Sangre de coral

Por Reinaldo Spitaletta

“Hay en tus ojos el verde esmeralda que brota del mar…”. La voz de Daniel Santos salía de un traganíquel luminoso. El bar, con mesas amarillas y taburetes rojos, tenía en sus paredes pinturas que representaban a negras palenqueras vendiendo piñas, cocos y bananos en las playas de Cartagena. Eran hermosas las mujeres pintadas: con un pañuelo blanco, enroscado, en la cabeza, y sobre ella poncheras atiborradas de frutas tropicales. Ellas, muy erguidas manteniendo un equilibrio inestable con su cargamento.

Había otro cuadro, con un negro que tocaba la tumbadora. El negro estaba semidesnudo y sudaba. “Y en tu boquita, la sangre marchita que tiene el coral…”, a El Jefe lo acompañaba, en voz baja, un parroquiano. Tenía una camisa estampada de flores amazónicas. Al fondo, donde reposaban cajas de cerveza que subían hasta el techo, se adivinaba que había un mural. Se notaban fragmentos de un baile del Caribe.

—Oye –dijo alguien—, el hombre de las flores debe tener una pena.

—¿Por qué lo sabes?—, preguntó su acompañante, un tipo gordo, con la camisa desabotonada hasta la mitad.

—Porque aquí se viene a cantar alto y él apenas susurra.

“En la cadencia de tu voz divina, la rima de amor”. Ahora el del coro subía un poco más la voz. El bolero de Agustín Lara tenía un sabor a Antillas en la interpretación del Inquieto Anacobero.

El hombre de detrás del mostrador parecía estar en otra parte. El mundo se le había vuelto rutina y ya ni siquiera llamaban su atención las paredes azul marino ni el cuadro gran formato en el que danzaba una pareja quizá al ritmo de un jala jala. Tampoco parecía escuchar la música.

—Oye, y por qué no cantamos alto nosotros—, preguntó el gordo, con una cadena de oro al cuello.

—No, porque entonces no escuchamos a Daniel—. Siguió observando al de la voz queda, y no supo por qué sintió lástima de él. Escupió en el suelo, lleno de colillas pisoteadas. El rojo de las baldosas lo intimidó. Se llevó la mano a la cintura y se la palpó. Se sintió más seguro.

“Y en tus ojeras se ven las palmeras borrachas de sol”. El de la voz bajita clavó la cabeza en la mesa.

—Vamos. Ya es hora. La pena de aquel se ha terminado—, le dijo al gordo como dándole una orden.

El del mostrador miró como sin querer a los dos que se paraban. El traganíquel se silenció. Sus colores brillaban más que de costumbre.

Pintura de Rubén Crespo

Diciembre le canta a Buitrago

(Crónica con el grito vagabundo del juglar de Ciénaga)


Por Reinaldo Spitaletta

Diciembre, esa razón social de la alegría, tiene, a su vez, otra razón de ser, por lo menos en Colombia: la música y la voz de Guillermo Buitrago. De él ya se ha dicho, tal vez hasta la saciedad: es una leyenda. Su vida y obra están ligadas al mito (como suele ocurrir con artistas de honda raigambre popular), pero, lo real, es que esa manera de cantar y de tocar, es imprescindible en las fiestas de Navidad y Año Nuevo.

Es fama. Diciembre sin los sones cienagueros, los merengues y paseos del Jilguero de la Sierra Nevada, sería muy parecido a febrero. O a cualquier otro mes de trabajos y cansancios. No tendría gracia. Ni sabor. No es suficiente con villancicos y pesebres y bombillitos y guirnaldas. No alcanza con los porros de las viejas grandes orquestas tropicales. Ni con las musiquitas recicladas de hoy. Diciembre, para ser tal, requiere a Buitrago ¡ueepa!.

Es decir, hay suficiente ilustración al respecto. Guillermo Buitrago y sus Muchachos, hacen que diciembre suene a diciembre. Incluso, desde noviembre. Cuando se escuchan los arpegios de esas guitarras, cuando la voz medio latosa, medio nasal, sabrosa en todo caso, del cienaguero se desparrama por el mundo, entonces no hay duda: estamos en el último y más festivo mes del año.

