La Bachué y tres mamás tristes

Por Reinaldo Spitaletta

Lo que me llamó la atención, después de pasar por conventos de dominicas, colegios con materos colgantes en sus corredores y frente a un tanque del acueducto municipal, fue la soledad del parque. No había perros ni gente. Al menos, en el espacio dedicado a la manga y los arbustos. Tampoco vi pájaros. El cielo estaba nublado y había una brisa fría, quizá presagio de una lluvia, que, cuando miré hacia el sur de la ciudad, parecía ya estar activa.

La grama daba la impresión de estar contenta, porque no había nadie pasando sobre ella, excepto yo, que al observarla en detalle, vi mierdas de canes, algunas ya resecas, camufladas en la hierba más alta. Había varios caminos, de los que se hacen al caminar. Después, al otro lado del parque, aparecieron los que cultivaban su cuerpo con aparatos de gimnasia y, más allá, unas jóvenes futbolistas dirigidas por un señor que les decía: “uno juega según entrene. Si entrena desconcentrado, así juega”. Las muchachas, en la cancha de cemento, se pasaban el balón con precisión y gracia.

Salí del parque y subí por una calle sin paisajes. Atravesé la que hace años nombraban Enciso (la 58, una loma que parece una pared), me dirigí por Pativilca, y continué hacia el barrio Sucre. En otra calle, en una misma cuadra había cuatro legumbrerías, y las señoras se pasaban de una a otra, quizá para ajustar las viandas del almuerzo o buscar hortalizas más frescas. Eran las diez y treinta de la mañana y el domingo caía sobre la ciudad con un cielo de plomo. En una esquina había cuatro hombres bien vestidos, uno con corbata, portadores de maletines de mano. Tenían cara de evangélicos.

En cercanías del que por muchos años fue el colegio de San José de la Salle, encontré el primer cuadro. Una joven madre y su marido, con un niño de brazos. Él, con una pañalera en bandolera, ella con sus labios pintados de carmín, y la cara triste. A veces, el hombre se le adelantaba, y ella parecía pensar en la juventud que ya casi se le desmoronaba por su vientre, con salientes de carne fofa, que se marcaban sobre la blusa azul.

La iglesia de San Policarpo, con su torre-campanario granate, cantaba una canción litúrgica de domingo. La calle Caracas, en el barrio Boston, con su escuela diseñada por Charles Carré, todavía muestra aspectos de su viejo esplendor. Dos fachadas con rosetones y cornisas, quedan como vestigio de aquellas arquitecturas de caserones republicanos de clase media, hoy venidos a menos. Otra fachada en ruinas, con viejas ventanas y puerta cafés desvaídas, advierte que allí ya no vive nadie. En la parte alta, una alambrada en espiral (no sé por qué recordé imágenes de campos de concentración y de trincheras) electrificada se extiende como una manera perentoria de anunciar a los habitantes de calle (¿cómo los de Casa Tomada?) que no vayan a saltar el muro para hospedarse en aquellos cuartos y patios que ya no son.

Después, parado sobre el puente nuevo de La Toma, sobre la mítica quebrada Santa Elena, la presencia del Museo Casa de la Memoria, con su arquitectura gris plomo, morriñosa, me recordó las noches trágicas de la ciudad, con muertos aquí y allá, baleados, desaparecidos, masacrados. Cuando estaba sobre la carrera 51 (en otros días llamada Ricaurte), junto a lo que antes fue la textilera Coltejer, vi a otra muchacha triste: tenía una mueca de amargura, mientras arrastraba la abuelita con un bebé como pasajero. Tendría unos 20 años y su figura parecía expresar un pesar sin medida por una maternidad quizá a destiempo.

Mi destino de caminante pensaba terminar en la glorieta del teatro Pablo Tobón Uribe, edificio diseñado por Nel Rodríguez. Su puerta enrejada dejaba traslucir mesitas y sillas de café. Sobre una jardinera, a un costado del teatro, tres enormes materas florecidas recordaban con un avisito al Museo de la memoria. Escuché la fuente de La Bachué, una escultura (de José Horacio Betancur) que en los años cincuenta escandalizó a la pacata ciudad, porque la diosa chibcha mostraba sus enormes tetas maternales. Muy cerca de ella, un hombre de unos sesenta años, sentado en una banquita, rodeado de arbustos y jardines guardaparques, aspiraba los humos de un pucho de marihuana.

Avisté, de pronto, a una pareja que subía por la avenida La Playa. El hombre cargaba un bebé, mientras la mujer, a su lado, miraba hacia el frente, con indiferencia, quizá con movimientos automáticos. Su rostro era amargo y su cuerpo, que todavía tenía trazas de lo bello que fue, tenía vestigios de grasa. Pensé que no se trataba de coincidencias. Tres madres jóvenes, con apariencia de frustración y melancolía, me llevaron a creer que se trataba de muchachas que la maternidad las pudo haber encarcelado en un mundo sin paisajes.

Entonces, me devolví unos metros, mi incliné frente a la escultura de aguas eternas y sentí que La Bachué sonreía y convocaba con sus pechos de india fértil a los niños de las tres madres jóvenes que se habían cruzado en mi camino matinal de un domingo de cielo plúmbeo y viento frío. La fuente parecía cantar una canción de cuna.

La Bachué, escultura de José Horacio Betancur (foto tomada de internet)

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3 comentarios

  1. Muy poético el solidario sentimiento maternal que canta la fuente pregonando la naturaleza hechida de los pechos de la Bachué.

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  2. Paula Andrea Medina Alzate

     /  octubre 20, 2014

    Vaya fenomeno social al que has hecho alusion hoy, la maternidad a destiempo o no deseada, es una de las multiples causas del maltrato infantil.

    Responder
  3. RUBEN CRESPO

     /  octubre 21, 2014

    Excelente relato …

    Responder

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