 de junio de 2014, el mono Saldarriaga, que parecía un nórdico extraviado en las exuberancias del trópico, supo que el ser humano no puede existir sin Esquilo, sin Brecht, sin Strindberg… y deseó que en el mundo los “días de la ignorancia quedaran atrás”. Esa era su utopía personal. Su presencia se prolongará en cada obra, en cada escenografía, en múltiples personajes. En los actores que formó. Porque, como bien lo sentenció, “al cerrar los ojos el mundo no desaparecerá”.

(Escrito en Medellín el 29 de julio de 2014, para las revistas Deslinde y A Teatro)

Rodrigo Saldarriaga con la actriz Omaira Rodríguez

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3 comentarios

  1. Giovanna Pezzotti

     /  octubre 13, 2014

    Grazie Reinald- Il nostro Rodrigo no morira – ti voglio bene assai- giovannapezzotti-

    Responder
  2. Giovanna Pezzotti

     /  octubre 13, 2014

    Bellissima semblanza del nostro Rodrigo – grazie ti voglio bene assai- giovannapezzotti –

    Responder
  3. Jesús Eduardo Domínguez

     /  noviembre 16, 2015

    Como siempre, grande Reinaldo… Grande el Mono… Siempre latiendo en la existencia.

    Responder

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