Pero ¿en qué radica la magia del trovador? ¿Por qué sobrevive en la cultura popular colombiana? Es obvio que su talento, su modo particular de tocar la guitarra (con influencia, en su última etapa, de Matamoros), su peculiar manera de decir las letras, le han otorgado un alto puntaje para su perpetuidad.

El juglar es aquel que, tras un conocimiento hondo de su pueblo, lo interpreta, le da dimensión estética. Y eso es, precisamente, lo que tuvo e hizo Buitrago. Un carisma que no a todos les es dado. Tenía duende, diría algún gitano. O ángel. Nacido en la salitrosa -y bananera- Ciénaga, el primero de abril de 1920 (otras fuentes lo dan como nacido en 1917), Guillermo de Jesús Buitrago Henríquez, cumplió aquella suerte de mandamiento: “los favoritos de los dioses mueren jóvenes”.

El Trovador del Magdalena -así también se le conoce-, no solo se quedó interpretando esa música bailadora, de genuino sabor costeño, sino que se interesó por ir más allá del folclor. Y se preocupó, sin renunciar a sus rumbas permanentes, de la política, de la situación social del país en los años cuarenta, cuando, exactamente, comienza otra era de violencia en Colombia.

Su música, esencialmente de estirpe cienaguera (vaya que hay pueblos con música propia, como, por ejemplo, Valledupar, Mompox, etc.), caló en la entraña -y el corazón- popular. Porque, además, muchas de las necesidades de la gente se vieron “reflejadas” en los cantos de Buitrago, nativo de una tierra que en 1928 presenció uno de los ataques más feroces contra los trabajadores bananeros de la trasnacional gringa United Fruit Company.

En el eje musical de Buitrago siempre estuvo su solar: desde el ron de vinola (bebida típica cienaguera), incluyendo el destacar las cualidades de las muchachas de su terruño para el baile (“oye cienaguera enséñame a bailar…”), pasando por la Araña pelúa o picua (tonada popular que se escuchaba desde 1870) y por la dedicatoria de temas a su mejor amigo, Toño Miranda, hasta llegar a la interpretación de asuntos relevantes en la vida del país.

Aparte de esas “noticias” cantadas, de aquellos paseos que después llevarían a Rafael Escalona a ser considerado uno de los más representativos juglares colombianos (Buitrago comenzó a popularizar a Escalona: El testamento, Adiós mi Maye, La peste y otros), el trovador de Ciénaga también cantó temáticas referidas a tiempos de violencias y represiones. Él, reconocido gaitanista, les dio acento político a varias de sus piezas.

Como aquella -que era una manera contestataria contra el régimen conservador iniciado en 1946- de El grito vagabundo: “Yo quiero pegar un grito y no me dejan / yo quiero pegar un grito vagabundo…”. En realidad, el grito que muchos querían “pegar”, pero que de hacerlo les hubiese costado la vida (como les costó a tantos) o un carcelazo, era “¡Viva el Partido Liberal!”.

En canciones como La fiera de Pabayó y La peste (paseo-son atribuido a Escalona), Buitrago narra episodios de la violencia. En la primera, denuncia, con su inconfundible ritmo, las tropelías de un mayor de la policía, apellidado Blanco, que sembró el terror por el río Magdalena, desde Puerto Berrío hasta los pueblos del litoral atlántico. Así, de pueblo en pueblo, el cantor llevaba alegría, pero también cuestionamientos y reflexiones.

Quizá la manía farandulera de productores y programadores ha ignorado esa importante faceta de Buitrago, que muy fácilmente se detecta en varias de sus creaciones e interpretaciones. Se nota que había en él un interés por ir más allá de lo obvio. Por registrar otros aspectos de la compleja realidad. Así que, por eso, también le dedicó críticas a Careperro, un policía de la zona, y en La vida es un relajo le tira dardos a la “metalización” del mundo.

Su canción La loca Rebeca hace alusión a una mujer (aparentemente, una demente que llora, reza y canta) de simpatías comunistas, que dice odiar a los capitalistas, tal como se oye en la parte final de la pieza. De ese mismo modo, podrían incluirse en esa tendencia El toque de queda, Las contradicciones y otras. Tras el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, Buitrago llegó a cantar una obra de José María Peñaranda, que narraba algunos sucesos del 9 de abril de 1948.

