Sangre de coral

Por Reinaldo Spitaletta

“Hay en tus ojos el verde esmeralda que brota del mar…”. La voz de Daniel Santos salía de un traganíquel luminoso. El bar, con mesas amarillas y taburetes rojos, tenía en sus paredes pinturas que representaban a negras palenqueras vendiendo piñas, cocos y bananos en las playas de Cartagena. Eran hermosas las mujeres pintadas: con un pañuelo blanco, enroscado, en la cabeza, y sobre ella poncheras atiborradas de frutas tropicales. Ellas, muy erguidas manteniendo un equilibrio inestable con su cargamento.

Había otro cuadro, con un negro que tocaba la tumbadora. El negro estaba semidesnudo y sudaba. “Y en tu boquita, la sangre marchita que tiene el coral…”, a El Jefe lo acompañaba, en voz baja, un parroquiano. Tenía una camisa estampada de flores amazónicas. Al fondo, donde reposaban cajas de cerveza que subían hasta el techo, se adivinaba que había un mural. Se notaban fragmentos de un baile del Caribe.

—Oye –dijo alguien—, el hombre de las flores debe tener una pena.

—¿Por qué lo sabes?—, preguntó su acompañante, un tipo gordo, con la camisa desabotonada hasta la mitad.

—Porque aquí se viene a cantar alto y él apenas susurra.

“En la cadencia de tu voz divina, la rima de amor”. Ahora el del coro subía un poco más la voz. El bolero de Agustín Lara tenía un sabor a Antillas en la interpretación del Inquieto Anacobero.

El hombre de detrás del mostrador parecía estar en otra parte. El mundo se le había vuelto rutina y ya ni siquiera llamaban su atención las paredes azul marino ni el cuadro gran formato en el que danzaba una pareja quizá al ritmo de un jala jala. Tampoco parecía escuchar la música.

—Oye, y por qué no cantamos alto nosotros—, preguntó el gordo, con una cadena de oro al cuello.

—No, porque entonces no escuchamos a Daniel—. Siguió observando al de la voz queda, y no supo por qué sintió lástima de él. Escupió en el suelo, lleno de colillas pisoteadas. El rojo de las baldosas lo intimidó. Se llevó la mano a la cintura y se la palpó. Se sintió más seguro.

“Y en tus ojeras se ven las palmeras borrachas de sol”. El de la voz bajita clavó la cabeza en la mesa.

—Vamos. Ya es hora. La pena de aquel se ha terminado—, le dijo al gordo como dándole una orden.

El del mostrador miró como sin querer a los dos que se paraban. El traganíquel se silenció. Sus colores brillaban más que de costumbre.

Pintura de Rubén Crespo

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2 comentarios

  1. Paula Andrea

     /  noviembre 25, 2014

    Lindo!! se parece a uno de tus cuentos de “el último día de Gardel y otras muertes”

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  2. Excelente forma de mostrar cómo la buena música nos desarma, cómo llena de colores la oscuridad de nuestros días …gran historia..

    Responder

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