Parece que el olvido se hubiera tragado tal composición, aunque en la memoria colectiva se registra todavía una que otra estrofa, como esta: “Y tú que cogiste el nueve de abril / una carga de leña y un saco de dril. / Y tú que cogiste de la quemazón / una camisita y un saco de carbón…”.

Buitrago, cuya obra quedó en el acetato gracias a la visión del cartagenero Toño Fuentes (en 1943 Buitrago y sus acompañantes Ángel Fontanilla, Efraín Torres y Carlos “el Mocho” Rubio, grabaron por primera vez Las mujeres a mí no me quieren y Compae Heliodoro), suena mejor cada diciembre. Quizá el tema más vendido de música tropical en Colombia haya sido La víspera de año nuevo (de Tobías Enrique Pumarejo, grabada en diciembre de 1947), interpretado por Buitrago. Parecen no perder vigencia canciones como Qué criterio (La gota fría), Dame tu mujer, José, El amor de Claudia, El brujo de Arjona y La piña madura, entre otras.

A Guillermo Buitrago el pueblo le ha concedido ese premio esquivo de la memoria, de tenerlo ahí en el nicho de los que perduran. No alcanzó a grabar con la orquesta cubana Casino de La Playa, con la cual le había salido un contrato. Pero igual sus canciones siguen dándole a diciembre lustre y alegría. Carácter.

La vida y muerte del cantor dieron para armar una leyenda. Que crece cada fin de año. El rubio y zarco Buitrago, el del mentón cuadrado, el conquistador de muchachas, el de madre de origen judío, el del padre antioqueño (de Marinilla), el caminante, el guitarrista, el bebedor, el juglar…, revive en diciembre. Su fantasma sigue recorriendo Caracolí, Fundación, Valencia, Sevilla, Urumita, Patillal, La Jagua y toda la Sierra Nevada. El país entero. Pertenece a la historia de la música popular colombiana.

Murió a los 29 años, el 19 de abril de 1949. Dijeron que envenenado. Que los envidiosos le dieron una toma para sacarlo del camino. Que se tomó un insecticida. Sin embargo, murió de tuberculosis. Le sobrevivieron su esposa Lilia Gallardo (murió en febrero de 1994), y su hijo Guillermo. Y, claro, su música, su voz. Su talento. Diciembre se ha encargado del resto.

N.B: Esta nota la publiqué el 13 de diciembre de 1998, en el diario El Colombiano.

 

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Guillermo Buitrago y sus Muchachos.

 

Un misterioso perfume de humedad

N.B. En 2013, cuando se cumplieron 30 años del Bolero Bar, en Medellín, su dueño, Jorge Buitrago, nos pidió a varios de sus amigos que escribiéramos sobre un bolero, el de cada uno. “El bolero de tu vida”. Este fue mi artículo.

Por Reinaldo Spitaletta

¡Huy!, cómo nos vas a hacer ésa, Buitrago. Cómo vas a decirnos que escribamos sobre “el bolero de tu vida”, cuando son tantos y tantos los bolerazos de la vida, y entonces, en este punto, hay que comenzar a filtrar en una agonía que dura y dura, como la del suplicio de Sísifo, como la de Prometeo al que cada vez le renace el hígado para que lo consuman los buitres, que nada tienen que ver con vos, Buitrago, che, ni más faltaba. ¡Oh, no, mi querido, si estás peor que unas señoras del barrio San Joaquín que me salieron una vez con que hablara de “Los cinco tangos de tu vida”, aunque, creo, fueron más generosas con la cifra. Y ni así les hice caso. Cómo se les ocurre.

Lo único que quiero solicitar, en esta hora fatal, es que, al menos, dejemos en el inventario dos boleros, y así la pena disminuye y vos, querido Buitrago, quedarás como un santón y nosotros como unos arrinconados por la forzosa selección, porque no hay otro modo de salir de esta cárcel, que escoger. Uno y dos. ¿Sí? Ah, y a lo mejor, o a la larga, el “bolero de su vida”, de la bohemia de muchos de nosotros, no ha sido otro que el tuyo, ese cuartito universal, penumbroso, que a veces puede ser como un aleph, desde donde se ve todo el perro mundo, o como una covacha de locos aturdidos por la nocturnidad. En tu hospedador bar se ha murmurado y bailado y cantado, y hasta de vez en cuando hemos arrojado copas al piso para asustar a algún parroquiano.

Así que por esta vez voy a perdonarme no hablar de un bolero de Lara, que mi padre en casa entonaba imitando a Daniel Santos: “Hay en tus ojos el verde esmeralda que brota del mar…”, y de Mucho corazón, que hace tantos huecos en el alma, y mirá, Buitrago, que uno se “tupe” a la hora de la verdad y de los innumerables boleros que a uno se le fueron pegando de la radio, de las victrolas, de las pianolas de barrio, de las serenatas, de los cancioneros, no quedan en la frágil memoria sino algunos acordes arpegiados y alguna voz lontana, que nos sume en confusiones y nos hace sentir la agridulce sensación de la nostalgia.

¿Dejar por fuera a Bésame mucho? ¿Y a Sabor a mí? ¿O a Llanto de luna? No, mi apreciado Buitrago, eso cuesta y duele, pero, lo dicho, nos pegaremos de dos. Las razones, quizá no las sé. Pueden estar ligadas a la infancia, a una etapa inconsciente en que las cosas y las músicas sonaban, y uno no las percibía con sentido. O puede ser, y por ahí va, en mi caso, el asunto, que mamá, que era una mujer que no solo contaba historias sino que cantaba, pudiera habernos metido (a mis hermanos y a mí) en las tramas de algunos de aquellos boleros. Porque, te digo Buitrago, que ella cantaba bien, afinada, interpretaba, dramatizaba y a veces, por las noches, después de susurrar un pasillo ecuatoriano, un bambuco o una canzonetta napolitana, se le sentía el llanto, en su pieza que entonces adornaba con iconografías de vírgenes y santos sin milagro.

El primero es Vereda Tropical, de Gonzalo Curiel, mexicano. En casa se oía en la voz de Juan Arvizu, y mamá, (papá, a veces, cuando no estaba cantando guarachas y tangos de Gardel, le daba por ese bolero) lo cantaba con una voz que después se me pareció a la de Eydie Gormé. En ocasiones, yo lo cantaba mecánicamente, sin detenerme en casi nada de la letra, pero lo que mejor me sonaba era la palabra “tropical”, que me llenaba de calideces. Con el tiempo, un amigo (Luciano Londoño) me hizo notar que era un bolero muy sensual, que tenía mensajes cifrados, con trasuntos de piel, de cierta lascivia disimulada: “perfume de humedad”.

Con los días, o quizá con los años, escuché versiones de Toña la Negra, Daniel Santos, Alfredo Sadel y otros, pero la voz de mamá seguía por encima, como si fuera una prima voce fantasmagórica, que no me dejaba sentir las maneras de interpretar de aquellos vocalistas. Era como una voz superpuesta. Y nunca he podido resolver el misterio. “Hoy solo me queda recordar / mis ojos duelen de llorar / y el alma muere de esperar”.

Digo que en un principio, por allá en la infancia lejana, la melodía me parecía triste, o tal vez la relacionaba con cielos nublados. Después, me di cuenta de que era una cálida canción de amor, con brisas salobres y besos tórridos a la orilla del mar. Y también me enteré de que era una canción melancólica, en la que había una ausencia enorme, una especie de ida sin retorno, y alguien que imploraba y culpaba. La que se había marchado, no volvería jamás, ¿y adónde iría a parar entonces aquel “perfume de humedad”?

El otro bolero, uno más cubanísimo, es Como el arrullo de palma, de Ernesto Lecuona, que nada tuvo que ver con murmullos ni voces familiares. Más bien, apareció en mi vida como una revelación de geografía combinada con cantos de sinsontes y rumores líricos. Las palabras sonaban y vibraban. Y había una suerte de deleite no solo en las frases, sino en las versiones cantadas, por ejemplo, del sonero Tito Gómez y ni hablar de la superior, la más elevada y sensitiva, de Benny Moré.

Con ríos, llanuras, espesuras y cielos azules, aquel bolero me parecía (me sigue pareciendo) una caja de colores de escuela, con la que uno podía dibujar en los cuadernos de tareas una mescolanza de caras, de soles, de casas, de palmeras, de sonrisas. Y ahí, en esa mixtura balanceada de palmas y vaivenes, estaba ella, la amorosa, la atractiva, la flor carnal de un jardín ideal que parecía conducirnos a las tierras verbales de Scheerezada, a sus aventuras de piel y de imaginativos sésamos. ¿Quién era ella? Claro, una mujer ideal, una rosa gentil, una trigueña de mirar soñador. Había, por decirlo así, muchas imágenes en ese bolero seductor.

Podría decirse que en aquel bolero arrullador había (hay, claro) un clima, y no cualquiera. El trópico, como motor de la lujuria, de las pasiones, de las caricias de brisa y sol. “Y tu piel dorada al sol / es tersa y sutil / mujer de amor sensual / mi pasión / es rumor de un palmar”. Así que entre vaivenes ardorosos y andares tentadores, esta suerte de pintura musical nos mantiene en un juego hipnótico, en el que, otra vez, el “perfume de humedad” nos hace cerrar los ojos y soñar con el reino de las pasiones y de los corazones sangrantes.

Pintura de Pablo Goldenberg

El hombre de la ciudad vieja

Por Reinaldo Spitaletta

—Me habían dicho que no volvería.
—Vine para recordar.
—Recordar es una manera de morir.
—No, amigo, es un modo de recobrar lo perdido.

El hombre, barba gris y espejuelos con montura de oro, comenzó a caminar con pasos de turista. Sus tenis amarillos contrastaban con el azul desteñido de su bluyín y con una camisa de algodón crudo con bordados indígenas.

—Cuando me fui no estaban el edificio de la aguja, y menos el metro y todavía en Guayaquil vendían frutas, carne salada y pescado.

Las palabras le salían despacio, como si no quisiera que terminaran. Sus ojos, en los que se adivinaban tormentas de mares lejanos, se llenaban otra vez de ciudad, de la suya, aquella que guardaba en la memoria. Así, no le era posible observar los cambios, sino las permanencias. O lo que él imaginaba que no había sido arrasado por las excavadoras del tiempo.

Vio otra vez el café San Remo, La Alhambra con sus camiones de escalera que iban a los pueblos, o llegaban de ellos, las cacharrerías con un surtido que iba desde estampitas de santos hasta folletos de poesía parnasiana. En Junín vio muchachas preciosas que se tomaban instantáneas.

Sus pasos eran cada vez más despaciosos como si con ello quisiera quedarse en otro tiempo, o, mejor dicho, que el paisaje interior, el suyo, no cambiara. Subió a Prado y aunque muchas casas eran las mismas, aunque con menos brillos, ya eran otros sus habitantes. No quería verlas transmutadas en ebanisterías o consultorios. Se emocionó, sí, con los caserones republicanos convertidos en sedes teatrales.

“La ciudad vieja habita en mi memoria”, se dijo. Recordó la estación del tren, la estatua de Cisneros, los campesinos con bultos de naranjas, los avisos multicolores de fábricas en El Volador y en las colinas de Enciso. “Vine a buscarme”, le oí decir.

—Cómo le parece la ciudad de hoy—, le pregunté, sin convicción.
—Es distinta. No es la mía.

Él también era otro. Hablaba, incluso, con un acento neutro. “Antes, la ciudad tenía colores malva y el cielo era más limpio”, recordó en voz alta.

En La Playa, lo único reconocible para él era la Casa de los Barrientos, que, sin embargo, veía más gris que antes, según dijo. “Esta ciudad no envejece”, le dije. “Ah, sí. El viejo soy yo”, dijo con tristeza contenida. En el firmamento había un vuelo de palomas.

Lo vi alejarse, lento, como si quisiera quedarse. La ciudad vieja se iba con él.

Plazuela Nutibara de Medellín.

Un travesti

Por Reinaldo Spitaletta

La medianoche había quedado atrás, regada por las ceibas de La Playa y los árboles sombríos del parque Bolívar. Las luces brillantes del aviso del Lido le daban al ámbito una atmósfera de vaudeville, con cantantes baratos, de la bohemia degradada, que se sentaba en las bancas de cemento diseñadas por la Sociedad de Mejoras Públicas. Olía a orines y a flores muertas.

Junín también había quedado atrás, y los pasos nuestros resonaban con un eco incomprensible. El parque penumbroso ofrecía una apertura a la imaginación. John, alto y de manos grandes, advirtió que estaba todo como para leer cuentos de Poe o recitar poemas macabros de Julio Flórez. Yo empecé a tararear Garúa, la que se acentúa con sus púas en mi corazón, y él dijo que me dejara de tanguear, que podríamos volvernos sentimentales y la noche no estaba para arrullos y nostalgias. Eso dijo. No sé por qué. Y yo paré en seco el tango e intenté leer el luminoso aviso del cine, no entendí qué película anunciaban. Junto a las ventanas de vidrio, con poca luz, se paraban unos travestis, que al principio pensé que habían escapado de algún filme felinesco. Exagerados en su maquillaje, daban la impresión de ser maniquíes tristones fugados de alguna vitrina de exhibiciones ordinarias. No sé por qué pensé en La Dolce Vita y me acordé de la hermosa Anita Ekberg y sus gritos de “¡Marcello, come here!”, mientras el agua de la fontana de Trevi le empapaba sus atracciones fatales.

Más allá, claro, estaba la fuente del parque, solitaria, o mejor dicho, con uno o dos tipos sentados alrededor, quizá fumando marihuana, o tal vez embelesados en los ladrillos de la monumental catedral de La Inmaculada Concepción, y que en otros días, cuando eran aquellos diciembres de festones y bombillerías psicodélicas, los campesinos de Santa Elena y de otros lugares llegaban con frasquitos a envasar el agua luminosa para llevársela a sus montes.

John vivía entonces en un apartamento del edificio La Unión, en la Oriental con Maracaibo. Habíamos estado de carnavales en casa de una compañera de trabajo, profesora de matemáticas en la Asociación Cristiana Femenina, donde él prescribía números y ecuaciones, y yo pontificaba sobre historia de Colombia. Nos quedamos de vuelta en el centro, en La Playa con Junín, nos tomamos un trago (“un arranque”) en una barra, en la que solo había hombres ebrios que hablaban de fútbol y de mujeres, eso escuchamos, y tras la copa, caminamos por la que fue la calle más elegante de la ciudad, ahora venida a menos, plena de vendedores ambulantes en el día, y de una que otra muchacha de rebusque en la noche.

La noche era espléndida, con sus estrellas titilantes, según pude ver en un momento en que quería mirar hacia arriba, tal vez para hacer un ejercicio de cuello, o porque sí, no sé, y John, de uno noventa y cinco de estatura, también miró el cielo, y creo que los dos, en un instante, pudimos parecer a un posible observador como dos beodos impenitentes que les da por contar estrellas o por alzar la cabeza para arrojar bocanadas de humo. Claro que John no fumaba, yo sí, y en ese instante saqué un cigarrillo.

Y fue ahí, quizá cuando la llama del fósforo ya estaba tiritando, el momento inesperado en que sentí un vaho caliente, de chicle remasticado, olor a labial ordinario y a pachulí, qué todo el conjunto daba para el mareo. “Oíste, papi, regaláme un cigarrillo”, oí modular, sin entender de inmediato de qué se trataba. Miré al frente y la cara embadurnada del travesti me pareció la de un personaje de un filme de horror. Masticaba con desgano y displicencia. Sus ojos clavados en mi cara. “Parece una vaca”, pensé.

—Son de tabaco negro—, le dije, al tiempo que comenzaba a retroceder con el fin de evitar alguna requisa. Sabía que eran hábiles en el cosquilleo, en meterte la mano al bolsillo con suavidades de seda.

—Mejor, mi vida. Dámelo—. La voz era ronca y no encajaba en la figura de minifalda y tacones altos, medias veladas y escote. Todo lo vi con rapidez, en medio de las luces del teatro y de las lámparas que algunas ramas escondían.
Le pasé un faso (recordé algún tango) y me pidió fuego, así, con esas palabras. Ya la situación me estaba chocando. Había una sensación de aire postizo, de farsa de baja estofa. Y entonces solté el insulto: “A vos no te come ni un arriendo en El Poblado ni el mar que come casco de buque”.

Más me demoré en pronunciar la agresión verbal que el otro en sacar un puñal. Reverberó en las sombras y las luces, creo que escuché dentro de mí otro tango, que hablaba de duelos y facones. Volteé sobre mis pasos y lo único que atiné fue a correr, mientras hacía ademanes desesperados de sacar un puñal imaginario de la pretina. Sentía muy pegado a mis espaldas al perseguidor, que me parecía que decía de todo. No le entendía. Subí por la calle Caracas, atravesé Sucre y galopé hasta la Oriental, sin mirar atrás.

Me dio la impresión de haber recibido un chuzón. Seguí corriendo hasta El Palo, donde esperé un taxi. No había nadie alrededor. “Por favor, me lleva a Buenos Aires”, le pedí al conductor. Y en ese punto, me acordé de John. Sin embargo, pensé que el pleito no era con él y que ya debía haber llegado a su residencia.

Al día siguiente, en la asociación educativa, me dijo que al travesti se le quebraron los tacones en la carrera, y que tal vez por eso yo estaba ahí, tan fresco, a punto de comenzar a hablar de la Guerra de los mil días, sin tener mínimo una herida en la espalda.

Parque Bolívar de Medellín en los años setenta (tomada de internet)

Los colores metafísicos del barrio

Por Reinaldo Spitaletta

En La Boca, en Buenos Aires, las casas tienen los colores de Benito Quinquela Martín, un pintor de marinas y de barcos carboneros. En mi ciudad, hay barrios cuyo color está ligado a sus avisos de tienda, a los anuncios de cerveza y gaseosas, al delantal de la mujer negra que saca los perros a un paseo matinal. Hay barrios, en esta ciudad ineludible, que tienen el color del tango. Ah, ¿y cuál es ese? Son más bien colores metafísicos, diversos, que tienen que ver con las soledades y los desamores; alguno dirá que entonces podrían ser los colores de una calesita, con imágenes de infancia en un parque de diversiones; otro podrá afirmar que su barrio tiene el color de las tizas de billar, ah, sí, claro, billar y reunión, y otro más interiorizado dirá que en su barrio una garúa permanente llueve por dentro. En la intimidad…

Otros barrios —los he visto y vivido— tienen los colores de las peladas en abril, o sea, pieles frescas, piernas ansiosas y un sueño en todo el cuerpo, un sueño de amor, un descubrimiento del lenguaje del corazón. Son barrios contentos, con sonrisas recientes. Hay barrios que con su nombre ya son parte de un color, de una implícita paleta: por ejemplo, La Floresta, Prado, Miraflores, Las Brisas y uno muy particular, con calles solas y árboles que “pintan sombras”, denominado precisamente Los Colores. Son barrios para imaginar. O, si se prefiere, para pintarlos como cada uno quiera.

Así, me parece, que Buenos Aires, el de aquí, el de Medellín, que tuvo hace décadas su calle principal sembrada de guayacanes, hoy tiene el color del hollín, también el de los viejos campesinos del oriente de Antioquia y sobre todo el de las fritangas callejeras. Y Boston, con moribundos caserones de tejas, el desaparecido color de las barras de esquina. Solo se conserva en la morriña de los que por allí habitaron. Ah, ¿y Manrique?, antes tuvo el color de los bandoneones, ahora el de las prenderías y los bazares de ocasión.

Hay barrios color de luna. Es si no caminar nocturnamente por sus calles y se podrá comprobar. Hay otros, color cartón, color tabla, color zinc, con una oculta belleza que la capta quien los ve por primera vez y tiene ojos de curiosidad. Hay barrios color ángel y otros, color piedra. Hay uno, único, con los colores del trabajo y se llama Barrio Triste, con una iglesia gótica, con mármoles de Carrara y vitrales belgas, en la que Dios, en cada oficio, se viste de overol.

Pintura de Fredy Serna (tomada de internet)